Esta sátira habia entusiasmado cuanto era dable entusiasmar al calmoso D. Silvestre: la habia llevado á todas las partes á que concurria, mandándole hacer en seguida un suntuoso marco de caoba con una estrella de metal dorado en cada ángulo, y colgado frente de un mueble que tenia el nombre, y no el uso, de mesa de escribir; mesa que adornaba un tintero de plata de purísimas entrañas, unido á una pluma vírgen sin mancilla, cuyos desposorios eran tan nominales como los de Santa Cecilia y San Valeriano.
No obstante, Percy no usaba con Clemencia hipocresía, no porque no fuese muy capaz de valerse de todos los medios para ganarse su corazon, sino porque en su escepticismo general se persuadia de buena fe que cuanto elevado, ferviente, ascético é ideal existe, son voces muy literarias, muy poéticas y muy sonoras, pero sin valor real; buenas libreas que visten maniquíes sin alma y sin sentido. Así era que Sir George tenia la buena cualidad de ser natural en la espresion de sus sentimientos y de sus ideas, no por cinismo, sino porque las creia las generales, las verdaderas fundamentales y la razonada reaccion, como él decia, de las declamaciones filosóficas, de las puritanerías melifluas de la reforma y de las aspiraciones ascéticas del espiritualismo católico, creyendo el Nego absoluto la verdad fundamental de la ciencia del mundo y del corazon humano. ¡Oh! ¡y no es el solo! Es de ver con qué grosera valentía de Alcídes pisan muchos hombres con su torpe planta, las santas, ideales y suaves compañeras que las almas selectas buscan y hallan en el cielo, en la poesía, en el ideal, que les hacen la vida buena y dulce, y que guiándolas siempre hácia arriba, siembran con flores las mas áridas sendas!
Mas á medida que pasó tiempo, brotó en el corazon de Clemencia, á la par de este reciente amor una instintiva inquietud, como al lado de una azucena nace una zarza, que la envuelve y espina con sus ramas.
En Sir George, al contrario, era cada dia mayor el encanto que ejercia Clemencia. Si desde que la habia visto la vez primera se habia hallado arrastrado por la seduccion violenta, que ejerce la hermosura sobre los hombres viciosos en quienes solo domina el amor material; si la competencia con un hombre de tanto mérito como lo era el Vizconde, habia empeñado su amor propio en el triunfo, el trato de Clemencia á la vez tan modesto y franco, su entendimiento á la vez tan culto y cándido, sus sentimientos á la vez tan blandos y alegres, su modo de ver tan original, sin que por eso se desviase un punto de la buena senda trillada, habian acrecentado en Sir George esta seduccion con todo el aliciente de lo nuevo y de la curiosidad, aliciente gastado y sin estímulo hacia mucho tiempo en Sir George, pero que en esta ocasion renacia y alcanzaba en él proporciones muy elevadas. Sir George conoció que no lograria hacerse amar de Clemencia por ninguno de los medios vulgares, y puso en juego cuantos á él para agradar le habian dado la naturaleza, la cultura y el uso del mundo.
Ese hombre hastiado de todo, se halló agradablemente sorprendido al notar que anhelaba algo con vehemencia, y al sentir un deseo cuyo logro le escitaba. No entraba en este aliciente la vanidad ni un amor propio vulgar. Habia pasado la edad en que lisonjeasen el suyo las conquistas. Aunque solo contaba treinta y tres años, y su hermosa persona representaba aun mucho ménos, el dictado de viejo Cupido, dado á un ilustre Lord, le horripilaba. Ademas, los hombres de su categoría y de su alzada desdeñan el brillar, porque desdeñan la opinion, y son bastante sibaritas y delicados para preferir en sus amores, á lo ostensible el encanto del misterio, y al triunfo el decoro de la reserva. Uníase á esto el que los hombres como Sir George, á falta de toda religion y de toda creencia, de toda fe y de todo culto, conservan el del honor, levantando este culto terrestre á una altura que solo compete al divino, lo que prueba que no hay orgullo, escepticismo ni espíritu de independencia que alcancen á arrancar del corazon del hombre la imperiosa necesidad de acatar, que puso Dios en él para recordarle su dependencia.
Bien conoció desde luego el hábil fisiologista que la derrota podria hundir para siempre la existencia de aquella jóven, que salia al mundo, pura, suave y sonriendo como la aurora, confiada é indefensa como la verdad; pero se decia:
— ¡Bah! nadie se ha muerto de amor, y ella es muy católica para suicidarse.
Si D. Galo hubiese podido penetrar los pensamientos de Sir George, habria pensado:
— ¿Quién hubiera dicho que D. Jorge, ese apreciabilísimo sujeto, fuese tan fatuo?
El Vizconde habria pensado:
— Mucho se espone el soberbio hijo de Albion, no á ser subyugado, pues no es leon que se ate con cuerda de lana; pero sí á ser un César incompleto y desairado.
En cuanto á Pablo, el honrado y enérgico español, á saber sus ideas, le hubiese ahogado entre sus manos.
Desde la llegada del Vizconde, que por desgracia suya habia sido posterior á la de Sir George, y sobre el cual habia hecho Clemencia una impresion harto mas profunda y sincera que sobre su competidor, se sentia el inglés sin querer confesárselo, celoso á pesar de que conocia la preferencia que de él hacia la jóven viuda; pues al corazon de Clemencia, si bien lo velaba la modestia, no lo disfrazaba el artificio. Sir George no pudo ménos de conocer que era de Brian un competidor temible. Sufrieron entónces sus sentimientos un notable cambio. Solicitada y amada por un hombre como el Vizconde, le apareció Clemencia por un prisma seductor; la inquietud que le causó la rivalidad con un hombre como de Brian, fué como un galvanismo que dió una vida facticia á sus muertos sentimientos. Entónces se obstinó impulsado por cuanto aun vibraba en él, amor propio, deseo material, capricho y orgullo en no dejarse á toda costa suplantar por un competidor.
— Es preciso, se decia, que yo sea un buzo diestro y diligente para sacar y apoderarme de su amor, esa perla que en tan profundo y sosegado elemento duerme, que podría encerrarse en su concha, si enturbio el agua, ó dormir profundamente, si no la muevo, ó ser arrebatada por otras manos, si no me anticipo.
CAPITULO III.
Sir George concurria con otras muchas personas á prima noche en casa de Clemencia, donde permanecia hasta las nueve, hora en que indefectiblemente iba esta, acompañada por D. Galo Pando, á casa de su tia. Cuidaba aquel siempre de llegar ántes que ninguno, lo que le proporcionaba el placer de estar algun tiempo solo con Clemencia, y en verdad que estos ratos tenian para él un imponderable atractivo.
La candidez y alegría de Clemencia, esa hija de la naturaleza, parecia fundir el hielo con que la vida artificial y disipada del mundo habia apagado hasta la última centella del fuego sacro en el alma de Sir George.
La naturalidad del trato de Clemencia, la sinceridad que respiraba todo su ser, la rectitud con que sin esfuerzo, sin gazmoñería y sin estudio, seguia siempre en cuanto hacia y decia la senda recta, le arrastraban á deponer ese modo de ser artificial que se vuelve á veces una segunda naturaleza en las gentes del gran mundo anglo-franco. Habia sentido y aprendido el imponderable encanto peculiar al trato español, la confianza, esa hija de la naturalidad y de la sinceridad: así era que al lado de Clemencia cuando estaban solos, se sentia Sir George con delicia, jóven, alegre y casi niño; reia con ella con una risa sincera é inocente, desconocida mucho tiempo habia á sus labios; era casi sencillo y cariñoso; descendia con placer á los mas pequeños detalles de la vida de Clemencia; conocia á su tio, á su padre, á Villa-María, á sus flores, á sus pájaros.
— ¡Oh! solia decirle, sois delicada por naturaleza, culta instintivamente, y poeta espontáneamente: ¿qué Hada os hizo, al nacer, lo que sois?
— No soy nada, Sir George, respondia con su incontestable sinceridad Clemencia; mas puedo decir con el poeta de Oriente: No soy la rosa, pero he vivido á su lado.
Era entónces él amable cual pocos; su conversacion, llena de entendimiento y de chistes, arrastraba tras sí, seduciendo sobre todo á las personas de talento é ilustradas; porque, como ha dicho tan bien el ilustre literato Pastor Diaz, el talento subyuga con mas fuerza al talento que á la ignorancia. Tambien subyugaba á Clemencia la alta esfera en que se movia su amigo; pero algo triste le quedaba siempre, despues que se ausentaba y cesaba el encanto, sin definir la causa; era que su corazon no hallaba en aquel sol brillante pero frio, el calor que hace brotar la fe y la confianza.
Si alguien entraba, Sir George era otro hombre; el que un momento ántes atraia con su gracia y amenidad, rechazaba ahora por aquel entono, aquella morgue, como dicen los franceses, tan propia de aquellos que entre la aristocracia inglesa creen que para alzarse no hay mejor medio que el de rebajar á los demas. Rechazaba igualmente por la constante ironía, tan del gusto de la época, que muchos, que tenian entera buena fe, no siempre comprendian, pero que aun sin alcanzar toda su hiel, á nadie dejaba satisfecho. Complacíase en diferenciarse de los demas: así era que demostraba la mayor indiferencia por lo que interesaba ó entusiasmaba á todos, y se ocupaba en seguida de puerilidades que á nadie llamaban la atencion: por lo cual nunca celebraba la Catedral, ni el Alcázar, ni la Lonja, ni los cuadros de Murillo; pero se entusiasmaba con los bonitos puestos de agua, para chafar el sensato ajeno sentir con tan usadas como socorridas paradojas.
Una noche mas que nunca habia sido amena y animada la conversacion de Clemencia y de Sir George, vivificada con aquel delicioso sentimiento que ambos abrigaban de agradarse mutuamente; conviccion que cual un benéfico genio parece soplar sobre el fuego de nuestro entendimiento para hacerlo brillar en vivas llamaradas, produciendo en los ánimos ese enjouement, como llaman los franceses á un estado de inocente, pura y alegre escitacion. En él se mezclaba el amor sin nombrarse, como se oye en un jardin la melodía de una música oculta en la enramada. Sir George le descubria; Clemencia le ignoraba aun.
— Clemencia, dijo Sir George con sincero entusiasmo; entre la niña que encanta y el hada que admira, hay un ser encantador, — y es la mujer que se ama. ¿No preferís el serlo á los otros seres que alternativamente sois?
— Sir George, contestó Clemencia, no concibo la felicidad de ser amada, á no ser por un solo hombre.
— ¿Qué hombre, Clemencia?
— El que yo amase.
— Sois quizas la única mujer á quien esto sucede.
— ¿Esto es decir que soy original? repuso Clemencia volviendo á su tono festivo; ved, pues, la verdad de uno de los evangelios chicos de mi padre: no es la fortuna para quien la busca, sino para quien la encuentra.
— ¿Y vos no quereis amar, Clemencia? ¿Habeis quizas hecho un voto que os lo impida?
— No señor; pero el amar ó no amar, no consiste en querer ó no querer amar.
— Para naturalezas tan dóciles y sumisas á la voluntad como lo es la vuestra, me temo que sí.
— ¡Ojalá dijeseis verdad! repuso suspirando la sincera Clemencia, que recordaba á Pablo.
Cuando Sir George, que dió otro sentido á la frase, enajenado iba á contestar, se abrió la puerta y entró el Vizconde.
Sir George, que era siempre frio, irónico, escéptico y poco comunicativo, y que á duras penas, y solo en la intimidad de una mujer hermosa, levantaba su habitual estado de sitio, no necesitaba mas que una leve contradiccion para volver á armar todas sus baterías. Así es, que recibió al Vizconde, como es de suponer, con un frio glacial: una dulce mirada de súplica con que casi le acarició Clemencia, templó algo su acerba displicencia; pero acudió al silencio para dar á entender que la presencia del Vizconde le era molesta. Faltaba en esto Sir George á su delicada reserva; pero la indomable índole británica se revestia de toda su áspera corteza.
El Vizconde notó esta falta de atencion, y comprendió lo que la motivaba.
Si la conversacion de Sir George era chistosa, incisiva y picante, la del Vizconde era en estremo fina, entretenida, á veces profunda, á veces elevada, siempre instructiva y siempre amena. El Vizconde tocó varios puntos, cautivando por entero la atencion de Clemencia, que le oia con mucho placer. Sir George no alternaba en ella, y como todo ceñudo que se encapota en su silencio, iba siendo olvidado.
— ¡Vaya!... — pensó con coraje, pues cuando no tenia á quien lanzar un sarcasmo se lo aplicaba á sí mismo, — yo estoy aquí haciendo el ridículo papel que llaman los españoles, rabiar de celos aparte: ¿me iré?
Por suerte entró en este instante D. Galo.
— A los piés de Vd., Clemencita. — Señor Vizconde, beso á Vd. la mano. — Señor D. Jorge, soy su servidor. — Hace un frio del polo.
— ¿Del polo del Norte... ó del polo del Sur? preguntó Sir George, que halló por fin la palabra con una de sus sérias y picantes burlas.
— Del polo del Norte, ¡por supuesto! contestó D. Galo.
Sir George soltó una carcajada.
El Vizconde no hizo alto.
— D. Galo, dijo Clemencia, ahora decíamos que cuáles son las cosas que mas pueden agradar al corazon del hombre. Por mí pienso que la sensacion del agrado está mas en el corazon del hombre que no en las cosas; y creo que el corazon mas bien da el agrado, que no lo recibe.
— Es muy cierto, señora, repuso el Vizconde; y si no observad cuánto agradan á unos cosas sencillas é insignificantes; y cómo las mas perfectas no son á veces capaces de agradar á otros.
— Esto penderá, opinó Sir George, de lo esquisito del gusto.
— No lo creo, repuso el Vizconde, he visto muy malos gustos descontentadizos, y los he encontrado selectos, que como las abejas no hallaban una flor de que no sacasen miel.
— Magnífico instinto que admiro en ellas y en ellos, dijo con su fria sonrisa Sir George. Señora, prosiguió, dirigiéndose á Clemencia, ¿cuál es entre las cosas de la tierra la que tiene la dicha ó privilegio de agradaros mas?
— Las flores, contestó sencillamente Clemencia.
— ¿Teneis, pues, gustos botánicos?
— No señor, respondió Clemencia sin alterarse, no sé clasificar una sola planta; pero las flores son la poesía palpable del mundo material. Desde que el hombre cantó, entretejió con ellas sus cantos: nunca el espíritu de innovacion, de oposicion y de paradoja, para el que nada hay sagrado, que á todo ha tocado, se ha atrevido á ridiculizar la suave simpatía que inspiran las flores, que en la naturaleza se renuevan siempre frescas y lozanas, como las esperanzas en el corazon del hombre; inseparables de la poesía, son compañeras de los sentimientos que lo inspiran. Así es, que simpatizo con el jóven poeta que se ha hecho su cantor y tan bello culto les rinde, sin cuidarse de que otro acerbo, como vos, le haga la pregunta que me habeis hecho. Pero, prosiguió Clemencia alegremente, dirigiéndose á D. Galo, ¿qué decís vos? ¿qué es lo que mas os agrada en este mundo?
— Lo que mas me agrada son las bellas, contestó D. Galo con su mas satisfecha y galante sonrisa.
— No puedo ménos de unir mi voto particular al de este caballero, dijo el Vizconde.
— A vos, señor D. Jorge, ¿qué os parece? ¿No digo bien? preguntó D. Galo frotándose sus manos despiadadamente enrojecidas por los sabañones que le producia su escribir constante en la fria oficina.
— Por primera y única vez difiero de vuestro sentir, que admiro siempre, contestó Sir George, que prefiero á las bellas las feas.
— ¿Por no tener rivales? preguntó D. Galo con las mas ostensibles pretensiones al gracejo; pues vos no deberiais temerlos.
— ¡Oh! no los temo, D. Galo; confío demasiado en el mal gusto de las damas. No es por eso. Pero es porque las feas son mas amables que las bellas.
— Señor, esclamó escandalizado D. Galo, ¿esto sosteneis en presencia de Clemencita, que es la mas contundente refutacion de lo que decís?
— Las escepciones no hacen regla, señor. Y entre las flores, prosiguió Percy, dirigiéndose á Clemencia ¿cuál es vuestra predilecta?
— La violeta, respondió Clemencia.
— ¡Ya! la que lo fué de Napoleon: estas son simpatías.
— No es porque lo fuese de Napoleon, es porque lo fué de la persona que mas he amado en este mundo.
— ¿De Fernando Guevara? preguntó D. Galo con su sencilla buena fe é indefectible desmaña.
— No, — contestó Clemencia sonrojándose, porque temió haber faltado á la delicadeza de casada, confesando que habia querido á otro mas que á su marido; — no gustaba Fernando de flores; eran predilectas las violetas de mi tio el Abad, á quien todo, todo lo debo. Aun no las hay y lo siento: su perfume es un recuerdo vivo como ellas son una imágen de aquel padre tierno, de aquel sabio modesto.
De allí á un rato se levantó D. Galo para irse.
— ¡Qué! ¿Os vais? preguntó admirada Clemencia.
— Aunque me voy... me quedo.
— Ciertamente, en mi memoria.
Don Galo se puso tan ancho, que en aquel momento no se hubiese cambiado ni por un Rothschild, ni por un Apolo, ni por un Séneca, ni aun por el jefe de su oficina.
— ¡Pobre hombre! dijo Sir George, cuando hubo salido.
— ¡Qué escelente sujeto! añadió el Vizconde. Señora, la amistad que le demostrais, no solo hace favor á vuestro corazon, sino honor á vuestro delicado tacto.
— ¡Ah! dijo Sir George, yo no habia hallado en esa amistad, sino la prudencia de una mujer jóven y bella.
— Os habeis equivocado, repuso Clemencia, no elijo mis amigos por ningun género de cálculo; en mi eleccion solo obra la simpatía. Tampoco soy bastante presuntuosa ó tímida para buscar mi salvaguardia en la insignificancia de las personas de mi intimidad. Siempre juzgais la sociedad española por la estranjera, Sir George, y no acabais de comprender que la independencia moral de las españolas acata yugos santos, y no sufre andaderas pueriles.
Entró en ese instante Paco Guzman.
— Clemencia, dijo este al cabo de un rato, ¿sabeis que hemos hecho creer á D. Galo que Doña Eufrasia se casa con D. Silvestre? y ¡se lo ha creido!... porque ese bendito se cree cuanto se le dice.
— No hay mayor prueba de la sanidad de corazon que la credulidad, repuso Clemencia: para dejar de dar fe á las palabras ajenas, es preciso dar por supuesta la mentira; y hay corazones tan sanos que no la conciben. Pero os confieso, Paco, que seria contra mi conciencia engañar aun en broma á una persona de buena fe.
— ¿Contra la conciencia, Clemencia? ¡Qué palabra tan magistral en un asunto que lo es tan poco!
— Pues poned en su lugar... delicadeza.
— La conciencia y la delicadeza, opinó el Vizconde, se asemejan, pues son para el hombre consejeros al obrar, y jueces despues. La delicadeza tiene su orígen en la sociedad y en la cultura, y la conciencia en la moral: así es la primera versátil y convencional; y la segunda, uniforme é inmutable.
— Decid en lugar de moral religion, esclamó Clemencia, pues, como decia mi tio, ¿qué es la moral sino la luna que alumbra la noche que carece de sol, recibiendo ella misma su pálido brillo del sol de vida de que es un reflejo? ¿De dónde sino de esa fuente, ha sacado la moral sus aspiraciones? ¿Quién hizo de la obediencia la primera virtud? ¿Quién castigó la primera falta?
— Sois una exaltada creyente, dijo Sir George.
— ¿Acaso lo dudabais? esclamó asombrada Clemencia.
— No tenia sobre esto un juicio decidido, señora. Por un lado consideraba que sois mujer y española, cosas ambas propias á sentir toda clase de exaltaciones y admitir todo género de supersticiones; por otro lado, como sois tan ilustrada...
Clemencia hizo un marcado gesto de indignacion y de impaciencia.
— Pero, señora, se apresuró á añadir Sir George: yo respeto todas las opiniones, todas las creencias, todas las convicciones.
— Poco os agradezco, pues, que respeteis las mias, repuso Clemencia con animacion, y no puedo devolveros igual obsequio, pues en punto á las religiosas condeno las que no son las mias. Porque sobre cuanto toca á las cosas de los hombres, es este libre de su juicio y dueño de su fe; en cuanto á las de Dios, la disidencia es la rebeldía.
— Respeto tambien vuestro fallo condenatorio, repuso Sir George impasible, con aquel orgullo, aquella soberbia y aquel desprecio del impío que se trasluce al traves del simulacro de decoro y compostura que tan mal los encubren.
— Mas aprecio demuestra mi condena que vuestro respeto, Sir George, dijo dolorosamente herida Clemencia.
— ¿Cómo es eso, señora?
— Porque dais el santo nombre de respeto á la indiferencia y quizas al desden; y estos son nacidos de falta de fe y de la inepta duda.
— ¿Por qué llamais, repuso Sir George sin alterarse, á la duda inepta? Un autor muy favorito vuestro, Leon Gozlan, ha dicho que la duda es la mas bella mitad de la conviccion.
— Cuando es vencida, pero no cuando reina. Ademas, mis amigos y favoritos, añadió Clemencia con viveza, pueden decir alguna vez grandes nonsense, sin por eso dejar de serlo.
Al oir á Clemencia pronunciar esa palabra inglesa que significa disparate, y que él mismo la habia enseñado; al sentir traslucirse en esa frase la bondad angelical de Clemencia, al traves de su marcada incomodidad, Sir George se sonrió con una infinita dulzura y delicadeza, con que á veces sabia hacerlo.
— Leed mas bien sobre estos puntos, prosiguió Clemencia, á otro autor moderno frances, Octavio Feuillet, autor lleno de fe, y de fe genuina y caliente, como por suerte nunca les ha faltado á los franceses. El os dirá: «la duda es fácil y débil, es la impotencia y la puerilidad.» Y en otro lugar: «todo es mas racional que la duda.»
— ¿Habeis leido la novela que publica el Diario?... preguntó Paco Guzman para cortar una conversacion que veia que agitaba á Clemencia, y en la que él por indiferentismo, y el Vizconde por consideracion, no habian tomado parte.
— No me gusta, respondió Clemencia, porque su objeto, sin mala intencion por parte del autor, pero por falta de buena, no es moral; y este fin ú objeto que debe estar aun mas en el espíritu que en las palabras, es á mi ver el que debe tener toda novela, segun lo practican los ingleses generalmente.
— Pero, esclamó Paco Guzman, vale mucho, tiene un magnífico estilo.
— No digo que no, Paco, pero el hábito no hace el monje.
— ¡Pues qué! ¿llamais al estilo un hábito, señora? ¿El estilo, que es uno de los primeros dotes de un autor?
— Antes de todo precisemos qué es lo que llamais estilo, pues creo esa palabra, si no ambigua, al ménos de un sentido tan lato ó arbitrario, que cada cual la entiende á su modo. ¿Es la manera peculiar de espresarse del autor, ó es el modo correcto y gramatical de manejar el idioma?
— Señora, creo que el estilo lo forman en iguales partes la dialéctica, la sintáxis y la lógica.
— No le define así el grave y clásico Diccionario, cuando dice que «es el modo y forma de hablar de cada uno,» repuso Clemencia. No lo define así tampoco un crítico de gran entendimiento y de gran práctica literaria, que, bajo el seudónimo de lector de las Batuecas, ha escrito en el Heraldo, cuando dice: «Creemos que en materia de estilo, lo esencial para un escritor es tener uno suyo propio, espontáneo, que no se confunda con ningun otro, que viva por sí.» Yo os daré algunas obras, Paco, en cuyo estilo están perfectamente observadas las reglas de dialéctica, de la sintáxis y de la lógica, y apostemos un ramo de flores contra una libra de dulces, á que no concluís su lectura. ¿Qué pensais vos, Vizconde?
— Pienso como vos, señora, que no es solo en España, donde cada cual da un sentido, que varía, á esta voz. Sin cansaros con muchas citas, referiré algunas para probar este aserto. El gran Buffon dice: El estilo es el hombre, y creo es de las cosas mas poéticas y espirituales que se han dicho. Y no entendais que quiero decir con esto spirituel, palabra que he visto traducida de esa suerte, siendo así que lo que entre nosotros se llama esprit, es una cosa que vosotros con vuestro brillante caudal de voces, y como muy prácticos en la materia, subdividís en las categorías de agudeza, gracia, chiste, chispa, talento é ingenio, que todas forman parte ó son nacidas del entendimiento, que es en frances esprit. Decia, pues, que al decir Buffon el estilo es el hombre, en lugar de materializarlo en un objeto confeccionado por el arte y las reglas, lo hace una inspiracion, y tan peculiar al hombre como la bella voz que sale de la garganta del ruiseñor. Un escelente crítico moderno lo define, «regla del buen gusto en el arte de espresarse.» El eminente Balzac dice claramente, que «el estilo no está en las palabras, sino en las ideas,» y creo que este gran escritor — que crecerá á medida que pase el tiempo como profundo y elevado árbol — era juez en la materia. Lamartine dice que «la mujer no tiene estilo, y que esta es la razon por la que todo lo espresa tan bien,» de lo que se puede inferir que si bien el estilo es cosa que se aprende y sujeta á reglas, no es necesario para decir bien, al contrario, espresaria mejor una idea la persona á quien no sujetase esta regla. Por lo que á mí toca, entiendo que el estilo es á la espresion, lo que es la poesía al pensamiento. Creo á ambos hijos de la inspiracion; y así como, segun dice el afamado Bulwer, hay poetas que nunca han soñado en el Parnaso, creo que hay estilos que nunca se han modelado en la Academia. El mismo Voltaire, ese famoso Aristarco, ha dicho que el estilo de Mad. de Sévigné es la mejor crítica de estilos estudiados.
— Decís bien, Vizconde, y definís la idea que en mí vivia muda. La versificacion es el arte, la poesía la inspiracion. Y así como por mas que digan nuestros grandes jueces, hay, segun dice Bulwer, poetas que nunca han soñado en el Parnaso, y eminentes versificadores que nos admiran, sin ser por eso poetas; así tambien hay admirables lengüistas con mal ó pesado estilo; y estilos que encantan por su gracia, su elegancia, su originalidad y chiste, sin tener la ventaja del perfecto lenguaje.
— ¿Habeis visto el nuevo drama, Clemencia? dijo Paco.
— No lo he visto, pero lo he leido, contestó esta.
— ¿Y qué os parece?... ¿os gusta?
— Me gusta y no me llena.
— Es disparatado, opinó Sir George.
— ¡Ya!... como que no es clásico. El Señor D. Jorge, Clemencia, es un clásico intolerante, como vos una creyente idem: para el señor no hay perfeccion en literatura, sino en lo clásico, como para vos no hay perfeccion en la fe sino en la del carbonero.
— Venero las tragedias clásicas como la mas perfecta muestra del arte imitado del griego, ¿no opinais así, señora? dijo Sir George.
— No me simpatiza ese teatro, contestó Clemencia: esas palabras religiosas sin fe, esa pasion tosca sin corazon, ese heroismo sin afectos, esas palabras tan compasadas en asuntos que lo son muy poco, me hacen mal efecto, y se me figuran Aspasias y Safos, vestidas de vírgenes cristianas. Son, á mi entender, afectadas; y todo lo que pierde la naturalidad, pierde la senda del corazon. Esta es mi débil opinion de mujer, que se forma por impresiones mas que por exámenes artísticos; mi sentir, que suena como el arpa eólica, á la ventura del aire que la penetra.
— ¿Os gusta nuestra literatura, señor Vizconde? añadió Clemencia.
— La antigua, con estremo; la moderna, casi toda mucho, siempre que no es una imitacion de la nuestra.
— Eso pasa por señal de buen tono, dijo Clemencia con ironía.
— Señora, contestó el Vizconde, así como se ha dicho que el mejor de los cálculos es ser hombre de bien, se puede decir que el mejor tono en España, es ser español; y con tanta mas razon cuanto que seria difícil hallar una nacionalidad mas genuinamente fina y elegante que la española. No hay cosa peor que seguir; el que sigue, se queda atras; se imita un camino de hierro, el vestir; y bien ó mal, aun una forma de gobierno; pero no se imita una nacionalidad. Lamartine llama á la imitacion el Mefistófeles del genio naciente y abortado.
Abrióse la puerta y apareció D. Galo, resplandeciente de satisfaccion, con un enorme ramo de violetas en la mano, el que puesto en la tercera posicion, doblando el cuerpo y redondeado el codo, presentó á Clemencia.
— D. Galo, esclamó Sir George, esto pertenece á los bellos tiempos de la galantería que hacia milagros. ¿De dónde han salido esas violetas, que yo hubiese pagado á peso de oro?
— Pues á mí solo me han costado correr hasta Rascaviejas, en donde se halla un jardin en que sabia que las habia tempranas.
— Por las cuales os habrá rascado bien el bolsillo una vieja en Rasca-ídem, dijo Paco Guzman al oido á D. Galo.
— ¡Qué! no por cierto, contestó este, aunque las habia pagado bien caras.
— Confieso que os envidio, señor de Pando, dijo el Vizconde.
— Es una galantería clásica, una galantería modelo, añadió Sir George.
— Yo no llamo á esto una galantería, opinó Clemencia; lo llamo una delicada prueba de amistad, y como tal la agradezco. ¡Ir en una noche como esta hasta aquel barrio tan estraviado! Así es que estais sin aliento.
— Es que he vuelto de prisa para llevaros á casa de la Marquesa; son ya las nueve y media; Paco se va ya.
Efectivamente, este se despedia.
Sir George y el Vizconde no se movieron.
Hubo un rato de silencio, al cabo del cual dijo Clemencia á D. Galo:
— Amigo mio, no saldré esta noche.
— ¿No? ¿Y porqué?... ¿Estais indispuesta? preguntó este.
— No es por eso; pero está mala la noche: oid como gime el viento en el cañon de la chimenea.
El Vizconde se levantó y se despidió, saludando, sin hablar una palabra.
D. Galo se habia levantado y pegado el rostro á los cristales, interceptando con ambas manos la luz del reverbero que le deslumbraba, y observaba la noche.
— ¿Con que no quereis que os acompañe, Clemencia? preguntó Sir George, volviendo á tomar su tono natural, ameno y cariñoso.
— No señor, preciso es decirlo, pues no os basta, como al Vizconde, que lo demuestre.
— Gracias, señora, dijo friamente Sir George.
— Esto no merece ni agradecerse ni sentirse: los miramientos dirigen las acciones de una mujer, así como las simpatías sus sentimientos.
— Pues... ¿no deciais ahora poco que la independencia moral de las españolas no sufria andaderas?
— Sí señor; pero el tacto de una mujer consiste en graduar lo que son trabas, y lo que son santos yugos.
— Clemencita, dijo D. Galo, la noche está hermosa, todas las estrellas están en el cielo ménos dos.
D. Galo ostentó su mas galante sonrisa.
— Si en lugar de madrileño fueseis andaluz, habriais hablado de soles, dijo Sir George con su séria burla.
— ¡Cómo se nos va españolizando este hijo de la noble Inglaterra, nuestra buena aliada! observó con satisfaccion D. Galo: no me inglesaria yo tan pronto en Lóndres, no.
— Esto me hace recordar, repuso con su impasible ironía Sir George, el que en una ocasion un príncipe y un criado cambiaron sus papeles: el criado no fué reconocido al hacerse príncipe; pero este lo fué al hacerse criado, lo que prueba que es mas fácil subir que bajar.
— ¡Luego dirán que los ingleses no son finos ni corteses! esclamó admirado D. Galo, léjos de notar la ironía. Lo que decís es un cumplido tan fino, que ni el Vizconde se hubiese esplicado con mas delicadeza. Clemencita, si no venís, me retiro, aunque me pesa de veras dejar tan buena compañía; pero la lotería estará impaciente con mi tardanza.
— Mil veces os he dicho, Sir George, dijo Clemencia cuando estuvieron solos, que gastais en balde vuestra refinada ironía; por desgracia yo soy la sola á quien llegan y hieren sus tiros. Buenas noches, Sir George.
— Señora... ¿me echais?
— A esta hora salgo ó cierro la puerta de mi casa.
— ¿No quereis hablar conmigo un momento siquiera, libre de las trabas de esos importunos, que me hacen estar en vuestra presencia frio como un estraño, cuando solo quisiera estar á vuestros piés como el mas apasionado amante? ¿Me aborreceis, pues, Clemencia?
Al ver á aquel hombre tan bello, tan superior, tan distinguido y tan altivo, á sus piés, sintió Clemencia que le amaba; pero se retrajo, como el que bajando una suave cuesta sembrada de césped, se para á ver, ántes de seguir su impulso, á dónde le conduce; ó como el joyero que al ofrecerle una alhaja que le deslumbra, se detiene ántes de pagarla para averiguar si es falsa ó no.
— Sir George, contestó trémula, aunque sintiese un profundo amor, nunca este me llevaria á hacer una cosa que pudiese ser notada ó mal vista.
— Eso es una cobardía, señora, esclamó á la vez irritado y desalentado Sir George.
— Calificadlo como gusteis.
— No me gustan las mujeres cobardes, señora.
— ¿Qué os pareceria, Sir George, si yo os dijese que no me gustan los hombres valientes?
— Que os burlabais de mí.
— Pues puedo creer que eso mismo estais haciendo conmigo.
— No es exacta la comparacion.
— Son idénticos en su resultado, Sir George, la espada que defiende y el broquel que resguarda.
— ¡Qué dolor, Clemencia, esclamó este, que con vuestra superioridad y talento, conserveis preocupaciones de convento!
— No me pesan.
— ¿Debo, pues, partir?
— Sí, si no quereis mortificarme y obligarme á suspender el placer que tengo en recibiros á mis horas señaladas.
Sir George salió sumamente mortificado, culpando la pusilanimidad de Clemencia, indigna de una mujer de carácter; pero mas, no diremos apasionado, sino mas engreido que nunca.
— Tiene, se decia, unos principios de virtud sencilla y sin ostentacion, pero fijos como el iman; nunca se dejará arrastrar por su corazon, ni atenderá al hombre en quien no mire su marido: vos lo sabeis, Vizconde, y estais en acecho; pues me creeis incasable; aguardais mi derrota ó mi desistimiento; pero ignorais que me ama, y que soy tan buen apreciador de joyas como vos. Señor Vizconde, el que ha de desistir sois vos.
CAPITULO IV.
Alegría, aunque no necesitaba pretestos para salir de su casa y abandonar el cuidado de su madre á su hermana, y el de sus hijos á las amas, cuando alguno se le presentaba le acogia presurosa: así un leve resfriado que habia tenido Clemencia, fué el que le sirvió para ir á casa de esta una prima noche.
Pertenecia Alegría á la clase de mujeres desalmadas que se confiesan á sí mismas coquetas, en vista de que el espíritu de imitacion frances no solo ha adoptado la palabra, sino tambien el vano y frívolo espíritu que la erige casi en una elegante gracia social.
Pero pertenecia tambien, sin ella confesarlo, á la mas perversa variedad de la especie, esto es, á aquella que como medio mas eficaz y enérgico de atraer á los hombres, no les demuestran solo el deseo de agradarles, sino que por mas seguridad, tomando la iniciativa, les demuestran que ellos les agradan á ellas. A esta seduccion resisten fácilmente los hombres delicados y de mérito, para los que una mujer que baja de su elevado trono se desprestigia completamente; pero en hombres vulgares, en hombres vanos y sin mundo, que tienen la buena fe ó necedad de creer que ese amor puesto en feria lo es únicamente á su intencion, y nacido de un irresistible y apasionado impulso hácia ellos; hombres noveles que no conocen aun que á la mujer que pierde lo morigerado y el orgullo propio de su sexo, pocas virtudes le pueden quedar, aunque las afecte; hombres poco espertos que no conocen que los papeles están trocados, y que la que busca, es porque no es buscada; para estos, son tales mujeres temibles, por poco que valgan; pues fingen todos los caracteres, todos los gustos y hasta todas las virtudes, haciendo cometer al hombre que cogen en sus perversas redes, toda clase de maldades, dándoles un interesante colorido. Y las leyes humanas son tan cortas de vista y toman tan poco en cuenta la parte moral de los delitos, que castigan al infeliz que robó un triste pedazo de pan para comer, y no han pensado en castigar á la infame que introduce un puñal de dos filos en el corazon ajeno, y destruye la honra, la felicidad y la paz de una familia.
Alegría, como las mujeres de su especie, sentia hácia los hombres, en ludibrio de su sexo, la propension que es propia de estos hácia las mujeres, aumentada por la necia vanidad de verse rodeada de enamorados ó aspirantes, y el perverso anhelo de triunfar de otras mujeres, sobre todo si estas valian mas que ella. De esto resultaba, que cuando no bastaba para lograr sus fines el hacerse seductora, se hacia provocativa, sin que la arredrase respeto divino ni humano.
Era en tanto estremo lo que la absorbian estas innobles pasiones, á que se entregaba sin reparo, que no conocia freno, ni se cuidaba de la profunda repulsa que causaba á las mujeres honradas, ni del menosprecio que inspiraba á los hombres que lo ocultaban en frases corteses y ligeras, tanto á causa de la falta de severidad de nuestra sociedad, como por consideracion á su marido, hombre que por su posicion, y mucho mas por su noble carácter, era respetado hasta con entusiasmo por cuantos le conocian.
Entre los hombres de mérito que se hallaban reunidos en casa de Clemencia cuando entró Alegría, es de presumir que al que dirigiese sus tiros fuese á Sir George, á quien ya conocia, y que sospechaba ser el que Clemencia distinguia.
Apénas entró, cuando rehusando el asiento de preferencia que le brindaba Clemencia, buscó como el matador en la arena, el lugar mas propicio, y se colocó en frente de Sir George, mirándolo al principio con reserva, pero procurando que él lo notase; y viendo que ó no lo notaba, ó fingia no notarlo, acabó por clavar la vista en él con descaro.
Sir George era hombre que calzaba muchos puntos para que una coquetería tan vulgar y descocada lo pudiese seducir. Es probable que en otras circunstancias no habria sido tan desdeñoso un hombre corrompido, como lo era Sir George, pues la mujer que busca al hombre, tiene la fácil tarea de aprisionar al vencido; pero Sir George tenia demasiada delicadeza en su imaginacion, para dejarla impresionar ante un ser que la llenaba toda, por otro ser que no alcanzaba á ocuparla, y que aun en circunstancias normales no habria sido para él sino un ligero pasatiempo. Tampoco era bastante novel para pensar en el mezquino medio de estimular por celos el naciente amor de una mujer como Clemencia; muy al contrario, conocia muy bien cuánto perderia á sus ojos si llegase ella á comprender que acogia las provocaciones de una coqueta de la especie de Alegría.
La inalterable indiferencia de Sir George picó á esta, que pasó á otra clase de agasajos mas directos. No hubo pregunta que no le hiciese, afectando no contestar ni hacer atencion á los demas que le hablaban ó se ocupaban de ella, para atender y ocuparse única y esclusivamente de él. Le instó á ir á Madrid, poniendo á Sevilla y á su sociedad en ridículo con lo mas picante de la burla y lo mas agrio de la sátira, armas tan bien manejadas por ella; pero todos sus artificios se estrellaron contra un frio glacial, que solo se halla en los polos y en el continente de un inglés que lo quiere ostentar. Sir George, sin faltar á la mas estricta finura, propia de los hombres de la sociedad á que él pertenecia, vengó tan cumplidamente á Clemencia de las perversas y traidoras intenciones de su prima, que esta, en quien siempre predominaba la bondad, se sintió impulsada á desear que estuviese el hombre á quien amaba con vehemencia, ménos seco y rechazador con su prima.
Clemencia nunca habia sentido celos, y tampoco nunca habia comprendido que hubiese mujeres que provocasen á los hombres; y ménos, que esto lo hiciese una mujer casada.
Estas tristes cosas, que por vez primera vió y sintió, cubrieron su hermoso y franco rostro como con un velo de tristeza, pues era muy sincera para ensayar el disimular su mal estar con una alegría y animacion ficticia.
Lo que motivaba esta suave tristeza, por no estar en antecedentes secretos, nadie lo comprendió sino el Vizconde, á quien partió el corazon, y Sir George, que se dijo:
— Mucho debo á la loquilla marquesa de Valdemar.
— ¿Estais triste ó preocupada contra vuestra costumbre, Clemencita? dijo D. Galo lleno de amable interes y de intempestiva desmaña.
— No estoy triste, D. Galo, pues gracias á Dios no tengo motivo para estarlo, respondió Clemencia.
— ¿Con que, dijo Alegría á Sir George, con que decididamente no vendréis á Madrid?
— No señora.
— Si vinieseis yo seria vuestro cicerone, y os proporcionaria ver cuántas bellezas y riquezas tiene la corte, que son de un mérito tal, que se lo envidian vuestra soberbia Lóndres y el brillante Paris.
— Señora, ha mucho tiempo que está estinguido en mí todo género de curiosidad. Clemencia, prosiguió dirigiéndose á esta, ¿nunca habeis estado en Madrid?
— No señor, contestó esta.
— ¡Oh! esclamó entusiasmado D. Galo, que, como sabemos, era madrileño, es preciso que Clemencia vea á Madrid.
— Sí, sí, D. Galo, es preciso hacer que vaya, dijo Sir George, pediréis licencia, y acompañaremos á la señora en este viaje.
— ¡Me place! esclamó Alegría riendo y fingiendo lo mejor del mundo benignidad y buena fe: ¿con que rehusais lo que os brindo, y le ofreceis eso mismo á mi prima?
— Marquesa, lo he hecho, porque siendo sola la señora, podrian quizá serle útiles mis servicios.
— Clemencia, ¿estáis triste ó preocupada? dijo por tercera vez D. Galo con inquietud: ¿os duele la cabeza?
— No señor, contestó Clemencia sonriendo, si hablo ménos que otras noches, es porque escucho mas; no hay otra causa.
Sir George, primero que ninguno, y mucho ántes que lo tenia de costumbre, se retiró por conocer cuán penosa era la situacion de Clemencia; pues el hombre refinado en cosas de mundo y de delicadeza, aun cuando no ame con pasion, sabe con fino tacto hacer cuanto es grato y lisonjea á la mujer á quien pretende agradar; puesto que la delicadeza, aun la adquirida en la esfera aristocrática del trato, tiene sutilezas tan esquisitas y tan dulces, que pueden equivocarse con las emanaciones del corazon, como un bien pulido cristal con un brillante.
Clemencia sintió al ausentarse Sir George, un profundo sentimiento de bienestar y de gratitud hácia él, así como lo habia previsto este al irse.
Apénas se fueron las personas que acompañaban á Clemencia y esta se halló sola, cuando vió entrar á Sir George.
Clemencia lanzó un sofocado grito de sorpresa.
— ¡Oh! ¡no me riñais! esclamó arrodillándose á sus piés Sir George; perdonad, perdonad. No he salido de vuestra casa; aburrido, fastidiado de esa mujer, que cual una pesada nube ante el sol, se interponia entre vos y yo: me alejé, entré en la galería que precede á los estrados, y allí pensando en vos, Clemencia, solo y sin importunos he aguardado este momento, para desearos sin testigos una noche tranquila. Nadie me ha visto, no temais.
— Es, repuso Clemencia agitada, que no se trata de si os han visto ó no os han visto, sino de lo que habeis hecho: os habeis escondido...
— ¡Oh! ¡no, Clemencia, no! No deis mal nombre á una accion sencilla, pues lo que he hecho es solo alejarme de la sombra que se interponia entre vos y yo.
— Sin mi consentimiento...
— ¿Queriais que os lo hubiese pedido?
— Sir George, dijo Clemencia con lágrimas en los ojos, abusais de mi aislamiento: ¡no hubieseis hecho eso si yo tuviese padre ó hermano!
— Clemencia, vuestro rigorismo escesivo os hace dar á las cosas un colorido que no tienen, y vuestra frialdad os hace juzgarlo todo con la severidad de un juez centenario. Sois libre, Clemencia; yo lo soy, os amo: ¿quién, pues, puede impedirnos, ni qué deber de moral nos puede retraer, á mí de decir que os amo, y á vos de escucharlo?
Clemencia aspiró cual si fuese á hacer una esclamacion; pero se detuvo y calló.
— ¿Me aborreceis, pues Clemencia?
Clemencia no contestó y bajó los ojos.
— Si no me aborreceis ¿á qué pues hacerme infeliz con esa impasible frialdad? ¿Qué os puede impedir amarme, si á ello os inclina vuestro corazon por simpatía ó por lástima? ¿Amais por ventura á otro, y es esa la causa de que seais tan inexorable?
— ¡Ay! no, no, no, esclamó Clemencia á pesar suyo; á nadie amo.
— Pues, entónces: decidme al ménos, ¿porqué me rechazais?...
Clemencia calló un instante, y dijo luego con voz tan queda que apénas se oia:
— Bien veis que no os rechazo.
— Pues decid que me amais, esclamó enajenado Sir George.
Clemencia, tan conmovida que no acertaba á hallar palabras para espresar su sentir, movió su cabeza en señal de negativa.
— ¿Porqué no, Clemencia? preguntó Sir George con voz dulce y tono suplicante.
— Porque, contestó esta, no puedo pronunciar tan á la ligera una palabra que decidirá del destino de mi vida.
Sir George disimuló á la perfeccion un movimiento de despecho, y dijo en tono suave:
— Agradeceré ménos lo que deba á la reflexion que lo que deba al impulso del momento, Clemencia.
— Decidme, Sir George, dijo esta al cabo de un momento de silencio, ¿qué os conduce á amarme?
— Vuestra sin par belleza.
Sir George no daba esta respuesta aturdidamente; la creia de buena fe la mas lisonjera á la mujer.
En el semblante de Clemencia se estendió una profunda espresion de melancolía al preguntar de nuevo con suave y triste acento:
— ¿Y no me amais por nada mas, Sir George?
— ¡Oh! sí, contestó este, os amo ademas porque nunca hallé unidos como lo están en vos, la delicadeza en el sentir y la gracia en el pensar.
¡Cuánto lisonjean el corazon de la mujer las palabras del hombre á quien ama aunque no llene sus exigencias! ¡Cómo rechaza la voz que desde su íntimo ser le grita: ¡No es eso!
La inocente razon de Clemencia no hallaba causa para desconfiar del amor de Sir George, y no obstante, su instintivo sentir no estaba satisfecho. En este tira y afloja en que se agitaba su alma, no hallaba ni motivo que justificase un desvío que hubiese sido para ella un sacrificio; pero tampoco hallaba concordancia que le inspirase confianza y arrastrase su asentimiento.
— ¿Puedo al ménos esperar? dijo Sir George con tono triste y desanimado.
Clemencia se sentia en aquel instante tan feliz y tan conmovida, que una sonrisa tan dulce como alegre, embelleció su rostro al contestar con su gracia benévola:
— ¿No podéis esperar sin autorizacion? La esperanza es un deseo consistente, que como tal no ha menester de estímulo; mas ahora, añadió con gravedad poniéndose en pié, ahora partid, Sir George, si no quereis que vuestras exigencias hagan mal tercio á vuestras esperanzas.
Sir George, satisfecho de las ventajas adquiridas, no quiso esponerse á perderlas chocando con la delicadeza de Clemencia, y obedeció.
Miéntras mas trataba Clemencia á Sir George, y miéntras mas reflexionaba, mas crecian los sentimientos encontrados que le inspiraba; y entretanto que su amor ascendia á pasion, sus recelosas zozobras llegaban á dolorosa angustia.
¿Quién decia á aquella mujer niña, que nada sabia de pasiones ni concebia fingimientos, en un país en que el invadiente estranjerismo no ha podido aun pervertir la franca nobleza del carácter nacional, ni introducir el horroroso arte de fingir, que las lágrimas que veia verter al hombre á quien amaba, no eran lágrimas de corazon? ¿Quién, que todas aquellas demostraciones y estremos no eran hijos de una verdadera pasion? ¿Quién, que aquellas palabras tan ardientes no eran sentidas? La gran sinceridad de su alma; pues en punto á sentimientos, nada es mas difícil de engañar que la sinceridad, puesto que desde luego echa de ménos su reflejo.
CAPITULO V.
No llevaba Alegría al salir de casa de Clemencia tan ofendido su amor propio y tan picada su vanidad, como podria pensarse de una persona de su índole y pasiones. Esta clase de mujeres tienen sobre las que carecen de lauros y apasionados, la desventaja de sufrir á veces lo que no tienen las otras, gran cosecha de desengaños, cuando no de desdenes ó de ridículos.
Paco Guzman, con quien estaba en relaciones de amor, habia entrado en casa de Clemencia ántes de haberse despedido Sir George; habia notado el juego de Alegría, se habia encelado, y esto habia sido para ella un goce que compensaba su fiasco en la emprendida conquista.
Salió acompañada por él, á pesar que sabia que aun ántes de casarse, el Marques habia tenido celos de este su apasionado.
Apénas se hallaron en la calle, cuando prorumpió Paco Guzman en amargas quejas y recriminaciones.
Alegría se echó á reir, lo que exasperó mas á Paco.
— No has mudado, no, esclamó irritado. Sí, tu placer ha sido siempre reir del mal que causas.
— Rio, repuso Alegría, de la idea de que pudiese semejante varal con su cara de pero de Ronda gustarme á mí.
— No has hecho sino dirigirle la palabra.
— Porque me divierte en estremo oirle pronunciar el español; no me he reido en sus barbas por la negra honrilla de dama de la corte.
— Pero le has invitado á ir á Madrid.
— Por hacer rabiar á Clemencia, á la que no creo le parezca el tarasco costal de paja. Ademas, Paco, añadió Alegría con descarado cinismo, ya sabes que soy coqueta; me gusta, sí, me gusta mucho que todos me miren y se enamoren de mí; me gusta que rabien las demas: ¿qué te importa, añadió con zalamería, si sabes que tú eres el hombre que llena mi corazon, mi capricho, mi gusto y mi vanidad, al que solo he querido siempre, quiero y querré? Nada borra un primer amor, Paco mio; mi madre me casó con el alma de Dios de mi marido sin consultarme; cuando le hablé de tí, quiso enviarme al campo como á Constancia; — me amedrentó; — el escándalo me asombró; soy dócil,—¡cedí! pero ceder no era arrancar de mi pecho mi primero, mi solo amor.
Todo lo antedicho era, como colegirá el lector, falso y mentido.
Alegría se llevó el pañuelo á los ojos.
— Si vieras, añadió con voz de llanto, ¡qué de sinsabores me ha costado el haber ido á tu cita la otra noche, y de qué mentiras he tenido que valerme para disculpar mi larga ausencia! Tú nada de eso tienes que sufrir; por eso siempre te dije que yo te queria mas que tú á mí, pues de ello te doy mas pruebas.
Los amantes iban tan ensimismados y embebidos en lo que hablaban, que no vieran á un hombre embozado, que parado habia estado frente al zaguan de Clemencia, y los venia siguiendo.
Cuando entraron en casa de la Marquesa, estaban completamente reconciliados. Alegría afectaba un airecito melancólico, como el de la inocente víctima de una injusticia y de una triste suerte.
Paco Guzman estaba mas alegre, mas petulante que nunca.
Aquella noche la Marquesa no se habia recogido aun, y estaba sentada en un sillon; á su lado estaba tranquila é impasible, como siempre, su hija Constancia.
Alegría entró primero, pretestó dolor de cabeza y se sentó al brasero. En seguida de ella entró Doña Eufrasia; poco despues Paco Guzman.
Al verle Doña Eufrasia, que le conservaba toda su ojeriza, dijo á Constancia á media voz:
— ¡Vaya un disimulo!... Con tu hermana venia; que yo los vi.
— Nada de estraño tendria, contestó esta.
— ¿Con que nada de estraño tendria? repuso la severa dragona: vamos, hija mia, parece que tienes confesor de manga ancha. Sabes que su marido no quiere que se acompañe con él; y la mujer que no hace lo que quiere su marido, cate Vd. ahí un divursio.
— Cambio de ministerio, dijo Paco Guzman despues de saludar y de informarse del estado de la Marquesa.
— ¡Qué me importa! contestó la pobre señora suspirando.
— Salir de sillas y entrar en Caribes, esclamó Doña Eufrasia, que queria decir Scila y Caríbdis.
— ¿Qué le han hecho á Vd. los ministerios que los pone de caribes? preguntó Paco Guzman.
— ¿Qué me han hecho? ¡pues no es nada! ¡el dia del juicio lo verán, pícaros! ¡ladros! ¿Y vos los defendeis? Será por espíritu de contraposicion.
— Los defiendo á capa y espada; se ha hecho en estremo ganso y vulgar criticar á los gobiernos. Nadie de buen tono lo hace. Pero vos, señora, ¿por qué armais contra ellos vuestras formidables baterías, de que habla Napoleon en sus memorias? ¿Qué os han hecho los ministros, esos pobres Atlantes?
Doña Eufrasia levantó al cielo sus redondos ojos sin contestar.
— ¡Que no le pagan! claro está; dijo con impaciencia la Marquesa.
— ¡Ah! ¡ya! ¿la viudedad? esclamó Paco Guzman. ¡Ah! ¡las viudas! ¡qué plaga! ¡En el mundo hay un país con mas viudas que España! son estas aquí innumerables, son inmortales, son dobles, pululan, se multiplican: cada militar deja un ciento, cada empleado una docena! No hay presupuesto que alcance á pagar las viudedades; son el pozo Airon de las rentas del Estado; me desespero en pensar que las contribuciones tan crecidas que pagamos, en lugar de ser para hacer carreteras, son para tanta viuda, á cual mas inútil, que viven de nuestra sangre como sanguijuelas monstruos. Deberia haber un sabido y económico Heródes que dispusiese un degüello de inocentes viudas.
Fué tal el asombro é indignacion de doña Eufrasia al oir esto, que por primera vez en su vida, depuso el aire marcial é indomable para tomar el de víctima, y esclamó con énfasis:
— Hasta ahora el huérfano y la viuda, si bien no habian sido pagados, habian sido tratados en el mundo con gran consideracion y lástima; pero en el dia hasta eso se pierde. ¡Señor, ya nada va á detener tus iras! y el fuego del cielo caerá sobre España como sobre Coloma.
— Señora, prosiguió Paco Guzman, cuando sea diputado, propondré, para remediar la plaga de viudas que nos aflige, el establecer aquí la sábia costumbre que existe en el Malabar.
— ¿Y cuál es esa costumbre? preguntó Doña Eufrasia, á la que interesaba en estremo todo proyecto concerniente á este asunto.
— Señora, en aquel sabio país, cuando se muere un hombre que tiene esposa...
— Bien, ¿qué?
— A esta interesante viuda...
— Bien, ¿á esa interesante viuda?...
— No vayais á pensar que se le busca otro marido, eso no.
— ¿Pues qué se hace?
— Se le enciende una hoguera.
— ¡Una hoguera!!! ¡Vaya una idea! ¿Y qué se le remedia con eso?
— Todos sus males.
— ¿Sí?
— Sí; pues en esa hoguera se quema ella.
— ¡Jesus, María y José! esclamó Doña Eufrasia, poniéndose las manos en la cabeza, ¡qué herejía! ¡qué barbaridad! ¡qué sacrilegio! Eso clamaria al cielo si fuese verdad; pero como se miente hoy dia mas que lo que se da por Dios, no hay que creerlo.
— ¡Vaya, si es verdad! y es lo mas sabio que he oido en mi vida. En aquel país, modelo de delicadeza conyugal, toda viuda honesta se avergonzaria de sobrevivir á su marido.
— Si se encendiesen las hogueras para los embusteros y fuesen allá por grados, me parece que iria Vd. el primero, repuso Doña Eufrasia dejando el ton sentimental y declamatorio.
— No miente, mujer, — dijo con displicencia la Marquesa, como para cortar la disputa que le fatigaba oir; — me han dicho que eso se hace allá entre unos salvajes que no son cristianos.
— ¡Ya! ¡cómo habian de serlo! esclamó Doña Eufrasia; pero no quita que Paco Guzman, que tampoco lo es, sea capaz de aconsejarlo en esa Samblea de Madrid, á la que solo faltaba esto para coronar sus herejías y disparates. ¡Y luego nos vendrán hablando de la Inquisicion! Esa quemaba á los judíos; ¡bendito sea su alma! pero pensar en proponer quemar á las viudas, porque eso se hace allá en Malapar ó en los quintos infiernos, hasta allí podia llegar el espíritu de mitacion. ¡Oh! si Matamoros viviese! ya veria esa Samblea para qué ha nacido. ¡Herejes! ¡desalmados! Pues oiga Vd., Paquito, á Vd. no le disgustan las viudas! y ahora un mes andaba Vd. tras de una que bebia los vientos; yo todo lo sé, ¿está Vd.?
— Pues ya se ve que me gustan las viudas: como que no soy ministro de hacienda, me gustan siempre que sean posteriores á la guerra de la pendencia, contestó Paco Guzman, al que no habia hecho gracia ninguna la observacion de Doña Eufrasia, la que aludia á Clemencia.
— Constancia, dijo la Marquesa, hoy me ha sentado mal el caldo; tenia grasa.
— Madre, yo misma lo colé por un pañito mojado.
— Nunca para tí llevo razon en nada de lo que digo. Bien, no me volveré á quejar, aunque me traigas agua sucia en lugar de caldo.
— No, madre, no, mañana lo colaré por una bayeta.
— Vamos á acostarme, que me siento muy fatigada; aunque le toca velarme á Andrea, no te desvíes de mí, ¿estás?
— El cuidado será mio, madre.
Constancia agarró el brazo de la enferma con el mayor cuidado y suavidad.
— ¡Jesus! ¡qué manos tan duras tienes! le dijo esta: ¡cómo me oprimes!
— Temia que os cayeseis, madre: estais tan débil...
— Ya: pero el remedio es peor que el mal. Eufrasia, dáme el brazo; que mi hija es muy torpe.
Doña Eufrasia ayudó á Constancia; Alegría no se movió, y aprovechó el rato que estuvieron solos para hacer una escena á Paco Guzman, á la que dió motivo la alusion á la viuda que habia hecho Doña Eufrasia. Alegría acertó que se referia á Clemencia, y dijo de su prima cuanta maldad se le vino á las mientes.
Entraron en seguida D. Galo, D. Silvestre y las otras personas que aun se reunian en casa de la Marquesa, las que aquella noche echaron ménos al Marques de Valdemar, que no concurrió.
Alegría estaba inquieta.
— ¡Es cosa rara! dijo de repente D. Silvestre.
— ¿Qué cosa? preguntó escamada Alegría.
— Que hace tres dias que no se ha visto el sol ni poco ni mucho.
— Se habrá perdido, contestó con impaciencia Alegría.
— ¿Qué teneis, Marquesa? Me parece que estais distraida: dijo D. Galo.
— Puede que lo esté; es el estarlo el mejor modo de pasar una su tiempo en Sevilla, repuso Alegría.
— Vamos; que será porque tarda el Marques; no os inquieteis por eso: algun amigo lo habrá entretenido en el casino: ¿quereis que vaya á verlo?
— ¡Pues eso faltaba! repuso Alegría. ¿Pensais acaso que tema yo que se haya perdido, como parece temerlo D. Silvestre del sol, ó que padezca de eclipse perpetuo? contestó con burlona y acerba risa Alegría.
A la mañana siguiente entró Alegría afectando buen humor en el cuarto de la Marquesa.
— Madre, dijo despues de haber tocado otros puntos, ayer recibió Valdemar noticias de Madrid, que hacen allá su presencia urgente: así es que ha partido esta mañana. Me encargó deciros que no se despedia, por ser siempre tristes las despedidas, y mas en el estado delicado de salud en que os hallais, y porque volverá conforme se lo permitan sus asuntos.
La Marquesa habia oido lo que decia su hija sin que le llamase mayormente la atencion; pero Constancia palideció atrozmente.
— ¡Dios quiera que vuelva pronto! dijo la enferma, pues me acompañaba mucho y me velaba, lo que tú no puedes. ¿Porqué no me has traido los niños?
— Se los ha llevado, respondió Alegría.
— ¡Que se los ha llevado! esclamó su madre.
— Sí señora; así lo exigia su abuela que queria verlos, y como él se pasa de buen hijo, ha complacido á su madre, aunque yo hubiese preferido que se hubiesen quedado.
— Se pasa de buen hijo, sí, y de buen yerno tambien, dijo la Marquesa.
Constancia se habia acercado á una cómoda en que se hallaba una botella de agua, habia llenado un vaso, y se lo llevaba con mano trémula á los labios. Lo tenia previsto ántes, y ahora lo comprendia todo.
Cuanto habia dicho Alegría era falso: Constancia tenia esa conviccion; lo que era cierto y callaba era el contenido de esta carta que halló por la mañana sobre su tocador.