INTRODUCCIÓN
FRAY MOCHO
Un día, en París, hace algunos años, recibí un pequeño libro, malamente impreso y firmado con un pseudónimo que había visto algunas veces al pie de artículos que, en general, no había leído. Era el Viaje al país de los matreros, mal título también, que ocultaba una de las pinturas más deliciosas y exactas que existen de un pedazo de suelo argentino, precisamente del más característico: tal vez de aquél formado y sin cesar modificado, por el aluvión formidable del padre de los ríos nacionales. Comuniqué mi impresión a su autor en una carta entusiasta, cuyo borrador siento no poseer en estos momentos, para darla de nuevo a luz, como el más cumplido homenaje al talento literario del hombre que nuestro mundo intelectual acaba de perder.
Más tarde, Fray Mocho, publicó su Viaje Austral que, como fuerza descriptiva vale quizás su primer ensayo, pero que le es superior en sus elementos de drama. Esa dura vida del lobero, en la intrincada red de canales entre los que va disolviéndose la más austral de las tierras habitadas, está pintada con una verdad y una intensidad tales, que parece increíble haya podido dibujarse el cuadro y darle color, sin haber visitado minuciosamente el teatro de la acción. Y sin embargo, según tengo entendido, Álvarez nunca visitó el Estrecho.
Más tarde, con motivo de la fundación de este semanario, de Caras y Caretas, para el que se me pide estas líneas de admiración y de pena, Álvarez cayó en la huella normal de su espíritu—y abordó el género para el que le habían preparado, no sólo las condiciones peculiares de su inteligencia viva, sagaz, observadora, de una sensibilidad de placa para retener la impresión de los ridículos más fugaces, sino también su vida azarosa, difícil, un tanto bohemia, en la que había tomado contacto material con todos los bajos fondos sociales—y contacto moral con todos los dolores y amarguras de la miseria. No pocos de sus cuentos, o más bien dicho, de sus escenas, porque se preocupaba muy poco de confabular, si bien mucho de pintar, ocultan, tras la forma retozona e irresistible que le es habitual, un fondo de profunda simpatía por el desheredado cuya ignorancia o mala suerte le sirve de tema. Poco antes de embarcarse para el Paraguay, tuve ocasión de verle y escribirle. Le hice ver que había llegado para él la hora de pedir a su espíritu lo que nos había prometido y le conjuré para que, a su regreso, se entregara al trabajo con método y plan.
No soy un entusiasta delirante por el criollismo en nuestra literatura. La razón fundamental es que siempre, o casi siempre, las producciones criollas no son, a mis ojos, sino reproducción de viejos temas, viejas pasiones, viejas intrigas, sin ubicación necesaria, pero revestidos de un lenguaje vulgar, trivial y de una repetición de símiles, lugares comunes y otros recursos, realmente agobiadora. Brieux, si hubiera visto una pieza criolla, que se está dando con éxito, habría podido hacer de ella Blanchette, con sólo cambiar el sexo del protagonista.
Álvarez no entendía así el criollismo; mejor dicho, no se preocupaba de ninguna manera de entenderlo o comentarlo. Como todos los artistas verdaderos, se ocupaba sólo en producir y esto de la única manera que podía hacerlo, mirando y pintando. Sus personajes no sólo hablaban como estamos habituados a oir hablar en nuestros campos, calles y casas, sino que sentían y concebían las cosas, como las sienten y las conciben necesariamente, por educación, por herencia y por influencia del medio, los diversos tipos sociales de nuestro país. Yo le decía a Fray Mocho: “Usted está destinado a escribir la primera comedia criolla de nuestro futuro teatro. Deje al gaucho tan esquilmado, al compadrito que sólo debe ser un personaje episódico y plante su escena, como sólo usted sabe hacerlo, en una casa modesta, de barrio lejano. Traiga usted allí a la mamá y a las niñas, al papá, nacido allá por 1840, al pariente, a las vecinas y haga usted hablar a toda esa gente. No se preocupe usted de la acción; hágale usted hablar, sentir y pensar como usted sabe que en ese mundo hablan, sienten y piensan, y le auguro a usted un éxito de primer orden”. Álvarez sonreía, pero allá en el fondo acariciaba la idea con la conciencia de poder realizarla de incomparable manera.
Brutalmente, la muerte se lo lleva cuando la vida empezaba a serle menos rigurosa. Él reposa, pero va a faltarnos, en esta monotonía seria y en esta expectativa casi angustiosa en que vivimos, la alegre nota semanal de Fray Mocho, en la que poniendo de relieve uno de los aspectos de nuestro ridículo, nos hacía gozar por la admirable penetración del artista, y por la verdad del tipo estudiado.
Todos esos bocetos van a ser reunidos en volumen. Ahí deberán ir a estudiar todos los que quieran interpretar nuestro microcosmos social, como en las horas largas y tristes allí se deberá buscar el reactivo contra las sombras del espíritu.
Hemos perdido un verdadero temperamento artístico y el día de ayer, que fué el último de un hombre que tomó muy poco a lo serio la vida y el arte, ha sido un día de duelo para las letras argentinas.
Miguel Cané
Agosto 24 de 1903.