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Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2) cover

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (1 de 2)

Chapter 8: SECCIÓN TERCERA.
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About This Book

A young traveler named Anacarsis tours ancient Greek lands, and the narrative offers a condensed survey of Greek history, institutions, religion, laws, customs, and notable events from mythical origins through classical periods. Through episodic travel encounters and antiquarian description the text explains city foundations, legends, civic bodies and tribunals, religious rites, and everyday social practices, pairing didactic exposition with illustrative anecdotes. This abridged edition compresses a larger work into a concise two-volume format intended to present accessible, systematic information about Greek antiquity for general readers and younger audiences.

SECCIÓN TERCERA.

Siglo de Pericles, desde el año 444 hasta el 404 antes de J. C.

Pericles, ateniense de ilustre nacimiento y posesor de grandes riquezas, consagró sus primeros años al estudio de la filosofía, sin mezclarse en los negocios públicos, ni manifestar otra ambición que la de distinguirse por el valor. Cuando empezó a dejarse ver en la tribuna, sus primeros ensayos admiraron a los atenienses. Debía a la naturaleza el ser un hombre el más elocuente, y a la aplicación y al estudio el primero de los oradores de la Grecia.

Conocía muy bien Pericles el carácter de su nación, y por tanto no solo fundaba sus esperanzas en el talento de la palabra, sino que era también el primero que respetaba la excelencia de este talento. Antes de presentarse en público, se advertía a sí mismo en secreto, que iba a hablar a hombres libres, a griegos, a atenienses.

Apartábase no obstante cuanto podía de la tribuna; porque atento siempre a seguir con lentitud el plan de su elevación, temía elevar demasiado pronto la admiración del pueblo hasta aquel punto de donde ya es preciso descender. Júzguese pues si merecía la confianza que no ambicionaba un orador que desdeñaba unos aplausos de los que estaba seguro. Concibiose una alta idea del poder que tenía sobre sí mismo cuando, un día que la asamblea se alargó hasta la noche, vieron a un simple particular insultarle sin cesar, seguirle hasta su casa injuriándole, y a Pericles mandar fríamente a uno de sus esclavos que tomase un hachón y acompañase a su ofensor hasta su propia casa.

No solamente entusiasmó Pericles a los atenienses con su talento sino también con sus eminentes virtudes, propias de todas las circunstancias en que se vio, siendo esto el principio de su elevación y sus honores. Así es que supo mantenerla en el decurso de cerca de cuarenta años, en una nación ilustrada, celosa de su autoridad, y que se cansaba tan fácilmente de su administración como de su obediencia.

Al principio dividió el favor público con Cimón: este se hallaba al frente de los nobles y los ricos, y Pericles se declaró por la multitud que él despreciaba, y que le dio un partido considerable. Para hacerla enteramente de su parte, llenó la ciudad de Atenas de obras clásicas, asignó pensiones a los ciudadanos pobres, distribuyoles una parte de las tierras conquistadas, multiplicó las fiestas y concedió un derecho de presencia a los jueces, y a los que asistieren a los espectáculos y a las asambleas generales. El tesoro de los atenienses y el de los aliados sufragaban a todos estos gastos, pero el pueblo, no viendo más que la mano que daba, cerraba los ojos para no ver la fuente de donde aquella mano se surtía. Mediante el crédito que se adquirió, hizo desterrar a Cimón, falsamente acusado de comunicaciones sospechosas con los lacedemonios, y bajo frívolos pretextos destruyó la autoridad del Areópago, que se oponía con vigor a las innovaciones y la introducción de las malas costumbres.

Después de la muerte de Cimón, trató su cuñado de reanimar el partido vacilante de los principales ciudadanos, y durante algún tiempo mantuvo el equilibrio, pero al fin terminó su empresa siendo desterrado.

Desde este momento varió Pericles de sistema. Después de haber subyugado, por medio de la multitud, la facción de los ricos, subyugó a la multitud misma reprimiendo sus caprichos, ya con una oposición invencible, y ya con la sabiduría de sus consejos o los encantos de su elocuencia. Cuanto más aumentaba su poder, menos prodigaba su crédito y su presencia. Limitado al trato de unos cuantos parientes y amigos, desde lo interior de su retiro, velaba sobre todas las partes del gobierno, mientras solo se le creía ocupado en pacificar o trastornar la Grecia.

Extendió los dominios de la república con victorias brillantes, pero cuando vio que el poder de los atenienses había llegado a cierta elevación creyó que sería una vergüenza el permitir que se debilitase, así como una desgracia el procurar su mayor aumento. Este pensamiento fue la norma de todas sus operaciones, y el triunfo de su política, el haber tenido a los atenienses en la inacción durante mucho tiempo, a los aliados en la dependencia y a los lacedemonios en el respeto.

Era natural que tuviese Pericles un gran número de enemigos, no solamente entre las naciones de la Grecia, a las cuales se había hecho odioso y temible, sino también entre los mismos atenienses. Los de Atenas, no pudiendo atacarle directamente, dirigieron sus tiros contra aquellas personas que habían merecido su protección o su amistad. Fidias, encargado de la dirección de los soberbios monumentos de Atenas, fue acusado de haber sustraído una parte del oro con que debía adornar y enriquecer la estatua de Atenea; justificose de la calumnia, mas no por esto dejó de morir en una prisión. Anaxágoras, quizás el más religioso de los filósofos, fue citado ante la justicia por crimen de impiedad y precisado a huir. La esposa, la tierna amiga de Pericles, la célebre Aspasia, acusada de haber ultrajado la religión con sus discursos y las costumbres con su conducta, defendió por sí misma su causa, y las lágrimas de su esposo apenas pudieron salvarla de la severidad de los jueces.

Estos ataques no eran más que el preludio de los que hubiera sufrido personalmente, cuando un suceso imprevisto aseguró su autoridad.

Hacía algunos años que Córcira estaba en guerra con Corinto, de donde traía su origen; los atenienses, admitiendo esta isla en su alianza, la dieron socorros, y los corintios declararon que aquellos habían quebrantado la tregua estipulada algunos años antes. Potidea, una de las colonias de Corinto, abrazó el partido de los atenienses, y estos, sospechando de su fidelidad, mandaron que entregasen los rehenes, que demoliesen sus murallas y que arrojasen los magistrados que recibían cada año de su metrópoli; pero habiéndose negado a ello Potidea, y noticiosos de que se había reunido a la liga del Peloponeso, la sitiaron los atenienses. Algún tiempo antes habían estos prohibido bajo leves pretextos la entrada en sus puertos y mercados a los de Mégara, aliados de Lacedemonia, al mismo tiempo que otras ciudades se quejaban amargamente de la pérdida de sus leyes y de su libertad. Corinto escuchó sus quejas y supo empeñarles a tomar venganza de los lacedemonios, jefes de la liga del Peloponeso. Llegan pues a Lacedemonia los diputados de aquellas diferentes ciudades, los juntan y exponen sus agravios con tanta acrimonia como vehemencia. Habían ido también a Lacedemonia otros diputados de Atenas a tratar de diversos negocios, y pidieron la palabra para responder a las acusaciones que acababan de oír; mas los lacedemonios no eran sus jueces, y por tanto querían reducir la asamblea a suspender una decisión que podía tener las consecuencias más funestas. Concluido su discurso, en que recordaron las batallas de Maratón y de Salamina, y todo cuanto habían hecho por la libertad de la Grecia, salieron los embajadores de la asamblea.

Después de su ausencia, el rey Arquidamo, que a una profunda sabiduría reunía una larga experiencia, conociendo por la agitación de los espíritus que la guerra era inevitable, quiso retardar el momento de su declaración, y al efecto pronunció un discurso en que, después de haber expuesto las dificultades y los peligros, propuso que se entablase con los atenienses una negociación capaz de arreglar las cosas cual deseaban los aliados. Sus reflexiones hubieran detenido acaso a los lacedemonios si, para estorbar su efecto, uno de los éforos, llamado Estenelaidas, no le hubiese incitado a opinar en el acto por la guerra contra los atenienses, opresores de la libertad de los pueblos. Así que hubo hablado la mayoría de los concurrentes, decidió que los atenienses habían quebrantado la tregua, y se acordó convocar una junta general de los diputados de las ciudades del Peloponeso para resolver definitivamente.

Al llegar estos diputados, se puso de nuevo el asunto en deliberación y decidiose la guerra a pluralidad de votos, pero no estando aún en disposición de comenzarla, se encargaron los lacedemonios de enviar embajadores a Atenas para exponer allí las quejas de la liga del Peloponeso. Enviaron sucesivamente tres embajadores, y todos ellos se retiraron sin haber podido alcanzar nada de los atenienses, a quienes Pericles impelía a la guerra aún con más calor, aunque eran provocados a ella por los lacedemonios. (Año 431 antes de J. C.) Desde aquel momento se ocuparon por una y otra parte en hacer preparativos para una guerra la más larga y funesta que jamás ha desolado la Grecia, pues duró veintisiete años.

Los lacedemonios tenían de su parte a los beocios, focidios y locrios, los de Mégara, de Ambracia, Leucadia, Anactorio y todo el Peloponeso, excepto los argivos que se quedaron neutrales.

Por parte de los atenienses estaban las ciudades griegas situadas en las costas del Asia, las de Tracia y del Helesponto, casi toda la Acarnania, algunos otros pueblos pequeños y casi todos los isleños, excepto los de Melos y de Tera. Además de estos socorros, podían ellos mismos suministrar a la liga más de dieciséis mil hombres. Las mismas fuerzas, poco más o menos, de gente escogida entre ciudadanos muy jóvenes o muy viejos y extranjeros, se encargaron de la defensa de la ciudad y de las fortalezas del Ática. Para hacer frente a los gastos de armamento y demás de la guerra, había depositados en la ciudadela seis mil talentos, contando además con otros quinientos que podían adquirir valiéndose de diferentes recursos.

Comenzó Arquidamo la campaña avanzando hacia el Ática al frente de sesenta mil hombres. Antes de entrar en aquel territorio, quiso entablar una negociación con los atenienses, y no habiendo sido recibido su embajador, marchó adelante esparciendo por todas partes el estrago y la desolación; pero en breve se vio precisado a la retirada a causa de no encontrar subsistencia para sus tropas. Pericles, por su parte, hizo marchar hacia el Peloponeso una escuadra de cien velas que taló todas las costas, y a su vuelta tomó la isla de Egina. Tales fueron los principales acontecimientos de esta primera campaña. Las que siguieron no ofrecen tampoco más que una continuación de acciones particulares, de rápidas correrías y de empresas que parecen ajenas del objeto que unos y otros se proponían.

En el año séptimo de la guerra, los lacedemonios, por salvar un destacamento de soldados que los atenienses tenían sitiados en una isla, entregaron sesenta galeras bajo condición de que les serían restituidas si fuese desechada su demanda, pero no habiendo sido entregados los prisioneros por los atenienses, ni devueltas por estos las galeras, quedó así destruida la marina del Peloponeso, y no se restableció hasta el año veinte de la guerra cuando el rey de Persia se obligó a mantenerla mediante tratados. Entonces las naves de los lacedemonios cubrieron los mares; las dos naciones midieron sus fuerzas, y después de una alternativa de prosperidades y reveses, el poder de la una cedió a la potencia de la otra.

Al principio del segundo año de la guerra volvieron a entrar los enemigos en el Ática, y la peste se declaró en Atenas. Este azote, que tuvo su origen en la Etiopía, se había extendido por el Egipto, la Libia, una parte de la Persia, la isla de Lemnos y otros lugares. Un buque mercante la introdujo sin duda por el Pireo, donde se manifestó primeramente y de allí se difundió con furor por la ciudad, y particularmente se difundió en las moradas oscuras y malsanas, donde los habitantes del campo vivían apiñados.

La enfermedad parecía que despreciaba las reglas de la experiencia. Viendo el rey Artajerjes que ejercía sus estragos en muchas provincias de la Persia, resolvió llamar en su socorro al célebre Hipócrates, que se hallaba entonces en la isla de Cos. En vano le convidó con riquezas, haciendo brillar a sus ojos el oro y el fasto: este grande hombre respondió al poderosísimo monarca que no tenía necesidades ni deseos, y que se debía sacrificar por los griegos más bien que por sus enemigos. Fue en efecto a ofrecer sus servicios y conocimientos a los atenienses, que le recibieron con tanto reconocimiento cuanto era el apuro en que se hallaban, por haber perecido la mayor parte de sus médicos, víctimas de su celo. Agotó los recursos de su arte exponiendo muchas veces su vida, y si no logró todo el éxito que merecían tan preciosos sacrificios y tan grandes talentos, a lo menos prodigó consuelos y esperanzas.

Al cabo de dos años parecía que calmaba ya aquella peste, que había hecho los mayores estragos y mudado enteramente la faz de Atenas: pero esta lisonjera perspectiva no era más que un reposo de la enfermedad, pues se advirtió más de una vez que no estaba su germen destruido. Desenvolviose ocho meses después, y en el decurso de un año entero renovó las mismas escenas de luto y de horror que había anteriormente producido.

La pérdida más irreparable para Atenas fue la de Pericles, que murió de resultas de la enfermedad en el tercer año de la guerra. Algún tiempo antes los atenienses, incomodados por el exceso de sus males, le habían despojado de su autoridad y condenado a pagar una multa; acababan de reconocer su injusticia, y Pericles se la había perdonado. Al tiempo de morir dijo incorporándose en la cama, y dirigiéndose a sus amigos que le rodeaban refiriendo sus victorias: «El único elogio que merezco es el de no haber hecho poner luto a ningún ciudadano».

Fue reemplazado por Cleón, hombre de humilde nacimiento, sin talento verdadero, pero vano, audaz, arrebatado y por lo mismo del gusto de la muchedumbre. Los buenos y honrados ciudadanos le opusieron a Nicias, uno de los primeros y más ricos particulares de Atenas, que había mandado los ejércitos y logrado muchas ventajas, pero únicamente gozó consideración y nunca crédito mientras vivió Cleón, que tenía mucho más talento para excitar a la plebe y ganar su voluntad.

Después de la muerte de Cleón, que pereció en Tracia en un combate dado por él a Brásidas, el general más hábil de los lacedemonios, entabló Nicias negociaciones con Lacedemonia, a las cuales sucedió en breve una alianza ofensiva y defensiva, que debía durar cincuenta años; pero este tratado, que volvía las cosas a su primer estado, no subsistió sin embargo más de seis años y diez meses, y el rompimiento de que fue seguido lo causó la ambición de Alcibíades.

Un origen ilustre, riquezas considerables, la más hermosa fisonomía y presencia, las gracias más seductoras, un entendimiento vasto y penetrante, el honor en fin de ser hechura de Pericles fueron otras tantas ventajas que deslumbraron desde luego a los atenienses, y con que él mismo se deslumbró primero. En una edad en que el hombre necesita más que todo indulgencia y consejos, Alcibíades tuvo ya una corte y aduladores: admiró a sus maestros por su docilidad y a los atenienses por sus costumbres licenciosas. Sócrates mismo solicitó su amistad conociendo que este joven sería el más peligroso para Atenas, y habiéndola conseguido a fuerza de cuidados no la perdió jamás.

Cuando entró en la carrera de los honores, quiso deberlos con particularidad a los atractivos de su elocuencia. Dejose ver en la tribuna, y en breve fue tenido por uno de los más grandes oradores de Atenas, y acordándose todos de que había dado grandes pruebas de valor durante las primeras campañas, previeron que llegaría a ser un día el general más hábil de la Grecia.

Tenía un carácter tan flexible que la necesidad de dominar o el deseo de complacer le hacía acomodarse fácilmente a las circunstancias o coyunturas en que se hallaba. Todos los pueblos fijaron en él su atención, y se hizo dueño de la opinión pública. Los espartanos quedaron absortos de su frugalidad; los tracios de su intemperancia; los beocios de su afición a los ejercicios más violentos; los jonios de su gusto por la pereza y la voluptuosidad, y los sátrapas del Asia por un lujo que ellos no podían igualar. Pero los rasgos de ligereza, de insustancialidad y de imprudencia, propios de su juventud, desaparecían en las ocasiones que requerían reflexión y constancia. Entonces juntaba la prudencia a la actividad, y los placeres no le robaban ya ninguno de los instantes que debía a su gloria o a sus intereses.

Nacido en una república, debía elevarla haciéndola superior a sí misma antes de ponerla a sus pies. Este era sin duda el secreto de las brillantes empresas a que él arrastró a los atenienses. Con sus soldados hubiera sojuzgado pueblos, y sin advertirlo se hubieran visto esclavizados los mismos atenienses.

Su primera desgracia, deteniéndole casi al principio de su carrera, hizo ver que su genio y sus proyectos eran muy vastos para la dicha de su patria. Dícese que la Grecia no podía sufrir dos Alcibíades; pero se debe añadir que Atenas tuvo uno de más. Él fue quien hizo decretar la guerra contra la Sicilia.

GUERRA DE LOS ATENIENSES EN SICILIA.

La ciudad de Egesta en Sicilia, que se decía estar oprimida por los de Selinunte y Siracusa, imploró el auxilio de los atenienses, sus aliados. Atenas envió diputados a Sicilia, y cuando regresaron hicieron una relación infiel del estado de las cosas. Resolviose la expedición y fueron nombrados por generales de ella, Alcibíades, Nicias y Lámaco. Lisonjeábanse de tal manera de su buen éxito que el senado arregló de antemano la suerte de los diferentes pueblos de la Sicilia.

El primer proyecto fue el de enviar inmediatamente sesenta galeras a esta isla. Nicias, que se había opuesto a tal expedición, queriendo impedirla por una vía indirecta, expuso que además de la escuadra era necesario un ejército terrestre, y presentó a la vista de los ciudadanos el espantoso cuadro de los preparativos, de los gastos y del número de tropas que exigía tal empresa, mas la asamblea, lejos de anonadarse, dio a los generales plenos poderes para disponer de todas las fuerzas de la república.

(Año 415 antes de J. C.) Todo estaba ya pronto para partir, cuando Alcibíades fue denunciado por haber mutilado durante la noche, con algunos compañeros, las estatuas de Hermes, colocadas en los diferentes barrios de la ciudad, y representado además, al salir de una cena, las ceremonias de los terribles misterios de Eleusis. Puesto a salvo del furor de la plebe mediante las disposiciones del ejército y de la escuadra, se presenta a la asamblea, desvanece las sospechas suscitadas contra él, y pide una de dos cosas: la muerte si es culpable, o una reparación satisfactoria si no lo es. Sus enemigos hacen diferir el fallo hasta que regrese, y él marcha cargado de una acusación que tiene la cuchilla de la ley pendiente sobre su cabeza.

La escuadra, compuesta de trescientas velas, se había reunido en Córcira, y desde allí pasó a Regio, al extremo de la Italia. Alcibíades y Nicias manifestaron sus miras en el primer consejo que se tuvo. El segundo quería atenerse al decreto de los atenienses, el cual solo prevenía que se tratase de arreglar los negocios de la Sicilia del modo más ventajoso a los intereses de la república, y que para conseguirlo se protegiese a los egestanos contra los de Selinunte; y si las circunstancias lo permitiesen, que obligasen a los siracusanos a restituir a los leontinos las posesiones de que les habían privado. No era este el modo de pensar de Alcibíades y de Lámaco. Este último quería aún más que Alcibíades, el cual era de opinión que debía comenzarse haciendo negociaciones con algunas ciudades, a fin de sublevarlas contra los de Siracusa, al paso que Lámaco deseaba que al instante se marchase contra la ciudad de Siracusa. Pero no fue seguido este dictamen, y todos se conformaron con el de Alcibíades.

Este general se apoderó lo primero de Catania por sorpresa, y Naxos le abrió luego sus puertas. La ciudad de Mesina iba a seguir este ejemplo, cuando se supo que habían llegado de Atenas unos emisarios de sus enemigos para prenderle. Al principio se propuso ir a confundir a sus acusadores, pero reflexionando después sobre las injusticias de los atenienses, se escapó retirándose al Peloponeso, y su retirada difundió el desaliento en el ejército. Para reanimar el ardor de los soldados, Nicias se determinó a sitiar a Siracusa. Esta ciudad, sumamente estrechada, estaba ya a punto de rendirse, cuando un general lacedemonio, llamado Gilipo, consiguió entrar en ella con algunas tropas, reanimó el valor de los sitiados, batió a los sitiadores y los tuvo encerrados en sus atrincheramientos.

Vino a anclar cerca de Siracusa una nueva escuadra ateniense a las órdenes de Demóstenes y de Eurimedonte, pero estas nuevas tropas no fueron más felices que aquellas a las cuales reforzaron. Por causa de Nicias, que no quiso volver a hacerse a la vela, como se lo había aconsejado Demóstenes, los atenienses fueron batidos por mar y por tierra, y precisados a abandonar su campo, sus enfermos y sus naves, y a retirarse en número de cuarenta mil hombres a algunas ciudades de Sicilia. En su retirada fueron perseguidos por Gilipo al frente de los siracusanos, y tuvieron que luchar contra muchos e incesantes obstáculos. Demóstenes, que mandaba la retaguardia, habiendo sido arrinconado en un paraje estrecho, se vio forzado a rendirse; Nicias, no más dichoso, perdió ocho mil hombres cerca del río Asinaro y rindiose también a Gilipo. Fueron conducidos a Siracusa un número considerable de prisioneros y todos perecieron, los unos de enfermedades y los otros en prisiones como esclavos, a excepción de algunos de estos que debieron su libertad a las poesías de Eurípides, apenas conocidas entonces en Sicilia, y de las cuales recitaban a sus señores los mejores trozos. Nicias y Demóstenes fueron condenados a muerte, a pesar de los esfuerzos que hizo Gilipo para salvarles la vida.

Experimentó Atenas en esta ocasión un revés tan grande como imprevisto, pero aún la esperaban otras desgracias. Sus aliados estaban ya dispuestos a sacudir su yugo; los demás pueblos juraban su pérdida, y los del Peloponeso se creían ya autorizados con su ejemplo para romper la tregua. Gozaba Alcibíades en Lacedemonia el crédito que sabía adquirirse en todas partes, y después de haber empeñado a los lacedemonios a dar socorro a los siracusanos y a comenzar de nuevo sus correrías en Ática, presentose en las costas del Asia menor, donde hizo que se declarasen en favor suyo Quíos, Mileto y otras ciudades florecientes. Cautivó con su agrado y buen trato a Tisafernes, gobernador de Sardes, y el rey de Persia se encargó del mantenimiento de la escuadra del Peloponeso.

Hubiese terminado muy pronto esta segunda guerra, si Alcibíades, perseguido por Agis, rey de Lacedemonia, a cuya esposa había seducido, y por los demás jefes de la liga, a quienes su gloria daba celos, no hubiese suspendido los esfuerzos de Tisafernes y los socorros de la Persia, bajo pretexto de que convenía al gran rey el dejar a los griegos debilitarse mutuamente.

No tardaron los atenienses en revocar el decreto del destierro de Alcibíades: pónese entonces al frente de ellos, somete las plazas del Helesponto, obliga a los gobernadores del rey de Persia a firmar un tratado ventajoso para los atenienses, y Lacedemonia a pedirles la paz, cuya petición fue desechada, porque creyéndose en adelante invencibles bajo el mando de Alcibíades, habían pasado rápidamente de la consternación más profunda a la más insolente presunción.

Cuando este general volvió a su patria, su llegada a ella, su mansión y la prisa que se dio para justificarse fueron para él una serie continuada de triunfos y de fiestas para el pueblo; y cuando le vieron salir del Pireo con una escuadra de cien naves, nadie dudó que los pueblos del Peloponeso sufrirían en breve la ley del vencedor, y que a continuación anunciaría un correo la conquista de la Jonia.

Engolfados se hallaban en tan lisonjeras esperanzas, cuando se supo que quince galeras atenienses habían caído en poder de los lacedemonios, a causa de un combate dado en ausencia y contra las órdenes de Alcibíades, y en ocasión que este había pasado a la Jonia obligado de la necesidad de exigir contribuciones para el mantenimiento de las tropas. A la primera noticia de este revés, volvió atrás y presentó la batalla al vencedor que no se atrevió a aceptarla. Había reparado el honor de Atenas y la pérdida era corta; pero bastó para que sus enemigos lograsen irritar al pueblo, que le quitó el mando de los ejércitos.

La guerra continuó durante algunos años, siempre por mar, y concluyose con la batalla de Egospótamos, ganada por los lacedemonios en el estrecho del Helesponto. Lisandro, que los mandaba, sorprendió a la escuadra ateniense y se hizo dueño de ella cogiendo tres mil prisioneros (año 405 antes de J. C.).

La pérdida de esta batalla trajo consigo la de Atenas, que después de un sitio de algunos meses se rindió por falta de víveres. Sus habitantes fueron condenados no solamente a demoler las fortificaciones del Pireo, sino también a entregar sus galeras a excepción de doce; a llamar a los desterrados, a sacar las guarniciones de las ciudades de que se habían apoderado, y a seguir a sus vencedores por mar y por tierra inmediatamente que se les mandase.

Sus murallas fueron destruidas al son de música, y algunos meses después les fue permitido el elegir treinta magistrados, que en lugar de establecer una nueva forma de gobierno usurparon la autoridad.

Protegían abiertamente sus injusticias las tropas lacedemonias que les facilitó Lisandro, y tres mil ciudadanos, que se asociaron para afirmar su potencia. La nación desarmada cae de repente en el exceso de la servidumbre y el destierro, las cadenas y la muerte son el patrimonio de aquellos que se atreven a quejarse contra la tiranía, o que parece la condenan con su silencio. Esta opresión no duró más de ocho meses, y en este corto espacio de tiempo más de mil quinientos ciudadanos fueron degollados y privados de los honores fúnebres; la mayor parte abandonó una ciudad donde las víctimas y los testigos de la opresión no se atrevían a manifestar sus quejas.

Hallábase entonces Alcibíades en un lugar de la Frigia, bajo el gobierno de Farnabaces, que le dio pruebas de distinción y amistad. Creíase en perfecta seguridad, cuando de repente cercan su casa unos asesinos enviados por el sátrapa, y no teniendo valor para invadirla, le pegan fuego. Arrójase él con espada en mano por entre las llamas, aparta a los bárbaros, y cae muerto entre una lluvia de dardos; siendo entonces de edad de cuarenta años.

Estaba reservada a Trasíbulo la gloria de libertar a su patria. Este generoso ciudadano, puesto por su mérito a la cabeza de aquellos que habían huido, se apoderó del Pireo y llamó al pueblo a la independencia. Algunos de los opresores perecieron con las armas en la mano y otros fueron condenados a muerte. Publicose una amnistía general, y bastó para restablecer el orden y la tranquilidad en Atenas. Algunos años después sacudió esta ciudad el yugo de Lacedemonia, restableció su gobierno, y aceptó el tratado de paz que celebró con Artajerjes el espartano Antálcidas. Por este tratado, las colonias griegas del Asia menor y algunas cercanas fueron abandonadas a la Persia, y los demás pueblos de la Grecia recobraron sus leyes y su independencia. Así terminaron las desavenencias causadas por las guerras de los medos y del Peloponeso.

REFLEXIONES SOBRE EL SIGLO DE PERICLES.

Al principio de la guerra del Peloponeso debieron sorprenderse extraordinariamente los atenienses al verse tan diferentes de lo que fueron sus padres. El mérito no obtuvo en breve más que una débil estimación, y todas las consideraciones fueron reservadas para el crédito: todas las pasiones se dirigieron hacia el interés personal, y todas las fuentes de corrupción se derramaron con profusión por el estado. El amor, que antes se cubría con el velo del himeneo y del pudor, encendió abiertamente fuegos ilegítimos: multiplicose en el Ática y en toda la Grecia el número de mujeres públicas, venidas la mayor parte de ellas de la Jonia, y Pericles, testigo ocular del abuso que favorecía sus miras ambiciosas, no trató de corregirlo como debiera. La célebre Aspasia, natural de Mileto, en Jonia, su querida y después su esposa, favoreció sus miras con sus gracias, su belleza y su talento. Ella se atrevió a formar una reunión de cortesanas, cuyos atractivos debían atraer a los jóvenes atenienses al partido de Pericles. Desencadenáronse contra ella los poetas cómicos, mas no la impidieron que reuniese en su casa la más lucida tertulia de Atenas.

Pericles autorizó el libertinaje, Aspasia lo propagó, y Alcibíades lo hizo amable: la nación, arrastrada por los encantos de este ateniense, se hizo cómplice de sus extravíos, y a fuerza de excusarlos acabó por defenderlos, de modo que su funesta influencia sobre las costumbres públicas subsistió mucho después de su muerte.

Hacia el tiempo de la guerra del Peloponeso, y cuando el desenfreno progresaba de día en día, la naturaleza redobló sus esfuerzos y prodigó repentinamente muchos genios en todos géneros. Atenas dio muchos a luz, y vio venir aún mayor número a solicitar allí los honores de su aprobación. Sófocles, Eurípides y Aristófanes brillaban sobre la escena; Antifonte, Andócides y Lisias se distinguían en la elocuencia; Tucídides, movido aún por los aplausos que había merecido Heródoto cuando leyó su historia a los atenienses, se disponía para merecer otros semejantes. Sócrates transmitía una doctrina sublime a unos discípulos, de que muchos han fundado escuelas; hábiles generales hacían triunfar las armas de la república: levantáronse los más soberbios edificios diseñados por los más sabios arquitectos; y los pinceles de Polignoto, de Parrasio y Zeuxis, y los cinceles de Fidias y de Alcámenes hermoseaban a porfía los templos, los pórticos y las plazas públicas. Todos estos grandes hombres, todos aquellos que florecían en otros países de la Grecia, se reproducían en discípulos dignos de reemplazarlos, y era fácil prever que el siglo más corrompido sería en breve el siglo más ilustrado.

Las ciencias se manifestaban cada día con nuevas luces y las artes hacían nuevos progresos: la poesía no aumentaba su brillo, pero, conservando el que tenía, lo empleaba con preferencia en adornar las tragedias y la comedia, que llegaron de repente a su perfección. La historia, sujeta a las leyes de la crítica, desechaba lo maravilloso, discutía los hechos y llegaba a ser una lección poderosa que daba lo pasado a lo futuro. Las reglas de la lógica y de la retórica, las abstracciones de la metafísica, las máximas de la moral, fueron desenvueltas en unas obras que reunían a la regularidad de planes la exactitud de las ideas y la elegancia del estilo.

La Grecia debió en parte estos adelantos a la influencia de la filosofía, que salió de la oscuridad después de las victorias alcanzadas sobre los persas. Apareció Zenón y los atenienses se ejercitaron en las sutilidades de la escuela de Elea. Anaxágoras les trajo las luces de las de Tales, y empezábase a creer, en fin, que los eclipses, los monstruos y los diversos fenómenos o descarríos de la naturaleza no debían ya mirarse como prodigios; pero se veían en la dura precisión de decírselo unos a otros con reserva, porque el pueblo, acostumbrado a mirar estos fenómenos como avisos del cielo, se enconaba contra los filósofos que trataban de despreocuparle. Perseguidos y desterrados, aprendieron muy a costa suya que, para que la verdad sea admitida entre los hombres, no debe presentarse a cara descubierta sino deslizarse furtivamente en pos de los errores.

Las artes, no encontrando preocupaciones que combatir, alzaron de repente el vuelo. Hubo concursos en Delfos, en Corinto, en Atenas y en otros lugares; pero Atenas sobrepujó en magnificencia a todas las demás ciudades de la Grecia. En tiempo de Pericles empezó a introducirse el buen gusto por las artes entre un corto número de ciudadanos, y el de los cuadros y las estatuas entre las gentes pudientes. Desde entonces empezaron a apreciar y se estimuló con premios a los artistas que más se distinguían por sus obras. Los unos trabajaban gratuitamente por la república, y les concedieron honores y distinciones: otros se enriquecieron, ya formando discípulos, y ya exigiendo un tributo de aquellos que iban a sus talleres a admirar las obras excelentes de sus manos. Zeuxis llegó a tal estado de opulencia que, al fin de sus días, regalaba sus cuadros bajo pretexto de que nadie se encontraba en disposición de poder pagarlos.

Encontramos en Panticapea un bajel de Lesbos
pronto para hacerse a la vela.     T. 1, P. 3. J. Amilla g.