Madrid 1855.
LO QUE SE VE
CON UN ANTEOJO.
I.
acia la mitad del mes que viví encerrado (porque tal fué mi gusto) en el Castillo de Gibralfaro, sucedió que cierta mañana, después de almorzar sosegada y grandemente, cogí un magnífico anteojo que había puesto á mi disposición el Gobernador de la fortaleza, salí de mi pabellón, y me dirigí hacia la Batería de Poniente.
Aquella batería es una torrecilla almenada, que domina á Málaga más que ninguna otra del Castillo.—Y ¡qué panorama tan sublime se descubre desde aquella torre!
Allí, montado en un obús de á 7, con el anteojo en una mano y una corneta en la otra, he pasado los días más tranquilos, más uniformes, más dichosos de mi breve, pero ya fatigosa vida...—He aquí mis operaciones diarias:
Contemplar el azul Mediterráneo, que se extendía á mi izquierda hasta donde una línea de azul más oscuro que el cielo y que el Mediterráneo marcaba, en los días muy claros, el contorno de la costa de Africa:
Ver á mis piés á Málaga, graciosa, apiñada, nueva, floreciente:
Extasiarme mirando las campiñas, que se dilataban á mi derecha hasta festonear los zócalos de las montañas:
Es decir: abarcar de una ojeada el mar, la población y el campo, no teniendo sobre mí otra cosa que la inmensidad del cielo:
Ver salir el sol:
Verlo ponerse:
Esperar por la noche á la luna, como quien espera á su novia:
Decirle ¡adios! cuando, al amanecer, caía rendida en los montes de Occidente:
Ver entrar en el puerto barcos de todos los países...
O despedirlos cuando desaparecían hacia el Estrecho de Gibraltar, hacia América!...
Seguir de noche la rotación del Faro y sus reverberaciones en el agua:
Oir el canto del marinero y del pescador:
Contemplar la capital iluminada en medio de las tinieblas, como un ancho túmulo en una catedral sombría:
Escuchar el rugido ó el llanto de las olas, el zumbido de la población despierta y la respiración de la población dormida, el alerta de los centinelas, el canto de las aves, el repique de júbilo de las campanas ó su toque de agonía:
Y, por último, ver á los hombres caminar incesantemente, como hormigas, desde Málaga hacia aquel otro pueblecito de mármol que está detrás de la ciudad,—el Cementerio—, y pensar en que mi pensamiento era más ancho que aquel horizonte y que aquellas estrechas vidas de la capital; más ancho que el tiempo y que la distancia; tan inconmensurable como el cielo que nos envolvía á mí y á la Tierra en su ilimitado manto azul...
II.
Hallábame, pues, aquella mañana en la tal Batería, viendo con el anteojo á las lindas malagueñas que se creían más solas y menos observadas en sus gabinetes, patios ó azoteas, y saludando á mis amigos con tal ó cual toque de corneta, cuando, en un momento de descanso, distinguí á la simple vista..., allá, en la orilla del Guadalmedina, junto á una solitaria torre..., un numeroso grupo de gente, enmedio del cual brillaban algunas armas.
Puse hacia allí la dirección del anteojo, y ví un gran cuadro de tropa, fuera del cual se agitaba mucha gente.
¿Qué era aquello?
Acostumbrado á los simulacros de los llanos de Armilla de Granada y del Campo de Guardias de Madrid, creí que iba á asistir á un ensayo de guerra..., ¡y me alegré!
Pero ¡ah! esta vez no se trataba de un simulacro.
He de advertir que, merced al anteojo, distinguía yo hasta las caras de aquella muchedumbre, como si las viese á dos pasos de distancia.
Estaba, pues, en medio del gentío..., tocándolo con la mano...
De pronto ví salir de la ciudad y caminar hacia aquel sitio una hilera de Niños... de la Providencia, como dicen allá.
Iban con sus saquitos negros, con su melancólica apostura, con su triste condición en la frente.
¿Qué representaban allí aquellos parias de la humanidad?
Llegaron al fín, y penetraron en el cuadro, donde quedaron inmóviles, con las manos cruzadas...
Una punzante idea bajó de mi cabeza á mi corazón...
¡Las oraciones y las armas sólo van unidas delante ó detrás de la Muerte!
El día se iba ennegreciendo á mis ojos.
Poco después entró un hombre en el cuadro de tropa, llevando un mueble, que dejó en tierra.
La interposición de su cuerpo no me dejó clasificar aquel mueble; pero, en cambio, advertí que lo clavaba en el suelo.
Apartóse el hombre en seguida..., y ya lo comprendí todo.
Era una silla cenicienta, sin más espaldar que un palo, y con un solo pié.
Iban á fusilar á alguien.
III.
Espectáculo nuevo para mí, que solo había visto dar garrote cuantas veces había podido.
Hace cuatro años, emprendí un viaje expresamente por ver una ejecución.
¡Qué queréis! Yo gozo en eso.
Me gusta ver á la sociedad entera, representada por el Clero, la Magistratura, el Ejército y la muchedumbre popular, reunir sus fuerzas—mandando, no prohibiendo, consintiendo y no protestando—para matar á un hombre, solo, inerme, atado, enfermo, suplicante...
Me gusta, sobre todo, considerar allí varias cosas.
Y, cuando muere el protagonista, cuando cae el telón, me gusta también escuchar, ó creer escuchar, este grito, que sale, ó parece salir, de la boca de todos aquellos millares de verdugos:
—¡Alleluia! ¡La sociedad se ha salvado!...
Mientras que cada corazón va murmurando sordamente:
—¿Qué hemos hecho?
A lo que responde la conciencia:
—¡Dios lo sabe!...
Y contesta la naturaleza:
—¡Algo muy horrible!
IV.
Algunos minutos después salió de la ciudad y dirigióse hacia el cuadro, entre otra gran masa de gente, el esperado lúgubre cortejo.
Componíanlo un hombre, que llevaba un estandarte morado; diez ó doce guardias civiles; unas veinte personas vestidas de frac (hermanos de la Paz y Caridad, sin duda); cuatro clérigos, y un soldado raso.
Un soldado (yo lo veía entonces por detrás) de mediana estatura, enjuto de carnes, con el hueso occipital estrecho y alto (señal de estupidez), el pelo lacio, negro, lustroso, las orejas pequeñas y muy encarnadas, y el cuello delgado, moreno, erguido, amoratado por la fiebre.
Vestía el tosco capote del soldado de infantería; pero suelto, desceñido..., innoble, y una gorrilla de cuartel cubría su cabeza.
Aquel degradante negligé era espantoso.
Llevaba atadas las manos, cruzadas sobre la espalda.
Un carabinero asía la punta de la cuerda.
Carabinero debía de ser también el reo; pues en todo el aparato de la ceremonia descollaban los uniformes de color de castaña.
Aquel capote de infantería era una especie de hopa militar.
Detrás del sentenciado iban dos hombres.
El de la derecha era portador de una gran cesta con viandas, por si la víctima quería comer antes de morir...
¡Oh caridad sin ejemplo! ¡Ved la hiel y el vinagre!
El de la izquierda llevaba sobre sus hombros un ataud.
Esto ya consolaba algo.—En aquel ataud descansaría el pobre reo.
Había otros hombres dignos de mención.
Un espendedor de bollos, tortas y merengues, que aprovechaba aquella solemnidad y aquel concurso para hacer una ganancia loca.
Varios espectadores, que amenizaban el rato comiendo á dos carrillos.
Y el Entierro, que esperaba en el río á que hubiese cadaver que enterrar...
V.
Retiré el anteojo con ira.
El espectáculo se desvaneció como un sueño.
Y me hallé solo.
Allá percibíase una mancha negra sobre el campo... Parecía la sombra de una nubecilla, y, en realidad, era un hormiguero humano.
He aquí todo.
¡Qué diminutos somos los hombres mirados desde una elevación de cien piés, ó á mil pasos de distancia! ¡Qué cómicas son nuestras seriedades, qué inciertas y risibles nuestras justicias é injusticias!
Calmóse súbitamente mi indignación.
El horror que iba á verificarse parecíame, desde tan lejos, un juego de niños, una danza de muñecos movidos por resortes, una lucha de insectos sobre la superficie de un lago.
¡Oh! sí... ¡Cuán mezquino, cuán insignificante era todo lo que había visto, todo lo que iba á ver, comparado con el sol, con el mar, con el cielo, con aquellos tres grandes reflejos de Dios que embelesaban mi alma!
Entonces exclamé, como si pudiera ser oido por la distante muchedumbre:
—¡Miserables! ¿Qué vais á hacer? ¿Qué entendéis vosotros de fuerza, de justicia, ni de leyes? ¡Si rodara un trozo de esa montaña, os aplastaría á todos, jueces, soldados, criminal y verdugos! ¡Si avanzasen un poco las olas de ese mar, os sorberían como á granos de arena! Figuráos que Dios desencadenase á cualquiera de los ejecutores de su cólera, á la tempestad, á la peste, al terremoto... ¿Creéis que sólo mataría á ese llamado reo? ¡Vosotros, que os llamáis inocentes, moriríais al par del culpable!—Esa muerte, ese hecho de matar que tenéis en tanto, porque no sabéis hacer otra cosa, ¿no os recuerda ¡imbéciles! que todos estáis sentenciados á morir, y que, si respiráis, si vivís, si tenéis acción para matar á nuestro hermano, lo debéis á la clemencia de un insecto que no emponzoña vuestra sangre, ó á la piedad de un soplo de viento que no os borra de la superficie de la tierra?
VI.
Cogí de nuevo el anteojo, y en un momento me hallé otra vez en medio del teatro del suplicio.
El reo, entregado ya á los sacerdotes, marchaba atónito por el centro del cuadro.
De vez en cuando alzaba la cabeza y miraba la luz, el día, el sol, el cielo...
Aquello, hecho maquinalmente, significaba sed de libertad.
Luégo, parándose, miraba á su alrededor...
¡Estoy seguro de que veía mil millones de hombres y de bayonetas!
Entonces, los clérigos le presentaban un Crucifijo.
Y el reo andaba.
Se comprendía que el afán de los Ministros de Jesucristo era extirpar en el moribundo aquellos deseos de libertad (última, loca y suprema esperanza de la desesperación), y hacerle ver apetecible el martirio, aceptable aquel banco, gloriosa aquella muerte.
Yo no oía, ni podía oir... Pero veía la enérgica y elocuente gesticulación de uno de los sacerdotes; veía sus inspirados y santos ademanes, la noble llama que brotaba de sus ojos, las tiernas caricias que hacía al insensato reo...
Veía esto, y veía á la víctima caminar con paso firme, resuelto, decidido... ¡Estaba ansiosa de entrar en aquella otra vida que le ofrecían, vida donde ya no sería juguete de tantos lobos sanguinarios, vida en que no habría capitanes, ni soldados, ni fusiles, ni nada de lo que había caido sobre él como una montaña de plomo!
¡Ah! ¿Quién sino la Religión, convencería á ese hombre de que la muerte es la felicidad?
¿Quién, sino ella, le haría asir el cáliz con mano tranquila y llevarlo mansamente á los labios?
¿Quién, sino tú, divina Religión de los cristianos, quitaría su ignominia, su horror y su ferocidad á esa muerte arbitraria, evitable, no decretada por Dios, ni conforme á las leyes de la naturaleza?
¿Quién, sino tú, apagaría el instinto de la carne, de la sangre, de los nervios, que lo retraen, que lo apartan de aquel sitio, que le impulsan á que se resista, á que luche, á que rabie, á que muerda, á que patee, á que diga, en fín, que no, que no quiere morir..., que no quiere, que no puede, que no debe?
Ved aquí el más grande triunfo del espíritu sobre la materia, del alma sobre el cuerpo.
El sacerdote se sentó en el banquillo.
Y el patíbulo dejó de ser infame.
¡El ministro de Dios no habría olvidado decir á aquel manso cordero, que Jesucristo sufrió la misma afrenta!
El reo se arrodilló á los piés del sacerdote, y empezó la confesión...
¡Reo! ¡acúsate de que eres hombre y que vives entre los hombres!
Ya diré antes de concluir cuál era el crimen de aquel pobre hermano nuestro.
El reo se sentó á su vez en el banco...
¡Ni un movimiento de repulsión!
Yo lo veía ya de frente.
Era joven; había regularidad en su semblante; tenía la barba algo crecida, los ojos vagos, la tez cárdena y lustrosa.
Atáronlo, y no se resistió...
Ni tembló siquiera.
Sin duda estaba ya imbécil.
Le vendaron los ojos...
¡Ay!... quedaban pocos minutos.
Él lo sabía..., y no botó sobre el patíbulo; y no dió un grito espantoso; y no exclamó, reventando: «¡mi vida! ¡mi vida!»
¡Él, un hombre tosco, sin reflexión, sin ideas, sin capacidad para el heroismo, sin condiciones de mártir!
¡Oh Religión! ¡Qué inagotables son tus consuelos! ¡Cuántos bienes derramas todavía sobre la Tierra!
Cuatro compañeros de aquel hombre atado, vendado, inmóvil, agonizante y lleno al mismo tiempo de vida, de robustez y de salud...; cuatro carabineros, cuatro amigos suyos tal vez, se destacaron de una fila, avanzaron al centro con paso acelerado, alevoso, maldito, y se pararon en frente del condenado.
Este debió de oir preparar...; debió de oir la voz de mando...
Los cuatro soldados se echaron las carabinas á la cara...
Pero, en esto, se enturbiaron los cristales del anteojo..., y no ví más.
¡Acaso eran mis ojos los que se enturbiaban!
Levantéme á impulso de un rapto de ira; me golpeé la frente con las manos, y miré al sitio fatal...
Allí estaba el hormiguero.
Encima de él oscilaba un poco humo...
Era lo único que se distinguía á la simple vista.
La Naturaleza continuaba entre tanto esplendorosa, risueña, palpitante bajo las caricias del sol, como una mujer enamorada...
El mar, el campo, la atmósfera, todo había permanecido indiferente ante la ridícula soberbia del hombre.
VII.
Después supe que aquel infeliz, pasado por las armas, se llamaba Juan Perez Fernandez, y que era soltero, natural de Boal (Asturias), carabinero, de 31 años.
Su delito consistía en haber dado un ligero golpe á su sargento, en ocasión que éste lo insultaba por cuestión de amores!!!
En la legislación civil, semejante falta se corrige con cinco días de arresto.
En la legislación castrense, tamaño crimen se castiga con la última pena.
En la legislación de Dios... ¡Dios juzgará á su vez!
1854.
EL AÑO NUEVO.
et si mane me quæsieris non subsistam.
(Job.)
I.
uando ciertos días del año, al tiempo de vestiros, reparáis en que el chaleco no pesa lo suficiente, y os preguntáis con asombro: «¿Qué he hecho yo de la paga de este mes?», acuden á vuestra imaginación tan pocas cosas dignas de aprecio, que apenas halláis haber disfrutado placeres ó adquirido mercancías equivalentes á tres reales de vellón.
Pues lo mismo acontece cuando, en la más melancólica de las noches (la noche de San Silvestre, confesor y papa), os preguntáis con melancólica extrañeza: «¿Qué he hecho de los 365 días y seis horas de este año?»
Y es que, en la una como en la otra ocasión, sólo recuerda vuestra memoria cuatro estremecimientos de tal ó cual especie; corbatas que se rompieron; guantes que se ensuciaron; embriagueces de amor ó de vino que se disiparon á las pocas horas; días de gloria ó de regocijo, que terminaron en su infalible noche; conversaciones que se llevó el aire; ratos de frío y de calor; mucho desnudarse y vestirse; mucho acostarse y levantarse; mucho comer y volver á tener apetito; mucho dormir; mucho soñar; haber llorado algunos días, creyendo un dolor eterno; haber reido y gozado más que nunca pocos días después; soles de primavera que se pusieron; lluvias que cayeron y se secaron... ¿Y qué más?—¡Nada más! ¡Y lo mismo siempre! ¡Y el año pasado como el anterior! ¡Y el año que llega como el que acaba de pasar! ¡Y todo sopena de morirse!
¡Ay! los años son cifras hechas en el aire con el dedo.—La vida es una lucha con la muerte, lucha en que el hombre se bate en retirada hasta que la muerte lo pone en la del rey y le da con la puerta en los hocicos.—Ó, por mejor decir, no hay vida ni muerte, sino que la muerte es el olvido de la vida, como la vida es el olvido de la muerte.
Encuentro á un niño, y le pregunto:
—¿Adónde vas?
—¡Voy á la vida!—me responde con ansia y curiosidad.
Encuentro á un anciano, y le pregunto:
—Vengo de la vida...—me contesta melancólicamente.
Recorro entonces (recorriendo estoy ahora) los años que median entre niño y anciano, diciéndome: «¡Aquí debe de estar la vida!», y busco, y miro, y palpo, y encuentro que la vida es un centenar de pórticos que se suceden en forma de galería, y encima de los cuales se lee, en los cincuenta primeros: Mañana... MAÑANA... MAÑANA..., y en los cincuenta últimos: AYER... AYER... AYER...—Me paro entre el último mañana y el primer ayer, y tiendo los brazos, y digo: «Este es el apogeo de la existencia. Aquí vienen ó de aquí tornan todos los peregrinos. ¡Veamos el objeto de tan penoso viaje! Ayer... esperaba: mañana... recordaré. Por consiguiente, entre estos dos pórticos está la vida...» Y me hallo solo conmigo mismo, abrazando contra mi corazón la sombra y el vacío, consumiendo un día cualquiera como el pasado y el futuro, esperando ó recordando, pero nunca poseyendo... Y entonces no puedo menos de repetir aquel perpétuo aviso que un panadero puso á la puerta de su tienda: «Hoy no se fía; mañana sí.»
¡Año nuevo!...—El Almanaque lo dice, y muchos lo creen verdad!—En cuanto á mí, creo que es más viejo que el anterior.
¡Año nuevo! repiten algunos con alegría, como si dijesen: ¡levita nueva!...—¡Ah, señores! ¡Contened vuestro entusiasmo! ¿Quién sabe si el año que hoy estrenáis habrá de ser vuestra mortaja?
¡Año nuevo!—¿Por qué? ¡Año limpio fuera más exacto!—El año que empieza es el mismo que ya conocemos. ¡Es ese traje de cuatro remiendos, que han llevado todos los hombres, todas las generaciones, todos los siglos! Es el arlequín de las cuatro Estaciones.
Es un cómico que murió anoche sobre las tablas y que hoy principia á representar la misma tragedia. Es la propia tragedia, si queréis, cuyo argumento no puede ya interesar á casi nadie.
Y, si no, recordemos algunas escenas.
II.
Cuando en el mes de Noviembre próximo se vista de luto el Año para representar el último acto de la tal tragedia; cuando las hojas que aún no han brotado hoy caigan al suelo marchitas...—porque brotarán y caerán según costumbre;—cuando los tísicos y los pámpanos vuelvan á la madre Tierra, dejándonos, aquéllos sus obras, si son artistas, y éstos su vino, sus uvas ó sus pasas..., los estudiantes de medicina que hayan sido aplicados tendrán un año más de carrera, lo cual llenará de orgullo á sus señores padres, que dirán muy sériamente, como si esto no fuese un absurdo: Mi chico no ha perdido el año.—Y, en efecto: su chico sabrá cómo se respira y se digiere, y hasta quizás dónde reside el alma, y las relaciones de ésta con los nervios...; de cuyas resultas padecerá las mismas enfermedades que los demás hombres; habrá ganado un año universitario y perdido otro de vida, y se morirá como esos gladiadores que, al espirar, dicen á su enemigo: «Me ha matado V. en cuarta.»
Mas no seamos tan descorazonados. Puede que el año neófito encierre algo más agradable que lo conocido hasta aquí. ¡Quién sabe si, durante él, variará la forma de los cuellos de camisa ó la situación de Europa; lo cual, al llegar otro San Silvestre, nos consolará de tener una arruga más ó un cabello menos!
¡Esperemos, señores! En un año nuevo pueden suceder muchas cosas nuevas. V. gr.: El año difunto ¡bendito sea él! ha respetado la vida de algunas personas que amamos... (¡Año misericordioso! ¡Ha preferido su propia muerte!—¡Parárase el tiempo, aunque no conociésemos las modas que han de venir, los reyes que han de reinar y los grandes inventos que aún me prometo del hombre, y no correrían peligro de morir nuestros padres, hermanos y novias!) Pero el tiempo no se para; el tiempo vuela. Tenemos año nuevo: preparad los lutos; si no para este año, para el que viene; si no para el otro. ¡Pensad, en fín, que cada 1.º de Enero es una amenaza!—Ahora: si queréis libraros de estos disgustos, podéis moriros de antemano.
¡Salud á 1859! ¡á la nueva incógnita! Pero ¡haga Dios que la historia no lo registre en sus páginas; que la historia es casi siempre una lección inútil, escrita con lágrimas y sangre!
He reparado que los niños se burlan de los viejos.
He reparado también que los ancianos que llegan á ver viejos á sus hijos, los tratan con aquella oficiosa ternura, aquel miedo y aquella consideración que tenemos á las personas que nos deben sus desgracias.
He reparado, por último, que las madres sienten que sus niños se conviertan en hombres hechos y derechos...
¡Salud! ¡salud á 1859!
Será este año tan largo como el 14 del siglo IV, salvo el déficit que cubrió después la Corrección Gregoriana. Y tan perdido quedará en el tiempo el año que empieza hoy, como cualquiera otro que pudiera citar. Y lo veremos después en la moneda, en las portadas de los libros y en las losas de los sepulcros, como á esas amadas de ocho días, cuyo imperio sobre nosotros no comprendemos al cabo de ocho años.
¡Ay! sí... ¡Pero vendrá la Primavera de 1859! La creación empezará á retozar como un potro de seis meses. Los valles y las laderas de los montes abrirán al público sus perfumerías. De Africa y de Oriente llegarán compañías de pájaros á cantar gratis lo que Dios les haya enseñado: se tenderán alfombras de yerba en los campos: doseles de verdura cubrirán los bosques: el sol atizará sus caloríferos, y el ambiente se dilatará tibio y amoroso como un animal acariciado. La Luna y el Sol, que habrán andado cada uno por un Trópico durante seis meses, se encontrarán en el Ecuador y saldrán á pasear del brazo por un mismo punto del Oriente. ¡Entonces se armará la de Dios es Cristo! Desde las hormigas hasta las águilas empezarán á hacer de las suyas: todo será luz, aroma y armonía: todo amor y reproducción. El aire se poblará de aves, de insectos y de átomos bulliciosos. Y todos se dirán: ¿Me quieres?—¡Y ni de noche habrá silencio ni quietud! Las mismas estrellas se requebrarán en lo alto: sólo que, como más sublimes, se dirán: ¡te adoro!—A todo esto los ríos se desperezarán contra las guijas de su lecho, dando estirones para llegar pronto á la mar salada, coquetona que los acoje á todos en su seno y les chupa su caudal, que gasta luego en vistosas papalinas de nubes y anchos peinadores de niebla.
Tal será la Primavera de 1859.
Pues bien: en esos días tentadores, persuadidos por esas músicas, embriagados con esos aromas, desvanecidos en ese aire voluptuoso, los adolescentes que no han amado todavía sentirán escaparse de su corazón la primera bocanada de fuego; notarán que serpea por sus venas una sangre más activa; verán en el aire luces de colores, y llorarán sin saber por qué.—¡Amarán entonces por vez primera!—¡Año dichoso para ellos! ¡Año inolvidable! ¡Año verdaderamente nuevo! ¡nuevo para ellos solos!... Ya me parece que les oigo decir estas dos palabras infinitas, que brotan de nuestra alma en los mementos solemnes: «¡Siempre!» «¡nunca!».
«¡Siempre» y «nunca» hemos dicho todos! «¡Siempre» y «nunca» nos han dicho también!—Pero luego llega el año-nuevo, y después el otro año..., ¡y acaba uno por extremecerse al pensar que hay años-nuevos!
Así va siguiendo el argumento de la tragedia.—Yo lo tengo al dedillo, y en verdad que no me alegro mucho.
Pero, en fín, por conocida que sea la función, por triste que sea oirla de nuevo, sabiendo en qué ha de venir á parar, siempre habrá un consuelo para nuestro corazón y una moraleja para este artículo.
Son del tenor siguiente:
III.
Figuraos que ayer, día 31 de Diciembre de 1858, á eso de las once de la noche (de esa noche que parece más tenebrosa que ninguna, porque es la noche de un año al par que la de un día), volvisteis á la antigua maña de pensar en la brevedad de la existencia. Figuraos que además estabais tristes, porque habíais perdido para siempre alguna prenda adorada (la madre que rizaba vuestros cabellos cuando niño, ó el padre que os explicó la naturaleza, ó la mujer que iluminaba vuestra alma, ó el amigo que hospedabais confiados en lo más íntimo del corazón): figuraos, en fín, que aún eran los tiempos del romanticismo, en que se estilaba ir á llorar de noche á los cementerios, y que vos erais romántico y os dirigisteis allá á la vaga luz de los luceros...
Pasemos por alto el frío que anoche haría á esa hora fuera de puertas, y supongamos que os sentasteis en una sepultura, en la sepultura querida, y que fijasteis los ojos en el cielo.
Miles de astros ardían en el sitio de siempre, como arderán el día de San Silvestre del año de 1858, si entonces no se ha trasladado esta fiesta á otro mes, y como ardían hace cinco mil años, cuando San Silvestre no había venido todavía al mundo.
El cielo, infinito y transparente; la tierra, oscura y limitada; la capital de los vivos, que dejasteis á vuestra espalda bailando y echando los años; la capital de los finados, tan inmóvil y silenciosa como si no la habitara nadie; la poca historia que habéis leido y la mucha poesía que tenéis en el alma..., todo se agolpó en aquel momento á vuestra imaginación, y empezasteis á pensar en cosas tan grandes y extraordinarias, que la lengua no tendría palabras para verterlas...
Las almas de los muertos, encarnando en vuestra memoria (permitidme la frase), vagaban entre vos y el cielo, y lágrimas ardientes bañaban vuestras megillas. Todo el amor, toda la caridad, toda la virtud que economizáis en el mundo, y la justicia que echáis de menos en la tierra, daban gritos por salir de vuestro corazón... Ello es que sollozabais sin saber por qué.
—¡No han muerto, no (decíais), ni los seres que lloro ni las virtudes que no practico! ¡No han muerto ni mi fé, ni mi entusiasmo, ni mis padres y maestros, ni mis amigos y mis amores! ¡No han muerto, no, mi inocencia, mi esperanza, mis creencias, mi alma, en fín! ¡Mentira y vanidad es cuanto ansié en la tierra: mentira y vanidad aquella vida; mentira y vanidad son el poder y las riquezas y los honores; pero mi alma, pero mi llanto, pero mi Dios no son ni vanidad ni mentira!
Supongamos que en este momento dieron las doce los relojes de Madrid.
¡Era año-nuevo!
Los muertos no añadieron un guarismo á la losa de su sepultura, ni los astros brillaron más ni menos que el día de la creación.
Entonces dijisteis:
—Para las tumbas y para el cielo, el tiempo no tiene medida. El alma carece de edad; y, mientras caen deshechos los ídolos de barro que erige la soberbia del hombre, el espíritu se purifica en el destierro para asistir al banquete de la Inmortalidad. El tiempo es el verdugo del que duda y el amigo del que espera.
A lo que añado yo:
—La división del tiempo significa miedo á la muerte. Para el alma no hay más siglos, ni más años, que una noche de miedo y pesadilla, y un día de gloria y bienaventuranza.
¡Si hoy nos cercan las tinieblas, esperemos confiados la aurora del nuevo día!
Madrid.
LA FEA.
AUTOPSIA.
—¡Y yo en Dios!...
Ambos estaban en su papel.
(Balzac.)
I.
n la dilatada familia de las feas, lo mismo que en todas las clasificadas por los naturalistas, hay un arquetipo, un ejemplar de pura sangre, un modelo ideal, figura clásica en su especie, como la Venus de Milo ó como el bacalao de Escocia.
Este dechado es el que nos proponemos estudiar hoy; y, para encontrarlo, imitaremos á Linneo.
Primeramente: hay fea-natural y fea-accidental.
Fea-natural es la destinada y preparada ab-initio por el Creador para mártir.
Fea-accidental es la que, por resultas de las viruelas, de una epilepsia, ó de cualquier otro accidente, se vuelve fea después de nacer.
Por consiguiente, la fea-natural es la genuina, dado que trae en el alma todo lo que no trae en el cuerpo: es decir; dado que la naturaleza, siempre próvida, la ha dotado de un alma de fea.
En cuanto á la fealdad accidental, ya comprenderéis que no imprime carácter. ¡Es un error de la fortuna, como la riqueza de ciertos hombres!
La fea-natural se subdivide en graciosa y sin-gracia.
La fea-graciosa no tiene tampoco mérito alguno. La gracia es una segunda belleza, que suple por la primera, y que á veces la aventaja, neutralizando los efectos de la fealdad.
La fea-natural-sin-gracia se acerca ya á la perfección del tipo, y todavía se divide en discreta y en tonta.
La fea-natural-sin-gracia-tonta no existe en realidad; mas, cuando se da este fenómeno, acontece que las cualidades se desvirtúan mútuamente, produciendo un resultado neutro.
Lo probaremos en pocas palabras.
La tontería de la fea no es más que un velo de ilusión colocado ante sus ojos, mediante el cual se ve bonita y atribuye á respeto el desvío de los hombres, propalando que no quiere casarse: ¡cosas todas que la infeliz se cree á puño cerrado!—Esta variedad híbrida, estéril y pedantesca, en que no obra el espíritu corrosivo de la fealdad, y que pasa la vida en un anticipado Limbo, abunda poco en las naturales, siendo muy común en las accidentales.
Por el contrario, la fea-natural-sin-gracia-discreta; la fea consciente; la fea lúcida; la fea convencida de que lo es, casi realiza ya el ideal trágico y sublime que vamos buscando.
Pero aún puede perfeccionarse más la especie, haciendo una cuarta clasificación en rica, pobre y de la clase media.
La fea-natural-sin-gracia-discreta-rica no existe para la fisiología moral.
Fea y rica no puede ser.—El oro es la luz, y la luz disipa las tinieblas.—La fealdad, ceñida con la aureola de D. Felix Utroque, se convierte en hermosura: quiero decir, es adulada, festejada, mimada, acariciada por los codiciosos...—La fea-rica se casa, y por lo tanto degenera, se frustra, se malogra.—Convengamos en que no hay ricas-feas.
Fea-natural-sin-gracia-discreta-pobre es ya demasiado decir.—Pobre equivale á fea.—(Hablo de las pobres de solemnidad).—Los harapos, la suciedad, el mal olor, la miseria en todos sus dolorosos aspectos, constituyen fealdad por sí mismos.—Además, las bocas con hambre nunca son bellas.—La lástima es enemiga del amor.
Esto, en cuanto al que las ve.—Por lo que hace á las mismas pobres, no padecen casi ninguno de los especialísimos dolores inherentes á la deformidad.—Cuando se piensa en el estómago, se olvida el resto.
Por otra parte: la fealdad evita tormentos á la pobreza, dado que libra de ciertos pretendientes y de ciertas ambiciones á las doncellas indigentes, privándolas también de los peligrosos refinamientos de gusto que proporciona la educación.—O, lo que es lo mismo: les evita la infamia, la envidia y hasta mucha parte de la conciencia de su desgracia.—De consiguiente, queda el tipo desnaturalizado.
¡Henos, pues, ya enfrente de nuestra heroina, ó sea de la fea-natural-sin-gracia-de-la-clase media!
¡De la clase media!...—¡Pesad esta última circunstancia!—¡Ni noche ni día!—¡Siempre crepúsculo!—¡Agonía eterna!
II.
La fealdad es necesaria: sin fealdad no hay belleza: donde todo es igual, nada es sublime: de la comparación brota el mérito; si todas las mujeres que hay sobre la tierra fuesen Helenas, Frines ó Cleopatras, se buscaría una fea como inapreciable joya, ó, mejor dicho, lo feo sería entonces lo hermoso.
Á más de esto (ya lo hemos indicado), la fea nata, que es como si dijéramos la fea innata, recibe en el vientre de su madre un alma hermosa, sensible, rica de ingenio y de abnegación.
No desconocemos que después estas almas de fea son torcidas, escépticas, lúgubres, desconfiadas...
¡Pero es que la sociedad las vicia! ¡La fea que no sea santa tiene que ser diablo!
¡Mas conseguid meteros alguna vez en el corazón de una fea: atravesad con vuestro afecto ó vuestra compasión aquellas cortezas de desengaños, aquellas cicatrices de desprecios, aquellas escorias de decepciones horribles, y encontraréis el más puro oro, las más celestiales lágrimas!
III.
Nace la fea. Todos le ponen mala cara: el padre retrocede: la madre se abochorna: después la compadece...: finalmente la oculta.
¡No está orgullosa de su hija!... Acaso teme también que diga alguna comadre:—¡Vecina! ¡Cómo se parece á usted!
A la hijastra de la naturaleza se la cree indigna de un nombre francés ó italiano: se llamará (nada de Julia, nada de Eduarda, nada de Isolina, nada de Amelia) Anselma, Bonifacia, Cuasimoda ó cosa de este jaez.
Los primeros años de la fea están descritos admirablemente por Honorato Balzac en aquellos tipos relegados, encogidos, tímidos, dolientes, víctimas de la doméstica tiranía y juguetes de la cruel hermosura que figuran en muchas de sus obras.
Y aquí debemos advertir que hay feas de ¡Jesús!, de ¡Jesús María! y de ¡Jesús, María y José!
Esta última (que es aquella que no tiene nariz, ó que la tiene de á tercia, y que es bizca, y jorobada, y coja, y cuyos dientes cuelgan fuera de los labios como los colmillos del elefante) vive libre y exenta de las mortales dudas, de los crueles engaños y de otros sinsabores propios y privativos de la fea perfecta, de la fea por antonomasia.—Un monstruo no es mujer.—Su desventura causa general compasión, y esto le basta al triste aborto que hemos descrito.
La primera (que, sin ser hermosa, ni tan siquiera pasable, llega á pasar alguna vez, ó porque tropieza con un hombre de gusto revesado, ó porque un filósofo dispensa lo grotesco del dibujo por la buena calidad, ó buenas cualidades, del género); la fea de ¡Jesús!, digo, no merece tampoco que hablemos de ella.
¡La de ¡Jesús María!, la de en medio, es la fatal, la predestinada, la elegida del dolor, la víctima de los dioses!
¡Otra vez el término medio!
Desgarbada, verde, larga de piernas y brazos, con el cuello de agarrotada, las manos huesosas, la mirada repugnante, aunque impregnada de cierta melancolía, la boca inútil para la risa,—meteoro fisonómico que en ella es una atroz descomposición,—sin armonía en las facciones, con la boca algo distante de la nariz, con la nariz demasiado cerca ó demasiado lejos de los ojos, con los dientes dislocados, con las orejas un poco grandes...—¡Hela ahí!
Es hábil, ingeniosa: ella sola se ha enseñado á leer, á escribir, á coser, á bordar, á hacer calceta, á picar papel y á fabricar dulces, flores de trapo y otras manufacturas primorosas.
Sabe religión y moral; tiene todo el almanaque en la memoria y el Flos sanctorum en la punta de los dedos; conoce muchos cuentos de vieja y es muy beata.
No hay para qué deciros que todas estas habilidades son nuevas ridiculeces á los ojos de sus hermanos, de sus amigos y de todo el mundo, excepto á los de su madre.
Su madre le tiene un rencoroso amor, una profunda lástima: comprende su situación, y adivina su porvenir... La esconde, pues, la proteje, y la quiere más que á todos sus hijos... al cabo de cierto tiempo.—¿Sabéis por qué?—¡Porque la hermosura no llega nunca á la abnegación santa de la fealdad, y la abnegación de los hijos es la delicia de los padres!—Fuera de que ya ha dicho Luis Eguílaz, con muchísima razón, que