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Corazón

Chapter 57: LOS MUCHACHOS CIEGOS
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About This Book

El relato adopta la forma de un diario escolar escrito por un niño a lo largo de un curso; combina anécdotas cotidianas sobre la escuela, los compañeros y la familia con cuentos mensuales que ejemplifican virtudes. Presenta episodios de amistad, generosidad, sacrificio y patriotismo, así como escenas de dolor y enseñanza moral. La estructura alterna entradas breves, descripciones de maestros y padres, y relatos emotivos que subrayan la empatía, la disciplina y el crecimiento personal del narrador.

EL ENFERMERO DEL CHACHO

(CUENTO MENSUAL)

En la mañana de cierto día lluvioso de marzo, un muchacho vestido de campesino, calado de agua y lleno de fango, con un envoltorio de ropa bajo el brazo, se presentaba al portero del hospital mayor de Nápoles a preguntar por su padre, con una carta en la mano. Tenía hermosa cara ovalada de color moreno pálido, ojos apesadumbrados y gruesos labios entreabiertos, que dejaban ver sus blanquísimos dientes. Venía de un pueblo de los alrededores de la ciudad. Su padre, que había salido de la casa el año anterior para ir en busca de trabajo a Francia, había vuelto a Italia y desembarcado hacia pocos días en Nápoles, donde enfermó tan repentinamente que apenas si tuvo tiempo de escribir cuatro palabras a su familia, para anunciarle su llegada, y decirle que entraba en el hospital. Su mujer, desolada al recibir la noticia, no pudiendo moverse de casa porque tenía una niña enferma y otra de pecho, había mandado al hijo mayor con algunos cuartos para asistir a su padre, a su chacho, como solía llamarle.

El muchacho había andado diez millas de camino.

El portero, leyendo la carta, llamó a un enfermero para que le llevase al muchacho, donde estaba su padre. “¿Qué padre?”, preguntó el enfermero.

El muchacho, temblando por temor de una triste noticia, dijo el nombre.

El enfermero no recordaba tal nombre: “¿Un viejo trabajador que ha llegado de fuera?”, preguntó.

“Trabajador, sí—respondió el muchacho, cada vez más ansioso—; pero no muy viejo. Sí, que ha venido de fuera”. “¿Cuándo entró en el hospital?”, preguntó el enfermero. El muchacho mirando la carta: “Hace cinco días, creo”. El enfermero se quedó pensando un momento; luego, como recordando de pronto: “¡Ah!—dijo—; la sala cuarta, la cama que está en el fondo”. “¿Está muy malo? ¿Cómo está?”, preguntó ansiosamente el niño. El enfermero lo miró sin responder. Luego dijo: “Ven conmigo”. Subieron dos tramos de escalera, dirigiéndose al fondo del ancho corredor, hasta encontrarse frente a la puerta abierta de un salón, con dos largas filas de camas. “Ven”, repitió el enfermero entrando. El muchacho se armó de valor y lo siguió, echando miradas medrosas a derecha e izquierda sobre los semblantes blancos y consumidos de los enfermos, algunos de los cuales tenían los ojos cerrados y parecían muertos; otros miraban el espacio con ojos grandes y fijos, como espantados. Algunos gemían como niños. El salón estaba obscuro; el aire, impregnado de penetrante olor de medicamentos. Dos hermanas de la caridad iban de uno a otro lado con frascos en la mano.

Habiendo llegado al fondo de la sala, el enfermero se detuvo a la cabecera de una cama, abrió las cortinillas, y dijo: “Ahí tienes a tu padre”. El muchacho rompió a llorar, y dejando caer la ropa que traía bajo el brazo, abandonó la cabeza sobre el hombro del enfermo, cogiéndole con su mano el brazo que tenía extendido, inmóvil sobre la colcha. El enfermo no hizo movimiento alguno.

El muchacho se irguió, miró otra vez a su padre y rompió a llorar de nuevo. El enfermo le dirigió una larga mirada y pareció reconocerlo. Pero sus labios no se movieron. ¡Pobre chacho, qué cambiado estaba! El hijo no lo había reconocido. Tenía blancos los cabellos, crecida la barba, la cara hinchada, de color rojo encendido, con la piel tersa y reluciente, los ojos muy chiquitos, los labios gruesos, toda la fisonomía alterada: no conservaba suyo más que la frente y el arco de las cejas. Respiraba angustiosamente. “¡Chacho, chacho mío!—dijo el muchacho—. Soy yo, ¿no me reconoces? Soy Cecilio, tu Cecilio, que ha venido del pueblo enviado por mi madre. Mírame bien: ¿no me reconoces? Dime una palabra siquiera”. Pero el enfermo, después de mirarle atentamente, cerró los ojos. “¡Chacho!, ¡Chacho! ¿Qué tienes? Soy tu hijo, tu Cecilio”. El enfermo no se movió, y continuó respirando con mucho afán.

Entonces, llorando, tomó el muchacho una silla y se sentó, esperando, sin levantar los ojos de la cara de su padre. “Pasará algún médico haciendo la visita—pensaba—y me dirá algo”. Sumergido en tristes pensamientos, recordaba tantas cosas de su buen padre el día de la partida, cuando le había dado el último adiós en el barco, las esperanzas que la familia había fundado sobre aquel viaje, la desolación de su madre al recibir la carta; pensó también en la muerte: veía a su padre muerto, a su madre vestida de negro, a la familia toda en la miseria. Así pasó mucho tiempo. Una mano ligera le tocó en el hombro y se estremeció: era una monja. “¿Qué tiene mi padre?”, le preguntó. “¿Es éste tu padre?”, dijo dulcemente la hermana. “Sí, es mi padre; acaba de llegar. ¿Qué tiene?”. “Ánimo, muchacho—respondió la monja—; ahora vendrá el médico”. Y se alejó sin decir más.

Al cabo de media hora se oyó el toque de una campanilla y vió que por el fondo del salón entraba el médico, acompañado de un practicante; la monja y un enfermero le seguían. Comenzó la visita deteniéndose en todas las camas. Tanta espera le parecía eterna al pobre niño, y a cada paso que daba el médico crecía su ansiedad. Llegó finalmente, al lecho inmediato. El médico era un viejo, alto, encorvado, de fisonomía grave. Antes de separarse de la cama inmediata, el muchacho se puso en pie, y cuando se le acercó, rompió a llorar. El médico le miró: “Es hijo del enfermo—dijo la hermana de la caridad—, y esta mañana ha llegado del pueblo”. El médico apoyó una mano sobre el hombro del muchacho, se inclinó sobre el enfermo, le tomó el pulso, le tocó la frente e hizo alguna pregunta a la hermana, la cual respondió: “Nada nuevo”. Quedó algo pensativo, y luego dijo: “Continuad como antes”. El chico tuvo valor para preguntar con voz lacrimosa: “¿Qué tiene mi padre?”. “Ten valor, muchacho—respondió el médico poniéndole nuevamente la mano en el hombro—. Tiene una erisipela facial. Es grave, pero todavía hay esperanza. Asístele. Tu presencia le puede hacer bien”. “¡Pero si no me reconoce!”, exclamó el niño, lleno de desolación. “Te reconocerá mañana... quizá. Debemos esperarlo así; ten ánimo”. El muchacho hubiera querido preguntar más cosas, pero no se atrevió. El médico siguió adelante, y el niño comenzó la vida de enfermero. No pudiendo hacer otra cosa, arreglaba las ropas de la cama, tocaba la mano al enfermo, le espantaba los mosquitos, se inclinaba hacia él siempre que le oía gemir, y cuando la hermana le traía de beber, le quitaba el vaso y la cucharilla para dárselo con su propia mano. El enfermo lo miraba alguna que otra vez, pero sin dar señales de haberlo reconocido. Sin embargo, su mirada se fijaba por más tiempo, sobre todo cuando el niño se limpiaba los ojos con el pañuelo. Así pasó el primer día. Aquella noche el muchacho durmió sobre dos sillas, en un ángulo del salón, y a la mañana siguiente volvió a emprender su piadoso trabajo. Al segundo día se notó que los ojos del enfermo revelaron un principio de conciencia. La cariñosa voz del niño parecía que hacía brillar por el momento vaga expresión de gratitud en sus pupilas, y en cierta ocasión movió algo los brazos como si quisiera decir algo. Después de cada período de somnolencia, abriendo mucho los ojos, buscaba a su enfermero. El médico le había visto dos veces y notó alguna mejoría. Hacia la tarde, al acercarle el vaso a la boca, creyó el chico que una ligerísima sonrisa se había deslizado por sus labios hinchados. Comenzó con esto a reanimarse y tener alguna esperanza; así que, creyendo que le podría entender, a lo menos confusamente, le hablaba de su madre, de las hermanas pequeñas, de la vuelta a su casa, y le exhortaba para que tuviera valor, con palabras llenas de cariño. Aun cuando a menudo dudase de ser comprendido, sin embargo, seguía hablando porque creía que el enfermo escuchaba con placer su voz y la entonación desusada de afecto y tristeza de sus palabras. De esta manera pasó el segundo día, y el tercero y el cuarto, en alternativa continua de ligeras mejorías y de retrocesos imprevistos. El muchacho, absorto por entero en los cuidados de su padre, y sin tomar más alimento que algunos bocados de pan y queso que dos veces al día le llevaba la hermana de la caridad, no advertía casi lo que a su alrededor pasaba: los enfermos moribundos, las hermanas que acudían precipitadamente por la noche, los llantos y demostraciones de los visitantes que salían sin esperanza, todas las escenas lúgubres y dolorosas de la vida del hospital, que en cualquiera otra ocasión le habrían aturdido y horrorizado. Las horas, los días pasaban, y él siempre firme al lado de su Chacho, atento, ansioso, conmovido por los suspiros y las miradas, agitado continuamente entre una esperanza que le ensanchaba el alma y un desaliento que le helaba el corazón.

El quinto día el enfermo se puso peor de repente.

El médico movió la cabeza como diciendo que era cuestión concluida, y el muchacho se abandonó sobre una silla rompiendo a sollozar. Sin embargo, le consolaba una cosa. A pesar de empeorar, le parecía a él que el enfermo iba poco a poco adquiriendo un poco de discernimiento. Miraba al muchacho cada vez con más fijeza y con expresión creciente de dulzura; no quería tomar bebida alguna ni medicina, sino de su mano, y hacía con más frecuencia aquel movimiento forzado de los labios, como si quisiera pronunciar alguna palabra, y lo hacía tan marcado a veces, que el niño le sujetaba el brazo con violencia, animado por repentina esperanza, y le decía casi con acento de alegría: “Ánimo, ánimo, Chacho; te curarás, nos iremos de aquí, volverás a casa de mi madre: todavía hace falta algo más de valor!”. Eran las cuatro de la tarde, momento en el cual el muchacho se había abandonado a uno de aquellos transportes de ternura y de esperanza, cuando por la puerta vecina del salón oyó ruido de pasos y luego una fuerte voz, tres palabras solamente: “¡Hasta luego, hermana!”, que le hicieron saltar de la silla, dejando escapar una exclamación que se ahogó en su garganta.

En el mismo momento entró en la sala un hombre con un gran lío en la mano, seguido de una hermana.

El muchacho lanzó un grito agudo y quedó como clavado en su sitio.

El hombre se volvió, lo miró un instante, lanzó otro grito a su vez: “¡Cecilio!”, precipitándose hacia él.

El muchacho cayó en los brazos de su padre casi accidentado.

Las hermanas, los enfermeros y el practicante acudieron, y les rodearon llenos de estupor.

El muchacho no podía recobrar la voz. “¡Oh, Cecilio mío!—exclamó el padre después de clavar una atenta mirada en el enfermo, besando repetidas veces al niño—. ¡Cecilio, hijo mío! ¿Cómo es esto? ¿Te han dirigido al lecho de otro enfermo? ¡Y yo que me desesperaba de no verte, después que tu madre escribió: ‘¡Le he enviado!’. ¡Pobre Cecilio! ¿Cuántos días llevas aquí? ¿Cómo ha ocurrido esta confusión? Yo he despachado en pocos días. ¡Estoy bien! ¿Y tu madre? ¿Y Conchita? Y la chiquitina, ¿cómo está? Yo me voy del hospital; vámonos, pues. ¡Oh, santo Dios! ¡Quién lo hubiera dicho!...”. El muchacho apenas pudo balbucear cuatro palabras para dar noticias de la familia. “¡Oh, qué contento estoy, pero qué contento! ¡Qué contento! ¡Qué días tan malos he pasado!”. Y no acababa de besar a su padre. Pero no se movía. “Vamos, pues—le dice el padre—, que podremos llegar todavía esta tarde a casa. Vamos”. Y lo atrajo hacia sí. El muchacho se volvió a mirar a su enfermo. “Pero... ¿vienes o no vienes?”, le preguntó el padre sorprendido. El muchacho, volvió a mirar al enfermo, el cual en aquel momento abrió los ojos y le miró fijamente. Entonces brotó de su alma un torrente de palabras. “No, chacho, espera... no puedo! Mira ese viejo. Hace cinco días que estoy aquí. Me está mirando siempre. Yo creía que eras tú. Lo quería. Me mira, yo le doy de beber, quiere que esté siempre a su lado, ahora está muy mal; ten paciencia, no tengo valor, no sé, me da mucha pena, mañana volveré a casa, déjame estar otro poco, no estaría bien que lo dejase: ¡ve cómo me mira! No sé quién es, pero me quiere: morirá solo: ¡déjame estar aquí, querido chacho!”. “¡Bravo, chiquitín!”, gritó el practicante. El padre quedó perplejo mirando al muchacho, luego al enfermo. “¿Quién es?”, preguntó. “Un campesino como usted—respondió el practicante—, que ha venido de fuera y entró en el hospital en el mismo día que usted. Cuando lo trajeron venía sin sentido y no pudo decir nada. Quizá tenga lejos a su familia, quizá tenga hijos. Creerá que éste es uno de ellos”. El enfermo no quitaba la vista del muchacho. El padre dijo a Cecilio: “Quédate”. “No tendrá que quedarse por mucho tiempo”, murmuró el practicante. “¡Quédate!—repitió el padre—. Tú tienes corazón. Yo me marcho inmediatamente a casa para tranquilizar a tu madre. Ahí tienes dos liras para lo que necesites. Adiós, hijo mío, hasta la vista”. Lo abrazó, lo miró fijamente, lo besó repetidas veces en la frente y se fué.

El niño volvió al lado del enfermo que pareció consolado. Y Cecilio comenzó su oficio de enfermero sin llorar más, pero con el mismo interés y con igual paciencia que antes; le dió de beber, le arregló las ropas, le acarició la mano y le habló dulcemente para darle ánimo. Todo aquel día estuvo a su lado, y toda la noche y aun al siguiente día, pero el enfermo se iba poniendo cada vez peor; su cara iba tomando color violáceo; su respiración se iba haciendo más ronca, aumentaba la agitación, salían de su boca gritos inarticulados: la hinchazón se ponía monstruosa. En la visita de la tarde, el médico dijo que no pasaría de aquella noche. Entonces Cecilio redobló sus cuidados y no lo perdió de vista ni un minuto. Y el enfermo lo miraba, lo miraba, y movía aún los labios de vez en cuando, con gran esfuerzo, como si aún quisiera decir alguna cosa, y una expresión de extraordinaria dulzura se pintaba de vez en cuando en sus ojos cada vez más pequeños y más velados. Aquella noche estuvo velando el muchacho hasta que vió blanquear en las ventanas la luz del crepúsculo y apareció la hermana. Se acercó ésta al lecho, miró al enfermo y se fué precipitadamente. A los pocos minutos volvió con el médico ayudante y con un enfermero que llevaba una linterna. “Está en los últimos momentos”, dijo el médico. El muchacho apretó la mano del enfermo, abrió éste los ojos, le miró fijamente y los volvió a cerrar. En el mismo instante le pareció al muchacho que le apretaba la mano: “¡Me ha apretado la mano!”, exclamó. El médico permaneció un momento inclinado hacia el enfermo; luego se levantó. La hermana descolgó un crucifijo de la pared. “¿Ha muerto?”, preguntó el muchacho. “Vete, hijo mío—dijo el médico—. ¡Tu santa obra ha concluido! Vete, y que tengas fortuna, que bien la mereces. ¡Dios te protejerá!... ¡Adiós!”. La hermana, que se había alejado un momento, volvió con un ramito de violetas que cogió de un vaso que estaba sobre una ventana, y se lo ofreció al chico diciéndole: “Nada más tengo que darte. Llévatelo para recuerdo del hospital”. “Gracias—respondió el muchacho, cogiendo el ramito con una mano y limpiándose los ojos con la otra—; pero tengo que hacer tanto camino a pie... que lo voy a estropear”. Y desatando el ramito, esparció las violetas por el lecho, diciendo: “Las dejo como recuerdo a mi querido muerto. Gracias, hermana: gracias, señor doctor”. Luego, volviéndose hacia el muerto: “¡Adiós!...”. Y mientras buscaba un nombre que darle, le vino a la boca el dulce nombre que le había dado durante cinco días: “Adiós... pobre chacho!”. Dicho esto, cogió bajo el brazo su envoltorio de ropa, y a paso lento, interrumpido por el cansancio, se fué. Comenzaba a despuntar el alba.

EL TALLER

Sábado 18.—Ayer vino Precusa a recordarme que debía ir a ver su taller, que está en lo último de la calle, y esta mañana, al salir con mi padre, hice que me llevase allí un momento. Según nos íbamos acercando al taller, vi que salía de allí Garofi, corriendo con un paquete en la mano, haciendo ondear su gran capa, que tapaba las mercancías. ¡Ah! ¡Ahora ya sé de dónde atrapa las limaduras de hierro que vende luego por periódicos atrasados ese traficante de Garofi! Asomándonos a la puerta, vimos a Precusa sentado en un montón de ladrillos: estaba estudiando la lección con el libro sobre las rodillas. Se levantó inmediatamente y nos hizo pasar: era un cuarto grande lleno de polvo de carbón, con las paredes cubiertas de martillos, tenazas, barras, hierros de todas formas; en un rincón ardía el fuego de la fragua, y soplando el fuelle, un muchacho. Precusa padre estaba cerca del yunque y el aprendiz tenía una barra de hierro metida en el fuego. “¡Ah! ¡Aquí tenemos—dijo el herrero apenas nos vió, quitándose la gorra—al guapo muchacho que regala ferrocarriles! Ha venido a ver trabajar un rato, ¿no es verdad? Al momento será usted servido”. Y diciendo así sonreía; no tenía ya aquella cara torva, aquellos ojos atravesados de otras veces. El aprendiz le presentó una larga barra de hierro enrojecida por la punta, y el herrero la apoyó sobre el yunque. Iba a hacer una de las barras con voluta que se usan en los antepechos de los balcones, levantó un gran martillo y comenzó a golpear, moviendo la parte enrojecida para ponerla, ora de un lado, ora de otro, sacándola a la orilla del yunque o introduciéndola hacia el medio, dándole siempre muchas vueltas; y causaba maravilla ver cómo, bajo los golpes veloces, precisos, del martillo, el hierro se encorvaba, se retorcía y tomaba poco a poco la forma graciosa de la hoja rizada de una flor, cual si fuera objeto de pasta modelado con la mano. El hijo, entretanto, nos miraba con cierto aire orgulloso, como diciendo. “¡Mira cómo trabaja mi padre!”. “¿Has visto cómo se hace, señorito?”, me preguntó el herrero, una vez terminado y poniéndome delante la barra, que parecía el báculo de un obispo. La colocó a un lado y metió otra en el fuego. “En verdad que está bien hecha”, le dijo mi padre; y prosiguió. “¡Vamos!... ya veo que se trabaja, ¿eh? ¿Ha vuelto la gana?”. “Ha vuelto, sí—respondió el obrero limpiándose el sudor y poniéndose algo encendido—. Y ¿sabe quién la ha hecho volver?”. Mi padre se hizo el desentendido. “Aquel guapo muchacho—dijo el herrero, señalando a su hijo con el dedo—; aquel buen hijo que está allí, que estudiaba y honraba a su padre, mientras su padre andaba de pirotecnia y lo trataba como a una bestia. Cuando he visto aquella mañana... ¡Ah, chiquitín mío, alto como un cañamón, ven acá que te mire un poco esa cara!”. El muchacho se precipitó hacia su padre: éste le cogió y le puso en pie sobre el yunque y sosteniéndole por debajo de los brazos, le dijo: “Limpia un poco el frontispicio a este animalón de tu padre”. Entonces Precusa cubrió de besos la cara ennegrecida de su padre, hasta ponerse también él enteramente negro. “Así me gusta”, dijo el herrero, y lo puso en tierra. “¡Así me gusta, Precusa!”, exclamó mi padre con alegría. Y habiéndonos despedido del herrero y de su hijo, nos salimos. Al salir, Precusa me dijo: “Dispénsame”, y me metió en el bolsillo un paquete de clavos; le invité para que fuera a ver las máscaras a casa. “Tú le has regalado tu tren—me dijo mi padre por el camino—; pero aun cuando hubiese estado lleno de oro y de perlas, hubiera sido pequeño regalo para aquel santo hijo que ha rehecho el corazón de su padre”.

EL PAYASILLO

Lunes 20.—Toda la ciudad está convertida en hervidero a causa del Carnaval, que ya toca a su término; en cada plaza se levantan barrancas y palestras de saltimbanquis; nosotros tenemos precisamente debajo de las ventanas un circo de tela, donde funciona cierta pequeña compañía veneciana con cinco caballos. El circo se halla en medio de la plaza, y en un ángulo hay tres grandes carretas, donde los titiriteros duermen y se visten; tres casetas con ruedas, con sus ventanillas y una estufita cada una, que siempre está echando humo, y entre ventana y ventana están extendidas las envolturas de los niños. Hay una mujer que da de mamar a un rorro, hace la comida y baila en la cuerda. ¡Pobre gente! Se les llama saltimbanquis como palabra injuriosa, y, sin embargo, ganan su pan honradamente divirtiendo a todos; ¡y cómo trabajan! Todo el día están corriendo del circo a los coches, en traje de punto, ¡y con el frío que hace!, comen dos bocados a escape, de pie, entre una y otra representación, y, a veces, cuando tienen el circo ya lleno, se levanta un viento fuerte que rasga las telas y apaga las luces y ¡adiós espectáculo!: necesitan devolver el dinero y trabajar toda la noche para reparar los desperfectos del barracón. Tienen dos muchachos que trabajan, y mi padre ha reconocido al más pequeño cuando atravesaba la plaza: es hijo del dueño, el mismo a quien vimos el año pasado hacer los juegos a caballo en un circo de la plaza de Víctor Manuel. Ha crecido; tendrá unos ocho años; hermoso rapaz, con una carita redonda y morena de pillete y multitud de rizos negros que se le escapan fuera del sombrero cónico. Está vestido de payaso, metido dentro de una especie de saco grande con mangas, blanco, bordado de negro y con unos zapatitos de tela. Es un diablejo. A todos gusta. Hace de todo. Se le ve envuelto en un mantón, muy de mañana, llevando la leche a su casucha de madera; luego va a buscar los caballos a la cuadra, que está en la calle próxima; tiene en brazos al niño de pecho; transporta aros, caballetes, barras, cuerdas; limpia los carros, enciende el fuego, y en los momentos de descanso siempre está pegado a su madre. Mi padre se le queda mirando siempre desde la ventana, y no hace otra cosa más que hablar de él y de la gente, que tienen todas las trazas de ser buenos y de querer mucho a sus hijos. Una noche fuimos al circo; hacía frío y no había casi nadie; pero no por eso el payaso dejó de estar en continuo movimiento para tener alegre a la gente; daba saltos mortales, se agarraba a la cola de los caballos, andaba con las piernas por alto y cantaba, siempre con su carita morena sonriente; y su padre, que vestía traje rojo con pantalones blancos y bota alta, y la fusta en la mano, lo miraba, pero estaba triste. Mi padre tuvo compasión de él y habló del asunto con el pintor Delis, que vino a vernos. ¡Esta pobre gente se mata trabajando y hace muy mal negocio. Aquel muchacho, ¡le parecía tan bien! ¿Qué se podría hacer por ellos? El pintor tuvo una idea: “Escribe un buen artículo en el Diario—le dijo—, tú, que sabes escribir; cuenta los milagros del payasillo y yo haré su retrato; todos leen el Diario, y a lo menos una vez concurrirá la gente”. Mi padre escribió un artículo hermoso y lleno de gracia, en que decía todo lo que nosotros veíamos desde las ventanas, y ponía en ganas de conocer y de acariciar al pequeño artista; y el pintor trazó un retrato parecido y artístico, que fué publicado el sábado por la tarde. En la representación del domingo, una gran multitud concurrió al circo. Estaba anunciado: Representación a beneficio del payasín; del payasín, como se le llamaba en el Diario. No cabía un alfiler en el circo; muchos espectadores tenían el Diario en la mano y se lo enseñaban al payasín, que se reía y corría, ya por un lado, ya por otro, loco de contento. También el padre estaba alegre. ¡Ya lo creo! Jamás ningún periódico le había hecho tanto honor, y la caja estaba llena de cuartos. Mi padre se sentó a mi lado. Entre los espectadores había gente conocida. Cerca de la entrada de los caballos, en pie, estaba el maestro de gimnasia, uno que estuvo con Garibaldi, y frente a nosotros, en los segundos puestos, el albañilito, con su carita redonda, sentado junto a su padre, que parecía un gigante... y apenas me vió me hizo un guiño. Algo más allá vi a Garofi, que estaba contando los espectadores, calculando por los dedos cuánto habría recaudado la compañía. En los sillones de los primeros puestos, poco distante de nosotros, estaba el pobre Roberto, aquél que salvó el niño del ómnibus, con sus muletas entre las rodillas, apretado contra su padre, capitán de artillería, que tenía apoyada una mano sobre su hombro. Comenzó la representación. El payasín hizo maravillas sobre el caballo, en el trapecio y en la cuerda, y siempre que descendía era aplaudido por todas las manos, y muchos le tiraban de los rizos. Luego hicieron ejercicios otros varios: funámbulos, escamoteadores y caballistas, vestidos de remiendos; pero deslumbradores por la plata que los recubría. Pero cuando el muchacho no trabajaba, parecía que la gente se aburría. En esto vi que el maestro de gimnasia, que estaba de pie en la entrada de los caballos, hablaba al oído con el dueño del circo, el cual, repentinamente dirigió una mirada a los espectadores, como si buscase a alguien. Sus ojos se detuvieron en nosotros. Mi padre lo advirtió, comprendió que el maestro le había dicho quién era el autor del artículo, y para que no fuera a darle las gracias se marchó, diciéndome: “Quédate, Enrique, que yo te espero fuera”. El payasín, después de haber cruzado algunas palabras con su padre, hizo otro ejercicio; en pie sobre el caballo que galopaba, se vistió cuatro veces: primero de peregrino, luego de marinero, después de soldado y por fin de acróbata, y siempre que pasaba delante de mí, me miraba. Luego, al bajarse, comenzó a dar una vuelta al circo con el sombrero de payaso en la mano, y todos le echaban algo, bien dinero, bien dulces. Yo tenía preparados dos sueldos; pero cuando llegó frente de mí, en lugar de presentar el sombrero, lo echó hacia atrás, me miró y pasó adelante. Me mortificó esto. ¿Por qué me había hecho esta desatención? La representación terminó; el dueño dió las gracias al público, y toda la gente se levantó, aglomerándose hacia la salida. Yo iba confundido entre la multitud, y estaba casi en la puerta, cuando sentí que me tocaban una mano. Me volví: era el payasín, con su carilla graciosa y morena y sus ricitos negros, que me sonreía; tenía las manos llenas de dulces. Entonces comprendí: “Si quisieras—me dijo—aceptar estos dulces del payasín”. Yo le indiqué que sí, y cogí tres o cuatro. “Entonces—añadió—acepta también este beso”. “Dame dos”, le respondí, y le presenté la cara. Se limpió con la manga la cara enharinada, me echó un brazo alrededor del cuello, y me estampó dos besos sobre las mejillas diciéndome: “Toma, toma, y lleva uno a tu padre”.

EL ÚLTIMO DÍA DE CARNAVAL

Martes 21.—¡Qué conmovedora escena presenciamos hoy en el paseo de las máscaras! Concluyó bien, pero podía haber ocurrido una gran desgracia. En la plaza de San Carlos, decorada toda ella con pabellones amarillos, rojos y blancos, se apiñaba numerosa multitud; cruzaban máscaras de todos los colores; pasaban carros dorados llenos de banderas, imitando colgaduras; teatros, barcos rebosando arlequines y guerreros, cocineros, marineros y pastorcillas: era una confusión tan grande, que no se sabía dónde mirar, un ruido de cornetas, de cuernos y de platillos que rompían los oídos; las máscaras de los carros bebían y cantaban, apostrofando a la gente de a pie, a los de las ventanas, que respondían hasta desgañitarse, y se tiraban con furia naranjas y dulces; y por cima de los carruajes y de las apreturas, hasta donde alcanzaba la vista, se veían ondear banderolas, brillar cascos refulgentes, tremolar penachos, agitarse cabezotas de cartón-piedra, cofias gigantescas, trompetas enormes, armas extravagantes, tambores, castañuelas, gorros rojos y botellas: todos parecían locos. Cuando nuestro coche entró en la plaza, iba delante de nosotros un carro magnífico tirado por cuatro caballos con gualdrapas bordadas de oro, lleno de guirnaldas de rosas artificiales, en el cual iban catorce o quince señores disfrazados de caballeros de la corte de Francia, resplandecientes con sus trajes de seda, con pelucón blanco, sombreros de pluma bajo el brazo y espadín, y el pecho cubierto de lazos y encajes hermosísimos. Todos a la vez iban cantando una cancioncilla francesa y arrojaban dulces a la gente, y la gente aplaudía y gritaba. De repente vimos que un hombre que estaba a nuestra izquierda levantaba sobre las cabezas de la multitud una niña de cinco a seis años, una pobrecilla que lloraba desesperadamente, agitando los brazos como si estuviera acometida de convulsivo ataque. El hombre se hizo sitio hacia el carro de los señores; uno de éstos se inclinó, y el hombre le gritó: “Tome, esta niña ha perdido a su madre entre la muchedumbre; téngala en brazos; la madre no debe estar lejos, y la verá; no hay otro medio”. El señor tomó la niña en brazos; todos los demás dejaron de cantar; la niña chillaba y manoteaba; el señor se quitó la careta y el carro continuó andando despacio. En el entretanto, según nos dijeron después, en la extremidad opuesta de la plaza, una pobre mujer, medio enloquecida, rompía por entre la multitud a codazos y empellones, gritando: “¡María!, ¡María!, ¡María! ¡He perdido a mi hija! ¡Me la han robado! ¡Han ahogado a mi niña!”. Hacía un cuarto de hora que se hallaba en aquel estado de desesperación, yendo unas veces hacia un lado, otras al contrario, oprimida por la gente que a duras penas podía abrirle paso. El señor del carro no cesaba entretanto de tener apretada contra su pecho a la niña, paseando su mirada por toda la plaza y tratando de aquietar a la pobre criatura, que se tapaba la cara con las manos, sin darse cuenta de dónde se hallaba, y sollozando de tal modo que partía el corazón. El señor estaba conmovido; bien se veía que aquellos gritos le llegaban al alma; los demás ofrecían naranjas y dulces a la niña; pero ésta todo lo rechazaba, cada vez más espantada y convulsa. “¡Buscad a su madre!—gritaba el señor a la multitud—. ¡Buscad a su madre!”. Y todo el mundo se volvía a derecha e izquierda, pero la madre no parecía. Finalmente, a pocos pasos de la embocadura de la calle de Roma vimos a una mujer que se lanza hacia el carro... ¡Ah! Jamás la olvidaré. No parecía criatura humana: tenía el cabello suelto, la cara desfigurada, los vestidos rotos; se lanzó hacia adelante, dando un gemido que no fué posible comprender si era de gozo, de angustia o de rabia, y alzando sus manos como si fueran dos garras, cogió a la niña. El carro se detuvo. “Aquí la tienes”, dijo el señor presentándole la niña después de darle un beso, y colocándola entre los brazos de su madre, que la apretó contra su seno con furia... Pero una de sus manecitas quedó por algunos segundos entre las manos del caballero, el cual, arrancándose de la mano derecha un anillo de oro con un grueso diamante y metiéndole con presteza en uno de la pequeñita. “Toma—le dijo—será tu dote de esposa”. La madre se quedó extática, como encantada; la multitud prorrumpió en aplausos; el señor se puso otra vez la careta; sus compañeros emprendieron de nuevo el canto, y el carro marchó lentamente en medio de una tempestad de palmas y de vivas.

LOS MUCHACHOS CIEGOS

Jueves 23.—El maestro está muy enfermo, y enviaron en su lugar al de la sección cuarta, que ha sido maestro en el Instituto de los Ciegos; el más viejo de todos, tan canoso que parece que en la cabeza lleva peluca de algodón, y que habla como si entonase una canturía melancólica, pero bien, y sabe mucho. Apenas entró a la escuela, viendo un niño con un ojo vendado, se acercó al banco para preguntarle qué tenía. “Cuídate los ojos, muchacho”, le dijo. Y entonces Deroso le preguntó: “¿Es verdad, señor maestro, que ha sido usted profesor de los ciegos?”. “Sí, durante varios años”, respondió. Y Deroso le dijo a media voz: “Dígame usted algo sobre ellos”. El maestro se fué a sentar al lado de la mesa. Coreta dijo en alta voz: “El Instituto de los Ciegos está en la calle de Niza”. “Vosotros decís ciegos, ciegos—comenzó el maestro, así como diríais enfermos, pobres, o qué sé yo. Pero ¿entendéis bien lo que esta palabra quiere decir? Pensad por un momento. ¡Ciegos! ¡No ver absolutamente nada nunca! ¡No distinguir el día de la noche; no ver ni el cielo ni el sol, ni a sus propios padres, nada de lo que se tiene alrededor o se toca; estar sumergido en perpetua obscuridad y como sepultados en las entrañas de la tierra! Probad un momento a cerrar los ojos, y pensad si debiérais permanecer para siempre así: inmediatamente os sobrecoge la angustia, el terror; os parece que sería imposible resistirlo, que os pondríais a gritar, que os volveríais locos o moriríais. Y sin embargo... pobres niños, cuando se entra por primera vez en el Instituto de Ciegos, durante el juego, al oír tocar violines y flautas por todas partes, hablar fuerte y reír, subiendo y bajando las escaleras con paso veloz, y moverse libremente por los corredores y dormitorios, nadie diría que son tan desventurados. Es preciso observarlos bien. Hay jóvenes de dieciséis y dieciocho años, robustos y alegres, que sobrellevan la ceguera con cierta calma, y hasta con presencia de ánimo; pero bien se trasluce por la expresión desdeñosa y fiera de sus semblantes, que deben haber sufrido tremendamente antes de resignarse a aquella desventura; otros, con fisonomía pálida y dulce, en la cual se nota una grande pero triste resignación, y se comprende que alguna vez, en secreto, deben llorar todavía. ¡Ah, hijos míos! Pensad que algunos de esos han perdido la vista en pocos días, que otros la han perdido después de sufrir como mártires años enteros; de haberles hecho operaciones quirúrgicas terribles, y que muchos han nacido así, en una noche que no ha tenido amanecer para ellos, que han entrado en el mundo como en inmensa tumba, y que no saben cómo está formado el semblante humano. Imaginaos cuánto habrán sufrido y cuánto deben sufrir cuando piensen así, confusamente, en la diferencia tremenda que hay entre ellos y los que ven, y se preguntan a sí mismos: ‘¿Por qué esta diferencia, si no tenemos culpa alguna?’. Yo, que he estado varios años entre ellos, cuando recuerdo aquella clase, todos aquellos ojos sellados para siempre, todas aquellas pupilas sin mirada y sin vida, y luego os miro a vosotros... me parece imposible que no seáis todos felices. ¡Pensad que hay cerca de veintiséis mil ciegos en Italia! Veintiséis mil personas que no ven la luz... ¿Comprendéis? ¡Un ejército que tardaría cuatro horas en desfilar bajo nuestras ventanas!”. El maestro calló; no se oía respirar en la clase.

Deroso preguntó si era verdad que los ciegos tienen el tacto más fino que nosotros. El maestro dijo: “Es verdad. Todos los demás sentidos se afinan en ellos, precisamente porque debiendo suplir entre todos el de la vista, están más y mejor ejercitados de lo que están en nosotros. Por la mañana, en los dormitorios, el uno pregunta al otro: ‘¿Hace sol?’, y el que es más listo para vestirse escapa corriendo al patio para agitar las manos en el aire y sentir el calor del sol, si lo hay, volviendo a dar la buena noticia: ‘¡Hace sol!’. Por la voz de una persona se forman idea de la estatura; nosotros juzgamos el alma de las personas por los ojos, ellos por la voz, recuerdan las entonaciones y los acentos a través de los años. Perciben si en una habitación hay varias personas, aunque sea una sola la que habla y las otras permanezcan inmóviles. Al tacto se dan cuenta de si una cuchara está poco limpia o mucho. Las niñas distinguen la lana teñida de la que tiene su color natural. Al pasar de dos en dos por las calles, reconocen casi todas las tiendas por el olor, aun aquellas en las cuales nosotros no percibimos olor alguno. Juegan a la perinola y al oír el zumbido que produce el girar, se van derecho a cogerla, sin equivocarse. Juegan a los aros, tiran a los bolos, saltan la cuerda, fabrican casitas con pedruzcos, cogen las violetas como si realmente las viesen, hacen esteras y canastillos, tejiendo paja de varios colores, con expedición y bien: ¡hasta tal punto tienen ejercitado el tacto! El tacto es para ellos la vista; uno de sus mayores placeres es el de tocar y oprimir hasta adivinar la forma de las cosas, palpándolas. Es conmovedor ver, cuando van al Museo Industrial, donde les dejan tener lo que quieren, con cuánto gusto se apoderan de los cuerpos geométricos y ponen sus manos sobre los modelitos de casas, sobre los instrumentos; con qué alegría palpan y revuelven entre las manos todas las cosas para ver cómo están hechas. ¡Ellos dicen ver!”. Garofi interrumpió al maestro para preguntarle si era cierto que los chicos ciegos aprenden a hacer cuentas mejor que los otros. El maestro respondió: “Es verdad. Aprenden a hacer cuentas y a leer. Tienen libros a propósito con caracteres en relieve; pasan por encima los dedos, reconocen las letras y dicen las palabras; leen de corrido. Y es preciso ver, ¡pobrecillos!, cómo se ponen colorados cuando se equivocan. También escriben sin tinta. Escriben sobre un papel grueso y duro con un punzoncito de metal, que hace tantos puntitos hundidos y agrupados, según un alfabeto especial; los cuales puntitos aparecen de relieve por el revés del papel, de modo que volviendo la hoja y pasando los dedos sobre aquellos relieves, pueden leer lo que han escrito y la escritura de los demás: no de otra manera hacen composiciones y se escriben cartas entre ellos. La escritura de los números y de los cálculos la hacen del mismo modo. Calculan mentalmente con increíble facilidad, porque no les distrae la vista de las cosas exteriores como a nosotros. ¡Si viérais qué apasionados son por oír leer en alta voz, qué atención prestan, cómo lo recuerdan todo, cómo discuten entre sí, aun los más pequeños, de cosas de Historia y de lenguas, sentados cuatro o cinco en un banco, sin volverse el uno hacia el otro, y conversando el primero con el tercero, el segundo con el cuarto en alta voz, y todos juntos, sin perder una sola palabra, por la rapidez y agudeza que tiene su oído! Dan más importancia que vosotros a los exámenes, y toman más afecto a sus maestros. Reconocen a su maestro en el andar y por el olfato; perciben si está de buen humor o de malo, si está bueno o no; y todo esto nada más que por el sonido de una palabra: quieren que el maestro les toque cuando les anima y les alaba, y le palpan las manos y los brazos para expresarle su gratitud. También se profesan unos a otros mucho cariño, y son buenos compañeros. En las horas de recreo casi siempre están juntos los mismos. En la sección de música, por ejemplo, se forman tantos grupos cuantos son los instrumentos que saben tocar; así, hay grupos de violinistas, pianistas, flautistas, sin separarse jamás. Puesto su cariño en una persona, es difícil que se desprendan de él. Su gran consuelo es la amistad. Se juzgan unos a otros con rectitud. Tienen concepto claro y profundo del bien y del mal. No hay nadie que se exalte tanto como ellos en presencia de una acción generosa o de un hecho grande”. Votino preguntó si tocan bien. “Sienten ardiente amor por la música—respondió el maestro—. Su alegría y su vida están en la música. Hay niños ciegos que, apenas entran en el colegio, son capaces de estar horas inmóviles, a pie quieto, oyendo tocar. Aprenden pronto a tocar con pasión. Cuando el maestro dice a uno que no tiene disposición para la música, sufre un gran tormento; pero se pone a estudiar como un desesperado. ¡Ah! Si oyérais la música allí dentro; si les viérais cuando tocan, con la frente alta, con la sonrisa en los labios, el semblante encendido, trémulos de emoción, extasiados, oyendo aquellas armonías que resplandecen en la obscuridad infinita que los rodea, ¡comprenderíais perfectamente que para ellos es consuelo divino la música! El júbilo y la felicidad rebosa cuando les dice el maestro: ‘Tú llegarás a ser un artista’. El que sobresale en la música y llega a tocar bien el piano o el violín, es como un rey: le aman, le veneran. Si se origina una disputa, los contendientes van a sometérsela; y si dos amigos regañan, él también es quien los reconcilia. Los más pequeñitos, a quienes él enseña a tocar, lo consideran como a un padre. Antes de ir a acostarse, todos van a darle las buenas noches. Hablan sin cesar de música; a lo mejor estando ya acostados, casi todos cansados del estudio y del trabajo y medio dormidos, todavía se les oye charlar en voz baja de óperas, de maestros, de instrumentos, de orquestas. Y es tan grande castigo el privarles de la lectura o de la lección de música, sienten tanta pena, que casi nunca se tiene valor para castigarlos de este modo. Lo que la luz es para nuestros ojos, es la música para el corazón de ellos”. Deroso preguntó si no se podía ir a verlos. “Se puede—respondió el maestro—; pero vosotros, siendo niños, no debéis ir por ahora. Iréis más tarde, cuando estéis en situación de comprender toda la grandeza de su desventura y de sentir toda la piedad a que es acreedora. Es un espectáculo triste, hijos míos. Os encontráis a veces con unos cuantos muchachos sentados frente a una ventana, abierta de par en par, gozando del ambiente fresco, con la cara inmóvil, que parece que miran la inmensa llanura verde y las hermosas montañas azules que vosotros véis... Y el pensar que no ven nada, que jamás podrán ver nada de toda aquella magnífica belleza, os oprime el alma como si ellos se hubieran vuelto ciegos en aquel momento. Y todavía los ciegos de nacimiento, que, no habiendo visto el mundo, no echan de menos nada, porque ignoran las imágenes de las cosas, dan menos compasión; pero hay niños que hace pocos meses se han quedado ciegos, que todo lo tienen presente todavía y que comprenden bien lo que han perdido, los cuales sienten, además, el dolor de ver cómo cada día que pasa se van obscureciendo las imágenes más queridas, como si en su memoria se fuera muriendo el recuerdo de las personas amadas. Uno de estos infelices me decía cierto día con inexplicable tristeza: ‘¡Quisiera llegar a tener vista una vez nada más, un momento, para ver la cara de mi madre, que no la recuerdo ya!’. Y cuando las madres van a buscarlos, les ponen las manos sobre la cara, las tocan bien desde la frente hasta la barba y las orejas, para poder sentir cómo son, y casi no llegan a persuadirse de que no las ven, y las llaman por sus nombres muchas veces como para suplicarles que se dejen ver una sola vez siquiera. ¡Cuántos salen de allí llorando, aun los hombres de corazón duro! Y cuando se sale, nos parece que somos una excepción, que gozamos de un privilegio inmerecido al ver la gente, las casas, el cielo. ¡Oh! No hay ninguno de vosotros, estoy seguro de ello, que al salir de allí no estuviera dispuesto a privarse de algo de su propia vista para dar siquiera fuese un ligero resplandor a aquellos pobres niños, para los cuales ni el sol tiene luz ni cara sus respectivas madres!”.

EL MAESTRO ENFERMO

Sábado 25.—Ayer tarde, al salir de la escuela, fuí a visitar al profesor, que está malo. El trabajo excesivo le ha puesto enfermo. Cinco horas de lección al día, luego una hora de gimnasia, luego otras dos horas de escuela de adultos por la noche, lo cual significa que duerme muy poco, que come a escape y que no puede ni respirar siquiera tranquilamente de la mañana a la noche; no tiene remedio: ha arruinado su salud. Esto dice mi madre. Ella me esperó abajo en la puerta de la calle; subí solo, y en la escalera me encontré al maestro de las barbazas negras, Coato, aquél que mete miedo a todos y no castiga a nadie; él me miró con los ojos fijos, rugió como un león (por broma) y pasó muy serio. Aún me reía yo cuando llegaba al piso cuarto y tiraba de la campanilla; pero pronto cambié, cuando la criada me hizo entrar en un cuarto pobre, medio a obscuras, donde se hallaba acurrucado mi maestro. Estaba en una cama pequeña de hierro: tenía la barba crecida. Se puso la mano en la frente como pantalla para ver mejor, y exclamó con su voz afectuosa. “¡Oh, Enrique!”. Me acerqué al lecho, me puso una mano sobre el hombro y me dijo: “Muy bien, hijo mío. Has hecho bien en venir a ver a tu pobre maestro. Estoy en mal estado, como ves, querido Enrique. Y ¿cómo anda la escuela? ¿Qué tal los compañeros? ¿Todo va bien, eh, aun sin mí? ¿Os encontráis bien sin mí, no es verdad? ¡Sin vuestro viejo maestro!”. Yo quería decir que no; él me interrumpió. “Ea, vamos, ya lo sé que no me queréis mal”. Y dió un suspiro. Yo miraba unas fotografías clavadas en las paredes. “¿Ves?—me dijo—. Todos estos muchachos me han dado sus retratos desde hace más de veinte años. Guapos chicos. He ahí mis recuerdos. Cuando me muera, la última mirada la echaré allí a todos aquellos pilluelos, entre los cuales he pasado la vida. ¿Me darás tu retrato también, no es verdad, cuando hayas concluido el grado elemental?”. Luego cogió una naranja que tenía sobre la mesa de noche y me la alargó diciendo: “No tengo otra cosa que darte: es un regalo de enfermo”. Yo le miraba, y tenía el corazón triste, no se por qué. “Ten cuidado, ¿eh?—volvió a decirme—; yo espero que saldré bien de ésta; pero si no me curase... cuida de ponerte fuerte en aritmética, que es tu lado flaco; haz un esfuerzo; no se trata más que de un primer esfuerzo, porque a veces no es falta de aptitud, es una preocupación o, como si se dijese, una manía”. Pero entretanto respiraba fuerte, se veía que sufría. “Tengo una fiebre muy alta...”. Y suspiró. “Estoy medio muerto. Te recomiendo, pues: ¡firme en la aritmética y en los problemas! ¿Que no sabes bien, a la primera, se descansa un momento y se vuelve a intentar! ¿Que todavía no sale bien? Otro poco de descanso y vuelta a empezar. Y adelante, pero con tranquilidad, sin afanarse, sin perder la cabeza. Vete. Saluda a tu madre. Y no vuelvas a subir las escaleras; nos volveremos a ver en la escuela. Y si no nos volvemos a ver, acuérdate alguna vez de tu maestro del tercer año, que siempre te ha querido bien”. “¡Inclina la cabeza!”, me dijo. La incliné sobre la almohada y me besó en los cabellos. Luego añadió: “Vete”; y volvió la cara del lado de la pared. Yo bajé volando las escaleras porque tenía necesidad de abrazar a mi madre.