Que en áureo cerco no brilla:
Me la dió Naturaleza
En su forma primitiva.
Mas quien de joyas entiende,
Si llega á mirar la mía,
Su inmenso valor pondera
Y palidece de envidia.
En clara noche de estío,
Del mundo en la edad florida,
Cuando la tierra con lágrimas
Regado el hombre no había,
Pues deslumbraba sus ojos
La luz de fáciles dichas,
Cayó mi joya del cielo
Sin que su luz fuese vista.
Vino más tarde el dolor,
Que sueños calman y alivian,
Y quien alivio buscaba
Mi joya en sueños veía.
Danzas entonces tejiendo
En una selva, á la tibia
Claridad de las estrellas,
Y en el césped escondida,
Encontró un hada mi joya
Y la puso en su varita.
Protectora se hizo el hada
De mucha inocente niña,
Y trocó en sedas y encajes
Los harapos que vestía,
Y se la llevó en volandas
A dar, en fiestas magníficas,
A los príncipes amor
Y á las princesas envidia.
Luego empeoró nuestra raza,
Y las hadas afligidas
Huyeron sin que se sepa
A qué región ni á qué clima.
Antes de huir sepultaron
La joya en profunda sima,
Porque no la profanase
Ninguna mirada indigna.
Sobre esta piedra preciosa
Harto los sabios cavilan,
Y filosofal la llaman
Y estudian por descubrirla.
Mas, como nunca penetran
Bastante en la esencia íntima
De naturaleza, en balde
Ver la joya solicitan.
Así permaneció siempre
Blanco oculto á toda mira,
Hasta que en una mañana
De primavera, yo misma
Con mis lisonjas la atraje
Por mis conjuros cautiva.
En mi seno, desde entonces,
La joya está, do mitiga
Toda pena, y donde todo
Vano deseo amortigua:
Que hay en su centro brillante
Misteriosa hechicería
Y recuerdos de aquel sitio
Que abandonó en su caída.
Al contemplarla mi alma,
Mi alma á los cielos aspira,
Sin que en afanes diarios
La joya no valga y sirva,
Pues humildad y pobreza
No la avergüenzan ni humillan:
Y con rosicler de aurora
Baña su luz peregrina
Mejor que el alcázar regio
Las modestas alquerías.
Al sabio que de esta joya
Sepa el nombre, y dé noticias
Y explicación del encanto
Que en su talismán se cifra,
Tendré yo por el más sabio
Mortal que en el mundo viva,
Y también por el más rico,
Y, aunque nada anhele y pida,
A mi muerte ha de ganar
Esta joya por albricias.
Volviendo ahora á los poetas, que por admirar á las poetisas habíamos abandonado, seré breve por varias razones.
Hay tres ó cuatro poetas en el Parnaso Colombiano de quienes es mejor limitarse á citar los nombres que decir poco sin haber estudiado todas sus obras y sin conocer bien su vida.
Así, por ejemplo, Rafael Núñez, actual presidente de la república. Núñez es autor de un libro titulado Ensayos de crítica social y también de muchas poesías, que no sé si ha publicado en tomo. Las que inserta el Parnaso son originalísimas por su fondo filosófico y por su forma concisa, enérgica y sentenciosa. La primera, que es la más encomiada y que merece serlo, deja pasmado á quien la lee, sobre todo al considerar que es el autor un hombre político, presidente de la república nada menos. Nosotros casi no podemos comprender la franqueza de Núñez. Entre nosotros no diré yo que un jefe de partido, un eminente hombre de Estado tenga por fuerza que creer en alguna cosa. Bien puede no creer en ninguna; pero se guardará de decirlo. Decirlo sería descarrilar: hacer mal su papel. Tendrá, pues, su Credo ó Símbolo, redactado por artículos; artículos de fe, de cada uno de los cuales no renegará, aunque le descuarticen. Así serán ó aparecerán todos los políticos. Este creerá en la soberanía del pueblo y en el sufragio universal; aquel, en el derecho divino de los reyes y en la constitución interna; uno será librecambista, proteccionista otro; pero todos se mostrarán muy firmes en sus creencias y harán de las opiniones dogmas, y de la profana política algo como religión ultrasagrada, y llamarán comunión ó iglesia á su bandería ó pandilla, y correligionarios á sus parciales, y pondrán en su martirologio á cualquiera de estos correligionarios, cuyo suelto en los periódicos haya sido denunciado.
Acostumbrados nosotros á esta severidad dogmática, y dichosos poseedores de una ciencia ó de una creencia, ¿cómo no maravillarnos de los versos del Sr. Núñez, que se titulan, con la frase de Montaigne, Que sais-je?, y donde el autor viene á declarar que no cree en nada y que no sabe nada? El Sr. Núñez no está seguro de
Escala vacilante en que pasamos
De un error á otro error.
Así es que termina exclamando:
Del sol de la verdad la lumbre austera
Y pura en este limbo hacer brillar!
De lo cierto y lo incierto, ¡quién un día
Y del bien y del mal conseguiría
Los límites fijar!
Otros varios poetas figuran en el Parnaso Colombiano, de quienes no se debe aquí decir nada. Sería menester escribir un largo artículo sobre cada uno. Hay que hacerse cargo de que el Parnaso Colombiano es un muestrario de toda una rica literatura contemporánea.
Tal vez un día, si sigo yo escribiendo estas cartas, hable extensamente y como ellos merecen, de José María Samper, poeta, novelista, dramaturgo, filósofo, político y el más fecundo escritor de Colombia; de Julio Arboleda, lírico famoso y autor de un poema ó leyenda cuyo título es Alvaro de Oyón; de José María Marroquín, sabio filólogo y discreto poeta, lleno á veces de chiste; de Gregorio Gutiérrez González, gran pintor de la naturaleza de su tierra, y cuyo poema sobre el cultivo del maíz acaso compite con la sublime Destrucción de las florestas del brasileño Araujo Porto-Alegre; de los Caros, padre é hijo, de quienes he dicho tan poco, y de otros más.
Por lo pronto, aunque no baste esta carta y tenga yo que escribir la sexta para terminar mi trabajo, he de decir algo todavía de varios poetas que me parecen muy originales, y de otros, jóvenes los más, que, sin dejar de ser originales, siguen algo en la forma y en la manera, ya á Campoamor, ya á Bécquer, que son, á par de Núñez de Arce, los poetas españoles del día más populares y celebrados hoy en Colombia.
Justo es decir que, entre estos jóvenes poetas, Bécquer es más seguido é imitado que Campoamor, y que su escuela está también mejor representada. Verdad es que Bécquer tiene á Heine por auxiliar, y el auxiliar de Campoamor no acude ó no se ve tan claro.
Como muestras de estos becqueristas citaré de Emilio Antonio Escobar las siguientes composiciones, que él llama Rimas, como llama Bécquer á las suyas:
Del cadáver los átomos inertes
Se transforman, se buscan y palpitan
En las auroras de un eterno génesis.....
Y aquí en mi pecho un corazón vacila
Y el hielo horrible del sepulcro tiene.....
Allá se siente palpitar la vida,
Aquí se siente palpitar la muerte.
—
Cada vez que tu mano, al despedirme,
Estrecho conmovido entre las mías;
Cada vez que me dices: «Hasta luego»,
Fijando en mí tus húmedas pupilas,
Oigo un eco lejano que repite
Dolorosa y eterna despedida,
Y siento que una lágrima que oculto
Me cae al corazón pesada y fría.
—
Ya en la iglesia de los cielos
Alguien enciende los cirios,
Y el órgano de los vientos
Suspira ya sus registros;
Largos nubarrones negros
Enlutan el infinito.....
Se va á cantar el entierro
De nuestro amor muerto niño.
En todo esto hay lo más lastimoso de Bécquer y de Heine: olor de cementerio y cancamurria de gori-gori.
Muy superior me parece otro becquerista de veintitrés años: Joaquín González Camargo, médico y literato. Sus versos Viaje de la luz son becqueristas; pero, ¿yo no sé?, me siento inclinado á decir que me gustan más que los mejores de Bécquer y de Heine. Y dicen los versos:
Vapor de adormideras en mi estancia;
Los informes recuerdos en la sombra
Cruzan como fantasmas.
Por la angosta rendija de la puerta
Rayo furtivo de la luna avanza,
Ilumina los átomos del aire:
Se detiene en mis armas.
Se cerraron mis ojos, y la mente,
Entre los sueños, á lo ignoto se alza:
Meciéndose en los rayos de la luna,
Da formas á la nada.
Y ve surgir las ondulantes costas,
Las eminencias de celeste Atlántida,
Donde viven los Genios y se anida
Del porvenir el águila.
Allí rima la luz y el canto alumbra,
Aire de eternidad alienta el alma,
Y los poetas del futuro templan
Las cristalinas harpas.
Auroras boreales de los siglos
Allí se encuentran, recogida el ala;
Como una antelia vese el pensamiento
Que gigantesco se alza.
Allí los Prometeos sin cadenas
Y de Jacob la luminosa escala;
Allí la fruta del Edén perdida,
La que el saber entraña.
Y el libro apocalíptico, sin sellos,
Suelta á la luz sus misteriosas páginas,
Y el Tabor del espíritu su cima
De entre la niebla saca.
Y allí el Horeb de donde brota puro
El casto amor que con lo eterno acaba:
Allá está lo ideal, allá boguemos.....
Dad impulso á la barca.
Despertéme azorado..... ¿Y ese mundo?
Para volar á él ¿en dónde hay alas?
Interrogué á las sombras del pasado,
Y las sombras callaban.
Pero el rayo de luna ya subía
Del viejo estante á las polvosas tablas,
Y lamiendo los lomos de los libros,
En sus títulos de oro se miraba.
Y ahora que acabo de copiar los versos del señor Camargo, comprendiéndolos bien, no vacilo ni dudo. Digo, parodiando al Duque de Rivas, que, en esta ocasión,
Tuvo la revelación.
El discípulo Camargo se adelanta aquí á sus dos maestros, al español y al alemán, y hace una linda poesía, sobria de palabras, rica de pensamientos, llena de imágenes y de galanura.
Y baste por hoy. Prometo que la próxima carta será mi última sobre este asunto.
*
* *
8 de Octubre de 1888.
VI
Mi distinguido amigo: Ya habrá Ud. notado que en la rápida y poco ordenada reseña que de los poetas de esa república voy haciendo, hay un espíritu que, por lo mismo que es muy español, propende más á poner de realce lo original que lo imitado. Sin duda que algo lisonjea el amor propio nacional percibir en región tan remota la resonancia ó el eco de Quintana, de Bécquer, de Campoamor y de Núñez de Arce, que son hoy los poetas de esta Península más populares ahí; pero si todo es uno, según mi teoría; si Uds. no han proclamado la independencia literaria, ni nosotros la hemos reconocido tampoco; si no conviene además esta independencia, y si toda la riqueza nuestra y de Uds. debe seguir pro indiviso, creo yo que nos trae más cuenta que todo sea diverso dentro de la grande unidad, que no tener doublettes ó ejemplares dobles en nuestro tesoro común intelectual ó biblioteca castellana.
Por dicha, la realidad viene en Colombia á colmar la medida de mi deseo. Son Uds. todo lo originales que deben ser, sin caer en la extravagancia, buscando la originalidad, y sin imitar demasiado á los franceses é ingleses por no imitar á los españoles.
Poco hay que pueda calificarse en Colombia de campoamoresco ó de quintanesco. Sólo abunda el becquerismo; pero más bien el remedo es en el corte ó traza, que no en el fondo y la esencia.
Un cubano, Rafael Merchán, que ha ido á vivir y á escribir entre Uds., ha emitido, en uno de sus más bellos artículos, un juicio de Bécquer, atinadísimo, en mi sentir. Para Merchán, como para nosotros, Bécquer es excelente poeta: de lo mejor que España ha tenido en el siglo XIX. El fondo de su poesía es rico y vario; pero casi siempre están sus composiciones como vaciadas en el mismo molde ó cortadas por el mismo patrón. Esto es lo que constituye la manera, que no niego yo que induce á la imitación. Cuando el poeta imitador adquiere, tal vez sin darse cuenta de ello, la habilidad, el arte ó procedimiento de la manera, hasta sin querer suele seguirla.
Así es como se nota el sabor becquerista en los ya citados versos de Camargo y de Escobar, en otros que no citamos, y (¿por qué no declararlo?) en los que de Ud. colecciona el Sr. Añez, aunque la imitación en ellos es más indecisa y vaga.
En los versos de Ud. se ve que el poeta, ilustrado su entendimiento por no escasa doctrina y por el saber de varias literaturas, no se deja llevar por determinado maestro, y la inspiración sacude todo yugo y se levanta libre de remedo, mostrando su valer propio. Yo, por las pocas muestras que de sus versos de Ud. da el señor Añez, y en vista de la mocedad de Ud., me atrevo á saludarle como buen poeta, augurándole brillantes triunfos en lo futuro. La composición de Ud. titulada Lo que es un nido suscita el recuerdo de La iglesia perdida, de Uhland, aunque en la conclusión, la de Ud. es racionalista y algo panteísta, y la de Uhland fervorosamente cristiana. Á veces, en los instantes de mayor rapto lírico-filosófico, va Ud. más allá de lo justo en los atrevimientos de expresión, influído acaso por Víctor Hugo. Así, por ejemplo:
Subí de lo infinito las escalas,
Y asombrado sentí que en mis dos hombros
Se agitaban dos alas,
Y volé como fuera de mí mismo.....
Y crucé los espacios estelares.....
Y comulgué la luz en el abismo
De incógnitos altares.
La peregrinación de su espíritu de Ud. por el éter, su comunión de luz en el abismo, etc., nada está de sobra al considerar que Ud. se propone descubrir dónde se oculta el verbo; pero á la verdad que es triste lo infructuoso de la caminata y lo hondo de la caída, cuando, al volver Ud. de su éxtasis, ve un nido de golondrinas, que será á lo más uno de los mil millones de efectos del verbo, pero que no es el verbo, ni le explica, ni explica nada.
La composición de Ud., Idea y forma, está muy inspirada por Bécquer. En la otra composición, que se titula Confidencia, hay cierta vaguedad misteriosa, que podrá tener hechizo para algunos, pero que á otros los podrá inducir en la creencia de que el poeta no está muy seguro de nada, y de que nada le ha pasado, y de que todo es sueño ó dislate, cuando él mismo ignora si se le ha muerto la novia ó si se le ha casado con otro. Hay en estos versos anhelo de sencillez y naturalidad de lenguaje, que yo apruebo, porque la sencillez y la naturalidad hacen que los versos de amor parezcan más sentidos y vividos; pero, cuando en este estilo sencillo viene á interpolarse alguna palabra ó frase, ó muy ambiciosa ó muy técnica del tecnicismo filosófico, ocurren disonancias de efecto pésimo. Así, por ejemplo, cuando dice Ud. que ella sepulta la frente en el pañuelo, y peor aún cuando pregunta usted si ella le piensa aún con amor.
Sin duda que, en lenguaje filosófico, las cosas se piensan ó son pensadas; pero, en estilo sencillo y de amores, el amante piensa en su amada y la amada en su amante, y si ambos piensan algún ser, este ser, aunque utilísimo, es muy inferior al ser humano.
Piénselo Ud. bien, y convendrá conmigo en que no debemos desear que las muchachas bonitas nos piensen, sino que piensen en nosotros.
A fin de no hacer interminables estas cartas, voy á prescindir de multitud de poetas de quienes hay obras selectas en el Parnaso, y á citar, como remate, á los cuatro ó cinco que me parecen más inspirados y más llenos de originalidad.
Empezaré por Rafael Pombo, cuyas obras completas siento no conocer. Mi opinión acerca de Pombo tiene también que ser poco fundada; esto es, tiene que fundarse sobre datos muy insuficientes. Hay mil cosas que despiertan la curiosidad al leer sus poesías, y que yo no podría averiguar á no escribir pidiendo noticias, ó á Colombia, ó á París, donde hay muchos colombianos. La romanza del rey Asuero y el aria de don Rodrigo, en las óperas Ester y Florinda, implican que existen estas óperas, y un compositor colombiano, que se llama el maestro Ponce de León, é implican que Pombo ha escrito enteros ambos librettos. Yo sé, porque lo dice el señor Añez, que Pombo ha publicado Cuentos pintados y Cuentos morales para niños, y que son tan populares y famosos, que se los saben de memoria casi todos los niños de la América española. Y si esto es así, yo me pregunto: ¿cómo es que en España, donde tan pobre es esta clase de literatura para niños, no han penetrado los tales cuentos y no se ha hecho de ellos alguna edición?
Colócase también á Rafael Pombo entre los mejores traductores de Horacio. Dice Añez que el eminente Menéndez Pelayo da gran valer á su traducción, pero no nos dice si es ó no completa. Yo lo ignoro, y buscando además en el Horacio en España lo que dice Menéndez de Pombo, nada he hallado. Tal vez sea una edición posterior á la que yo tengo. En la que yo tengo, aun no conocía Menéndez sino poquísimo de la poesía hispano-americana contemporánea, lamentándose de que no exista historia de la literatura de la América española, ni aun colección de poetas americanos medianamente hecha. Se ve que entonces aún no había leído Menéndez sino el tomito, publicado en Leipzig por Brockhaus, que encierra, en su harto severo sentir, «piezas detestables que no pueden pasar por buenas ni en América ni en parte alguna del mundo civilizado».
Volviendo á Pombo, diré que, como otros varios americanos de nuestra raza, ha ejercido muchas profesiones en su vida de acción, y en su vida especulativa ha estudiado y escrito de todo. Pombo es ingeniero civil; ha sido militar, y profesor, y diplomático, y periodista; y como escritor, es polígrafo. Contraigámonos aquí á hablar de él sólo como poeta. Su lira posee todas las cuerdas y todos los tonos: es mística, erótica, elegíaca, jocosa, satírica y descriptiva; pero ni siquiera conocemos una muestra de cada género.
En lo que conocemos hay originalidad, naturalidad y gracia. Sus redondillas al bambuco, que llegan á ochenta, muestran cuán fácil y abundante es el autor, sin pecar de pesado ni de rastrero. La música y la danza del bambuco están muy bien calificadas, y ponderadas con chiste todas sus excelencias y la desapoderada afición que le tienen los colombianos:
La indiana melancolía
Con la africana ardentía
Y el guapo andaluz donaire.
Su ritmo vago y traidor
Desespera á los maestros;
Pero acá nacemos diestros
Y con patente de autor.
. . . . . . . . . . . . .
Hay en él más poesía,
Riqueza, verdad, ternura,
Que en mucha docta obertura
Y mística sinfonía.
Y así respóndele fiel
El corazón donde llega:
Con él el alegre juega
Y el triste llora con él.
Mágico el más obediente,
Camaleón musical,
Siempre el mismo original,
Pero siempre diferente.
Eterna variación
En que hallamos por instinto
Acento propio y distinto
Para cada sensación.
. . . . . . . . . . . . .
Y si ordenase un tirano
La abolición del bambuco,
Pronto viera cuán caduco
Es todo poder humano.
Aun es más linda, en la misma composición, la pintura de una fiesta popular al aire libre, en que se baila el bambuco.
Noches de la patria mía
Que bien pudiera ser día
Donde no hay noches como ellas.
El terciopelo mejor
Al del cielo no igualaba;
Ni estrella alguna faltaba
A la gran cita de amor.
Oíanse los bramidos
Del Cauca y sus reventones
Como enjambre de leones
Celosos y mal dormidos.
Y el aura circunvolante
Embalsamaba el lugar
De albahaca y de azahar
Y de jazmín embriagante.
Yapangas que por modelo
Las quisiera un escultor,
Giraban al resplandor
De las lámparas del cielo.
De indianas y de españolas
Las perfecciones lucían,
Tan lindas que parecían
Enamorarse ellas solas.
Bajo una gran cabellera
Un blanco busto imperial.
Y una forma amplia y cabal
Cuanto elástica y ligera.
Rica tez, mórbido pecho,
Nada de afeite ó falsía:
Que el arte no enmendaría
Lo que hizo Dios tan bien hecho.
Los versos, bien hechos también y sin afeite ni falsía como las yapangas, siguen adelante; pero yo no puedo citarlos todos. Dejemos, pues, bailar á las yapangas, que
Y ya le buscan festivas,
Provocadoras ó esquivas
Como la felicidad,
y cambiemos de escena. Pasemos volando, desde las orillas del Cauca á las del Hudson, y pongámonos en la Broadway ó Calle Ancha de Nueva York. Nuestro poeta se entusiasma más aún, si cabe, que por las yapangas, por todas las misses yankees que por allí se pasean. Verdad es que empieza por ensalzar á las españolas bonitas de Ambos Mundos. Ni pueden quejarse las limeñas, en cuyos ojos dan aún los hombres culto al astro de Manco Capac, ni las sirenas de Maracaibo, ni las sílfides de Cuba, ni las huríes de Chile, de corazón volcánico; ni las argentinas, tremendas en toda lid; ni otras muchas, de diversos países, á quienes el poeta, con tino, gala y primor, va calificando. Pero todo esto se olvida, porque el hombre es ingrato, y la sangre española es pólvora, y las yankees, que pasean en la Broadway, forman una legión fulminante, que prende fuego á los corazones, y se los anexiona, y quema todos los títulos de propiedad, memorias, y demás documentos y compromisos.
Eterno amor jurasteis al partir
A la que, ondeando el pañuelito, cándida
Desde la playa os quiso bendecir,
Venid, llegad, y bajo el níveo pórtico
Del imperial Saint Nicholas Hotel,
Donde se alivia el trovador nostálgico
Y se llora la ausencia última vez,
Ved desfilar el majestuoso ejército
Que anida en sus cuarteles Nueva York.....
En la pintura del tal ejército, Pombo se muestra sinceramente inspirado. Allá van algunas estrofas, aunque sea saltando:
Todo el mundo, Este, Oeste, Norte y Sur,
Viene á verter la copa de sus dádivas
Que puja el oro en arrogante albur.
Blondas que teje para reinas Bélgica
Realzando senos de alabastro van,
Y nido á cuellos de nevada tórtola
Da con sus chales la opulenta Iram.
Ondas de seda de Damasco espléndida,
Que el musnud no ajaría en el harem,
Barren el polvo..... haciendo aquella música
Que suspiran las aguas del Zemzem.
Y para estos cabellos, á sus náyades
Robó tan ricas perlas Panamá,
Y á sus zafíreas mariposas fúlgidas
Sus lechos de esmeraldas Bogotá.
. . . . . . . . . . . . .
¡Ah! cada hermosa es un amable autócrata,
Ley su sonrisa, sus palabras ley,
Y una marcha triunfal entre sus súbditos
Cada excursión por la imperial Broadway.
Los fieros amos de la Gran República
Son sus siervos humildes: ¡ya se ve!
¿Quién no lo fuera de tan lindos déspotas?
¿Y quién podrá decir no lo seré?
Los versos serios de Pombo son aún más bellos que los ligeros y jocosos. En Preludio de primavera, ni imita el poeta á nadie, ni parece que lleva ninguna intención literaria. Se diría que canta sin querer, excitado por sentimientos dulcísimos y por las primeras auras vernales, después de un invierno rigoroso de Nueva York.
«Yo traeré miel al cáliz de las flores:
Y á su rico festín ya irán viniendo
Mis veraneros huéspedes cantores.»
¡Qué luz tan deliciosa! Es cada rayo
Larga mirada intensa de cariño;
Sacude el cuerpo su letal desmayo,
Y el corazón se siente otra vez niño.
Esta es la luz que rompe generosa
Sus cadenas de hielo á los torrentes
Y devuelve su plática armoniosa
Y su alba espuma á las dormidas fuentes.
Esta es la luz que pinta los jardines
Y en ricas tintas la creación retoca;
La que devuelve al rostro los carmines
Y las francas sonrisas á la boca.
. . . . . . . . . . . . .
Al fin soltó su garra áspera y fría
El concentrado y taciturno invierno,
Y entran en comunión de simpatía
Nuestro mundo interior y el mundo externo.
Como ágil prisionero pajarillo
Se nos escapa el corazón cantando,
Y otro como él, y un verde bosquecillo
En alegre inquietud anda buscando.
. . . . . . . . . . . . .
Tú, que aun eres feliz; tú, en cuyo seno
Preludia el corazón su Abril florido,
Vaso edenal sin gota de veneno,
Alma que ignoras decepción y olvido;
Deja, oh paloma, el nido acostumbrado
Enfrente de la inútil chimenea;
Ven á mirar el sol resucitado
Y el milagro de luz que nos rodea.
Ven á ver cómo entre su blanca y pura
Nieve, imagen de ti resplandeciente,
También á par de ti la gran Natura
Su dulce Abril con júbilo presiente.
No verás flores. Tus hermanas bellas
Luego vendrán, cuando en el campo jueguen
Los niños coronándose con ellas;
Cuando á beber su miel las aves lleguen.
Verás un campo azul, limpio, infinito,
Y otro á sus pies de tornasol de plata,
Donde, como en tu frente, angel bendito,
La gloria de los cielos se retrata.
En toda esta composición, de que citamos trozos, sería tan fácil cuanto ingrata tarea señalar algunos defectos; pero todo se perdona en gracia de la espontaneidad y del sincero, puro y profundo sentir con que está el asunto comprendido y expresado. Lo que sobre todo es de admirar en Pombo es la sencillez, al parecer al menos sin arte, con que dice cosas muy bellas, que por lo mismo que están dichas tan sencillamente parecen más bellas y penetran mejor y más hondo en el alma. En París, sin duda, aunque el poeta no lo declara, compuso unos versos á una joven que se suicidó arrojándose en el Sena. La sacan muerta del río y exclama el poeta:
Le hagan mente, ó tacto, ó labio!
Pensad de ella como hermanos,
Como débiles humanos;
Pensad sólo en sus angustias
Y sus manchas olvidad.
¿Qué hay en esas formas mustias
Que no implore caridad?
No hagáis honda, cruel pesquisa
Del conflicto que insumisa
La encontró con el deber:
Ya la muerte en su torrente
Llevó el fango, y solamente
Queda el oro de su ser.
Es singular que otro poeta colombiano, Hermógenes Saravia, haya tratado muy bien, aunque por diverso estilo, un asunto semejante. Es una actriz, en su primera juventud, María Herrera, española tal vez, que va á Colombia y allí se envenena. Allí, como le dice el poeta:
La composición está llena de bellos sentimientos e ideas briosamente expresados:
En el rumor de la onda estremecida,
¿No hubo un consuelo para tu alma herida?
¿No hubo una nota para ti de amor?
¡Cuando en la alegre y bulliciosa escena
De flores coronada aparecías,
En vano tus sollozos comprimías,
Pobre proscrita de un sonado Edén!
Del pecho herido por el vil engaño
Se adivinaba la honda pesadumbre
En tu mirada, triste cual la lumbre
Que deja el sol al esconder su sien.
. . . . . . . . . . . . .
Yo no te execro, niña infortunada,
Ya que cercada de siniestras brumas,
Cual ave herida, tus deshechas plumas
Viniste en los desiertos á dejar.
Están, por último, noble y poéticamente exigidas á las mujeres honradas y felices la piedad y la compasión hacia la pobre suicida:
Que de la muerte en el piadoso lecho,
Cruzando ya las manos sobre el pecho,
Como final recurso se adurmió.
Jamás pudierais sospechar siquiera
Todo el supremo horrible desencanto,
Todo el raudal de contenido llanto
Que amontonar su corazón debió.
Aquí pensaba yo terminar esta carta y todo lo que había de decir sobre el Parnaso Colombiano. Las tristes poesías sobre mujeres que mueren víctimas de un amor desventurado, me recuerdan el admirable y tremendo canto de Olivia, de Olivero Goldsmith:
To hide her shame from every eye,
To give repentance to her lover,
And wring his bosom, is to die.
En la poesía colombiana, en la más original, en la más castiza, en la más española, hay un vago perfume, un dejo sabroso de poesía inglesa, que yo celebro, porque le da un gusto verdadera y naturalmente sentimental y le conviene muy bien, refrenando la propensión á lo redundante y á lo hueco.
Pero esta consideración me trae á la mente á un poeta colombiano de origen inglés, á Diego Fallon, del cual, si yo no hablase con elogio, sería la mayor injusticia.
De otros varios poetas pienso lo mismo, y los escrúpulos de mi conciencia se sobreponen al miedo de cansar, y me deciden á escribir á usted otra carta todavía, que será definitivamente la última.
*
* *
15 de Octubre de 1888.
VII
Mi distinguido amigo: Vuelvo á leer las dos únicas poesías que de Diego Fallon inserta el Parnaso Colombiano, y reconozco más claro todavía cuán indisculpable hubiera sido mi falta si no hubiese yo hablado de ellas. No me atreveré á decir que sean las mejores de la Colección; pero son sin duda las más originales, y cada una de ellas de muy extraña y distinta originalidad.
En la sangre, en el ser, en la educación de Fallon, hay cierta mezcla de inglés y de hispano-americano que, á mi ver, se refleja en sus obras. Nació Diego Fallon en el Estado de Tolima, se educó en Bogotá en el Colegio de los Padres Jesuítas, y fué á terminar su educación en Inglaterra, patria de su padre. Es gran matemático, músico é ingeniero. Es profesor en la Escuela militar de Colombia. Se habla con mucho encomio de un nuevo sistema de notación musical por él inventado.
Sus poesías han sido publicadas en un tomo con prólogo del sabio D. Miguel Antonio Caro; y si todas son como las dos que conocemos, las alabanzas del Sr. Caro tienen fundamento razonable.
En Las rocas de Suesca vuela con gracia y tino la imaginación alegre y caprichosa del poeta para describir un lugar alpestre, prestando vida, palabra y animación á los peñascos enormes. Lo grotesco colosal de aquel conjunto de gigantes petrificados, que recobran la vida conjurados por el poeta, se infunde en el espíritu del lector, el cual se siente transportado á un mundo fantástico, donde en lo esquivo y solitario de las montañas, lejos de los hombres, hablan y discurren las piedras, y refieren sus lances de amor y fortuna de hace muchísimos siglos, allá en las edades primeras de este globo que habitamos.
En mi sentir, las ciencias oscuras é informes, en que la conjetura y la hipótesis entran por más que la observación y la experiencia, se prestan aún á la poesía didáctica, si el poeta acierta á cifrar y sintetizar en pocas palabras un sistema, y á explicarle con imágenes vivas y verdadera dicción poética. Así es como el ilustre poeta y filósofo Terencio Mamiani compuso su poema De la Cosmogonia. Meli, el gran poeta de Sicilia, que escribió en dialecto siciliano, aparece en el poema de Mamiani explicando el origen del mundo á un gracioso
Che riserbo si fean d’ ogni suo verso
Nella tacita mente.
Á la vista estaba Catania, enfrente los mares Jonio y Tirreno, y más lejos, hacia el Sur, alzaba la cima majestuosa el Etna, que, humeante aquel día, arrojaba de su cráter gran cantidad
Di sotterranei tuoni che lunghesso
Il mare e per le valli di Simete
Con rombo interminabile correa.
La escena y la ocasión no podían ser más á propósito para que explicase el origen y las transformaciones del globo terráqueo aquel vate y sabio profundo
Pero si los versos de Mamiani son elegantísimos y sublimes, los de Fallon, por otro camino, como desate portentoso de fantasía, tienen no muy inferior valer.
Los de Mamiani, más filosóficos y didácticos en el fondo, son más poesía por la forma, por la elegancia de la dicción, mientras que en los de Fallon, donde hay otra facilidad y tal vez cierto desaliño, hay poesía de conceptos y de imágenes, aunque lo grotesco predomine. Y las cosas no podían ser de otra suerte. En los versos del italiano es maestro de geología un sabio, para quien otros más antiguos sabios y el propio ingenio habían levantado gran parte del triple