«Creo, señora, que el amor meridional lo han inventado los novelistas para dar una pesada chanza y para crear decepciones; ó bien será que las encantadoras hijas de Iberia, de puñal en liga, se han transformado, gracias á la civilizacion, en vestales cristianas, de rosario en mano.
«Vuestros favores son tan ascéticos, y los distribuís con una imparcialidad y una gracia tan perfectas, que nadie puede tener derecho de quejarse, y sí todos razon para agradecer: así con vuestro candor monjil haceis ni mas ni ménos que las coquetas con sus artificios mundanos.
«Señora, en vuestro país, patria genuina de los refranes, dichos y chilindrinas, hay uno que dice ó César ó cesar, y del que os suplico que hagais la aplicacion. Si me amais, que sea esclusiva y decididamente, admitiéndome por marido ó por amante: para ambas cosas me ofrezco; para cualquier cosa, ménos para un Tántalo sentimental.
«Vuestro confesor os dirá que mi exigencia es en un todo conforme al espíritu del Evangelio.
George Percy.»
Al leer esta humillante, inconcebible y chavacana carta, dura é incisiva como el acero aguzado, un espantoso temblor se apoderó de Clemencia; sus oidos zumbaban, sus arterias latian, y cayó exánime sobre su sofá.
Bien podia haber pasado esa carta insolente entre las señoras del gran mundo, que á fuer de merecerlas tienen que sufrirlas; bien podia tener curso en aquella sociedad tan pulida en su esterior, tan corrompida internamente, en que es proscrita la gansería, y admitida y practicada la insolencia; pero en la esfera de Clemencia sucedia justamente lo contrario. Clemencia indulgente á una inofensiva falta de finura, sentia en sí y podia ostentar la dignidad que no tolera la insolencia; esto es que tenia la conciencia de su propio valer é invulnerabilidad.
Clemencia, herida de la manera mas cruel é inesperada por esa carta, que no hay pluma española que hubiese podido escribir, pretestó una indisposicion, se encerró, y pasó las veinte y cuatro horas mas terribles de su vida. Revisó con el esfuerzo de su razon las ideas y sentimientos que en todos asuntos habia ostentado Sir George, y alzó con valor el dorado velo con que su amor habia cubierto su corrupcion. Todo lo analizó con firme é imparcial voluntad.
— ¡Ah! pensó al concluir este cruel exámen, ¿iria yo despues de haber sido unida al tipo de los vicios materiales, á unirme por propia voluntad, y arrastrada por un amor que me echo en cara como una falta, al de todos los vicios del espíritu? ¡No! ¡Qué bien ha dicho el Vizconde que nuestras almas serian siempre en su contacto como la union de un cuerpo vivo á un cadáver!
Así, pues, en esta lucha destrozadora que sufrieron su pasion y su razon, la dignidad de la mujer se alzó fuerte y brillante como un faro, á cuyos piés se estrellaron las olas de su corazon: del combate salió serena y firme su dignidad, triunfantes sus nobles y elevados instintos, irrevocable la resolucion que le sugirieron.
— ¡Sí, padre mio! esclamó tomando una pluma, y poniéndose á escribir, en mi corazon está impreso con tu recuerdo tu último consejo: ¡SI LUCHA HAY HAZ QUE TRIUNFE LA RAZON! Y escribió con firme pulso y ánimo reposado la siguiente carta:
«Convencida de la verdad del refran con que españolizais vuestra carta, ó César ó cesar, opto por lo segundo.
«Há tiempo era esto un presentimiento; ayer fué un propósito; hoy es un fallo.
Clemencia Ponce.»
Al mismo tiempo escribió esta otra:
«Pablo, deseo verte; el porqué te lo dirá de palabra, si estimas saberlo, tu prima
Clemencia.»
Cuando Sir George, que como es de suponer no habia partido, supo por su ayuda de cámara la ida del Vizconde, efectuada aquella mañana, se arrepintió amargamente de la carta que habia escrito á Clemencia; carta escrita en aquellos momentos en que el despecho y el amor propio herido quitan todo artificio al hombre, que se muestra en ellos tal cual es. No obstante, Sir George no graduaba lo profundo de las heridas que habia causado á aquel corazon de que se sabia querido; estaba acostumbrado á amazonas aguerridas, á quienes atraia el combate. No comprendia las heridas hechas al corazon, y sentia solo las hechas al amor propio: hubiera querido borrar con su sangre aquellas espresiones satíricas de vestal cristiana con rosario en mano, candor monjil, y no haber chocado con las ideas religiosas de Clemencia hablando de su confesor. No obstante, se consolaba pensando al concluir de prisa su tocador: me ama, y la mujer que ama no resiste á las lágrimas y súplicas del hombre á quien quiere!—¡Pobrecilla! ¡esa sí que sabe querer! si no se hiciese tanto de rogar. ¡Oh! si el amor que nos tienen no fuese cosa que empalagase á la larga, y no trajese en pos de sí la sujecion, los celos y las exigencias, ¡qué bella cosa seria!
Sir George corrió á casa de Clemencia, y recibió por respuesta que la señora no recibia, por estar indispuesta. Esto le contrarió, pero reflexionando pensó que le era quizas favorable, y que convenia dejar pasar el primer ímpetu de indignacion.
A prima noche, á su hora acostumbrada, volvió y recibió la misma respuesta.
Sir George sintió dos grandes contrariedades, la una la de no ver á Clemencia, y la otra de no saber á qué parte ir á pasar la noche donde no se aburriese; se volvió á su casa, se puso á leer los papeles ingleses, y se quedó dormido.
A la mañana siguiente recibió la carta de Clemencia.
— ¡Por fin! esclamó, el hielo se deshace.
Despues de leida, Sir George se quedó por mucho tiempo completamente parado y aturdido. La carta no traia una queja, una lágrima, ni un epíteto agrio.
— ¡No comprendo! dijo. ¡Cosas de España! Le habrá puesto la carta su director.
Sir George no podia parar; montó á caballo para hacer hora.
A las dos fué á casa de Clemencia; la señora habia salido.
Sir George no pudo disimular su despecho, y preguntó con indiscrecion que dónde habria ido, pues le precisaba hablarla. Supo que en casa de su tia la Marquesa de Cortegana, y corrió allí.
— Estás pálida, decia Constancia á Clemencia en aquella hora: ¿te sientes indispuesta?
— No, no lo estoy, respondió esta; los semblantes, como el cielo, no tienen siempre los mismos matices, Constancia.
— ¡Ay, hija mia! ¡si sufrieses lo que yo! dijo la pobre Marquesa.
— Si con eso os aliviase, tia, ¡con cuánto placer lo sufriria!
Abrióse la puerta entónces, y apareció Pepino con su aire diplomático.
— Ahí está uno, dijo.
— ¿Y qué quiere? preguntó Constancia.
— ¡Toma! un ratito de conversacion.
— Pero... ¿quién es ese?
— El señor de Jesu-Cristo.
— ¡Ay! ¡qué barbaridad! esclamó Constancia, tapándose con ambas manos la cara.
— ¿Pues no se llama asin? dijo Pepino que habia oido nombrar á Sir George, Monte-Cristo.
— No, hombre; ese caballero, es el señor D. Jorge el inglés.
— ¿E qué le digu?
— No, hija, me siento hoy tan mala, que no puedo recibir á nadie.
— Clemencia, ¿si tú quisieras recibirlo? dijo su prima con voz suplicatoria.
— Constancia, dispénsame; en otra cosa te complaceré; pero déjame aquí acompañando á tu madre; que para eso he venido.
Constancia hizo un involuntario movimiento de impaciencia que refrenó en el momento, y salió con apacible y grave semblante para ir al estrado, donde fué introducido Sir George por Pepino, que le dijo:
— Señor D. Jorge el inglés, tenga á bien de pasar adelante; pero sacúdase su señoría los piés ántes de entrar. Sepa su señoría, prosiguió Pepino sin que se le preguntase, que la señora está su señoría intercaliente; señor, los médicos malditos y la botica se llevan un dineral, porque lo que saben es recetar, eso sí; pero cuidiau que no saben curar.
La conversacion entre Sir George y Constancia no podia ménos de ser lánguida: despues de preguntar con interes por la Marquesa, y asegurarse mutuamente que hacia frio, el diálogo quedó cortado como con unas tijeras.
Al cabo de un rato dijo Sir George poniéndose en pié, y viendo lo infructuoso de esta su nueva tentativa por ver á Clemencia:
— No quiero quitaros vuestro tiempo, que querréis dedicar todo á la asistencia de la enferma.
— Efectivamente, repuso Constancia, solo la satisfaccion de daros las gracias por el interes que mostrais por mi madre, me hubiese separado de su lado.
Sir George saludó y salió.
Volvióse á su casa en un estado en que le agitaban igualmente el pesar, el coraje y el temor.
Escribió una carta apasionada y afligida, en que se veian las señales de sus lágrimas, espresando su arrepentimiento y formulando las mas vivas instancias porque Clemencia le perdonase lo que á su pluma se escapó en un momento de celos y de despecho.
Clemencia leyó la carta; pero Sir George se habia desprestigiado con ella; aquel ídolo que ella hiciera tan bello, habia caido de su falso pedestal; las espresiones de la carta le parecieron afectadas, las ideas falsas, el lenguaje palabrería hueca, y las lágrimas gotas de agua.
La venda habia caido.
Clemencia no contestó.
Al dia siguiente Sir George, desesperado, pues entrevia que en una mujer de carácter tan superior como era Clemencia, por grande que fuese el poder de su amante corazon, seria aun mayor el de la voluntad dirigida por la razon y estimulada por la dignidad femenina, volvió á escribir, y esta vez su carta mas sincera, era mas sencilla, y por lo tanto mas elocuente.
Pero Clemencia no la abrió, y se la devolvió cerrada con un sobre.
Entónces Sir George se abatió profundamente, no porque se despertase en aquel corazon muerto una pasion real y sentida por Clemencia, eso no era posible: cenizas no levantan llama. Pero ese hombre para quien la vida habia perdido todos sus prestigios, todos sus goces, todo su interes, todo su valor, todas sus escitaciones, habia hallado en Clemencia el solo ser que sobrepujaba por instinto á toda su adquirida aristocracia intelectual; la sola mujer que con su gracia, á la vez aguda é infantil, su saber y su inocencia, su inteligencia de primer órden y sus sentimientos de alta esfera, su poesía de corazon, y su sensatez en la vida práctica, le atraia, le interesaba, le entretenia, le sorprendia; en fin, habia logrado lo que no otra, llenarle.
¡Estraña anomalía! El impulso que sentia hácia Clemencia, y el deseo de reconciliarse con ella, llevó á Sir George, el escéptico, el positivo, el estóico y desdeñoso, hasta el punto ridículo de hacer los estremos de un héroe de novela: rondó la calle de Clemencia noches enteras, escribió carta sobre carta, se fingió malo, obsequió á D. Galo con un par de pistolas de Manton (el regalo mas inútil del mundo); pero todo fué en vano y se estrelló contra la resolucion, que despues de un íntimo convencimiento, habia inspirado su sano juicio á Clemencia.
Sir George se hacia ilusion, ó queria hacérsela, de que esos estremos eran hijos de un sentimiento vivo y vigoroso, y pulsaba con ansia su corazon por cómo latia; pero era en vano! la cuerda de ese bello reloj estaba gastada; y cuanto hacia era ficticio: no se pudo engañar, y acabó por reirse con agrio desden de sí mismo.
— ¡Y que haya, decia con amargura, hombres que afecten mi estado! ¡Hombres que se afanen en hacerse la antítesis de Prometeo, no buscando, sino apagando la llama de la vida!
Entónces Sir George cayó en uno de esos acesos de misántropo esplin, que le hacian el mas desgraciado de los hombres; tanto mas, cuanto que queria disimularlos; y de los cuales solo Clemencia hubiera podido sacarle con su trato encantador, como David á Saul de los suyos, con su melodiosa arpa.
CAPITULO X.
Pablo al recibir la carta de su prima, se habia apresurado á ponerse en camino. — Algun negocio, pensaba, algun apuro en que se hallará, algun pleito en que la hayan envuelto. Es la primera vez que me escribe: ¡dichoso yo si puedo serle útil!
Pero apénas hubo llegado, apénas pasaron las primeras espresiones de bien venida, cuando le dijo Clemencia:
— Pablo, ¿me amas aun?
Pablo se halló tan sorprendido y trastornado con esta inesperada pregunta, que no contestó.
— Respóndeme, Pablo, dijo Clemencia.
— No respondo, Clemencia, porque tú no me preguntas para saber mi respuesta, dijo este al fin.
— Será entónces para oirla.
— ¿Y con qué objeto quieres oirla?
— Con el objeto, caso de que sea afirmativa, de que me dé pié y ánimo para decirte, Pablo, que aprecio tu amor, lo merezco, lo admito y le correspondo.
— ¿A qué debo atribuir este cambio? esclamó Pablo, cuya voz temblaba de emocion. ¿Es ironía? ¿Es despecho?
— No, Pablo, no; es profundo aprecio, íntimo cariño; y la conviccion de que tú y solo tú eres el hombre á cuyo lado puedo hallar la felicidad, segun yo la entiendo.
— ¿Has amado á otro, Clemencia, y juzgas acaso así mis sentimientos por comparacion?
— Así es, no lo niego; con la misma sinceridad y verdad con que esto te confieso, añado que el amor del hombre que amé no lo desprecio, pero lo desdeño; su persona no la odio, pero me es indiferente. Mi amor, pues, dejó de existir como estrella de la noche que apagó el dia; pues no creas, Pablo, que en mí sea el amor una llama que encienden y atizan ciegas pasiones, no; es un fuego santo que solo sostiene y alimenta lo bueno y lo bello, como en el culto griego al fuego sacro solo lo alimentaban las puras vestales. Es esto en mí instintivo, á la par que razonado y previsor; y es ademas una conviccion que han madurado á la vez mi esperiencia y la santa autoridad de nuestro tio, la que cual el sol alumbra aun al traves de las nubes. No creo necesario, añadir, Pablo, que cuando me ofrezco por tu compañera á tí que honro y venero, me ofrezco pura; como debe serlo la que tú llames tu consorte.
Te he dicho la verdad, así como te hubiera descubierto una falta, si tuviera la amarga desgracia de que sobre mi conciencia pesara, confiada en que me la habrias perdonado, pues como decia nuestro sabio Mentor: la virtud sin clemencia, es orgullo. Entre los dos, Pablo, no debe haber nada oculto, ni lo habrá nunca: un misterio seria entre ambos una profanacion de nuestra dulce confianza, una empañadura en la pureza de nuestro amor, y una pared de cristal frio y duro, que aunque invisible, nos separaria. He sufrido, Pablo; este es todo mi secreto.
— ¡Oh! esclamó Pablo. En mala hora, pues, te viniste y me dejaste.
— En buena hora, Pablo, en buena hora; pues solo así he sabido apreciar y comprender cuánto vale á tu lado la verdadera felicidad, y sobreponer esta á todas las demas. Solo así he podido comparar el vacío, lo corrompido, lo exhausto, lo seco y lo acerbo de esas naturalezas, que una gran cultura cubre con un barniz tan delicado, que seduce á los inespertos como yo, y á veces es preferido al mérito real por los que no saben apreciar lo bello de la humana naturaleza. He podido comparar este barniz con la verdadera nobleza de alma, con el puro é inmaculado sentir de un corazon sano, con la rectitud de un entendimiento no contaminado con los vicios de la sociedad, con un carácter franco y entero, que sigue con valor la senda del bien, como el Cid la de la victoria, y para el que son instintivos la generosidad, el heroismo, la virtud y la delicadeza; y he podido conocer que aquello que me deslumbró fué lo primero, y que tú, Pablo, que llenas todo mi corazon, cuya compañera voy á ser con entusiasmo, eres lo segundo.
— Con que... ¿me amas, Clemencia? preguntó profundamente conmovido Pablo.
— ¡Con toda la bella exaltacion con que un corazon tierno ama lo bueno! Pablo, te amo con toda la conviccion con que se ama á la virtud, con la constancia con que se ama la dicha, con toda la ternura y abandono con que se ama al que se escoge libre, voluntaria y reflexivamente por compañero ante Dios y los hombres.
— Unidos, pues, esclamó con voz ahogada por su emocion Pablo, unidos para siempre, unidos irrevocablemente, inseparables en la tierra y en el cielo!... ¡Oh, Dios mio! Es posible tanta felicidad?
Y arrastrado por un impulso irresistible, Pablo cayó á los piés de Clemencia, y ocultando entre sus manos su rostro bañado de lágrimas, lo apoyó sobre las rodillas de la que iba á ser su mujer.
— Pablo, dijo Clemencia despues de un rato de silencio, satisfaz un capricho de mi corazon, y díme, ¿qué te ha llevado á amarme?
— Es todo, sin que nada pueda precisar, respondió Pablo sin levantarse: es porque TU eres TU.
— ¿Pero es mi figura, lo que te es grata? ¿Son mis sentimientos los que te son simpáticos? ¿O son mis pensamientos los que te seducen?
— Nada de eso es, Clemencia; tu figura, tu sentir y tu pensar me son gratos y simpáticos y me seducen, porque SON TUYOS. Róbete un mal tu hermosura, tu talento, tu sentir vivaz y poético; yo, Clemencia, te amaria lo mismo; te amaria loca, sin que me lo agradecieses; ¡te amaria muerta... como te he amado sin esperanzas!
— ¡Esto es ser amada, y esto es la dicha! dijo Clemencia enternecida, apretando entre sus delicadas y blancas manos las honradas y varoniles manos de su primo.
Pablo comió en casa de Clemencia, y á la tarde vino D. Galo á tomar con ellos café.
Clemencia estaba brillante de alegría como lo está la naturaleza cuando despues de una corta tempestad le sonríe el sol.
— ¡Qué alegre estais, Clemencita! dijo D. Galo paladeando una copa del rico licor que se hace en el puerto de Santa María.
Y ciertamente Clemencia lo estaba. La soberbia y acerba conducta de Sir George comparada á la de Pablo, no solo la habia hecho apreciar la delicadeza y generosidad de la de este, sino que la primera le causó un sentimiento de temerosa repulsa que le hizo huir de aquel hombre duro, á la par que hizo brotar un aprecio tierno y simpático hácia Pablo que la llevó á apegarse al que á tanta entereza unia tan delicado cariño. Sentia al lado de Pablo lo que el viajero que goza de la dulce sombra y tranquilo descanso de una bella encina, despues de atravesar jadeante un áspero y quebrado suelo bajo los rayos de un sol picante: así fué que contestó con sincera y alegre exaltacion:
— Soy como las niñas, amigo mio, aunque cuento cerca de seis olimpiadas. Hablaré mi lenguaje, ya que me echan el baldon de ser sábia. ¡Estoy tan alegre! ¿Sabeis porqué?
— No atino, hija mia.
— Pues es, repuso Clemencia acercándose á su oido, es porque... me caso: no quiero ni tengo por qué callárselo á tan buen amigo.
D. Galo hizo tal movimiento de sorpresa, que el licor que contenia su copa, tuvo las oscilaciones del flujo y reflujo del mar. No era la sorpresa de D. Galo causada por no haber notado en Clemencia particularidad con ninguno de sus apasionados, sino porque, sin darse él cuenta del porqué, se habia figurado que Clemencia en la tierra, así como las estrellas en el cielo, estaban muy bien é inamoviblemente colocadas, y que su variacion era un cataclismo en el órden establecido. Ademas, en la buena moral de D. Galo, era para él el anuncio del casamiento de una bella, lo que es para el cazador, por torpe que sea, el anuncio de la veda: así fué que esclamó consternado:
— ¿Que os casais? ¿De veras?
— ¿Y porqué no, señor mio? ¿Tienen las sábias, ademas de otras desgracias, la de ser incasables?
— Pero... — dijo D. Galo sin prestar atencion á lo que decia Clemencia, y esperando aun que lo dicho fuese una broma;—¿pero... quién es el dichoso?
— El dichoso,—¡porque á fe mia que lo será! — es D. Pablo Ladron de Guevara, mi primo, y desde ahora el amigo de los que lo son mios.
Pablo alargó sonriendo la mano á D. Galo.
— ¡Sea en buen hora... sea para bien! tartamudeaba cortado D. Galo, felicito... tomo parte... celebro... ¡los Guevaras están predestinados!... Y entre tanto, examinando la persona de Pablo, que vestido de traje de ciudad no tenia el aire de un petimetre de los modernamente designados con la palabra inglesa dandy, se decia á sí mismo: ¡Quién es capaz de comprender los caprichos de las bellas hijas de Eva! ¡Vea Vd., Clemencita, que hubiese podido escoger entre la flor y la nata!... ¡yo la creia incasable!... ¡si hubiese sospechado lo contrario!... ¡Casarse! ¿A qué santo? ¿No estaba tan bien así? ¡Me he llevado chasco! — no seré el solo.
— D. Galo, añadió alegremente Clemencia, este es un gran secreto; pero que no me importa que todo el mundo lo sepa.
— A muchos lo callaré, contestó en su tono galante y con su mas chusca sonrisa D. Galo, porque no me gusta ser portador de malas nuevas.
Vamos, añadió para sí, — echando con disimulo el lente á Pablo, que en este momento se habia puesto á escribir en el escritorio de Clemencia una carta á Villa-María, — sobre gustos no hay nada escrito. Cuando Clemencia le ha elegido, tendrá mérito; solo que por mas que miro, me persuado que no está á la vista.
A la noche D. Galo fué algo mas temprano de lo que acostumbraba, á la tertulia de la señora de la Tijera.
— Voy, dijo aun ántes de sentarse, á dar á Vds. una noticia que de cierto ignoran, y tan fresca que es nonata para el público.
Inmediatamente fué D. Galo asaltado con esta descarga de preguntas:
— ¿Es triste ó alegre?—¿Pertenece á la alta ó baja política?—¿Es jocosa ó fúnebre?—¿Es auténtica ó apócrifa?—¿Es de luengas tierras?—¿Es indígena?—¿Es redonda?—¿Ha venido por telégrafo?
— Es, respondió D. Galo, dejando que se restableciese el silencio, para dar todo su peso y solemnidad á su respuesta, es inesperada, imprevista, sorprendente y estraordinaria.
— Ea pues, decidla, esclamó Lolita.
D. Galo calló, luciendo su mas resplandeciente sonrisa, prolongando así el dulce momento en que era el punto céntrico de la atencion general.
— D. Galo, dijo uno de los concurrentes, sois como el reloj de Pamplona, que es fama que apunta, pero no da.
— D. Galo, ¿quereis convertirnos en papanatas? esclamó impaciente la curiosa Lolita.
— No, opinó un jóven estudiante; Pando quiere ser diputado, y se ensaya en el arte de hacer efecto.
— Dejad á D. Galo Pando, á quien viene mal el nombre como á mí, que en mi vida he tenido un dolor de cabeza, el de Dolores. Rojas, contadnos qué tal hicieron anoche el tio Caniyitas.
Al oir mentar la zarzuela de moda, Rojas, que era un filarmónico, se puso á talrarear:
Las casadas son de plata,
Las vïudas son de cobre,
Y las viejas de hojalata.
— ¡Pura adulacion á las solteras! dijo Lolita; el garabatillo de las viudas es mucho mas atractivo que los famosos y nunca bien ponderados quince abriles, que han inventado los poetas despechados, porque los veinte mayos no les hacen caso.
— En confirmacion de lo que decís, en cuanto á las viudas, hija mia, dijo D. Galo, que aprovechó la ocasion que se le escapaba de lanzar á la publicidad su famosa noticia, os diré que se casa una viudita.
D. Galo suspendió su comunicado, volviendo en torno suyo unos ojos, en los que procuró poner toda la chuscada indígena.
— ¿Quién es la infeliz? dijeron ellas.
— ¿Quién es el engañado? añadieron ellos.
— ¡Qué premioso sois! esclamó Lolita.
— Le favoreceis... que es pesado, opinó Rojas.
— Guarde Vd. su noticia para escabeche, dijo levantándose Lola.
D. Galo, que vió que por segunda vez perdia la oportunidad y la atencion, repuso:
— Pues sabed que se casa Clemencita.
— ¿Con Monte-Cristo? preguntó volviéndose bruscamente la niña curiosa.
— ¿Con Carlo-Magno? añadió otra.
— No habeis acertado, hijas mias, contestó en sus glorias D. Galo.
— Pues decidlo, señor; que si no, os vamos á dar el diploma de mayor en el regimiento de la Posma. ¿Con quién es?... ¿Es con Vd.?
— ¡Tanta dicha, no es para mí, Lolita, hija mia! contestó con buena fe D. Galo, á la burlona pregunta; de sobra sabeis que tengo mala suerte y solo hallo ingratas; ademas mi situacion no me permite...
— ¿Es con su primo Cortegana, que dicen ha llegado.
— No; es con otro, su primo de Villa-María, Pablo Guevara.
— ¿Aquel lugareño que vi en su casa ayer, que lleva los guantes como manojo de espárragos? ¡Dios nos asista! no sabe ni hablar: ¡mire Vd. con quién fué á dar la sábia! ¡Yo que creí que se iba á casar con el Liceo!
— Quien ménos vale, mas merece, opinó uno de los presentes.
— ¡Ya! ¡ya sabe la viudita! añadió una de las señoras mayores; Guevara que heredó de su tio D. Martin y que tiene por su casa, es una gran boda; ¡ya sabe!
— Es la opinion mas errada, dijo un oidor amigo de Clemencia, y la ménos justificada, la que atribuye á las mujeres que tienen alguna instruccion el que saben mucho, en el sentido que se ha dado á esta frase comun, que es un compuesto de astucia, cálculo, intriga y perspicacia. Es cabal y notoriamente lo contrario; esta clase de saber, suele ser propia de aquellas que no tienen otra cosa en que esplayar su imaginacion y ocupar sus facultades intelectuales, y les es seguramente mas útil que á las otras sus estudios: así, si las primeras tienen buena suerte, la deberán ciertamente á otras causas que á su saber, en el sentido dicho. Quien atribuya cálculo á Clemencia, debe precisamente no conocerla.
— Para predicador de honras, os pintais solo; observó agriamente la señora de la Tijera.
— Pues no ha dicho mas que la pura verdad, opinó D. Galo. Sepa Vd., Lolita, hija mia, que á sus espaldas hace ese caballero otros justos elogios de V.
— Eso no quita, santo varon, contestó Lolita, que sepa mucho Clemencia Ponce, y haya dado una prueba de ello casándose con ese ricacho, que procurará aumentar las rentas pasando la mayor parte del tiempo en el pueblo, miéntras que ella se las gaste aquí en toda libertad.
— No es Clemencia gastadora por cierto, repuso D. Galo.
— ¡Ya! si no tenia lo bastante para ello, ¿cómo habia de serlo? dijo la Tijera; su suegro no tuvo por conveniente dejarle nada, ni aun viudedad; así es, que solo tenia lo que le dejó el tio Abad.
— Que era mucho, repuso D. Galo.
— Y ademas una gran viudedad que le señaló, si no el suegro, el heredero de la casa.
— Por lo visto, pensaba que la disfrutase poco tiempo, dijo otra señora.
— Viudedad que nunca consintió en admitir; me consta; lo sé por su tia, observó D. Galo.
— Eso fué sembrar para recoger, repuso otra de las matronas.
— ¡Una buena cosecha! esclamó soltando una carcajada Lolita.
¡Tales son los juicios y fallos del mundo! esta es la inconcebible y malévola ligereza con que se juzga á las personas, se califican los hechos y se les suponen móviles; esta la infame falta de conciencia, de rectitud y de justicia, con que se pretende formar la cosa mas preciosa que tiene el hombre, su opinion! Se echa en cara á la época el poco precio que ponen los hombres á la opinion que gozan; mas esto ha debido suceder desde que la malevolencia y la calumnia han usurpado á la verdad y á la justicia su mision de formarla, ora sean aquellas guiadas en la prensa por las pasiones políticas, ora en sociedad por el espíritu hostil que en ella vive y reina.
CAPITULO XI.
Al dia siguiente fué D. Galo, como tenia de costumbre, á visitar á Sir George, visita que miraba como obligatoria desde que las pistolas de Manton habian aumentado su fina amistad con un fino agradecimiento. Este le recibió con una de esas sonrisas prestadas, como dicen los franceses, que era en el altivo Gentleman la espresion de la suma distraccion, que producian en él los entes de tal nulidad, que se desdeñaba de desdeñar.
D. Galo, como es de inferir, estaba lleno de la gran noticia, que si bien le habia contrariado, habia traido su contrapeso con la satisfaccion que le habia procurado Clemencia eligiéndole por su primer confidente, y por digno esparcidor de su confidencia. Así fué, que apénas se hubo informado de su salud, cuando dijo á su amigo con una sonrisa colosal:
— El dios Himeneo prepara sus coronas, señor D. Jorge.
— ¡Ah! ¿y cuáles son las bellas sienes sobre las que van á brillar? respondió este.
— Las de una amiga vuestra, contestó D. Galo, que lo que ménos soñaba era que en esto tuviese interes Sir George.
D. Galo no dejaba de observar un obsequio ó un galanteo; una contradanza y un wals bailado con el mismo compañero por una de las bellas, era cosa grave y significativa para él; en cuanto al movimiento enérgico é interno con que las pasiones agitan la sociedad, este no lo penetraba su observacion benévola y superficial.
— ¿Cuál amiga? preguntó Sir George. ¡Tengo tantas! pues soy como vos, Señor Pando, gran partidario de las bellas. ¿Será quizas la valiente coronela Matamoros?
— No señor, no señor; es jóven, hermosa, fina, discreta, y sobre todo, buena como no otra.
— Hay tantas jóvenes, tantas hermosas, tantas finas, tantas discretas y tantas buenas en Sevilla, que seria difícil para mí acertar por esas señas quién pueda ser.
— Pues os diré — D. Galo tomó un aire entre importante y satisfecho — que es nuestra apreciable y querida Clemencia.
— ¡Es mentira! gritó Sir George levantándose airado y empujando la mesa.
No es fácil esplicar la sorpresa mezclada de susto que sintió D. Galo al ver á Sir George ante sí, erguido, el rostro encendido y los ojos centelleantes, sin saber á qué atribuir aquel furioso repente.
— ¿Qué le ha dado? pensó. ¿Será esto efecto de ese malhadado esplin de los ingleses, que á otros ha llevado á tirarse un pistoletazo? ¿Si buscará un duelo? ¡Jesus! aquellas pistolas de Manton que me regaló... ¿si seria con la idea?... ¡estamos bien!... ¡qué hombre tan peligroso! ¡záfese Vd. de compromisos con semejantes osos!... Pero no, añadió volviendo á sus naturales, pacíficas ideas; lo que me parece al ver su rostro tan alterado es que está enfermo; veamos de apaciguarlo, pues nada he dicho que pueda incomodarle: así fué, que dijo:
— No miento, mi querido señor, ni penseis que soy capaz de hacerlo, y ménos con el fin de inducir en error á una persona como vos, que tanto aprecio; si lo he dicho, es porque lo sé de la misma boca de Clemencia, que añadió no ser esto un misterio; si no estuviese autorizado, yo no seria capaz de publicarlo.
— ¿Ella os lo ha dicho?
— Y puedo lisonjearme, respondió D. Galo, que se iba recobrando y serenando, de que soy el primero de sus amigos á quien ha honrado Clemencia con su confianza. Por cierto que ya tengo encargado á Cádiz un tarjetero de filigrana, de oro-plata y esmalte de Manila, para regalárselo. Pero os suplico que me hagais un favor, señor D. Jorge.
D. Galo hizo una pausa.
— ¿Y bien... qué favor? preguntó bruscamente Sir George, que queria abreviar la conferencia.
— Que no se lo digais.
— ¡Oh! contad con mi discrecion, señor D. Galo, repuso Sir George, que habia vuelto á ser dueño de sí, y tenia ya en sus labios su habitual sonrisa fria como una flor de mármol; ahora yo os pediré tambien otro favor.
— No teneis sino mandar: ¿cuál es?
— Que os vayáis.
D. Galo que no concebia la grosería, ni ménos la impertinencia de la aristocracia inglesa, se quedó mirando á Sir George con los ojos tamaños, y estuvo por sacar el lente.
Sir George se habia quedado impasible; solo que cada vez la sonrisa que cubria la tempestad de su ánimo, era mas glacial.
— Decididamente, pensó D. Galo, está malo este pobre hombre, y por eso quiere estar solo; me parece que un par de sangrías...
— Señor D. Jorge, dijo en voz alta, me parece que vuestro semblante está un poco arrebatado: bien ve que no estais en caja; en este país combate mucho la sangre, sobre todo al acercarse la primavera. ¿Teneis dolor de cabeza? Creo que una pequeña evacuacion y unos vasos de malvavisco (en latin altea) os harian mucho bien.
Lo que D. Galo decia de la mejor fe del mundo, no pareció tal á Sir George, por lo cual le dijo sin levantar la voz:
— Señor D. Galo, ¿preferís salir por la puerta... ó por la ventana?
D. Galo se levantó, cual si por medio del asiento de su silla le hubiesen pinchado con una espada.
— Que Vd. lo pase bien, señor D. Jorge, dijo cogiendo el sombrero; yo deseo que Vd. se alivie.
— Y yo... ¡que el diablo cargue contigo! dijo en inglés y entre dientes Sir George.
Apénas bajó D. Galo de dos en dos los escalones de la escalera, y se vió en la calle en seguridad, cuando se dijo:
— ¡Toma! ¡toma! ¡Y yo que no caia! ¡Torpe de mí! ¡Toma! ¡toma! ¡La de los ingleses! una turca de las buenas; habrá almorzado con algun paisano suyo, y se habrán bebido un par de docenas de botellas de Jerez. ¡Y yo que no me apercibia! ¡qué torpeza! ¡Ya!... ¡como que aquí en España no estamos hechos entre las gentes finas á semejantes chocarrerías!
D. Galo se fué en seguida en casa de Clemencia, á quien halló sola.
— ¡Jesus! dijo poco despues de haber entrado: no podeis pensar el mal rato que he pasado.
— ¿Sí? lo siento. ¿Por qué causa y dónde?
— Por causa y en casa de D. Jorge. ¡Jesus!
— Pero, ¿con qué motivo, amigo mio? preguntó Clemencia algo inmutada.
D. Galo se sonrió con la chuscada que acostumbraba, aun cuando lo que decia fuese lo que se llama, nada entre dos platos.
— Vaya, decid, D. Galo; dijo Clemencia, á quien la respuesta de D. Galo inquietaba.
— Clemencia, solo á vos y en confianza lo digo.
— Sabeis que soy callada, D. Galo.
— Sí, sí, por eso os lo diré. Fuí, pues, allá esta mañana; un paso de atencion.
— Ciertamente. ¿Y bien?...
— Pues sabréis que D. Jorge estaba...
D. Galo abrió la mano y apoyó su dedo pulgar en sus labios, guiñó un ojo, se sonrió en grande y añadió: Ya me entendeis.
— No os entiendo, repuso Clemencia.
— Pues nuestro inglés estaba... dijo D. Galo, y acercándose á Clemencia, añadió: ¡ebrio!
— ¡Ebrio! esclamó esta asombrada.
— Como una cuba, repuso D. Galo.
D. Galo refirió con todos sus pormenores la referida escena á Clemencia, y esta lo comprendió todo: no era mujer bastante vulgar para gozarse en el despecho de Sir George, pero sí bastante delicada para que le chocasen los insolentes y acerbos procedimientos con que habia insultado al hombre mas benévolo é inofensivo, y que era ademas amigo de ella. Así fué que aun esta escena contribuyó á hacerle conocer todo lo áspero y duro de aquella naturaleza que la inteligencia habia podido elevar, la esquisita sociedad pulir, pero á la que nada habia podido dar un corazon, sin el cual son todos los demas dotes, bellas vestiduras, resplandecientes coronas que encubren un esqueleto.
Durante esta conversacion, Sir George, que se habia quedado solo, se paseaba por su cuarto en un estado de cólera y exasperacion el mas violento, y se decia:
— ¡Joué! ¡burlado!... ¡como un pollito! ¿Y por quién? ¡por una mujer que ha pasado la mitad de vida en un convento, y la otra mitad en el campo! por una hija de la naturaleza, criada por un fraile sentimental y ascético! ¡Y yo que creí que me amaba! ¡Oh! qué anomalías se ven en las españolas! Entre estas mujeres, las que valen son culebras insujetables. La ofendí, lo confieso; pero he querido pedirle perdon, y no he podido ni aun verla! — Son estas mujeres suaves flores con tallos de acero. No conocen la vanidad cuando compite con su innato é indomable orgullo mujeril.—¡Casarse con otro, cuando le ofrecí ser mi mujer! ¡Qué insolencia! ¿Y con quién? ¿Será con su recien llegado primo Cortegana, ese chisgarabís, ese mono afrancesado? No; será con un pastor Fido, inocente como sus corderos. ¡Y ese imbécil de Pando que no me lo ha dicho! siento no haberle tirado por la ventana! ¡Y esa criatura se aviene á encerrarse en ese círculo vulgar y mezquino! ¡Oh! ¡es una criatura incomprensible! todo lo sabe por instinto, como el ruiseñor la melodía! Ella me rejuvenecia — á su lado vivia — me animaba — me alegraba! — sabia cual la aurora echar sobre todo un rosado tinte. — Pero... ¿quién es ese marido que ha surgido como por magia á sus piés en el momento oportuno? ¿Lo tendria de reserva? ¡Ah! ¡no! esa mujer no era artificiosa, — no; pero está llena de supersticiones: — me habria querido hacer papista... ¡Vamos! esto al fin ha tenido mejor desenlace que si me hubiese dejado arrastrar á casarme, y con eso me hubiese dado á mí mismo la patente de machucho.
Sir George se arrellanó en su sillon á la chimenea y encendió un cigarro; pero al momento despues lo tiró, y esclamó con rabia:
— Pero... ¡vive Dios! ¿Qué hago? ¿Quedarme? no; sin ella me fastidia Sevilla; me iré al Cáucaso, que no he visto. Vamos, judío errante, coge tu báculo; que el movimiento rejuvenece el cuerpo y distrae el ánimo. Lo conocido fastidia, busquemos lo desconocido.—¡Ah! añadió, ¡solo una cosa he hallado que fuese para mí desconocida!... ¡y esa fué ella! ¡luz fugitiva que de la oscuridad salió, para volver á hundirse en ella! Pero no creais que me afligís, señora; una dama hay mas bella, mas amable, mas querida de mí que lo sois vos, y es la dulce y encantadora libertad. No, no compiten vuestros encantos con los suyos; si lograros era á costa de perderla, vale mas una decepcion que una cadena: así pues, all is well that ends well. Bien está lo que en bien acaba.
CAPITULO XII.
— Pablo, dijo al dia siguiente Clemencia á su primo, cuida de que cuanto ántes sean trasladados todos mis efectos á Villa-María.
— ¡Pues qué!... preguntó sorprendido Pablo, ¿no piensas que vivamos aquí?
— No, Pablo; pues esto que no seria de tu gusto, lo harias por complacerme; ademas, cree que ansío por hallarme en Villa-María, en donde tan feliz ha sido mi vida, vida á la que la costumbre me ha apegado; pues los sitios, las paredes, cada objeto que nos rodea, se ama con el trato como amigo, porque todo imprime su huella en el corazon que no es duro, y la deja en el corazon que no es mudable. Ansío, Pablo, ver esos sitios que el cariño que todos me habeis tenido, ha impregnado de dulzura, y que la paz que en ellos he disfrutado, ha identificado con el bienestar. Ademas, Pablo, no me retiene aquí ningun aliciente ni lazos de cariño. La casa de mi pobre tia, á la que queda poco tiempo de vida, se va á desbaratar. Mi querida Constancia piensa cuando la falta su madre, retirarse de todo trato; mi primo piensa regresar á Madrid, y la sociedad de Alegría no me es simpática. Díme, Pablo, ¿están aun como las dejé mis habitaciones?
— Nada hallarás variado, ni echarás ménos en lo que ha sido durante tu ausencia mi santuario, Clemencia; de mas sí, quizas encuentres las huellas de mis lágrimas.
— ¿Y mis flores?
— Florecen en tu ausencia, ¿lo concibes? Yo no.
— Cantan; pues creo que con su delicado instinto presagiaban tu regreso.
— ¡El del hijo pródigo! dijo Clemencia, riendo y apretando con efusion la mano de su primo.
— Para recibirte debidamente, contestó Pablo en el mismo tono festivo, debo partir mañana.
— Nada de eso, Pablo; hagámoslo todo sin misterio y sin ostentacion.
— Pero con prisa, Clemencia; mira que mi felicidad me parece de tal suerte un sueño, que vivo angustiado con el temor de despertar.
— Pablo, en mí no estará la tardanza, hechas las necesarias diligencias, será bendecida nuestra union bajo los ojos de mi pobre tia que me ha servido de madre, y partiremos en seguida para nuestro dulce hogar doméstico: en él procuraremos imitar las virtudes y hallar la felicidad que allí ostentaron sus anteriores dueños.
Clemencia se apresuró á comunicar su casamiento á la Marquesa y á sus primas.
— Me alegro, hija mia, le dijo su tia, pues ya que te aconsejaron esa boda tu suegro y tu tio, cuenta te tendrá.
— Sí, sí, añadió Alegría, ya que te casas, atente á lo sólido y enseña á tu marido desde un principio á no ser ridículamente celoso y neciamente desconfiado.
— En Villa-María no hay muchas ocasiones que puedan dar pábulo á que se desarrollen estas tendencias, aun dado caso que las tuviese Pablo.
— ¡Pues que! ¿te vas á vivir á Villa-María? esclamó con asombro Alegría.
— Siempre han vivido allí las cabezas de la casa de Guevara, respondió Clemencia: ¿por qué motivo exigiria yo una mudanza de domicilio que no deseo, y que no agradaria á mi marido, sobre todo gustándome con pasion el campo?
— ¡Pero eso es enterrarse en vida! esclamó Alegría horripilándose.
— Si se entierra la mujer que se propone vivir en el hogar de sus mayores al lado del esposo á quien ama, y dedicarse allí á criar los hijos que Dios les diere, creo, Alegría, que toda buena casada vestirá con alborozo la mortaja de esa sepultura. ¡Pues qué! ¿Piensas acaso que la mujer al tomar estado, sigue la senda natural y derecha, si en lugar de pensar en recogerse, en dedicarse á los santos y dulces deberes de esposa y madre, reniega de ellos y solo piensa en entregarse á las diversiones, al bullicio, al mundo esterior y á las distracciones? ¿Así truecas los frenos? ¿Así desvirtúas la santa mision de la mujer?
— Novelerías morales, repuso Alegría. ¿Con veinte y cinco mil duros de renta, vivir en un villorro? ¡Vamos, vamos! Eso es no solo chabacano, sino estúpido, y no se ve mas que entre nosotros.
— Te equivocas, Alegría; en todas partes, y sobre todo en Alemania, viven las familias nobles en sus estados ó en sus haciendas, y solo pasan temporadas en las capitales, en los sitios de baños ó viajando; nosotros tambien pasaremos temporadas fuera, ya por Semana Santa en Sevilla, ya en el verano en los baños; pero abandonar la casa solariega, eso nunca: seria una falta de aprecio y amor filial á la familia, y una degeneracion, pues no es noble el que es descastado.
— Lo venidero no está escrito; le has tomado el gusto á Sevilla: veremos lo que sucede en comiéndote el pan de la boda; y si entónces piensas aun, á lo Butibamba, que es degenerar no vivir en un villorro. ¡Vaya, vaya! yo que creí que los libros servian, no para fomentar, sino para desarraigar añejas preocupaciones!...
— La lectura bien dirigida, prima, sirve para poner cada cosa en su lugar, y desterrando una necia vanidad, dar á las personas el decoro y dignidad que le son propias. Ademas, el pan de mi boda, añadió Clemencia con íntima satisfaccion, es el que se fabrica diariamente en gran cantidad en casa para nosotros, para los criados y dependientes de la casa y para los pobres, y cada año Dios renueva las cosechas; así pienso que durará mucho, Alegría.
— Sara, repuso esta con enfática ironía, Dios te dé veinte Jacobs, los años de vida á tu Abrahan que al otro, y te libre de una Agar.
— No te deseo que seas feliz, le dijo Constancia, pues sé que lo serás cuanto es dable serlo en este mundo, puesto que has hecho tu pasado tan bueno y tan santo, como te has sabido preparar tu porvenir. Tu conciencia y tus esperanzas, ambas puras y santas, te sonríen á un tiempo: así, solo pido á Dios prolongue una felicidad que debe serle grata.
— ¡Eh! dijo Alegría, con este parabien místico y laudatorio no necesitas mas epitalamio. Váyase Apolo con su murga á freir monas al Parnaso; que aquí se está por el monte Sion. Por mí te congratularé con la elegante frase de moda, diciéndote: Pues te casas, séate el santo yugo ligero; pues tendrás fruto de bendicion, séate la carga de los hijos ligera; pues te entierras en vida, ¡séate la tierra ligera!
Pocos dias despues volvió Pablo, y se fijó el dia del casamiento. La víspera se halló Sir George en la calle á D. Galo. Este, que aun no estaba del todo repuesto del susto que le habia dado Sir George en la mañana que hemos referido, quiso evitar su encuentro torciendo por una boca-calle; pero Sir George apresuró el paso, lo alcanzó y lo paró.
— ¡Oh señor D. Jorge! esclamó algo turbado D. Galo; no os habia visto; no es estraño, pues ya sabeis, lo corto de vista que soy.
— Tenia muchos deseos de veros, repuso Sir George; deseaba suplicaros que me acompañaseis á comer: he recibido por el último vapor unos faisanes y una remesa de vinos escogidos; pero como ya no tengo el gusto de veros...
— El gusto y la honra serán para mí, señor D. George, repuso con una sonrisa no muy natural D. Galo, en quien la remesa de vinos escogidos habia avivado la inquietud; pero como tengo tanto que hacer...
— Y como no os veo ya en casa de Clemencia...
— Es cierto, no recibe porque su tia ha empeorado, y pasa allá toda la tarde y noche.
— ¿No me habeis dicho que se casa?
D. Galo, que se iba reponiendo, contestó en su tono natural:
— ¡Ya se ve que os lo dije! como que yo fuí el primero que lo supe; pero ya lo sabe todo el mundo.
— Me han dicho que su novio es un ganso lugareño.
— Os han informado mal, muy mal, D. Jorge; yo que lo he tratado, os puedo decir que es un bellísimo sujeto, de un carácter angelical, de mucho talento y mucha instruccion, como que tuvo el mismo maestro que Clemencita, el sabio Abad de Villa-María; que es generoso y caritativo como pocos, y en cuanto á guapo lo es como ninguno: se cuentan de él hechos que admiran y asombran, en particular un lance con cinco ladrones que lo sorprendieron en su cortijo...
— ¡Oh, señor D. Galo! no me refirais proezas bandoléricas; estoy cansado de oirlas cantar en romances á vuestros ciegos.
— Es, señor D. Jorge, que la proeza que iba á referir no estaba de parte de los bandoleros, sino de parte de D. Pablo Guevara que pertenece á la primera nobleza de Andalucía, y tiene, amen de esto, mas de medio milloncito de renta, lo cual no echa nada á perder.
Y D. Galo desplegó su mas ancha sonrisa.
— Ese novio modelo ha venido, segun me han informado, de las Batuecas, dijo Sir George con la mayor seriedad.
— ¡Qué! No señor, contestó D. Galo sin notar la burla, y no calculando que pudiese estar un estranjero al cabo del sentido que se da vulgarmente á esta frase; ha venido de Villa-María. Ya veis, señor D. Jorge, que nuestra viudita supo escoger lo mejor, como era de esperar de su talento y buen juicio.
Sir George echó una mirada suspicaz y escudriñadora á su interlocutor, que prosiguió con un chiste y una chuscada que lo asombraron á él mismo: Entre nos, señor D. Jorge, Cortegana, que no tenia corta gana de ser el dichoso, se ha quedado mirando al cielo; no será él solo.
Sir George que contenia á duras penas los impulsos que sentia de echar á rodar á D. Galo, le dijo, no obstante, con suavidad:
— He recibido noticias que me obligan á partir, y puesto que no es posible ver á nuestra amiga, y despedirme de ella ántes de marchar, deseo recibir de vos un favor.
— Estoy siempre, y para cuanto me mandeis, á vuestras órdenes, señor D. Jorge, contestó D. Galo obsequiosamente.
— Puesto que con el plausible motivo de un casamiento les es permitido á los amigos ofrecer una memoria á sus amigas, deseo que os hagais cargo de presentar una en mi nombre á Clemencia.
— ¡Mire Vd. por dónde me es imposible serviros, señor D. Jorge! Y á fe mia que lo siento; pero Guevara ha exigido de Clemencita que no reciba regalo alguno de nadie. Una sola escepcion se ha hecho, prosiguió D. Galo con íntima satisfaccion y gran orgullo, una, una sola, una única... y esa ha sido con... mi tarjetero, señor D. Jorge.
D. Galo se estiró los picos del chaleco.
Sir George calló un rato, y dijo despues:
— Pues decidle al ménos que fué mi intencion enviarle un brillante que encierra para mí un triste recuerdo; deseando que tuviese para ella uno grato, recordándole un amigo. Decidle que si ella desdeña las memorias, yo lo deploro, pues me priva, al partir, del consuelo de que conserve una mia.
— Todo se lo diré testualmente, señor D. Jorge: confiad en mí, que tengo buena memoria y mejor voluntad; en cuanto á la otra potencia, no puedo competir con vos ni con Clemencita, lo conozco; pero en fin, en esta ocasion no es necesaria.
— No, no, repuso Sir George, no es necesaria, y estaria absolutamente demas.
Sir George estaba muy léjos de haber dado este paso, llevado por su corazon, ni por un sentimiento tierno y triste.
Eran los móviles que le dirigian en esta ocasion, primeramente tener noticias exactas sobre el hombre que Clemencia habia preferido, las que nadie podia darle como D. Galo, que era el mas imparcial y justo juez en la materia, porque nunca mentia ni en contra de sus contrarios, ni en favor de sus amigos: el segundo objeto que tenia, era probar á quien pudiese tener sospechas de su amor á Clemencia, que muy léjos de sentir despecho, era él el primero en celebrar el enlace de su amiga con un obsequio; y por último, lo que hacia era por una especie de presuncion vanidosa, deseando borrar la impresion de su grosera carta, y dejar en la memoria de una mujer del valer de Clemencia, el recuerdo suyo bello, poético, é interesante como lo es la tristeza de un amor desgraciado, y el arrepentimiento de un noble pecho.
Sir George salió aquella noche para Cádiz.
A la mañana siguiente despues de volver de la iglesia, se casaron Clemencia y Pablo en casa de su tia, y partieron para Villa-María.
Al llegar, hallaron reunidos, no solo á los muchos criados de la casa, pero casi á todo el pueblo, que los recibió con las mas marcadas y sinceras muestras de adhesion y cariño. Juana lloraba de alegría. Sus nietas se abalanzaron á Clemencia besando su vestido. Miguel Gil y los demas criados enternecidos, bendecian á los novios y repetian:
— ¡Tal para cual!... ¡Si no podia dejar de suceder!
Hasta la tia Latrana se hizo lugar para dar la bienvenida á Clemencia, y pedirle los dulces de la boda.
Clemencia entró enajenada en los cuartos que habia habitado, y que halló en el mismo estado en que los dejó. Sus flores esparcian sus mas suaves fragancias, los pájaros lanzaban sus mas alegres cantos como para darle la bienvenida. De todo esto habia cuidado Pablo con el esmero con que conserva y da culto el amor á los recuerdos.
Clemencia se sentia tan apaciblemente feliz como el navegante que despues de correr una tormenta y estar pronto á naufragar, vuelve á pisar la tierra y á sentarse en su hogar. Todo lo miraba y acariciaba con la vista; todo lo examinaba y lo tocaba con cariño. Abrió su escribanía, y registrando uno de los cajones esclamó:
— ¡Ay Pablo! mira lo que he hallado aquí: la cedulita que me dió aquella gitanilla que me dijo la buenaventura. Ahora recuerdo que me encargó que la abriese el dia que me casase, y me cercioraria de si habia ó no acertado en su prediccion: despégala, Pablo, con tu corta-plumas, que deseo verla.
— Si te complazco lo haré, Clemencia: es una niñada; pero su pureza conserva la infancia á tu corazon.
Clemencia se acercó á su marido para leer el papel. Pablo despegó la cedulita y leyó:
— Bien sabe la rosa...
— ¡En que mano posa! esclamó Clemencia acabando la frase que recordó, y apoyando su rosada cara en el noble pecho de su marido.
EPILOGO.
Algunos meses despues estaban una noche sentados en la mesa del brasero, Clemencia y Pablo.
El cura y algun amigo que los habian acompañado, se habian marchado; pero estaba allí el anciano médico. Clemencia, en quien resplandecia la felicidad, estaba ocupada en una labor de mano. Pablo leia diferentes periódicos que habian acabado de llegar.
— Aquí, dijo Pablo, que tenia en la mano el Univers, periódico frances, se habla de una persona que me parece haberte oido nombrar.
— ¿Quién? preguntó Clemencia.
— El Vizconde Cárlos de Brian.
— Sí, mucho que sí: era un hombre de gran mérito; ¿qué dicen de él?
Pablo leyó:
— «En Nueva-Orleans ha sido muerto en un desafío por un furioso demócrata el Visconde Cárlos de Brian.»
«Era un hombre de noble carácter y de un mérito poco comun. Habiendo perdido á su único hermano por el puñal alevoso en Roma, en donde hacia parte del ejército auxiliar del Papa, y visto caer á su padre en las jornadas de Febrero de 1848, salió abatido y desesperado de su país á viajar: circunstancias que han quedado ocultas le determinaron á dejar á Europa y pasar á los estados de la Union en que ha hallado la muerte. En él se estingue una de las casas mas antiguas é ilustres de Francia. Su mérito, sus virtudes y la firmeza de su carácter, hacen su pérdida doblemente dolorosa á cuantos tuvieron la dicha de conocerle.»
— ¡Pobre Vizconde! dijo con tristeza Clemencia. ¡Qué fatalidad se encarnizó en su estirpe! Mucho me afecta su muerte.
— Vaya, añadió Pablo que ojeaba un periódico español, hoy es dia en que salgan á relucir en los papeles nombres conocidos tuyos: aquí se habla de Sir George Percy, que pienso era tambien uno de tus tertulianos.
— Sí por cierto, repuso Clemencia; ¿y qué dicen de él?
Pablo leyó:
— «El 15 del actual ha tomado asiento en la Cámara de los Pares, Su Honor Sir George Percy, que ha heredado el titulo y manto de par de su tio Lord Wilfrid. Se ha estrenado con el mas incisivo y amargo discurso de cuantos se han pronunciado contra los católicos. De resultas, el jefe del gabinete le ha declarado benemérito de la patria, y en un meeting protestante se ha determinado erigirle en vida varias estatuas de diferentes tamaños, como al Lord Wellington.
— ¡Pablo, Pablo! ¡cómo improvisas! esclamó Clemencia riendo. ¡Con qué seriedad inventas y emites despropósitos!
— No señora, no señora; no son despropósitos, dijo el Doctor; es muy probable y muy verosímil que sea así. Despues de lo que ha pasado allá, despues de haber visto públicamente llevar en procesion burlesca y quemar en efigie al Santo Padre y otros venerables sacerdotes, como en los bellos tiempos de la reforma, sin que el mas ilustrado y tolerante de los gobiernos y el mas ilimitado en la libertad de cultos, pusiese obstáculos á esas anticultas bacanales, á esas orgías anglicanas, ¿qué se podrá dudar?
Veamos el pulso, señora, añadió poniéndose en pié para marcharse. ¡Siempre en caja! dijo despues de pulsar á Clemencia: señora, vuestro pulso es como vuestra alma; Señor D. Pablo, cuando este verano cojais esas hermosas cosechas con que parece Dios bendecir vuestra casa, será el mas bello fruto con que os favorezca, un hijo tan hermoso como su madre, tan bien constituido como su padre, tan bueno como ambos.
SIGNIFICADO DE ALGUNAS PALABRAS ANDALUZAS.
Leipzig. — En la imprenta de F. A. Brockhaus.