COMMENTARIO
DEL CORONEL
FRANCISCO
VERDVGO,
De la guerra de Frisa: en xiiij. Años que fuè
Gobernador, y Capitan general, de
aquel Estado, y Exercito, por el
Rey D. Phelippe II. N. S.
Sacado à luz por
D. Alfonso Velazquez de Velasco
Dedicada A
D. FRANCISCO IVAN
DE TORRES,
Comendador de Museros, de la Orden
de San Tiago; Alcayde perpetuo de la
Casa Real de Valencia; del Consejo
Colateral de su Magestad en Nap. &c.
EN NAPOLES,
Por Iuan Domingo Roncallolo 1610.
Con Licencia de los Superiores.
Á D. FRANCISCO IVAN DE TORRES &c.
Confieso haberme pesado de ver este Comentario traducido é impreso en lengua italiana, ántes que en la natural que le escribió su autor, el cual, como á su familiar servidor, me le dió de su mano en Brusélas; y así, estimándole por de no ménos sustancia, en su tanto, que cualquiera de los de Julio César, le he traido como un breviario despues acá siempre conmigo. Y aunque creo que habiendo hecho el efecto que deseaba (como con universal satisfacion le hizo), mandaria hacer de él lo que Virgilio de su Eneida, por no dexarle subjeto á los invidiosos de su gloriosa fama, que tan injustamente en vida la calumniaron. No por esto, ni porque diga Platon ser justa cosa privar á los tales de la vida que gozar esperan, he querido dexar de sacarle de la tiniebla en que le he tenido, y así le comunico ahora á mi patria y nacion en su idioma, sin alterar cosa ninguna de él, ni añadir las postilas ó glosas que suelen notarse en semejantes obras, por saber de cierto que la intencion del Coronel no fué señalarse en la pluma (aunque podia) como en las armas, ántes decir sucintamente los sucesos de Frisa, sin más afectacion de la que trae la pura verdad consigo; manifestando su integridad y proceder para confusion de sus émulos. Y si bien el discurso caminára seguro con sólo llevar su nombre escrito en la frente, porque dice el poeta que el libro para vivir ha menester un ángel bueno que le guarde, habiéndole de dar protector, me ha parecido tocar de derecho á V. S., que será custodia más segura y perpétua que la de inestimable valor que el Magno Alexandro destinó para las obras del divino Homero; porque su persona conserva y va dilatando la felice memoria de su heroico suegro, el cual, así por ilustre nacimiento, como por egregias obras, mereció ser yerno de el fielísimo Pedro Ernesto, conde de Mansfelt, de la órden del Toison de Oro, Gobernador y Capitan general que fué de los estados de Flándes, cuya ilustrísima casa compite en antigüedad con la serenísima de Austria. Y si Apion Gramático osaba decir que daba inmortalidad á aquellos á quien dirigia sus obras, con más razon podria yo prometer que ésta hará el mesmo efecto en la clara prosapia de V. S., á quien la dedico y consagro en reconocimiento de la obligacion que tengo á sus cosas. Las cuales prospere Dios, y guarde á V. S. como yo deseo. En Nápoles, á 1.º de Mayo de MDCX años.
D. Alfonso Velazquez de Velasco.
D. A. AL LECTOR.
Siempre acompaña á la virtud la invidia: y así, prudente lector, dixo bien aquel sabio, que la miseria sola podia estar en el mundo segura y sin temor de invidia, considerando los innumerables inconvenientes que por ella suceden, y los daños en que han incurrido tantos ilustres varones. Que siempre los que son dotados de singulares virtudes están más sujetos á la emulacion y calumnias, por las cuales, el que ha vivido haciendo su deber, viene muchas veces á padecer en su reputacion, ántes á ser mal visto que bien galardonado; y al contrario, recibir las mercedes y gracias los que no las han merecido sino por ser finos cortesanos, ántes ecos y camaleones, que toman los colores y humores de los príncipes á quien siguen para hacer mejor lo que desean. Por esto dixo Séneca que lo que falta á aquellos, á quien parece que lo tienen todo, es la verdad. Y así me atrevo á decir que esta perniciosa especie de hombres es la que los engaña con la vana adulacion, por no tener cerca de sus personas otras que fiel y libremente los digan las verdades; ántes quien los hace caer en notables faltas con sus malicias é invenciones, dilatándolas con la agua maldita de córte, hasta esta bestia popular que fácilmente se mueve y cree á ciegas lo que refiere una pestilencial boca contra cualquiera persona por aprobada que sea, habiéndolo impíamente reforzado con estas ó semejantes palabras: puede ser lo contrario, pero al fin no hay fuego sin humo. ¡Oh infernal, oh fuerte persuasion! ¿Es posible que baste una venenosa lengua á lacerar la reputacion de un personaje puro y justo? ¿Puede ser mayor liviandad que creer sin bastante causa lo que falsamente se le imputa? debiendo, por razon divina y humana, cuando en ausencia se oyó calumniar á alguno, creer ántes lo contrario, mayormente si es persona que ha probado bien su valor. Siendo cosa cierta que como la sciencia no tiene mayor enemigo que el ignorante, el rico que el pobre, la virtud que el vicioso, así el hombre valeroso tiene siempre contra sí el roedor gusano de la invidia, que no atiende ni entiende, sino en macular á los que por sus virtudes son dignos de la célebre fama que han alcanzado. Mas á mi parecer, no debemos culpar á estos abominables Proteos, tanto como á los que (con su notable daño) los entretienen sin duda por persuadirles haber en sus personas más cualidades de las que con verdad alcanzan, con que los desvanecen y hacen que se estimen por dignos de la gloria que los pulpos que se les pegan les atribuyen; deseo saber de los tales señores si hubiesen de decir lo que de sí piensan, responderian lo que Theodoro á Stilpon cuando le preguntó si creia ser el que algunos le daban á entender, y habiendo respondido por señas que sí, tú eres luégo un Dios, dixo Stilpon; y consintiendo como ántes, Stilpon se puso á reir, diciendo: ¡oh! cómo eres gran loco, pues por la mesma razon confesarias ser una corneja. Mas cuán al contrario proceden los doblados aduladores, que para representar mejor su tragicomedia encantan á quien dan lo negro por blanco, poniendo mil lazos, para no dexar cosa que no abarquen. ¡Oh, si los príncipes los alexasen de sus córtes, imitando al emperador Alexandro Severo, el cual, habiendo entendido que Turino, su gran privado, le engañaba, le hizo quemar vivo en una pública plaza! Sin duda que no se hubiera acudido tan lentamente por falsos reportes á las necesidades de Frisa, dexando á punto quemar la propia casa por apagar el fuego de la ajena: interrumpiendo con débil correspondencia las buenas ocasiones que se ofrecian. Y con ser esto así, la malicia de algunos llegó á tanto extremo que pretendieron cargar la pérdida de aquel Estado á quien con tanto trabajo le entretuvo catorce años, opuesto siempre á las grandes fuerzas del enemigo, como parece en este puntual discurso, que para su justificacion escribió el coronel Francisco Verdugo. Dexando los no ménos notorios y señalados servicios que ántes habia hecho, comenzando del tiempo que Madama de Parma la primera vez gobernaba los Estados de Flándres, cuando á 4 de Julio del año de 1566, en Anvers, los herejes dieron principio al rompimiento de las imágenes, sembrando con prédicas sus enormes errores, que hallándose entretenido en la córte de S. A., la suplicó le diese licencia para emplear su persona en tal ocasion, levantándose gente para extirpar la sediciosa, y concediéndosela por no haber entónces milicia española, salió capitan en un regimiento de valones del coronel Cristóbal de Mondragon, ántes de la llegada á los Estados, del memorable Duque de Alba, el cual entró en Brusélas á 22 de Agosto de 1567, continuando con eminentes cargos con todos los demas que en aquel gobierno sucedieron, hasta que el Conde de Fuentes, que gobernaba los Estados por muerte del Archiduque Ernesto, le invió á llamar á Luxemburg, donde tenía su casa, para decirle que S. M. mandaba que le fuese á servir en el exército que tenía en Francia, por haber de acudir el Condestable de Castilla, general de él, á su gobierno de Milan. Y no hubo llegado á la Córte, cuando se entendió que el Duque de Bullon habia entrado impensadamente en el Estado de Luxemburg con gran número de caballería é infantería, y tomado tres villas importantes de aquel país. Y habiéndose de acudir á atajar su desiño, el Conde ordenó al Coronel que con la poca gente que pudo darle fuese á remediar la invasion y el daño que se temia, y él lo hizo con tanto valor y presteza, que recobrando en breve tiempo las plazas, hizo retirar al frances con gran pérdida de su gente, y en venganza del daño que habia hecho, se le entró por la frontera de Francia, arruinando cuantos casales y castillos habia hasta las puertas de Sedan. Y con esta victoria, habiendo encaminado la gente á Xatelet, que el Conde en persona tenía sitiado, se retiró á su casa á prevenirse para el viaje que habia de hacer. Donde le sobrevino la enfermedad con que dió fin á los trabajos de la vida, año de 1597, y de su edad 61, sin haber hecho en toda ella más diligencia, para alcanzar premio de sus servicios, que obligar á S. M., perseverando 31 años continuos sin haber hecho ausencia, á hacerle las mercedes que nunca llegaron por causa de quien corta todas las humanas pretensiones y grandezas. Pero no podrá impedir la memoria de las preclaras obras que verás, prudente lector, en tan varios accidentes guiados por él con singular prudencia, consejo, resolucion, trabajo, sufrimiento y paciencia admirable. Dios te guarde.
Á LA EMBLEMA
DEL CORONEL F. V.
Como fuerte leon fué vigilante
Contra el pueblo rebelde y su tirano;
Ser la causa de Dios llevó delante,
Siempre prontas las armas en la mano;
Con el hereje, en el error constante,
Terrible; y para el fiel humilde, humano;
Y en el grave accidente que ocurria,
Con prudencia y consejo resolvia.
D. A.
D. A.
Aquí, divino Febo, emplea tu lira,
Pues la que con razon agradó tanto
Al primer Maño por su excelso canto,
Temiera empresa tal que al mundo admira.
Oh, ya padre dulcísimo me inspira
El aliento y furor que baste á cuanto
Piden los hechos, que terror y llanto
Dieron al Frisio hereje que áun suspira.
Dirásme que la fama es quien pregona
(A pesar de la invidia detestable)
El nombre de Verdugo en todo el suelo.
Que por su gran valor al memorable
Defensor de la Iglesia, dió ya el cielo
¡Oh máximo varon! doble corona.
EL CORONEL
FRANCISCO VERDUGO.
Siendo advertido de la córte de estos Estados de los malos oficios que en ella algunos me hacen contra razon, procurando por sus pasiones, ó particulares intereses, oscurecer mis servicios, me ha parecido convenirme cortarles el hilo de sus tramas y desiños por este medio, no pudiendo por ahora hacerlo en persona. Y así, forzado, divulgaré mi proceder en los catorce años que he tenido esta provincia y ejército á mi cargo, narrando llanamente todos los accidentes de este tiempo, con tan manifiesta y pura verdad, que ninguno, sin apartarse della, podrá decir en contrario cosa que baste á disminuir un solo punto de el nombre y reputacion que Dios ha sido servido darme, que sabe la intencion con que siempre he vivido, en servicio de mi Rey. Y para darme á entender mejor, diré ántes el camino por donde vine á este puesto, y continuaré hasta dar fin á mi intento, el cual es de satisfacer á quien soy obligado, y confundir á mis de secreto émulos; que con el favor del cielo y este desengaño, espero hacer el efecto que deseo.
Habiendo el serenísimo Duque de Parma ganado la villa de Maestricht, con tanto trabajo y efusion de sangre, y reducido al servicio del Rey nuestro señor las provincias de Artois y Haynault, por conocer ellas que la intencion del Príncipe de Orange era de hacerse señor absoluto de todas las del País Bajo, olvidado del bien público, en el concierto que se hizo con ellas, fué capitulado que todos los extranjeros, que en estos estados servian á su Majestad, saliesen de ellos, dejando los cargos que tenian en los naturales, y en cumplimiento de esto, comenzaron á caminar los tres tercios de españoles y la caballería de la mesma nacion, tomando la via de Luxemburg, haciendo yo el oficio de Maestro de Campo general, y llegando á Arlon con la gente, su Alteza la entregó á Octavio de Gonzaga, general de la caballería, y despidiéndose de ella, se volvió á Namur, y de allí á Mons de Haynault, por más asegurar las provincias nuevamente reconciliadas. Partiendo de Arlon á 1.º de Abril del año de 1580 (habiendo ya tomado la gente el camino de Italia), me fuí á Luxemburg, no pudiendo ir con ella, por tener á cargo la villa de Tionvilla, y deseando dejar aquella plaza, lo procuraba con grande instancia, suplicándolo á su Alteza, y lo mesmo pedia á los nobles y al Consejo de aquel país. De su Alteza nunca pude tener resolucion, y la de los de Luxemburg fué que ellos no me la habian encargado, ni me la podian quitar, porque no entendian estar obligados á cumplir lo que las otras provincias habian prometido, ni habian menester reconciliarse los que no se habian rebelado, y que la suya era separada de las demas; y así me estuve quedo, esperando licencia. Llegada en aquella villa madama de Parma (á quien su Majestad inviaba para gobernar lo político en estos estados, y que el Príncipe su hijo manejase la guerra), significando á su Alteza el deseo que tenía de salir de allí, me mandó que en ninguna manera lo hiciese, sin órden del Rey ó suya, porque deseaba emplearme en cosas mayores del servicio de su Majestad.
En tiempo de la buena memoria del señor D. Juan de Austria, la villa de Gruninghen se concertó con el Príncipe de Orange y Estados generales, publicando y declarando, á són de campana, á su Alteza por enemigo, nombrando por gobernador de Frisa al Conde de Bosu. Y el Príncipe de Orange, temiendo á este caballero por su valor, y haberle traido engañado mucho tiempo con promesa de casamiento con su hija, sin otras que le habia hecho, no cumpliéndole ninguna, procuró que este gobierno se diese al Conde de Rinamburg, como cosa suya y puesta de su mano. Entre la villa de Gruninghen y el país ha habido siempre, y hay, gran disputa sobre los previlegios y pretensiones, y conociendo los de la villa que los del país sus contrarios eran favorecidos de los Estados, del Príncipe de Orange y del Conde de Rinamburg, se resolvieron de hacer mudanza y reconciliarse con su Majestad, y significando su voluntad, su Alteza los admitió graciosamente, procurando asimesmo reducir al Conde al mesmo servicio. Y para este efecto, invió á madama de Monseao, su hermana, y á su marido, para que lo tratasen. Él al principio hizo dificultad de reducirse, pero á la fin se concluyó y reconcilió con la villa de Gruninghen, que poco ántes la hacia guerra por entender que ella hacia lo mesmo, teniéndola medio sitiada. Y entrado dentro, concertaron todos los buenos con él que á cierta hora se hallasen con las armas en las manos, como lo hicieron, apoderándose de los malos. Los cuales, sospechando esto, habian inviado á pedir á sus amigos socorro, el cual venía ya tan cerca de la villa, que si el Conde tardára pocas horas más, hicieran con él lo que él hizo con ellos. Y fué que habiendo salido á la hora concertada, con muerte de uno ó dos, echó del lugar y prendió la mayor parte dellos. Y visto por los Estados y el Príncipe de Orange lo que el Conde de Rinamburg y la villa habian hecho, se resolvieron de sitiarla, y así lo hicieron, con muchos fuertes al rededor. Pedian con grande instancia el Conde y los de la villa socorro á su Alteza, y deseándosele dar, quiso inviar con él á Mons de Billí, con su regimiento de alemanes, que poco ántes habia levantado; y él se excusó de ir en persona no sé con qué causa, pero fué su regimiento con algunas compañías de hombres de armas y caballos ligeros, y por cabeza del socorro, el coronel Martin Schencks, que poco ántes habia venido al servicio de su Majestad. Caminó este socorro hasta cerca de Covorden, que el enemigo habia ya ganado, y por esta causa tomaron el camino de Hardemberg. Los enemigos que estaban en el sitio de Gruninghen, entendiendo que este socorro venía, dexando los fuertes proveidos, le salieron al camino y le toparon junto al dicho lugar; y el Conde de Holac, que gobernaba esta gente, por tener más que la nuestra, quiso pelear y fué vencido; y sabiendo esto los del sitio, le desampararon. Socorrida esta tierra, los de ella queriendo mandar absolutamente, como siempre han pretendido, usaban muchas indignidades contra este caballero, que aunque habia mostrado valor y hecho algunas buenas cosas ántes que yo llegase, no por eso le respetaban ni tenian en más. Fastidiado del proceder de éstos, pretendió ir á besar las manos á su Alteza, pidiéndole con grande instancia que inviase alguna persona, acompañada de arcabucería valona, para mezclarla con las picas alemanas, por tener tres regimientos de ellos y ser mal obedecido y respetado de el de Mons de Billí por la pretension que su coronel tenía al Gobierno, y de el de Gheldres, por ser desobediente. Su Alteza trata con Mons de Billí que hiciese este viaje, y él se excusó como ántes, y el Conde procuraba con mucho calor y solicitud su licencia. Su Alteza, con parecer de los estados de Haynault y Artois, del Conde de Lalaing y Marqués de Renty, primos suyos, me invió á llamar á Luxemburg, donde estaba. Y aunque me pareció que yo no habia de volver á entrar en el país sin órden del Rey, pues con ella habia salido, todavía, considerando que tenía órden de su Majestad de obedecer en todo lo que de su servicio me mandase su Alteza, me partí para Valencianas, adonde á la sazon estaba, y llegado, declarándome la causa de mi venida, le dixe que á mi partida de Luxemburg habia propuesto de no rehusar ninguna cosa de las que fuesen del servicio de S. M., que no habia estado jamas en Frisa, ni sabía cómo las cosas de ella estaban, que su Alteza se sirviese de proveerme como via ser necesario, que yo no atenderia sino á obedecerle, confiado de que siendo yo tan su servidor, criado y hechura de madama su madre, no me inviaria sino como debia. Tambien los Estados y el Conde de Lalaing y su hermano el Marqués me hablaron, pidiéndome que lo hiciese. El recaudo que su Alteza me dió para hacerlo fué que levantase de nuevo dos mil arcabuceros valones, porque mi regimiento, que el Conde Octavio de Mansfelt tenía entónces, no se me podia volver, como se me habia prometido, por no gustar de ello el Conde su padre. Proveyéronme de cuarenta mil escudos para la gente que allí estaba, los cuales se inviaron con un pagador y un comisario, á Carpen, donde yo habia de acudir con la gente para pasar la muestra y encaminarme á priesa. Y por tener para levantarla más estorbo que asistencia, se tardó más tiempo del que yo quisiera y era necesario. Ido á Carpen á esperar el regimiento, por entender que los comisarios me estaban allí aguardando, tardaron los capitanes en levantarla. En el tiempo que estuve allí esperando mi regimiento, sucedió la enfermedad del Conde de Rinamburg, causada, segun decian sus criados, del mal tratamiento que los de la villa de Gruninghen le habian hecho, los cuales, pretendiendo mandar absolutamente, han siempre tenido poco respecto á las órdenes de su Majestad y á sus gobernadores, á quien al fin de sus trabajos y servicios han dado muy ruin pago, como hicieron á George Schencks, caballero muy honrado y valeroso, á Mons de Billí y á otros, por la insaciable y mal fundada ambicion, que siempre han tenido, la cual los ha traido al estado en que se hallan, y á hacer lo que han hecho. Y con esta sed, no obstante el haber jurado al emperador Cárlos Quinto de gloriosa memoria y á su Majestad por sus señores hereditarios, como duques de Brabante y condes de Holanda, su decir ordinario era que el Rey solamente es su protector, y que pagándole doce mil florines al año, no tenian más que ver con él (digo esto para que se entienda su buen proceder). Inviaron los de la villa, estando yo en Carpen, á darme priesa al consejero George Wentendorp y al capitan Finchiburg, que era del consejo de la villa (amigo mio de Holanda, siendo capitan de alemanes), los cuales vieron que no era por mi culpa no haber partido. Diéronme á entender la necesidad que habia de mi persona y regimiento, por haber sido roto Juan Baptista de Tassis, teniente coronel de Mons de Billí, con todo el exército; habiéndole los de la villa de Gruninghen constriñido á entrar en Frisa, contra toda razon de guerra; y los enemigos, siguiendo la victoria, hecho retirar á los nuestros hasta la puerta de la villa, y ellos alojádose en la Abadía Seluvart, que está de la otra parte de ella. Llegó mi regimiento á Carpen, y queriéndole tomar muestra, me vino nueva de la muerte del Conde de Rinamburg, que fué causa para que con mas diligencia apresurase mi partida, entendida la rota de Tassis y la muerte del Conde, vi ser necesario tener alguna caballería conmigo, por ser todo mi regimiento de arcabuceros por órden. Ofrecióse estando en Colonia levantando una corneta de raitres Mons de Buy por el Duque de Alanson, cuyo capitan se llamaba Vanlanghen, que por haber recibido de Mons de Buy, entre escudos buenos algunos falsos, habian los dos venido en disension. Viendo esta ocasion, por la necesidad que de esta gente tenía invié al comisario Luis de Camargo, á intentar con el Raytmaister si queria venirse conmigo. Y yendo á embarcarme con mi regimiento, en una Abadía junto á Colonia vino á verme. Concertámonos, y dándole cuatrocientos escudos, luégo se obligó de ir conmigo hasta ponerme en Frisa, con la gente del Rey que allá estaba, con condicion de que yo suplicase á su Alteza le recibiese en servicio del Rey. Él cumplió lo que prometió, y por mi medio su Alteza le recibió, y despues sirvió muy bien en el sitio de Tornay. Partimos para Frisa, él por tierra costeando el Rin con todos los caballos de su corneta, y yo con los de mi regimiento, y nos venimos á juntar entre Sante y Burik en muy breve tiempo, en un lugar llamado Berck, y luégo comencé á caminar hácia Bredevord. En esto habian los enemigos acometido el fuerte de Ghoer, y los nuestros, acudiendo á tiempo, los habian sitiado á ellos, en la casa de un caballero que estaba allí junto, y con mi venida y la necesidad de vituallas que los enemigos pasaban, se rindieron. Proseguí mi camino hácia Gruninghen, y llegando á Covorden, me adelanté á reconocer el sitio donde los enemigos estaban, con intencion de que si fuese en parte donde se pudiese venir á las manos con ellos, hacerlo, por la buena gana de pelear que los soldados de mi regimiento mostraban (ya los que habian sido rotos con Tassis estaban armados). Deseé pelear, ántes de distribuir los cuarenta mil escudos que el pagador traya conmigo, mas sabiendo el enemigo mi venida, se levantó del puesto de la Abadía en que estaba, quemando su alojamiento, y retirándose por una puente que tenian en el Niediep, se fueron á pasar por Niezijl, fuerte que los enemigos ganaron cuando Tassis fué roto. Llegado á Gruninghen hallé toda la infantería amotinada, de tal manera que me fué forzoso procurar de apaciguarla ántes de moverla de allí, para ir contra el enemigo. Y entre tanto (á requisicion de los de Gruninghen) invié mi regimiento contra el fuerte de Reyden, que los enemigos habian ganado y fortificado, puesto en una punta enfrente de la villa de Emden, el rio en medio; hallaron á los enemigos reparados, no sólo en el fuerte que habian hecho de nuevo en la dicha punta, mas en otros pasos, para estorbar el llegarse á él. Fueron acometidos y rotos, y siguiendo nuestros soldados la victoria, los encerraron en el fuerte grande, adonde poniéndoles algunas piezas y comenzándole á tirar, no obstante que habia dentro buena cantidad de gente con cuatro banderas, vinieron á parlamentar, y los soldados á cerrar con el fuerte, y entrando en él, tomaron las cuatro banderas, matando algunos enemigos; y los demas se echaron á la mar, adonde habia algunos navíos del enemigo, que con barquillas los recibian. Hecho esto, invié alguna parte de mi regimiento á la Marna, país de Gruninghen, á reconocer otro fuerte que los enemigos tenian en la punta de un dique llamado Solcamp, el cual desampararon quemándole. Habiendo entendido lo de Reyden, me quedé en Gruninghen apaciguando la infantería, que estaba alterada, para poderme poner en campaña y seguir al enemigo; tuve que hacer en darles satisfacion, porque, no solamente hallaba el descontento en los soldados, mas tambien en los capitanes; al fin, fuí forzado, para acabar con ellos, de repartir los cuarenta mil escudos, segun la cantidad de gente que cada capitan tenía. Y hecho esto, me puse en campaña con toda la gente que me quedaba, habiendo dexado partir de este país un regimiento de alemanes, que llamaban de Gheldrés, por ser (como he dicho) de soldados mal voluntarios y desobedientes. Tambien habia dexado partir las dos compañías de hombres de armas del Conde de Lalaing y de Mons de Montaiñi, con otra compañía de arcabuceros á caballo de Mons de Vallon, las cuales se querian volver en Hainault, con licencia ó sin ella; quedándome con sólo cuatro compañías de caballos, tres de lanzas y una de arcabuceros á caballo; y habiendo su Alteza inviado á llamar para el sitio de Tornay á los reytres de Martin Schencks, y á la corneta de Adan Vanlanghen, con la gente que me quedaba me puse en campaña, alojándome en la Abadía de Grotavert, quexándose ya los soldados de falta de dinero. En el tiempo que estuve ocupado en acordarlos y hacer lo que he dicho, el general Norys, caballero inglés, que fué el que tenía sitiada á Gruninghen, aumentaba su exército en Frisa, con gente de Bravante y otras partes, con promesa que habia hecho de pelear conmigo, casi asegurando de la victoria. Sus soldados ingleses y frisones andaban en disensiones y se hacian poca amistad donde se topaban, por las desórdenes que los soldados hacian, quemando casas y villajes, por vengar las muertes de algunos compañeros suyos que los villanos mataban; y llegó esta disension á término que algunos de Frisa vinieron á tratar conmigo de que ellos tomarian las armas y se juntarian con nosotros á dar sobre los ingleses. Yo acepté el partido, como me diesen seguridad de que harian lo que decian y de que no serian contrarios en lugar de ser en favor, acordándome entónces de lo que habia siempre oido decir en Holanda, que no se debe dar crédito á frison que no tenga pelos en las palmas de las manos. Estando esperando la seguridad, que nunca vino, me inviaron los de Gruninghen al Abad de la Abadía donde yo estaba alojado, á Meppen, teniente de la cámara del Rey, al consejero Wetendorp, y al burgomaestre Dirique Robert, á instigarme que entrase en Frisa á buscar al enemigo. Yo, hallándome con gente que me pedia dineros, no del todo apaciguada de la alteracion pasada, inferior mucho de fuerzas, sin medio para haber vituallas ni poderlas llevar conmigo, considerando lo que poco ántes habia sucedido al teniente coronel Tassis por haber seguido la órden ó mal consejo de los de la villa de Gruninghen, les respondí que si querian tener paciencia, que yo constriñiria al enemigo á salir de Frisa, ó venir á pelear conmigo (lo cual fundaba sobre la disension de los ingleses y frisones, y la plática que yo traia con ellos), y si el enemigo salia de Frisa, que con más comodidad podia efectuar lo que ellos pedian; y si me venian á buscar, que no era razon que dexase mi ventaja y sitio fuerte, perdiéndome por complacerlos en su injusta demanda, fuera de toda razon de guerra; acordándolos lo que digo haber acontecido á Tassis por haber seguido su parecer; que tomaria el de los capitanes y cabezas del exército, por ser los que habian de aventurar sus vidas y honras conmigo, que á ellos, sentados en su casa de villa, se les daria poco del mal suceso que hubiese, sin declararles que echaba de ver en su manera de proceder con la gente del Rey, que en el adverso ó próspero suceso tenian ya pensado lo que habian de hacer en su particular. Fueron mal contentos de mi respuesta, porque vieron que no haria lo que ellos me aconsejasen, sino lo que hallase convenir con el consejo de las cabezas y capitanes del exército. Yo via que el enemigo tenía gana de pelear, en que dos dias ántes habia dado una encamisada á mi regimiento, aunque de poco fruto. Y viniendo despues á mí el consejero Wetendorp (no sé si inviado del magistrado ó de suyo), me pidió con importunidad, que ya que no queria entrar en Frisa, á lo ménos saliese del Abadía y me adelantase á Northorno, una legua hácia el enemigo. Consultélo con los capitanes y con el teniente coronel Tassis, el cual respondió que lo haria, pero que habia dos capitanes de los suyos (cuyos nombres me dixo) que le eran rebeldes y de mala voluntad, yo le dixe que los diésemos de puñaladas, y como él les fué á decir esto, no hablaron más en ello, y aunque la mayor parte de ellos no eran de parecer de mudarse, yo, por no mostrar flaqueza, se lo prometí, y así invié luégo al teniente coronel y otros capitanes á visitar el lugar, los cuales me dieron aviso de que no habia agua en él; y paresciéndome que, aunque el tiempo era seco, sería imposible que en tal país hubiese falta de agua, fuí yo mismo á reconocerlo, y hallé fosos con ella, y pozos en algunas casas. Invié luégo por todo el exército, y vino sin la compañía de Tassis, que, sin saberlo yo, ni por mi órden, la dexó en la Abadía, que me dió á pensar que sus soldados y los demas, que habian sido rotos, tenian todavía miedo al enemigo, y que era menester muy buen pié, fundamento y tiento para ir á pelear con ellos. Aloxé el exército en aquel villaje, de la manera que habia de salir á la plaza de armas á pelear, y no obstante que yo habia hecho lo que Wetendorp me habia rogado, el magistrado de la villa de Gruninghen no permitia salir de ella ningunas vituallas para el campo, ni con dinero ni sin él. Yo, viéndome empeñado cerca del enemigo, conociendo la falta que habia hecho en moverme, invié dos capitanes, uno de caballería y otro de infantería, á rogarles que nos dexasen sacar lo necesario por nuestro dinero, lo cual me fué rehusado; y segun algunos decian, era por tener por más cierto el perdernos que haber victoria, y con esto tener al enemigo más grato, si nos sucediese mal; y esta fué la causa que al tiempo de pelear habia muchos soldados fuera del campo, para buscar de comer. Atrincheé las avenidas y cuerpos de guardia, preparéme y puse en órden lo que era necesario, segun la comodidad que tenía por saber que en breve sería acometido, como fué así, que habiendo el general Noris, augmentado su exército en mucho más número de gente que yo tenía, propuso venirme á buscar. Nuestros soldados, por la necesidad que tenian, se iban á buscar de comer y á batir trigo para sustentarse; y al tiempo que el enemigo se comenzó á mostrar por el dique de Niezijl, faltaba la tercia parte de la gente en el alojamiento para el efecto. Fuí yo á reconocer, y como vi que no traia bagaje ninguno, me pareció que venía con gana de pelear luégo, y así volviendo al cuartel hallé, segun la órden que les habia dado, todos los soldados recogidos en sus banderas, mandélos salir á la plaza de Armas, y púseme en forma de batalla contra la opinion del enemigo, como despues entendí, que no pensaba que yo saliera del villaje, sino que en él me defendiera; fundábalo en la superioridad de gente que tenía, y en la reparacion de las avenidas que yo habia hecho en el cuartel. Puse la gente en escuadron, los alemanes en medio, y mi regimiento repartido, la metad al cuerno derecho, y la otra metad al izquierdo, repartiendo asimesmo las cuatro compañías de caballos que tenía, dos á un lado y dos á otro. El enemigo formó tambien sus escuadrones. A nuestro cuerno izquierdo habia un camino ancho, por donde, y no por otra parte, podia acometer la caballería que tenía el enemigo á su cuerno derecho. Por una y otra parte de los dos cuernos era país roto, lleno de fosos, y hácia la parte de este camino, obra de trescientos pasos de nuestros escuadrones, puse un capitan de mi regimiento, con hasta doscientos mosqueteros y arcabuceros, con órden de poner el pecho en tierra, y esperar allí que la caballería acometiese, que estaban en parte segura, por los fosos que por todas partes cercaban donde ellos estaban. Conociendo yo el sitio, y que en ninguna manera se podia acometer sin romperse los escuadrones, fuí avisando á los nuestros que no se moviesen sin que yo les diese la órden. Diciendo á los escuadrones estas palabras: Hijos, viendo cómo el enemigo se ha puesto, y cuán mal ha hecho sus escuadrones, con el favor de Dios la victoria es nuestra, y sólo consiste en que esteis firmes y no moveros sin mi órden, porque el primero de los dos exércitos que se moviere será perdido. Dicho esto saqué de nuestro cuerno derecho hasta doscientos arcabuceros de mi regimiento, y los puse junto á la compañía de arcabuceros á caballo de Mons de Villers y la mia, algo apartado de nuestros escuadrones, junto á una casa, en frente de la cual habia hecho algunas esplanadas, para que habiendo el enemigo pasado por ellas alguna gente, acometiese con los primeros, no los pudiendo socorrer los que los seguian. Hecho esto, me fuí á los escuadrones, de donde hice comenzar la escaramuza por tres partes; y miéntras escaramuzaban, adelantaron los enemigos cinco piezas de campaña, y comenzaron á cañonearnos, sin que hiciesen más efecto que matar un atambor mio: la escaramuza fué refrescada tres veces, sobre ganar ó perder una montañica verde, que estaba entre los dos campos. Mi intencion era darles con estas escaramuzas ocasion de mover sus escuadrones, en que consistia (despues de la voluntad de Dios) la victoria, como sucedió, porque viendo el general Noris aquellas dos compañías de caballos y la infantería que habia puesto con ellos tan apartados del cuerpo de nuestros escuadrones, mandó á su nacion que cerrase con ellos, tomando su camino á salir por las esplanadas que habia hecho. Alonso Mendo, alférez de mi compañía de lanzas, y el capitan Villers, que lo era de arcabuceros á caballo, en lugar de esperar que el enemigo pasase por la última esplanada señalada con dos palos, que de mi mano habia puesto, habiendo dado órden que en comenzando á pasar algunos por allí, cerrasen con ellos, que rotos aquéllos, pondrian en detrimento los demas, ellos se adelantaron á pasar por la señal hecha, y dieron la mesma ocasion que yo les habia dicho que el enemigo les daria á ellos. Fueron acometidos y rotos, y la infantería, que cargaba á su mano derecha, pegada á ellos, rompió la nuestra. En este tiempo la caballería del cuerno derecho del enemigo cargó adelante por un camino ancho, junto al cual estaban los mosqueteros y arcabuceros que he dicho, los cuales se levantaron, y no estando más que á treinta pasos del camino, de la primera ruciada que dieron, hicieron tan buen efecto, que derribaron muchos de ellos. Viendo lo que la nacion inglesa habia hecho en nuestro cuerno derecho, mandé que cerrasen nuestros escuadrones contra los del enemigo, que ya se habian movido y venian medio desordenados. Yo cerré por el mesmo camino con dos compañías de caballos del capitan Thomas Frate, albanés, y del Baron de Bievres contra esta caballería, que venía cargando por él, la cual por las rociadas que los mosqueteros y arcabuceros la daban, hallé medio desbaratada, y con mi carga volvió las espaldas poniéndose en huida, que fué dar mucho ánimo á nuestra infantería, que cargaba á su mano derecha, y quitarle al enemigo viéndola ir rota. Los ingleses que cargaron á nuestro cuerno derecho siguieron la victoria hasta nuestro cuartel, y cuando pensaron tenerla del todo, vieron su cuerno derecho y el cuerpo de sus escuadrones roto. Y así, volviendo tambien las espaldas, hallaron el paso tomado por nuestra infantería, que los deshizo como los demas, matando gran número de ellos; yo, siguiendo su caballería que cargó por el camino primero, con intencion de en tomando el dique que iba á Niezijl, hacer cara á la caballería inglesa, que como he dicho habia llegado á nuestro cuartel; pero nuestras compañías que me seguian se quedaron matando los que la infantería habia roto, y cuando pensé estar acompañado de ellos, me hallé solo en el dique, por donde pasaron todos los principales con sus capitanes, y maltratándome estuve preso dos veces sin ser socorrido; mas al fin, con el miedo que llevaban, defendiéndome yo lo mejor que pude, me dexaron. Los de la infantería del enemigo, que venía rota por la mayor parte, echaron á nuestra mano derecha por unas praderías hácia el canal de Niezijl, y habiendo llegado alguna gente, seguí á sus banderas, las cuales se tomaron, sino una que uno de á caballo salvó. Murieron de los enemigos de dos á tres mil hombres; pocas veces es cierto el número de los muertos que en tales casos se dice, pero el comun de los que lo vieron fué éste. Y siguiendo yo, como digo, las banderas del enemigo, vi ir por el camino adelante al teniente coronel Tassis y á otros capitanes hácia el fuerte del enemigo, que fué desamparado por poco tiempo, y la guarnicion de él, temiendo ser cortados de alguna caballería nuestra, que habia pasado á nado, se volvió á meter dentro, pudiendo los nuestros haberlo ocupado ántes. Esto sucedió sábado, el último dia de Setiembre y de San Jerónimo, año de 1581. Murieron veinte y cuatro capitanes, dos tenientes coroneles y uno preso, perdiendo tambien las cinco piezas de artillería, y el general Noris fué herido en una mano, de que ha quedado manco. Éste es el general que llevaba la gente de guerra á su cargo cuando fueron á sitiar á Lisbona los años pasados. Comenzando ya á venir la noche, dí órden recogiendo la gente, que cada uno se volviese al puesto que tenía, y estando en escuadron en la plaza de Armas todos arrodillados, dimos gracias á Dios por la victoria, que habia dado á su Majestad con tan poca pérdida nuestra. Y aquella noche ordené al teniente Tassis, por hallarme con calentura, que pasando por el puente de Emeltil que está rio arriba junto á Northorno, fuese siguiendo al enemigo dentro en la Frisa, sacando al amanecer la gente para este efecto. Y estando como á dos tiros de mosquete fuera del alojamiento, se me alteraron los alemanes pidiendo el mes de batalla: bien es verdad que el tiempo se habia mudado, lloviendo tanto, que apénas y con mucho trabajo podia caminar la infantería; pero con todo esto se pudiera haber hecho gran servicio á su Majestad, mas no fué posible sacarlos de su opinion, y así no pasó el desiño adelante. É informándome de quién habia sido causa de esto, me dixo el capitan Locheman, teniente que es ahora de Mons de Billí, que el capitan Clostre que al presente es Drosart de Vollemhove habia sido el primer inventor de esta desobediencia. Por la alteracion de la gente y ser yo nuevamente venido, lo disimulé por entónces. Otro dia los burgomaistres de la villa y algunos diputados del país me vinieron á visitar, dándome un presente de vituallas. Agradecíselo diciendo que daba gracias á Dios porque lo que dos dias ántes me negaron por dinero me daban ahora sin él; y temiendo que otro dia me cerrasen las puertas como entónces, les consentí que pusiesen otro dacio nuevo sobre cada tonel de cerveza, que aunque era en perjuicio de la soldadesca, me era fuerza pasar por ello, por ser naturalmente aquella gente muy interesable, que ya comenzaba á conocer su humor.
Avisé luégo de lo sucedido á su Alteza con el capitan Pedrosa, suplicándole que fuese servido de asistirme para poder pasar adelante contra el enemigo, ó que inviase á Mons de Billí, pues que él se estimaba y tenía por gobernador de esta provincia. Y por no perder tiempo, quise sitiar luégo el fuerte de Niezijl, y los soldados de los dos regimientos de alemanes no quisieron moverse del alojamiento de Northorno sin que los diese dineros y la paga de batalla; y así con las cuatro compañías de caballos, mi regimiento y algunos voluntarios de los dos regimientos, me fuí hácia el fuerte, intentando tomarle por hambre por no tener otra comodidad y hallarme desproveido. El invierno y la necesidad de la soldadesca cargaban á furia, y algunos mal intencionados de la villa de Gruninghen, so color de inviarnos vituallas, metieron en el fuerte algunas barcas cargadas de ellas, sin podérselo estorbar; y tras esto vino una tormenta con tan mal tiempo que no fué poco poderse salvar nuestra caballería y bagajes. Volví á alojarme al villaje de Northorno con los alemanes que no habian querido salir, donde estuve algunos dias; y por las contínuas aguas se pusieron tales los caminos, que puedo decir con verdad haber muerto en el lodo algunos de los nuestros; saquélos á país seco y arenisco y entré en la villa de Gruninghen á tratar con el magistrado de nuestra necesidad y del descontento de nuestra gente, el cual me presentó dos cartas de su Alteza, una en frances y otra en español, en que expresamente me ordenaba que diese á la villa de Gruninghen la gente de guerra, tal cual los de ella me pidiesen y quisiesen tener, sin cargarles de otra manera que á su voluntad, y obedesciéndolas, nombraron la gente como ellos quisieron. Hasta entónces no se sacaba nada para la gente de guerra ni provecho de su Majestad. Y desde aquí comenzaron, para entretener la gente que me pidieron, hasta que llegase el dinero de su Majestad. Y no sabiendo cómo sustentar la demas, tomando conmigo al consejero Wetendorp, me fuí con ella al país de la Tuvent, adonde con ayuda del consejero la alojaron y dieron á cada soldado cinco placas cada dia. En este tiempo sucedió que hasta trescientos ó cuatrocientos caballos del enemigo, que habian quedado de la batalla, se alojaron en el Burgo de Keppel contra la voluntad del señor de él, muy sentido de ello. Mons de Rinavelt, que estaba en guarnicion en Oldenzel, me dió aviso de esto y de que el enemigo se queria amparar de la villeta y castillo de Bronckorst. Inviéle á él á tratar con la Condesa vieja, muy cristiana señora, que nos diese aquel castillo para aprovecharnos del paso del rio Isel para la Veluva y Vuethua, y concediéndolo, me partí luégo con una buena tropa de gente para la guarnicion del castillo, y hallé la caballería que he dicho en el Burgo de Keppel, adonde me llegué con la gente que traia; y reconociendo el Burgo, vi que por la parte del jardin de la casa del señor, no habia otra fortificacion para entrar en él, sino una fuerte palizada, y para esto era fuerza pasar el rio Isel viejo, y estando mirando cómo poderlo hacer, llegó á mí un caballero mancebo, pariente del señor de Keppel, á quien yo habia conocido paje del Conde de Mansfelt. Díxome que el señor de Keppel deseaba saber si yo estaba ó no allí. Preguntéle cómo habia pasado, y mostróme una barca pequeña, la cual hice luégo guardar; y haciéndose ya tarde, ordené á Mons de Rinavelt que con su gente, la compañía del Baron de Anholt y alguna de mi regimiento, fuese en anocheciendo á ponerse detras del castillo de Keppel, avisando al dicho señor que no se moviese ni tocase arma, so pena de tenerle por enemigo; por todo lo demas, estaba el Burgo cercado de grandes fosos de agua con su terrapleno; tenía dos puertas, en la una, que iba hácia Emmerik, puse al teniente Tassis con parte de su regimiento y la compañía de arcabuceros de Mons de Villers con la mia de lanzas; en la otra puerta me puse yo con alguna infantería y algunos caballos alemanes, gobernados por Mons de Rinavelt á costa del país de la Tuvent; y sabiendo que todos estaban en el puesto que les habia ordenado, les invié á decir que en tirando yo dos piecezuelas de campaña (que llevaba conmigo para meter en el castillo de Bronckorst) cada uno arremetiese por su parte; que Tassis y yo hiciésemos gran ruido, y que el de Rinavelt arremetiese callando, porque él habia de ser el que más efecto hiciese. Los enemigos que estaban dentro, temiendo lo que sucedió, habian ya cargado sus carros y bagajes; y así, aparejándose para partir, en tocándose arma, abrieron una puerta que va á Emmerik, y comenzaron á huir por aquella parte; Tassis cerró con ellos y el de Rinavelt entró rompiendo la estacada y yo por la otra puerta. En el Burgo no habia sino una calle, y ésta ocupada con carros y con raitres á caballo, y nosotros entre ellos; por lo cual pocos ó ninguno de la caballería é infanteria que allí estaban se salvaron. Ganáronse muchos y buenos caballos con su estandarte, y de nuestra parte no se recibió más daño que salir el teniente Tassis con un arcabuzazo en el carrillo. Hecho esto, invié la gente que estaba destinada para Bronckorst con Mons de Rinavelt, y yo fuí con las demas hacia Emmerik á tomar de allí vituallas, y ver si podia dar una escalada á la villa de Scherembergh. Hice visitar el foso por donde estaba más seco, y halláronle lleno de abroxos y la subida más dificultosa de lo que me habian dicho, y así no se acometió; y volviéndome hácia la Tuvente, Mons de Rafueldt, primo hermano del Baron de Anholt, me pidió que le diese gente para ir á tomar la villeta y castillo de Vueert, país de Munster, pero como era señor de ella el Conde de Colemburg y tenía en aquella plaza algunos soldados, que no se contentaban de ser neutrales como es el país de Munster, hacian todo el mal que podian á los vasallos y servidores de su Majestad; y así invié con él á Tassis con la gente de su cargo. Sacaron dos piezas de artillería del castillo de Anholt, y al fin tomaron el de Vueert defendiéndose un dia ó dos; el cual hasta hoy se conserva y tiene por su Majestad. Dexé de guarnicion en Keppel caballería é infantería. Los enemigos, viendo el daño que los de la guarnicion del castillo de Bronckorst les hacian, principalmente por el rio Isel, les sitiaron, batieron y dieron asalto sin tomarle; tuviéronle muchos dias sitiado y algunas veces fuí desde Gruninghen á socorrerle, y metiendo vituallas, sacaba los heridos y enfermos y dexaba otros de refresco; y el enemigo entendiendo que yo venía cerca se metia en un fuerte que tenía con su artillería, dexándome hacer lo que queria. En un viaje de éstos invié á Keppel, que estaba cerca, á Mendo mi alférez con vituallas, el cual, acercándose, oyó escaramuzar; y adelantándose con la caballería, ordenando que alguna le siguiese, halló que la guarnicion de Desburgh (que era de los ingleses que habian escapado de la batalla de Northorno, y alguna cantidad más de nobleza y soldadesca que de Lóndres habia venido de nuevo) por gallardía habian salido á escaramuzar con los de Keppel, cerró Mendo con ellos, y rotos, se retiraron á una casa, donde no queriéndose rendir, con la asistencia de la infantería que venía con la escolta, que se habia dado priesa á caminar oyendo escaramuzar, y la guarnicion de Keppel, los hicieron pedazos. Yo me fuí derecho á Gruninghen, y porque helaba, invié á Frisa la caballería é infantería que se pudo sacar con el Baron de Monseao; y entrado en ella, le dieron la palabra de contribuirle; mudóse el tiempo, y no lo cumplieron, y así puse mi regimiento á la entrada de Frisa en un castillo de un gentil hombre llamado Rom, con algunas compañías de alemanes, de donde procuraban hacer en Frisa todo el mal que podian; y muchas veces acontecia que algunos prisioneros de ella ántes se dexaban matar que pagar contribucion. Llegado el verano, y padesciendo necesidad la gente que habia quedado con Tassis en la Tuvente (porque ya no podia el país pagar lo que ántes), él fué con mi parecer hácia Locchum á hacer un fuerte al rededor de la casa de un gentil hombre para desde allí inquietar la villa impidiendo el coger los trigos que tenian sembrados, que eran muchos. Juntóse con el Baron de Anholt, que era vuelto de la córte á su casa con el título de coronel del regimiento del Conde de Rinamburg, que su Alteza le dió. Y hallando la tierra muy desproveida, se acercaron más á ella para sitiarla del todo; y el Baron fué á Gruninghen á darme cuenta de lo que Tassis y él habian hecho, rogándome que, siendo posible, me hallase allí, porque sin ninguna duda el enemigo queria venir á socorrer la tierra. Y considerando que aunque se habian puesto sobre ella sin mi órden, no era razon rehusar lo que en tal ocasion me pedia, me partí luégo con él, llevando conmigo alguna infantería y caballería, y en dos dias llegué á Locchum, dexando atras un poco de infantería por no poder caminar tanto. Y en amanesciendo, el Baron y Tassis me mostraron de la manera que habian sitiado, y hallando que la parte más necesaria se habian dexado abierta, queriéndolo remediar con diligencia, vimos que los escuadrones del enemigo venian al socorro por el camino de Zutphen, y así fué necesario tomar por plaza de armas una montañuela que está delante de la villa, junto á la cual estaba el camino que yo temia para el socorro de ella. Acercándose el enemigo, se trabó la escaramuza con caballería é infantería, donde sucedieron algunas buenas cosas y daño, porque de una parte y de otra habia piecezuelas de campaña que daban en los escuadrones. Ellos, conociendo que con el cuerpo de la gente les estorbaba el socorro en grueso, y que en aquel punto me llegó la infantería que yo traia de Gruninghen, resolvieron que su caballería tomase algunos sacos de trigo que para aquello habian hecho, y que de una arremetida los echasen al borde del foso. Yo, temiéndome de esto, puse en un camino hondo pegado á la montañuela parte de nuestra caballería, para que, arremetiendo ellos hácia la tierra, los diesen de traves. Movióse la del enemigo, que era mucho más que la nuestra, so color de querer escaramuzar, y corriendo, de una arremetida hicieron su efecto con poco ó ningun daño, estando yo en otra parte, dando órden á la nuestra que cerrase, y hízolo tan tarde, que no sirvió de nada: durando todavía la escaramuza, no se peleó del todo aquel dia, porque la desigualdad de la caballería era grande, y no poderme yo mover por aquella parte donde el enemigo estaba sin romper los escuadrones. Hallaba el enemigo los suyos hechos, y delante una trinchera natural donde tenía su artillería, y del lado estaba toda su caballería muy bien puesta y en órden; y contentándose con el poco socorro que habia metido, comenzó á retirarse. Entónces, aunque era algo tarde, quise pelear, pudiendo hacerlo con más comodidad, seguridad y razon de guerra que ántes, por haber dexado el enemigo el puesto fuerte que tenía. Y comunicándolo con las cabezas de la gente, no lo aprobaron, ni ménos yo hallaba algunos de ellos con la voluntad de pelear, que mostraban tener cuando no era lícito ni convenia hacerlo por las causas que he dicho. Que tambien hay en este nuestro negro y mal oficio, como en otras cosas, hipocresía y artificio. Retirado el enemigo, ordené que se atrincheasen en aquella parte, y se hiciese un fortezuelo. Hiciéronse otros necesarios al rededor de la tierra, repartiéndolos y dándolos en guardia á los regimientos y capitanes que allí habia. Y luégo despaché á su Alteza avisándole de cómo habia hallado á aquella gente empeñada, y que sin órden no la podia desamparar, ni ménos dexar el sitio, estando en tal punto. Suplicándole que viendo la ocasion que se ofrecia, me ordenase lo que habia de hacer, y fuese servido de mandarme proveer de más gente y medios para poderla entretener, porque á causa de la necesidad que se pasaba, dejaban las banderas solas ó mal acompañadas por ir á buscar de comer. Y aunque andaba por la campaña el conde Cárlos de Mansfelt con algun buen golpe de gente, por entónces no vino ninguna adonde yo estaba, ni ménos tuve respuesta suya. Consumido en pocos dias el trigo que aquella caballería puso en el lugar, se determinó el enemigo de socorrerle con todas las fuerzas posibles é intencion de pelear. Movióse el Príncipe de Orange á tomar esta resolucion, porque las villas vecinas, principalmente Zutphen y Deventer, amenazaban que si no socorrian á Locchum se rendirian á su Majestad; y así vino el Conde Holac, con la mayor parte de la gente de guerra que tenian, y con él otros muchos principales y coroneles, y entre ellos, los tres hermanos condes de Berghes (que entónces servian al enemigo), los condes Guillermo y Filipe de Nasao, otro hermano del Conde Holac, los coroneles Smit, Ifelstein, Lalayne y Hesnoy, frances, con algunos cañones para batir nuestros fuertes. Vinieron con este aparato á presentarse delante de nosotros, á los 27 de Agosto de 1582. Trabáronse buenas escaramuzas, en las cuales uno de los enemigos dixo al capitan Guzman de mi regimiento y al capitan Bartolomé Sanchez, que me dixesen que me fortificase en la montaña, porque venian con mucha gente y gran preparacion. Plantó el enemigo su campo á las espaldas del rio Berck, que pasa por las murallas de la villa, teniendo un camino ancho, que va á la tierra derecho, donde habia hecho Tassis un fuerte con foso seco todo de arena, el cual quiso tomar el enemigo, y haciendo ántes sus trincheas, plantando la artillería, le comenzó á batir. Desde la montaña donde yo estaba con los escuadrones, inviaba siempre gente de refresco seguramente por nuestras trincheas; la artillería del enemigo al principio pasaba el fuerte y hacia mucho daño, pero Camiga, capitan del regimiento del Baron de Billí que estaba dentro, como valeroso soldado, se reparó de manera que la artillería no hacia más daño. El enemigo, viendo que habia hecho alguna subida en el fuerte para dar asalto, invió algunos capitanes franceses á reconocer mejor la batería, y vieron que el fuerte y los fosos estaban llenos de gente, y sin falta, si dieran asalto, perdieran mucho, porque yo, desde la montaña donde estaba, podia por nuestras trincheas socorrer el fuerte seguramente, y en todo este tiempo no cesaba la escaramuza. Los sitiados, viendo el poco efecto que el enemigo hacia, y tambien desde una torre, que un fuerte que estaba junto al molino, el rio arriba, á cargo del Baron de Anholt, le tenian mal proveido de gente, por haber venido muchos á ver lo que pasaba en las escaramuzas, que desde el fuerte no se podia ver por estar la villa en medio, hicieron á la desesperada una salida, y le ganaron, degollando la mayor parte de ellos, muy descuidados de ser acometidos, y por allí avisando lo sucedido al Conde Holac (que su campo ni el nuestro no lo podian ver), el cual, dexando el rio en medio de ambos campos, caminó con su exército y vituallas á entrar en la tierra por el fuerte ganado. El Baron de Anholt pudiera haber dado mejor cuenta de aquel fuerte, pues no tenía otra cosa á cargo. El enemigo proveyó por él la tierra á su gusto; y conosciendo yo que al fin se habia de venir á pelear, saqué la gente que habia en todos los fuertes, é hice un cuerpo de toda. La intencion del enemigo era, segun los condes de Berghes me han dicho despues, de irse á la villeta de Borckeló, país de Munster, que era de donde nos venian las vituallas, y forzarme, por falta de ellas, á levantarme de allí con desórden, y entónces acometerme, y sin falta (si Dios no remediaba por otra via) nos pusieran en aprieto. Esto causó un descuido, que en la guerra es muchas veces causa de notables pérdidas. En todo este tiempo nunca cesaba la escaramuza, y los enemigos, por haber salido con su intencion, estaban tan gallardos, que salieron con golpe de gente hácia nuestro alojamiento, en el cual habia puesto, para guardia de él, al capitan Camiga, que se defendia valerosamente. Viendo yo lo que pasaba desde la montaña, y que todo el campo del enemigo marchaba hácia allá, descendí con la gente, dexando en un fuertecillo que habia en ella al capitan Decheman con su compañía y algunas de mi regimiento, y me arrimé á nuestro alojamiento, y no pudiendo meter la frente del escuadron al enemigo, me fué forzado dar el costado, y por tener poca caballería, y el enemigo mucha, la arrimé á nuestra infantería, esperando á pié firme la suya, que venía cargando con furia, y como á media carrera de caballo choqué con ella, y peleando ambas partes obstinadamente, hubo muchos hombres y caballos derribados por tierra; y no conociendo ventaja, saqué del escuadron de infantería algunas hileras de alabardas, picas y espadones, ordenando á los demas que estuviesen firmes, y porque lo restante del exército enemigo caminaba, invié al capitan Decheman que cargase con la gente que le habia dexado en la montaña y diese de traves, como yo tambien hice con la que habia sacado del escuadron, desbarrigando caballos y haciendo el daño que podia; pusiéronse en huida tomando el camino por donde yo tenía los escuadrones. Aquellos tres dias y dos noches estuvimos con las armas en las manos adonde los soldados habian hecho muchos fosos para estar seguros de la artillería de la villa, en los cuales la caballería del enemigo huyendo, y la nuestra siguiendo, daban malas caidas. Lo restante del campo enemigo, viendo su caballería rota, hizo alto, salvo la tropa que el conde Federico tenía y otros caballeros, que acometiendo el alojamiento contra Camiga, cerró con nuestro escuadron, y uno de los enemigos á caballo entró hasta las banderas y se llevó una, derribando por muerto al alférez, y es la primera que acá se ha perdido en mi tiempo. Las picas resistieron al encuentro muy bien, haciendo gran daño al enemigo; y viendo desde la montaña que se peleaba abaxo, dexé el siguimiento de la caballería del enemigo y junté la gente en ella, y haciendo todos segunda vez oracion baxé á dar calor á nuestro escuadron y banderas, y con mi venida el enemigo se rompió; fuíle siguiendo hasta las puertas de la villa, y si algunos de los nuestros no acertáran á cerrar la puerta, todos entráramos mezclados. Yo seguí con la caballería la gente que echó á mano izquierda, y por hallar el puente roto, invié á Mendo con alguna caballería, el cual entró tras ellos por el agua, y yo volví por la infantería que ya me venía siguiendo, la cual me pidió licencia para acometer los fuertes que las compañías francesas habian ocupado; y viendo que estaban con tan buena voluntad, se la dí, y habiendo ántes hecho tercera vez oracion arremetieron luégo con tanto valor, que los ganaron, retirándose la mayor parte de los franceses dentro de la tierra; y los nuestros hallando junto el bagaje del enemigo y algunas piezas de campaña, que la gruesa ya la habian metido dentro, saquearon el bagaje, y fué bueno el butin por la mucha nobleza que entre los enemigos habia. El Conde de Holac, que estaba en la tierra, viendo que se peleaba sin su órden, salió fuera, y no pudiendo dar remedio, por estar ya rota su gente, rogó á los tres hermanos condes de Berghes que se quedasen dentro, prometiendo de venir á socorrerlos, como lo hizo despues. Quedaron en la tierra con ellos las compañías francesas con su coronel y otros muchos de caballería é infantería, dexando muchos caballos entre los dos fosos de la villa, de donde nuestros soldados sacaron algunos de noche. Prosiguióse el sitio, porque, aunque habian puesto provisiones, era tanta la gente que habia dentro, que no podia durar mucho.
Invié al capitan Frias á la córte con los estandartes y banderas que se habian ganado, suplicando á su Alteza que me diese asistencia para acabar sitio que tanto trabajo y sangre habia costado. Y no faltó quien en el Consejo, segun he sido despues informado, dixo que merecia castigo por haberme empeñado en tales sitios sin órden de mi superior. Y así por estos buenos oficios despues he sido tratado como podia esperar del mayor enemigo que he tenido todo el tiempo que he servido en Frisa, y el que más daño ha hecho al servicio de su Majestad, que ha sido y es la calumniosa invidia, como lo he visto en el término que se ha usado conmigo. Habiéndome, pues, resuelto de proseguir el sitio, esperando ser asistido, viendo que el enemigo venía al socorro, por hallarme falto de muchas cosas, principalmente de pólvora, fuí á Linghen á pedirla al Drossarte, que no la habia á la mano en otra parte, y por no tener aún la patente de gobernador, me la negó, teniéndose por más señor de aquella plaza que el Rey. Al fin me la dió, dexándole en prendas á mi mujer y dos hijas, con juramento de no sacarlas sin que se la hubiese pagado ó vuelto. Entre tanto que yo hacia esto, el conde Cárlos de Mansfelt, Mons de Altapena y el Conde de Hoechstrate vinieron al socorro con buen golpe de caballería é infantería, que sin tener órden habian venido allí, y sabiendo que habian llegado, me partí con la pólvora que tenía á nuestro campo, donde supe de ellos y de algunas espías que tenía, que el enemigo con todo el poder que el Duque de Alanzon habia traido de Francia, y la gente que los Estados tenian en Frisa, querian socorrerla, por la grande instancia que el Conde de Berghes hacia por sus tres hijos, y el Conde de Holac por la palabra que les habia dado de socorrerlos y ser sobrinos del Príncipe de Orange; los Estados resolvieron de inviar el socorro á cargo del dicho Conde, con el cual tambien venía el general Noris, que fué roto en Northorno, y otros muchos caballeros. Augmentóse el exército del enemigo, dos ó tres dias ántes que viniese el socorro, con dos mil gascones que por la mar habian venido de su tierra, bien armados y en órden, y entre ellos mucha nobleza á cargo de Mons de Burey, gascon; y tambien en su favor llegaron mil y quinientos raitres, segun decian, del viejo conde Cárlos que se dice Conde de Mansfelt. Con todo este aparato vino el enemigo á buscarnos. El conde Cárlos se habia alojado, no estando yo allí, por la parte que el enemigo venía marchando con su exército, para del todo cerrar la villa. Y considerando yo que era gran multitud de gente la que cargaba sobre nosotros, hice proveer bien los fuertes. Y para la resistencia dixe al Baron de Anholt que inviase alguna persona á su fuerte para que no sucediese lo que otra vez; y acuérdome de haberle dicho delante del conde Cárlos que no fuese, sino que inviase; mas él, como buen caballero, quiso ir en persona, y como era de grande estatura, y sus soldados no habian hecho las trincheas, para ir al fuerte, muy altas, el Conde Herman y sus hermanos le conocieron, y (segun ellos me han dicho despues) le hicieron tirar, por cierta question y ódio particular que habian tenido, diéronle un arcabuzazo por los riñones, de que murió despues, y fué gran pérdida, porque si viviera, fuera gran servidor de su Majestad. Viniendo el exército enemigo derecho al cuartel del conde Cárlos, le fuí á pedir que nos juntásemos todos, porque así seríamos algo, y separados nada, pero él insistió en no querer sino pelear allí; y aunque le habia proveido de alguna gente de mi regimiento, via que si él aguardaba se perdia, y perdido él, infaliblemente se perdia todo el exército, y que no podia yo juntarme con él, porque el cuartel y los fuertes quedaban perdidos, y el camino de las vituallas mal seguro; y volviendo á pedirle con grande instancia que se partiese de allí y que nos juntásemos todos, me lo concedió cuando ya la avanguardia del enemigo venía cargando sobre su retroguardia. Los sitiados pasaban tan extrema necesidad, que desenterraban y comian los caballos muertos de seis y ocho dias, y así hacian una puerta nueva hácia el rio para por allí hacer una salida á la desesperada (siendo la parte por donde ménos guardia habia) y salvarse el que pudiese. Estaba dentro el coronel Smit, escoces, y en mi regimiento habia un capitan llamado Hamelton, de la misma nacion, y hablando los dos en su lengua, el uno desde la villa, y el otro de la trinchea, el Hamelton avisó al Smit cómo su campo venía á socorrerlos, y que estaria allí dentro de dos dias, y así no hicieron la salida y esperaron el socorro que vino al tiempo que habia avisado. El capitan Camiga, que los oyó hablar, y aunque no sabía la lengua del todo, entendia algo de ella, por ser la antigua frisona conforme á la inglesa, me dixo que le parecia ser avisos que le daba, y era así, segun los condes me dixeron despues; y como yo no podia probar lo que él decia y sospechaba, busqué alguna ocasion despues para echar al Hamelton de mi regimiento, y así lo hice. Llegado el campo del enemigo al alojamiento del conde Cárlos, puse en un cercado que estaba en aquella parte, junto al fuerte que se decia de Camiga, el rio en medio, al teniente Tassis con más de dos mil y quinientos hombres, el cual mantuvo valerosamente todo aquel dia la escaramuza con el campo del enemigo, y miéntras él escaramuzaba, los tres condes de Berghes y los coroneles Halayn y Smit plantaron la artillería gruesa que el Conde Holac les habia dexado sobre la muralla, y de allí batieron el fuerte, que llamábamos de Anholt, que en la batalla se habia tornado á cobrar, porque por allí la podian socorrer fácilmente ayudándose para el paso del rio del molino, á la defensa del cual yo habia puesto algunos valones del Conde de Manderscheit, que habian llegado con el conde Cárlos y otros de aquí, gente escogida. Yo me puse con un escuadron de infantería poco apartado del fuerte que los de la tierra batian, para socorrerlos si el enemigo daba asalto, desde donde yo via lo que pasaba con Tassis de la otra parte del rio. Hacia hacer balas apriesa á todas las mujeres de mi regimiento, y faltándome plomo, hice tomar todas las pesas de los vivanderos y deshacer los platos de estaño en que se comia. Habiendo dicho á los del fuerte que me habia puesto allí, no sólo para defenderlos, mas para hacerlos pedazos en caso que le dexasen sin órden. Despues de batidos por los de dentro, las compañías francesas salieron á dar el asalto; yo me moví al socorro, y los del fuerte se defendian bravamente, que fué causa de que con la mesma furia que habian salido se volviesen, habiendo recibido gran daño, con muertes de cinco ó seis capitanes y muchos soldados heridos. Y miéntras yo estaba ocupado en esto, el conde Cárlos andaba proveyendo todo lo que era necesario en el campo. Aquel dia no se hizo otra cosa, y á la noche nos fuimos los condes Cárlos, el de Hoecstrate, Mons de Altapena y yo al fuerte de Camiga para dar asistencia al teniente Tassis si acaso el enemigo le acometiese en su cercado. Habia entre él y el fuerte que los enemigos habian batido hácia la parte donde estaba el enemigo, una casa con un jardin, en el cual puse al capitan Decheman y algunos otros capitanes de mi regimiento, y yendo mi sargento mayor con algunos oficiales á visitar esta casa, encontraron á Mons de Burey con algunos gascones soldados suyos, el cual habia propuesto, como caballero mozo, de ser el primero que entrase en la tierra; escapóseles de las manos, y fué á dar al puente que los de dentro habian hecho á la puerta nueva sobre el rio; traxeron presos algunos de los que le acompañaban, á quien examinó el conde Cárlos, y de ellos se supo la gran cantidad de gente que allí habia, obligando sus vidas si no fuese verdad lo que decian. Considerando la poca que nosotros teniamos, y esa repartida en tantas partes y fuertes, y que lo más útil y mejor que podiamos hacer era juntarnos todos y procurar dar batalla; no pudiendo estorbar al enemigo la entrada en la villa por haber crecido el rio, habiendo los de Zutphen detenido la agua en sus molinos, por la cual entró el de Burey aquella noche, y sacó los condes de Berghes, que por salvarlos el enemigo habia puesto todas sus fuerzas. Consideramos tambien no haber entre nosotros dinero para comprar vituallas, y que ésas áun no venian, y á la llegada del conde Cárlos con aquellos señores, fué menester dar á su gente lo poco que yo tenía, sin que me quedase un real. Hiciéronse escuadrones ántes del dia en nuestra plaza de armas por asegurar más el alojamiento y tener mejor sitio para pelear. Repartióse la poca municion de guerra que quedaba entre los soldados; y siendo de dia, comenzamos con todas las trompetas á llamar al enemigo á la batalla, y él se arrimó con todo su exército á la tierra, entre la cual y nosotros habia poca plaza para meter en órden tan gran exército como ellos traian, que, segun nos parecia, era la causa por que no se movian de junto á la tierra; y así, sin mover la órden de los escuadrones, vueltas las caras á las de los enemigos, nos retiramos á otra montaña más adelante, camino de Grol, dándole lugar para ponerse en batalla. Allí estuvimos esperando á ver lo que queria hacer, y visto que no se movia, se resolvió de retirarnos; y así ordené que los heridos, enfermos y gente inútil caminase delante con alguna guardia, y que retirando todo lo que habia en el alojamiento, se le diese fuego; y tras esto, tomó el conde Cárlos la avanguardia con su regimiento, llevando consigo la artillería que se habia ganado en la batalla; tras ellos otros dos regimientos de alemanes, y yo, poniendo las banderas del mio entre las de los alemanes, hice dos mangas de los soldados de él, y con ellas y con toda la caballería tomé la retroguardia. El enemigo, viéndonos con tan buen órden, nos dexó ir en paz, salvo algunos que nos venian tirando á las espaldas, y por ser tarde para nuestro camino, no se hacia caso de ellos; pero al cabo, como se llegaban muy cerca, habiendo yo de pasar por un camino muy estrecho, donde habia valladares y arboledas, hice baxar las lanzas á algunos soldados de mi compañía, y que se quedasen allí, para que en volviendo yo la cara cerrasen con ellos, y llegando cerca de la emboscada, la volví, y luégo cerraron, matando algunos. Tomóse un prisionero aleman de poca edad, que, aunque no queria decir quién era, mostraba ser persona de calidad, el conde Cárlos me le pidió, y yo le compré á los soldados en doscientos escudos, y se le dí; y despues, estando en Grol, confesó al Conde ser hermano de la mujer del conde Hans Albert, su tio, y que él era conde de Glelik, de casa principal y rica. De allí adelante los enemigos nos dexaron del todo. Llegamos con esta órden á un pequeño rio, y no habiendo puente, fué necesario romper la órden, y pasar cada uno como podia. Y considerando yo que la compañía del Baron de Anholt, que guardaba á Grol, estaba tan amotinada, que á su mesmo coronel y capitan, yendo herido de muerte, no le quisieron dexar entrar ni acompañarle hasta Bredevord, que era suya, dos horas de camino de allí, adonde murió aquel mesmo dia. En la cual compañía habia dos ó tres que hablaban bien español, habiéndolo aprendido siendo alabarderos del Rey, principales autores del motin, á los cuales yo habia ganado con dineros que los daba cuando por allí pasaba, y de esta manera tenía la entrada y salida en aquella villa como yo queria, rehusándola á su coronel. Y aunque se inviaron los furrieles al villaje de Iburgh á hacer alojamiento, mi intencion era de alojarla en Marsfelt, detras y junto á la villa de Grol, para mayor seguridad nuestra, y efectuar lo que despues se hizo, y así me adelanté con todos estos señores, y los amigos que yo tenía entre los soldados de aquella guarnicion abrieron las puertas y alojaron al conde Cárlos y á los demas. Yo me fuí á hacer el alojamiento al lugar que he dicho, é invié á decir al exército que se encaminase allí, y á los furrieles, que habian ido á Iburgh, que se volviesen á este lugar. El enemigo, habiendo metido todas las vituallas que tenía dentro de Locchum, y proveida, caminó hácia Vildemburgh, castillo del Conde de Isteron; y sabiendo yo cuán mal proveidos iban, no cesaba con tropas de caballería de tocarles arma para que no se desmandasen á buscar de comer. Estas tropas que yo inviaba, mataban muchos de ellos, y era lástima de ver los gascones, que por no ser acostumbrados á beber cerveza, bebian agua, y con ella les vino una enfermedad, que se quedaban por aquellos caminos en tropas; habia entre ellos mucha nobleza y joventud, despues los alojó su coronel Nedereltem junto á Emmerik, adonde fué tanta la mortandad, que no escaparon de veinte uno. Los Estados, considerando el fastidio que Keppel y Bronchorst les habian dado, ordenaron al exército que las fuese á tomar. Cargó tanta agua y tan mal tiempo, que si en la gente de guerra que estaba en una y otra parte hubiera fidelidad, no las tomáran, porque les faltaba artillería y lo demas necesario para sustentarse en campaña. En este tiempo, por no tener dineros, nuestra gente se comenzaba á alterar, y los burgomaistres de la villa de Grol me vinieron á avisar que los soldados de su guarnicion tenian inteligencia con el enemigo, y que si los dexábamos allí y nos partíamos sin mudarlos, que sin falta la villa se perderia. Y así ordené aquella noche que viniese la mayor parte de mi regimiento sin banderas, y la mayor de la caballería; y socolor de inviarlos contra el enemigo, hacerles entrar en la tierra, por acortar camino, porque era menester rodear mucho por otra parte, y con el crédito que yo tenía con aquellos soldados, tuve las llaves, y estando la gente en la plaza se puso en escuadron. Venido el dia, los soldados me vinieron á decir que estaban muy maravillados de que aquella gente no marchaba. Yo les invié al conde Cárlos que les diese la respuesta, y sin dársela, se vino con ellos á mi casa, por estar yo mal dispuesto, díxele que sería bueno desengañarlos, y así lo hizo, diciéndoles que no era la gente que estaba en la plaza la que habia de salir, sino los que tan mal se habian gobernado como ellos. Respondiéronle que pues habian de salir, que fuesen de su regimiento ya que con él habian pasado muestra, que es el mesmo que llaman de Gheldres, que á mi venida en Frisa invié á Brabante por su mal gobierno, con la caballería de Schenck y los hombres de armas, y despues el regimiento fué dado al conde Cárlos, el cual los aceptó en el suyo, con no haber sido de él ántes, y luégo habiéndolos hecho sus procesos, mandó ahorcar algunos de los más culpados, y otros se echaron por las murallas huyendo; y aquel mesmo dia hizo salir fuera de la villa á los demas, y que caminasen con mi regimiento, poniendo una compañía del suyo, que era de Tisilinghe y la coronela mia, y al Tisilinghe por gobernador. En toda nuestra gente de guerra crescia la necesidad y con ella la desobediencia, y no sabiendo qué hacerme de ella, propuse, tomando conmigo la que el país podia sustentar, que la demas fuese con el conde Cárlos á Brabante, so color de inviarle con más seguridad. Habíase ya partido Mons de Altapena con su compañía de lanzas con poco gusto, por haber entendido que sin avisarle le habian quitado el gobierno de Breda. Invié con el Conde la mayor parte de mi regimiento y todo el del Conde de Rinamburg, quedándome con el del Baron de Billí, con el cual he tenido particular cuenta, dándole lo mejor que habia en todo este gobierno, por respecto de su coronel, y merecerlo ellos por ser tan buenos soldados. El Conde se fué, y yo me volví á mi gobierno á Oldenzel, alojando este regimiento en aquellos contornos, y de allí vine al castillo de Lynghen, donde dexé empeñadas mi mujer é hijas por la pólvora que me habian dado. Y aquí me dixo el Drosarte de Covorden que la villa de Steenvick estaba tan mal reparada que fácilmente se podia entrar en ella, dándole una escalada. Y siendo necesario ántes de intentarlo saber la hondura del foso (que el Drosarte no lo sabía), empleé una mujer, la cual yendo al rededor, desde el camino iba mirando que no la viesen, echando dentro su capelo como que el viento se le llevaba, y así entró y tomó la hondura que tenía sin ser vista, que no llegaba á la rodilla. Determiné de sacar la gente de las guarniciones, y que Tassis fuese á la empresa, y como estaba reposada, iba de buena gana, aunque caminando por agua algunas veces hasta la cinta, y acertó á ser una noche oscura, y por la mesma parte que la mujer habia reconocido, le dió asalto y la tomó. Y por la obligacion que tenemos de venerar las imágines de los Santos escogidos de Dios, diré lo que aquel dia sucedió. Estando la villa de Hasselt entre la de Steenvick y de Svuol, la cual se mantenia todavía secretamente en la religion católica, conservando las iglesias enteras y adornadas, sin recibir guarnicion de una ni de otra parte, los enemigos, por asegurarse de ella, la hicieron una emboscada, y con ella tomaron la puerta y entraron dentro, y para el efecto habian ido dos capitanes de la guarnicion de Steenvick con algunos soldados suyos, y despues de haber dexado guarnicion y roto las iglesias, tornaron á inviar sus soldados, y ellos, tomando las casullas y cruces de las iglesias, y la imágen de la Santísima Vírgen Madre de Dios y la de San Juan, que estaban al pié de un gran Crucifixo, entraron en procesion de aquella manera en la villa de Steenvick, al rededor del terrapleno, y en el mismo lugar por donde fué entrada la tierra las pusieron en la muralla, diciendo con escarnio á las imágines que guardasen bien aquel portillo, miéntras ellos iban á hacer buenaxera de lo que habian ganado en Hasfelt; mas fué Dios servido (en venganza de su Santísima Madre, por el escarnio que se hizo á su imágen) que por aquella mesma parte se volviese á ganar la tierra, sin pérdida de ningun soldado, ni haber costado á su Majestad más de cuarenta tallares, que se dieron á la buena mujer y á su marido. Como supe lo sucedido, acudí luégo allá, llevando conmigo al consejero George Wetendorp, del Consejo de Frisa, y á Hoctendorp, del de Overissel, á poner de allí contribucion de todo lo que se pudiese de la parte de Frisa, para sustentar la guarnicion que allí estuviese de caballería é infantería; de donde se ha sacado gran cantidad de dinero, en provecho de su Majestad, que les ha sido descontado á los soldados. Púsose un recibidor que daba cuenta de todas las contribuciones al Presidente y Consejo de Frisa. Tambien con amenazas y obras malas, que se hacian á los frisones, hice que los que estaban en contribucion pagasen las rentas reales en mano de Wetendorp, entónces recibidor de su Majestad, y así fuí el primero que puso el país en contribucion en provecho del Rey, que de ántes no se hacia. Procuré hacer lo mesmo en el país de Gruninghen, y tratándolo con los offemans en la cámara que llaman del Rey, que son los burgomaistres sacados del magistrado, que con el gobernador administran la justicia del país, y con el mejor modo y razones que pude les propuse que permitiesen que el comisario ó otro de la parte del Rey recibiese lo que se sacase del país. A que me respondió el burgomaistre Wifringa (que era uno de los offemans) con su acostumbrada arrogancia, que si el Rey queria tener cuenta de dineros, que los inviase, pues que no tenía que hacer con el que se sacaba del país de Gruninghen, que á ellos les tocaba. Esta tierra de Steenvick, miéntras ha estado por de su Majestad, ha hecho mucho daño al enemigo, gobernándola lo más del tiempo Antonio de Coquela, teniente coronel de Mons de la Mota, hombre de mucho valor y gobierno. En esta sazon, estando yo en Oldenzel, se hizo la presa de Zutphen de esta manera. Habiendo los soldados del Baron de Anholt tomado dos de la guarnicion de ella, no queriéndolos rescatar su capitan, se resolvieron de hacer que aquella tierra viniese á manos de su Majestad. Y habiéndome traido algunos que me dixeron de la manera que se habia de hacer, no fiándome mucho, invié con ellos al capitan Tissilinghe, el cual, reconociéndolo, me dixo ser como los soldados decian. Dexélo resfriar por un poco de tiempo, porque Mons de Nienoort, caballero del país de Gruninghen que servia á los Estados, les prometió que permitiéndole levantar cuatro mil hombres entraría en aquel país y le sustentaría, haciéndome la guerra sin gasto suyo. Y avisado yo de esto, habia inviado á Tassis con la mayor parte de su regimiento y de otros que estaban conmigo, á guardar el país y los diques por donde el Nienoort podia acometerle con sus navíos. Los de Gruninghen, queriendo usar de la autoridad que siempre han pretendido tener con sus gobernadores, volvieron á inviar á Tassis con la mayor parte de la gente que yo habia inviado, dexando la ménos útil para lo que se pretendia, y llegaron á tiempo que Tissilinghe era vuelto de reconocer á Zutphen; y así invié á Tassis á hacer la empresa, la cual se executó de esta manera. Siendo la villa cercada de altas murallas de ladrillo á lo antiguo, tenian hecha delante del foso viejo otra fortificacion de tierra con sus baluartes, el uno junto á los molinos, el cual tenía un cuerpo de guardia que podian estar en él veinte y cinco ó treinta personas, y entre la primera y segunda puerta habia otra que iba á dar á este baluarte; y fiándose de la primera, no ponian guardia en la primera fortificacion; no cerraban aquélla, ni ménos proveian aquel cuerpo de guardia, por no tener sino una compañía de infantería, con los vecinos; y así, arrimando una escalera por defuera al baluarte (que aunque nuestra gente hacia algun ruido, no se podia sentir por ser el del agua de los molinos mucho mayor, ni teniendo foso, por causa del molino y de un riachuelo que por allí pasaba), se metieron en el cuerpo de guardia hasta treinta hombres escogidos en toda la tropa, que eran los que podian caber, y Tassis, con toda la demas infantería, se metió en unos fosos cerca de la puerta, por donde D. Fadrique de Toledo la batió y tomó el año setenta y dos. Dexó la caballería que llevó en un bosque algo apartado, porque no se oyesen los relinchos de los caballos, y siendo de dia, los de la villa salieron á abrir la puerta como acostumbraban, y al punto los nuestros, que estaban en el cuerpo de guardia, fueron á buen paso á la que iba donde ellos estaban, que era entre las dos de la villa, y repartiéndose, los unos fueron á acometer á los que fueron á abrir la primera, y los otros á los que guardaban la segunda, acertaron á matar al que iba á echar el rastrillo segun yo les habia ordenado que hiciesen, y poniendo guardia en él se apoderaron de la puerta; los que habian salido á reconocer, viendo ser acometidos por las espaldas, y Tassis, oyendo el ruido, embistiéndolos por delante, se huyeron al rededor de la tierra á la campaña. Tassis no hizo caso de seguirlos y fué á ayudar á los nuestros que todavía peleaban á la segunda puerta, y como llegó, se entró del todo, y fueron siguiendo á los enemigos hasta otra puerta antigua, adonde los soldados y burgeses que habian corrido á la arma hicieron un poco de resistencia, y habiendo acudido la caballería que habia dexado en el bosque al ruido del pelear, todos juntos entraron en la plaza, adonde hubo poca resistencia, y así del todo se acabaron de apoderar de la villa.