WeRead Powered by ReaderPub
Carlos Broschi cover

Carlos Broschi

Chapter 17: EL REY DE OROS
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

The drama traces tangled romantic and social conflicts within an aristocratic milieu: a gravely ill countess sleeps while her sister Isabel and suitor Fernando confront a disrupted engagement complicated by a marriage contract and hidden motives. Fernando, torn between love and duty, prepares to leave; Isabel attempts to conceal truths to protect others, but a notary's arrival and unexpected contractual clauses bring private tensions into the open. Action moves between cityscapes and a lonely castle, alternating intimate domestic scenes with moments of melancholy and moral doubt as characters contend with honor, obligation, passion, and the prospect of loss.

EL REY DE OROS

——————

Sin preocuparse para nada de las parejas, ni de la magnificencia del salón en que se efectuaba el baile, las dos hablaban cerca de la chimenea. ¡Hablar en vez de bailar, a los quince o diez y seis años!... Forzosamente, la conversación tenía que ser interesantísima, y esta sola idea avivaba en mí el deseo de escucharla. Mal hecho; pero, ¿a quién se ha de permitir ser curioso, si no se le permite a un autor dramático? La curiosidad, que en los demás es un defecto, en él constituye un deber. Debe escuchar, aunque sólo sea por oficio. Por otra parte, ¡aquellas dos jóvenes eran tan lindas, tan elegantes!... En su porte y en sus miradas había tanta gracia y tanta ingenuidad; estaban tan risueñas, y se cuidaban tan poco del porvenir, que hacíase imposible no pensar en el de ellas. Una de las dos, rubia, hablaba con vehemencia y en voz baja; la otra, de hermosos cabellos negros, escuchaba con los ojos bajos y deshojando el ramillete de níveas camelias que tenía en la mano. Indudablemente le preguntaban y no quería responder. Transcurrido un instante, dirigió a su compañera sus ojos azules con una expresión angelical, de los que exhalábase una mirada que decía, sin duda alguna:

—Te juro que no te comprendo.

La contestación fue una carcajada, que traduje de esta manera:

—¿Sí? pues no te creo.

Tenía la seguridad, por mi parte, de que me estaba enterando de la conversación; pero así y todo, hubiera querido, por muchas razones, escucharla desde más cerca. La dueña de la casa me facilitó un medio, ofreciéndome un asiento para jugar al whist. No soy muy fuerte en el whist; lo juego bastante mal, y pierdo casi siempre, siendo causa esto último de que cada día le tenga más afición. Es una pasión desgraciada, o, lo que es lo mismo, es una de las pasiones que duran. Esta vez, sin embargo, tuve suerte; habían colocado la mesa del whist próxima a la chimenea, e hizo la fortuna que mi butaca estuviese a espaldas de las de mis lindas habladoras, que no fijaron su atención en nosotros. Para ellas, y a sus años, un baile se compone de muchachas, aderezos, adornos, polquistas y galanes: los jugadores de whist no son tenidos en cuenta... no existen; son cuatro asientos vacíos en un salón.

—Pero, chica, ¿no has pensado nunca en ello?

—Jamás.

—¿Ni aun en sueños?

—¿En sueños? no tengo tiempo: duermo perfectamente.

—¿Y no te ha indicado nada tu madre?

—Nada.

—Pues yo he dado ya calabazas a dos.

—¿Por qué motivos?

—Porque no eran millonarios. Quiero tener un marido rico. ¿Y tú?

—Yo desearía que el mío fuese joven y tuviera talento.

—¡Bah! Todo el mundo tiene talento. En cuanto a mí, me gustaría que fuese ministro... para que me llevara a palacio.

—¿Y con eso te contentas?

—Ya lo creo. Cada día estrenaría un nuevo traje, a cual más precioso.

—Así, pues, ¿te preocuparás de trajes después de casada?

—Siempre.

—¿Y de tu esposo?

—Señor—exclamó de pronto mi compañero,—¿no tiene usted bastos?

—¡Vaya si tengo!

—¿Por qué, pues, no los ha echado usted?

—Dispénseme, estaba escuchando... mejor dicho, combinando... y contaba las cartas ya jugadas.

Este incidente fue causa de que perdiera algunos párrafos de la conversación que tenía lugar a mis espaldas, y que no había concluido todavía.

—¡Amarle!... ¿por qué no?... si es posible... si una se enamora...

—¡Oh! eso es lo primero.

—¿Lo crees así?

—Por eso deseo que tengamos casi la misma edad, casi los mismos gustos, casi iguales defectos... Esto le hará indulgente con los míos, y, respecto a los suyos, todos se los perdono desde ahora con tal de que me quiera mucho y de que no ame a nadie más que a mí.

—Mi tía dice que eso no es posible.

—¿Por qué no lo ha de ser? ¡Le amaré yo tanto!

—¿Pero estás loca?

—Es mi deber... y me parece que será un deber muy dulce.

—¿Y si él deja de amarte?

—No importa: seguiré amándole yo. Es mi deber.

—¿Y si te engaña?

—¡Ah! me moriré. Pero, a pesar de todo, no dejaré de amarle.

—Hemos perdido tres bazas—gritó mi compañero.—Estoy fallo a copas; lo indico claramente, y ni una sola vez lo ha tenido usted en cuenta.

—¿Y qué importa?

—¡Ahí es nada!... Yo tenía una porción de triunfillos que usted ha inutilizado jugando otros mayores.

—No hemos perdido gran cosa.

—Hemos perdido diez tantos, que han ganado estos señores.

—Dispénseme usted si pierde por mi culpa: soy un mal aficionado.

Al pronunciar estas palabras, me decía a mi mismo que él me había hecho perder mucho más, impidiéndome oír el resto de la conversación, porque las dos jóvenes acababan de levantar el campo. Seguí con la mirada a una de ellas, que ya me tenía cautivado. Sentía grandes, deseos de saber su nombre, y no me atrevía a preguntarlo.

—Cecilia—dijo una señora de edad madura, mirada altiva y de formas enjutas y angulosas;—Cecilia, ponte el abrigo, y vámonos.

—En seguida, mamá. Pero acabo de comprometerme para una contradanza, y voy antes a disculparme.

—De ninguna manera—exclamó la dueña de la casa.—La señora D'Ortlies nos concederá un cuarto de hora...

Y, como en aquel momento se diese cuenta de mi presencia, me dijo estrechándome la mano:

—La Vizcondesa deseaba conocer a usted y me había pedido que se la presentase.

Nada hay para mí tan empalagoso como una presentación; pero comprendía que ésta daba a Cecilia tiempo para bailar su contradanza, y me regocijó la idea de empezar mis relaciones con ella por un sacrificio. Lo era y no flojo. Mujer de antiguo abolengo, la señora vizcondesa D'Ortlies valía por sus pretensiones tanto, cuando menos, como por su ilustre prosapia. Escribía libros que encontraban más admiradores que lectores. Era moneda tan corriente entre éstos que sus obras debían estar impregnadas de religión, monarquismo y sublimidad, que cada cual, sin conocerlas, las aplaudía de antemano, con admirable aplomo desde que el editor anunciaba que estaban en prensa.

El que ha tenido más éxito de sus libros, y, según dicen, ha contribuido más a extender y cimentar su reputación, es su novela de*** que nadie ha leído todavía.

Sería inútil redundancia alegar que, dados sus principios, su devoción y su ilustre apellido, la señora Vizcondesa firma sus obras con un seudónimo: es un buen recurso para asegurar aplausos.

Hizo el gasto de la conversación hablando casi sola, y no pudo hacer nada más de mi gusto, porque me agradan las mujeres de talento cuando no hay que tenerlo con ellas y cuando al placer de oírlas puedo unir el de permanecer silencioso. En esto me parezco a un sujeto que decía:

—Voy a darme prisa a escribir un libro que rebose ingenio, para tener después el derecho de ser un bruto el resto de mi vida.—¿He escrito ese libro? Lo ignoro: supongamos que sí, y adelante.

La Vizcondesa me habló de mis obras: yo de las suyas... de su hija. Evidentemente era ésta la mejor, y, sin embargo, me pareció que a ninguna daba menos importancia. Siembre sucede lo mismo: por regla general, los autores son los peores jueces de sus engendros.

Prolongose tanto la conversación, que Cecilia tuvo tiempo de bailar dos contradanzas. La pobre no sabía cómo agradecérmelo, y sin que ella lo sospechara, ya estábamos en paz, porque me había pagado con la sonrisa más amable y graciosa del mundo. Recordando las palabras que le había oído, exclamé, viéndola alejarse:

—¡Feliz el hombre que logre agradarle! ¡Feliz el esposo que ella elija!...

Pasó aquel año y el invierno siguiente sin que volviera a ver a Cecilia, pues no voy casi nunca a las reuniones.

Al comenzar la primavera de 1833 me aburría soberanamente. ¿Por qué? Esto no le importa al lector, y, con su permiso, paso por alto los motivos. Recurrí a lo que yo considero como el remedio de todos los males: tomé la diligencia, y en busca de un argumento para una comedia, con la cual podría regocijarme y distraerme, visité la Auvernia y los Pirineos.

Estos dos países son muy poco conocidos.

No hay negociante retirado, no hay jubilado, ni procurador o abogado en vacaciones que no se considere en el deber de viajar por Suiza para poder decir a su mujer y a sus hijos:

—«He visto el valle de Lauterbrunnen, el lago de Brienz y el Grindelwald», camino trillado y recorrido por todo el mundo, itinerario tan común en la actualidad, como el de París a Saint-Cloud.

¡Y, entretanto, nadie piensa en visitar la Auvernia y los Pirineos! ¡Oh, viajeros parisienses, viajeros de imitación; ignoran ustedes que sin salir de Francia encontrarán cascadas, aludes y picos escarpados; ignoran que esos Pirineos, que les pertenecen, que son algo así como la propia casa de ustedes, ofrecen vistas tan graciosas, escenas tan sublimes, espectáculos tan grandiosos como los mismos Alpes! Sí: apelo a todos los que han viajado verdaderamente, y no por los libros: el circo de Gavarni, las Torres de Marboré, el boquete de Roland, ¿no son, en su género, tan admirables, tan incomprensibles, tan grandiosos como el manoseado Mont-Blanc, la caída del Rin o la del Aar? ¿En qué país lograrán ustedes encontrar, en la cima de una montaña, un lago en el cráter de un volcán? Sí, señores, sí, abonados del café Tortoni y de la Opera... sí, un verdadero lago y un verdadero volcán: ahí tienen ustedes todavía el cráter con su forma dilatada y una abertura circular de media legua; vean ustedes las capas de lava, y en el sitio donde hervían el azufre y el salitre, contemplen ahora un lago límpido que se eleva hasta la mitad de ese gran embudo, mientras la otra mitad, cubierta de árboles y musgo, forma una verde muralla de ciento cincuenta pies de altura que baja casi a pico hasta los bordes del lago misterioso, cuyo fondo no se ha encontrado, y sobre el cual nadie se atrevería a lanzarse, porque el remolino de las aguas haría zozobrar en seguida la barca, y el atrevido navegante, precipitado al fondo del abismo, en los fuegos subterráneos, hubiera comenzado como La Pérouse y concluido como Empédocles.

Y todas estas maravillas, que semejan un cuento de Las mil y una noches... ese lago que se extiende sobre un volcán, y ese volcán que amenaza recobrar su plaza, ¿dónde piensan ustedes que se encuentra? ¿En los Alpes? ¿En las cordilleras de los Andes?... No, ciertamente. En la Auvernia, a dos o tres leguas de Mont-Doré, y este lago es el lago de Pavin, adonde llegarán ustedes en dos o tres horas de camino, llevando de conductor al señor Miguel Garnier, mi guía, que sólo exige dos francos de jornal, y que les confundirá con un príncipe extranjero si llegan a darle tres.

Encontrábame yo, con mi guía, cerca del lago Pavin, recostado en la hierba al borde del cráter y contemplando a mis pies las aguas puras y transparentes que a cada instante creía ver en ebullición, lo que me hubiera divertido y espantado, cuando sentí pasos a mi espalda: eran otros viajeros. Un anciano, apoyado en el brazo de una joven, gritaba con tono de mal humor:—No andes tan de prisa... no puedo seguirte.—Levanté los ojos y me pareció reconocer en la joven el porte elegante y gracioso, la fisonomía encantadora de mi linda bailarina, de la señorita Cecilia D'Ortlies: mis dudas se convirtieron en certeza cuando divisé, algunos pasos detrás de ella, a una mujer que, provista de un álbum y del indispensable lápiz, escribía al mismo tiempo que andaba. Era la señora Vizcondesa, engolfada en hacer una descripción del lago Pavin, que yo debí imitar, porque indudablemente valía más que la mía. Grandes exclamaciones de sorpresa por una y otra parte: las obligadas frases de admiración sobre el magnífico cuadro que se desarrollaba ante nuestros ojos... y luego, cumplidas las reglas de urbanidad, pensé en mi conveniencia, e hice conocer mis deseos de ser presentado a la señorita Cecilia.

—¡Señorita!...—repitió la Vizcondesa con asombro:—Cecilia está casada.

—¿Cómo así?—repuse.

Y miré en torno mío, buscando al joven esposo, extrañándome de que no acompañase a su mujer.

—Mi yerno—dijo la D'Ortlies presentándome al anciano, cuyo nombre, que no viene a cuento, pronunció con gravedad olímpica.

Era un vástago de rancia nobleza, general en tiempo del Imperio, y duque y Par durante la Restauración. Conservaba todavía un mando militar importante, una fortuna colosal y una porción de buenas cualidades. Pero, desgraciadamente, hacía ya mucho tiempo que le adornaban estas buenas cualidades... porque tenía 67 años, con un aditamento de varias heridas y reumatismo, a lo que había que agregar la gota con todas sus prerrogativas, es decir, la impaciencia, la acritud y un humor endiablado: fuera de esto, era extremadamente amable siempre que no estaba enfermo... y solía estarlo diez meses al año.

¡Este era el marido de Cecilia!

Rememoré entonces la conversación del baile, el gentil compañero que ella había soñado, sus proyectos de dicha para el porvenir. Si no adivinó la pobre niña el interés y la piedad con que yo la miraba, me lo agradeció sin saberlo, porque, apenas transcurrieron algunos minutos, éramos los mejores amigos del mundo.

Mientras nosotros conversábamos, su rancio esposo reposaba sentado; su madre escribía a destajo. Todo lo que Cecilia decía era sencillo y natural; pero estaba impregnado de una dulzura y una melancolía realmente exquisitas. La hablé de su marido, y le tributó los mayores elogios, recordando con gratitud los títulos, la posición y la fortuna de que le era deudora. De su felicidad, que le había robado, no dijo una palabra. ¡Alma noble y virtuosa, en que todo era resignación, abnegación y fidelidad a sus deberes! Pero ¿quién hubiera reconocido en su lenguaje grave y melancólico a la joven que yo había visto, dos años antes, tan soñadora, tan candorosa y tan alegre?

¡Qué juicio al presente! ¡qué tacto! ¡qué criterio! Se me ocurrió que, para haberlos adquirido en tan breve plazo, debía de haber sido muy desgraciada.

Nos encontrábamos al borde del lago, puro, límpido y transparente... imagen de su alma. Así se lo dije; me miró, sonriendo con esa sonrisa triste que hace llorar, y repuso:

—Sí; la calma en la superficie...

—Y tal vez en el fondo...—agregué, mostrándole el lago.

No terminé la frase, pero la adivinó, porque dijo en seguida:

—No, señor, no: ¡jamás!...

Y dirigió al cielo su mirada, ignoro si para tomarlo por testigo o para implorar su protección.

En aquel instante se oyó una voz avinagrada: era la de la Vizcondesa. El general tenía frío: las emanaciones del lago le sentaban mal y era necesario partir. De buena gana hubiera dado el brazo a Cecilia; pero ella ofreció el suyo a su esposo, y sólo quedaba la Vizcondesa. ¡Valiente compensación!... Me vi obligado a hablar de literatura y a enterarme de que la señora componía una nueva novela que deseaba leerme tan pronto como estuviese terminada. ¡A mí, que viajaba para divertirme!

—Creo, Vizcondesa, que no podré gozar tanta ventura, porque me voy a los Pirineos—le dije.

—Allí vamos todos: han recomendado al general las aguas de Barèges, que son milagrosas para las heridas.

—Parecíame que el general se quedaba en Mont-Doré.

—Estamos aquí por casualidad; pues, de paso, ha querido experimentar estos manantiales que el año pasado dieron resultados excelentes al mariscal Soult; pero después de algunos baños, que no le han servido de nada, ha renunciado a ellos y saldremos dentro de pocos días para los Pirineos. Confío que usted se vendrá con nosotros.

Me incliné respetuosamente.

—¿Dónde se hospeda usted en Mont-Doré?

—En el hotel Chabaury, señora.

—Nosotros también. ¿Nos dispensará usted esta noche el honor de que cenemos juntos?

Saludé de nuevo. Decididamente era el comensal, el compañero de viaje y el amigo de la familia.

Viajando, y particularmente en los baños, la amistad se entabla con una rapidez asombrosa; me aproveché de mi nuevo título, y de los derechos que me daba, para hablar de Cecilia. Indiqué a la Vizcondesa que aquel matrimonio, tan ventajoso por otra parte, me inspiraba serios temores respecto a la dicha futura de su hija.

—No conoce usted a Cecilia, caballero, ni sabe usted qué clase de educación ha recibido. Ha estado en el Sagrado Corazón, como todas las señoritas de la nobleza a quienes conozco. Ha leído todas mis obras: las lee diariamente, y los principios que en ellas se sostiene...

—Son inmejorables, señora; pero su hija de usted es muy joven, y si su corazón llega a despertarse...

—No se despertará nunca. En mi familia no se despiertan los corazones.

—No lo dudo—dije mirándola,—en cuanto al pasado; pero en el futuro...

—¡Caballero!...—repuso, examinándome de pies a cabeza:—no hay circunstancias que obliguen a olvidar sus deberes a las personas religiosas y bien educadas. Con religión y principios, no existen matrimonios desproporcionados ni peligros de ninguna clase; esté usted seguro de ello.

—Opino como usted, señora.

Llegamos al hotel.

El general sentíase de mal temple, y su mal humor se acrecentó al encontrarse con varias cartas, que tenía forzosamente que contestar: también había que expedir algunas órdenes.

—Si estuviera aquí Enrique—dijo a su esposa,—me ayudaría y se encargaría de eso; pero tú te opusiste a que viniese con nosotros.

—Ya sabes que éramos tres en el coche, y que no podía prescindir de mi doncella.

—Haces honor a tu sexo... ¡la doncella! ¡Vaya un motivo para que me prives de un sobrino a quien quiero, y de un ayudante de campo que es mis pies y mis manos!

—Echas en olvido que mi mamá y yo estamos aquí para cuidarte, y que, además, tu sobrino Enrique de Castelnau hace falta en París, pues lo exigen tus intereses.

—Di mejor tus caprichos... porque tienes ojeriza a ese pobre Enrique... a quien no puedes tragar.

—¡Yo!

—¡Tú! como lo oyes. Apenas le hablas... apenas le haces caso. Te aseguro que necesita valor para pisar mi casa, después del recibimiento que le haces cuando entra en ella.

—Me acusas sin motivo; el sobrino de mi esposo tendrá siempre derecho a mis deferencias.

—¡Sí, ya sé a qué atenerme al respecto!... Y ¡vive Dios! que tengo ganas de ver que se le trata con desprecio. Claro es que, si alguno de los dos debía aborrecer al otro, indudablemente ese alguno es él... él, que era mi único heredero, y a quien mi matrimonio ha despojado de la fortuna que le correspondía.

—Confío en que no sucederá lo que dices—se apresuró a decir Cecilia.

—Cuando menos, perderá una parte de ella. Y, ¿qué ocurre, en cambio? Que en vez de quejarse de su tía, no tiene boca para alabarla. Es la delicadeza personificada, contigo y con tu madre. Correría todo París por darte gusto, y reventaría sus caballos por proporcionarte un billete de baile o un palco en la Opera.

—Verdad—dijo la Vizcondesa;—y aunque sólo fuera por complacer a tu esposo, tú, Cecilia, debías ser más amable con Enrique.

—Cumplo mi deber, mamá—respondió Cecilia en tono frío y resuelto.

—¡Por vida de!...—gritó colérico el general.—¿Habrá cabeza más dura? Dulce en ocasiones, como un ángel, cuando se rebela parece de granito. ¡A los diez y siete años! La cosa promete. Ignoro, señora Vizcondesa, cómo la ha educado usted, pero afirmo que lo que sucede no tiene sentido común.

—¡Señor!... Cecilia ha leído mis obras.

—Eso quería yo decir.

—¡General!... Olvida usted...

—Dice usted bien. Olvido que la cena nos aguarda. Dispense usted, caballero—dijo dirigiéndose a mí,—que le hagamos testigo de estas pequeñeces: confío en que nos guardará el secreto y no nos sacará a relucir en alguna comedia.

Tomó mi brazo, hizo que me sentara en la mesa a su lado y durante la comida estuvo grosero con todos menos conmigo. No obstante, debo advertir que sus inconveniencias tenían por principal blanco a su suegra.

A los postres llegó una nueva carta, y el general exclamó, dando en la mesa un puñetazo que lo echó a rodar todo:

—¡Sólo esto faltaba!... Enrique está herido.

Cecilia palideció, y observé que temblaban sus labios.

—Sí, herido; le han dado una estocada...—prosiguió el general.—¡Torpe! Tranquilícese usted—dijo a su suegra, que saboreaba impasible una taza de café.—No corre peligro; han transcurrido ocho días y va bien la cura. Pero el módico le ha recetado las aguas de Barèges, y llegará aquí mañana.

—¡Mañana!—dijo la Vizcondesa alegremente.

—¡Mañana!—dijo con frialdad Cecilia, cuyo semblante había vuelto a recobrar su acostumbrada calma.

En cuanto a mí, aguardé el día siguiente con impaciencia.

La llegada de una silla de posta es siempre un acontecimiento en todas las poblaciones de poca importancia, y con más motivo en Mont-Doré, donde el único placer de los vecinos es ver llegar o partir los viajeros. Cuando a las diez de la mañana se oyó el ruido de un carruaje, todo el mundo se asomó a las ventanas.

Pocos minutos después, el señor de Castelnau entró en el salón, abrazó afectuosamente a su tío y saludó a las dos señoras con respeto.

Aparentaba unos veinticinco años. Era alto, bien formado, de porte distinguido; en una palabra, un gallardo mozo; y, lo que vale más, parecía ignorarlo, porque se ocupaba siempre de los demás y nunca de sí mismo. Su rostro, franco y expresivo, tenía impresas las huellas del sufrimiento. La fatiga del viaje, o tal vez otras causas, habían empeorado su herida.

Yo, entretanto, observaba a Cecilia: no vi en sus facciones ni sombra de emoción; recibió a Enrique con afectuosa cortesía, y le interrogó acerca de su salud con un marcado interés... pero no tanto como el que yo esperaba.

Enrique estaba visiblemente conmovido. Casi no acertaba a expresarse, y creo que le hice un gran servicio hablándole del camino y del tiempo, que eran pésimos. La displicencia de la conversación le fue serenando poco a poco, y acabó por respirar más a su gusto. Hay momentos en que los extraños y los importunos no son del todo inútiles.

Aquel día visitamos la cascada de Queureiels y la de Vernière. Enrique se aproximó con frecuencia a Cecilia, que daba siempre el brazo a su esposo o a su madre, y cuando hablaba se dirigía a mí.

Por la noche leyó al general los periódicos, le despachó el correo oficial y estuvo escuchando, con una atención digna de mejor suerte, dos largas disertaciones de la Vizcondesa. Sólo alguna que otra vez, y a hurtadillas, sus grandes ojos negros se volvían, como a pesar suyo, hacia el lado de Cecilia, que trabajaba sin mirarle y sin hacer de él más caso que de los demás concurrentes.

Me convencí de que me había equivocado, y mis conjeturas eran falsas. El pobre joven podía amar a Cecilia, pero Cecilia no pensaba en él.

La mañana del siguiente día, víspera de nuestra partida, la Vizcondesa encontrábase escribiendo junto a Cecilia, que tocaba el piano: y era aquella música tan alegre y juguetona, que acabó de disipar mis últimas dudas.

—No es posible—pensaba yo entretanto,—estar bajo el peso de una pasión cuando se ejecutan semejantes variaciones, y, sobre todo, cuando se ejecutan con tanta perfección.

En aquel instante entró en el salón un médico joven, conocido mío, que venía de París asistiendo a un personaje a quien acompañaba a las aguas de Mont-Doré. Los militares hablan de sus campañas, los escritores de sus obras, y los médicos de sus enfermos: es inevitable. Mi joven doctor, a riesgo de molestar a aquellas damas, empezó a relatarnos las curas maravillosas y singulares que había hecho, sazonando la relación con anécdotas más o menos picantes, a las que sólo yo prestaba atención, porque, como he dicho anteriormente, yo escucho siempre por oficio.

Entre otras cosas, nos contó que recientemente había asistido a un joven que tenía una estocada, cuya herida, de bastante gravedad, no se parecía a ninguna otra. No era recta ni hecha de abajo arriba; todo lo contrario: daba también la circunstancia de que el enfermo tenía gran estatura y hacíase preciso, en consecuencia, que para herirle así en el pecho de arriba abajo, su adversario fuese mucho más alto que él, es decir, un hombre de ocho a diez pies de estatura. Contó asimismo que, obligado por sus preguntas y argumentos, el herido acabó por confesarle que la estocada se la había dado él mismo.

—¿Qué móvil dirá usted que le impulsó?—continuó diciendo.—Nunca adivinaría usted semejante extravagancia. Quería tener un pretexto para ir a las aguas de Barèges, y me rogó que se las recetara... lo que hice en el acto. ¡Pobre chico!... Me pagó espléndidamente la receta... recomendándome su secreto.

—Y, según veo, cumple usted su recomendación al pie de la letra—exclamé sonriendo.

—Puedo franquearme con usted, sin peligro de que lo cuente.

En aquel momento abriose la puerta, y se presentó el general, apoyado en el brazo de su ayudante de campo. Enrique, al ver al médico, corrió hacia él y tendiéndole la mano, dijo:

—Doctor, ¿usted por aquí?...

En seguida, agregó, presentándonosle:

—Señoras y señores, es mi Esculapio... el que me ha curado la herida, el que me ha recetado las aguas de Barèges. ¿No es cierto?

El médico balbuceó algunas palabras y se despidió, porque le aguardaba su enfermo. El general se sentó tranquilamente en su cómodo sillón; Enrique, con la sonrisa en los labios, permaneció de pie junto a la chimenea; la Vizcondesa, entre sorprendida e indignada, quería hablar y no se atrevía a hacerlo. Cecilia, pálida, con la frente apoyada en una mano, reflexionaba en silencio, y yo, mirándolos a todos, calculaba que la situación era admirable, y esperaba con inquietud el rumbo que tomaría, y, sobre todo, el desenlace que llegaría a tener.

El general fue el primero que rompió el silencio, tarareando una canción que le había entusiasmado. Era una música que estaba de moda y que su autor no habría conocido, seguramente: de tal manera se la había asimilado y la había hecho propia el general, por la manera de interpretarla.

—Y digan ustedes, señoras—exclamó después de esta especie de ritornelo, ¿nos vamos, por último, mañana a los Pirineos para pasar un mes en Barèges?

Nadie respondió: todos guardaron silencio, y en los ojos de Enrique brilló un relámpago de alegría.

—¿Han pensado ya en los equipajes mi mujer y mi suegra? ¿Han guardado en las cajas sus gorros y sombreros? ¿Está todo dispuesto para la marcha?

—Para la tuya, sí—dijo Cecilia, esforzándose por demostrar un valor que no sentía.

—¿Cómo para la mía? ¿Pues no partiremos juntos?

—No.

—¿Por qué motivo? ¿Puedo saberse?

—Mi madre y yo queremos acompañarte hasta Pau, donde tienes una posesión con un magnífico castillo que no conocemos, y habíamos proyectado permanecer en él hasta tu regreso.

—¿Y dejarme ir solo a Barèges? Está bien.

—No; si eso fuera así, estaría mal. La prueba es que nosotras estábamos decididas a acompañarte, a no separarnos de ti; pero ahora, que irá contigo tu sobrino Enrique, no tienes necesidad de nuestros cuidados.

—¿Qué pretendes darme a entender con esas palabras?

—Te confieso que, para mí, pasar todo un mes en esas horribles montañas, sería lo más triste, lo más penoso, lo más fastidioso del mundo, si he de juzgar por los tres días que llevamos aquí.

Mientras tenía lugar este diálogo, el general saltaba en el sillón; oprimía la tabaquera entre sus dedos, y yo preveía la tempestad que iba a estallar. Pero lo que no pude observar sin compadecerme fue el rostro de Enrique, que, pálido y sin poder apenas sostenerse, se apoyaba en la chimenea. La desesperación reflejábase en todas sus facciones, dejándome adivinar lo que pasaba en el alma de aquel desventurado joven. ¡Haberse herido por ella, por pasar un mes cerca de ella, y perder tanta ventura por un capricho!

—¡Vive Dios!—exclamó el general levantándose colérico y rechazando con el pie el sillón, que fue rodando al centro de la sala;—¿me has tomado por un recluta? ¿Crees que voy a dejarme manejar por una mujer, por una muñeca? Usted vendrá, señora; usted vendrá, porque yo se lo ordeno.

—He dicho que no.

—¿Y por qué? ¡voto a!... ¿por qué?

Cecilia no temblaba ya: había tomado su resolución, y, resignada a todo, sin tener en cuenta otra cosa que su deber, contestó a media voz, pero con firmeza:

—Porque no quiero.

El general, lleno de ira, dio un paso hacia ella y se oyó al mismo tiempo un gemido sordo: era que Enrique, sintiéndose peor de su herida, se desmayaba, y hubiera caído sobre el pavimento si no lo hubiese yo sostenido en mis brazos. La cólera del general, cambiando súbitamente de dirección, descargó sobre su sobrino.

—¡Imprudente! ¡imbécil!... hace una hora que está de pie, y es lo peor que puede hacer... La herida se abrirá de nuevo: siempre se lo estoy diciendo; pero aquí nadie me hace caso, nadie me obedece... ¡Que el diablo se los lleve a todos!... ¡oh!... ¿no vuelve en sí?

—Va recobrando el conocimiento—respondió Cecilia, que, habiéndose lanzado hacia Enrique, le hacía respirar un pomo de sales y le prodigaba los más tiernos cuidados.

—¡Ah!—exclamó el general;—ya abre los ojos.

Cecilia se retiró apresuradamente; entró en su aposento seguida de su madre, y algunos momentos después el general fue a buscarlas. Sus súplicas y sus amenazas debieron de ser inútiles, porque aquella noche nos dijo:

—Ese angelito tiene muy dura la cabeza.

—¿Se niega a ir a Barèges?—preguntó Enrique.

—Así parece. Iremos tú y yo, y nos esperará en mi castillo de Lescar, en los alrededores de Pau.

—¡Cómo!... tío, ¿ha cedido usted?—exclamó Enrique en tono de reproche.

—¿Qué quieres que hiciera?... a no matarla... No quedaba otro remedio: así se lo he dicho ¡voto a!...

—¿Y qué ha respondido?

—Esto: «Si me matas, tanto mejor. No iré a Barèges.» El razonamiento no puede ser más lógico. Es una testaruda, lo repito; una cabeza de hierro. Hay que confesar, sin embargo, que sin ese defecto sería la mejor de las mujeres.

En la madrugada del siguiente día había dos coches preparados para la marcha.

—Todo el equipaje lo ha arreglado la señorita—díjome su doncella.—No se ha acostado en toda la noche.

Apenas estuvieron enganchados los caballos, Cecilia montó precipitadamente en la berlina. Cuando ofrecía la mano a la Vizcondesa para ayudarla a subir, me dijo ésta:

—¿Ve usted, señor, cómo con la religión y los buenos principios no hay matrimonios desproporcionados y rodeados de peligros?

—Por lo menos, hay luchas y amarguras—me dije a mí mismo, al ver el pálido rostro de Cecilia y sus ojos preñados de lágrimas, que sin duda quería ocultar a todos; porque, al divisar de lejos a su marido que se dirigía a la berlina, apoyado en el brazo de Enrique, exclamó repentinamente:

—Cochero, a escape, a escape.

Restalló la fusta, los caballos salieron al galope y el coche desapareció de nuestra vista, mientras gritaba el anciano:

—¡Bien! ¡perfectamente!... ¡Loca! Se va sin despedirse, sin abrazarnos. A fe mía, caballero, que aquí tiene usted el asunto que busca para una comedia.

—¿No será drama?—murmuré entre dientes, contemplando la cara de Enrique, que, incapaz de ver, de oír y de responder, dejose colocar por mí en el otro coche al lado de su tío.—No pensó siquiera en darme las gracias ni en decirme «adiós». ¡Pobre hombre! Esto le matará—dije para mí.

Pocas horas después salí yo también para los Pirineos. No temas, lector, pues no pienso llevarte a los picos del Mont-Perdu, tan curioso y acaso más accesible que el Mont-Blanc; no te conduciré a Luz ni a Saint-Sauveur, que tienen fisonomía alegre y pintoresca; cruzaremos a escape el Chaos, esa lluvia de enormes rocas caídas del cielo o vomitadas por el infierno; no penetraremos en el recinto del circo de Gavarnie: aturdido ante tanta magnificencia, deslumbrado por tanta maravilla, no querrías salir de él. Te mostraré solamente las torres de Marboré, rocas inmensas coronadas de almenas, ciudadela encantada donde nieves perpetuas, heridas por el sol, parecen antemuros de diamante. Te indicaré de lejos el portillo de Roland, esa muralla de granito que separa a Francia de España, y que Roland abrió con un golpe de su tajante espada... Ven, acércate. El hizo para ti ese boquete de doscientos o trescientos pies, desde donde puedes divisar Aragón y recorrerlo en toda su extensión. Aquí es, al pie de estas grandiosas torres, donde antiguamente pelearon Agramante y Ferragus contra los parciales de Carlomagno. No estás solo en este desierto: te rodean todos los héroes de Ariosto, y podrías elevarte a las nubes con el poeta, si es que el frío, que penetra hasta los tuétanos, no te obliga a bajar a la tierra. Si sucede tal cosa, ven a calentarte al fuego de algún habitante de la montaña, y volvamos a la aldea de Gèdres, mitad francesa, mitad española, donde seguramente almorzaremos con algún contrabandista. Luego, cruzando el Baztan y salvando el Tourmalet, bajaremos al delicioso valle de Campan, paraíso terrenal que nos conducirá a Bagnères de Bigorre, donde, si estás fatigado y deseas encontrar la tranquilidad y la dicha, es preciso que te detengas y te entregues al descanso.

Esto es lo que yo hice.

Caminando por las ásperas montañas, encontré en una de las fábulas de La Fontaine el asunto para una comedia en cinco actos, que nuestros últimos acontecimientos políticos podían hacer bastante intencionada. Detúveme en Bagnères para escribirla. En un lugar verdaderamente delicioso, al lado de la hermosa casa de M. Lugo, alquilé una casita que daba a las alamedas de Maintenon.

Allí pasé los quince días más tranquilos y más felices de mi vida, trabajando por la mañana, muy temprano, y a primera hora de la noche, y recorriendo durante el día el mágico país que me rodeaba, los valles de Campan y de Lesponne, el convento de Medous y el Elysée Saint Paul. Un día efectué una ascensión al Camp de César o a la Penne de l'Héris; otro día proyectaba excursiones al Pic du Midi, desde donde se dominan las llanuras del Bigorre y del Béarn. ¡Cuánto regocijo y cuánta salud dan el aire puro de las montañas, esos valles risueños y ese hermoso sol! Devuelven la juventud y la dicha; porque aquí, en estas cimas, se olvidan lo mismo los padecimientos del cuerpo que las amarguras del alma. Desgraciadamente, al bajar volvemos a encontrarlos en la llanura y en la ciudad, donde nos esperan.

Cuando terminé mis cinco actos, hízose necesario marchar y alejarse de tan hermoso país. Atravesé el alegro valle de Argelés y la ciudad de Lourdes; admiré la deliciosa capilla de Nuestra Señora de Bétharram, y me dirigí a Pau, que me atraía por más de un concepto. Tenía, en primer lugar, un amigo, un amable y excelente joven, antiguo capitán de la guardia, que habitaba con su familia en el Real Palacio de Pau, y no quise dejar el Mediodía sin abrazarle; por otra parte, en los alrededores de esta ciudad estaba el señorío de Lescar, donde la vizcondesa D'Ortlies y el general me habían comprometido para que me detuviese algunos días. Sentía vivos deseos de volver a ver a Cecilia, y llegué al castillo. Era un edificio hermosísimo, admirablemente situado: el parque extendíase hasta las orillas del Gave; desde las ventanas del salón se descubrían los ribazos del Jurançon, y en el horizonte, a una distancia de quince leguas, las montañas azuladas y las cimas blancas de los Pirineos.

Al apearme del coche, fui recibido por la Vizcondesa y su hija, que me dispensaron la más amable acogida. Esperaban al general, que continuaba en Bigorre; pero ¡cuál fue mi sorpresa cuando, al entrar en el salón, vi a Enrique de Castelnau reclinado en un canapé y leyendo un periódico!...

—Le ha enviado el general—díjome a media voz la Vizcondesa—para traer unos despachos al gobernador de Pau y adquirir noticias de la salud de Cecilia, que ha estado muy enferma.

—¿De veras?—exclamé consternado.

—Ya pasó. Está mucho mejor; y, mientras viene el general, nos acompaña Enrique. ¿Dónde ha de vivir sino en el castillo de su tío? Así lo ha ordenado mi yerno, que, desde hace una semana, nos anuncia su llegada diariamente.

—Así, pues, ¿hace una semana que vive aquí el señor de Castelnau?—pregunté a la Vizcondesa, la cual, adivinando la idea que me preocupaba, se apresuró a contestarme:

—Tranquilícese usted. Ya conoce usted a mi hija. Por otra parte, puedo asegurar que en todo este tiempo no se ha separado ni un momento de mí durante el día.

Y no mentía. Cecilia trabajaba en el gabinete de costura al lado de su madre, y hasta en los paseos que solía dar por el parque jamás Enrique se encontraba a solas con ella. Conste, además, que él no buscaba ocasión para acercarse.

Tenía elegancia y sus modales eran en extremo distinguidos. Todo en él respiraba la delicadeza más escogida, los cuidados más solícitos; pero ni una palabra, ni una mirada que pusiera de manifiesto a los ojos de un extraño el secreto de su alma. Hasta había recobrado la alegría y la jovialidad; estaba menos distraído, y tomaba parte en las conversaciones. Sólo entonces pude observar que estaba dotado de una amabilidad exquisita y de una vasta instrucción, y que, a una excesiva modestia, se unían en él un ingenio fino y sumamente delicado, un carácter noble, pensamientos elevados y generosos... en una palabra, una multitud de buenas cualidades, que habían permanecido ocultas, y que ahora brillaban en todo su esplendor.

La Vizcondesa nos leyó en un periódico un artículo que trataba de un suicidio.

—¡Desventurado!...—exclamó Cecilia, de un modo que casi parecía una aprobación.

—¡Insensato!—dijo Enrique, casi despreciativamente.

—¿No se explica usted el suicidio?—le pregunté con viveza.

—¡Nunca! Suicidarse es privarse de una dicha inmensa.

—¿Cuál?

—La de morir por los que se ama.

—¡Vaya!—pensé,—la quiere siempre, pero ha tomado su partido, y se ha resignado valerosamente. Habrá tenido fuerzas para combatir y vencer.

La Vizcondesa me ofreció leerme su última novela. Acepté, y entré con ella en su gabinete de trabajo, pensando que en aquel momento su amor propio de autor la hacía olvidar su vigilancia de madre, e iba a dejar a Enrique algunos momentos de libertad.

Me equivoqué, pues él no los aprovechó. Me siento orgulloso de haber soportado con un valor heroico la lectura, que fue bastante larga. Entretanto, Cecilia tocaba al piano unas melodías tristes y melancólicas; pero estaba sola, pues yo había visto a lo lejos a Enrique paseando por una de las alamedas del parque, y, cuando volví al salón, continuaba sola, sentada en un gran sillón, con la frente apoyada en una mano y en los ojos una mirada febril. Se levantó vivamente y se acercó a mí con la sonrisa en los labios. Al ponerse de pie dejó caer su pañuelo. Me apresuré a recogerlo, y noté que estaba mojado. La joven se dio cuenta de ello, y me dijo, mostrándome un libro que había sobre la chimenea:

—Soy en extremo ridícula, ¿no es cierto? Esa novela me ha hecho llorar.

Miré el libro, y vi que era una novela de su madre. No necesitaba esta prueba para convencerme de que me engañaba.

Por la tarde hubo mucha gente en el castillo: toda la buena sociedad de Pau y sus alrededores. Cecilia hacía los honores de la casa con una gracia y una naturalidad admirables; se ocupaba de todos, excepto de Enrique, a quien sólo de vez en cuando daba algunas órdenes para que arreglara las mesas de juego.

Hiciéronme jugar al whist con tres personajes de la comarca. Los viejos jugaban al piqué; las viejas al boston, presididas por la Vizcondesa. El recaudador de contribuciones jugaba al billar con el alcalde, y Cecilia, agrupando en torno suyo a los jóvenes, propuso pasar el tiempo en juegos de prendas, lo que se aceptó con entusiasmo. Los juegos de prendas están aún de moda en las provincias, sobre todo en la de los Bajos Pirineos.

Entretanto, hacía yo tales chambonadas, que mí compañero debió de formar pésima idea de los jugadores de la capital; pero estaba escrito que Cecilia me había de hacer perder siempre al whist, porque también esta vez, como cuando la conocí, pensaba en ella más que en el juego, y mis ojos se dirigían constantemente hacia el alegre círculo que dirigía.

Enrique se había alejado, y distraíase viendo jugar al billar; varios jóvenes llamaron al gentil ayudante de campo, y, de grado o por fuerza, no tuvo más remedio que acudir al llamamiento. Sentose lejos de Cecilia, y en las prendas que él sentenció evitaba toda ocasión de aproximarse a ella. En una ocasión, sin embargo, cumpliendo las leyes rigurosas del juego, sentenciaron a Cecilia a dar un beso al joven Castelnau. La joven se puso de pie... ¡En aquel instante, yo fallaba a mi compañero un ocho de copas que era rey!... Hizo un ademán de impaciencia; ¿qué me importaba? Mi atención estaba por completo fija en Cecilia, que se acercó tranquilamente a Enrique presentándole sus frescas y sonrosadas mejillas.

El joven apenas las rozó con sus labios. No se ruborizó, no palideció, no perdió el conocimiento, como yo esperaba: estuvo tranquilo y sereno. Decididamente, me dije, es un héroe. Le admiraba y le compadecía, y, sin quererlo, me sorprendí haciendo votos por él y por su amor sin esperanza.

Todas las prendas estaban sentenciadas: las señoritas y algunos jóvenes sentáronse alrededor de una gran mesa redonda que había en el centro del salón, y se pusieron a hojear álbums, revistas y grabados. Unos tomaban un lápiz y dibujaban; otros pintaban a la sepia algunos paisajes de los alrededores, y Enrique, por complacer a una niña que tenía al lado, esculpía, valiéndose para ello de un cortaplumas inglés, un pedazo de madera, al cual iba dando la forma de una ermita, labor que ejecutan con éxito los pastores de los Alpes o de los Pirineos. La madera era dura, el cortaplumas estaba muy afilado, y, en un movimiento un poco brusco, la hoja resbaló sobre la materia que cortaba y produjo a Enrique una cortadura bastante grande en un dedo de la mano izquierda. Cecilia lanzó un grito y se puso intensamente pálida. Un momento después se echó a reír. La herida era insignificante, aunque sangraba en abundancia. Todos los pañuelos de mano de las señoras se pusieron a disposición del herido; todos los neceseres se abrieron. Buscose tafetán inglés, que fue cortado acto continuo, y veinte manecitas tan blancas como bien formadas se ofrecieron a aplicarlo sobre la herida. Todos reían, y la cura adelantaba poco: la operación era difícil. La cortadura estaba en la segunda falange del dedo, y el tafetán no podía sujetarse. Se le colocaba de nuevo, tratando de darle consistencia, y al menor movimiento se desprendía otra vez.

—Pero, caballero, estése usted quieto, y sobre todo no doble usted el dedo.

—Pero, señoras, eso es fácil de decir... hacerlo ya es diferente.

—Tiene razón este señor—intervine yo,—y para que su dedo permanezca inmóvil, habrá que hacer lo que en cirugía se llama... se llama...

—¿Entablillar?—interrumpió Enrique,—¿como si se tratara, de un brazo o una pierna?

—Justamente.

—¿Y dónde encontrar el aparato?—gritaron todos riendo.

—Helo aquí.

Y tomé una carta de la mesa donde acababa de jugar al whist; creo que era un rey de oros. Lo enrollé alrededor del dedo herido; las señoras sujetáronlo con una hebra de seda, y sostenido de este modo por la cartulina, ya no era de temer que el dedo se doblara y la herida volviera a abrirse. Terminó, al fin, la cura, entre los gritos alborozados y los aplausos de todos los circunstantes, que me felicitaron por mis conocimientos quirúrgicos. Enrique me rogó que le presentara la cuenta de mis honorarios, y Cecilia me prometió acudir a mí para que le curase todos los pinchazos de agujas y alfileres.

Poco después dieron las once, y cada uno tomó su palmatoria.

Yo entré en mi alcoba, desde donde oía aún las carcajadas y las alegres carreras que daba en los comedores aquella juventud bulliciosa.

La mañana siguiente, a eso de las diez, bajé al salón y estaba hablando con la Vizcondesa, cuando, con gran sorpresa nuestra, vimos entrar al general, que nos dijo con la mayor alegría:

—Buenos días, queridos amigos.

—¡Cómo!... ¡Dios mío!... ¿De dónde sale mi yerno? ¿Por dónde ha llegado?... No hemos oído entrar el carruaje en el patio.

—Es que llegué esta madrugada, a las cinco, cuando todos ustedes estaban entregados al sueño.

—¿De veras?

—No quise despertar a nadie y me fui derecho a la alcoba de mi mujer que, por cierto, al pronto, no quería abrirme. Tanto miedo sentía.

—¡Ya lo creo!... El que despierta sobresaltado...

—Imaginábase que los españoles o los contrabandistas se apoderaban del castillo. ¡Pobrecilla!... Por fortuna no tardé en tranquilizarla... ¿Y qué tal va su salud, y la de usted?

—Envidiables.

—¿Se han aburrido ustedes mucho en mi ausencia?... ¿qué han hecho aquí, entretanto?

—Ayer tuvimos reunión, y jugamos al whist y al boston.

—¡Perfectamente! Y, a propósito, tengo que reprender a usted. Ha hecho usted jugadora a su hija.

—¡Yo!

—Usted; jugadora como las mismas cartas. A lo que parece, no piensa en otra cosa ni de día ni de noche. He aquí una prueba—continuó riendo a carcajadas:—aquí tiene usted un naipe, un rey de oros, que he encontrado enrollado debajo de su almohada. Esto es una picardía, ¿verdad?

Traté de reír, para que el general no reparase en la turbación de la Vizcondesa, que parecía herida por un rayo.

—Mire usted, mire usted—prosiguió el general dando nuevamente libre acceso a su risa.—La Vizcondesa no ríe... está desconcertada... y es que se reconoce culpable.

—¡Oh! muy culpable—murmuré interiormente.

En aquel instante bajó Enrique, y poco después Cecilia.

En seguida nos sentamos a la mesa y almorzamos en familia.

Nos encontrábamos solos y, como la víspera, los vi reservados e indiferentes; pero, mejor enterado ahora, ¡cuánto amor sorprendí en aquellos ojos que se evitaban constantemente, en aquella fingida frialdad, en aquella silenciosa unión de voluntades, fiel regulador de todos sus pensamientos!

Concluido el almuerzo, abandonamos la mesa y nos dirigimos al parque. Me quedé algo atrás con la Vizcondesa y le dije:

—Dígame, señora: ¿sigue usted creyendo que con la religión y los buenos principios no existen peligros para un matrimonio desproporcionado?

—Calle usted—replicó,—que se acerca el general.

Se aproximó, efectivamente, a nosotros, y me dijo riendo:

—¿Encontró usted, por último, en los Pirineos el argumento que buscaba?

—Sí, encontré varios... y por cierto uno de ellos es picante como una guindilla.

—¿Le servirá a usted de asunto para una comedia?—me preguntó.

—No, general: para una novela—repuse.

EL PRECIO DE LA VIDA

EL PRECIO DE LA VIDA

——————

Abriose la puerta del salón, y nuestro criado José presentose para anunciarnos que estaba dispuesta la silla de posta.

Mi madre y mis hermanas se arrojaron en mis brazos.

—Todavía tienes tiempo para arrepentirte—dijéronme,—renuncia a tu viaje... quédate con nosotras.

—Madre mía—repuse,—soy noble, tengo veinte años, y deseo que se hable de mí y hacer carrera, sea en el ejército o en la corte.

—Pero, ¿no piensas en el dolor que me causas con tu partida?

—Estará usted contenta y orgullosa al saber los adelantos de su hijo.

—¿Y si mueres en alguna batalla?

—No importa. ¿Para qué es la vida? Además, ¿quién piensa en semejante cosa? Cuando se tienen veinte años, el que es noble sólo debe pensar en la gloria. Ya me verá usted, madre mía, volver a su lado dentro de algunos años, hecho todo un coronel, mariscal de campo o con un brillante empleo en Versalles.

—¿Y qué tendremos con eso?

—Que seré aquí respetado y considerado.

—¿Nada más?

—Y que todo el mundo me saludará, quitándose el sombrero al pasar por mi lado.

—¿Y luego?

—Que me casaré con mi prima Enriqueta, que conseguiré un matrimonio ventajoso para mis hermanas, y que todos viviremos tranquilos y felices en mis tierras de Bretaña.

—¿Y quién te impide comenzar desde ahora? ¿No nos ha dejado tu padre la mayor fortuna del país? ¿Existe en diez leguas a la redonda un dominio más rico ni más hermoso castillo que el de la Roche-Bernard? ¿No eres considerado y querido de nuestros vasallos? ¿Deja alguno de saludarte, quitándose el sombrero, como dices, cuando atraviesas el pueblo? No te separes de nosotros, hijo mío; quédate al lado de tus amigos, de tus hermanas y de tu anciana madre, a quien tal vez no encontrarás a tu regreso. No vayas a consumir por un vano anhelo de gloria, o abreviar con sinsabores y sufrimientos de todo género los días de existencia que con tanta rapidez se deslizan. La vida, hijo mío, es una gran cosa, y el sol de Bretaña es muy hermoso.

Al decir esto, me señalaba por las ventanas del salón las hermosas alamedas de nuestro parque, los viejos castaños en flor, las lilas y las madreselvas cuyo aroma embalsamaba el ambiente.

En la antesala encontré al jardinero y su familia, todos tristes y silenciosos, y mirándome como si quisieran decirme:

—No se marche usted, señorito; no nos abandone.

Hortensia, mi hermana mayor, me estrechaba entre sus brazos.

Y Amelia, mi hermana menor, que se encontraba en un extremo de la sala entretenida en ver los grabados de una obra de La Fontaine, acercose a mí con el libro en la mano.

—Lee, hermano mío, lee—me dijo, con lágrimas en los ojos.

Era la fábula de Las dos palomas.

Al fin, me levanté bruscamente, y respondí a todos:

—Tengo veinte años, soy noble, y necesito alcanzar gloria y honores. Déjenme, pues, que parta.

Y acto seguido me lancé al patio.

Iba a montar en la silla de posta cuando apareció en el descanso de la escalera una joven.

Era Enriqueta.

No lloraba, no pronunciaba una palabra. Pero estaba pálida y temblorosa, y apenas podía sostenerse.

Con el pañuelo blanco que tenía en la mano me hizo una señal de despedida, y cayó sin conocimiento.

Corrí a ella, la levanté en mis brazos, la estreché contra mi corazón jurándole amor eterno, y antes que recobrara el sentido, la confié al cuidado de mi madre y mis hermanas y me dirigí a donde estaba el carruaje sin detenerme ni volver la cabeza.

Si la miraba otra vez, estaba seguro de que no tendría valor para marcharme.

Pocos minutos después, la silla de posta rodaba por la carretera.

En los primeros momentos, sólo pensé en mis hermanas, en Enriqueta, en mi madre y en la dicha que acababa de abandonar.

Pero estas ideas se fueron disipando a medida que desaparecían de mi vista las torres de la Roche-Bernard.

Los sueños de ambición y gloria no tardaron en apoderarse completamente de mi cerebro.

¡Cuántos proyectos y castillos en el aire formé recostado en los almohadones de mi carruaje!

Riquezas, honores, dignidades, brillantes éxitos de todas clases... Todo lo ambicionaba. A mi juicio, lo merecía todo, y todo me lo concedía, elevándome más y más, conforme avanzaba en el camino.

Veíame ya gobernador de provincia, duque, par... Y, al detenerme por la noche en una posada había llegado a mariscal de Francia.

La voz de un criado, que me llamó sencillamente caballero, me obligó a salir de mi éxtasis y volver a la realidad.

Al día siguiente y en los sucesivos, tuve los mismos sueños, la misma embriaguez.

Mi viaje era largo. Dirigíame a las inmediaciones de Sedán, a casa del duque de C..., antiguo amigo de mi padre y protector de mi familia, el cual habíase ofrecido a acompañarme a París y presentarme en Versalles, con objeto de obtener para mí el mando de una compañía de dragones por influencia de una hermana suya, la marquesa de F..., hermosa joven designada por la opinión pública como sucesora de Mad. Pompadour, a cuyo título aspiraba con tanta mayor justicia, cuanto que hacía mucho tiempo que venía desempeñando sus honrosas funciones.

Llegué a Sedán de noche, y no pudiendo a semejante hora dirigirme al castillo de mi protector, aplacé mi visita para el día siguiente, y busqué hospedaje en el hotel de Las armas de Francia, el mejor de la ciudad, que era el punto de reunión de los oficiales, porque Sedán es plaza fuerte y hay en ella mucha guarnición. Las calles de la ciudad presentan un aspecto guerrero, y hasta los paisanos caminan con aire marcial, como si dijesen a los forasteros: «Somos compatriotas del gran Turena».

Cené en mesa redonda y procuré informarme acerca del camino que debía emprender al día siguiente para llegar al castillo del duque de C..., que distaba tres leguas de la población.

—Cualquiera se lo podrá indicar—me contestaron.—Es muy conocido en el país. En ese castillo ha muerto un militar ilustre, un hombre célebre, el mariscal Fabert.

Y, en seguida, recayó la conversación en este personaje. Esto era natural entre oficiales jóvenes.

Se habló de sus batallas, de sus proezas, de su modestia, que le hizo rehusar los títulos y el collar con que quiso agraciarle Luis XIV, y sobre todo de su extraordinaria suerte. Porque salido de la nada, pues era hijo de un pobre impresor, de simple soldado llegó a la elevada categoría de mariscal.

Este era el único ejemplo que en aquella época podía citarse de semejante fortuna, que, viviendo todavía Fabert, había parecido tan extraordinaria, que el vulgo atribuyó a su elevación causas sobrenaturales.

Decíase que en su juventud se había ocupado de magia, y que había hecho un pacto con el diablo.

El hostelero, con la credulidad propia de nuestros aldeanos bretones, nos aseguró que en el castillo del duque de C..., donde murió Fabert, habían visto entrar a un hombre negro, que nadie conocía, y que este hombre se llevó el alma del mariscal, a quien anteriormente se la había comprado; añadiendo que, todavía, por el mes de mayo, época de la muerte de aquél, se veía aparecer por la noche al negro, con una luz en la mano.

Este relato contribuyó a amenizar el término de nuestra cena, y bebimos una botella de champagne en obsequio al demonio familiar de Fabert, pidiéndole que se dignara tomarnos también bajo su protección y hacernos ganar algunas batallas semejantes a las de Collioure y La Marfée.

Me levanté muy temprano al siguiente día, y acto continuo emprendí el camino que llevaba al castillo del duque de C..., inmensa y gótica mansión en la que no hubiera reparado siquiera, a encontrarme todavía impresionado por la narración de la víspera.

Excitada con ella mi curiosidad, no pude menos de contemplar el edificio atentamente; y confieso que no terminé mi examen sin experimentar cierta emoción.

El criado a quien pregunté me respondió que ignoraba si su amo estaba visible, y sobre todo si me recibiría.

Díjele mi nombre, para que me anunciara, y salió dejándome solo en una especie de sala de armas, cuyas paredes estaban cubiertas de atributos de caza y retratos de familia.

Aguardé un gran rato, sin ver aparecer a nadie.

¡La carrera de gloria y honores, con que yo había soñado, comenzaba por hacer antesala!

Devorábame la impaciencia.

Ya había contado dos o tres veces todos los retratos que adornaban la sala y hasta las vigas del techo, cuando percibí junto a mí un ligero ruido.

Producíalo una puerta mal cerrada que el viento acababa de abrir.

Me acerqué a ella y vi un lindo gabinete, iluminado claramente por dos grandes ventanas y una puerta de cristales, que daban a un jardín espléndido.

Penetré algunos pasos en el interior de aquel alegre aposento y me detuve ante un espectáculo que no descubrí a primera vista.

Dando la espalda a la puerta por donde yo acababa de entrar, vi a un hombre recostado en un canapé.

Levantose, sin darse cuenta de mi presencia, y se dirigió bruscamente a una de las ventanas.

Lloraba silenciosamente, y en sus facciones parecía dibujarse una profunda desesperación.

Por espacio de algunos minutos permaneció inmóvil, con la cabeza oculta entre las manos.

Luego empezó a pasearse precipitadamente por la estancia.

En una de las ocasiones que pasó junto a mí, me vio y se detuvo, estremeciéndose.

Yo, entonces, cortado y pesaroso de mi indiscreción, intenté retirarme, balbuceando algunas frases de disculpa.

Pero él me detuvo por un brazo, diciendo en voz alta:

—¿Quién es usted? ¿Qué desea?

—Soy el caballero de la Roche-Bernard—contesté;—y vengo de Bretaña...

—Ya sé, ya sé—repuso.

Y me abrazó, obligándome luego a que me sentara junto a él.

Hablome de mi padre, de toda mi familia, y demostró conocerla tan bien, que no dudé de que fuese el dueño del castillo.

—¿Es usted el señor de C...?—le dije.

Pero él se levantó, mirándome exaltado, y repuso:

—Lo era, pero ya no lo soy; ya no soy nada.

Y al ver el asombro con que yo le oía, agregó:

—Ni una palabra más, joven; no me interrogue usted...

—A pesar de todo, ya que sin querer he sido testigo de la pena de usted, si mi amistad y mi interés pueden proporcionarle algún consuelo...

—Tiene usted razón. Le es imposible cambiar en nada mi suerte, pero será depositario de mi última voluntad... Este es el único servicio que puede prestarme.

Se levantó a cerrar la puerta y volvió a sentarse a mi lado.

Yo, entretanto, lleno de singular emoción, esperaba sus confidencias.

Su voz tenía algo de grave y solemne.

En su rostro, particularmente, reflejábase una expresión que en nadie había yo observado hasta entonces.

Su frente parecía marcada por el sello de la fatalidad.

Tenía la tez pálida, y sus ojos, negros, despedían un fulgor extraño.

A intervalos, sus facciones, aunque alteradas por el sufrimiento, se contraían por una sonrisa irónica e infernal.

—Lo que voy a revelar a usted—dijo—tal vez ofusque su razón. Dudará... no podrá usted creer... yo mismo dudo muchas veces; es decir, quisiera dudar; pero las pruebas están demasiado claras en todo lo que me rodea...

Interrumpiose un instante, como para coordinar sus ideas. Después, pasándose una mano por la frente, continuó:

—«He nacido en este castillo, teniendo ya dos hermanos, a los cuales debían ir a parar los bienes y los títulos de nuestra familia. No podía esperar, por consiguiente, más que la sotana y el manteo. Y no obstante, en mi cabeza fermentaban las ideas de ambición y de gloria. Descontento de mi obscuridad, ávido de nombradía, sólo pensaba en los medios de adquirirla. Y esta idea me hizo insensible a todos los placeres y dulzuras de la existencia. El presente no era nada para mí: sólo existía para el porvenir; y el porvenir ofrecíase a mis ojos bajo el aspecto más sombrío.

»Contaba treinta años, próximamente, y todavía no era nada.

»Por aquella época se formaban en la capital grandes reputaciones literarias, cuya fama llegaba hasta nuestra provincia.

»¡Ah!—decíame con frecuencia,—¡si yo pudiese al menos alcanzar un nombre en la carrera de las letras! ¡Eso siempre me daría alguna gloria, y tan sólo en la gloria estriba la dicha del hombre!

»Tenía por confidente de mis penas a un antiguo criado, un negro que habitaba en el castillo desde antes de mi nacimiento, y que era, a no dudar, el más anciano de la casa, porque nadie se acordaba de haberle visto entrar en ella; los hombres más viejos del país aseguraban que había conocido al mariscal Fabert y le había asistido en sus últimos momentos...»

Al decir estas palabras, mi interlocutor me vio hacer un gesto de sorpresa, y se detuvo para preguntarme la causa.

—No es nada—respondí.

Pero en aquel momento, recordé, a pesar mío, el hombre negro de que había hablado el hostelero la noche anterior.

El señor de C... prosiguió en esta forma:

«Un día, delante de Yago (tal era el nombre de mi negro) me dejé llevar de la desesperación por la obscuridad en que vivía y la inutilidad de mi existencia, y exclamé:

—»Daría diez años de vida por figurar entre los primeros literatos.

—»¡Diez años—repuso Yago fríamente—es mucho! Es pagar muy cara una cosa tan pequeña. Pero no importa, acepto los diez años. Acuérdese de lo que ha ofrecido, que yo cumpliré mi promesa.

»Inútilmente trataría de pintar a usted mi asombro al oír su contestación. Creí que los años habían debilitado su cerebro, y me encogí de hombros sonriéndome.

»Pocos días después abandoné el castillo para emprender un viaje a París.

»Allí, sin poder explicarme cómo me arreglé para ello, me vi al poco tiempo introducido en los círculos literarios.

»Me animó el ejemplo de muchos escritores y publiqué algunas obras, de cuyo éxito no debo hablar a usted... París entero las aplaudió y los periódicos rivalizaron en elogios hacia mí. El nuevo nombre que yo había adoptado como seudónimo se hizo célebre, y aun ayer, usted mismo lo admiraba, joven...»

Al llegar aquí, un nuevo gesto de sorpresa interrumpió el relato.

—¿No es usted, pues, el duque de C...?

—No—repuso fríamente.

Por mi parte, pensé:

—¡Un hombre de letras célebre!... ¿Será Marmontel? ¿Será Alembert? ¿Será Voltaire?

El desconocido suspiró, plegó sus labios con una sonrisa amarga y desdeñosa, y continuó su narración:

—«Aquel nombre, aquella gloria literaria que tanto había envidiado, en breve llegó a ser insuficiente para mi alma. Aspiraba ya a una fama de mayor prestigio aún, y dije a Yago, el cual me había seguido a París:

—»No existe otro verdadero renombre que el que se adquiere en la carrera de las armas. ¿Qué es un literato, un poeta? Nada. Pero un gran capitán, un general... Este es el destino que ambiciono. Por una gran reputación militar daría diez años de los que me quedan de vida.

—»Aceptado—replicó Yago.—No se olvide usted de que me pertenecen.»

Al pronunciar estas palabras, el desconocido se detuvo otra vez, y viendo la turbación y la duda que se retrataban en mi rostro, dijo:

—«Ya le había anunciado a usted, joven; le cuesta trabajo creerme; todo esto le parece un sueño, una quimera... ¡A mí también!... Y, sin embargo, los grados, los honores que obtuve no eran una ilusión; los soldados que llevé al combate, los reductos tomados, las banderas conquistadas al enemigo, las victorias que tanto asombro causaron a Francia... todo esto fue obra mía, toda esta gloria me pertenece.»

Interin él se expresaba en estos términos, accionando con calor, con entusiasmo, yo, pasmado de sorpresa, me decía:

—¿Quién es, pues, el hombre que tengo delante? ¿Será Coligny, Richelieu, el mariscal Saxe?...

Del estado de exaltación en que se encontraba, cayó el desconocido en un profundo abatimiento, y acercándose a mí, exclamó en tono sombrío:

—«Yago estuvo en lo cierto. Y cuando poco después, disgustado de aquella vana humareda de gloria militar, aspiraba yo a lo único que hay real y positivo en este mundo; cuando a costa de cinco o seis años de vida anhelé poseer grandes riquezas, también me las otorgó. La fortuna colmó mis deseos, y me vi dueño de inmensas tierras, bosques, castillos... Esta mañana conservaba aún todo esto... Si duda usted de lo que le digo, si duda de Yago, aguarde, aguarde un poco... no tardará en venir, y podrá usted convencerse por sí mismo de que, lo que ofusca o confunde su razón y la mía, es, por desgracia, demasiado cierto.»

Al pronunciar estas palabras, se acercó a la chimenea, consultó el reloj, y, haciendo un gesto de espanto, me dijo en voz baja: