SEGUNDA PARTE.
Hablando con exactitud, la historia de los atenienses no empieza hasta cerca de ciento cincuenta años después de la primera olimpiada. Así pues, podemos dividirla en tres épocas, marcadas por caracteres particulares: a la primera denominaremos el siglo de Solón o de las leyes; a la segunda, el de Temístocles y Arístides, que es el de la gloria; y a la tercera, el de Pericles, que es el de las artes.
SECCIÓN PRIMERA.
Siglo de Solón, desde el año 630 hasta el 490 antes de J. C.
Estaba gobernada la república por nueve arcontes o magistrados anuales, cuya autoridad no era suficiente para mantener la tranquilidad en el estado; y el Ática estaba dividida en tres facciones, que eran la de los pobres, la de los ricos, y la de los habitantes en las costas. Los primeros estaban por la democracia, los segundos por la oligarquía, y los terceros, dados a la marina y al comercio, querían un gobierno mixto, que les asegurase sus posesiones con la independencia. En tal estado de cosas las leyes antiguas carecían de vigor, y la licencia quedaba impune o solo se la imponían penas arbitrarias.
DRACÓN.
En esta anarquía, que amenazaba al estado su próxima ruina, fue escogido Dracón para tratar del arreglo de toda la legislación, extendiéndola y aplicándola hasta los más leves pormenores. Este legislador compuso un código de leyes y de moral por el cual se lisonjeaba de poder formar hombres libres y virtuosos; pero la extremada severidad de sus leyes solo hizo descontentos, cuyas murmuraciones le obligaron a retirarse a la isla de Egina, donde murió de allí a poco tiempo. Había dado en sus leyes un testimonio de su genio, que las hizo tan severas como lo fue siempre su carácter. La muerte es la pena que impone a la ociosidad, y la única que aplica tanto a los crímenes más leves, como a las maldades más atroces.
Como no había tocado a la forma de gobierno, se aumentaron de día en día las disensiones intestinas después de su ausencia. Uno de los principales ciudadanos, llamado Cilón, se apodera entonces de la autoridad, le sitian en la ciudadela, y evita, en fin, con la fuga el suplicio que le aguardaba. Mas sus cómplices son extraídos del templo de Atenea, donde tomaron asilo, y al punto fueron degollados contra la palabra que se les dio de perdonarles la vida. Esta perfidia de los vencedores excitó la indignación general. Poco después se recibió la noticia de que los megarenses se habían apoderado de Nisea y de la isla de Salamina, y casi al mismo tiempo propagose por toda la ciudad una enfermedad epidémica.
EPIMÉNIDES.
En aquellas tristes circunstancias en que las imaginaciones estaban poseídas de un terror pánico, se consultó a los oráculos y adivinos, y oída su respuesta hicieron venir de Creta a Epiménides, mirado en su tiempo como un hombre que tenía comunicación con los dioses, y adivinaba lo futuro. Recibiole Atenas con aquel entusiasmo que inspiran la esperanza y el temor a un mismo tiempo en tales circunstancias. Después de haber hecho sacrificios en nuevos templos y sobre nuevos altares, aprovechose Epiménides de su ascendiente para hacer innovaciones en las ceremonias religiosas, y mediante una multitud de reglamentos trató de reducir a los atenienses a principios de unión y de equidad. Marchó, en fin, cubierto de gloria, honrado con el sentimiento del pueblo, que lloraba su ausencia, y rehusando admitir presentes considerables, únicamente pidió un ramo de olivo consagrado a Atenea. Poco tiempo después de su marcha volvieron a encenderse con más furor las disensiones civiles.
LEGISLACIÓN DE SOLÓN.
(Año 514 antes de J. C.) Para sostener al estado cuando amenazaba su ruina, la voz unánime elevó a Solón a la dignidad de primer magistrado, de legislador, y de árbitro soberano. Descendía de los antiguos reyes de Atenas; aplicose desde su juventud al comercio y viajó después por varios países para aumentar sus conocimientos.
El depósito de estos se hallaba entonces en manos de algunos hombres virtuosos, conocidos bajo el nombre de sabios, y distribuidos en diferentes países de la Grecia. Su único estudio se dirigía a conocer al hombre según lo que es, lo que debe ser y cómo se le debe instruir y gobernar. Enlazados con una amistad íntima, se reunían algunas veces en un mismo lugar para comunicarse sus luces, y ocuparse en los intereses de la humanidad. En estas augustas reuniones se veían Tales de Mileto, Pítaco de Mitilene, Bías de Priene, Cleóbulo de Lindos, Milón de Quíos, Quilón de Lacedemonia y Solón de Atenas, que era el más ilustre de todos. Al número de estos sabios se puede añadir el antiguo Anacarsis, quien atrajo a Grecia desde lo interior de la Escitia la fama de la reputación de aquel país. A los conocimientos que Solón adquirió con el trato de aquellos sabios reunía talentos distinguidos, siendo uno de ellos el de la poesía, que recibió al nacer y cultivó hasta su edad más avanzada, pero siempre sin esfuerzos ni pretensiones. En los últimos años de su vida inventó pintar en un poema las revoluciones acontecidas en nuestro globo, y las guerras de los atenienses contra los habitantes de la isla atlántica, situada más allá de las columnas de Heracles, sumergida después por los mares.
El primer acto de autoridad que ejerció, cuando se vio a la cabeza de la república, fue el de conciliar los intereses de los ricos y de los pobres, rehusando el repartimiento de las tierras que estos pedían a gritos. En este apuro, Solón abolió las deudas particulares, anuló todos los actos que comprometían la libertad del ciudadano y negó el repartimiento de las tierras. Ricos y pobres murmuraban al principio, creyendo que todo lo habían perdido porque no lo habían logrado todo; pero viendo en breve renacer la industria, restablecerse la confianza y volver en fin al seno de su patria tantos infelices alejados de ella por la crueldad de los acreedores, admiraron la sabiduría de su legislador y le concedieron nuevos poderes, de que se aprovechó para revisar las leyes de Dracón, dejando intactas las concernientes al homicidio.
Alentado Solón con éxito tan feliz, acabó la obra de su legislación y, prefiriendo a cualquiera otro el gobierno que entonces existía, se ocupó lo primero de tres objetos esenciales cuales eran el de la asamblea de la nación, la elección de magistrados y el arreglo de los tribunales de justicia.
Instituyose que el supremo poder residiese en las asambleas, a donde todos los ciudadanos tendrían derecho de asistir, y que en ellas se decidiría sobre la paz y la guerra, las leyes, los impuestos y todos los grandes intereses del estado.
Para dirigir a la multitud en sus deliberaciones, estableció un senado compuesto de cuatrocientos individuos, sacados de las cuatro tribus que componían entonces el Ática. Estos cuatrocientos individuos fueron como diputados y representantes de la nación. A toda decisión del pueblo debía preceder un decreto del senado: instituyose también que los primeros opinantes en la asamblea popular tuviesen la edad de cincuenta años cumplidos, y que todo orador, antes de hablar sobre los asuntos públicos, sufriese un examen que versaría sobre su conducta; se dio permiso en fin a todo ciudadano para perseguir en justicia al orador que se hubiese valido de artificios y de amaños para ocultar en este examen la irregularidad de sus costumbres y de su conducta.
Dejó Solón a la asamblea general el poder de elegir los magistrados, y el de hacerse dar cuenta de su administración. Esto no obstante, juzgó también conveniente el dejar las magistraturas en manos de los ricos, que las habían tenido hasta entonces, fundándose en que así las haría más respetables a la multitud. Después llegaron a ser anuales; las principales dependieron de la elección y las demás fueron dadas por suerte.
Los nueve magistrados o arcontes presidían los tribunales, de cuyos juicios o sentencias se apelaba a los tribunales superiores. Para proveer los empleos de todos estos, decidió Solón que todos los ciudadanos sin distinción se presentasen a llenar las plazas de jueces, y que entre ellos decidiese la suerte. Tenía Atenas en el Areópago un tribunal respetado del pueblo por sus luces y su antigüedad. Para conciliarle aún más respeto e instruirle a fondo de los intereses públicos, quiso que los arcontes, al cesar en su empleo, fuesen contados en el número de los senadores, después de un maduro examen. De esta suerte, el senado del Areópago y el de los cuatrocientos se hacían dos contrapesos muy poderosos para poner la república a cubierto de las tempestades que suelen amenazar a los estados; pues el primero reprimía las tentativas de los ricos, y el segundo enfrenaba los excesos de la multitud.
Estas disposiciones fueron sostenidas por varias leyes, siendo una de las más notables la que imponía penas contra los ciudadanos que en las turbulencias del estado no se declarasen por alguno de los partidos. Con está disposición admirable se proponía el legislador sacar a los hombres de bien de una inacción funesta, echarlos en medio de las facciones y salvar el estado con el ascendiente y la fuerza de la virtud. Por otra ley se condena a muerte a todo súbdito convencido de haber querido apoderarse de la autoridad soberana. Últimamente, en el caso de que uno u otro gobierno se elevase sobre las ruinas del popular, los magistrados deben hacer dimisión de sus empleos y a todo súbdito será lícito quitar la vida, no solo a un usurpador de la autoridad suprema y a sus cómplices, sino también al magistrado que continúe en sus funciones después de la usurpación del gobierno. Tal es en compendio la república de Solón.
A estas disposiciones fundamentales siguió un código de leyes criminales y civiles, según las cuales el ciudadano debe ser considerado bajo tres aspectos, a saber: 1.º en su persona, como que hace parte del estado; 2.º en la mayor parte de las obligaciones que contrae como individuo de una familia, que pertenece también al estado; y 3.º en su conducta, como miembro de una sociedad, cuyas costumbres constituyen la fuerza del estado mismo.
Para dar una idea de su legislación bajo estos tres puntos de vista, basta referir aquí algunas disposiciones generales.
Cuando un ateniense intenta quitarse la vida, se hace reo del estado, porque le priva de un individuo; en este caso se enterraba separada su mano, y esta circunstancia era una afrenta. Pero si atentase contra la vida de su padre, las leyes guardan silencio contra esta atrocidad: así inspiraba Solón más horror a semejante crimen, suponiendo que no estaba en el orden de las cosas posibles el cometerle. Imponiendo la nota de infame al hombre ocioso, dispuso también Solón que el Areópago indagase el modo de vivir y proveer a su subsistencia cada particular; a todos ellos les permite ejercer artes mecánicas, y al que no ha cuidado de enseñar un oficio a su hijo, le priva del derecho de los socorros que como padre debía esperar de él en su vejez.
El que se hace famoso por la depravación de sus costumbres, cualquiera que sea su estado, su clase y su talento, queda excluido del sacerdocio, de la magistratura, del senado y de la asamblea general; no podrá hablar en público, ni ser encargado de una embajada, ni tener tampoco asiento en los tribunales; y si ejerciere alguna de estas funciones, será acusado criminalmente y sufrirá las penas prescritas por las leyes.
Las de Solón no debían conservar su fuerza más de un siglo, cuyo término señaló para no irritar a los atenienses con la perspectiva de un yugo eterno. Cuando ya fueron meditadas detenidamente, viose Solón rodeado de una multitud de importunos que le aburrían con preguntas, consejos, alabanzas o vituperios. Habiendo apurado todos los medios de suavidad y paciencia, y comprendiendo que el tiempo era lo único que podía consolidar su obra, tomó la resolución de ausentarse por diez años, y por un juramento personal obligó a los atenienses a que no tocasen a sus leyes hasta su vuelta.
Fue al Egipto, donde trató con aquellos sacerdotes que se creen tener en sus manos los anales del mundo, y de allí pasó a Creta, donde instruyó al soberano de un reducido país en el arte de reinar y dio su nombre a una ciudad, cuya dicha había procurado.
A su vuelta encontró a los atenienses muy próximos a caer de nuevo en la anarquía, y, siendo acogido con los más distinguidos honores, se aprovechó de estas favorables disposiciones para calmar la agitación de los partidos. Al principio se creyó poderosamente ayudado por Pisístrato; pero no tardó en conocer que este diestro político ocultaba una ambición sin límites bajo una moderación fingida.
PISÍSTRATO.
Jamás hubo hombre alguno que reuniese más circunstancias que este para cautivar los corazones, pues se hallaba dotado de un nacimiento ilustre y de grandes riquezas; de un valor acreditado, un aspecto y presencia que infundían respeto, una elocuencia persuasiva y un entendimiento abundante en dotes naturales e ilustrado con el estudio. Con tan grandes ventajas que le hacían accesible a los menores ciudadanos y les prodigaba los consuelos y socorros con que el hombre se granjea el afecto y la voluntad de sus semejantes. Así es que, haciéndose con su conducta el ídolo de la multitud, creyó poder elevarse fácilmente al poder soberano, y para ello se valió de la estratagema siguiente.
Preséntase un día en la plaza pública acribillado de heridas que se había hecho él mismo, e implora la protección del pueblo. Convócase la asamblea; muestra ante ella sus heridas, y acusa al senado, tanto como a los cabezas de las demás facciones, de haber querido quitarle la vida. Óyense gritos a su favor por todas partes, y los principales ciudadanos callan o temen. Solón indignado de su cobardía, trata de inspirarles serenidad y valor, pero su voz, ya débil por la edad, es sofocada por los gritos sediciosos de la multitud preocupada, y la asamblea termina concediendo a Pisístrato una guardia de satélites encargados de custodiar su persona. Haciendo uso de esta fuerza, apodérase luego de la ciudadela, desarma al pueblo, y usurpa la soberanía.
Solón, aunque consultado varias veces por el usurpador, a quien no dejaba de dar pruebas de deferencia y de respeto, no sobrevivió mucho tiempo a la esclavitud de su patria.
Treinta y tres años transcurrieron desde esta revolución hasta la muerte de Pisístrato; pero se vio obligado por dos veces a dejar el Ática, en fuerza del crédito de sus adversarios, y no estuvo más de diecisiete años al frente del gobierno. Esto no obstante, antes de su muerte tuvo el consuelo de ver establecida su autoridad en su familia.
Preciso es hacerle justicia confesando que, mientras estuvo al frente de la administración, consagró sus días a la utilidad pública, señalándolos con nuevos beneficios o con nuevas virtudes. Como no temía los progresos de las luces, publicó una nueva edición de las obras de Homero, y formó para el uso de los atenienses una biblioteca compuesta de los mejores libros conocidos hasta entonces.
Justo será también añadir algunos rasgos que manifiestan su grandeza de alma. Jamás incurrió en la debilidad de vengarse de los insultos que le hicieron. Habiendo asistido su hija a una ceremonia religiosa, acercose a ella y le dio un abrazo un joven que la amaba con pasión, y poco tiempo después intentó robarla. Pisístrato respondió a su familia que le incitaba a la venganza: «Si aborrecemos a las personas que nos aman, ¿qué haremos con aquellas que nos aborrecen?». Y luego se la dio al joven por esposa. En fin: algunos de sus amigos, resueltos a separarse de su obediencia, se retiraron a una plaza fuerte, y habiéndolos él seguido inmediatamente con algunos esclavos que llevaban su equipaje, le preguntaron los conjurados cuál era su designio, a lo cual respondió: «Es preciso que me persuadáis a quedarme con vosotros, o que yo os persuada a que volváis conmigo». Estas palabras bastaron para reducirlos otra vez a su obediencia.
Sucedieron a Pisístrato sus dos hijos, Hipias e Hiparco, que, aunque con menos prendas, gobernaron con igual sabiduría; pero desgraciadamente el segundo cometió una injusticia de la cual fue víctima.
Harmodio y Aristogitón, dos jóvenes atenienses, unidos con amistad íntima, habiendo recibido una injuria difícil de olvidar, juraron quitar la vida a Hiparco y a su hermano. El día en que se celebraba la fiesta de las Panateneas, encubrieron sus puñales con ramos de mirto y se fueron a un sitio donde ambos príncipes ordenaban una procesión que debían conducir al templo de Atenea, y acercándose a Hiparco le clavan el puñal en el corazón. Muere también Harmodio en el acto a manos de los satélites del príncipe, y Aristogitón, arrestado casi al mismo instante, es llevado al tormento: nombra cómo cómplices a los más fieles partidarios de Hipias, y sin tardanza fueron llevados al cadalso.
Desde entonces Hipias solo se hizo memorable por medio de injusticias; pero de allí a tres años le obligó a abdicar el trono Clístenes, jefe de los Alcmeónidas, familia poderosa de Atenas siempre enemiga de los Pisistrátidas, el cual había reunido bajo su mando a los descontentos y logró que le socorriesen los lacedemonios. Hipias, después de haber andado errante algún tiempo con su familia, se acogió a la protección de Darío, rey de los persas, y pereció en fin en la batalla de Maratón.
Después de la expulsión de los Pisistrátidas, Clístenes, a fin de conciliarse la adhesión del pueblo, dividió en diez tribus las cuatro que desde Cécrope comprendían los habitantes del Ática, y anualmente se sacaban a la suerte de cada tribu cincuenta senadores, llegando así el número de estos a quinientos. Estas diez tribus, cual otras tantas repúblicas pequeñas, tenían cada una su presidente, sus empleados, sus tribunales y sus intereses. Desde esta época hasta la corrupción de las costumbres de los atenienses apenas transcurrió medio siglo.