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Clemencia: Novela de costumbres cover

Clemencia: Novela de costumbres

Chapter 24: CAPITULO IX.
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About This Book

The novel portrays the household of a widowed marchioness who brings a niece from a convent to live with her two contrasting daughters: a reserved, proud elder and a lively, coquettish younger. Domestic life, neighborhood gossip, and the foibles of servants are depicted in detail, revealing petty vanities, hypocrisy, and the coexistence of sincere virtue and self-interest. Through episodes of family tension, social maneuvering, and moral observation, the work sketches local customs, gender expectations, and class manners with ironic sympathy and vivid domestic detail.

— Señor, dijo Clemencia interrumpiendo á su suegro, ¿con que creeis de veras que el leer sea anti-estomacal?

— Por supuesto, Mari-sabidilla, respondió Don Martin; lo que es á tí, te voy comprar un birrete de doctora como el de Santa Teresa, con el que estarás mas bonita que lo que está aquella en el altar. Siempre he dicho yo que los encuadernados roban el calor al estómago. Pues mira, Pablo, ¿á que con tanto quemarte las pestañas sobre los que visten de pergamino, no sabes una cosa que te tenia mas cuenta saber, que no lo que enseña el estudio de lo fino?

— ¿Y qué cosa es esa, señor? preguntó Pablo.

— Lo que aprovecha mas á la tierra que bendicion de obispo.

— Será la de Dios.

— Calla, hombre, que lo que se platica es de tejas abajo.

— No caigo, tio.

— ¿No lo dije? ¡Maldita la cosa que sirve el atragantarse de latines, ni hincharse de términos curruscantes!

— Hermano, dijo el Abad, esta pregunta tuya me recuerda por su analogía el lance acaecido á un quinto valenciano, que habiendo llegado á una ciudad, entró en la primera tienda bien alumbrada que se le presentó, que acertó á ser una botica. ¿Qué se vende aquí? preguntó. — De todo, contestó el boticario. — Pues sáqueme Vd. unas alpargatas, dijo el quinto.

— ¡A ver! ¡á ver! esclamó riéndose D. Martin, ¡á ver el señor Abad, cómo se nos viene con un chascarrillo! Vaya, me alegro, hermano, de que la sangre andaluza no te se haya latinizado en las venas. Lo que natus es, negar no potes; que yo tengo para una ocasion un latinajo en conserva.

Pablo y el Abad se echaron á reir.

— ¿Qué? ¿no está bien dicho? preguntó D. Martin; pues yo así lo he oido decir; desde entónces acá habrán sacado latines mas pulidos, no me opongo. Pero hágote saber, hermano, que á Pablo le tiene mas cuenta y le vienen mejor las alpargatas del quinto, que no los potingues del boticario. Así ten entendido, Pablo, y no lo eches en saco roto, que para la tierra, lo que vale mas que bendicion de obispo, es majada de oveja. Hermano, esto es un decir, un ponderar; no vayas á tomarme á censo lo que digo, ni por donde quema.

— Ya sé, ya sé, Martin, respondió el Abad, ¿acaso piensas que me iré yo á escandalizar por las cosas que no llevan malicia? Eso queda bueno para los fariseos, hermano.

CAPITULO VIII.

Pablo no pudo dormir aquella noche. ¡Tenia tanta inquietud!... Sentia hácia Clemencia una compasion tan profunda y tan tierna, y hácia el que pudiese ser causa de sus lágrimas, ¡una ira tan vehemente!

Pero al dia despues todo se le aclaró, cuando su tio llamándole á su despacho, le habló en estos términos:

— Pablo, hombre, tienes veinte y ocho años y ojos en la cara.

— Sí, señor, uno y otro, — contestó Pablo, que era grave, sonriendo friamente como solia hacerlo, oyendo las salidas y chistes de su tio que no siempre le hacian gracia, sin que por eso le ofendiesen, aunque le fuesen hostiles; porque á un genio angelical unia Pablo sobre su tio la inmensa superioridad física y moral de la juventud y de la inteligencia.

— Pues si así es, prosiguió D. Martin, no te parecerá mi Malva-rosa costal de paja, ¿eh?

— ¡A mí! esclamó Pablo, pasmado de la pregunta.

— Pues, sobrino, ahora es el caso de decir aquello del mas ruin de la manada... aceitera... aceitera... porque he pensado que os caseis; y así todo se queda en casa.

Pablo se quedó estático. Nunca semejante felicidad le habia pasado por la imaginacion. Su corazon latió con un goce indecible; pero de repente pararon estos latidos tan dulces, porque penetró en seguida con la lucidez de su entendimiento y la modestia de su carácter, que las lágrimas que habia vertido Clemencia, no tenian ni podian tener otro orígen que la repulsa que una propuesta semejante hecha por su tio, le habria causado; y para cerciorarse preguntó á este:

— Pero señor, vuestro proyecto podria no agradar á Clemencia: ¿acaso sabeis lo que diria?

— Lo sé, señor mio, contestó D. Martin: lo primero que hice fué decírselo á ella.

— ¿Y qué respondió? preguntó Pablo con ansia.

— ¡Toma! ¿qué habia de responder? que sí. ¡Pues qué! novios como tú ¿se hallan acaso detras de la puerta? El mayorazgo de la casa de Guevara, aunque no sea muy bonito que digamos... ¿tiene que temer un no? Ademas mi Malva-rosa sabia que yo lo deseaba.

— ¿Y ha dicho que sí? insistió Pablo.

— ¿Hablo estranjis, mi amigo? Ya te he dicho que se lo dije primero, pues en cuanto á tí, ya sabia que no me habias de decir que no.

— Pues siento decíroslo, tio, — dijo Pablo en tono sereno y decidido; — pero os habeis equivocado.

No le es dado al artista mas hábil característico, dibujar una cara en que mas marcada y enérgicamente se pintase el asombro, que lo fué en la de D. Martin al oir á su sobrino.

Ambos quedaron largo rato callados. Pablo como el prudente marino, que en el momento de calma que precede á la tormenta, arría las velas que sujeta, para prepararse así á sufrir la borrasca sin resistir ni ceder, se armó á la vez de paciencia y de firmeza. ¡Pobre Clemencia!... pensaba; ¡ángel que se sacrifica con una sonrisa, á un deseo que respeta; y llora sin mas testigos que sus flores que se marchitan al verla llorar! No seré yo el que abuse de tu condescendencia, porque eres sumisa; que oprima tu voluntad, porque eres dócil, ni avasalle tu libre albedrío porque eres débil! ¡No! siempre tendrás en mí quien te defienda con firmeza, aunque sea contra mi mismo corazon.

— ¡Qué! esclamó al fin D. Martin, ¿tú rehusas una Ponce de Leon, á la viuda de tu primo, mi hija, con veinte y dos años, el parecer de una Santa Rosa, y las virtudes de una Santa Rita? ¿Y porqué?

— Señor, tanto ó mas que vos reconozco los méritos sobresalientes de Clemencia; y es á punto que estoy persuadido que merece ser unida á un hombre que valga mas que yo.

— ¡A otro perro con ese hueso! ¿Me querrás hacer creer que desechas el plato que te se brinda, por demasiado bueno, y la boda que te se propone, por demasiado ventajosa? ¡Anda, déjate ir!... que malo seas y bien te vendas.

Pablo titubeó un momento sobre lo que habia de decir: sabia que su tio no habia de apreciar ni admitir la verdadera razon, que le llevaba á rehusar; y no hallando otra que dar, dijo lacónicamente:

— Señor, ello es que no me puedo casar.

— Pero... ¿porqué? Las cosas claras. ¿Porqué?

— Tengo mis fundados motivos, tio, y deseo que no me los pregunteis.

— ¿Estás quizas, sin yo saberlo, mal entretenido?

— No señor, esclamó con vehemente sinceridad y marcado hastío, Pablo.

— ¿Estás quizas enfermo?

Pablo se detuvo un momento, y luego contestó:

— Creo que sí, señor; y si no lo estoy, estoy aprensivo. Sabeis que mi hermano murió del pecho; no creo que tampoco el mio sea fuerte; y los médicos me han aconsejado que no me case hasta robustecerme, pues me espondria á que mis hijos naciesen débiles y enfermizos.

— ¿Y qué Galenillo te ha dicho semejante mormajo?

— Un facultativo de Sevilla.

— Pongo mis narices á que será un homeopato ó un homeoganso.

— Es, señor, un médico de gran saber y esperiencia, sea cual sea su sistema.

— Pero... ¿tú, qué sientes? preguntó D. Martin, que era un antagonista de mano pesada.

— Señor, — contestó el pobre Pablo, fatigado con la insistencia de su tio, y no pudiendo ya retroceder: — no me siento precisamente malo; pero tampoco enteramente bueno: estoy caido, alguna vez me siento débil, otras tengo el pecho oprimido y penosa la respiracion.

— ¡Débil! esclamó D. Martin. ¡Por via de Chápiro Valillo! ¡Un angelito que derriba una res como un castillo de naipes, y doma y amansa un potro cerril como si fuese un burro derrengado! ¡Débil tú!... cuando estoy para mí que si te se antoja zamarrear una de las columnas del patio, quedamos todos aplastados como los Filisteos!

— Señor, mi hermano domaba potros y derribaba reses, y murió ético. Me han prescrito un régimen preventivo.

Pablo ocultaba que habia sido este mal de su hermano originado por un golpe que recibió en el pecho cayendo del caballo.

— ¡Régimen!... ¡Ponerte tú que eres un Bernardo, en cura! ¡El demonio se pierda! ¡Pues qué! ¿no sabes que camisa que mucho se lava y cuerpo que mucho se cura... poco dura?

— Señor, considerad, dijo Pablo con firmeza, que en ninguna cosa debe el hombre someterse ménos á sugestiones ajenas que en punto á su casamiento.

D. Martin calló; no estaba convencido; pero por otro lado no concebia que pudiese existir otro móvil para la estraña conducta que observaba Pablo.

— ¡Vea Vd., — pensaba, — un moceton como un trinquete, un jastial como un loma, un gran largo como un pino, darla de enclenque y echarla de Licenciado Vidriera! Meterse en la chola que está ético, con unas espaldas como una plaza de armas, y un pecho como un palomo buchon! ¡Tal manía! Aquí hay intringulis. ¿A qué le quito las aprensiones, le saco la puya al trompo y se descubre el busílis?

Y así el despótico y obstinado señor volvió al combate con nuevas armas.

— Yo habia pensado, dijo, que de la manera que te he indicado se arreglaria todo lo perteneciente á mi herencia. Pero puesto que ahora salimos con que tú, que yo creia robusto como un roble, tú que yo creia un Bernardo, eres un sibibil, estás achacoso como una monja, aprensivo como una vieja, y no puedes tomar estado por temor de que los hijos que tengas sean unos cangallos, ten entendido que siendo Clemencia mi nuera, á quien quiero como á hija, le dejo, — por justicia que á ello me obliga, y por cariño que á ello me induce, — no solo cuanto libre tengo, sino la mitad del mayorazgo, de la que por la ley de ahora puedo disponer.

Pablo respiró libremente al ver la cuestion traida sobre este terreno.

— Tio, señor, esclamó con espansion, nada mas justo, natural y debido. Si no hubieseis pensado en ello, yo os lo habria recordado, y os hubiese rogado que lo hicierais.

Léjos de apreciar la generosidad que demostraba la respuesta de Pablo, D. Martin ya contrariado, y ahora vencido hasta en sus últimos atrincheramientos, se encolerizó creyendo que el despecho llevaba á Pablo á hacer alarde de una indiferencia despreciativa por la herencia que debia dejarle; así fué que le dirigió exasperado esta amenaza:

— Es que quizas me sea fácil, hoy que todo anda manga por hombro, sacar cédula real para dejárselo todo.

— ¡Ojalá y lo hagais! respondió Pablo con una benévola sinceridad que dejó á D. Martin confundido, puesto que no sospechaba el móvil de la conducta de su sobrino, y que aun dado caso que lo hubiese sospechado, no lo habria creido, no alcanzando á comprender el buen señor que por amor se renunciase al amor.

— Mira, Pablo, le dijo levantándose colérico é indignado, yo no te creia muy cuerdo, ni aun despues de las tragantadas de latin que te echas al coleto por receta de mi hermano; pero no te creia, ¡vive Dios! tan animal. Atente á las resultas; pues quien bien tiene y mal escoge, por mal que le venga, no se enoje.

Diciendo esto se salió bufando.

D. Martin por primera vez se halló apurado; no sabia cómo salir del paso y desengañar á su querida Clemencia. Era tal el encanto que su Malva-rosa ejercia sobre él, que se estrenó á los setenta y ocho años á callar algo por delicadeza, pues este algo era un desaire á su hija; pero este asunto de por sí tan irritante, herméticamente encerrado en su pecho, le ahogaba, le agitaba, le ponia fuera de sí, y le hacia exhalar su bílis contra Pablo, cuando se hallaba solo, en estos términos:

— ¡Yo un entripado!... ¡En mi vida me he visto en otra! ¡Y por causa de Pablo, de ese mostrenco, mas fornido que un canto, mas robusto que un roble: ese aprensivo del diantre, que se cree á puño cerrado, porque se lo ha dicho un Galenillo, que sus hijos van á heredar un mal que el padre no padece! Su padre siempre fué mas rudo que una carrasca; y lo mismo es el hijo; hizo mil barbaridades, y lo mismo hace el hijo; pues sabido es que por donde la cabra salta, salta el chivo. ¡El demonio se pierda! ¡Si esto no se puede creer! ¿Si será que no le gusta mi niña? ¡Qué! eso no puede ser; seria preciso que en lugar de ojos tuviese cristales en la cara; y en lugar de corazon tuviese una teja en el pecho! No, nada: es que erró su vocacion, que debia ser la de fraile mendicante, ya que ni quiere mujer ni quiere herencia.

Las personas amigas de ceder, ó por complacencia adquirida, ó por buena inclinacion natural, corren el riesgo en este pícaro mundo en que de todo se abusa, de que esto se haga con su condescendencia, y que se llegue á mirar como imposible, ó al ménos se tache de insubordinacion, el que en circunstancias dadas, cuando á ello les obliga su conviccion, se opongan á la voluntad ajena; y si alguna vez quieren hacer valer el derecho á su personalidad, se grite como si ese derecho fuese una usurpacion.

Por su parte, viendo Clemencia que su padre nada decia, esperaba que habria desistido de su intento, y en su corazon, con la esperanza de que así fuese, renacia la alegría. Nunca sospechó que hubiese podido rehusarla Pablo; tanto á causa de aquel secreto instinto de las mujeres, que aun cuando les contraríe, les avisa la impresion que causan, como porque juzgaba un imposible el que se opusiese Pablo á la voluntad de su tio.

D. Martin al cabo de quince dias, volvió á hablar con su sobrino, á quien halló tan firme y tan decidido en su negativa como la vez primera. Entónces dijo á su nuera con esa delicadeza que enseña el verdadero cariño:

— Malva-rosita, vi que mi proyecto no te agradaba: así no hablemos mas de eso. No te separes de mí; en lo demas, haz tu real gana; que cuando yo falte, no tengas cuidado...

— ¡Oh, padre! esclamó Clemencia, llenándose sus ojos de lágrimas.

— No digo que no me sientas; ya sé que me sentirás. Pero, hija mia, los viejos tenemos que ir por delante, y los duelos con pan son ménos; así es, que te ha de quedar—¡por vida mia! — para que arrastres coche.

— ¿Yo coche, señor? Si los aborrezco, lo sabeis. No, no penseis en eso.

— Pues será para moños.

— Señor, sabeis que no me gustan.

— Pues para brocados, como te mereces.

— Señor, Calderon dice: el cuerpo lo viste el oro, pero el alma la nobleza.

— Pero no dice, y debia decirlo, que el alma vestida de nobleza está mejor en un cuerpo vestido de oro, que no en uno vestido de guiñapos, ¿estás, Mari-sabidilla?... qué te nos vienes con testos de escritura. Así tendrás dinero, y lo tendrás, sí, para otra cosa no, para echarlo por la ventana. ¿Si tendré yo, añadió entre dientes, que cargar con mi herencia para el otro mundo? ¡Caracoles!

CAPITULO IX.

D. Martin, no pudiendo contenerse por mas tiempo, le dijo un dia que estaban solos, á su mujer:

— Brígida, mujer, ¿querrás creer que habia pensado que ese zonzon de Pablo se casase con la niña, y que esta puso mala cara cuando se lo dije, y que ese menguado, desamoretado, frondío, que nunca está en sazon, ha dicho que no?

— Hubiéraslo pensado, Martin, contestó esta.

— ¿Y porqué?... ¿me querrás decir?

— Porque si hubieran querido casarse, se les hubiese ocurrido á ellos ántes que á tí, Martin.

— Es que la gente moza no piensa en la que les tiene cuenta.

— Mas vale así, Martin; nunca debe el interes, y ménos en la juventud, guiar nuestras inclinaciones.

— Siempre tiene mi hermano, que está metido en Dios, la férula en la mano contra el interes; el redicho de Pablo, que es su monaguillo, dice lo propio; Malva-rosa, que es tan niña como si hubiese nacido ayer, y no piensa sino en sus flores, canta lo mismo; y ahora dices tú lo propio. Oye, ¿si seré yo interesado sin saberlo?

— No, Martin, no lo eres; pero quieres que otros lo sean. Déjate de intervenir en vidas ajenas, y acuérdate que casamiento y mortaja, del cielo baja.

— Si por tí fuera, mujer, repuso D. Martin, habian de andar los coches sin cocheros y los barcos sin pilotos.

— Mal dices, Martin; pues cada cual tiene en sí su piloto, que es su conciencia.

— Esas son teologías, mujer. ¡Mire Vd... conciencias! Eso es como si trajeses al sol para quemar un mosquito; ello es que:

Lo de mi casamiento
Parece cosa de cuento;
Miéntras mas se trata,
Mas se desbarata.

Y nadie sabe lo que lo siento, pues es todo mi deseo.

— Pues, Martin, no insistas, ni quieras quebrar voluntades; desiste, y el hueso que te cupo en parte, róelo con sutil arte.

— Señor, dijo entrándose de repente la tia Latrana, vengo de ver el cebadal de su mercé. ¡Qué hermoso está! No parece sino que lo han regado con agua bendita. Ya se va encerando; cada espiga tiene un jeme; me dolia la boca de dar gracias á Dios; ¡hasta lloré!... Venia tan contenta, que ni un perro harto de carne.

— Vamos presto; ¿qué me viene Vd. á pedir? dijo D. Martin.

— ¡Ay señor! vengo de muy léjos.

— ¡Qué bien estaba Vd. allí! Mire Vd. que el mucho andar trae el poco andar.

— Señor, la necesidad hace á la vieja trotar.

— ¿Y para qué trota Vd. tanto, Vd. que parece andando un loro viejo, y á la que puede caer la sombra de un coche?

— Porque mi sobrina está de parto.

— Vaya Vd. por la comadre, que es lo derecho.

— ¡Ya!... pero señor, es preciso ponerle un pucherito, y cristianar á ese morito que se entra por la puerta sin que lo llamen.

— Diga Vd. al cura que yo salgo á todo, y á Andrea que dé á Vd. garbanzos y tocino para los pucheros, y aléjese tan presurosa como ha venido.

— La mitad será para mí; que mas cerca están mis dientes que mis parientes. ¡Si viera su mercé qué mala está mi hacecilla de cebada! No tiene espigas, sino espigorrillos.

— ¿Cómo puede ser eso cuando el año va, que no parece sino que tienen los labradores en la mano al sol y á las nubes?

— Pues ahí verá su mercé, Señor D. Martin; el tiesto de Inés se secó lloviendo; al que es desgraciado, mal sobre mal, y piedra por cabezal. Así... iba á pedir á su mercé si me queria emprestar para mercar un cochinito, para criarlo y ver así de remediarme.

— ¡Caracoles! ¿todavía quiere Vd. mas? Parece la boca de Vd. un lechuzo: mire Vd. que es preciso valor para ser tan pedigüeña!

— Señor, dijo la tia Latrana, haciendo á guisa de sonrisa una mueca que puso en contacto su barba y su nariz — á quien de miedo se muere (con perdon de su mercé) con moñiga le hacen la sepultura. Ademas, señor, al desdichado le vale poco ser esforzado, prosiguió volviendo á su tono natural: lo que sucede es que mirais lo que bebo, y no la sed que tengo. ¡Vaya! présteme su mercé para el gorrinito; que quien bien hace para sí hace.

— ¿Qué habia de prestar?... ¡Prestar! ¿Acaso me ha pagado Vd. los dineros que le presté para el habar del año pasado?

— Señor, y si no tengo mas que la casa, ¿qué hago? ¿Le tiro un bocado? Pero si me da su mercé el cochinito, lo criaré muy gordito, y el año que viene podré pagar á su mercé y remediarme.

— Va, va.. ¿aun no ensillámos y ya cabalgamos? yo no quiero que Vd. me pague, sino que no haga mas deudas; y mire Vd. que puerco fiado gruñe todo el año.

— ¿Señor, y los probes qué hemos de hacer? no hay hombre sin hombre. Señor, mire su mercé que dice el refran: Entrañas y arquetas á los amigos abiertas; y mas que sea su mercé rico y un usía muy considerable y de los nombrados, y yo una probe desdichada, soy su amiga, señor... que todos somos hijos de Eva por la carne, así como hijos de Dios por el alma.

— ¿Y me la ha de dejar Vd. en paz hasta que mate el cochino?

— Sí señor, sí señor.

— ¿No he de ver esa cara de Vd. mas fea que el no tener?

— No señor, no señor.

— ¿Y no he de oir esa voz tan desentonada y recia, que parece que está Vd. hueca?

— No señor, no señor.

— Pues dígale Vd. á Miguel Gil que le de un gorrino de cuatro meses, y eche á correr mas súbita que chispa de carbon de fragua.

— Señor... ¡Dios se lo pague y se lo dé de gloria! No, mentira; un señor mas bendito que su mercé no lo hay en el mundo, dijo alejándose la vieja.

— Sí, sí; bien canta Marta cuando está harta, le gritó D. Martin.

En este instante fué interrumpido por Miguel Gil que llegaba azorado.

— Señor, gritó, el cortijo de la Mata está ardiendo.

— ¿Qué es lo que arde? preguntó D. Martin.

— Las mieses.

— ¿Han sacado los ganados?

— Sí señor.

— ¿Y los aperos?

— Tambien.

— ¿Le has avisado al señorito?

— Va para allá que vuela.

— Pues ya todo está hecho, dijo D. Martin volviendo á su calma; ahora, sea lo que Dios quiera.

Las criadas habian acudido, y la señora se habia puesto á rezar á San Lorenzo, abogado del fuego.

Al cabo de una hora entró Pablo: sus vestidos estaban quemados; sus manos abrasadas, su cabello chamuscado, su semblante ardia.

— ¿Se apagó el fuego? preguntó D. Martin.

— Sí señor, contestó Pablo.

— ¿Se ha salvado algo?

— La mitad de vuestras mieses; las de los pobres á los que dais tierras, se les han quemado todas.

— ¿Saben que son las suyas? preguntó el rico mayorazgo.

— ¡No lo habian de saber, señor! Todos acudieron, y su dolor parte el corazon.

— Pues díles que nada han perdido, dijo D. Martin. Si no hubieran sabido que era lo suyo lo que ardia, se lo hubiésemos ocultado; pero ya que lo saben, díles que la mitad de mis mieses está ahí para suplir á cada cual lo que haya perdido[6].

Una alegría tan viva como entusiasta resplandeció en los ojos de Pablo, que volviéndose á un criado:

— ¡Otro caballo! gritó.

Y sin aguardar á que lo ensillasen, se arrojó hácia la puerta.

Salia en este momento al patio Clemencia, pues en el retiro de sus habitaciones habia penetrado algo de las voces y del ruido del galope de los caballos; al verla, Pablo esclamó:

— ¡Abraza á mi tio, Clemencia, abrázalo por tí y por mí!

Y saltando sobre el caballo en pelo, partió cual un rayo á llevar la fausta nueva á los interesados.

— Pablo me ha dicho que os abrace, padre, en su nombre y en el mio, dijo Clemencia al entrar en la sala. ¿Porqué?... ¿qué ha sucedido? ¿qué pasa aquí?

— Empieza por hacer lo que te ha encargado Pablo, Malva-rosita, respondió D. Martin, que sabiendo era apagado el fuego, y con la buena accion que habia hecho, estaba en su habitual buen humor. Uno por tí — así; bien:—¡otro por él! — así! Pensó bien en transmitírmelo por tí, pichona; que así ha ganado ciento por ciento, añadia abrazando á su nuera.

— ¿Pero qué sucede? preguntó Clemencia admirada de cuanto veia.

Entónces las criadas todas, y á la par, empezaron á referirle lo ocurrido, llenando á su amo de bendiciones y derramando lágrimas. Clemencia se volvió á echar en los brazos de su padre, sin poder hablar una palabra.

— ¿Ves tú? le dijo este al oido, ¿ves, Malva-rosita, cómo es bueno ser rico?

— ¡Mejor es bueno! contestó ella.

— Uno y otro, repuso D. Martin. Para hacer una buena obra en forma, se necesitan tres cosas, pichona; la ocasion, los medios y la buena voluntad; es como la Trinidad. Tres en uno. ¿Estás? ¡Ea! añadió en recia voz dirigiéndose á las criadas; basta ya de aspavientos; ¡callarse! No parece sino que he hecho alguna cosa del otro juéves. Ea, señora, — dijo á su mujer que habia quedado impasible, mirando lo que habia hecho su marido como la cosa mas natural y sencilla, — mande Vd. estos cansados cencerros que me tienen atolondrado, cada una á su obligacion. Mira, María Bódrios, añadió dirigiéndose á la cocinera, si está pegada la olla, te advierto que te despido. ¿Qué hay que comer?

— Lomo, señor; y carnero dorado.

— ¿No hay aves?

— No señor.

— Pues que no vuelva á suceder: te tengo dicho que cuando no haya ave de tiro eches mano á las del corral; que carne de pluma quita del rostro la arruga; pero tú tienes memoria de embudo, y yo no soy reloj de repeticion, ¡caracoles! Mira que para la cena quiero pollos.

— Martin, acuérdate de que de penas y cenas están las sepulturas llenas, dijo doña Brígida.

— ¡Qué... señora! Mascar miéntras ayuden los dientes, respondió el marido.

Las criadas se fueron.

— ¡Válgame Dios, Martin! le dijo su mujer, nunca tienes presente que poca hiel hace amarga mucha miel.

— Es que la moza mala hace al ama brava, señora.

— Tambien se dice, Martin, que el amo majestuoso hace al criado reverencioso.

— ¡Jesus, señor! esclamó entrando lleno de entusiasmo Miguel Gil que venia del cortijo; no se ha visto otro como el señorito. Aquí me entro, aquí me salgo por entre las llamas, como si fuese de hierro! aquí corta un tajo, allí un reves; ¡zas! en un decir tilin habia apartado las gavillas sanas poniéndolas al lado del viento; que asina las llamas le volvian las espaldas. A este le llama, á este le empuja; á todos les da su tarea; al uno echar agua, al otro echar tierra, y él siempre delante y sin quemarse. Señor, no parecia sino que las llamas le conocian. ¡Cristianos! ¡todo tan acertado! no parecia sino que en su vida habia hecho otra cosa que apagar incendios. Y no se lo dijo nadie, fué de su metro. El pobre del tio Andino por salvar sus gavillas se metió por medio, tropezó y cayó. No bien lo vió el señorito, que allá se va, coge al pobre viejo y carga con él como San Cristóbal con el niño; pero su ropa venia ardiendo. Entre todos le cojimos y ahogámos el fuego; tenia el pelo chamuscado, las manos quemadas y la cara tan encendida que se podian tostar habas en ella. ¡Caballeros! no se vió otro mas arrojado: á él se debe que no haya ardido todo. ¡Vaya, señor, el señorito es todo un Bernardo, todo un hombre! por fin, ¡un Guevara, señor! y de tal palo... tal astilla.

— Sí, sí, dijo D. Martin, bien haya la rama que al tronco sale.

— Sí, Pablo es completo, dijo su tia, el oro siempre reluce.

En el mundo suspicaz y entremetido, es cierto que tanto D. Martin como Doña Brígida se habrian puesto á observar el efecto que producian sobre Clemencia los justos elogios tributados á Pablo. Pero en aquel círculo sencillo y sincero no sucedió así; solo se pensaba en lo actual: este llenaba el corazon y la mente, sin dejar espacio á la observacion ni al cálculo sobre las impresiones que causaba. Triste ventaja del uso del mundo es la de tener cada cosa su avan ó retaguardia; dulce prerogativa de la vida sencilla, aunque ménos pulida, es el perfecto acuerdo entre el alma, el corazon y la cabeza, que forman un todo espontáneo y sincero como la luz del sol.

Clemencia, en quien hubiera la observacion producido mal efecto, y originado, cuando ménos el retraerse, pudo francamente dar rienda suelta á los sentimientos de simpática admiracion que le inspiraba su primo.

— Pero señor, dijo Miguel Gil, con lo quemado y lo que les va á dar á los pobres, se queda su mercé ogaño sin la cosecha de ese cortijo.

— Mas vale que sea por eso que no porque se lo llevase el frances, repuso D. Martin.

— Dios nos lo dió, Dios nos lo quitó... El es su solo dueño, añadió doña Brígida.

— Miguel Gil, dijo radiante Clemencia, mas vale lo que han hecho mis padres y mi primo, que cien cosechas.

— Verdad es, señorita, respondió Miguel Gil, pues han cosechado para un granero en el que no se pica el trigo.

CAPITULO X.

D. Martin, como la mayor parte de los viejos, hablaba y pensaba en su testamento; pero en cuanto al hacerlo lo demoraba de dia en dia. Hácense quizas ilusion estos omisos de que la muerte tendrá la prudencia de respetarlos miéntras no exista este importante documento, y que les dejará treguas para hacerlo. Pero la muerte no conoce miramientos; pues si algo hay ante lo cual todos seamos iguales, es ante ella. Y si no, entrad en un cementerio; mirad las lápidas: ellas os confirmarán que la reina de aquel lugar no tiene favoritos ni desdeñados.

En un hermoso dia de Pascua de Navidad, despues de haber santificado aquella solemne y á la vez alegre fiesta recibiendo los santos sacramentos y oyendo la misa mayor, estaba D. Martin sentado en su sillon en una gran habitacion baja interior.

Veíanse en ella, puestos sobre redondeles y repartidos por el suelo en iguales porciones, los destrozos, el tocino y las morcillas de ocho puercos cebados. Uno á uno iban entrando todos los criados de campo y de la casa con sus espuertas, cargando cada cual con uno de estos montones; los capataces y criados mayores llevaban ademas pollos y cabritos. D. Martin estaba en sus glorias, recibiendo de todos al pasar delante de su amo, las hermosas espresiones de gracias populares.

— Señor, ¡Dios se lo pague, le aumente los bienes y le dé salud para hacer obras de caridad, que son escalones de la subida del cielo!

Pasaban en esto por el patio dos hombres llevando un gran caldero, y otro con un canasto de pan; era la comida á los presos de la cárcel, á quien de diarios se la enviaba D. Martin[7].

— ¡Eh! gritó este con su campanuda voz: ¿quién os corre? Acá, acá; que quiero satisfacerme por mí mismo de si todo va como debe ir.

Los hombres se acercaron.

— Pelona, tráeme una cuchara, prosiguió D. Martin dirigiéndose á una chiquilla, veterana ya en la compañía de intrusos que reforzaban la guarnicion de la casa del rico mayorazgo.

La cuchara fué traida por el aire; pues la paciencia de don Martin era el mínimum de la dósis repartido á los mortales. Metióla el señor en el caldero que llenaban garbanzos, y por ser dia de Pascua, unos cabritos cortados á pedazos. Despues de haber gustado su contenido, meneó la cabeza y dijo: Que venga la cocinera.

— Oye, comadre estropajo, triste fregona, le apostrofó su amo al verla venir, ¿te has figurado tú que se me han quemado los olivares?

— No, señor; ¿porqué me dice su merced eso?

— Porque este guiso tiene el aceite que parece que se lo has echado por el amor de Dios. Y díme: ¿por ventura se ha cerrado el alfolí en Villa-María?

— No, que yo sepa, señor.

— Pues entónces, reina del soplador, ¿cómo es que está el guiso este mas soso que tú?

Todos se echaron á reir, y la cocinera se fué corrida.

Entróse á la sazon, como Pedro por su casa, la tia Latrana con garbo y desembarazo.

— ¿Cómo se atreve Vd. á ponérseme delante, porta-pendon de la insolencia? esclamó D. Martin indignado; ¿no sabe Vd. que no quiero verla?

— Señor D. Martin, respondió con gran aplomo la vieja, porque un borrico dé una coz ¿se le va á cortar la pata? Vengo, como es rigular, en mi nombre y en el de mi comadre la tia Machuca...

— ¡Sí, su comadre de Vd. la tia Pescueza! ¡pues ya!... á Vd. no es menester arrufarla para que me venga á quemar la sangre; yo, que para descanso de mi alma, la tenia á Vd. olvidada.

— ¡Ya se ve! el que tiene la barriga llena, no se acuerda del que la tiene vacía. Venia, pues, como iba diciendo, á dar á su mercé las Pascuas en compañía de su esposa la señora doña Brígida, del señor Abad y de la señorita Clemencia, ese esporton de rosas.

— Y Vd. que es uno de granzas, diga que viene en su nombre y en el de su comadre la resucitada á pedirme aguinaldos, y hablará verdad una vez en su vida, pues menea la cola el can, no por tí, sino por el pan.

— ¡Jesus, señor! acá no somos capaces de hacer nada por interes, ni de valernos de esa tartagema: ¡vaya!...

— ¿Capaces?... ¡Capaces son Vds. ambas de contarle los pelos al diablo, de sacarle los dientes á un ahorcado, de levantar los muertos de la sepultura, y de cortarle un sayo á las ánimas benditas!

— ¡Pues qué! esclamó con dignidad ofendida la tia Latrana, ¿piensa su mercé que mi comadre y yo somos unas cualesquieras, ni gentes de poco mas ó ménos? No señor, somos bien nacidas y de buen tronco: aquí donde Vd. nos ve, tenemos alcuña; los descendientes de mi comadre fueron en años témporas gentes muy empinadas. Sus abuelos fueron sujetos muy considerables.

— Pues los descendientes muy empinados y los sujetos muy considerables, han engendrado una nieta que es un chapuz.

— Un rey de España, prosiguió con prosopopeya la genealogista, les puso nombre Machuca, de puro machucar moros.

— Y yo le pongo el de Machaca, de puro machacar cristianos.

— Por lo que toca á mí, prosiguió irguiéndose la tia Latrana, ha de saber su mercé que el árbol de la generacion de mi casa dice que fueron ántes de destronados mis abuelos, y cuando estaban en su solio, muy emperantes, y que eran entónces los Ramirez Várgas, piernas de santo.

— Pues lo que les ha quedado de sus grandezas á los Ramirez Várgas, son narices largas, ¿está usted? Dejémosnos de padres y abuelos, y seamos nosotros buenos. Por ser hoy el dia que es, no me puedo negar á socorrer á Vds., que son hoy, no piernas de santo, sino patas de gallo con espolones! pero, tia Emperante... ¡una y no mas, señor San Blas! — Juana, prosiguió D. Martin llamando al ama de llaves, dá á esta pierna de santo una de cabrito, dos hogazas de pan, dos libras de tocino; y váyase la considerable á donde el humo en dia de levante.

La vieja siguió á Juana, y volvió cargada con los donativos atestados en una espuerta.

— Ahora, tia destronada, dijo D. Martin; ponga usted de proa sus narices hácia la puerta, escúrrase con viento en popa, y múdese liberal.

— ¿Qué está Vd. ahí parada como mojon de término? preguntó el señor, viendo que la vieja no se movia.

— Señor, queria decirle á su mercé que este pan es duro.

— Mas vale Duranda que no Miranda, señá Ramirez Várgas.

— Pero como á mi comadre le falta la denticion...

— Que la pida prestada.

— Señor, es que hay allí pan tierno; y Juana me dió el duro por mala voluntad.

— ¿No sabe Vd. que una de las tres verdades del barquero es, el pan duro... duro... mas vale duro que ninguno?

— Señor, habia allí unas teleritas mas tiernecitas, y cogí una, y Juana...

— ¡Caramba con la tia rapiña esta, que lo que sus ojos ven, sus manos águilas son!

— Pero, señor, ¡si yo y mi comadre estamos como las gallinas del tio Alambre, que las despertaba el hambre!

— Lo que están Vds. es como las gallinas del tio Rincon, que saltaban siete corrales por conversacion.

— En fin, señor, le he advertido lo del pan duro por si no lo sabia; y tambien le advierto que este tocino no tiene las dos libras cabales, y que no es de buena parte.

— Pues lléveselo Vd. á su sobrino que está ahora Emperante en Francia. ¡Caracoles con la zorzala esta, que tiene agallas para ciento, y es mas desagradecida que tierra de guijo! Pues ¿no seria acaso menester engordarle los cochinos con almendras, y amasarle el pan con leche á esta pierna de santo? ¿Por qué viene Vd. con esa voz que me suena á campana cascada, á atolondrarme los oidos si no le satisface lo que le doy? ¡Caracoles! que siempre la mas ruin oveja se ensucia en la colodra.

— Vengo, señor D. Martin, porque es su mercé rico, y que mas da el duro que el desnudo; que si no... ¡en la vida de Dios habia de aportar por aquí! pues por una de miel, da su mercé tres de hiel.

— ¡Por vida de la Vírgen del Lagar! esclamó colérico D. Martin, que me ha de hacer Vd. sentir el ser rico. ¡Vaya Vd. muy con Dios, tia espantajo! con esa cara que siempre parece que está probando vinagre, y esa cabeza erizada que parece una parva de arvejones. Sobre que cuando veo á Vd. me queda todo el dia una hiel y un asombro como si hubiese visto al demonio.

— ¡Jesus, señor! pues yo no soy ningun Eron, dijo muy picada la vieja.

— No, ¿para qué? Es Vd. mas fea que el tio Molino, que le dieron el óleo en la nuca, porque de feo no se lo pudieron dar en la cara.

— Pues ¡muy buenos quince que tuve, Señor, D. Martin! y cuando volvió mi Juan de la guerra de Pepiñá para casarse, me dijo que no habia visto por allá mejor hembra que yo.

— Si fuese eso cierto, habria mentido el refran que dice que quien tuvo, retuvo... pues lo que es ahora, mas que fuese un valiente de la guerra del Rosellon, se habia de asustar al verla. Ea, coja usted dos de luz, y cuatro de traspon.

— Pues quédese Vd. con Dios, señor D. Martin, el Señor se lo pague y le aumente los bienes, y sobre todo la buena voluntad. Memorias á la señora y á la señorita; y mandar, señor D. Martin.

— Señor, le dijo el ama de llaves, presentándole dos grandes platos de loza sevillana, que contenian masa frita y bollos de aceite; esto han mandado las mujeres del yegüerizo y del temporil. No están muy allá ni los bollos ni los pestiños: ¿los pongo en la mesa?

— Sí, sí, repuso el señor, que en la mesa del rey la torta ajena parece bien.

— Eso se ha hecho con la harina y el aceite que les mandó su mercé repartir, observó Juana.

— Podrá ser, mujer, y que hayan tenido presente aquello de á quien te da el capon dále la pierna y el alon.

D. Martin se levantó, atravesó el patio para ir á la sala, cuando al pasar frente del porton se encontró con la tia Latrana, que retrocedia en su retirada.

— ¡El demonio se pierda y Vd. tambien! esclamó sorprendido: ¿no lleva Vd. todavía bastante, tia sanguijuela?

— Señor, mire su mercé que el frio que hace, pela, corta la cara y lastima la cabeza; vea su mercé el pañolon mio todo destrozadito, dijo la vieja cogiendo el pico del pañolon que llevaba sobre la cabeza, y estendiéndolo á la vista de D. Martin; déme su mercé un pañolito que me abrigue, señor; que por eso no ha de ser su mercé ni mas pobre, ni mas rico.

— Pues si no ha nada de tiempo que le dió á usted la señora uno suyo.

— Verdad es, señor; pero lo que otro suda, á mí poco me dura: ¿es rigular, señor, que yo me muera de frio?

— ¿Y es rigular que sea yo su abastecedor general, tia cáustico?

— ¿Y cómo ha de ser, si su mercé tiene, y yo no? Yo he de buscar arrimo; que el que no tiene sombrajo, se encalma; y los ricos son los que matan ó sanan á quien quieren. Mejor librado sale su mercé, que mas vale tener que no desear.

— Ya por hoy me ha sacado Vd. bastante, y ha acabado con mi paciencia, dijo D. Martin, volviéndole la espalda.

— ¡Jesus!... ¡y qué ipotismo gasta su mercé hoy! murmuró marchándose la tia Latrana.

Aquel dia en la comida estuvo D. Martin mas campechano que nunca.

— Oye, Juana, preguntó al ama de llaves, ¿me querrás decir quiénes eran los que componian aquella reana de gente que visoré en la cocina?

— Señor, la tia de la cocinera, el primo de Miguel Gil, una sobrina de mi cuñada, la nuera del cochero...

— ¡Ya, ya, ya! y allí estaban por aquella regla de un convidado convida á ciento. Tráeme este á la memoria, que andando Nuestro Señor por el mundo, con sus apóstoles, le cogió la noche en un descampado. — Maestro, ¿quereis que nos recojamos á aquella choza? le dijo San Pedro. — Bien está, respondió Jesus.

Llegaron á la choza; en la que habia un viejo que les dió albergue con muy buena voluntad, y les ofreció de cenar. Estando cenando, llegó uno de los discípulos.—¿Qué se ofrece? preguntó el viejo. — No hay cuidado, dijo San Pedro, es de los nuestros. — Sea en buen hora, dijo el viejo, que tenia crianza:—¿Vd. gusta de cenar? Le cortó un canto de pan, y el apóstol se sentó á la mesa. A póco entró otro y despues otro, hasta completar los doce, y con cada cual sucedió lo propio. ¡Vaya, pensaba el viejo de la choza, paciencia! ¡cómo ha de ser! Un convidado convida á ciento. A la mañana siguiente le dijo San Pedro al viejo: — El que has albergado es Nuestro Señor; desea tú una gracia; que se la pediré en tu nombre. El viejo de la choza era gran jugador de naipes; así fué que le pidió sin pararse, ganar siempre que jugara: lo que se le otorgó. Cumplido que hubo el viejo su tiempo, le dijo el Señor á la muerte que fuese por él. Cuando el viejo vió llegar á la muerte, estuvo muy listo á seguirla; porque era lo propio que yo, nunca habia sido pesado para nada. Al caminar por esos aires vió á una pareja de demonios que se llevaban al alma de un escribano. ¡Pobrecito! pensó el viejo, que tenia buenas entrañas; el Señor padeció por todos sin escluir á los escribanos.—¡Eh! ¡cornudos galanes! gritó á los diablos, ¿se quiere echar una manita de tute? Los diablos que se despepitan por una baraja, como que ellos fueron los que las inventaron, acudieron como pollos al trigo. — Pero ¿qué se juega, preguntaron los demonios, puesto que no llevas dinero? — Verdad es, contestó el viejo; pero juego mi alma, que es de las buenas, por esa que llevais ahí, que no vale un bledo: salís gananciosos. — Verdad es, dijeron los diablos, y se pusieron á jugar. Por de contado ganó el viejo de la choza, y cargó con el alma del escribano.

Cuando llegaron arriba, le dijo San Pedro: Viejo de la choza, ya te conozco; puedes entrar. Pero, ¿qué es esto? ¿no vienes solo? ¡qué alma tan negra viene contigo!

— No señor, no vengo solo; que la compaña dicen que Dios la amó. Esta alma está manchada de tinta porque es de escribano.

— Pues alma de escribano, no entra en el cielo; cuela tú solo.

— Cuando estuvieron Vds. en mi choza, me soplaron otros doce sin pedirme licencia: con que bien puedo yo hacer lo propio con uno; que un convidado convida á ciento, dijo el viejo de la choza, metiéndose dentro con su amparado.

D. Martin comió opíparamente. Al gustar el pavo de Pascua que estaba perfectamente cebado con nueces é igualmente asado, mandó comparecer al ama de llaves, á cuyo cuidado eran debidas ambas escelencias.

— Juana, le dijo, el pavo está que mejor no cabe, te doy la patente, mujer, y este vaso de vino para que te lo bebas á mi salud y á la tuya, para que el año que viene cebes y ases otro semejante, y yo me lo coma.

— ¡Que viva su mercé mil años! dijo Juana, tomando el vaso que llevó á los labios.

— Mil no serán, pero una docenita me parece que han de caer dejándome en pié; pues mas fuerte me siento que la torre de la iglesia. Verdad es que se gastó el acero; pero queda el hierro.

Una unánime aclamacion de alegría y contento acogió estas palabras, cual una bendicion del porvenir.

D. Martin en este instante se echó hácia atras en su sillon y dió un ronquido.

— ¿Qué es esto? esclamaron todos levantándose.

— Que vayan por el santo óleo, dijo el Abad, abalanzándose á su hermano.

— Que vayan por el sangrador, añadió Doña Brígida, desabrochando el cuello de la camisa de su marido que estaba cárdeno.

Pablo se precipitó fuera del comedor.

No alcanzaron ni el auxilio divino ni el humano.

Cuando llegaron, D. Martin no existia; la muerte habia sido instantánea. El pavo humeaba todavía sobre la mesa; en la copa de Juana estaba aun la mitad del vino que habia contenido, y cuya otra mitad habia bebido á la larga vida de su amo.

Es indescribible el desconsuelo, que como una lúgubre noche, se esparció en la casa y por todo el pueblo. Era una afliccion tan profunda y general como no pueden concebirla aquellos que no han visto á un rico, á un poderoso, invertir sus pingües rentas, no en gozar, brillar, ni darse tono, sino en obras de caridad y llegar á ser por este medio el padre y el amparo de todo un pueblo humilde. Así fué, que la noticia de la muerte de D. Martin no vino en los periódicos; pero corrió de boca en boca como un prolongado lamento. En su entierro no hubo una larga fila de vistosos coches; pero sí una larga fila de pobres desconsolados. Sobre su tumba no se pronunciaron elocuentes panegíricos; pero vertieron lágrimas muchos ojos, y oraciones muchos labios: no se le puso un elocuente epitafio compuesto por un sabio latino; pero en boca de todos estaba este epitafio: