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Cosas que fueron: Cuadros de costumbres

Chapter 28: VI.
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About This Book

Una colección de cuadros costumbristas y ensayos breves que recuerdan escenas y hábitos urbanos, en su mayor parte madrileños, combinando anécdota, ironía y melancolía. Los textos recrean noches de fiesta, ferias, celebraciones y ambientes teatrales, así como pequeñas meditaciones sobre la memoria, el gusto popular y la condición del escritor. Organizados en viñetas, alternan retratos de personajes y observaciones sociales con reflexiones personales sobre la literatura y el paso del tiempo.

Cuando quise, no quisiste;
ahora que quieres, no quiero...

*
* *

Por lo demás, hay diputado que no hilaría tres palabras seguidas, si no tuviese un pañuelo en la mano; cosa que sucedía también antiguamente á los aficionados que declamaban en los bailes.

*
* *

Paso por lo alto la tos, el estornudo y el bostezo, en que tan indispensable es nuestro protagonista, y entro á hablaros de varios pañuelos en particular.

*
* *

Sé de quien posee el pañuelo que le echaron encima al tiempo de nacer.

Y de quien conserva otro, empapado en el último sudor de una virgen que murió amándole.

He visto á miles de caballos caminar tranquilos hacia la muerte, en las plazas de toros, sólo porque llevaban sobre los ojos un pañuelo.

Fiel imagen de los enamorados, que, como todos sabemos, llevan también una venda sobre los ojos...

¡Morituri te salutant! pudieran exclamar unos y otros héroes, dirigiéndose al Presidente de la plaza ó al Cura de la parroquia.

*
* *

Y ahora que hablo de vendas:

¡Dulce es entrar, vendado con un pañuelo por dueña quintañona, en tal ó cual torre, aunque no sea de Nesle, donde nos aguarde alguna Margarita de Borgoña, de Fernández, ó de Martínez!

¡Dulce es también jugar á gallina-ciega con muchachas de quince á veinte!

¡Dulce es, á los diez y ocho años, teñir un pañuelo con sangre de las encías, y creerse traviato, digo, tísico!

¡Dulce es, sobre todo, cuando se encuentra uno solo en el campo, cansado de perseguir mariposas, en el mes de Julio, á la hora de la siesta, tenderse sobre un haz de espigas y sentir que un pañuelo pasa por nuestra frente y nos enjuga el sudor!

Pues ¿y prestarlo á una señorita á la salida de un baile, para que preserve su encantadora cabeza del húmedo relente de la noche?

¿Y regalarlo lleno de confites, el día de San Antonio Abad, á una aldeana inocente, de esas que se ponen coloradas sin saber por qué?

¿Y atarlo á una reja...?

*
* *

Pero este artículo sería interminable si me detuviera á enumerar todos los méritos y servicios de ese nuestro camarada de glorias y fatigas.

Recordad el cottillon en que una dama os elige por pareja, entregándoos su pañuelo de nipis.

Recordad el que vela la faz del agarrotado, no bien llenó el verdugo su cometido:

El que cubre los ojos del prisionero que van á fusilar:

El que deja caer al suelo una joven, para daros ocasión de decirle ciertas cosas al presentárselo:

El que os saluda desde un balcón á las cinco de la mañana, cuando dobláis la esquina de tal calle, oliendo todavía en vuestras manos un resto del perfume favorito de la mujer que acabáis de dejar:

El que dobladilló vuestra hermana cuando visitasteis el hogar doméstico:

El que envuelve dos pistolas, una de ellas vacía y la otra cargada:

El que enjuga vuestros labios después que bebisteis agua... ó vino:

El que llenáis de violetas en el campo:

El que ata vuestro pié izquierdo al de vuestro enemigo en un duelo á navaja:

Y el que cela vuestra sonrisa burlona...

*
* *

Y, finalmente, pensad en una despedida eterna; en una de esas separaciones que mutilan el alma, que acaban con unos amores, que tuercen en sentido contrario el rumbo paralelo de dos existencias: pensad en el relój que suena como la campana de agonía; en el silencio de los dos condenados, que, careciendo de tiempo para decirse todo lo que sienten, no quieren ofender su mutua desesperación diciendo demasiado poco: pensad en la mirada intensa, profunda, atónita, desconsolada, que dirigís por última vez á la persona querida; en el ronco ¡adios! que abre un abismo entre vosotros; en el postrer apretón de manos que consagra el pacto de vuestra eterna desdicha.

Ya os habéis separado, y aún tendéis los brazos el uno hacia el otro para acortar así la distancia que media entre lo pasado y el porvenir...

Surca las ondas el barco que os arrebata vuestro bien, vuestro tesoro, vuestra delicia...

El adios hablado se pierde ya en el aire, sin llegar á los oidos...

Las oscilaciones de las olas rompen la cadena magnética de las miradas...

¡Ya no distinguís el rostro que habéis contemplado tantas y tantas horas!

Ya confundís el contorno de su adorado cuerpo con los objetos que la rodean...

Ya la creéis perdida... ¡perdida para siempre!...

El corazón se desploma helado en el fondo del pecho, como un cadaver en la sepultura... Prorumpe al fín la fuente de un inacabable llanto... La soledad os ahoga entre sus brazos de hierro... Vais á morir...

Entonces veis ondear á lo lejos un pañuelo blanco...

¡Es ella! ¡Es ella! ¡Ella otra vez! Es su voz, es su mirada, es su beso, es su corazón, es su alma que os visita de nuevo...

Así vivís otros fugitivos instantes...

Pero cuando el pañuelo blanco se reduzca, se achique, desaparezca completamente en alta mar... ¡perded toda esperanza! ¡Las puertas del paraiso se han cerrado detrás de vuestros pasos!

Mas, si tenéis otro pañuelo, él será vuestro paño de lágrimas.

1857.

 

 

 


SI YO TUVIERA

C I E N   M I L L O N E S . . .

I.

y de mí! ¡Hace muy cerca de veintisiete años que ando desaladamente por este valle de lágrimas que llamamos Tierra, buscando, como si se me hubieran perdido antes de nacer, cinco millones de duros del reinado de Fernando VII, ó sea cien millones de reales!

Creo inutil decir que todavía no los he encontrado, ni (lo que es peor) se me alcanza la manera de dar con ellos.—Yo no espero grandes herencias: yo he perdido siempre que he jugado: yo no sirvo para el comercio ni para los negocios: yo no creo en que el metal sale de las minas: acabáronse los tiempos de los grandes piratas descritos por Fenimore Cooper, Walter Scott y Lord Byron (profesión que me hubiera convenido): yo no espero ser nunca... nada, ni, caso que fuera... algo, me agradaría estafar á mi país: yo, en fín, no tengo paciencia para buscar tesoros en las alcazabas morunas ó en los cementerios judíos...—Comprenderéis, pues, que no abrigue ni la más remota esperanza de encontrar los dichos cien millones.

No ocultaré, sin embargo, que muchas veces me han pasado (y todavía temo que vuelvan á pasarme)... por la imaginación... dos ideas ó proyectos, además de los citados, que acaso hubieran podido... que quizás podrían... que tal vez podrán... proporcionarme aquella cantidad... dentro del círculo de mis peculiares circunstancias...

Estos proyectos ó ideas son del tenor siguiente.

II.

Consiste el primero en dirigirme á uno de esos infinitos lores ó banqueros ingleses, solterones, viejos, hipocondriacos, aburridos, excéntricos, que poseen, cuando menos, ochocientos ó nuevecientos mil millones de libras esterlinas, y decirle estas ó semejantes palabras:

—«Señor: vos tenéis setenta años de edad y un caudal inmenso.

»Carecéis de hijos que os hereden, y de tiempo y ocasión en que gozar de todos vuestros tesoros.

»Desprendiéndoos de cien millones de reales, quedaríais aún tan poderosamente rico, que no conoceríais en nada la insignificante merma que habríais hecho en el oceano de oro que surca el pobre bajel de vuestra vida.

»Podríais seguir con los mismos palacios, con los mismos trenes, con la misma servidumbre, con la misma mesa y con la misma cama que tenéis hoy.

»¡Nada perderíais, absolutamente nada; como el Oceano no pierde ni un átomo de su poderío, ni tiene que rectificar sus fronteras, cuando extraemos de él una ó veinte toneladas de agua!

»En cambio, dándome esos cien millones, ganaríais muchas cosas que hoy no poseéis, muchos placeres que nunca habéis sentido, una gerarquía á que no habéis llegado y aquella paz del alma que le falta á vuestra vida.

»Ganaríais respeto entre los buenos, cariño verdadero y gratitud profunda en mi corazón, ufanía de vos mismo á vuestros propios ojos y títulos meritorios ante la misericordia divina.

»Tendríais en mí un hijo, y una familia en la mía; familia é hijo sumamente respetuosos y amantes (y además muy desinteresados), que no se alegrarían de vuestra muerte, sino que la llorarían de todas veras; dado que, habiéndoos heredado en vida, ningún legado esperarían ya en vuestro testamento.

»Viviríais oyendo nuestras bendiciones...

»Moriríais acompañado de nuestro amor...

»Mis hijos y los hijos de mis hijos adornarían de flores vuestra sepultura, como la del bienhechor de su estirpe...

»Tendríais defensores, mientras estuviéseis en este mundo; y gente que rogase é intercediese por vos, cuando estuviéseis en el otro.

»Y todo esto, os lo repito, desinteresadamente; pues el interés pasado no se llama interés; tiene un nombre más bello y santo: se llama gratitud.

»É interés futuro, ninguno, absolutamente ninguno, nos llevaríamos respecto de vos; supuesto que (os lo juro por la salvación de mi alma), si me diérais esos cien millones, nunca, jamás volveríamos á pediros nada, ni admitiríamos recompensa alguna por los obsequios, por las atenciones, por los cuidados que os dispensaríamos contínuamente!

»Ahora bien (y prescindiendo de vos por un momento): este gran negocio que os propongo (que ya sería muy grande para vos, aunque no se tratara de mí, que soy bueno: aunque se tratara del más ingrato de los hombres; pues ningún alma grande cobra la usura de la gratitud cuando hace una buena obra); este grandísimo negocio, repito, adquiere doble y triple importancia tratándose de una persona como yo.

»Yo soy bueno, vuelvo á deciros; pero mis bellas dotes no son sólo de corazón; son también de inteligencia...

»Y he aquí por qué me apresuro á aconsejaros que, una vez convencido (como espero que os convenzáis), de lo mucho que os acomoda desprenderos de cien millones, me prefiráis á mí entre los muchos necesitados que conoceréis y áun quizás estimaréis en el mundo.—¡Convenientísimo os sería siempre dar á cualquiera esa pequeña suma; pero dármela á mí os acomoda mucho más!

»Sí, señor; yo brillo por las grandes cualidades de corazón y de inteligencia... para gastar dinero; para hacerlo lucir; para estirar una onza... como suele decirse.

»Yo me jacto (y á justo título) de conocer perfectamente la vida y las cosas de la vida; de distinguir los placeres legítimos de los falsificados; de discernir claramente en materia de afectos y creencias; de no confundir lo positivo con lo ilusorio, tomando por positivo lo material y pasajero, ó por ilusorio lo ideal, lo poético, el sacro imperio del alma; de no trocar los frenos en punto á lo que es divino y á lo que es humano, y de saber apreciar los inconvenientes de ciertas alegrías y las ventajas de ciertos dolores.—Yo soy filósofo.

»Yo sé dónde está la verdadera miseria, digna de solícitos socorros; cuáles son los mejores platos y los mejores vinos, los mejores cigarros y el mejor café; qué sastre es el más habil; qué virtudes merecen recompensa; qué mujeres resultan más encantadoras; qué poetas y qué sabios necesitan protección; qué muebles son los más cómodos; qué trenes los más bonitos; qué libros los que no tengo, y qué clase de vida la más provechosa para el cuerpo y para el alma.—Yo soy artista.

»Yo tengo hecho, en fín, mi presupuesto de gastos...

»Sólo me falta el de ingresos.

»Yo tengo estudiadas á las mil maravillas todas mis necesidades...

»Sólo me falta dinero para satisfacerlas.

»No sería yo ciertamente uno de esos hombres á quienes estorban los millones para ser personas decentes. No sería yo ese becerro de oro que patrocina el mal gusto, que levanta edificios abigarrados, que afea y vulgariza cuanto toca. No sería yo como el mayorazgo calavera que gasta su patrimonio en proteger neciamente el vicio, en fomentar locamente el mal. No sería yo como el insensato pródigo que vive en perpetuo escándalo, pagando comilonas á vagos y parásitos que se ríen de él y lo arruinan. No sería yo como el vil avaro, solterón, egoista, que pasa la vida contando su dinero, lleno de privaciones y de zozobras, para que el mejor día la portera de su casa se lo encuentre muerto en un miserable catre de tijera, y cargue con las onzas de oro que él ha colocado en simétricos cartuchos. No sería yo como el desatentado jugador, ni como el imbecil domador de bailarinas; ni tampoco como el sandio especulador, que pudiendo llevar una vida sosegada, lleva una vida de perros, con tal de doblar un capital que, después de doble, no puede retribuirle los afanes ni el tiempo que le ha costado doblarlo...

»¡Oh! no; yo no sería nada de eso.

»Yo gastaría mi dinero como filósofo, como artista, como cristiano. Procuraría ante todo estar en paz con mi alma, y que mi alma estuviera también en paz con Dios: protegería el mérito; premiaría la virtud (no en públicos certámenes); socorrería la miseria; fomentaría, en fín, las ciencias, las artes y la literatura. ¡Cada onza mía dejaría un rastro luminoso en la historia del género humano!

»¡Cuántas grandes obras se realizarían bajo mis auspicios! ¡Qué preciosidades artísticas adornarían mis salones! ¡Hasta la fachada de mi palacio sería un monumento público, un recreo para todos, una página para la civilización, una ufanía para mi siglo!

»¡Y cuántas familias haría yo felices! ¡Cuántos genios ignorados sacaría yo á luz!... ¡Yo, que conozco tantos y tantos que sólo necesitan veinte duros para brillar!...

»¡Qué viajes tan útiles y tan aprovechados haríamos juntos! ¡Cómo emplearía en el bien la influencia que mis cien millones me darían cerca del Gobierno! ¡Qué periódico tan independiente fundaría, que dijese la verdad al público! ¡Cuántas feas me deberían su dote, su casamiento y su felicidad! ¡Qué conciertos, qué comidas, qué reuniones literarias, qué concursos, qué torneos, qué de maravillas habría en mi casa!

»¡Oh, señor inglés! ¡Oh, señor lord! ¡Oh, señor banquero!... Os veo conmovido... (continuaría yo exclamando.) ¡La verdad de mis palabras ha lucido ante vuestros ojos! ¡Vos mismo no habéis podido menos de asombraros al pensar en el ruido, en la gloria, en el provecho que podrían dar al mundo esos cien millones que duermen en vuestra arca, inútiles, mudos, empolvados, envilecidos en un ocio abominable! ¡Vos mismo os habéis espantado del inmenso poder que adquiere el dinero en unas manos como las mías! ¡Vos acabáis de recordar aquella gran frase de un filósofo: La prueba del poco aprecio que da Dios al dinero está en la clase de gente á quien se lo otorga á manos llenas! ¡Vos, en fín, sentís ya remordimientos de haber sido hasta aquí tan estérilmente rico, de no haberme conocido antes, de no haber adivinado mi existencia, de no haberme dado esos cien millones... no bien puse los piés en vuestra casa!»

Ahí tenéis mi primera idea.

¡Creo que es magnífica!

Yo, á lo menos, juro que, si me viera en el caso del inglés que he descrito; si fuera él y se me presentase un joven como yo y me dirigiese una arenga semejante á la que acabáis de oir..., le entregaría sin vacilar los cien millones...

¡Se los entregaría, sí! ¡Lo juro por lo más sagrado!

Pues bien: varias veces he consultado esa idea con hombres de mucho mundo y de grandísima experiencia, y todos me han aconsejado... «que no vaya á Londres, si no quiero perder el dinero del viaje.»

Es decir, que mis consejeros opinan que el inglés no haría caso de mi arenga, y que desde luego me tomaría por loco.

¡Es decir (y aquí necesito ya hacer uso de las admiraciones), que mi colosal idea sería desconocida, befada y despreciada, como lo fué mucho tiempo la de Colón, como lo fué la de Galileo, como lo es la de Montemayor!

¡Es decir, que el mundo seguirá siempre sordo á la voz del genio, ciego á la luz de la verdad, insensible á los rayos de la inspiración!!!

Después de desahogarme á mis anchas con tales ó parecidas exclamaciones, consideré oportuno, al cabo de algún tiempo, renunciar á tan sencilla idea, y dí cabida á esta otra, que no me pareció menos feliz y peregrina.

III.

—Pepe... (dije un día á cierto José que tiene mucho talento, pero que necesita otros cien millones de reales): Pepe, ¡eureka!

—¿Cómo? ¿Qué has encontrado?

—¡Los cien millones de reales!

—¡Son partibles!—exclamó Pepe.

—No es necesario... (repliqué yo.) Te regalo otros ciento.

—¡Esto es serio! (repuso Pepe, acercando su silla á la mía.) Explícame tu idea.

—¡Es una idea de primer orden!...

—Veámosla enseguida.

—Atiende y la sabrás.—¿Cuántos habitantes tendrá la Tierra?

—Yo creo que tendrá de novecientos á mil millones...

—Me contento con que la habiten ochocientos cincuenta millones de seres humanos.—Yo necesito buscar el modo de que cada uno de ellos me dé un cuarto. Conseguido esto, heme ya poseedor de cien millones de reales.

—Exactamente... (respondió mi amigo.) Has echado bien la cuenta.

—Nadie me llamará ambicioso. ¡No hay pobre tan pobre que no tire diariamente un cuarto, ni hay padre que no lo dé hasta por su niño recién nacido, si se trata de procurarle alguna cosa muy precisa!—Ahora bien; para que esta cosa muy precisa, Tendida á cuarto, me deje un cuarto de ganancia, yo necesito: 1.º, que no me cueste nada: 2.º, poder llevarla á todos los puntos de la Tierra sin gastos de conducción ó de trasporte; y 3.º, cobrar todos y cada uno de esos cuartos sin descuento ni quebranto alguno.—Por consiguiente, mi mercancía no ha de ser física; ha de ser moral.—Siendo moral, no me cuesta nada el adquirirla, ni el trasportarla, y logro al mismo tiempo simplificar la cobranza de tal manera, que con hacer cuatro grandes viajes (cosa que deseo muchísimo) á las cuatro Partes del Mundo que aún no conozco, habré cobrado los cien millones.—Me explicaré.

Supongamos que digo á los habitantes del Planeta:—«Señores: yo soy adivino. Yo sé qué día va á acabarse el mundo; y la prueba de que lo sé, es esta, y esta, y la otra... Sin embargo, yo no se lo diré á nadie, á menos que cada habitante de la Tierra me pague cuatro maravedís adelantados. ¿Quién, por un cuarto, no querrá saber con anticipación la terrible fecha del día del Juicio?—Pues bien: vosotros, europeos, mandaréis ese cuarto á Madrid, calle de tal, número tantos, para lo cual podéis reuniros por Municipios, enviar vuestro contingente á las Capitales de provincia, de las Capitales de Provincia á las Metrópolis, y de las Metrópolis á mi casa; ó bien podrá partir la iniciativa de los Gobiernos, adelantándome cada uno la cantidad que corresponda á su Nación, con arreglo á los habitantes que ésta cuente, imponiendo luego una capitación de á cuarto por persona, ó inventando un arbitrio nuevo sobre cualquier operación inocente é imprescindible de la vida.—Vosotros, africanos, haréis lo mismo en Ceuta: vosotros, asiáticos, podréis reunir vuestra cuota en Bombay: vosotros, americanos, en la Habana; y vosotros, habitantes de la Oceanía, girad sobre Manila, que es ciudad española.»

Esto diría yo á los habitantes de la Tierra.

Con el contingente de Europa, que, según te he indicado, podría cobrar en mi casa, emprendería el viaje á Ceuta, á Cuba, á Filipinas y á la India, y al cabo de un par de años me encontraría poseedor de todo mi dinero y autor de un viaje de circunvalación.—Entonces, ó ya se les habría olvidado á todos que me habían dado la despreciable cantidad de un cuarto, ó diría yo para cumplir: «El mundo se acaba dentro de dos siglos.» ¡Y que fueran á buscarme al terminar el plazo!—Queda, pues, reducida la dificultad á probar y hacer creer que soy adivino.

—Eso es facil...—murmuró Pepe con acento filosófico.

—¡Y tan facil!—repliqué yo.

—La dificultad... (prosiguió mi amigo aún más filosóficamente): la dificultad consiste en otras muchas cosas.

—¿En qué cosas?

—Primeramente, en la concurrencia, ó sea en la competencia.—Tan luego como tú echases á volar el anuncio ó reclamo, y viesen tus prójimos que el negocio prometía, en cada ciudad del mundo aparecería un prospecto ofreciendo una edición económica de tu noticia: es decir, que los kurdos, los mongoles, los japoneses, los hotentotes, los franceses, los italianos, todos y cada uno de los pueblos á quienes pidieras el cuarto, darían de sí un industrial que ofreciese revelar el día del fín del mundo por un ochavo, ó sea con un 50 por 100 de rebaja. En segundo lugar, muchos pueblos del globo no tienen todavía moneda. En tercer lugar, carecen de periódicos y demás medios de publicidad, de modo que tu proyecto tardaría cuarenta ó cincuenta años en llegar á conocimiento de todos los hombres. En cuarto lugar, para entenderte con el género humano entero, necesitarías poseer todos los idiomas del mundo, ó buscar personas que los poseyeran, lo cual es prácticamente imposible. En quinto lugar, como tú no tendrías medios de declarar la guerra á la Nación que te estafase, resultaría que muchos Gobiernos, sobre todo en los pueblos incultos, harían la cobranza y se comerían tu sangre, como el otro que dice. En sexto lugar...

—¡No te canses, Pepe! (interrumpí yo). Estoy convencido. ¡Ni el hombre ni la humanidad me darán los cien millones! ¡El hombre, ó sea el inglés, será sordo á mis argumentos! ¡La humanidad, hostil á mis intereses!—¡Oh! ¿Dónde está la familia humana? Si todos los pueblos de la Tierra hablasen una misma lengua y tuviesen tratados aduaneros mancomunes, ó (lo que sería mejor) no tuviesen aduanas; si en todas partes fuesen iguales los pesos, las medidas, la moneda, las costumbres, la forma de gobierno, las modas y las creencias, ¡qué especulaciones tan grandes, qué negocios tan gigantescos podrían hacerse! ¡Desde luego, yo les sacaría sin sentir á los hijos de Adán esos cien millones de reales!

IV.

Ahí tenéis los dos únicos medios que se me han ocurrido en toda mi vida para lograr la susodicha cantidad.—Ambos han sido declarados ineficaces por personas competentes; y yo, aunque no convencido del todo ni de la competencia de éstos ni de la ineficacia de aquéllos, la verdad es que he renunciado á ponerlos en planta.—¡Graduad mi desesperación!

Sin embargo, como el que no se contenta es porque no quiere, heme dedicado últimamente á buscar la equivalencia de esa cantidad dentro de mí mismo, y dentro de mí mismo la he encontrado...

¿Qué no encontrará el hombre en su corazón ó en su cabeza, en sus sentimientos ó en su fantasía, si sabe sondearlos?

El alma humana es un reflejo del infinito, y hasta quizás el infinito mismo. El alma es como una reducción fotográfica de la Creación, y en ella están condensadas todas las obras de Dios; pero tan condensadas, que á primera vista sólo vemos un punto negro. Un punto negro es también el mundo exterior, cuando lo velan las tinieblas, y dentro de ese punto están comprendidas, sin embargo, todas las cosas. Sólo falta un rayo de luz que disipe las sombras, para que las cosas se esclarezcan y el punto se convierta en el universo. Y para que la reducción fotográfica de nuestro espíritu descubra todos los tesoros que guarda, basta que le apliquemos el vidrio de aumento de la fé ó de la inspiración.—Tienen ojos y no ven, dice el Evangelio.

¡Sí! ¡yo he encontrado dentro de mí, en los bolsillos de mi imaginación, esos cien millones de reales!

¿De qué manera?—De una manera muy sencilla, que está al alcance de todos: dedicándome en cuerpo y alma á hacer castillos en el aire, como los muchachos de trece años; partiendo del principio, ó sea del punto matemático, de que poseo los cien millones, y poniéndome á pensar muy seriamente, durante muchas horas seguidas, en las cosas que yo haría con ese dinero.

A este fín me acuesto al ponerse el sol; apago la vela; meto la cabeza entre las almohadas, y me estoy así (procurando no dormirme) hasta la madrugada del día siguiente, que me duermo... y sigo soñando que soy millonario.

Todo este tiempo, que equivale á la mitad de mi vida, lo paso disfrutando con la imaginación los placeres de la riqueza, bien esté despierto, bien esté dormido.

Nada falta á mi ilusión. Yo toco el oro; yo veo los billetes de Banco; yo giro letras sobre las primeras casas de Europa; yo recorro mis fincas; yo taso mis coches, mis cuadros, mis muebles, mis libros, mis estátuas, mis caballos, mis músicos, mis bufones, mis caridades, mis placeres, todos mis gastos; yo soy rico, en fin, y pienso en lo que piensan los más opulentos; y duermo poco, como á ellos les acontece.

—«Si yo tuviera cien millones... (me digo cien veces cada velada.) Si yo tuviera cien millones, compraría esto, lo otro y lo de más allá; echaría por este camino, evitaría el otro; viviría de tal suerte; pensaría en tal sentido, etc., etc., etc., etc., etc., etc.

Y es la verdad que, durante esta fantasmagoría, pasa ante mis ojos la vida entera; formo mil novelas en la imaginación, hago la crítica de todos los afectos, de todas las personas, de todas las virtudes, de todos los vicios; desentraño cuestiones muy profundas de moral, de filosofía, de gobierno, de arte, de economía..., y todo sin intención de ello, como quien lee libros en un idioma que no comprende.

Quizás algún día escriba una obra compuesta de muchos volúmenes, con el mismo título de este artículo. En ella referiré todas mis cavilaciones de una noche de esas fantásticas, y enumeraré las cosas portentosas que haría yo en el mundo, si tuviese cien millones de reales...

Desde ahora hasta entonces, salud, y acostarse temprano.

Madrid Junio de 1859.



CARTAS

Á MIS MUERTOS.

MADRID 2 DE NOVIEMBRE DE 1855.

.............................
¡Ay del que en una y otra sepultura
prendas del alma sumergirse vió,
y ansioso tornó á amar en su locura,
y otra vez y otra vez su bien perdió!
¡Ay de mí, que, rebelde y furibundo,
de la fé y del temor rompí los lazos,
y abarqué el universo..., y ví que el mundo
era un cadaver más entre mis brazos!
(Versos inéditos míos.)

PREFACIO.

ingún día del año, ninguno; ni el de San José, ni el de los Santos Reyes, ni el de año-nuevo, ni el viernes de Dolores, ni antes de emprender un viaje, ni después de un cambio político, ni en vísperas de elecciones, ni al salir de una enfermedad, ni cuando me entran ganas de ser Académico, ni á poco de contraer matrimonio, ni la mañana del estreno de un drama mío, ni al día siguiente de perder mi caudal al juego... (ya comprenderán ustedes que la mitad de estas cosas no me han sucedido ni una vez siquiera); nunca, en fín, es tan larga la lista de mi tarjetero, nunca me encuentro con tantas visitas que hacer, como el día de la Conmemoración de los Fieles Difuntos.

¡Y es que pocos hombres de mi edad habrá en la tierra que tengan con el cielo una cuenta tan larga como la mía!

De cuantos barcos eché á la mar, y fueron muchos... (hablo metafóricamente), apenas veo ya alguno que otro, roto y desarbolado por los huracanes, tendido y solo sobre las arenas de la playa.—Los demás se hundieron para siempre en el Oceano.

Dice Quevedo, y dice bien:

No tanto me alegrárades con hojas
en los robres antiguos, remos graves,
como colgados en el Templo, y rotos!

¡Noble, filosófico, ascético pensamiento, digno de un espíritu de primer orden! Pero, si Quevedo estaba en lo firme, no es menos cierto que la Tierra se reduce ya para mí á un inmenso Campo-Santo.—Mi verdadera patria se encuentra ya ultra-tumba.—Cuando yo muera me figuraré que resucito.—Allá tengo muchas más relaciones que acá.

Por eso me agrada ir todos los años, tal día como hoy, á visitar el cementerio más próximo á mi casa. Poco me importa que el panteón sea este ó aquél. La muerte es cosmopolita.—Donde quiera que hallo cruces, flores, cirios y coronas, allí creo que están mis muertos, los mios, mis predilectos finados, los seres que me abandonaron y cuya ausencia debiera llorar todos los días.—¿No es cada Campo-Santo una colonia de esa patria de todos que se llama la Eternidad?

Y no voy á llorar...; porque ya no se estila hacerlo.

Ni á rezar...; porque nunca rezo en público.

Ni á dar limosna para misas; porque conozco á algunos sacerdotes que me las dicen de balde.

Voy á consolarme de no ser ministro, ni sabio, ni hermoso, ni banquero.

Y, de camino, felicito á mis difuntos y los entero de cuanto ocurre por aquí.

Pero ¡ay! este año son tantos mis quehaceres, que me es imposible ir á darles los días en persona.

Quédame dichosamente el moderno recurso del correo interior, y á él apelo, temeroso de que mis amigos del otro mundo se figuren que los he olvidado y mueran de pena, ó, por mejor decir, resuciten...;—lo cual sería mucho más espantoso... para ellos.

Ved, pues, lo que les digo con esta fecha.

I.

Amigo mío:

Tu mujer era una hipócrita: todas las promesas de eterno amor que te hizo durante la luna de miel, y todos los ofrecimientos de viudez perpetua que te dió á libar en tus últimos instantes, hanse convertido en un Capitán de caballería, con el cual se casará de un día á otro, si ya no se ha casado.

En mi concepto, la mujer que contrae segundas nupcias al año de enviudar, amaba á su marido lo bastante para procurarle un Cirineo si llega á tardar en morirse.

Yo te doy, pues, la enhorabuena por el tino que has mostrado rompiendo tan á tiempo los lazos que te unían á semejante Lucrecia Borgia, y te aconsejo que no contraigas ahí segundas nupcias, aunque la misma Semíramis te ofrezca su mano y Satanás se brinde á ser tu padrino.

Tuyo afectísimo, etc.

II.

Mujer invencible, corazón de piedra, encantadora y terrible criatura, he asistido á tus funerales.

Te he vencido en generosidad. ¡Tú fuiste siempre implacable para mí! ¡Yo te he visto vencida por la muerte..., y he llorado!

¿Qué era ya de tu orgullo, de tu coquetería, de tu soberbia?

¡Allí estabas sin poder ninguno sobre mí, roca inexpugnable! Podía engreirme en tu sepulcro..., y arrojé en él una flor.

Pero ahora me engrío.—¡Ah! ¡Cómo he triunfado de tu esquivez! Ya no te deseo; ya no me atormenta tu imagen. Tú has dado por mí el salto de Léucades, y he curado de tu amor.

Horas enteras te he estado viendo tendida en el ataud. Estabas tan desarmada por la muerte, que te compadecí.—¡Oh! mi compasión te hubiera matado, si ya no estuvieras muerta!... ¡Yo, compasión de tí, reina mía!—Sí, la tuve.

Estabas fea, asquerosa..., y te dejé.

A mi regreso á casa, ví en el balcón á Dolores, y la saludé tiernamente... Me acordé de tí... y—¡óyelo!—suspiré de nuevo.

Conque adios: hasta el año que viene.

III.

Muy señor mío: Hace algunos años, desde el borde del sepulcro, me prometió V. irónicamente venir, si podía, luego que muriese, á darme la razón, suponiendo que yo la tuviera, en nuestra constante polémica acerca de los destinos de la humanidad, de la existencia del espíritu, de la inmortalidad del alma.

Tenía V. ochenta años, y yo diez y ocho, cuando reñíamos tan tremenda batalla. Usted era ateo, y yo creyente. V. se acercaba á la tumba diciéndome: «Dentro de pocas horas habré vuelto al sueño de la nada...», y yo penetraba en la existencia diciéndole á V.: «Nuestra vida mortal es el verdadero sueño del espíritu, y con la muerte del cuerpo principiará el despertar del alma.»

Han pasado algunos años desde que murió usted, y, aunque no me ha cumplido su promesa de aparecérseme una noche para contarme los reinos de ultra-tumba, debo decirle á usted que no por eso he dudado de que semejantes reinos existan.

Yo ví á V. arrojar el último suspiro entre una sonrisa de incredulidad, es cierto; pero con la calma del hombre valeroso y honrado cuya vida había sido un modelo de virtudes domésticas y sociales!—«¡Hasta nunca!» fueron las últimas terribles palabras que pronunció V., continuando así nuestra polémica desde las mismas regiones de la muerte.—«Hasta luego,» le contesté yo á V. cerrando sus ojos con mi cariñosa mano.

Usted no me oía ya. El problema estaba resuelto para su alma. Acababa V. de morir.

Entonces coloqué mi mano sobre su fría y calva frente, que tan altiva se alzaba al cielo pocos momentos antes, y medité:—«¿Dónde está (me dije) aquel espíritu de investigación que tenía aquí su asiento? Aquella idea inmensa que llenaba los espacios y los siglos, y llevaba aún más lejos su curiosidad sublime, ¿dónde está?—¿En este cadaver?—No.—Pues ¿dónde?»

¡Oh! si V. se hubiera visto tan triste, tan yerto, tan mudo, tan solemne en su inmovilidad, tan diferente de como siempre había sido..., habría creido en la ausencia de su alma!...

Por lo demás, enterramos su cuerpo de usted en la dura tierra, como V. había deseado.

Y el cuerpo se convertiría en seguida en gusanos, en frondosa yerba, en azulado fósforo, etc., etc., como V. había previsto.

Y yo me afirmé más y más en la creencia de que su alma de V. seguía viva, al reparar en la indiferencia y el despego que me inspiró su cuerpo de V. desde el momento que lo abandonó el espíritu.

Hasta la vista, pues, señor difunto.

IV.

Mi buen amigo:

Tus hermanas dejaron tu luto á los seis meses.

A la semana siguiente las ví en un baile.

V.

Apreciable camarada, estimado sido, querido ex-ser:

No sientas haber dejado este mundo. En los tres años que faltas de él, nada ha ocurrido que pueda darte dentera por no haberlo presenciado.

Todo sigue lo mismo: sólo las mangas de las levitas han cambiado: ahora se llevan un poco más estrechas.

La Eleuteria se casó.

Cómoda tropezó al fín, realizando tus pronósticos.

Dámasa se ha hecho mujer, y gusta mucho.

Nuestro terrible Canuto cayó al fín en las redes del matrimonio.

Ninguna novia tuya se acuerda de tí.

Nosotros vamos al café á las mismas mesas que cuando tú vivías, y se nos pasan semanas enteras sin recordarte ni por casualidad.

Tu hermano hace conquistas luciendo tu reloj y tu paraguas.

La política lo mismo: la dificultad en pié.

No hay actrices nuevas.

Seguimos despreciados por toda Europa y por toda América.

Los marroquíes y los mejicanos nos siguen insultando impunemente.

Ni Portugal ni Gibraltar han sido reincorporados á la madre España.

Las zarzuelas no han desaparecido todavía, ni han enjendrado la ópera española.

Ya habrás visto ahí á alguno de nuestros amigos. Hablé á Cárlos en sus últimos momentos y le encargué expresiones para tí.

Supongo que estarás en el Infierno, y que por lo tanto no habrás visto á un angel que he perdido y que morará en la Gloria.

Dime si Satanás se parece á la pintura que de él hizo Milton.

Yo espero ir al Purgatorio, ó, por mejor decir, ya estoy en él.

Tu drama sigue muy aplaudido.—¿Te sirve de algo la gloria póstuma?

VI.

Mi bondadoso y apreciable acreedor:

¡Conque se murió V...!

¡Dios lo tenga en su gloria!

¿Me perdona V. la deuda?—¿Sí?—¡Toma!... ¡Ya lo esperaba yo de su generosidad!!!

Dígame V., ¿hay algo de cierto en lo de la metempsícosis?—¡Hombre... cuidado! ¡No sea V. atroz! ¡No vuelva V. á nacer, por María Santísima!

¿Quiere V. creerme? Hasta que murió usted estuve persuadido de que había hombres inmortales... (¡No es broma!)—Y desde que ha muerto V., siento creer en la inmortalidad del alma.

Conque... hasta el valle de Josafat..., donde me excusaré de pagarle..., porque..., como resucitará V. desnudo..., no tendrá bolsillo en que meterse el dinero.

¡Abur!

VII.

Joven suicida:

Os matasteis... ¿y qué?

Las gacetillas de Madrid hablaron pedagógicamente del asunto.

Yo he olvidado ya vuestro nombre:—lo olvidé al minuto de leerlo.

Vuestra coqueta querida se convenció de que érais un adversario indigno de ella, y sonrió con desprecio.

Vuestra madre está loca de dolor.

¡Sois un infame!

¡Sois un mezquino!

Lo segundo es peor que lo primero.

Pues tan filósofo érais; pues tanto despreciabais la vida, ¿por qué no moristeis como Eróstrato?

Así, al menos, hubierais llegado á la posteridad.

¡Qué! ¿No hay ya ningun Templo de Diana que quemar para hacerse célebre?

¿No sabíais la historia del Lagarto de Jaen?

VIII.

Muy señor mío y de mi mayor consideración:

Mucho tiempo hace que no lee V. los periódicos.

Antes, todas las mañanas, en la cama, después del chocolate, se aprendía V. de memoria el correo extranjero de El Clamor Público, y se levantaba V. tan satisfecho como si acabara de recorrer toda la Europa...

¿Cómo puede V. pasarse ahora sin saber lo que sucede en estos mundos de Dios?

IX.

D. Dimas:

¡Esto es un sacrilegio! Mi amigo Luis derrocha el caudal que reunísteis grano á grano.

Vuestra avaricia ha engendrado su prodigalidad.

¡Qué abnegación la vuestra, D. Dimas!—Vivísteis en bohardilla por ahorrar dinero, y este dinero paga hoy un cuarto principal en que habita vuestro sobrino.

Vos comíais arenques: él come salmón.

Vos no fuísteis nunca al teatro: él va todas las noches.

Y vuestro oro, vuestro amarillo, vuestro reluciente, vuestro querido oro, vuestras rancias peluconas, corren que es un portento de garito en garito, de lupanar en lupanar.

¿Cómo no resucitáis, D. Dimas, y recogéis vuestro dinero, y os coméis á vuestro sobrino?

XI.

Duque:

Tu lacayo tiene la insolencia de vivir más que tú.—Él toma el sol, respira el aire y va al teatro de la Zarzuela, mientras que á tí te comen los gusanos...

¡Duque! ¡Señor duque!

XII.

¡Duermes al fín!...—¡Ah! sí, descansa, descansa en paz!

¡Ya eres más dichosa que yo!

Cuando mi aparente dicha hería como un sarcasmo tu infortunio;

Cuando tus desventuras me vengaban;

Cuando un prematuro otoño te brindaba frutos enfermizos, que no eran la cosecha de la vida, sino los esqueletos de sus flores;

Cuando, sin fé, sin amor, sin esperanza, era tu porvenir una maldición, tu pasado un remordimiento, tu presente un páramo de horribles decepciones;

Cuando, perdida la juventud del alma y la frescura del cuerpo, te mirabas y no te conocías, me mirabas y llegabas á conocerme, y á temblar, y á arrepentirte;

Cuando el mundo se desprendía de ti, como de una hoja seca;

Cuando yo mismo apartaba los ojos de tu belleza profanada, y confiaba en olvidarte, y ponía hacia otras regiones el rumbo de mis días, y te dejaba sola en tu desesperación,—como quien abandona una isla desierta;

Cuando tú te convenciste dolorosamente de que yo (tu primero y último amigo, el más fiel, el más generoso), también te desahuciaba, también te huía...

¡Ah! ¿qué te restaba sino morir?

Moriste á tiempo.—Los ojos de la Misericordia se han vuelto hacia el último instante de tu vida, y lágrimas y flores y bendiciones te han acompañado á la tumba!

¡Has sabido morir!—¡Duerme en paz! ¡Reposa, reposa, al fin, después de tan deshechas tempestades!

Ya estás redimida: tu sepulcro es tu pedestal,—y, por la vez primera después de muchos años en que el orgullo me ha servido de mordaza, puedo decirte sin sonrojarme esta verdad, única de tu vida, que tanto te hubiera consolado en la hora de tu muerte:

¡Nunca dejé de amarte!