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Corazón

Chapter 23: LOS SOLDADOS
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About This Book

El relato adopta la forma de un diario escolar escrito por un niño a lo largo de un curso; combina anécdotas cotidianas sobre la escuela, los compañeros y la familia con cuentos mensuales que ejemplifican virtudes. Presenta episodios de amistad, generosidad, sacrificio y patriotismo, así como escenas de dolor y enseñanza moral. La estructura alterna entradas breves, descripciones de maestros y padres, y relatos emotivos que subrayan la empatía, la disciplina y el crecimiento personal del narrador.

NOVIEMBRE

EL DESHOLLINADOR

1.º de noviembre

YER tarde fuí a la escuela de niñas que está al lado de la nuestra, para darle el cuento del muchacho paduano a la maestra de Silvia, que lo quería leer. ¡Setecientas muchachas hay allí! Cuando llegué, empezaban a salir, todas muy contentas, por las vacaciones de Todos Santos y Difuntos, y ¡qué cosa tan hermosa presencié allí! Frente a la puerta de la escuela, en la otra acera, estaba con un codo apoyado en la pared y con la frente apoyada en la mano, un deshollinador muy pequeño, de cara completamente negra, con su saco y su raspador, que lloraba, sollozando amargamente. Dos o tres muchachas de la segunda sección se le acercaron y le dijeron: “¿Qué tienes, que lloras de esa manera?”. Pero él no respondía y continuaba llorando: “Pero, ¿qué tienes? ¿Por qué lloras?”, repetían las niñas; y entonces él separó el rostro de la mano, un rostro infantil, y dijo gimiendo, que había estado en varias casas a limpiar las chimeneas; que había ganado seis reales y los había perdido porque se le escurrieron por el agujero de un bolsillo roto, y no se atrevía a volver a su casa sin los cuartos. “El amo me pega”, decía sollozando; y volvió a la misma postura que antes tenían, como un desesperado. Las chiquillas se quedaron mirándole muy serias. Entretanto, se habían acercado otras muchachas, grandes y pequeñas, pobres y acomodadas, con sus carteras bajo el brazo; y una de las mayores, que llevaba una pluma azul en el sombrero, sacó del bolsillo diez céntimos y dijo: “No tengo más que esto que ves; hagamos la colecta”. “También tengo yo diez—dijo otra vestida de encarnado—, y podemos, entre todas, reunir hasta lo que falta”. Entonces comenzaron a llamarse: “¡Amalia, Luisa, Anita, eh, cuartos! Tú, ¿quién tiene cuartos? ¡Vengan cuartos!”. Muchas llevaban dinero para comprar flores o cuadernos, y los entregaban en seguida. Algunas más pequeñas sólo pudieron dar céntimos. La de la pluma azul recogía todo y lo contaba en voz alta: “¡Ocho, diez, quince!”; pero hacía falta más. Entonces llegó la mayor de todas, que parecía una maestrita, dió un real y todas le hicieron una ovación. Pero faltaban aún treinta y cinco céntimos. “Ahora vienen las de la cuarta”, dijo una. Las de la clase cuarta llegaron y los cuartos llovieron. Todas se arremolinaban, y era un espectáculo hermoso ver a aquel pobre deshollinador en medio de aquellos vestidos de tantos colores, de todo aquel círculo de plumas, de lazos y de risas. Los seis reales se habían ya reunido, y aun pasaban, y las más pequeñas, que no tenían dinero, se abrían paso entre las mayores llevando sus ramitos de flores, por darle también algo. De allí a un rato acudió la portera gritando: “¡La señora directora!”. Las muchachas escaparon por todos lados como gorriones a la desbandada, y entonces se vió al pobre deshollinador, solo en medio de la calle, enjugándose los ojos, tan contento, con las manos llenas de dinero y ostentando ramitos de flores en los ojales de la chaqueta, en los bolsillos, en el sombrero, y hasta había flores por el suelo rodeando sus pies.

EL DÍA DE DIFUNTOS

2 de noviembre.—“Este día está consagrado a la conmemoración de los difuntos. ¿Sabes tú, Enrique, a qué muertos debéis consagrar un recuerdo en este día, vosotros los muchachos? A los que murieron por vosotros, por los niños. ¡Cuántos han muerto así y cuántos mueren de continuo! ¿Has pensado alguna vez en cuántos padres han consumido su vida en el trabajo, y cuántas madres han bajado a la tumba antes de tiempo, extenuadas por las privaciones a que se condenaron para sustentar a sus hijos? ¿Sabes cuántos hombres clavaron un puñal en su corazón, por la desesperación de ver a sus propios hijos en la miseria, y cuántas mujeres se suicidaron, murieron de dolor o enloquecieron por haber perdido un hijo? Piensa, Enrique, en este día, en todos estos muertos. Piensa en tantas maestras que fallecieron jóvenes, consumidas de la tisis por las fatigas de la escuela, por amor a los niños, de los cuales no tuvieron valor para separarse; piensa en los médicos que murieron de enfermedades contagiosas, de las que valientemente no se precavían por curar a los niños; piensa en todos aquéllos que en los naufragios, en los incendios, en las hambres, en un momento de supremo peligro, cedieron a la infancia el último pedazo de pan, la última tabla de salvación, la última cuerda para escapar de las llamas, y expiraban satisfechos de su sacrificio, que conserva la vida de un pequeñuelo inocente. Son innumerables, Enrique, estos muertos: todo cementerio encierra centenares de estas santas criaturas, que si pudieran salir un momento de la fosa, dirían el nombre de un niño al cual sacrificaron los placeres de la juventud, la paz de la vejez, los sentimientos, la inteligencia, la vida; esposas de veinte años, hombres en la flor de la edad, ancianos octogenarios, jovencillos—mártires heroicos y obscuros de la infancia—tan grandes y tan nobles, que no produce la tierra flores bastantes para poderlas colocar sobre sus sepulturas. ¡Tanto se quiere a los niños! ¡Piensa hoy con gratitud en estos muertos, y serás mejor y más cariñoso con todos los que te quieren bien y trabajan por ti, querido y afortunado hijo mío, que en el día de los Difuntos no tienes aún que llorar a ninguno!”.

MI AMIGO GARRÓN

Viernes 4.—¡No han sido más que dos los días de vacaciones, y me parece que he estado tanto tiempo sin ver a Garrón! cuanto más le conozco, más lo quiero, y lo mismo sucede a los demás, exceptuados los arrogantes, aunque a su lado no puede haberlos, porque él siempre los mete en cintura. Cada vez que uno de los mayores levanta la mano sobre un pequeño, grita éste: “¡Garrón!”, y el mayor ya no pega. Su padre es maquinista del ferrocarril: él empezó tarde a ir a la escuela, porque estuvo malo dos años. Cualquier cosa que se le pide, lápiz, goma, papel, cortaplumas, lo presta o da en seguida; no habla ni ríe en la escuela; está siempre inmóvil en su banco, demasiado estrecho para él, con la espalda agachada y la cabeza metida entre los hombros; y cuando lo miro me dirige una sonrisa, con los ojos entornados, como diciendo: “Y bien, Enrique, ¿somos amigos?”. Da risa verle, tan alto y grueso, con su chaqueta, pantalones, mangas y todo demasiado estrecho y excesivamente corto; un sombrero que no le cubre la cabeza, el pelo rapado, las botas grandes y una corbata siempre arrollada como una cuerda. ¡Querido Garrón! Basta ver una vez su cara para tomarle cariño. Todos los más pequeños quisieran tenerlo por vecino de banco. Sabe muy bien la Aritmética. Lleva los libros atados con una correa de cuero encarnado. Tiene un cuchillo con mango de concha, que encontró el año pasado en la plaza de armas, y un día se cortó un dedo hasta el hueso, pero ninguno se lo notó en la escuela, ni tampoco rechistó en su casa por no asustar a sus padres. Deja que le digan cualquier cosa por broma, y nunca lo toma a mal; pero ¡ay del que le diga “no es verdad” cuando afirma una cosa! Sus ojos echan chispas entonces, y pega puñetazos capaces de partir el banco. El sábado por la mañana dió cinco céntimos a uno de la clase primera superior, que lloraba en medio de la calle porque le habían quitado el dinero y no podía ya comprar el cuaderno. Hace ocho días que está trabajando en una carta de ocho páginas, con dibujos a pluma en los márgenes, para el día del santo de su madre, que viene a menudo a buscarle, y es alta y gruesa como él. El maestro está siempre mirándolo, y cada vez que pasa a su lado, le da palmaditas en el cuello cariñosamente. Yo le quiero mucho. Estoy contento cuando estrecho en mi mano la suya, grande como la de un hombre. Estoy seguro de que arriesgaría su vida por salvar la de un compañero, y hasta que se dejaría matar por defenderlo; se ve tan claro en sus ojos y se oye con tanto gusto el murmullo de aquella voz, que se conoce viene de un corazón noble y generoso.

EL CARBONERO Y EL SEÑOR

Lunes 7.—No hubiera dicho nunca Garrón, seguramente, lo que dijo ayer por la mañana Carlos Nobis a Beti. Carlos es muy orgulloso, porque su padre es un gran señor: un señor alto, con barba negra, muy serio, que va casi todos los días para acompañar a su hijo. Ayer por la mañana Nobis se peleó con Beti, uno de los más pequeños, hijo de un carbonero, y no sabiendo ya qué replicarle porque no tenía razón, le dijo alto: “Tu padre es un andrajoso”. Beti se puso muy encarnado y no dijo nada; pero se le saltaron las lágrimas, y cuando fué a su casa se lo contó a su padre, y el carbonero, hombre pequeño y muy negro, fué a la lección de la tarde con el muchacho de la mano, a dar las quejas al maestro. Mientras las daba, y como todos estábamos callados, el padre de Nobis, que le estaba quitando la capa a su hijo, como acostumbra, desde el umbral de la puerta, oyó pronunciar su nombre y entró a pedir explicaciones. Es este señor—respondió el maestro—que ha venido a quejarse porque su hijo de usted, Carlos, dijo a su niño: “Tu padre es un andrajoso”.

El padre de Nobis arrugó la frente y se puso algo encarnado. Después preguntó a su hijo: “¿Has dicho esa palabra?”.

El hijo, de pie, en medio de la escuela, con la cabeza baja delante del pequeño Beti, no respondió. Entonces el padre lo agarró de un brazo, le hizo avanzar más enfrente de Beti, hasta el punto de que casi se tocaban, y le dijo: “Pídele perdón”.

El carbonero quiso interponerse, diciendo: “No, no”; pero el señor no lo consintió, y volvió a decir a su hijo: “Pídele perdón. Repite mis palabras: Yo te pido perdón de la palabra injuriosa, insensata, innoble que dije contra tu padre, al cual el mío tiene mucho honor en estrechar su mano”.

El carbonero hizo ademán resuelto de decir: “No quiero”. El señor no lo consintió, y su hijo dijo lentamente, con voz cortada, sin alzar los ojos del suelo: “¡Yo te pido perdón... de la palabra injuriosa... insensata... innoble, que dije contra tu padre, al cual el mío... tiene mucho honor en estrechar su mano!”. Entonces el señor dió la mano al carbonero, que se la estrechó con fuerza; y después, de un empujón repentino, echó a su hijo entre los brazos de Carlos Nobis. “Hágame el favor de ponerlos juntos”, dijo el caballero al maestro. Éste puso a Beti en el banco de Nobis. Cuando estuvieron en su sitio, el padre de Carlos saludó y salió.

El carbonero se quedó un momento pensativo, mirando a los dos muchachos reunidos; después se acercó al banco y miró a Nobis con expresión de cariño y de remordimiento, como si quisiera decirle algo; pero no le dijo nada; alargó la mano para hacerle una caricia: pero tampoco se atrevió, contentándose con tocarle la frente con sus toscos dedos. Después se acercó a la puerta y, volviéndose aún una vez más para mirarlo, desapareció. “Acordaos bien de lo que habéis visto—dijo el maestro—; ésta es la mejor lección del año”.

LA MAESTRA DE MI HERMANO

Jueves 10.—El hijo del carbonero fué alumno de la maestra Delcato, que ha venido hoy a ver a mi hermano, enfermo, y nos ha hecho reír contándole que la mamá de aquel niño, hace dos años, le llevó a su casa una gran espuerta de carbón, en agradecimiento a que le había dado una medalla a su hijo, y porfiaba la pobre mujer porque no quería llevarse el carbón a su casa, y casi lloraba cuando tuvo que volverse con la espuerta llena. Nos ha dicho también que otra pobre mujer le llevó un ramo de flores muy pesado, y que tenía adentro un paquete de cuartos. Nos hemos entretenido mucho oyéndola, y gracias a ella tragó mi hermano una medicina que al principio no quería. ¡Cuánta paciencia deben tener con los niños de la primera enseñanza elemental, sin dientes, como los viejos, que no pronuncian la erre ni la ese; ya tose uno, ya otro echa sangre por las narices, uno pierde los zapatos debajo del banco, otro chilla porque se ha pinchado con la pluma, y llora aquél porque ha comprado una plana de segunda por una de primera! ¡Reunir cincuenta en la clase, con aquellas manecitas de manteca, y tener que enseñar a escribir a todos! Ellos llevan en los bolsillos terrones de azúcar, botones, tapones de botella, ladrillo hecho polvo, toda clase de menudencias, que la maestra les busca; pero que esconden hasta en el calzado. Y nunca están atentos; un moscardón que entre por las ventanas les pone a todos sobre sí; en el verano llevan a la escuela ciertos insectos que echan a volar, y que caen en los tinteros y que después salpican de tinta las planas. La maestra tiene que hacer de mamá con ellos, ayudarlos a vestir, cortarles las uñas, recoger las gorras que tiran, cuidar de que no cambien los abrigos, porque si no, después rabian y chillan. ¡Pobres maestras! ¡Y aún van las mamás a quejarse! “¿Cómo es, señora, que mi niño ha perdido su pluma?”. “¿Cómo es que el mío no aprende nada?”. “¿Por qué no da un premio al mío, que sabe tanto?”. “¿Por qué no hace quitar del banco aquel clavo que ha roto los pantalones de mi Pedro?”. Alguna vez se incomoda con los muchachos la maestra de mi hermano, y cuando no puede más, se muerde las uñas por no pegar un cachete; pierde la paciencia; pero después se arrepiente y acaricia al niño a quien ha regañado; echa a un pequeñuelo de la escuela, pero saliéndosele las lágrimas, y desahoga su cólera con los padres que privan de la comida a los niños por castigo. Es joven y alta la maestra Delcato; viste bien; es morena y viva, y lo hace todo como movida por un resorte; se conmueve por cualquier cosa, y habla entonces con mucha ternura. “Mas, al menos, ¿la quieren los niños?”, le preguntó mi madre. “Mucho—respondió—; pero después, concluido el curso, la mayor parte ni me miran. Cuando están con los profesores, casi se avergüenzan de haber estado conmigo, con una maestra. Después de dos años de cuidados, después que se ha querido tanto a un niño, nos entristece separarnos de él, pero se dice uno ‘¡Oh, desde ahora en adelante me querrá mucho!’. Pero pasan las vacaciones, vuelve a la escuela, corremos a su encuentro. ‘¡Oh, hijo mío!’. Y vuelve la cabeza al otro lado”. Al decir esto la maestra, se detiene. “Pero tú no lo harás así, hermoso—dice después mirando fijamente a mi hermano y besándole—; tú no volverás la cabeza a otro lado, ¿no es verdad?; no renegarás de tu pobre amiga”.

MI MADRE

Jueves, 10 de noviembre.—“¡En presencia de la maestra de tu hermano faltaste al respeto de tu madre! ¡Que esto no suceda más, Enrique mío! Tu palabra irreverente se me ha clavado en el corazón como un dardo. Piensa en tu madre, cuando años atrás estaba inclinada toda la noche sobre tu cama, midiendo tu respiración, llorando lágrimas de angustia y apretando los dientes de terror, porque creía perderte y temía que le faltara la razón; y con este pensamiento experimentarás cierta especie de terror hacia ti, ¡Tú ofender a tu madre, a tu madre, que daría un año de felicidad por quitarte una hora de dolor, que pediría limosna por ti, que se dejaría matar por salvar tu vida! Oye, Enrique mío: fija bien en la mente este pensamiento. Considera que te esperan en la vida muchos días terribles; pues el más terrible de todos será el día en que pierdas a tu madre. Mil veces, Enrique, cuando ya seas hombre fuerte y probado en toda clase de contrariedades, tú la invocarás, oprimido tu corazón de un deseo inmenso de volver a oír su voz y de volver a sus brazos abiertos para arrojarte en ellos sollozando, como pobre niño sin protección y sin consuelo. ¡Cómo te acordarás entonces de toda amargura que le hayas causado, y con qué remordimiento, desgraciado, las contarás todas! No esperes tranquilidad en tu vida, si has contristado a tu madre. Tú te arrepentirás, le pedirás perdón, venerarás su memoria inútilmente; la conciencia no te dejará vivir en paz; aquella imagen dulce y buena tendrá siempre para ti una expresión de tristeza y reconvención que pondrá tu alma en tortura. ¡Oh, Enrique, mucho cuidado! Éste es el más sagrado de los humanos afectos. ¡Desgraciado del que lo profane! El asesino que respeta a su madre, aún tiene algo de honrado y algo noble en su corazón; el mejor de los hombres que le hace sufrir o la ofende, no es más que miserable criatura. Que no salga nunca de tu boca una palabra dura para la que te ha dado el ser. Y si alguna se te escapa, no sea el temor a tu padre, sino un impulso del alma lo que te haga arrojarte a sus pies, suplicándole que con el beso del perdón borre de tu frente la mancha de la ingratitud. Yo te quiero, hijo mío; tú eres la esperanza más querida de mi vida; pero mejor quiero verte muerto, que saber eres ingrato con tu madre. Vete, y por un poco de tiempo no me hagas caricias; no podría devolvértelas con cariño.—Tu padre”.

EL COMPAÑERO CORETA

Domingo 13.—Mi padre me perdonó; pero me quedé un poco triste, y mi madre me mandó a dar un paseo con el hijo mayor del portero. A mitad del paseo, pasando junto a un carro, parado delante de una tienda, oigo que me llaman por mi nombre, y vuelvo. Era Coreta, mi compañero, con su chaqueta de punto color de chocolate, y su gorra de piel, sudando y alegre, que tenía una gran carga de leña sobre sus espaldas. Un hombre, de pie en el carro, le echaba una brazada de leña cada vez, él la cogía y la llevaba a la tienda de su padre, donde de prisa y corriendo la amontonaba. “¿Qué haces, Coreta?”, le pregunté. “¿No lo ves?—respondió tendiendo los brazos para coger la carga—; repaso la lección”. Me reí. Pero él hablaba en serio, y después de coger la brazada de leña, empezó a decir corriendo: “Llámanse accidentes del verbo... sus variaciones, según el número..., según el número y la persona...”. Y después, echando la leña y amontonándola: “según el tiempo..., según el tiempo a que se refiere la acción...” Y volviéndose al carro a tomar otra brazada: “según el modo con que la acción se enuncia”.

Era nuestra lección de Gramática para el día siguiente: “¿Qué quieres?—me dijo—; aprovecho el tiempo. Mi padre se ha ido a la calle con el muchacho, para un negocio. Mi madre está enferma. Me toca a mí descargar. Entretanto, repaso la Gramática. Y hoy es una lección difícil. No acabo de metérmela en la cabeza”. “Mi padre me ha dicho que estará aquí a las siete para pagarle a usted”, dijo después al hombre del carro. El carro se fué. “Entra un momento en la tienda”, me dijo Coreta. Entré. Era una habitación llena de montones de haces de leña, con una romana a un lado. “Hoy es día de mucho trabajo, te lo aseguro—añadió Coreta—; tengo que hacer mi obligación a ratos y como pueda. Estaba escribiendo los apuntes, y ha venido gente a comprar. Me he vuelto a poner a escribir, y llegó el carro. Esta mañana he ido ya dos veces al mercado de la leña, en la plaza de Venecia. Tengo las piernas que ya no las siento y las manos hinchadas. ¡Lo único que me faltaba era tener que hacer también algún dibujo!”. Y mientras, barría las hojas secas y las pajillas que rodeaban el montón. “Pero, ¿dónde trabajas, Coreta?”, le pregunté. “No aquí, ciertamente—respondió—; ven a verlo”. Y me llevó a una habitación dentro de la tienda, que servía de cocina y de comedor, y en un lado, una mesa en donde estaban los libros, los cuadernos y el trabajo empezado. “Precisamente aquí—dijo—he dejado la segunda contestación en el aire: con el cuero se hacen los zapatos, los cinturones... Ahora se añade: las maletas”. Y tomando la pluma, se puso a escribir con su hermosa letra. “¿No hay nadie?”, se oyó gritar en aquel momento en la tienda. “Allá voy”, respondió Coreta. Y saltó de allí, pesó los haces, tomó el dinero, corrió a un lado para apuntar la venta en un cartapacio, y volvió a su trabajo diciendo: “A ver si puedo concluir el período”, y escribió: las bolsas de viaje y las mochilas para los soldados. “¡Ah, mi pobre café, que se sale!—gritó de repente, y corrió a la hornilla a quitar la cafetera del fuego—. Es el café para mamá—dijo—; me ha sido preciso aprender a hacerlo. Espera un poco y se lo llevaremos; así te verá y tendrá mucho gusto... hace siete días que está en cama. ¡Accidentes del verbo! Siempre me quemo los dedos con esta cafetera. ¿Qué hay que añadir después de las mochilas de los soldados? Hace falta más, y no lo recuerdo. Ven a ver a mamá”.

Abrió una puerta y entramos en otro cuarto pequeño. La mamá de Coreta estaba en una cama grande, con un pañuelo en la cabeza. “Aquí está el café, madre—dijo Coreta alargando la taza—; conmigo viene un compañero de escuela”. “¡Cuánto me alegro!—me dijo la señora—; viene a visitar a los enfermos, ¿no es verdad?”.

Entretanto Coreta arreglaba la almohada detrás de la espalda de su madre, componía la ropa de la cama, atizaba el fuego, echaba el gato de la cómoda. “¿Quiere usted algo, madre?—preguntó después tomando la taza—. Le he puesto a usted dos cucharaditas de azúcar. Cuando no haya nadie haré una escapada a la botica. La leña ya está descargada. A las cuatro pondré el puchero como ha dicho usted, y cuando pase la mujer de la manteca le daré sus ocho cuartos. Todo se hará; no se preocupe usted por nada”. “Gracias, hijo—respondió la señora—. ¡Pobre hijo mío, vete! ¡Está en todo!”.

Quiso que tomara un terrón de azúcar, y después Coreta me enseñó un cuadrito, el retrato en fotografía de su padre, vestido de soldado, con la Cruz al valor que ganó en 1866, en la división del entonces príncipe Humberto. Tenía la misma cara del hijo, con sus ojos vivos y su sonrisa alegre. Volvimos a la cocina. “Ya he recordado lo que me faltaba—dijo Coreta, y añadió en el cuaderno: se hacen también las guarniciones para los caballos—. Lo que queda lo escribiré esta noche, estando levantado hasta más tarde. ¡Feliz tú que tienes todo el tiempo que quieras para estudiar, y aun te sobra para ir a paseo!”.

Y siempre alegre y vivo, vuelto a la tienda, comenzó a poner pedazos de leña sobre la romana y a partirlos por medio, diciendo: “¡Ésta es gimnasia! Más que el ejercicio de pesas. Quiero que mi padre encuentre toda esta leña partida cuando vuelva a casa: Esto le gustará mucho. Lo malo es que, después de este trabajo, hago unas tes y unas eles que parecen serpientes, según dice el maestro. ¿Qué he de hacer? Le diré que he tenido que mover los brazos. Lo que importa es que mi madre se ponga pronto buena. Hoy, gracias a Dios, está mejor. La Gramática la estudiaré mañana, antes que venga el día. ¡Ah, ahora viene el carro con los troncos! ¡Al trabajo!”.

Un carro cargado de leña se detuvo delante de la puerta de la tienda. Coreta salió fuera a hablar con el hombre, y volvió después. “Ahora no puedo yo hacerte compañía—me dijo—; hasta mañana. Has hecho bien en venir a buscarme. ¡Buen paseo te has dado! ¡Feliz tú que puedes!”. Y dándome la mano, corrió a tomar el primer tronco, y volvió a hacer sus viajes del carro a la tienda, con su cara fresca como una rosa bajo su gorra de piel, y tan vivo, que daba gusto verlo. “¡Feliz tú!” me dijo él. “¡Ah, no, Coreta, no; tú eres más feliz; tú, porque estudias y trabajas más; porque eres más útil a tu padre y a tu madre; porque eres mejor, cien veces mejor que yo, querido compañero”.

EL DIRECTOR

Viernes 18.—Coreta estaba muy contento esta mañana porque iba a presenciar los exámenes mensuales su maestro de la segunda clase, Coato, un hombrón con mucho pelo y muy crespo, gran barba negra, ojos grandes obscuros, y una voz de trueno: amenaza siempre a los niños con hacerlos pedazos y llevarlos de las orejas a la prevención, y tiene siempre el semblante adusto; pero jamás castiga a nadie, y antes bien sonríe siempre detrás de su barba, sin delatarse. Ocho son los maestros, con Coato, e incluyendo también el suplente, pequeño y sin barba, que parece un chiquillo. Hay un maestro, el de la clase cuarta, cojo, arropado en una gran bufanda de lana, siempre lleno de dolores, que adquirió cuando era maestro rural en una escuela húmeda, donde las paredes goteaban. Otro maestro de la cuarta clase es viejo, muy canoso, y ha sido profesor de ciegos. Hay otro muy bien vestido, con lentes, bigotito rubio y que llaman el abogadillo, porque siendo ya maestro, se hizo abogado, cursó la licenciatura y compuso un libro para enseñar a escribir cartas. En cambio, el que enseña la gimnasia tiene tipo de soldado; ha servido con Garibaldi, y se le ve en el cuello la cicatriz de una herida de sable que recibió en la batalla de Milazo. El director, en fin, es alto, calvo, usa lentes de oro; su barba gris le llega hasta el pecho; está vestido de negro y va siempre abotonado hasta la barba; tan bueno con los muchachos, que cuando entran todos temblando en la Dirección, llamados para echarles un regaño, no les grita, sino que les coge por las manos y les hace estas reflexiones: que no deben obrar así; que es menester que se arrepientan; que prometan ser buenos; y habla con tan suaves modos y con una voz tan dulce, que todos salen con los ojos arrasados y más corregidos que si los hubiesen castigado. ¡Pobre director! Él es siempre el primero en su puesto por las mañanas, para esperar a los alumnos y dar audiencia a los padres, y cuando los maestros se han ido ya a sus casas, da aún una vuelta alrededor de la escuela para cuidar de que los niños no se cuelguen en la trasera de los coches, no se entretengan por las calles en sus juegos o en llenar las carteras de arena o de piedras; y cada vez que se presenta en una esquina, tan alto y tan negro, bandadas de muchachos escapan en todas direcciones, dejando allí los objetos del juego, y él les amenaza con el índice desde lejos, con un aire afable y triste. “Nadie le ha visto reír—dice mi madre—desde que murió su hijo, que era voluntario del ejército, y tiene siempre a la vista su retrato sobre la mesa de la Dirección”. No quería servir después de esta desgracia; había pedido ya su jubilación al Ayuntamiento, y la tenía siempre sobre la mesa, dilatando en mandarla de día en día, porque le disgustaba dejar a los niños. Pero el otro día parecía decidido, y mi padre, que estaba con él en la Dirección, le decía: “¡Es una lástima que usted se vaya, señor director”, cuando entró un hombre a matricular su chico que pasaba de un colegio a otro, porque se había mudado de casa. Al ver aquel niño, el director hizo un gesto de asombro; lo miró un poco más; miró el retrato que tenía sobre la mesa y volvió a mirar al muchacho sentándolo sobre sus rodillas y haciéndole levantar la cara. Aquel niño se parecía mucho a su hijo muerto. El director dijo: “Está bien”. Hizo la matrícula; despidió al padre y al hijo, y se quedó pensativo. “¡Es una lástima que usted se vaya!”, repitió mi padre. Y entonces el director cogió su instancia de jubilación, la rompió en dos pedazos, y dijo: “Me quedo”.

LOS SOLDADOS

Martes 22.—Su hijo era voluntario del ejército cuando murió; por eso el director va siempre a la plaza a ver pasar los soldados cuando salimos de la escuela. Ayer pasaba un regimiento de infantería, y cincuenta muchachos se pusieron a saltar alrededor de la música, cantando y llevando el compás con las reglas sobre la cartera. Nosotros estábamos en un grupo, en la acera, mirando: Garrón, oprimido entre su estrecha ropa, mordía un pedazo de pan; Votino, aquél tan elegantito, que siempre está quitándose las motas; Precusa, el hijo del forjador, con la chaqueta de su padre; el calabrés; el albañilito; Crosi, con su roja cabeza; Franti, con su aire descarado, y también Roberto, el hijo del capitán de artillería, el que salvó al niño del ómnibus, y que ahora anda con muletas. Franti se echó a reír de un soldado que cojeaba. Pero de pronto sintió una mano sobre el hombro; se volvió; era el director. “Óyeme—le dijo al punto—: burlarse de un soldado cuando está en las filas, cuando no puede vengarse ni responder, es como insultar a un hombre atado; es una villanía”. Franti desapareció. Los soldados pasaban de cuatro en cuatro, sudando y cubiertos de polvo, y las puntas de las bayonetas resplandecían con el sol. El director dijo: “Debéis querer mucho a los soldados. Son nuestros defensores; ellos irían a hacerse matar por nosotros si mañana un ejército extranjero amenazase nuestro país. Son también muchachos, pues tienen pocos más años que vosotros, y también van a la escuela; hay entre ellos pobres y ricos, como entre nosotros sucede, y vienen también de todas partes de Italia. Vedlos; casi se les puede reconocer por la cara: pasan sicilianos, sardos, napolitanos, lombardos. Éste es un regimiento veterano, de los que han combatido en 1848. Los soldados no son ya aquéllos; pero la bandera es siempre la misma. ¡Cuántos habrán muerto por la patria alrededor de esa bandera veterana antes que naciérais vosotros!”. “Ahí viene”, dijo Garrón. Y en efecto, se veía ya cerca la bandera, que sobresalía por cima de las cabezas de los soldados. “Haced una cosa, hijos—dijo el director—: saludad con respeto la bandera tricolor”. La bandera, llevada por un oficial, pasó delante de nosotros, rota y descolorida, con sus corbatas sobre el asta. Todos a un tiempo llevamos la mano a las gorras. El oficial nos miró sonriendo y nos devolvió el saludo con la mano. “Bueno, muchachos”, dijo uno detrás de nosotros. Nos volvimos a verle; era un anciano que llevaba en el ojal de la levita la cinta azul de la campaña de Crimea; un oficial retirado. “¡Bravo!—dijo—; habéis hecho una cosa que os enaltece”. Entretanto, la banda del regimiento volvía por el fondo de la plaza, rodeada de una turba de chiquillos, y cien gritos alegres acompañaban los sonidos de las trompetas, como un canto de guerra. “¡Bravo!—repitió el veterano oficial mirándonos—. El que de pequeño respeta la bandera, sabrá defenderla cuando sea mayor”.

EL PROTECTOR DE NELLE

Miércoles 23.—También Nelle, el pobre jorobadito, miraba ayer a los militares; pero de un modo así, como pensando: “¡Yo no podré nunca ser soldado!”. Es bueno y estudia; pero está demacrado y pálido, y le cuesta trabajo respirar. Lleva siempre un largo delantal de tela negra lustrosa. Su madre es una señora pequeña y rubia, vestida de negro, que viene siempre a recogerle a la salida, porque no salga en tropel con los demás, y le acaricia mucho. En los primeros días, porque tiene la desgracia de ser jorobado, muchos niños se burlaban de él y le pegaban en la espalda con las carteras; pero él nunca se enfadaba ni decía nada a su madre por no darle el disgusto de que supiera que su hijo era juguete de sus compañeros; se mofaban de él, y él lloraba y callaba, apoyando la frente sobre el banco. Pero una mañana se levantó Garrón y dijo: “¡Al primero que toque a Nelle, le doy un testarazo que le hago dar tres vueltas!”. Franti no hizo caso, y recibió el testarazo y dió las tres vueltas, y desde entonces ninguno tocó más a Nelle. El maestro le puso cerca de Garrón, en el mismo banco. Así se hicieron muy amigos, y Nelle ha tomado mucho cariño a Garrón. Apenas entra en la escuela, busca en seguida por dónde anda, y no se va nunca sin decir: “Adiós, Garrón”. Y lo mismo hace Garrón con él. Cuando a Nelle se le cae la pluma o un libro debajo del banco, en seguida, para que no tenga el trabajo de agacharse, Garrón se inclina y le recoge el libro o la pluma, y después le ayuda a arreglarse el traje y a ponerse el abrigo. Por esto Nelle le quiere mucho, le está siempre mirando, y cuando el maestro lo celebra, se pone tan contento como si lo celebrase a él. Nelle, al fin, tuvo que decírselo todo a su madre: las burlas de los primeros días; lo que le hacían sufrir, y, después, el compañero que le defendió y a quien tomó tanto cariño; y debe habérselo dicho, por lo que sucedió esta mañana. El maestro me mandó llevar al director el programa de la lección, media hora antes de la salida, y yo estaba en su despacho cuando entró una señora rubia, vestida de negro, la mamá de Nelle, la cual dijo: “Señor director, ¿hay en la clase de mi hijo un niño que se llama Garrón?”. “Sí hay”, respondió el director. “¿Quiere usted tener la bondad de hacerle venir aquí un momento, porque tengo que decirle algunas palabras?”. El director llamó al bedel y lo mandó al aula; y un minuto después llegó muy asombrado a la puerta Garrón, con su cabeza grande y rapada. Apenas le vió la señora, corrió a su encuentro, le echó los brazos al cuello y le dió muchos besos en la cabeza, diciendo: “¿Tú eres Garrón, el amigo de mi hijo, el protector de mi pobre niño; eres tú, querido, tú, hermoso...?”. Después buscó precipitadamente en sus bolsillos, y no encontrando nada en ellos, se arrancó del cuello una cadena con una crucecita y la colgó del de Garrón, por bajo de la corbata, y añadió: “¡Tómala, llévala en recuerdo mío, querido niño, en recuerdo de la madre de Nelle, que te da millones de millones de gracias y que te bendice!”.

EL PRIMERO DE LA CLASE

Viernes 25.—Garrón se atrae el cariño de todos, y Deroso la admiración. Ha obtenido el primer premio: será también el número uno este año: nadie puede competir con él: todos reconocen su superioridad en todas las asignaturas. Es el primero en Aritmética, en Gramática, en Retórica; en Dibujo todo lo comprende al vuelo; tiene una memoria prodigiosa; todo lo aprende sin esfuerzo: parece que el estudio es un juego para él. El maestro le dijo ayer: “Has recibido grandes dones de Dios: no tienes que hacer más que no malgastarlos”. Es también, por lo demás, alto, guapo, tiene el cabello rubio y rizado; tan ágil, que salta sobre un banco sin apoyar más que una mano; sabe ya esgrima. Tiene doce años, es hijo de un comerciante: va siempre vestido de azul, con botones dorados; vivo, alegre, gracioso, ayuda a cuantos puede en el examen y nadie se atreve jamás a jugarle una mala pasada, ni a dirigirle una palabra malsonante. Nobis y Franti solamente lo miran de reojo, y a Votino le rebosa la envidia por los ojos; mas parece que ni lo advierte siquiera. Todos le sonríen y le dan la mano o un abrazo cuando da la vuelta recogiendo los trabajos de aquel modo tan gracioso y simpático. Él regala periódicos ilustrados, dibujos; todo lo que en su casa le regalan a él: ha hecho para el calabrés un pequeño mapa de la Calabria; y todo lo da siempre sin pretensiones, a lo gran señor, y sin demostrar predilección por ninguno. Es imposible no envidiarle, no reconocer su superioridad en todo. ¡Ah! yo también, como Votino, lo envidio. Y siento una amargura, una especie de despecho contra él alguna vez, cuando me cuesta tanto hacer el trabajo en casa y pienso que a aquella hora ya lo tendrá él acabado muy bien y sin esfuerzo alguno. Pero después, cuando vuelvo a la escuela y lo encuentro tan bueno, sonriente y afable; cuando le oigo responder con tanta seguridad a las preguntas del maestro, qué amable es y cuánto lo quieren todos, entonces todo rencor, todo despecho lo arrojo de mi corazón y me avergüenzo de haber tenido aquellos sentimientos. Quisiera entonces estar siempre a su lado, quisiera poder seguir todos los estudios con él; su presencia, su voz, me infunden valor, gana de trabajar, alegría, placer. El maestro le ha dado a copiar el cuento mensual que leerá mañana: El pequeño vigía lombardo; él lo copiaba esta mañana, y estaba conmovido con aquel hecho heroico; se le veía encendido el rostro, con los ojos húmedos y la boca temblorosa; yo le miraba con satisfacción, diciendo: “¡Qué hermoso está!”. ¡Con qué gusto le hubiera dicho yo en su cara francamente: “Deroso, tú vales mucho más que yo!. ¡Tú eres un hombre a mi lado! ¡Yo te respeto y te admiro!”.