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Corazón

Chapter 35: LA VOLUNTAD
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About This Book

El relato adopta la forma de un diario escolar escrito por un niño a lo largo de un curso; combina anécdotas cotidianas sobre la escuela, los compañeros y la familia con cuentos mensuales que ejemplifican virtudes. Presenta episodios de amistad, generosidad, sacrificio y patriotismo, así como escenas de dolor y enseñanza moral. La estructura alterna entradas breves, descripciones de maestros y padres, y relatos emotivos que subrayan la empatía, la disciplina y el crecimiento personal del narrador.

LA VOLUNTAD

Miércoles 28.—Hay en mi clase un tal Estardo, que sería capaz de hacer lo que hizo el pequeño florentino. Esta mañana ocurrieron dos acontecimientos en la escuela: Garofi, loco de alegría porque le habían devuelto su álbum con el aumento de tres sellos de la República de Guatemala, que él buscaba hacía tres meses, y Estardo, que había obtenido la segunda medalla. ¡Estardo, el primero en la clase después de Deroso! Todos nos admiramos. ¡Quién lo hubiera dicho en octubre, cuando su padre lo llevó a la escuela metido en aquel gabán verde, y dijo al maestro delante de todos: “Tenga con él mucha paciencia, porque es muy tardo para comprender”. Todos al principio le creían un adoquín. Pero él dijo: “O reviento, o salgo adelante”; y se puso a estudiar con fe, de día y de noche, en casa, en la escuela y en el paseo, con los dientes apretados y cerrados los puños, paciente como un buey, terco cual un mulo, y así, a fuerza de machacar, no haciendo caso de las bromas y pegando patadas a los revoltosos, ha pasado por delante de los demás aquel testarudo. No comprendía una palabra de la Aritmética; llenaba de disparates los apuntes; no acertaba a retener en su memoria un período, y ahora resuelve problemas, escribe correctamente y dice las lecciones como un papagayo. Se adivina su voluntad de hierro cuando se ve su facha; tan grueso, con la cabeza cuadrada y sin cuello, con las manos cortas y gordas y con aquella voz áspera. Estudia hasta en las columnas de los periódicos y en los anuncios de los teatros, y cada vez que junta dos reales se compra un libro; ha reunido ya así una pequeña biblioteca, y en un momento de buen humor se le escapó decirme que me llevaría a su casa para verla. No habla con nadie, con nadie juega y siempre está allí en su banco, con las manos en las sienes, firme como una roca, oyendo al maestro. ¡Cuánto debe haber trabajado el pobre Estardo! El maestro le dijo esta mañana, aunque estaba impaciente y de mal humor cuando le dió la medalla: “¡Bravo, Estardo; quien trabaja, vence!”. Pero él no parecía estar enorgullecido; no se sonrió, y apenas volvió al banco con su medalla, tornó a apoyar las sienes en los puños y se quedó más inmóvil que antes. Mas lo mejor fué a la salida, que estaba esperándolo su padre, un sangrador grueso y tosco como él, una facha con voz de trueno. Él no se esperaba aquella medalla y no lo quería creer; fué menester que el maestro lo asegurase, y entonces se echó a reír de gusto, y dió una palmada al hijo en la cabeza, diciéndole en alta voz: “¡Bravo, bien, testarudo mío!”. Y lo miraba atónito, sonriendo. Y todos los muchachos que estaban alrededor se sonreían también, excepto Estardo. Éste rumiaba ya en su cabeza la lección del día siguiente.

GRATITUD

Sábado 31.—“Tu compañero Estardo no se quejará nunca de su maestro, estoy seguro; el profesor tiene mal genio y se impacienta, tú lo dices como si fuese una cosa rara. Piensa cuántas veces te impacientas tú; ¿y con quién? Con tu padre y con tu madre, con los cuales tu impaciencia es un delito. ¡Bastante razón tiene tu maestro para impacientarse alguna vez! Piensa en los años que hace que lidia con muchachos, y que si hay muchos cariñosos y agradables, encuentra también muchos ingratos que abusan de su bondad y desconocen sus cuidados, y que, después de todo, entre tantos, son más las amarguras que las satisfacciones. Piensa que el hombre más santo de la tierra, puesto en su lugar, se dejaría llevar de la ira alguna vez. Y después, si supieses cuántas veces el maestro va enfermo a dar su clase, sólo porque no tiene una enfermedad bastante grave para dispensarle de la asistencia a la escuela, y que se impacienta porque sufre y le produce sentimiento ver que los demás no lo advierten o abusan de él. Respeta y quiere a tu maestro, hijo mío. Quiérelo porque tu padre lo respeta, porque consagra su vida al bien de tantos niños que luego lo olvidan; quiérelo porque te abre e ilumina la inteligencia y te educa el corazón; porque un día, cuando seas hombre y no estemos ya en el mundo ni él ni yo, su imagen se presentará a veces en tu mente al lado de la mía, y entonces te acordarás de ciertas expresiones de dolor y de cansancio de su cara apacible de hombre honrado, en la cual ahora no te fijas; lo recordarás y te dará pena, aun después de treinta años, y te avergonzarás; sentirás tristeza de no haberlo querido bastante, de haberte portado tan mal con él. Quiere a tu maestro, porque pertenece a esa gran familia de cincuenta mil profesores elementales esparcidos por toda Italia, y que son como los padres intelectuales de millones de muchachos que contigo crecen; trabajadores mal comprendidos y mal recompensados, que preparan para nuestra patria una generación mejor que la presente. No estaré satisfecho de tu cariño hacia mí si no lo tienes igualmente para todos los que te hacen bien, entre los cuales tu maestro es el primero después de tu padre. Quiérelo como querrías a un hermano mío; quiérelo cuando te acaricie y cuando te regañe; cuando es justo contigo y cuando te parezca injusto; quiérelo cuando esté alegre y afable, y quiérelo más aún cuando lo veas triste. Quiérelo siempre. Pronuncia perpetuamente con respeto el nombre de maestro, que, después del de padre, es el nombre más dulce que puede dar un hombre a un semejante suyo.—Tu padre”.