WeRead Powered by ReaderPub
Clemencia: Novela de costumbres cover

Clemencia: Novela de costumbres

Chapter 13: CAPITULO XI.
Open in WeRead

About This Book

The novel portrays the household of a widowed marchioness who brings a niece from a convent to live with her two contrasting daughters: a reserved, proud elder and a lively, coquettish younger. Domestic life, neighborhood gossip, and the foibles of servants are depicted in detail, revealing petty vanities, hypocrisy, and the coexistence of sincere virtue and self-interest. Through episodes of family tension, social maneuvering, and moral observation, the work sketches local customs, gender expectations, and class manners with ironic sympathy and vivid domestic detail.

Personas hay en el mundo, de las que se cree que hacen el bien por instinto, y no es sino por la virtud de aquel gérmen, puesto en sus corazones en su niñez; gérmen tan rico y fecundo, que aunque sembrado por una mano torpe y floja, y caido en un terreno ligero y seco, echa raíces, como lo hace la yedra en una pared de piedra. ¡Y puede haber quien dude que gérmen de tal naturaleza, y que tales frutos da aun sin cultivarle, sea divino!

¡Cuántos jóvenes hay que dicen al perdonar una injuria, y favorecer á un enemigo: Hago esto porque soy filósofo! — No; lo haces, porque te criaste católico.

Que dicen: Huyo del fango de los vicios, porque soy moral. — No; lo haces, porque te criaste religioso.

Que dicen: He hecho un sacrificio, me he privado de un goce, por tal de aliviar una miseria, porque soy filántropo. — No; lo has hecho, porque te criaste cristiano.

Esto es si son sinceros en dar un noble orígen á sus acciones buenas, y no ocultan bajo aquellas palabras la vanidad, el respeto humano, y la hipocresía; pues solo la religion crió aquellas virtudes, hijas ingratas que se emancipan, vuelven la espalda á su madre, y se unen á sus enemigos para combatirla, todo por espíritu de rebeldía, ese frenesí del entendimiento.

¡Dios santo! consérvanos en la llana, fácil y bella senda de la estricta sumision, que tantos santos y sabios ilustraron, y aléjanos de la pérfida senda de la rebeldía, laberinto oscuro é intrincado, en que se pierden tantas bellas inteligencias, y se precipitan todas las soberbias!

Mas, volviendo á Clemencia, al verla tan paciente, se decia aquel hombre inculto por su temprana emancipacion, degradado por los vicios y pervertido por las malas compañías, el que ni aun comprendia las virtudes femeninas, ni el ardor santo con que se cumple en la juventud con los mas rigorosos deberes: «me engaña; y por eso calla; no se cura de que la abandone; si me quisiese, ¿acaso no tendria celos?»

Alguna vez, esta idea fija le abatia.

Entónces Clemencia se acercaba á él, y empezaba á verter los inagotables tesoros de interes y de consuelo que todo corazon de mujer abriga hácia su marido, si le ve padecer en su cuerpo, ó sufrir en su alma. Si Fernando callaba, redoblaba sus espresiones de interes y de ternura, tan elocuentes, porque las dictaba su corazon. Mas estas flores sembradas en un desierto, se marchitaban en su árido suelo; este bálsamo vertido sobre un cadáver, no lo impregnaba, rechazado por su frialdad. Si acaso correspondia, era tratando el amor á su manera grosera y chabacana. Clemencia, entónces como la sensitiva que lastima una tosca mano, se retraia, se encogia, y acababa por angustiarse. Esto volvia á montar á su marido en su habitual despecho, y prorrumpia en quejas y sarcasmos.

Una infinidad de esos pequeños lances de que se compone la vida doméstica, venian cada dia á dar nuevo realce á esta incompatibilidad de naturalezas.

Un dia Fernando trajo á su mujer una lindísima estampa iluminada, de esas que todos vemos y miramos sin escandalizarnos,—¡tal es el poder de la costumbre! — Representaba á Vénus acariciando á Adónis. Clemencia nada sabia de la impúdica mitología, ni ménos de las despreocupadas prerogativas y de las abstraidas reglas de la belleza del desnudo. En casa de su tia, casa montada á la antigua, solo el famoso Mercurio, envuelto el torso en una airosa banda, y adornado con alas, como la representacion de un espíritu, habia tenido el privilegio de bajar del Olimpo al patio de aquella morada. Así fué que apénas comprendió Clemencia lo que miraban sus ojos estáticos, cuando uniéndose á la esquisita pureza de su alma la debilidad en que su estado enfermizo y escitado habia puesto á sus nervios, prorumpió en sollozos de tedio, de vergüenza y de angustia, tapándose el rostro con ambas manos. Fernando al pronto se quedó parado: no comprendia; pero atribuyendo en seguida esta esquisita y delicada espresion de pureza en una niña que solo conocia su convento, á escrúpulos de monjas, prorumpió en cuanto vulgar sarcasmo ha inventado la grosería contra estas, acabando por decir á Clemencia que una mujer como ella, deberia no haber salido nunca de su convento, en lugar de haberse prestado á ser la mujer de un militar.

Esta vida terrible al lado de un hombre, que solo define bien la palabra atroz, digno marido para una jóven de esas emancipadas, que dicen con un candoroso cinismo que quieren amantes ó maridos que las sobrepujen en audacia y energía; esta vida, decimos, si bien era tolerable á la encantadora mansedumbre de alma de Clemencia, no lo fué á su naturaleza física.

Así era que se desmejoraba con espantosa rapidez, sin notarlo ella misma. Sus huesos se señalaban al traves de su pálido y amarillento cútis; no se alimentaba, ni tenia quien cariñosamente la obligase á hacerlo. En breve no tuvo aliento para moverse; y ella, tan hacendosa y tan dispuesta, pasaba sus dias, tendida inerte sobre un sofá, siempre paciente y siempre conforme, y sin aun compadecerse á sí misma, lo que es un consuelo grande.

Habian pasado dos meses, y los buques que iban á llevar la tropa á Valencia, se hallaban prontos á darse á la vela.

Clemencia, no obstante, no estaba capaz de poder seguir á su marido.

Fernando se vió en la necesidad de escribir á sus padres el mal estado de salud en que se encontraba su mujer, que le obligaba á separarse de ella y dejarla á su cuidado, hasta que terminada la guerra pudiese volver á su lado.

El dia en que Fernando comunicó á su mujer que iba á partir, y que ella permaneceria durante su ausencia en casa de sus padres, lloró esta con amargo desconsuelo.

— ¿Lloras por dejarme? le decia con ironía Fernando: ¡pues me hace gracia! Tu Amor, ya que te empeñas en persuadirme que amor sientes, es un amor de cuaresma, con unas lamentaciones en sí bemol, que hubiesen encantado á Jeremías, que era un marido pintiparado para tí.

Clemencia, en realidad, se habia apegado á su marido, porque era su marido. Como otra Santa Mónica, esperaba firmemente que Guevara tarde ó temprano miraria la vida bajo su verdadero punto de vista, renunciando á la viciosa y disipada que llevaba, y que con la edad, su corazon se abriria á todas las virtudes y buenos sentimientos. No sabia la sencilla niña que es una vulgar injusticia achacar á la juventud los vicios, y á la edad madura las virtudes. Ignoraba aun que una naturaleza noble y elevada tiene la juventud virtuosa y que una naturaleza mala y rebajada tiene viciosa la vejez.

¡Qué mina inagotable de amor es, pues, el corazon de una mujer buena! de amor puro, noble y generoso, que se aumenta y aviva por la ausencia, por las desgracias, por la pobreza, por los males del cuerpo, aun los mas repulsivos y contagiosos del hombre á quien llama su marido; amor que eleva y realza la naturaleza humana, como la rebaja el amor que alimenta la vanidad ó la pasion de los sentidos; amor que el mundo se atreve á denigrar con el nombre de tibio, los materialistas á burlar con el de platónico; pero amor que ensalza la poesía, llamándolo ideal, y bendice el cielo, llamándolo santo!

Guevara aprovechó la ida á Sevilla de la mujer del coronel, para enviar allí á Clemencia bien acompañada.

La pobre niña llegó en su lastimoso estado á casa de su tia. Su debilidad era tal, que el cansancio del viaje, unido á la emocion que le produjo el ver á su familia, le causaron un profundo desmayo.

La Marquesa, alarmada, convocó á los facultativos, que declararon á la paciente en un estado muy grave. Esta declaracion fué una sorpresa para Clemencia, pero no sorpresa aflictiva ni angustiosa; al contrario, pasado el primer sobresalto, consideró que si Dios la llamaba á sí, le haria un beneficio, pues por desgracia no se hallaba capaz de hacer la felicidad de su marido. ¡Ojalá, pensaba, caso que Dios me deje la vida, pudiese volver al convento!

La pobre niña, como el ruiseñor enjaulado en el bullicio del mundo, suspiraba por la tranquila soledad de su floresta.

Clemencia habia caido postrada; no obstante, su juventud y buena naturaleza triunfaron. Estaba ya en plena convalecencia, cuando llegó la noticia de haber muerto Fernando como valiente en una arrojada empresa.

Clemencia lloró con tan abundantes y sinceras lágrimas á su marido, que nadie pudo nunca sospechar su infame comportamiento con ella. Todo lo calló siempre Clemencia; en vida de Guevara, por un sentimiento de deber; en su muerte, por un sentimiento de respeto.

Si hemos referido con rápida aglomeracion todos estos eventos tan importantes en la vida de nuestra protagonista, ha sido porque con la misma acaecieron, y que la propia impresion penosa, indefinida y amarga que dejará este relato en la imaginacion del lector, fué la sola que dejaron estos sucesos al cabo de algun tiempo en el ánimo de Clemencia. Esto debió suceder; pues cuando á los diez y seis años, y con un carácter feliz é inclinado al bien hallarse, se sufren infortunios violentos, pero cortos cual tormentas de verano, vuelve el ánimo á su calma, como despues de aquellas vuelve el cielo á su serenidad, sin dejar mas rastro estas que el beneficio del rocío en la tierra, y aquellas que el beneficio de las lágrimas en el corazon. Puede, pues, considerarse el capítulo leido como transitorio, y lo es porque lo fueron igualmente los sucesos que encierra en la vida de Clemencia, formando en ella un episodio corto, terrible, asustador para una mujer, cuya alma y carácter eran opuestos á la lucha de las pasiones, y cuya impresion influyó poderosamente en el giro de sentimientos y de ideas de Clemencia. Así, pues, será este conocimiento una clave para comprender sus sentimientos é ideas en lo sucesivo, y una prueba mas de que no se puede echar ligeramente fallo alguno sobre los móviles que llevan á obrar á una persona, pues ¡cuánto no se habria engañado el que hubiese atribuido á frialdad, rareza ó egoismo el instintivo alejamiento á nuevos lazos que engendró en Clemencia su triste y malavenida union!

CAPITULO X.

Cuando Clemencia, aliviada de sus males y calmado su dolor, pudo ocuparse de lo que la rodeaba, poca variacion halló en la superficie de las cosas en casa de su tia. El Marques de Valdemar habia permanecido en Sevilla, lo que llenaba de satisfaccion á la Marquesa, que decia á D. Silvestre:

— Una gallina ciega halla á veces un grano de trigo; así usted acertó en darme el mejor de los consejos. Nada he escrito á mi hermana, y Valdemar no debe de estar desesperanzado, cuando permanece en Sevilla, frecuenta tanto mi casa, y le noto animado y contento. ¡Si era imposible que esa niña, que no tiene un pelo de tonta, jugase su suerte por aquello de la tuya sobre la mia!

— ¿Lo ve Vd., señora? contestaba D. Silvestre; es preciso siempre dar tiempo al tiempo, y no partir de ligero, como esos diabólicos caminos de hierro.

Constancia seguia metida en sí como ántes, Bruno de Vargas taciturno, y Alegría mas animada, mas ocupada en lucir y seducir que nunca.

Doña Eufrasia seguia curioseando, entrometiéndose en todo, plantando frescas y tomando su chocolate, y D. Galo, amable y cortés como siempre, acompañaba á Clemencia en su sentimiento, y sacaba los números de la lotería.

En cuanto á Pepino, no paraba de refregar descomunalmente los cuchillos, cuidando al desalado Mercurio, y cantando con una voz entre gangosa y nasal:

Para no llegar á viejo,
¿Qué remedio me darás?
 — Métete á servir á un amo,
Y siempre mozo serás.

A todos, ménos á D. Galo, habia hallado Clemencia frios con ella, pero quien ostentaba, digamos así, un frio glacial, era el Marques de Valdemar, lo que fué tanto mas estraño y triste para Clemencia, cuanto que le quedaba un grato recuerdo del interes marcado y de la delicada benevolencia que le habia mostrado al conocerla.

La pobre niña, viuda ya, empezó entónces á afligirse sobre su suerte, que la traia á una casa, á cuyo amparo habia perdido derecho, desde que amparada por un marido, habia salido de ella. Aunque su tia la habia recibido bien, ni un ofrecimiento, ni ménos una súplica le habia dirigido, que tuviese por objeto el que permaneciera en ella.

Uníase á esto la impresion que le habia dejado un coloquio que habia oido cuando estaba postrada en cama, el que tenia lugar en el cuarto inmediato entre Alegría y su madre, que en vano suplicaba á su hija que bajase la voz.

— Señora, decia Alegría, ¿va Vd. á cargar con ese censo irredimible? ¿No tiene suegros ricos? A ellos les toca hacerse cargo de la viuda de su hijo.

— Pero no me toca á mí indicarlo, ¿entiendes? — y habla mas quedo.

— Pues yo soy de parecer que os toca, repuso Alegría en su mismo tono, si es que se hacen los remolones.

— A lo ménos, en este momento no. ¿Querrás darme lecciones de lo que tengo que hacer? Es tu prima hermana, sobrina carnal de tu padre, y no está en el órden que yo haga gestion alguna para que salga de casa. Para mí es la pejiguera: á tí, ¿qué te estorba?

— Señora, todo ingerto hace daño á las ramas. Si viviese Vd. en Villa-María, y sus suegros en Sevilla, ya haria ella porque la llamasen; pero siendo lo contrario ya la puede Vd. contar entre sus bienes vinculados.

La pobre Clemencia llegó, pues, á sentirse tan sola y abandonada, que pensó suspirando que mejor le hubiera sido morir y reunirse así á su marido en otro mundo, en donde, bajo los ojos de Dios y libres de pasiones terrestres, habrian sido felices.

Una mañana que la pobre solitaria se entregaba tristemente á sus amargas y desconsoladoras reflexiones, sintiendo hondamente no poder volver á su convento, cerrado aquel refugio á las almas desvalidas, á las vocaciones religiosas, á los corazones quebrados, con los que la libertad no repara en ser la mas arbitraria déspota, le entregaron una carta: abrióla con sorpresa. Era este su contenido:

«Hija muy querida:

»No soy pendolista ni palabrero; pero no hay que serlo para decirte con pocas y verdaderas palabras que tanto mi señora como yo, que conocemos tus circunstancias, lo bien que lo has hecho con el trueno de mi hijo (Dios le haya perdonado), y que hemos quedado solos como troncos sin ramas, deseamos tenerte á nuestro lado, como compete á la viuda del solo hijo que Dios nos habia dejado.

»Vente, pues, con tus padres, á esta tu casa. Tú serás nuestro consuelo, y cuanto hacer podamos se hará para procurártelo á tí.

»Adios, hija: no soy mas largo, por lo que arriba dejo dicho, que no soy pendolista; pero sí tu padre que te estima y ver desea

Martin Ladron de Guevara

Miéntras Clemencia, llena de consuelo y satisfaccion, leia esta carta, tenia lugar entre la Marquesa y su amiga Doña Eufrasia una conversacion confidencial que debia arrastrar grandes consecuencias.

Despues de entrar esta intrépida consejera intrusa, y saludar á la Marquesa con su infalible Dios te guarde, le preguntó:

— ¿De quién es una carta que ha recibido la viudita?

— ¿Clemencia, una carta? No sé ni acierto de quién pueda ser.

— ¡Ya! si tú no sabes en punto á lo que pasa en tu casa, de la misa la media.

Doña Eufrasia acababa de herir el amor propio de la Marquesa en su parte mas sensible; es sabido que siempre lo ponemos en aquello mismo de que carecemos, Richelieu lo ponia en tener dotes de poeta; la Marquesa en tener ojos de lince.

— ¡Vaya! esclamó, ¡vaya si sé! Nada se me escapa á mí; conozco hasta las respiraciones de todos los de mi casa, y lo que no puedo averiguar, lo sé por Pepino.

— Pues ni tú ni tu atélite Pepino, á quien se lo pregunté, sabian nada de la carta.

— ¿Y de quién podrá ser? preguntó pensativa la Marquesa.

— ¡Toma! de algun pretendiente. ¿Qué duda tiene? Las viudas tenemos un garabatillo particular y pretendientes por docenas. ¡Vaya si los he tenido yo! No ha muchos años que andaba uno tras de mí que bebia los vientos; yo estaba á tres bombas con él, hasta que un dia pensé: basta de monicaquerías. Sabes que tengo malas pulgas, y que no me he de morir de cólico cerrado; así fué que me planté como vaca flaca, y le dije: ¿qué se ofrece? ¿qué anda Vd. tras de mí como la soga tras del caldero? Me dijo entónces con mas palabras que un abogado, que me queria, y qué sé yo qué mas chicoleos. Le dejé acabar su retahila, y le dije:—¿Y qué mas? — Me respondió que lo que deseaba era que le diese una cita. — Bien está, le contesté.—¿En dónde? me preguntó. — En San Márcos[2], le grité, so descabellado, y le volví la espalda.

— Pero... ¿quién podrá ser ese pretendiente? dijo la Marquesa, que preocupada, no habia prestado atencion alguna á la aventura amorosa de su amiga.

— Anterior debe de ser á su viudez el enamorado, puesto que desde que murió el marido,—(buen calavera era, segun he oido decir) — no ha salido ella apénas de su cuarto.

— Es muy cierto. ¿Si será de...

— ¿Del lengüilargo desfachado de Paco Guzman? No; ese anda tras de la buena alhaja de Alegría.

— ¡Qué disparate, mujer!

— No tengas cuidado; que ella no le quiere sino para pasar el rato: pica mas alto.

— ¿Si será la carta de Valdemar?

— ¡Ahí va la cosa! Temes que sea del Marques, porque lo quieres tú para Constancia; ¡acabáramos! aunque me lo has tenido callado, lo que es una potable falta de confianza, no creas que yo me chupe el dedo, y que no vea lo que pasa. Pero si Constancia no le quiere, ¿á qué estás ahí nadando contra la corriente?

— Es, repuso la Marquesa, que ya no pudo ni quiso negar, es, que el no querer Constancia es un necio capricho de niña voluntariosa, que se le irá pasando, que se le va pasando ya.

— ¡Pasando! esclamó Doña Eufrasia. Vamos, mujer, que estás en babia. ¡No digo que no sabes lo que sucede en tu casa!

— ¿Qué quieres decir con eso, Eufrasia? No seas como el reló de Pamplona, que apunta, pero no da. A mí no me gustan las palabras preñadas, ni las retrecherías, ¿estás? O se dice todo lo que á entender se da, ó no se da á entender nada.

— Pues no diré nada.

— Eso de tirar la piedra y esconder la mano, es muy fácil, hija mia, y solo lo has hecho para darme á entender que sabes mas de mi casa que yo misma, lo que es una pretension ridícula.

— ¿Sí? ¿Crees eso? repuso picada Doña Eufrasia, pues mira, lo diré, porque hago refaccion de que no tengo por qué callarlo, aunque luego te pese saberlo: tú lo quisiste, tú te lo ten. Constancia ni quiere al Marques, ni á San Crispin que le propusieras, porque quiere á Bruno de Vargas. Ea, ya lo sabes.

Es imposible describir el asombro de la Marquesa, al oir estas palabras.

— ¡No puede ser! esclamó.

— No sé por qué, repuso la reveladora.

— No lo creo.

— Pues no lo creas; el creer pende de la voluntad...

— ¡Si nada he notado!...

— Eso es lo que yo te decia.

— ¿En qué ha pensado esa niña?

— En lo que piensan los que se enamoran.

— ¡Seria una insensatez!...

— Razon mas para que lo hiciese.

— No lo creo... y ¡no lo creo!...

— Pues ¿qué me dirás si te digo que yo, yo, yo misma los he visto hablando por la reja?

La Marquesa se puso ambas manos en la cabeza. En seguida se levantó, aprestó precipitadamente unos avíos de escribir algo desparejados, y empezó una carta á su hermana, miéntras decia entre cortadas frases:

— Eufrasia, hija mia, por Dios, calla esto — que no se trasluzca que yo lo sé — hasta que diga mi hermana lo que se ha de hacer—¡qué pluma!—¡qué niña! — Hermana, no es culpa mia.—¿A qué hora sale el correo?—¡Ay qué niña! ¡qué niña! — Yo me voy á volver loca.—¿A cuántos estamos?—¿Quién se vió nunca en semejantes apuros?

— ¡Escribe, escribe, murmuraba entretanto Doña Eufrasia; sobre que en no consultando con tu hermana, no sabes qué hacer!... ¡por via de los moros de Berbería! ¡Cuidado con las mujeres que no saben atarse las enaguas!

A los pocos dias recibió la Marquesa la contestacion á su carta. Su hermana escribia furiosa, y despues de hacer las mas acerbas reconvenciones á la Marquesa, le prescribia el poner á su hija entre la alternativa de casarse con Valdemar, disfrutando de todas las ventajas ya mencionadas, ó de ser enviada á una hacienda aislada, en que sola y sin nocivas influencias podria hacer saludables reflexiones y refrescar sus cascos, miéntras ella cuidaria de que Bruno de Vargas, que desde tanto tiempo se solazaba en Sevilla, fuese á ocupar una vacante en Melilla, poniendo así el mar por medio de tales cabezas á la jineta.

La Marquesa lo hizo segun se lo prescribió su hermana. Empezó por hacer las mas agrias reconvenciones á su hija, pasó despues á los consejos, á los ruegos; pero halló á Constancia tan firme é inmutable, que tuvo que acudir á las amenazas, las que no habiendo producido mejor resultado, la Marquesa, fuera de sí, dispuso desde luego el viaje.

Para evitar el escándalo, y dar á este viaje un colorido natural y pacífico, la Marquesa á quien Clemencia habia participado la carta de su suegro y su intencion de trasladarse á Villa-María, rogó á esta que acompañase á Constancia en su viaje, pudiendo de esta suerte decir, para disimular la realidad, que iba Clemencia á convalecer con los aires del campo, y que Constancia la acompañaba.

La dócil niña, siempre complaciente, accedió á los ruegos de su tia, y contestó á su suegro en este sentido, añadiendo que ansiaba por el dia feliz en que dejase de ser huérfana, hallando padres en los de su marido.

Constancia sufrió impávida y callada las persecuciones de que fué objeto; no derramó una lágrima al separarse de Bruno, al que mandó por Alegría, que se mostró en esta ocasion muy propicia á servir á su hermana, una sortija de oro, alrededor de la cual hizo grabar: Constancia.

CAPITULO XI.

En la orilla del mar tenian los Marqueses de Cortegana un coto agreste y solitario. No léjos de la playa se levantaba un gran caserío sólido y duradero, pero sin gusto y sin comodidades; formaba esta mole un cuadrado, en medio del cual habia un vasto patio empedrado, en cuyo centro se elevaban dos palmeras, que desde léjos se veian mecer sus copas, como negando la entrada del austero y solitario edificio.

En uno de sus lados tenia este caserío una inmensa portada, sobre la que se elevaba una especie de torrecilla, en que estaba un nicho pequeño con la imágen de Nuestra Señora de la Soledad, de la cual tomaba el nombre la posesion.

En frente de la portada, sobre unas gradas, estaba una sencilla cruz de madera. Al lado derecho de la puerta colgaba una cadena, perteneciente á una campana, que pocas veces anunciaba la llegada de un forastero. La fachada, que daba frente al mar, tenia las pocas ventanas enrejadas, abiertas en el edificio, que tomaba luz del patio, lo que le daba un aire aun mas adusto y reconcentrado.

En uno de los hermosos dias de otoño, que son un blando y fresco recuerdo de los de verano, apareció en apresurado y no interrumpido trote una berlina tirada por seis caballos, dirigiéndose hácia aquel caserío. El hondo y uniforme ruido de las ruedas sobre la tierra seca no era interrumpido sino por los gritos angustiosos con los que los mayorales animan, ó mejor dicho, asustan y angustian al ganado. Paró ante la portada, y resonó en el aire el claro sonido de la campana, despertada por la cadena de su largo sueño.

A ese inesperado toque, aquel callado y soñoliento recinto pareció despertarse sobresaltado; los perros ladraron, las gallinas y pavos huyeron cacareando, los chiquillos gritaron, y por último, se oyó el ruido que hacia al descorrerse un enorme y enmohecido cerrojo; las pesadas puertas chillaron sobre sus goznes, y el coche entró en el grande y alegre patio.

Asombrada acudió la casera, que era una buena anciana que allí vivia con sus hijos y nietos.

— ¡Válgame Dios, señorita! esclamó apurada, y ¿porqué no se me ha avisado esta venida, y habria tenido limpio y aviado siquiera lo alto?

— Se pensó de pronto, respondió Andrea, que acompañaba á las dos primas que venian en el carruaje. A la señorita Clemencia que ha estado muy mala, le mandaron los médicos los aires del campo, sin desperdiciar un dia del blando otoño.

La casera, que se llamaba Gertrúdis, fué á traer un manojo de enmohecidas llaves, y subió la escalera, seguida por las recienvenidas.

La simplificada distribucion del piso alto, era una serie de salas, en que se entraba de una en otra. Por los rincones se veian montones de semillas, rimeros de hojas de palmito y haces de caña para hacer escobas. Por las paredes colgaban algunos trebejos viejos, como cinchas, albardas, cuerdas, ristras de ajos y de pimientos.

Las telarañas eran tan vetustas y estaban tan espesas y tupidas, que parecian bienes amayorazgados, heredados por varias generaciones de arañas. De las vigas colgaban asidos á ellas por sus garras, familias enteras de dormidos murciélagos. Los ladrillos, por no tener piés no andaban sueltos, y por todas partes era el polvo tan espeso, que daba á este conjunto ese tinte mustio y gris, que es el del abandono y del olvido.

Despues de atravesar varias piezas, llegaron á la que hacia ángulo, y á otras que le seguian, que eran las que tenian ventanas, las cuales daban vista al mar. Aquí se hallaron con algunos sillones, de cuyo forro de tripe ó terciopelo de lana, no quedaba sino lo que los clavitos dorados que lo habian sujetado, retenian aun con su diente de hierro, y en cuyo rehenchido de crin, habian anidado pacíficamente los ratones. Una mesa grande de nogal con piés torneados en espiral, y una gran cama de alto espaldar con ribetes y medallones que habian sido alguna vez dorados, se hallaban desparramados en una sala vasta que tenia una chimenea ancha y baja, la que abria frente de las ventanas su negra boca, y parecia bostezar de fastidio.

En las puertas de madera de las ventanas habia postigos, en que verdeaban pequeños vidrios engarzados en plomo.

Gertrúdis, despues de instaladas sus huéspedas, bajó para cuidar de que se subiesen los colchones y baúles que venian en la zaga de la berlina.

— ¿Con que esta es mi cárcel? dijo con una sonrisa tan amarga como desdeñosa Constancia, contemplando aquellas destartaladas, vacías, sucias, y frias habitaciones. ¡El á un presidio, y yo á un destierro! ¡Este es nunca visto, y es lo que se cuenta tenia lugar allá en los tiempos bárbaros! ¡Si lo que me sucede á mí se pusiese en una novela, se diria que eran dislates de novelistas, que se devanan los sesos para inventar cosas estraordinarias! ¡Desterrada, presa por el delito de no sacrificar la felicidad de mi vida entera á las miras ambiciosas de una tia que odio, y á las miras interesadas de una madre que no amo!

— Constancia, esclamó Clemencia, por Dios, no digas que no quieres á tu madre. ¡Qué atrocidad! Ni lo piensas ni lo sientes. Acuérdate de que hija eres y madre serás.

— Si no lo sintiese, no lo diria; así como porque lo siento, no lo callo, contestó Constancia. Si es virtud amar á quien nos hace mal, es virtud que no tengo ni quiero fingir.

— Pero, Constancia, repuso Clemencia, si cuanto hace tu madre, es porque te quiere!... Sosiégate, prima; piensa que no ha sido la voluntad de Dios que te cases con Bruno, y que de esta suerte quizas te libras de muchas penas y de males sin fin, y confórmate con esta que es transitoria. Ten presente que dice San Agustin que agradamos á Dios cuando su voluntad nos agrada.

— Si así sabes tú amar, contestó agriamente Constancia, no es estraño lleves con tan envidiable resignacion la muerte de tu marido.

Clemencia se sonrojó como una culpable, y Constancia prosiguió:

— Si has venido á predicarme, mejor habrias hecho en dejarme sola; yo no temo á la soledad; para mí es todo soledad donde no está él. Así, si quieres que sigamos viviendo unidas, no vuelvas á tocar este punto, ni me prediques olvido, que seria como si al viento predicaras constancia; y si no, tú vivirás en un lado de esta amena quinta y yo en el otro.

Al contrario de Constancia, que se sentia presa en aquella soledad campestre y tranquila, Clemencia se sentia libre. Constancia se sentia sola, y Clemencia se sentia simpáticamente acompañada por los bellos objetos de la naturaleza. Criada en el convento, nunca habia disfrutado del campo, y su alma se ensanchaba al recorrer aquellos campos, al vagar por aquellas playas. Se alegraba su ánimo al contemplar aquel espléndido cielo, pues como dice Lamartine, allí donde el cielo sonríe, impulsa al hombre á sonreir tambien. Admiraba horas enteras la reventazon de las olas del mar, que en tan airoso y grave movimiento se henchian para estenderse en espumoso torbellino sobre la dorada arena. Complacíase en observar las formas caprichosas de las rocas, esas masas anfibias, alternativamente cubiertas por las olas y alumbradas por el sol, insensibles á las caricias de este y á la amargura de aquellas, pues nada temen, ni nada esperan.

Los pajaritos cantaban tan alegres en aquella tranquila Tebaida, como que ignoraban que existia la pólvora y las redes.

— ¿Qué admirable poder (se decia Clemencia siguiendo con la vista sus ligeros revoloteos) puso el canto en estos pequeños, lindos é inofensivos seres, que no puede nadie contemplar sin enternecida y tierna simpatía?

Y mirando en seguida á los nietos de la casera, que la acompañaban en sus escursiones, jugar alegremente á sus piés, esclamaba:

— ¡Qué hermosa y tranquila hace Dios la vida á la inocencia!

Todo aquello le infundia mil sensaciones y pensamientos, pues como dice Balzac: le paysage a des idées; el paisaje tiene ideas.

Es cierto que el paisaje que la rodeaba, compuesto por el mar y un coto de tierra llana, sin accidentes de terreno, sin árboles, sin agua, ni mas señales de habitacion humana que la cuadrada y pesada mole del caserío que habitaban, no pertenecia al órden del paisaje que se denomina ameno ó romántico; y no obstante; ¿cuál es el encanto que existe en una naturaleza inculta, y uniforme? ¿Porqué infunde esta ideas alegres y elevadas, mucho mas que lo hacen los frondosos paisajes, con sus bosques, sus quebradas, sus arroyos, sus variadas vistas, en las que todo se mueve, se engalana, se agrupa vistosamente? Puede que el amor al país y la costumbre participen al primero su encanto; puede que sea un sentir peculiar á la persona que esto escribe; pero ello es que una dehesa uniforme, con su sello de primitiva y libre vegetacion, un cielo puro y alto, un mar azul que compite en brillo y grandeza con el cielo, un caserío austero y grandioso, cuidando de su fuerza sin atender á su adorno, le parecen llenos de una majestad serena, que ensancha el alma é impregna el ánimo del tranquilo goce de la soledad y de la gran sensacion de lo infinito. Parece allí la tierra mas humilde y el sol mas sonriente, si es lícito espresarnos así. Es allí el aire mas puro y mas balsámico, profusamente impregnado como se halla del enérgico perfume de las silvestres plantas. Pocas cosas distraen la contemplacion en aquella grave naturaleza, que parece ella misma meditar abstraida. ¿Y porqué no seria bella una dehesa con sus inmensos horizontes y el magnífico tapiz que la cubre? Son sus tramas las sabinas, que pertenecen á la triste y austera familia del cipres, las que se creerian una filigrana de bronce, si no diesen incienso á las iglesias pobres; los juncos, que delgados y débiles se apiñan en los sitios areniscos y bajos, y que humildes visten de hábito pardo sus florecitas; el airoso palmito, tan reconcentrado y arraigado en la tierra que lo cria, de esterior áspero y recio, y de tan tierno corazon que lo anhelan los niños cual almendras; el tomillo, de tan poca apariencia, tan pobre y tan mezquino de hojas, y tan rico y pródigo de fragancia; las esparragueras, que se adornan con sus frutas encarnadas como con corales; las descabelladas retamas, que se salpican como de grajea con sus menudas y olorosas florecitas blancas; los gayumbos, que en marzo se cubren de sus perfumadas y doradas flores, con la profusion con que otras plantas se cubren de hojas; y sobre todo el agreste lentisco, impasible veterano, fiel en todas las estaciones, como un amigo en todas las desgracias; siempre verde como una esperanza sin desengaño; que no alteran frios ni calores, sequías ni borrascas, cual si sus hojas fuesen de esmeraldas y su tronco hierro, digno de representar la inmortalidad como el laurel, la fuerza como la encina, y la constancia como la siempre-viva. Dora todo esto ese brillante sol, centro y hogar de la luz material de los ojos, cuya debilidad deslumbra, como es Dios el centro y hogar de la luz de la inteligencia, cuya incapacidad confunde. ¡Oh! ¡cuán dulce seria, se decia Clemencia, con una conciencia pura y tranquila, acostarse en brazos de esas fragantes yerbas, y los ojos alzados á la brillante bóveda, morir alumbrada por el sol, suavemente arrullado nuestro último sueño por el dulce murmullo de las perezosas olas de verano, y el susurro del aura entre las plantas, subiendo así nuestra alma en un himno de alabanzas y adoracion al cielo; ¡como se alza á las alturas la armoniosa alondra! ¡Dios y Criador nuestro! ¡cuánto ansia el alma volar á tí, y cuánto se esfuerza la materia por retenerla! ¡qué penoso nos hace el trance de la muerte y con cuántos horrores lo rodean, con el fin de apegarnos á la triste vida terrestre!

CAPITULO XII.

Cual niño que despoja una rosa, y echa sus hojas al aire, el tiempo va deshojando los meses, y echando sus dias en lo pasado. Pasan y pasan estos en su incesante marcha: tal rápido, alegre y risueño, como un amorcillo alado; tal enlutado y grave como un fantasma; tal sereno y santo como un ángel: este es aquel en que hemos hecho una buena accion. Pero ninguno deja mas paz en el corazon y acerca mas el alma á Dios, ninguno marca con mas placer con su dedo nuestro buen ángel, que aquel en que perdonamos á un enemigo; y si despues de perdonarle, le hacemos bien, es que nuestra alma ha sido digna de que en ella resuene el eco de aquella santa y gloriosa deprecacion: Padre, perdónalos.

Todos somos caritativos; un alma sin caridad no existe. ó si existe, es un monstruo tal que no se concibe. Pero no lo somos bastante.

La caridad es la única cosa en que no cabe esceso: AMOR NO DICE «BASTA»: pero la caridad tiene enemigos que la combaten porque en derechura nos lleva al cielo. Aquí la avaricia cierra la mano, que ya se abria para derramar esos bienes que Dios nos dió, con el cargo de repartirlos, pues son suyos; aquí la pereza traba los pasos que íbamos á dar en favor de un desgraciado, y aquí el orgullo, ese enemigo, el mas terrible del hombre, hiela sobre nuestros labios el perdon y la reconciliacion que la caridad hacia brotar del corazon. Y este es el mal que nos aqueja hoy. ¡Dios mio! ¿Quién al ver la era actual no se pregunta horrorizado: ¿somos hermanos, ó somos enemigos?

Suaves para Clemencia, ásperos para Constancia, habian pasado los dias.

Habia sobrevenido el mal tiempo, y aquella calma y tranquila naturaleza habia cambiado de aspecto. Aparecieron pesadas y lentas nubes que cubrieron todo el horizonte, interponiéndose entre el firmamento y la tierra cual un triste desierto, como se interpone la incredulidad entre el corazon del hombre y el cielo. Por un dia reinó una completa y mustia calma, cual si los elementos se preparasen y tomasen aliento para su inmensa lucha, dia oscuro y silencioso como un negro presentimiento. La mar se retiró al bajar la marea, al parecer tranquila, descubriendo negras y picudas las hileras de rocas que á ambos lados de la playa se internaban en ella, como dientes de un enorme monstruo con la boca abierta para devorar una presa.

Las plantas inmóviles, parecian solo ocuparse en profundizar sus raíces, como el marino que prevé la tempestad, se ocupa en cerciorarse de la firmeza del áncora en que confía.

Los pajarillos, con el barómetro que Dios puso en su instinto, revoloteaban piando con angustia y buscando un abrigo; el cielo encapotado y el mar soberbio, se miraban como dos enemigos; ¡todo callaba en el solemne silencio del presagio y del temor!

Pero al siguiente dia se oyó de léjos y hácia el Sur, un ruido lejano y sordo, confuso, indistinto, terrificante; era la espantosa voz de la tempestad, que se acercaba á aquellos parajes petrificados por el espanto.

Al fin llegó el huracan, y la espantosa lucha se declaró. Aullando soliviantaba el viento la mar, que le respondia con bramidos. Sacudió las plantas que temblaban; dobló hasta el suelo la cima de los arbustos que descollaban y resistian, transpuso instantáneamente las dunas de arena que yacen muertas en las playas, como si el mar las hubiese matado, y que confían en su pesada inercia; destrozó y puso en fuga espesas y compactas nubes; se estrelló sobre las sólidas y fuertes masas del edificio, penetrando en impetuoso torbellino en su gran patio, martirizando las inofensivas palmas, que mecidas por él en incesante balance sobre su tronco, miraban la tierra como para medir la altura de su próxima caida.

Asombradas Constancia y Clemencia en medio del general movimiento y del estruendo que formaban como en coro las voces de la naturaleza, todas en aquella ocasion plañideras, furiosas ó amenazantes, estaban en pié delante de la ventana y fijaban sus angustiosas miradas en el mar, observando cómo una despues de otras llegaban las inmensas olas, tragándose la que llegaba á la que habia reventado en la playa, y retrocedian inertes hácia su negro centro, y siempre cada cual con el mismo hondo rugido, como el fúnebre é invariable saludo de los trapenses. Sobre las rocas era donde mas se desencadenaba su ira. Allí formaban torbellinos, estrellándose unas contra otras, alzándose cual saltaderos colosales, y mezclando sus aguas amargas á las dulces de las nubes.

— ¡Esto es grande é imponente! dijo Clemencia.

— ¡Esto es horroroso y aterrador! repuso Constancia.

Mas temprano que otros dias, y como atraida por la tempestad, llegó la noche. Gertrúdis entró cargada de leña para avivar el fuego en la chimenea.

— Vengan Vds. á calentarse, señoritas, dijo; que el viento, como no tiene huesos, cuela por esas rendijas, y estarán Vds. arrecidas de frio.

— ¡Esto es espantoso! repuso Constancia al acercarse á la chimenea: ¡cuán pavorosamente aulla el viento en prolongados quejidos ó furiosas ráfagas! ¡cómo insulta al mar, y cómo se embravece este! Imposible será que nadie pueda dormir esta noche.

— ¿Qué? ¡Señorita! estamos hechos; todos los años por este tiempo, cuando las noches se van tragando los dias, se arma esta gresca: esto nos arrulla el sueño.

— Si pudiese, huiria de aquí esta noche, dijo Constancia; estoy horrorizada; el corazon no me cabe en el pecho; ¡tengo miedo!

— ¡Señorita, por Dios! ¿y de qué? repuso Gertrúdis gracias á Dios que vinieron los temporales; que el agua hacia mucha falta, y las nubes tienen un cuajo y son tan haraganas, que si no las arrea el viento, no se mueven. ¡Vaya! De poco se asusta Vd. ¿Acaso el ruido hace daño ni rompe hueso?

— Es, dijo Constancia, que parece que el mar se quiere tragar á la tierra, y cada uno de sus bramidos una amenaza.

— ¿No ves, dijo Clemencia para tranquilizar á Constancia, cómo le falta aliento al vendaval y desmaya, y cómo aquella alta roca en la playa se levanta cual dedo que tuviese la mision de advertir al mar que no traspasase sus límites?

— Deje Vd. al viento y al mar que se alboroten y rabien; un freno tienen, que no romperán, dijo Gertrúdis.

— Pero... ¿y los infelices que pueden peligrar?

— ¿Y por qué habia de dar la casualidad de que alguien peligrase? Pero ya veo que tienen sus mercedes buen corazon y buenas entrañas, así como una señora que estuvo aquí en una ocasion. ¡Pobre señora, qué noche pasó! Bien que el caso no era para ménos. ¡Qué noche pasámos todos!

Apresuráronse Constancia y Clemencia á preguntar á Gertrúdis cuál era el caso á que se referia, y Gertrúdis con ese afan comunicativo que tienen las gentes en general, y las ordinarias en particular, en lo concerniente á lo horrible y estraordinario, sin pararse en cuán poco á propósito era el momento para referir cosas de esa naturaleza, que solo servirian para aumentar el estado agitado y sobreescitado en que se hallaba el espíritu de las jóvenes, empezó así su relato del que damos un estracto.

— Por el año de 34, cuando el cólera, cada cual trató de huir de los pueblos contagiados, y aislarse en el campo. La señora habia ido á una de sus haciendas, y ofreció este coto á una de sus amigas, cuyo marido estaba ausente. Vagaba en aquel entónces por estas tierras una partida de ladrones, que tan pronto se hallaban en una parte, tan pronto en otra, huyendo á Portugal cuando se veian acosados de cerca, sin que se les pudiese dar alcance: así es que tenian asustado al mundo entero por las atrocidades que de ellos se referian. Mi marido (en paz descanse) vivia con vigilancia, y las puertas de la hacienda, siempre cerradas, no se abrian. Una tibia noche de otoño se habia dejado caer mas negra que el Viérnes Santo, mas callada que un cementerio. La señora se habia sentado junto á una ventana, y estaba embelesada; la moza y yo platicábamos, dándole cuerda al reloj, que señalaba las doce, cuando de repente fué interrumpido el silencio por un grito agudo que resonó á poca distancia del caserío, y que decia: «¿No hay quien me favorezca?» La señora saltó de su asiento, mas blanca que una imágen de piedra.—¿Qué es eso? esclamó despavorida.—¿Qué ha de ser? respondí: algun infeliz que pide socorro.

— Llamad á vuestro marido, esclamó la señora, y á vuestros hijos. ¡Jesus! que no pierdan tiempo en socorrerle. — Pero mi marido se negó á ir. — Señora, le dijo, haré cuanto su merced me mande; pero en cuanto á eso, es imposible. Esa es una treta de la que suelen valerse esos desalmados, como ha sucedido ya muchas veces, para que les abran las puertas de las haciendas, en las que se arrojan en seguida á saquearlas. — La señora se estremeció y dejó de insistir; pero en aquel instante volvió á oirse el grito mas angustioso, «¿no hay quien me favorezca?»

— ¿Quién oyó jamas, esclamó la señora fuera de sí y dando vueltas por el cuarto, quién puede oir á otro clamar que le favorezcan, y no acudir á auxiliarle? no es dable, no hay consideracion, no hay peligro que pueda ni deba impedirlo. ¡Oh! ese es un impulso que nada puede ni debe retener, pues Dios lo otorga y lo sanciona. ¿Qué decís vos? añadió dirigiéndose á mí.

— Señora, contesté, Curro tiene buenas entrañas, y á valiente no lo gana ninguno; cuando él no lo hace.

— Es porque no debo hacerlo, dijo Curro; ademas la partida es de diez hombres, y acá solo somos tres; ¿qué podríamos hacer? Señora, responsable soy de la hacienda, de su mercé y de sus hijitos, que ademas de todo podrian llevarse en rehenes.

La señora, al oir estas palabras, se dejó caer mas muerta que viva sobre una silla.

Curro y mis hijos tomaron sus escopetas haciendo de vigías, y dando vueltas por el patio. Así pasó aquella lóbrega noche, oyendo de rato en rato aquel clamor siempre el mismo, ¿no hay quien me favorezca? Pero cada vez fué mas de tarde en tarde, cada vez mas plañidero, cada vez mas débil, hasta que se fundió en un gemido, en un estertor, en un suspiro.

No les pintaré á Vds. la noche que pasámos, en particular la señora, que no sabia dónde huir de aquel espantoso clamor, que en el silencio de aquella noche de calma, en que todo callaba y estaba inmóvil como petrificado por el horror, y en que la misma noche parecia haber cerrado sus ojos, pues no se veia estrella alguna, se esparcia por todas partes claro y distinto como se esparce la luz. Ya ven Vds., añadió Gertrúdis, que no es el viento ni la mar los que pueden causar mas espanto y dar peores noches. ¿Qué nos importa que se jaleen el viento y la mar? Estos son sus desahogos, como los tiene el caballo que libre de su freno, corre y retoza á su placer, hasta que le llama su amo.

— Pero á la mañana siguiente, — preguntó Constancia, en quien la narracion habia aumentado el pavor y la angustia, — á la mañana siguiente, ¿averiguóse algo?

— A la mañana siguiente, respondió Gertrúdis, subió mi marido al mirador, y habiéndose cerciorado de que cuanto alcanzaba su vista todo estaba solo y tranquilo, abrió la puerta, salió, y... Pero, señoritas, están sus mercedes temblando, y con las caras como azucenas: hablemos de otra cosa.

— No, no, esclamó Constancia, acabad. ¿No sabeis que lo real, por terrible que sea, lo es ménos que lo vago, y que es mas terrible la sensacion al caer, que no el golpe de la caida?

— A la mañana siguiente pues, prosiguió Gertrúdis, halló Curro al pié de la Cruz un hombre muerto.

— ¡Jesus, María! esclamaron Constancia y Clemencia.

— En su larga agonía, y en las ansias de la muerte, se habia él mismo medio enterrado en la arena.

— ¿Habia sido asesinado?

— No, respondió Gertrúdis; era una muerte natural.

— ¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó Clemencia, cruzando sus manos: la caridad le hubiese quizá salvado, y la prudencia le dejó morir!

— ¡Ay! señorita, dijo Gertrúdis; jamas se lo perdonó el pobre de mi Curro, que desde aquel dia hincó la cabeza, y no volvió á estar nunca mas alegre, y en los delirios del tabardillo que se le llevó años despues, repetia sin cesar y asombrado: ¿No hay quien me favorezca?

En este instante un sonido brusco, fuerte, bronco y grave interrumpió el silencio que siguió á las últimas palabras de Gertrúdis, el que pasando en una ráfaga del huracan por cima del edificio, fué á perderse con él, en la inmensidad del coto.

— ¿Qué es esto? esclamaron ambas jóvenes, saltando de sus asientos.

— Es, respondió angustiada Gertrúdis, una boca de bronce que dice eso mismo: ¿no hay quien me favorezca?

— ¿Una boca de bronce? ¿Cómo? ¿Cuál?

— La de un cañon.

— ¿De un cañon? ¿Dónde está?

— En un buque.

— ¡Jesus, María! ¿Y pide socorro?

— Sí, porque naufraga.

— ¿Y no se le puede socorrer?

— Señoritas, respondió Gertrúdis sonriendo tristemente como se sonríe á un niño, ¿cómo quereis que le podamos socorrer? Pero dígoles á Vds., señoritas, — añadió la pobre mujer, estremeciéndose al oir un nuevo cañonazo, — que ni en el infierno se halla tormento mayor que oir pedir socorro y no poder prestarlo.

¡Cosa singular! Repetíase por segunda vez la terrificante noche cuya pintura habia hecho Gertrúdis, solo que el clamor, ¿no hay quien me favorezca? en la ocasion que habia descrito Gertrúdis, era claro, plañidero, y llegaba como el eco de la debilidad que sucumbe, clamor que parecia respetar la naturaleza con su silencio; y que esta otra deprecacion á la humanidad, que resonaba á intervalos, era fuerte, solemne, heróica como la fuerza que lucha, y llegaba sobre las alas del huracan que la arrastraba consigo, como el jiron de una bandera que aun sucumbiendo retiene en su mano el valiente. ¡Noche espantosa! ¡Noche en que por segunda vez se presentaba en aquel lugar la atroz realizacion del desamparo! ¡Tremenda palabra! ¡El desamparo... que arrancó al Dios-Hombre en la cruz, su último gemido y su sola queja!

Cuando el dia echó sus primeras luces, pálidas y macilentas, alumbraron cual las de los blandones, los cadáveres de unos náufragos que la mar habia echado á la tierra, y á quienes la muerta y fria arena servia de adecuado féretro; mas adentro hácia las últimas rocas, se veian solo los masteleros del barco naufragado, como cruces sobre sepulturas.

— ¡Volemos! esclamó Constancia, en quien una espantosa y febril actividad demostraba un angustioso sobresalto; puede que aun se pueda socorrer á alguno. Y tomando de la mano á la trémula Clemencia, ambas en un entusiasta arranque de compasion, volaron hácia la playa, en la que aun venian soberbias las olas, cual montes de agua á arrojarse sobre la arena. Andrea, Gertrúdis y las demas las siguieron; pero cuando llegaron, hallaron á Constancia inánime en los brazos de la aterrada Clemencia, al lado del cadáver de un jóven oficial. En este habia reconocido la infeliz Constancia á su amante.

Poco despues yacia esta muda é inerte en su lecho, y como insensible á cuanto le rodeaba. Un propio volaba á Sevilla, y las autoridades de los pueblos mas cercanos habian acudido al lugar de la catástrofe, seguidas de los vecinos de aquellos.

Al dia siguiente llegó la Marquesa hecha un mar de lágrimas, tan trémula y tan horrorizada, que no quiso permanecer allí un momento, y volvió á partir, sosteniendo en sus brazos y cubriendo de lágrimas á su hija Constancia, que permanecia en el mismo estado. Al llegar á Sevilla, pareció reanimarse aquella naturaleza inerte; pero fué para agitarse en convulsiones y abrasarse en una calentura cerebral, que la puso cercana á la muerte. A los pocos dias fué mandada administrar: desde entónces se verificó en la enferma un cambio completo.

En su físico sucedió el letargo á la escitacion; en su moral, la calma á la agitacion.

Hallándose ocho dias despues fuera de todo peligro, Clemencia escribió á Villa-María que habia regresado, y recibió por respuesta el aviso de que al dia siguiente llegaria el carruaje de su suegro á buscarla.

— ¡Hija, le dijo la Marquesa al despedirse, no quiero que te vayas sin que te participe una nueva, que en medio de mis disgustos, me ha proporcionado algun consuelo. Si esa hija mia, Constancia, se ha empeñado en perder su suerte, Alegría, mas cuerda, se la ha ganado, pues se casa con el Marques, y mi hermana que por indócil ha desheredado á Constancia, instituye á la Marquesa de Valdemar por heredera.

— ¡Pobre Constancia! contestó Clemencia, y añadió mentalmente: — El mundo seduce... Dios llama. ¡Dichosa será, no obstante, aquella que desprecie la seduccion, y oiga la llamada!

FIN DE LA PRIMERA PARTE.


PARTE SEGUNDA.

CAPITULO I.

Don Martin Ladron de Guevara, padre de Fernando[3], de cuyo gran caudal y antigua nobleza tienen noticia nuestros lectores, era uno de esos señorones de tierra adentro, tan apegados á sus pueblos y á sus casas, que parece que forman, si puede decirse así, parte de estas, como si fuesen figuras de bajo relieve esculpidas en ellas. Señores que no se han ocupado en su vida sino de sus caballos, de sus toros, de su labor y de los chismes del pueblo; de los que por un indefinido anhelo por crearse un interes y una ocupacion, gastan con gusto enormes sumas en suscitar y sostener un ridículo pleito, que en el fondo les es indiferente ganar ó perder, contestando á los que les reconvienen por esa mezquindad, «que no es por el huevo, sino por el fuero

D. Martin, por descontado, no habia recibido ninguna clase de instruccion, esceptuando la religiosa, por aquella regla de: si es el mayorazgo... ¿á qué ha de estudiar, y de qué le ha de servir el saber? — Por consiguiente, no habia abierto un libro en su vida. Pero esto no le impedia ser instintiva y tradicionalmente caballeroso, y tener como generalmente los andaluces, talento y gracia; con el privilegio que tienen los magnates, de aguzarlos y lucirlos, diciendo cuanto se les viene á las mientes.

Como hombre que se sabe escuchado siempre con respeto y deferencia, D. Martin hablaba recio, pronto y resuelto, y con el mismo tono al rey que al pordiosero; esto es, en tono natural, llano y decidido. Tenia en la memoria y usaba de continuo una inagotable cantidad de dichos y refranes, á los que llamaba evangelios chicos.

Era D. Martin caritativo como religioso; esto es que daba á manos llenas, y sin ostentacion. Era generoso como caballero, poniendo tan poco precio á sus beneficios y olvidándolos tan completamente, que se ofendia si se recordaban ó encomiaban en su presencia; porque miraba sencilla y cristianamente el dar los ricos á los pobres, no como una virtud, sino como un deber.

Entre los muchos rasgos que se contaban de él, era uno el siguiente:

En el año denominado del hambre, esto es, el de 1804, año en que perecian los pobres de necesidad, y en que valian los granos y semillas sumas fabulosas, tenia D. Martin sus graneros atestados con el producto de una pingüe cosecha de garbanzos. Cada dia hacia que en su presencia se distribuyesen á los pobres; cada niña llevaba una taza, cada mujer dos, y cada hombre que se presentaba, tres.

Una mañana en que aun dormia D. Martin, le despertó el mayordomo.

— Señor, le dijo, ahí están unos arrieros de Sevilla con mucha prisa y mayor empeño por llevarse los garbanzos.

— ¿Prisa? esclamó D. Martin; ¡pláceme! Díles que me levantaré á mi hora; que iré á misa á mi hora; que almorzaré á mi hora: y que despues, cuando sean las nueve, me podrán hablar.

Y D. Martin se volvió á dormir.

Levantóse á su hora, hizo todo lo que tenia de costumbre, y á las nueve salió al patio, en que le aguardaban los arrieros y todos los pobres que socorria.

— ¡Dios guarde á Vds., caballeros! dijo con su campanuda voz, dirigiéndose á los primeros. ¿Con que se quieren Vds. llevar los garbanzos, eh?

— Sí, señor D. Martin, y por el precio no hemos de reñir; que acá traemos plata para pagarlos, mas que fuesen de oro.

— Y pueden Vds. poner que de oro son, observó el mayordomo. A seiscientos reales fanega se los acaban de pagar á D. Alonso Prieto.

— Ya lo sabemos, contestaron los arrieros. Señor D. Martin, se puso su mercé las botas hogaño.

— Pues señores, siento decir á Vds. que han echado el viaje en balde, puesto que no puedo vender los garbanzos, porque no son mios.

— ¿Que no son de su mercé? Vamos, señor, ¿se está su mercé burlando?

— Que no son mios, digo: ¿lo sabré yo, caracoles?

— ¿Pues de quién son, señor?

— De estos, respondió D. Martin, señalando á los pobres: preguntadles á ellos si los quieren vender. ¿Se venden los garbanzos, hijos? gritó con la voz de bajo que siempre tuvo.

Un clamoreo de angustia y súplica se alzó al cielo.

— Pero, señor... insistieron los arrieros.

— Pues ¿no estais viendo que no quieren sus dueños? ¿Yo qué le hago? contestó D. Martin.

¡Cuánto y cuánto de esto se halla sepultado en el corazon de España, para consuelo de los buenos y confusion de los pesimistas misántropos, que se empeñan en juzgarla por su corrompida superficie!

En su juventud habia ido D. Martin alguna vez á Sevilla, y siempre habia vuelto con las manos en la cabeza diciendo:—¡Cristianos! aquello es una Babilonia; allá lo que vale es lo que relumbra; y añadia: ¡A tu tierra, grulla, mas que sea con un pié!

Escusado es decir que tenia D. Martin por toda innovacion y por todo lo estranjero la misma clase de repulsa con tedio y coraje, que conservaba desde la guerra de la Independencia por todo lo frances.

En diciendo la estúpida espresion lugareña es nacion[4], tenian las cosas y los sujetos la marca de reprobacion de Cain sobre sí. Se estremecia al oir la voz nacion, y torcia materialmente la boca á las familias de los Grandes, enlazadas con princesas alemanas: ¡al fin nacion! decia. A lo que solia contestarle una complaciente comadre: — Nosotros los españoles podremos tener nuestras faltas, compadre; pero al ménos, gracias á Dios, no somos nacion.

Así era que D. Martin nunca habia variado nada, ni en su casa, ni en su labranza, ni en su modo de vivir, ni en su modo de ver, ni aun en su manera de vestirse. Llevaba siempre media de seda azulada, zapatos de una especie de paño recio ó feltre gris, llamado piel de rata, con hebillas de plata; calzon de casimir negro, igualmente con hebillas de plata en las rodillas, un gran chaleco de rico género de seda, algunos bordados en colores; una amplia chaqueta ó chupa, corta, igualmente de seda, con faldones cortos; y se ponia redecilla en que encerraba su cabello, que nunca quiso cortarse; solo que la redecilla era corta, y no llegaba sino poco mas abajo de la nuca. Cuando salia por la mañana, se ponia un capote de rico paño negro adornado con pasamanería y caireles de seda, y por las tardes una capa de grana, forrada de raso de color, y en la cabeza un sombrero á la chamberga, parecido al que llevan los picadores en las fiestas de toros. Aunque D. Martin tenia mas de setenta años, y habia engordado paulatinamente mas de lo necesario para bailar unas seguidillas, conservaba restos de una arrogante figura; era alto, y sus facciones, aunque abultadas, eran bellas y correctas.

Habia contraido segundas nupcias con su actual mujer, por razon de estado y sin conocerla; lo que no quitaba que se hubiesen llevado muy bien, teniendo él por ella, en razon de su espíritu caballeroso, las mas finas deferencias. — Quien honra á su mujer se honra á sí mismo, solia decir; y la honra que á tu mujer das, en tu casa se queda.

Habíanse casado por poderes, y el dia que llegó la novia, hizo D. Martin formarse en rueda la enorme cantidad de criados de casa y de campo que le servian, y cogiendo á la recien llegada por la mano, se la presentó diciendo: «Esta es vuestra señora y... la mia; lo que ella mande, se ha de hacer ántes que lo que mande yo; estais advertidos.» En fin, D. Martin era bondadoso, generoso, poco severo, de fácil trato, amigo de ver á todos contentos, y contribuyendo á ello mas bien por un impulso instintivo, que por una intencion razonada; dándose por espíritu de familia grandes aires de vanidad y de orgullo, sin tener en sí el mas mínimo gérmen de estos vicios, y siendo á fuer de rico, mimado de chico y adulado de grande, un poco despótico y un mucho egoista.

La SEÑORA, como siempre la llamaba D. Martin, Doña Brígida Mendoza, era de esas mujeres secas, reservadas, austeras é impasibles, que tienen el defecto de no hacer amable la virtud de que son modelos. Unido esto á la edad, á la desgracia de haber perdido sucesivamente á todos sus hijos, y al continuo afan de refrenarse, habíase entristecido y metido en sí, llevándola este afan á archivar en su pecho las penas y las prosperidades, con la misma grave serenidad con la que un cura registra en los libros parroquiales nacimientos y defunciones. Todo esto formaba un conjunto serio, frio y grave, pero digno, noble y abstraido de todo, no por agria misantropía, sino por la real superioridad de alma que da la religion.

D. Martin solia decir al verla tan serena: — Cuando eran chicos sus hijos, y los tenia alrededor como la gallina su echadura, si tenia alguno un resfriado cogia la madre el cielo con las manos y se le cerraba el mundo; pero ahora parece en todas ocasiones que ha comido pata: eso es, porque ¡lo poco espanta, y lo mucho amansa!

Vivia con ellos un hermano de D. Martin, algo menor que él, Abad de aquella colegiata. Era este hombre distinguido un ente privilegiado, de los pocos en quienes están á la misma altura el alma, el corazon y la cabeza: un hombre de aquellos que los instruidos llaman sabio, los religiosos santo, los pobres padre, y sus allegados ángel.

En su juventud le habia su padre enviado á Sevilla á estudiar, tanto por haberlo deseado su mismo hijo, como con el fin de que siguiese la carrera de la toga. Pero en la guerra de la Independencia tomó un fusil, y se fué á combatir al invasor coloso. Hecho prisionero, pasó á Francia, y aprovechó sus ocios en seguir sus estudios. Concluida la guerra, viajó por Alemania é Inglaterra, siempre aumentando sus conocimientos con su pasion por el saber, haciéndose un hombre eminente en conocimientos como en cultura. Acabó por pasar á Italia, donde permaneció mucho tiempo en Roma: allí se maduraron los tesoros con que habia enriquecido su cabeza y su corazon. Como fruto sazonado de su variada esperiencia del mundo, de las cosas y de los hombres, y como hijo de su suave y elevado carácter, se desarrolló entónces su vocacion á la carrera tranquila, espiritual y filantrópica de la iglesia, volviendo algunos años despues á sus lares, y siendo acogido con alborozo por su hermano, en cuya casa vivia, rodeado de sus libros y de sus pobres, gozando de la naturaleza como un poeta, y de la paz como un cenobita.

El Abad en su demagrada persona, tenia todo el aire de elegante distincion innato y adquirido, que siempre le habian sido propios, sin que la pausa y falta de pretensiones de su estado y de su edad, le hubiesen alterado, y sí solo añadido dignidad y dulzura.

D. Martin que queria mucho á su hermano, considerando que debia á su vocacion al sacerdocio el placer de tenerle á su lado, decia que el Abad habia hecho bien en dedicarse á la iglesia, proposicion que apoyaba con uno de sus evangelios chicos, diciendo: «Si quieres un dia bueno, hazte la barba; un mes bueno, mata un puerco; un año bueno, cásate; pero si quieres un siempre bueno, hazte clérigo.» Y añadia: «Fraile que fué soldado, sale mas acertado.»

Desde la muerte de su hijo último, habia traido D. Martin á su lado para ayudarle á estar al frente de su labor, á un sobrino, hijo de un primo hermano suyo, que debia ser el heredero de su casa.

Pablo Guevara, así se llamaba, tenia veinte y dos años, y habia sido poco favorecido por la naturaleza. Era en estremo moreno, tenia facciones bastas, maneras toscas y aire comun; pero tenia como tipo de la raza andaluza los ojos grandes y negros, los dientes chicos y blancos.

Criado siempre en el campo, era corto de genio, y no tenia nada de fino ni de erudito; en cambio sabia domar caballos como un picador, y derribar reses como el mejor ganadero.

Su tio, que como hemos dicho, encajaba á cada cual lo que le parecia sin andarse con rodeos, desde que vió á su sobrino, cuyo empaque no le hizo gracia, le definió en estas frases que solia decirle:

— Pablo, hijo, vive sosegado; que ninguno se condenó por feo.

Si se hablaba del color moreno, opinaba:

— Pablo, no hay que apesadumbrarse; lo moreno es color que nunca pierde; y miéntras mas subido, mas firme.

Si su sobrino decia alguna gansería:

— Pablo, esclamaba su tio, habló el buey y dijo mú; te se conoce á distancia dónde al mundo viniste; que quien dijo cortijo, todo lo dijo.

Pablo habia nacido casualmente en un cortijo.

Ponia D. Martin el sello á los juicios que sobre su sobrino hacia, con esta definicion:

— Pablo; lo que es á guapo, no te gana nadie, pero á feo tampoco; de bueno te pasas, pero á entendido no llegas, y á sutil no alcanzas.

Este era el nuevo círculo en que se iba á ingertar la existencia de Clemencia, círculo compuesto, como todos los que forman los hombres, de bueno y de malo; pero, predominando en este mucho mas lo bueno que lo malo.

La casa solariega de D. Martin de Guevara era un edificio en cuya construccion no se habia ahorrado ni el terreno, ni los materiales, ni el dinero; pero en la que no se tomó en cuenta ni la comodidad ni la elegancia. Un enorme patio enladrillado; salones en que podian correr caballos, alcobas cuadradas, grandes y desnudas, formaban su interior; al esterior muchas ventanas con sobra de hierro y falta de cristales, alistadas en fila, como soldados sobre las armas; y un enorme balcon sobre una gran puerta, coronado con las armas in-folio de la familia, componian la mansion solariega de estos nobles hidalgos.

Habitaban estos por lo regular lo bajo, dejando á la soledad y al silencio en pacífica posesion del cuerpo alto, con sus antiguos muebles de mal gusto, cubiertos de un imperecedero damasco carmesí, que parecia haberse elaborado para hacer un vestido á la eternidad; sus cornucopias deslustradas, sus arañas destartaladas, y algunos escelentes cuadros vinculados, que escaparon al vandalismo de las tropas de Napoleon, merced á haberlos escondido en una apartada hacienda.

A espaldas tenia la casa los corrales, cuadras, horno, tahona y graneros de su uso, con entrada por otra calle.

Nada de jardin se veia, nada de elegante ni de ameno; pues lo ameno, así para D. Martin como para sus progenitores, habia sido siempre mucha bulla y mucho tráfago de campo.

Esta era la mejor casa del pueblo, y estando él en la carretera, en ella se alojaban los reyes á su paso. En vida de D. Martin habian pasado por allí Cárlos IV, José Bonaparte, glorificado por los franceses con el título ad honorem de Rey de España; las Princesas de Braganza, ya desposadas con el Rey y el Infante; y Fernando VII. D. Martin no habia puesto, segun la costumbre establecida en las casas en que se hospedan los reyes, cadenas en la puerta de la suya, y cuando se le preguntaba la causa de esta omision, contestaba á su manera:

— Taberna vieja no necesita rama.

— Pablo, dijo un dia D. Martin á su sobrino; ya la viudita escribe que está en disposicion de venir. Paréceme que deberias tú ir con el barrocho por ella.

Pablo, que tenia un carácter bueno y complaciente, y que segun costumbres añejas respetaba mucho á sus mayores, pero que era cortísimo de genio, y tenia bastante tacto para conocer cuánto le faltaba para ser una persona fina y de buenas maneras, se quedó estremecido con la proposicion de su tio.

— Señor, dijo balbuciente, si... si... ¡si no la conozco!

— Ni yo tampoco, repuso su tio, que tenia de largo lo que el sobrino de corto; y si fuese mozo, iria de cabeza. ¡Con que á tí no te impone un toro, y te impone una buena moza! ¡Por via del atun salado! que pareces aciguatado.

— Señor, dispénseme Vd., por Dios.

— Por dispensado. Tú te lo pierdes, trabado; á bien que mas divertida ha de venir con Miguel que tiene buena parola, la lengua espedita y habla por los codos, que no contigo que para sacarte una palabra del cuerpo se necesita un garfio: siempre tienes la lengua entumida.