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Carlos Broschi

Chapter 25: VI
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About This Book

The drama traces tangled romantic and social conflicts within an aristocratic milieu: a gravely ill countess sleeps while her sister Isabel and suitor Fernando confront a disrupted engagement complicated by a marriage contract and hidden motives. Fernando, torn between love and duty, prepares to leave; Isabel attempts to conceal truths to protect others, but a notary's arrival and unexpected contractual clauses bring private tensions into the open. Action moves between cityscapes and a lonely castle, alternating intimate domestic scenes with moments of melancholy and moral doubt as characters contend with honor, obligation, passion, and the prospect of loss.

Y abandonó París, de noche, con gran misterio, porque todos sus pasos eran espiados y temía que si adivinaban el objeto de su viaje le impidieran la marcha. Momentos antes escribió una carta a Judit diciéndole tan sólo que la dejaba por algunos días; pero esta carta, a pesar de ser insignificante, fue interceptada y no llegó a su destino. El prefecto de policía estaba a las órdenes de monseñor.

Cuando llegó la semana siguiente, encontrábase Arturo en alta mar, y a los veinte días desembarcó en Africa. Figuró entre los primeros en el asalto del fuerte del Emperador, y cayó herido junto a su intrépido amigo el señor de Bourmont, a quien aquella victoria costó la vida. La de Arturo estuvo en peligro durante mucho tiempo; por espacio de dos meses se desesperó de salvarle, y cuando recobró la salud, su fortuna, sus esperanzas, las de su tío, todo se hundió en tres días, al hundirse la monarquía de Carlos X.

El obispo no pudo resistir este desastre; enfermo y apenado, quiso seguir a la corte en su destierro, pero no pudo. La impaciencia, la cólera que constantemente experimentaba, habían exaltado su cerebro e inflamado su sangre, determinando una fiebre maligna, y en el estado de irritación en que se encontraba, no sabiendo en quién descargar su enojo, eligió a su sobrino como víctima y se vengó en él de la revolución de julio.

Apenas estuvo restablecido de su herida, Arturo regresó a París; y aquí es, señores—dijo el notario alzando la voz,—donde comienzo yo a entrar en escena. El señor Conde fue a mi casa para confiarme los asuntos de la herencia, porque no se encontraba en estado de ocuparse de ellos por sí mismos. Yo era, desde hacía mucho tiempo, su notario y el de su familia; así, pues, su encargo me correspondía de derecho. En seguida procedimos a levantar los sellos judiciales. No les hablaré de los detalles del inventario, aunque no deje de haber mérito en un inventario bien hecho y bien dirigido. Al inscribir en su lugar correspondiente los papeles que encerraba el secreter de monseñor, encontré un billete cuidadosamente doblado, el cual contenía esta firma: Judit, bailarina de la Opera. ¡Correspondencia entre una bailarina y un obispo! Cuidando de la buena reputación del clero, tuve intenciones de hacerla desaparecer; pero ya Arturo se había apoderado del billete, y al ver yo su turbación, creí un instante, Dios me perdone tan mal pensamiento, que monseñor y su sobrino habían sido rivales, ignorándolo ambos.

—¡Pobre niña!... ¡Pobre niña!—exclamó Arturo.—¡Qué nobleza, qué generosidad, qué tesoro poseía en ella! Lea usted, señor—añadió presentándome el billete.

Y cuando llegué a esta frase:

Si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen del que me acuso pero del cual él no es cómplice.

—¡Es cierto!—dijo Arturo con lágrimas en los ojos:—me amaba con todo su corazón y yo no me di cuenta de ello, no pensé en corresponderle... ¡Y tenía diez y seis años! ¡Y era encantadora!... No puede usted imaginarse qué linda es... Es la mujer más bella de París.

—No lo dudo, señor Conde... pero si quiere usted que acabemos el inventario...

—Como usted guste...

Y, no obstante, continuó leyendo en voz alta los siguientes párrafos del billete:

«Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida hicieran que me contestase: Sí, amo a usted... ¡Ah! está mal lo que voy a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y maldiciones; pero entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me impida ser suya y sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la cólera de usted... Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí? ¿Hacerme morir? ¿Y qué me importaría la muerte, si había sido amada?»

—¡Y yo he desconocido... he rechazado un amor semejante!—exclamó Arturo.—Yo; yo sólo he sido culpable... pero repararé mis faltas, le consagraré mi vida entera... ¡se lo prometo, se lo juro! ¿Quién podría hoy vituperarme por ello?... ¡Estaré orgulloso de tener una amante como ella! Sí, la amo; lo confesaré a todo el mundo, y todo el mundo me envidiará... empezando por usted, señor notario, que no me escucha... y que tan atentamente examina esos fárragos de papeles.

Los papeles a que se refería eran el testamento de su tío, que yo acababa de encontrar; testamento en el que se le desheredaba, disponiendo de la inmensa fortuna del difunto en favor de los hospicios y para fundaciones piadosas. Así se lo hice saber a Arturo, el cual recibió la noticia con una indiferencia absoluta, y se puso a leer de nuevo la carta de Judit.

—La verá usted—me dijo;—quiero que coma usted hoy con ella.

—Pero estos papeles... este testamento...

—¿Y qué?—replicó, sonriendo;—eso ya no me concierne. Felizmente para mí, Judit me amará sin esas riquezas... Adiós, señor; voy a verla, voy a encontrar a su lado mucho más de lo que he perdido.

Y salió con la mirada radiante de dicha y de esperanza.

—¡He aquí un joven verdaderamente singular—me dije,—a quien una amante consuela la pérdida de una herencia!

Y terminé mi inventario.

Algunas horas después, de vuelta ya en mi casa, vi entrar a Arturo como un loco, fuera de sí.

—¡Ya no está allí!—exclamaba,—¡ya no está! ¡La he perdido! ¡La he perdido por culpa mía!...

—¡Alguna infidelidad!...

—¿Quién se lo ha dicho a usted?—repuso vivamente, asiéndome por el cuello.

—¡Oh! no sé nada.

—Prefiero esto, porque no sobreviviría a semejante golpe. Desde mi partida, desde hace tres meses, ha abandonado la Opera y nadie tiene noticias de ella.

—¿Qué le han dicho sus compañeras?

—¡Barbaridades! Unas pretenden que ha sido robada... otra me aseguraba con la mayor tranquilidad que ella le había manifestado intención de suicidarse.

—¡No sería extraño! Desde la revolución de julio, el suicidio se ha puesto de moda.

—¡No hable usted así... perdería la razón! He corrido a su casa de la calle de Provenza; pero se marchó de allí sin decir a dónde iba.

—¿No ha encontrado algún indicio que pueda servirle para seguir su pista?

—El piso está desalquilado: nadie lo ha habitado después de ella.

—¿Y no ha encontrado usted nada?

—Sólo encontré, en el cuarto de su tía, esto papel que estaba en el suelo, y que es una etiqueta de equipaje en la que hay escrito:

A la señora Bonnivet, en Burdeos.

Tengo entendido que ella era de ese país.

—¿Y qué?

—Que vengo a rogar a usted se encargue aquí de mis asuntos y lo arregle todo en la forma que mejor le plazca.

—¿Qué piensa usted hacer, pues?

—Seguir sus huellas, o las de su tía... buscarla... descubrir su paradero...

—¿Enfermo, como se encuentra, quiere partir mañana para Burdeos?

—¡Mañana! ¡Sería demorarme demasiado!

En efecto, salió de París aquella misma noche.

Al llegar a este punto, dio principio el cuarto acto de Los Hugonotes, y el notario interrumpió su relato.

Nos vimos obligados a esperar hasta el entreacto siguiente, a que el narrador continuara su historia.

V

La Falcón acababa de caer desmayada, después de haber saltado Nourrit por la ventana; el cuarto acto de Los Hugonotes concluía en medio de ruidosos aplausos, y el notario prosiguió su relato en esta forma:

—Arturo permaneció seis meses en Burdeos haciendo pesquisas, preguntando a todo el mundo por la señora Bonnivet, de la que nadie supo darle noticia alguna. Hasta hizo poner anuncios en los periódicos. La pobre mujer se hubiera muerto de alegría al encontrar en ellos su nombre; pero esto no era ya posible. Por último, el propietario de una casita, en la que ella había vivido, proporcionó al Conde los datos que había solicitado. La señora Bonnivet había muerto hacía ya dos meses.

—¿Y qué fue de su sobrina?

—No estaba con ella; pero la tía gozaba cierto bienestar, pues disfrutaba de una renta vitalicia que alcanzaba a cien luises.

—¿De dónde procedía esa renta?

—No se sabe.

—¿Hablaba de su sobrina?

—Pronunciaba su nombre de vez en cuando. Pero en seguida quedaba silenciosa, como si temiese hacer traición a algún secreto.

A pesar de todas sus pesquisas y gestiones, Arturo no logró obtener un dato más, y vivía desesperado. Porque desde que había perdido a Judit, desde que se consideraba separado de ella para siempre, su afecto hacia la linda joven se había convertido en amor, en una verdadera pasión. Esto era entonces el solo pensamiento, la única ocupación de su vida. Recordaba con amargura los breves instantes que había pasado junto a ella; creía verla ante sus ojos, llena de encantos y de cariño hacia él... ¡Y este bien, que le había pertenecido, habíalo él despreciado! No conoció el valor que tenía hasta que lo perdió para siempre. Recorría sin cesar todos los lugares en que la había visto. No abandonaba un momento la Opera.

Quiso habitar el cuarto de la calle de Provenza; pero con gran sentimiento supo que había sido alquilado, durante su ausencia, por un señor extranjero que no lo ocupaba. Intentó volver a verlo, al menos, y el portero no tenía las llaves; las puertas y las persianas de la habitación estaban constantemente cerradas.

Se explicarán ustedes perfectamente que, consagrado por completo a su amor y a sus penas, Arturo apenas se cuidaba de sus asuntos; pero yo me interesaba por él y observaba con pesar que tomaban un sesgo enojoso. Desheredado por su tío, no contaba con más fortuna que la de su madre, que ascendía, próximamente, a unas quince mil libras de renta; y de esto había consumido más de la mitad, primero en las locuras que había hecho por Judit, y más tarde en los gastos que se le habían originado para descubrir su paradero, porque nada escaseaba. Apenas obtenía el indicio más insignificante, enviaba agentes en todas direcciones y derramaba el oro a manos llenas... pero siempre sin resultado. En consecuencia, decíame constantemente:

—¡Ya no existe! ¡Ha muerto, por desgracia!

Cuando me visitaba para tratar de sus negocios, él sólo hablaba de ella; y yo, de la necesidad de vender y liquidar. No sin trabajo le pude decidir a hacerlo; le era muy sensible deshacerse de los bienes de su madre, pero se imponía aquella venta. Debía cerca de doscientos mil francos, y los intereses de esta deuda hubieran absorbido bien pronto el resto de su fortuna. Fijáronse, pues, los edictos, se publicaron anuncios en los periódicos, y la víspera del día en que debía efectuarse la subasta en mi estudio, recibí de uno de mis colegas, una comunicación que me produjo tanto regocijo como sorpresa. La suerte se había cansado, seguramente, de perseguir al pobre Arturo. Un señor de Courval, hombre de reconocida honradez, se confesaba deudor de su madre por una considerable suma, y deseaba devolverla. El capital y los intereses ascendían a cien mil escudos; la deuda estaba justificada, y mi colega guardábame el dinero en buenos billetes de Banco. No era posible dudar de semejante dicha. Corrí a anunciársela a Arturo, el cual recibió la noticia con una displicencia incomprensible. Cuando no se le hablaba de Judit, todo le era indiferente.

Por mi parte, me apresuré a liquidar sus deudas y a desempeñar sus bienes, y, desde entonces, todo marchó admirablemente, hasta que tuvo lugar un caso de difícil explicación.

Arturo se encontró un día con el señor de Courval, el que tan notablemente se había portado con nosotros. Vivía de ordinario en provincias, y se encontraba por casualidad en París. El Conde le estrechó la mano, dándole gracias por su honrado proceder, precisamente en el momento en que aquél se disculpaba, confesándose en extremo apurado, para cumplir los compromisos que tenía pendientes.

—¡Cómo es eso, si el mes pasado me ha pagado usted cien mil escudos!—repuso el Conde.

—¿Yo?

—Evidentemente; ya no tengo ningún pagaré de usted, pues todos han sido satisfechos, y nada me debe.

—Eso es imposible.

—Vea usted a mi notario y él se lo probará.

El deudor, que ya no lo era, fue a verme, en efecto, y no podía salir de su asombro.

—Es una gran suerte para usted—le dije.

—Y más todavía para el señor Conde—repuso él con aire triste y disgustado;—porque yo ya había tomado mi partido... Como no podía pagar, habíame echado la cuenta de que nada debía; y esa extraña circunstancia no me hace ser más rico... ¡Pero él... ya es diferente!... ¡puede alabarse de ser mimado por la fortuna!...

—¿Pero, de veras no sabe usted de dónde procede esa devolución?

—Ni siquiera lo presumo; pero si pudiera pagar de igual modo todas mis deudas...

—¿Debe usted algo más?

—Casi el doble de lo que he pagado, o, mejor dicho, de lo que han pagado por mí. Y si, quienquiera que haya sido, se presentara nuevamente para continuar la liquidación, le ruego que me avise.

—Lo haré con mucho gusto.

Nuestra sorpresa creció de punto, y Arturo se desesperaba por no poder dar con la clave del enigma. Fui a casa de mi colega, un hombre honrado, muy instruido, que no sabía más que yo... en aquel asunto, se entiende... Le habían remitido los fondos, encargándole que recogiese y anulase los pagarés. Me confió la carta que recibió al efecto, y se la llevé a Arturo. Este la examinó atentamente y nada sacó en limpio. Dicha carta estaba fechada en el Havre, donde residía el señor de Courval; la letra, que no era suya, la desconocíamos por completo... pero Arturo lanzó de pronto un grito de sorpresa, y se puso pálido como un muerto, al fijarse en el sello medio roto: era el de Judit.

En la época en que pasaba por su amante, él le había regalado una piedra antigua de gran valor, que tenía grabado un fénix. Lejos de encontrar en aquel regalo una alusión o una alabanza, Judit lo consideró siempre como un emblema de tristeza y había hecho grabar a su alrededor estas palabras: ¡Siempre solo! No se desprendía de este sello ni por un solo momento; aquella divisa, insignificante para otra cualquiera y para ella tan expresiva, no podía pertenecer más que a ella misma.

—¡De Judit procede esta carta!—exclamó Arturo.

Y la dejó escapar de sus temblorosas manos.

—Pues bien, eso implica la seguridad de que existe aún y piensa en usted... Debe, pues, estar satisfecho.

Pero, por el contrario, estaba furioso. Hubiera preferido saber que había muerto. Porque, ¿a qué ocultarse? decía. ¿Por qué, puesto que sabe dónde vivo, teme venir a verme? ¿Es, acaso, que se ha hecho indigna de presentarse ante mí? ¿No me ama ya? ¿Me ha olvidado quizás?

—Esta carta—le dije,—prueba lo contrario.

—¿Y con qué derecho—repuso Arturo fuera de sí,—trata de imponerme sus beneficios? ¿De dónde proceden esas riquezas? ¿Quién la ha autorizado para ofrecérmelas, y desde cuándo me considera capaz de aceptarlas? No las quiero, devuélvalas usted.

—Lo haría de buena gana. Pero, ¿a quién y cómo?

—Poco me importa... No las quiero.

—¿Y cómo puede ser eso, si con ellas se han pagado las deudas de usted y se han liberado sus propiedades?

—Venderá usted lo que sea preciso para realizar los cien mil escudos recibidos, a los que nunca tocaré, y quedarán depositados en su casa hasta que puedan devolverse.

—Tenga usted en cuenta el estado a que se verá entonces reducida su fortuna.

—No me importa. Por más infiel que sea Judit, no me arrepiento de haberme arruinado por ella... Pero ser por ella enriquecido es demasiada humillación para mí.

Y, a pesar de todos mis esfuerzos, de todas mis observaciones, no me fue posible disuadirle de su propósito; enajenáronse los bienes, y muy bien por cierto, gracias al aumento progresivo de la propiedad; fueron depositados en mi estudio los primeros trescientos mil francos, y aun quedó a mi amigo con que comprar seis mil libras de renta en papel del Estado; a esto quedó reducida su fortuna. Atenido a ella vivió dos años, esforzándose por desechar el recuerdo que le perseguía incesantemente. Sombrío y melancólico, esquivando los placeres y las distracciones de todo género, había llegado a hacerse incapaz para el trabajo o el estudio; en cuanto a mí, lamentábame interiormente del dominio que ejercía una pasión tan cruel en un hombre de tan excelentes condiciones. Iba a verme casi diariamente, con objeto de olvidar a Judit, y sin cesar me hablaba de ella.

Asegurábame que no la amaba ya, que la despreciaba, que se iría al fin del mundo antes que volver a verla; y a pesar suyo, dirigíase casi siempre a los lugares que le hablaban de ella y que le traían a la memoria su recuerdo.

Un día, o mejor dicho, una noche, fue a un baile de máscaras a esta sala de la Opera, en la que jamás entraba sin que le latiera el corazón, como si quisiera reventársele en el pecho. Solo, a pesar del gentío... Siempre solo... (porque él, entonces, había adoptado, a su vez, la divisa de Judit), paseábase silencioso en medio del bullicio... en aquel teatro... en aquel lugar donde tantas veces le había visto aparecer... Luego, internándose por los corredores, se dirigió, lentamente a aquel palco segundo que en tiempos más dichosos ocupaba casi todas las noches, y desde el cual le hacía la seña que tenían concertada para avisarla cuando podían celebrar sus inocentes entrevistas.

La puerta del palco estaba abierta, y en él, envuelta en un elegante dominó, veíase a una mujer; estaba sola, y parecía abismada en profundas reflexiones. Al ver a Arturo, la dama se estremeció e hizo un movimiento como para levantarse y salir; pero, sin poder apenas sostenerse, se apoyó en el antepecho del palco y cayó de nuevo sobre su asiento. Esta turbación hizo que Arturo se fijase en ella y que se aproximara para ofrecerle sus servicios.

La dama, sin contestarle, le rechazó con un gesto.

—El calor le habrá hecho a usted daño—le dijo el joven con una emoción que en vano trató de dominar;—y si se quitase un momento el antifaz...

La desconocida rehusó de nuevo, limitándose, para respirar con más desahogo, a echar hacia atrás la capucha de su dominó, que le cubría la frente.

Arturo vio entonces una hermosa cabellera negra, que caía en rizados bucles sobre la espalda. Así era como se peinaba Judit... aquella graciosa postura, aquel talle fino y delicado eran los suyos... allí encontraba su porte, sus maneras, ese invencible y poderoso encanto que se adivina y que no puede definirse!...

Por último, se levantó la desconocida.

Arturo lanzó un grito.

El era entonces quien se sintió morir... pero haciendo un esfuerzo, le dijo a media voz:

—¡Judit!... ¡Es usted, Judit!...

Ella trató de ausentarse.

—¡Quédese, por favor! Déjeme decirle que soy el más desdichado de los hombres por no haber sabido apreciar hasta qué punto merecía usted todo mi amor.

La desconocida se estremeció de nuevo.

—Sí, entonces los merecía usted... entonces era digna de los homenajes y la adoración de todo el mundo... y sin embargo, tan insensato soy que la amo aún, no amo a nadie más que a usted, y la amaré siempre... a pesar de que me ha sido infiel... ¡de que me ha traicionado!

Ella quiso responder, y la palabra expiró en sus labios... pero se llevó una mano al corazón como si tratara de justificarse.

—¿Cómo explicar, si no, su ausencia, y sobre todo sus beneficios... esos beneficios de que me avergüenzo por usted y que he rechazado? Sí, Judit, no los quiero, no quiero más que su amor; y si es verdad que no me ha olvidado, que me ama todavía... ¡venga... sígame!... para seguirme es preciso amarme... porque ahora ya no tengo fortuna que ofrecerle... ¡Qué! duda... no me responde... ¡ah! ¡comprendo su silencio! Adiós, adiós para siempre.

Y se dispuso a abandonarla; pero Judit le detuvo, asiéndole de una mano.

—Hable, Judit; hable por favor—exclamó el pobre joven.

Pero la desgraciada no podía: los sollozos ahogaban su voz.

Arturo cayó de rodillas. Ella no pronunció una palabra, pero lloraba, y el joven creyó que aquellas lágrimas eran su mejor justificación.

—¿Me ama usted, pues, aún?... ¿No ama a nadie más que a mí?...

—Sí—repuso ella, tendiéndole una mano.

—¿Y cómo creerla?... ¿Dónde están las pruebas?... ¿Quién me las dará?...

—El tiempo.

—¿Qué haré, pues?...

—Esperar.

—¿Y no me dará usted alguna prenda de su amor?...

Judit dejó caer el ramo de flores que tenía en la mano, y mientras Arturo se inclinó para tomarlo, ella se lanzó al corredor y desapareció.

El Conde intentó seguirla, la vio de lejos entre la multitud; pero detenido por el oleaje de las máscaras, no tardó en perderla de vista. Después creyó volver a verla... Sí, sí, era ella... y en el momento en que, siguiendo sus pasos, llegó hasta el vestíbulo y creía poder alcanzarla, la vio precipitarse en un carruaje magnífico que dos soberbios caballos arrastraron a todo galope.

—Señores—dijo el notario interrumpiéndose,—ya es muy tarde y yo tengo la costumbre de madrugar; si me lo permiten ustedes, dejaremos para pasado mañana la conclusión de mi relato.

VI

El miércoles siguiente, era día de función en la Opera, y nos encontrábamos todos en la orquesta, exactos a la cita, y el notario no llegaba. Poníase en escena Roberto, y esta obra me recordaba mi primera entrevista con Arturo. Me expliqué entonces su tristeza, su preocupación, y pensé en que el mismo Meyerbeer no podría menos de concederle su perdón por no haber escuchado el sublime trío de Roberto.

Pero, ¿se encontraba, acaso, en aquel momento, mejor dispuesto a apreciar la bella música? ¿Era más dichoso? ¿Había recuperado al fin a su Judit, o la había perdido?

Todavía ignorábamos los obstáculos que los separaban, y nuestra impaciencia por conocer el desenlace de la historia se aumentaba con la ausencia del narrador. Al fin, llegó éste, después del segundo acto, y jamás ningún actor querido del público obtuvo un recibimiento más entusiasta que el que hicimos al notario.

—¡Ya está aquí!

—¡Gracias a Dios!

—¡Vamos, querido, ya era tiempo de que llegase!

—¡Qué tarde viene usted!

—He sido invitado a una comida y he tenido que asistir a un contrato... Digo asistir, porque ya no ejerzo; he vendido mi notaría y, gracias a Dios, no debo nada a nadie.

—Excepto a nosotros.

—Nos debe usted un desenlace.

—El de la historia de Judit...

—Le hemos reservado su puesto... Vaya, siéntese.

Nos estrechamos cuanto fue posible, y el notario terminó su relato en esta forma:

—Judit había dicho: ¡Esperar!... y durante algunos días Arturo tuvo paciencia, confiando en recibir alguna carta, algún aviso...—Volveré a verla, pensaba; ella vendrá, me lo ha ofrecido...—Pero pasaban los días, las semanas, y Judit no iba. Seis meses transcurrieron de este modo, luego un año, después hasta dos. El pobre Arturo me inspiraba lástima, y más de una vez temí que enloqueciera. La escena del baile de máscaras le había impresionado profundamente... Había momentos en que, al acordarse de aquella Judit que había vuelto a encontrar sin verla, que se le había aparecido sin descubrirle sus facciones, se creía víctima de una alucinación. Su imaginación, debilitada por el sufrimiento, hacíale creer que había sido un sueño, una quimera; llegó a dudar de lo que había visto y oído. Enfermó gravemente, y en el delirio de la fiebre se imaginaba ver a Judit apareciéndosele por última vez y dirigiéndole su última despedida; en vano, trataría de repetir a ustedes las tiernas y conmovedoras frases que con tal motivo le dirigió... Judit era su único pensamiento, su idea fija... En esto consistía el mal que le mataba.

Los cuidados que le prodigamos le volvieron a la vida; pero se tornó sombrío y melancólico. No quería ver a nadie, exceptuándome a mí. Se había negado siempre a disponer de la suma de Judit, que tenía en mi poder; y su fortuna, como ya les he dicho, sólo consistía en seis mil libras de renta. Empleó cuatro mil en abonarse por todo el año a un palco segundo de la Opera... aquel palco segundo de frente a la escena, donde había encontrado a Judit la noche del baile de máscaras. Asistía a él todos los días, mientras confió en que la volvería a ver... pero cuando perdió esta esperanza, ya no tuvo valor ni energías para seguir ocupándolo. Se veía allí solo, siempre solo (su constante divisa), y esta idea le hacía padecer mucho. Solamente de vez en cuando, venía a la orquesta, dirigía una mirada dolorosa hacia el palco de Judit y se ausentaba luego murmurando:

—No está.

Esta era su vida; y a excepción de algunas cortas temporadas en que se dedicaba a viajar, siempre con la esperanza de saber algo de Judit, o de obtener algún indicio respecto a su suerte, estaba constantemente en París. Todas las noches, como inconscientemente, sin que en ello interviniese su voluntad, se encaminaba a la Opera. Y para verle más a menudo, fue por lo que me aboné a esta localidad. Ultimamente ya no venía sino de tarde en tarde. Pero la semana pasada estuvo un día. Encontrábase sentado al otro lado de la orquesta. Desanimado ya por completo, sin conservar esperanza alguna, volvía la espalda al salón, y, por completo abismado en sus reflexiones, nada veía ni escuchaba. No obstante, algunas ruidosas exclamaciones le sacaron de su éxtasis. Acababa de entrar en un palco una señora joven, cuya notable hermosura y espléndida toilette excitaron vivamente la admiración de todo el público. Toda la artillería de los gemelos se dirigió hacia aquella parte del teatro.

De todos lados salían estas palabras:

—¡Qué bella es!

—¡Qué frescura!

—¡Qué aire tan gracioso y tan distinguido!

—¿Qué edad calcula usted que debe de tener?

—De veinte a veintidós años.

—¡Ca! Apenas tiene diez y ocho.

—¿La conoce usted?

—No, señor; es la primera vez que viene a la Opera... Soy antiguo abonado y no la he visto hasta hoy.

Los espectadores inmediatos tampoco la conocían. Pero no lejos de ellos, un extranjero, de aspecto distinguido, se inclinó respetuosamente saludando a la hermosa dama. En seguida todos apresuráronse a preguntarle su nombre.

—Es lady Inggerton, la esposa de un opulento par de Inglaterra.

—¡Tan hermosa y tan rica!...

—Pues se asegura que no tenía nada... que era una pobre muchacha que, en un momento de desesperación amorosa, intentó suicidarse, arrojándose al agua, y que fue recogida por el anciano Duque...

—Eso es una verdadera novela.

—No todas tienen tan feliz desenlace, porque el Duque, que se había interesado por la joven y no podía pasar sin ella, decidió, según dicen, hacerla su esposa para dejarle su fortuna... como, en efecto, ha sucedido.

—¡Diablo! Pues siendo viuda... es un partido soberbio.

—Ha transcurrido ya el tiempo del luto, y tanto en Inglaterra como en Francia no faltará quien le haga la corte.

—¡Ya lo creo!—repuso el joven que había interrogado, arreglándose con una mano la corbata y dirigiendo con la otra el lente a lady Inggerton.—¡Eh! me parece, caballero, que mira hacia este lado.

—Se equivoca usted—contestó el extranjero.

—No, por cierto... estoy seguro... me refiero a este joven...

Y, al pronunciar esto, señalaba a Arturo, que nada había oído, y a quien fue preciso explicar lo que sucedía.

El Conde levantó los ojos, y en el palco segundo de frente a la escena... en aquel palco, que era el suyo en otro tiempo, vio... ¡Ah! no se muere de placer ni de sorpresa, puesto que Arturo vive todavía... puesto que tuvo fuerzas y conservó bastante razón para exclamar:

—¡Es ella! ¡Es Judit!...

Pero al mismo tiempo permaneció inmóvil... sin atreverse a respirar... pues temía despertar de un sueño.

—Caballero—le dijo su vecino,—¿la conoce usted, por ventura?

Arturo no respondió, porque en aquel instante la mirada de Judit se había cruzado con la suya... Había visto fulgurar en los ojos de la joven un relámpago de indescriptible satisfacción. ¡Es imposible explicar lo que pasó por él, ni por qué no enloqueció al ver que Judit, levantando una de sus blancas y exquisitas manos, le hacía la seña con que él en otro tiempo le anunciaba sus visitas!

¡Ah! ¡le pareció que iba a volverse loco! Dejó caer la cabeza y permaneció algunos instantes con ella apoyada entre las manos, como para persuadirse a sí mismo de que no era una ilusión, de que Judit vivía aún, y de que ella era la que acababa de ver. Cuando logró convencerse, volvió a levantar la vista hacia el palco... ¡la celestial visión había desaparecido!... ¡Judit ya no estaba allí... se había ausentado!...

Un frío mortal heló la sangre en sus venas... una mano de hierro le oprimió el corazón... Luego, acordándose de lo que acababa de ver... y de oír... porque ella le había hablado... sí, le había hablado por señas, abandonó su asiento de la orquesta y se lanzó a la calle, murmurando:

—Si esta vez también me engaño... si es una nueva alucinación... o me volveré loco... o me mato.

Y, decidido a morir, se encaminó directamente a la calle de Provenza. Llamó a la puerta, que se abrió en seguida... y, preguntó temblando:

—¿La señorita Judit?...

—Está en casa—dijo tranquilamente el portero.

Arturo lanzó un grito y se apoyó en la barandilla de la escalera para no caer.

Subió al piso principal, atravesó todas las habitaciones y abrió la puerta del gabinete, el cual estaba amueblado como en otro tiempo; exactamente igual que hacía seis años.

Hasta la cena que había encargado antes de su repentina marcha, apareció dispuesta ante sus ojos. Vio que en la mesa había dos cubiertos.

Y Judit, reclinada en un diván, le dijo al verle entrar:

—Viene usted muy tarde, amigo mío.

Y le tendió una mano. Arturo se arrodilló ante ella.

Al llegar aquí, se interrumpió el notario.

—¿Y qué?—exclamaron todos;—concluya.

El notario contestó, sonriéndose:

—Arturo no me ha contado más... Por otra parte, va a dar principio el tercer acto de Roberto...

—¿Qué importa? termine.

—¿Qué más he de decir a ustedes? Vengo de comer con ellos y de firmar el contrato.

—Así, pues, ¿se casan?

—Judit lo ha querido.

—Como última sorpresa, sin duda.

—¡Tal vez le tenga reservada alguna otra!

—¿Cuál?—preguntó vivamente el profesor en Derecho.

—Lo ignoro—respondió el notario con una sonrisa;—pero se asegura que el anciano Duque, su difunto esposo, no la llamaba nunca más que: mi hija.

En aquel instante se abrió el consabido palco segundo, y apareció Judit, envuelta en su manto de armiño y apoyada en el brazo de su amante, que ya era su esposo.

Una misma exclamación salió simultáneamente de las butacas de la orquesta:

—¡Qué hermosa es ella! ¡Qué dichoso es él!

FIN