llegado a la vista del gran Océano, y pronto volaron sobre él. A lo lejos, las olas se amontonaban tumultuosamente en medio del mar o se rompían formando una ancha franja de espuma sobre los peñascos de la orilla, con un ruido que en el bajo mundo parecía el del trueno, pero que en lo alto llegaba a los oídos de Perseo como un suave murmullo, como la voz de un niño medio dormido. Precisamente en aquel momento una voz habló a su lado. Parecía ser de mujer, y era melodiosa, aunque no precisamente dulce, sino grave y serena.
—Perseo—dijo la voz—, ahí están las Gorgonas.
—¿Dónde?—exclamó Perseo—. ¡No las veo!
—En la costa de esa isla, debajo de ti—replicó la voz—. Si dejases caer una piedra, caería entre ellas.
—Ya te dije yo que ella era la primera que había de verlas—dijo Azogue a Perseo—. Y ahí están.
Abajo, en línea recta a unos mil metros de distancia, Perseo alcanzó a ver un islote y el mar rompiendo en espuma en torno de su costa rocosa, excepto por un lado, donde había una playa de arena blanca como nieve. Descendió hacia ella, y mirando con atención hacia algo que brillaba, a los pies de un precipicio de roca negra vió a las terribles Gorgonas. Estaban echadas en el suelo, profundamente dormidas, arrulladas por el atronador ruido del mar; porque hacía falta un estruendo que hubiese dejado sordo a cualquier mortal para conseguir que se durmiesen aquellas criaturas terribles. La luz de la luna centelleaba sobre sus escamas de acero y sobre sus alas de oro, que caían perezosamente sobre la arena.
Las garras de bronce, horribles, se agarraban a los fragmentos de la roca, mientras las dormidas Gorgonas soñaban que estaban despedazando a algún pobre mortal. Las serpientes que les servían de cabellos, también parecían estar dormidas, aunque de cuando en cuando una se retorcía o alzaba la cabeza y sacaba la ahorquillada lengua, emitiendo un adormilado silbido, y dejándose luego caer entre sus hermanas serpientes.
Las Gorgonas se parecían más a alguna tremenda gigantesca especie de insecto—inmensas abejas con alas de oro o moscas-dragones o cosa por este estilo—, que a ningún otro ser vivo; sólo que eran como un millón de veces más grandes que insecto ninguno. Y a pesar de todo, había en ellas algo humano también. Afortunadamente para Perseo, tenían la cara escondida por la postura en que se encontraban; porque si las hubiese mirado un solo instante, hubiera caído pesadamente del aire, convertido en imagen de piedra.
—Ahora—susurró Azogue, que seguía al lado de Perseo—, ahora es el tiempo que has de aprovechar para tu hazaña. ¡Apresúrate, porque si una de las Gorgonas despierta, será demasiado tarde!
—¿A cuál es a la que debo herir?—preguntó Perseo sacando la espada y bajando un poco más—. Las tres parecen iguales. Las tres tienen cabellera de serpientes. ¿Cuál de las tres es Medusa?
Hay que saber que Medusa era la única de aquellos tres monstruos a quien Perseo pudiese cortar la cabeza, porque a las otras dos era imposible hacerles el menor daño, aunque hubiese tenido la espada mejor templada del mundo y la hubiese estado afilando una hora seguida.
—Sé prudente—le dijo la misma voz tranquila que antes le había hablado—. Una de las Gorgonas empieza a moverse en su sueño, y precisamente se va a volver. ¡Esa es Medusa! ¡No la mires! ¡Su vista te convertiría en piedra! Mira el reflejo de su rostro y de su cuerpo en el brillante espejo de tu escudo.
Perseo comprendió entonces por qué motivo le había aconsejado Azogue que puliese su escudo con tanto afán. En aquella superficie podía mirar con tranquilidad el reflejo del rostro de la Gorgona. Y allí estaba aquel rostro terrible, reflejado en la brillantez del escudo, con la luz de la luna cayendo de plano sobre él y descubriendo todo su horror. Las serpientes, cuya naturaleza venenosa no les permitía dormir por completo, se le enroscaban sobre la frente. Era el rostro más fiero y más horrible que nunca se haya visto ni imaginado, y sin embargo, había en él una extraña, terrible y salvaje belleza. Los ojos estaban cerrados, porque la Gorgona dormía aún profundamente; pero sus facciones estaban conturbadas por una expresión inquieta, como si el monstruo sufriese algún mal sueño. Rechinaba los dientes y arañaba la arena con sus garras de bronce.
Las serpientes también parecían sentir el sueño de Medusa e inquietarse con él cada vez más. Se trenzaban unas con otras en nudos tumultuosos, se retorcían furiosamente y levantaban cien sibilantes cabezas sin abrir los ojos.
—¡Ahora, ahora!—murmuró Azogue, que se iba impacientando—. ¡Hiere al monstruo!
—Pero con calma—dijo la voz, grave y melodiosa, al lado del joven—. Mira a tu escudo mientras vas volando hacia abajo, y ten cuidado de no errar el primer golpe.
Perseo bajó, volando cuidadosamente siempre, con los ojos fijos en el rostro de Medusa, reflejado en su escudo. Cuanto más se acercaba, más terrible se iba poniendo el rostro, rodeado de serpientes, y el cuerpo metálico del monstruo. Por fin, cuando estuvo sobre ella a distancia en que podía alcanzarla con el brazo, Perseo levantó la espada. En el mismo instante todas las serpientes que formaban la cabellera de la Gorgona se alzaron amenazadoras, y Medusa abrió los ojos. Pero despertó demasiado tarde. La espada era cortante. El golpe cayó como un rayo, y la cabeza de la horrible Medusa rodó separada del cuerpo.
—¡Admirablemente hecho!—dijo Azogue—. Apresúrate y mete la cabeza en el saco mágico.
Con gran asombro de Perseo la bolsita bordada que se había colgado al cuello aumentó de tamaño lo bastante para contener la cabeza de Medusa. Pronto, como el pensamiento, la levantó, cuando aún las serpientes se retorcían en torno de ella, y la metió en el saco.
—Tu misión está cumplida—dijo la voz serena—. Ahora vuela, porque las otras Gorgonas han de hacer cuanto puedan para vengar la muerte de Medusa.
Era verdaderamente necesario alzar el vuelo, porque Perseo no había realizado su hazaña tan silenciosamente que el ruido de la espada, el silbar de las serpientes y el golpe de la cabeza de Medusa, al caer sobre la arena, batida por el mar, no hubiesen despertado a los otros monstruos. Se incorporaron un instante, frotándose los ojos adormilados con los dedos de bronce, mientras que todas las serpientes de sus cabezas se revolvían con sorpresa y venenosa malicia, no sabiendo contra quién. Pero cuando las Gorgonas vieron el escamoso cuerpo de Medusa sin cabeza, con las alas de oro erizadas y caídas y sobre la arena, fué realmente terrible oir sus alaridos. ¡Y las serpientes! Lanzaron mil silbidos, todas a un tiempo, y las serpientes de Medusa contestaron desde el saco mágico.
Apenas estuvieron las Gorgonas completamente despiertas, se levantaron en el aire, blandiendo sus garras de bronce, rechinando sus dientes horribles y moviendo las alas tan furiosamente, que algunas de las plumas de oro se arrancaron y cayeron a la playa. Y puede que aún estén allí desparramadas. Levantáronse, como digo, las Gorgonas, mirando horriblemente de un lado para otro con la esperanza de convertir a alguien en piedra. Si Perseo las hubiese mirado o hubiese caído en sus garras, su pobre madre nunca hubiera vuelto a besarle. Pero tuvo buen cuidado de volver la vista a otro lado, y como llevaba el yelmo de la invisibilidad, las Gorgonas no supieron en qué dirección seguirle, ni tampoco dejó él de hacer el mejor uso posible de las sandalias con alas, subiendo en línea perpendicular un kilómetro próximamente. A aquella altura, cuando los gritos de las abominables criaturas ya llegaban hasta él muy débiles, se dirigió en línea recta hacia la isla de Serifo, para entregar la cabeza de Medusa al rey Polidectes.
No tengo tiempo de contaros varias cosas maravillosas que sucedieron a Perseo al volver a su casa, tales como matar a un horrible monstruo marino que estaba a punto de devorar a una hermosa doncella; ni cómo convirtió a un enorme gigante en montaña de piedra con sólo enseñarle la cabeza de la Gorgona. Si dudáis de esta última historia, podéis hacer un viaje a África, cualquier día de éstos, y veréis la montaña, que todavía lleva el antiguo nombre del gigante.
Por último, nuestro valiente Perseo llegó a la isla, donde esperaba ver a su madre querida. Pero durante su ausencia el malvado rey había tratado tan mal a Danae, que se había visto obligada a huir y a refugiarse en un templo donde unos cuantos sacerdotes ancianos y buenos la habían recogido. Estos sacerdotes, dignos de alabanza, y el pescador de buen corazón, que fué el primero en dar hospitalidad a Danae y a Perseo, niño, cuando los encontró flotando en el arca, parecen haber sido las únicas personas de la isla que se preocupasen de hacer el bien. Todo el resto del pueblo, lo mismo que el rey Polidectes, eran notablemente malos y no merecían mejor destino que el que vais a saber que cayó sobre ellos.
No habiendo encontrado a su madre en casa, Perseo se fué derecho a palacio, e inmediatamente lo llevaron a presencia del rey. Polidectes no se alegró gran cosa de volver a verle, porque casi tenía por cierto, con regocijo de su mal corazón, que las Gorgonas habrían hecho pedazos al pobre muchacho y se lo habrían comido inmediatamente. Pero al verle volver sano y salvo, puso la mejor cara que pudo y le preguntó qué había hecho.
—¿Has cumplido tu promesa?—preguntó—. ¿Me traes la cabeza de Medusa con su cabellera de serpientes? Si no, hijo mío, te va a costar caro, porque necesito un regalo de boda para la princesa Hipodamia, y sé que no hay nada en el mundo que pueda ser tan de su gusto.
—Sí, Majestad—respondió Perseo tranquilamente y como si no hubiera por qué asombrarse de que un joven como él hubiese llevado a cabo tal hazaña—. Os traigo la cabeza de la Gorgona con todos sus cabellos de serpientes.
—¡De veras! Pues haz el favor de enseñármela—dijo el rey Polidectes—. Debe de ser
espectáculo curioso, si todos los viajeros que me han hablado de ella han dicho la verdad.
—Vuestra Majestad está en lo cierto—repuso Perseo—. Realmente es un objeto capaz de fijar las miradas de todo el que lo vea. Y si Vuestra Majestad quiere, me permitiré aconsejar que se declare el día de hoy fiesta nacional y que se llame a todos los súbditos de Vuestra Majestad para que vengan a contemplar esta curiosidad maravillosa. ¡Me parece que pocos serán los que hayan visto una cabeza de Gorgona, y acaso nunca puedan volver a verla!
Bien sabía el rey que todos sus súbditos eran haraganes rematados, aficionadísimos a espectáculos como suelen serlo todas las gentes perezosas; así es que siguió el consejo del joven y envió en todas direcciones heraldos y mensajeros para que tocasen la trompeta en todas las esquinas y en las plazas y mercados, y dondequiera se encontrasen dos caminos, y llamasen a todo el mundo a la Corte. Vino, pues, gran multitud de gentes inútiles y vagabundas, que todas, por puro amor al mal, se hubiesen alegrado muchísimo de que a Perseo le hubiese sucedido algún daño en la lucha con la Gorgona. Si algunas buenas personas había en la isla (yo quiero creer que las hubo, aunque la historia no dice nada de ellas), de seguro se quedaron tranquilamente en casa atendiendo a sus quehaceres y cuidando a sus hijos. Muchos de los habitantes, sea comoquiera, corrieron a palacio a toda prisa, y gritaron, y se empujaron, y se dieron codazos por afán de estar cerca de un balcón donde se veia a Perseo con el saco mágico y bordado en la mano.
En una tribuna colocada enfrente del balcón estaba sentado el rey Polidectes, con sus malvados consejeros y sus cortesanos aduladores, formando semicírculo en derredor suyo. Monarca, consejeros, cortesanos y pueblo, todos miraban ansiosamente a Perseo.
—¡Enseña la cabeza de la Gorgona!... ¡Enséñala!—gritaba el pueblo. Y había en sus gritos tal fiereza, que parecían querer hacer pedazos a Perseo, si lo que había de enseñarles no les satisfacía—. ¡Enséñanos la cabeza de Medusa con la cabellera de serpientes!
Un sentimiento de pena y de lástima sobrecogió a Perseo.
—¡Oh, rey Polidectes—exclamó—, y vosotros pueblo: no quisiera mostraros la cabeza de la Gorgona!
—¡Ah, canalla, cobarde!—gritó el pueblo, más furioso que nunca—. Se está burlando de nosotros. No tiene la cabeza de la Gorgona. Enséñanosla, si la has traído, y si no te cortaremos la tuya para hacer con ella una pelota de foot-ball.
Los malos consejeros hablaron al rey al oído; los cortesanos murmuraron, todos a una, que Perseo estaba faltando al respeto a su rey y señor, y el gran rey Polidectes levantó la mano y le ordenó, con la voz austera y grave de la autoridad, que enseñase la cabeza al pueblo, si no quería perder la suya.
—Muéstranos la cabeza de Medusa, o mando cortar la tuya.
Perseo suspiró.
—¡Ahora mismo!—repitió Polidectes—, o mueres.
—¡Miradla entonces!—exclamó Perseo con voz que resonó como un clarín.
Y alzó de repente la terrible cabeza. Ni un solo párpado tuvo tiempo de entornarse, y el rey Polidectes y sus malvados consejeros y sus feroces súbditos quedaron al punto convertidos en imágenes de un monarca y su pueblo. Todos quedaron fijos para siempre en su actitud de aquel instante. ¡La vista de la cabeza de Medusa les había transformado en blanco mármol! Y Perseo volvió a meter la cabeza en el saco, y fué a decir a su madre querida que ya no había por qué tener miedo al malvado rey Polidectes.
—¿Qué, no ha sido un cuento bonito?—preguntó Eustaquio.
—¡Ay, sí, sí!—exclamó Capuchina, palmoteando—. ¡Y esas viejas tan raras, que no tenían más que un ojo para las tres! ¡Nunca he oído cosa más extraña!
—En lo del diente—observó Primavera—no hay prodigio alguno. Supongo que sería un diente postizo. Pero, ¿qué es eso de haber convertido a Mercurio en Azogue, y de hablar de su hermana? ¡Es una ridiculez!
—¡Ah!, ¿no era hermana suya?—preguntó Eustaquio—. Si se me hubiese ocurrido antes, la hubiese descrito como una solterona que tenía un buho favorito.
—Bueno—dijo Primavera—; después de todo, con el cuento se ha desvanecido la niebla.
Y, en verdad, mientras el cuento se iba contando, los vapores habían desaparecido del paisaje casi por completo. Ahora se descubría un panorama, que los espectadores casi podían figurarse que había sido creado desde la última vez que habían levantado los ojos en la dirección donde ahora se extendía. A una media milla de distancia, en el regazo del valle, aparecía ahora un hermoso lago, que reflejaba una perfecta imagen de sus propias orillas, cubiertas de bosques, y de las cimas de las colinas más lejanas. Brillaba en cristalina quietud, sin huella de la más ligera brisa en parte alguna de su superficie. Al otro lado de su más lejana orilla estaba el alto monte, que parecía estar tumbado en el valle. Eustaquio le comparó a una inmensa esfinge sin cabeza, envuelta en un chal alfombrado; y verdaderamente era tan rico y tan diverso el follaje otoñal de sus bosques, que la imagen del chal no era en modo alguno demasiado exagerada de color respecto de la realidad. En el terreno bajo, entre la casa de campo y el lago, los grupos de árboles y los linderos del bosque estaban llenos de hojas amarillas o castaño obscuras, porque habían sufrido más con las heladas que el follaje de las vertientes de las colinas.
Sobre todo el paisaje brillaba alegre el sol, mezclado con ligerísima neblina, que hacía la luz imponderablemente suave y tierna. ¡Oh, qué día de veranillo de San Martín tan hermoso! Los niños cogieron apresuradamente sus cestillos, y se pusieron en marcha, saltando, corriendo, dando volteretas, mientras el primo Eustaquio demostraba lo muy digno que era de presidir la reunión, corriendo mucho mejor que ellos y dando algunos saltos tan perfectos, que ninguno de ellos podía ni imitarlos. Acompañábales también un perro, cuyo nombre era Ben. Era uno de los cuadrúpedos más respetables y de mejor corazón del mundo, y probablemente estaba convencido de que estaba en el deber de no dejar alejarse a los niños sin mejor guardián que aquel cabeza loca de Eustaquio Bright.
EL TOQUE DE ORO
ARROYO UMBRÍO
A mediodía, nuestra partida juvenil se reunió en una cañada, a través de cuya profundidad corría un arroyuelo. La cañada era angosta, y sus vertientes escarpadas desde la margen del arroyo arriba estaban cubiertas con espesura de árboles, principalmente nogales y castaños, entre los cuales crecían también unas cuantas encinas y unos cuantos arces. En el verano, la sombra de tantas ramas juntas, que se encontraban y se enredaban sobre el arroyo, bastaba para producir un crepúsculo en pleno mediodía. De ahí venía el nombre de Arroyo Umbrío. Pero ahora, desde que el otoño había llegado a aquel lugar oculto, todo el obscuro verdor se había cambiado en oro; así es que el ramaje incendiaba la cañada, en vez de darle sombra. Las brillantes hojas amarillas, aunque el día hubiese estado nublado, hubieran parecido conservar entre ellas la luz del sol; y tantas se habían caído, que todo el cauce y la margen del arroyo estaban sembrados de luz de sol también. Así el rincón umbrío, donde el verano se había refrescado, ahora era el sitio más lleno de sol que pudiera encontrarse.
El arroyuelo corría, siguiendo su camino de oro, deteniéndose aquí para formar un remanso, en el cual pasaban como flechas los pececillos, nadando de un lado a otro; apresurándose luego cuesta abajo, como si tuviese mucha prisa por llegar al lago; olvidándose de mirar por donde iba, tropezaba con la raíz de un árbol, que se le atravesaba en la corriente. Os hubiera hecho reir oirle hacer ruido y echar espuma contra el inesperado obstáculo. Y aun después de haberle salvado, seguía el agua hablándose a sí misma, como si estuviera perpleja. Supongo que estaba maravilladísima al ver su cañada umbría tan iluminada, y al oir la charla y la alegría de tantos chiquillos. Así es que corría lo más aprisa que le era posible, y marchaba a esconderse en el lago.
En la cañada de Arroyo Umbrío, Eustaquio Bright y sus amiguitos se habían detenido para comer. Habían traído muchas cosas ricas de Tanglewood, dentro de sus cestillos, y las habían servido sobre troncos caídos, cubiertos de musgo, y con buenos manjares y mucha alegría habían hecho, en verdad, una comida deliciosa. Cuando terminó, ninguno quería moverse.
—Aquí descansaremos—dijeron algunos de los niños—, mientras el primo Eustaquio nos cuenta otro de sus cuentos bonitos.
El primo Eustaquio tenía tanto derecho a estar cansado como cualquiera de los chiquillos, porque había llevado a cabo grandes hazañas en aquella mañana memorable. Trébol, Romero, Capuchina y Girasol estaban casi convencidos de que tenía zapatillas con alas, como las que las Ninfas dieron a Perseo; tantas veces le habían visto en lo alto de la copa de un nogal, casi en el mismo instante en que acababan de verle en pie en el suelo. ¡Y entonces, qué chaparrones de nueces había hecho llover sobre sus cabezas, para que las atareadas manecitas las recogiesen en los cestitos! En una palabra: se había mostrado tan ligero como una ardilla o un mono, y ahora, tumbado sobre las hojas amarillas, parecía dispuesto a descansar un poco.
Pero los niños no tienen piedad ni consideración para el cansancio ajeno, y si no os quedase más que un solo aliento, os pedirían que le gastaseis en contarles un cuento.
—Primo Eustaquio—dijo Capuchina—, ¡qué cuento tan bonito el de la cabeza de la Gorgona! ¿Crees que serías capaz de contarnos otro tan bonito como ese?
—Sí, hija mía—dijo Eustaquio, tapándose los ojos con la visera de la gorra, como si se preparase a echar una siesta—. Podría contaros una docena, tan bonitos o más, si me diese la gana.
—¡Oh, Primavera y Margarita!, ¿oís lo que dice?—exclamó Capuchina, bailando de contenta—. ¡El primo Eustaquio nos va a contar una docena de cuentos, más bonitos que la cabeza de la Gorgona!
—No he prometido contar ni uno. Capuchina loca—dijo Eustaquio, casi con malhumor—. Y sin embargo, temo que no haya más remedio. ¡Ésta es la consecuencia de haber logrado una reputación! ¿Por qué no seré un poco más tonto de lo que soy, o por qué habré demostrado nunca las brillantes cualidades con que me ha dotado la Naturaleza? Así hubiera podido dormir la siesta en paz y en gracia de Dios.
Pero el primo Eustaquio, como creo haberlo indicado antes, era tan aficionado a contar cuentos como los chiquillos a oirlos. Su entendimiento libre y feliz se deleitaba en su propia actividad, y apenas requería impulso exterior para ponerse en movimiento.
¡Cuán diferente este espontáneo juego de la inteligencia, de la educada diligencia de los años maduros, cuando la tarea se ha hecho fácil a fuerza de costumbre, y el trabajo del día es indispensable para la felicidad del día, aunque todo lo demás se haya desvanecido como burbuja de jabón! Pero esta observación no hace falta que la oigan los niños.
Sin hacerse rogar más, Eustaquio Bright empezó a contar el cuento siguiente, realmente espléndido. Se le había ocurrido mientras estaba tumbado en el suelo, mirando hacia arriba a la copa de un árbol, observando cómo el toque del otoño había convertido cada una de sus hojas verdes en lo que parecía oro finísimo. Y ese cambio, que todos hemos presenciado, es tan maravilloso como cualquiera de los prodigios que Eustaquio relató al contar la historia de Midas.
EL TOQUE DE ORO
Vivió hace mucho tiempo un hombre muy rico, que además era rey. Se llamaba Midas. Tenía una hijita, de la cual nadie más que yo ha oído hablar nunca, y cuyo nombre nunca he sabido, o por mejor decir, he olvidado. Así es que, como me gustan los nombres extraños para las niñas, me parece bien llamarla Clavellina.
El rey Midas era aficionadísimo al oro. Apreciaba su corona real, principalmente porque estaba compuesta de tan precioso metal. Poseer oro, mucho oro, era la ambición más grande del rey Midas. Si algo había en la Tierra a que quisiese más que al oro, era a la preciosa niñita, su hija, que jugaba alegremente junto a su trono. Pero cuanto más la quería, más ansia le entraba de adquirir, buscar y amontonar riquezas. Pensaba, tontamente, que lo mejor que podía hacer por aquella niña, a quien quería tanto, era amontonar para ella inmensas cantidades de monedas amarillas y brillantes. Así es que jamás pensaba en otra cosa. Si por casualidad miraba por un momento las nubes doradas que se forman al ponerse el sol, sólo deseaba que fuesen oro de veras, para poder guardarlas en su caja fuerte. Cuando venía Clavellina, saltando y riendo, a buscarle con un ramo en la mano de flores amarillas del campo, lo único que le decía era:—¡Bah! ¡Bah, hijita! Si esas flores fueran de oro, como parecen, entonces sí que valdría la pena de recogerlas.
Y sin embargo, el rey Midas, cuando era joven y no estaba completamente dominado por el deseo desordenado de riquezas, había sido muy aficionado a las flores. Había plantado un jardín, en el cual crecían las rosas más grandes y más hermosas que haya visto u olido ningún mortal.
Las rosas seguían creciendo en el jardín, tan bellas, tan grandes y tan fragantes como cuando Midas acostumbraba a pasarse horas enteras mirándolas y gozando con su perfume. Pero ahora, si las miraba, era sólo para calcular cuánto más valdría el jardín si cada uno de los innumerables pétalos de las dichas rosas fuese una chapita de oro fino. Y aunque también en
otros tiempos fué muy aficionado a la música (a pesar de la historia que cuenta que sus orejas se parecían a las de los burros), la única música agradable para el pobre rey Midas era el tintín de una moneda al chocar contra otra.
Por fin (porque la gente se vuelve cada día más tonta, a no ser que tenga buen cuidado de hacerse cada día más y más cuerda), el rey Midas llegó a ser tan poco razonable, que no podía ver ni tocar cosa que no fuese de oro. Y tomó por costumbre pasar gran parte del día en una habitación obscura y subterránea en los sótanos de su palacio. Allí es donde guardaba sus riquezas. En aquel agujero feísimo, que apenas podía servir de calabozo, se encerraba el rey Midas cuando quería ser completamente feliz.
Allí, después de cerrar cuidadosamente la puerta, cogía un saco lleno de monedas de oro, o una copa de oro, grande como una palangana; o una barra de oro pesadísima, o un celemín lleno de polvo de oro, y los llevaba desde los rincones obscuros del cuarto hasta el único sitio donde caía un rayo de sol, brillante y estrecho, desde un tragaluz. Le gustaba mucho aquel rayo de sol, únicamente porque sin su ayuda no podía ver brillar su tesoro. Luego removía con las manos las monedas del saco, o tiraba la barra a lo alto y la recogía al caer, o hacía que se deslizara entre sus dedos el polvo de oro, o miraba la imagen extraña de su cara reflejada en la bruñida circunferencia de la copa, y se decía a sí mismo:—¡Oh, Midas, riquísimo rey Midas, qué hombre tan feliz eres!—. Pero era muy gracioso ver cómo la imagen de su rostro le hacía muecas desde la pulida superficie de la copa. Parecía como si aquella imagen comprendiese lo necio de su conducta y se burlase de él.
Midas se llamaba hombre feliz, pero dentro de sí mismo sentía que no lo era del todo. No podría llegar a la felicidad completa, a no ser que el mundo entero se convirtiese en un inmenso guardatesoros y estuviese lleno de amarillo metal, que fuese todo suyo.
No necesito recordar, a niños tan instruídos como vosotros, que allá en los tiempos antiguos, muy antiguos, cuando vivía el rey Midas, pasaban cosas que en nuestros tiempos y en nuestro país se nos antojarían maravillosas. Por otra parte, muchísimas cosas suceden ahora que no sólo nos parecen maravillosas a nosotros, sino que a las gentes de los tiempos antiguos les hubiesen dejado ciegas de asombro. Yo, por mi parte, creo que nuestros tiempos son mucho más extraños que los antiguos; pero, sea de esto lo que quiera, sigamos el cuento.
Un día estaba Midas gozando con la vista de sus tesoros en el obscuro subterráneo, cuando vió que una sombra caía sobre los montones de oro, y mirando de repente hacia arriba, vió la figura de un desconocido, que estaba en pie precisamente en el brillante y estrecho rayo de sol. Era un joven con cara alegre y rubicunda. No sé si porque la imaginación del rey Midas ponía un tinte amarillo sobre todas las cosas, o por cualquier otro motivo, no pudo menos de pensar que la sonrisa con que el desconocido le miraba tenía una especie de radiación dorada. Lo que sí era seguro es que, aunque la figura interceptaba el rayo de sol, los tesoros amontonados brillaban más que nunca. Hasta los más remotos rincones del cuarto participaban del resplandor misterioso y parecían iluminados cuando el desconocido sonreía, como si hubiese en ellos llamas o chispas.
Como Midas sabía que había cerrado cuidadosamente la puerta con llave, y que no había mortal capaz de penetrar en el cuarto donde guardaba sus tesoros, sacó en consecuencia que el visitante era algo más que un mortal. No hace falta deciros su nombre. En aquellos días, cuando la Tierra era relativamente nueva, se suponía que debían venir a visitarla de cuando en cuando seres dotados de poder sobrenatural, que tenían la costumbre de interesarse por las alegrías y las penas de los hombres, las mujeres y los niños, medio en broma y medio en serio. Midas había tropezado ya antes con seres de esa índole, y no le disgustaba encontrarse con ellos. El aspecto del forastero era tan regocijado, tan amable, ya que no demasiado bondadoso, que hubiese sido poco razonable sospechar que venía a hacer daño. Era más que probable que viniese a hacer un favor al rey Midas. ¡Y qué favor podría ser, sino aumentar sus montones de tesoros!
El desconocido miró por todo el cuarto. Y cuando su brillante sonrisa hubo centelleado sobre todos los objetos de oro que allí había, se volvió hacia Midas.
—Eres un hombre rico, amigo Midas—observó—. Me parece que no habrá en la Tierra otras cuatro paredes que contengan tanto oro como el que tú has conseguido amontonar en esta habitación.
—He hecho lo que he podido... lo que he podido...—respondió Midas en tono descontento—. Pero, después de todo, esto no es nada si se considera que he gastado la vida entera para reunirlo. Si pudiera uno vivir mil años, tendría tiempo para llegar a ser rico de veras.
—¡Cómo!—exclamó el desconocido—. ¿Todavía no estás satisfecho?
Midas movió la cabeza.
—¿Y con qué te contentarías?—preguntó el forastero—. Sólo por curiosidad me gustaría saberlo.
Midas se puso a meditar. Tuvo el presentimiento de que aquel desconocido, con su lustre dorado en la cara y su sonrisa de buen humor, había venido allí con poder y con intención de satisfacer sus mayores deseos. Por consiguiente, había llegado el feliz momento, y no tenía más que hablar para obtener todo lo posible, o al parecer imposible, que se le ocurriese pedir. Así es que pensó, y pensó, y pensó, y amontonó en su imaginación montaña sobre montaña de oro, sin llegar a figurarse una lo bastante grande para satisfacerle por completo.
Por último, se le ocurrió una idea luminosa. Parecía, en realidad, tan brillante como el esplendoroso metal que tanto amaba.
Levantando la cabeza, miró al desconocido cara a cara.
—Ea, Midas—observó el visitante—, veo que por fin has pensado cosa que pueda satisfacerte por completo. Dime lo que deseas.
—Sólo esto—respondió Midas—. Estoy cansado de que me cueste tanto trabajo reunir mis tesoros y de ver que después de tanto cansarme aumentan tan despacio. ¡Deseo que todo lo que yo toque se convierta en oro!
La sonrisa del desconocido se hizo tan amplia, que pareció llenar la habitación, como el sol que centellease en un sombrío y hondo valle, donde las amarillas hojas del otoño (porque esto parecían los pedazos de oro) estuviesen esparcidas por el suelo y brillasen a la luz.
—¡El Toque de Oro!—exclamó—. En verdad, amigo Midas, te digo que eres hombre de imaginación. Pero, ¿estás completamente seguro de que con eso te quedarás satisfecho?
—¡Completamente!...—dijo Midas.
—¿Y que nunca te arrepentirás de poseer ese don?
—¿Por qué había de arrepentirme?—preguntó Midas—. Es lo único que pido para ser completamente feliz.
—Entonces, hágase como deseas—respondió el forastero, moviendo la mano en señal de despedida—. Mañana, al salir el sol, te encontrarás dotado con el Toque de Oro.
El rostro del desconocido, se puso entonces extraordinariamente brillante, y Midas, a pesar suyo, tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos de nuevo, no vió más que el único rayo de sol en el subterráneo, y alrededor suyo el centelleo del precioso metal que había empleado toda la vida en reunir.
La historia no dice si Midas durmió aquella noche como de costumbre. Dormido o despierto, su espíritu estaba probablemente en el mismo estado que el de un niño a quien se ha prometido por la mañana un juguete nuevo. Y apenas el día acababa de asomar por encima de los montes, ya el rey estaba completamente despierto, y extendiendo los brazos fuera de la cama, empezó a tocar cuanto se encontraba a su alcance. Estaba impaciente por probar si realmente le había llegado el Toque de Oro, según la promesa del desconocido. Para convencerse pasó el dedo por la silla que estaba a la cabecera de la cama y sobre otros varios objetos; pero tuvo una triste desilusión al ver que continuaban siendo de la misma substancia que antes. Entonces temió que la visita del reluciente desconocido hubiese sido un sueño, o que, aunque hubiese venido de veras a visitarle, hubiese sido únicamente para burlarse de él. ¡Qué cosa tan triste, si después de tantas esperanzas el rey Midas hubiese tenido que contentarse con el poco oro que pudiese juntar por medios ordinarios, en lugar de crearlo con sólo tocar!
Mientras pensaba esto, aún estaba la mañana gris, con un solo rayo brillante a lo largo de una nube, que Midas no alcanzaba a ver. Se volvió a echar en la cama, muy desconsolado por la caída de sus esperanzas, y se fué poniendo cada vez más triste, hasta que el primer rayo de sol pasó a través de la ventana y vino a dorar el techo sobre su cabeza. Parecióle a Midas que aquel brillante y amarillo rayo de sol se reflejaba de modo extraño sobre la colcha blanca de su cama. Mirando más de cerca, ¡cuál no sería su asombro y su alegría al ver que el tejido de hilo se había transformado en otro que parecía ser del oro más puro y más brillante! ¡El Toque de Oro le había llegado con el primer rayo de sol!
Midas se incorporó en una especie de frenesí gozoso, y echó a correr por la habitación, tocando cuanto encontraba al paso. Tocó uno de los barrotes de la cama, e inmediatamente se convirtió en estriado lingote de oro. Descorrió una cortina para ver mejor todas las maravillas que estaba realizando, y la borla se le convirtió entre las manos en un montón de oro. Tomó un libro de encima de la mesa. Al primer contacto se convirtió en el volumen más ricamente encuadernado y dorado que se haya visto nunca; pero al pasar los dedos sobre las hojas, ¡ay!, se convirtieron éstas en un montón de delgadas placas de oro, en las cuales todas las sabias letras del libro quedaron ilegibles. Se apresuró a vestirse, y se quedó encantado al verse con magnífico traje de tela de oro, que conservaba su flexibilidad y su suavidad, aunque le pesaba un poco más que de costumbre. Sacó el pañuelo que su hijita había hecho a vainica para regalárselo. También se hizo de oro, convirtiéndose las puntadas primorosas que había hecho la niña con tanto cuidado, también en hilo de oro.
A pesar de todo, esta última transformación no dejó satisfecho por completo al rey Midas. Hubiese preferido que el regalo de su hija se hubiese conservado siempre como cuando la niña se subió en sus rodillas, besándole para entregárselo.
Pero no era cosa de afligirse por una pequeñez. Midas sacó sus lentes del bolsillo y se los puso en la nariz para ver mejor cuanto le rodeaba. En aquellos tiempos aún no se habían inventado los lentes para el común de los mortales, pero los reyes, sin duda, ya los gastaban; porque si no, ¿de dónde iba a haberlos sacado Midas? Con gran asombro suyo, notó que aunque los cristales eran excelentes, no veía nada a través de ellos. Era la cosa más natural del mundo, porque al tocarlos, los transparentes cristales se habían convertido en discos de amarillo metal, y por lo tanto eran inútiles como lentes, aunque como oro valiesen bastante.
Molestóle a Midas pensar que, con toda su riqueza, ya nunca podría conseguir un par de lentes que le sirviesen de algo.
—Pero, después de todo, importa poco—se dijo a sí mismo con mucha filosofía—. No podemos tener un gran bien que no venga acompañado de algún ligero inconveniente. El Toque de Oro bien vale el sacrificio de un par de lentes por lo menos, ya que no de los ojos. Los míos me servirán para los usos ordinarios de la vida, y mi hijita Clavellina pronto será una personita formal y podrá leerme todos los libros que yo necesite.
El sabio rey Midas estaba tan contento con su buena suerte, que el palacio le parecía pequeño para contenerla. Por consiguiente, bajó las escaleras y sonreía al observar cómo la balaustrada y el pasamanos se iban convirtiendo en oro bruñido, según los tocaba. Levantó el picaporte de la puerta—era de bronce un momento antes, pero fué de oro en cuanto sus dedos le hubieron tocado—y salió al jardín. Encontró en él, como de costumbre, muchísimas rosas: unas completamente abiertas, otras en capullo. Deliciosa era su fragancia en el aire de la mañana. Su color delicado era una de las más lindas cosas que se pudieran ver; tan amables, tan modestas, tan llenas de tranquilidad parecían aquellas flores.
Pero Midas sabía el modo de hacerlas mucho más preciosas, según su modo de pensar, que ninguna otra rosa que hubiese en el mundo. Para conseguirlo se tomó el trabajo de ir de rosal en rosal, y ejercitó su Toque de Oro infatigablemente, hasta que todas las flores y todos los capullos, y hasta los gusanillos que había en el corazón de algunas de ellas, se convirtieron en oro. Cuando estaba terminando esta faena, llamaron al rey Midas a desayunar, y como el aire de la mañana le había despertado el apetito, se apresuró a volver a palacio.
En qué consistía generalmente el desayuno de un rey en los tiempos de Midas, es cosa que no sé, y ni puedo ahora detenerme a investigarlo. Supongo, sin embargo, que aquella mañana el desayuno consistía en panecillos calientes, una hermosa trucha, patatas asadas, huevos frescos, pasados por agua, y café para el rey Midas, y un tazón de sopas de leche para su hija Clavellina. Creo que este desayuno basta para un rey, y a mí me parece que fuese éste o no fuese el que el rey Midas acostumbraba a tomar, era ciertamente exquisito.
Clavellina no había llegado todavía. Su padre mandó que la llamasen, y sentándose a la mesa esperó que la niña llegara para empezar a desayunar. Para hacer justicia al rey Midas, hay que decir que quería muy de veras a su hijita, y mucho más aquella mañana, que estaba tan contento por la buena suerte que había caído sobre él. Pasó un momento y la oyó llegar; pero Clavellina venía llorando amargamente. Esta circunstancia le sorprendió mucho, porque era su hijita una de las niñas más alegres que se hayan visto nunca en un día de verano, y con las lágrimas que acostumbraba a llorar en doce meses no se hubiese podido llenar un dedal.
Cuando Midas oyó sus sollozos, decidió consolarla dándole una sorpresa agradable, e inclinándose sobre la mesa, tocó el tazón de su hija (que era de porcelana con figuritas muy lindas) y le cambió en oro reluciente.
Clavellina, muy desconsolada, abrió la puerta y se presentó delante de su padre, limpiándose las lágrimas con el delantal, y sollozando como si se le rompiese el corazón.
—¿Qué es eso, hija mía?—exclamó Midas—. ¿Qué te pasa, hoy que hace una mañana tan hermosa?
Clavellina, sin quitarse el delantal de los ojos, alargó una mano, en la cual estaba una de las rosas que su padre acababa de transformar.
—¡Muy bonita!—exclamó su padre—. ¿Qué hay en esa magnífica rosa que pueda hacerte llorar?
—Papá—respondió la chiquilla llorando a más y mejor—, no es bonita: es la flor más fea del mundo. En cuanto me he vestido, he bajado al jardín a cortar rosas para ti, porque sé que te gustan, y que te gustan más cuando te las corta tu hijita. Pero, ¿a que no sabes lo que ha sucedido? Una desgracia muy grande, muy grande. ¡Todas las rosas tan bonitas, que olían tan bien y tenían tantos colores, se han echado a perder! Se han puesto amarillas como ésta, y no huelen a nada. ¿Qué les habrá pasado?
—Bueno, hijita, no llores por eso—dijo Midas, a quien le dió vergüenza confesar que él mismo había producido el cambio que tanto afligía a la niña—. Siéntate y toma tus sopas de leche. Ya verás qué fácil es cambiar una rosa de oro como esa, que dura por lo menos cientos de años, por una vulgar, que se deshoja en un día.
—No quiero rosas como ésta—dijo Clavellina tirándola despectivamente—. No huele a nada, y con estos pétalos tan duros me araña la nariz.
La niña se sentó a la mesa; pero estaba tan preocupada con su pena por las rosas marchitas, que no reparó en la transformación maravillosa del tazón de China. Y más valió así. Porque Clavellina estaba acostumbrada a divertirse mirando las figurillas raras y las casas y los árboles tan extraños que estaban pintados en la superficie del tazón, y todos aquellos adornos habían desaparecido en el tono amarillo del metal.
Midas, entretanto, se había servido una taza de café, y, naturalmente, la cafetera, que no sé de qué metal era cuando la cogió, estaba convertida en oro cuando volvió a dejarla sobre la mesa. Pensó un momento que era demasiado lujo para un rey de costumbres modestas como las suyas tener servicio de oro para el desayuno, y empezó a pensar en el mucho trabajo que iba a costarle guardar y conservar en salvo todos sus tesoros. El aparador y la cocina no le parecían sitios bastante seguros para guardar cosa de tanto valor como tazones y cafeteras de oro.
Con estos pensamientos se llevó a los labios una cucharada de café, y al sorberla se quedó atónito, al notar que en el instante en que sus labios tocaron el líquido se convirtió en oro derretido, y un instante después se solidificó, formando un terrón dorado.
—¡Ah!—exclamó Midas casi con horror.
—¿Qué te pasa, papá?—preguntó Clavellina mirándole, aún con lágrimas en los ojos.
—¡Nada, niña, nada!—dijo Midas—. Toma la leche antes de que se enfríe por completo.
Se sirvió una de las truchas, y por vía de experimento tocó la cola con el dedo. Con gran espanto suyo vió que se convertía de trucha admirablemente frita en un pez dorado, pero no como esos que se suelen ver en las peceras y bonitos estanques. No, porque era un pez de metal verdad, y parecía que le hubiese hecho con todo primor el mejor joyero del mundo. Las espinas eran ahora alambritos de oro; las aletas y la cola eran delgadísimas placas de oro, y quedaban en él hasta las señales del tenedor, y toda la apariencia delicada y ligera de un pez bien frito, exactamente imitado en oro. Cosa muy bonita, como podéis figuraros; pero el rey Midas en aquel momento hubiese preferido mejor tener en el plato una trucha de veras, que tener aquella primorosa y valiosa imitación.
—No comprendo—se dijo a sí mismo—cómo voy a arreglármelas para desayunar.
Cogió uno de los panecillos calientes, y apenas lo partió cuando, con gran mortificación suya, se puso amarillo (aunque era de la harina de trigo más blanca), mucho más amarillo que si hubiese sido pan de maíz. A decir verdad, si hubiese sido pan de maíz, le hubiese gustado a Midas mucho más que entonces, cuando el brillo y el peso le hicieron comprender, sin género de duda, que era de oro. Casi desesperado, se sirvió un huevo pasado por agua, que inmediatamente sufrió un cambio análogo a los de la trucha y el panecillo. Verdaderamente, el huevo pudiera haberse tomado por uno de aquellos que la gallina de oro de la fábula tenía costumbre de poner.
—¡Pues, señor, estoy divertido!—pensó recostándose en el respaldo del sillón y mirando casi con envidia a su hijita, que ya estaba tomando sus sopas de leche con gran satisfacción—. ¡Un desayuno tan rico sobre la mesa y no poder probar ni un bocado!
Esperando que a fuerza de darse prisa podría evitar el grave inconveniente, el rey Midas se echó sobre una patata caliente e intentó tragársela a toda prisa sin tocarla con la boca. Pero el Toque de Oro era más listo que él. Y se encontró con la boca llena, no por una patata harinosa, sino por un pedazo de metal sólido, que le quemó la lengua de un modo tan horroroso, que empezó a dar alaridos y a saltar y patalear por todo el cuarto; tanto le quemaba y dolía.
—¡Papá! ¡Papá!—exclamó Clavellina, que era una niña muy cariñosa—. ¿Qué te pasa, papá? ¿Te has quemado la lengua?
—¡Ay, hija mía!—murmuró Midas tristemente—. ¡No sé qué va a ser de tu pobre padre!
Y, verdaderamente, ¿habéis oído caso más lastimoso en toda vuestra vida? Aquí está literalmente el desayuno más rico que pueda servirse en mesa de rey, y su misma riqueza le hace absolutamente inservible. El labrador más pobre, sentado delante de un pedazo de pan y un vaso de agua, está realmente mucho mejor servido que el rey Midas, cuyos delicados manjares valían en realidad tanto oro como pesaban. ¿Y qué iba a hacer? Ya a la hora del desayuno; Midas tenía muchísimo apetito. ¿Iba a tener menos a la hora de comer? Y figuraos qué hambre de lobo tendría a la hora de la cena, que consistiría, sin duda, en manjares tan indigestos como los que entonces tenía delante. ¿Cuántos días pensáis que podría sobrevivir a un régimen tan substancioso?
Estas reflexiones conturbaron de tal manera al atribulado rey Midas, que empezó a poner en duda si, después de todo, las riquezas eran lo único deseable de este mundo o siquiera lo más deseable de todo. Pero esto no fué más que un pensamiento pasajero. Tan fascinado estaba Midas con el brillo del amarillo metal, que no hubiese querido renunciar al Toque de Oro por consideración tan mezquina como la de un desayuno. ¡Qué precio por unos cuantos comestibles! ¡Y además, perder tantos millones! ¡Es decir, pagarlos por una trucha frita y un huevo, una patata, un panecillo caliente y una taza de café!
—¡Sería demasiado caro!—pensó Midas.
Sin embargo, tales eran su hambre y la perplejidad de la situación, que volvió a quejarse en alta voz y muy tristemente. Nuestra lindísima Clavellina no pudo soportarlo más. Se quedó aún un momento sentada, mirando a su padre e intentando con todo el poder de su entendimiento comprender qué le pasaba. Luego sintió un deseo suave y triste de consolarle, saltó de su silla y corriendo hacia el rey, su padre, le rodeó las piernas con los brazos. El se inclinó a dar un beso a la niña. Y entonces comprendió que el amor de su hija valía mil veces más que todo lo que había ganado con el Toque de Oro.
—¡Clavellina, hijita, preciosa mía!—exclamó.
Pero Clavellina no respondió.
¡Ay, qué había hecho! ¡Cuán fatal era el don que el desconocido le había otorgado! En el momento en que los labios de Midas tocaron la frente de su hija, se operó en ella terrible cambio. Su suave y sonrosado rostro, tan lleno de cariño, se puso amarillento, y lágrimas amarillas también quedaron fijas en sus mejillas. Sus hermosos rizos obscuros tomaron el mismo color. Todas sus tiernas y blandas formas quedaron duras e inflexibles entre los brazos de su padre, que la rodeaban. ¡Oh, terrible desdicha! Víctima de su insaciable deseo de riqueza, había convertido a su propia hija en una estatua de oro...
Sí: una estatua era ya aquella bellísima niña, y su última e interrogadora mirada de cariño, de pena y de lástima, endurecida y como tallada en su rostro, era la cosa más bonita y más triste que ojos mortales han visto nunca. Todas las facciones y todos los detalles y peculiares gracias de Clavellina estaban en su estatua; hasta un encantador hoyito que tenía en la barba, y agraciaba delicadamente sus rasgos fisonómicos. Pero cuanto más perfecto era el parecido, mayores eran la agonía y desesperación del rey Midas, contemplando aquella imagen de oro, que era todo lo que quedaba de su hijita. Siempre que Midas acariciaba a su hijita, acostumbraba a decirla:—¡Vales más oro que pesas!—. La frase, desgraciadamente, era ahora literalmente cierta, y el dolorido monarca comprendía, aunque demasiado tarde, cuán infinitamente más vale un corazón amante y compasivo, que le tenga a uno cariño, que todas las riquezas que amontonarse puedan entre el cielo y la tierra.
Sería historia demasiado triste contaros cómo Midas, ahora que ya tenía todo lo que había deseado, empezó a retorcerse las manos y a maldecirse a sí mismo. Y como no podía ni mirar a Clavellina ni apartar los ojos de ella, excepto cuando los tenía fijos en la estatua, no podía creer que se había convertido en oro. Pero, volviendo a mirar, veía la preciosa figurita con una lágrima amarilla en sus mejillas de oro, y con una mirada tan compasiva y tan cariñosa, que parecía que la misma expresión tuviese que ablandar el oro y convertirlo en carne otra vez. Eso, desde luego, no podía ser. Así es que Midas volvió a retorcerse las manos y a desear ser el hombre más pobre del mundo, si la pérdida de todas sus riquezas pudiera volver al rostro de la niña el desvanecido color de rosa.
Cuando estaba en lo más tremendo de la desesperación, de pronto vió a un desconocido que estaba en pie junto a la puerta. Midas inclinó la cabeza, sin pronunciar palabra, porque reconoció la misma figura que se le había aparecido el día antes en el subterráneo y le había otorgado la desastrosa facultad del Toque de Oro. El rostro del desconocido aún tenía la misma sonrisa, que parecía derramar amarillo lustre sobre la habitación y centelleaba sobre la imagen de Clavellina y sobre los demás objetos que habían sido transformados por el tacto de Midas.
—¡Eh!, amigo Midas—dijo el desconocido—: ¿qué tal te va con el Toque de Oro?
Midas movió la cabeza.
—Soy muy desgraciado—dijo.
—¿Muy desgraciado, de veras?—exclamó el desconocido—. ¿Y cómo es eso? ¿No he cumplido fielmente la promesa que te hice? ¿No has tenido todo lo que deseaba tu corazón?
—El oro no es todo en este mundo—respondió Midas—, y he perdido lo que mi corazón realmente quería más que nada.
—¡Ah! ¿De modo que de ayer a hoy has hecho un descubrimiento?—observó el desconocido—. A ver, a ver. ¿Cuál de estas dos cosas te parece que vale más: el don del Toque de Oro o una copa de agua clara?
—¡Oh, bendita agua!—exclamó Midas—. ¡Ya nunca volverás a humedecer mi seca garganta!
—¿El Toque de Oro—continuó el desconocido—o un pedazo de pan?
—Un pedazo de pan—respondió Midas—vale por todo el oro del mundo.
—¿El Toque de Oro—preguntó el desconocido—o tu hijita palpitante, viva, suave y cariñosa como hace una hora?
—¡Oh! ¡Mi hijita, mi hijita!—exclamó el pobre Midas retorciéndose las manos—. ¡No hubiera dado yo el hoyito que tenía en la barba por el poder de convertir toda la tierra en una inmensa bola de oro!
—Eres más cuerdo que eras, rey Midas—dijo el desconocido—. Ya veo que tu corazón no se ha convertido totalmente de carne en oro. Si así fuera, tu caso hubiese sido desesperado. Pero aún pareces capaz de comprender que las cosas sencillas, las que están al alcance de todo el mundo, valen mucho más que las riquezas por las cuales tantos mortales se afanan y luchan. Dime ahora sinceramente: ¿deseas verte libre del Toque de Oro?
—¡Le odio!—respondió Midas.
Una mosca se le posó en la nariz, pero inmediatamente cayó al suelo; también ella se había convertido en oro. Midas se estremeció.
—Entonces—dijo el desconocido—, ve y báñate en el río que pasa por detrás de tu jardín. Toma un cántaro del agua misma y ve rociando con ella cada uno de los objetos que puedas desear que vuelvan a su antigua substancia. Si haces esto con buen deseo y sinceridad, puede que repares el daño que has causado con tu avaricia.
El rey Midas se inclinó profundamente, y cuando levantó la cabeza, el reluciente desconocido ya no estaba allí.
Comprenderéis fácilmente que Midas no perdió el tiempo, y fué a buscar un gran cántaro de barro; pero, ¡ay de mí!, en cuanto le tocó dejó de ser barro. Corrió, sin embargo, hasta la orilla del río. Según iba corriendo a través del huerto, que estaba plantado de grosellas y frambuesas, era maravilloso ver cómo el follaje se ponía amarillo, como si hubiese pasado por allí el otoño. Al llegar al río se tiró de cabeza, sin esperar siquiera a quitarse los zapatos.—¡Puf, puf, puf!—resopló el rey Midas al sacar la cabeza del agua—. Está bien. Éste es un baño refrescante, y supongo que me habrá lavado por completo del Toque de Oro. Ahora, a llenar el cántaro.
Al meter el cántaro en el agua alegrósele el corazón al verle convertirse, de oro que era, en el mismo honrado cántaro de barro que fué antes de que le hubiese tocado él. También notaba un cambio dentro de sí mismo. Parecía que se le había quitado del pecho un peso grande, duro y frío. Sin duda su corazón había ido perdiendo poco a poco su humana substancia y transmutándose en metal insensible; pero ahora iba ablandándose en carne de nuevo. Viendo una violeta que crecía a la orilla del río, Midas la tocó, y no cabía en sí de gozo al ver que la delicada flor conservaba su color característico, en vez de tomar un brillante amarillo. La maldición del Toque de Oro, por lo tanto, se había apartado de él.
El rey Midas se apresuró a volver a palacio, y supongo que algunos criados no sabían lo que les pasaba al ver a su real dueño llevando tan cuidadosamente un cántaro de agua. Pero aquel agua que iba a deshacer todo el daño que había causado su locura, era más preciosa para Midas que pudiera haberlo sido un océano de oro líquido. Lo primero que hizo, como apenas necesito deciros, fué echar agua a manos llenas sobre la dorada figura de su hija.
Apenas cayó el agua sobre ella, os hubieseis reído al ver cómo volvió el color de rosa a sus mejillas. ¡Y cómo empezó a estornudar y a sacudirse! Y qué asombrada se quedó al encontrarse toda mojada y ver a su padre que seguía echándole agua encima.
—¡Basta, papá; por favor, ya no más!—exclamó—. Mira lo que has hecho con mi vestido tan bonito. ¡Y que le estreno hoy!
Clavellina no sabía que había sido un rato estatua de oro; no podía acordarse de lo que había sucedido desde el momento en que corrió con los brazos abiertos a consolar al pobre rey Midas, su padre.
No creyó éste necesario contar a su querida hija cuán loco había sido, pero se decidió a demostrar lo mucho más cuerdo que ahora era. Para esto llevó a Clavellina al jardín, donde echó el agua que quedaba sobre los rosales, y con tan buena suerte, que más de cinco mil rosas recobraron su hermoso color. Hubo dos circunstancias, sin embargo, que mientras vivió conservaron para el rey Midas el recuerdo del Toque de Oro. Una fué que las arenas del río