WeRead Powered by ReaderPub
Corazón cover

Corazón

Chapter 67: DISTRIBUCIÓN DE PREMIOS
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

El relato adopta la forma de un diario escolar escrito por un niño a lo largo de un curso; combina anécdotas cotidianas sobre la escuela, los compañeros y la familia con cuentos mensuales que ejemplifican virtudes. Presenta episodios de amistad, generosidad, sacrificio y patriotismo, así como escenas de dolor y enseñanza moral. La estructura alterna entradas breves, descripciones de maestros y padres, y relatos emotivos que subrayan la empatía, la disciplina y el crecimiento personal del narrador.

DISTRIBUCIÓN DE PREMIOS

Martes 14.—A eso de las dos, el grandísimo teatro estaba lleno: el patio, las galerías, los palcos, la escena, todo rebosando; se veían miles de caras de muchachos, señoras, maestros, trabajadores, mujeres del pueblo, niños. Era un movimiento de cabezas y de manos, un vaivén de plumas, lazos y rizos; un murmullo nutrido y jovial que daba verdadera alegría al alma. El teatro estaba adornado con pabellones de tela roja, blanca y verde. En el patio habían hecho dos escaleras: una a la derecha, por la cual los premiados debían subir al escenario; otra a la izquierda por donde debían bajar después de haber recibido el premio. Delante, en el escenario, había una fila de sillones rojos, y del respaldo del que ocupaba el centro pendía una linda corona de laurel; en el fondo, un trofeo de banderas; a un lado una mesa con tapete verde, sobre la cual estaban todos los diplomas, atados con lazos tricolores. La orquesta estaba en su sitio; los maestros y las maestras llenaban la mitad de la primera galería, que les había sido reservada; las butacas estaban atestadas de cientos de muchachos que habían de cantar, con los papeles de música en la mano. Por todas partes veíase ir y venir maestros y maestras, que arreglaban las filas de los premiados, y a las madres, que daban el último toque a los cabellos y a las corbatas de sus hijos.

Apenas entré con mi familia en el palco, vi en el de enfrente a la maestrita de la pluma roja, que reía, con sus graciosos hoyuelos en las mejillas, y con ella a la maestra de mi hermana y a la monjita, vestida de negro, y a mi buena maestra de la sección superior; pero tan pálida, ¡pobrecilla!, y tosiendo tan fuerte que se oía por todas partes. Mirando al patio me encontré en seguida con la simpática carota de Garrón y la cabecita rubia de Nelle pegada al hombro de Garrón. Algo más allá vi a Garofi, con su nariz de gavilán, que se agitaba mucho por recoger listas impresas de los que iban a ser premiados y de las cuales había reunido un gran fajo para hacer, sin duda, algún tráfico de los suyos... que mañana sabremos. Cerca de la puerta estaba el vendedor de leña con su mujer, ambos vestidos de día de fiesta, y su hijo, que tiene tercer premio en la sección segunda; me quedé maravillado al ver que no llevaba la gorra de piel de gato y el chaleco de punto de color de chocolate: estaba vestido como un señorito. En la galería alcancé a ver por un momento a Votino, con un gran cuello bordado; luego desapareció. También estaba en un palco del proscenio, lleno de gente, el capitán de artillería, el padre de Roberto, el niño de las muletas, el pobre cojo.

Al dar las dos la banda tocó, y en el mismo momento subieron por la escalerilla de la derecha el alcalde, el gobernador, el asesor y muchos otros señores, vestidos todos de negro, que se fueron a sentar en los sillones rojos colocados delante del escenario. La banda cesó de tocar. Se adelantó el director de las escuelas de canto, batuta en mano. A una señal suya todos los muchachos del patio se pusieron en pie; a otra, comenzaron a cantar. Eran setecientos los que cantaban una bellísima canción, setecientas voces de muchachos, ¡qué hermoso coro! Todos escucharon inmóviles; era un canto dulce, límpido, lento, que parecía canto de iglesia; cuando callaron todos aplaudieron; después reinó completo silencio. La distribución iba a comenzar. Mi maestrillo de la sección segunda se había adelantado ya, con su cabeza rubia y sus avispados ojos, para leer los nombres de los premiados. Se esperaba que entrasen los doce muchachos para presentar los diplomas. Los periódicos habían publicado ya que serían chicos pertenecientes a todas las provincias italianas. Todos lo sabían y los esperaban, mirando con curiosidad al sitio por donde debían entrar el alcalde y los demás señores; en todo el teatro imperaba profundo silencio...

De repente aparecen a la carrera, deteniéndose en el proscenio, en correcta formación y sonrientes. Todo el teatro, tres mil personas, se levantan y prorrumpen a la vez en un aplauso, que más bien parecía el estallido de un trueno. Los muchachos parecen desconcertados en el primer momento. “¡Ahí tenéis a Italia”, dijo una voz desde el escenario. Inmediatamente reconocí a Coraci, el calabrés, vestido como siempre, de negro. Un señor del municipio, que estaba con nosotros y conocía a todos, se los iba indicando a mi madre: “Aquel pequeño rubio es el representante de Venecia. El romano es aquel otro alto y con el pelo rizado”. Había dos o tres vestidos de señoritos; los demás eran hijos de artesanos, pero bien ataviados y limpios. El florentino, que era el más pequeño llevaba una faja azul en la cintura. Pasaron todos delante del alcalde, quien fué besando en la frente uno a uno, mientras otro señor que estaba al lado le iba diciendo, por lo bajo y sonriendo, los nombres de las ciudades: “Florencia, Nápoles, Bolonia, Palermo...”, y a cada uno que desfilaba, el teatro entero aplaudía. Luego se colocaron al lado de la mesa verde para ir cogiendo los diplomas; el maestro comenzó a leer la lista, diciendo las secciones las clases y los nombres, comenzando a subir por su orden los premiados.

Apenas habían subido los primeros, cuando comenzó a oírse detrás del escenario una música muy suave de violines, que duró todo el tiempo que tardaron en desfilar los agraciados; tocaba un aire gracioso y siempre igual, que semejaba un murmullo de muchas voces apagadas: las voces de todas las madres y de todos los maestros y maestras, como si todos juntos diesen a una consejos, suplicasen y regañasen amorosamente. Mientras tanto los premiados pasaban uno tras otro delante de los señores sentados, que les presentaban los diplomas y les decían alguna palabra afectuosa, o les hacían alguna caricia. Cada vez que algún pequeñuelo pasaba, los muchachos de las butacas y de las galerías aplaudían; lo mismo cuando se presentaba alguno de aspecto pobre o que tuviera los cabellos rizados o fuera vestido de encarnado o de blanco. Entre ellos había algunos de la sección primera superior que, una vez en el escenario, se confundían y no sabían dónde volverse, provocando la risa en todo el teatro; uno de ellos que apenas medía tres palmos, con un gran nudo de cinta encarnada en la espalda, le costaba trabajo andar, se enredó en la alfombra y cayó; el gobernador lo levantó y fué motivo para risas y aplausos generales. Otro se resbaló en la escalerilla, yendo a parar de nuevo al patio; se oyeron algunos gritos, pero no se hizo daño. Toda clase de fisonomías fueron desfilando: caras de traviesos, caras de asustados, caras coloradas como las cerezas y caras siempre risueñas; apenas bajaban a las butacas, los padres y las madres les agarraban y se los llevaban consigo. Cuando tocó la vez a nuestra sección, ¡entonces sí que me divertí! A casi todos conocía. Pasó Coreta, que estrenaba todo el traje, con el semblante risueño y alegre, enseñando sus blancos dientes, y, sin embargo, ¡quién sabe cuántos quintales de leña había ya repartido por la mañana! El alcalde, al darle el diploma, le preguntó qué era una señal encarnada que tenía en la frente, manteniendo entretanto la mano apoyada en el hombro; yo busqué en el patio a su padre y a su madre, y los vi que reían, tapándose la boca con las manos. Pasó luego Deroso, vestido de azul, con los botones relucientes y los rizos como de oro; esbelto, gracioso, con la frente alta, tan guapo y tan simpático, que le hubiera dado un abrazo; todos los señores le hablaban y le dieron un apretón de manos. El maestro pronunció después el nombre de Roberto. Y vimos avanzar al hijo del capitán de artillería con las muletas. Cientos de muchachos conocían el hecho; la voz se esparció en un abrir y cerrar de ojos, y una salva de aplausos y de gritos hizo retemblar el teatro: los hombres se pusieron en pie, las señoras agitaron los pañuelos, y el pobre muchacho se detuvo en medio del escenario, aturdido y tembloroso... El alcalde le hizo acercarse y le dió el premio y un beso; y tomando del respaldo de su sillón la corona de laurel que estaba colgada, la colocó en la almohadilla de una muleta. Le acompañó luego hasta el palco de proscenio donde estaba su padre, el cual le levantó en peso y le metió dentro, en medio de una gritería indecible de bravos y de vivas. La suave música de los violines continuaba entretanto, y los muchachos seguían pasando: los de la sección del Consulado eran casi todos hijos de comerciantes; los de la sección Boncompañi, muchos de ellos hijos de labradores; los de la escuela Reniero, hijos de artesanos. Apenas concluyó el reparto de premios, los setecientos muchachos de las butacas cantaron otro hermosísimo himno; habló luego el alcalde; tras éste el inspector de las escuelas, que terminó diciendo: “...No salgáis de aquí sin enviar un saludo a los que tanto se afanan por vosotros, a los que os consagran todas las fuerzas de su inteligencia y de su corazón, y que viven y mueren por vosotros. Helos allí!”. Y señaló a la galería de los maestros. Todos los muchachos de las galerías, de los palcos y de las butacas se levantaron, señalándolos con los brazos al vitorearlos; los maestros respondían agitando las manos, los sombreros, los pañuelos; era una escena conmovedora. La banda tocó otra vez, y el público envió su último saludo en un fragoroso aplauso a los doce muchachos de todas las provincias de Italia, que se presentaron en fila en el escenario, con los brazos entrelazados, bajo una lluvia de ramos de flores.

LITIGIO

Lunes 20.—Sin embargo, no es posible que porque él haya alcanzado el premio y yo no, por envidia, haya tenido un altercado con Coreta. No fué por envidia. ¡Sí, hice mal! El maestro le había colocado a mi lado; yo estaba escribiendo en el cuaderno de caligrafía; me empujó con el codo y me hizo echar un borrón y manchar también el cuento mensual Sangre romañola, que tenía que copiar para el albañilito, que está enfermo. Yo me enfurecí, y le solté una palabrota. Él me contestó sonriendo: “No lo he hecho a propósito”. Debería haberle creído, porque lo conozco; pero me desagradó que sonriera, y pensé: “¡Oh! ¡Ahora que ha obtenido el premio está ensoberbecido!”. Y al poco rato, para vengarme, le di un empujón que le estropee la plana. Entonces, encendido por la rabia: “Tú sí que lo has hecho de intento”, me dijo, levantando la mano. El maestro lo vió, y la retiró. Coreta añadió por lo bajo: “¡Te espero fuera!”. Yo me quedé en mala situación; la rabia se desvaneció, y sentí verdadero arrepentimiento. No, Coreta no podía haberlo hecho de propósito. “Es bueno”, pensé. Se me vino a las mientes cómo le había visto cuidar a su madre enferma y la alegría con que luego le había recibido en mi casa, y cuánto le había gustado a mi padre. ¡No sé lo que habría dado por no haberle dicho aquella palabrota, ni cometido semejante bajeza! Me ocurría el consejo que mi padre me hubiera dado: “¿Has hecho mal?”. “Sí”. “Pues entonces pídele perdón”. No me atrevía a hacerlo así, porque me avergonzaba el tener que humillarme. Le miraba de reojo, veía su chaqueta de punto descosida por la espalda, ¡quién sabe! quizá por la mucha leña que había tenido que llevar; sentía que le quería de veras, y me decía a mí mismo: “¡Valor!”, pero la palabra perdóname no pasaba de la garganta. Él también, alguna que otra vez, me miraba de reojo; pero más bien me parecía apesadumbrado que rabioso. En tales ocasiones también yo le miraba fosco, para dar a entender que no tenía miedo. Él me repitió: “¡Ya nos veremos fuera!”. Y yo: “Sí que nos veremos fuera”. Pero no cesaba de pensar en lo que mi madre me había dicho una vez: “Si no tienes razón, defiéndete, pero no te pelees!”. Yo no cesaba de decir para mis adentros: “Me defenderé, pero no pegaré”. Estaba desazonado, triste; no oía lo que decía el maestro. Al fin llegó la hora de salida. Cuando me encontré solo en la calle, noté que él me seguía. Me detuve, y lo esperé con la regla en la mano. Se acercó él, y yo levanté la regla. “No, Enrique—dijo él con su bondadosa sonrisa—; seamos tan amigos como antes”. Me quedé aturdido por un momento, y luego sentí como si una mano me empujase por las espaldas, hasta encontrarme en sus brazos. Me abrazó y dijo: “Basta de mohines entre nosotros, ¿no es verdad?”. “¡Nunca, jamás! ¡Nunca, jamás!”, le respondí. Y nos separamos contentos. Cuando llegué a casa, sin embargo, y se lo conté todo a mi padre, creyendo que le agradaría, le sentó muy mal y me replicó: “Tú, debías haber sido el que primero tendiese la mano, puesto que habías cometido la falta”. Luego añadió: “No debiste levantar la regla sobre un compañero mejor que tú, sobre el hijo de un soldado!”. Y cogiéndome la regla de la mano, la hizo pedazos y la tiró contra la pared.

MI HERMANA

Viernes 24.—“¿Por qué, Enrique, después que nuestro padre te censuró el que te hubieses portado mal con Coreta, has hecho conmigo aquella acción? No te puedes imaginar la pena que he tenido. ¿No sabes que cuando tú eras niñito estaba al lado de tu cuna horas y horas, en vez de ir a divertirme con mis amigas, y que cuando estabas malo, todas las noches saltaba de la cama para ver si quemaba tu frente? ¿No sabes tú que ofendes a tu hermana, que ella haría de madre si una tremenda desgracia nos afligiese, y te querría tanto como a un hijo? ¿No sabes que cuando nuestro padre y nuestra madre no existan, yo seré tu mejor amiga, la sola con quien podrás hablar de nuestros muertos y de la infancia, y que si fuera preciso trabajaría para ti, Enrique, para poder tener pan y hacerte estudiar, y que te querré siempre cuando seas grande, y te seguiré con mi pensamiento cuando estés lejos, sin cesar, porque hemos crecido juntos y tenemos la misma sangre? ¡Oh, Enrique, tenlo por seguro! Cuando seas hombre, si te ocurre una desgracia, si estás solo, estoy segura que me buscarás y me vendrás a decir: ‘Silvia, hermana, déjame estar contigo; hablemos de cuando éramos felices, ¿te acuerdas? Hablemos de nuestra madre, de nuestra casa, de aquellos días hermosos tan lejanos’. ¡Ah Enrique! Siempre encontrarás a tu hermana con los brazos abiertos. Sí, querido Enrique, y perdóname también el regaño que ahora te hago. Yo no me acordaré de ninguna sinrazón tuya, ni aun cuando me dieses otros disgustos. ¿Qué me importa? Serás siempre mi hermano; del mismo modo no me acordaré de otra cosa más que de haberte tenido en mis brazos cuando niño, haber querido al padre y a la madre contigo, haberte visto crecer y haber sido por tantos años tu más fiel compañera. Pero escríbeme alguna palabra en este mismo cuaderno, y yo pasaré de nuevo a leerla antes de la noche. Entretanto, para demostrarte que no estaba incomodada contigo, al ver que estabas cansado, he copiado por ti el cuento mensual Sangre romañola, que tú debías copiar para el albañilito enfermo; búscalo en el cajoncito de la izquierda de tu mesa; lo he escrito todo en esta noche mientras dormías. Escríbeme alguna palabrilla cariñosa, te lo suplico.—Tu hermana Silvia”.

“No soy digno de besar tus plantas.—Enrique”.