La moda trata de corregir la naturaleza, de trasformar o desfigurar el cuerpo, que es obra de Dios. He aquí otro indicio de que la moda es inspiración del ángel rebelde, del diablo. Y este empeño luciferino de corregir la obra divina en sus líneas fundamentales es muy antiguo. Ya Calderón de la Barca lo advierte en su «Eco y Narciso».
| —Pues ¿hay usos en los talles? |
| —Sí; yo me acuerdo haber visto |
| Usarse un año a los pechos, |
| Y otro año a los tobillos; |
| Y esto no es mucho, que en fin, |
| Consistía en los vestidos. |
¿Qué se propondrá la moda, es decir, el diablo, al descentrar el talle de su sitio natural? De sacrilegio estético puede calificarse esta trasformación de las líneas que el Divino Arquitecto en su concepción soberana dió al cuerpo femenino. Con razón decía madame Delepinasse que la mujer se desesperaría si la Naturaleza la hubiera hecho tal como la arregla la moda. Seguramente renunciaríamos al don de la vida si hubiéramos de nacer con miriñaque, polisón o faldas trabadas. El concepto estético de la humanidad es que Dios hizo perfecto el cuerpo de la mujer. ¿Por qué consentimos luego que lo vista el diablo, alterando el orden perfecto y la armonía divina de las líneas? Lo racional y lógico sería que los vestidos se ajustaran dócilmente a este orden y a esta armonía, obra insustituíble del Creador. Pero el diablo, como ángel rebelde, se sirve de la moda para simular que tiene el poder de trasformar los cuerpos, la obra de Dios. Sabido es que la cualidad especial del diablo es la sofistificación, el enredo, la mentira, la paradoja, el barullo y la confusión. Pero, con todo, no se puede negar que el diablo, por medio de los artificios de la moda, suele agregarnos a las mujeres algo que seduce, que trastorna; vamos, un no sé qué que sólo puede ser obra del diablo. Claro está que ello sucede cuando está acertado en la moda, lo que es muy raro en él, pues casi siempre el diablo está dejado de la mano de Dios. Pero lo curioso es que, aun cuando desacertadísimo, nos impone su gusto y nos esclavizamos a las normas dictadas por su genio maléfico.
Por las modas pasadas, que sólo existen ya en los museos, advertimos que el propósito al implantarlas no fué la perfección, ni la comodidad, ni la gracia, sino lo caprichoso, lo mudable, fantástico y extravagante. Sin embargo, la adopción fué general en el mundo femenino. Ello se debe a que la moda es para la mujer como una segunda religión. Y el fanatismo en esta segunda religión se manifiesta en llevar la moda a sus términos más exagerados. Si se trata del miriñaque, darle más ruedo y amplitud que nadie; si del polisón, abultarlo más que las demás; si de la falda trabada, convertirla en manea. Así la moda va, poco a poco, por contagio, exagerándose, hasta que muere por sus propios excesos. La psicología de estas exageraciones reside en que no queremos pasar inadvertidas. Las mujeres nos ofendemos cuando nos miran mucho; pero nos ofendemos mucho más no mirándonos nada. Por aquí también anda el diablo en su doble forma de coquetería y soberbia.
El tema es muy vasto y abarca otros horizontes de crítica, fuera de la crítica al diablo, que yo no puedo tratar por mi escasez de conocimientos y limitada penetración. Entre estos aspectos está el económico. La constante variación de las modas parece que se relaciona con la crematística o arte de negociar. El otro día, leyendo un librito de anécdotas de Chamfort, referentes casi todas a la vida de Versalles, en los días de mayor esplendor mundano, encontré esta frase: «El cambio de las modas es una contribución que la industria del pobre impone a la vanidad del rico». Despréndese de este concepto que las mutaciones calidoscópicas de la moda están movidas por el anhelo utilitario del pobre. De aquí se deduce también que nuestros atavíos son obra de la fantasía del proletariado de aguja, y no fruto de nuestro propio espíritu creador ni de nuestro gusto estético. Así, pues, la responsabilidad de los adefesios en los atavíos que cubren a la burguesía femenina corresponde al pueblo que labora en los talleres de confección y al diablo que anda suelto por muestrarios y escaparates. Bueno es que lo tengan en cuenta los filósofos que tratan el problema social.
He consultado con mi marido el concepto económico de Chamfort sobre las modas. Mi marido, especialista, como sabéis, en la ornitología noctívaga de nuestras pampas, posee también vasta cultura en otras ramas del conocimiento humano, además de un buen juicio y un equilibrio fuera de toda ponderación. Es una gloria estar unida a un hombre tan inteligente. Quizá sea ministro de Agricultura en la próxima situación. Le sobran méritos para ello. Además, debo recordar aquí, por lo que pueda influir, que estuvo en el Parque. Bueno: pues mi marido me ha dicho que existe otro filósofo (se me ha olvidado el nombre) que retruca a Chamfort, diciendo que «las modas son el medio de que se vale el rico para alimentar al pobre». El concepto es diametralmente opuesto, y yo no sé cuál de los dos será el exacto. Mi marido, que es algo burlón, un ironista, un poco dado al titeo filosófico, que es la sal de la reflexión, dice que da lo mismo que tenga razón Chamfort o el otro, o ninguno de los dos. Y añade el muy tuno que la cuestión «fundamental» es que yo esté linda, sea cual fuere la filosofía de la moda...
LOS «TRAMITADORES»
Ya hemos hablado de la presentación en sociedad, del amor y su apariencia, del cariño, del espíritu nuevo que forma un largo convivir, del matrimonio, del «gancho», del «sí» y del «no» de las niñas, de las «planchadoras», de la moda y el diablo. Hemos tocado, en fin—tocar nada más—temas graves y temas ligeros, procurando dar un poco de gravedad a los ligeros y un poco de ligereza a los graves, siguiendo en esto el orden mismo de la vida que mezcla la alegría frívola y la tristeza profunda, el dolor y el placer, la risa y las lágrimas. Todos estos temas, tratados en forma somera e inhábil, a la buena de Dios, en parloteo superficial, de mujer exenta de ilustración y de luces literarias, son temas universales, empequeñecidos, claro está, por mi poquedad reflexiva y lo alicorto de mi espíritu de percepción. Ya sabéis que empiezo a escribir ahora. Y cuando se empieza a escribir, como cuando se comienza a hablar, es inevitable el balbuceo. Me faltan las palabras, huyen los conceptos, se eclipsan las imágenes y se me enreda el discurso. ¡Ay, Dios mío! Sufro lo indecible con este encrespamiento, con esta rebeldía de formas, rasgos, ideas y vocabulario. Y aunque el escribir tiene algo del «crochet»—y yo hago muy bien «crochet»—confieso mi desesperación al ver que el tejido de mi prosa es muy inferior al tejido de mis manteletas.
Pero, en fin, aunque desmañadamente, vamos entretejiendo estos rebeldes y dispersos hilos prosódicos. Los cuales, mal unidos y tramados, van formando, como decía, un pequeño tejido de pasiones universales. Ahora bien: anhelo que esta crónica se refiera a una modalidad de nuestra vida social, tan original en sus costumbres y rápidas evoluciones. Quiero hablar, en fin, de los «tramitadores» gracioso término aplicado a todas aquellas personas de algún viso social y mundano que tratan de introducir en nuestra aristocracia a personas sin abolengo, sin tradición familiar, a jóvenes y señoritas, y aun a familias enteras que, habiendo logrado la riqueza en estos saltos intempestivos, rápidos, insospechables, que aquí se operan en el trasiego de los bienes, desean, una vez opulentos, alternar con lo más dorado—pase el galicismo—de nuestra sociedad.
El tema es difícil, escabroso, complejo, oscuro y hasta un tanto laberíntico. Para exponerlo se requiere proceder con cierto método.
¿Qué es aquí lo aristocrático? Se compone, en primer término, de los apellidos procéricos, de los que figuran en la historia de la independencia nacional. Pero estos apellidos históricos, si no están sostenidos por la fortuna, que ejerce una influencia avasalladora, se ven relegados al olvido, al ostracismo social. Así, pues, para brillar, no basta el apellido histórico; hace falta el dinero. Constituyen también aristocracia aquellas familias que, no figurando en la historia patria, tienen vieja tradición de riqueza y que se han vinculado, por entronques, con familias históricas. Por último, existe el prestigio intelectual y político moderno; nombres que han figurado en nuestra última evolución republicana, en el ajetreo gobernante, político y parlamentario. Tales son las bases fundamentales de nuestra aristocracia.
Pero junto a ella, fundidos ya en su seno, figuran otros elementos, aquellos que han logrado la opulencia en las dos últimas décadas, en las cuales, mucho más que en el trascurso de la anterior centuria, se ha desenvuelto la prosperidad del país. Así, pues, la «haut» resulta un poco heterogénea, un poco mezclada y confusa, como toda nuestra vida. En Europa la aristocracia está nítidamente definida: la componen los que pueden ostentar un título nobiliario, otorgado, justa o injustamente, por los reyes, ya sea en antiguos pergaminos, ya en moderno y deleznable papel de barba. Pero siempre «papelitos cantan». Aquí no tenemos nada de eso, felizmente. Nos limitamos a decir: «apellido conocido», «gente bien», «buena familia». Estos títulos—que acaso sean los mejores, los verdaderamente meritorios—constituyen nuestra alta clase social. Mas, como va dicho, forman una aristocracia indeterminada, indefinible en el sentido estricto, compuesta de apellidos históricos (verdadera aristocracia dentro de la democracia republicana), familias de larga tradición de riqueza, nombres políticos del último siglo y elementos opulentos de la última hornada. Yo no sé explicar mejor el fenómeno: pero creo que lo dicho basta como esbozo de nuestro gran mundo.
Y vengamos al tema verdadero de nuestra croniquilla. ¿Cómo se entra en este gran mundo? Aquí empieza la función del «tramitador». No es difícil esta entrada, pues nuestro gran mundo es fácil, abierto, asequible.
El «tramitador» es persona conocida, «mozo bien», hombre, en fin, perteneciente a uno de los grupos en que hemos definido nuestra aristocracia. Se puede «tramitar» un joven, una niña y aun toda la familia. Generalmente, aunque se empiece por una sola persona, se acaba por tramitar a todo el grupo familiar. Comienza la acción tramitadora por grandes e hiperbólicos elogios de los tramitados, antes de la presentación. El padre, el jefe de la familia a tramitar, es un hombre lleno de méritos; tiene una estancia de diez leguas, pobladas por él mismo, con alfalfares magníficos y animales finísimos. «Hombres así hacen falta al país»—dice el «tramitador». Y tiene razón: estos son los hombres que hacen falta. Luego agrega que es una persona muy educada, muy discreta, muy agradable. Habla después del hijo: «es el mejor estudiante de derecho; saca siempre diez puntos y, socialmente, es de lo más fino, de lo más culto y muy amigo de sus amigos». Para la niña, para la hija del estanciero y hermana del futuro jurisconsulto que eclipsará un día la gloria de Justiniano, tiene el «tramitador» palabras justamente ponderativas: «es una monada; muy linda; toca el piano admirablemente; habla francés como una francesa y recita versos de Rostand; interesantísima la muchacha». El «tramitador» tiene también unos conceptos oportunos para la señora, para la consorte del terrateniente: «es muy sencilla, muy buena y muy caritativa». Por último resume así las condiciones de toda la familia: «gente de lo más bien».
Preparado el terreno, vienen las presentaciones. El «tramitador» está relacionado con todo nuestro gran mundo y le es muy fácil ir dando a conocer en los altos círculos a sus nuevos amigos.
Al aventajado estudiante le apadrina en su presentación de socio en el Jockey y le inicia en la vida de los clubs. Quizá le organice un banquete íntimo para celebrar sus triunfos universitarios, banquete al que asisten jóvenes muy conocidos, aunque estudian poco. No solo por estudiar son conocidas las personas. A la niña la recomienda mucho a sus relaciones femeninas y muy especialmente a unas parientas del propio «tramitador», señoritas distinguidas que figuran mucho en sociedad, las cuales toman bajo su protección a la neófita, logrando que sea invitada a las principales fiestas de nuestro gran mundo. El «tramitador», que todo lo prevé, tiene buenos amigos entre los cronistas sociales de los diarios. De manera que la señorita desconocida empieza a ser mencionada constantemente en las crónicas, entre lo más dorado de nuestra sociedad. Tiene también el «tramitador» algún pariente que ocupa alta posición en la política o en el gobierno. Y un día le presenta a su amigo, el rico estanciero. El terrateniente habla con el personaje político de problemas ganaderos y agrícolas, de la situación del país, de exportaciones e importaciones, de frigoríficos, de novillos y pastos, etc. Discurre con sensatez y equilibrio, aunque sin ciencia. Nutrido de realidad, su visión directa de las cosas suple con ventaja a los libros. El que siembra diez leguas de alfalfa es un economista que nada tiene que aprender de Leroy-Boulieau. Nuestro terrateniente queda muy complacido de haber alternado con el personaje. Al poco tiempo es nombrado por el gobierno para que forme parte de una comisión informadora sobre la extensión de la aftosa. Los diarios dan cuenta de sus interesantes opiniones sobre el punto. Con tal motivo el estanciero, oscuro hasta entonces, se torna conocido para todo el país, justamente conocido y respetable, pues tanto su labor como sus palabras contribuyen al progreso patrio. El «tramitador» no olvida nada. Por medio de unas parientas, matronas muy distinguidas y muy dadas a la caridad pública, hace que la señora del terrateniente sea incluída en la comisión directiva de una tradicional institución de beneficencia. Con esto la excelente señora alcanza también aquella figuración correspondiente a su edad, a su posición y a sus gustos.
Detalles más o menos, he ahí el proceso que lleva al brillo social a una familia que vivió siempre en una discreta penumbra. En breve tiempo su nombre, repetido por los diversos conceptos ya señalados, viene a formar parte de nuestra indefinida aristocracia, de nuestro gran mundo. Quizá algunas personas dadas a lo tradicional y castizo, apegadas a la ranciedad, no vean con buenos ojos estas improvisaciones. Sin embargo, es una de las condiciones más simpáticas de nuestra modalidad social, pues prueba su poder asimilativo en estos rápidos procesos de remoción que caracterizan nuestra vida colectiva. Pero este es un problema de sociólogos y economistas que no me corresponde ni puedo yo tratar. Quizá alguna vez cuente lo que mi marido, hombre de mucho seso, que lleva además un apellido de largo abolengo, piensa sobre este punto.
Entretanto, terminemos estos ligeros apuntes descriptivos con unas pocas palabras más sobre el «tramitador». ¿Qué móviles le inducen a ejercer estas tramitaciones? ¿Son ellas desinteresadas?
Muchas veces, sí. Una pura simpatía le guía. Otras veces, el espíritu democrático, latente en nuestra sociedad, no obstante ciertos anhelos de diferenciación de algún reducido grupo, lleva al «tramitador» a convertirse en lazo entre la burguesía que se forma rápidamente y la ya constituída. Pero hay también «tramitadores» interesados. Nuestro gran mundo se va volviendo un poco complejo. Y existen ya figuraciones difíciles en el orden económico, estrecheces doradas, angustias domésticas por no renunciar al brillo social, mantenido con arduos apuros y apreturas tristes, ocultas y silenciosas. De aquí que haya algún «tramitador» interesado. Alguna vez el jefe de la familia tramitada, hombre de gran poder económico, puede ayudar al «tramitador» en sus negocios vacilantes con sus influyentes relaciones bancarias y por los mil medios que tiene a su alcance la sólida opulencia. Otras veces, el «tramitador» se convierte en heredero de las diez leguas alfalfadas por medio de un matrimonio un tanto morganático, si vale expresarse así, en que se unen el brillo del nombre y el más opaco que da el campo bien alfalfado, aunque exento de gules. La vida es una serie de mutuos apuntalamientos, de combinación de anhelos, de asociación de aspiraciones diversas. Unos allegan o ponen el nombre; otros la sustancia. El que tiene nombre y no sustancia, quiere sustancia. El que tiene sustancia y no nombre, quiere nombre. En el fondo lo queremos todo: nombre y sustancia, y también amor. El equilibrio y la felicidad surgen de la obtención de lo complementario, de aquello que nos falta. En saber conseguirlo reside el secreto de la felicidad. Y por eso no debe decirse que existen matrimonios desiguales, ya que cada uno pone en esta sociedad divina y humana lo que al otro le falta, coordinándose así los deseos dispares.
En estos casos, salta a la vista que el «tramitador» se está tramitando a sí mismo...
LOS AFEITES
Los viajeros y turistas que visitan Buenos Aires con propósito de estudiar nuestra sociedad y nuestras costumbres suelen maravillarse de lo general que es aquí la belleza femenina. Llámales igualmente la atención la extraordinaria variedad en la hermosura. No existe, como en Europa, la uniformidad de tipo: rubias en el Norte, morenas en el Sur. En los viejos pueblos europeos se ha consagrado una copiosa literatura a la apología de estas distintas formas de belleza. Los poetas del Sur dicen que Dios concedió la mujer rubia a los pueblos del Norte para consolarlos de la ausencia del Sol. Los vates del Norte, por su parte, ven el infierno en los ojos negros de las mujeres del Sur. Pero sabido es que la poesía es el arte de la simplicidad y de la exageración, o de la exageración simplista, pues las pasiones, como todo fenómeno individual, nada tienen que ver con el color del pelo o el matiz del cutis. Y así, hay rubias muy exaltadas y volcánicas que viven entre las neveras y témpanos de Siberia, mientras no es raro ver en los cármenes del Mediterráneo morenas lánguidas y desmayadas, como sumidas en sueño letárgico a compás del vaivén de las hamacas. Así como las tormentas se producen en todos los puntos de la tierra, hay también ciclones pasionales en todas las zonas del espíritu universal. Lo único cierto es que la pasión es en el Sur más gritona, más aparatosa, más visajera; pero ello no quiere decir que sea más intensa. El loro alborota más con sus pasiones que el mudo pingüino, sin ser por esto más apasionado.
Como iba diciendo, la belleza es aquí variadísima. Difícil sería decir si hay más rubias que morenas, o más morenas que rubias. Lo que puede afirmarse es que cada una, en su tipo propio, es trasunto y dechado de la hermosura femenina. Se atribuye ello a la fusión de razas heterogéneas en este crisol argentino. Mi marido que, como sabéis, es muy inteligente, suele disertar de sobremesa acerca de este tópico, teniéndome a mí por amable auditorio. Según él, lo esencial de la hermosura es la salud, que ya por sí misma es una belleza. Y esta salud originaria la traen consigo los montañeses de todas las latitudes europeas que constituyen la mayor parte de la inmigración, montañeses no contaminados de la vida urbana y decadente de los viejos pueblos. A juicio de mi marido, este proceso social va creando en Buenos Aires el arquetipo de la belleza física. La atención que presto a cuanto dice—pues no tenéis idea de la elocuencia y solidez razonadora de mi esposo—es para él un estímulo intelectual, y así sus disertaciones sobre la belleza de la mujer argentina participan de la profundidad de la ciencia y del encanto del arte. Yo le escucho con gran gusto, y al sorprenderme de sus arrebatos líricos, me dice que lo atribuye al modelo que tiene delante... ¡Si es lo más gentil!...
Pero nuestras beldades, o algunas de ellas, se han empeñado en estropear o destruir con los artificios de afeites y pinturas su propia hermosura natural. Esta pésima costumbre, que ya estaba casi desterrada, vuelve a renacer ahora en forma alarmante.
¿Qué móvil puede guiar a la mujer que se pinta? ¿Engañarse a sí misma? Esto es pueril, pues dentro de nuestra propia conciencia sabemos que la belleza pintada—suponiendo que esta pintura lo sea—es una belleza pegadiza, falsa, histriónica. El anhelo de íntima perfección se funda, por otra parte, en no ensañarnos a nosotras mismas, ni en pensamiento ni en obra. ¿Engañar a los demás? Tampoco, ya que a la legua se ve que está pintada una cara. Y aunque no se viera, la intención del engaño no sería menos censurable. Entre la mujer que se pinta y la máscara no hay más diferencia que de grado de enmascaramiento. La que es linda no necesita pintarse, pues nada añade la pintura a su lindeza, antes la deforma y destruye. La que es fea, o poco agraciada, no conseguirá con inanes y fútiles ingredientes químicos aquella hermosura que le fué negada por la Naturaleza.
Esta tendencia de la mujer al afeite es muy remota y tiene raíces psicológicas o instintivas difíciles de descubrir. Ya en las cuevas de los trogloditas la mujer se pintaba, creyendo agregar con ello encantos a su figura. Las indias se pintaban también. Según Miranda, el historiador del Uruguay, las mujeres charrúas se hacían unas rayas azules perpendiculares, desde la frente a la mandíbula. No es, por lo tanto, el tocado pinturero fruto de nuestra civilización moderna y refinada. Tiene un origen salvaje. Esto debía bastar para que la tendencia fuera desterrada de nuestras costumbres. En este sentido, los hombres han progresado más que las mujeres. Entre los hombres existe también la pintura en forma de tatuaje. Pero ningún hombre distinguido la emplea. Sólo los marineros se pintan un ancla en los brazos o se estampan en el pecho el velamen y la arboladura del bergantín, la imagen náutica, en fin, del barco en que viven. Y esto es pasable, ya que tal pintura es el símbolo de su oficio, el emblema de su lucha épica con los elementos trágicos de la Naturaleza.
Pero ¿es posible pintar la belleza en un rostro en que no exista? Se simulará, por unas horas, la frescura, el color; mas no las líneas, que es donde reside la verdadera belleza. La contextura orgánica de un rostro, la armazón ósea, no hay pintura que pueda trasformarla, como los dorados de un chapitel no reforman la arquitectura de un templo torcido o contrahecho.
Me anticipo a reconocer la inutilidad del razonamiento en su aspecto fundamental estético. La mujer vana y superficial seguirá pintándose, con arreglo a los cánones que en la moda imperen. Porque también en esto de la pintura existe la moda. Nos lo demuestran unos versos clásicos de la comedia de Calderón de la Barca titulada «Eco y Narciso».
| «—Un tiempo se dieron |
| En usar ojos dormidos; |
| No había hermosura despierta, |
| Y todo era mirar bizco. |
| Usáronse ojos rasgados |
| Luego, y dieron en abrirlos |
| Tanto, que de temerosos |
| Se hicieron espantadizos. |
| Las bocas chicas, entonces |
| Eran de lo más valido, |
| Y andaban por esas calles |
| Todos los labios fruncidos. |
| Dieron en usarse grandes, |
| Y en aquel instante mismo |
| Se despegaron las bocas, |
| Y, dejando lo jasifo |
| De lo pequeño, pusieron |
| Su perfección en lo limpio |
| De lo grande, hasta enseñar |
| Dientes, muelas y colmillos.» |
En estos versos del clásico dramaturgo castellano está encerrada la evolución de la moda del afeite en el trascurso de su vida.
Se ha repetido hasta la saciedad que la cara es el espejo del alma. Este dicho vulgar tiene vida permanente por la verdad que encierra. Efectivamente, el rostro y, sobre todo, los ojos, constituyen, digamos así, el reflejo de nuestra vida interna. Las manos, los brazos, los componentes todos de nuestro cuerpo, no revelan nuestra personalidad psíquica. La revelación está en la cara y en la mirada. Ahora bien: ¿qué género de personalidad pueden acusar un rostro y unos ojos pintados? No será una personalidad real, con su espíritu revelado, sino una personalidad de farmacia o de fabricación química, esto es, lo menos personal que puede existir. De aquí que, el pintarse la cara, espejo del alma, equivalga a pintarse el alma misma.
Las deducciones que de estas premisas se desprenden son un poco escabrosas. No hemos de hacerlas. Sólo diremos que ni el enmascaramiento físico, ni el moral, duran en la vida, ni puede fundarse felicidad alguna en tales y tan deleznables artificios.
Con todo, puede admitirse en las jóvenes este pueril error de pretender acentuar con afeites su propia belleza. El deseo de agradar implica siempre una forma de generosidad. También supone egoísmo (los instintos son muy confusos y contradictorios) ya que pretende acrecer con este recurso falso la hermosura natural. Pero ¿qué decir de las señoras de edad, casadas, con prole, quizá con nietos, que se pintan? Una dama, entrada en años, luchando con el tiempo en su tocador, constituye el espectáculo más grotesco y risible que pueda darse. Las canas y las arrugas ennoblecen a quien sabe llevarlas. ¡Anular el tiempo con afeites! Debajo de la pintura está visible la realidad; y el aparentar treinta años, cuando se tiene cincuenta, sólo revela que los veinte de diferencia no han dejado en nuestro espíritu la gravedad de pensamiento que da el tiempo. La impresión de ridiculez que nos produce una vieja pintada dimana de que sus ideas no concuerdan con el reposo y la serenidad correspondientes a los años que tiene. En las jóvenes la pintura es, en el fondo, una coquetería, y queda muy mal el coqueteo a cierta altura de la vida. El rasgo esencial de la vejez es un tranquilo desengaño, y causa risa ver una mujer engañándose a sí misma de que aun no está desengañada. Según Schopenhauer (la cita va por cuenta de mi marido, que lee filosofía alemana) las ideas y los sentimientos deben ser concordes con la edad y la experiencia adquirida en la vida. El afeite en las viejas viene a ser algo así como una chochera pictórica. Y la chochez, respetable cuando es natural, resulta risible cuando se opone vanamente por medio de estos artificios a los estragos del tiempo, pidiendo a la química de tocador la juventud y la belleza que huyeron.
Nada más bello que el rielar del alma en el rostro, revelando nuestro estado emocional, el pudor, el sonrojo, la dulce alegría, todos los movimientos espontáneos de nuestro espíritu. La pintura es una ficción teatral, histriónica, cosa, en fin, de la farándula. Todas las artistas se pintan, a fin de dar la sensación de los distintos personajes representados. Pero una señorita distinguida no debe representar más que un solo papel, el suyo, el natural, el que le asignó la Providencia al crearla. Su carrera natural es el matrimonio, y la vida íntima y familiar no debe convertirse en una comiquería. Si yo fuera hombre no me casaría con una señorita que cambia de color su pelo. Tendría mis sospechas de que un día pudiera cambiar también su condición espiritual, y aun su misma adhesión; que quien no es constante consigo misma, con su propia naturaleza, con sus propios atributos físicos, puede extender a cosas más graves su frívola veleidad. En la propensión a lo teatral hay siempre algún peligro. En la Edad Media se hacía un mundo aparte del mundo teatral. No todo era absurdo en los tiempos medioevales, digan lo que quieran los historiadores y sociólogos modernos.
La mayor hermosura es la sinceridad, en la cara y en el alma, en la figura moral y en el espejo que la refleja. Y vaya, para terminar, este humilde consejo: el mejor afeite es el agua fresca. Nos la echan para cristianarnos. Usémosla siempre cristianamente...
LAS PACES
Las paces, así, en plural, constituyen un problema no menos arduo que la paz, en singular.
La paz se refiere al retorno a la tranquilidad y al sosiego de dos o más naciones en lucha, o de varios partidos enzarzados en guerra civil y fratricida. Las paces aluden a la avenencia y reanudación del amor en el matrimonio después de la discordia.
Aunque a primera vista parezca lo contrario, es más fácil hacer la paz que «hacer las paces». Ya oigo exclamar: ¡Qué paradoja! No hay tal paradoja; espero demostrarlo. Lo que ocurre es que la diferencia de magnitud entre ambos conflictos, el conyugal y el internacional, hace creer a los espíritus superficiales que este último tiene un arreglo infinitamente más difícil que el primero. Esto es un error de juicio, que consiste en atribuir a la extensión de la trifulca o pelotera internacional móviles más irreductibles a concordia que aquellos que determinan las disidencias y ciscos conyugales. Las guerras no son más duraderas porque sean más grandes. Hay guerras chicas que no se acaban nunca. Ninguna guerra internacional dura treinta años, mientras existen matrimonios que llegan como el perro y el gato a las bodas de diamante. Basta este hecho para probar que es más fácil hacer la paz que «hacer las paces».
Y el fenómeno se explica fácilmente. Para hacer la paz hay reyes, diplomáticos, cancilleres, ministros, políticos, gobernantes, etc., todos los que han lanzado a los pueblos a la pelea. Para «hacer las paces» no hay acción intermediaria y pacificadora, porque los guerreros—los cónyuges—empiezan por ocultar su propia guerra. En las guerras internacionales los combatientes sienten el orgullo y el honor de la pelea. En las guerras conyugales, por el contrario, se siente la vergüenza de mantenerlas. Y por eso se ocultan. Los cónyuges simulan la paz sin estar hechas las paces, ofreciendo al exterior una dulce concordia, mientras la guerra civil arde en casa. Esta incomunicación de la guerra con el medio exterior es precisamente lo que dificulta «hacer las paces». Así, pues, los contendientes, los cónyuges, han de buscar, en medio de su contienda, los métodos y las maneras de apaciguar su discordia. Y aquí está, precisamente, la dificultad. ¿Cómo ser simultáneamente, guerreros y diplomáticos, actores e intermediarios? ¿Cómo suspender las hostilidades? Dicho sin metáforas, en lenguaje directo: ¿Quién ha de ceder primero? ¿Quién de los dos se anticipará a ofrecer el beso o el abrazo de reconciliación, forma protocolar de los armisticios conygales?
Ya se ve, pues, que no hemos exagerado al decir que es más fácil hacer la paz que «hacer las paces».
Ahora bien: discurramos un poco sobre los mejores métodos para concertar armisticios conyugales y llegar a la armonía definitiva. Se trata de un punto psicológico complicado, del cual depende el renacimiento de la dicha eclipsada.
Desde luego, sólo aludiremos a desavenencias exentas de gravedad. No queremos referirnos a esos conflictos insolubles dimanados de la deslealtad, de haber faltado a la fe jurada ante los altares de Dios y las leyes humanas. He aquí—volviendo a nuestro primer argumento—uno de los casos en que es más difícil «hacer las paces» que hacer la paz. Ninguna paz es irrealizable, mientras que hay paces que son imposibles en absoluto.
Un disgusto por causa sin importancia puede agrandarse hasta la tragedia. La intemperancia en las palabras, la ira, la cólera, un concepto envenenado, un gesto desdeñoso, pueden convertir una fruslería en odio ardiente, en sordo rencor, en desamor repentino, irreconciliable. Del amor al odio, aunque parezcan estados de ánimo antípodas, no hay más que un paso. Y cuanto más sensibles y más espirituales son los cónyuges, más rápidamente se pasa de un estado a otro. Los temperamentos arrebatados lo mismo se arrebatan hacia la derecha que hacia la izquierda. A una gran capacidad de amor corresponde una gran capacidad de rencor y de odio; pues en los espíritus ricos en sensibilidad y emoción, cada sentimiento tiene su contrafigura. Quien es capaz de amar mucho es también capaz de odiar sin límites. Sólo en el teatro se ven personajes cuyos sentimientos tienen una sola dirección; es lo que se llama unidad de carácter. Pero la vida es muy distinta de como se ve en el teatro, cuya literatura es la más inferior y simplista. No hay tal unidad en la vida psíquica de ninguna persona real, de carne y hueso, con su espíritu complejo, ondulante y variable, con sus pasiones en lucha consigo mismas y con las pasiones, anhelos y deseos de los demás. Una sensibilidad muy fina, como flor del aire, nos puede hacer muy felices, pero también muy desgraciados: nos dará grandes ilusiones, contentamientos exultantes y desbordados, y también tristezas agobiadoras y melancolías profundas. A un alma muy amorosa y tierna le hiere una injusticia, una mala palabra, un concepto descortés, un acto egoísta, en una forma mucho más aguda que a los seres de sensibilidad normal. Y así su ternura y su exquisitez sentimental reaccionarán al punto violentamente en sordo rencor. No se confunda el rencor con la venganza; se puede ser rencoroso sin ser vengativo. La venganza es pasión baja, innoble; el rencor, metido como un ascua en el alma, es un sentimiento producido por una ofensa a las mejores cualidades de nuestro espíritu. Y siendo éste bueno, será rencoroso, pero no vengativo, pues la propia idea de su figura moral, de su noble condición, le impedirá dar escape al rencor en venganza.
Gran parte de estas reflexiones se las debo a mi marido, que es tan inteligente como bueno, pues ya supondréis que yo me perdería en estas complejidades psicológicas y en estos distingos sutiles entre venganza y rencor.
Decíamos que el máximo amor está muy cerca del repentino y máximo odio. Si Romeo y Julieta, en medio de sus coloquios y deliquios, «bajo la pálida gracia elísea de las noches de luna» hubieran tenido una palabra hiriente o un concepto depresivo, aquel su estado de gloria se habría interrumpido al instante, y el vivo rescoldo de su amor se tornaría en llamarada de odio, o en triste y helada melancolía, o en torvo rencor, aunque luego desapareciese tal estado de ánimo para retornar al amor.
¿Cómo realizar este retorno? Aquí está nuestro problema. Hay que «hacer las paces». Ya oigo la respuesta. Debe empezar el que tenga la culpa del disgusto. Pero es el caso que cada uno de los cónyuges cree que la culpa la tiene el otro. Y como no hay cancilleres ni diplomáticos en esta guerra, oculta entre cuatro paredes, es ella insoluble, mientras uno de los contendientes no se rinda a discreción.
Corresponde a la mujer rendirse, con razón y todo. No es voto sospechoso el voto de una mujer. El amor propio, la terquedad, el hincapié, la persistencia testaruda, son condiciones que no favorecen a nuestro sexo. Nuestra fuerza está en nuestra debilidad. No sé quién ha dicho que debe emplearse más presteza para sofocar un resentimiento que para apagar un incendio. Y si el resentido es el marido, la presteza debe ser mayor. Una palabra dulce calma la ira. Nuestras respuestas, sin dejar de ser veraces, han de ser suaves, tranquilas, bondadosas, con arreglo a esta bella fórmula de San Francisco de Sales: «Quien te dice una verdad con cortesía te echa rosas a la cara».
La mujer ha de ser abeja cargada de miel y desprovista de aguijón. Nuestra mayor victoria es el dominio sobre nuestros nervios; la sensación más exquisita es regir nuestra sensibilidad. «La perfección está hecha con nadas y es algo más que nada la perfección»—dice Miguel Angel, que sabía modelar, no sólo las figuras, sino también las almas—. Es una desdicha que nuestro propio carácter sea el obstáculo de nuestra felicidad. «Nada puede hacerme daño, excepto yo mismo—dice San Bernardo—; el mal que me agobia lo llevo conmigo y jamás sufro realmente sino por mi culpa». Alude el santo varón a los disgustos que dimanan de nuestro carácter, de nuestra irritabilidad, de nuestra intemperancia, de los enconos de nuestro pobre corazón.
Como véis, gústame leer a los escritores santos, o a los santos escritores. Y entre éstos el que más me place y divierte es San Juan Crisóstomo, un detractor furibundo del sexo femenino, que llama a la mujer «un mal necesario», «una tentación de la Naturaleza», «una fascinación mortal» y otras cosas por el estilo. San Juan Crisóstomo—perdóneme el santo varón—debió llegar a la santidad por la influencia desgraciada de algún desengaño amoroso. Si así fuera, debía ser más justo con nuestro sexo, ya que, gracias a los desvíos de alguna ingrata, pudo alcanzar su estado de perfección y de gloria eterna.
Pero este santo misógino (así me dice mi marido que se llama a los enemigos de la mujer) era, por lo demás, hombre de mucho talento. Yo leo constantemente su definición de la paciencia, una de las principales virtudes de la mujer. Esta definición encierra el mejor método para «hacer las paces», y aun para evitar toda guerra conyugal. Divide la paciencia en nueve grados o mandamientos. «El primer grado de la paciencia es no empezar la injusticia; el segundo, después que el otro la empezó, no vindicarse de igual manera; el tercero, no hacer al que veja lo que tú padeces; el cuarto, atribuirse a sí misma los males que sufre; el quinto, atribuirse más que lo que quiere el que lo hizo; el sexto, no odiar al que hace estas cosas; el séptimo, amarle; el octavo, hacerle bien; el noveno rogar a Dios por él».
Olvidemos las diatribas de San Crisóstomo a nuestro sexo, en gracia a este consejo tan prudente, tan profundo y tan bello, verdadero resumen de la bondad.
Anticipémonos siempre a «hacer las paces». No detenga nuestros generosos impulsos un erróneo empeño de amor propio. Quede siempre ahogado el amor propio por el amor conyugal. El marido lucha con los demás hombres por nuestra vida y por la prole común. Un día llega un poco irritado a casa; quizá tiene una intemperancia, un gesto agrio, fruto de su desazón. Seamos sedante, y que nuestra palabra dulce y animosa le haga olvidar los disgustos y penalidades en el tráfago de la vida.
Yo tuve una vez un pequeño disgusto con mi marido por una futesa, por una nonada. De pronto, sin pensarlo, dile una respuesta airada. No me contestó. Quedóse triste y melancólico. Vi todo lo que pasaba por su espíritu; me pareció que su amor y la alegría, dimanada de este mismo amor, se derrumbaban; que ya no me querría nunca como siempre me quiso. ¡Ay, Dios mío! ¡qué pena! ¡qué angustia! Era necesario arreglar aquello en seguida, sincerarse, pedir disculpa, «hacer las paces». Yo no pensaba si tenía o no razón. ¿Qué importaba esto? Lo importante, lo abrumador para mí era que se había quedado triste y serio, melancólico y apenado en mi compañía, que fué siempre su mayor alegría. Una ola de lágrimas se agolpaba a mis ojos y un nudo de angustia cerraba en mi garganta el paso a toda palabra.
Se puso a leer un libro de filosofía alemana, uno de esos libros que, por su profunda aridez y sequedad, levantan cefalalgias. Yo advertía que no se enteraba de nada, tanto por la propia oscuridad del libro (creo que era de Kant) como por su estado de ánimo. La intrincada filosofía no llegaba a su espíritu, en el cual sólo había la espina clavada de mi pequeña ofensa.
En tales circunstancias tuve un rasgo luminoso. Fuí a mi pequeño anaquel, donde tengo mis libros preferidos. Tomé uno de Keble, el dulce místico y lírico inglés. Lo abrí por una página señalada con una cintita azul. Me acerqué, trémula, a mi marido; puse mi dedito índice, todo tembloroso, sobre unos versos y le dije: «¿Quiéres leer esto?» Leyó:
| «¡Ah, qué dulce es la sonrisa |
| Del hogar hermoso y tibio, |
| La recíproca mirada |
| Que denuncia regocijo, |
| Cuando al fin dos corazones |
| Se han fundido en uno mismo. |
| Y uno en otro confiados |
| Viven en su amor tranquilos. |
| ¡Ah, qué santas alegrías! |
| ¡Ah, qué goces no sentidos |
| Vuelan como blancas hadas |
| Por la cuna de los hijos! |
| ¡Cada cuadro es un recuerdo, |
| Cada mueble es un amigo, |
| Cada lágrima es un beso, |
| Cada dicha es un suspiro!» |
Mi marido abrió los brazos. ¡Qué alegría, Dios mío! Y es que no hay canciller como un poeta lírico para «hacer las paces...»
CROTALOGIA
Frecuentemente recibo cartas en que se comenta las croniquillas que vengo publicando en esta página femenina. En estas cartas hay de todo: críticas, asentimientos, discretas censuras, aplausos, observaciones oportunas y algunos disparates. Sin ponerme colorada, agradezco los elogios que mis amables comunicantes dedican a mi estilo. Yo no escribo bien. Creo, además, que no escribe bien nadie, ni aun los que mejor escriben. La mayor parte de las operaciones del alma y de los movimientos del espíritu son irreverables en lenguaje articulado. Ninguna forma idiomática existente puede asir y aprisionar lo recóndito de nuestra vida interna. Con la palabra sólo puede expresarse lo vulgar de la vida. Lo importante, lo profundo, lo inefable, jamás se logra traducir con lenguaje. Hay en el alma muchas cosas confusas que no tienen nombre en ningún idioma. De ahí que sea la música, con su inconcreción y su infinitud indefinida e indefinible, el arte embriagador por excelencia. El sonido expresa lo inexpresable, milagro que nunca logra la palabra. Por eso un ¡ay! solamente y, sobre todo, el quejido que acompaña a la emisión de la sílaba, dice más que todo un tomo de filosofía sobre el dolor. No sé si me explico. En todo caso, ello demostraría una vez más (aparte mi torpeza literaria) que el instrumento verbal es insuficiente para traducir la onda espiritual. Y por ello doime ahora clara cuenta de la razón de mi marido al decir que cuando mejor me comprende es al oirme cantar. Yo canto un poquito, no como una tiple, sujeta a puntuación musical, a corcheas y semicorcheas, fusas y semifusas, sino como un jilguero que saluda a cada aurora con trinos distintos emitidos por su pico improvisador. Por mi parte, cuando mejor comprendo a mi marido es al mirarme en silencio, a hito mudo. Una mirada así expresa mejor lo inexpresable que toda expresión hablada.
Bueno... Tornemos a las cartas. Entre ellas me he fijado especialmente en una que debe proceder de una muchacha joven y bonita. «¿Y cómo sabe usted que es bonita y joven?»—preguntarán mis lectoras. Deduzco que es joven por los conceptos que emite. El tiempo no sólo imprime cambios en nuestro rostro, sino también en nuestras ideas. Y me imagino que es linda por la ortografía y la sintáxis que gasta, pues rara vez la belleza física y la belleza gramatical andan juntas. Generalmente las feas saben más gramática que las bonitas; suelen ser más aplicadas, sin duda porque les roba menos tiempo el espejo. No tiene, por otra parte, gran importancia la perfección ortográfica en una mujer bonita. Su sola presencia, aunque su ortografía sea imperfecta, será siempre más grata que un texto de Séneca. Además, como una mujer linda habla con los ojos, apenas se requieren otros métodos de expresión. Comprendo que todo esto no es pedagógico, pero quizá sea verdad, y si no lo fuese, téngase en cuenta que no será la primera cosa inexacta que se ha escrito en este mundo.
En la referida carta se viene a decir que las anteriores crónicas son excesivamente graves y un tanto sermonarias, a pesar de ir envueltos los temas en una ligera ironía, en un «pequeño chichoneo», según palabras textuales de mi comunicante. Agrega que debo tratar asuntos más divertidos, más alegres, como fiestas, bailes, saraos, etc.
Reconozco la razón de la señorita que me escribe. Y ello me demuestra que no es absolutamente necesaria la ortografía para razonar bien. Deseo, pues, complacer a mi bella comunicante. Y con tal fin elijo por tema de esta crónica la crotalogía, es decir, el arte de tocar los crótalos, nombre que los divinos griegos daban a las castañuelas. Creo que mi comunicante quedará complacida, pues no hay nada más alegre que unas castañuelas. El tema sólo corre el peligro de no estar bien tocado. Pero téngase en cuenta que si no es cosa fácil tocar bien las castañuelas, aun es más difícil escribir sobre ellas, abarcando todos los puntos de su historia gloriosa y de su significación en el arte y en la sociedad durante el trascurso de los siglos, a través de las edades clásicas y de los modernos tiempos.
Conviene anticipar que la palabra crotalogía no es invención mía. Sirve ella de título a un libro escrito en el siglo XVIII por el señor licenciado Francisco Agustín Florencio. En mi pequeña biblioteca guardo un elegante ejemplar como un tesoro bibliográfico. Divídese la obra en catorce capítulos luminosos y repiqueteadores que encierran la monografía más perfecta y acabada del arte castañuelero. El licenciado, hombre de una probidad admirable, declara que no sabe tocar las castañuelas, lo cual no impide que enseñe en catorce capítulos cómo han de tocarse. Para enseñar una materia no es absolutamente imprescindible saberla, cosa que se observa en la «Crotalogía» del licenciado Francisco Agustín Florencio y en casi todas las cátedras de las Facultades modernas.
Pero el ilustre licenciado tiene un precursor eminentísimo en esta apología de las castañuelas. Nada menos que Plinio, el gran Plinio, el Joven, se le anticipó en muchos siglos en el elogio. Plinio, el autor de las «Cartas» (catorce volúmenes) y del «Panegírico de Trajano» (oración memorable), habla del excesivo lujo que las señoras romanas usaban en las castañuelas.
Porque es de advertir que en la Roma de los tiempos del emperador Trajano, las castañuelas se formaban con perlas. Pero dejemos la palabra al licenciado Francisco Agustín Florencio, el cual dice en su imponderable «Crotalogía»: «A estas perlas preciosas les hacían sus agujeritos por la parte superior: de este modo las juntaban de dos, tres o más y las traían pendientes de los dedos, agradándose sumamente del sonido que hacían dando unas con otras: así formaban un preciosísimo instrumento que tocaban con los dedos, además de un adorno gracioso y rico: y a lo uno y lo otro llamaban «crotalia», esto es, «castañuelas».
Debió existir en aquellos siglos una competencia terrible de boato y esplendor entre las damas, pues Plinio, literato oficial de Trajano, pero austero y solemne moralista, a pesar de su adulación forzosa al gran emperador, dice en un pasaje de sus «Cartas»: «Supuesto que los hombres han mirado siempre como una obligación, dictada por la misma Naturaleza, el complacer a las damas, amarlas y servirlas, se han visto también precisados a sufrir algunos excesos en que les ha hecho caer su natural propensión a adornarse y a emplear en su servicio las mayores preciosidades de la Naturaleza»: Alude Plinio en estas palabras inmortales a las perlas que las señoras romanas usaban como castañuelas. Y agrega el licenciado Francisco Agustín Florencio en su «Crotalogía»:
«Llegaron éstas (las damas romanas) a tal extremo en su lujo, que escogían entre muchas perlas preciosas, o margaritas, aquellas que, además de ser de una grandeza extraordinaria, tenían la figura redonda por un extremo y piramidal por el otro, de modo que asemejasen a una almendra».
Trajano, el insigne emperador romano, llamado el Optimo, era español, de Itálica (Andalucía) y fué muy dado a la galantería y a todo lo que significara esplendidez y rumbosidad. No fué un emperador economista, ni un ahorrativo, ni un roñoso de Estado (valga la frase); que tales cualidades no son propias ni del español antiguo ni del moderno. El español tendrá todos los defectos que se quiera menos el de «amarrete» con las damas y el de ser económico en los gastos del Estado. Así se explica que Trajano estimulara el lujo y la fastuosidad, convirtiendo los metálicos crótalos griegos en castañuelas de perlas. Sin duda presentía que, al andar de los siglos, serían las castañuelas el instrumento nacional femenino de su patria nativa, independizada del imperio romano. De manera que los «paliyos» no son una creación española: vienen de Grecia, pasan por Roma y arraigan en España, la cual agrega el jaleíto, los ¡olé! ¡olé! estimulantes del palitroqueo. Por uno de esos movimientos inconscientes del espíritu, Trajano, desde su solio de Roma, tuvo la intuición (el genio es intuitivo), de que aquél instrumento sería la manifestación natural de la alegría exultante de su tierra nativa.
Hasta aquí llega lo que podríamos llamar la prehistoria de las castañuelas. La historia moderna es familiar a todos los oídos; el repiqueteo está en todos los tímpanos. La castañuela está ya tan difundida en el mundo como el arpa eólica en los cielos.
Pero conviene recoger algunas observaciones del licenciado Francisco Agustín Florencio estampadas en su monumental «Crotalogía». Habla extensamente de las maderas que deben emplearse en la construcción del instrumento: el granadillo, el nogal, el boj, el palosanto, el sándalo, el tíndalo, etc., etc. El autor se inclina, finalmente, por el marfil teñido, influído, sin duda, su espíritu por las rumbosidades de Trajano que prefería el leve y sutil sonido de las perlas.
Habla luego el licenciado de los colores de las maderas en contraste con el cutis de las tocadoras. Y así aconseja que se armonicen, usando las morenas castañuelas blancas, y las rubias que empleen las de palosanto, ébano y otras maderas oscuras. Por último habla de la correspondencia que debe existir entre las cintas de las castañuelas y las de los zapatos, cofias y redecillas. Al señor licenciado no se le olvida nada que signifique armonía y gracia plástica.
El último capítulo de la «Crotalogía» está consagrado a la manera de aprender a tocar sin necesidad de maestro. Es el capítulo más genial de la obra. Como el licenciado, según su propia declaración, no sabe tocar, tenía que inventar un método en que el maestro no fuera necesario, o mejor dicho, en que sólo la lectura de su «Crotalogía» nos pusiera en condiciones de repiquetear. Así como de la lectura atenta de un tomo de filosofía se sale al cabo filosofando, de la lectura de la «Crotalogía» se sale también castañeteando.
La idea del licenciado Francisco Agustín Florencio de suprimir la enseñanza práctica se ajusta a la pedagogía moderna, en la que todo está librado a la eficacia de los textos por sí mismos. Por otra parte, no existiendo solfa ni partituras para tocar las castañuelas, la «Crotalogía» es imprescindible y viene a llenar esta evidente deficiencia de los compositores. Para tocar las castañuelas no hay más que traducir el propio capricho digital, la interna nerviosidad cuyo último escape está en la punta de los dedos. Ahora bien: como los nervios son distintos en cada criatura, el licenciado no podía prever tan enorme variedad, y así ha preferido eludir toda previsión, que es una forma de tenerlo todo previsto.
Respecto a la gracia, siendo ella don divino, cae fuera de la acción pedagógica del licenciado don Francisco Agustín Florencio. Las castañuelas es el único instrumento no sujeto a pautas ni a solfas. Cada cual las toca como le da la gana, en libre inspiración, y aquí está principalmente la razón de su arraigo en España, después de haber pasado por Grecia y por Roma.
Espero que habré dejado complacida a mi bella comunicante. El tema de esta crónica no puede ser más alegre. Pero si yo, con mi tendencia a la gravedad, lo hubiera entristecido, lea mi amiga la «Crotalogía» del licenciado Francisco Agustín Florencio, que es un libro clásico muy divertido. Y si aún asimismo no consiguiera alegrarse, átese los «paliyos» a los «dediyos» que han de ser seguramente muy remononos, y dése tres «pataítas», con el cuerpo retrechero en jarras y los brazos en vuelo, que es la postura de los ángeles terrestres. Desde aquí la acompañará mi jaleo con los sacrosantos: ¡olé! ¡olé!...
ROSALIA EN «LOS CARPINCHOS»
La crónica de esta semana me la da hecha una carta que acabo de recibir de mi mejor amiga, compañera en el colegio y luego en los salones, Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Cámpora. Esta retahila de apellidos merece una pequeña explicación. Mi amiga es rica por sí y por su marido, aunque ha venido un poco a menos, cómo ella misma explica en su carta, debido a dos causas coincidentes: el excesivo gasto del matrimonio en Buenos Aires y ciertas especulaciones malogradas por la crisis. La fortuna de Rosalía arranca de su abuelo, el vasco Arregui, hombre tenaz y laborioso, que empezó de alambrador de campos y terminó en gran estanciero. La de Ricardo, el esposo de mi amiga, proviene igualmente de su abuelo, el señor Pérez, uno de los primeros registreros de la calle Rivadavia, allá por los tiempos de la presidencia de Sarmiento. El segundo apellido de Rosalía, el sonoro del Moral, pertenece a nuestro patriciado del año 19, época del directorio de Pueyrredón, del cual fué muy amigo y eficaz colaborador don Sofanor del Moral, ascendiente de Rosalía por línea materna. El segundo apellido de Ricardo, el resonante y prestigioso Cámpora, viene de un bizarro coronel, don Márcos Cámpora, que acompañó a San Martín en su gran campaña del paso de los Andes. Así, pues, los dos primeros apellidos, Arregui y Pérez, representan la creación de la fortuna en su doble actividad, comercial y pastoril. Y los dos segundos, del Moral y Cámpora, significan el abolengo, la tradición, la historia patria. Y es natural que Rosalía luzca estos dos apellidos aristocráticos junto a los otros oscuros, aunque meritorios. En las crónicas sociales el nombre de mi amiga ocupa tres líneas, bien merecidas, desde luego, ya que ella resume en sus cuatro apellidos la historia militar y política del país y la representación de los modernos progresos económicos. Claro está que la significación social de mi amiga reside en los dos segundos apellidos. A ellos debe—y muy justamente—su merecida representación en nuestro gran mundo. Con los apellidos de Rosalía ocurre lo que con los hombres del Evangelio: «Los últimos serán los primeros». Pero ello no quita para que los manes y cenizas de los primitivos Arregui y Pérez sientan cierto íntimo orgullo por su entronque con Cámpora y del Moral.
Ahora, he aquí la carta de mi amiga Rosalía:
«Los Carpinchos», julio 15 de 1916.
Queridísima Marianela: No te puedes figurar cuánto te recuerdo desde este retiro de «Los Carpinchos» donde voy pasando el invierno, si no como en la gloria, por lo menos como en el limbo, que es el lugar intermedio entre la gloria y el infierno. No hay que ser ambiciosa, queriendo alcanzar el cielo de un solo golpe. Leo tus crónicas femeninas y me río mucho con ellas, porque te leo entre líneas, que es lo más divertido en toda la lectura. Pero, para leer entre líneas, es necesario conocer mucho el espíritu y la vida de quien escribe; saber por qué dice ciertas cosas; qué fin tienen determinados conceptos; a quién se dirige tal frase; cuál es el objeto de tal palabra; ver, en fin, la intención que guió la pluma. Y como yo te conozco tanto, puedes imaginarte lo que me divierto leyéndote. A Ricardo le digo siempre: «Mira, esto lo dice Marianela por las de Fulano, y estotro por las de Zutano, etc.» De manera que, ante mi marido, yo vengo a poner ilustraciones en el texto. Si estuvieras aquí ¡cuánto nos reiríamos! ¿Por qué no vienes a pasar unos días? Ya sabes que tenemos buena casa y bastantes comodidades, aunque sin lujo, porque, hijita, hemos venido a trabajar, a ver si nos rehacemos de los disparates cometidos, que ¡ay! no han sido pocos.
Mi vida en «Los Carpinchos» trascurre dulcemente. Al principio me aplanaba esta soledad; me aburría como una ostra, como dice nuestro noble amigo, o nuestro amigo el noble. Pero luego, poco a poco, fuí viendo que entre los cuatro terrosos tabiques de un pobre rancho existen las mismas pasiones, las mismas inquietudes, los mismos anhelos, las mismas desventuras y las mismas alegrías que en la ciudad más populosa. Es cuestión de saber ver, de fijarse, de poner interés en cuanto nos rodea. El espectáculo del mundo, más que en el mundo mismo, está en los ojos que lo contemplan. La humanidad es igual en todas partes, en «Los Carpinchos» y en el teatro Colón. «Visto un león, están vistos todos los leones; vista una oveja, están vistas todas las ovejas»; y vista una persona, casi están vistas todas las personas. ¡Qué bien dirías tú todo esto que yo no acierto a expresar sino en términos de una humilde pastora! Aquí hay amores, odios, despechos, celos, ambiciones, vanidades, todo ello en cuatro ranchos, lo mismo que en las ciudades. Tenemos dos puesteros que andan detrás de la cocinera; uno de ellos es ahorrativo y laborioso; el otro es un perdulario que, «vuelta a vuelta» está en la pulpería, muy guitarrero y cantor. Pues la cocinera prefiere a éste, que no va con buen fin, y no al otro, que quiere casarse de veras. Y es inútil que yo la diga nada. En cambio, tenemos una chinita a quien le gusta mucho el laborioso y ahorrativo, pero éste está entusiasmado con la cocinera y no hace caso de la chinita. Pon ahora celos tormentosos, ansiedades, odios ardientes, angustias, todo, en fin, como en las ciudades; sólo cambian los trajes; en lugar de frac, chiripá; en vez de vestido de seda y escote, una faldilla de percal y un pañuelo al cuello. Pero, por debajo de unos y otros atavíos, los instintos son los mismos y los corazones arden igual.
Por lo demás, mi vida trascurre dulcemente. Cuido de las gallinas, que son de lo más ponedoras; tengo también una pollada de patitos, que no te puedes imaginar lo que gozan cuando los llevo a una lagunita que hay inmediata a la estancia. Los días claros me entretengo en contemplar los reflejos del sol en sus plumas azules. Están lindísimos los patitos. Tengo también una pareja de cisnes, a los cuales sólo les falta el esquife de Lohengrin. ¡Qué fastuosos y qué infatuados son estos cisnes! Nadan entre los patos con el aire de dos señores feudales entre una plebeya y vil democracia. Doy también grandes paseos por el campo. Y me quedo horas muertas mirando los teros. Me entusiasma este pájaro, tan elegante, tan señoril, tan paquete, tan erguido, tan gracioso en su manera de caminar. Parece que va siempre vestido de frac, con las plumas tan planchadas, pulcro, coquetón, peripuesto, andando despacito por la pampa, como si fuera la platea, y volviendo la cabeza a un lado y otro, acompasadamente, cual si hiciera a los palcos el regalo de su mirada. Las dos puntitas rojas que tiene en el codo de las alas parecen los símbolos de una condecoración. Lástima que toda esta gracia y toda esta elegancia las eche a perder cuando vuela y cuando chilla. Su vuelo es tardo, desigual, como de beodo en los aires; su chillido es inarmónico, estridente. Posado y andando, en cambio, tiene una finura y una delicadeza encantadoras. Nunca debía levantarse del suelo ni abrir el pico. Es como esos buenos mozos que pierden mucho cuando hablan.
Después, en casa, leo, toco el piano, tarareo la ópera que se va a dar en el Colón, me entero de lo que dicen los diarios, de los noviazgos, de las reuniones, bailes y fiestas. Entretanto, Ricardo trabaja en el campo; cura ovejas, marca novillos, hace apartados, traza nuevos potreros, levanta alambrados. No te puedes imaginar la actividad que desarrolla. Va poniendo la estancia que es una maravilla. Está fuerte, curtido; colorado. Su contacto con la Naturaleza, con el sol, el aire, las lluvias, le da un brío y una fortaleza admirables. Me dice que es necesario rehacer la fortuna; que hemos de volver a ser tan ricos como antes. Hijita, casi nos fundimos del todo. Cuando la especulación, se metió a comprar cosas. En la Pampa, en Mendoza, en Río Negro, en las provincias, en todas partes compraba leguas y leguas con dinero de los Bancos. Y no quería vender nada. Todo iba a valer tanto y cuanto; todo iba a subir a las nubes. Y siempre esperando compradores fantásticos que vendrían de Inglaterra, de Francia, de no sé dónde, para hacer ferrocarriles y obras de riego y qué sé yo cuántas cosas más. Yo, que estoy por lo positivo, le decía: «Vende, Ricardo, vende». Sólo pude lograr que vendiera unos terrenos. Le pagaron una barbaridad. Y nos fuimos a Europa. Gastamos toda la ganancia en París y en los balnearios, sobre todo en los balnearios. Como es tan generoso—ya conoces a Ricardo—me hizo comprar no sé cuántos trajes; me regaló un montón de alhajas, dos automóviles, ¡la mar!, como dicen los españoles. Cuando volvimos, hijita, la crisis. Las tierras que había comprado no valían nada. Llovieron los vencimientos, los pagarés, las letras. ¡Qué apuros! Ricardo no dormía; tenía los nervios como una prima de violín. Todos los días metido en los Bancos, pidiendo, suplicando, él, que es tan altivo y tan hombre, inclinado y haciendo reverencias a esos señores gerentes, que se dan un corte, hijita, como si fueran reyes. Al verle así, tan triste y tan abatido, le dije: «Bueno, Ricardín mío, a liquidar; prefiero que nos quedemos en la calle antes de verte sufrir de esa manera. Pagas a todo el mundo y viviremos con lo que quede, tranquilos y felices». Total: vendió todas las tierras, casi media Rusia, por la quinta parte de lo que habían costado. Y como no alcanzaba para pagar, tuvo que vender también dos estancias de las tres que teníamos. Nos quedamos con la mía, la heredada de mi abuelo, porque Ricardo es tan delicado que prefirió vender las suyas, sabiendo que yo tenía mucho cariño al campo donde había nacido mi padre. Gracias al remoto vasco Arregui nos hemos salvado. ¡Dios le tenga en la gloria! Pero, ¡qué temporal, querida Marianela, qué temporal hemos corrido!...
Una vez liquidadas todas las deudas, nos quedó, como te digo, la estancia vieja y unos trescientos mil pesos. Y entonces me dijo Ricardo: «¿Tú te atreves a enterrarte unos cuantos años en «Los Carpinchos?»—«Yo me entierro contigo en el fin del mundo»—le respondí. Gran abrazo. Los abrazos en la desgracia saben mejor aún que en la felicidad. Levantamos la casa de la avenida Alvear; echamos a los porteros, a los sirvientes, a los lacayos, a los «chauffeurs», una punta de vagos que puestos en fila, llegaban a la acera de enfrente, y nos vinimos a «Los Carpinchos», a trabajar, hijita, como unos gringos recién llegados. Con la platita que salvamos de la quema, compramos vacas. Tenemos como tres mil. Y dice Ricardo que pronto se harán cinco o seis mil. También tenemos muchas ovejas. «A la vuelta de pocos años—me dice Ricardo—nos podremos farrear anualmente en Europa unos dos mil novillos, alrededor de trescientos mil pesos de renta».—«¡No, Ricardo, no por Dios!—le digo,—porque ya le he visto las orejas al lobo, y no quiero verte con insomnios y sufriendo como un condenado cada vez que tenías que ir a ver a los señores gerentes, que Dios confunda».
No tienes idea de cómo trabaja Ricardo. Se levanta al alba; aún relucen las estrellas. Muchos días no vuelve hasta la noche; almuerza en cualquier puesto para no perder tiempo. Llega cubierto de polvo, otras veces de barro, sucio de sarnífugos, de bañar ovejas, hecho un gauchote, un facineroso. En tal facha, por embromarme, abre los brazos y se viene hacia mí. Yo grito: «¡Sal de ahí, adorado sarnifuguero!» Se baña, se fregotea durante una hora, se pone un traje de casa, y a la mesa, a cenar. Mientras cenamos me hace la crónica social de todos los ranchos, que suele ser tan divertida como la de los salones. La tragicomedia es la misma, como te he dicho; sólo cambian el medio, las formas y los trajes. La humanidad es una misma edición; sólo varían las cubiertas; unos cuantos ejemplares de lujo y los demás a la rústica; pero el contenido es igual.
Luego toco un poco el piano. Y aquí viene una escena que quiero contarte. Ya sabes que Ricardo tiene una voz de tenor muy fuerte, pero muy desafinada, porque carece de buen oído para la música. Pues bien: muchas noches me hace tocar la pira del «Trovador» y se pone a dar unos gritos formidables. Pero en lugar de cantar «madre infelice, etc.», hace esta reforma:
| «No debo nada, |
| Ya soy feliz |
| Con Rosalía...» |
Y al decir Rosalía da un do de pecho estupendo que deja tamañito a Tamagno. Cuando el viento es favorable le oyen los de Zubiaurre desde su estancia, que queda a tres leguas. El do es terrible, pero el pecho es magnífico, y lo que hay dentro del pecho, el corazón, supera a toda magnificencia. Al gritar Rosalía parece que se le dilatan los pulmones. Con ninguna otra palabra su voz sube tan alto. Yo me río como una loca; pero la verdad es que ese do de pecho penetra en lo más hondo del mío. ¿Quieres creer que hasta como tenor me gusta Ricardo? ¡Es el colmo, hijita! Su energía pulmonar, sin entonación musical, como un grito primitivo, me produce una embriaguez y una emoción superior a todos los poemas. Todas las galanterías y todas las finuras que me dijo de novio en los salones me parecen ahora insignificantes y artificiales ante ese grito estupendo con que lanza mi nombre a los aires libres del campo. Quizá me estoy volviendo un poco salvaje. Ya ves, pues, que hasta tenemos ópera en «Los Carpinchos». Y es un canto apasionado, ¡oh! apasionadísimo...
Algunas veces se le mete en la cabeza a Ricardo que yo estoy triste. «Te aburres, Rosalía; lo veo, lo noto: sufres la nostalgia de Buenos Aires. ¿Quieres que nos vayamos por unos días?»—«No me aburro—le digo;—no hay tal nostalgia; me hallo muy contenta. Estando a tu lado, me sobra todo el mundo».
Yo sé que él no quiere volver hasta que podamos brillar como antes y ocupar la misma posición. Y aunque algunas veces—la verdad—se apodera de mí cierta melancolía, la venzo al instante y me muestro alegre, satisfecha y feliz con esta vida. Es necesario que encuentre en mí un firme apoyo y un fuerte estímulo para realizar su ideal. Después de todo, lo hace por mí más que por él. Además, en los disparates hechos, la culpa fué mía tanto como suya, quizá más mía. Así, pues, quietos aquí, cuidando vacas y ovejas, gallinas y patos, y cantando la pira...
Estuve tentada de irnos una semana a Buenos Aires para asistir al baile que dió el Intendente. Me escribió Matilde, diciéndome que Adela me iba a mandar invitación y que no faltara. Vacilé; pero, al fin, resolví quedarme. Y ahora me alegro, pues según me dicen las de Arnedillo en una larga carta, el baile fué un fiasco completo, aunque parece que hubo mucha «gente». Además, el ambigú estuvo servido de una manera deplorable. Figúrate que el Presidente de la República tuvo que ir al mostrador para poder tomar una copa de champaña. Si nada menos que el Presidente tuvo que andar así, ¿cómo andarían los demás? Es verdad que, como don Victorino está por caer, ya nadie le hará caso. El mundo, sobre todo el mundo de frac, es desvergonzadamente exitista. Los gauchos son más piadosos y tiernos con el árbol caído. Un Presidente, cuando está por caer, ya no está sobre nadie, y depende de todos. ¡Pobre don Victorino, viejo, pesado, con su humanidad tan densa, tan maciza, rebulléndose para alcanzar su copa! Pero el hombre, como buen gaucho al fin, llegó hasta el mostrador. Don Victorino es de los que han sabido llegar a todas partes. A mí me es muy simpático.
Bueno; ya he charlado bastante. Ricardo te envía un saludo y yo mi mejor abrazo.—Rosalía.»
Sólo me resta pedir disculpa a mi amiga Rosalía por lanzar su carta a los cuatro vientos de la publicidad. Lo hago porque, aparte el pequeño chismorreo final, la carta encierra una enseñanza y revela las mejores virtudes que pueden adornar a una mujer.
EL ARTE DE ESTAR ENFERMA
Señora Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Cámpora.
«Los Carpinchos».
Mi buena y queridísima amiga: debo comenzar por pedirte dos veces perdón: primero por haber lanzado a los cuatro vientos de la publicidad tu sabrosa carta desde «Los Carpinchos», contando con singular donaire expresivo tus cuitas, las volteretas de vuestra fortuna, tu excelente conformidad, el brío emprendedor de Ricardo en la estancia y sus esperanzas y las tuyas en un próximo y brillante porvenir. El segundo perdón que te pido es por no haberte contestado antes. He estado enferma, como habrás visto en las crónicas sociales de los diarios, donde queda, para los fines de la posteridad, el historial del curso de mi dolencia. Hemos sido muchas las personas «importantes» que hemos sufrido este invierno las destemplanzas del tiempo. Ignoro hasta dónde ha tenido la culpa la atmósfera y hasta qué extremo han podido influir las crónicas sociales.
Lo mío ha sido influenza, una enfermedad que no se sabe bien en qué consiste, como sucede con casi todas las enfermedades, y que, por dolernos con ella todo el cuerpo, lo más acertado será suponer que consiste en todo el cuerpo. La pesqué al salir del Colón, después de escuchar las locuras líricas de «Lucía», un aria cuyo interés principal reside en sujetar la locura a pentágrama, ritmo y compás, cuando la verdadera locura se distingue precisamente por no sujetarse a nada, cosa que, por lo visto, ignoraba Donizzeti. En cuanto hay reglas, ya no hay locura. Pero a los músicos no les basta la razón para hacer arte, y de ahí que recurran a pasiones extravasadas, heroísmos máximos, deliquios, amores quiméricos, frenesíes, éxtasis, arrobamientos, divinos estados de ánimo, para luego ordenar en el pentágrama todos estos delirios. Ordenar y delirar son conceptos que se excluyen, excepto en la cabeza de los músicos, donde toda confusión tiene su natural asiento. Pero, en realidad los músicos, al meter los delirios y locuras entre las cinco rayas paralelas y los huecos de las mismas que forman el pentágrama, sujetan a razón su melografía delirante; de donde se desprende que la razón, aun tratándose de locuras melodiosas, es y será siempre, antes que la música, el arte de las artes, la facultad soberana del humano espíritu. Por lo demás, la música expresa sentimientos divinos, si bien tiene el defecto de expresarlos en tono demasiado alto, al revés de los ángeles que permanecen siempre callados, pues al ascender de la tierra al cielo perdieron, en su purificación absoluta, el uso de la palabra, con la que tanto se peca en la vida.
Como te iba diciendo, hizo presa en mí la influenza al salir del teatro. Hacía un frío terrible, siberiano. Jorge—ya sabes lo cariñoso que es y cuánto se preocupa por mi salud—me advirtió que me abrigara bien. No hice el caso que debía. Y en el trayecto de la puerta del teatro al automóvil, una corriente de aire me dejó transida. Ya sabes que no abuso del descote; pero, asimismo, no puede una llamar la atención cubriéndose más de lo debido. Una vez en el coche me puse a imitar a la Barrientos, chacoteando un poco con mi marido. El tercer gorgorito fué un ronquido de agonía. Y llegue a casa arrecida, tiritando. Total: veinte días de cama.
Se encargó de mi asistencia el doctor Gómez Pulido. Ya le conoces. Es un médico de gran talento social y mundano. Y como el talento da para todo, supongo que ha de tenerlo también para la ciencia. Yo no creo que los galenos toscos y ásperos sean mejores que los finos de porte y de palabra. No pocos simulan cierta tosquedad para demostrar a los incautos que el estudio y las preocupaciones científicas les han impedido adquirir maneras elegantes. Y la verdad, farsa por farsa, prefiero la farsa fina, discreta, cortés, delicada. Pulido es en este sentido lo más pulido que cabe. Amable, atento, obsequioso; y ya que mate, como los otros, lo hace siempre con cortesía. Varias señoras nos hemos empeñado en convertirle en el médico de moda. A mí me lo han recomendado mucho las de Zubizarrendo, las de Martínez Torrebaja, las de Pérez Campanilla y, sobre todo, la viuda de Esquilón, que ya sabes el empeño que pone en todas las cosas. Yo creo que entre todas lograremos imponerle y que acabará por ser el médico de cabecera de todas las familias conocidas. La de Esquilón, especialmente, es para Pulido un anuncio mejor que cualquier almanaque.
A mí me ha asistido admirablemente; y aunque me haya curado sola, le estoy muy agradecida. La medicina, en el fondo, es una retórica científica, el arte de poner palabras nuevas a enfermedades viejas. Y en tal sentido da gusto oir a Pulido. Está al cabo de todas las palabras nuevas que inventa la ciencia. Antiguamente la medicina se limitaba al conocimiento de algunas yerbas para curar heridas y contener la efusión de sangre. Pulido, en su vasta sabiduría, conoce estas yerbas antiguas y todas las palabras modernas de las Facultades de Berlín, París y Estocolmo.
No creas que mi enfermedad ha sido cosa de juguete. Durante una semana estuve muy malita. ¡Y me entró una tristeza! Me pareció que se había suspendido todo en mí, virtudes y defectos, cualidades buenas y malas, todo, todo, quedándome sólo una puerilidad infantil o una chochez repentina: no sé explicarlo... algo así como si estuviera hueca y no quedara de mi cuerpo más que el molde externo. Parece que deliré algunos días, (sin pentágrama). Según me dice Jorge, te nombré varias veces: ¡Rosalía! ¡Rosalía! Ya ves que hasta en los delirios te tengo presente. Me aseguran que no dije grandes insensateces. Hubiera preferido decirlas, antes que grandes verdades, pues una de las cosas que más pavor me causa es oir razonar a la locura.
Felizmente no proferí disparates desatados ni formulé razones sorprendentes; sólo hubo tonterías, con lo cual me tranquilizo pensando que apenas salí de mi estado normal. No te rías maliciosamente, pues yo, como casi todo el mundo—salvo unos cuantos seres elegidos—representamos la normalidad, traducida en la infinita extensión de la tontería en la tierra.
Al entrar en la convalecencia pasé horas de profunda melancolía. Una tarde leía un librito de un místico flamenco, pequeño por su tamaño, grande por su contenido. En una de sus páginas tropezaron mis ojos con estas líneas: «La enfermedad es como citación y último emplazamiento que Dios hace a fin de que entremos en razón con El». Una como ola de religiosidad ganó mi espíritu, abatiendo en él cuanto existe de frivolidad, de aturdimiento, de ilusiones superficiales, y dándole un sentido abismático, una tristeza reflexiva abrumadora. El dolor ensancha mucho el entendimiento. Lloré...