LO QUE SOY, SERAS!
Clemencia salió tétricamente impresionada.
— Tio, dijo al Abad cuando estuvieron solos, despues de referirle lo que habia visto, allí encerrada pasa madre horas enteras, ¿no es esto una idea estraña é hipocondríaca? ¿Ha de enlutarse la vida con tales espectáculos?
— En el órden espiritual, hija mia, contestó el Abad, cada individuo busca la senda que le conviene, y se adapta á su índole; la austeridad tiene la que le es propia; la alegre mansedumbre tiene la suya. Guárdese esta de no mirar con respeto á aquella, y aquella de menospreciar la otra; y considere la azucena, que si es mas blanca su túnica y mas dulce su fragancia, es la negra cúspide del austero cipres mas fuerte y mas elevada.
— ¿Lo aprobais, pues?
— ¿No lo habia de aprobar, hija mia?
— ¿Y acaso hariais otro tanto?
— No.
— ¿Lo aconsejariais?
— Tampoco.
— ¿Porqué no, aprobándolo?
— Porque el efecto que causase en índoles débiles y suaves, que rechazan lo tétrico, no seria el que causa en la persona que por propia y espontánea inspiracion lo elige. Pero entre todos los atrevimientos, el mas general en los hombres, y el mas punible, es el de querer ser jueces, no solo de la conducta, pero hasta del sentir ajeno. La libertad de sentir sí que es un sagrado derecho del hombre. Dejar á cada cual dirigir sus propias tendencias en el órden espiritual, siempre que no salgan de la senda del bien, es una sagrada obligacion; pues esa intervencion que nos arrogamos en el sentir ajeno, esa ridícula é indebida fiscalizacion, es un despotismo insolente, es un mal grave, y una temeridad chocante y anómala en un siglo donde tanto se proclama, se ostenta y se abusa de la libertad del pensamiento.
CAPITULO IV.
Una tarde llamó Clemencia á dos niñas, nietas de Juana, que pasaban su vida en aquella casa, á quien su mismo dueño, que tantos intrusos veia y toleraba en ella, llamaba el arca de Noé.
Todos los niños querian con entusiasmo á Clemencia. Tienen estos un instinto que los atrae á lo bueno y á lo bello; que patentiza lo elevado de la naturaleza humana, que el mundo y la vida van degradando, si el alma no es bastante fuerte para contrarestar su influencia nociva, y si al formarse carecen los niños de buena enseñanza y buenos ejemplos, ley práctica de tanto mas poder que la ley escrita. La palabra solo indica la senda; el ejemplo arrastra á ella.
Clemencia tambien se habia apegado á ellos, porque los niños son la verdadera alegría del mundo. A su lado parece la vida mas dulce, y los horrores de la tierra mas apartados.
¡Cuán distantes están del infausto árbol del bien y del mal, ellos que no alcanzan á sus ramas! Y es tal el encanto sublime de la inocencia, que hasta da un reflejo simpático de sí á la ignorancia. Pronto se aprende, pronto se sabe, pero nunca se olvida; el corazon se purifica, la cabeza no. La fe que ha tenido que defenderse y luchar contra argumentos impíos, es como la vírgen que ha tenido que defenderse de los ataques de un seductor violento; conoce el mal aunque lo deteste, y mas vale aun ignorarlo que detestarlo. ¿Cuál de los hombres, realmente superiores, sean cuales fuesen sus creencias, no ha envidiado alguna vez la sencilla ignorancia? ¿Qué marino luchando en el mar, sin senda, agitado siempre por furiosos y encontrados vientos, buscando, sin hallarlo, fondo seguro en que echar el ancla, no ha envidiado la barquilla del pescador, que sin salir de su tranquila ensenada, no pierde de vista el faro, que le hace inútil la brújula y otros instrumentos de la ciencia? ¡Y no obstante se levanta hoy dia la voz oscurantismo como pendon de vilipendio, contra aquellos que creen que en el saber no está la moral, sino la corrupcion del vulgo! El mismo Byron ¿acaso no ha dicho: «Sabemos que el saber no es la felicidad, y que la ciencia no es mas que un cambio de ignorancia, por otra clase de ignorancia?» ¿Pues para qué trocar la ignorancia humilde y feliz por la ignorancia soberbia y descontentadiza?
Cuando Clemencia les dijo que iban á paseo, las dos niñas se pusieron á saltar de alegría, y las tres fueron á despedirse de Doña Brígida.
— ¿Y dónde vas á paseo? preguntó la inamovible señora.
— Al campo, á coger flores.
— ¡Al campo! ¡Ay Jesús! El campo es para los lobos; pero anda con Dios, hija, si te divierte.
En la puerta se encontraron á D. Martin, que con su capote y con su sombrero á la chamberga, venia llenando la calle. Al ver á Clemencia con las niñas, le dijo:
— Dios te guarde, y no de mí. ¿Dónde se va con ese séquito, Regina angelorum?
— Al campo, señor.
— Bien hecho, ¡id á estirar las piernas y á esparcir el ánimo! Si pudiese, habia de ir contigo; pero ya no puedo nada de lo que podia; es necesario echar esta carreta al carril. No hay mas remedio que meterme adentro. Y añadió: ¿Qué es eso que llevas en brazos, Mariquilla?
— Lleva un perro, respondió Clemencia.
— Un perrillo chico, repuso vivarachamente la niña; pero su madre es grande.
— Calla, renacuajo, le dijo D. Martin, que eres como el grillo, que no se le ve á dos pasos y se le oye á mil. La mañana está calurosilla, prosiguió dirigiéndose á Clemencia; el sol está que echa chiribitas, aunque estamos en febrero. Ya se acerca San Matías, marzo al quinto dia: entra el sol por las umbrías y calienta las aguas frias. Ea pues, con Dios id, y con Dios volved. Si tiras á la izquierda, verás qué bueno está mi cebadal, pues febrero saca la cebada de culero.
Clemencia y las niñas anduvieron algun tiempo por el campo, y entraron despues en un camino encajonado entre altos vallados de pitas, á cuyos piés nacian espesas é intrincadas las zarzas, las esparragueras, las madre-selvas, las pervincas, entre las cuales asomaban las amapolas sus encendidas y encarnadas caras con su ojo negro, y los candiles de vieja sus jorobas.
En el mismo vallado se levantaban dos altos pinos; á su sombra se sentó Clemencia con su pequeño séquito á descansar, oyendo el suave murmullo de sus sonoras cimas, que tan indefinible encanto tienen, que ora suena triste y lejano como un eco que repite debilitado el hondo y melancólico suspiro del mar, ora vago y misterioso, como á veces suenan indefinidas voces en el corazon.
La niña mas chica traia un pájaro.
— Señorita, dijo la mayor, Aniquilla está lastimando á ese pájaro que aprieta con la mano.
— ¡Que no! repuso la chica; no tengo la mano apretá, sino aflojá.
— ¿Sabes lo que es un pájaro? le preguntó Clemencia.
— Sí, contestó Mariquilla.
— ¿Pues qué son?
Entre los cañaverales,
Que le dan los buenos dias
Al sol de Dios cuando sale.
— Es cierto, dijo sonriendo Clemencia; pero son tambien animalitos de Dios.
— ¿Y no se deben matar los animales?
— No; á no ser necesario: y entónces, dándoles el ménos tormento posible. En lo demas, Dios que les dió la vida, que se la quite. Suelta ese pajarito, Aniquita; que harás una obra de caridad.
La niña titubeaba.
— Suelta ese pájaro; que lo manda la señorita, le dijo su hermana la mayor.
— Si tengo la mano abría, y no se quiere ir...
Clemencia le estendió la mano, y el pajarito se voló alegremente.
— ¿No te bastaba, dijo Clemencia á la niña, el que te dijese que harias una obra de caridad? ¿No sabes que la caridad es la primera de las virtudes, y se estiende sobre todo lo que sufre, como el sol de Dios por el mundo entero?
— La caridad es dar limosna, ¿no es verdad, señorita? preguntó la mayor.
— Por supuesto, la limosna es uno de sus efectos; y así hijas mias, dad, dad sin pararos; que con el corazon en la mano, se pinta á la Caridad, porque vacías ya, no tienen otra cosa que dar.
— ¿Y el que no tiene nada? dijo la niña.
— Raro es el que no halle otro mas desdichado que él, á quien pueda dar algo, por poco que sea; y lo poco en el que tiene poco, y la intencion en quien no tiene nada, consuelan al pobre y agradan á Dios. Y para convenceros de ello, os contaré un ejemplo.
Las niñas se pusieron á escuchar con esa ansiosa atencion con la que los niños absorben las primeras nociones que sobre las cosas se les dan, y los primeros sentimientos que en sus ánimos se imprimen.
Los pinos se pusieron á susurrar aun mas suavemente, pareciendo imponer silencio á la naturaleza con su dulce ceceo para oir la palabra de Dios; y hasta los pajaritos bajaron de rama en rama como para venir á escucharla.
Clemencia habló así:
— «Habia una reina tan buena y tan virtuosa, que atendiendo á la gran mision que Dios le diera poniendo el cetro en sus manos, solo pensaba en hacer virtuosos, religiosos y felices á sus vasallos, ciñendo así á sus sienes una corona mucho mas bella que la de oro que le diera su herencia, y estampando de esta suerte su nombre en el corazon de sus vasallos, para que la bendijeran, y en el libro de la historia, para que las generaciones la admirasen; porque un buen rey es para los pueblos un beneficio de Dios, como uno malo es un castigo. Esta reina, pues, bien criada en la enseñanza de Dios, sabia que estaba en su alto puesto para dar con su ejemplo una gran leccion á sus vasallos, y con su virtud decoro al trono y respecto á su persona. Iba á los hospitales y casas de beneficencia á vigilar por el bien de los infelices; gastaba sus rentas en grandes empresas para la prosperidad del país que Dios le habia dado á regir, ocupando y dando por ese medio pan á muchos infelices. Respetaba mucho á los sacerdotes, al mismo tiempo que encargaba á los obispos, los amonestasen severamente á ser los mas santos de los hombres. Así era bendecida por todos como una madre, y adorada como un ángel.
Estableció esta gran reina un premio, para aquel que en el año transcurrido hubiese hecho la mayor obra de caridad, pensando con razon que era esta una gran enseñanza práctica al alcance de todas las inteligencias.
Cuando todos se hubieron reunido y la reina estaba como jueza en su trono, se acercó uno, y dijo que habia labrado en su pueblo un hermoso hospital para los pobres. El corazon de la reina se llenó de gozo al oir esto, y preguntó si estaba concluido. — Sí señora, contestó el interrogado, solo falta ponerle en el frontispicio la lápida con letras de oro, que diga por quién y cuándo se labró. La reina le dió las gracias, y se presentó otro. Este dijo que habia costeado á sus espensas un cementerio en su pueblo, que de este carecia. Alegróse la virtuosa reina, y le preguntó si estaba concluido, á lo que contestó que solo faltaba rematar el hermoso panteon que en el centro estaba construyendo para él y su descendencia. Dióle gracias la reina, y se presentó una señora, que dijo habia recogido una niña huérfana que se moria de hambre, y la habia criado, dándole lugar de hija.—¿Y la tienes contigo? preguntó la reina. — Sí señora, y la quiero tanto, que jamas me separaré de ella; es tan dispuesta, que cuida de toda la casa y me asiste á mí con cariño y esmero. Celebró grandemente la reina esta digna obra de caridad, cuando se oyó un tropel entre las gentes, que se desviaban dando paso á un niño mas bello que el sol. Arrastraba tras sí á una pobre vieja estropajosa, que hacia cuanto podia para deshacerse y huir de aquel lugar tan concurrido.—¿Qué quiere este bello niño? preguntó la reina, que no cerraba sus oidos, que eran mas de madre que de soberana, á ninguno que deseaba hablarle. — Quiero, contestó el niño con mucha dignidad y dulzura, traer á Vuestra Majestad á la que ha ganado el santo premio que habeis instituido para la mayor obra de caridad.—¿Y quién es? preguntó la reina. — Es esta pobre anciana, contestó el niño.— ¡Señora! clamó la pobre vieja, toda confusa y turbada, nada he hecho, nada puedo hacer: soy una infeliz que vivo de la bolsa de Dios. — Y no obstante, dijo el niño con voz grave, has merecido el premio. — Pues ¿qué ha hecho? preguntó la noble reina, que ántes de todo queria ser justa. — Me ha dado un pedazo de pan, dijo el niño. — Ya veis, señora, esclamó apurada la anciana, ya veis, ¡un mendrugo de pan! — Sí, repuso el niño; pero estábamos solos, y era el único que tenia. La reina alargó conmovida el premio á la buena pordiosera, y el niño, que era el Niño Dios, se elevó á las alturas, bendiciendo á la gran reina, que daba premios á la virtud, y á la buena y humilde anciana que le habia merecido.
Así veis, pues, hijas mias, que el mérito no está en el mas ó ménos valor de la obra, sino en las circunstancias y en los sentimientos con que se hace; y que un pedazo de pan para el que no tiene otra cosa, y hasta se lo quita de la boca para darle, es mas aun á los ojos de Dios que ve los corazones, que una obra sonada y celebrada, que consigo lleva su recompensa.»
CAPITULO V.
Apénas se habia concluido la narracion, cuando de léjos se oyeron discordes y confusos gritos. Clemencia puso el oido. Las voces eran muchas, y herian de cuando en cuando el aire estridentes silbidos.
— ¿Qué es esto?... dijo Clemencia poniéndose en pié.
— ¿Qué ha de ser? opinó Mariquilla, los pícaros de los chiquillos del lugar que andarán de tuna.
— No son estas voces de muchachos, repuso Clemencia, cuyo corazon latia fuertemente, al oir acercarse en aquella direccion la gritería; me temo...
No acabó la frase, porque una voz distinta ya, á la vez ronca, exaltada y azorada gritó:
— ¡Eh, toro!
Un espantoso temblor se apoderó de la infeliz Clemencia, miéntras que las chiquillas, dando gritos de terror, la rodearon colgándose de sus vestidos.
Clemencia volvió en torno suyo sus ojos estraviados, por ver si algun medio de salvacion se le presentaba; pero ninguno ofrecia aquel lugar.
El vallado alto, espeso, no interrumpido, se alzaba á ambos lados del camino como una muralla vegetal, coronada por las puas de las pitas, como las de mampostería lo están por puntas de hierro; el camino, mas hondo que el vecino campo, encajonado y preso, se prolongaba indefinidamente á la izquierda; por la derecha sonaba la alarma.
Ademas, ¿cómo huir, cómo correr, cuando la infeliz apénas podia tenerse en pié? ¿Cómo abandonar á las dos criaturitas, que se asian á ella como á su tabla de salvacion? Y aunque lo hubiese intentado, ¿cuánto habria tardado en alcanzarla la fiera en su veloz corrida?
— ¡Estamos perdidas! gimió la estremecida Clemencia cruzando las manos. ¡Madre mia de las Angustias, apiádate de nosotras! ¡Alcanza un milagro en favor de tu devota y de estas inocentes!... ¡qué grande es tu piedad, y grande tu valimiento!
La algazara se acercaba; ya sonaba sobre la tierra dura el seco ruido de las herraduras de los caballos en su carrera. Los silbidos y descompuestas voces penetraban como clavos la trastornada cabeza de Clemencia, que permanecia inerte como la imágen del espanto.
En este instante apareció á la entrada del callejon, alta la cabeza, y moviéndola en bruscos movimientos de uno á otro lado, como incierto sobre la direccion que habia de seguir, el toro, esa fiera tremenda que con tanto esmero se hace embravecer para solaz y diversion de hombres, que al salir de la que les brinda, ¡harán discursos ó escribirán artículos pomposos en loor de la cultura, del modo de moralizar al pueblo y dulcificar las costumbres! Clemencia yerta é inmóvil, se apoyaba en la loma del vallado; la situacion era espantosa. Hubieran podido salvar á Clemencia acosando al toro en otra direccion; pero nadie sabia que allí estuviese, oculta como se hallaba por el vallado.
En este momento el perrillo de la niña se puso á ladrar. Entónces el toro miró á aquel grupo; esto decidió su vacilante intencion, y... partió hácia él.
Clemencia cerró los ojos y nada vió; pero oyó ruido á espaldas del vallado, un fuerte golpe en el suelo, una llamada al toro; se sintió agarrada y sopesada por unos brazos vigorosos, cogida entre las zarzas por unos puños de hierro, y atraida al opuesto lado del vallado, donde cayó en tierra.
— ¡Las niñas! gritó con angustia. Pero una despues de otra cayeron á su lado, tras ellas saltó un hombre; este hombre era Pablo, Pablo, sereno y tranquilo, como el poder que brilla en acciones, y no se ostenta ni altera en palabras.
A Pablo le habia sido indicada la direccion que habia seguido Clemencia, cuando la voz que cundió de haberse desbandado un toro, alarmó la poblacion. Seguido del aperador del cortijo, ambos bien montados, cortó por campo atraviesa, para registrar el peligroso camino.
Llegaron en el momento en que el toro, incierto aun, vacilaba. Pablo se echó del caballo, cogió su capa, y saltó al camino, haciendo para el efecto hincapié en una escrescencia que tenia el tronco de uno de los pinos, con grave riesgo de lastimarse en su atrevido salto.
Presentó la capa al toro, que se paró al ver caer de repente ante sí aquel inesperado antagonista. El toro partió á él, y Pablo le lió con admirable tino y destreza su capa en las astas; y miéntras el animal cegado trabajaba por desasirse de ella, Pablo con vigor y rapidez, levantaba en alto á la anonadada Clemencia, que recibia el aperador en sus robustas manos; hacia lo mismo con las niñas, y se valia á su vez de la mano salvadora del fiel criado, para ponerse en salvo.
— ¡Pablo! esclamó Clemencia, prorumpiendo en un torrente de lágrimas.
— Calla, murmuró este á su oido.
Aun no habia pasado el peligro.
Siguió á estas palabras un profundo silencio, en que no se oian sino los resoplidos de la fiera, de la que solo les separaba el vallado, detras del cual batallaba por desprenderse de la capa. Una vez libre del estorbo que le cegaba, podria el toro en lugar de seguir adelante, retroceder y volver á hallarse en campo raso, á poca distancia de ellos.
Mas un ruido monótono y sonoro se oye de léjos en uniforme cadencia, y se viene acercando.
— ¡Somos salvos! murmuró Pablo al oido de Clemencia.
Eran los cencerros de los cabestros, que requeridos por el ganadero, venian á recoger al toro. Poco despues entraban en el callejon con su uniforme trote, y el toro, mas cuerdo que los hombres, los seguia, pesándole una emancipacion estéril, de que tan mal uso hacia, y que tan poca ventaja le reportaba.
Poco despues el ruido de los cencerros, á la vez tan melodioso, tan aterrante y tan consolador, se fué perdiendo y alejando, á la par que el peligro; al fin no se distinguió, reduciéndose su sonido á un vago, lejano y grave rumor.
Clemencia, trémula y temblando, caminaba, mas que asida, colgada del brazo de su salvador.
— Pablo, le decia con débil voz, no te doy las gracias, porque hablar no puedo; me has dado mas que la vida; me has libertado de la mas espantosa de las muertes. ¡Oh! ¡y qué frias son cuantas espresiones de gratitud han inventado los hombres, para que te pueda yo espresar lo que siento!
En este momento llegaban varios hombres bien montados, armados de garrochas. Seguíales tirado por cuatro mulas el barrocho, en el que se veia á D. Martin gesticulando y gritando desatentadamente. Cuando alcanzó á Clemencia, mandó parar, y la recibió en sus brazos; bien que la infeliz no podia hablar, y permanecia llorando é inerte, recostada en el pecho de su padre. El aperador Miguel Gil contaba á gritos lo ocurrido, al estático y embriagado auditorio.
— ¡Sí, sí! esclamaba entusiasmado D. Martin, — Pablo es todo un hombre. Bien podrá no tener habla de abogado; pero en tratándose de manos á la obra, ahí está él. En jarabe de pico no está ducho; pero en cuanto á guapezas, muestra,—¡por via del Dios Baco! — la sangre de los Guevaras. ¡Ea, viva Dios! Sí, sí, Pablo, te luciste, ¡caracoles! Todos pueden charlar y mangonear; pero lo que tú has hecho, no lo hacen sino los hombres de pelo en pecho.
— Ea, á casa, á casa; y ¡por los aires! añadió dirigiéndose al cochero; que esta niña se me desmaya, y es preciso sangrarla sobre la marcha.
— Hija, dijo Doña Brígida cuando llegaron, ¿no te dije que el campo era para los lobos? Gracias infinitas al Señor, de buena has escapado.
— Y á la bendita Señora de las Angustias, á quien me encomendé, madre, repuso Clemencia.
— Mañana mismo, hija, se le hará una funcion de gracias, repuso Doña Brígida.
— Sin olvidar las que le debes á Pablo, dijo Don Martin, á quien allí y en momento tan oportuno guió la Señora; lo que ha sido una providencia: ¡no hay nada sin Dios!
En seguida contó á su mujer lo ocurrido.
— ¡Si Pablo es mas noble que el oro! dijo con espresion Doña Brígida, gastando esa hermosa voz, á la que en los pueblos se da un sentido mucho mas lato que en el lenguaje moderno, en el que solo espresa una calidad; pero entre las gentes del campo es su significado como la esencia de todas las demas buenas calidades.
— Lo que Pablo ha hecho, padre, repuso Clemencia, es mas que una heroicidad; es una abnegacion de sí mismo.
— Sí, sí, merece una corona, dijo D. Martin; pero como no la tengo, lo que te doy, Pablo, es el potro ruano Andaluz, para que le luzcas á él, como el mejor caballo de por estas tierras, y él te luzca á tí, como el mejor jinete y el mas guapo de los mozos de Andalucía.
— ¡Señor! esclamó Pablo, de manera alguna admito ese potro, que es el mejor que teneis.
— Oyes, ¿y cuándo has visto tú que lo que yo regalo sea lo peor? repuso su tio. ¡Pues tendria que ver!... ¿Y en quién ha de estar mejor empleado; me querrás decir?
— Por Andaluz os darán en feria cuarenta mil reales, tio.
— Mas que me dieran cuarenta mil pesos, no sale Andaluz de casa; ese es para tí. He de tener el gusto de que nadie le caliente el lomo sino tú, ¿estás? No ha de enseñorearse Andaluz, por via del Dios Baco, sino con un Guevara. ¡Vea Vd.! ¡Andaluz, que hace polvo en un lodazal!
— ¡Qué temeridad! decia el Abad, y este increible arrojo las ha salvado á las tres! Pablo, das razon á un antiguo refran escoces, que dice que lo mas prudente es el valor.
— ¡El demonio se pierda! esclamó D. Martin. ¡Y que no supiera yo ese refran! Es decir, sabia el sentido, pero no lo sabia enversado; no se me olvidará.
— ¡Esponerse de esta suerte por un éxito tan dudoso! prosiguió el Abad. ¡Oh noble y ciego ímpetu de la juventud!
— De todas maneras la salvaba, tio, repuso Pablo.
— Así, así, esclamó D. Martin; así se hacen las hazañas, esponiéndose; si no, no lo son; ¡toma, toma! Señor Abad, á costa de su pellejo, Francisco Estéban fué guapo. A tanto se espone el cuerpo como padece el alma.
Juan y su hija se habian abalanzado á las niñas, que estrechaban en sus brazos y cubrian de lágrimas; mas ahora se precipitaron hácia Pablo, abrazándole y besando sus manos con ese entusiasmo de los corazones ardientes, tan espansivo y tan tierno.
— ¡Vaya! esclamaba Juana; que se espusiese así su mercé por salvar á la señorita, que al fin es su prima, ya era una hombrada de las pocas; pero que hiciese lo propio por estas inocentes... ¡mire Vd. que para eso es preciso tener esa bondad tan buena del señorito! ¡Vaya, si esto es de lo grande, de lo santo, de lo sonado!
— Sí, sí, añadia D. Martin, esto va á ser mas sonado que las narices. A este Pablo, no solo no le arredra nada, pero ni le perturba. En su vida de Dios se le van las marchanas; así es que en llegando la ocasion, como ha sucedido hoy, hace cosas tan grandes que al rey le llaman de tú.
— Señorito, decia la madre de las niñas, mas tienen que agradecerle á su mercé mis niñas, que á mí que las parí. ¡Dios se lo premie tanto como yo se lo agradezco!
Pablo se apresuró á sustraerse, alejándose, á las muestras de admiracion y de gratitud de que era objeto.
Entró en esto precipitadamente la tia Latrana, que era una vieja y osada pordiosera, que de continuo asediaba á D. Martin, la que con gemidos y lágrimas se abalanzó á Clemencia; pero como era muy pequeña, y Clemencia era mas bien alta, no pudo por fortuna pasar el abrazo de su cintura.
— ¡El demonio se pierda! dijo D. Martin, que estaba demasiado alegre para enfadarse; no hay procesion sin tarasca. ¿A qué viene Vd. aquí, tia singuilindango?
— Pues ¿no habia de venir, señor, á ver á mi señorita de mi corazon, que la quiero como si la hubiese parido, que es tan modosita con los pobres de Dios, y á la que en su vida se le oye ni un mal haya? ¡no como otros ricos que son mas ásperos que aceitunas de acebuche! — Y vengo tambien, Señor D. Martin, para que me dé su mercé un poco de pan y de vino, para ponerme un reparito en el estógamo, pues con la alegría me se ha escompuesto.
— ¿Que se le ha descompuesto á Vd. el estómago con la alegría? ¡Por via del demonio malo! Pues para contrapeso, lo mejor es darle á Vd. una pesadumbre, y verá Vd. cómo entra en caja. ¡Habráse visto tal fanganina!
— Pues sí, Señor D. Martin, que lo mesmo es una alegría que un pesar para estrépito del cuerpo.
— No es sino que es Vd. mas pedigüeña que un demandante, y nada le basta; el dinero que se le da, es como un puñado de moscas en un cerro en dia de levante; siempre está Vd. hecha la esencia de la necesidad; nada le luce.
— ¿Cómo me ha de lucir, señor? Ningun perro lamiendo engorda; el pan que me da hoy su mercé, ¿acaso me ha de apaciguar el hambre de mañana? ¡Ay, Señor D. Martin, el hambre tiene cara de hereje!
— Se parecerá á Vd. En honra de la salvacion de mi hija, y en gloria de la guapeza de mi sobrino, habia pensado darle á Vd. un duro, dijo D. Martin, dándole una peseta.
— ¿Y los diez y seis reales que faltan, Señor Don Martin? Esos me los deberá su mercé, dijo con alegre ansia la vieja.
— Pídaselos Vd. á la gran insolente de su lengua que se los ha robado, pues en poniéndose á charlar, no hay respetos que no atropelle: ¿está Vd. enterada, tia raspagona? dijo D. Martin volviéndole la espalda, — sepa que de la mano á la boca se pierde la sopa.
— ¡Vaya! por poco se ha incomodado su mercé, murmuró la tia Latrana al irse; pues al Santo que está enojado, con no rezarle ya está pagado.
CAPITULO VI.
No conocia D. Martin el cambio que por grados se habia efectuado en Pablo, ni era capaz de comprender el punto de cultura á que le habian ascendido la enseñanza de los libros, la direccion de su tio y la influencia del amor hácia una mujer como Clemencia. Los primeros habian enriquecido su entendimiento; la segunda formado su juicio y su gusto, y el tercero ennoblecido y afinado sus sentimientos, dotes que unidos forman la cultura de alta esfera de que muchos presumen y á que pocos alcanzan. Así era que seguia ejercitando en él su facundia, benévolamente denigrativa; era este un desahogo natural en D. Martin, de que todos eran víctimas, ménos su mujer, su hermano y su Malva-rosa.
Pero con quienes esto subia á su apogeo, era con las viejas pordioseras, las que tenian á D. Martin constantemente sitiado. Habíalas entre estas sumamente insolentes, y los coloquios entre ellas y D. Martin eran seguramente dignos de haber sido recogidos por un taquígrafo.
Figuraba entre las primeras una tia Latrana que ya conocemos, á quien D. Martin no podia sufrir por lo osada, exigente y desagradecida; lo que no impedia el que siempre la estuviese socorriendo. Llamábala D. Martin la baratera de las viejas de Villa-María. Era este femenino Cid, chica, delgada por naturaleza, y enjuta á un tiempo por su mal genio y por los años. Tenia los ojos tiernos, pero la mirada arrogante; su boca se habia sumido como para hacer mas notable la prominencia de su picuda nariz, que era de aquellas de que se suele decir que pueden servir para sacar espinas.
Databa la ojeriza que la tenia D. Martin, de una ocasion en que un sobrino de ella, que era un calavera de lugar, muy listo, muy despierto, vicioso y pendenciero, habiendo caido soldado, habia venido su tia á empeñarse con D. Martin para que lo libertase; en cuya ocasion tuvieron el siguiente diálogo:
— Señor, dijo la tia Latrana, haciendo las mas espantosas muecas y dando los mas furibundos soponcios, á mi Bernardo le ha tocado la suerte.
— Que manden repicar, contestó D. Martin.
— Señor, no sea su mercé asina, y tenga compasion de su prójimo. Me envía aquí el alma mia á decirle á su mercé que le dé los dineros para pagar un préfulo; mas que sean prestados; que él se los pagará á su mercé con puntualidad en cuantito saque á la lotería.
— ¡Miren la hipoteca! Vaya con el mostrenco ese, que es como los plateros, que barren para adentro! de casta le viene al galgo el ser enjuto y rabilargo. ¡Vea Vd., prestados! Todavía me está Vd. debiendo el dinero que me pidió para sembrar el habar; ¿y ha soñado Vd. acaso en pagármelo?
— Señor, el que no tiene, ni paga ni niega.
— ¡Hola!
— ¡Pues si es verdad, señor!... al que no tiene, el rey lo hace libre.
— Pues en cambio, al que no tiene, le hace el rey soldado; ainda mais; su sobrino de Vd. no tiene oficio ni beneficio; es un vago, no es del campo ni del lugar; á esos flojonazos costillones, que se pasan la vida sosteniendo las esquinas, les viene la casaca como el aceite á las espinacas.
— ¡Flojonazo mi Bernardo! ¡Señor! Pues si es mas vivo y mas dispuesto que un ajo.
— Sí, sí; señor Corrin, que corriendo va, que siempre corriendo y nunca hace na.
— Señor, no se chancee su mercé; sino vea de libertármele, como hizo con el hijo del tio Gil.
— ¡Yo libertar á ese arrapiezo! ¡En eso estaba pensando! ¿Y va Vd. á sacar á Gil, que es criado honrado de la casa desde que Adan pecó? Pues dígole á Vd.... Bastante me cuesta Vd. ya con cada enfermedad que le costeo, que canta el misterio.
— Señor, por eso no se apure su mercé, que ahora estoy tan buenecita y tan gordita...
— ¡Gorda, sí! Parece Vd. el espíritu de la glotura.
— Señor D. Martin, considere su mercé que mi sobrino, el probecito, está malito de la desazon.
— Mejor; que hijo malo, mas vale doliente que sano.
— Señor, á borrica arrodillada no le doble Vd. la carga. Crea su mercé que mi niño tiene el pecho desgarradito de suspirar y en la carita surcos de llorar.
— No me venga Vd. con aleluyas. ¡Ya!... el burro que no está hecho á albarda, muerde la atafarra.
— Señor, su mercé que es tan buen cristiano, tan caritativo..., que es el paño de lágrimas de los desdichados...
— No me venga Vd. con gatatumbas.
— El hijo de mi alma, no tiene chichas para el servicio del rey; es endeblito.
— ¡Endeblito! ¡Por via de sanes! Y tiene un rejo como un toro.
— ¡Si lo viera su mercé! ¡Está tan escuchumisado, tan flaquito!
— Sí, sí; lo que está es rajado de gordo.
— Pero, señor, es muy pulido y muy fino para pisar lodos.
— ¡Fino, sí!... Si lo apalean, echa bellotas. ¡Fino! ¡Vea Vd., que se zamarrea de ganso!
— ¡Ganso! ¿Mi Bernardo ganso? Si es un moralista, señor.
— ¡Moralista! ¿Y qué es un moralista, tia sátira?
— Es un estudiante de estudios muy hondos, que se aprenden en un libro que se llama el moral.
— No diga Vd. sinfundos, tia sabijonda; moral no es ningun libro.
— ¿Que no? ¿pues qué es, señor?
— La moral es una buena doctrina sin Dios, como dice mi hermano el Abad.
— ¿Sin Dios?... ¡Ave María Purísima, señor!
— Pues sí señora, por eso es para el entendimiento; así como la doctrina con Dios es para el alma. Entérese Vd. para que no vuelva á decir despropósitos en tono de sentencias.
— Pues sea la que fuere la doctrina, mi Bernardo sabe latines y estudiaba para escribano, y lo hubiese sido, sino hubiesen faltado los cuartos.
— ¡Ya! porque tuvo Vd. presente aquello de:
No se pueden mantener;
Los escribanos con una
Mantienen moza y mujer.
— Ello es, señor, que mi Bernardo sabe mas que Séneca.
— Mas valiera que se hubiese atenido al arache y al cavache.[5]
— Pues yo he querido que aprienda, señor, que el saber no estorba; y que siempre se ha dicho que el pobre puede ser rico, y el rico no compra ciencia; eso no quita que el hijo mio sea un pan de rosas.
— ¡Sí, un pan de rosas! ¡Por via del atun salado! ¡Con un genio bragado y pintado por el lomo! ¡Pan de rosas! que cuando no está preso lo andan buscando; y al que el año pasado se le formó causa por una riña, y en este por una pendencia.
— Falsos testimonios que le han levantado, señor; lo que tiene es que unos echan agua en caldera y no suena; y otros en lana, y suena.
— Se le cogió fragantelito, yo lo vi.
— Eso fué allá en años témporas. ¿A qué, sin venir á cuento, saca su mercé titulitos de ayer? Cada uno en este mundo tiene su ventanita, los unos grande, los otros chica.
— Lo he sacado para decirle que se largue su pan de rosas de sobrino de Vd.; y cuanto ántes mejor; y que Dios le ayude y á nosotros no nos olvide.
— Señor, crea su mercé que mi sobrino es una prenda; lo crió Dios con mucha atencion; y sobre todo, Señor D. Martin, es mi ayuda.
— ¿Qué habia de ser ese mamanton su ayuda, cristiana? Es la cuerda que la ahorca. Déjelo Vd. ir bendito de Dios.
— ¡Ay! no señor; que vale mas comer grama y abrojos que traer capirote en el ojo. Con que... ¿nada hará su mercé por ese desdichado?
— Desearle buen viaje.
— ¡Señor, hágalo por Dios, que es buen pagador!...
— De obras buenas, tia Cansina.
— ¡Señor, por María Santísima!...
D. Martin se puso á talarear en tono de bajon, acabando por imitar el toque del tambor:
— Entónces, señor, dijo abispada la tia Latrana, ¿á qué le sirven á su mercé esos dineros?
— ¡Caracoles con la rala de la vieja esta! esclamó colérico D. Martin. ¡Pues qué! ¿se ha pensado Vd., so insolente, que me habrán dejado mis abuelos mis mayorazgos para invertir sus rentas en sostitutos para los vagos y macarronos de Villa-María? Ea, déjese de cuentos; deje ir al moralista de su sobrino á que aprienda disciplina, que lo hará mas liberal que no aprender las letras, que ha de tener él siempre gordas como cochinos cebados; que con viento se limpia el trigo, y los vicios con castigo; y déjeme Vd. el alma en paz, que si no... perdemos las amistades.
— El amigo que no da y el cuchillo que no corta, que se pierda, poco importa, dijo entre dientes la tia Latrana.
— ¿Qué está Vd. ahí musitando? preguntó D. Martin.
— Nada, señor; sino que si mi sobrino se muere ó le matan, no quisiera yo estar en el pellejo de su mercé, que lo habria podido remediar, y no lo ha hecho. El que da un mal rato, no lo espere bueno.
Y la tia Latrana se alejó, redoblando sus alharacas.
— A Vd., es preciso matarla ó dejarla, le gritó furioso D. Martin; pero un dia acabará Vd. con mi paciencia; y mas que sea Vd. hembra y pobre, si vuelve Vd. á dar rienda suelta á esa lengua que se le debia caer de un cáncer... como soy Martin, que le tiro á la cabeza lo primero que me caiga á las manos: ya está Vd. prevenida, tia farota.
Con este antecedente, comprenderá el lector que cuando fué Clemencia, en quien tenian los pobres una eficaz intercesora, á hablar á D. Martin en favor de la tia Latrana, no le hallaria tan dispuesto á complacerla como solia estarlo.
— Padre, le dijo una mañana, ahí está la tia Latrana, que quisiera hablaros.
— Díle que estoy sordo, contestó D. Martin.
— ¡Si nunca lo estáis cuando los pobres os necesitan!
— Pues lo estoy para esa picaronaza y para todos los suyos; porque la madera de los Latranas ni para tacones es buena.
— ¿Qué os han hecho los pobres esos?
— ¿Qué me han hecho? ¡pues no es nada! La descocada esa, que pide mucho y no agradece nada; y que es como la ballena que todo le cabe y nada le llena; si no se hace lo que pide á modo de apremio, se pone hecha un basilisco. Sábete que la tia sátira esa, porque no le libré de soldado á un sobrino suyo mas malo que Geta, se me desvergonzó en mis barbas, y á mis espaldas me puso mas bajo que un caño. Porque así sucede: hazme ciento, márrame una, y no me has hecho ninguna.
— Pero, padre, la pobrecita tiene tanto empeño...
— Y tú tambien, Malva-rosita: ¿no es eso? Vamos, que entre esa vision; aunque hacerle bien es lo mismo que lavar los piés á un burro.
Clemencia fué á avisar á la tia Latrana, que le dijo al verla venir:
— Por fin, señorita, vino su mercé: D. Martin no tuvo presente, «que hambre y esperar hacen rabiar.»
— Vaya, ¿qué se ofrece, pozo airon? preguntó D. Martin á la tia Latrana al verla entrar compungida. ¿A qué se viene Vd. amparando de mi hija? Vd. no necesita vejigas para nadar, ni mas padrino que su descaro.
— Señor, mi comadre la tia Machuca me envía aquí á decirle á su mercé que la probecita está muy malita; por si su mercé le quiere dar para un pucherito, respondió la vieja.
— ¿Viene Vd. á pedir para la tia Machuca? No lo estraño. Tal para cual; Pedro para Juan. Esa es otra pejiguera como Vd., y ambas peores que la Perala, que era cada dia mas mala.
— ¡Jesus, señor! que tiene su mercé hoy la lengua desbocaa. ¡Vea Vd.! ¡mi comadre que está mas recogida á buen vivir que una cuaresma!
— ¡A buen tiempo! ¡Vaya! la carne para el diablo; los huesos para Dios.
— Ello es, Señor, que eifica.
— ¿A quién?... ¡á mí no!... que lo que tiene es la cruz en el pecho y el diablo en los hechos. Pero en fin, la limosna no se hizo solo para los buenos; vaya una peseta para el pucherito. Malva-rosita, dí que le den garbanzos y tocino: ahora lárguese Vd. con viento en popa, y no vuelva hasta que yo la llame: ¿está Vd.?
— Sí señor, y Dios se lo pague á Vd.
Y la vieja desapareció con una ligereza juvenil.
Al dia siguiente se apareció tan cari-pareja la tia Latrana.
— ¿No le dije á Vd. que no volviese hasta que yo la llamase? esclamó impaciente D. Martin.
— Sí señor, sí señor; pero escúcheme su mercé. La tia Machuca está peor, repuso la embajadora.
— Le hacia daño el puchero.
— No señor; pero el méico le ha mandado una bebida con manesia cansinada, y el judío del boticario no quiere darla si no le llevo seis reales.
— Tome Vd. los seis reales; que se los doy por tal de no verla.
Al dia siguiente se repitió la misma escena.
— ¿Otra te pego? esclamó D. Martin. ¡Pues no es mala mosca de caballo esta!
— Señor, repuso la tia Latrana sin dejarse intimidar, á mi comadre la han mandado administrar.
— Al cura con eso.
— Pero son precisas unas velitas, para adornar el altar.
— Tome Vd. para las velitas y toque de suela, precipitada y definitivamente.
Pero al dia siguiente se halló D. Martin ante sus narices, como llovida del cielo, á la tia Latrana, con aspecto fúnebre.
— Tia Latrana ó tia Letrina, esclamó el señor.—¡Vd. se ha empeñado en acabar con mi paciencia, caracoles!
— Señor, dijo esta con voz lúgubre, murió mi comadre.
— ¡Aleluya! requiescat in pace. ¿A qué, pues, viene Vd. ahora?
— ¡Señor, por lo mismo!... para que haga su mercé la caridad de pagarle el entierro.
— ¿Esa tambien? Vamos, eso lo hago con gusto; así me dé Vd. pronto ocasion de ejercer la misma obra de misericordia con Vd. Y ahora pues, tia Barrabas, hasta el valle de Josafat.
¡Vana ilusion! porque á la mañana siguiente se apareció la tia Latrana cuando ménos se pensaba.
— ¡Qué es eso! esclamó D. Martin atónito. ¿Vd. por acá? es Vd. peor que una terciana doble; ¡caracoles con Vd.!
— Señor D. Martin, vengo porque mi comadre...
— ¿Qué es eso de mi comadre? dijo estático D. Martin.
— Señor, la probecita...
— ¿Qué me viene Vd. con la probecita? ¿pues no se murió?
— Sí señor, pero...
— ¿Qué peros ni qué camuesas? ¿pues no la pagué el entierro?
— Sí señor, pero...
— ¡Qué peros ni qué demonios! Coja Vd. el portante.
— Sí señor: ya voy; pero... es que...
— ¿Es qué? ¡Reviente Vd.! que me ha metido en curiosidad.
— ¡Es que resucitó!
Clemencia y Pablo soltaron el trapo á reir en sonoras carcajadas; pero no así D. Martin, que se puso furioso.
— Oiga usted, so embrollona, gritó, ¿y me viene usted quizas á pedir para el cordero de Pascua de Resurreccion? ¡Pues qué! ¿no hay mas que hacer los pobres burla de esta manera de los ricos, que les dan el pan, que son su paño de lágrimas y sus padres? ¡Habráse visto bruja mas audaz! Como me llamo Martin, que si pudiese andar tan vivo como ántes, la echaba á Vd. de cabeza á la calle; y si ese sobrino mio no fuese tan mandria, ya deberia haberlo hecho.
La tia Latrana, que como sabemos era valentona, y no se dejaba fácilmente intimidar, repuso muy sobre sí:
— Pues sí, señor, resucitó; ¿y eso quién lo puede remediar? El méico dijo que habia sido un cincopiés (síncope).
— Vaya Vd. al demonio con cinco ó seis piés.
— Señor, dice el méico que se le ponga una docenita de sanguisuelas.
— ¡Una docena de culebras de vara y media!
— Señor, si no se le ponen, se muere de una vez.
— A bien que le tengo pagado el entierro.
— Señor, ¿la dejará su mercé morir?
— A bien que resucitará.
— Señor, eso es una falta de caridad.
— ¿Qué es esto, deslenguada? ¡Decirme á mí falta de caridad, cuando hasta adelantadas les tengo pagadas sus necesidades!
— Señor, no me entretenga su mercé; que las sanguisuelas urgen.
— Lo que urge es que se me quite Vd. de delante, y baje el gallo: ¡caracoles! que si fuese usted de alambre, no habria mejor cencerro en toda la campiña.
— Señor, si no me da su mercé el dinero para las sanguisuelas, tendrá sobre su conciencia la muerte de esa bendita.
D. Martin, que era violento y que ya estaba exasperado, cegó y no vió, como dice la frase espresiva y usual; cogió lo primero que se le vino á las manos, que fué un libro que habia estado leyendo Clemencia, y se lo tiró á la vieja diciendo:
— ¡So insolente! no diga la boca lo que pague la coca.
Pablo, que habia visto el ademan de su tio, se abalanzó á interponerse entre el proyectil y el blanco á que iba dirigido; de manera, que el libro que era voluminoso y estaba sólidamente encuadernado, le dió en la cabeza y le hizo una herida. La sangre corrió.
La vieja habia desaparecido.
— ¡Ay Pablo! ¡Pablo! esclamó Clemencia, precipitándose hácia su primo y estancando la sangre con su pañuelo.
— ¡Válgame Dios, Martin! dijo Doña Brígida con su grave y sereno acento; ¡cómo te dejas arrebatar por tu genio!
— ¡Mal hayan mis manos, y mal hayan mis prontos! esclamó consternado D. Martin. Pero, Pablo, santo varon, ¿á qué demonios te metiste por medio?
— ¿Pues no es mejor que todo se quede en casa, tio? respondió sonriendo Pablo, dulcemente conmovido por el interes que le demostraba y los cuidados que le prodigaba Clemencia.
— Que vayan por el médico, gritaba D. Martin. ¡Jesus! Pablo, hijo mio, ¿es cosa mayor? — Que cojan á esa vieja maldita y le den una paliza.—¿A qué te metes á campeon de brujas deslenguadas, Pablo de mis pecados? — Corred por el cirujano, hato de pazguatos, añadió dirigiéndose á los criados que habian acudido: ¡corred de cabeza!—¿Estais de vuelta? — A esa vieja maldita, colgadla por los piés. — Pablo, petate, ¿quién mete el dedo entre la cuña y el tronco?
— El pobrecito lo hizo para libertar á la tia Latrana, observó Clemencia llorando.
— Súmete las lágrimas, Malva-rosa, dijo D. Martin; mira que me apuras, y á él le vas á meter aprension.
— No, no señor, esclamó Pablo; esas lágrimas no me hacen mal, me hacen bien; pero lo que tengo no es nada; tranquilizáos, señor. — Clemencia, añadió á media voz, está pagada la sangre que derramo, y toda ella, con la prueba de interes que me has dado.
Pablo reclinó la cabeza, no sobre el hombro de Clemencia, sino sobre el hombro del criado que estaba mas cercano, y fué acometido de un ligero vértigo.
En este momento se acercó pausadamente Doña Brígida, trayendo en un cajoncito hilas, vendas y cabezales primorosamente doblados.
— ¡Ay madre! dijo Clemencia temblando y agitada, ¡se ha desmayado!... ¡Dios mio! ¿se irá á morir?
— No te aflijas, respondió la señora, esto es un efecto natural de la pérdida de la sangre; la herida ni es grande, ni está en mal sitio.
Llegó en esto el cirujano, que confirmó plenamente lo que habia dicho la señora, y se puso á curar la herida.
Volvia Pablo en este momento en sí, y abria los ojos; pero al ver á Clemencia arrodillada ante él con el rostro angustiado y cubierto de lágrimas, presentándole á oler su pañuelo empapado en vinagre, los volvió á cerrar, temiendo que al despertar se desvaneciese la celeste aparicion, cuya cercanía sentia, y cuyas lágrimas caian sobre sus manos.
— Ahora, dijo el cirujano, es preciso que se recoja y se le dé una sangria.
Se llevaron al paciente; Doña Brígida y Juana le habian precedido para aviar su lecho. Don Martin y Clemencia quedaron solos.
— Me cortaria la mano, dijo el primero, me la cortaria, sí ¡con tal que con el mismo cuchillo cortaran el pescuezo á esa maldita, remaldita vieja!
— No os apureis, padre, repuso Clemencia; pues dice el cirujano que no es cosa de cuidado.
— ¿Quién habia de pensar, prosiguió D. Martin, que esa cabeza de Pablo que yo creia mas dura que el peñon de Gibraltar, fuese mas tierna que una breva?
— ¡Pablo la cabeza dura, señor! esclamó Clemencia. Pablo, el mas condescendiente en su voluntad, Pablo, el mas pronto y apto á la comprension, ¿tener la cabeza dura? ¡Qué error, padre!
— Oye, Malva-rosita, quiéreme parecer que con la achocadura ha puesto Pablo contigo una pica en Flándes.
— Sí, sí, contestó sencilla y sinceramente Clemencia, no lo niego; lo que ha hecho es una noble y generosa accion.
— Malva-rosita, déjate de retumbancias, lo que ha hecho es una borricada. El dia aquel que se puso entre tí y el toro desbandado que se vino al camino, y le lió su capa en las astas, esa sí fué una guapeza de las que hacen los hombres de pro y los caballeros; pero salir á redentor de una pícara vieja desvergonzada, eso no lo hace sino D. Quijote de la Mancha, ó mi sobrino, que es cien veces mas Quijote que aquel.
D. Martin era de aquellos en cuya existencia entra la rutina, como primer agente motor; de esos que cuando una vez han hecho una cosa, la hacen todos los dias sin que se les ocurra hacer otra, y que cuando toman un tema lo siguen aunque su orígen haya caducado. Resultaba de esto que el tema que adoptó D. Martin en vista de la primera impresion que le causó su sobrino, habia llegado á ser inmutable, sin que el cambio que habia en Pablo llegase á modificarlo; y si le hubiesen querido demostrar que existia, habria dicho levantando los hombros: ¡Faramallas! ¿Me querrán hacer creer que pueda dar luces un eslabon de madera?
Antes de recogerse, fué Clemencia á saber cómo seguia Pablo.
— No podia descansar hasta verte, le dijo este; queria decirte que he cuidado de que la pobre por quien te interesabas, haya sido socorrida.
— Pablo, contestó Clemencia, no me habia vuelto á acordar de ella, soy franca; solo he podido pensar en tí, y en que estarás sufriendo por la generosa accion que has hecho, y esta idea me quitará el sueño.
— Pues duerme, Clemencia, tranquila y plácida como el arroyo entre flores, porque cree que nunca he pasado una noche mas dulce que la que voy á pasar.
Clemencia, sin esplicarse el por qué, salió del cuarto de Pablo intranquila y disgustada.
CAPITULO VII.
El interes que Clemencia habia demostrado á Pablo y el calor con que ensalzó su accion, despertaron en D. Martin un pensamiento, que él mismo estrañó no haber tenido ántes: y era el de unir á su hija y á su sobrino.
Pensó que Pablo, — á quien en el fondo queria y preciaba, — Pablo que era un Guevara, que era un gran inteligente en cosas de campo, que tenia buen carácter y escelentes costumbres, Pablo que iba á ser su heredero, era el hombre indicado y mas á propósito para hacer una buena suerte á su Malva-rosa. Consideró tambien que era tiempo de pensar en poner esto por obra, en vista de que si su hermano el Abad y él llegaban á faltar, quedaria su hija sola y desamparada en los mas bellos años de su vida. Lo que mas le halagaba en todo este plan que trazó, fué que Clemencia no se separaria de él; esta razon en que entraba su egoismo, pesaba cien arrobas.
D. Martin era pronto en sus resoluciones y espeditivo en su ejecucion. Así sucedió, que á los dos dias, habiendo salido su mujer por haberle avisado su prima la monja que tenia locutorio, dijo D. Martin á Clemencia:
— Ven acá, Malva-rosita: apropíncuate; que tengo que decirte. Há mas de seis años que murió tu marido. ¿No es así?
— Sí señor, contestó Clemencia, á quien este recuerdo impresionó triste y amargamente.
— Cuentas mas de veinte y dos años, y es preciso que pienses en tomar estado, pues al fin no te has de quedar viuda toda tu vida como las de tu jardin.
— Señor, contestó angustiada Clemencia... ¡por Dios!... ¡no penseis en eso! ¿Cómo ni dónde estaré yo mejor y mas contenta que á vuestro lado y al de mi tio?
— ¡Sí! el uno un pochancla y el otro una maula. ¡Buen par de potalas! ¡Buen par de tutelas! El dia ménos pensado cerramos el ojo, y te hallarás sola como el espárrago.
— Señor, ¿no me habeis dicho tantas veces que un alma sola, ni canta ni llora?
— Sí, pero ahora es tiempo de que cante, Malva-rosita.
Clemencia quedó tristemente sobresaltada: nunca se le habia presentado la idea de la falta de sus padres y de su tio. Los jóvenes, por fortuna, nunca piensan en la muerte de los viejos cuando los aman: así fué que calló, pues no se le ocurria qué contestar. D. Martin prosiguió:
— Quiero yo tener el gusto, cuando me muera, de dejarte amparada por un hombre de mi satisfaccion; y ninguno hallo que para ello mas á propósito sea que Pablo, cuyas circunstancias todas son á pedir de boca, á lo que se une la conveniencia de que no nos separaremos, y seguiremos viviendo juntos. ¿Qué dices á eso, Malva-rosita?
Clemencia aturdida y consternada callaba.
D. Martin no alcanzaba que las continuas burlas que hacia de Pablo, si bien podrian no haber impresionado á juicios superiores, y por lo tanto independientes, como lo era el de su hermano el Abad, debian por precision haber influido desfavorablemente en un juicio dócil y juvenil como el de Clemencia.
— ¿No te entra por el ojo el gachon? preguntó sonriendo su interlocutor: ¡ya se ve! mi hijo era mejor mozo; pero este te ha de dar mejor vida. Desengáñate, Pablo es un hombre como son los hombres, un hombre honrado; y quien dijo honrado, dijo caballero. Sabes que dice el Abad, que para tí es un oráculo, que es Pablo una prenda. ¿Qué le hace que no sepa estirarse los picos de la tirilla, hacer el rendibú á la francesa, que no se ponga potingues en la cabeza, ni se eche perfumes en los pañuelos como los mirlifiques de la ciudad, hato de monos, que mas miran en el espejo su repulida persona, que no á las buenas hembras; chisgarabises, que todos quieren ir á mangonear á las cortes,—¡por via de sanes! — sin tener donde caerse muertos, ni saber dónde tienen las narices? ¿Acaso crees tú, chiquilla, que aquellos arrapiezos, pollos piones, harian mejores maridos que Pablo?
— No, señor, padre; nunca he opinado eso, repuso Clemencia, porque nunca he pensado en novios ni en casamiento.
— Niña, eso no es razon; pues la mujer necesita sombra: cuando te falte la mia, quiero dejarte un árbol que te la dé buena. Sépaste que la mujer sola es como hoja sin tronco; el hombre solo es como árbol sin hoja. Si bien á Pablo le falta mucho para ser un real mozo, á bien, Malva-rosita, que te casaremos á la oracion; y que de noche todos los gatos son pardos.
Clemencia, que vió que su suegro se iba á esplayar en un terreno en que su elocuencia era clara como el agua y verde como el apio, se apresuró á interrumpirle diciéndole riendo:
— Padre, casamiento y mortaja, del cielo baja: ¿porqué os ha dado hoy por pensar en el porvenir, que no apremia? Tiempo hay para pensar en eso.
— Pues qué, ¿acaso quieres, niña, que sea tu casamiento como el del tio Porra, que duró treinta años y no llegó la hora?
— ¿No me habeis dicho siempre: Antes que te cases, mira lo que haces?—¿Porqué de repente quereis que me case? ¿Porqué os habeis metido hoy de repente á casamentero?
— ¡Tómate esa y vuelve por otra! esclamó D. Martin. ¿Porqué?... Porque soy tu padre, tio de aquel, dueño de mi caudal, y quiero saber en qué manos le dejo; que deseo sean precisamente las vuestras. Te hablo de casamiento por mirar por tu conveniencia, y porque ese casamiento es vuestro bienestar mutuo; lo digo porque lo deseo, y porque no te has de pasar toda tu vida sola como el espárrago.
La pobre Clemencia estaba llena de angustia; sentia un escesivo alejamiento respecto al enlace que le proponian; pero echándose en cara ese inmotivado sentimiento de desvío como un capricho poco cuerdo, como una indocilidad sin disculpa, contestó la suave jóven:
— Cuanto me pidais haré á ojos cerrados.
— No á ojos cerrados, no, hija, no; que quiero que los abras como soles para ver todas las ventajas de esta boda; y que te convenzas de que maridos como Pablo, no se hallan así como así. El corazon de un rey, la sangre de un príncipe, el caudal de un duque, é ainda mais, la cabeza repulida como un guante, que así se la ha puesto mi hermano; ¿qué mas quieres, Malva-rosita? ¿Acaso otro verso suelto como mi hijo?
— No quiero mas que daros gusto, padre, contestó Clemencia.
— Mi gusto es lo que te conviene, gachona: así, queriendo mi gusto, quieres tu bienestar.
Fuése Clemencia poco despues á su cuarto, donde se puso á llorar amargamente entre sus flores y sus pájaros. Pensó en confiarse á su tio; pero se detuvo considerando que aquel escelente hombre querria impedir un enlace que ella repugnaba, y que eso disgustaria á su padre.
D. Martin estuvo tan campechano y dichero como siempre durante la comida, en la que apareció Clemencia pálida y con los ojos caidos, de haber llorado; pero nadie lo notó, escepto Pablo, que se decia dejando intactos los platos que le servian:
— ¡Ella llorar! ¿qué tendrá?... Dios mio, ¿la habrán afligido?
No se atrevió á preguntárselo, ni Clemencia advirtió que Pablo hubiese notado su mutacion; pues abstraida, ni una vez fijó en él su vista.
Todo esto pasó por alto á D. Martin. Los egoistas son malos observadores. Y D. Martin, ademas de tener esta circunstancia, era de la falange de los que se obstinan en que al son de su música se baile. Cuando estaba de mal talante, cosa que muy rara vez sucedia, y nunca sin causa (en vista de una preciosa calidad peculiar á los españoles, la que no se celebra como merece, ni se le da el valor que tiene, y que es la igualdad de humor, la paridad del temple de cada dia); cuando estaba, decíamos, este señor de mal talante, pegaba sendos bufidos á troche y moche, y hostilizaba la risa; por el contrario, cuando estaba de humor risueño, ó de chacota como él decia, habian todos de estar alegres y reirse, aunque se le hubiese muerto á alguno su padre el dia anterior.
— Pablo, dijo, quiéreme parecer que estás desganado, hombre.
— Sí señor, contestó este; y para satisfacer de una vez la curiosidad de su tio, añadió: es porque tomé un toston en la hacienda.
— ¿Un toston tomaste? ¡Vaya por los muchos que me das á mí! ¿Quién está allí de molinero?
— Francisco Perez, señor.
— ¿No te dije que no le admitieses? ¿Por qué le tomaste?
— Porque era injusto no hacerlo.
— No me gusta que se me enmiende la plana; y te he advertido que á ese no le ha de entrar la manía por escrúpulos.
— Señor, Francisco Perez es honrado, y respondo de él: ademas sabeis que recibe y entrega por cuenta la maquila.
— Sí, sí, fíate y no corras; de lo contado come el lobo y anda gordo. Ademas, no quiero gentes de Villamartin.
— ¿Por qué, señor?
— Porque son todos unos zoquetes, unos cuacos.
— Esa es una preocupacion vulgar, señor.
— ¡Miren qué palabras tan relamidas! Tus letradurías me huelen á discurso ó arenga; te se va poniendo la boca tan repulida, que estoy para mí, que dentro de nada vas á fumar caramelos en lugar de tabaco. ¡Pues qué! ¿no sabes lo que les pasó á los de Villamartin en una ocasion en que dispusieron unas corridas de toros de respeto, como Dios manda, con sus picadores, sus espadas y su cuadrilla de banderilleros? Lo malo fué que no tenian mas que un caballo, que era una sardina. Mal que bien pasó la primera funcion; pero á la otra tarde se arremolinó la gente, y se amotinó pidiendo á voces otro jaco; que no querian que montasen los picadores en el esqueleto de la tarde anterior. ¿Qué hace el encargado? Anuncia que saldrá un buen caballo tordo; y al jaco, que era negro, cogió un cubo de cal y lo encaló, con lo cual todos quedaron tan contentos y satisfechos, y los chalanes dijeron que el caballo tordo valia sus veinte doblones mas que el negro. — Juana, prosiguió sin pararse D. Martin, díle á la guisandera que esos conejos dan en la nariz, que es mal camino para la boca. Estos descuidos son porque tiene novio; díle que lo sé, y que á dos amos no se puede servir á un tiempo; que asna con pollino no va derecha al molino; hazle saber que se deje de devaneos y laberintos, ó se vaya con la música y el almirez á otra parte. Pablo, hijo... no comes: ¿te duele la herida?
— ¡Qué! no señor, ¿quién se acuerda de la herida?
— Yo;... para sentir habértela hecho. ¡Maldecida vieja! Con esa lengua de hacha ¿no se ha puesto á decir que yo era D. Pedro el Cruel, que la habia querido matar despues de llenarla de indultos, segun su espresion?
— No digas lo que quieras, y no oirás lo que no quieras, Martin, dijo Doña Brígida; pues muchas cosas se siembran y se suelen perder; pero el pejugal de la lengua no se pierde nunca. Si no gastaras razones con esas atrevidas, no tendrias que incomodarte con sus insolencias.
— No señora. ¿Yo callar? ¡eso no! Yo tengo la lengua para escoba de mi corazon; sobre el que nada quiero: así ha sido desde que nací, y hasta que me muera ha de ser así. El otro dia me la encontré con la tia Machuca y la tia Carrasca.
— Las tres Marías, esclamó riendo Clemencia, pues las tres llevan ese nombre.
— Sí, las tres Marías, repuso D. Martin; María Satanas, María Barrabas y María de todos los diablos. Pues ¿querrán Vds. creer que me vino á pedir la baratera esa? Pero no tuve mas que mirarla, y ¡qué ojos no la echaria yo, cuando la monfí esa se zurró y se mudó un poquillo! Les tengo odio y mala voluntad á la Latrana, á la Machuca y á la Tarasca, que son tres personas distintas y una sola indinidá.
— Hermano, dijo el Abad, dice Chateaubriand que el odio que tenemos á los demas, nos es mas perjudicial á nosotros mismos que á ellos.
— Por demas lo sé, repuso D. Martin, sin que tenga que enseñármelo un gabacho: así es que habia de dar veinte pesos porque la tia Sátira esa me aborreciese; y otros veinte daria porque ella me hiciese gracia á mí. Tú, hermano, que ruegas todos los dias por la estirpacion de las herejías, porque son tus enemigas, déjame á mí rogar por la estirpacion de las viejas zafias que lo son las mias.
— Martin, no hables tanto en contra de las viejas; que yo lo soy, dijo pausadamente Doña Brígida.
— Señora, contestó D. Martin, para mí es Vd. hoy tan real moza como lo era el dia en que me casé.
— Pues para mí eres un anciano, Martin, repuso su mujer; y como estos me agradan, has acertado en envejecer.
— Pues, señora, así todo está bien y al gusto del monarca; y yo mozo ó viejo, siempre dispuesto á hacer lo que me mandeis, contestó el galante marido. Pablo, hombre, ni bebes ni comes: no parece sino que te han dado garrote. ¡Mire Vd. eso... que digiere tantos libracos, y no puede digerir un toston! Cada vez que recuerdo aquel comer infinito tuyo... Pues eras hondito para engullir: tanto que solia decirte yo: coma Vd. señor Vicente, pero cuidado que no reviente. ¡Y ver que ahora no te comes en una semana lo que entónces te comias de una sentada!...
— Martin, dijo Doña Brígida; cuando tanto comia Pablo, era en las temporadas que nos venia á ver; de esto hay diez años; entónces estaba creciendo; y es sabido que cuando crecen, comen mucho los muchachos.
— Y cate Vd. ahí por lo que creció como la yerba; que crece de noche y de dia, dijo D. Martin.
— Ello es que en todo te has de meter, Martin; hasta en si comen mas ó ménos las personas sentadas á tu mesa.
— Señora, es porque la boca española no se puede abrir sola; y no me gusta comer con gentes que tengan enginas: no me sabe la comida con tanto desganado. Mas á gusto comia yo cuando Pablo se ponia á engullir, que era menester silbarle para que parase. Entónces tambien dormia el sueño de San Juan, que duró tres dias; y mas profundo que una sima; de manera que eran menester los clarines de la ciudad para dispertarlo: ahora trasnocha con los libracos, ¡por via del atun salado! Si fuera siquiera por una buena moza...