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Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2)

Chapter 32: CAPÍTULO LX.
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About This Book

Un joven viajero llamado Anacarsis recorre diversas regiones de la antigua Grecia, describiendo paisajes, ciudades, templos y costumbres locales. El relato combina observaciones topográficas y etnográficas con notas sobre religión, ceremonias, mitos y vida cotidiana, ofrece panoramas de montes, ríos y campos, descripciones de festividades y cultos como los dedicados a Pan, y reflexiones sobre instituciones políticas y urbanas. Alternando anécdotas de viaje con erudición clásica, presenta tanto escenas pintorescas como explicaciones sobre monumentos y prácticas rurales, entregando una guía compendiada de geografía, historia y folclore helénicos.

CAPÍTULO LX.

De la naturaleza de los gobiernos según Aristóteles y otros filósofos.

A nuestra vuelta de Persia nos entregaron en Esmirna las últimas cartas que acabo de recibir. En esta ciudad supimos también que Aristóteles se había establecido en Mitilene, capital de la isla de Lesbos, después de haber estado tres años con Hermias, gobernador de Atarnea. Nos hallábamos tan cerca de él, y hacía tanto tiempo que no le habíamos visto, que determinamos ir a sorprenderle, y esta prueba de afecto le enajenó de gozo. Estaba disponiéndose para ir a Macedonia, porque al fin había conseguido Filipo que se encargase de la educación de su hijo Alejandro. «Sacrifico así mi libertad», nos dijo, «pero oíd mi disculpa». Entonces nos enseñó una carta del rey concebida en estos términos: «Tengo un hijo, y doy gracias a los dioses no tanto de habérmelo dado como de que haya nacido en vuestro tiempo. Espero que vuestros cuidados y vuestras luces le harán digno de mí y de este imperio».

Pasábamos los días enteros con este gran filósofo, y le hicimos una relación circunstanciada de nuestro viaje. Las reflexiones que también le hicimos acerca del despotismo del rey de Persia y de sus sátrapas le empeñaron a hablarnos de las diferentes clases de gobierno, en lo cual se había ocupado desde nuestra separación. Comenzó haciendo una recopilación de las leyes y las instituciones de todas las naciones griegas y bárbaras, y nos las hizo ver puestas en orden, y acompañadas con notas, en otros tantos tratados particulares en número de más de ciento cincuenta. Allí se encuentra la constitución de Atenas, la de Lacedemonia, de los tesalios, los arcadios, de Siracusa, de Marsella, y hasta de la reducida isla de Ítaca.

Esta inmensa colección bastaría por sí sola para afianzar la gloria del autor, pero él no la miraba más que como un andamio para levantar un monumento todavía más precioso. Estaban ya reunidos los hechos, pero presentaban diferencias y contradicciones muy chocantes, y para sacar de ellos resultados útiles al género humano era preciso empezar por el espíritu de las leyes y seguirlas en sus efectos; examinar según la experiencia de muchos siglos las causas que conservan o destruyen los estados, proponer remedios para los vicios que son inherentes y contra los principios de alteración que le son extraños; formar en fin para cada legislador un código luminoso mediante el cual pueda escoger el gobierno el que más convenga a la nación, así como a las circunstancias de los tiempos y de los lugares.

Esta grande obra estaba casi acabada cuando llegamos a Mitilene, y salió a luz algunos años después. Aristóteles nos permitió leerla y hacer de ella el extracto siguiente.

PRIMERA PARTE.

Sobre las diferentes especies de gobierno.

Es necesario distinguir dos clases de gobierno: unos en que se atiende en todo a la utilidad pública, y otros en que no se cuenta con ella para nada. En la primera clase pondremos la monarquía templada, el gobierno aristocrático, y el republicano propiamente tal. La segunda clase comprende la oligarquía y la democracia, que no son más que corrupciones de las dos segundas formas de gobierno, porque la aristocracia degenera en oligarquía cuando el poder supremo solo reside ya en un corto número de personas únicamente distinguidas por sus riquezas, y el gobierno republicano en democrático, cuando los más pobres tienen demasiada influencia en las deliberaciones públicas. Es oportuno observar que la más absoluta autoridad se hace legítima si los súbditos consienten en establecerla o tolerarla.

En la historia de los pueblos descubrimos cinco especies de monarquías, pero la moderada, que es aquella en que el soberano ejerce en sus estados la misma autoridad que un padre de familia en su casa, es la única de que yo voy a tratar.

El soberano goza de la autoridad suprema y vela sobre todas las partes de la administración pública, así como sobre la tranquilidad del estado. Tal es la idea que nos formamos de una verdadera monarquía. Este gobierno, estando fundado únicamente en la confianza que inspira, se destruye cuando el soberano, que no es más que el ejecutor de las leyes, se hace odioso por su despotismo o despreciable por sus vicios.

Bajo un opresor, todas las fuerzas de la nación se vuelven contra ella misma; el gobierno hace una guerra continua a sus súbditos, los ataca en sus leyes, en sus bienes, en su honor, y no deja más que el sentimiento profundo de su miseria.

Un rey se propone la gloria de su reino y el bienestar de su pueblo, pero un tirano no tiene otra mira que la de recoger todas las riquezas del estado y hacerlas servir a sus vergonzosos deleites, y como no reina sino por el temor que inspira, su seguridad debe ser el único objeto de su atención.

Una nación es infeliz cuando el príncipe, a ejemplo de los reyes de Siracusa, no permite el progreso de los conocimientos humanos que pueden ilustrar a los súbditos, cuando los rodea de espías que a cada instante los tienen inquietos y amedrentados, cuando introduce con arte y con maña la turbación y la cizaña entre las familias, la discordia en las diferentes clases del estado, y la desconfianza entre los más íntimos amigos, cuando el pueblo está agobiado con obras públicas, abrumado con exorbitantes contribuciones, y se le conduce a guerras suscitadas de intento, cuando el trono está cercado de viles aduladores y de tiranuelos, a quienes no contienen ni la vergüenza ni los remordimientos.

La libertad, dicen los fanáticos partidarios del poder popular, no puede encontrarse sino en la democracia: ella es el principio de este gobierno, da a cada ciudadano la voluntad de obedecer, el poder de mandar, le hace dueño de sí mismo, igual a los demás y útil al estado de que es parte.

Esta forma de gobierno está expuesta a más revoluciones que la aristocracia. Es moderada en aquellos parajes donde por sabios reglamentos la primera clase de ciudadanos no es víctima del rencor y de la envidia de las últimas clases; en todos los parajes, en fin, donde en medio de los movimientos más tumultuosos, las leyes tienen fuerza para hablar y hacerse oír; pero es tiranía por todas partes, donde los pobres influyen como sucede comúnmente en las deliberaciones públicas.

Casi todos nuestros gobiernos, cualquiera que sea su forma, llevan en sí mismos muchas semillas de destrucción. Como la mayor parte de las repúblicas griegas están encerradas en el recinto de una ciudad o de una comarca, una sucesión rápida de acontecimientos imprevistos puede en un instante trastornar o destruir la constitución. Así es que hemos visto abolida la democracia por la pérdida de una batalla en la ciudad de Tebas; en la de Heraclea, de Cumas y de Mégara por la vuelta de los principales ciudadanos que el pueblo había proscrito para enriquecer el tesoro público con sus despojos. En Siracusa se ha visto mudar la forma de gobierno por una intriga amorosa, en la ciudad de Eretria por un insulto hecho a un particular, y en Epidauro por una multa impuesta a otro. ¿Y cuántas sediciones se han visto que no tenían causas más importantes, y comunicándose por grados han venido a parar en guerras sangrientas?

Mientras que estas calamidades afligen a la mayor parte de la Grecia, tres naciones, los cretenses, los lacedemonios y los cartaginenses, gozan en paz, muchos siglos hace, de un gobierno que se diferencia de todos los demás, aunque reúne las ventajas de ellos.

Los cretenses concibieron en tiempos remotos la idea de atemperar el poder de los grandes con el del pueblo; los lacedemonios y los cartaginenses, siguiendo sin duda su ejemplo, la de conciliar la dignidad real con la aristocracia y la democracia.

Según lo que hemos dicho, es fácil descubrir cuál sea el objeto que debe proponerse el magistrado en cada forma de gobierno. En la monarquía, lo honesto es lo bueno, porque el príncipe debe desear la gloria de su reino, y no adquirirla sino por medios honrosos. En la tiranía, es la seguridad del tirano, porque únicamente se mantiene en el trono por el terror que inspira. En la aristocracia, la virtud, pues los jefes solo pueden distinguirse por el amor a la patria. En la oligarquía, las riquezas, atendiendo a que únicamente se escoge entre los ricos los administradores del estado. En la democracia, la libertad de cada ciudadano; pero este principio degenera casi en todas partes en licencia, y solo podría subsistir en el gobierno de que se da una idea sucinta en la segunda parte que sigue.

SEGUNDA PARTE.

Cuál sea la mejor constitución.

El mejor gobierno para un pueblo es aquel que más se acomoda a su carácter, a su interés, al clima que habita y a infinitas circunstancias particulares.

Estudiando el legislador los hombres sometidos a su mando, verá si han recibido de la naturaleza o si pueden recibir de sus instituciones las luces necesarias para conocer el mérito de la virtud, y bastante fuerza y entusiasmo para preferirla a todo. Cuanto más grande es el objeto que se propone, más debe reflexionar, instruirse y dudar. Si, por ejemplo, el terreno que su colonia ha de ocupar es susceptible de mucho cultivo, y hay obstáculos insuperables que no le permiten proponer otra constitución, en tal caso, no debe titubear para establecer el gobierno popular.

Un pueblo agricultor es el mejor de todos, pues no abandonará las labores que exigen su presencia para ir a la plaza pública a disputar honores que no codicia y entretenerse en disensiones que el ocio fomenta. Los magistrados más respetados no se verán expuestos a los caprichos de jornaleros, trabajadores y mercenarios, tan atrevidos como insaciables.

Por otra parte, la oligarquía se establece naturalmente en los lugares donde es necesario y posible tener una caballería numerosa; porque constituyendo esta la fuerza principal del estado, es preciso que un gran número de ciudadanos puedan mantener en ella un caballo y sufragar el gasto que exige su profesión: entonces el partido de los ricos domina al de los pobres.

El gobierno cuya idea os doy, continuó Aristóteles, propendería a la democracia, pero tendría también oligarquía porque sería un gobierno mixto, combinado de tal modo que se titubease para calificarle, y sin embargo los partidarios de la democracia y de la oligarquía encontrarían en él las ventajas de la constitución que prefieren sin encontrar en ella los inconvenientes de la que reprueban.

Esta acertada combinación se conocería particularmente en la distribución de los tres poderes que constituyen un estado republicano. El primero, que es el legislativo, residirá en la asamblea general de la nación; el segundo, que es el ejecutivo, pertenecerá a los magistrados; y el tercero, que es el judicial, se confiará a los tribunales de justicia.

No se crea que Aristóteles haya condenado la monarquía, presentando como bueno un gobierno mixto de oligarquía y democracia; antes bien, la ha elogiado y la mayor parte de los demás filósofos han reconocido la excelencia de este gobierno, que unos han considerado con respecto a la sociedad y otros con relación al sistema general de la naturaleza, de modo que la monarquía es preferible a todo gobierno.

La mejor constitución, dicen los primeros, sería aquella en que depositada la autoridad en manos de un solo hombre, la ejerciese con arreglo a las leyes sabiamente establecidas; en que el soberano, siendo superior a sus súbditos, tanto por sus luces y sus virtudes como por su poder, se persuadiese de que él mismo es como la ley que existe únicamente para la felicidad de los pueblos; en que el gobierno inspirase el respeto y el temor dentro y fuera del estado, no solamente por la uniformidad de principios, el secreto de las empresas y la celeridad en la ejecución, sino también por la rectitud y la buena fe, pues entonces se confiaría más en la palabra del príncipe que en los juramentos de los demás hombres.

Los segundos dicen: todo nos conduce en la naturaleza a la unidad. El universo está presidido por el ser supremo, las esferas celestes por otros tantos genios, los reinos de la tierra deben serlo por otros tantos soberanos, establecidos sobre el trono para conservar en sus estados la armonía que reina en el universo. Mas, para corresponder dignamente a tan alto destino, deben copiar en sí mismos las virtudes de aquel Dios de que son las imágenes, y gobernar a sus súbditos con la terneza de un padre, los cuidados vigilantes de un pastor y la imparcial equidad de la ley.

Están más acordes en cuanto a la necesidad de establecer buenas leyes sobre la obediencia, y en la mudanza que deben experimentar algunas veces.

Como no es dado a un simple mortal el conservar el orden con solo su voluntad pasajera, es preciso que haya leyes en una monarquía, porque sin este freno llega a ser tiránica.

Pero ¿cuál es el fundamento sólido de la quietud y el reposo de los pueblos? No lo son las leyes que arreglan su constitución o que aumentan su poder, sino las constituciones que forman ciudadanos y dan vigor a sus almas; tal es la decisión unánime de los legisladores, de los filósofos, de todos los griegos y quizás de todas las naciones.

Las leyes, impotentes por sí mismas, adquieren su fuerza únicamente de las costumbres, que son tan superiores a ellas, como lo es la virtud a la probidad. Por las costumbres se prefiere lo honesto a lo que no es más que justo, y lo justo a lo útil. Contienen al ciudadano con el temor de la opinión, mientras que las leyes no le espantan sino por el temor de las penas.

De aquí resulta para todo gobierno la indispensable necesidad de atender a la educación de los niños, como un asunto el más esencial, de criarlos en el espíritu y amor de las leyes, en la sencillez de los tiempos antiguos, en una palabra en los principios que deben arreglar para siempre sus virtudes, sus opiniones, sus sentimientos y sus maneras. Todos los que han meditado sobre el arte de gobernar a los hombres se han persuadido de que la suerte de los imperios depende de la instrucción de la juventud. Según sus reflexiones se puede establecer este principio luminoso: Que la educación, las leyes y las costumbres jamás deben estar en contradicción.