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Clemencia: Novela de costumbres

Chapter 8: CAPITULO VI.
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About This Book

The novel portrays the household of a widowed marchioness who brings a niece from a convent to live with her two contrasting daughters: a reserved, proud elder and a lively, coquettish younger. Domestic life, neighborhood gossip, and the foibles of servants are depicted in detail, revealing petty vanities, hypocrisy, and the coexistence of sincere virtue and self-interest. Through episodes of family tension, social maneuvering, and moral observation, the work sketches local customs, gender expectations, and class manners with ironic sympathy and vivid domestic detail.

Constancia se la arrebató, ántes que la fusion del líquido y del azúcar hubiesen producido el almíbar de café que de ella debia necesariamente resultar.

Algun tiempo despues vió confirmadas la Marquesa las esperanzas puestas en la fidelidad y moralidad del ex-asistente de Doña Eufrasia, puesto que en una entrevista particular y confidencial que tuvieron, descubrió con escándalo y dolor: primero, que la cocinera fumaba; segundo, que la mujer de cuerpo de casa se bebia el vino; tercero, que la costurera se llevaba de noche varios comestibles á su casa; cuarto, que la doncella tenia un novio que le hablaba por la reja; y quinto, que Andrea sabia y hacia la vista larga á todas estas infamias.

— ¡No puede ser! esclamó horripilada la Marquesa al oir tan funestas revelaciones.

— Pues no lo crea usía, repuso con toda su dignidad el fiel servidor, sentido de que su señora dudase de su veracidad. No lo crea usía; á bien que no es voto de castidad.

Pepino queria decir artículo de fe.

Con esto hubo una de San Quintin en la casa. Llovieron sobre Pepino como saetas las miradas malévolas, y fué el blanco de las indirectas mas punzantes. Pepino envalentonado con la creciente proteccion de su señora, todo lo miró con el frio desden con que una pared maestra los pelotazos de niños dañinos.

Pero algun tiempo despues tuvo la Marquesa el dolor de ver á su favorito venir á servir el almuerzo en un doloroso estado. Cojeaba y estaba medio derrengado; uno de sus ojos yacia oculto en una prominente hinchazon, del fondo de la cual salia su triste mirada como un rayito de luna por una rendija.

La noche ántes, al ir á llevar una carta al correo, manos invisibles por la oscuridad le habian apaleado á su sabor, diciéndole que era por la primera; que á la segunda se le cortaria la lengua.

La Marquesa compadecida esclamó que así perseguia siempre en este mundo el vicio á la virtud, y dió á su virtuosa policía secreta cuatro duros por via de indemnizacion de los percances del oficio.

Al percibir la moneda de oro, el mencionado triste rayito de luna se trocó en brillante rayito de sol.

CAPITULO V.

Constancia no tenia mas que una amiga y una confidenta, y esta era Andrea, que habia sido su ama.

— ¡Válgame Dios, hija! — le decia esta una mañana en que solas se hallaban en el cuarto de Constancia:—¿es posible que des esta pesadumbre á tu madre; que desperdicies tan buena suerte como se te brinda, todo por haberte encariñado á tontas y á locas? ¿Como que te parecia todo el monte orégano!... Bien te lo avisé; pero los consejos son como los muertos: no se conoce lo que valen hasta que pasa su tiempo. Recuerda cuántas veces te dije: Ese muchacho, muy bueno será, no digo que no; pero con él no puedes pensar en casarte.

— ¿Y quién piensa en casarse? repuso ásperamente Constancia.

— ¿Quién piensa en casarse? Mire Vd. qué cuajo! ¡Toma! Todas las mujeres; que no tienen otro guiso, á ménos que no se quieran meter monjas.

— Ahí es donde vas errada, ama; que las hay que no piensan ni en lo uno ni en lo otro.

— Pues entónces... deja de querer á Bruno, que consentido estará en otra cosa.

— Como tal cosa me vuelvas á decir, esclamó Constancia, te creo mas enemiga mia que mi madre, mi tia y mi hermana.

— ¡Jesus! ¡qué estremosa eres! repuso Andrea. ¿No quieres que vea con dolor una cosa que no lleva camino, ni puede tener buen fin? Considera que te quedas sin la herencia de tu tia.

— ¡Mira qué espantajo! ¡Valiente cosa me suponen á mí mi tia ni su herencia! Herencia con condiciones... que se la guarde! ¿Para qué quiero yo ese dinero? ¿para dorar mi desgracia? No, ama, no; quiero ser feliz á mi gusto y sentir; y lo seré sin herencia, sin grandeza y sin titulos: goce de esas decantadas felicidades quien las aprecie y desee. Yo solo una felicidad aprecio y deseo; y si llego á lograrla, aunque sea en mi vejez, daré por bien empleada mi juventud en esperarla. Así entiende, ama, — para que no me exasperes mas de lo que lo estoy, alistándote con las otras para atormentarme, — que solo á un hombre amaré en mi vida; que me arrancarán el corazon ántes que le olvide, y que no me casaré con otro, aunque de no hacerlo, tuviese que pedir un pedazo de pan de puerta en puerta.

— La vida es larga, hija mia! suspiró Andrea.

— ¡Eso mismo digo yo! repuso con vehemencia Constancia; y no se casa una por un dia ni dos, sino para morir con la cadena al cuello. Así, déjame en paz, y no te unas tú tambien á los demas para amargarme la vida.

Aquella misma mañana decia la Marquesa á su confidente D. Silvestre:

— ¡Jesus! hoy llega el Marques, y yo no sé dónde dar de cabeza. ¡Mi hermana que está tan consentida en esta boda, y tan ajena de lo que pasa! ¡Qué niña!... ¡Qué terca y qué sobre sí! ¡Ya tiene tres pares de tacones! ¿Qué dirá el Marques cuando se halle con ese erizo manzanero? Se volverá á Madrid muy ofendido, y con razon.

— Pero, señora, repuso pausadamente D. Silvestre, ¿porqué no previno Vd. este caso, escribiéndole con tiempo á su hermana?

— ¿Preveer? ¿Quién habia de preveer esto, á no ser profeta, ó un anteojo de larga vista como es Vd.? Siempre gradué que la oposicion de esa niña nacia de las rarezas y premiosidades de su genio díscolo: pero ¿habia de caberme en la cabeza que solo por ir contra mi voluntad y por ostentacion de independencia, rehusase una mujer de diez y nueve años á un hombre cumplido en todo, una posicion brillante, despreciase una Grandeza y la pingüe herencia de su tia?

— Marquesa, esto resulta de juzgar nosotros por nuestro sentir el sentir ajeno.

— ¡Como que la sana razon no puede concebir los caprichos y dislates de la sinrazon!...

— Es que la sana razon debe saber que no todos la tienen.

— Pero ¿no habria modo de forzar á esa terca alucinada á desistir de su manía y á ceder á la razon?

— Ninguno, Marquesa; y si lo hubiese, no aconsejaria yo adoptarlo.

— ¿Y porqué?

— Porque la autoridad paterna tiene sus límites; porque tomaria Vd. sobre sí una inmensa responsabilidad.

— ¡Palabrotas, palabrotas!... Cuando pasa la edad de los caprichos, todas las felicidades se parecen, y tienen unas mismas condiciones y unos mismos cimientos.

— Si eso se comprendiese á los diez y ocho años, no habria juventud, Marquesa.

— A todo halla Vd. un apodo altisonante, D. Silvestre: á las locuras, el de juventud; á las niñas, el de perlas. No parece sino que está Vd. siempre leyendo versos ó novelas, Vd. que en su vida abre un libro (y hace Vd. muy bien, eso es otra cosa). Yo, que llamo al pan pan y al vino vino, le digo que á mí sola, y solo á mí, suceden estas cosas; solo yo tengo hijas por el estilo de las mias. ¿Qué haré?... No me queda mas que escribir á mi hermana y contarle lo que pasa, para que arbitre el medio de dar un corte á esto, y disponga lo que se ha de hacer.

— Suspéndalo Vd. por ahora, señora. ¿Quién sabe si el Marques, puesto que es un hombre de tanto mérito, tendrá mas influencia sobre Constancia que no la voluntad que manda y los consejos que apremian?

— Dice Vd. bien una vez en su vida, D. Silvestre: es muy probable que sobre esa niña díscola y rebelde, pueda mas un buen mozo que una buena madre. Le aseguro á Vd. que el dia que se case esa perlita, le mando decir á San Antonio una misa cantada, y siete rezadas á Santa Rita.

A poco se presentó el Marques, con el que estuvo el ama de la casa tanto mas agasajadora, cuanto que quedó prendada de él: cosa que sucedia generalmente á cuantas personas le trataban, aun sin desearle por yerno. Pero por mas recados que durante la visita mandó la Marquesa á su hija Constancia, ya por Clemencia, ya por Andrea, ella no permitió presentarse, escusándose con que tenia jaqueca.

Alegría trató de indemnizar al recomendado de su tia, esplayando todas sus gracias, y mostrándose la mas amable y festiva. Entretuvo é hizo reir á Valdemar con la pintura burlesca de la sociedad de Sevilla y de cuantas personas la componian.

Entretanto Clemencia, silenciosamente sentada cerca de una ventana, continuaba haciendo su labor, que era un pañuelo de manos con guardilla primorosamente calada, para su tia.

Apénas paró en ella la atencion el Marques.

— ¿Qué te ha parecido el madrileñito? le preguntó Alegría cuando se hubo este despedido.

— Muy buen mozo, contestó Clemencia.

— Pues, hija, á mí me choca, repuso Alegría desdeñosamente: es tieso como un pitaco, tiene movimientos de minuet, es redicho, y no suelta la risa sino á duras penas. Lo que es la grandeza no le luce sino en los zapatos de charol, que son de estensas dimensiones, como diria El Heraldo para decir largos.

— ¡Ay! esclamó sorprendida Clemencia: ¿tú reparas en los zapatos de los hombres?

— Por lo visto, reparas tú mas en la cara, ya que has hallado al Marques tan buen mozo, dijo con burla Alegría.

— ¡Pues ya se ve! contestó sencillamente Clemencia; la cara es la que se mira.

— ¡Vea Vd. la monjita, lo que le gusta mirar á la cara á los hombres! Pues, hija mia, en mi vida miro yo una cara que á mí no me haya mirado.

— Si yo hiciese otro tanto, pocas caras tendria que mirar, dijo la pobre niña.

— Así pondrias toda tu atencion en la hermosa fisonomía de tu apasionado D. Galo, repuso su prima; pues ese te mira bastante con lente y sin lente, alegre y melancólicamente, con ojos guiñados y con ojos abiertos, de soslayo y de frente, con disimulo y sin él.

— Es su manera; lo hace de puro obsequioso que es, contestó Clemencia. Lo mismo hace contigo.

— ¿Conmigo? dijo Alegría con aire despreciativo; no, no: sabe ese correveydile, ese tertuliano general y ambulante, que están las uvas de esta parra verdes para sus dedos manchados de tinta de oficina.

— No solo están verdes, sino agrias. ¡Pobre D. Galo! dijo Clemencia.

Antes de proseguir, es necesario dar á conocer al lector el nuevo personaje que se acaba de mencionar (si es que no le conoce, pues todo el mundo conoce á D. Galo), porque en lo succesivo va á ocupar un lugar privilegiado en los cuadros que iremos bosquejando.

CAPITULO VI.

Era este sujeto un empleado, madrileño antiguo castizo, y por lo tanto, si bien podia carecer de la tiesa y desdeñosa afectacion que muchos llaman buen tono hoy dia, tenia una urbanidad y cortesía profundamente arraigadas, que jamas por jamas se desmentian; tenia esa benevolencia y aprecio para los demas, que es la base del buen trato, tan celebrado, y con razon, en los madrileños genuinos.

Era este caballero muy amigo de sociedad y de alternar con todo el mundo, lo que prueba un amable carácter, buenas inclinaciones y mejores costumbres.

Era bien visto en todas partes, y á las señoras les habia dado por protegerle y tratarle con una estrema confianza. Llegaba á tanto su modestia, que agradecia sobre manera esta confianza, que hablaba mucho en favor de su moralidad, pero poco en favor de sus seducciones.

D. Galo Pando, — así era su gracia, — no sabia ni griego ni latin; pero sabia otra porcion de cosas de uso mas frecuente; como era jugar á la perfeccion todos los juegos de sociedad, los nombres de todas las óperas modernas y piezas nuevas, el dia del mes, el santo del dia, las horas en que salia el vapor, y las en que llegaba el correo.

Tenia D. Galo una ilusion estraordinaria por todas las palabras modernas: lamentable y deplorable le sonaban como música de Rossini. El debut y el buffet tenian para él un esquisito perfume de elegancia; en cuanto al séale la tierra ligera, cuando lo veia, se entusiasmaba. Hablaba D. Galo bien de todo el mundo, no por estudio ni afectacion, sino por sentir lo que decia; porque era de la secta de los hombres benévolos, secta que se va perdiendo. Ponia á la sociedad en buen lugar, poniendo á los que la formaban á buena luz; respetaba profundamente todas las opiniones, mirándolo todo bajo un bello prisma sui generis, por el que aparecian las rosas sin espinas, y las víboras sin veneno. En suma, era D. Galo una momia del siglo de oro, resucitada por medio del elixir de vida que inventó Balzac.

Vestia el susodicho, por lo regular, un frac azul claro, con grandes botones dorados; un chaleco blanco, que abria por arriba como una alcachofa, para lucir en la pechera de su camisa un alfiler cuyos brillantes estaban medio dormidos, y un cordon de pelo del que pendia un lente de plata metido en el bolsillo del chaleco. Suspiraba ruidosamente D. Galo cada vez que miraba el cordon de pelo, desde tiempo inmemorial: eso no quitaba que suspirase tambien por una porcion de jóvenes, pero con tan comedidos deseos y cortas exigencias, que quedaba completamente satisfecho, cuando al negarle una hermosa una contradanza y ponerse á bailar en seguida con otro, dejaba su abanico en su honrada custodia. En cuanto á su cabeza...

Díjose en una época calamitosa: ¡Los dioses se van! Ahora en una ídem, ídem, diremos: ¡Los cabellos se van! ¿Porqué será que en este siglo de las luces hay tantos calvos y tantos cortos de vista? Los cortos de vista, se comprende que lo sean, por lo que deslumbra tanto resplandor como dan las dichas luces; pero el cabello, ¿qué tiene que ver con las luces? A esto dicen los dueños de ingratos cabellos, que la emancipacion de estos es debido á la actividad, á la fuerza, al vigor del pensamiento que le roba el suyo al pelo. Así es, por lo visto, que el pensamiento que fecunda tantas cosas, parece que tiene el mal tino de secar las raíces del cabello, á cuya sombra se cria: esta es una mala partida que no pueden disculpar sus admiradores mas frenéticos.

El siglo XIX, que no es el siglo de oro, por mas que se empeñen en que lo sea California, Cabet y Granada, es en cambio el siglo de las ideas; lo que es muy preferible, aunque no sea de nuestra opinion el ministro de hacienda. Lo que tiene es que hay tal abundancia, que es una via láctea de ideas luminosas; son un enjambre zumbon, como los que halló el famoso viajero Humboldt, de mosquitos en los rios de América; en cambio han acabado con los cabellos: los Absalones y Sansones quedan en la categoría de especies perdidas ó razas agotadas, como los centauros y las sirenas.

Se ha tratado de contrarrestar esta funesta propension del cabello á desertar; y para ello se han puesto en juego los medios mas incongruentes. Hase acudido á las moscas, que se han frito bárbaramente en aceite; y cien moscas sacrificadas no han producido la mas leve estabilidad en estos prófugos. Igual ineficacia desairada ha cabido en suerte al rey de los desiertos de Africa y á la fiera de las selvas del Norte, que han prestado su contingente para mantener la disciplina en este ejército á la desbandada; ni leones, ni osos, ni moscas fritas lo detienen. En cambio, han impregnado las moscas los cascos de negras ideas: los leones y los osos, de fieros y belicosos pensamientos (y cate Vd. el orígen del triste estado en que se ve Europa); pero nada han podido sobre el cabello, tan decidido á alejarse de su suelo volcánico, que solo podria sujetarle un áncora de navío aplicada á cada uno.

¿Qué hacer en este conflicto? En época en que cada cual de por sí quiere un voto particular en cada materia, los votos se han dividido. Los unos, filósofos, la mente puesta en Sócrates, los otros, cristianos, pensando en San Pedro, se conformaron con su triste suerte; los poetas formaron una comparsa de sacerdotes de Diana. Otros con coquetería vulgar y falta de espediente, aplicando al caso la parábola de que los últimos serian los primeros, acudieron á los que vegetaban humildes en la nuca, que subieran de categoría viniendo á adornar la mollera, ya retenidos unos con otros por un cabo de seda, ya pegados sobre el cráneo con goma. Los mas refinados acudieron á un término medio, es decir, al tupé, bisoné ó casquete, en cuya confeccion imitó el arte tan bien á la naturaleza, que al ver y al oir á los tales refinados, nos quedamos tan inciertos de si brotan ó no los cabellos de sus cráneos, como de si brotan ó no sus palabras de sus corazones. Otros desgraciados, con una gran plaza de armas y sin un solo soldado para cubrirla, ni débil quinto, ni cano veterano, han tenido que recurrir á la... á la... ¡Válganos Dios! ¡que la elegancia moderna, que tantas palabras altisonantes ha plagiado para reemplazar las antiguas, no haya encontrado alguna para esta necesidad!!! ¿Cómo decir la archivulgar palabra de pe...? el resto es un estado de Italia; lo diremos así en cifra. Este objeto, cuyo nombre técnico se rehusa á estampar nuestra pluma, ¿no podria llamarse restaurador de los estragos del pensamiento, ó bien asociacion de reemplazantes?

D. Galo, sujeto á los contratiempos de la época, habia visto desmoronarse el edificio de su peinado. Un inglés, conocido suyo, le habia dicho en aquella ocasion, que los remedios debian ser enérgicos para hacer el efecto deseado; que las moscas, leones, osos etc., eran lenitivos, y que debia acudir á la mosca cantárida, desleida en algun espíritu fuerte; que era este un remedio no solo conservador, sino restaurador. D. Galo se apresuró á seguir el consejo; pero séase que el remedio en sí no tuviese el debido efecto sino sobre un cráneo inglés, ó que D. Galo con su deseo de lucir una cabellera de segunda edicion corregida y aumentada, exagerase las dósis del medicamento, ello es que la mañana siguiente á la noche en que se lo administró, amaneció en una disposicion, que parado ante su espejo, atónito y estupefacto, se estuvo un cuarto de hora sin poder darse cuenta de si lo que tenia sobre sus hombros era una cabeza humana ó bien una calabaza. Convencido de su desgracia, se metió en la cama, dijo que tenia un cólico; esclamó que los ingleses se habian empeñado en que á los españoles no les luciese el pelo; mandó venir á un peluquero; y mandóle hacer cuatro pelucas, que llevó desde aquella catástrofe alternativamente. La primera era de pelo muy corto; seguíala otra de pelo algo mas largo, la que era reemplazada con otra de pelo mucho mas largo aun, acabando con la cuarta, que era de descomunales greñas. Entónces no cesaba de repetir que su pelo estaba muy crecido, y que al dia siguiente se veria precisado á llamar al peluquero; esto duraba hasta presentarse con la peluca de pelo corto. En estas ocasiones venia indefectiblemente provisto de caramelos de goma, de pastillas de malvavisco y palitos de orozuz que ofrecia á las señoras, asegurando que estaba muy resfriado, merced á la peladura.

Tocante á la edad de D. Galo, fué, es y quedará un problema. Cuando vinieron los franceses el año 23, decian de el: Monsieur Gaalo Paando est un fort aimable ci-devant jeune homme. Lo que quiere decir: «D. Galo Pando es un ex-jóven muy amable.» En 1844, cuando empieza esta narracion, decia la Marquesa de Cortegana á sus hijas: «Para nada se necesitan esos bailoteos; la lotería es diversion de todas edades; y si no, ahí está Pando, que es un hombre mozo, y le divierte mucho.»—

Efectivamente, en veinte años nada habia variado D. Galo: pasaban alternativamente sobre su cabeza las estaciones, y á imitacion de estas, sus pelucas, sin quitarle ni ponerle, sin que adelantase ó atrasase: en compensacion, pasaban igualmente los gobiernos, el monárquico, el progresista y el moderado, lo mismo que los años, lo mismo que sus pelucas, sin atrasarle ni adelantarle en su carrera. Siete mil reales de sueldo que disfrutaba, era número fijo, lo mismo que los dias de la semana; nunca uno mas... nunca uno ménos. Con esto tenia D. Galo el corazon como una breva: y no se tome en sentido ridículo esta comparacion, porque la breva, ademas de parecida en la forma á un corazon, es blanda, dulce, suave, y no encierra en sí ni hueso ni película; esto es, ni dureza ni retrechería. Ahora es de notar que la amalgama del corazon tierno, de la cabeza calva y del bolsillo vacío, es una reunion heterogénea; es tener el corazon crucificado, como el Señor, entre dos pésimos perillanes.

Así era que estos crueles tiranos forzaban á Don Galo á un celibato que le era antipático. A veces miraba tristemente el pésimo y estrecho catre en que dormia en la casa de pupilos, en la que por siete reales diarios disfrutaba de las incomodidades de la vida; y al ver aquel espaldar que se redondeaba por cima de su cabeza como una cola de pavo furioso; al ver aquellas cuatro perinolas tan empingorotadas y esbeltas que ni un figurin de moda; aquella desnudez que se ostentaba con cinismo y que no cubrian ni la mas sencilla colgadura, ni el mas simple pabellon, ni el mas leve mosquitero; cuando consideraba aquellos colchones que parecian de pelote, y aquellas sábanas que no parecian de olan; cuando miraba aquella colcha catalana genuina, cuyo dibujo representaba el nacional espectáculo de una corrida de toros, en grandes dimensiones, en términos que en el centro habia un grupo, en el que un toro de buen año cebaba sus iras en un caballo caido, combinándose todo de manera que cuando D. Galo estaba acostado en su cama, parecia el picador debajo del caido caballo, cuando, decíamos, D. Galo miraba tristemente este árido y mezquino aparato de solteron, esclamaba:—¡Potro eres, potro de tormento, cama de hospital, parodia del blando lecho, triste y pobre antítesis del rico y dulce tálamo conyugal!

La necesidad é inclinacion que tenia á gustos y á cariños domésticos, que no podia satisfacer por su propia cuenta, hacia que D. Galo se interesase vivamente y casi se identificase con los de sus amigos. Así era que llevaba la alta y baja de todas cosas en casa de aquellos, mediante la gran confianza que por sus atenciones y buenas prendas se le dispensaba en todas partes. Conocia á cada niño, y sufria sus majaderías como Job las de sus amigos; conocia á los criados, y disculpaba sus faltas con los amos. Como tenia buena memoria, y lo que es mejor que memoria, como ponia una atencion entera y sostenida en las cosas, era en las familias una especie de agenda ó prontuario, al que se acudia para tener datos ciertos de lo que se queria saber; por consiguiente, se veia acribillado á preguntas las mas heterogéneas, á las que contestaba con gusto, con acierto y á satisfaccion del preguntante. Eran las preguntas de este tenor:

— D. Galo, ¿no fué á los cinco meses cuando echó mi niño los primeros dientes? — Sí, á los cinco meses y seis dias: fué el dia de San Andres. — D. Galo, ¿á qué hora llega el vapor? — D. Galo, ¿cuándo murió el arzobispo? — Pando, ¿quién predica mañana en la catedral? — D. Galo, ¿á cuántos estamos hoy? — Pando, ¿quién obsequia á la viudita? — D. Galo, ¿qué dan esta noche? — Pando, ¿está contenta la condesa con su nueva cocinera?

CAPITULO VII.

A casa de la Marquesa concurrian bastantes gentes, de noche, para formar propiamente una tertulia, voz que define el Diccionario de este modo: junta de amigos y familiares para conversacion y otras diversiones honestas.

Entre estas diversiones honestas estaba introducida, — y la Marquesa la tenia en gran estima, — una respetable lotería, que la dicha señora consideraba como salvaguardia austera para impedir los cuchicheos, y como una sustituta ajuiciada de la estrepitosa Terpsícore: los ternos le parecian muy preferibles á los avant-deux; los ambos á los de ligeras piernas, y los números á las cabriolas.

La lotería era para la Marquesa la virtud en cartones, la cartilla de la decencia; aquella cajita colorada y modesta, que venida de Nuremberg, traia su perfume aleman de costumbres sencillas y decentes, habia cautivado para siempre el corazon de la Marquesa. Cual otro Czar de Rusia, habia sabido anonadar esta señora cuantas conspiraciones habian hecho sus hijas contra su honesto y querido juego; y el privado seguia en su no desmentido favor con la autócrata, la que miéntras veia que presidian la mesa, que rodeaba la alegre juventud, el maestro Pino, que así se denominaba el número uno, el abuelo, así se denominaba el noventa, y que hacia su servicio la patrulla, así se denominaba el cinco, por constar de cuatro hombres y un cabo, se entregaba con espíritu tranquilo y corazon sosegado á los goces de su tresillo.

La tertulia era bastante numerosa aquella noche—¡y cosa estraña y no vista! — habian dado las nueve, y el exactísimo D. Galo Pando no habia hecho aun su aparicion.

D. Galo era una necesidad en la tertulia de la Marquesa, porque era el complemento de la lotería, encargado como estaba de sacar los números; cargo que ejercia con una equidad, gracia y perseverancia admirables. Triste y desanimada se veia, pues, aquella gran mesa, cubierta de la bayeta verde en que se decidian los destinos de los ambos y de los ternos, con la falta de su presidente.

La Marquesa jugaba al tresillo, y con asombro de D. Silvestre hacia renuncio sobre renuncio, distraida por el chapaleteo de un intempestivo aguacero de verano.—¡Qué apuro!... murmuraba entre dientes. — La vela... el Marques, que prometió venir, y aun no ha venido... ¡Jesus! ¡Las estatuas! Capaz es ese Pepino de no haberlas recogido... ¿Si se habrá ofendido el Marques con Constancia... Las macetas...

Alegría estaba rodeada de unos cuantos jóvenes, entre los que se distinguia Paco Guzman por su buena figura y genio festivo.

— Agua por San Juan, le dijo Alegría, tiene fama de quitar vino y no dar pan.

— Novios hay que son para las muchachas lo que el agua por San Juan.

Esta sentencia echó la robusta voz de Doña Eufrasia, como una bomba, en medio de la alegre reunion de jóvenes, yendo particularmente dirigida contra Paco Guzman, á quien conservaba una rencorosa ojeriza desde la profanadora voz de pendencia; de que se habia valido para designar la guerra contra el frances.

En este momento todas las cabezas se volvieron hácia la puerta, al ver entrar á Pepino que traia en brazos con el mayor cariño, abrazándola por sus desalados piés, la estatua que servia de adorno á la fuente del patio.

— Señora, preguntó ¿é adónde meto el Mercuriño?

— Hombre, — contestó la Marquesa de mal humor, y sin participar de la hilaridad general que causó la aparicion de aquel nuevo Enéas, — ponlo en un ángulo del corredor; y otra vez infórmate de Andrea de semejantes pormenores.

Pepino, algo sentido de la ingratitud de su señora, dió una vuelta brusca y con él el Mercurio, y se dirigió apresuradamente hácia la puerta, quedándose prendida y arrancada un ala de la cabeza de aquel en el fleco de la sobrepuerta, de la que quedó colgando perpendicularmente como un dormido murciélago.

La Marquesa se quedó fria de dolor y muda de indignacion.

— No vi alas mas desgraciadas que las de ese pobre Mercurio, esclamó riendo Alegría. Esta nueva catástrofe es una conspiracion de los desposeidos piés contra la emplumada cabeza.

— Y cate Vd. una demostracion de la democracia, observó Paco Guzman.

— ¿Y dónde pongo los otros Mercurios? gritó Pepino desde la antesala, aludiendo á las estatuas de las cuatro estaciones.

— Eufrasia, hija, le dijo en un aparte la Marquesa; hazme el favor de ir á cuidar de eso, porque las flojas de mis hijas, sin consideracion por mí ni por las estatuas, no se moverán ni darán un paso para cuidar de ellas; ni tampoco Andrea que está de esquina con el pobre mozo.

Constancia, mas metida en sí que nunca, estaba algo retirada hablando con una amiga suya, y de vez en cuando echaba una furtiva mirada sobre Bruno de Vargas, el que sabia la llegada del Marques, y acodado en la mesa hacia por ocultar sus celos y su despecho, haciendo como que leia un periódico.

En el testero de la mesa, y desatendida de todos, estaba Clemencia preparando y ordenando los enseres del juego de la lotería, que la divertia mucho, y en el que cuando jugaba, ponia sus cinco sentidos.

— ¿Qué le habrá sucedido á nuestro lotero el insigne D. Galo, que no viene á ocupar su presidencia? dijo Alegría. ¿Porqué no vendrá, Clemencia?

— Yo no sé, contestó esta sencillamente.

— Pues deberias saberlo, continuó Alegría; porque han de saber Vds. que Clemencia es la confidenta de D. Galo, que no se corta una vez el pelo sin pedirle permiso.

— No lo crean Vds., esclamó apurada Clemencia en medio de las risas que ocasionó la ocurrencia de Alegría.

— Imposible es, dijo esta dirigiéndose á Bruno, que no estés leyendo algun deplorable ó lamentable evento, segun lo tétrico de tu gesto y lo abatido de tu semblante, primo.

— Efectivamente, contestó este sin levantar los ojos: estaba leyendo la relacion de un naufragio.

— ¿Y tanto te horrorizan los percances de los barcos? tornó á preguntar Alegría con risita burlona.

— Sí por cierto; siempre me han causado una fuerte impresion los naufragios.

— ¿Y porqué? volvió á preguntar con indelicada insistencia Alegría.

— Es porque me da el corazon que he de perecer en alguno.

— ¡Oh! pues no os embarqueis nunca, esclamó Clemencia con el acento del corazon.

— ¿Agorero y con bigotes? ¿No te da vergüenza de serlo, pastor de corderitos de bronce? dijo Alegría.

— Napoleon lo fué, repuso Bruno.

— Ese tilde de hereje le faltaba á ese Napoladron Malaparte, sonó el vocejon de su ex-antagonista Doña Eufrasia.

— ¿Le visteis alguna vez? preguntó Alegría.

— Nunca; ya se hubiera guardado de ponérseme á tiro. ¡Vaya!

— Señora, dijo Paco Guzman: el rey deberia haber añadido á vuestro dictado de Coronela Matamoros, el de Condesa Mata-Franceses.

Afortunadamente en este momento entró D. Galo, que interrumpió la esplosion de coraje de la heroina, esclamando:

— ¡Dios mio! qué diluvio! ¡Cuál están los caños! Por atravesar la calle me he metido hasta aquí, añadió señalando un tobillo.

— Póngale Vd. una losa[1], dijo Alegría.

— Cual otro Leandro, hubiera yo atravesado por veros, no el caño, sino el mar Rojo, Alegría, hija mia, repuso D. Galo.

— No tuvo esa suerte Faraon, dijo Paco Guzman, soltando una carcajada.

— No le impulsaba el deseo de ver á las bellas, repuso D. Galo con una sonrisa de media vara, y dirigiendo tres miradas succesivas, una á Alegría y las otras dos á Constancia y Clemencia.

— En lugar de hacer cumplidos á la griega, vaya Vd. á sacar los números, D. Galo, hijo mio, le dijo Alegría; pues Clemencia se está deshaciendo, y ha preguntado ya varias veces con mucha solicitud si le habria sucedido á Vd. algun percance.

A pesar de esclamar Clemencia: «D. Galo, no lo crea Vd.,» este fué mas ancho que una alcachofa á tomar su asiento al lado de Clemencia.

— Ya están los reyes católicos en su trono, dijo entónces Alegría; vamos, pues, á formarles el círculo de cortesanos.

Tambien Constancia se acercó á la mesa con su amiga, y se sentaron frente al asiento en que permanecia Bruno, conservando siempre el diario en la mano.

— Estás muy poco sociable, le dijo Alegría; mira que ya en ese naufragio se habrán ahogado hasta las ratas. Vamos, suelta esa Esperanza.

— La conservaré miéntras pueda, — respondió Bruno, dirigiendo, sin mirarla, su respuesta á Constancia; — aun no me han repartido cartones.

— Aquí tiene Vd., hijo mio, le dijo D. Galo alargándole cartones.

A media hora de estar jugando, entró el Marques de Valdemar.

Habiendo saludado á todos y hablado un rato con la dueña de la casa, se aproximó á la mesa.

Bruno palideció y desatendió completamente su juego.

Constancia se contrajo á él, tomando su semblante una amarga espresion de aspereza y de descontento, que la hizo aparecer dura y fria como un témpano.

Clemencia estaba tan engolfada en su juego, que no notó la llegada del Marques.

— ¿Quereis cartones? le preguntó Alegría.

— Gracias, contestó Valdemar, profundamente abstraido en la contemplacion de Constancia.

¡Cuánta ventaja llevan las ariscas en presentarse como fruta vedada! ¡Cuánto ganan las mujeres con hacerse valer! ¡Qué bien harian en tener en cuenta que todo lo que se prodiga pierde su prestigio, pues miéntras mas tiene que afanarse el hombre para alcanzar lo que anhela, mas precio le pone! Y ¡cuánto les valdria recordar que el maná llovido del cielo acabó por empalagar al pueblo de Israel!

Es cierto que el aire altanero y sombrío que ostentaba Constancia con pocas consideraciones sociales, pero con muchas hácia el hombre á quien amaba, la hacia aparecer mas bella. Si alguna vez alzaba sus negros ojos de los cartones que tenia delante, brillaba su enérgica mirada debajo de sus hermosas pestañas, como debió brillar al traves de su celada la del jóven castellano que defendia su castillo.

Partian su corazon los tormentos que veia sufrir á su amante, y con injusta acrimonia echaba todo su encono sobre aquel, que sin saberlo, se los causaba.

Valdemar tomó una silla y se sentó detras de Constancia, que no se movió; pero su vecina se apresuró á cumplir con un deber de urbanidad, haciendo lugar al Marques para que pudiese acercarse á la mesa.

— ¿Teneis buena suerte? preguntó este á Constancia.

— Muy mala, contestó esta lacónicamente.

— Es buena señal, porque la mala en el juego, la presagia buena en amor.

— Así lo espero.

— Me temo que la mala sea para el que os ame.

— ¡Ojalá de ello se convenciera el que tan mal gusto tuviese!

— ¿No habrá acaso escepcion? preguntó el Marques á quien las palabras secas y el tono brusco de Constancia causaron estrañeza.

— ¡Los espejuelos de Mahoma! dijo en voz grave y clara D. Galo, sacando el número ocho.

— Bruno, advirtió Constancia fijando sus grandes y brillantes ojos en su inmutado amante, ¿no cubres el ocho, y lo tienes dos veces?

— ¡Qué bien adaptados están los espejuelos de Mahoma á la vista de mi hermana! observó Alegría.

— Marques, añadió, ¿quereis cartones? Va de dos veces que tengo la bondad de ofrecéroslos.

— Y va de dos veces que os doy las gracias por vuestra atencion, Alegría; no me divierte juego alguno.

— Ni á mí tampoco, — y ménos la lotería esta, pues D. Galo va tan de prisa que no puedan seguirle sino sus afiliados, Clemencia y comparsa.

— ¡El abuelo! sonó la clara voz de D. Galo al sacar el noventa, pues D. Galo, acostumbrado á las chanzas, á veces poco delicadas de que era objeto, no se dejaba distraer por ellas, y seguia impávido en su inmutable tarea.

— ¿No digo? esclamó Alegría.

— ¡Las alcayatas! gritó D. Galo al sacar el setenta y siete.

— D. Galo Pando, vaya usted siquiera al trote, dijo Paco Guzman. ¿Qué significan las alcayatas? Esas metáforas numéricas no están á mi alcance.

— ¡Los patitos! dijo D. Galo por toda respuesta; sacando el número veinte y dos.

— D. Galo, usted habla en cifra, favorece á sus adeptos, y ha jurado mi ruina. Protesto.

— ¿No esperabais mi llegada, Constancia? le preguntaba entre tanto el Marques. ¿No os previno vuestra tia? ¿No os ha hablado vuestra madre de mis esperanzas?

— Sí, respondió esta sin apartar la vista de su juego, así como deberian haberos dicho á vos que no eran las mismas las mias.

— ¡Qué obsequioso está el madrileño con Constancia! dijo una de las muchachas á otra, á media voz. Tiene iman; mira tú cuánto mas bonita es Clemencia, y cuánto mas graciosa Alegría; y ella que es tan huraña, tan desabrida...

— ¡Pues ahí verás! contestó la otra. Las mujeres son como el sol, que en dias revueltos pica mas entre las nubes.

— ¡La patrulla! sonó la inalterable voz de D. Galo, sacando el cinco.

— ¡Qué de números hay en ese saco! dijo un oficial: esto es un fuego graneado.

— D. Galo hace á las callandas con esas bolas el milagro de pan y peces, repuso su vecina.

— Sus obsequios á las damas y sus números son sin número, añadió Paco Guzman.

— ¡El jorobado! cantó D. Galo sacando el dos.

— Desde media hora tengo un cuaterno, dijo Alegría, y no acaba de salir el número quinto. Lo hace al propósito ese traidor de D. Galo, para que saque Clemencia la lotería; siempre sucede así.

— ¿Y no os contentais con cuatro? preguntó á media voz Paco Guzman.

— ¿De qué me sirven los cuatro, ni no me hacen lotería? respondió la interrogada con descoco.

— Por cierto, decia Valdemar á Constancia, que es estraño, y aun muy cruel, que me hayan dejado una ilusion que tan pronto debia desvanecerse.

— Mi madre esperó convencerme.

— ¿Puedo yo esperarlo tambien, Constancia?

— No: que yo no engaño nunca.

— Constancia, dijo el Marques, me retiro, me interesais, y os respeto demasiado para importunaros. Desisto, Constancia, de mis mas gratos deseos, con tanto mas pesar, cuanto que vuestro franco y leal proceder, si bien me hiere dolorosamente, me llena de aprecio hácia vos.

— ¡La horca de los catalanes! pregonó la voz incansable de D. Galo, sacando el once.

— Señor, esclamó Paco Guzman, ya no hay horcas por el mundo: poned vuestros signos cabalísticos al nivel de los adelantos de la civilizacion.

— ¡El escardillo! sonó como el toque de un reloj la voz de D. Galo sacando el siete.

— D. Galo, aguarde Vd.

— ¡El que tuerce! prosiguió impávido el presidente sacando el catorce.

— Ese sois vos.

— ¡Las sanguijuelas! prosiguió D. Galo sacando el cincuenta y cinco.

— Pando, conspirais.

— ¡Los canónigos! cantó este sacando el diez.

— D. Galo, sois el inexorable Destino.

— ¡La edad de Cristo!

— D. Galo, abusais de la presidencia.

— ¡Los escapularios! dijo D. Galo sacando el cuarenta y cuatro.

— ¡Lotería! esclamó con júbilo Clemencia, levantando su radiante semblante, que hasta entónces habia tenido inclinado sobre sus cartones.

Al ver aquella cara tan estraordinariamente linda, el Marques de Valdemar quedó admirado.

— ¿Quién es esa jóven? preguntó á su vecina.

— Es una huerfanita, sobrina de la Marquesa, que la ha recogido.

— Es una divinidad, exclamó el Marques.

— Sí, no es fea; es una infeliz, que ahí te puse, ahí te estés; una palomita sin hiel, una leguita de convento, repuso su vecina.

La partida se habia vuelto á reorganizar; la cara de Clemencia habia desaparecido como una celeste vision, y la voz de D. Galo se hizo oir, diciendo al sacar el número cuarenta:

— ¡La calavera!

— Ya salieron los números disfrazados como números de carnaval, esclamó Paco Guzman. D. Galo de mis pecados, ¿qué número es al que habeis dado el seudónimo de calavera?

— Al cuarenta, hijo mio.

— ¿Pues no fuera mejor que lo aplicaseis al veinte?

— Si así lo reclamais como representante del veinte, Paco, hijo mio, se atenderá á tan justa reclamacion, contestó D. Galo con la mas chusca y satisfecha sonrisa. Entretanto, hagamos la novena, añadió sacando el número nueve.

— ¿A quién?

— A San Vicentico, respondió D. Galo sacando el veinte y cinco.

— ¿Habeis aprendido vuestra numeracion del sabio Confucio, D. Galo?

— ¡El único! repuso este sacando el uno.

— ¡El UNICO! repitió Constancia, cubriendo el uno en su carton, y lanzando toda su alma en una furtiva mirada al desesperado Bruno, que por dos veces durante su diálogo con el Marques habia hecho un movimiento para levantarse de su asiento y alejarse, y dos veces se habia hecho dueño de este primer impulso, quedándose en el potro de tormento donde bebia gota á gota el cáliz de la amargura.

Es lo referido en este capítulo un bosquejo exacto de la vida social, tal cual la hemos hecho; esto es, una fusion de juegos y risas frívolas que se ostentan, y de pasiones y dolores profundos que se ocultan.

CAPITULO VIII.

La Marquesa, que á pesar de lo absorta que habia estado su atencion la noche anterior por el tresillo, por la mojadura de la vela y por la mutilacion de su querido Mercurio, al que de tantas, solo un ala quedaba, no habia dejado de notar la chocante conducta de Constancia para con el Marques, tuvo con ella al dia siguiente una violenta escena.

— No os canseis, madre, le dijo esta, ni vos ni nadie haréis jamas que me case contra mi voluntad; tampoco me casaré contra la vuestra: esto es todo lo que teneis derecho á exigir de mí.

De aquí no fué posible sacarla, ni con halagos, ni con ruegos, consejos ni amenazas.

A la tarde deseó Alegría ir á paseo, y con gran sorpresa suya halló á su madre muy dispuesta á llevarlas.

Pero cuando á la hora marcada salió la Marquesa de su cuarto, con su mantilla puesta y lista para pasear, halló á Alegría elegante y lujosamente adornada, y á Clemencia linda como un ángel, con su sencillo velo de gasa blanca y unas rosas del tiempo en la cabeza; en cuanto á Constancia estaba acostada con jaqueca.

Difícil seria describir lo que rabió la señora, y el estado de exasperacion en que emprendió el paseo, tan fatigoso para ella, y que habia perdido ya su objeto, que era facilitar una entrevista mas desahogada que las que les proporcionaba la tertulia, á los presuntos novios.

Alegría, al llegar al salon de Cristina, se cogió del brazo de una amiga, y Clemencia las siguió dando el suyo á su tia.

— Sépaste, Clemencia, iba esta diciéndole, que no hay una locura mayor en las muchachas, que rehusar un buen partido cuando se les presenta. Muchas y muy muchas conozco yo que así lo han hecho, y se han casado luego con quien Dios ha querido. Si yo hubiese rehusado á tu difunto tio, cuando mis padres trataron la boda, sabe Dios con quién estaria casada á estas horas. Ten siempre presente — lo que suelen olvidar muchas niñas, — que á la ocasion la pintan calva, y que la cabeza de chorlito que rehusa un buen porvenir por capricho, por imprevision, por desobediencia, merece que la encierren en San Márcos. ¡Vaya con las niñas del dia! ¡Perlitas!... como dice D. Silvestre. Un collar le habia yo de hacer de estas perlitas; que como no pidiese alafia, por mí la cuenta.

Encontráronse entónces con Valdemar que se reunió á ellas, saludando á la Marquesa, á quien preguntó por Constancia.

— La pobre está con jaqueca, respondió su madre: las padece; pero es mal que se gasta con la edad.

Al dar la vuelta del paseo, el Marques ocupó el lado de Clemencia.

— ¿Os gusta el pasear? le preguntó.

— Sí, me gusta, contestó esta; pero todavía mas me gusta quedarme en casa.

— ¿Porqué?

— Porque á esta hora riego las macetas, lo que es para mí una gran diversion; pues están todos los pájaros revoloteando, buscando su cama, resguardada del relente; corre el agua tan fresca y tan alegre del estanque, á besar los piés á las flores; estas esparcen toda su fragancia como un adios al sol que las cria, y está hecho el jardin un paraíso.

— ¿Sin manzano, Clemencia?

— Sin manzano, pues no hay en él cosa prohibida; ¡sin manzano, sí! y sin culebra, que es mas.

— Pero tambien sin Adan.

— Verdad es, á ménos de no serlo Miguel el jardinero sordo, respondió riéndose alegremente Clemencia.

— Marques, dijo Alegría, volviéndose y señalando con un movimiento de cabeza á una señora que en el paseo se les acercaba de vuelta encontrada, ¿qué os parece ese palo vestido, que viene hinchando sus desenrolladas narices, porque es rica, en lugar de encogerlas en favor del aspecto público?—¿Se ven en Madrid tales tarascas?

— En Madrid hay tantas personas poco favorecidas por la naturaleza como hay aquí, Alegría, respondió el Marques, sin desviarse del lado de Clemencia; lo que sí hay aquí en mas abundancia que en Madrid, son mujeres favorecidas por ella.

— Si supieseis lo buena que es esa señora que no es bonita, os lo habia de parecer, dijo Clemencia. En mi convento tiene una parienta suya monja, á quien mantiene, y ademas ha puesto allí dos pobrecitas que quedaron huérfanas en el cólera, á quienes costea en un todo.

— Ella es buena y fea; pero vos, Clemencia, sois buena y bella: ¡mirad la ventaja que le llevais!

— Marques, tornó á decir Alegría volviendo la cabeza, á pesar de ir á su lado Paco Guzman, no creais nada de cuanto os diga Clemencia, que se ha enseñado en el convento á ser una hipocritilla.

— ¡Jesus! murmuró escandalizada Clemencia.

— Si veis venir á D. Galo, añadió Alegría, dejadle libre el campo, si no quereis hacerle mal tercio, pues suelen tener los dos sus consultas secretas sobre los ambos y los ternos.

— ¡Las cosas que inventa Alegría! esclamó Clemencia.

— ¿Quién es ese D. Galo? preguntó el Marques.

— El hombre mas feo y ridículo del mundo, contestó Alegría; el que sacaba anoche los números de la lotería, el íntimo de Clemencia, que no puede vivir sin él.

— ¿Es cierto, Clemencia? preguntó Valdemar.

— Que sea ridículo, no señor, contestó esta; que no pueda yo vivir sin él, tampoco lo es. Pero lo que sí es cierto que si le trataseis, seriais su amigo, porque todo el que le trata lo es; todo el mundo le quiere, incluso Alegría, aunque le haga burla, porque ella no puede dejar de ser burlona; y como todos se rien, no piensa que hace mal.

— ¿Y vos, no sois burlona?

— No señor; en primer lugar, porque no me gusta la burla, y en segundo lugar, porque nada burlon se me ocurre; para eso es menester tener gracia, como la tiene mi prima.

— Todo el que tiene entendimiento, y aun sin tenerlo, tiene la gracia suficiente para la fácil espresion de la burla; pero esa facultad es preciso con el uso aguzarla para que punce, y es necesario afilarla para que corte. Ensayadlo, y veréis cuán pronto sobrepujais con ventaja á vuestra prima.

— Señor, ese es un consejo que no seguiré, y que estraño me deis.

— ¿Y porqué?

— Porque vos mismo no lo seguís.

El Marques se echó á reir.

— Y vos, Clemencia, le dijo, me enseñais que vuestras leales armas defensivas tienen mas poder en buena guerra que las agresivas armas vedadas. Clemencia, la burla no la haceis vos por delicada bondad de corazon; y yo no la hago, porque la proscribe el buen tono. Vuestro móvil vale mas que el mio, pero el resultado es el mismo.

A los piés del paseo habia estacionado un grupo de oficiales y de jóvenes de la ciudad.

Entre los primeros se notaba un capitan, que por su buena figura, su hablar recio y aire descocado, llamaba la atencion. Era este Fernando Guevara, hijo de una ilustre y rica casa de un pueblo de tierra adentro; pero nada en su porte ni en sus maneras denotaba la distincion de su cuna, ni la nobleza de su sangre, ni aun el buen porte del que sigue la caballerosa y rígida carrera de las armas. Teníase mal, y hacia gala de un desembarazo y desgaire, que rayaba en grosería; en fin, en todo su continente, en su modo de mirar, en su hablar recio, en su risa descompuesta, se pintaba el calavera descarado, para el que la moral, la compostura, la elegancia y la finura, son cosas desconocidas. Aquel hombre no tenia mas que una virtud, ó mejor dicho, una bella cualidad, era en estremo bizarro. Tanto esta fama como su alcurnia y el mucho dinero que derrochaba, le daban una buena posicion en los círculos de los hombres; en cuanto á los de señoras, rara vez concurria á ellos, pues en su chabacano ¿qué se me da á mí? preferia en punto á círculos aquellos que estaban en su cuerda, y en los que sin sujecion podia dejarse ir á sus groseras tendencias.

Los padres de Guevara habian condescendido gustosos á sus deseos de entrar en la milicia, por no poder desde que era niño, sujetar ni sufrir sus desmanes. Pero, habiendo tenido la desgracia de perder á dos hijos mayores que Fernando, habia un año que insistian en que se retirase del servicio, por ser ya el único representante y heredero de su rica casa.

Fernando, empero, se estremecia con la sola idea de meterse á los veinte y cuatro años en un pueblo pequeño del interior, ó de renunciar á su alegre y aventurera vida.

Venian en este momento acercándose Alegría y su amiga á este grupo.

Fernando, apoyado el cuerpo en su remo izquierdo, y cruzado de brazos, las miraba con insolencia.

— ¡Qué linda es! dijo uno de los presentes: no hay duda que es la mas bonita de cuantas muchachas encierra Sevilla.

— No tal, repuso Fernando Guevara; que lo es mucho mas la que le sigue con esa señora, que será su madre.

— No es su madre, es su tia, la Marquesa de Cortegana.

— ¿Y la niña?

— Se llama Clemencia Ponce.

— No vi criatura mas hermosa, dijo Fernando.

— ¿Te ha dado flechazo? le preguntó uno de sus compañeros.

— Esas flechas de plumas de marabú, dijo otro, no dan flechazo á Guevara; le hieren mas las flechas con plumas de pajarracos ménos pulidos.

— Mi gusto no está contratado, repuso Fernando; es libre como el aire.

— Pues hombre, tú que no eres amigo de suspirar en balde, no debes picar tan alto.

— Es que si se me antoja suspirar, no suspiraré en balde, dijo Fernando.

— Hombre, esclamó uno de sus compañeros, te sabia arrogante; pero no te sabia fatuo.

— Apostemos, dijo pausadamente Fernando.

— Está loco, esclamaron todos á una voz.

— Apostemos, repitió Guevara con la misma calma.

— Fernando, te estás poniendo en ridículo; mira cómo se rien; estás haciendo el oso, dijo á media voz un amigo suyo.

— Apostemos, repitió por tercera vez Fernando; pero no una onza ni dos, sino media talega: ¿quién la lleva?

— Yo, dijo un rico jóven de Sevilla, indignado de la insolente presuncion del oficial.

— ¿Diez mil reales?

— Diez mil reales.

— Señores, sois testigos, dijo Fernando.

— Es preciso fijar un plazo, advirtió el oponente.

— Ocho dias, contestó Guevara.

— Ocho dias, hecho; dijo el jóven.

Entretanto la hermosa y suave niña, que apénas habia entrevisto ni parado la atencion en aquel grupo que tan osadamente la profanaba, decia al Marques de Valdemar, que le preguntaba si estaba cansada:

— Sí señor; y decididamente me gusta mas pasar la tarde entre mis flores, los pájaros que cantan y el agua que corre y rie tan alegre, que no entre tantas caras desconocidas, que todas miran de hito en hito, las mujeres con un aire tan burlon, los hombres de un modo tan raro....

CAPITULO IX.

Fernando Guevara era pariente de D. Silvestre; por lo cual, habiendo averiguado su intimidad con la Marquesa, al dia siguiente fué á verle con la peticion de que le introdujese en casa de esta señora.

D. Silvestre, á fuer de ser su allegado, y con el plausible motivo de no tener la molestia de decir que no, estuvo desde luego dispuesto á ello. Así sucedió que al mismo dia fué presentado á la Marquesa, á la que despues de los primeros cumplidos, pidió á Clemencia.

La Marquesa, que regularmente habria acogido muy mal al atolondrado jóven y su brusca peticion, si se hubiese tratado de una de sus hijas, acogió con suma satisfaccion al pretendiente de su sobrina. No se le habia pasado por alto la impresion que habia hecho Clemencia en el Marques de Valdemar, y lo ocupado que habia estado de ella la tarde anterior, en que las graciosas provocaciones de Alegría no habian bastado á distraerle; y como la señora no perdia la esperanza de que el capricho negativo de Constancia se disipase con el tiempo y la razon, veia con temor y recelo el que otra que su hija pudiese agradar al Marques. Fernando Guevara era, segun aseguraba su amigo D. Silvestre, caballero, noble y rico: ¿qué mas necesitaba saber la señora?

Así fué que otorgó llena de júbilo su demanda, sin poner mas condicion que el beneplácito de sus padres.

— No podeis dudar que lo otorguen; ni motivos hay para otra cosa, le dijo Guevara. Desde que murieron mis hermanos, el mayor deseo de mis padres es que me case y me retire. Mas por ahora solo pienso complacerlos en lo primero, porque no me siento dispuesto á los veinte y cuatro años á meterme en el villorro de Villa-María, á liarme en la capa, á acostarme con las gallinas y á levantarme con los gallos, sin acordarme mas de que hay un mundo alegre, y en él buenos compañeros. Así, tened esa licencia por segura, y advertid que de aquí á ocho dias he de estar casado, porque el regimiento pasa á Cádiz.

Cuando Guevara se hubo ido, la Marquesa llamó á Clemencia y le dijo que se le presentaba una suerte brillante, pues habia pedido su mano un jóven de arrogante figura, hijo y único heredero de un rico mayorazgo. Que aunque no creia fuese necesario, le recordaba cuanto la tarde anterior le habia dicho acerca de las niñas locas que despreciaban una buena suerte, y que el que se presentaba se la traia.

— Pero... ¿quién es y cómo se llama? preguntó atónita Clemencia.

— ¡Pues qué! ¿no le conoces? repuso su tia.

— No, señora, respondió la interrogada.

— Se llama Fernando Ladron de Guevara. Es de Villa-María, y sirve en el regimiento que está aquí de guarnicion. ¡Qué suerte! ¡Vaya; si estarás contenta!

La Marquesa no aguardó la respuesta de Clemencia, en lo que hizo bien, pues no dió esta ninguna. La dócil niña no sabia ni qué pensar ni qué decir; nada sentia en favor ni en contra de este enlace, sino la estrañeza de casarse con un hombre á quien no conocia.

La Marquesa mandó venir costureras y modistas, dió parte, compró sus regalos, de modo que sin darse cuenta de lo que pasaba, á los ocho dias Clemencia, vestida de blanco, coronada de rosas blancas y blanca cual ellas, se hallaba frente á Guevara delante de un sacerdote, exhalando como un débil eco del sí que pronunció Guevara, un sí maquinal, que resumia todo lo que en aquellos dias habia hecho, como el lazo que reune para formar un ramo, unas frias é inodoras flores artificiales.

Guevara, que solo habia gastado con la cortada Clemencia en los dias anteriores algunas chanzas comunes, y dicho algunos cumplidos vulgares y poco finos, que mas que halagar habian chocado la delicadeza instintiva de Clemencia, nada habia hecho ni nada habia pensado hacer para inspirarle cariño ni confianza; y así le era su marido tan estraño aquel dia que los unia para siempre, como lo habia sido el primer dia en que le vió.

— ¿Es esto casarse? se decia asombrada la pobre niña. ¡Dios mio! ¡Yo que pensé que habia de querer tanto á mi marido! Pero el trato engendra cariño; ya le querré; así se lo he pedido á Dios esta mañana en la iglesia.

Aquel dia cobró Guevara su apuesta, y aquel dia partieron los novios para Cádiz, donde estaba ya el regimiento, que debia embarcarse en aquel puerto para ir al teatro de la guerra del Norte.

Ninguna reflexion de sus padres ni de la Marquesa habian podido retraer á Guevara de seguirle; era para él Villa-María una espantosa Siberia: ademas, era bizarro, tenia pundonor, y nada le habria movido á pedir su retiro en el momento en que su regimiento era destinado á ir á batirse.

No es posible pintar el desconsuelo de la pobre Clemencia al separarse de su tia y de sus primas, y al verse sola con un hombre que le era estraño, en un mundo nuevo, y entre gentes desconocidas.

Estílase en algunas partes, — y lo singular es cabalmente en aquellas donde mas se preconiza y ensalza en las jóvenes la inmaculada inocencia, la infantil candidez, la austera reserva y la débil timidez, esto es, en Inglaterra, — el que una jóven acabada de casar se meta sola con su marido en una silla de postas, y se vayan á viajar, haciendo de esta suerte de una concurrida y ruidosa posada, en que sin respeto serán el objeto de los chistes de los mozos y postillones, el lugar en que se alce para ellos el tálamo conyugal, que el hombre delicado que ama, quisiera alzar á las nubes, y la mujer que respeta el estado, deseara santificar con un altar. Rompen de esta manera violentamente con la ausencia los lazos con su familia, desechando así las hijas la dulce sombra de su madre en los primeros momentos de su nuevo estado; en lo que demuestran patentemente que todas aquellas pregonadas cualidades, esas suaves plantas que germinan en el corazon y hacen que las que las poseen se estrechen con fuerza como los blancos jazmines á sus naturales sostenes; estas cualidades, decimos, se las echan, como dice una enérgica frase vulgar, muy fácilmente á las espaldas. Esta repugnante costumbre, que debe pertenecer á las de las jóvenes emancipadas, no se conoce en España (con pocas y estranjeradas escepciones), España, á la que se echa en cara no criar las jóvenes con la rigidez y reserva debidas.

Esto nos lleva á repetir lo que otras veces hemos dicho; y es que preferimos una natural y decente soltura, á una reserva afectada, á una candidez hipócrita y á una timidez estudiada; sin que esto se oponga á que consideremos como el tipo de la jóven cumplida, la que embellecen una candidez sincera, una reserva natural y una timidez real, mas interna que esterna, mas en las ideas que en el porte, y que mas bien se disimule que se ostente.

Creemos que todo hombre delicado quisiera ver vacilar á la jóven que ha elegido por compañera, entre el regazo de la madre que la retiene, y los brazos del marido que la aguardan. Creemos que querria oir la dulce voz materna decirle: «En breve ese hombre que aun te impone, te será íntimo y querido como me lo es á mí tu padre; no llores, no llores; no atribuya á falta de cariño hácia él el dolor que te causa la despedida á tu cuna. Mira en el amante al compañero de tu vida, al padre de tus hijos, para que no te imponga como estraño.»

Hay hombres como Guevara, que relegarian, si las oyesen, estas nuestras opiniones al ridículo, ó cuando mas á un curso de moral, y no á reglas de delicadeza; pero los mas de los hombres, y sobre todo, los que hacen la debida diferencia entre una mujer legítima y una querida, piensan como nosotros; y las jóvenes deberian atenerse á la opinion de estos, y convencerse de que la mujer á la cual se recibe de las manos de su madre, tiene doble valor y prestigio que la que se entrega.

Aumentábase la afliccion y angustia de Clemencia, al ver que sus lágrimas en lugar de causar compasion é inspirar palabras de consuelo á su marido, le causaban el mas acerbo despecho; atribuyéndolo (y quizas no se equivocaba del todo) á alejamiento, hácia él. Así era que si nada habia hecho Guevara para captarse el cariño de Clemencia, esta, por su parte, sin saberlo, sin comprenderlo, hacia cuanto era dable para alejar de sí á su marido, que miraba la reserva como una prueba de antipatía; al que chocaban los sentimientos tiernos y suaves como afectaciones y remilgos, y al que horripilaban las lágrimas como á otros la sangre.

Así es que nunca unió la suerte dos seres con elementos tan contrapuestos, como lo eran los que componian las respectivas naturalezas de ambos consortes, ni mas á propósito para rechazarse mutuamente. A esto se unia el que Clemencia tenia diez y seis años, y Fernando veinte y cuatro, y que no conocian ni el mundo ni el corazon humano; lo que les hacia carecer de la prevision y de la prudencia que este conocimiento da. Faltábales la esperiencia, que sabe desvanecer cargos esplicando causas, hacer concesiones, temporizar, y sacrificando algo en lo presente, preparar el porvenir.

Pero Clemencia, criada en un convento, nada sabia de la vida, ni de las pasiones, en cuyo mas grosero círculo era lanzada sin graduacion, y Fernando que no habia salido casi de cuarteles y garitos, nada sabia de sentimientos de corazon, de delicadeza, ni de reserva, esos instintos femeninos. Siendo arrogante mozo y rico, no habia hallado nunca, en la especie de mundo mujeril que habia tratado, repulsas ni negativas en sus amores, por lo cual se persuadia que el amor tenia la misma espresion en ambos sexos.

Al ver que la inocente niña no sentia ni consideraba el amor como aquellas desenfrenadas, se convenció de que abrigaba un amor oculto, y se persuadió que el objeto de este era el Marques de Valdemar, que no habia podido disimular la estrañeza y disgusto que le habia causado el repentino é irreflexionado casamiento de Clemencia. Así es que aburrido, exasperado, enconado contra Clemencia, se entregó en breve sin reserva ni consideraciones, á sus vicios y disipada vida anterior.

Clemencia por su lado, viendo unidos en su marido sus exigencias y su falta de ternura, sus celos, sus desvíos, y sus vicios, se persuadió que él la solicitó solo como el premio de una apuesta; que no llenaba su corazon, ni le merecia la ternura y respeto que se tiene á una mujer propia.

Es cierto que Fernando no amaba á Clemencia, porque entre ellos no existian simpatías, afinidades ni paridad alguna, y porque Guevara no sabia amar, disecado su corazon por una vida viciosa; pero Clemencia era hermosa, y por eso solo se entregó ciego á la pasion de los celos; y los celos sin amor son los mas acerbos, y tanto mas crueles para quien los sufre, cuanto que no tiene compensacion.

Clemencia llegó, pues, á ser una doble mártir, siendo tratada á la vez con la mas insultante desconfianza, y las mas despóticas exigencias, y con la mas ostensible falta de cariño y de atenciones; á un tiempo esclavizada y abandonada por su marido. Este encerraba á su mujer, y se llevaba la llave; no la permitia recibir á nadie, ni salir, ni aun para ir á la iglesia; y habia llevado la locura de los celos y el placer de mortificarla hasta matar por su mano un pajarito que criaba Clemencia, que era su único compañero en su soledad.

Esto parecerá exagerado, y no lo es; como pueden atestiguarlo los que hayan observado los efectos de los celos en almas duras y toscas, y la atroz propension humana á redoblar el tormento, á medida que es la víctima mas débil y mas sufrida.

Clemencia, en medio de tantos sufrimientos, no se creyó la mujer incomprendida, ni la heroina inapreciada, ni la víctima de un monstruo; creyó sencillamente que Fernando era un mal marido como otros muchos; que tenia que sobrellevarle como hacian otras muchas mujeres, y rogó á Dios le mejorase y trajese á mejor vida. Así pensaba, porque no habia leido novelas, ni visto dramas de pasion, y conservaba intactas las puras doctrinas de moral cristiana, no deslustradas por mundanos sofismas: conservaba inmaculadas sus nociones del deber sin transacciones ni concesiones sociales; conservaba ilesas las doctrinas religiosas, sin que la atrevida y osada podadera filosófica hubiese suprimido ninguna de sus ramas ni de sus flores. Así era que se regia sencillamente por estas máximas:

«Recordemos que la paciencia es el heroismo del cristiano.

»Recordemos que dice San Agustin: Agradamos á Dios, cuando su voluntad nos agrada. Y que San Bernardo dice que es una vergüenza ser miembros delicados, bajo un Jefe coronado de espinas.»

Releia á menudo en uno de sus libros de devocion aquellas palabras que tratan de los deberes de las casadas, y se embebia de esta cita de San Agustin, que así dice:

«Mónica obedecia á su marido como una sirviente á su amo, y se esmeraba en ganarle á Dios, exhortándole con sus ruegos y con sus buenas costumbres, cuya santa hermosura obligó á su marido á respetarla, y se la hizo grata y admirable. Toleró por mucho tiempo la mala conducta de su marido, sin hacerle reconvenciones, aguardando la hora de que obrase en él la misericordia de Dios.»

¡Oh madres! dad buenos libros á vuestras hijas, y obligadlas á leerlos. Si bien jóvenes y felices, los leerán con mas respeto que atencion, mas por obligacion que por placer; no le hace; no desistais; porque el dia de la prueba germinará en sus corazones aquella hermosa semilla, como el trigo que se echó en tierra en un dia de sol crece vigoroso el dia de los temporales.

Sucederá que aquellas palabras santas, leidas con infantil distraccion, quedarán por el pronto invisibles en el corazon, como los caracteres estampados con tinta simpática; pero llegada la hora de la prueba, cual un fuego abrasador, saldrán claros, netos y enérgicos aquellos santos testos, mitigando las llamas que solo habrán servido para purificarlos.