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Cosas que fueron: Cuadros de costumbres

Chapter 9: I.
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About This Book

Una colección de cuadros costumbristas y ensayos breves que recuerdan escenas y hábitos urbanos, en su mayor parte madrileños, combinando anécdota, ironía y melancolía. Los textos recrean noches de fiesta, ferias, celebraciones y ambientes teatrales, así como pequeñas meditaciones sobre la memoria, el gusto popular y la condición del escritor. Organizados en viñetas, alternan retratos de personajes y observaciones sociales con reflexiones personales sobre la literatura y el paso del tiempo.

The Project Gutenberg eBook of Cosas que fueron: Cuadros de costumbres

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Title: Cosas que fueron: Cuadros de costumbres

Author: Pedro Antonio de Alarcón

Release date: January 25, 2020 [eBook #61244]
Most recently updated: October 17, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Ramón Pajares Box, Chuck Greif and the Online
Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
file was produced from images generously made available
by The Internet Archive/Canadian Libraries)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK COSAS QUE FUERON: CUADROS DE COSTUMBRES ***

AL ÍNDICE

 

OBRAS

DE

D. PEDRO ANTONIO DE ALARCON

de la Real Academia Española.

———
COSAS QUE FUERON.
———

 

Es propiedad del autor.—Quedan hechos los depósitos que marca la Ley.

COSAS QUE FUERON.

CUADROS DE COSTUMBRES

POR

D. PEDRO A. DE ALARCON.


La noche-buena del poeta.
Las ferias de Madrid.—El pañuelo.—Si yo tuviera
cien millones....—Cartas á mis muertos.—Lo que se ve
con un anteojo.—El año nuevo.—La fea, autopsia.—El
año madrileño.—Visitas á la Marquesa.—El cometa nuevo.
Á una máscara.—Bocanada de humo.—El carnaval de
Madrid.—Mis recuerdos de agricultor.
Un maestro de antaño.

Sunt lacrymæ rerum.
(Virgilio.)     



MADRID.
IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE M. TELLO,
IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
Isabel la Católica, 23.
1882.
 

 


AL EXCMO. SEÑOR

D. MANUEL M. DE SANTA ANA,

Padrino que fué de la primera edición del presente libro, publicada el año de 1871, dedica también esta segunda edición

Su afectísimo amigo y compañero,
El autor.

 

 

armoniosas desesperaciones de Espronceda, y esparcíanse los ánimos con las sales y agudezas de Breton de los Herreros. Quien no creaba, aspiraba á crear, ó tenía, como timbre de su vida pública, á gala y blasón cultivar algún género de literatura, ó rozarse al menos con los sacerdotes del arte, enorgulleciéndose si alguna vez lograba penetrar en el sancta-sanctorum ante cuyo dintel se detenían con respeto los profanos.

¿Qué hubiera dicho Larra, viendo el oficio sustituir al arte y el desprecio á la indiferencia de que tanto se condolía, y que sólo llorar le era ya dado, pues ni necesidad hay hoy de traducir? ¿No se venden más libros franceses que españoles?

Las letras van de caida: el vulgo, que tanto atormentaba á Horacio, ha ingresado en la orquesta, y con su ruido de gigante apaga todas las melodías. No hay á quien acusar de indiferente, porque no es posible que nadie se deje oir entre semejante barahunda, ver entre nivel tan constante, ni admirar entre igualdad tan deseada. Publicar un libro de recreo en este pobre país desvencijado, es convidar á mieles al hambriento ó á hacer cuadros vivos al desnudo. Cuando nuestras revoluciones han provenido de fuera, han traído entre sus negros pliegues de desventuras momentaneas algo fecundo que, semejante al polen acarreado por las tempestades, debía producir frutos iguales á aquellos que en campos más dichosos confiaron sus semillas al hálito del huracán pasajero.

Así vimos venir con la influencia del poder absoluto de Luis XIV los reglamentistas literarios que fustigaron á los autores de pasadas anarquías, y con la revolución é invasión francesas la libertad de pensamiento y el instinto de independencia artístico y propio, triunfante en aquella lucha, como el territorial y político.

Pero cuando las revoluciones no provienen de influencias generales, sino de exclusivas y fatales desesperaciones, el vulgo desconfiado á nadie reconoce por jefe, teme encontrar el engaño donde está la autoridad, la celada misteriosa donde le enseñan el deleite, y sin fiarse de nadie, temeroso de todo el mundo, no consiente en ser espectador de nada. Queriendo intervenir en todo, todo se degrada á su contacto, hasta que, convencido, como el niño que quiere acariciar la luna, de su libre impotencia, resígnase escarmentado, oye razones, atiende á consejos y confía, áun amenazando con su cólera, á manos más expertas que las suyas, lo que estas rompen ó desbaratan para que aquellas construyan ó edifiquen. Entonces los sabios crean, los cantores modulan, los poetas cantan y el vulgo, replegándose como en las tragedias antiguas á las filas del coro, deja que le enorgullezcan sus héroes ó que le entusiasmen y glorifiquen sus artistas.

Promovida, á mi ver, nuestra aún no terminada revolución política, más bien por la desesperación que en todos causaban constantes causas de seguros males, que por el deseo de nuevos ideales filosóficos, antes fué acto de cólera y término de paciencia, que meditado deseo de nuevas y radicales formas. Así es que la sociedad no tuvo que extremecerse en sus cimientos, y, más bien como axioma que como problema revolucionario, continuó siendo un hecho en sus primeros días la anterior forma del Estado. No sólo no cambiaron las ideas, sino que conquistaron para sí adversarios antiguos: pero lo que la común desgracia había derrocado tenía que reconstruirlo la desconfianza común. El número fué Deus ex machina, la cantidad engendró la calidad, y ufana y orgullosa de su anterior potencia, largo tiempo ha de durar la tutela de todos sobre el hijo que todos engendraron. Este será periodo de vulgo, que vulgo es la desconfianza, erigida en sistema, y no otra cosa impele á los que están por diversos empujes combatidos. Entre tanto, sólo una forma artística extravagante ó la conveniencia de los más darán triunfo pasajero á todo aquello que en artes, ciencias ó gobierno se elabore.

Quisiera engañarme; pero hablo con entera convicción. No há mucho se publicaron las excelentes obras del malogrado Becquer. Leed las colecciones de los periódicos. Pocas plumas se han deslizado sobre el papel en su alabanza ó censura, y aquel conjunto de sublimes creaciones ó delicadísimos detalles pasa inadvertido ante la grosera mirada del vulgo. ¿Qué escritos han acogido los admirables poemas de Campoamor? ¿Cuáles las poesías del autor de este libro? Algún saludo amigable, apoyo más bien á la especulación industrial que reflejo de atención literaria, es todo el triunfo que puede prometerse el autor del mejor libro en estos prosaicos días. ¿Significa tal cosa que estas obras no se lean? No por cierto. Hay quien las lee, hay quienes las aprenden de memoria; pero escribir sobre ellas, manifestar pública admiración, declarar que se ha dejado uno dominar por algo... ¿A qué conduce eso? ¿Qué ventajas trae? ¿Por qué aumentar una piedra al pedestal sobre que ha de colocarse un individuo, á quien mañana quizás convenga no ver tan elevado? En las épocas en que reina el vulgo, la humanidad se parece á los líquidos por su fluida tendencia al nivel constante. Si elige un jefe, si aplaude un concepto, si compra un libro, es por hallar representada en ellos su propia vulgaridad. En semejantes momentos el genio sólo se eleva sobre la multitud, tiranizándola como Napoleón, engañándola como Sixto V, ó esperando en el reposo del retiro ó de la tumba á que tiempos mejores le hagan completa justicia.

Una cosa es popularidad y otra vulgaridad. Ser amado de las multitudes no es ir envuelto entre ellas. Popular fué Moratín, y Comellas fué vulgar. Más tuvo que luchar Washington para no dejarse arrastrar por el vulgo, que para conquistar su gloria inmarcesible, y en tales momentos es cuando debe apreciar el hombre recto, en todo lo que vale, la fortaleza de los que se resisten á exigencias del momento, prestando fidelidad á los eternos principios de lo bueno y de lo bello.

No dejarse, pues, dominar por el vulgo, ni por huir de él separarse de la verdad para dar en la extravagancia, es el punto matemático, el fiel justo é infranqueable donde debe desarrollarse el espíritu. Quien logra conseguir empresa tan dificil ha hecho una gran cosa; pero el que lo ejecuta en España, donde sólo su propia conciencia le avisa que ha obrado bien, es un héroe.

Al número de estos, y no me ciega el cariño, pertenece el autor de este libro, D. Pedro Antonio de Alarcon.

II.

Cosas que fueron titula su libro, y á la lectura de tan sencillo lema ya se conoce que habla un artista. ¡Lacrimæ rerum! exclamaba Virgilio en su hermosísimo idioma para dar idea de ese mundo de melancolías en que se cierne el espíritu, recordando tiempos que huyeron, á presencia de los mudos objetos que fueron testigos de risueños planes y desengañadoras alegrías. Cosas que fueron, es decir, esperanzas convertidas en realidades, reflejos de aquella época que fué la juventud del autor, la mía, la de todos los que hoy van encaneciendo; sueños que, gracias al milagro de la imprenta y á la fantasía del narrador, jamás perderán su magia; muertos que vivirán siempre; artistas que conquistarán inextinguibles aplausos; sucesos idos que no pasarán nunca; retratos que no se borrarán jamás; frases, suspiros, notas, lineas, paises, aventuras, galanteos, puerilidades, llantos, risas, profecías, historias, toda un alma rica de ilusiones y de observación, de gloria y de sentimientos; toda una colección de años encerrados en un libro, siempre frescos y coloreados con su vigor primitivo, á la manera que el trasparente y bruñido cristal encierra en corto espacio olorosas y puras las mil flores cuyos gérmenes, esparcidos por el extenso llano, nacieron al beso del ardiente sol de un día de primavera.

Cosas que fueron, es decir, cosas que serán siempre: pues, como dice Augusto Ferrán en sus Cantares:

No otra cosa es un recuerdo
que una esperanza perdida.

Este es el libro á que he de poner prólogo, condenado á perpetuo encierro, ante la continuada espectación del público, entre un título que lleva en sí mil promesas y una colección de trabajos que son la ejecutoria brillante de uno de los escritores más personales, más distinguidos y más espontaneos que honran nuestra moderna literatura. No sé qué mala pasada habré jugado á Alarcon, siendo niños; ignoro si querrá vengarse de algún artículo político mío, siendo hombres, ó si intentará desacreditarme para burlarse de mí, siendo viejos; pero es el caso que escribiendo estoy y aún vacilo; pues para honra mía es mucho y para mi autoridad poco, ser yo precisamente designado por él para abrir las puertas del edificio de su ingenio. ¡Quizás no teniendo otra cosa que darme en premio del afecto que le profeso, quiera regalarme un pedazo de su fama, encadenándome á sus escritos! ¡Si esto es así, sea! Ya que no pude edificar el templo de Efeso, lo destruiré. Ya que no puedo publicar un libro como éste, emborronarelo.

III.

Los artículos que contiene esta obra no fueron escritos con la previsión de verlos nunca juntos. Como si fueran pedazos de las entrañas de un internacionalista, cada uno es hijo de una casualidad, y todos fueron publicados en tal ó cual periódico, á medida que el autor los iba escribiendo, no enjuta muchas veces la tinta del original, cuando ya estaban impresos y eran del dominio público. En cualquier país rico ó no indiferente, hubiera bastado la favorable acogida que obtuvieron sus repetidas inserciones en otros periódicos, y el ingenio y originalidad que revelaban para que algún editor hubiera tratado, en aras de su propio interés, de convertir al periodista en base de su fortuna, al propio tiempo que formaba la suya. Pero si Fortuny, Rico, Zamacois y otros pintores, han encontrado en el extranjero un Goupil para sus cuadros, aún no han florecido para los escritores de España los Levy, Dentu y demás inteligentes libreros de vecinas y de luengas tierras, á pesar de ser el habla de Cervantes la más extendida por ambos hemisferios, gracias al esfuerzo de nuestros valerosos é intrépidos progenitores. Trasformado en editor de novelas de á dos cuartos la entrega, prosigue aún su intrépido camino á través del populoso vulgo el antiguo publicador de romances de ciego, viniendo á sustituir á esta literatura en verso, su digna hermana, la que aseguraba hace poco que siendo de noche, sin embargo llovía, y otros milagros por el estilo. Todavía no ha entrado el público español por eso de comprar un libro de un tirón, aunque debo decir, en honor á la verdad, que de cada vez se va operando un saludable trastorno en nuestras rancias y poco civilizadas costumbres, pues las gentes vanse convenciendo de que más vale comprar un libro bueno por un duro, que no ir realito á realito, como quien lo da con miedo, depositando 80 rs. en manos de un editor por otras tantas entregas, llenas de más dislates que trazos de buril contiene la madera de los grabados. Gracias á este pordioserismo de la industria librera, solo el periódico es el punto donde de cuando en cuando, y si lo permiten los extractos del Congreso ó del Senado, las noticias del extranjero, de las provincias y de la capital, los anuncios, la bolsa y algún que otro comunicado, de esos que se pagan bien, es permitido hacer pinitos literarios á algún escritor de buen gusto, con cuyos trabajos tendría en Francia, Inglaterra ó Alemania lo bastante para ser solicitado de editores por todo el resto de su vida, mientras el limón tuviera jugo, y éste produjera con el laboreo de la industria sendos capitales para el productor y el industrial.

Escribiendo artículos, pues, ha pasado muchos años el Sr. Alarcon; por consiguiente, figúrese el público si serán innumerables. Aparte los políticos, que formarán acaso otro tomo, ha prescindido de centenares de revistas de Madrid, de críticas de teatros, de folletines, de polémica, etc., etc., donde, así como Bukingham dejaba caer perlas á su paso, él tiene desparramadas, entre un estilo siempre bello y facil, profundas observaciones, peregrinas ocurrencias ó genialidades tan propias y exclusivas, como encantadoras y felices.—Colecciónanse únicamente aquí los artículos que tienen algo genérico, los que retratan costumbres, los didácticos ó los que son literarios por sí mismos.

Para poder apreciarlos en todo lo que valen como estilo, basta leerlos; mas, para hacerse cargo de las facultades intelectuales de su autor, unidas á la claridad del juicio ó á la intuición del genio, preciso es retrotraer la imaginación á la época en que se escribieron.

Hace quince años España continuaba siendo el mismo territorio que hacía exclamar á Espronceda:

¡Cuán solitaria la nación que un día
poblara inmensa gente:
la nación cuyo imperio se extendía
del Ocaso al Oriente!

Víctima del egoísmo europeo, después de haber herido en medio del corazón al tirano que oprimía el continente, y desangrada en la guerra civil, su política exterior era nula, su industria exígua, sus vías de comunicación vergonzosos anacronismos, y la voz de sus cañones, que habían atronado al mundo lo mismo en su apogeo que en su agonía, no había vuelto á resonar desde muchos años. La marina, que iba renaciendo, estaba virgen y deseaba, para probar sus bríos, las cuestiones que luego llegaron de Africa, América y Occeanía. No había renacido la pintura española. Madrid se moría de sed, las zarzuelas levantábanse prepotentes y pretenciosas, el francés era fiel contraste de los héroes de salones, no se sospechaba la caida de una monarquía y de un imperio, el poder temporal sosteníase firme y enhiesto; la Internacional era una profecía horrible, un fantasma del miedo, y los gérmenes de la disolución social que hemos visto y que el autor señalaba, no eran, ni mucho menos, datos seguros para raciocinar con acierto, en medio del desaliento y de la desesperación que mudos reinaban en las almas.

Era preciso hallarse dotado de gran fé en el arte, de excepcional inteligencia y de una perspicuidad de juicio admirable, para escribir entonces esto que va á leerse coleccionado, sin que ninguno de los sucesos ocurridos sea mentís inexorable de las fantasías del escritor.

Todo lo que este deseaba ó temía se ha verificado ya. La modesta linea, cuya inauguración describía en el artículo De Alicante á Valencia[1], es una red de ferro-carriles, y los doce años de silencio que median entre las profecías del autor y la publicación de este libro, son el cable submarino, el istmo de Suez roto, la perforación del Mont-Cenis, la caida de Francia, la formación de Italia y de Alemania, la gloria del Callao, la revolución de España, todo, en fin, lo que antes era un siglo. Vese, además, en estos artículos el tedio del soltero, su ardiente afán de descifrar un porvenir que hoy (digna recompensa á tantas penalidades) es una casa tranquila, una mujer hermosa, pura y buena, y una familia encantadora. En su estilo bullen la agitación de un hijo del siglo XIX, la tristeza de un español que no sabe de qué ufanarse, la angustia de un corazón afectuoso que llora sobre todo lo que desaparece; que en La Noche-buena clama por el hogar; en Las ferias de Madrid se resuelve contra esta vida de hotel que vamos adoptando, gimiendo sobre los muebles profanados ó las reliquias santas, vendidas al peso, y en el Mapa poético de España conduélese viendo desaparecer los varios caracteres, trages y costumbres de las provincias. La cualidad que más revela el autor en este libro, formado, como las diversas capas geológicas de la tierra, por diversas influencias é impresiones, es su idoneidad para todos los géneros de literatura.

Si queréis ver un crítico, más libre de la tutela de los preceptistas que el eminente Larra, leed los artículos sobre Fanny, Edgar Poe, Los Pobres de Madrid, La desvergüenza, Las zarzuelas[2]. En ellos, más que con el cartabón y la escuadra de los preceptos, hácese la crítica depurando en un crisol filosófico la esencia moral y social de las cosas.

Si queréis deleitaros con un espiritualismo lúcido y con un ascetismo inteligente, los veréis relucir en su Carta á Castelar, en De Villahermosa á la China y en el Año nuevo.

Los artículos Bellas Artes, La Ristori, y el viaje De Alicante á Valencia son la ejecutoria de un artista.

Como escritor analítico, son muestras de admirable observación y claridad de percepciones El pañuelo, La fea, autopsia, A una máscara, Cartas á mis muertos, etc.

Como estilista sin rival, como personalidad sin parecido en el terreno de las letras, donde brilla la figura de Alarcon con luz propia y bellísima, sirven de ejemplos constantes Las ferias, El pañuelo, los trozos del Diario de un madrileño y las Visitas á la marquesa, donde hay diálogos, descripciones y discursos que bastan por sí solos á hacer este libro una joya más de nuestra literatura, y un digno modelo para los que se dediquen en España á esta forma tan dificil y compleja, tan sin reglas y sin criterio, como que responde á la manera pública que tienen de manifestarse cosas tan difíciles de manosear, como el hogar doméstico, la fiesta de familia, la aventura galante, y todo ese mundo de acciones individuales que, por medio de la imprenta periódica, tienen su crítica constante en las columnas de los periódicos.

IV.

Clasificados ya por géneros los diferentes artículos que esta obra contiene, preciso se hace que justifiquemos nuestras alabanzas, ocupándonos de la importancia del escritor y sometiendo al análisis el conjunto de sus inspiraciones para deducir el caracter general que en ellos se revela, la resultante, por decirlo así, que producen fuerzas á tan opuestos fines dirigidas, y encontrar la unidad literaria y progresiva que dé justo título al Sr. Alarcon para figurar entre nuestros primeros escritores.

Así como el término de todos nuestros juicios son ideas absolutas, así todas nuestras acciones, por diversas y complejas que hayan sido, deben contener un fín único, invariable; y si tal cosa no se ha realizado, puede decirse del individuo que no ha vivido ó que ha derrochado su vida y dejado evaporar su espíritu entre la duda y la impotencia. Las ideas sin forma son delirios: las formas sin ideas son mecanismos del instinto animal. Arte, sin independencia, sin libertad, sin progreso, es cadaver embalsamado, marioneta, cuyos movimientos compasados y rígidos dejan traslucir lo inerte de la materia. Cuando toda la idea que del arte se tiene es prestar culto ciego á una forma antigua, el arte muere entre el ridículo de sus propias hechuras; porque lo plástico, lo material no es más que el ropaje y atavío exterior de la idea, y mal puede ésta, nueva, variable y progresiva, contenerse y adaptarse á moldes únicos y constantes. Pero así como en el progreso del cuerpo humano se llega á la pubertad, conservando todo lo integrante del niño, así en las nuevas formas que la idea se busca para manifestarse clara y artísticamente no hay que renegar de lo ya conquistado y poseido. Progresar no es destruir, sino continuar la perfección de una forma y de una idea anteriores, y esta noción tan clara y sencilla es la desesperación de los soberbios y la dificilfacilidad que sorprende á todas las multitudes.

La prosa española, á cuya formación contribuyeron afluentes tan ricos, fué poco á poco mostrándose con un carácter peculiar y propio; pero, detenida en mitad de su progreso por causas extrañas, tuvo que dedicarse á asuntos esencialmente casuísticos ó ascéticos, ó á la representación exacta de lo material y de costumbres rebajadas y groseras. Mientras tanto, la Europa continuaba su marcha, y España, que había estado á su cabeza, fué poco á poco quedándose más distante en el camino del progreso. Costumbres más francas, atrevimientos felices, asociaciones más cultas, investigaciones más profundas, especulaciones menos temerosas de la Inquisición ó del despotismo, osadías científicas, iban depositando en lenguas extrañas palabras y giros que no se implantaban al mismo tiempo en nuestro idioma. Este se hizo extravagante, después vulgar, luego rígido y severo con los preceptistas, ó libre y desenfrenado con la licencia, pero nunca natural, como el de Cervantes, ni conciso y claro como el de Melo y fray Luís de Granada, con el natural progreso de tiempos é ideas modernas y distintas.

Tras de Moratín vino Larra, cuya educación en el extranjero, su estudio de nuestros escritores y su genio propio marcaron en inmortales obras un nuevo progreso para el habla de Cervantes, en que por primera vez se pensaba libremente y se expresaba el resultado del pensar bajo la garantía del derecho del hombre.

La prensa periódica, al mismo tiempo que con la grosería del obrero señalaba por medio de giros extraños la falta de costumbre en el lenguaje para decir ciertas cosas, indicaba, sin embargo, al hablista culto una necesidad que era preciso satisfacer, dentro del caracter genérico y tradicional del idioma, y sometida la lengua á esta revolución diaria, si se corrompía por un lado con el uso de extraños giros, ganaba por otro con el culto que se rendía á la verdad y á lo gráfico de la expresión, sacrificando, si se quiere, tradicionales fórmulas y conceptuosas y pueriles sentencias, perífrasis y regímenes que están reñidos con la ideología universal.

Además, sería en muchos casos difícil, si no imposible, decir cuándo, entre idiomas del mismo origen etimológico y gramatical, es extraña en el uno la irrupcion del otro, ó cuándo se verificó esta, habiendo estado recíprocamente sometidos entre sí á influencias poderosas.

Palabras y giros hay en francés y en italiano que son españolicismos en dichos idiomas, al paso que arcaismos en el nuestro, y lo mismo puede decirse en contrario sentido.

Así como las personas se diferencian, no por las partes de que están compuestas, sino por la fisonomía general, así, á mi modo de ver, los idiomas congénitos se distinguen por su sintaxis y su prosodia, más que por su etimología. Conste, pues, que es arriesgado tildar de galicismo el uso de una palabra, que por no existir ó por haber caido en desuso, deja de representar una idea de necesaria emisión, al referir un concepto.

Con lo expuesto basta para deducir que, así como España necesitaba unirse por su política y por sus costumbres al ideal de la civilización de que había estado separada, hacía falta al idioma esa libertad de acción, esa moralidad, esa honradez con que la forma debe servir á la idea, no como esclava sumisa ni como señora imperante, sino como hermana dulce y bondadosa compañera.

A poco que se examinen los escritos de Alarcon, vése en ellos una genialidad propia, una felicidad de expresión, una tan natural y suave manera de ir sirviendo con el lenguaje á las ideas más espirituales ó á las transiciones más bruscas, que, aparte de lo que se dice en ellos, sus artículos vivirán siempre como una nueva eminencia que señala moderno adelanto en el idioma. No conocemos escritor compatriota que disponga de una forma más ductil y exacta para expresar de pronto y con rapidez pensamientos más distintos. Si la pereza del trabajo material no se apoderase de nuestra mano, citaríamos en montón trozos de riquísima prosa, en que con la rapidez del relámpago pasa una idea brillante, una observación cáustica, un gemido seco, una alegría infantil, sobre el tranquilo reposo de un periodo, ajeno á tales sensaciones por el objeto que describe ó el sentimiento que analiza.

Son, pues, estos trabajos, no sólo museo exquisito de cosas que fueron, sino expresión exacta del modo mejor de escribir, más artístico y más en consonancia con su tiempo y con la prosa castellana en mitad del siglo XIX: si defectos tienen son los de su época, como sus bellezas y sus giros. Habrá escritores más correctos que Alarcon, pero no más contemporaneos; que, si mérito tiene hoy quien esculpa una estatua de Júpiter Olímpico, no le vá en zaga el escultor que logre representar fielmente la grandeza de un Washington, de un Nelson ó de un Cavour.

Si se me tacha de exagerado, responderé con Chanford: «Acúsaseme de alabar á mis amigos; ¡como si antes de ser amigos mios no se hubieran conquistado mi amistad con esas mismas cualidades que en ellos alabo, y que no conocía!»

Lo que sí puedo asegurar, sin temor á que la experiencia me haga arrepentirme, es que el lector puede abrir este libro por cualquiera de sus páginas, sin miedo á hallar una vulgaridad de pensamiento ó una grosería de estilo.

Al frente de la obra del Sr. Alarcon podría estamparse el siguiente verso de Horacio, tan de común aplicación en la época presente

¡Odi profanum vulgus et arceo!

si en ella no figurase, á guisa de protuberancia escrita, este baladí prólogo mío.

 

Ramon Rodriguez Correa.

1871.



ADVERTENCIA

DE LOS EDITORES.

ON este mismo título de Cosas que fueron publicó el Sr. Alarcon hace once años una Colección de artículos literarios, hoy agotada, en la cual estaban revueltos y confundidos los cuadros de costumbres, los folletines de crítica y las relaciones de viajes, componiendo todo ello un tomo, por demás complicado y heterogéneo.

Posteriormente, el Autor ha ido escribiendo, y publicando acá y acullá, otros muchos artículos de cada clase, que, unidos á los anteriores, dan hoy materia para tres tomos y que nos permiten clasificarlos por géneros y darlos á luz como tres obras distintas.

La que ahora ofrecemos al público contiene todos los artículos de costumbres, y á ella es á la que de derecho corresponde llevar el título de Cosas que fueron, tan discretamente analizado por el Sr. Rodriguez Correa en el Prólogo de la edición primitiva.—A cambio de los trabajos que han pasado á otros tomos, figuran aquí tres nuevos, que son: El Carnaval de Madrid, Mis recuerdos de agricultor y Un Maestro de antaño, coleccionados hoy por primera vez.

Con la denominación de Juicios literarios y artísticos publicaremos en seguida los artículos críticos é históricos del Sr. Alarcon, referentes á Letras y Artes, así como su Discurso de entrada en la Real Academia Española y algunos otros escritos de estos últimos años.

Y, bajo el nombre de Viajes por España, daremos después á luz un tercer tomo, que contendrá, además de los relatos de viajes que figuraron en la primera edición de Cosas que fueron, otros nuevos, como la Visita al Monasterio de Yuste, De Madrid á Murcia y Cartagena (inédito), Dos días en Salamanca, De cómo yo he estado en Cuenca, etc.

Compondrán, pues, estas tres obras, aunque sueltas é independientes entre sí, una especie de conjunto de los trabajos del Sr. Alarcon, como articulista ó folletinista, papel que desempeñó muy asíduamente en nuestra literatura desde 1854 á 1860.


 

 

 


LA NOCHE-BUENA

DEL POETA.

«En un rincon hermoso
de Andalucía
hay un valle risueño...
¡Dios lo bendiga!
Que en ese valle
tengo amigos, amores,
hermanos, padres.»
(De El Látigo.)

I.

ace muchos años (¡como que yo tenía siete!) que, al oscurecer de un día de invierno, y después de rezar las tres Ave-Marías al toque de Oraciones, me dijo mi padre con voz solemne:

—Pedro: esta noche no te acostarás á la misma hora que las gallinas: ya eres grande, y debes cenar con tus padres y con tus hermanos mayores.—Esta noche es Noche-buena.

Nunca olvidaré el regocijo con que escuché tales palabras.

¡Yo me acostaría tarde!

Dirigí una mirada de desprecio á aquellos de mis hermanos que eran más pequeños que yo, y me puse á discurrir el modo de contar en la escuela, después del día de Reyes, aquella primera aventura, aquella primera calaverada, aquella primera disipación de mi vida.

II.

Eran ya las Animas, como se dice en mi pueblo.

¡En mi pueblo: á noventa leguas de Madrid: á mil leguas del mundo: en un pliegue de Sierra-Nevada!

¡Aún me parece veros, padres y hermanos!—Un enorme tronco de encina chisporroteaba en medio del hogar: la negra y ancha campana de la chimenea nos cobijaba: en los rincones estaban mis dos abuelas, que aquella noche se quedaban en nuestra casa á presidir la ceremonia de familia; en seguida se hallaban mis padres, luego nosotros, y entre nosotros, los criados...

Porque en aquella fiesta todos representábamos la Casa, y á todos debía calentarnos un mismo fuego.

Recuerdo, sí, que los criados estaban de pié y las criadas acurrucadas ó de rodillas. Su respetuosa humildad les vedaba ocupar asiento.

Los gatos dormían en el centro del círculo, con la rabadilla vuelta á la lumbre.

Algunos copos de nieve caían por el cañón de la chimenea, ¡por aquel camino de los duendes!

¡Y el viento silbaba á lo lejos, hablándonos de los ausentes, de los pobres, de los caminantes!

Mi padre y mi hermana mayor tocaban el arpa, y yo los acompañaba, á pesar suyo, con una gran zambomba que había fabricado aquella tarde con un cántaro roto.

¿Conocéis la canción de los Aguinaldos, la que se canta en los pueblos que caen al Oriente del Mulhacem?

Pues á esa música se redujo nuestro concierto.

Las criadas se encargaron de la parte vocal, y cantaron coplas como la siguiente:

Esta noche es Noche-buena,
y mañana Navidad;
saca la bota, María,
que me voy á emborrachar.

Y todo era bullicio; todo contento. Los roscos, los mantecados, el alajú, los dulces hechos por las monjas, el rosoli, el aguardiente de guindas circulaban de mano en mano... Y se hablaba de ir á la Misa del Gallo á las doce de la noche, y á los Pastores al romper el alba, y de hacer sorbete con la nieve que tapizaba el patio, y de ver el Nacimiento que habíamos puesto los muchachos en la torre...

De pronto, en medio de aquella alegría, llegó á mis oidos esta copla, cantada por mi abuela paterna:

La Noche-buena se viene,
la Noche-buena se vá,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más.

A pesar de mis pocos años, esta copla me heló el corazón.

Y era que se habían desplegado súbitamente ante mis ojos todos los horizontes melancólicos de la vida.

Fué aquel un rapto de intuición impropia de mi edad; fué milagroso presentimiento; fué un anuncio de los inefables tedios de la poesía; fué mi primera inspiración... Ello es que ví con una lucidez maravillosa el fatal destino de las tres generaciones allí juntas y que constituían mi familia. Ello es que mis abuelas, mis padres y mis hermanos me parecieron un ejército en marcha, cuya vanguardia entraba ya en la tumba, mientras que la retaguardia no había acabado de salir de la cuna. ¡Y aquellas tres generaciones componían un siglo! ¡Y todos los siglos habrían sido iguales! ¡Y el nuestro desaparecería como los otros, y como todos los que vinieran después!...

La Noche-buena se viene,
la Noche-buena se vá...

Tal es la implacable monotonía del tiempo, el péndulo que oscila en el espacio, la indiferente repetición de los hechos, contrastando con nuestros leves años de peregrinación por la tierra...

¡Y nosotros nos iremos
y no volveremos más!

¡Concepto horrible, sentencia cruel, cuya claridad terminante fué para mí como el primer aviso que me daba la muerte, como el primer gesto que me hacía desde la penumbra del porvenir!

Entonces desfilaron ante mis ojos mil Noches-buenas pasadas, mil hogares apagados, mil familias que habían cenado juntas y que ya no existían; otros niños, otras alegrías, otros cantos perdidos para siempre; los amores de mis abuelas, sus trajes abolidos, su remota juventud, los recuerdos que les asaltarían en aquel momento; la infancia de mis padres, la primera Noche-buena de mi familia; todas aquellas dichas de mi casa anteriores á mis siete años... Y luego adiviné, y desfilaron también ante mis ojos, mil Noches-buenas más, que vendrían periódicamente, robándonos vida y esperanza; alegrías futuras en que no tendríamos parte todos los allí presentes,—mis hermanos, que se esparcirían por la tierra; nuestros padres, que naturalmente morirían antes que nosotros; nosotros solos en la vida; el siglo XIX sustituido por el siglo XX; aquellas brasas hechas ceniza; mi juventud evaporada, mi ancianidad, mi sepultura, mi memoria póstuma, el olvido de mí; la indiferencia, la ingratitud con que mis nietos vivirían de mi sangre, reirían y gozarían, cuando los gusanos profanaran en mi cabeza el lugar en que entonces concebía todos aquellos pensamientos...

Un río de lágrimas brotó de mis ojos. Se me preguntó por qué lloraba, y, como yo mismo no lo sabía, como no podía discernirlo claramente, como de manera alguna hubiera podido explicarlo, interpretóse que tenía sueño y se me mandó acostar...

Lloré, pues, de nuevo con este motivo, y corrieron juntas, por consiguiente, mis primeras lágrimas filosóficas y mis últimas lágrimas pueriles, pudiendo hoy asegurar que aquella noche de insomnio, en que oí desde la cama el gozoso ruido de una cena á que yo no asistía por ser demasiado niño (según se creyó entonces), ó por ser ya demasiado hombre (según deduzco yo ahora), fué una de las más amargas de mi vida.

Debí al cabo de dormirme, pues no recuerdo si quedaron ó no en conversación la Misa del Gallo, la de los Pastores y el sorbete proyectado.

III.

¿Dónde está mi niñez?

Paréceme que acabo de contar un sueño.

¡Qué diablo! ¡Ancha es Castilla!

Mi abuela paterna, la que cantó la copla, murió hace ya mucho tiempo.

En cambio mis hermanos se casan y tienen hijos.

El arpa de mi padre rueda entre los muebles viejos, rota y descordada.

Yo no ceno en mi casa hace algunas Noches-buenas.

Mi pueblo ha desaparecido en el oceano de mi vida, como islote que se deja atrás el navegante.

Yo no soy ya aquel Pedro, aquel niño, aquel foco de ignorancia, de curiosidad y de angustia que penetraba temblando en la existencia.

Yo soy ya... nada menos que un hombre, un habitante de Madrid, que se arrellana cómodamente en la vida, y se engríe de su ámplia independencia, como soltero, como novelista, como voluntario de la orfandad que soy, con patillas, deudas, amores y tratamiento de usted!!!

¡Oh! cuando comparo mi actual libertad, mi ancho vivir, el inmenso teatro de mis operaciones, mi temprana experiencia, mi alma descubierta y templada como un piano en noche de concierto, mis atrevimientos, mis ambiciones y mis desdenes, con aquel rapazuelo que tocaba la zambomba hace quince años en un rincón de Andalucía, sonríome por fuera, y hasta lanzo una carcajada, que considero de buen tono, mientras que mi solitario corazón destila en su lóbrega caverna, procurando que no la vea nadie, una lágrima pura de infinita melancolía...

¡Lágrima santa, que un sello de franqueo lleva al hogar tranquilo donde envejecen mis padres!

IV.

Conque vamos al negocio; pues, como dicen los muchachos por esas calles de Dios: