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Comedias, tomo 2 de 3 cover

Comedias, tomo 2 de 3

Chapter 17: LISÍSTRATA.
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About This Book

The play centers on an elderly man obsessed with serving on juries and his son’s attempts to break the habit by confining him at home. Despite precautions the father repeatedly sneaks out or is roused by fellow jurors, whose wasp-like temper and ritualized procedures are parodied. The son stages a domestic trial and other comic set pieces in which the judge misapplies justice yet savors judicial authority; later he is mollified by feasting and becomes a boisterous, domineering figure whose antics spark disputes and a mock dance contest. Through farce it ridicules judicial venality, litigious culture, and demagogic influence.

LISÍSTRATA.


LISÍSTRATA (Sola).

¡Ah!, si se las hubiese citado a una fiesta de Baco, o de Pan, o de Venus Colíade o Genetílide,[594] la multitud de tambores no permitiría transitar por las calles. Ahora no viene ninguna, excepto esa buena vecina que sale de su casa. Salud, Calónice.

CALÓNICE.

Salud, Lisístrata. ¿Qué es lo que te aflige? Serena tu frente, hija mía; no te sienta bien ese fruncido ceño.

LISÍSTRATA.

Calónice, me hierve la sangre. Me avergüenzo de mi sexo; los hombres pretenden que somos astutas...

CALÓNICE.

Y lo somos, por Júpiter.

LISÍSTRATA.

Y cuando se las dice que acudan a este sitio, para tratar de un importante asunto, duermen en vez de venir.

CALÓNICE.

Ya vendrán, querida: las mujeres no pueden salir tan fácilmente de casa. Una está ocupada con su marido; otra despierta a su esclavo; otra acuesta a su hijo; aquella le lava o le da de comer.

LISÍSTRATA.

Más graves son estos cuidados.

CALÓNICE.

Pero sepamos para qué nos convocas. ¿Qué cosa es? ¿Es grande?

LISÍSTRATA.

Es grande.

CALÓNICE.

¿Es gruesa?

LISÍSTRATA.

Es gruesa.

CALÓNICE.

¿Pues cómo no hemos venido todas?

LISÍSTRATA.

No es lo que te figuras, pues de serlo ni una hubiera faltado. Se trata de un plan que yo he trazado y revuelto en todos sentidos durante mis insomnios.

CALÓNICE.

Precisamente habrá de ser muy sutil para darlo vuelta en todos sentidos.

LISÍSTRATA.

Tan sutil que la salvación de la Grecia entera estriba en las mujeres.

CALÓNICE.

¿En las mujeres? Liviano es su fundamento.

LISÍSTRATA.

En nosotras está, o el salvar la república, o el destruir completamente a los peloponesios...

CALÓNICE.

Que no quede ni uno para muestra; me parece muy bien.

LISÍSTRATA.

Y aniquilar a todos los beocios.

CALÓNICE.

A todos no; perdona siquiera a las anguilas.[595]

LISÍSTRATA.

A Atenas no la desearé semejante cosa; pero se me ocurre otra idea. Si se nos agregasen todas las mujeres del Peloponeso y la Beocia, quizá, aunando nuestros esfuerzos, pudiéramos salvar a Grecia.

CALÓNICE.

¿Pero acaso las mujeres pueden llevar a cabo empresa alguna ilustre y sensata? Nosotras, que nos pasamos la vida encerradas en casa, muy pintadas y adornadas, vestidas de túnicas amarillas y flotantes cimbéricas,[596] y calzadas con elegantes peribárides.[597]

LISÍSTRATA.

Precisamente en eso tengo yo puestas mis esperanzas de salvación; en las túnicas amarillas, en los perfumes, en el colorete, en las peribárides, en los vestidos transparentes.

CALÓNICE.

¿Cómo?

LISÍSTRATA.

De suerte que ninguno de los hombres de hoy día levantará su lanza contra los otros...

CALÓNICE.

Por las dos diosas, me teñiré de amarillo una túnica.

LISÍSTRATA.

Ni embrazará el escudo...

CALÓNICE.

Me pondré una cimbérica.

LISÍSTRATA.

Ni empuñará la espada.

CALÓNICE.

Compraré unas peribárides.

LISÍSTRATA.

¿Pero no debían ya estar aquí todas las mujeres?

CALÓNICE.

Volando debían de haber venido hace tiempo.

LISÍSTRATA.

¡Ay, amiga mía! Has de ver que llegan demasiado tarde, como verdaderas atenienses. No se distingue ninguna mujer de la costa ni de Salamina.

CALÓNICE.

Pues de esas ya sé que se han embarcado muy de madrugada.[598]

LISÍSTRATA.

Tampoco vienen las acarnienses, que yo esperaba y confiaba que estarían aquí las primeras.[599]

CALÓNICE.

Pues la mujer de Teógenes,[600] sin duda pensando acudir, consultó ayer la estatua de Hécate. Mira, ya llegan algunas; y otras, y otras. ¡Toma, toma! ¿De dónde son?

LISÍSTRATA.

De Anagiro.[601]

CALÓNICE.

Es verdad; parece que todo Anagiro se nos viene encima.


MIRRINA.

¿Quizá llegamos tarde, Lisístrata? ¿Qué dices? ¿Por qué no respondes?

LISÍSTRATA.

No he de elogiar, Mirrina, tu falta de puntualidad en tan importante asunto.

MIRRINA.

¡Si me vi y me deseé para hallar mi ceñidor a oscuras! Mas, ya que la cosa urge, aquí nos tienes, habla.

LISÍSTRATA.

No, esperemos un poco a que lleguen las mujeres beocias y peloponesias.

MIRRINA.

Tienes razón: mira, ahí viene Lámpito.


LISÍSTRATA.

Salud, Lámpito, mi querida lacedemonia. ¡Qué bella eres, dulcísima amiga! ¡Qué buen color! ¡Qué robustez! Podrías estrangular un toro.

LÁMPITO.[602]

Ya lo creo, por los Dióscuros;[603] como que hago gimnasia, y me doy con los talones en las nalgas.[604]

LISÍSTRATA.

¡Oh qué turgente seno!

LÁMPITO.

Me estáis tanteando como a las víctimas.[605]

LISÍSTRATA.

¿De dónde es esa otra joven?

LÁMPITO.

Por los Dióscuros, es de una de las principales familias de Beocia.

LISÍSTRATA.

¡Por Júpiter, mi querida beocia! Pareces un florido jardín.

CALÓNICE.

Y muy limpio: le han arrancado todo el poleo.[606]

LISÍSTRATA.

¿Y aquella otra niña?

LÁMPITO.

Es muy buena, por mi vida; pero es de Corinto.[607]

LISÍSTRATA.

Comprendo, será buena como todas las de allí.

LÁMPITO.

¿Pero quién ha convocado esta asamblea de mujeres?

LISÍSTRATA.

Yo misma.

LÁMPITO.

Pues dinos lo que deseas.

LISÍSTRATA.

Sí por cierto, queridísima amiga.

MIRRINA.

Sepamos, por fin, cuál es el gran negocio.

LISÍSTRATA.

Voy a decíroslo; pero antes permitidme una sola pregunta.

MIRRINA.

Cuantas quieras.

LISÍSTRATA.

¿No sentís que los padres de vuestros hijos se hallen lejos de vosotras en el ejército? Pues demasiado sé que todas tenéis los maridos ausentes.

CALÓNICE.

El mío, ¡pobrecillo!, hace ya cinco meses que está en Tracia vigilando a Éucrates.[608]

LISÍSTRATA.

Siete hace que está el mío en Pilos.[609]

LÁMPITO.

El mío, cuando vuelve alguna vez del ejército, descuelga en seguida el escudo y se marcha volando.

LISÍSTRATA.

¡No queda un amante para un remedio, y con la defección de los milesios se acabaron todos los recursos para consolar nuestra viudez![610] Pues bien, si yo encontrase un medio de poner fin a la guerra, ¿querríais secundarme?

MIRRINA.

Sí, por las dos diosas, aunque tuviese que dar en prenda mi vestido y beberme el dinero el mismo día.[611]

CALÓNICE.

Pues yo, aunque me tuviese que dejar partir en dos, como un rodaballo, y dar la mitad de mí misma.[612]

LÁMPITO.

Yo subiría a la cumbre del Taigeto,[613] si allí hubiese de ver a la Paz.

LISÍSTRATA.

Pues bien, os lo diré: ya no hay para qué ocultaros nada. Oh mujeres, si queremos obligar a los hombres a hacer la paz, es preciso abstenernos...

MIRRINA.

¿De qué? Habla.

LISÍSTRATA.

¿Lo haréis?

MIRRINA.

Lo haremos, aunque nos cueste la vida.

LISÍSTRATA.

Es preciso abstenernos de los hombres...[614] ¿Por qué me volvéis la espalda? ¿Adónde vais? ¡Eh, vosotras! ¿Por qué os mordéis los labios y meneáis la cabeza? ¡Cómo! ¡Se os muda el color! ¡Una lágrima corre!... ¿Qué decís? ¿lo haréis o no lo haréis?

MIRRINA.

Yo no puedo, que siga la guerra.

CALÓNICE.

Yo tampoco, que siga la guerra.

LISÍSTRATA.

¿Eso dices, mi valiente rodaballo? ¿Tú que hace un instante te dejabas partir en dos?

CALÓNICE.

Sí, todo menos eso. Mándame si quieres andar entre llamas. Pero, querida Lisístrata, semejante abstinencia... ¡Eso a nada puede compararse!

LISÍSTRATA.

¿Y tú?

MIRRINA.

También yo prefiero andar entre llamas.

LISÍSTRATA.

¡Oh sexo disoluto! ¡Y luego nos admiraremos de ser maltratadas en las tragedias! Solo servimos para el amor.[615] Pero, querida lacedemonia, secunda mis proyectos; que como tú me ayudes, aún podremos salvarlo todo.

LÁMPITO.

Muy triste es a la verdad dormir sin compañía, pero no hay más remedio; es preciso conseguir la paz a todo trance.

LISÍSTRATA.

¡Oh amiga queridísima! ¡única mujer digna de este nombre!

CALÓNICE.

Pero si, lo que Dios no quiera, nos abstenemos completamente de lo que dices, ¿conseguiremos por eso más pronto la paz?

LISÍSTRATA.

Mucho más pronto, por las diosas. Permanezcamos en casa, bien pintadas, y sin más vestidos que una transparente túnica de Amorgos,[616] y los hombres arderán en amorosos deseos. Si entonces resistimos a sus instancias, estoy segura de que harán en seguida la paz.[617]

LÁMPITO.

Por eso, sin duda, cuando Menelao vio el seno desnudo de Helena, arrojó la espada.[618]

CALÓNICE.

Pero, desdichada, ¿y si nos abandonan nuestros maridos?

LISÍSTRATA.

Entonces, como dice Ferécrates, «desollaremos un perro desollado».[619]

CALÓNICE.

Esos simulacros nada valen; ¿y si nos cogen y nos arrastran a su alcoba?

LISÍSTRATA.

Agárrate a la puerta.

CALÓNICE.

¿Y si nos pegan?

LISÍSTRATA.

Cede, pero de mala gana; no puede haber placer si hay violencia. Además podemos atormentarlos de mil modos. No temas, pronto se cansarán; es imposible un goce no recíproco.

CALÓNICE.

Si es esa vuestra opinión, me adhiero a ella.

LÁMPITO.

Nosotras quedamos en decidir a nuestros maridos a firmar una paz leal y franca. ¿Pero quién será capaz de hacer otro tanto con el populacho ateniense, tan enamorado de la guerra?

LISÍSTRATA.

No tengas cuidado; nosotras le persuadiremos.

LÁMPITO.

No lo conseguirás, mientras estén apasionados de sus naves y se guarde en el templo de Minerva aquel inmenso tesoro.[620]

LISÍSTRATA.

Todo eso está previsto; hoy mismo nos apoderaremos de la ciudadela. Las mujeres de más edad están encargadas de ocuparla con pretexto de ofrecer un sacrificio, mientras nosotras nos concertamos aquí.

LÁMPITO.

Todo irá bien, pues todo está perfectamente trazado.

LISÍSTRATA.

Entonces, Lámpito ¿por qué no nos comprometemos con un juramento inquebrantable?

LÁMPITO.

Pronuncia tú la fórmula, y nosotras juraremos.

LISÍSTRATA.

Tienes razón. ¿Dónde está la mujer escita?[621] ¿A dónde miras? Poned aquí un escudo sobre la cara convexa, y traedme las víctimas.

CALÓNICE.

¿Qué juramento vamos a prestar, Lisístrata?

LISÍSTRATA.

¿Qué juramento? En Esquilo se degüella una oveja y se jura sobre un escudo;[622] nosotras haremos lo mismo.

CALÓNICE.

Pero, Lisístrata mía, ¿cómo hemos de jurar sobre un escudo, cuando se trata de la paz?

LISÍSTRATA.

¿Pues qué juramento haremos?

CALÓNICE.

Cojamos un caballo blanco;[623] sacrifiquémosle, y juremos sobre su cadáver.

LISÍSTRATA.

¿Y dónde vas a hallar un caballo blanco?

CALÓNICE.

¿Pues cómo juraremos?

LISÍSTRATA.

Voy a decírtelo. Coloquemos aquí una gran copa negra,[624] inmolemos en ella un cántaro de vino de Tasos, y juremos no mezclarle ni una gota de agua.

LÁMPITO.

¡Oh qué hermoso juramento! No hay palabras para elogiarle bastante.

LISÍSTRATA.

Que me traigan una copa y un cántaro.

CALÓNICE.

Queridísimas amigas, ¡qué enorme cántaro! ¡con qué placer lo iremos vaciando!

LISÍSTRATA.

Déjalo aquí, y pon la mano sobre la víctima.[625] ¡Oh soberana Persuasión, y tú, copa de la amistad, aceptad este sacrificio y sed propicias a las mujeres![626]

CALÓNICE.

¡Qué hermoso color tiene la sangre! ¡Qué bien corre![627]

LÁMPITO.

¡Por Cástor, qué buen olor despide!

LISÍSTRATA.

Amigas mías, dejadme jurar la primera.[628]

CALÓNICE.

No, por Venus, que decida la suerte.[629]

LISÍSTRATA.

Vamos, Lámpito, y vosotras extended la mano sobre la copa; después, que una sola, en nombre de todas, repita mis palabras; así prestaréis el mismo juramento y os comprometeréis a guardarlo.

Ningún amante, ningún esposo...

CALÓNICE.

Ningún amante, ningún esposo...

LISÍSTRATA.

Podrá acercárseme enardecido de amor... Repite.

CALÓNICE.

Podrá acercárseme enardecido de amor... ¡Ay! Lisístrata, me siento desfallecer.

LISÍSTRATA.

Viviré castamente en mi casa...

CALÓNICE.

Viviré castamente en mi casa...

LISÍSTRATA.

Cubierta solo de un transparente vestido azafranado, y adornada...

CALÓNICE.

Cubierta solo de un transparente vestido azafranado, y adornada...

LISÍSTRATA.

A fin de inspirar a mi esposo más ardientes deseos...

CALÓNICE.

A fin de inspirar a mi esposo más ardientes deseos...

LISÍSTRATA.

Pero nunca cederé de buen grado a sus instancias...

CALÓNICE.

Pero nunca cederé de buen grado a sus instancias...

LISÍSTRATA.

Y si, contra mi voluntad, me obligase...

CALÓNICE.

Y si, contra mi voluntad, me obligase...

LISÍSTRATA.

Permaneceré inanimada en sus brazos...[630]

CALÓNICE.

Permaneceré inanimada en sus brazos...[631]

. . . . . . . . .

. . . . . . . . .

LISÍSTRATA.

¡Que pueda beber este vino, si cumplo mi juramento!...

CALÓNICE.

¡Que pueda beber este vino, si cumplo mi juramento!...

LISÍSTRATA.

¡Y si no lo cumplo, que se me llene esta copa de agua!...

CALÓNICE.

¡Y si no lo cumplo, que se me llene esta copa de agua!...

LISÍSTRATA.

¿Juráis todas?

MIRRINA.

Sí, por Júpiter.

LISÍSTRATA.

Voy, pues, a sacrificar la víctima.

(Bebe.)

CALÓNICE.

Déjame un poco, querida mía, para que consolidemos nuestra amistad.

LÁMPITO.

¿Qué gritos son esos?

LISÍSTRATA.

Lo que hace poco te decía. Son las mujeres que se apoderan de la ciudadela. Tú, Lámpito, parte a arreglar tus cosas, y déjanos a esas en rehenes. Corramos nosotras a encerrarnos en el alcázar y a defenderlo con las demás compañeras.

CALÓNICE.

¿Crees que los hombres vendrán pronto a atacarnos?

LISÍSTRATA.

Nada se me da de ellos. Ni el incendio, ni todas sus amenazas me harán abrir jamás aquellas puertas, si no aceptan la condición convenida.

CALÓNICE.

Nunca, por Venus: de otro modo sería inmerecida la opinión en que nos tienen de tercas y malvadas.


CORO DE VIEJOS.[632]

Anda, Draces; guíanos con precaución, aunque te quebrante el hombro ese pesado haz de olivo verde. ¡Qué cosas tan inesperadas se ven cuando se vive muchos años! ¡Ay, Estrimodoro! ¿Quién hubiera imaginado nunca que había de llegar un día en que las mujeres, esa peste de nuestras casas, alimentadas por nosotros con tanto regalo, se apoderarían de la estatua de Minerva, y ocuparían mi ciudadela, y atrancarían sus puertas con barras y cerrojos? Pero corramos, corramos al alcázar, amigo Filurgo; rodeemos de un muro de faginas a las inventoras y ejecutoras de tan execrable hazaña; hagamos una sola pira, y con nuestras propias manos abrasemos a todas sin excepción, y a la esposa de Licón la primera.[633]

¡No, por Ceres, mientras yo viva no se burlarán de nosotros! Pues ni Cleómenes,[634] cuando en otro tiempo se apoderó de la ciudadela, pudo dejarla con honor; a pesar de sus humos lacedemonios, viose obligado a capitular y a retirarse sin armas, sin más vestidos que una pequeña túnica, lleno de andrajos, escuálido, hecho un oso sucio, como si en seis años no se hubiese lavado. ¡Oh qué sitio aquel! Nuestros soldados, colocados de diecisiete en fondo, cerraban la salida, y no se relevaban ni para dormir. ¿Y no reprimiré con mi sola presencia la audacia de esas mujeres aborrecidas por Eurípides y todos los dioses? Si tal sucede, consiento que sean derribados mis trofeos de la Tetrápolis.[635]

Mas para llegar a la ciudadela, aún tengo que subir esa pendiente; procuremos arrastrar estos haces, sin acudir a las bestias de carga; ¡ay! las leñas me destrozan los hombros.

Sin embargo, es necesario subir, y soplar el fuego, no vaya a apagársenos y a faltarme al final de la jornada. ¡Fu!, ¡fu! (soplando). Justo cielo, ¡qué humo! Al salir del brasero se lanza sobre mí, y me muerde los ojos como un perro rabioso. Es fuego de Lemnos,[636] no me cabe duda; de otro modo no atacaría tan cruelmente mis ojos legañosos. Vamos, Lagnes, corramos a la ciudadela y auxiliemos a la diosa. ¿Cuándo habrá ocasión mejor de socorrerla? ¡Fu!, ¡fu! (soplando); ¡justo cielo!, ¡qué humo!

Este fuego está vivo y arde por la gracia de los dioses. Mas ¿por qué no depositamos aquí nuestros haces? ¿No sería mejor encender en el brasero un manojo de sarmientos y lanzarlo contra las puertas, a modo de ariete? Si las mujeres no desatrancan cuando se lo mandemos, será preciso incendiar las puertas y asfixiarlas con el humo. Dejemos ya la carga. ¡Oh!, ¡oh!, ¡qué humareda! ¿No habrá por ahí algún jefe de la expedición de Samos[637] que me ayude a descargar? ¡Ah! por fin se ven libres mis hombros. Vamos, brasero mío, atiza el fuego, y enciéndeme cuanto antes esta tea. Ayúdame, divina Victoria; castiguemos la audacia de las mujeres dueñas de la ciudadela, y erijamos un trofeo triunfal.


CORO DE MUJERES.[638]

Amigas mías, creo distinguir humo y llamas; parece un incendio: acudamos a toda prisa. ¡Vuela, vuela, Nicódice, antes de que Cálica y Cristila perezcan asfixiadas, víctimas de las leyes más crueles y de esos malditos viejos! Pero, venerandas diosas, ¿llegaré demasiado tarde? Al amanecer ya estaba yo en la fuente, y a duras penas conseguí llenar esta vasija: ¡tanta era la confusión, el tumulto y el estrépito de los cántaros! A empellones con las criadas y viles esclavos, conseguí salir con mi agua, y ahora me apresuro a socorrer a mis amenazadas compañeras. Me han dicho que unos viejos chochos, cargados con haces de cerca de tres talentos de peso, como para calentar un baño, se dirigían hacia aquí con desusada furia, gritando, entre terribles amenazas, que es preciso tostar a las pérfidas mujeres. Pero, venerable Minerva, haz que, en vez de ser pasto de las llamas, consigan librar a la Grecia y a sus ciudadanos de los horrores de la guerra. Con este objeto ocuparon tu templo, santa patrona de refulgente casco de oro. Yo invoco tu auxilio, ¡oh Tritogenia! Si algún hombre quiere abrasarlas, ven a traer agua con nosotras.

¡Eh!, ¡eh!, deteneos.[639] ¿Qué es eso, grandísimos canallas? Los hombres honrados y piadosos no obran de esa manera.

CORO DE VIEJOS.

¡Ah! He ahí una cosa con la cual no contábamos: un enjambre de mujeres defiende el exterior de la ciudadela.

CORO DE MUJERES.

¿Por qué nos teméis? ¿Acaso os parecemos muchas? Pues no veis ni la diezmilésima parte.

CORO DE VIEJOS.

Fedrias, ¿las permitiremos charlar de ese modo? ¿No convendrá romperles un garrote en las costillas?

CORO DE MUJERES.

Dejemos en el suelo nuestros cántaros; así no nos estorbarán, si alguno trata de sentarnos la mano.

CORO DE VIEJOS.

Si las hubiesen dado dos o tres bofetadas, como a Búpalo,[640] no chillarían tanto.

CORO DE MUJERES.

Anda, pégame; aquí te espero; pero te aseguro que en adelante no te agarrará otra perra.[641]

CORO DE VIEJOS.

Si no callas, este garrote se encargará de que no llegues a vieja.

CORO DE MUJERES.

A ver; toca con un solo dedo a Estratilis.

CORO DE VIEJOS.

¿Y si te derrengo a puñetazos? ¿Qué harás entonces?

CORO DE MUJERES.

Te arrancaré a mordiscos los pulmones y las entrañas.

CORO DE VIEJOS.

¡Ah! Eurípides es el más sabio de los poetas: sí, tiene razón; la mujer es el animal más desvergonzado.

CORO DE MUJERES.

Cojamos nuestros cántaros, Rodipa.

CORO DE VIEJOS.

¿Para qué traes esa agua, mujer aborrecida de los dioses?

CORO DE MUJERES.

¿Y tú ese fuego, cadáver ambulante? ¿Es para quemarte a ti mismo?

CORO DE VIEJOS.

Para encender una hoguera y quemar a tus amigas.

CORO DE MUJERES.

Pues yo para apagar tu hoguera.

CORO DE VIEJOS.

¿Tú apagarás mi fuego?

CORO DE MUJERES.

Pronto lo verás.

CORO DE VIEJOS.

No sé cómo no la tuesto a fuego lento con esta lámpara.

CORO DE MUJERES.

Si estás sucio, te daré un baño.

CORO DE VIEJOS.

¿Tú a mí un baño, puerca?

CORO DE MUJERES.

Sí, un baño nupcial.

CORO DE VIEJOS.

¿Oís sus desvergüenzas?

CORO DE MUJERES.

Porque soy libre.

CORO DE VIEJOS.

Ya reprimiré tus gritos.

CORO DE MUJERES.

Yo haré que no juzgues más en el Heliástico.

CORO DE VIEJOS.

Quémale el pelo.

CORO DE MUJERES.

Agua,[642] cumple tu deber. (Arrojan el contenido de sus cántaros sobre los viejos.)

CORO DE VIEJOS.

¡Ay desdichado!

CORO DE MUJERES.

¿Estaba caliente?

CORO DE VIEJOS.

¡Sí, caliente! Acaba, ¿qué haces?

CORO DE MUJERES.

Te riego para que reverdezcas.

CORO DE VIEJOS.

Ya estoy seco y tiritando.

CORO DE MUJERES.

Caliéntate, puesto que tienes fuego.


UN MAGISTRADO.[643]

¿Las mujeres no han manifestado ya suficientemente su licencia con tanto estruendo de tambores, con tantas bacanales, y con sus interminables lamentaciones sobre los terrados en las Adonias?[644] El otro día las oí yo desde la asamblea. Demóstrato,[645] ese orador que Júpiter confunda, proponía una expedición a Sicilia; y su mujer danzando gritaba; «¡Ay, ay, Adonis!» Demóstrato proponía después que se hiciera una leva en Zacinto, y su mujer, ya beoda, gritaba en el terrado: «¡Lamentad a Adonis!» Y el maldito Colociges,[646] aborrecido por los dioses, se desgañitaba para hacerse oír. Ved a dónde llega su desorden.

CORO DE VIEJOS.

¿Pues qué dirías si hubieses oído sus insolencias? Después de mil injurias, han arrojado sobre nosotros el agua de sus cántaros; y nos vemos en la precisión de retorcer nuestros vestidos, como si nos hubiésemos orinado.

EL MAGISTRADO.

¡Bien hecho, por Neptuno! Nosotros mismos favorecemos la perversidad de las mujeres, y les damos lecciones de disolución, cuyo fruto son conspiraciones como la presente. Un marido va a una tienda y dice el artífice: «Platero, bailando ayer a la tarde se le salió a mi mujer de su sitio el broche de aquel collar que le hiciste; yo tengo que embarcarme hoy para Salamina; si tienes tiempo, haz todos los posibles por ir al anochecer a mi casa y encajarle el broche.» Otro se dirige a un zapatero joven y vigoroso,[647] y le dice: «una de las correas le lastima a mi mujer el dedo pequeño, que es muy delicado; vete al mediodía, y procura estirársela»; y así andan las cosas tales, que yo, provisor, al necesitar dinero para pagar a los remeros ajustados, me encuentro con que las mujeres me cierran las puertas.[648] ¿Pero qué gano estándome así? Pronto, traedme unas palancas, y yo castigaré su atrevimiento. ¿A qué te quedas con la boca abierta, bribón? Y tú, ¿qué miras? Sin duda tratas de ver alguna taberna. Pronto, derribad esas puertas con las palancas. Yo también pongo manos en la obra.


LISÍSTRATA.

No derribéis nada; aquí me tenéis. ¿Para qué las palancas? No es eso lo que os hace falta, sino sentido común.

EL MAGISTRADO.

¿De veras, mujer abominable? ¿Dónde está el arquero? Cógela y átale las manos a la espalda.

LISÍSTRATA.

Como llegue a tocarme nada más que con la punta de un dedo, por Diana lo juro, aunque sea un funcionario público, me las pagará.

EL MAGISTRADO.

¡Cómo! ¿Tienes miedo? Sujétala por la cintura. Ayúdale tú también, y atadla entre los dos.

MUJER PRIMERA.

¡Por Pandrosa![649] Si llegas a tocarla, te pateo las tripas.[650]

EL MAGISTRADO.

¡Ah! ¡Las tripas! ¿Dónde está el otro arquero? Prendedme también a esa que habla.

MUJER SEGUNDA.

¡Por la fulgente luna, si la tocas con un dedo, pronto necesitarás una venda![651]

EL MAGISTRADO.

¿Qué significa esto? ¿Dónde está el arquero? Detenla. Ya os cerraré yo todas las salidas.

MUJER TERCERA.

¡Por Diana de Táuride, si te acercas a ella, te arranco todos los cabellos, aunque te deshagas en llanto!

EL MAGISTRADO.

¡Oh desdicha! mis arqueros me abandonan. ¡Cómo! ¿Nos dejaremos vencer por unas mujeres? Adelante, escitas, estrechad vuestras filas, y acometedlas.

LISÍSTRATA.

¡Por las diosas, os las vais a ver con cuatro valientes batallones de mujeres bien armadas que tengo adentro!

EL MAGISTRADO.

¡Escitas, atadles las manos!

LISÍSTRATA.

Salid, valientes compañeras; vendedoras de legumbres, puches, ajos y verduras; panaderas y taberneras, derribadlos, pegadles, desgarradlos; multiplicad vuestros insultos; haced gala de desvergüenza.[652] Basta, retiraos; no despojéis a los vencidos.

EL MAGISTRADO.

¡Ah, qué mal lo han pasado mis arqueros!

LISÍSTRATA.

¿Pues qué se te figuraba? ¿Creías que te las ibas a haber con unas esclavas? ¿Piensas que no hay valor en las mujeres?

EL MAGISTRADO.

Sí, sí, demasiado valor; sobre todo cuando están cerca de la taberna.

CORO DE VIEJOS.

¡Magistrado, estás perdiendo el tiempo en palabras! ¿A qué entras en contestaciones con esas fieras? ¿Ignoras el baño sin lejía que acaban de darnos, estando completamente vestidos?

CORO DE MUJERES.

Es que, amigo mío, a nosotras nadie nos sienta así como así la mano: hazlo, y verás cómo te salto un ojo. A mí me gusta estarme encerrada en casa, como una doncellita, sin hacer mal a nadie, ni siquiera menear una paja; pero como alguno me irrite, soy una avispa.

CORO DE VIEJOS.

¡Oh Júpiter! ¿Qué haremos con estas fieras? ¡Esto es insoportable! (Al Magistrado.) Te es preciso averiguar con nosotros la causa de este mal, y lo que pretenden al apoderarse de la ciudadela de Cranao, de esa fortaleza inaccesible, y su venerado templo. Interrógales y no las creas; pero reúne todos los indicios. Sería vergonzosa negligencia no esclarecer tan importante asunto.

EL MAGISTRADO.

Lo primero que deseo que me digáis es la intención con que os habéis encerrado en la ciudadela.

LISÍSTRATA.

Con la de poner a salvo el tesoro y evitar la causa de la guerra.

EL MAGISTRADO.

Pues qué, ¿el dinero es la causa de la guerra?

LISÍSTRATA.

Y de todos los demás desórdenes. Pisandro[653] y otros ambiciosos amotinan continuamente las turbas, sin más objeto que el de robar a favor de la confusión. Ahora, ya pueden hacer lo que se les antoje; porque lo que es de este dinero no han de tocar ni un óbolo.

EL MAGISTRADO.

¿Pues qué harás?

LISÍSTRATA.

¡Vaya una pregunta! Administrarlo nosotras.

EL MAGISTRADO.

¿Administrar vosotras el tesoro?

LISÍSTRATA.

No comprendo tu asombro. ¿Acaso no administramos los gastos de nuestras casas?

EL MAGISTRADO.

Pero no es lo mismo.

LISÍSTRATA.

¿Por qué no es lo mismo?

EL MAGISTRADO.

Ese dinero se destina a la guerra.

LISÍSTRATA.

La guerra ya no es necesaria.

EL MAGISTRADO.

¡Cómo! ¿Y la defensa de la república?

LISÍSTRATA.

Nosotras la defenderemos.

EL MAGISTRADO.

¿Vosotras?

LISÍSTRATA.

Sí, nosotras.

EL MAGISTRADO.

Eso es indigno.

LISÍSTRATA.

Pues te defenderemos, mal que te pese.

EL MAGISTRADO.

¡Qué atrocidad!

LISÍSTRATA.

¿Te enfadas, eh? Pues, amigo mío, no hay más remedio.

EL MAGISTRADO.

Pero es inicuo, por Ceres.

LISÍSTRATA.

Pues se te defenderá.

EL MAGISTRADO.

¿Y si no quiero?

LISÍSTRATA.

Con más motivo.

EL MAGISTRADO.

¿Pero de dónde os ha venido la idea de ocuparos de la guerra y de la paz?

LISÍSTRATA.

Os lo diremos.

EL MAGISTRADO.

Habla pronto, o si no, habrá lágrimas.

LISÍSTRATA.

Escucha; y quietecitas las manos.

EL MAGISTRADO.

No puedo; es tal mi ira, que me es difícil contenerla.

UNA MUJER.

Entonces a ti te tocará llorar.

EL MAGISTRADO.

¡Caiga sobre ti el oráculo que acabas de graznar, vejestorio! (A Lisístrata.) Habla tú.

LISÍSTRATA.

Voy. En la guerra anterior sobrellevábamos con paciencia ejemplar todo lo que hacíais los hombres, porque no nos permitíais abrir la boca. Vuestros proyectos no eran muy agradables que digamos: nosotras los conocíamos, y más de una vez os vimos en casa tomar desacertadas resoluciones en los más graves asuntos. Entonces, disimulando con una sonrisa nuestro interno dolor, os preguntábamos: «¿Qué resolución sobre la paz habéis tomado hoy en la asamblea?» «¿Qué te importa? —decía mi marido—: cállate;» y yo callaba.

UNA MUJER.

Pues yo no me hubiera callado.

EL MAGISTRADO.

Pues hubieras llorado por no callar.

LISÍSTRATA.

Yo me callaba; otra vez oyendo que habíais tomado una funestísima determinación, le pregunté: «Marido mío, ¿en qué consiste que obráis tan sin sentido?» Y él, mirándome de reojo, contestó: «Teje tu tela, si no quieres que la cabeza te duela mucho tiempo: la guerra es asunto de hombres».[654]

EL MAGISTRADO.

Y tenía razón, por vida mía.

LISÍSTRATA.

¿Cómo que tenía razón? ¡Miserable! ¿No hemos de poder daros un buen consejo cuando vemos que adoptáis resoluciones funestas? Cansadas ya de oír a unos preguntar a gritos en las calles: «¿No hay un hombre en este país?» y a otros responder: «No, ni uno»; las mujeres hemos tomado el partido de reunirnos y salvar entre todas a la Grecia. ¿A qué habíamos de esperar más? Por consiguiente, si queréis escuchar nuestros buenos consejos, y callaros a vuestra vez, como nosotras entonces, conseguiremos arreglaros.

EL MAGISTRADO.

¡Vosotras a nosotros! Vamos, ¡esto ya no puede tolerarse!

LISÍSTRATA.

¡Calla!

EL MAGISTRADO.

¡Yo! ¡Callarme yo, porque tú me lo mandes, deslenguada! ¡Yo obedecer a quien lleva un velo en la cabeza! ¡Antes morir!

LISÍSTRATA.

Si no tienes más inconveniente que ese, toma mi velo, rodéatelo a la cabeza, y calla. Toma también este canastillo; ponte un ceñidor, y dedícate a hilar lana, mascullando habas:[655] la guerra será asunto de mujeres.

CORO DE MUJERES.

Mujeres, dejad vuestros cántaros, para que por nuestra parte ayudemos también a nuestras amigas. Yo jamás me rendiré de bailar, ni el cansancio hará flaquear mis rodillas. Quiero hacer causa común, y afrontar todos los riesgos con esas compañeras tan valientes, tan ingeniosas, tan bellas, tan atrevidas y discretas, raro conjunto de patriotismo y valor. Tú, intrépida Lisístrata, y vosotras sus aliadas, no depongáis vuestra cólera; sed siempre como un manojo de ortigas: los vientos son favorables.

LISÍSTRATA.

Si el amable Cupido y la diosa de Chipre[656] derraman sobre nuestro seno los atractivos del amor, e inspiran a los hombres ardientes y dulcísimos deseos,[657] espero que los griegos llegarán a llamamos las Lisímacas.[658]

EL MAGISTRADO.

¿Y por qué?

LISÍSTRATA.

Por haber puesto término a sus locuras y paseos con armas en el mercado.

UNA MUJER.

Muy bien, por Venus de Pafos.

LISÍSTRATA.

Pues ahora se les ve recorrer armados de punta en blanco, como frenéticos coribantes, la plaza en que se venden ollas y legumbres.

EL MAGISTRADO.

Cierto, porque eso es propio de valientes.

LISÍSTRATA.

Pero es ridículo ver comprando pececillos a un hombrón en cuyo escudo se ostenta una cabeza de Gorgona.

UNA MUJER.

El otro día vi yo a todo un filarconte[659] de largos cabellos, echar en su casco de bronce, sin apearse siquiera, las puches que una vieja acababa de venderle. Otro tracio, agitando su escudo y su dardo, como Tereo,[660] aterraba a una vendedora de higos, y se le comía los mejores.

EL MAGISTRADO.

¿Pero cómo podréis vosotras arreglar la enmarañada madeja de la cosa pública en este país?

LISÍSTRATA.

Facilísimamente.

EL MAGISTRADO.

¿Cómo? Dímelo.

LISÍSTRATA.

Mira, cuando se nos enreda el hilo, lo cogemos así y lo sacamos del huso, tirando a un lado y a otro; pues bien, como nos dejen, desenredaremos igualmente la guerra, enviando embajadas a un lado y a otro.

EL MAGISTRADO.

Por tanto, imbéciles, pensáis arreglar los más peligrosos negocios con los husos, el hilo y la lana.

LISÍSTRATA.

Si tuvieseis un átomo de sentido común, seguiríais en política el ejemplo que os damos al trabajar la lana.

EL MAGISTRADO.

¿Cómo? Sepamos.

LISÍSTRATA.

Así como nosotras principiamos por lavar la lana para separarla de toda suciedad, vosotros debíais empezar por expulsar a palos de la ciudad a los malvados, y separar la mala hierba; luego dividir a todos esos que se coligan y apelotonan para apoderarse de los cargos públicos, y arrancarles la cabeza; después amontonar en un canasto, para el bien común, los metecos, los extranjeros, los amigos y los deudores al Estado, y cardarlos sin distinción. A las ciudades pobladas por colonos de este país debíais de considerarlas separadamente, como otros tantos pelotones colocados delante de nosotras, y en seguida sacar un hilo de cada una de ellas, traerlo hasta aquí, reunirlos todos, hacer un grande ovillo y tejer con él un manta para el pueblo.

EL MAGISTRADO.

¿No es insufrible que pretenda hilarlo y devanarlo todo quien ninguna participación tiene en la guerra?

LISÍSTRATA.

Pero, ¡maldito de Dios!, nosotras tenemos parte doble, pues primero parimos los hijos, y después los enviamos al ejército.

EL MAGISTRADO.

Calla: no recuerdes nuestros desastres.[661]

LISÍSTRATA.

Después, en vez de gozar en la flor de nuestra juventud de los placeres del amor, estamos como viudas, gracias a la guerra; y por nosotras, pase; yo me aflijo por esas pobres doncellas que envejecen en su lecho solitario.

EL MAGISTRADO.

¿No envejecen también los hombres?

LISÍSTRATA.

¡Oh, eso es muy diferente! Un hombre, al volver de la guerra, aunque tenga los cabellos blancos, se casa pronto con una tierna doncellita. El tiempo de la mujer es muy corto, y si no lo aprovecha, ya nadie la quiere, y se pasa la vida en consultar los augurios.[662]

EL MAGISTRADO.

Pero todo anciano que aún conserva algún vigor...

LISÍSTRATA.

¿Y tú, cuándo te piensas morir? Ya es tiempo; cómprate un ataúd; mira, te voy a amasar la torta funeraria.[663] Toma esta corona y cíñete las sienes.

MUJER PRIMERA.

Toma estas cintas.

MUJER SEGUNDA.

Ten esta otra corona.

LISÍSTRATA.

¿Qué te falta? ¿Qué deseas? Caronte[664] te espera; tu tardanza le impide darse a la vela.

EL MAGISTRADO.

Estos ultrajes son insufribles. Voy a presentarme yo mismo a mis colegas con esta facha.

LISÍSTRATA.

¿Te quejas porque aún no te hemos expuesto?[665] No te apures; dentro de tres días iremos de madrugada a ofrecerte la oblación de costumbre.

(Vanse Lisístrata y el Magistrado. Los dos coros quedan solos en la escena.)


CORO DE VIEJOS.

Ya no puede dormir ningún amigo de la libertad. Ea, dispongámonos para esta grande empresa. Sospecho mayores peligros, y creo percibir un olor a tiranía de Hipias; y mucho me temo que algunos lacedemonios, reunidos en casa de Clístenes, hayan sido los incitadores de estas malditas mujeres sugiriéndoles la idea de apoderarse de nuestro tesoro y del salario de que vivimos. Indigno es, por vida mía, que se entrometan a dar consejos a los ciudadanos y a hablar de cascos de bronce, y a tratar de la paz con los lacedemonios, en quienes tengo menos confianza que en un lobo hambriento. Amigos, no cabe duda, todas sus tramas tienden a restablecer la tiranía. Pero jamás me tiranizarán; yo tomaré mis precauciones, y llevando mi espada en la rama de mirto,[666] estaré sobre las armas en la plaza pública, junto a la estatua de Aristogitón. Allí permaneceré, porque siento un vivo deseo de darle un bofetón a esa maldita vieja.

CORO DE MUJERES.

Cuando vuelvas a tu casa no te conocerá ni la madre que te parió.[667] Pero, queridas ancianas, dejemos esto en el suelo; nosotras, oh ciudadanos, vamos a principiar un discurso muy útil a la república; y bien lo merece por haberme criado en el seno de los placeres y del esplendor. A la edad de siete años ya llevé las ofrendas misteriosas en la fiesta de Minerva; a los diez molía la cebada en honor de la diosa; luego, ceñida de flotante túnica azafranada, me consagraron a Diana en las Brauronias;[668] y por último, ya doncella núbil, fui canéfora, y rodeé mi garganta con el collar de higos.[669] En pago de tantas distinciones, ¿no deberé dar útiles consejos a mi patria? Aunque mujer, permitidme proponer un remedio a nuestros males; que, al fin, al darle mis hijos, también pago mi contribución al Estado. Pero vosotros, miserables viejos, ¿con qué contribuís? Después de haber consumido lo que se llamaba el tesoro de los Abuelos,[670] reunido durante las guerras médicas, nada pagáis; y todos corremos grave riesgo de que nos arruinéis. ¿Qué podéis responder a esto? Como me incomodes mucho, te siento en la cara este coturno, y ¡cuidado que pesa!

CORO DE VIEJOS.

¿Puede haber mayor ultraje? La cosa va de mal en peor. Todo hombre que se tenga por tal, tiene obligación de oponérseles. Pero quitémonos la túnica. El hombre debe ante todo oler a hombre, y no estar envuelto en sus vestidos. Ea, todos los que en nuestros buenos tiempos nos reunimos en Lipsidrión, hombres de pies desnudos, hoy es preciso rejuvenecerse, enderezar el cuerpo, despojarnos de la vejez. Si dejamos a las mujeres el menor asidero, no cejarán ni un punto en sus esfuerzos, y las veremos construir naves, pretender dar batallas navales y atacarnos a ejemplo de Artemisa.[671] Si les place dedicarse a la equitación, licenciaremos a nuestros caballeros. A la mujer la gusta mucho el caballo; sobre él ataca vigorosamente, y no se cae por mucho que galope: testigos las Amazonas que Micón[672] pintó combatiendo a los hombres. Por lo cual es preciso que nos apoderemos de esta, y las metamos a todas el cuello en el cepo.

CORO DE MUJERES.

¡Por las diosas! Si me irritas, suelto las riendas a mi cólera, y te doy una tunda que te obligo a pedir socorro a tus vecinos. Amigas mías, quitémonos también nosotras los vestidos: perciban esos carcamales el olor a mujer enfurecida. Si alguno se acerca a mí, yo le aseguro que no ha de comer más ajos ni habas negras. ¡Di una sola palabra! Estoy furiosa y te trataré como el escarabajo al nido del águila. Ningún temor me dais mientras a mi lado estén Lámpito y mi querida Ismenia, noble tebana. Aunque des siete decretos, no podrás con nosotras, ¡miserable, detestado por tus vecinos y por todo el mundo! Ayer mismo, para celebrar la fiesta de Hécate, quise traer de la vecindad una muchacha buena y amable, muy querida por mis hijos, una anguila de Beocia,[673] y se negaron a enviármela por tus malditos decretos. Y nunca cesaréis de hacerlos, hasta que alguno os coja por las piernas y os precipite cabeza abajo.

(A Lisístrata.) Directora de esta noble empresa,[674] ¿por qué sales tan triste de tu morada?