Cuando Belerofonte hubo ganado la victoria, se inclinó hacia adelante y besó a Pegaso con lágrimas en los ojos.
—¡Vuelve ahora, mi caballo bienamado—le dijo—, vuelve a la Fuente de Pirene!
Pegaso hendió el aire más rápido que nunca, y llegó a la fuente en muy poco tiempo. Allí encontró al viejo apoyado en su báculo, al campesino dando agua a la vaca y a la hermosa doncellita llenando su cántaro.
—Ahora me acuerdo—advirtió el viejo—. Cuando yo era un chiquillo, vi una vez este caballo con alas. Pero en mi tiempo era diez veces más hermoso.
—Tengo un caballo de tiro que vale tres veces lo que él—dijo el campesino—. Si este pingo fuera mío, lo primero que hacía era cortarle las alas.
La pobre muchachita no dijo nada, porque tenía el sino de asustarse fuera de tiempo. Echó a correr, dejó caer el cántaro y lo rompió.
—¿Dónde está—preguntó Belerofonte—el simpático niño que solía acompañarme, y nunca perdió la fe y nunca se cansaba de mirar en la fuente?
—Aquí estoy, querido Belerofonte—dijo el niño tiernamente.
El muchachito había pasado día tras día a la orilla de Pirene, esperando que volviera su amigo; pero cuando vió a Belerofonte bajando a través de las nubes, montado en su caballo alado, se internó en el boscaje. Era un niño muy delicado, de gran ternura, y temía que el viejo y el campesino vieran brotar las lágrimas de sus ojos.
—Has logrado la victoria—dijo gozosamente, abrazándose a una pierna de Belerofonte, que aún estaba montado sobre Pegaso—. Conozco que la has ganado.
—Sí, niño querido—replicó Belerofonte, bajándose del caballo alado—; pero si no me hubiese ayudado tu fe, nunca hubiera yo aguardado a Pegaso, ni marchado por encima de las nubes, ni venciera jamás a la terrible Quimera. Todo lo hiciste tú, mi amado amiguito, y ahora devolvamos a Pegaso su libertad.
Y diciendo esto, quitó la brida encantada de la cabeza de aquel caballo maravilloso.
—¡Sé libre para siempre. Pegaso mío!—exclamó con cierto dejo de tristeza en la voz—. ¡Sé tan libre como rápido eres!
Mas Pegaso apoyó la cabeza en el hombro de Belerofonte, y no hubo manera de inducirle a emprender el vuelo.
—Bien; pues—dijo Belerofonte, acariciando al aéreo caballo—estarás conmigo mientras quieras. Vámonos sin tardar a decir al rey Iobates que la Quimera ha sido destruída.
Belerofonte abrazó a aquel niño tan bueno, y le prometió volver a verle, y se puso en marcha; pero, años después, aquel niño voló sobre el caballo aéreo mucho más alto que nunca lo hiciera Belerofonte, e hizo cosas mucho más honrosas que la victoria de su amigo sobre la Quimera. Porque, siendo tan tierno y delicado, llegó a ser un poderoso poeta.
CUMBRE PELADA
Eustaquio Bright contó la leyenda de Belerofonte con tanto fervor y animación como si realmente hubiese ido a galope sobre un caballo con alas.
Al terminar se llenó de alegría, al comprender, por el rostro radiante de sus oyentes, lo mucho que les había interesado.
Todos los ojos bailaban, excepto los de Primavera: en los ojos de la chiquilla positivamente había lágrimas, porque se daba cuenta de que había algo en la leyenda que los demás aún no tenían edad de comprender.
Era un cuento de niños; pero el estudiante había conseguido poner en él el ardor, la generosa esperanza y la imaginación emprendedora de la juventud.
—Ahora te perdono, Primavera—dijo—, todo el ridículo que has intentado echar sobre mis cuentos. Una lágrima paga muchas risas.
—¡Ay, señor Bright!—respondió Primavera, limpiándose los ojos y lazándole otra de sus maliciosas sonrisas—: esto de estar encima de las nubes eleva el pensamiento. Te aconsejo que no vuelvas a contar más cuentos, si no estás, como ahora, en la cumbre de una montaña.
—O cabalgando sobre Pegaso—replicó Eustaquio, riendo—. ¿No te parece que he conseguido a las mil maravillas mi propósito de apresar al corcel maravilloso?
—¡Sí, ha sido un bonito salto mortal!—exclamó palmoteando—. Me parece que le veo a caballo sobre él, a tres millas de alto, por los aires, cabeza abajo!
—¡Ojalá tuviese aquí a Pegaso en este instante!—dijo el estudiante—. Le montaría inmediatamente, y haría una visita por todo el país a cada uno de mis autores favoritos.
Charlando de Pegaso y sus hazañas, empezaron a andar colina abajo. A poco Bruin empezó a ladrar, y le respondió el gua-gua solemne del respetable Ben. Pronto vieron al buen perro viejo, haciendo guardia cuidadosa sobre la gente menuda. Los pequeños, repuestos por completo de su fatiga, se habían puesto a buscar fresas, y al divisar a sus compañeros, echaron a correr cuesta arriba para salir a su encuentro.
Así reunidos, todos los excursionistas pasaron otra vez por los huertos, y se encaminaron despacio a Tanglewood.
FIN
INDICE
| Páginas | |
| LA CABEZA DE LA GORGONA | 5 |
| EL TOQUE DE ORO | 55 |
| EL PARAÍSO DE LOS NIÑOS | 93 |
| LAS TRES MANZANAS DE ORO | 129 |
| EL CÁNTARO MILAGROSO | 175 |
| LA QUIMERA | 211 |