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Carlos Broschi

Chapter 13: XI
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About This Book

The drama traces tangled romantic and social conflicts within an aristocratic milieu: a gravely ill countess sleeps while her sister Isabel and suitor Fernando confront a disrupted engagement complicated by a marriage contract and hidden motives. Fernando, torn between love and duty, prepares to leave; Isabel attempts to conceal truths to protect others, but a notary's arrival and unexpected contractual clauses bring private tensions into the open. Action moves between cityscapes and a lonely castle, alternating intimate domestic scenes with moments of melancholy and moral doubt as characters contend with honor, obligation, passion, and the prospect of loss.

XI

»Partí, al fin, cuando me sentí con fuerzas para soportar las fatigas del viaje. Me embarqué para Nápoles, pero no volví a Sorrento, cuyo risueño aspecto y el dichoso porvenir que en él había concebido me lo hacían aborrecible. Corrí a ocultar mi dolor bajo los sombríos muros del castillo de Arcos. Sus antiguas torres, sus murallas ennegrecidas y deterioradas por el tiempo, exhalaban una melancolía que estaba en consonancia con mi tristeza. Una parte del castillo había sido edificada sobre una roca, y al pie de ella corría un torrente con violencia inaudita. ¡En el fondo de aquel abismo estaba la muerte!... ¡Una muerte segura, y con ella el reposo!... Más de una vez me detuve al borde del abismo, que medía con mi vista, y dábanme intenciones de arrojarme a él... Pero, ¡Dios me contuvo! Me parecía oír, mezclado con el ruido de las espumosas aguas, la voz de Teobaldo que me anunciaba el castigo y mi eterna condenación... y, sobrecogida de espanto, me resignaba a sufrir un suplicio más largo y más cruel...

»Hacía un mes que Carlos había partido, y, fiel a su promesa esta vez, regresó a Sorrento para el día indicado; no encontrándome allí, corrió al castillo de Arcos, y si yo hubiese ignorado su traición, su turbación y su tristeza me la habrían hecho conocer. Demasiado franca para ocultarle mi dolor, y excesivamente orgullosa para descender hasta el reproche, le conté fríamente lo que había visto y oído, prometiéndole, no obstante, guardar un secreto del que dependía su vida.

»Dejome hablar sin interrumpirme, y cuando hube terminado, sacó de su bolsillo una carta que me entregó, diciéndome:

—»No hable usted de este escrito a nadie en el mundo... ni aun a mí.

»La letra era de la mano de la Reina, y he aquí el contenido de la carta:

«Nadie más que usted, Carlos, ama al Rey mi esposo: no hay servidor más fiel, ni consejero más inteligente. Por la vida que a usted debe, por el tierno amor que le profeso, por el interés que me tomo en su dicha y en el bienestar de su reino, deseche vanos temores y arrostre los peligros que nosotros desafiamos. ¿Qué importa su nacimiento? ¿Qué importa su estado? Desprecie, en obsequio nuestro, las exclamaciones e insultos de la Corte, y sea nuestro ministro, como es nuestro amigo.

»Le espero el 20 de este mes en Aranjuez.»

—»Hoy es ese día—exclamó Carlos con acento apasionado,—¡y no estoy en Aranjuez!... Estoy aquí... en el castillo de Arcos... cerca de una amiga... que sospecha, que me acusa, y a quien no quiero abandonar.

—»¡Qué! Carlos, ¿se queda usted?

—»Mientras viva—me contestó con aire sombrío;—mientras usted no me diga: «márchese»... porque, ¡mi soberana es usted!

—»¿Y ese elevado puesto que se le ofrece; y ese favor inaudito, inconcebible?...

—»Le he rogado—contestó, entristecido,—y me ha prometido usted no hablar a nadie... ni aun a mí, de ese secreto... Los servicios que he prestado a mi soberano, el secreto favor con que me honra, tienen su origen en sucesos que no le puedo revelar. Es el solo y único secreto que tendré para usted, y que no conocerá, tal vez, sino demasiado tarde... ¿Qué importa esto, si los temores de usted se han disipado?... y espero que así habrá sucedido.

»Tomó la pluma y escribió:

«Señora:

»Las bondades con que mi Señor y Rey, y, a la vez Vuestra Majestad, han concedido al humilde y desconocido Carlos, no han dejado ya de excitar la envidia, aun cuando la alta confianza que me hayan acordado sea un secreto que apenas pueden adivinar. ¿Qué sucedería si me viesen llegar a ministro? Los ultrajes que recibiría no se detendrían en mí, y puede ser que se elevaran más alto. Por el interés y respeto que le profeso, señora, lo mismo que al Rey; por el interés de su gloria y de su reino, le ruego me retire el alto puesto que me quiere confiar: no tengo a él otro derecho que mi celo, y solamente rehusando me haré digno de él; porque rehusándolo creo servir a Su Majestad. Y ahora solicitaré otra gracia: permítanme vivir y morir en el retiro, en la obscuridad, que es lo único que conviene al pobre y modesto Carlos. Escribo la presente desde Arcos: desde el día en que Su Majestad se dignó conceder gracia a la condesa de Pópoli, conoce mis sentimientos para con ella: afección insensata, probablemente, pero que no acabará sino con mi vida, así como mi gratitud y mi respeto para Vuestra Majestad.»

»Cuando me hubo dado a leer esta carta, la cerró, selló y envió por un correo.

—»Y ahora, ¿conservará usted todavía sus dudas?—me dijo.

—»No tengo más que remordimientos—le contesté, tendiéndole la mano;—y confío en que desaparecerán, pasados algunos días.

»En efecto, no tardé en abandonar mis indignas sospechas; no tardé en reconocer los sacrificios que Carlos se había impuesto, impulsado por su amor hacia mí.

»Fiel a un plan que me había propuesto, me decidí a escribirle secretamente a Teobaldo, al obispo de Nola, al cardenal de Bibbiena; y comprendí que debía todos esos títulos a la amistad y protección de Carlos. Sin prevenirle ni darle conocimiento de lo que quería de él, le rogaba que fuese lo más pronto posible, porque tenía que pedirle un servicio de mucha importancia. Estaba segura de verle llegar; en efecto, transcurridos pocos días, el coche de Su Eminencia entraba en el patio del castillo, con gran sorpresa de Carlos, que ignoraba su venida.

»Al cabo de siete años de ausencia, nos volvíamos a encontrar reunidos en el castillo donde habíamos pasado nuestra juventud; en aquellos parajes, mudos testigos de nuestros placeres y de nuestra amistad, de nuestro juramento y de nuestros sueños: juramento que habíamos sostenido, sueños que se habían realizado de un modo que tenía algo de milagroso.

»Cuando los tres entramos en el salón del duque de Arcos, en aquel salón gótico que tantos recuerdos tenía para nosotros, la misma idea sin duda se apoderó de nuestras imaginaciones; porque nos estrechamos las manos y cruzamos nuestras miradas... ¡Qué cambio, Dios mío! En otra ocasión, en aquellos mismos sitios, pobres, desgraciados e inseguros del porvenir, la alegría y la salud brillaba en nuestros semblantes. A la sazón, ricos y poderosos, la inquietud y los sufrimientos marcaban en nosotros sus huellas.

»El mal que me consumía empañaba el color de mi rostro; la frente de Teobaldo estaba surcada de prematuras arrugas, y Carlos, sin que por mi parte pudiera explicarme la causa, aparecía el más triste de todos. Con lágrimas en los ojos, nos abrazamos exclamando:

—»Todo ha cambiado, excepto nuestros corazones.

—»Amigos míos—les dije, luego que tomaron asiento;—recordarán que hace siete años, en igual época, éramos muy desgraciados; era el día que Carlos se separó de nosotros.

—»Sí, sí—exclamó Carlos;—día espantoso, día horrible.

—»Del que la suerte nos debe indemnizar—proseguí diciendo;—porque hasta el presente ha sido muy cruel para conmigo, y yo, Carlos, muy injusta para ti. No tengo más que un medio de reparar mis sospechas y de tranquilizarme: dentro de ocho días termina el plazo de mi luto, y pasado este tiempo, deseo que aquí mismo Teobaldo bendiga nuestro enlace.

»Carlos, fuera de sí, se lanzó a mí para darme las gracias, cuando encontró la mirada imperiosa de Teobaldo.

—»No bendeciré nunca ese matrimonio—dijo en tono colérico.

—»¿Y por qué?—exclamé estupefacta.

—»¡Insensatos! No saben ustedes que esa unión, en otro tiempo permitida, es hoy imposible; que la dama más noble de Nápoles, la sobrina del duque de Arcos, la condesa de Pópoli, no puede contraer matrimonio...

—»¿Con un hombre sin nobleza y sin nacimiento?—exclamé sonriendo.

—»No—replicó Teobaldo, sin apartar la mirada de su amigo, que, con la vista fija en tierra, parecía aterrado.—No, ella no puede casarse ante los ojos de toda la Italia, con el matador de su marido.

»Carlos lanzó un grito de sorpresa y de indignación.

—»Sí—continuó Teobaldo con energía;—esa mano, que ha herido al conde de Pópoli, no puede unirse a la de su viuda sin causar su vergüenza, sin que caiga sobre ella la infamia... Sería proclamar en alta voz su adulterio y la deshonra... Y si tú la amas, Carlos, la debes querer respetada y no infamada.

—»Pero el conde de Pópoli—repliqué,—declaró, al morir, que había sucumbido lealmente, y en un combate donde su honor no había sido empañado.

—»Sí, accediendo a mis súplicas—contestó Teobaldo,—hizo esta declaración para que usted se conservase casta y pura en la estimación pública; y yo separé de su frente el escándalo y el oprobio... ¿sabe usted con qué condición? ¿Sabe si prometí, en su nombre, que la mano de usted jamás se uniría a la de su cómplice?

—»¿Exigió usted eso?—pregunté, con voz temblorosa.

—»No puedo, como ministro del Señor, revelar las palabras de un moribundo, ni el secreto de la confesión; ¡pero le aseguro, y esta palabra debe bastarle, que creería ofender al Cielo si bendijese el matrimonio de ustedes!

»Teobaldo salió, dejándonos consternados.

—»Sí—díjeme interiormente;—no niego que semejante matrimonio puede perderme para siempre en el mundo; ¡pero no puedo explicarme cómo encuentro en Teobaldo tanto rigor y tanta dureza!

»La voz de la amistad pudo haber endulzado lo que el deber de la religión tiene de inflexible y severo; debía habernos aconsejado al menos, ¡y partió... sin consolarnos! ¡Veía que éramos desgraciados, y por la primera vez se alejaba de nosotros sin unir sus lágrimas a las nuestras!

»Carlos, por el contrario, aunque herido por golpe tan terrible, había redoblado sus cuidados y su amor para hacerme olvidar. Ocultábame su dolor, por no aumentar el mío, y nunca me había mostrado tanta pasión ni tan profunda ternura. ¡Demasiado generoso para quejarse y acusarme; demasiado pundonoroso para desear mi posesión a costa de mi honor y del deber, yo notaba con sorpresa los tormentos que resistía en vano!

»En ocasiones, pronto a ceder, huía de mí; o bien enajenado de amor, caía a mis pies exclamando: Yo seré tu esclavo; pasaré mi vida adorándote; ¡hermana mía, amiga mía... no quiero de ti más que tu alma, tu amor!... ¡No exijo nada del destino; soy el más dichoso de los hombres!... ¡La dicha fuera de aquí no equivale a la desgracia a tu lado!...

»Transcurrieron tres meses en el suplicio y en la embriaguez de nuestra pasión, cuyos combates agotaban nuestras fuerzas y nuestro valor. Parecíame que las amenazas de Teobaldo alejaban de mí cada día la felicidad; la voz de la opinión pública y las murmuraciones del mundo resonaban en mi oído haciéndome estremecer; sólo la presencia de Carlos tenía la virtud de impedir que llegasen hasta mí. Pasados algunos días, noté en él una grande exaltación, casi un delirio, y esto me causaba una inquietud profunda; tres meses de lucha continua, presa de una fiebre ardiente, y que agravaba de día en día el clima y los ardores del sol abrasador de Nápoles, eran más que suficientes para abrasar su sangre e inflamar su cerebro.

»Frecuentemente, sus miradas, ardientes y llenas de pasión, expresaban el extravío y una sombría desesperación que me ponía en cuidado.

—»Carlos—le decía,—no me mires de ese modo...

—»Tranquilícese—me contestaba.—¡Mis sufrimientos son de tal naturaleza, que en breve dejaré de existir!... ¡Yo quería acelerar este momento... esto es muy fácil... no temo la muerte... pero temo no volver a verla!

»Mientras hablaba de este modo, las lágrimas y los suspiros ahogaban su voz. ¡Ah! Tenía razón, era sufrir demasiado; y yo, débil mujer, no tenía la fuerza suficiente para luchar con su amor.

»Cierto día, el aire era pesado y cálido, el calor sofocante; formábase en el mar una tempestad; estábamos sentados en el parque, y hacía algunos instantes que hablaba a Carlos, y que éste nada contestaba... Tomé su mano y sentí que abrasaba...

—»¡Tiene usted fiebre—le dije;—una fiebre ardiente!

—»Sí—me contestó;—hace algunas noches que no he dormido, y esto me desconsuela... Este insomnio hace más largos los días... ¡cuánto deseo con toda mi alma acortarlos!

»Había en estas frases tanto dolor y tanta resignación, que todo mi valor me abandonó: no veía en aquel instante más que a Carlos, a quien iba a perder; ¡a Carlos próximo a la muerte!... Y todo mi corazón cedía a esta idea espantosa.

—»Escúcheme—le dije;—¡basta de combate y de tormentos! ¿Quién puede obligarnos a sufrir por más tiempo?... El mundo, la opinión pública que nos herirá—dirá usted acaso.—Si yo le presento a los ojos de todo el mundo diciendo: ¡Ved a mi salvador, a mi amante, a mi esposo!... ¡Y bien! Estas palabras que me será tan grato pronunciar... ¿por qué no decirlas? ¿por qué detenerlas? Si Teobaldo, si nuestro amigo nos abandona, ¿no habrá ningún otro eclesiástico, algún indiferente que a precio de oro se preste a unirnos en secreto?

»Carlos hizo un gesto de sorpresa.

—«Ignoro—proseguí vivamente,—si nuestras leyes condenan o permiten semejante unión... Pero a mis ojos es valedera; porque delante de Dios, que me está escuchando, se celebre, o no, nuestro enlace, yo te miro ya como a mi esposo, como aquel a quien pertenecía... Sí, Carlos; mi honor... es mi vida... y te amo más que a mi vida... porque, ya lo ves, te amo... ¡te pertenezco!

»A esta dicha inesperada para él, Carlos lanzó un grito de alegría, levantó las manos al cielo y cayó a mis pies, presa de un delirio que me hizo temblar por su razón y por su vida. Habituado, hacía mucho tiempo, a luchar con el dolor, su corazón no estaba dispuesto para recibir tan agradable impresión, y, demasiado débil para soportarla, sucumbió al exceso de su felicidad.

»Apoderose de él una intensa fiebre cerebral, y durante ocho días estuvo su vida en inminente peligro; no veía, no reconocía a nadie... ¡ni aun a mí! Al cabo de este período, la fiebre cedió algún tanto.

—»No tardará mucho tiempo en recobrar la razón—díjome, entonces, el doctor;—mucho cuidado, nada de ruido ni de emociones fuertes: he aquí el régimen que le prescribo.

—»Entretanto, el delirio de Carlos no tenía nada de extravagante, no hablaba más que de su próximo matrimonio.

—»Ella me ama—decía;—¡me ama más que a su honor!... ¡Consiente en ser mía!... ¿Pero cuándo se efectuará nuestro enlace?

—»Cuando estés restablecido—le contestaba yo.

—»¡Ah! Esto será bien pronto, porque entonces seré feliz.

»Entonces, dejándose llevar de su brillante imaginación, que dominaba a su razón, me trazaba un bello cuadro de un matrimonio unido por el amor y embellecido por las dulzuras de la familia. Los encantos con que adornaba aquel retrato sobrepujaban casi a lo que hubiera sido la realidad, y semejante locura parecía causar su dicha.

»Apoyado en mi brazo, quiso dar un paseo en el parque, paseo que le hizo mucho bien, y volvimos al castillo; en el vestíbulo se presentó a nosotros un hombre que nos aguardaba... ¡Era Gerardo Broschi... era su padre!

—»Ha pasado un año—le dijo el anciano con voz dulce,—y me autorizaste para verte transcurrido este tiempo.

»Mientras hablaba el anciano, Carlos tenía fija en él la mirada, y escuchaba con atención sus palabras, como buscando un recuerdo en su memoria. Una repentina revolución efectuábase en él; al recobrar su razón, me tendió la mano con ternura.

—»Juanita—me dijo;—amada mía...

»Luego, dándose cuenta de la presencia de Gerardo, exclamó con acento desgarrador, golpeándose la frente, con un movimiento de ira:

—»¡Mi padre!

»Divisó en el vestíbulo una escopeta de caza que habían dejado allí, y apoderándose de ella apuntó a su desgraciado padre. Me puse delante de él diciéndole:

—»¡Márchese, aléjese de aquí!

»Y el anciano desapareció en el parque. Pero el arma fatal había caído de las manos de Carlos.

—»Ya lo ve usted—me dijo;—es más fuerte que yo. Sin usted, ¿qué sería yo en este momento? ¡Un parricida!...—murmuró en voz baja, y temblando con todo su cuerpo, permaneció con la cabeza apoyada entre sus manos.

»Con objeto de que volviesen a su imaginación ideas menos tristes, me aproximé a él y le hablé del proyecto de nuestro matrimonio.

—»¿Cuándo se celebrará?—me preguntó.

—»Mañana, si quiere.

»Estrechó mi mano con una expresión de ternura y de reconocimiento difíciles de explicar.

—»Hasta mañana—me dijo, y separose de mí para entrar en su habitación.

»La mañana siguiente, poco antes de la hora en que debíamos vernos, se presentó Gerardo, pidiendo ver a su hijo.

—»Me matará si quiere—dijo el anciano;—pero debo verle, pues no olvido su promesa.

»No sin grandes trabajos, logré que desistiera de su resolución, y me fue necesario hacerle presente que en el estado de la salud de Carlos, su vista podía hacer que recayese en sus funestos accidentes.

—»Ya que es necesario—dijo suspirando,—su salud antes que todo; que él viva aunque yo muera... Es demasiado cruel para conmigo... No es que yo le acuse; pero le amo tanto, que debiera perdonarme... Me marcho.

»El anciano necesitó mucho tiempo aún para salir del castillo.

»El aposento de Carlos daba sobre el torrente, y los criados habían encontrado por la tarde a Gerardo al otro lado del precipicio, asido a las rocas que daban frente a las ventanas de su hijo, esforzándose para distinguirlo.

»¡Ay de mí! ¡Ni el infeliz anciano ni yo debíamos volver a ver a Carlos! La mañana siguiente Carlos no bajó a la hora del desayuno. Envié en busca suya, y encontraron que su puerta estaba cerrada; llamamos, y nadie contestó. Forzada la cerradura, viose que su estancia estaba desierta. No se había acostado, pero las bujías, casi consumidas y colocadas sobre su escritorio, ponían de manifiesto que había velado la mayor parte de la noche... La ventana que daba sobre el abismo estaba abierta... Sobre el alféizar veíase todavía la huella de un pie... Bajo la ventana, las rocas que formaban el precipicio estaban teñidas de sangre, lo que nos hizo a todos sospechar que las aguas impetuosas del torrente habían arrastrado su cuerpo. Nada quedaba de él... nada más que sus papeles abandonados sobre su escritorio... Había también una cartera que contenía sumas considerables; y su testamento, escrito de su mano... manifestaba en pocas palabras que se daba la muerte por el temor de ser parricida... y dejábame heredera de toda su fortuna.

»Así fue cómo perdí el compañero de mi infancia, el amigo de mi juventud. De esta manera, la suerte, que se burló de nuestros proyectos y de nuestras esperanzas... no quiso que nos uniésemos sobre la tierra. ¡No me compadezcan ustedes, amigos míos, felicítenme, por el contrario! Dios ha convertido mi dolor en piedad; él abrevia el tiempo del destierro, y muy en breve me habré reunido con mi adorado Carlos.»

XII

La condesa de Pópoli habíase interrumpido más de una vez durante su largo relato, y más de una vez abundantes lágrimas corrieron por sus pálidas mejillas, manifestando a sus jóvenes amigos el dolor que experimentaba con tan penosos recuerdos. Carlos, tan singular y generoso a la vez; dotado de un corazón tan elevado y de un origen tan humilde; este personaje misterioso, que había muerto llevándose su secreto, llegó a excitar vivamente la curiosidad de Fernando y más todavía el interés de Isabel. El alma de la joven, fácil de exaltar, concibió sin el menor trabajo el amor y la pena de Juanita; porque, para ella, Carlos había sido su ídolo, su dios. Si ella le hubiese conocido, le hubiera amado con toda la fuerza de su alma; porque las pasiones románticas, las pasiones violentas eran las que su corazón anhelaba, y a cada momento Isabel interrumpía a su hermana, haciéndole repetir los menores detalles de su narración.

—Ya conocen, mis queridos amigos, mi suerte, y pueden explicarse la situación en que me encuentro. Todos los bienes que poseo en el reino de Nápoles pertenecen a mi hermana, yo se los doy anticipadamente; pero los que he adquirido en España constituyen la fortuna de Carlos... no los poseo más que como un depósito. Ignoro lo que ha sido del desgraciado Gerardo Broschi... no le he vuelto a ver después de la muerte de su hijo; pero si entretanto pareciese... aun cuando yo no exista... toda esta fortuna es suya... ¡El sólo es el heredero de su hijo! Fernando, y tú, hermana mía, no lo olvidarán... Me lo han jurado, y gracias a esta promesa, puedo aceptar sin temor todas las condiciones del duque de Carvajal.

Juanita debía, efectivamente, firmar la semana próxima el contrato, tal como el duque lo había dictado, y el mismo día sería colmada la dicha de los dos amantes.

Isabel, al ver el estado de su hermana, opúsose a que hubiera ninguna clase de fiesta ni regocijo; dijo que no firmaría el contrato de su matrimonio hasta que Juanita pudiese asistir; y a pesar de las instancias de Fernando, aplazose el día de la boda.

El único consuelo de Fernando era ver a su prometida, que no abandonaba a su hermana; de este modo ambos jóvenes pasaban los días junto al lecho de la enferma. Isabel había notado que el solo medio de hacer asomar la sonrisa a los labios de Juanita, era hablarle de Carlos, y frecuentemente le hacía preguntas sobre los acontecimientos que más impresión habían hecho en ella.

—No le volveré a ver—decía Juanita.—¡Pero si al menos viera al pobre Gerardo!... moriría contenta, y llevaría a mi amado Carlos la bendición de su anciano padre.

—Ten paciencia—decíale Isabel;—él volverá, estoy convencida de ello; sobre todo, si ignora la muerte de su hijo. ¿No debe verle todos los años? Por lograr este anhelo, vendrá donde tú estás... ¡seguro de encontrarle!...

—¡Vanas ilusiones!—dijo Juanita.—¡Es imposible que vuelva!

—¿Por qué ha de ser imposible? ¿Por qué el Cielo, la Providencia, no ha de hacer un milagro por ti, por ti, mi querida hermana, que eres tan buena?

—¡Ah!—exclamó Juanita.—¡Cállate!

Y mostrando con el dedo la ventana que daba frente a su lecho:

—Mi razón, debilitada, me hace ver fantasmas; porque mientras hablabas... me pareció ver una sombra al través de esta ventana... la sombra de Gerardo. Ha sido él, o su sombra, la que me ha mirado llorando.

Al oír estas palabras, lanzose Isabel a la ventana que daba al jardín y oyó los pasos de un hombre que se alejaba. Hizo seña a Fernando de que se acercase, y éste se apresuró a seguir la dirección que indicole Isabel, logrando alcanzar en un instante al anciano, a quien hizo entrar en el aposento de Juanita, aunque a pesar suyo.

—¡Es usted, Gerardo!—exclamó Juanita;—¡y huía!

—¡El lo quería así—dijo el anciano temblando;—él lo quería! De otro modo, ¡cómo había yo de renunciar a verla! ¡Renunciar a verla, cuando la he educado, cuando usted ha sido la protectora, la amiga de mi pobre Carlos!

—¿Sabe usted, pues, que no existe?

—Sí... sí... lo sé—dijo Gerardo con voz trémula.

—¡Y bien!—exclamaron Fernando e Isabel;—tenemos en nuestro poder fuertes sumas para entregarlas a usted, puesto que le pertenecen.

—Sí—dijo Juanita;—Carlos ha depositado en mis manos su fortuna.

—¡Qué le resta, pues!—replicó el anciano;—lo que ha hecho Carlos está bien hecho. No quiero nada. Nada pido, sólo ruego al Cielo que devuelva a usted la salud.

—Eso es imposible—dijo tristemente Juanita;—se acerca el último instante de mi vida, y de usted depende endulzarlo; quédese conmigo, no me abandone... ¿Me lo promete, no es cierto?

El anciano no se atrevió a contestar.

—¿Rehúsa usted, por ventura?—exclamó la enferma.

—No puedo, señora, no puedo.

—¿Por qué motivo?

—Se me espera en otra parte.

—¿Hoy?

—Esta misma tarde.

—Se lo pido en nombre de su hijo, en nombre de Carlos, que nos espera, que nos escucha tal vez. ¡Dios mío!—exclamó Juanita juntando las manos;—¡por qué no está él aquí para cerrar mis párpados, para recoger mi último suspiro!

Y, arrebatada por su amor y por la intensa amargura que sentía, dirigíale la más tierna despedida, hasta el punto de que Isabel y Fernando prorrumpieron en amargo llanto.

Gerardo parecía presa de un violento combate; lloraba, retorcíase las manos, y en fin, cayendo de rodillas a los pies del lecho de Juanita, exclamó:

—Me ha vencido usted... no le puedo negar nada... ¡Aunque él deba maldecirme todavía; aunque deba matarme esta vez, volverá usted a verle, señora... sí, volverá usted a verle!

—¿Qué dice usted?—preguntó Juanita, que al oír las palabras del anciano, parecía volver a la vida, y cuyos ojos animados y brillantes no se apartaban un momento de los de Gerardo.

—¡Escúcheme usted, escúcheme!—dijo el anciano, cuya emoción no le permitía guardar orden en su relación.—Yo estaba sentado sobre las rocas al borde del agua. La noche era fría; pero yo nada sentía... Yo estaba frente a sus ventanas... él tenía luz en su aposento; y le vi escribir y pasearse con suma agitación, como un hombre dominado por la cólera... ¡Tal vez sea contra mí, decía yo, pero me es igual; le veo, esto me satisface, permaneceré aquí toda la noche. De pronto le vi abrir la ventana que daba sobre el precipicio... treinta pies de altura. ¡Se arrojó! Yo también me había arrojado, sin saber lo que hacía, pues mi único deseo era morir con él. Pero, reflexionando, preferí salvarle, y aunque demasiado débil, esta idea redobló mis fuerzas. Le así, le arrastré sin conocimiento, sobre las rocas; le creía muerto. Se había fracturado un brazo en su caída; su cabeza, que había chocado contra un pico de la roca, sangraba horriblemente. ¿Qué hacer en tan terrible posición? Comenzaba a amanecer y me dirigía apresuradamente al castillo en demanda de auxilio para él, cuando encontré en el camino una berlina, y en ella un gran señor que volvía de casa de usted; era el cardenal Bibbiena. Ayudome a conducir al pobre Carlos a su coche, y entonces recobró el uso de sus sentidos. Cuando supo lo que acababa de hacer, dijo:

—Te debo dos veces la vida; olvidemos la primera, y no pensemos más que en el porvenir.

Tendiome su mano enflaquecida, me perdonaba, no me maldecía ya, me amaba; me amaba, sí; amaba al pobre Gerardo, que ha olvidado todos sus sufrimientos... Pero no es esto, señora, de lo que quiero hablarle, sino de usted... de usted, de quien él se acuerda sin cesar.

—Pues que ella me cree muerto—dijo,—que no salga nunca de su error.

—¡Sí—le contestó el cardenal;—para su tranquilidad y la tuya, que sea siempre así! Dios lo quiere.

Entonces el cardenal le hizo jurar que no turbaría la tranquilidad de usted y que no le haría saber que vive. Me lo hizo jurar a mí también; y Carlos, cuando estuvo restablecido, partió para un país extranjero, para Inglaterra; pero antes de partir me encargó que velara por usted, y, fiel a este encargo, no la he abandonado, me he ocultado para verla, y para escribirle de usted: «La he visto». Pero hace algunas semanas que le escribí: «Está muy enferma»... Entonces lo ha dejado todo y ha vuelto.

—¡El está aquí!—exclamó Juanita.

—Sí, a despecho del cardenal, que ha llegado esta mañana para llevárselo; está en Granada, oculto durante el día; viene todas las noches al jardín de este palacio, se acerca a las ventanas, enviándome antes para ver si alguien nos observa... Por esto he sido sorprendido, y he faltado por usted a mi juramento...

—¡Dios le perdonará esta falta!—exclamó Juanita,—¡y Carlos también! ¡Que venga si quiere verme viva!

Y mientras el anciano apresuraba su marcha vacilante, Juanita, que se creía haber recobrado su alma y su energía, trazó algunas palabras, rápidamente, en un papel que entregó a Fernando, diciéndole:

—Esta carta para el cardenal Bibbiena.

En seguida, púsose lívido el rostro de Juanita... la puerta acababa de abrirse y Carlos apareció. Juanita, sin dirigirle un reproche, tendió hacia él sus manos, como en señal de perdón.

Carlos se precipitó a estrechar aquellas manos, que cubrió de lágrimas y besos.

—¿Por qué lloras, Carlos?—le dijo;—soy muy dichosa... ¡Te vuelvo a ver! Pero tú, que me amas tanto—continuó ella con dulzura,—¿por qué has querido morir? ¿por qué me has abandonado?

—¡Era necesario!—exclamó Carlos, con los ojos arrasados en lágrimas.

—Sí, ya sé que nos separa un secreto terrible; un secreto, me has dicho, que da la muerte... pero ahora me lo debes decir; gracias al Cielo, ya puedo escucharlo... ¡Que todos tus pesares sean los míos, que tu alma me pertenezca por entero, y los últimos instantes de mi vida serán dichosos!

Carlos se aproximó vivamente a Juanita; pero viendo luego a su hermana que permanecía de pie e inmóvil junto al lecho, se acercó al oído de su querida amiga y pronunció algunas palabras en voz baja. Un rayo de alegría brilló en los ojos de Juanita.

—¡Ingrato—le dijo;—sólo en este instante has tenido confianza en tu amiga! ¿Dudabas de su amor y has olvidado los días dichosos que pasamos juntos en las playas de Sorrento?...

Juanita se detuvo al ver aproximarse a Fernando seguido del cardenal Bibbiena.

—Teobaldo—le dijo;—lo sé todo; acusaba a usted de injusto y de riguroso, cuando no hacía otra cosa que cumplir dignamente los severos deberes de una santa amistad. Perdóneme, amigo mío...

Y Juanita le tendió la mano. Hubo entonces un momento en que aquel prelado, de fisonomía impasible, de facciones duras y severas, no pudo contener su emoción, y asomaron a sus ojos abundantes lágrimas.

—Usted vivirá—exclamó;—vivirá, Juanita, para la dicha de sus amigos.

—¡No, siento aproximarse el instante fatal! Por esto le he hecho venir.

Y le miró con la misma ternura que había mirado a Carlos.

—Compañeros de mis primeros días, he querido que también lo fuesen ustedes de mis últimos momentos, para que mi vida se extinga tan dulcemente como empezó; y ahora que lo sé todo, no se opondrá usted a bendecir nuestro enlace... ¡Qué muera siendo suya! ¡Qué en mi hora suprema deba a usted esa dicha, la esperanza y la dicha de toda mi vida!

Teobaldo, enternecido, cruzó sus manos sobre el pecho, y, elevando sus ojos al cielo, dejó ver tal emoción en su rostro, que inspiraba la más profunda piedad. Veíasele tierno y desesperado a la vez.

Asió, temblando, la mano de Carlos, la unió a la pálida y desfallecida de Juanita; y luego, con voz firme pronunció las palabras sagradas y llamó sobre ellos la bendición de Dios. La pálida y moribunda desposada volvió hacia el prelado sus ojos, en los que se reflejaba la gratitud más sincera; después estrechó a Carlos contra su pecho... y como si hubiese esperado su último beso, con la mano le mostró el cielo, diciéndole:

—¡Amado mío... mi esposo! ¡voy a esperarte!...

Al concluir de pronunciar estas palabras, dejó de existir.

Los dos amigos se abrazaron llorando; ambos cayeron de rodillas al pie del lecho, y allí permanecieron toda la noche, rogando a Dios por la que había abandonado la morada de los vivos.

Transcurrieron tres meses. Al cabo de este tiempo, cuando Fernando se atrevió a hablar de matrimonio a su prometida, ésta le contestó:

—No quiero casarme... Deseo entrar en un convento.

Y a todas las instancias que Fernando le hacía, replicaba ella:

—Conozco las brillantes cualidades que te adornan... Conozco tus virtudes... Pero no deseo el matrimonio; sólo puedo encontrar mi dicha en la soledad del claustro.

Buscando el modo de triunfar de la obstinación de Isabel, Fernando quiso ir a Madrid en busca de Carlos y del cardenal Bibbiena, en la seguridad de que sólo ellos podrían vencerla.

XIII

Tenía ya Fernando decidida su marcha, cuando tropezó con un nuevo obstáculo que hacía inútil su viaje. El duque de Carvajal, su padre, hízole saber su resolución de no consentir su matrimonio con Isabel.

—¿Y por qué razón, padre mío?—exclamó afligido Fernando.

—Conoces, tan bien como yo, los motivos que tengo para ello. Un hombre de Estado sólo abriga un pensamiento, sólo persigue un objeto; un noble español no tiene más que su palabra. Mi objeto es que, en defecto de los altos puestos y dignidades de que injustamente nos han despojado, nuestra casa sea notable, al menos, por sus grandes riquezas, y yo consentía en tu unión con la sobrina del duque de Arcos con la condición de que su hermana Juanita no se casaría y le dejaría toda su fortuna.

—Juanita ha legado, al morir, a su hermana todos los bienes de que ella podía disponer; todos los que poseía en el reino de Nápoles, que son de mucha consideración.

—Es probable que así sea, pues no los conozco; sólo sé lo que valen el palacio y los jardines de la Alhambra que había comprado en la ciudad; los inmensos dominios y las ricas granjas que había adquirido en la provincia de Granada, y en la de Valencia.

—Todo eso, padre mío, pertenecía y pertenece aún a su esposo.

—¡Casarse un cuarto de hora antes de morir!... ¡No podía esperar yo semejante cosa!

—¡Un hombre a quien amaba! ¡una unión que la hacía dichosa!

—No se trata de eso; cuando se ha dado una palabra; cuando se tiene una hermana a quien casar... Además, enlazarse con un hombre obscuro... un Carlos Broschi, a quien nadie conoce...

—Tenía, al menos, un mérito, ¡era rico!

—Sí, un mérito que ha conservado para sí. Te juro que Fernando de Carvajal no será nunca el hermano político de Carlos Broschi. No te casarás, pues, con Isabel; te niego mi consentimiento.

—¡Ah! padre mío; ella también me niega su mano.

—Tanto mejor: estamos, pues, de acuerdo.

Y, en efecto, ¿qué esperanza podía conservar el desgraciado joven, colocado entre su padre que se oponía a su enlace, y su prometida que rechazaba esta unión?

Con gran desesperación de Fernando, Isabel redoblaba sus instancias por abrazar la vida religiosa. Había entrado como novicia en el convento de Santa Cruz, y deseaba ardientemente que llegase el momento de pronunciar sus votos.

Una ceremonia de este género, una toma de velo debía celebrarse con gran pompa, dentro de poco, en la ciudad de Granada; e Isabel, que no había cumplido todavía el tiempo de noviciado, deseaba obtener una dispensa en favor suyo. Pero la abadesa de Santa Cruz no tenía facultades para dispensarle esta gracia, y la joven experimentó un gran pesar; pero concibió alguna esperanza cuando supo que el cardenal Bibbiena debía honrar la ceremonia con su presencia y que oficiaría en la misa.

A su llegada, el prelado recibió la visita del desconsolado Fernando, que demandaba su poderosa protección cerca de su padre y de su prometida.

—Tal vez consiga que el Duque ceda en su obstinación—contestó Teobaldo sonriendo,—pues no será la primera vez que ha cambiado de parecer... ¡Pero esa joven!... Es difícil y poco conveniente a mi carácter desviarla de la vida religiosa, mucho más si tiene una verdadera vocación.

—No lo creo: Isabel ha sido educada en un convento y detesta la vida del claustro; hace sólo tres meses que desea tomar el velo.

—¿Por qué causa?

—Lo ignoro.

—¿Ama a usted, a pesar de todo?

—Sí, me ama, así me lo ha dicho; pero no quiere ser mi esposa.

—¿Y la razón?

—¡Sólo Dios la sabe!... ¿Y usted, padre mío, podrá averiguarla?

—¡Ah!—dijo Teobaldo moviendo la cabeza;—Dios no nos revela esos secretos.

El prelado se equivocaba. El Cielo le ayudaría a descubrir aquel secreto, y su instinto y su conocimiento del corazón humano completarían la obra.

La abadesa de Santa Cruz presentole a la mañana siguiente la petición de una de sus novicias para que acelerase la época de profesar, la cual, al mismo tiempo, rogaba al prelado le concediese oír su confesión. El memorial estaba firmado por Isabel de Arcos.

La pobre niña arrodillose a los pies del prelado y le manifestó los sentimientos de su corazón. La novicia deseaba refugiarse en el seno del Señor para salvar su alma, para huir de un amor irresistible y súbito que la obsesionaba.

¡Amaba a Carlos! Sólo con él se hubiera desposado; y como no quería causar tan profunda pena a Fernando, cuyo amor no merecía, veíase obligada a hacerse religiosa. Amaba a Fernando, su prometido, pero con un amor más apacible, más dulce. Con él, sus días habrían sido tranquilos y serenos, y seguramente hubiera sido feliz... Pero a aquella dicha uniforme, a aquella calma de los sentidos, prefería las emociones fuertes, la vida del alma.

Había llegado hasta a envidiar, casi, los sufrimientos de su hermana; y en sus ideas novelescas miraba el claustro como un asilo seguro donde podría ser desgraciada a su gusto.

El cardenal comprendió bien pronto cuán vivas y perjudiciales, pero poco duraderas, debían de ser las resoluciones en aquel carácter vehemente y exaltado, y concibió el remedio para curar aquella imaginación enferma.

—Hija mía—le dijo;—a mí me corresponde salvarla, y lo haré, aunque a pesar suyo, si necesario fuese. No será usted, pues, religiosa, y se casará con Fernando Carvajal, amable y encantador caballero que la hará completamente dichosa.

—¡Nunca!... Es inútil tratar de contrariar mis deseos.

—Será usted quien lo elija y le entregue su mano...

—Imposible; pensaré siempre en Carlos.

—¡Carlos mismo le obligará a que le olvide!

—¡Oh, Dios mío!—exclamó la joven llorando;—pero le desafío a que lo haga, y, ¡a usted también, padre mío!

Teobaldo marchó sin conceder a Isabel la gracia que pedía.

Pero la indignación de ésta llegó al colmo cuando tuvo conocimiento de un acto mucho más injusto y arbitrario.

La camarera mayor de la Reina remitió a la abadesa de Santa Cruz la prohibición de conservar en su convento a Isabel de Arcos, y la orden de partir al instante con ella para Madrid. Ambos mandatos fueron obedecidos al pie de la letra.

El mismo día, el duque de Carvajal recibía del ministro una orden en que se le mandaba presentarse en la corte para dar explicaciones de su conducta.

Esta orden no tenía nada de agradable, porque el Duque, nada circunspecto en sus expresiones, no había guardado la menor reserva acerca del resentimiento que abrigaba contra el primer ministro Ensenada y los principales miembros del Consejo de Castilla, que le habían depuesto de su destino.

No obstante, el Duque partió para la corte acompañado de su hijo, que veía en esta desgracia un feliz acontecimiento que le permitiría vivir en la población donde Isabel se encontraba.

XIV

En aquella época, era España uno de los Estados más florecientes de Europa. Bajo el hábil reinado de Fernando VI, que mereció ser llamado el Prudente, el comercio y la agricultura comenzaban a florecer. Los españoles, tributarios hasta entonces de las otras naciones industriales, veían abundar en su suelo las primeras materias y los productos de las artes. Las ciencias y las letras tomaron nuevo impulso, y, como sucede en todos los reinos ricos y dichosos, la capital era una población llena de placeres, donde se ostentaba el lujo. Las fiestas y diversiones de todas clases se sucedían en la corte sin interrupción, y acababa de fundarse en el palacio del Buen Retiro un teatro italiano, al cual fueron llamados los primeros artistas y los cantores más afamados del mundo.

Desgraciadamente, la débil salud del Rey y las enfermedades cerebrales que continuamente padecía, hacían temer por su vida y por su razón; dominábale una melancolía que no lograban disipar los cuidados y la ternura de su joven esposa la princesa María Teresa de Portugal, de quien era sinceramente amado.

Con objeto de distraer al Monarca, se multiplicaban a su alrededor los bailes y los espectáculos; e inútil es decir que los extranjeros afluían a la capital, en la que aumentaba cada día el esplendor y la riqueza.

A nuestros viajeros les fue difícil encontrar alojamiento proporcionado a su categoría. Al fin, el duque de Carvajal y su hijo lograron un buen aposento en la Puerta del Sol, en una magnífica fonda que sólo era frecuentada por los grandes señores. El mismo día de su llegada, el Duque se presentó en palacio, pero no pudo ver al Rey.

A la mañana siguiente, solicitó una audiencia, y se le contestó que el Rey no recibiría en toda la semana.

Profundamente irritado por esta dilación, que hería vivamente su orgullo español, el Duque, al salir del palacio real, entró para desayunarse en un café, donde se reunían gran número de señores a tomar chocolate y leer los papeles públicos.

De pie, junto al brasero, había colocado un hombre que se quejaba en alta voz del ministro y de los cortesanos. El Duque no se atrevió a iniciar el ataque, pero daba su aprobación con un silencio bastante significativo, y escuchaba la conversación con gran regocijo, sintiendo aliviado su mal humor.

—Sí, señores—decía un hombre de reducida estatura cubierto con una peluca empolvada, y cuyo vestido estaba adornado de cordones;—¡por mi parte, nada temo, y, en consecuencia, hablo muy alto!... ¿Creerán ustedes que yo, grande de España, conde de Fonseca, marqués de Priego, he hecho una antesala de dos horas en el palacio de nuestro Rey?

—Como yo—murmuró en voz baja Carvajal.

—He ido a pedir a Su Majestad la orden de Calatrava, que me ha rehusado, y es la sola que me falta... Esto es una injusticia. El oficial de guardias me dijo que el Rey no recibía a nadie, pues Su Majestad está enfermo. Y grandes y pequeños quedamos asombrados. En aquel instante apareció un hombre de buena presencia, sencillamente vestido y adornado con la orden de Calatrava... En el momento de presentarse todas las puertas se abrieron para él, y entró en los aposentos del Rey sin pronunciar su nombre.

—¿Este será, sin duda, el infante, hermano de Su Majestad?—pregunté yo.

—Es Farinelli—respondiome el oficial de guardias, que tenía todavía el sombrero en la mano.

—¡Quién!—exclamé;—¡Farinelli!... ¡ese músico!... ese cantor italiano... ostenta la orden de Calatrava, que se me ha rehusado... y es recibido en las habitaciones de Su Majestad mientras yo hago antesala, ¡yo, grande de España! ¡conde de Fonseca, marqués de Priego!... ¡Háganse cargo, señores, de los tiempos en que vivimos!

—En un tiempo en que se honra al mérito y al talento—dijo un hombre que vestía una ropilla de terciopelo encarnado, el cual tomaba lentamente y con placer su chocolate.

—Que se le recompense como cantante, concedo—replicó un joven hidalgo, que estaba arreglándose ante un espejo del café los bucles de su cabellera y su chorrera de encaje.—Que se cubra de oro, hay razón para ello, porque posee la voz más melodiosa, la entonación más segura que he oído en mi vida; y cuando canta, lo que sucede pocas veces, no cedería por mil escudos mi asiento en la capilla del Rey; pero que sea el favorito de Sus Majestades; que disponga a su capricho de honores, puestos y pensiones; que tenga, según afirman, voz en el Consejo, ¡eso es inmoral, es absurdo!... ¡Sólo falta ya que se le nombre primer ministro!

—Se le ha propuesto—dijo gravemente el hombre de la ropilla encarnada,—pero ha rehusado... ¡Mozo: otra taza de chocolate!

—¡El, ministro!—exclamó el marqués de Priego en un acceso de ira, al cual el Duque de Carvajal se asoció fríamente por un movimiento de cabeza casi imperceptible;—¡él, ministro!

—Y, ¿por qué no?

¿E perché no?—repitió, en italiano, dirigiéndose a la mesa, un señor ricamente vestido, que llevaba en todos los dedos sortijas de diamantes.—¡El, ministro! Eso es justo, y, ¡es poco aún!... Con una voz semejante debería ser príncipe... ¡o rey! ¡Hay tantos que no lo merecen! He llegado de Brandeburgo, señores, por otro nombre reino de Prusia, en cuyo trono se sienta un hombre que no da dos notas seguras... ¡un hombre que toca la flauta como un principiante!... y le llaman ¡Federico el Grande! ¡Y serán ustedes capaces de indignarse porque el mio amico Farinelli sea ministro!... ¡él! ¡El maestro, el dios de la música sobre la tierra!... ¡él! ¡que debería ser maestro de capilla en el Cielo, que debería cantar con los ángeles si éstos pudiesen comparársele!... ¡El, que ha dicho presentándome a Sus Majestades: Aquí tienen el primer cantante de Europa! A lo que contesté: te has equivocado, el primero eres tú.

Al ver aquel entusiasmo y aquella originalidad, todos los asistentes habían reconocido al famoso Caffarelli, que, a propuesta de Farinelli, había sido llamado a Madrid para cantar en el teatro italiano, con una pensión de cincuenta mil ducados de renta.

—Señor Caffarelli—le dijo el caballero joven;—concibo que un hombre tal como usted sea admirado por los aficionados a la música... Pero ese cantante que no es más que... que un cantante... ese hermoso y encantador caballero por quien todas las señoras enloquecen, sin duda porque es de su sexo más que del nuestro...

—¡Eh! ¡por Nuestra Señora del Pilar!—exclamó indignado el hombre de la ropilla encarnada;—¿mirará usted como un crimen su desgracia? ¿Es culpa suya si, cuando vino al mundo, un padre odioso y criminal le hizo mutilar por mano mercenaria, cimentando su fortuna y su porvenir sobre el oprobio y la vergüenza de su hijo?

—Perdone usted—dijo Caffarelli, interrumpiendo;—perdone, señor, si tomo por mi cuenta la defensa de su padre, que siendo un gran músico, es apasionado por el arte que tan admirablemente profesa; y adorando como adora a su hijo, no existiendo como no existe sino para él, si ha sido odioso y cruel, fue por exceso de amor paternal, creyendo labrar no su fortuna, sino la de su hijo. Lo más extraordinario es que se vio obligado por la miseria a dejar su hijo en manos ajenas; y que ese pobre Farinelli ha ignorado por completo, hasta los diez y ocho años de edad, el gran talento y la magnífica voz que poseía.

Su padre, al regresar de la Siberia donde creyó perecer, se apresuró gozoso a decirle: «Mio caro figlio, debes a mi ternura una inmensa fortuna». ¡Y a pesar de tan dichoso porvenir, su hijo ha querido matarle!... Felizmente no lo ha hecho... En su desesperación se desterró voluntariamente; huyó de Nápoles, su patria, y se marchó a país extranjero, sin dinero, sin ningún medio de subsistencia, y tomando el nombre de Farinelli, que debía hacer célebre para siempre, dedicose al canto para poder vivir...

No tardó en llegar a ser rico y obsequiado, porque todas las cortes, todos los soberanos de Europa se disputaban el honor de darle asilo, de escucharle. Nunca la voz humana había operado maravillas semejantes a las suyas; y renovó e hizo posibles los prodigios del cantor Linus y del tenor Orfeo, que, según dicen, encantaban y amansaban con sus melodías las bestias feroces de las selvas. Farinelli ha hecho más... ha encantado, ha seducido caracteres más feroces aún: a los individuos que tenía en la corte, a sus enemigos, a sus rivales... ¡a mí mismo, señores!... ¡a mí! el famoso Caffarelli... Oigan ustedes lo que con él me sucedió, y del modo que le conocí.

La atención de los circunstantes redobló con las palabras de Caffarelli, y todos se aproximaron para no perder una palabra.

El italiano prosiguió de este modo:

—Me encontraba en Londres, donde Su Majestad el rey Jorge y todos los grandes señores de Inglaterra me fatigaban, si así puede decirse, con honores y guineas; porque hasta entonces no había conocido rival. Hablábase mucho entonces de un joven llamado Farinelli, que gozaba de alguna reputación; el Rey y la Reina deseaban oírnos juntos... Era lógico querer comparar al maestro con el discípulo. Cantamos, reunidos en la corte, en la pieza Arturo de Bretaña, una grandiosa escena musical donde yo representaba un tirano furioso y Farinelli a un joven príncipe que aquél tenía preso y cuya muerte decreta el tirano.

Empecé cantando un aria del tirano... Era magnífica... era un tirano como nunca se había visto. Durante un cuarto de hora fui ensordecido por los aplausos, y decía para mí con alegría:—¡Pobre joven! ¡te veo perdido!...

Comenzó Farinelli... y bien pronto no se aplaudió más... ¡se lloraba! Cuando oí aquella voz tan suave y encantadora, aquellos acentos deliciosos que llegaban al alma... no veía en él más que a un pobre joven que con las manos extendidas hacia mí me suplicaba le dejase ver aún la luz del sol, que era tan brillante y tan bella...

Lasciami ancora verder il sole...

decía él, y yo, imprudente, le escuchaba olvidando mi papel. Corrí hacia él, deshice sus ligaduras... ¡y le abracé llorando!

A partir de aquel momento, y gracias a mí, conquistó una brillante posición. Caffarelli proclamole su vencedor. Pero este vencedor llegó a ser un amigo de corazón y su casa ha estado abierta siempre para mí. Su fortuna no le ha cambiado. Que sea hombre de Estado o embajador, llego hasta su gabinete sin hacerme anunciar, y ese grande hombre interrumpe a menudo su trabajo para cantar un dúo con su antiguo amigo... Digo un dúo... ¡un solo! Porque siempre olvido mi parte, para escucharle.

—¡Bravo, bravo!—exclamó el marqués de Priego con ironía y aplaudiendo como si se encontrase en el teatro;—¡bravo! señor. ¿Pero usted, que todo lo sabe, podrá decirnos cómo Su Alteza el príncipe Arturo de Bretaña, a quien dio usted la vida, se ha encontrado de repente hombre influyente y consejero íntimo del rey de España? ¿Cómo su amigo el cantante ha llegado a ser hombre de Estado y empleado en misiones secretas e importantes cerca de varios soberanos de Europa?

—Tal vez—contestó Caffarelli con aire burlón,—para entretener a los soberanos con sus cantos. Pero ignoro en absoluto la causa de su fortuna política.

—Será, sin duda, debido a algún gran misterio—dijo el marqués de Priego.

—Opino como usted—asintió el duque de Carvajal a media voz y con acento malicioso.

—No, señores—replicó el hombre de la ropilla encarnada, que acababa de apurar su segunda taza de chocolate, y que saboreaba en aquel momento el indispensable vaso de agua;—no, señores; y si quieren conocer la causa de su elevación, yo la puedo decir, porque he sido testigo de ella.

—Es algún gran señor—murmuraron en voz baja.

—Es el presidente del Consejo de Castilla—dijo el joven caballero al Duque y a sus vecinos, dándose aires de importancia;—le conozco bien.

—No, caballerito; no me conoce usted: ¡soy Rodrigo Moncénigo, barbero de Su Majestad!

Al oír estas palabras, el duque de Carvajal púsose el sombrero, que acababa de quitarse.

—Desde el comienzo de su reinado, el Rey, nuestro augusto amo, veíase atormentado de una enfermedad de que nadie había logrado aliviarle; el señor Zúñiga, médico de la corte, llegó a perder la esperanza; y todo lo que había podido descubrir era que esta enfermedad tenía mucha semejanza con una inventada por los ingleses y que ellos llaman spleen. Ya el Rey, en dos ocasiones, y sin motivo alguno, había querido atentar contra su vida, y a pesar de la desesperación de la Reina y de las exhortaciones del padre Anastasio, confesor de Su Majestad, todo hacía temer que nuestro augusto señor no había abandonado la funesta manía que había de consumar su perdición en este mundo y en el otro.

Hacía ya un mes que permanecía encerrado en su gabinete, sin querer ver a nadie, excepto a la Reina; y a pesar de los ruegos y de las lágrimas de ésta, rehusaba los cuidados y hasta los alimentos que se le daban; ¡en tal estado negábase constantemente a mudarse de ropa y afeitarse! No podía verme; me había despedido: ¡a mí, que era su barbero; a mí, padre de cinco hijos y que no tenía otra fortuna que mi destino!

Todos nos sentíamos consternados, y la Reina más que todos: adoraba a su esposo, de quien veía amenazadas la razón y la vida con aquella negra enfermedad, y no sabía de qué medio valerse para librarle de la muerte, cuando pensó en Farinelli, cuya voz, se decía, obraba milagros. La Reina rogó al cantante que viniese a Madrid, y le colocó en una habitación contigua a la del Rey.

A los primeros acentos que hirieron los oídos de Su Majestad, éste se estremeció.

—¡Es la voz de los ángeles!—dijo; y escuchaba atentamente, cayendo de rodillas y llorando, lo que no le había sucedido en toda su enfermedad.

—¡Que siga—decía,—que siga! ¡Que continúe yo oyendo esa voz que me ha aliviado y vuelto la vida!

Cantó de nuevo Farinelli, y el Rey, volviendo en sí, se arrojó en brazos de la Reina; después salió a la estancia vecina y abrazó a Farinelli, diciéndole:

—¡Mi ángel salvador! ¿qué deseas? ¡Pídeme lo que quieras; te lo concederé, sea lo que fuere!

A lo que Farinelli repuso:

—Pido, señor, que Vuestra Majestad cambie de vestido y se haga afeitar...

Desde aquel instante, yo, Rodrigo Moncénigo, barbero del Rey, fui restablecido en mis funciones, así como en los derechos y honores de mi cargo.

Habiéndose hecho llevar la Reina una cruz de Calatrava, con el permiso de su augusto esposo, la puso, con su propia mano, en el pecho de Farinelli. Ahí tiene usted—continuó el barbero mirando al marqués de Priego—cómo fue condecorado el músico.

A partir de aquel momento, Farinelli no abandona al Rey ni a la Reina... Cuando se presentan los primeros síntomas de melancolía, el italiano canta y la indisposición desaparece. Vean ustedes cómo nuestro amo encontró un amigo...

Cuando descubrió que el admirable cantante era uno de los hombres más instruidos de Europa, que conocía casi todas las lenguas, que la riqueza y vivacidad de su imaginación igualaban a la profundidad y solidez de su juicio; que la rapidez de su golpe de vista le hacía abrazar, desarrollar y resolver en un momento las cuestiones más difíciles, se preguntó por qué había de serle prohibido a un artista tener en los negocios talento, habilidad y genio; se preguntó por qué no había de hacer su consejero y su ministro al que ya era su salvador y su amigo...

Al decir su ministro, hablo de las funciones y no del título; porque, modesto y desinteresado, Farinelli sólo deseaba servir a su Rey... Hombre de suerte y a quien la fortuna no le ha vuelto la cara, no echa en olvido quién es y tiene presente su origen.

No hablaré a ustedes de los nobles y grandes señores de la corte de España que se arrastran a sus pies; y de alguno, que no les nombraré, que le ha pedido delante de mí su protección y su favor con tanta bajeza, que yo estaba avergonzado y Farinelli también; pero sí haré mención de que, para colocar a cada uno a su altura, el artista contestaba con dulzura y modestia:

—¡Dios mío! Señor Duque, ¿qué puede hacer por un gran señor como usted un pobre cantante como yo?...

¿Necesitaré también, señores, decirles el poder que tiene en sus manos cómo lo ejerce? El protege las artes, reaviva el comercio y la agricultura, construye fábricas, hace que nuestra patria progrese en el interior y que sea respetada por los extranjeros. Ha colocado al frente del ejército a hombres de mérito y de señalados servicios sin dejar plaza al favor... Yo tenía un hijo, señores, que recibió tres heridas batiéndose con los imperiales; un hijo que en la batalla de Bitondo arrebató de las manos del enemigo una bandera y la entregó al marqués de Montmar, que era nuestro general; y este hijo era capitán hacía diez años, y hubiera continuado siéndolo toda su vida, porque descendía del pueblo, porque su abuelo, Sancho Moncénigo, mi padre, era barbero de una aldea.—Eso no es justo, me dijo Farinelli.—Y aquella tarde, en la habitación del Rey, leía versos franceses de un poeta que principiaba a hacerse célebre, de Voltaire, y que Farinelli recitaba con calor y entusiasmo, sobre todo, cuando llegó a este pasaje:

Qui sert bien son pays n'a pas besoin d'aieux

—Bella máxima—exclamó el Rey.

—Sí, señor—repuso Farinelli;—y es más bella todavía puesta en práctica.

Entonces habló de mi hijo, haciendo presente al Rey que había a la sazón dos regimientos vacantes: el de la Reina y el de Astorga.

—Sea—dijo el Rey;—concedo el mando del último a Rafael Moncénigo.

—Anteayer—prosiguió el barbero con orgullo y satisfacción paternales,—mi hijo recibió su despacho; ¡mi hijo es coronel!...

—¡Por una horrible injusticia y un juego de cubiletes infame!—exclamó un anciano militar que en aquel momento entraba en el café.—Yo, conde de Fuentes, que soy el teniente coronel más antiguo, tenía más derecho que nadie a mandar un regimiento por mi cuna y por los servicios que presté al difunto rey Felipe V, porque me arruiné durante la guerra de sucesión. Pero se me rechaza, se me tiene postergado, y, ¿por qué?... Porque detesto a los favoritos y a los eunucos; porque soy enemigo de Farinelli, y lo proclamo en voz alta; y así lo hice ayer mismo, en su presencia, cuando pasaba por la sala de guardias. Sí, me ha hecho una injusticia, una afrenta; es un infame... Y lo diré a la faz de todo el mundo...

—No delante de mí, al menos—replicó un joven, que había oído las palabras del conde de Fuentes.

Era Rafael Moncénigo, el cual ostentaba con orgullo las insignias de su nuevo empleo.

El barbero trató de contener a su hijo.

—Déjeme usted, padre mío; mientras mi mano pueda sostener una espada, no se ultrajará impunemente a Farinelli en mi presencia, y el señor me dará una satisfacción.

—¡Cuando usted quiera!—exclamó el conde de Fuentes; y ambos adversarios se disponían a salir, entre las aclamaciones de todos los circunstantes, cuando el criado del Conde, que llegaba en aquel momento, le entregó una carta que habían llevado para él, diciéndole que era urgente.

—¡Lea usted, caballero!—dijo Rafael con altivez;—tiempo tenemos.

A medida que el teniente coronel leía el billete, cambiaba de color su rostro; temblaba, presa de una agitación violenta; pero, tomando una doble resolución, se aproximó al joven, que le contemplaba desdeñosamente.

—Caballero—dijo;—¡cuánto deben costar estas palabras a un español!... ¡no tenía razón! Sería un infame si tirase de la espada en semejante combate: lea usted.

El joven leyó en voz alta:

«Señor Conde:

»Es usted mi enemigo, lo sé, y, bajo este título, le debo hacer más cumplida justicia que a ningún otro. He examinado su hoja de servicios, y se lo he hecho presente al Rey, el cual ha tenido a bien conceder a usted el mando del primer regimiento del ejército, del de la Reina... Y como tengo entendido que no es usted rico, le ruego acepte la presente libranza para montar su equipaje con el decoro que corresponde a su nuevo destino. Esto no le quita en nada su independencia, y le deja, en cambio, toda la libertad... ¡hasta la de aborrecerme!

»Farinelli.»

Las acciones nobles y generosas encierran un atractivo simpático, del cual no se libra nadie; cada uno de los circunstantes aplaudía a la vez; ambos adversarios se estrecharon las manos, y el conde de Fuentes salió, acto continuo, para ir a visitar a su generoso enemigo seguramente.

—Ahí tienen ustedes los hombres de carácter—dijo el marqués de Priego;—el menor favor los hace cambiar, y, en lo sucesivo, éste será ahora uno de los más adictos del favorito.

—Esto es enojoso—agregó el duque de Carvajal;—no obtienen más que para ellos.

—No importa; de todos modos, resulta humillante para un hombre de sangre y del nacimiento del conde de Fuentes.

—Tiene usted razón, me sonrojo por la nobleza española.

Y ambos, en testimonio de estimación, se dieron las manos al tiempo de separarse.

Al salir, el marqués de Priego se encontró por casualidad al lado de Rodrigo Moncénigo.

—¿No podría usted, señor barbero—le dijo en voz baja,—hablar por mí a Farinelli?

Entretanto, el duque de Carvajal había asido del brazo a Caffarelli, rogándole a media voz que tratase de obtener, por su mediación, una audiencia del favorito.

—Lo prometo a usted—repuso el artista, con aire protector.

Y aquella misma tarde, el Duque leía en su morada, esta breve epístola:

«Farinelli tendrá el honor de recibir mañana, antes de comer, al señor duque de Carvajal y a don Fernando, su hijo, en el gabinete particular de la Reina.

»Farinelli.»

Huelga añadir que ambos no se hicieron esperar. Fueron introducidos en una habitación elegantemente amueblada que servía de salón de música a la Reina, y experimentaron una profunda sorpresa cuando, un instante después, vieron entrar a la abadesa de Santa Cruz y a Isabel de Arcos.

Fernando no tuvo tiempo para reflexionar sobre aquel extraño acontecimiento, porque, en aquel instante, abriose una puerta dorada, y la camarera mayor de la Reina anuncio a Su Majestad María Teresa, que apareció apoyándose en el brazo del cardenal Bibbiena, confesor del Rey.

—Duque de Carvajal—dijo la Reina;—he querido anunciarle por mí misma que es la ocasión de casar a su hijo con Isabel de Arcos: el Rey devuelve a usted todos los empleos de que le habían privado, y juntamente el gobierno de Granada.

Todos los actores de esta escena quedaron inmóviles y sorprendidos, excepto Fernando, que lanzó un grito de alegría.

El Duque se inclinó en señal de asentimiento, e Isabel, haciendo un esfuerzo para sobreponerse a su turbación, tomó la palabra y dijo con voz trémula:

—Vuestra Majestad ignora... y Su Eminencia el cardenal ha debido de decirlo...

—Que ese matrimonio merece la aprobación de Farinelli—le interrumpió la Reina; e Isabel quedó estupefacta.

Con frecuencia, sobre todo después de su llegada a Madrid, había oído hablar del favorito, de su crédito y de sus aventuras; pero nunca le había visto, y habló ingenuamente a la Reina, cuando le contestó que no le conocía.

—Parece imposible—replicó Su Majestad,—pues Farinelli pretende tener sobre usted el derecho de casarla y entregarle una buena dote, siendo, como es, en la actualidad, su único pariente... Vea usted, y convénzase de lo que le digo—continuó mostrándole un pergamino que había sobre una mesa;—ahí tiene ese contrato por el que le cede una parte de su fortuna.

—Estamos aquí para firmar los contratos matrimoniales, y sólo se espera a Farinelli—dijo el cardenal.

—Ahí está—contestó la Reina, indicando con la mano a una persona que aparecía en aquel momento a la puerta de entrada.

—¡Carlos!—exclamaron simultáneamente Fernando e Isabel.

—Sí, amigos míos, Carlos Broschi... o Farinelli... Y ahora que me conocen ustedes—dijo con emoción y cambiando con Teobaldo una mirada de inteligencia,—mi querida Isabel... hermana mía... ¿rehusará usted la mano de Fernando que la ama... y que tan digno es de usted?

La joven bajó los ojos con una turbación inexplicable... Luego levantó la vista y fijola confusamente sobre Farinelli, a quien tendió su mano.

El matrimonio se verificó la mañana siguiente, en la capilla de los Reyes; una numerosa multitud compacta había acudido a la ceremonia, porque se dijo que Sus Majestades honrarían con su presencia el acto nupcial que debía celebrarse por el cardenal confesor del Rey; pero lo que excitaba más la curiosidad pública era que se daba por seguro que cantaría Farinelli.

Y, en efecto; de una de las tribunas cercanas al órgano, salió de repente una voz pura y melodiosa que parecía bajar del cielo, y la concurrencia guardó un profundo silencio.

Nunca se había expresado aquella prodigiosa voz con más sentimiento ni ternura, ni sus acentos habían sido tan penetrantes. Los melodiosos ecos llenaban el alma del dolor más profundo y hacían verter lágrimas; parecían elevarse a las regiones celestes y dirigirse a seres invisibles que habitaban las mansiones eternas.

«¡Ved—decía Carlos,—ved sobre las nubes el ángel que nos contempla y nos bendice! ¡Angel adorado que habitas en el cielo!... ¡Virgen pura, vuelve a tu patria y dirígenos desde ella tu divina voz, diciendo: ¡Ven!... ¡ven!... ¡ven!...»

En medio del silencio que reinaba en la iglesia, los sublimes ecos de aquella voz vibraban, repitiéndose en las bóvedas del templo, y murmurando a lo lejos: ¡Ven!... ¡ven!... Farinelli sucumbía a la profunda emoción que experimentaba, y, tendiendo sus brazos, cayó desvanecido.

Interrumpiose la ceremonia. Teobaldo corrió en socorro de su amigo, le hizo colocar en su coche, cuyas cortinas bajó, y se alejó lentamente por enmedio de la multitud, mientras que Carlos, volviendo hacia su amigo los ojos bañados en lágrimas, le decía:

—¿Habrá en el mundo nadie más desdichado que yo?

—¡Sí—le contestó Teobaldo oprimiendo su mano;—sí, lo hay! Que esta idea te consuele y te impida acusar a la Providencia.

—¡Cómo! ¡Más que perder lo que se ama, sentirse amado y no poder pertenecer al objeto que se idolatra!

—¡Tú has sido amado, al menos!... Si hubieses visto, por el contrario, que la mujer a quien adorabas amaba a otro; si, más fuerte que la ley de la Naturaleza, los deberes de la religión hubiesen levantado entre ustedes una barrera insuperable; si confidente de su ternura para con tu rival, para un amigo, hubieses velado constantemente por ellos; si, en fin, ¡oh, tormentos del infierno! hubieses unido sus manos, ¿te creerías aún el más desdichado de los hombres?

—¡Cómo!—exclamó Carlos espantado,—esos tormentos de que hablas...

—Los he experimentado yo.

—¡Y los has podido soportar y ocultarlos! ¿Quién te ha dado el sobrehumano valor que necesitabas para ello?

—¡Dios y la amistad!

Y ambos amigos confundiéronse en un cariñoso abrazo, mientras el pueblo repetía, aludiendo a los recién casados:

—«¡Qué felices son!»

EL REY DE OROS