WeRead Powered by ReaderPub
Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) cover

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2)

Chapter 7: SECCIÓN SEGUNDA.
Open in WeRead

About This Book

A young traveler named Anacarsis tours ancient Greek lands, and the narrative offers a condensed survey of Greek history, institutions, religion, laws, customs, and notable events from mythical origins through classical periods. Through episodic travel encounters and antiquarian description the text explains city foundations, legends, civic bodies and tribunals, religious rites, and everyday social practices, pairing didactic exposition with illustrative anecdotes. This abridged edition compresses a larger work into a concise two-volume format intended to present accessible, systematic information about Greek antiquity for general readers and younger audiences.

SECCIÓN SEGUNDA.

Siglo de Temístocles y de Arístides, desde el año 490 hasta el 444 antes de J. C.

Darío 1.º, rey de Persia, acababa de volver de la funesta expedición que emprendió para subyugar a los escitas, cuando las ciudades de Jonia, queriendo recobrar su libertad perdida por las conquistas de Ciro, expulsaron a sus gobernadores, incendiaron la ciudad de Sardes, capital del antiguo reino de Lidia, y envolvieron en su revolución a los pueblos de Caria y de la isla de Chipre. Los lacedemonios tomaron el partido de no acceder a esta liga, y los atenienses el de favorecerla sin declararse abiertamente; bajo este plan enviaron a Jonia algunas tropas que contribuyeron a la toma de Sardes, y los eretrios de la Eubea siguieron inmediatamente su ejemplo.

El principal autor de esta sublevación fue Histieo de Mileto, que, desterrado en Susa, corte de Persia, e impaciente por volver a su patria, se valió de las turbulencias que en ella excitó bajo mano para que le alzasen el destierro. Mas no quedó su traición impune por mucho tiempo, pues fue cogido con las armas en la mano y los generales de Darío le dieron muerte al punto.

Luego que Darío tuvo noticia del incendio de Sardes, juró vengarse de la revolución de los jonios y de la conducta de los atenienses; pero, antes de hostilizar a estos, dirigió sus armas contra los primeros. Esta guerra, que duró algunos años, terminó con la sumisión entera de la Jonia, la conquista de muchas islas del mar Egeo y de todas las ciudades del Helesponto.

Darío, antes de romper abiertamente con la Grecia, envió por todas partes heraldos o reyes de armas pidiendo la tierra y el agua: esta era la fórmula que usaban los persas para exigir tributo y homenaje de las naciones. La mayor parte de las islas y de los pueblos del continente lo dieron sin titubear; pero los lacedemonios y atenienses no solamente lo negaron, sino que, con una violación manifiesta del derecho de gentes, arrojaron a los embajadores del rey en una profunda fosa. Los primeros llevaron aún a más extremo su indignación, pues condenaron a muerte al intérprete que había manchado la lengua griega explicando las órdenes de un bárbaro.

Así que Darío recibió esta noticia, dio el mando de sus tropas a un medo llamado Datis, con orden de destruir las ciudades de Atenas y Eretria y de traerle los habitantes encadenados.

Juntose el ejército y, embarcado en seiscientos bajeles, pasó luego a la isla de Eubea. La ciudad de Eretria fue tomada por la traición de algunos ciudadanos, después de haberse defendido vigorosamente durante seis días; sus templos fueron arrasados y sus moradores cargados de cadenas. La escuadra victoriosa, habiendo aportado luego a las costas del Ática, desembarcó cien mil infantes y diez mil caballos cerca del pueblo de Maratón, distante de Atenas unas seis leguas. A la noticia de este desembarco los atenienses, consternados, imploraron el socorro de los pueblos vecinos, y los lacedemonios fueron los únicos que les prometieron tropas: pero varias circunstancias imprevistas impidieron su pronta reunión a los atenienses.

Por fortuna se dejaron ver entonces tres hombres destinados a dar un nuevo vuelo a los sentimientos y al entusiasmo patrio. Estos eran Milcíades, Arístides y Temístocles. El primero había militado mucho tiempo en Tracia, donde había adquirido una reputación esclarecida; basta un rasgo solamente para pintar a Arístides: fue el ateniense más justo y más virtuoso. Muchos serían necesarios para explicar sus talentos, los recursos y las altas miras de Temístocles.

Inflamados de amor patrio con el ejemplo y los discursos de estos tres ilustres ciudadanos, cada una de las diez tribus presentó mil infantes con un capitán al frente, pero fue no obstante necesario alistar esclavos para completar su número. Luego que estas tropas estuvieron reunidas, salieron de la ciudad y bajaron a la llanura de Maratón, donde los habitantes de Platea, en Beocia, les enviaron un refuerzo de mil infantes.

Apenas estuvo este corto ejército en presencia del enemigo, cuando Milcíades propuso atacarle. Para asegurar el éxito, Arístides y los demás generales dieron a Milcíades el mando que cada uno tenía por turno; mas él, a fin de ponerlos al abrigo de los acontecimientos, esperó a que llegase el día en que le tocaba de derecho ponerse al frente del ejército. Luego que hubo llegado, ordenó sus tropas al pie de un monte en un sitio cubierto de árboles, que debían detener la caballería persa, mediando un espacio de ocho estadios (o sean 760 toesas) entre el ejército de los griegos y el de los persas.

A la primera señal del combate, los atenienses atravesaron corriendo esta distancia, y los persas, admirados de un modo de atacar tan extraño, permanecen al principio inmóviles; pero en breve oponen al furor impetuoso de sus enemigos un furor más tranquilo y no menos temible. Después de algunas horas de combate obstinado, las dos alas del ejército de los griegos empiezan a fijar la victoria derrotando las de los persas que se les oponen, y decídese en fin cuando en seguida se dirigen contra el centro del enemigo, que acosaba al cuerpo de batalla mandado por Arístides y Temístocles.

Los persas, rechazados por todas partes, huyen hacia su escuadra; el vencedor los persigue a sangre y fuego; prende, quema, echa a pique muchas de sus naves, y sálvanse las demás a fuerza de remos.

Milcíades salió herido, e Hipias y dos generales atenienses perecieron en el combate. Apenas se había decidido la victoria, cuando un soldado rendido de cansancio, concibió el proyecto de llevar a los magistrados de Atenas la primera noticia de este suceso: cargado de sus armas, corre, vuela, llega, anúnciales la victoria, y cae muerto a sus pies.

Esta gran batalla se dio en el tercer año de la olimpiada setenta y dos, día 29 de septiembre del año 490 antes de J. C. Al día siguiente llegaron al campo de los atenienses dos mil espartanos que habían andado en tres días con sus noches 1200 estadios (cerca de 46 leguas y media) y no se retiraron hasta después de dar a los vencedores los elogios merecidos.

Nada omitieron los atenienses para eternizar la memoria de los héroes que murieron en el combate. Hiciéronseles honrosas exequias, y fueron grabados sus nombres en medias columnas levantadas en la llanura de Maratón, y un hábil artista pintó circunstanciadamente la batalla en uno de los pórticos más frecuentados de la ciudad: allí representó a Milcíades a la cabeza de los generales, en el momento de exhortar las tropas del combate.

No tardaron los atenienses en vengarse ellos mismos de Darío. Habían elevado tanto a Milcíades que empezaron a temerle: los que envidiaban sus glorias representaban que mientras mandaba en Tracia había ejercido todos los derechos de la soberanía, y que era tiempo de estar alerta tanto sobre sus virtudes como sobre su gloria. El mal éxito de una expedición que dirigió contra la isla de Paros dio nuevo pretexto al encono de sus enemigos. Acusáronle de haberse dejado corromper por el oro de los persas, y, a pesar de las declamaciones y solicitudes de los más honrados ciudadanos, fue condenado a ser arrojado en la fosa donde hacían perecer a los malhechores. Opúsose el magistrado a la ejecución de esta sentencia y fue conmutada la pena en una multa de cincuenta talentos (1.005.882 reales); pero no hallándose en disposición de poderla pagar, se vio al vencedor de Darío expirar entre cadenas en una prisión, de resultas de las heridas que había recibido en defensa de la patria.

TEMÍSTOCLES Y ARÍSTIDES.

Estos dos ilustres atenienses tomaban sobre sus conciudadanos aquel ascendiente que el uno merecía por sus varios y apreciables talentos, y el otro por la diversidad de su conducta, enteramente consagrada al bien público. Opuestos ambos en principios y en proyectos, llenaban de tal modo la plaza pública con sus divisiones que un día Arístides, después de haber conseguido una ventaja sobre su adversario, no pudo desentenderse de decir «que la república perecía si no le echaban a él y a Temístocles en una fosa profunda».

He aquí un rasgo que da a conocer perfectamente la diferencia de carácter de estos dos atenienses. Anunció Temístocles públicamente que había formado un proyecto importante, cuyo buen éxito dependía de un secreto el más impenetrable; y el pueblo respondió: «Sea Arístides el depositario de ese secreto, y nos conformamos con su parecer». Llamó a este aparte Temístocles y le dijo: «La escuadra de nuestros aliados está tranquila en el puerto de Pagasas; propongo que la incendiemos y seremos dueños de la Grecia». «Atenienses», dijo entonces Arístides, «nada hay tan útil como el proyecto de Temístocles, pero nada tan injusto». «Lo reprobamos pues», contestaron a una voz los de la asamblea.

Al fin triunfaron de la intriga el talento y la virtud. Como quiera que Arístides se conducía cual un árbitro en las discordias de los particulares, la reputación de su equidad hizo que estuviesen desiertos los tribunales de justicia. Acusole la facción de Temístocles de que establecía una realeza tanto más temible cuanto que estaba fundada en el amor del pueblo, y concluyó pidiendo que se le impusiese la pena de destierro. Estaban juntas las tribus que debían dar su voto por escrito, y Arístides asistía al juicio. Un ciudadano oscuro, que estaba sentado junto a él, le suplicó que le escribiese el nombre del acusado en una conchita que le presentó. «¿Os ha hecho algún agravio?», preguntó Arístides. «No», contestó el incógnito, «pero estoy fastidiado de oírle llamar por todas partes el Justo». Arístides escribió entonces su nombre, fue condenado y salió de la ciudad deseando el bien de su patria.

Siguiose a su destierro la muerte de Darío. Jerjes, hijo y sucesor de este príncipe, se dejó fácilmente persuadir de Mardonio, su cuñado, para que reuniese la Grecia y la Europa entera al imperio de los persas: declarose la guerra y toda el Asia se conmovió. Se emplearon cuatro años en levantar tropas y hacer grandes preparativos, y cuando estuvieron acabados, salió de Susa el rey y fue a Sardes, en Lidia, desde donde envió reyes de armas a toda la Grecia, excepto al país de los lacedemonios y atenienses.

En la primavera del año cuarto de la olimpiada setenta y cuatro (480 años antes de J. C.), llegó Jerjes con un ejército a las orillas del Helesponto, y queriendo recrearse en el espectáculo de su poder, subió a un trono elevadísimo, y desde allí vio la mar cubierta de sus naves, y la campiña de sus tropas. En aquel paraje solamente está separada de la Europa la costa de Asia por un brazo de mar de siete estadios de anchura, o sea un cuarto de legua. Dos puentes de barcas fuertemente ancladas, unieron las costas opuestas; pero habiendo destruido esta obra una tempestad, Jerjes mandó cortar la cabeza a los obreros, y queriendo tratar a la mar como esclava, mandó también que la azotasen con látigos, que la marcasen con un hierro ardiendo, y que echasen al fondo un par de cadenas. Su ejército, que se componía de un millón setecientos mil infantes y ochenta mil caballos, gastó siete días y siete noches en pasar el estrecho, y sus bagajes un mes entero. Habiendo llegado a la llanura de Dorisco, regada por el Hebro, revistó sus tropas y pasó luego a su escuadra, que siendo compuesta de mil doscientas siete galeras de tres órdenes de remos, podía llevar lo menos doscientos cuarenta mil hombres. A estas fuerzas, traídas del Asia, se juntaron en breve trescientos mil combatientes, sacados de muchas regiones europeas sometidas al rey de Persia.

Después de haber pasado Jerjes revista a sus tropas de mar y tierra, consultó con el rey Demarato que, desterrado de Lacedemonia algunos años antes, había hallado un asilo en la corte de Susa; pero quedando poco satisfecho de las respuestas de este espartano, dio sus órdenes y el ejército se puso en marcha dividido en tres columnas, una de las cuales seguía la costa. Las naves todas cargadas de víveres iban costeando y reglaban sus movimientos por los del ejército que marchaba hacia la Tesalia, talando las campiñas, y consumiendo en un día las cosechas de muchos años. El monte Atos se prolonga dentro del mar formando una península, y este obstáculo retardaba la navegación de la escuadra que debía doblarle, mandó Jerjes que se abriese un paso por aquel istmo, y una multitud de obreros lo ejecutó ocupando mucho tiempo en hacer un canal, por el cual pasó la escuadra a dos galeras de frente.

Viendo cercano el riesgo que les amenazaba, trataron los lacedemonios y atenienses de formar una liga general de todos los pueblos de la Grecia; convocaron una dieta en el istmo de Corinto y enviaron de ciudad en ciudad diputados encargados de difundir e inspirar por allí el entusiasmo y ardor de que ellos estaban animados. Mas sus esfuerzos no tuvieron el éxito deseado, porque los argivos, debilitados con las pérdidas considerables que habían tenido en una guerra contra Lacedemonia, permanecieron tranquilos hasta que por último estuvieron secretamente en correspondencia con Jerjes. Gelón, rey de Siracusa, no quiso darles socorros sino bajo la condición inadmisible de que él mandaría el ejército confederado, y los tesalios, en lugar de impedir el paso a los persas, resolvieron hacer convenios con ellos. De este modo no quedaba ya para la defensa de la Grecia más apoyo que el de un corto número de pueblos y ciudades, cuyas esperanzas procuraba reanimar Temístocles.

Este grande hombre había emprendido el plan de que los atenienses volviesen sus miras hacia el mar, y les persuadió a que las sumas que rendían sus minas de plata se invirtiesen en construir doscientas galeras, ya para atacar a los habitantes de la isla de Egina, con los cuales estaban en guerra, y ya para resistir un día a los persas.

Mientras que Jerjes continuaba su marcha, se resolvió en la dieta del istmo que un cuerpo de tropas capitaneado por Leónidas, rey de Esparta, se apoderase del paso de las Termópilas situado entre la Tesalia y la Lócrida, y que el ejército naval de la confederación esperase al de los persas en un estrecho formado por las costas de Tesalia y las de Eubea. Los atenienses que debían armar un número de galeras mucho más considerable que el de los lacedemonios, para evitar las consecuencias tuvieron a bien desistir de sus pretensiones al mando de la escuadra, cediéndolo a estos últimos. Eligieron por general a Euribíades, quedando sometido a sus órdenes Temístocles y los jefes de las demás naciones. Tomadas estas medidas, todas las naves se reunieron cerca de un paraje llamado Artemisio, en la costa septentrional de la Eubea.

Enterado Leónidas de la resolución de la dieta, únicamente llevó consigo trescientos espartanos, cuyos sentimientos conocía. Aquellos valientes celebraron de antemano su muerte, algunos días después, con un combate fúnebre, y terminada esta ceremonia, salieron de la ciudad, seguidos de sus parientes y amigos, de quienes recibieron eternas despedidas.

Al pasar por las tierras de los tebanos, cuya fe era dudosa, el rey de Esparta recibió de ellos cuatrocientos hombres, con los cuales fue a apostarse en las Termópilas. Llegáronle en breve incesantemente tropas, más o menos numerosas, de diferentes ciudades, y con ellas hicieron ascender sus fuerzas a más de siete mil hombres.

Apenas había tomado Leónidas estas disposiciones para oponerse al paso del inmenso ejército de Jerjes, cuando se vio a este cubrir con sus tiendas la vasta llanura de Traquinia. Espantados de este espectáculo, la mayor parte de los jefes propusieron retirarse al istmo de Corinto; pero Leónidas desechó este parecer y contentose con enviar correos para acelerar la llegada de los socorros de las ciudades aliadas.

Atónito Jerjes al ver la tranquilidad de los lacedemonios, esperó algunos días para darles tiempo a la reflexión, y al quinto escribió a Leónidas diciendo: «Si quieres someterte, te daré el imperio de la Grecia». Y Leónidas respondió: «Quiero más morir por mi patria que esclavizarla». Dirigiole Jerjes otra carta diciéndole: «Entrégame tus armas», y Leónidas escribió en el reverso: «Ven a tomarlas».

Jerjes, furioso de cólera, hizo marchar a los medos y a los sirios con orden de que cogiesen y le llevasen vivos los trescientos espartanos, a que creía estar reducidas las fuerzas de Leónidas. Fueron entonces corriendo algunos soldados de este príncipe a decirle: «Los persas están cerca de nosotros». Y él respondió fríamente: «Decid más bien que nosotros estamos cerca de ellos». Sale inmediatamente de sus atrincheramientos, con lo escogido de sus tropas, y da la señal del combate: las primeras filas de los medos caen traspasadas de heridas, y otras que las reemplazan experimentan igual suerte. Suceden nuevas tropas a las primeras, pero después de repetidos e infructuosos ataques, emprenden por fin la fuga con desorden. Avanza contra los griegos la tropa de los diez mil inmortales, hácese el combate más sangriento, y por último se retiran después de haber sufrido una pérdida horrorosa.

Al siguiente día comenzó de nuevo el combate, pero con tan poco éxito como los primeros por parte de los persas. Desesperaba ya Jerjes de forzar el paso de las Termópilas, cuando un habitante del país, llamado Epialtes, fue a descubrirle un sendero por el cual podía cercar a los griegos. Enajenado Jerjes de contento, hizo partir inmediatamente el cuerpo de los inmortales dirigido por aquel guía: favorecidos por las tinieblas de la noche, penetran por un espeso bosque y llegan hacia los sitios donde Leónidas había puesto un destacamento compuesto del contingente de los focidios. Habiéndose replegado esta tropa de bravos sobre las alturas vecinas, continúan los persas su marcha. Aquella noche supo Leónidas, por unos desertores de los persas, el proyecto de estos, y a la mañana siguiente uno de sus centinelas avanzados, que se retiró del monte, le enteró de la aproximación del enemigo. En tan crítica situación, envió fuera de los desfiladeros las tropas aliadas, y quedose únicamente con sus espartanos, y los tespienses y tebanos, que juraron no abandonarle.

Desesperando de poder defender las Termópilas, toma la audaz resolución de marchar a la tienda de Jerjes e inmolar a este príncipe o perecer en medio de su campo; lo propone a sus soldados y todos le siguen gozosos: les hace tomar una comida frugal, y añade: pronto tomaremos otra con Hades.

Próximo ya a atacar al enemigo, enterneciose en pensar en la suerte de dos espartanos parientes y amigos suyos; y habiendo dado una carta al uno, y al otro una comisión secreta para los magistrados de Lacedemonia: «No estamos aquí», le dicen ambos, «para llevar órdenes, y sí para pelear», y sin esperar respuesta fueron a colocarse en las filas que les estaban señaladas.

Salen los griegos a media noche del desfiladero, capitaneados por Leónidas; arrollan los puestos avanzados del enemigo, penetran en la tienda de Jerjes, que acaba de dejarla, entran sin detención en las inmediatas, y esparcen por todo el campamento el terror y la carnicería. Reúnense en fin los persas y atacan a sus enemigos por todas partes, y cae Leónidas bajo una nube de dardos. Después de un terrible combate, los griegos se apoderan del cuerpo de su general, rechazan por cuatro veces al enemigo, consiguen llegar al desfiladero y, saltando el atrincheramiento, van a situarse sobre la pequeña colina que está cerca de Antela. Allí, después de haberse defendido con el más heroico valor contra las tropas que los cercaban, perecieron todos a manos de sus enemigos.

Perdonad, oh sombras generosas; perdonad a la debilidad de mis expresiones. Yo os ofrecí un homenaje más digno cuando estuve en esta colina donde exhalasteis el último suspiro; y, recostado en uno de vuestros sepulcros, regué con mis lágrimas los parajes teñidos con la sangre vuestra. Hecho esto, ¿qué podría añadir la elocuencia a este sacrificio tan grande como extraordinario? Vuestra memoria subsistirá mucho más tiempo que el imperio de los persas, a quienes resististeis, y hasta el fin de los siglos vuestro ejemplo excitará en el corazón de los que aman a su patria el entusiasmo de la admiración.

El sacrificio de Leónidas y sus compañeros produjo mejor efecto que la victoria más brillante, pues enseñó a los griegos el secreto de sus fuerzas, y a los persas el de su debilidad.

Mientras Jerjes estaba en las Termópilas, su armada naval, después de haber experimentado una violenta tempestad en que se perdieron cuatrocientas galeras y muchos barcos de transporte, fue a anclar a unas dos leguas de distancia de la escuadra griega, encargada de la defensa del paso entre la Eubea y tierra firme. Al acercarse aquella, esta resolvió abandonar el estrecho, pero Temístocles la hizo detenerse allí, hasta que, habiendo sabido el paso de las Termópilas por los persas, se retiró en buen orden a la isla de Salamina.

En tanto, el ejército terrestre de los griegos se había situado en el istmo de Corinto, y solo pensaba ya en disputar la entrada en el Peloponeso. Esta medida contrariaba el sistema de defensa adoptado por Temístocles, y a fin de que renunciasen a ella los atenienses les dice que es preciso abandonar los lugares que la cólera celestial entregaba al furor de los persas; que su escuadra por sí sola es un asilo seguro, y apoya en fin sus discursos en los oráculos que ha logrado de la Pitia.

El pueblo se deja persuadir, y entonces expide un decreto mandando que la ciudad quede bajo la protección de Atenea: que todos los habitantes de armas tomar pasasen a las naves, y que cada particular cuidase de su mujer, sus hijos y sus esclavos. Ejecutose sin dilación este decreto: los soldados se embarcaron en la escuadra; los hombres de edad avanzada, las mujeres y los niños fueron conducidos en otras naves a Egina, a Trecén y a Salamina, y aquellos ancianos que por sus achaques no podían embarcarse, quedaron en la ciudad poseídos del dolor de verse separarados de sus familias desoladas.

Jerjes salía entonces de las Termópilas y entraba en la Fócida, cuyas campiñas fueron taladas y las ciudades destruidas. Sometiose la Beocia, a excepción de Platea y Tespias que fueron arrasadas.

Después de haber devastado el Ática, entraron los bárbaros en Atenas, donde solo hallaron algunos ancianos que esperaban la muerte, y un corto número de ciudadanos resueltos a defender la ciudadela. Rechazaron durante algunos días los ataques repetidos de los sitiadores, pero al fin vencieron estos, que saquearon la ciudad y la entregaron a las llamas.

Este incendio causó una impresión tan viva en el ejército de los griegos, cuya escuadra fondeaba en las costas de Salamina, a corta distancia de la de los persas, que la mayor parte de los jefes resolvieron acercarse al istmo de Corinto, donde se habían atrincherado las tropas del ejército terrestre. Debía efectuarse la marcha en el día siguiente y durante la noche, que era la del 18 al 19 de octubre del año 480 antes de J. C. Temístocles se avistó con el lacedemonio Euribíades, almirante de escuadra, y trató de disuadirle del designio de abandonar la posición que se había tomado. Euribíades convoca inmediatamente el consejo de generales, opónense todos contra el dictamen de Temístocles, y en medio de sus acaloradas y tumultuosas discusiones, el general lacedemonio levantó su bastón para herirle, pero Temístocles en lugar de irritarse por tal ultraje, le dice con serenidad: «Descarga, pero escucha». Este rasgo de grandeza de alma asombra al espartano, hace reinar el silencio, y Temístocles, recobrando su ascendiente, patentiza al consejo con razones convincentes que el interés de todos los griegos se funda en combatir a los persas en Salamina. Su discurso, y más que todo su firmeza y su serenidad, persuadieron de tal suerte a Euribíades que al punto mandó que permaneciese la escuadra cerca de las costas de Salamina.

Los mismos intereses se trataban al mismo tiempo en ambas escuadras. Jerjes, después de haber oído el dictamen de jefes de su escuadra, entre los cuales se hallaban los reyes de Sidón, de Chipre y de Tiro, Artemisia, reina de Halicarnaso, y otros muchos soberanos tributarios, mandó que avanzase la escuadra hacia la isla de Salamina, y su ejército de tierra hacia el istmo de Corinto.

Este movimiento hizo adoptar a la mayor parte de los generales de la escuadra griega el designio de ir al socorro del Peloponeso, y Temístocles, cuyo dictamen prevaleció en el consejo, despachó durante la noche un hombre encargado de anunciar de su parte a los jefes de la escuadra enemiga que una parte de los griegos, con el general de los atenienses al frente, estaban dispuestos a declararse por el rey; que los otros, sobrecogidos de espanto, trataban de hacer una pronta retirada, y que debilitados por sus divisiones, si se viesen de repente rodeados del ejército persa, serían forzados a rendir sus armas o volverlas contra ellos mismos.

Engañados los persas con esta relación, avanzan a favor de las tinieblas de la noche, y bloquean todas las salidas del estrecho por donde hubieran podido escaparse los griegos. Arístides, que poco antes había sido llamado a su patria levantándole el destierro, pasaba a la sazón desde la isla de Egina al ejército de los griegos. Advirtió el movimiento de los persas, y luego que hubo llegado a Salamina se fue al paraje donde los jefes estaban reunidos e hizo llamar a Temístocles, y le dijo: «Un solo interés debe animarnos hoy, que es el de salvar la Grecia, tú dando órdenes y yo ejecutándolas. Decid a los griegos que no se trata ya de deliberar, y que el enemigo acaba de hacerse dueño de los pasos que pudieran favorecer su fuga». Así dice, y enterado de la estratagema de Temístocles, entra en el consejo donde fue confirmada su relación por otros testigos oculares que llegaban a cada instante. Disolviose inmediatamente la junta, y solo se trató ya de prepararse para el combate.

Queriendo Jerjes animar con su presencia a su armada, se situó en una altura inmediata al estrecho, rodeado de secretarios que debían describir todas las circunstancias de la batalla, y apenas se dejó ver cuando las dos alas de su escuadra se pusieron en movimiento.

La suerte de la acción que iba a darse dependía de lo que pasase en el ala derecha de los griegos y a la izquierda de los persas, porque allí se encontraban los atenienses y fenicios, siendo mandados estos por un hermano de Jerjes. Muévense ambas escuadras: unos y otros se acometen y rechazan en el desfiladero, siendo Temístocles testigo de todos los peligros y riesgos. Se arroja en fin impetuosamente una galera ateniense sobre el almirante fenicio; el joven príncipe hermano de Jerjes se abalanza indignado sobre ella, cae al punto acribillado de heridas, y su muerte esparce la consternación entre los fenicios; reina una confusión horrible que dispersa sus naves; los chipriotas y otras naciones de oriente quieren restablecer el combate, aunque en vano, y después de una larga resistencia se dispersan como los fenicios.

Poco satisfecho aún de esta ventaja, Temístocles condujo su ala victoriosa al socorro de los lacedemonios y de los otros aliados que se defendían contra los jonios. Estos, de los cuales muchos se reunieron a los griegos durante la batalla, combatieron con mucho valor sin pensar en la retirada hasta que se vieron encima todas las fuerzas enemigas. Entonces la reina Artemisia, rodeada de las naves griegas, no titubeó en echar a pique un buque de la escuadra de Jerjes. Un capitán ateniense, que la iba al alcance, se creyó por esta maniobra que la reina desertaba del partido de los persas y dejó de perseguirla, por lo cual Jerjes, persuadido de que la nave perdida era de los griegos, no pudo menos de decir que en aquel día los hombres se habían portado como mujeres, y las mujeres como hombres.

El ejército vencido se retiró al puerto de Falero después de haber perdido un gran número de naves; al paso que la pérdida de los griegos no ascendió de cuarenta galeras.

Durante el combate, Jerjes se sintió agitado por la alegría, el temor y la desesperación. Cuando vio la derrota de su armada, cayó en un profundo abatimiento, del cual solamente volvió en sí para ordenar los preparativos de un nuevo ataque, y juntar por una calzada la isla de Salamina al continente. De ambas partes estaban preparados para nueva batalla cuando, habiendo reunido aquel príncipe sus generales, la reina Artemisia le persuadió a que dejase a Mardonio el cargo de acabar su empresa, y que él se retirase a sus estados. Abrazó este consejo y dio al momento las órdenes para que su escuadra pasase al punto al Helesponto, y que cuidase de conservar el puente de barcas; pero el ejército de los aliados, siguiendo el dictamen de Euribíades, en lugar de perseguirle fue a invernar en el puerto de Pagasas.

Algunos días después tomó el rey el camino de la Tesalia, donde Mardonio hizo tomar cuarteles de invierno a trescientos mil hombres, que había pedido y escogido de todo el ejército. Continuando Jerjes su ruta desde allí, llegó a las márgenes del Helesponto con un corto número de tropas, y encontrando el puente destruido por una tempestad, se metió como fugitivo en un esquife, seis meses después de haber pasado por allí como conquistador, y se trasladó a la Frigia para edificar y fortificar palacios.

Lo primero que hicieron los vencedores cuando ganaron la batalla, fue enviar a Delfos las primicias de los despojos enemigos que se habían repartido, y en seguida los generales se reunieron en el istmo de Corinto para conceder coronas a aquellos que más habían contribuido a la victoria. Temístocles fue conducido a Lacedemonia, y allí recibió con Euribíades una corona de olivo. Al ausentarse le colmaron de honores, regaláronle una magnífica carroza, y trescientos jóvenes a caballo, de las familias más distinguidas de Esparta, tuvieron orden de acompañarle hasta las fronteras de Laconia.

En tanto, Mardonio trataba de apartar de la liga a los atenienses, y con este designio hizo que marchase para Atenas Alejandro, rey de Macedonia, que estaba unido con aquellos por lazos de hospitalidad. Pero los esfuerzos de este embajador fueron inútiles, y Arístides hizo que la asamblea del pueblo expidiese un decreto mandando a los sacerdotes que sacrificasen a los dioses infernales todos aquellos que tuviesen inteligencias con los persas y se apartasen de la confederación con los griegos.

Sabedor Mardonio de la resolución de los atenienses, hizo marchar luego sus tropas al Ática, cuyos habitantes se habían refugiado por segunda vez en la isla de Salamina; volvió a entrar en la Beocia, cuyos pueblos, a excepción de los plateos y tespienses, se habían declarado por los persas, y estableció su campo en la llanura de Tebas, a lo largo del río Asopo, cuya orilla izquierda ocupaba hasta las fronteras del país de los plateos.

Los griegos, en número de cerca de ciento diez mil hombres, en los cuales se contaban diez mil espartanos y cinco mil atenienses, se situaron enfrente, al pie y sobre el declive del monte Citerón. Arístides mandaba los atenienses y Pausanias, rey de Esparta, todo el ejército. La dificultad de procurarse agua en presencia de la caballería de los persas, obligoles muy pronto a desfilar a lo largo del monte Citerón y entrar en el país de los plateos. No fue más pronto saber Mardonio que los griegos habían mudado de posición, retirándose al territorio de Platea, que hacer subir su ejército a lo largo del Asopo y situarle otra vez a su presencia.

Ambos ejércitos permanecieron enfrente uno de otro por espacio de once días. Al undécimo los griegos, faltos ya de provisiones y de agua, levantaron su campo durante la noche con objeto de trasladarse más lejos, estableciéndole en una isla formada por dos brazos del Asopo. Desde allí debían mandar al paso del monte Citerón la mitad de sus fuerzas para arrojar de él a los persas, que interceptaban los convoyes. Al romper el día tomaron los atenienses el camino del llano, y los lacedemonios, seguidos de tres mil tegeatas, desfilaron al pie del monte; pero habiendo estos llegado al templo de Deméter, distante diez estadios de su primera posición y de la ciudad de Platea, se detienen para esperar a uno de sus cuerpos, que había rehusado mucho abandonar su puesto, y allí los alcanza la caballería persa. Al mismo tiempo Mardonio, a la cabeza de sus mejores tropas, pasa el río, avanza con paso acelerado a ocupar el llano, y su ala derecha ataca inmediatamente a los atenienses para impedir que den socorro a los lacedemonios.

Forma Pausanias sus tropas en un terreno pendiente y desigual cerca de un arroyo y del recinto consagrado a Deméter, y se pone a consultar las entrañas de las víctimas. Como durante este intervalo quedaban sus tropas expuestas al alcance de las flechas enemigas sin atreverse a la defensa, los tegeatas, no pudiendo resistir el ardor que les animaba, se pusieron en movimiento y fueron inmediatamente sostenidos por los espartanos. Al acercarse, estrechan los persas sus filas, cúbrense con sus broqueles y forman una masa cuya espesura y el impulso de ella detienen y rechazan el furor del enemigo. Mardonio, al frente de mil soldados escogidos, hizo balancear por largo tiempo la victoria, pero cayó al fin herido mortalmente, y desde aquel momento, introduciéndose el desorden entre los persas, son arrollados y emprenden la fuga. Su caballería contuvo durante algún tiempo a los griegos victoriosos, pero no pudo impedir que llegasen al pie del atrincheramiento que Mardonio había levantado cerca del Asopo. Los atenienses, que habían tenido igual éxito en el ala izquierda, a pesar de la vigorosa resistencia de los beocios, lejos de perseguir a estos fueron a reunirse inmediatamente a los lacedemonios que atacaban el campo persa. Apodéranse de los atrincheramientos, precipítanse allí todos, y los vencidos se dejan degollar como víctimas, quedando la tierra cubierta de los ricos despojos de los persas, en cuyas tiendas resplandecía el oro y la plata. Artabazo huyó anticipadamente tomando el camino de la Fócida, y se fue al Asia donde miraron como un mérito el que salvase una parte del ejército.

Diose la batalla de Platea el 21 de septiembre del año 479 antes de J. C. Los vencedores concedieron el honor de la victoria a los plateos, poniendo así en armonía a los atenienses y lacedemonios, que se lo disputaban con acaloramiento, y después de repartido el botín, cuya décima parte quedó reservada para el templo de Delfos, concedieron toda clase de honores a los que habían perecido con las armas en la mano. Cada nación hizo levantar un monumento a sus guerreros, y Arístides hizo expedir un decreto previniendo, entre otras cosas, que los plateos fuesen considerados como una nación inviolable y consagrada a la divinidad.

En el mismo día de la batalla de Platea, la escuadra griega mandada por Leotíquidas, rey de Lacedemonia, y por Jantipo el ateniense, alcanzó una victoria señalada sobre los persas cerca del promontorio de Mícala en Jonia.

Este fue el fin de la guerra de Jerjes, conocida más bien bajo el nombre de guerra meda. Duró dos años, y los pueblos respiraron en fin. Los atenienses se restituyeron a su ciudad, reedificaron sus murallas, a pesar de las quejas de los aliados que empezaban a tener celos de la gloria de aquel pueblo, y, no obstante las representaciones de los lacedemonios, cuyo dictamen era el de desmantelar las plazas de la Grecia situadas fuera del Peloponeso, temerosos de que en una nueva invasión sirviesen de retiro a los persas. Temístocles supo conjurar hábilmente la tempestad que en esta ocasión amenazaba a los atenienses, empeñándoles además a que formasen en el Pireo un puerto guarecido de un terrible recinto, y construir cada año un cierto número de galeras.

Al mismo tiempo, una escuadra numerosa de los aliados, comandada por Pausanias, obligaba al enemigo a abandonar la isla de Chipre y la ciudad de Bizancio, situada en el Helesponto; pero estos resultados completaron la ruina de Pausanias, pues orgulloso de su gloria no se mostró ya a los ojos de los aliados sino como un duro e insolente sátrapa, y así es que se vio a los pueblos confederados proponer a los atenienses el combatir bajo sus órdenes.

Sabedores los lacedemonios de esta sublevación, llamaron luego a Pausanias, le despojaron del mando y de allí a poco tiempo le dieron muerte, mediante pruebas de que había estado en correspondencia con el rey de Persia. Este castigo no bastó para aplacar a los aliados, pues lejos de estar acordes se negaron a reconocer al sucesor de Pausanias.

En tan críticas circunstancias los lacedemonios deliberaron sobre el partido que habían de tomar. Entonces se les vio renunciar al antiguo derecho que tenían de mandar los ejércitos, y ceder a los atenienses el imperio del mar, y el cargo de continuar la guerra contra los persas.

Determinadas todas las naciones por este generoso sacrificio, pusieron sus intereses en manos de Arístides, quien, después de haber repartido con la mayor equidad las contribuciones que debían pagar aquellos pueblos, resolvió atacar sin dilación a los persas. Mientras que este ilustre ateniense se adquiría el aprecio universal, elevándose por su mérito al primer lugar entre los griegos, Temístocles se hacia odioso tanto a los lacedemonios como a los aliados: a los primeros por haber dispuesto que fuesen admitidos en la asamblea de los anfictiones los pueblos que habían abrazado el partido de Jerjes, y a los segundos por las exacciones que hacía en el mar Egeo. Quejáronse además una multitud de particulares, los unos de sus injusticias, los otros de las riquezas que había adquirido, y todos del extremado deseo que tenía de dominar. Al fin prevalecieron sobre sus servicios tantos enemigos, y, siendo desterrado, se retiró al Peloponeso; pero acusado luego de que estaba en correspondencia criminal con Artajerjes, sucesor de Jerjes, le persiguieron de ciudad en ciudad, y precisado a refugiarse entre los persas, murió muchos años después.

Los atenienses apenas conocieron esta pérdida, pues tenían a Arístides y a Cimón, hijo de Milcíades. Encargado este del mando de la escuadra griega, sale del Pireo con trescientas galeras, y obliga con su presencia y sus armas a las ciudades de Caria y de Licia a que se declaren contra los persas. Encuentra luego a la altura de la isla de Chipre la escuadra de estos últimos, echa a pique una parte de ella, y se apodera del resto. Aquella misma noche desembarca en las costas de Panfilia, ataca al ejército enemigo, lo dispersa y vuelve a su escuadra con un número prodigioso de prisioneros y de inmensos despojos.

Esta doble victoria, la conquista de la península de Tracia, que se verificó a continuación, y algunas otras ventajas de que aquellas fueron precursoras, aumentaron sucesivamente la gloria de los atenienses y las confianzas que tenían en sus fuerzas. Acreció aún más su poder con el abandono que los aliados hicieron de sus naves, y la toma de las islas de Esciros, de Naxos y de Tasos, cuyos habitantes, exasperados por su orgullo, se habían separado de ellos mirándose como independientes.

Los socorros que dieron a los lacedemonios contra sus esclavos sublevados en algunas ciudades de la Laconia, que se habían dejado llevar de la rebelión, dieron motivo entre ellos y Lacedemonia a un encono que producía funestas guerras. Creyeron advertir los lacedemonios que los generales atenienses estaban en correspondencia con los sublevados, y bajo pretextos plausibles les rogaron que se retirasen; pero los atenienses, irritados de semejantes sospechas, rompieron el tratado que les unía a los lacedemonios desde el principio de la guerra meda, y se apresuraron a celebrar otro con los argivos sus enemigos.

(Año 462 antes de J. C.) Aumenta de día en día la ambición de Atenas. Al mismo tiempo que enviaba socorros al rey de Egipto contra los persas, sus tropas hostilizaban a los pueblos de Corinto y de Epidauro, triunfaban de los beocios y sicionios; dispersaban la escuadra del Peloponeso; precisaban a los habitantes de Egina a entregar sus naves, a demoler sus murallas y pagarles un tributo, y a Tesalia a restablecer un príncipe desgraciado sobre el trono de sus padres.

No hacían entonces directamente la guerra a Lacedemonia los atenienses, pero ejercían contra ella y sus aliados frecuentes hostilidades. De concierto con los argivos, quisieron un día oponerse al regreso de un cuerpo de tropas que por intereses particulares habían atraído del Peloponeso a Beocia; pero fueron batidos, y los lacedemonios continuaron tranquilamente su marcha. Temiendo entonces Atenas un rompimiento, llamó sin tardanza a Cimón, a quien había desterrado algunos años antes.

(Año 450 antes de J. C.) Este grande hombre de regreso a su patria empeñó sus conciudadanos a firmar una tregua de veinte años, pero no encontrándose ya bien con el reposo que gozaban, se apresuró a llevarlos a Chipre, donde logró tan grandes ventajas contra los persas, que obligó a Artajerjes a pedir la paz bajo condiciones las más humillantes. Mas no gozó por mucho tiempo de su gloria, pues terminó sus días en Chipre, siendo su muerte el término de las prosperidades de los atenienses.