DICIEMBRE
EL COMERCIANTE
Jueves 1.º
I padre quiere que cada día de fiesta haga venir a casa a uno de mis compañeros, o que vaya a buscarlo para hacerme poco a poco amigo de todos. El domingo fuí a pasear con Votino: aquél tan bien vestido, que se está siempre alisando y que tiene tanta envidia de Deroso. Hoy ha venido a casa Garofi: aquél alto y delgado, con la nariz de pico de loro y los ojos pequeños y vivos, que parecen sondearlo todo. Es hijo de un droguero, y tipo muy original. Está siempre contando los cuartos que tiene en el bolsillo; cuenta muy de prisa con los dedos, y verifica cualquier multiplicación sin necesidad de tabla pitagórica. Hace sus economías, y tiene ya una libreta de la Caja de Ahorros escolar. Es desconfiado, no gasta nunca un cuarto, y si se le cae un céntimo debajo del banco, es capaz de pasarse la semana buscándolo. “Es como la urraca”, dice Deroso. Todo lo que encuentra, plumas gastadas, sellos usados, alfileres, cerillas, todo lo recoge. Hace ya más de dos años que colecciona sellos, y tiene ya centenares de todos los países, en su grande álbum, que venderá después al librero cuando esté completo. Entretanto, el librero le da muchos cuadernos gratis, porque le lleva los niños a la tienda. En la escuela está siempre traficando; todos los días vende, hace loterías y subastas; después se arrepiente y quiere sus mercancías; compra por dos y vende por cuatro; juega a las aleluyas y jamás pierde; vende los periódicos atrasados al estanquero, y tiene un cuaderno donde anota todos sus negocios, lleno todo él de sumas y de restas. En la escuela sólo estudia Aritmética; y si ambiciona premios, no es más que por tener entrada gratis en el teatro Guiñol. A mí me gusta y me entretiene. Hemos jugado a hacer una tienda con los pesos y las balanzas: él sabe el precio exacto de todas las cosas, conoce las pesas y hace muy pronto y bien cartuchos y paquetes como los tenderos. Dice que apenas salga de la escuela, emprenderá un negocio, un comercio nuevo, inventado por él. Ha estado muy contento porque le he dado sellos extranjeros, y me ha dicho al punto en cuánto se vende cada uno para las colecciones. Mi padre, haciendo como que leía el periódico, le estaba oyendo y se divertía. Siempre lleva los bolsillos llenos de sus pequeñas mercancías, que cubre con un largo delantal negro, y parece que está continuamente pensativo y muy ocupado, como los comerciantes. Pero lo que le gusta más que todo es su colección de sellos: éste es su tesoro, y habla siempre de él como si debiese sacar de aquí una fortuna. Los compañeros lo creen avaro y usurero. Yo no pienso así. Le quiero bien; me enseña muchas cosas, y me parece un hombre. Coreta, el hijo del vendedor de leña, dice que no daría Garofi sus sellos ni para salvar la vida de su madre. Mi padre no lo cree. “Espera aún para juzgarle, me ha dicho; tiene, en efecto, esa pasión; pero su corazón es bueno”.
VANIDAD
Lunes 5.—Ayer fuí a pasear por la alameda de Rívoli con Votino y su padre. Al pasar por la calle Dora Grosa vimos a Estardo, el que se incomoda con los revoltosos, parado muy tieso delante del escaparate de un librero, con los ojos fijos en un mapa: y sabe Dios desde cuándo estaría allí, porque él estudia hasta en la calle; ni siquiera nos saludó el muy grosero. Votino iba muy bien vestido, quizá demasiado; llevaba botas de tafilete con pespuntes encarnados, un traje con adornos y vivos de seda, sombrero blanco de castor y reloj. Pero su vanidad debía parar en mal esta vez. Después de haber andado buen trecho por la calle, dejándonos muy atrás a su padre, que marchaba despacio, nos paramos en un asiento de piedra junto a un muchacho modestamente vestido que parecía cansado y estaba pensativo, con la cabeza baja. Un hombre, que debía ser su padre, paseaba bajo los árboles leyendo un periódico. Nos sentamos. Votino se puso entre el otro niño y yo. De pronto se acordó de que estaba bien vestido, y quiso hacerse admirar y envidiar de nuestro vecino. Levantó un pie y me dijo: “¿Has visto mis botas nuevas?”. Lo decía para que el otro las mirara, pero éste no se fijó. Entonces bajó el pie y me enseñó las borlas de seda, mirando de reojo al muchacho, añadiendo que aquellas borlas de seda no le gustaban y que las quería cambiar por botones de plata. Pero el chico no miró tampoco.
Votino, entonces, se puso a jugar, dándole vueltas sobre el índice, con su precioso sombrero de castor blanco: pero el niño parecía que lo hacía de propósito; no se dignó dirigir siquiera una mirada al sombrero.
Votino, que empezaba a exasperarse, sacó el reloj, lo abrió y me enseñó la máquina. Pero el vecino, sin volver la cabeza. “¿Es plata sobredorada?”, le pregunté. “Es de oro”. “Pero no será todo de oro—le dije—; habrá también algo de plata”. “No hombre, no”, replicó. Y para obligar al muchacho a mirar, le puso el reloj delante de sus ojos, diciéndole: “Di tú, mira: ¿no es verdad que es todo de oro?”. El chico respondió secamente: “No lo sé”. “¡Oh, oh!—exclamó Votino, lleno de rabia—. ¡Qué soberbia!”.
Mientras decía esto, llegó su padre, que le oyó; miró un rato fijamente a aquel niño, y después dijo bruscamente a su hijo: “Calla”; e inclinándose a su oído, añadió: “¡Es ciego!”.
Votino se puso en pie de pronto de un salto y miró la cara del muchacho. Tenía las pupilas apagadas, sin expresión, sin mirada.
Votino se quedó anonadado, sin palabra, con los ojos en tierra. Después balbuceó: “¡Lo siento; no lo sabía!”.
Pero el ciego, que lo había comprendido todo, dijo con una sonrisa breve y melancólica: “¡Oh, no importa nada!”.
Cierto que es vano; pero no tiene, en manera alguna, mal corazón Votino. En todo el paseo no se volvió a reír.
LA PRIMERA NEVADA
Sábado 10.—¡Adiós, paseos a Rívoli! Llegó la hermosa amiga de los niños. ¡Ya están aquí las primeras nieves! Ayer tarde, a última hora, cayeron copos finos y abiertos, como flores de jazmín. Era un gusto esta mañana, en la escuela, verla caer contra los cristales y amontonarse sobre los balcones; también el maestro miraba y se frotaba las manos; y todos estaban contentos pensando hacer bolas, en el hielo que vendría después, y en el hogar de la casa. Únicamente Estardo no se distraía, completamente absorto en la lección y con los puños apoyados en las sienes. ¡Qué hermosura, cuánta alegría hubo a la salida! Todos salíamos a la desbandada por las calles, gritando y charlando, cogiendo pelotones de nieve y zambulléndonos dentro como perrillos en el agua. Los padres que esperaban fuera ya tenían los paraguas blancos; los guardias municipales también blancos sus quepís; nuestras carteras se pusieron blancas en seguida. Todos parecían en su delirio fuera de sí: hasta Precusa, el hijo del forjador, aquel pálido que nunca se ríe, y hasta Roberto, el que salvó al niño del ómnibus, el pobrecillo saltaba con sus muletas. El calabrés, que no había tocado nunca la nieve, hizo una pelota y se puso a comérsela como un melocotón. Crosi, el hijo de la verdulera, se llenó de nieve la cartera, y el albañilito nos hizo desternillar de risa cuando mi padre le invitó a venir mañana a casa; tenía la boca llena de nieve, y no atreviéndose a escupirla ni a tragársela, se quedó atónito mirándonos, sin responder. También las maestras salían de la escuela corriendo y riendo: hasta mi maestra de primera enseñanza superior, ¡pobrecilla! corría atravesando la nieve, preservándose la cara con un velo verde y tosiendo. Mientras tanto, centenares de muchachas de la escuela inmediata pasaban chillando y pisoteando sobre aquella blanca alfombra, y los maestros, los bedeles y los guardias gritaban: “¡A casa, a casa!”, tragando copos de nieve y quitándosela de los bigotes y de la barba. Pero también ellos se reían de aquella turba de muchachos que festejaban el invierno...
“...Festejáis el invierno...; pero hay niños sin pan, sin zapatos, sin lumbre. Hay millares que bajan a las ciudades después de largo camino, llevando en sus manos ensangrentadas por los sabañones, un pedazo de leña para calentar la escuela. Hay centenares de escuelas casi sepultadas entre la nieve, desnudas y obscuras como cavernas, donde los chicos se ahogan por el humo, dan diente con diente por el frío, mirando con horror los blancos copos que caen sin cesar, que se amontonan sin descanso sobre sus lejanas cabañas, amenazadas por el peso de los témpanos de hielo. Vosotros, niños, festejáis el invierno. ¡Pensad en los miles de criaturas a quienes el invierno trae la miseria y la muerte!—Tu padre”.
EL ALBAÑILITO
Domingo 11.—El “albañilito” ha venido hoy de cazadora, vestido con la ropa de su padre, blanca todavía por la cal y el yeso. Mi padre deseaba que viniese, aún más que yo. ¡Cómo le gusta! Apenas entró, se quitó su viejísimo sombrero, que estaba todo cubierto de nieve, y se lo metió en el bolsillo; después vino hacia mí con aquel andar descuidado de cansado trabajador, volviendo aquí y allá su cabeza, redonda como una manzana, y con su nariz roma; y cuando fué al comedor, dirigiendo una ojeada a los muebles, fijó sus ojos en un cuadrito que representaba a Rigoleto, un bufón jorobado, y puso la cara de “hocico de conejo”. Es imposible dejar de reír al vérselo hacer. Nos pusimos a jugar con palitos; tiene una habilidad extraordinaria para hacer torres y puentes, que parece se están de pie por milagro, y trabaja en ello muy serio, con la paciencia de un hombre. Entre una y otra torre me habla de su familia; viven en una boardilla; su padre va a la escuela de adultos, de noche, a aprender a leer; su madre no es de aquí. Parece que le quieren mucho, porque aunque él viste pobremente, va bien resguardado del frío, con la ropa muy remendada y el lazo de la corbata bien hecho y anudado por su misma madre. Su padre, me dice, es un hombretón, un gigante, que apenas cabe por la puerta; es bueno, y llama siempre a su hijo “hocico de liebre”; el hijo, en cambio, es pequeñín. A las cuatro merendamos juntos, pan y pasas, sentados en el sofá, y cuando nos levantamos, no sé por qué mi padre no quiso que limpiara el espaldar que el albañilito había manchado de blanco con su chaqueta; me detuvo la mano y lo limpió después él sin que lo viéramos. Jugando, al albañilito se le cayó un botón de la cazadora, y mi madre se lo cosió; él se puso encarnado, y la veía coser muy admirado y confuso, no atreviéndose ni a respirar. Después le enseñé el álbum de caricaturas, y él, sin darse cuenta, imitaba los gestos de aquellas caras, tan bien, que hasta mi padre se reía. Estaba tan contento cuando se fué que se olvidó de ponerse el andrajoso sombrero, y al llegar a la puerta de la escalera, para manifestarme su gratitud, me hacía otra vez la gracia de poner el “hocico de liebre”. Se llama Antonio Rabusco, y tiene ocho años y ocho meses.
“¿Sabes, hijo mío, por qué no quise que limpiaras el sofá? Porque limpiarle mientras tu compañero lo veía, era casi hacerle una reconvención por haberlo ensuciado. Y esto no estaba bien: en primer lugar, porque no lo había hecho de intento, y en segundo, porque le había manchado con ropa de su padre, que se la había enyesado trabajando; y lo que se mancha trabajando no ensucia: es polvo, cal, barniz, todo lo que quieras, pero no es suciedad. El trabajo no ensucia. No digas nunca de un obrero que sale de su trabajo: ‘Va sucio’. Debes decir: ‘Tiene en sus ropas las señales, las huellas del trabajo’. Recuérdalo. Quiere mucho al albañilito: primero, porque es compañero tuyo, y además, porque es hijo de un obrero.—Tu padre”.
UNA BOLA DE NIEVE
Viernes 16.—Sigue nevando, nevando. Ha sucedido un accidente desagradable esta mañana, al salir de la escuela. Un tropel de muchachos, apenas llegaron a la plaza, se pusieron a hacer bolas con aquella nieve acuosa que hace bolas sólidas y pesadas como piedras. Mucha gente pasaba por la acera. Un señor gritó: “¡Alto, chicos!”. Y precisamente en aquel momento se oyó un grito agudo en la otra parte de la calle, se vió a un viejo que había perdido su sombrero y andaba vacilante, cubriéndose la cara con las manos, y a su lado un niño que gritaba: “¡Socorro, socorro!”. En seguida acudió gente de todas partes. Le había dado una bola en un ojo. Todos los muchachos corrieron a la desbandada, huyendo como saetas. Yo estaba ante la tienda del librero, donde había entrado mi padre, y vi llegar a la carrera a varios compañeros míos que se mezclaron entre los que estaban junto a mí y hacían como que miraban los escaparates: eran Garrón, con su acostumbrado panecillo en el bolsillo; Coreta, el albañilito y Garofi, el de los sellos. Mientras tanto, se había reunido gente alrededor del viejo, y los guardias corrían de una parte a otra, amenazando y gritando: “¿Quién ha sido? ¿Quién? ¿Eres tú? Decid quién ha sido”. Y miraban las manos de los muchachos para ver si las tenían humedecidas de la nieve. Garofi estaba a mi lado; reparé que temblaba mucho y estaba pálido como un muerto. “¿Quién es? ¿Quién ha sido?”, continuaban gritando la gente. Entonces vi a Garrón que dijo por lo bajo a Garofi: “Anda, ve a presentarte; sería una villanía dejar que sospechen de otro”. “¡Pero si yo no lo he hecho de intento!”, respondió Garofi temblando como la hoja de un árbol. “No importa; cumple con tu deber”, contestó Garrón. “¡Pero si no tengo valor para confesarlo!”. “Anímate, yo te acompaño”. Y los guardianes y la gente gritaban cada vez más fuerte: “¿Quién es? ¿Quién ha sido? Le han metido un cristal de sus lentes en un ojo. Le han dejado ciego. ¡Perdidos!”. Yo creí que Garofi caía en tierra. “Ven—le dijo resueltamente Garrón—; yo te defiendo”. Y cogiéndole por un brazo, lo empujó hacia adelante, sosteniéndolo como a un enfermo. La gente lo vió y lo comprendió todo en seguida, y muchos corrieron con los puños levantados. Pero Garrón se puso en medio gritando: “¿Qué vais a hacer, diez hombres contra un niño?”. Entonces ellos se detuvieron, y un guardia municipal cogió a Garofi y lo llevó, abriéndose paso entre la multitud, a una pastelería, donde habían refugiado al herido. Viéndolo, reconocí en seguida al viejo empleado que vive con su sobrinillo en un cuarto piso de nuestra casa. Lo habían recostado en una silla con un pañuelo en los ojos. “¡Ha sido sin querer!”, balbuceaba Garofi. Dos personas le arrojaron violentamente en la tienda, gritando: “¡Abajo esa cabeza! ¡Pide perdón!”. Y lo echaron al suelo. Pero de pronto, dos brazos vigorosos lo pusieron en pie, y una voz resuelta dijo: “¡No, señores!”. Era nuestro director, que lo había visto todo. “Puesto que ha tenido el valor de presentarse, nadie tiene derecho de vejarlo”. Todos permanecieron callados. “Pide perdón”, dijo el director a Garofi. Garofi, ahogado en llanto, abrazó las rodillas del viejo, y éste, buscando con la mano su cabeza, lo acarició cariñosamente. Entonces todos dijeron: “Vamos, muchacho, vete a casa”. Y mi padre me sacó de entre la multitud, y me preguntó en la calle: “Enrique: en un caso análogo, ¿hubieras tenido el valor de cumplir con tu deber, de ir a confesar tu culpa?”. Yo le respondí que sí, y repuso: “Dame tu palabra de honor de que así lo harás”. “Te doy mi palabra, padre mío”.
LAS MAESTRAS
Sábado 17.—Garofi estaba hoy muy atemorizado, esperando un gran regaño del maestro; pero el profesor no ha ido, y como faltaba también el suplente, ha venido a dar la clase la señora Cromi, la más vieja de las maestras, que tiene dos hijas mayores y ha enseñado a leer y escribir a muchas señoras que ahora van a llevar sus niños a la escuela Bareti. Hoy estaba triste, porque tenía un hijo enfermo. Apenas la vieron, empezaron a hacer gran ruido. Pero ella, con voz pausada y serena, dijo: “Respetad mis canas; yo casi no soy ya una maestra, sino una madre”; y entonces ninguno se atrevió a hablar más, ni aun aquel cara de bronce de Franti, que se contentó con hacerle burla sin que lo viera. A la clase de la señora Cromi mandaron a la señora Delcato, maestra de mi hermano, y al puesto de ésta a la que llaman “la monjita”, porque va siempre vestida de obscuro, con un delantal negro; su cara es pequeña y blanca, sus cabellos siempre peinados, los ojos muy claros y la voz tan gangosa, que parece está murmurando oraciones. “Y es cosa que no se comprende—dice mi madre—: tan suave y tan tímida, con aquel hilito de voz siempre igual, que apenas suena, sin gritar y sin incomodarse nunca, y, sin embargo, los niños están tan quietos, que no se les oye, y hasta los más atrevidos inclinan la cabeza en cuanto les amenaza con el dedo; parece una iglesia su escuela, y por eso también la llaman la monjita”. Pero hay otra que me gusta mucho: la maestra de primera enseñanza elemental, número 3; una joven con la cara sonrosada, que tiene dos lunares muy graciosos en las mejillas, y que lleva una pluma encarnada en el sombrero y una crucecita amarilla colgada del cuello. Siempre está alegre, y alegre también tiene su clase; sonríe, y cuando grita con aquella voz argentina, parece que canta; pega con la regla en la mesa y da palmadas para imponer silencio; después, cuando salen, corre como una niña detrás de unos y de otros, para ponerlos en fila; y a éste le tira del babero, al otro le abrocha el abrigo para que no se resfríe; los sigue hasta la calle para que no alboroten; suplica a los padres que no les castiguen en casa; lleva pastillas a los que tienen tos; presta su manguito a los que tienen frío, y está continuamente atormentada por los más pequeños, que le hacen caricias y le piden besos, tirándole del velo y del vestido; pero ella se deja acariciar y los besa a todos riendo, y todos los días vuelve a casa despeinada y ronca, jadeante y tan contenta, con sus graciosos lunares y su pluma colorada. Es también maestra de dibujo de las niñas, y sostiene con su trabajo a su madre y a su hermano.
EN CASA DEL HERIDO
Domingo 18.—Con la maestra de la pluma encarnada está el nietecillo del viejo empleado, que fué herido en un ojo por la bola de nieve de Garofi; lo hemos visto hoy en casa de su tío, que lo considera como un hijo. Había concluido de escribir el cuento mensual para la semana próxima, “El pequeño escribiente florentino”, que el maestro me dió a copiar, y me dijo mi padre: “Vamos a subir al cuarto piso a ver cómo está de su ojo aquel señor”. Hemos encontrado en una habitación casi obscura, donde estaba el viejo en la cama, recostado, con muchos almohadones detrás de la espalda; a la cabecera estaba sentada su mujer, y a un lado el nietecillo, sin hacer nada. El viejo tenía el ojo vendado. Se alegró mucho de ver a mi padre; le hizo sentar y le dijo que estaba mejor, y que no sólo no perdería el ojo, sino que dentro de pocos días estaría curado. “Fué una desgracia—añadió—; siento el mal rato que debió pasar aquel pobre muchacho”. Después nos ha hablado del médico, que debía venir entonces a curarle. Precisamente en aquel momento sonó la campanilla. “Será el médico”, dijo la señora. Se abre la puerta... ¡y qué veo! Garofi, con su capote largo, de pie en el umbral, con la cabeza baja y sin atreverse a entrar. “¿Quién es?”, pregunta el enfermo. “Es el muchacho que tiró la bola...”, dice mi padre. El viejo entonces exclamó: “¡Oh, pobre niño! Ven acá; has venido a preguntar cómo está el herido, ¿no es verdad? Estoy mejor, tranquilízate; estoy mejor, casi curado. Acércate”. Garofi, cada vez más cortado, se acercó a la cama, esforzándose por no llorar, y el viejo lo acarició, pero sin poder hablar tampoco. “Gracias—le dijo al fin el viejo—; ve, pues, a decir a tus padres que todo va bien, que no se preocupen ya de esto”. Pero Garofi no se movía; parecía que tenía que decir algo y no se atrevía. “¿Qué tienes que decirme: qué quieres?”. “Yo... nada”. “Bien, hombre, adiós; hasta la vista; vete, pues, con el corazón tranquilo”. Garofi fué hasta la puerta; pero allí se volvió hacia el nietecillo, que lo seguía y lo miraba con curiosidad. De pronto sacó de debajo del capote un objeto; se lo dió al muchacho, diciéndole de prisa: “Es para ti”. Y se fué como un relámpago. El niño enseñó el objeto a su abuelo; vimos que encima había un letrero que decía: “Te regalo esto”. Lo miramos, lanzamos una exclamación de sorpresa. Lo que el pobre Garofi había llevado era el famoso álbum de la colección de sellos; la colección de la que hablaba siempre, sobre la cual venía fundando tantas esperanzas, y que tanto trabajo le había costado reunir: era su tesoro. ¡Pobre niño! ¡La mitad de su sangre regalaba a cambio del perdón!