Pocos dias despues llegó Clemencia; pero tan abatida todavía, moral y físicamente, á causa de las repetidas y recientes catástrofes acaecidas, que en su pálido semblante estaban aun sellados el espanto y el dolor. Al apearse del detestable barrocho que tirado por cuatro magníficas mulas habia ido por ella á Sevilla, se sintió profundamente conmovida, al recordar que allí habia nacido y pasado su infancia su malogrado marido, y que iba á ver á sus padres. Al entrar corrió hácia su suegra, en cuyos brazos se echó sollozando; á esta señora, que como sabemos era austera, seca y poco afecta á espansiones, desagradó aquella esplosion de vehemente dolor, y se contentó con decir con serenidad:
— Ya no tienes porqué afligirte ni estar apurada. A los que Dios llama á sí, mas vale encomendárselos, que no protestar contra su santa voluntad con estremos y violencias. No se siente mas á un marido que á un hijo... ¡y yo estoy resignada!
— Vamos, niña, dijo su suegro abrazando á su vez á Clemencia; vamos, que aquí no se viene á llorar, sino á consolarse y conformarse con la voluntad de Su Majestad. Vienes á tu casa, á tu casa, y puedes mandar como dueña que eres; pero mira, hija mia, que los viejos no quieren gentes compungidas alrededor suyo. Vamos, que con agua pasada no muele el molino.
Clemencia permaneció callada, haciendo heróicos esfuerzos para hacerse dueña de su congoja, pues conoció que el egoismo de la vejez rechaza al dolor como á un enemigo.
Sintióse entónces estrechada por los brazos de una persona, que dejó caer sobre su frente dos lágrimas, diciendo:
— ¡Llora, llora, hija mia! que las lágrimas son una de las mas bellas prerogativas de la primavera de la vida. Son las lágrimas que vierte la juventud, á la vez brillantes y puras como las de la infancia, y sentidas como las de la vejez; desahogan el corazon é inspiran simpatía; pero si el cariño y la lástima secan sus fuentes, aquí, hija querida, desaprenderás el llanto.
Quien profundamente conmovido hablaba así era el Abad.
CAPITULO II.
Clemencia á poco fué querida de todos, como no podia dejar de suceder, apegándose ella á los que la rodeaban y le hacian la vida tan dulce, con todo el calor de su amante corazon.
— ¡Caramba! solia decir D. Martin, bien sabia el tronera de mi hijo lo que se hacia, casándose con esta malva-rosita. (D. Martin, que á todo el mundo ponia sobrenombre, le habia puesto este á su nuera, uniendo así los emblemas de la hermosura y de la suavidad.) Es un sol para la vista, un canario para el oido, y una alhaja para la casa. Estoy ya tan hecho á ella, añadia con su acostumbrado egoismo, que no sentiria mas sino que pensase en volverse á casar, lo que no puede dejar de suceder, puesto que la viuda lozana, ó casada ó sepultada ó emparedada.
— ¡Qué se habia de casar! decia el Abad, que no ignoraba cuanto habia sufrido Clemencia en su matrimonio, y que desde su alta y serena esfera creia difícil el que Clemencia, que habia llegado á ella, la abandonase tan pronto.
— ¡Qué se habia de casar! opinaba Doña Brígida, que consideraba el recuerdo de su hijo suficiente para llenar una existencia.
— ¡Qué se habia de casar! pensaba Pablo, profundamente convencido de que no habia un mortal digno de poseer aquel tesoro.
Habia hallado Clemencia preparadas para ella dos habitaciones interiores, de las cuales la segunda daba á un corralito encerrado entre cuatro paredes como un pobre preso. Unas bastas sillas de paja, un catrecito antiguo de pésimo gusto con esquisita ropa de cama, un tocador cubierto con almidonado linó de hilo, una cómoda-papelera veterana, por no decir inválida, unos cuadros de Santos, de diferentes tamaños y entrapados con el polvo de dos siglos, y una estera nueva, todo en estremo limpio, formaban el mueblaje de aquellas tranquilas habitaciones. Pero al año de ocuparlas Clemencia, nadie las habria reconocido. Las sillas de paja habian sido reemplazadas por otras de rejilla, pintadas y charoladas de negro y oro, imitando el maqué chinesco. Los cuadros habian sido restaurados en Sevilla, y brillaban con toda su frescura primitiva en lindos marcos dorados. Sobre un elegante tocador de madera amarilla de Haytí, sobre rinconeras y sobre un velador de la misma madera, habia lindos floreros de cristal y de china, llenos de flores naturales. Una bonita librería baja á la inglesa, cubierta de cortinitas flotantes de tafetan carmesí, contenia una coleccion de libros, los mas selectos de nuestros antiguos y modernos escritores. Un silloncito bajo de tijera con brazos y espaldar, cuyo asiento así como la faja que sujetaba por arriba los palos del espaldar, habian sido bordados de tapicería por su dueña, estaba colocado cerca de la ventana, y á su lado se veia una preciosa canastita de labor. Sobre la cómoda-papelera, que despues de restaurada era un magnífico mueble incrustado de bronce, concha y nácar, en el estilo tan celebrado del famoso artista Boule, habia un hermoso crucifijo de marfil, atribuido á nuestro gran escultor Montañés.
Habíase abierto una puerta al corral, que se veia transformado en un jardincito, cuyas paredes desaparecian tras de floridas enredaderas. El suelo estaba tapizado de violetas. En medio se habia trasplantado un granado de flor, que entre sus finas y lustrosas hojas lucia sus magníficas y lozanas flores, gastando toda su savia en hermosura sin fruto, en las barbas del siglo XIX, sin cuidarse de incurrir en su censura y desden. Colgaban entre las flores de las enredaderas jaulas pintadas de verde con variados pájaros que se esmeraban en obsequiarlas con un alegre concierto, en el que formaban coro las golondrinas, no tan maestras ni artistas como ellos, pero que lucian una gran flexibilidad de garganta.
Alguna suave noche de mayo habia venido el Orfeo de la filarmonía alada, el ruiseñor, á hacer vibrar en aquel aire embalsamado sus trinos, y sus encantadoras notas sostenidas. Entónces todo callaba en el éstasis de la admiracion, y Clemencia, apoyada en la reja á la par de los jazmines, dirigia, entre una sonrisa y una lágrima al estrellado cielo una mirada llena de sentimientos de admiracion, de amor y de gratitud hácia aquel Dios que á la naturaleza dotó de tantos encantos, y al hombre de un alma á su semejanza, á la que reveló su conocimiento, no exigiendo en cambio de tantos beneficios, sino el que haga este un buen uso de sus dones.
— ¡Oh! esclamaba entónces, recordando unas cuartetas que recitaban en su convento.
Como son astros lucidos,
Fuesen lenguas que alabasen
Tu nombre santo y divino!
Léjos estaba entónces de ella traer con triste premeditacion á su memoria sus dolores pasados, como un acíbar para amargar lo presente; cruel propension que tienen muchos, haciendo de esta suerte en todas ocasiones, de lo pasado nuestro verdugo, pues si nos ofrece recuerdos de felicidades, es para echarlas de ménos, y si de penas, es para volverlas á sentir. Zanjada su cuenta con lo pasado, de que saliera ilesa la pureza de su alma, la sanidad de sus sentimientos y lo inmaculado de su conciencia, sucedíale como á la azucena que aja y dobla el huracan, sin empañar su blancura ni robarle su perfume; que, repuesta la calma, se rehace, alza su cáliz y vuelve á su lozanía, sin mas agitarse en la serena atmósfera que Dios le envía.
Y no es la primera vez que hacemos notar el envidiable rasgo que caracterizaba á esta suave criatura; era este su natural inclinacion al bien hallarse, su propension á la alegría, nacidas ambas de su encantadora falta de pretensiones á la vida, magnífica prerogativa que alimenta la educacion modesta, retirada y religiosa, y que destruye de un todo la moderna educacion filosófica, bulliciosa y emancipada.
Así fué, que apénas pasó algun tiempo, apénas se halló querida, mimada y mirada como un miembro de la familia, instalada agradablemente y domiciliada en su nueva morada, nada le quedó que desear, y se sintió tan dichosa, que un dia, como era tan espansiva, se echó con un movimiento caluroso y espontáneo al cuello de su suegra, y le dijo:
— ¡Madre, qué feliz soy aquí! ¡Estoy tan contenta!
La señora, que habitualmente hacia calceta, y tenia la cabeza inclinada sobre su labor, la levantó, miró con sorpresa á su nuera, y le respondió:
— ¡Dichosa tú, hija mia! me alegro. — Mas en la especie de sonrisa amarga que por un instante se indicó en sus labios, se leia claramente la confirmacion de las palabras con que acogió á su llegada la esplosion de dolor de su nuera. «¡Cuán cierto es que una mujer no siente tanto la muerte de su marido, como una madre la muerte de su hijo!»
Así juzga cada cual en este mundo, por su propio sentir el ajeno; los inmutables, por la duracion; los apasionados, por la vehemencia de los sentimientos; y en ambas cosas, en la vehemencia y en la duracion, suele tener mas parte el temperamento que el alma. Nadie es ni puede ser juez de la fuerza del sentir ajeno. Hemos visto personas sanas y bien constituidas enfermar y aun morir de una leve pena; y hemos visto personas de constitucion débil sufrir los mas acerbos golpes del destino, sin que palideciese siquiera su mejilla. ¿Cómo fijar reglas generales, cuando no hay dos personas ni aun dos gemelos, que ni en el órden físico ni en el moral, sean en un todo semejantes? Si alguien hubiese inferido por la impasible reserva con la que Doña Brígida recibió á su nuera, que no amaba á su hijo, y otro hubiese pensado al ver á la jóven viuda renacer á la vida y á la alegría, que no habia sentido á su marido, ambos juicios habrian sido falsos y superficiales.
— D. Martin, que no hacia sino mirar á la cara á su nuera solia preguntarle:
— ¿Qué deseas, malva-rosita?
— Nada, — respondia con una sonrisa de alma y de corazon Clemencia; — nada, sino el que no varíe mi suerte.
Buen y sabio deseo, poco comun en los jóvenes, aun en los mas felices; y mas raro aun, si llegan á formarlo, el que lo vean cumplirse. Solo los viejos pueden esperar el haber pagado por entero su tributo de lágrimas á la vida; esta es la gran prerogativa de la vejez.
La transformacion de las habitaciones de Clemencia era debida á su tio el Abad, cuya fina delicadeza y cuyo simpático cariño hácia ella, habian querido embellecer y hacer dulce su nido á la sobrina á quien amaba, cual los pájaros tapizan con suaves plumas los de sus polluelos. Cada cosa habia sido una nueva é inesperada sorpresa para Clemencia, y le habia causado la mas viva é infantil alegría.
Lo que es su suegro, le regalaba constantemente muy hermosas y prosaicas onzas de oro, que Clemencia rehusó al principio con modesta pero firme decision. Su suegro entónces, por primera y única vez en su vida, se incomodó con ella, haciéndole presente que lo que ella miraba como un don, era una deuda. Clemencia, pues, las iba apiñando sin contarlas en un cajon de su papelera.
En cuanto á su suegra, en nada de esas cosas se metia, y solo una vez al año, el dia de su santo, regalaba á su nuera; pero este regalo era siempre una alhaja de gran valor.
Pablo todos los dias le regalaba flores, no porque él las apreciase, ni como elegante adorno, ni como poética espresion; sino porque sabia que le gustaban á ella.
Aunque á todos los individuos de la familia queria Clemencia con ternura, con quien se unió mas estrechamente fué con su tio el Abad. Eran dos almas parecidas, dos corazones semejantes, y pronto conoció su tio, cuán fácil le seria que llegasen á serlo sus inteligencias. Así fué que se dedicó á cultivar aquel entendimiento tan apto para el saber, tan ansioso de enriquecerse y elevarse. Y nadie era mas á propósito para encargarse de esta bella tarea; porque el Abad era el tipo del hombre superior, que gira en aquella alta esfera, á la que solo pueden llegar los que unen á los mas bellos dotes naturales, la virtud, el saber, el conocimiento del gran mundo, el uso de la alta sociedad, y la cultura.
No siguió el ilustrado maestro en su enseñanza un método, ni se sometió á reglas de estudio que suelen hacerla esclusiva y árida; solo en el aprendizaje de las lenguas prescribió sujecion y órden. En lo demas, dejaba á la ventura enlazarse las cosas las unas á las otras, para esplicarlas ó analizarlas, porque era su afan infundir á su discípula el espíritu y no la letra. — Tú no vas á poner cátedra, solia decirle: lo que te conviene es una idea exacta de cada cosa, sin que tus conocimientos sobre ellas lleguen á profundos en ninguna. Debes solo formarte un ramillete con las flores del árbol del saber, puesto que, como mujer, tienes que considerar tus conocimientos, no como un objeto, una necesidad ó una base de carrera, sino como un pulimento, un perfeccionamiento, es decir, cosa que serte debe mas agradable que útil.
Nunca por muchos que adquieras, los mires como una superioridad; puesto que el saber está al alcance de todos, y no es una prerogativa sino una ventaja, y aun dejará de serlo si le acompañan la intolerancia y la presuncion, que son seguros medios, no solo de hacerse odioso, sino de caer en ridículo; puesto que como se ha dicho muy bien de los valientes, se puede decir de los que presumen de saber, que siempre hallarán otro que sepa mas que ellos.
Es cierto que el saber da al que lo posee cierta superioridad sobre el ignorante; mas aun dado caso que el ignorante no tuviese sobre el que sabe, otra clase de superioridad que la compense ó aventaje, no hay nada en el mundo, hija mia, que se deba disimular mas, que una superioridad, pues es lo que ménos se perdonan los hombres; y sobre todo no perdonan las superioridades adquiridas, y hostilizan á las erguidas. Persuádete bien de esta verdad: la superioridad es una carga, como lo es para el gigante su estatura; gozar de ella, y disimularla con benevolencia y no con desden, es la gran sabiduría de la mujer.
La superioridad que se ostenta, lastima profundamente el amor propio ajeno, que tolera la superioridad que se tiene, pero rechaza la que se le quiere imponer: así es que la que adquieras debe asemejarse en tí á una túnica forrada de armiña; su finura, su suavidad debe ser interior y para tí misma.
Lo que aprendas, líbrete Dios de lucirlo; pues harias de un bálsamo un veneno: oculta las flores; que cuando su vista no brille, será mas suave y mas atractivo el perfume que aun involuntariamente exhalen.
Confiesa una falta, (supongo, hija mia, que las tuyas serán siempre de aquellas que se pueden confesar sin vergüenza) confiesa una falta, digo, y oculta un mérito, pues hay en los hombres mas indulgencia que justicia.
No desprecies á nadie, pues el desprecio, ese acerbo primogénito del orgullo, no debe nunca profanar la nobleza de tu alma, la modestia de tu sexo, la delicadeza de tu corazon, ni la equidad de tu conciencia; pues es el desprecio crímen de lesa humanidad.
Pero sobre todo, ten presente que el saber es algo; el genio es aun mas; pero que hacer el bien es mucho mas que ambos, y la única superioridad que no crea envidiosos.
Ama la lectura, sin que llegue tu aficion á pasion; mira á los libros como amigos apacibles y agradables, llenos de buena enseñanza, sin caprichos ni falsías, que nada exigen y conceden mucho, que se suelen olvidar en la prosperidad, y se vuelven á hallar en la desgracia, prontos á consolar, distraer y dirigirnos; pero que no deben absorberte ni apasionarte como amantes.
Aun cuando tu memoria no retenga una buena lectura, no creas que hayas perdido su fruto, pues te quedará la ventaja real de la impresion que te ha causado, y del giro que ha dado á tus ideas; que la cultura no la da el mas ó ménos retener, sino el mas ó ménos apropiarse la buena enseñanza.
Prefiere para tu lectura la de la historia y la de los viajes, que descorrerán á tus ojos el velo del tiempo y la cortina del mundo.
No te ocupes en sistemas sociales, sueños de utopistas remontados hasta alcanzar al ridículo, y ten presente que es preciso ser ciego y dejar de ser religioso, para creer posible la felicidad, en un mundo que por culpa del hombre, y por la voluntad del que lo crió, dejó de ser paraíso. Un filósofo aleman ha dicho, que si los hombres fuesen mas felices de lo que son, caerian en la languidez, y si mas desgraciados caerian en la desesperacion. Admira y adora la mano que en esto como en todo, dispuso la gran ley del equilibrio, hasta en la suerte de entes castigados y no condenados; equilibrio que ni en el órden moral ni en el físico, alcanzarán á destruir los débiles esfuerzos humanos: verdad que atestigua lo pasado, que lo presente afirma, y que el porvenir demonstrará cual ellos.
Huya sobre todo tu alma elevada, espíritu puro creado á la imágen de Dios, del cínico sensualismo, que arrogante y desdeñoso se enseñorea hoy dia en el mundo con su ansia de innovaciones, y con su pendon que tan alto levanta, en el que se lee: ¡intereses materiales sobre todo! — Alza tu vista de este círculo rastrero; considera que el bien y el mal son dos grandes y universales principios: lo que ambos inspiren tendrá siempre las mismas tendencias, la de arriba y la de abajo. — Dios que nos llama y dice: ¡sube! — El enemigo de nuestra alma que nos arrastra y dice: ¡baja! — Ocupen los intereses materiales el segundo puesto, y no le usurpen el primero á los morales.
No te afanes en buscar amigos; pero esmérate en evitar enemigos: para lograrlo, procura que tus procederes sean constantemente justificables, y para esto ten presente que hay siempre dos maneras de considerarlos; la una es con respecto á uno mismo, y la otra respecto á cómo pueda interpretarlos la malevolencia ajena, que vale mas evitar que no retar.
No basta confiar en que el fin y motivo de nuestras acciones sean buenos, para prescindir de la opinion pública. No, hija mia, no basta ser bueno; es preciso tambien parecerlo, por acatamiento á la sociedad, por consideracion á sí propio y por respeto á la verdad.
Esta deferencia á la opinion para eludir su censura, aunque sea injusta, no se debe confundir con la baja y humilde vanidad que mendiga elogios; y, no obstante, hija mia, por mezquina y rastrera que esta sea, es preferible en las mujeres al insolente orgullo que desprecia con cinismo la sancion pública en su fanfarron espíritu de independencia, y en su soberbia glorificacion del individualismo. Madame de Staël, que tan alto puesto ocupó en la jerarquía social y en la de la inteligencia, ha dicho: «El hombre debe arrostrar la opinion, y la mujer someterse á ella,» y aun lo primero se entiende en ocasiones dadas, y en circunstancias escepcionales, en que su conciencia se lo prescriba al hombre.
No te prescribiré la delicadeza, hija de mi corazon, porque la delicadeza es instintiva en las naturalezas privilegiadas como la tuya.
¡Cuántas veces la he admirado en su apogeo en gentes del campo, que ni aun sabian su nombre! La sociedad la cultiva, porque cultivar es la mision de la sociedad; para esto crea reglas que le aplica. Una de ellas es, que para ser la delicadeza esquisita en el trato, es necesario siempre y en todas relaciones, ponernos en el lugar de la persona con la que nos ponen las circunstancias en contacto. Esta regla se parece á la que se da para leer bien en alta voz, y es la de leer con los ojos la frase que sigue á la que pronuncian los labios; así miéntras hablamos, debemos leer en el semblante de los que nos escuchan el efecto de nuestras palabras, para modificar las sucesivas, con el fin de nunca herir ni chocar con ellos.
Para aprender la vida y conocer el mundo, sé observadora, Clemencia; no observadora misántropa, cáustica ni satírica, sino observadora justa, despreocupada y benévola. La grata y útil tarea de la observacion embota ese sentimiento de personalidad tan comun en nuestros dias, que es el mayor enemigo de la sociedad amena. La observacion te interesará, te entretendrá y te dará el gran y útil conocimiento del corazon humano. Entónces conocerás cuán erradas son esas máximas absolutas, que todo lo miden por un rasero; y lo falso de esos aforismos vulgares, tales como:
«Todos los hombres son iguales.
Quien vió una mujer, las vió todas.
El corazon del hombre siempre es el mismo.
Las pasiones y modo de sentir de los lapones, son los mismos que los de los andaluces.»
Y ménos fiarás en la archivulgar sentencia, piensa mal y acertarás; no pienses mal, sino juzga bien, y acertarás. Pero sé tarda en formar tu juicio, porque con verdad se ha dicho que el hombre juzga por razones, y la mujer por impresiones; es decir, el primero con la cabeza, y la segunda con el corazon; y ya sabes cuán fácil es este de dejarse engañar, sobre todo si es noble y sincero; sin embargo, debes siempre preferir la tristeza de un desengaño, al sonrojo de un mal juicio.
No tengo presente en dónde he leido poco há que el hombre de entendimiento es el que halla tipos distintos, y que el hombre vulgar es el que halla á todos los hombres iguales.
— Yo creí, repuso Clemencia, cuando le dijo esto su tio, que los tipos eran raros.
— No, hija mia, contestó el Abad, pues el tipo es aquella persona que resume en sí mas marcadamente los rasgos peculiares de la clase á que pertenece, sin tener originalidad. Si la tuviese marcada, seria un original y no un tipo en su género. Y si no, observa á mi hermano: él es el verdadero tipo del caballero campesino andaluz, con sus dotes de tal, esto es, un entendimiento claro, perspicaz é inculto, su hermoso y noble corazon, y su carácter franco, pero indomellado, su pequeño despotismo de cabeza de casa grande, y su generosidad de mayorazgo, sus grandes y altos sentimientos cristianos, y sus mezquinos gustos lugareños.
Observa á Pablo, y verás en él el tipo del hombre de valer, modesto, obscuro y poco lucido.
Observa á mi cuñada, y verás el tipo de la mujer reconcentrada, cuya austeridad, cual una capa de nieve, encubre y retiene en su gérmen los brotes de un corazon rico y noble.
Observa aun á la tia Latrana, esa vieja impertinente que de continuo asedia á mi hermano; y verás cómo con su exigente, descocado é insolente despotismo, forma el tipo de esa clase de pordioseras españolas. Todos estos tipos son muy comunes, y si se pintasen, tendrian su mérito en que cada cual los reconociese. El que es poco comun, hija mia, es el tuyo, que es el tipo femenino mas bello, el de la inocente jóven que criada en un convento, vive satisfecha en el estrecho círculo de una casa austera, habiendo atravesado el mundo, que no echa de ménos, desgarrando al pasar su blanca túnica en sus abrojos, y conservando pura é ilesa su alma preservada bajo las alas del ángel de su guarda. ¡Oh Clemencia! no adquieras nunca ilustracion, ventaja, saber, ni preponderancia á costa de esta; y ten presente que el saber aislado es una hermosa estatua sin corazon y sin vida: así es que dice el profundo Balzac, que una bella accion encubre todas las ignorancias; y yo añado que vale mas que todo el saber humano.
— ¡Qué bueno sois, señor! solia esclamar Clemencia.
— Todos con pocas escepciones lo somos teóricamente, contestaba sonriendo el Abad: no está el mérito en formular máximas, está en aplicarlas á la vida: de suerte que no en mí, sino en tí lo estará, si pones en práctica las que deseo inculcarte.
De esta suerte, y con escogidas lecturas, fué formando el Abad el gusto, cultivando el entendimiento, y dirigiendo las ideas de Clemencia; haciendo brotar en ella los mas delicados y esquisitos gérmenes, como el sol de primavera engalana y hace florecer una amena floresta.
Pablo, despues de estrañar que Clemencia demostrase tanto afan por los libros, y por recoger cuanta enseñanza salia de los labios de su tio, empezó por interesarse en esta enseñanza, la que le pareció en estremo amena, y acabó por engolfarse en ella, con la atencion, seriedad y constancia propias de su genio.
Doña Brígida veia todo esto sin aplaudirlo, ni ménos criticarlo. Esta señora, que no tomaba en cuenta pareceres ajenos, nunca imponia el suyo á los demas, rarísima y apreciabilísima cualidad.
Pero no así D. Martin, que no habia cosa en que no se metiese. Así era que como lo que hacia su hermano le infundia respeto, y por otro lado el estudio no le inspiraba ninguna simpatía, solia decir al oido á Clemencia:
— Malva-rosita, díle al tio que ménos borla y mas limosna, y ten presente que boca brozosa cria mujer hermosa.
Otras veces, cuando se prolongaban las sesiones con el Abad, gruñia: ¡tanta leccion y tanta leccion! ¿de qué te ha de servir eso? Anda, anda, díle al tio que ménos espuma y mas chocolate.
En cuanto á Pablo, solia decirle:
— ¿Tú tambien te quieres meter á discreto, tú que no pareces de la familia de los Guevaras, sino de los Alonsos, que eran treinta, y todos tontos? ¡El demonio se pierda! Déjate de latines, Pablo, que la zamarra y la borla de doctor hacen unas migas como un toro y un pisaverde. A tus agujas, sastre. ¿A qué lo echas de pulido, si eres fino como tafetan de albarda?
Y se ponia á canturrear, cosa á que era muy afecto:
A Cristo le pidió pelos,
Y Cristo le respondió:
Déjate de pelos, Pedro.
CAPITULO III.
Nunca pudieran hallarse caracteres y genios mas distintos y desapareados, que los que la suerte habia reunido bajo el techo de D. Martin de Guevara, y nunca tampoco se hallaron otros mejor avenidos. Las cosas tienen diversas faces, la vida variadas sendas, los hombres distintas y diferentes inclinaciones, sin que por esto se desavengan entre si, cuando no obran en ellos el espíritu hostil y las malas pasiones del dia, que nacen del mal estar de una época calenturienta como la nuestra, que desprecia lo pasado, odia lo presente y se asombra del porvenir.
En lo que unánimemente concordaban, era en amar á Clemencia, como todos los pechos aspiran y aman el suave y balsámico ambiente de la primavera.
Tanto ella como Pablo habian desarrollado admirablemente su inteligencia con la sábia enseñanza y elevada influencia del Abad, de ese hombre superior, mina de oro que esplotaban ambos, cada dia con mas placer y mas provecho.
El Abad por su lado se gozaba en su obra, á medida que iba viendo á sus sobrinos crecer en saber, cultura y virtudes.
Pero en quien debió el suave iman que impregnaba á Clemencia, ejercer mas su influencia, era en Pablo, que ademas de tener paridad de alcances y simpatías de corazon con ella, estaba en la edad en que estos afectos suben á pasion en el hombre, unas veces para su bien y enaltecimiento, y otras para su mal y su corrupcion.
Mas Pablo era un hombre modesto, tipo poco comun, pero que no obstante existe, aunque no se aprecie, y pase desapercibido; porque la verdadera modestia, todo lo bueno oculta, hasta á sí misma. Ademas estos hombres no se hallan generalmente en el teatro del mundo que bulle; son hombres casi siempre designados con el nombre de oscuros, hombres apegados á su hogar y á un pequeño círculo de amigos á que se concretan.
Era Pablo ademas tímido y desconfiado de sí, á lo que contribuian las continuas chanzas de su tio, que queriéndole y apreciándole mucho en el fondo, tenia de él un concepto errado. Así es que Pablo teniéndose en ménos de lo que valia, graduó como un imposible alzarse hasta aquella mujer, cuyo mérito y superioridad él reconocia mas que nadie. Nació, pues, el amor en su corazon espontáneo, creció sin esperanzas, y vivia sin deseos, persuadido de que nunca podria mostrarse á la luz del dia aquella estrella que brillaba en su pecho en la noche del secreto.
Clemencia por su lado solo queria á Pablo como á un hermano. Era aun muy niña, y faltábale esperiencia para conocer lo que valia su primo, y se reia de corazon de las bromas con que le asaltaba de continuo su tio.
Suavemente se resbalaba el tiempo en aquella tranquila vida, en la que no habia afan por apresurarlo, ni ansia por retenerlo. Mas de seis años pasaron como seis noches de tranquilo dormir y monótonos sueños, y cual estas, poco habian alterado en aquel pacífico interior. D. Martin y Doña Brígida eran, al decir del primero, como el Padre Nuestro y el Ave María, siempre los mismos. Clemencia, repuesta completamente su salud, florecia cual una lozana y alegre primavera.
Pablo habia perdido mucho de lo atado y de la desmaña de sus maneras, y aunque su tio no dejaba de repetirle cuando el Juéves Santo ó el dia del Córpus le veia vestido de serio: «Pablo, vestido de majo, estás hecho un curro; pero con el friqui-fraque pareces un alguacil de Sevilla,» era lo cierto que en todos trajes tenia Pablo, si no el aire de petimetre, el porte digno del caballero, que tiene la confianza y no el orgullo de lo que es y de lo que puede.
A la caida de una tarde de verano en que estaban sentados en el patio, que por los cuidados de Clemencia estaba embellecido y embalsamado con una gran cantidad de macetas de flores, se asomó sin hacer ruido al porton, una gitanilla como de unos doce años de edad, que ofrecia de venta unos bastos canastillos, hechos de delgados mimbres.
— ¿Quién es? preguntó D. Martin, que recostado en un gran y tosco sillon de anea que se hacia conducir á todas partes para sentarse cómodamente, llevaba la alta y baja de todo en su casa; porque no pudiendo seguir ya la vida activa, por sus años, no tenia otra cosa en que entretenerse.
— Entepá, dijo la gentilla por decir gente de paz.
— Juana, gritó D. Martin con su poderosa voz, llamando al ama de llaves, dá á esa entepá media hogaza de pan, y que se largue ese feísimo estafermo montaraz.
No decia mal D. Martin. La chiquilla era de un feo poco comun. Sus lacias greñas pendian á ambos lados de su cara como inflexibles cordas. Uno de sus ojos bizqueaba de tal manera que parecia querer pasar por debajo de sus narices en busca de su compañero. Entre los jirones de sus enaguas, que mas que enaguas parecian un fleco, se veia el cútis de sus descalzas piernas y flacos muslos, fácil de equivocar con el de un habitante del Africa. Sus dientes, que eran de los que se nombran de embustera, por estar desviados unos de otros, eran de un blanco deslumbrador, como para hacer contraste con el color oscuro de su rostro. Era séria y despaciosa, y tenia todo el dejo y contoneo de las de su casta.
— ¿Cuánto pides por esos canastos? le preguntó Clemencia.
— ¿A qué quieres comprar esos escambrones? dijo D. Martin, que como hemos dicho, no habia nada en que no se metiese.
— Quiero, respondió Clemencia, en primer lugar hacer un bien á la niña comprándoselos; ademas quiero forrarlos de seda y adornarlos con cintas, y que sirvan para meter en ellos el alhucema.
— Sí, señorita de mi alma, dijo la chiquilla, ande usted, mérquemelos, carita de rosa; que le diré su buenaventura.
— ¡Qué buenaventura, ni qué niño muerto! Lárgate, vision del Negro Ponto, dijo D. Martin.
— Dejadla, padre, os lo ruego, que me diga la buenaventura, esclamó alegremente Clemencia. ¡Si vierais cuánto he deseado siempre que me la digan!
— ¡Tales patrañas!... murmuró D. Martin.
— ¡Déjala, si le divierte, Metomeentodo, opinó Doña Brígida; que eres como el tomate, que en todo se encuentra!
— ¡Anda con Dios! repuso D. Martin; unos se rien de la gracia, y otros de la singracia.
Clemencia se habia levantado y puesto su blanquísima mano en las negras de la chiquilla, que estaban frias como la piel de un reptil.
La profetisa hizo como si examinase las imperceptibles rayas de la mano de Clemencia, y dijo despues, principiando cada frase despacio y con recia voz, y acabándola precipitadamente y tan quedo que apénas se oia:
— «En el nombre de Dios, (aquí hizo una pausa) que donde entra Dios no va cosa mala.
«No es Vd. nacida de las malvas, sino hija de buen padre y buena madre, y tiene la sangre limpia, como agua de buen manantal.
»Es Vd., buena moza de mi alma, como la mata de albajaca, que muchos la huelen y pocos la catan; porque es Vd. hondita de gusto, y no todas las cosas le hacen gracia.
»Ha de ser Vd. como la fortuna, ciega, que ha de tener la suerte delante y no la ha de ver; pero á las manos se le ha de venir; que guardaïta se la tiene su síno, porque se lo merece esa carita que ha destronao á la reina de las flores.
»No se fie Vd. de los que de léjos vienen, que la venden como carne de la carnicería, y tienen dos caras como el tafetan, una por delante y otra por detras. A la fin se ha de venir Vd. á lo mejor, pues bien sabe la rosa en qué mano posa.
»Cumpla Vd. con la gitanilla con salero; que á Vd. le sobra y á ella le falta dinero. No me sea, jermosa, desaborida; écheme un remiendo á la vida.
»Esta es la buenaventura del pan blanco; usted me lo da, y yo me lo zampo.»
Clemencia se echó á reir, declarando que cuanto habia dicho la profetisa, eran generalidades que nada precisaban.
— Cosas de gitanos, dijo D. Martin, que á la fin y á la por-partida dicen arrumales.
En seguida preguntó Clemencia á la niña:
— ¿Sabes rezar?
— ¡Qué ha de saber! dijo D. Martin. ¡Rezar! Robar será lo que sabrá.
— Sí sé rezar, señorita de mi alma, respondió la gitanilla.
— ¿Y qué rezas? tornó á preguntar Clemencia.
— Cuando me acuesto en el campo, señorita mia, me meto una cabeza de ajo bajo la cabecera, para ahuyentar á los bichos venenosos, y rezo así:
Y tiro una piedra así—(y la chiquilla tiró una chinilla en direccion á D. Martin).
— Enséñame esa oracion, dijo este sin caer en la maliciosa accion de la chiquilla; enséñamela, á ver si la digo y es eficaz para que en la vida de Dios te llegues tú por aquí.
— ¡Ay Jesus! y qué señor tan repanchiago de cuerpo, y tan respingao de genio, dijo prolongando cada sílaba la gitanilla.
— ¿Pero en qué duermes? preguntó Clemencia.
— ¡Toma! intervino D. Martin, dormirá en una zalca de borrico tiñoso, con una calavera de mula por almohada.
— Duermo en el suelo, señorita mia; que parece Vd. hecha de dulce, con esas carnes tan blancas que se puede escribir en ellas, esa boca que parece un madroño, y esos ojos que parecen dos luces de altar; y no ese usía abujado que tiene la lengua mas áspera y con mas espinas que una abulaga.
— ¡Pobrecita! esclamó Clemencia.
— ¡Y muy bien que dormirá! opinó D. Martin: no hay bronce como años once, ni almohada como no pensar en mañana. ¡Múdate, pelgar!
— Padre, señor, ¡dejadla! que me divierte, suplicó Clemencia.
— Será la pechecilla esa como los perros pachones; que de feos hacen gracia, gruñó D. Martin.
— Voy á traerle un cobertor y una almohada; dijo Clemencia echando á correr.
— Con tal que se trasponga, á ver como no traes un mosquitero á esa langosta de Egipto, le gritó D. Martin.
— ¡Ay! dijo la gitanilla en su tono lánguido. ¡Madre mia de la Soledad, y qué señor tan respetuoso!
— ¿Qué quieres decir con eso, vizcondesa Pingajo?
— Señor, que tiene su mercé la voz como una campana doble, y que está su mercé en ese sillon tan jermoso, que parece un colchon sin bastas en una galera despalmaa.
— ¡Por via de la chiquilla desvergonzada! gritó D. Martin: escapúllete; mira que si me levanto, te doy un sosquin que te apago.
Clemencia volvió con un cobertor, una almohada y algun dinero que dió á la gitanilla. Esta sacó de una bolsita que llevaba colgada al cuello una cedulita que dió á su protectora diciéndola:
— Abrala su mercé el dia que se case, señorita mia, cara de rosa de abril, y entónces verá si no son ciertas las felicidades que le predijo la gitanilla.
— ¡La felicidad! ¡la felicidad! dijo Clemencia volviendo á ocupar su asiento; no existe palabra que tenga mas acepciones; cada uno la entiende á su manera; ¡puede que esa inocente crea que está en casarse!
— La felicidad está, dijo D. Martin, en ser un mayorazgo como yo, y reirse del mundo; ¿no es verdad, señora? — prosiguió dirigiéndose á su mujer, á la que por una de sus ideas llamaba siempre delante de gentes de usted.
— Martin, contestó ella, en este mundo cansado, ni bien cumplido ni mal acabado. Esta vida es un viaje: ¿á qué anhelar por buenas posadas, en que no hemos de estar sino de tránsito?
— Pues, señora, mas que sea de tránsito, como que el transitillo mio es, á la hora esta, de duracion de setenta y siete años, sin los que caigan, digo que soy feliz, gracias á Vd., señora, y á mi Malva-rosita. Si no fuera por la muerte de mis hijos, era yo quien se habria comido la torta del cielo; pero en fin, nadie se va de este mundo sin saber que ha estado en él.
— Dí gracias á Dios, y no á nosotras, Martin, repuso su mujer.
— Sí señora, sí señora, no hay duda de que de Dios nos viene el bien, pero de las abejas la miel; contestó su marido.
— ¿A que no entendeis vos la felicidad como mi padre, tio? preguntó Clemencia al Abad.
— Es claro que no, hija mia, contestó este; pues creo que la verdadera está en procurarse alas que nos eleven, no á las nubes, sino sobre ellas; pues las nubes con su indeciso y mudable rumbo é indistintas formas, aunque en esfera aérea, son de terrestre orígen, y á la tierra vuelven.
— Pues, hermano, opinó D. Martin, como no sean las de los ángeles, estoy para mí que las de los pájaros no vuelan tan alto. ¿Qué dices tú, Pablo? que estás siempre callado y con la boca abierta como cañon arrumbado, y no parece sino que te criaron con migas y adormideras. ¿No digo yo bien, y no mi hermano, que todo lo pone fuera de tiro de pistola?
— Señor, contestó Pablo, cuando la felicidad segun uno la sueña, está en un imposible, vale mas que el deseo se abstenga de analizarla y el corazon de ansiar por ella.
— Pablo, hombre, repuso su tio, estoy para mí, que con las latines que te engulles por receta de mi hermano, te vas á meter á coplero. Lo que has dicho es un sinfundo en buen versaje; pero á tí te están esas jerigonzas como los requilorios á las viejas.
Latines era para D. Martin el nombre genérico de todo estudio y saber.
— Hermano, le dijo el Abad, lo que dices es poco delicado y poco cierto. El saber le está tan bien á Pablo, como á todo hombre que tiene, como él, un gran entendimiento, una alta inteligencia, un alma elevada, y un gran deseo de aprender.
— Mira, Abad, repuso D. Martin, siempre te estoy oyendo hablar de delicadeza; esa es tu muletilla; ¿me querrás decir lo que tú entiendes por esa voz? Porque quiéreme parecer que tú la miras como un carabinero plantado en la boca; y has de saber que no la entiendo yo así, porque la boca mia es puerto franco. Tu empresa de pulirle los cascos á Pablo ha de ser como la hacienda de la mujer, hecha y por hacer.
— La delicadeza, repuso el Abad, segun la define un filósofo suizo, «se muestra como un constante sacrificio de sí mismo, que se contenta con su propio sufragio, sustrayéndose á la ajena gratitud; es un encarecimiento de consideraciones y urbanidades hácia el desgraciado; es el perdon de una injuria pagándola con un beneficio; es una restriccion de los propios derechos, el desprecio de la apariencia; es un respeto á sí mismo, que hace que uno no se permita en ausencia lo que no se permitiria en presencia de testigos; es una fidelidad á la propia palabra, que sobrevive á la amistad, al amor, á la estimacion y aun á la muerte. Es la continuacion de los buenos procederes, aun despues de enemistarse y cortar relaciones; es una atencion obsequiosa y tan fina, que no puede ser adivinada ni sentida, sino por aquella persona á la que va dirigida. Es una celebracion indirecta de los méritos de una persona presente, encareciendo los mismos en otra persona ausente; es rehusar un segundo beneficio, despues de admitir el primero; es gozar mas en el placer de otros que en el propio.» Así, hermano mio, define Weiss la delicadeza. Yo definiria su esencia diciendo, que es una flor que tiene sus raíces en el corazon; á la cual cria el entendimiento, y que recibe de la cultura su esquisito perfume.
— Hermano, dijo D. Martin, eso es estracto sublimado de las cosas: ménos espuma y mas chocolate. El corazon en la mano, y en el corazon buena sangre, eso es delicadeza, segun lo entiendo yo; ó bien, la fruta sin la flor, como dirias tú.
— En tí, Martin, repuso el Abad, halla tan buen terreno, que crece lozana aunque inculta. Si no da fragantes flores, efectivamente da ópimos frutos; pero gentes hay, Martin, que son estériles troncos para esta fruta, y ramas secas para aquella flor.
— Malva-rosita, dijo D. Martin, distraido ya de una conversacion que no le interesaba, tira la cédula que te dió aquella lombriz de caño sucio.
— No señor, no señor, repuso alegremente Clemencia, la voy á guardar como oro en paño.
— Eso es una tontería de dos varas, niña.
— Déjala, Martin, intervino Doña Brígida, deja que cada uno haga lo que le parezca, en no ofendiendo ni á Dios ni á tí: eso sí es la verdadera delicadeza; pero, ¿no digo que en todo te has de meter, como los periódicos?
— Señora, repuso D. Martin, los periódicos se meten en casas ajenas con las llaves del sacristan que les ha dado la niña que nació en Cádiz; pero yo no me meto sino en la mia. Mas ya callo, ya callo, señora, pues lo mandais; pero ello es, que si yo me metiese en mi concha como lo hace Vd., iria todo en la casa manga por hombro. En metiéndose Vd. en su oratorio, ahí se las den todas. Señora, ¿no sabe Vd. aquello de «la confianza en Dios, y los piés en la calle?»
— Voy á seguir tu consejo, dijo con grave sonrisa Doña Brígida, pues mi prima me está aguardando en el locutorio con la Madre Abadesa.
La señora se levantó, fué á su cuarto y salió; y ¡cosa nunca vista! dejó olvidada sobre la silla, la llave de su oratorio, la cual siempre llevaba consigo, y en el que nadie sino ella penetraba jamas.
— Toma esa llave, dijo D. Martin á Clemencia, y vé á ver qué demonios tiene la señora escondido en su oratorio, mas oculto que el oro en el centro de la tierra.
— Señor, contestó Clemencia, sabeis que no quiere madre que nadie entre.
— Anda, anda, que yo te lo mando.
— ¡Por Dios, señor!...
— ¿Qué gran misterio puede acaso ocultar? ¡vea usted!
— Sea el que fuere, debemos respetarlo.
— ¡Oiga! ¡Debemos! Mira, María Sentencias, haz lo que mando, y vé.
— No me lo mandais, no.
— ¿Que no? ¿Hablo estranjis? ¡Te lo mando, caracoles!
— No puede ser.
— ¿Y porqué no, malva-terquilla?
— Porque no me querréis dar una gran pesadumbre.
— ¿Cuál? ¿la de ir á meter las narices en el oratorio de la señora?
— Eso no, porque no iria; sino la de desobedeceros, padre.
En este momento entró Doña Brígida, que volvia en busca de su llave que habia echado de ménos.
D. Martin se apresuró á contarla lo que habia pasado, culpando á su malva-terquilla.
— Hizo lo que debia, Martin, le dijo la grave señora; la voluntad ajena y el sello se deben respetar siempre. Para premiar la consideracion que me has tenido, añadió dirigiéndose á Clemencia, te autorizo á que entres en mi oratorio.
Alargóle la llave, que tomó Clemencia, encaminándose tan luego hácia el oratorio, que se hallaba en el cuerpo alto.
Estaba este oscuro, y solo alumbrado por la débil luz de una lámpara. Sobre el altar habia una imágen de la Vírgen de los Dolores. Mas abajo, á sus piés, sobre un pedestal de mármol blanco, estaba una calavera; en el zócalo del pedestal se leia en letras negras este letrero: