—«Esta mañana, al despuntar el día, me sentí tan débil y abatido, que casi no podía levantarme. Llamé a mi ayuda de cámara, y acudió Yago, en lugar de aquél.—¿Qué tengo?—le pregunté.
—»Señor, nada que no sea natural—respondiome,—que la hora se aproxima, que llega el instante...
—»¿Cuál?
—»¿No lo adivina usted? El Cielo le había concedido sesenta años de vida, y tenía usted ya treinta cuando empecé a cumplir sus deseos.
—»¡Yago!—exclamé con terror,—¿hablas formalmente?
—»Sí, señor. En cinco años ha consumido usted en gloria veinticinco de existencia. Me los ofreció usted, y me pertenecen. Este tiempo de que usted será privado se agregará al mío.
—¡Cómo! ¿Era éste el precio de tus servicios?
—»Otros los han pagado más caros. Ejemplo de ello es Fabert, a quien también concedí mi protección.
—»Calla, calla—le dije.—Eso es imposible... mientes... me estás engañando.
—»Crea usted lo que le plazca; pero prepárese, porque no le queda más que media hora de vida.
—»¿Te burlas de mí?
—»De ningún modo. Calcule usted mismo: treinta y cinco años que ha vivido realmente y veinticinco que ha disipado, suman sesenta.
»Y al decir esto se disponía a salir de la estancia.
»Yo sentía disminuirse mis fuerzas, que la vida se extinguía en mí, y exclamé:
—»¡Yago, Yago! concédeme algunas horas, unas cuántas horas aún.
—»No puede ser—me contestó;—sería perjudicarme yo en mi tiempo, y yo conozco mejor que usted el valor de la vida; no hay tesoro con que poder pagar dos horas de existencia.
»Yo apenas me sentía con fuerzas para hablar; mis ojos se cerraban; el frío de la muerte helaba la sangre de mis venas.
—»Pues bien—repliqué trabajosamente;—recupera esos bienes por los que lo he sacrificado todo. Cuatro horas más, y renuncio al oro, a las riquezas que tanto ambicioné.
—»Conforme—dijo entonces Yago.—Has sido un buen amo para mí, y debo hacer algo en tu obsequio. Consiento en lo que pides.
»En aquel momento sentí que recobraba mis fuerzas, y agregué:
—»Cuatro horas es muy poco, Yago; concédeme cuatro más, y renuncio también a la gloria literaria, a mis obras, a lo que me hizo alcanzar un puesto tan elevado en la estimación del mundo.
—»¡Cuatro horas por eso!—murmuró el negro desdeñosamente.—Es mucho; pero no importa, no debo negarte la última gracia.
—»¡Oh! no, la última no—dije, cruzando las manos.—Concédeme hasta la noche, doce horas siquiera, un día entero, y que mis hazañas, mis triunfos, mi reputación militar, se borren para siempre de la memoria de los hombres; que no quede nada de mí sobre la tierra... Un día, Yago, te lo ruego.
—»Abusas de mi bondad—respondiome, haciendo un gesto de burla...—Pero, en fin, te concedo hasta la puesta del sol. Después no me pidas más. Hasta el ocaso, pues. Vendré por ti.»
—Hoy—continuó el desconocido con desesperación,—es el último día de mi vida, el único que me queda!...
Luego, asomándose a una de las ventanas que daban al parque, prosiguió:
—Ya no volveré a ver ese hermoso cielo, esos verdes céspedes, esas bulliciosas aguas; ya no respiraré más este aire embalsamado... ¡Qué insensato he sido! Esos bienes que Dios da a todos, a los que siempre me he mostrado insensible, y cuya dulzura sólo puedo apreciar ahora, los habría disfrutado aún durante veinticinco años. ¡Ah! ¡Y he sacrificado mis días a una quimera; los he perdido por una gloria estéril que no me ha proporcionado la dicha, y que ha muerto antes que yo!... Mire, mire—añadió señalando a unos aldeanos que atravesaban el parque y regresaban, cantando, a sus faenas,—¡qué no daría yo ahora por participar de sus trabajos y de su miseria! Pero ya nada tengo que dar ni que esperar en este mundo, nada... ni la desgracia siquiera.
En aquel instante, un rayo de sol vino a iluminar sus pálidas y descompuestas facciones.
—Vea usted—exclamó asiéndome de un brazo con una especie de delirio,—¡vea qué hermoso es el sol!... ¡Y he de perder todo esto! ¡Ah! deje que aun disfrute de ello, que saboree por completo este alegre y sereno día que para mí no ha de tener un mañana.
Y antes que yo pudiera detenerle, lanzose corriendo al parque, y desapareció por una de las alamedas.
Si he de ser franco, diré que me hubiera sido imposible evitarlo; no tenía fuerzas; me encontraba aturdido, asombrado de cuanto acababa de ver y oír. Apenas si me encontraba aún con energías para levantarme de mi asiento y dar algunos pasos, a fin de convencerme de que no soñaba.
Antes de que lograse darme cuenta exacta de mi situación, se abrió la puerta y apareció un criado, el mismo a quien había interrogado al entrar, diciendo:
—El señor duque de C...
Y un hombre de unos sesenta años y de aspecto distinguido, avanzó a mi encuentro, tendiéndome la mano y excusándose por haberme hecho esperar tanto.
—Cuando llegó usted me encontraba ausente del castillo—me dijo.—Vengo ahora de la ciudad, adonde he ido con objeto de celebrar una consulta sobre el lamentable estado del conde de C..., mi hermano menor.
—¿Está en peligro su vida?—exclamé algo confuso.
—No, por fortuna—replicó el Duque;—pero en su juventud, ciertas ideas de gloria y ambición trastornaron su cabeza, y una grave enfermedad que ha sufrido últimamente, de la que llegamos a creer todos que moriría, ha dejado en su cerebro una especie de delirio por el cual se figura continuamente que sólo le queda un día de vida. En esto consiste su locura.
Entonces, todo se aclaró para mí.
—Pero hablemos de usted—continuó el Duque.—Veamos qué puedo hacer en su favor. A fin de este mes saldremos para Versalles. Le presentaré en la corte, y...
—Conozco las excelentes disposiciones que abriga usted para conmigo, señor Duque, y he venido a darle las gracias por ellas.
—Pues qué, ¿ha renunciado usted al porvenir que podía alcanzar en la corte?
—Sí, señor.
—Recapacite usted en que, por mi influencia, hará rápidamente carrera y podrá llegar en menos de diez años...
—¡Diez años!—exclamé con una especie de terror.
—¡Cómo!—repuso el Duque asombrado.—¿Considera usted que es pagar demasiado caras la gloria y la fortuna? Vamos, joven, decídase, y pronto iremos a Versalles.
—No, señor Duque; regresaré en seguida a la Bretaña, y le suplico nuevamente que acepte la expresión de mi reconocimiento y el de toda mi familia.
—¡Eso es una locura!—murmuró el Duque.
Pero yo, reflexionando en lo que acababa de ver y escuchar, salí diciendo para mí:
—Esto es ser razonable.
Y al día siguiente emprendí el viaje de vuelta a mi casa. ¡Con cuánta alegría contemplé mi hermoso castillo de la Roche-Bernard, los seculares árboles de mi parque y el hermoso sol de mi país! En él me esperaban mis vasallos, mis hermanas, mi madre... y la felicidad, porque ocho días después celebrábase mi matrimonio con mi prima Enriqueta.
JUDIT O EL PALCO DE LA ÓPERA
JUDIT O EL PALCO DE LA ÓPERA
——————
I
Nos encontramos en un gran teatro, el de la Opera de París.
Y conste que no aludo a las maravillas que presenta a nuestra vista, a la gracia aérea de la Taglioni, al encanto delicioso de las Elssler, ni al poderoso talento de Nourrit, Talma de la tragedia lírica; no hablo de los magníficos acordes de Meyerbeer, orgullo de Alemania, ni de los ingeniosos e inagotables cantos de Auber, el primero de nuestros compositores, si no tuviera la desgracia de ser nuestro compatriota. Tampoco me refiero a la magnificencia de las decoraciones, los trajes y los bailes; no se trata del teatro, sino de la sala. En ella tiene lugar un espectáculo muy curioso en otro sentido, pero tan seductor y brillante como el de la escena.
Dirijan ustedes una mirada a su alrededor; y si esta noche tienen tiempo de observar, si se encuentran de buen humor, si no han perdido el dinero en la Bolsa o escuchado un mal discurso en la Cámara, si su amante no les ha hecho traición o su esposa no les ha armado querella, si han comido bien, en compañía de personas de ingenio o, lo que es aún mejor, de verdaderos amigos, tomen asiento en la orquesta de la Opera; dirijan sus gemelos no hacia el escenario sino hacia las galerías, al anfiteatro y sobre todo a los palcos principales. ¡Qué cuadros tan variados, cuántas escenas de comedia y, con frecuencia, hasta de drama! Y adviertan ustedes que no quiero que salgan del observatorio en que acabo de colocarlos; porque, ¿qué sucedería si abandonando su silla de orquesta y tomando el brazo de un amigo se aventurasen en el foyer de la Opera? No podrían dar un paso en él sin tropezar con una ambición o con un ridículo, sin chocar al paso con un diputado, un hombre de Estado del momento, un ministro de ayer, una reputación de la semana, un orgullo de todos los días. Allí, en torno de aquella gran chimenea, hay un caballero de guantes amarillos que refiere sus aventuras de la mañana y sus apuestas en el bosque de Bolonia; un periodista orador que relata en la conversación su folletín del día siguiente; un dandy que vive a expensas de una actriz y la paga con elogios; otro que se arruina por ella y se ve obligado a enumerar sus perfecciones como para justificar ante sus amigos el empleo de su dinero; todo esto, formando una extraña confusión, una amalgama de amor propio y pretensiones, suministraría material suficiente para escribir cien volúmenes, y mi único propósito es referir una historieta.
Una noche—era, si mal no recuerdo, a fines del año 1831,—bailaba la señorita Taglioni. Asistía una inmensa concurrencia. Yo había ido a reunirme a unos amigos que me habían citado, pero que, encontrándose ya demasiado estrechos, no podían proporcionarme asiento. No obstante, levantose un joven y me ofreció el suyo. Como ustedes supondrán, lo rehusé, no queriendo privarle del placer de presenciar cómodamente el espectáculo.
—No me priva usted de nada—dijo,—pues voy a salir.
En vista de ello, acepté, dándole las gracias, y observé que el joven, antes de retirarse, dirigió una última mirada al salón, y apoyándose un instante contra el palco inmediato, pareció buscar a alguien con la vista; luego, cayendo, súbitamente, en una profunda meditación, ya no pensó en marcharse. Tenía razón al decirme que no le privaría del espectáculo, porque, dando la espalda a la escena, sin ver ni oír nada, parecía haberse olvidado por completo del lugar en que se encontraba.
Entonces me puse a examinarle atentamente.
Era imposible encontrar una figura más expresiva, más bella y de más distinción. Vestido con elegante sencillez, todo en sus modales y en sus más insignificantes gestos era noble, de buen gusto y comme il faut. Aparentaba de veinticinco a veintiocho años; sus grandes ojos, negros, estaban constantemente fijos en un palco segundo, situado frente a él, al que miraba con una expresión de tristeza y desesperación indefinible. A pesar mío, volví la cabeza en la misma dirección, y vi que aquel palco estaba vacío.
—Sin duda, pensé, esperaba a alguien que no ha venido; una ella que ha faltado a su palabra... o está enferma, o a quien un marido celoso ha impedido venir... Y él la ama... y la espera... ¡Pobre joven!
Y como él, esperé y le compadecí, y habría dado cualquier cosa por ver abrirse la puerta de aquel palco que seguía obstinadamente cerrado.
El espectáculo iba a terminar, y durante dos o tres escenas en las que ya no bailaban las primeras partes y durante las cuales el público conversaba casi en voz alta, hablose de la ópera Roberto el Diablo, que se estaba ensayando entonces y que debía representarse a los pocos días. Mis amigos hiciéronme algunas preguntas respecto a la música y los bailables, demostrando deseos de asistir a los últimos ensayos. ¡Es una cosa tan curiosa y tan interesante para ciertas gentes un ensayo de la Opera! Les prometí llevarlos, y nos levantamos para salir, porque el telón acababa de caer. Al pasar junto a mi desconocido, que continuaba inmóvil en el mismo lugar, le manifesté mi sentimiento por haber aceptado su oferta y el deseo de poder corresponder a su atención.
—Nada más fácil—me dijo;—acabo de saber que es usted Meyerbeer.
—No tengo ese honor.
—O que es usted uno de los autores del Roberto el Diablo.
—Del libreto nada más.
—Pues bien, caballero, permítame usted asistir al ensayo de mañana.
—Ofrece aún tan poco atractivo, que sólo me atrevo a invitar a mis amigos.
—Razón de más para que yo insista, caballero.
—Y yo me considero muy honrado con que se digne usted hacerme tal petición.
Me estrechó la mano y quedamos citados para el día siguiente. Fue exacto a la cita, y mientras comenzaba el ensayo, nos paseamos algunos momentos por el teatro. Hablaba en un tono grave, y sin embargo, amable y espiritual; pero notábase fácilmente que se esforzaba en sostener la conversación, y que alguna otra idea le preocupaba. Nuestras más lindas cantantes y bailarinas iban llegando sucesivamente. Le vi estremecerse con frecuencia, y llegó un momento en que fue tal su emoción, que tuvo que apoyarse contra un bastidor. Creí entonces adivinar que sentía una pasión desgraciada por alguna de aquellas diosas, pero su edad y su figura hacían poco verosímil semejante suposición. Y en efecto, no tardé en convencerme de que me engañaba; no habló a nadie, a nadie se acercó, y tampoco dio muestras nadie de conocerle.
Cuando comenzó el ensayo, traté de descubrirle en la orquesta, entre los aficionados, y no le encontré allí. Aunque la sala estaba poco alumbrada, me pareció verle en el palco que la víspera había contemplado con tan profunda emoción. Quise asegurarme de ello, y al terminar el ensayo, después del admirable trío del quinto acto, subí al piso segundo. Meyerbeer, que deseaba hablar conmigo, me acompañaba. Llegamos al palco, cuya puerta estaba entreabierta, y vimos al desconocido con la cabeza oculta entre las manos. Al vernos entrar, volviose bruscamente, abandonó su asiento, y pude ver entonces que su rostro estaba cubierto de lágrimas. Meyerbeer se estremeció de alegría, y, sin decirle una palabra, le estrechó la mano con ademán afectuoso, como para darle gracias. El desconocido, procurando reponerse de su turbación, balbuceó algunas frases de elogio de un modo tan vago, que fue evidente para nosotros que no había escuchado la ópera y que, desde hacía dos horas, estaba pensando en otra cosa que en la música. Meyerbeer me dijo en voz baja, desesperado:
—¡El infeliz no ha oído ni una nota!
Los tres bajamos juntos la escalera, y al pasar por el hermoso y espacioso patio que conduce a la calle de la Grange-Bateliere, el desconocido saludó al empleado en aquella portería. Aguijoneado, entonces, por la curiosidad, acerqueme a aquel hombre y le interrogué:
—¿Conoce usted a ese joven que acaba de marcharse?
—Sólo sé que se llama Arturo, que vive en la calle de Helder, núm. 7, y que este invierno se ha abonado a un palco segundo que da frente a la escena.
—¿Y, según parece, está en el palco a todas horas?
—Viene a él solamente por la mañana; pero por la noche no lo ocupa nunca y está siempre cerrado.
Efectivamente, en toda la semana no se abrió la puerta del palco, que permaneció vacío y sin que nadie se presentase en él.
El estreno de Roberto el Diablo estaba muy próximo, y en esos últimos días el pobre autor se ve agobiado con peticiones de localidades y billetes. ¿Se imaginan ustedes que éste tiene tiempo de pensar en su obra, en los cortes y cambios que serían necesarios? De ninguna manera. Necesita contestar a las cartas y reclamaciones que recibe por todas partes; y las señoras, sobre todo, son las más exigentes en ese día.—Debía usted haberme reservado dos palcos, y no he podido obtener más que uno.—Me había usted ofrecido una delantera, y sólo he recibido un asiento de primera fila.—Me dijo usted que podía contar con el número 10, inmediato al palco del general, y me ha enviado usted el número 15, que está junto al de la señora D***, a quien no puedo sufrir, y que está sumamente infatuada con sus diamantes.
En un día de estreno se enfrían muchas veces las relaciones con los mejores amigos, que acceden a perdonarle a uno algunos días después, si se ha obtenido un éxito brillante, pero que continúan enojados durante mucho tiempo cuando es víctima de un fracaso; de modo que queda uno mal con ellos como con el público. Bien dicen que «un mal no viene nunca solo».
La mañana del día fijado para el estreno de Roberto el Diablo, debía yo entregar a unas señoras un palco que les había ofrecido; palco de que el director me había despojado para dárselo a un periodista. Al quejarme de ello, me contestó:
—¡Es para un periodista!... Ya ve usted, un periodista... que la detesta... pero que, gracias a esta atención, consentirá en hablar bien... de la música.
El argumento no admitía réplica, y, por otra parte, el palco estaba ya dado. Pero, ¿dónde colocar a mis lindas señoras, cuyo enojo era para mí, en otro orden, tan temible como el del periodista? Recordé entonces a mi desconocido, y me encaminé a su casa.
Era ésta muy sencilla y modesta, sobre todo tratándose de un hombre que estaba abonado a un palco en la Opera durante todo el año.
—Señor—le dije,—vengo a pedirle un gran favor.
—Usted dirá.
—¿Piensa usted asistir a la representación del Roberto... en su palco?
Pareció turbarse, y me respondió con cierta vacilación:
—Desearía asistir, pero no podré hacerlo.
—¿Ha dispuesto usted de él?
—No, señor.
—Si tuviera usted a bien cedérmelo, me sacaría de un gran apuro.
El suyo era cada vez mayor... no se atrevía a negármelo... Por último, haciendo un visible esfuerzo sobre sí mismo, exclamó:
—Accedo a ello, pero con la condición de que no llevará usted a ese palco más que hombres.
—Precisamente—repuse,—se lo pido para unas señoras...
Quedó silencioso durante un momento, y luego dijo:
—Entre esas señoras, ¿hay alguna a quien usted ama?
—Sin duda—contesté ligeramente.
—Entonces, disponga del palco. De todos modos, hoy mismo salgo de París.
Aguijoneado por el interés y la curiosidad, al oír estas últimas palabras, hice un movimiento, cuyo significado debió de adivinar él sin duda alguna, porque me apretó la mano entre las suyas, diciéndome:
—Ya supondrá usted que ese palco tiene para mí recuerdos muy queridos y crueles... que a nadie puedo confiar... ¿A qué conduce quejarse cuando uno es desdichado sin esperanza... y lo es por su culpa?
Aquella noche tuvo lugar el estreno de Roberto, y mi amigo Meyerbeer alcanzó un éxito inmenso, que se extendió por toda Europa. Más tarde, sucediéronse muchos otros acontecimientos literarios o políticos y otros muchos fracasos. No volví a ver a Arturo, ni a pensar en él: le había olvidado.
Hace pocas noches, me encontraba también en la Opera. Esta vez no se representaba Roberto, sino Los Hugonotes. Habían transcurrido cinco años.
—Llega usted muy tarde—me dijo uno de mis amigos, un profesor de Derecho, abonado de la Opera, que se muestre tan alegre por la noche como erudito por la mañana.
—Y hace usted mal—agregó, dándome un golpecito en la espalda, un hombrecillo vestido de negro, de voz acre y cabeza empolvada.
Volví la cabeza para ver quién me hablaba, y me encontré con el señor Baraton, notario de mi familia.
—¿Usted aquí?—exclamé;—¿y su estudio?
—Lo vendí hace tres meses. Soy rico, viudo, tengo sesenta años, he estado casado por espacio de veinte, y durante treinta he sido notario... Creo que ya es tiempo de que piense en divertirme.
—Y hace ocho días—añadió el profesor de Derecho—que se ha abonado a la orquesta.
—Sí, me gusta reírme, y a eso vengo aquí, donde se ven y se oyen las cosas más extrañas del mundo. Estos señores lo saben todo, todo lo conocen... No hay una sola localidad de la que no me hayan referido una anécdota interesante.
Y al decir esto, miraba al profesor de Derecho, el cual se sonreía con ese aire modesto y reservado que se considera como discreto, y que quiere decir: otras muchas podría contar si quisiera.
—¿De veras?—exclamé.
Y, sin darme cuenta de ello, dirigí mis ojos al palco que algunos años antes había excitado vivamente mi curiosidad. ¡Cuál fue mi sorpresa! también estaba desocupado aquella noche; de cuantos había en el teatro, era el único que se encontraba vacío.
Encantado entonces por tener, a mi vez, una historia que contar, hice saber en pocas palabras a mis oyentes la que acabo de referir a ustedes, acaso con demasiada extensión.
Todos me escucharon atentamente y empezaron a formar conjeturas. El profesor rememoraba sus antiguos recuerdos; el notario se sonreía con malicia.
—Veamos—les dije;—¿quién de estos señores, que todo lo saben, nos dará la clave de este enigma? ¿Quién nos podrá contar la historia de ese palco misterioso?
Todos permanecieron silenciosos, hasta el profesor, el cual, pasándose una mano por la frente como procurando recordar la anécdota, hubiera concluido probablemente por inventar una; pero el notario no le dio tiempo para ello.
—¿Que quién le contará a usted esa historia?—exclamó con aire de triunfo;—yo, que la conozco, sin omitir detalle.
—¿Usted, señor Baraton?
—Yo mismo.
—Hable usted, hable.
Y todas las cabezas fijáronse en el narrador.
—Pues bien—repuso el notario con aire importante y tomando un polvo de rapé.—¿Quién de ustedes ha conocido...?
En aquel instante se dejaron oír los primeros acordes de la orquesta.
Y el señor Baraton, que no quería perder una sola nota de la sinfonía, se detuvo repentinamente, diciendo:
—Comenzaré en el próximo entreacto.
II
Apenas terminó el primer acto de Los Hugonotes, el notario empezó diciendo:
—Tienen que vestirse la reina y todas sus damas de honor; hay que construir también el castillo y los jardines de Chenonceaux, y, de consiguiente, el entreacto será bastante largo para que yo pueda referirles la historia que desean conocer.
Y cuando hubo saboreado lentamente un polvo de rapé, como para tomarse tiempo de reunir sus recuerdos, el señor Baraton prosiguió en esta forma:
—¿Quién de ustedes ha conocido aquí a la pequeña Judit?
Miráronse, y ni los abonados más antiguos de la orquesta pudieron responder.
—La pequeña Judit—agregó el notario,—una jovencita que hace siete u ocho años fue admitida como figuranta en el cuerpo de baile.
—Aguarde usted...—dijo el profesor de Derecho con un tono algo pedante.—¿Una rubita que en La Muda hacía el papel de uno de los pajes del virrey?
—No, era morena—repuso el notario;—en cuanto al empleo que la atribuye, no tengo datos para asegurarlo, y prefiero atenerme a la inmensa erudición de usted.
El profesor de Derecho hizo una cortesía.
—Lo que nadie podría negar es que la pequeña Judit era encantadora. Otro punto que también parece comprobado, es que la señora Bonnivet, su tía, era portera en la calle de Richelieu, de la casa de un solterón, del cual había sido en otra época ama de gobierno, o según decían algunos, cocinera; pero la señora Bonnivet no convenía en esto. Por lo demás, ella tiraba del cordón y hacía recados, mientras su sobrina hacía conquistas; porque no se podía, en modo alguno, pasar frente a la habitación de la portera sin admirar a la pequeña Judit, que entonces tendría apenas doce años. Sus ojos eran ya los más bellos del mundo, sus dientes parecían perlas, tenía un talle delicioso, y con su vestido de indiana ofrecía el aire más distinguido que imaginar se puede. Además, tenía una fisonomía de expresión inocente, cándida, y, en su misma inocencia, expresiva y coqueta; una de esas fisonomías, en fin, a propósito para hacer enloquecer a cualquiera y cambiar, como suele decirse, la faz de los imperios.
Tantos y tan frecuentes parabienes recibía la señora Bonnivet por la belleza de su sobrina, que se decidió a hacer algunos sacrificios, con objeto de educarla: la hizo entrar en una escuela gratuita, donde aprendió a leer y escribir; brillante progreso cuyas ventajas no tardó en apreciar la señora Bonnivet, que en sus funciones de portera difícilmente descifraba los sobres de las cartas y equivocaba constantemente los periódicos que debía entregar a los inquilinos.
Así, pues, todo el mundo se alegró cuando Judit se encargó de este cuidado; y su tía, convencida de que con una figura y una educación tan distinguida debía hacer fortuna sin mucho trabajo, no esperaba más que una ocasión para ello, la cual no tardó en presentarse. El señor Rosambeau, maestro de baile, que vivía en el quinto piso, ofreciose a dar algunas lecciones a la pequeña Judit, y pocos días después la señora Bonnivet participaba a todas las porteras de su conocimiento, que su sobrina acababa de ser admitida en los coros de la Opera; esta noticia difundiose rápidamente de puerta en puerta por toda la calle de Richelieu.
Ya tenemos, pues, a Judit instalada en la Opera, tomando lecciones por la mañana y presentándose por la noche confundida entre los grupos de jóvenes, de ninfas o de pajes, como hace un instante decía nuestro amigo el profesor.
Judit era la inocencia personificada, aunque entonces había cumplido ya catorce años; habíase criado en una casa honrada, cuyos inquilinos eran todos casados; su tía, que era de un rigorismo exagerado, no la perdía de vista casi nunca; la llevaba al teatro por la mañana, la acompañaba al salir por la noche, y hasta tenía la paciencia de permanecer en el saloncillo del baile, haciendo calceta, mientras su sobrina estudiaba y aprendía los bailables.
Tal vez deseen saber ustedes lo que sucedía, entretanto, en la casa de la calle de Richelieu, pero no puedo decírselo. No faltaba quien asegurase que una amiga de la señora Bonnivet se había encargado de substituirla interinamente, hasta el día en que la pequeña Judit hiciera suerte.
Porque ustedes saben, tan bien como yo, que las jóvenes sólo suelen entrar en la Opera para hacer suerte y alcanzar una posición brillante; realizado esto, y cuando llegan a ser ricas, se retiran, se hacen juiciosas y casan a su hija con un agente de Bolsa.
—O con un notario—rectificó el profesor.
—Es cierto—repuso el señor Baraton, haciendo una mueca;—se han dado casos... Pero comprenderán ustedes que ni la señora Bonnivet ni su sobrina pensaban entonces en tales grandezas. Es preciso avanzar en todo de una manera progresiva, y paso a paso.
—¿Y Judit?—pregunté yo, porque veía transcurrir el entreacto.
—De ella me ocupo. La señora Bonnivet, a despecho de su previsora vigilancia, no podía impedir que su sobrina hablase con sus jóvenes compañeras. Por la mañana en el saloncillo del baile, y particularmente por la noche, cuando salían a la escena... formidable límite que la tía no podía franquear y en el que se detenía su vigilante inspección... Judit oía entonces cosas singulares. Una de las ninfas o de las sílfides que con ella bailaba decíala en voz baja:
—Oye, querida: fíjate en la orquesta, a la derecha; ¡observa cómo me mira!
—¿Quién?
—Ese guapo joven que viste chaleco de cachemir.
—¿Y qué significa eso?
—Que está enamorado de mí.
—¡Enamorado!—exclamaba Judit.
—Está claro; ¿de qué te asombras? ¿Acaso tú no tienes algún amorcillo?
—¡Dios mío! yo no.
—¡Tiene gracia! Oigan ustedes, chicas, Judit no tiene ningún pretendiente.
—¡Ya lo creo! como que su tía se opone a ello.
—¡Me gusta! ¡Pues si yo tuviera una tía como esa!...
—Querida, haces mal en censurar a una mujer que tiene miras formales y útiles, como a nosotras nos hubiera convenido, y que, para apartar a su sobrina del peligro de las pasiones, le busca un protector.
—¡Ella! ¡Un protector!... Es demasiado tonta para eso, y no lo encontrará nunca.
Estas conversaciones efectuábanse durante los coros de la Vestal. Judit no había perdido una palabra; pero no se atrevía a pedir a nadie la explicación de lo que era todavía un enigma para ella. No obstante, sentíase humillada, inconscientemente, por el concepto en que la tenían; hubiera querido vengarse, abatir a sus buenas amigas, humillarlas a su vez. En consecuencia, cuando, en cierta ocasión, al retirarse por la noche, la señora Bonnivet tomó un aire grave y solemne para anunciar a su sobrina que se le había presentado un protector muy distinguido, su primer movimiento fue de júbilo... y su tía, que no esperaba tal cosa, pareció encantada de ello y continuó muy satisfecha:
—Sí, mi querida sobrina; una persona muy recomendable por todos conceptos, una persona que asegurará tu fortuna y la suerte de tu tía, cosa muy justa después de los sacrificios que le ha ocasionado tu educación y los cuidados que ha tenido para ti.
Mientras hablaba de este modo, la tía se enjugó algunas lágrimas; Judit, conmovida por aquel enternecimiento, se atrevió entonces a preguntar solamente quién era aquel protector y por qué había merecido ella una distinción tan elevada.
—Ya lo sabrás, hija mía, ya lo sabrás... Por el momento, todas tus compañeras se van a morir de envidia.
Esto era lo único que anhelaba Judit; y, efectivamente, produjo honda impresión esta noticia al día siguiente en el saloncillo del baile.
—¿Pero es de veras?
—Te lo aseguro.
—¡Esa remilgada! ¡Qué suerte tiene!...
—¡Una figuranta, una corista!
—En tanto que yo... ¡una primera parte!
—¡Es irritante!
—Pero es natural—decían otras;—hay que confesar que es muy guapa...
—¡Y muy honrada!... ¡Bien lo merece!...
En resumen, nunca una boda de príncipes, ni aun de reyes, dio lugar a tantas conjeturas; pero aquella misma noche quedaron resueltas todas las dudas al aparecer en el teatro la señora Bonnivet con un chal magnífico.
—¿Quién era aquel protector desconocido? Seguramente se trataría de algún banquero entrado en años o algún respetable gran señor. Esto fue lo primero que preguntaron a Judit, con el propósito de hacerla hablar; pero todo fue en vano: Judit observó una discreción impenetrable, por la sencilla razón de que ella misma lo ignoraba.
Tres o cuatro días después abandonó con su tía el pequeño cuarto de la portería para ir a habitar un piso delicioso de la calle de Provenza, donde tenía una alcoba del gusto más moderno y un gabinete exquisito, tan elegante y tan bien decorado y alfombrado, que la tía no se atrevía a entrar en él, y pasaba el tiempo en el comedor o en la cocina... allí se encontraba ella más a su gusto.
Pero transcurrieron algunos días sin que Judit viera presentarse a nadie, lo cual le parecía muy extraño, porque la joven carecía de instrucción, pero no de talento. Su candor y su sencillez reconocían por causa la ignorancia, no la inocencia; y rememorando lo que había podido comprender, y adivinando una parte de lo que no comprendía, empezó a inquietarse, a estremecerse. Hubiera dado cualquier cosa por tener una amiga a quien pedirle consejo... Pero ella sola, ¿qué protección podría buscar contra un protector que no conocía y que ya le inspiraba miedo? Cierto es que, cuantas ideas ella se forjaba de antemano, estaban relacionadas con las de la fealdad y la vejez, a fuerza de oír decir a sus compañeras que su protector no podía ser más que un viejo gotoso, extravagante y contrahecho. Júzguese, pues, de su sorpresa, cuando al quinto día vio entrar a su tía corriendo y desatalentada, la cual, precediendo a un caballero, abrió la puerta del tocador, diciendo:
—¡Aquí está!
Judit intentó levantarse por cortesía, pero sus piernas flaquearon; y conociendo que iba a desmayarse, se dejó caer sobre el sofá en que estaba sentada.
Cuando, al cabo de un rato, se atrevió a levantar los ojos, vio de pie, frente a ella, a un joven guapo, de unos veinticuatro años próximamente, y de porte noble y distinguido, que la contemplaba con una expresión tan dulce y cariñosa, que fue suficiente para disipar su miedo; imaginose que quien la miraba así debía defenderla, y que nada tenía que temer, por lo tanto.
—Señorita...—le dijo el desconocido en tono grave, pero respetuoso.
Y al ver que la tía aún permanecía allí, le hizo seña de que saliera. Esta obedeció acto continuo, porque precisamente tenía que dar órdenes para la comida.
—Señorita—continuó el joven,—está usted en su casa, y mi deseo es que se encuentre bien en ella y sea dichosa. Perdóneme si tengo pocas veces el honor de ofrecerle mis respetos; mis muchas ocupaciones me privarán de este placer. Por lo cual no reclamo más que un título... el de ser amigo de usted. Y un solo derecho... el de satisfacer sus menores caprichos.
Judit no contestó; pero su corazón latía con tal violencia, que hacía mover el ligero percal de su bata.
—Respecto a su tía...—y pronunció esta palabra en tono despreciativo,—estará, en adelante, a las órdenes de usted, porque usted es aquí el ama, y todos la han de obedecer... empezando por mí.
Luego se acercó a ella, le tomó una mano, que llevó a sus labios, y viendo que aun estaba temblorosa, dijo:
—¿Le da miedo, acaso, mi presencia? Tranquilícese, sólo volveré cuando me necesite... cuando me llame... Adiós, Judit... adiós, hija mía.
Y salió acto seguido, dejando a la pobre joven confusa y presa de una emoción que ella no conocía y que en vano hubiera intentado explicarse.
Durante todo aquel día, tuvo Judit en la imaginación la figura del hermoso desconocido, con sus grandes y expresivos ojos negros, pues aunque, aparentemente, no le había mirado, no por eso dejó de examinar su apostura, sus maneras y hasta su traje. Creía estar oyendo aún aquella voz tan dulce, cuyas palabras habíanse grabado en su memoria. La pobre Judit que, hasta entonces, había dormido perfectamente, aquella noche no pudo conciliar el sueño. ¡Era la primera vez! A la mañana siguiente, levantose con el rostro pálido, los ojos hinchados...
La tía, entretanto, no dejaba de sonreír.
Era imposible hablar del desconocido sin que el lindo rostro de Judit se cubriese de súbito rubor...
Y la tía continuaba sonriendo.
Pero él no parecía, no iba... y Judit no podía decirle que fuese... En efecto, ¿qué podía pedirle?... Casa elegante, mesa bien servida, criados y un coche a su disposición... Nada le faltaba... ¡nada más que él!
Por otra parte, sus compañeras de teatro, al verla en posición tan brillante, rodeada de tanto lujo, vestida de ricas galas, no cesaban de interrogarla... Y sus preguntas enseñaban a Judit más de lo que ella quería saber... De aquí que, sin que acertara a explicarse el motivo, obstinárase en guardar el más profundo silencio con su tía y sus compañeras respecto a lo que había sucedido entre ella y él. Juzgando por lo que oía en torno suyo, parecíale que en la conducta del desconocido había algo extraordinario... algo de humillante para ella, y que por su propia dignidad no debía decir. Hubiera muerto antes que hablar o quejarse...
Al octavo día, que era de gran representación, distinguió en el palco del Rey a su desconocido, que la estaba contemplando. Lanzó un grito de alegría y de sorpresa, que hizo perder el compás a un bailarín que, en aquel instante, comenzaba una pirueta.
—¿Qué es eso?—le preguntó Natalia, una de sus compañeras, que la ayudaba a sostener una guirnalda de flores.
—¡Es él; está allí!...
—¡Cómo! ¡el conde Arturo de V***, uno de los caballeros de la corte de Carlos X, y que además es un buen mozo! Vaya, no puedes quejarte... Pero, ¿qué tienes? ¿Te vas a poner mala por un hombre a quien ves todos los días?
Judit no oía estas palabras; era demasiado feliz. Arturo acababa de inclinarse hacia ella y le dirigía un saludo, con grande escándalo del dorado palco en que se encontraba. Al terminar el baile, cuando se disponía a subir a su cuarto, tropezó entre bastidores con Arturo, el cual, en presencia del gentilhombre que entonces presidía las funciones de la Opera, le dijo:
—¿Me permite usted, señorita, que la acompañe a su casa?
—Será un honor para mí—balbuceó la joven temblando, sin notar que su respuesta excitaba la hilaridad de sus compañeras.
—En ese caso, apresúrese; aquí la aguardo.
Aseguro a ustedes que Judit no tardó mucho en desnudarse; en la precipitación rompió su vestido de gasa y su pantalón de seda, y la señora Bonnivet, que, como todas las madres y tías de teatro, servíala de doncella, apenas si pudo seguirla por la escalera, llevando el abrigo que su sobrina había olvidado. Arturo aguardaba en el escenario, hablando con varios jóvenes y con Lubert, el director, a quien, en aquel instante, estaba recomendando a Judit. Cuando ésta apareció, avanzó él a su encuentro, a la vista de todos, y juntos bajaron por la escalera particular de los artistas. Un elegante carruaje los esperaba a la puerta; y sería inútil tratar de describir a ustedes la turbación y el arrobamiento de la pobre Judit al verse sentada junto a él, en aquel reducido espacio, que hacía la entrevista más íntima y más dulce. El, temiendo que la joven se constipase, levantó los cristales; luego tomó el chal de cachemir que ella tenía en la mano, y se lo echó sobre los hombros. ¡Ah! ¡qué hermosa estaba Judit, qué seductora, embellecida por la felicidad! Pero esta felicidad fue de corta duración. ¡Hay tan poca distancia desde la calle de la Grange-Bateliere a la de Provenza, y además aquellos magníficos caballos marchaban con tanta rapidez!... El carruaje se detuvo por último; apeose Arturo, ofreció la mano a su compañera, subió con ella hasta el primer piso, llamó a la puerta de su habitación, la saludó respetuosamente y desapareció en seguida.
Judit pasó también aquella vez una mala noche. ¡Le parecía tan extraña la conducta del Conde! Porque, en resumen, bien pudo haber entrado, sentarse y hacerle una visita. Verdad que ella no estaba muy al corriente de las conveniencias sociales; pero se imaginaba que esto hubiera sido mejor que despedirse de una manera tan brusca.
Trató de dormir inútilmente; levantose, se paseó por el aposento, y al despuntar el día, deseando refrescarse durante un momento con el aire de la mañana, abrió el balcón... Cuál no sería su sorpresa al ver a la puerta el carruaje del Conde, que, por lo visto, había pasado allí toda la noche... Los caballos piafaban en las piedras, aguijoneados por la impaciencia y el frío, mientras que el cochero dormía en el pescante...
—Ustedes dispensarán, señores—dijo el notario interrumpiendo su narración;—pero el acto va a empezar y no quiero perder un solo pasaje de la ópera, pues para eso me he abonado...
Continuaré en el otro entreacto.
III
Dos días después volvió Judit a abrir su balcón muy de mañana, y vio también a la puerta el carruaje del Conde.
No cabía duda de que lo enviaba casi todas las noches. ¿Pero con qué propósito? Esto era lo que ella no podía adivinar... Jamás se hubiese atrevido a preguntárselo. Por otra parte, no le veía casi nunca, a no ser por la noche, los días de ópera, en un palco segundo de frente a la escena, al que estaba abonado durante todo el año. No había vuelto a entrar en el escenario ni a proponerle acompañarla. ¿Cómo se arreglaría para verle?... ¿Qué hacer?...
Por fortuna para ella, le hicieron una injusticia... fue objeto de una postergación.
Sus compañeras la creyeron desolada; pero ella mostrose, por el contrario, muy alegre, porque aquella circunstancia le proporcionó un motivo para escribir al Conde, diciéndole que necesitaba pedirle un favor y rogábale tuviese a bien pasarse por su casa. Esta carta no era fácil de escribir; en consecuencia, Judit empleó en ella todo un día: la empezó muchas veces e hizo, lo menos, veinte borradores. Llenose de ellos los bolsillos, y es más que probable que dejara caer alguno, que no faltó quien recogiera, porque por la noche, en el teatro, oyó a algunos jóvenes autores y abonados de la orquesta bromear y reírse de una carta que acababan de encontrar y que circulaba de mano en mano. Veíase obligada a escuchar sus alegres exclamaciones, sus comentarios satíricos, sus crueles chanzonetas sobre aquel billete sin firma, cuyo autor no conocían, pero que se proponían insertar al día siguiente en un periódico, como modelo del estilo epistolar de las Sevigné del coro de baile.
¡Cuál no sería el espanto y el suplicio de Judit, no al oírse poner en ridículo, sino a la idea de que también el Conde se burlaría tal vez al leer su carta, que en aquel momento hubiera dado toda su sangre por no haber escrito! De aquí que se sintiese más muerta que viva al día siguiente cuando entró Arturo en su gabinete.
—Aquí me tiene, querida Judit; me he apresurado a venir apenas he recibido la carta de usted.
Y llevaba todavía en la mano la carta fatal y terrible.
—¿Qué desea usted de mí?—acabó diciendo el Conde.
—Lo que deseo... señor Conde... No sé cómo decírselo... pero ese billete... puesto que lo ha leído usted... si es que ha podido leerle...
—Perfectamente, hija mía—contestó el Conde con una ligera sonrisa.
—¡Ah!—exclamó Judit, desesperada;—esa desgraciada carta le prueba que soy una pobre muchacha sin talento, sin educación, que se avergüenza de su ignorancia y que daría cualquier cosa por salir de ella... Pero ¿cómo he de lograrlo, si usted no viene en mi auxilio, si no me ayuda con sus consejos y su apoyo?
—¿Qué quiere usted decir?
—Proporcióneme maestros, y verá si me falta celo; verá si aprovecho sus lecciones... trabajaré tanto de día como de noche.
—¿También de noche?
—Más vale emplearla en estudiar que en no dormir.
—¡Dios mío! ¿Y por qué no duerme usted?
—¿Por qué?—dijo Judit ruborizándose;—porque hay una idea que me atormenta constantemente.
—¿Qué idea es esa?
—La que tendrá usted de mí... sin duda me desprecia, me considera indigna de usted... Y tiene razón—prosiguió vivamente;—yo me veo tal como soy, me conozco... y quisiera, si esto fuera posible, no volver a tener por qué sonrojarme a los ojos de usted y a los míos.
El Conde la contempló un instante con asombro, y le dijo:
—La obedeceré, querida niña; haré lo que desea.
Al día siguiente, Judit tenía un maestro de ortografía, de historia y de geografía. Era digno de ver el ardor con que estudiaba; y su inteligencia, sus facultades naturales, que sólo necesitaban ser cultivadas para agigantarse, se desarrollaron con rapidez increíble.
Comenzó amando el estudio por Arturo y ya le amaba por ella misma. Constituía su más dulce entretenimiento, su consuelo y el olvido de todas sus penas. No volvió a la sala de baile ni a los ensayos; daba lugar a que le impusieran multas por permanecer en su casa trabajando; y sus compañeras decían:
—Judit se dedica por completo al amor; ya no se la ve; pierde su carrera... hace muy mal.
Y Judit decíase, mientras redoblaba sus esfuerzos:
—Pronto seré digna de él; pronto verá que me encuentro en estado de comprenderle, y podrá juzgar de mis adelantos.
¡Vana esperanza! Cuando el Conde estaba a su lado, la pobre joven, cortada y trémula, no tenía memoria, de nada se acordaba. Cuando él le dirigía alguna pregunta sobre sus estudios, solía responder desacertadamente y el Conde murmuraba para sí:
—La pobre chica tiene buen deseo, pero poca disposición. En cambio, había conseguido con su nueva ciencia comprender cuán torpe y ridícula debía de parecer a Arturo. Y esta idea aumentaba su timidez e impedía la efusión de aquella alma tan tierna y tan sencilla.
El Conde sólo iba a verla de tarde en tarde. En ocasiones, pasaba media hora, por la noche, en su compañía; pero poníase de pie para despedirse, apenas daban las doce. Entonces, sin dirigirle un solo reproche, se limitaba Judit a preguntarle con voz dulce y temblorosa:
—¿Cuándo volveré a verle?
—Ya se lo diré mañana, de lejos, en la Opera.
Con este objeto, él solía ir cada dos días a su palco, y cuando le era posible al día siguiente pasar algunos instantes al lado de Judit, apoyaba con cierto descuido su cabeza sobre la mano derecha, lo cual quería decir: Iré a la calle de Provenza.
Cuando esto tenía lugar, Judit permanecía aguardándole todo el día, no recibía a nadie y hasta alejaba a su tía para consagrarse por completo al placer de verle.
A despecho de lo reservado que con ella se mostraba el Conde, la joven había descubierto que algún secreto pesar le atormentaba. ¿Cuál era este pesar? Le era imposible adivinarlo, y, no obstante, ¡se hubiera sentido tan dichosa en poder participar de su aflicción! No se atrevía a esperar tanta dicha, pero en silencio hacía suyas las penas del Conde, aun ignorándolas, así como su tristeza habitual. Con frecuencia le decía Arturo:
—¿Qué tiene usted, Judit? ¿Cuáles son sus pesares?
Si ella se hubiera atrevido, habría contestado:
—Los de usted.
Cierto día le asaltó una idea horrible; se dijo con terror:
—¡Ama a otra! Pero, en ese caso, ¿por qué toma una amante en la Opera? ¿Como capricho... como objeto de moda... como un juguete que ha comprado sin necesitarlo ni conocerlo?... Pero entonces, ¿por qué?
Contemplose después en el espejo, ¡y se vio tan joven, tan fresca, tan linda!... Quedó abismada en sus reflexiones.
De súbito, se abrió bruscamente la puerta del gabinete, y apareció Arturo, con un aire de turbación que nunca había visto en él.
—Señorita—le dijo con viveza,—tenga usted la bondad de vestirse; vengo a buscarla para ir a las Tullerías.
—¿Es posible?
—Sí, hace un tiempo magnífico, un sol espléndido; todo París está allí.
—¿Y desea usted acompañarme a ese sitio?—exclamó Judit sorprendida, porque el Conde jamás había salido con ella, nunca le había dado el brazo en público.
—Sin duda alguna... para que todo el mundo la vea—repuso Arturo paseándose agitado.—Vamos, señora Bonnivet—dijo bruscamente a la tía, que entraba en aquel momento en el gabinete;—ayude usted a vestir a su sobrina; póngala lo que tenga más elegante, más nuevo y más rico.
—Gracias al Cielo y al señor Conde, no le faltan trajes lindísimos.
—Bien, bien; despáchese, que tenemos prisa.
—Ya estás oyendo que el señor Conde tiene prisa—dijo la señora Bonnivet a su sobrina, disponiéndose a desnudarla de la bata.
Judit se ruborizó y le hizo seña de que se encontraba allí Arturo.
—¿Qué importa? ¿Por ventura tenemos que guardar etiqueta con el señor Conde?
Y sin dar tiempo que la joven pudiera oponerse, su tía le desabrochó el corsé.
La pobre chica, avergonzada y fuera de sí, no sabía cómo substraerse a las miradas de Arturo.
Pero ¡ay! tomábase, por pudor, un cuidado completamente inútil: el Conde no la miraba; embebido por entero en una idea que parecía excitar su despecho y su cólera, recorría a grandes pasos el aposento, y acabó por tropezar con un jarrón de porcelana, que saltó hecho pedazos.
—¡Ah, qué desgracia!—exclamó Judit, dando al olvido, instantáneamente, el desorden de su traje.
—¡Del Japón!—dijo la tía con acento desesperado.—¡Y que valía lo menos quinientos francos.
—No tanto—repuso la joven,—pero era realmente japonés.
—Vamos, ¿está usted dispuesta?—dijo Arturo, que ni siquiera había escuchado la observación de Judit.
—En seguida. Tía, mi chal... los guantes...
—Y la capa—observó el Conde;—la olvida usted, y hará frío.
—No lo creo.
—En efecto—rectificó la tía, tocando la mano de Judit,—está abrasando. ¿Será que tienes fiebre? Convendría que no salieras.
—No, tía—se apresuró a contestar la joven;—nunca me he sentido mejor.
El cupé aguardaba a la puerta; subieron a él y atravesaron los bulevares, juntos, en pleno día. Judit no cabía en sí de gozo; hubiera deseado que todo el mundo la viese. Y para colmo de embriaguez, en la calle de la Paz divisó a dos de sus compañeras, a las que saludó con toda la afabilidad que da la dicha. Eran dos primeras partes que aquel día iban a pie.
Al fin, el coche se detuvo junto a la verja de la calle de Rívoli. Judit se asió al brazo del Conde, y ambos se internaron por la alameda de la Primavera. Era día de trabajo; la población rica y ociosa de París parecía haberse dado cita en aquel paseo, y había enorme concurrencia.
Arturo y su compañera no tardaron en ser objeto de la atención general. Eran los dos tan bellos, hacíase forzoso admirarlos. Todo el mundo se volvía al pasar por su lado, y exclamaba:
—¡Qué linda pareja!
—Es el joven conde Arturo de V***.
Estremeciose Judit al oír esta pregunta, experimentando cierto doloroso placer, de que no pudo darse cuenta.
—No, por cierto—repuso, en tono despreciativo, una señora anciana que llevaba en brazos un perrito de Viena, y la cual iba seguida por dos lacayos de lujosa librea;—el conde Arturo no se ha casado: monseñor su tío no lo consentiría.
—¿Quién es, entonces, esa linda joven?... ¿Su hermana, acaso?
—Nada de eso; es su amante... una bailarina de la Opera, según creo.
Por fortuna, Judit no oyó las últimas palabras; porque en aquel instante el barón de Blangy, que iba detrás de ella, decía a su hermano:
—Ahí va Judit.
—¿La amante de Arturo?
—Está loco por ella, y en camino de arruinarse...
—No lo extraño; yo haría lo mismo en su lugar. ¡Es guapísima!
—¡Qué aire tan distinguido y qué fisonomía tan seductora!
—¿Y qué me dices de ese talle tan elegante y tan gracioso?
—¡Cuidado! no te vayas a enamorar de ella...
—Ya lo estoy. Ven, ven, la veremos más de cerca.
—Si podemos aproximarnos, porque hay mucha gente en torno suyo.
Toda la multitud se expresaba en idéntica forma, y Arturo, a su vez, lo oía todo. Las mujeres, al ver el aire modesto de Judit, le perdonaban que fuese tan bella; y los hombres, contemplando con envidia a Arturo, se decían:
—¡Feliz él!
El Conde, entonces, miró detenidamente por primera vez a Judit, como ella merecía ser mirada, y se asombró de encontrarla tan hermosa. El paseo, el aire, y, particularmente, la satisfacción de verse tan celebrada, habían dado mayor brillo a sus mejillas, y a sus ojos una expresión y un encanto indefinibles. Y, sobre todo esto, tenía diez y seis años; ¡amaba, y creía que era amada!... ¿Qué otras razones necesitaba para estar hermosa? No era, pues, extraño que obtuviera un éxito completo y que la siguiese un inmenso gentío hasta que regresó al carruaje. Ya en él, al ver que Arturo la contemplaba con ternura, dio al olvido todos sus triunfos; no volvió a pensar en los elogios que la multitud le había prodigado, y entró en su casa diciendo:
—¡Qué dichosa soy!
El día siguiente, al levantarse, recibió dos cartas. La primera procedía del barón de Blangy, que, mucho más rico que Arturo, ofrecíale su amor y su fortuna. Pero ni aun se le ocurrió la idea de enseñarla a su tía o al Conde; no creía hacer, quemándola, el sacrificio más insignificante.
La segunda carta contenía una firma que Judit leyó repetidas veces, sin atreverse a dar crédito a sus ojos. Pero le era imposible la duda; el billete estaba firmado por el obispo de ***; y concebido en estos términos:
«Señorita:
»Ayer se presentó usted en público, en las Tullerías, con mi sobrino el conde Arturo, y ha colmado usted la medida de un escándalo cuyas consecuencias son incalculables.
»Aunque, debido a la impiedad de los hombres, haya permitido Dios que todo esté trastornado, aun tenemos medios de castigar la audacia de usted. Le declaro, pues, que si no pone fin a tal escándalo, tengo bastante influencia con el ministro de la casa del Rey para conseguir que sea usted despedida de la Opera. Si, por el contrario, abandona inmediatamente a mi sobrino, como quiera que el fin santifica los medios, le ofrezco dos mil luises y la absolución de sus faltas, etc., etc.»
En un principio, Judit quedó anonadada por la lectura de esta carta. Pero luego, cobrando ánimo, consultó a su corazón, apeló a todas las energías, y contestó lo siguiente:
«Monseñor:
»Me trata usted con mucha crueldad; y, no obstante, podría asegurar ante Dios que nada tengo de qué acusarme. Así es, se lo juro; pero no me atribuiré un mérito que no es mío, y que sólo pertenece a quien me ha respetado.
»Sí, monseñor; el sobrino de usted es inocente de las faltas de que le acusa, y si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen de que me acuso, pero del cual él no es cómplice.
»He aquí la resolución que acabo de tomar.
»Le diré lo que por mí no me hubiera atrevido a decirle; lo haré por monseñor, y el Cielo me dará fuerzas... Le diré:—Arturo, ¿me ama usted?—Y si, como creo, como temo, me contesta:—No, Judit,—obedeceré a usted; me alejaré de él, no volveré a verle jamás; y entonces, así lo espero, me estimará usted lo bastante para no ofrecerme nada y no añadir la humillación al sufrimiento. Lo segundo... bastará para ocasionar mi muerte.
»Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida, hicieran que él me contestase:—¡Sí, amo a usted!...—¡Ah! está mal lo que voy a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y maldiciones; pero entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me impida ser suya y sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la cólera de usted... Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí? ¿Hacerme morir? ¿Y qué me importaría la muerte si había sido amada?
»Perdone, monseñor, si esta carta le ha podido ofender... es de una pobre muchacha que no conoce el mundo ni los deberes que éste impone; pero que tal vez encontrará ante usted alguna gracia en la escasez de su inteligencia, en la franqueza de su corazón, y, particularmente, en el profundo respeto con que tiene el honor, etc.»
Cuando terminó de escribir esta carta, cerrola Judit, y la envió a su destino sin hablar a nadie; decidida desde aquel momento a conocer su suerte, aguardó con impaciencia la próxima visita del Conde.
Aquella noche había función en la Opera y fue al teatro con la esperanza de verle en su palco y de que le hiciera la seña convenida. Arturo fue tarde y parecía estar triste y preocupado. No miró hacia el escenario ni hizo seña alguna a Judit. La pobre niña, presa de la desesperación, tuvo que resignarse a esperar dos días más. Era lunes, y al miércoles siguiente fue más afortunada. El Conde le hizo la seña que tenían convenida para anunciarle su visita, y Judit pensó:
—Mañana le veré, y mañana sabré lo que para mí guarda el destino.
Pero al día siguiente, muy temprano, presentose en su casa el lacayo del Conde, anunciando que su amo no podía disponer de un solo minuto en todo el día, y que sólo iría por la noche, ya tarde, a cenar con la señorita Judit.
Cenar a solas con ella era un acontecimiento extraordinario en quien siempre la dejaba antes de media noche. ¿Qué quería decir aquello? La tía creía encontrarlo muy claro; pero Judit se negaba a comprenderlo.
Cuando dieron las once de la noche, encontrábase ya dispuesta la cena más exquisita y delicada, preparada por los cuidados de la señora Bonnivet. En cuanto a Judit, nada escuchaba ni veía; limitábase a esperar.
¡Esperar! ¡Todas las facultades de su alma se concentraban o resumían en esta idea!...
Pero dieron las once y media, luego las doce, y Arturo no parecía.
Por último, transcurrió toda la noche sin que él llegara; pero ella seguía esperando.
Tampoco se presentó el Conde al otro día... ni en los siguientes.
Judit no recibió ninguna carta; no volvió a verle.
¿Qué significaba aquello? ¿Qué había sucedido?
En aquel instante, interrumpiose el notario, diciendo:
—Señores, vuelve a levantarse el telón; continuaré mi relato en el entreacto próximo.
IV
Cuando hubo terminado el tercer acto de Los Hugonotes, el notario prosiguió en esta forma:
—Señores, adivino que sienten ustedes curiosidad por saber lo que había sucedido a nuestro amigo Arturo, y sobre todo, por saber a ciencia cierta de qué clase de sujeto se trataba.
—¿Por qué no ha empezado usted por ahí?—le dije.
—Me parece—repuso—que soy dueño de colocar la exposición donde me plazca, puesto que soy el narrador.
—Por otra parte, no es aquí, en la Opera, donde hay que mostrarse severo respecto a las exposiciones—agregó el profesor en Derecho,—las cuales no se entienden jamás.
—Lo cual es, con frecuencia, una fortuna para los autores de los libretos—añadió el notario mirándome.
Y, sintiéndose satisfecho de su epigrama, continuó en estos términos:
—El conde Arturo de V*** descendía de una antigua e ilustre familia del Mediodía. Su madre, que se quedó viuda muy joven, no tuvo más hijo que él y carecía de bienes; pero tenía un hermano que era inmensamente rico. Este hermano, monseñor el abate de V***, había sido sucesivamente en la corte de Luis XVIII, y más tarde en la de Carlos X, uno de los prelados que gozaban de más influencia; y sabido es hasta dónde llegaba en aquella época el poder del clero. El abate de V*** tenía un carácter frío y egoísta; era muy severo y orgulloso, y sin embargo, conducíase como buen pariente, porque sentía ambición para él y para los suyos. Se encargó de la educación de su sobrino, hizo devolver a su hermana una parte de los bienes que le fueron confiscados durante la emigración, y la pobre condesa de V*** murió bendiciéndole y encargando a su hijo que le obedeciera ciegamente. Arturo, que adoraba a su madre, prometiole en su lecho de muerte cuanto ella quiso; promesa tanto más fácil de cumplir, cuanto que, desde su infancia, experimentó un miedo horrible hacia su tío y había sido acostumbrado a someterse siempre, sin oponer la menor resistencia, a sus menores indicaciones.
De carácter serio, tímido y dulce, pero dotado de un corazón noble y generoso, Arturo mostró, desde muy niño, profunda inclinación por la carrera de las armas, por el uniforme y la charretera; tal vez debíase esto a que, en el palacio de su tío, no veía más que trajes negros y sobrepellices. Un día, con gran reserva, se atrevió a poner de manifiesto sus intenciones a monseñor, el cual frunció el ceño al oírle y le anunció con tono firme y decidido que abrigaba otras miras respecto a él.
El abate de V*** había sido nombrado obispo, y esperaba algo más; confiaba en alcanzar muy en breve el capelo de cardenal. En tan brillante posición, quería conservar a Arturo a su lado, elevarle a las más altas dignidades de la Iglesia, y, en resumen, hacerle abrazar la única carrera que en aquel tiempo conducía rápidamente al poder y los honores.
Arturo no se atrevía a resistir de una manera resuelta al terrible ascendiente de su tío, pero, en su fuero interno, decidió no ser jamás obispo.
El Rey, a quien se había hablado con tal objeto, acogió la idea con gran benevolencia, y, en su efecto, Arturo debía entrar poco después en el Seminario, únicamente por fórmula, recibir después las órdenes y pasar con rapidez de los grados inferiores a los primeros puestos de su nuevo estado.
El joven no había dado al olvido el juramento hecho a su madre; por otra parte, a los ojos de todo el mundo hubiera sido una enorme ingratitud romper abiertamente con su tío, su único pariente y bienhechor. No osando, pues, declarar la guerra al temible prelado, y oponerse directamente a sus intenciones episcopales, procuraba encontrar algún medio indirecto para obtener el mismo fin y poner a su tío en el caso de que fuese él mismo quien renunciara a su proyecto. El mejor medio era dar un gran escándalo que le hiciera indigno de las santas y respetables funciones que a despecho suyo querían conferirle. Esto no era fácil, porque Arturo, tanto por carácter como por educación, no podía prestarse a nada que afectase a su honradez y severidad de principios. No es libertino todo el que quiere; para ese estado, como para los demás, hace falta vocación, y a nuestro joven costábale tanto trabajo ser calavera como ser obispo. Tenía, no obstante, amigos muy alegres y con las más felices disposiciones, que, por prestarle un servicio, le arrastraban a sus orgías. Arturo iba a ellas por cálculo; pero el desorden le disgustaba tanto como divertía a sus compañeros; su juiciosa frialdad contenía la locura de éstos, y acababa frecuentemente por hacerlos razonables: se le había llegado a considerar como un agua-fiestas, y, por último, había renunciado a tales diversiones.
Desesperado entonces de conseguir lo que se había propuesto, volvió los ojos a las damas de la corte; pero en la corte de aquella época las damas trataban de evitar a todo trance el ruido y el escándalo. Esto no quiere decir que hubiese menos intrigas que en otros tiempos, sino que se ocultaban mejor. Y aunque hubiesen advertido al obispo de las secretas pasiones de su sobrino, había fingido ignorarlo todo, pensando, acaso, como Molière,
class="c">Que pecar en silencio no es pecar.
¿Qué camino, pues, le quedaba al pobre Arturo, que corría en pos del escándalo, como corren otros en pos de la gloria, sin poderlo alcanzar? Uno de sus amigos, libertino recalcitrante, díjole:
—Busca una amante en la Opera; ese teatro está de moda, todo el mundo va a él; se sabrá, hará ruido, y eso es todo lo que te hace falta.
—¡Yo!—murmuró Arturo enrojeciendo de indignación.—¡Mezclarme en una intriga de ese género!
—No necesitarás hacerte mucha violencia; se arregla el asunto con la familia, y una vez hecho el trato, puedes obrar del modo que te plazca; no se trata de que la cosa sea verdaderamente, sino de que se crea y dé que hablar.
—Siendo así...
—Todo se reduce a tener el título; demasiado sabes que en la actualidad hay muchos titulados que no ejercen... Tú podrás ser uno de ellos.
—Bien, me agrada tu idea.
Ya he referido a ustedes los detalles de la presentación y de la primera entrevista de Judit, Arturo y la tía.
Hízose que monseñor el obispo tuviese noticia de ello, pero monseñor se hizo el desentendido.
Se le dio conocimiento de que casi todas las noches el coche de su sobrino se estacionaba en la calle de Provenza, y Arturo aguardaba de un momento a otro una seria explicación y una escena en la que estaba resuelto a mostrarse arrebatado por una ciega pasión que le hacía indigno, en adelante, de las bondades de su tío; pero éste no le dirigió el más leve reproche, y nuestro joven no sabía cómo explicarse tanta calma y una resignación tan evangélica.
Pero esta calma era precursora de la tempestad.
Una mañana, díjole monseñor:
—El Rey está muy enojado contra ti; ignoro por qué causa.
—Creo adivinarla—repuso el joven.
—Pues yo no quiero saberla. Su Majestad, no obstante, te perdona; pero exige que dentro de dos días ingreses en el Seminario.
—¿Yo, tío?...
—El Rey lo ordena, y contra él, en todo caso, tendrías que protestar.
Y le volvió la espalda, sin decir una palabra más. Arturo, furioso, fuera de sí, sin saber qué hacerse, corrió a casa de Judit, la acompañó a las Tullerías, la presentó como su amante a los ojos de todo París, en vísperas de entrar en el Seminario. Esta vez no pudo menos de obtener el resultado que esperaba. Después de semejante escándalo, era imposible pensar, durante mucho tiempo al menos, en hacerle abrazar la carrera de la Iglesia. Y esto era lo que Arturo deseaba. Su tío escribió a Judit la amenazadora carta que ya conocen ustedes, y el Rey comunicó al Conde la orden de abandonar a París en el término de veinticuatro horas. Era forzoso obedecer. Por fortuna, Arturo estaba íntimamente relacionado con uno de los hijos del señor de Bourmont, que partía a la siguiente noche para Argel, donde se preparaba una importante expedición, y le rogó que le admitiese en su compañía como voluntario, pero sin comunicar a nadie su proyecto, ni a su tío ni al Rey.
—Puesto que dejan a mi elección el lugar del destierro—se dijo,—lo elegiré donde pueda encontrar alguna gloria. Iré donde hay peligro que correr y honor que alcanzar. Me haré matar o lograré distinguirme en la campaña. Y cuando regrese con una bandera, veremos si aun hay quien todavía insista en hacerme vestir la sotana y echar bendiciones a los fieles.