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Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) cover

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2)

Chapter 11: CAPÍTULO LIX.
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About This Book

Un joven viajero llamado Anacarsis recorre diversas regiones de la antigua Grecia, describiendo paisajes, ciudades, templos y costumbres locales. El relato combina observaciones topográficas y etnográficas con notas sobre religión, ceremonias, mitos y vida cotidiana, ofrece panoramas de montes, ríos y campos, descripciones de festividades y cultos como los dedicados a Pan, y reflexiones sobre instituciones políticas y urbanas. Alternando anécdotas de viaje con erudición clásica, presenta tanto escenas pintorescas como explicaciones sobre monumentos y prácticas rurales, entregando una guía compendiada de geografía, historia y folclore helénicos.

CAPÍTULO LIX.

Cartas sobre los asuntos generales de la Grecia, dirigidas a Anacarsis y a Filotas, durante su viaje a Egipto y Persia.

Mientras estuve en la Grecia, oí hablar tantas veces de la Persia y del Egipto, que no pude resistir al deseo de recorrer ambos reinos. Apolodoro me dio a Filotas por compañero de viaje, y tanto él como otros amigos nos ofrecieron darnos noticia de cuanto ocurriese durante nuestra ausencia.

(Año 354 antes de J. C.) Emprendimos el viaje a fines del año segundo de la olimpiada ciento seis. Reinaba entonces una calma profunda en el mediodía de la Grecia, al mismo tiempo que el norte estaba alborotado con la guerra de los focidios y las empresas de Filipo rey de Macedonia, siendo esto el motivo de la primera carta que recibí, concebida en los términos siguientes.

CARTA DE APOLODORO.

La Grecia arde en disensiones civiles. Los tebanos, los beocios, los locrios, los tesalios, todos estos pueblos, tratando de vengar injurias particulares, se disponen para vengar el agravio hecho por los focidios a la divinidad de Delfos. Los atenienses, los lacedemonios y algunas ciudades del Peloponeso, se declaran a favor de los focidios, a causa del odio que tienen a los tebanos.

Filomelo se ha apropiado una parte de las riquezas de Delfos para asalariar a los mercenarios que acuden de todas partes a esta ciudad. Ha vencido sucesivamente a los locrios, a los beocios y a los tesalios; pero su triunfo ha sido poco duradero. Por último, los beocios le han derrotado completamente, ha quedado herido y, temiendo caer en manos del enemigo, se ha precipitado de lo alto de un peñasco.

SEGUNDA CARTA DE APOLODORO.

Desde 14 de julio de 353, hasta 3 de julio de 352 antes de J. C.

Onomarco ha remplazado a Filomelo en el mando del ejército y alista nuevas tropas pagadas con el oro y la plata del tesoro sagrado, que ha convertido en moneda.

Ha corrido la voz de que el rey de Persia iba a dirigir sus armas contra la Grecia, y con este motivo ha habido una junta tumultuaria en la cual se ha propuesto llamar a la defensa común a todas las naciones griegas y aun al rey de Macedonia, para anticiparse a los intentos de Artajerjes, invadiendo sus estados. Demóstenes se opuso a este dictamen, pero ha insistido fuertemente acerca de la necesidad de ponerse en estado de defensa, previéndolo todo anticipadamente.

Han sido muy aplaudidas las miras de este orador, pero ya no se piensa en nada, desde que se ha sabido que el rey de Persia no piensa en nosotros.

No sucede lo mismo con Filipo, príncipe que está presente en todos tiempos y lugares. Apenas ha dejado nuestras costas, cuando vuela a la Tracia marítima, toma en ella la plaza fuerte de Metone, la destruye y distribuye sus campos a sus soldados, que le adoran. Durante el sitio de esta ciudad, pasando un río a nado, perdió el ojo derecho de un flechazo lanzado por una máquina o por un soldado enemigo. Sitia en la actualidad el castillo de Herea, sobre el cual tenemos nosotros legítimos derechos.

La guerra sagrada se hace desesperadamente, sin dar cuartel a nadie. Los focidios atacados por Filipo y los tesalios, sus aliados, han sido desbaratados y perseguidos hasta el mar, con pérdida considerable. Seis mil han muerto en la batalla, y tres mil que se han rendido a discreción han sido precipitados a las aguas como sacrílegos. Filipo, cuyo celo religioso está sometido a su ambición, había hecho tomar a sus soldados coronas de laurel como si marchasen al combate en nombre de la divinidad de Delfos, a quien está consagrado este árbol. Intenciones tan justas en la apariencia y unos resultados tan célebres excitan la admiración de los griegos hasta tocar en el entusiasmo, de modo que únicamente se habla de este príncipe y de sus talentos y virtudes.

TERCERA CARTA DE APOLODORO.

Desde el 3 de julio de 352, hasta el 22 del mismo mes del año 351 antes de J. C.

A fin de oponernos a la ambición y a las incursiones de Filipo, habíamos hecho grandes preparativos, pero con motivo de la falsa noticia de su muerte hemos dejado al punto las armas, y Filipo ha dirigido las suyas hacia las Termópilas, con intento de caer sobre la Fócida y luego venir contra nosotros. Por fortuna se encontraba en la costa inmediata una escuadra que conducía un cuerpo de tropas, y Nausicles, que la mandaba, se ha apresurado a desembarcarlas y situarse en el estrecho. Entonces ha tomado Filipo el camino de sus estados.

En estos días pasados se ha ocupado la asamblea general en nuestras desavenencias con este príncipe, y Demóstenes se ha presentado en la tribuna. Propuso el equipo de una escuadra y que se levantase un cuerpo de tropas para hacer la guerra en Macedonia, y no terminarla a no ser con un partido ventajoso o con una acción decisiva. Manifestó en fin sus miras con tanta fuerza y claridad que fueran capaces de desconcertar los planes de Filipo y le impedirían combatirnos a expensas de nuestros aliados, de cuyas naves se apodera impunemente. Toda su arenga está sembrada de rasgos de la más viva elocuencia, conociéndose en su estilo el de Tucídides, que le ha servido de modelo.

CARTA CUARTA DE APOLODORO.

Desde 22 de julio de 351, hasta 11 del mismo mes del año 350 antes de J. C.

Ha muerto Artemisia, reina de Caria, dos años después del fallecimiento de Mausolo, que era su hermano y su esposo. Ya sabéis que Mausolo era uno de aquellos reyes a los cuales puso la corte de Susa en las fronteras del imperio para defender las entradas. Se dice que su esposa, que le gobernaba, habiendo recogido sus cenizas por un exceso de ternura, las echó en el agua que bebía y que su excesivo sentimiento la ha llevado también al sepulcro.

Esta princesa no perdonó medio alguno para perpetuar la memoria de aquel esposo querido. Estimuló con recompensas a los talentos más distinguidos para que se dedicasen a las acciones de Mausolo; compusieron versos y tragedias en honor suyo, y fueron invitados los oradores de la Grecia para hacerle elogios.

Ha mandado también erigirle un panteón, que según las apariencias eternizará la gloria de los artistas. He visto los planos y viene a ser un cuadrilongo cuyo contorno tiene cuatrocientos once pies. La parte principal del edificio, rodeada de treinta y seis columnas, estará adornada por las cuatro fachadas por cuatro escultores los más famosos de la Grecia, cuales son: Briaxis, Escopas, Leócares y Timoteo. Encima se levantará una pirámide dominada por un carro tirado de cuatro caballos, el cual debe ser de mármol y trabajado por Piteo. Tendrá de elevación este monumento ciento cuarenta pies. Se han echado los cimientos en medio de una plaza construida por disposición de Mausolo en un terreno que, dispuesto naturalmente en forma de teatro, se extiende suavemente hasta el mar. Cuando se entra en el puerto sorprende el aspecto imponente de aquel sitio. Por una parte se ve el palacio del rey, y por la otra los templos de Afrodita y de Hermes, situados junto a la fuente Salmacis; enfrente se dilata a lo largo de la costa el mercado público; más arriba está la plaza, y a mayor distancia, en la parte superior, se para la vista en la ciudadela y el templo de Ares, donde se ve sobresalir una estatua colosal. El sepulcro de Mausolo, destinado a llamar la atención después que se haya recreado la vista por un momento en aquellos magníficos edificios, será sin duda uno de los monumentos más hermosos del universo. Está ya muy adelantado; pero como quiera que Hidrieo, sucesor de su hermano, no se toma el mismo interés en esta obra, los artistas han manifestado que les resultará mayor honor de acabarla sin recibir paga alguna.

El rey de Persia se prepara para la conquista del Egipto, y creo que ya habréis tomado vuestras medidas para poneros en salvo. Nos ha pedido tropas, como también a los demás pueblos de la Grecia. Nosotros se las hemos negado, y los lacedemonios han hecho lo mismo. Bastante hemos hecho con haberle cedido a Foción para mandar, en unión con Evágoras, las tropas de Hidrieo destinadas a someter a los reyes de Chipre que se han rebelado.

CARTA DE NICETAS.

Desde 11 de julio de 350, hasta 30 de junio del año 349 antes de J. C.

Me río de los temores que quieren inspirarnos con respecto a Filipo. El poder de este príncipe no puede ser duradero porque solamente está fundado en la mentira, la perfidia y el perjurio. Lo detestan sus aliados, a quienes ha engañado muchas veces, como igualmente sus súbditos y sus soldados cansados ya de expediciones que debilitan sus fuerzas sin sacar de ellas fruto alguno, no menos que los principales oficiales de su ejército, a quienes castiga si lo hacen mal y los humilla si aciertan.

Este reino se halla en un estado deplorable. No hay cosechas ni comercio: pobre y débil por sí mismo, se debilita más y más engrandeciéndose.

El menor revés destruirá esta prosperidad que Filipo debe únicamente a la incapacidad de nuestros generales y a la corrupción que vergonzosamente ha introducido en toda la Grecia.

Sus partidarios ensalzan sus prendas personales, pero escuchad lo que de él me han contado personas que le han visto de cerca. El arreglo de las costumbres no tiene cabida en su estimación, y sí los vicios, casi siempre en su amistad. Desdeña al ciudadano que no tiene más que virtudes, aparta de sí al hombre ilustrado que le da consejos, y se deja llevar de la adulación con tanta ceguedad como va la lisonja en pos de los otros príncipes.

El que quiera complacerle, lograr sus favores y ser admitido en su sociedad, ha de ser de salud robusta para que pueda acompañarle en sus excesos, y tener la habilidad que se requiere para divertirle y excitar su risa. Los chistes, las sátiras, los versos, algunas coplas muy obscenas, todo esto basta para estar en su gracia. Así es que, a excepción de Parmenión, Antípatro y algunas otras personas también de mérito, su corte no es más que una gavilla de bandidos, de músicos, poetas y bufones que le aplauden lo malo y lo bueno, y por esto acuden a Macedonia de todas las partes de la Grecia. Con ellos se entrega a la más horrible crápula pasando las noches en la mesa, borracho casi siempre, casi siempre furioso, dando golpes a derecha o izquierda, y entregándose a excesos de que no es posible recordarse sin rubor. No puedo creer, Anacarsis, que haya nacido tal príncipe para subyugar a la Grecia.

QUINTA CARTA DE APOLODORO.

El estado de la Grecia me tiene en un continuo sobresalto. Sus pueblos están debilitados y corrompidos. No hay leyes, no hay ciudadanos, no hay ya ideas de gloria ni amor alguno al bien público; por todas partes hay viles mercenarios por soldados, y bandidos en lugar de generales. Nuestras repúblicas no se reunirán ya nunca contra Filipo; sufrimos los insultos de este príncipe con el mismo valor que nuestros padres arrostraban los peligros, y la elocuencia impetuosa de Demóstenes no podrá sacarnos del letargo en que estamos sepultados.

Observad cómo Filipo, único confidente de sus secretos, solo dispensador de sus tesoros, general el más hábil de la Grecia y soldado el más valiente de su ejército, concibe, prevé, ejecuta por sí mismo; siempre está prevenido, se aprovecha de los acaecimientos cuando puede y cede a ellos cuando es preciso. Observad la perfecta disciplina de sus tropas siempre en continuo ejercicio, en todos tiempos al frente de ellas; haciéndolas marchar y contramarchar con una prontitud asombrosa desde la una a la otra parte de su reino, y que han aprendido de él, en fin, a no encontrar diferencia alguna entre invierno y verano, entre fatiga y descanso. Observad que si en lo interior de Macedonia se ven señales de los estragos de la guerra, él encuentra recursos abundantes en sus minas de oro, en los despojos de los pueblos que subyuga, y en el comercio de las naciones que empiezan a concurrir a los puertos, de que se ha apoderado en la Tesalia. Observad como desde su entronizamiento no tiene más que un objeto, que posee la constancia necesaria para seguirlo con lentitud, que no da el primer paso sin meditarlo, ni el segundo sin estar asegurado del acierto del primero; que es ansioso, insaciable de gloria, yendo a buscarla en los peligros, en la pelea, en los parajes donde se vende a precio más costoso. Observad, por último, que dirige siempre sus operaciones según los tiempos y los lugares: opone a las frecuentes sublevaciones de los tracios, ilirios y otros bárbaros, combates y victorias; a las naciones de la Grecia tentativas para probar sus fuerzas, apologías para justificar sus empresas; el arte de dividirlas para debilitarlas, y el de corromperlas para someterlas.

En vano nos lisonjeamos de que pasa el tiempo en los excesos y la disolución. Es inútil que la calumnia nos le represente como al hombre más despreciable y disoluto. El tiempo que gastan otros soberanos en aburrirse, él lo dedica a los placeres; el que ellos dedican al deleite, él lo dedica a cuidar de su reino. ¡Pluguiese a los dioses que, en lugar de los vicios que le atribuyen, tuviese defectos; que fuese obstinado en su opinión sin atender a la elección de sus ministros y generales, y que no tuviese vigilancia ni consecuencia en sus empresas! Filipo tiene quizás el defecto de admirar a los hombres de talento como si él no tuviese más que todos ellos. Un gran pensamiento le seduce, pero no le gobierna.

Mi querido Anacarsis, cuando yo reflexiono en la inmensa carrera que Filipo ha recorrido en tan pocos años, cuando pienso en este conjunto de prendas eminentes y de circunstancias favorables a su ambición, no puedo menos de concluir que nació para avasallar a la Grecia.

CARTA DE CALIMEDÓN.

Yo adoro a Filipo, él gusta de la gloria, los talentos, las mujeres y el vino. En el trono es el mayor de los reyes, y en el trato, el hombre más amable.

El rey de Macedonia se ve algunas veces en la precisión de tratar con dureza a los vencidos, pero Filipo es humano, benigno, afable y esencialmente bueno. En un momento se enciende su cólera y en un momento se aplaca; sin hiel, sin rencor, está tan por encima de la ofensa como del elogio; nuestros oradores le llenan de injurias en la tribuna, y sus mismos súbditos le dicen verdades amargas; pero él responde que debe favores tanto a los primeros, porque le corrigen sus debilidades, como a los segundos, porque le enseñan sus obligaciones. Presentose a él una mujer del pueblo suplicándole que despachase cierto asunto, y él la respondió: «No tengo tiempo para eso». «¿Por qué, pues, permanecéis en el trono?». Esta proposición le detuvo, y al punto mandó que le diesen cuenta de todos los negocios pendientes. Otra vez se durmió mientras se veía un pleito, y no por esto dejó de condenar a pagar una multa a una de las dos partes.

«Apelo», exclamó esta al momento. «¿A quién, pues?». «Al rey más atento». Vuelve al instante a ver el asunto, reconoce su error, y paga él mismo la multa.

En la toma de una ciudad reclamaba su amistad uno de los prisioneros puestos en venta. El rey, sorprendido, le dijo que se acercase; estaba sentado, y el desconocido le dijo al oído: «Dejad caer vuestra ropa, pues no estáis en postura decente». «Tiene razón», contestó Filipo, «es amigo mío, que le quiten las cadenas».

Un macedonio llamado Nicanor, se atrevió a proferir contra él chanzas amargas y serias, y habiéndole propuesto que le desterrase, «No haré tal cosa», respondió, «pues iría a publicar por todas partes lo que dice aquí».

En el asedio de una plaza le rompieron de una pedrada una clavícula, y el cirujano, estándole curando, le pidió una gracia: «No puedo negártela», le dijo Filipo riéndose, «pues me tienes agarrado por el cuello». Su corte es el asilo de los talentos y placeres. La magnificencia brilla en sus fiestas y en su mesa la alegría. Esto es constante, y así es que me importa poco su ambición. Si viene contra nosotros pelearemos, y si somos vencidos, podremos al menos reír y beber en su compañía.

FRAGMENTO DE UNA CARTA DE ANACARSIS A UN AMIGO SUYO EN ATENAS.

Desde 30 de junio de 349 hasta 18 de julio de 348 antes de J. C.

Hemos recorrido muchas provincias del vasto imperio de los persas. En Persépolis hemos quedado absortos al ver el gran palacio de los reyes, donde todo respira la magnificencia y el temor porque sirve al mismo tiempo de ciudadela. Los reyes han hecho edificar otros, menos suntuosos en verdad pero de una hermosura que sorprende, en Susa, en Ecbatana y en las demás ciudades donde pasan las estaciones del año. Tienen además grandes parques que llaman Paraísos, y están divididos en dos partes. En la una salen a caballo, provistos de flechas y venablos, por entre los bosques, a la caza de animales monteses que tienen al intento en aquellos cercados. En la otra, donde han apurado cuanto puede dar de sí el arte de la jardinería, cultivan las más hermosas flores y cogen las frutas más delicadas, sin dejar de esmerarse en criar también allí altos y corpulentos árboles, que comúnmente disponen al tresbolillo. Se encuentran en otros varios parajes estos paraísos, pertenecientes a sátrapas o grandes señores.

En Egipto oímos hablar mucho y con grande elogio de aquel Arsames a quien el rey de Persia llamó a su consejo muchos años había. Durante su ministerio dio actividad a los distintos talentos con su discreta influencia; los militares se felicitaban de la emulación que mantenía entre ellos, y los pueblos de la paz que les había proporcionado, a pesar de obstáculos casi invencibles. En fin, la nación había llegado, en fuerza de sus desvelos, a gozar de la alta consideración que había perdido entre las demás naciones a causa de guerras desgraciadas.

Este excelente ministro, separado ya de los negocios, pasa actualmente sus días con tranquilidad en su paraíso, distante de Susa cerca de cuarenta parasangas (cerca de 39 leguas y cuarto). Sus amigos no han dejado de verle; y aquellas personas cuyo mérito apreciaba no han olvidado todavía sus beneficios y sus promesas; así es que todos vienen a visitarle con tanta complacencia y afán como si aún se hallase en el ministerio.

La casualidad nos ha traído a su retiro encantador, donde hace varios meses que estamos detenidos, cediendo a sus favores y afable trato, y no sé si podremos dejar una compañía que únicamente pudiera reunir Atenas en el tiempo en que reinaban en esta ciudad la política, la decencia y el buen gusto.

En su casa, alrededor de su morada, todo da indicios de la bondad de su carácter generoso, anticipándose a todos los deseos, y satisfaciendo a todas las necesidades. Las tierras antes incultas y abandonadas, están cubiertas de mieses, y ya las pobres gentes de los campos cercanos, habiendo experimentado sus beneficios, le ofrecen un tributo de amor que le es aún más grato que el respeto que le tienen.

Querido Apolodoro, a la historia pertenece poner en su debido lugar a un ministro que siendo depositario de todo el favor, y no teniendo ninguna especie de aduladores asalariados, jamás ambicionó otra cosa que la gloria y la dicha de su nación.

CARTA DE APOLODORO.

Bien sabéis que en las cercanías de los estados de Filipo en la Tracia marítima, se extiende a lo largo del mar la Calcídica, donde en otro tiempo se establecieron varias colonias griegas, siendo Olinto la principal de ellas. Esta es una ciudad fuerte, opulenta, populosa, y que, situada en parte en una altura, llama desde lejos la atención por la hermosura de sus edificios y la grandeza de su recinto. Sus habitantes han dado muchas veces pruebas manifiestas de su valor. Amenazados por Filipo, que hace mucho tiempo que ha formado el designio de añadir la Calcídica a sus estados, han resuelto echarse en nuestros brazos, enviándonos al efecto sus diputados, que han implorado nuestro socorro. Conformándonos con el dictamen de Demóstenes, les hemos enviado algunas tropas bajo el mando de Cares. Este general, después de haber derrotado a una tropa de mercenarios al servicio del rey de Macedonia, ha vuelto aquí a gozar de este triunfo, cual si fuese una gran victoria. Caridemo, a quien hemos enviado en reemplazo de Cares, ha entrado en la ciudad de Olinto, y en ella se ha señalado con su intemperancia y sus desórdenes.

Estoy persuadido de que nada es tan importante para nosotros como la conservación de esta plaza, porque si Filipo se apodera de ella, ¿quién podrá impedirle que penetre en el Ática?

CARTA DE NICETAS.

Solo esperaba una imprudencia de Filipo. Temía y contemplaba a los olintios, cuando de repente se le ha visto acercarse a sus murallas a distancia de cuarenta estadios (más de legua y cuarto). Le han enviado diputados, pero él les ha respondido: «Preciso es que salgáis de la ciudad o yo de la Macedonia».

Se dice que a su llegada han huido, ¿pero como podrá pasar aquellos muros, fortificados por el arte y defendidos por un ejército entero? No, jamás hubiese emprendido esta expedición si no estuviese cierto del buen éxito, o si no hubiese creído ganarlo todo de una embestida. El resultado ha excedido a nuestras esperanzas: pronto sabréis que el poder y la gloria de Filipo se han estrellado contra las murallas de Olinto.

SEXTA CARTA DE APOLODORO.

Filipo mantenía inteligencias en la Eubea, adonde enviaba tropas secretamente. Ya era dueño de la mayor parte de las ciudades y, enseñoreándose de esta isla, lo hubiese sido en breve de la Grecia entera. A ruegos de Plutarco de Eretria, enviamos a Foción con un corto número de caballos y de infantes, contando con los amigos de la independencia y los extranjeros pagados por Plutarco, pero la corrupción había hecho tan grandes progresos que toda la isla se sublevó contra nosotros. Foción se vio pues obligado a dar batalla, y derrotó completamente al enemigo. El orador Esquines, que se ha distinguido en la acción, nos ha traído la noticia de esta victoria.

Foción ha hecho salir de Eretria a este Plutarco que la tiranizaba, y de Eubea a todos los déspotas que se habían vendido a Filipo; y después de una campaña que es la admiración de los inteligentes, ha venido a confundirse con los ciudadanos de Atenas.

SÉPTIMA CARTA DE APOLODORO.

Desde julio de 348 hasta 8 del mismo mes del año 347 antes de J. C.

Olinto ya no existe. Sus riquezas, sus fuerzas, sus aliados, catorce mil hombres que les habíamos enviado en diferentes veces, nada ha podido salvarla. Filipo, rechazado en todos los asaltos, valido de unos traidores se ha metido por último en esta ciudad desgraciada. Casas, pórticos, templos, todo lo ha destruido el hierro o el fuego, y en breve se preguntará «¿dónde fue Olinto?». Filipo ha puesto en venta a los habitantes, y dado muerte a dos hermanos suyos que habían tomado asilo en aquella ciudad algunos años antes.

La Grecia está consternada temiendo perder su libertad y su poder. ¿Cómo podrá defenderse contra un príncipe que dice y prueba con frecuencia que no hay muralla que no pueda saltar fácilmente un asno cargado de oro? Las demás naciones han aplaudido los decretos fulminantes que hemos expedido contra los que han hecho traición a los olintios; pero es preciso hacer justicia a los vencedores que, indignados de esta perfidia, la han afeado a los culpados. Eutícrates y Lástenes se han quejado de ello a Filipo, quien les ha contestado: «Los soldados macedonios son todavía tan rudos que llaman a cada cosa por su nombre».

CARTA DE NICETAS.

No me esperaba a la verdad la desgracia de los olintios, y si han perecido, es por no haber sofocado en su origen el partido de Filipo. Mandaba su caballería Apolónides, hábil general y excelente ciudadano, y le desterraron de repente porque los partidarios del rey de Macedonia habían logrado hacerle sospechoso. Eutícrates, que ocupó su lugar, y Lástenes que le asociaron, estaban en inteligencia con Filipo y los olintios no lo advirtieron. El suplicio de estos dos traidores atemorizará en adelante a los cobardes que traten de imitarlos, pues han perecido miserablemente, habiendo sido abandonados por Filipo a los ultrajes de sus soldados, que han terminado por despedazarlos.

La toma de Olinto, lejos de hacernos perder las esperanzas, las ha avivado aún más todavía. Nuestros oradores han inflamado los ánimos; las demás naciones empiezan a moverse; toda la Grecia se pondrá en breve sobre las armas; y, en tanto, nosotros hemos acogido públicamente a los habitantes de Olinto que han podido salvarse de las llamas y de la esclavitud.

CARTA OCTAVA DE APOLODORO.

A 25 de mayo del año 347 antes de J. C.

No dudo que seréis partícipe de nuestro grave sentimiento. Una muerte imprevista acaba de arrebatarnos a Platón. Este fatal incidente ha ocurrido el 17 de este mes, día de su nacimiento. No había podido eximirse de asistir a un convite de boda. Yo estaba a su lado, y advertí que únicamente comió algunas aceitunas, según su costumbre. Jamás había estado tan placentero, ni nunca nos había dado su salud más gratas esperanzas. En el momento mismo en que yo le felicitaba por esto, se sintió malo, perdió el conocimiento y cayó en mis brazos. Todo cuanto hicimos en su socorro fue inútil, y le trasladamos a su casa. Vimos encima de su mesa algunos renglones que había escrito pocos momentos antes de salir, y las correcciones que hacía de cuando en cuando a su tratado de la república, lo cual regamos con lágrimas. El sentimiento del público y el llanto de sus amigos le han acompañado hasta el sepulcro. Se le ha enterrado cerca de la Academia, a la edad de ochenta y un años cumplidos.

Su testamento contiene el estado de sus bienes, que se reducen a dos casas de campo, tres minas en dinero efectivo (1005 reales vellón), cuatro esclavos, dos vasos de plata de peso de ciento sesenta y cinco dracmas el uno, y el otro de cuarenta y cinco, un anillo de oro y los pendientes del mismo metal que llevaba en su infancia. Declara que no tiene deuda alguna; lega una de sus casas de campo al hijo de Adimanto, su hermano, y da libertad a Dianes, cuyo celo y cuyos servicios merecían este testimonio de reconocimiento. Además de esto, arregla y dispone todo lo respectivo a sus funerales y sepultura. Espeusipo, su sobrino, es uno de los albaceas y debe sucederle en la Academia.

La pérdida de este gran filósofo me ocasiona otra muy sensible. Aristóteles nos deja con motivo de algunas desazones que os contaré cuando volváis, y se retira a la compañía del eunuco Hermias, a quien el rey de Persia ha confiado el gobierno de Atarneo, ciudad de Misia. Siento en el alma la falta de sus luces, su conversación y su amistad. Me ha prometido volver, pero, ¡ay!, ¡qué diferencia tan notable entre gozar y esperar!

Estoy disgustado de no haber apuntado y hecho una colección de sus dichos agudos. Me acuerdo de que en una conversación sobre la amistad exclamó repentinamente y con mucha gracia: «¡Oh, amigos míos, no hay amigos!». Habiéndole preguntado que para qué servía la filosofía, respondió al punto: «Para hacer espontáneamente lo que obligaría hacer el temor de las leyes». Pero vos, que habéis vivido en su compañía, sabéis bien que, aunque tenga más conocimientos que nadie, tiene acaso más talento que conocimientos.

CARTA DE CALIMEDÓN.

Desde el 8 de julio de 347 hasta el 27 de junio de 346 antes de J. C.

Noticioso Filipo del contento que reina en nuestras tertulias o juntas, acaba de remitirnos un talento (20.517 reales vellón), y nos invita a que le comuniquemos el resultado de cada sesión nuestra. La sociedad de que soy individuo se complacerá en satisfacer sus deseos. Yo he propuesto que se le envíe la pintura de algunos de nuestros ministros y generales, y en el acto mismo he suministrado apuntes curiosos para ello. Voy a ver si los recuerdo.

Démades ha sobresalido durante algún tiempo entre la chusma de nuestras galeras. Manejaba el remo con igual maña y fuerza que en el día maneja la palabra, sacando de su primer estado el honor de habernos enriquecido con el proverbio que dice del remo a la tribuna para describir el camino de un arribista.

Es hombre de talento, y sobre todo muy chistoso y chancero, pero no consiste en esto solo su ingenio. Cuando se trata en la asamblea un asunto imprevisto, en que ni el mismo Demóstenes se atreve a hablar, él habla con tanta elocuencia que nadie titubea en tenerle por superior a todos nuestros oradores. Es de trato tan franco, al mismo tiempo, que se vendería, aunque fuese por algunos años, a cualquiera que quisiera comprarle.

Filócrates es menos elocuente que Démades, pero tan voluptuoso como este y tan desarreglado. En la mesa todo desaparece en su presencia, y es además uno de aquellos hombres en cuya frente se cree leer, como sobre las puertas de una casa, estas palabras escritas con letras muy grandes: Se alquila, se vende.

No es así Demóstenes, pues manifiesta un celo ardiente por la patria, y quizás nos venderá cuando no pueda impedir que los demás nos vendan.

Sus grandes defectos naturales se oponían a sus vivos deseos de seguir la carrera de la elocuencia, pero a costa de esfuerzos extraordinarios ha vencido una parte de aquellos inconvenientes, y cada día añade un nuevo rayo a su gloria. Bien es verdad que le cuesta caro, porque es menester que medite mucho tiempo y que revuelva su entendimiento para forzarle a producir. Sus enemigos suponen que sus escritos huelen a humo de lámpara: las personas de gusto encuentran cierta cosa de poco noble en su acción, y le critican ciertas expresiones duras y metáforas extravagantes. Por mi parte, le encuentro tan malo en el estilo jocoso como ridículo en el esmero de su vestido. La dama más melindrosa no gasta ropa tan fina, y este acicalamiento hace un contraste singular con su áspero carácter.

Es digno de risa su amor propio, aunque no ofende porque al momento lo conoce cualquiera. Estando yo días pasados en la calle, una aguadora, que le vio, le enseñaba a otra mujer señalando con el dedo y diciendo: «Mira, mira, ese es Demóstenes». Yo hacía como que no lo veía, pero él me lo hizo advertir.

Esquines se acostumbró desde muy joven a hablar en público. Se agregó temprano a una compañía de cómicos para hacer en ella únicamente los terceros papeles. A pesar de la hermosura de su voz, el público le declaró una guerra abierta. Dejó pues su profesión; fue escribano de un tribunal subalterno y después ministro de estado. Desde entonces ha mostrado siempre una conducta arreglada y decente. Su elocuencia se distingue por la feliz elección de palabras, por la abundancia y claridad de sus ideas y por una gran facilidad que debe más bien a la naturaleza que al arte; y aunque no tiene tanto nervio como Demóstenes, tiene no obstante el suficiente en sus discursos. Debo añadir que es hombre muy valiente pues se ha distinguido en muchos combates, tanto que Foción ha dado testimonio del valor suyo.

Foción no ha sabido nunca que vivía en esta ciudad ni en este siglo. Es pobre y no se humilla por esto; hace el bien y no se alaba de ello; tiene talento sin ambición y sirve al estado sin interés. Al frente del ejército se contenta con restablecer la disciplina y batir al enemigo, y en la tribuna ni le turban los gritos de la multitud, ni le envanecen los aplausos. Es el único general que nos queda, y casi nunca le empleamos; el más íntegro y acaso el más ilustrado de nuestros oradores, y el que menos escuchamos. Es cierto que no le quitaremos sus principios, pero juro por los dioses que él tampoco nos quitará los nuestros, y en verdad no se dirá que con este despliegue de virtudes añejas y con sus rapsodias de antiguas costumbres, Foción será bastante fuerte para corregir a la nación más amable del universo.

Ved a Cares, que enseña con su ejemplo a nuestros jóvenes a profesar públicamente la corrupción. Es el general más bribón y más torpe de cuantos tenemos, pero el más acreditado porque se ha puesto bajo la protección de Demóstenes y de algunos otros oradores, al mismo tiempo que da fiestas al pueblo.

CARTA NOVENA DE APOLODORO.

Por todas partes resonaba aquí el estruendo de las armas, pero una palabra de Filipo las ha hecho caer de nuestras manos. Tomó Olinto, y desde entonces solo respiramos guerra, mas luego dos de nuestros actores, Aristodemo y Neoptólemo, a quienes trata el príncipe bondadosamente, nos aseguraron a su vuelta, que persistía en sus primeras disposiciones, y con esto ya no respiramos más que paz.

Acabamos de enviar a Macedonia diez diputados, todos personas distinguidas por sus talentos, los cuales deben arreglar con Filipo los principales artículos del tratado, y empeñarle a enviarnos plenipotenciarios para concluirlo en esta ciudad. Para conseguir su beneplácito es preciso que tengan el arte y la dicha de agradarle. El actor Aristodemo tiene contraídas obligaciones con algunas ciudades que debían dar espectáculos, y vamos a enviar a suplicarles de rodillas de parte del senado que no le multen, porque la república le necesita en Macedonia. El autor de este decreto es aquel Demóstenes que en sus arengas trataba a Filipo con tanto desprecio.

CARTA DE CALIMEDÓN.

Nuestros embajadores han desempeñado su misión con tanta eficacia y prontitud que ya están de vuelta. Voy a contaros algunas anécdotas acerca de su viaje.

Demóstenes, cuya vanidad tanto les molestaba, no cesaba de prometerles que abriría delante del rey las fuentes inagotables de su elocuencia. «No temáis a Filipo, les decía, yo le coseré la boca de tal modo que se verá obligado a restituirnos Anfípolis».

Cuando estuvieron en presencia de Filipo, Tesifonte y los demás, se explicaron en pocas palabras; Esquines elocuente y largamente; Demóstenes... vais a verlo. Levantose muerto de miedo. No era aquella la tribuna de Atenas, ni aquella multitud de obreros que componen nuestras asambleas, pues Filipo estaba rodeado de sus cortesanos, la mayor parte personas de talento. Todos habían oído hablar de las magníficas promesas de Demóstenes y todos esperaban su efecto con una atención que acabó de trastornarle. Empieza temblando o tartamudear un discurso oscuro, lo advierte él mismo, se turba, se corta y calla. En vano procuró el rey alentarle, pues ya no volvió a levantarse sino para caer más pronto, y cuando hubieron gozado un rato de su silencio, el heraldo hizo que se retirasen nuestros diputados. A poco rato los mandaron entrar otra vez, y cuando estuvieron sentados Filipo examinó por orden sus pretensiones, respondió a sus quejas, se detuvo particularmente en el discurso de Esquines, y le dirigió muchas veces la palabra: en seguida, tomando un tono de dulzura y bondad, manifestó un deseo el más sincero de ajustar la paz. En tanto Demóstenes se esforzaba con ademanes para llamar la atención, pero no logró ni una palabra, ni siquiera una mirada.

Después del regreso de los diputados, se ha conducido bien en la asamblea del senado. Habiendo sido entregada a esta compañía la carta de Filipo, Demóstenes ha felicitado a la república por haber confiado sus intereses a unos diputados tan recomendables por su elocuencia como por su probidad; ha propuesto que les concedan una corona de olivo y que al día siguiente se les convide a comer en el Pritaneo. El senado-consulto es en todo conforme a lo que ha pedido.

No cerraré esta carta hasta que se haya acabado la asamblea general.

Salgo de ella en este momento. Demóstenes ha hecho maravillas. Los diputados acababan de referir, cada uno por su orden, diferentes circunstancias de la embajada. Esquines dijo alguna cosa de la elocuencia y la feliz memoria de Filipo. Ctesifonte de su belleza, de su rostro, de su fecundo ingenio y de su humor festivo cuando tiene el vaso en la mano. Todos fueron aplaudidos. Subió Demóstenes a la tribuna con un continente más grave que de costumbre y empezó su discurso diciendo: «¿Cómo nos atrevemos a pasar el tiempo en nimiedades cuando se trata de un asunto el más importante? Yo por mi parte voy a daros cuenta de mi embajada. Léase el decreto del pueblo, en virtud del cual marchamos, y la carta que el rey nos ha remitido. Acabada su lectura, aquí tenéis nuestras instrucciones, las cuales hemos cumplido.

»Ved aquí lo que ha respondido Filipo: solo falta deliberar. Voy a proponer un decreto. El heraldo de Filipo ha llegado y tras él vendrán sus embajadores. Pido que sea permitido tratar con ellos, y que los pritanos convoquen una junta que se celebrará en dos días consecutivos, y en la cual se delibere sobre la paz y la alianza. Pido también que se den elogios a los diputados si lo merecen, y que se les convide a comer mañana en el Pritaneo». Este decreto se ha aprobado a pluralidad de votos, y el orador ha recobrado su ascendiente.

CARTA DÉCIMA DE APOLODORO.

Os envío una relación circunstanciada de una parte de lo ocurrido en nuestras asambleas hasta la conclusión de la paz.

Han llegado Antípatro, Parmenión y Euríloco, los cuales vienen de parte del rey para celebrar el tratado. Antípatro es después de Filipo el más hábil político de la Grecia, tanto que el príncipe suele decir: «Podemos entregarnos a los placeres y al reposo, pues vela por nosotros Antípatro».

Parmenión, querido del soberano y más todavía de los soldados, se ha dado ya a conocer con muchas proezas, y sería el primer general de la Grecia si Filipo no existiese. Por los talentos de estos dos diputados se puede juzgar del mérito de Euríloco, su asociado.

Hemos hecho con Filipo un tratado de paz que lo es también de alianza; le cedemos nuestros derechos sobre Anfípolis, pero creemos recibir en indemnización o la isla de Eubea, de que él puede disponer, o la ciudad de Oropo, que nos han quitado los tebanos. También nos lisonjeamos de que nos dejará gozar el Quersoneso de Tracia. Hemos comprendido en el tratado a todos nuestros aliados, y por este medio salvamos al rey de Tracia, a los habitantes de Halo y a los focidios.

Salimos garantes a Filipo de cuanto posee actualmente, y miraremos como enemigos a cuantos intenten despojarle de ello.

Aunque nada han prometido estos embajadores, nosotros nos hemos dado prisa a prestar juramento en sus manos, y a nombrar diputados para ir a recibir el suyo.

Después de algunas dilaciones, han partido al fin estos diputados, y en lugar de ir en derechura al campo de Filipo que se hallaba haciendo la guerra al rey de Tracia Cersobleptes, se han tomado veinte días de tiempo para ir a Pela, capital de la Macedonia, y han abrazado el partido de esperar allí tranquilamente a que la expedición de este príncipe se concluya. A su vuelta comprenderá sus nuevas adquisiciones entre las posesiones de que le hemos salido garantes, bajo pretexto de que todavía no ha visto a los embajadores ni ratificado el tratado que podía detener el curso de sus expediciones.

Nuestros diputados están de vuelta en Atenas; darán cuenta de su misión al senado pasado mañana, y a la asamblea del pueblo en el día siguiente.

No hay cosa más criminal ni irritante que su conducta, si se da crédito a Demóstenes que era uno de ellos. Hay sospechas de que Esquines y Filócrates han cedido a los regalos y caricias de Filipo.

El día de la audiencia les hizo hacer antesala este príncipe que aún estaba en cama, y los embajadores murmuraban de esto. «No lo extrañéis», les dijo Parmenión, «pues Filipo duerme mientras veláis, así como velaba cuando vosotros dormíais». Dejose ver al fin, y cada uno expuso el objeto de su misión. Extendiose Esquines sobre la determinación que el príncipe había tomado de terminar la guerra de los focidios, le suplicó que restituyese la libertad a las ciudades de Beocia cuando estuviese en Delfos, y restableciese las que habían abolido los tebanos; que no entregase a estos indistintamente los desgraciados habitantes de la Fócida, sino que sometiese el juicio de los que habían profanado el templo de Apolo y saqueado el tesoro a la decisión de los pueblos anfictiónicos, encargados en todo tiempo del conocimiento de esta clase de crímenes.

Filipo, sin explicarse abiertamente acerca de estas peticiones, despidió a los diputados de las otras ciudades de la Grecia, partió con los nuestros para la Tesalia, y firmó el tratado en una posada de la ciudad de Feres jurando la observancia. Se negó a comprender en él a los focidios, por no violar el juramento que había hecho a los tesalios y tebanos, pero hizo promesas y dio una carta. Despidiéronse de él nuestros diputados, y las tropas del rey avanzaron hacia las Termópilas.

El senado se ha reunido esta mañana, Demóstenes ha tratado de probar que sus colegas han obrado contra sus instrucciones, que están de inteligencia con Filipo, y que no tenemos otro recurso que el de volar al socorro de los focidios y ocupar el paso de las Termópilas. El senado ha expedido un decreto conforme a su dictamen, pero no ha concedido elogios a los diputados, ni les ha convidado a comer en el Pritaneo, severidad que jamás había ejercido contra los embajadores.

FRAGMENTO DE UNA CARTA DE CALIMEDÓN.

Acabo de conocer a fondo a Demóstenes. Si queréis un genio vigoroso y sublime, hacedle subir a la tribuna; si un hombre pesado, inhábil y de mal modo, trasladadle a la corte de Macedonia. Se ha dado prisa para hablar el primero cuando nuestros diputados se han presentado a Filipo. Empezó prorrumpiendo en invectivas contra sus colegas; en seguida hizo una larga retahíla de los servicios que había hecho al príncipe; luego la lectura fastidiosa de los decretos que había propuesto para acelerar la paz; su atención en hospedar en su casa a los embajadores de Macedonia, en proporcionarles buenos almohadones en los espectáculos, en escogerles tres tiros de mulas cuando regresaron y en acompañarles él mismo a caballo; todo esto a despecho de los envidiosos, al descubierto, con la única intención de complacer al monarca. Sus colegas al oír esto se tapaban el rostro para ocultar su rubor, y él continuaba: «No he hablado de vuestra belleza», decía al rey, «porque este es el mérito de una mujer; ni de vuestra memoria, porque es el de un retórico; ni de vuestra habilidad para beber, porque es el de una esponja». En fin, tanto es lo que ha dicho que nadie ha podido contener la risa.

CARTA UNDÉCIMA DE APOLODORO.

A 23 de junio año 346 antes de J. C.

Decidiose la suerte de la Fócida y sus habitantes. La asamblea se ha reunido hoy en el Pireo para tratar de nuestros arsenales, y Dercilo, uno de nuestros diputados, se ha presentado de repente. Había sabido en Calcis, en Eubea, que los focidios se habían entregado a Filipo pocos días antes, y que este va a entregarlos a los tebanos. No es fácil pintaros el dolor, la consternación y el espanto que se han apoderado de todos los ánimos.

Los generales, de acuerdo con el senado, han convocado una asamblea extraordinaria, la cual ha mandado trasladar sin pérdida de tiempo a la ciudad y al Pireo las mujeres, los niños y todos los efectos del campo que están a distancia de menos de ciento veinte estadios (cerca de cuatro leguas y media), y los que distan más, a Eleusis, Filé, Afidnas, Ramnunte y Sunio; que se reparen los muros de Atenas y otras plazas fuertes, y se ofrezcan sacrificios a Heracles, como acostumbramos en las calamidades públicas.

A pesar de todas nuestras precauciones, no tenemos ahora otro recurso que la indulgencia o la piedad de Filipo. ¡La piedad! ¡Oh manes de Temístocles y de Arístides!...

Aliándonos con él, ajustando de repente la paz, al mismo tiempo que invitábamos a los otros pueblos a tomar las armas, hemos perdido nuestras posesiones y nuestros aliados. ¿A quién pues nos dirigiremos ahora? Toda la Grecia septentrional está adicta al rey de Macedonia. En el Peloponeso, la Élide, la Argólida y la Arcadia, llenas de partidarios suyos, no querrán, como tampoco los demás pueblos de estos países, perdonarnos nuestra alianza con los lacedemonios. Estos últimos, a pesar del genio fogoso de Arquidamo, su rey, prefieren la paz a la guerra. Por nuestra parte, cuando vuelvo la vista hacia el estado de la marina, del ejército y de las rentas, no veo más que las reliquias de una potencia que era en otro tiempo muy formidable.

CARTA DUODÉCIMA DE APOLODORO.

Desde el 27 de junio de 346 hasta el 13 de julio de 345 antes de J. C.

Aún se nos permite ser libres. Filipo no volverá sus armas contra nosotros, pues los negocios de la Fócida lo tienen ahora ocupado, y en breve le llamarán a Macedonia otros intereses.

Inmediatamente que llegó a Delfos, reunió a los anfictiones para imponer un ejemplar castigo a los que se habían apoderado del templo y del tesoro sagrado. La forma era legal. Los principales autores del sacrilegio quedan condenados a la execración pública, y es permitido perseguirlos en todas partes. La nación, como cómplice de su crimen, pues tomó la defensa de ellos, pierde el voto doble que tenía en la asamblea anfictiónica, cuyo privilegio se confiere para siempre a los reyes de Macedonia. A excepción de tres villas, en donde únicamente serán demolidas las fortificaciones, todas las demás serán arrasadas y reducidas a aldeas de cincuenta casitas situadas a cierta distancia una de otra. Los habitantes de la Fócida, privados del derecho de ofrecer sacrificios en el templo y de participar de las ceremonias santas, cultivarán sus tierras y depositarán anualmente en el tesoro sagrado sesenta talentos (1.207.000 reales vellón) hasta que hayan restituido el total de las sumas que cogieron: entregarán sus armas y caballos, y no podrán tener otros hasta que se halle indemnizado el tesoro. Filipo, de concierto con los beocios y los tesalios, presidirá en los juegos píticos en lugar de los corintios, acusados de haber favorecido a los focidios.

Filipo ha hecho ejecutar el decreto, según unos con un rigor bárbaro, y según otros con bastante moderación; veintidós ciudades circuidas de muros eran el ornamento de la Fócida, y la mayor parte no ofrecen en el día más que un montón de cenizas y de escombros. En los campos no se ve más que viejos, mujeres, niños y hombres enfermos que, con débil y trémula mano, apenas pueden arrancar de la tierra algunos alimentos groseros; sus hijos, sus esposos, sus padres, se han visto precisados a abandonarlos. Unos, vendidos en pública subasta, gimen entre cadenas, y otros, proscritos y fugitivos, no encuentran asilo en la Grecia. Nosotros hemos acogido algunos de ellos, y ya nos atribuyen un crimen por esto los tesalios.

Filipo ha sacado de su expedición el fruto que esperaba, cual es la libertad de pasar las Termópilas cuando quiera; el honor de haber terminado una guerra de religión; el derecho de presidir en los juegos públicos; y otro más importante, que es el de asiento y voto en la junta de los anfictiones.

El pueblo ya no teme a Filipo desde que se ha retirado a sus estados. El modo con que ha dirigido y terminado la guerra de los focidios, su desinterés en el repartimiento de los despojos y, en fin, su comportamiento mejor examinado, nos deben tranquilizar tanto en lo presente como atemorizarnos para lo venidero que acaso no está lejos. Este príncipe quiere conquistar a los griegos antes que a la Grecia; quiere ganar nuestra confianza, acostumbrarnos a las cadenas, obligarnos quizá a pedírselas, y por medios lentos y suaves hacerse insensiblemente nuestro árbitro, nuestro defensor y nuestro dueño.

CARTA DECIMOTERCERA DE APOLODORO.

Desde el 13 de julio de 345 hasta el 4 de julio de 344 antes de J. C.

Timónides de Léucade ha llegado hace algunos días. Bien sabéis que acompañó a Dion a Sicilia, hace trece años, y que peleó siempre a su lado. La historia que está escribiendo contendrá los pormenores de esta célebre expedición.

Nada hay más espantoso que el estado en que ha dejado aquella isla, en otro tiempo tan floreciente. No parece sino que la fortuna ha elegido este teatro para mostrar en un corto número de años todas las vicisitudes de las cosas humanas. La mayor parte de las ciudades han roto los lazos que constituían su fuerza cuando estaban unidas a la capital, y se han entregado a jefes que las han esclavizado prometiéndoles la libertad. Estas revoluciones se han hecho con torrentes de sangre, con odios implacables y crímenes atroces.

Todas estas calamidades han convertido la Sicilia en un horroroso desierto: aldeas y lugares han desaparecido: los campos incultos, las ciudades, medio destruidas y casi sin gentes, están pasmadas de horror en vista de aquellas ciudadelas donde se encierran los tiranos rodeados de los ministros de la muerte. Ya lo veis, Anacarsis: no hay cosa más funesta para una nación que ya no tiene valores morales que la empresa de romper sus cadenas. Los griegos de Sicilia estaban demasiado corrompidos para conservar su libertad, eran demasiado vanidosos para tolerar la servidumbre. A fuerza de sufrir, han llegado a ser los hombres más desventurados y los más viles esclavos.

Acaba de salir de aquí Timónides, quien ha recibido cartas de Siracusa en las cuales le dicen que Dionisio ha vuelto a ocupar otra vez el trono, habiendo arrojado de él a Niseo, su hermano por parte de padre, y al cual ha encerrado en un calabozo, condenándole a perder la vida.

CARTA DECIMOCUARTA DE APOLODORO.

Acabamos de recibir noticias de Sicilia, Dionisio se creía dichoso en el trono, manchado no pocas veces con la sangre de su familia. Cuando salió de Italia para Sicilia, dejó a su mujer, sus hijas y su hijo menor en la capital de los locrios epicefirios. Así que se ausentó, estos pueblos, contra los cuales había ejercido la tiranía más horrible, quitaron la vida a toda su familia con una muerte la más lenta y dolorosa. Esta desgracia que acaba de ocurrir ha difundido el terror en todo su imperio. No hay que dudarlo: Dionisio va hacer olvidar las crueldades de su padre con las suyas.

CARTA DECIMOQUINTA DE APOLODORO.

Desde el 4 de julio de 344 hasta el 25 de julio de 343 antes de J. C.

Seguid, si podéis, las rápidas operaciones de la última campaña de Filipo. Junta un ejército, cae sobre la Iliria, se apodera de muchas ciudades, coge un botín inmenso, vuelve a Macedonia, penetra en la Tesalia a donde le llaman sus partidarios, libértala de todos los tiranuelos que la oprimían, la divide en cuatro grandes distritos, pone a su frente jefes que le son adictos, une así con nuevos lazos los pueblos que la habitan, se hace confirmar los derechos que percibía en sus puertos y vuelve a sus estados tranquilamente.

En la actualidad toma con empeño la defensa de los mesenios y de los argivos, a quienes da soldados y dinero, y ha enviado a decir a los lacedemonios que si se atreven a atacarlos entrará en el Peloponeso. Demóstenes ha ido a Mesenia y a la Argólida, mas a pesar de sus esfuerzos, no ha podido lograr que estas dos naciones conozcan sus verdaderos intereses.

CARTA DECIMOSEXTA DE APOLODORO.

Acaba de enseñarme Isócrates una carta que escribe a Filipo. Un viejo cortesano no sería más diestro y sagaz para lisonjear a un príncipe. Se disculpa de atreverse a darle consejos, pero se ve en la precisión de hacerlo porque lo exige el interés de la Grecia y de Atenas, tratándose del cuidado que debería tomar en su conservación el rey de Macedonia. «Todo el mundo os vitupera», le dice, «el precipitaros al peligro con menos precaución que un simple soldado. Es muy glorioso morir por su patria, por sus hijos y por aquellos que nos han dado el ser; pero no hay cosa tan reprensible como exponer una vida de la cual depende la suerte de un imperio, y marchitar con funesta temeridad la carrera esclarecida de tantas hazañas».

Isócrates querría establecer entre Filipo y los atenienses una amistad sincera, y dirigir sus fuerzas contra el imperio de los persas. Mira la república como cosa propia; conviene en que hemos desacertado, pero los dioses mismos no son irreprensibles a nuestros ojos.

No paso adelante, y no me causa extrañeza que un hombre de más de noventa años de edad sea todavía tan rastrero, cuando lo ha sido toda su vida. Me aflige, sí, que muchos atenienses piensen del mismo modo. De aquí debéis inferir lo mucho que han mudado nuestras ideas desde vuestra ausencia.