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Cuentos de mi tiempo

Chapter 18: EL MILAGRO
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About This Book

A series of short narratives and sketches portrays ordinary people confronting hardship, moral conflict and inequalities woven into social customs. Episodes depict sudden misfortune, economic precarity and intimate domestic struggles while emphasizing conscience, compassion and the aspiration toward justice. The author combines detailed realist description with reflective commentary about art, virtue and communal responsibility, alternating straightforward storytelling with moral observation. The pieces seek to mirror contemporary manners and to awaken ethical awareness rather than to provide neat resolutions.

—Envidia, nada más que envidia... señora—dijo dirigiéndose a su ama el criado adulador:—mis chicos han visto subir el nacimiento y se han emberrenchinado en que les compre muñecos.

La dama, sin hacer caso, subió lentamente la escalera y Pepito la siguió en silencio, con la cabecita baja y las manitas a la espalda, sintiendo cosas que no podía comprender, como un filósofo chiquitín.

De pronto, al llegar al recibimiento, echó a correr hacia su cuarto, y pocos momentos después bajó al portal por la escalera de servicio, llevando una cesta cuyo contenido ocultaba cuidadosamente.

A la noche, terminada la comida, el general quiso ver de nuevo el nacimiento por gozar con la alegría del niño.

La decepción fue horrible. El nacimiento estaba encendido; pero a pesar de las luces, triste y despoblado. Parecía que los muñecos de barro habían huido al sentirle llegar: faltaban más de la mitad. Los reyes magos reducidos a dos; de la pareja de civiles, un número; la mula del pesebre, ausente; los borregos, pastores y zagalas, en cuadro; el caserío de Belén, medio derribado para arrancar algunas fincas, y ¡oh cosa inverosímil! San José permanecía junto a su divino hijo, mas la Virgen había desaparecido.

—¡¡Pepito!! ¿Qué ha pasado aquí?—gritó enojado el abuelo.

El niño se presentó cabizbajo, pero sin miedo; no muy contento, pero sereno.

—¿Qué es esto? ¿Has roto ya todo lo que falta? ¿Es ese el aprecio que has hecho?...

—No he roto nada—repuso Pepito.—Los chicos de abajo lloraban mucho porque no tenían nacimiento... y les he dado la mitad. ¿No me están diciendo a todas horas y en todas las lecciones que todos somos hijos de Dios, y que Dios da a los ricos para que den a los pobres? Pues ya está hecho... aunque no me compres más.

El general cogió a su nieto, alzándolo hasta sí, le dio no un beso sino un abrazo, como si fuese un hombre, y salió del cuarto juntamente enternecido y pesaroso.

—¿Qué tiene usted?—le preguntó su hijo al verle entrar en el despacho con los ojos llorosos.

—Tengo... tengo que tú me has salido liberal y, a pesar de los pesares... tu chico me ha salido socialista.

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DICHAS HUMANAS

A la parte de Oriente, por cima de las arboledas del Retiro, comienza a despuntar el día, desvaneciéndose y borrándose el lucero del alba en una faja de luz pálida y blanquecina, que se dilata y extiende poco a poco en el espacio.

Los faroles están apagados, los serenos se han ido, las buñoleras no han llegado, las tahonas están cerradas, las tabernas no se han abierto, y un norte glacial barre las aceras, arremolinando en los cruces de las calles las hojas secas, el polvo y los papeles. Se oyen de cuando en cuando los pasos rápidos de alguien que ha trasnochado por necesidad o por vicio; suenan a lo lejos las campanas de maitines en la torrecilla de un convento, y tras las vallas de un solar convertido en corral, lanza un gallo su canto bravío y vigoroso, como si estuviera en el campo.

De entre las sombras que van desvaneciéndose surgen las líneas y la mole de una casa magnífica, casi un palacio, con jardín a la iglesia, ancho portalón y verja de remates dorados. Dos balcones del piso principal están interiormente iluminados por un resplandor medio amarillento, medio rojizo, formado por las llamas de la chimenea y la luz de una gran lámpara con enorme pantalla de seda color de oro. Desde la calle no se ven más que los huecos bañados en claridad misteriosa, los cristales de una sola pieza y los visillos de muselina, en cuyos centros campean cifras artísticas de letras entrelazadas.

La habitación es suntuosa. Hay en ella muebles soberbios, telas rarísimas, cuadros con firmas de maestros, retratos admirables, plantas exóticas criadas en la atmósfera tibia del invernadero, jarrones, japoneses decorados con cigüeñas de plata que vuelan en paisajes fantásticos, alfombras en que los pies se hunden y arañas de vidrios multicolores, donde centellean en temblor irisado los reflejos, de la chimenea. La riqueza y el buen gusto parecen haber reunido allí todos los primores del lujo moderno.

Sentado junto a un veladorcito, donde aún se ven el servicio de té, todo de plata, dos barajas francesas y un sortijero lleno de horquillas y pulseras, hay un hombre joven, de arrogante figura, que está haciendo números con un lápiz en una cuartilla de papel.

Por la esquina que forman dos calles, desemboca un mocetón descalzo, cubierto de harapos asquerosos. Lleva a la espalda un saco, y en la mano un palo, que tiene en la punta un largo clavo retorcido, con el cual, de cuando en cuando revuelve los montoncillos de basura que hay formados ante las puertas junto a los bordes de la acera. Otras veces se pone de rodillas, escarba con las manos y va metiendo en el talego restos, desperdicios y sobras de mil cosas distintas. Al creciente claror del día su figura comienza a dibujarse. Es joven, robusto, ágil, pero repugnante por lo sucio y lo feo. Tiene las prendas con que se cubre, destrozadas y llenas de remiendos, la gorra reluciente de mugre, las manos guarnecidas por escamas de roña, los ojos legañosos y el bigote quemado de apurar colillas; todo él es seboso y hediondo. Sus compañeros le llaman Pachín el Guarro.

Al llegar frente a la casa lujosa, se sienta en la acera y poco a poco va sacando algo de lo que ha recogido aquella noche, para separar lo que haya de vender de lo que quiera guardar.

De pronto se oyen a lo lejos pasos de alguien que viene corriendo, arrastrando en chancleta los zapatos, y por la esquina inmediata aparece una chica de veinte años, feísima. Es cabezorra, llana de cogote y algo bizca; tiene el pecho voluminoso y caído, como pasiega harta de criar, el rostro rojizo, el cuello negruzco, y el trozo de carne, que pudiera ser nariz, desformado y torcido, como si guardase recuerdo de un tremendo puñetazo. Lleva puesta falda de percal que fue azul, por entre cuyos jirones, jamás cosidos, deja ver un refajo amarillo en sus buenos tiempos, toquilla de estambre rosa convertida en pañuelo de talle, y a la cabeza otro pañuelo de seda verde, bajo el cual desbordan en mechones compactos y casposos los rizos negros, vírgenes del peine. En la mano derecha lleva también un saco y en la izquierda una cesta que tiene en vez de asa un trozo de soga retorcida: allí trae una jícara sin asa, un borlón de darse polvos de arroz, un ojo de vidrio caído de un animalucho disecado, una rueda de butaca y la tapa de una caja de dulces adornada con un ramito de azahar artificial.

Aquella mujer es la Mona. Pachín el Guarro casi parece junto a ella un señorito.

Al verla acercarse, dice él:

—¿Qué traes, paloma?

Na: lana sucia, una jícara, tres latas chicas y dos peras pochas.

—Guárdalas pa madre. ¿Y papel?

—Como un par de kilos.

—¿Y tabaco?

—Eso sí, toma.

Y la Mona sacó de la cesta el fondo de una escupidera de cristal rota, con lo menos diez colillas de puro..

—¡Son habanas; éstas se lavan y pa mí: u sin lavarlas!—dijo sonriendo Pachín.

—Entonces pa tí, pa mezclar. ¿Y tú, que has pescao?

—Mira.

El Guarro vació entonces todo el contenido del talego, y sobre las losas de la acera quedaron desparramados cien objetos imposibles de definir. Allí había de todo, reducido a nada; piezas de hierro con empleo desconocido, botones sin asa, escarpias sin punta, hebillas sin pincho, una regadera abollada, media petaca, un muelle de reloj, puchos recortes de trapo, dos carretes sin hilo y una zapatilla grande, vieja, de raso azul bordada de oro y con tacón Luis xv.

—¿Y la otra?—preguntó ella.

—No ha pareció; pero ¡mira!

El Guarro sacó de la chaqueta con aire de triunfo, media cucharilla de plata.

—¿Qué valdrá eso?

—Seis u siete ríales.

—Pues al café.

Recogieron el fruto de su trabajo, dividiéronse en los sacos el peso, y atravesando barrios enteros, después de matar el gusano en una taberna, fueron a salir por rondas y afueras más allá del Cristo de las Injurias.

El término de su viaje fue una esplanada de estercoleros, rodeada de desmontes, donde se alzaban varias barracas hechas de tablas, puertas de restos de derribos, mostradores viejos, esteras, persianas, grandes trozos de hule, muestras de tiendas y toldos de carro, todo ello recubierto, guarnecido y como blindado con latas de petróleo deshechas y claveteadas, que la lluvia y el óxido habían jaspeado de manchas rojizas, semejantes a una erupción de sangre seca.

Entre las barracas corría un arroyo de aguas sucias que se desbordaban al chocar con un perro muerto e hinchado, y en distintos sitios se veían grandes montones de trapo, ferretería de desecho, rejas desbaratadas, llantas de carros, pilas de ventanas sin vidrios y huesos de animales.

La más asquerosa de aquellas viviendas era la del Guarro y la Mona.

Para entrar tuvieron que agacharse. En lo interior había muchas estampitas de cajas de fósforos pegadas con pan mascado a un biombo que hacía de pared, un hornillo de barro puesto sobre una banqueta de piano que conservaba restos de damasco amarillo, y un cofre sin tapa lleno de suelas de calzado que despedía un hedor insufrible.

Había también un descomunal montón de recortes de paño, alfombras viejas, orillos de lana y pieles de conejos. Aquella era la cama de matrimonio y en ella se tumbó el Guarro, echando las piernas a lo alto como quien se regodea con el descanso bien ganado.

La Mona se le quedó mirando embelesada, llenos los ojos de pasión como una bestia enamorada.

Cuánto más le miraba, entre brutalmente apasionada y sinceramente pudorosa, más fea se ponía; pero a él debiole parecer hermosa y codiciable como a Salomón la Reina de Saba, porque con voz melosa le dijo:

—¡Paloma!

La Mona quiso tenderse a sus pies sobre el montón de trapos para velarle el sueño destripando colillas y haciéndole pitillos, pero él volvió a llamarla como un animal a su hembra.

—¡Paloma mía!

En la chimenea de la casa lujosa sólo quedaban cenizas; la llama de la lámpara palideció ofuscada por la luz del día, que comenzó a juguetear con las cosas, arrancando reflejos al oro de los marcos, a los cristales de los espejos, a los nácares de los mueblecillos maqueados y a los flecos de seda.

El caballero joven que había pasado la noche haciendo números, sumas y restas, dejó caer la cabeza sobre el pecho, agobiado de cansancio y de pena. Luego, levantándose, fue hacia la cama donde dormía la mujer hermosa. Ella, al oírle acercarse, despertó tendiéndole los brazos. Su admirable cuerpo se modeló como una estatua viva bajo la colcha de seda, mientras él conservando en la mano el lápiz y el papel, dijo con profunda amargura, sin sentirse atraído por el cariño y la belleza:

—Estamos perdidos: ¡hay que quitar el coche!

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EL MILAGRO

Damián y su mujer Casilda, él de cuarenta y cinco, y ella de algunos menos, tenían en el barrio fama de ricos, y sobre todo de roñosos. No se les podía tildar de avaros, pues en vivir bien, a su modo, gastaban con largueza; pero la palabra prójimo era para ellos letra muerta.

Delataban su holgura la bien rellena cesta que su criada Severiana les traía de la compra, la costosa ropa que vestían, y algún viaje de veraneo que, aun hecho en tren botijo, era mirado por los vecinos como rasgo de insolente lujo. Además, con cualquier pretexto, disponían comidas extraordinarias o se iban un día entero de campo con coche que les llevara a los Viveros o El Pardo, y esperase hasta la puesta del sol, trayéndoles bien repletos de voluminosas tortillas, perdices estofadas, arroz con muchas cosas, magras de jamón y vino en abundancia.

De estos despilfarros solo protestaba la vecindad con cierta disculpable envidia: lo malo era que marido y mujer no comían ni se iban de campo solos, como recién casados o amantes de poco tiempo, sino que siempre les acompañaban dos hermanos, Luis y Genoveva, de los cuales el primero cortejaba a Casilda, mientras la segunda bromeaba con Damián: si el tal cortejo era platónico y las tales bromas inocentes, ellos lo sabrían; pero un conocido que les vio merendando más allá de la Bombilla, decía que aquéllo era un escándalo, que cuando les sorprendió, Luis tenía a Casilda cogida por la cintura, y que Genoveva retozaba con Damián.

En cambio, había en la casa donde vivían, gentes, peor enteradas o menos maliciosas, para quienes nada pecaminoso manchaba aquellas amistades, las cuales explicaban diciendo que Luis y Genoveva eran dueños de una cerería; que Casilda y Damián eran exageradamente devotos, tanto, que gastaban mucho dinero en alumbrar los altares, y finalmente, que de esta suerte, unos a fuerza de vender y otros de comprar cirios y velas, llegaron a ser amigos íntimos. Replicaban los maldicientes que el gasto no pasaba de ser un medio indirecto de favorecer a los dos hermanos, y que no en cera insípida, sino en miel dulcísima, estaban fundadas aquellas relaciones.

Lo que nadie podía negar era la piedad, el fervor, la devoción de Casilda y Damián. Antes faltaba en la iglesia el campanero que ellos a oír una de las primeras misas, cuándo no la del alba; confesaban y comulgaban todas las semanas; de cuando en cuando hacían ofrendas en metálico para mayor boato del culto; vestían a los santos, y hasta solían llevarse a su casa ropa de altar y sacristía, devolviéndola limpia, planchada y rizada primorosamente. Pero fuera de luces para la iglesia y obsequios a sus amigos, que no les hablasen de sacar dinero del bolsisillo, como no fuese en provecho y regalo propio; jamás prestaron un duro, ni dieron un perro chico; no conocían el favor, sino por pedirlo, ni la limosna, sino por saber que otros la hacían.

Quien hubiera podido retratarles de cuerpo entero era Severiana, la criada, infeliz mujer obligada a servirles y aguantarles por la más triste de las causas.

¡Y pobre de ella como Damián y Casilda llegaran a enterarse! De fijo la despedirían sin compasión ni remordimiento.

¡Buenos eran, tratándose de ciertos pecados!

En la casa donde antes estuvo Severiana fue seducida por el amo, que la despidió brutalmente huyendo luego de Madrid, en cuanto supo las consecuencias de su pasajero capricho. La pobre muchacha tuvo una niña, y en vez de llevarla a la Inclusa, como algunas conocidas le aconsejaron, se la confió a una parienta que la cuidase, ofreciendo en cambio matarse a trabajar para pagar las mesadas. Desde entonces, como lo que Severiana más temía era quedarse desacomodada, no había impertinencia que no sufriese ni fatiga que no soportara. Era una criada modelo, sumisa, respetuosa, incansable y callada. Lo hacía todo; primero los menesteres vulgares de la casa, teniendo las vasijas de la espetera como si fueran de oro, y los muebles como si fuesen nuevos; luego ayudar a Casilda en la costura; lavar y planchar lo que traía cada semana de la iglesia; y por último, para captarse sus simpatías y las de su marido, se encargó del niño.

Así, familiarmente, ni más ni menos que si fuese pariente suyo, llamaban marido y mujer a un niño Jesús que tenían en el gabinete, colocado sobre una antigua mesa de hierros y patas torneadas, con un monumental florero de trapo a cada lado, y una lamparilla delante. Era de tamaño natural, huérfano en absoluto de valor artístico, pero les parecía notabilísimo, y sobre todo, muy propio: el marido aseguraba que era talla de Alonso Cano; la mujer se lo atribuía a Juan Sebastián El Cano, y ambos creían recordar que un inglés pretendió comprárselo a peso de oro a la tía de quien lo heredaron.

Representaba cuatro o cinco años, estaba en pie, sin más traje que una camisilla muy almidonada, tenía tras la cabeza un sol de metal blanco, la mano derecha extendida con el índice y el dedo de corazón muy tiesos, como bendiciendo a las gentes, y en la izquierda sostenía un globo azul salpicado de estrellas: el pelo rubio, muy ensortijado, los ojos intensamente azules, sin vida ni expresión, semejaban enormes cuentas de vidrio, las pestañas recias y mal puestas, como cerdas, la boca una mancha abermellonada, y las carnes tan sonrosadas, tirando a rojizas, que parecían de muñeco para estudio anatómico; toda la figura, en fin, exenta de la divina gracia y dulce poesía que debiera tener.

Severiana, que recordaba haber visto en su lugarejo uno por el estilo, le cuidaba y atendía cual si fuera de carne y hueso: su espíritu inculto, pero delicado, establecía una relación misteriosa entre aquel Jesús y su niña. Eran poco más o menos de igual altura: él, a pesar de las malas pinturas, y ella, a pesar del descuido y desaliño que la afeaban, sonreían con dulzura inefable: el Hijo de Dios calumniado por un artista ramplón y la criatura abandonada por un padre infame, despertaban en el entendimiento de la pobre criada sensaciones análogas y dulcísimas: cuando abrazaba a la niña se le venía Jesús ante los ojos, y al rezar a los pies de la escultura su imaginación volaba hacia el fruto de sus entrañas, creyendo ver purificada por mediación de la sagrada imagen la falta cometida.

La verdadera creyente, la devota sincera de aquella casa era Severiana: sus amos pagaban el aceite, pero ella encendía la lamparilla, cuidando de que ardiera constantemente, levantándose a veces durante la noche para orar de rodillas, mientras cerrando los ojos creía ver el miserable cuartucho donde dormía su hija.

Al acercarse Nochebuena, Casilda y Damián dispusieron en obsequio de Luis y Genoveva, una cena opípara.

Sopa de almendra, besugo, pavo, ensalada de lombarda cocida, infinidad de golosinas, para el centro de la mesa un castillete de guirlache, y para que fuese todo bien regado, Valdepeñas y Champaña de a doce reales botella. La cocina parecía un puesto de la Plaza Mayor y el comedor una tienda de ultramarinos. ¡Cómo se iban a poner el cuerpo! ¡Y qué tristeza tan honda sentía la pobre Severiana! Haría la cena, la serviría, fregaría... y luego tendría que acostarse sin dar un beso a su hija.

Poco después de anochecer comenzó a cavilar... las cosas se le caían de las manos... no estaba su voluntad en lo que hacía... De pronto se dibujó en sus labios una sonrisa y los ojos le brillaron entre alegre y maliciosamente.... Los amos habían ido al teatro con sus convidados, para hacer tiempo... Aún tardarían bastante. Además, luego se irían a la misa del Gallo, y al volver se acostarían enseguida...

Cogió un mantón y el picaporte, echó escaleras abajo, se metió en un tranvía y antes de una hora volvió trayendo en brazos a la niña dormidita y con una pelota entre las manos: la acostó en su cama y la durmió con un cantar. No quería más que tenerla a su lado las últimas horas de la noche, darle algo del postre que sobrase y dormir con ella.

¡Aquélla sí que sería Nochebuena! La pobrecita no lloraba nunca y era difícil que la descubriese. Además, no habían de ir a registrarle el cuarto. Ya sabía ella lo que pasaba cuando disponían semejantes francachelas: primero, cuarteto de comentarios sobre si tal o cual hermano tenía o no manos puercas en la administración de la cofradía; y luego, cuando iba decayendo la charla, formación y aislamiento de dúos: Casilda y el cerero se quedaban en el gabinete, discutiendo la elocuencia de un predicador, mientras Damián y la cerera se iban al cuarto de la plancha. Lo peor sería que rompiese a llorar la niña... Pero en último caso... ¿qué podía suceder? ¿Qué se supiera todo? Pues no le faltarían casas...

Cuando sus amos volvieron, la oyeron cantar desde la escalera:

¿Quién sería la madre
que parió a Judas?
¡Qué hijos tan indinos
paren algunas!

Estuvieron un rato bromeando en el gabinete, mientras se hacían los últimos preparativos, y luego pasaron al comedor, que era la pieza inmediata, sin más separación que una puerta.

Casilda cenó junto a Luis, y Damián al lado de Genoveva.

El buen humor, empujado por el vino, comenzaba a hacer de las suyas: las dos mujeres, menos acostumbradas a la bebida, decían mil atrevidos disparates; Damián y Luis hablaban como en el café, contando cuentos verdes; por último, Casilda, algo alegrilla y deseosa de desplegar lujo, encendió todas las bujías de dos candelabros que adornaban la chimenea. Celebrose la ocurrencia con grandes risas, Damián quiso apagar una vela de un taponazo de Champaña, falló el tiro, y armose descomunal gritería; eran cuatro personas y alborotaban como doce.

Severiana casi no les oía, porque la cocina estaba lejos; pero la pequeñuela, a quien despertaron los gritos y la novedad del no acostumbrado lecho, se tiró de la cama, atravesó a gatas un pasillo, entró en el gabinete donde estaba el Niño Jesús, débilmente alumbrado por la lamparilla, contemplole un instante como si fuese un muñeco, y luego, atraída por la claridad a que dejaban paso las rendijas y junturas, empujó suavemente la puerta del comedor, y destacando sobre el fondo oscuro del gabinete, apareció iluminada por el intenso resplandor de las luces que alumbraban la cena.

Era rubia, de ojos azules, ensortijado el pelo; estaba en camisita y traía en la mano la pelota.

Luis, Genoveva y Damián, cayeron de bruces sobre la mesa... Casilda, loca de espanto, se tiró al suelo de rodillas, cubriéndose el rostro con las manos y gritando:

—¡Perdón, Señor!

La niña retrocedió asustada, tiró al huir la lamparilla derramando el aceite, y se metió en la cama muertecita de miedo.

A la mañana, casi de madrugada, Severiana salió de casa con su hija sin que nadie la viese; y era muy entrado el día, cuando Casilda mostrando a Damián la mancha que el aceite dejó en la alfombra, le decía nerviosa de terror:

—¡Mira... no cabe duda!

Apenas se les pasó el miedo, regalaron la escultura a unos amigos que tenían oratorio; hubo función con órgano, gastose mucha cera y quedaron tranquilos.

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ELVIRA-NICOLASA

Acabábamos de cenar Elvira y yo en un gabinetito de una fonda donde le gustaba que la llevase a tomar mariscos y vino blanco. Disputando por celos, en el calor de las recriminaciones, dejé escapar una frase ofensiva: debí de decirle algo muy duro, sin duda una verdad muy grande, porque entonces, avivada su locuacidad con la injuria y suelta su lengua con el estímulo de la bebida, se recostó en el diván con provocativa indolencia y, poniéndose muy seria, repuso:

—Sí, ¿eh? ¿Tan mala crees que soy? Pues aquí donde me ves, tan coqueta, tan amiga de haceros rabiar, porque todos sois iguales, y no merece más ni menos uno que otro, tan orgullosa de haber arruinado a unos y puesto en ridículo a otros, yo, aunque no lo creas, tengo en mi vida un rasgo bueno, y tendría muchos si no hubiese sido en mi niñez tan desgraciada.

Me creí amenazado de la eterna historia de una seducción vulgar; pero, prefiriendo oírla a verla emborracharse, me dispuse a escuchar, y ella siguió de este modo:

—Voy a contártelo. En primer lugar, yo no me llamo Elvira: mi verdadero nombre es Nicolasa. Soy de un pueblo de cerca de Madrid. A los dieciocho años me escapé de mi casa, imaginando que peor de lo que allí estaba no había de pasarlo en ninguna parte, segura de que, por mala suerte que tuviese, con nada sufriría tanto como aguantando las impertinencias de mi hermanastra, a quien servía de niñera, siendo víctima de la grosería de mi padrastro y del mal genio de mi madre. Mientras ésta permaneció viuda de mi padre, su primer marido, llevé con paciencia su desigualdad de carácter y las consecuencias de su codicia; pero, a partir de la segunda boda, la vida se me hizo insoportable, porque además de hija sin cariño, a lo cual ya estaba acostumbrada, comencé a ser criada sin salario, lo cual me parecía el colmo de la maldad. El tío Pelusa, así llamaban a mi padrastro, era tan irascible y avariento como la que le había tomado por esposo.

Sin embargo, aún pasé algunos años resignada siendo medio bestia de carga, medio puerca-cenicienta, hasta que al llegar Inesilla, mi hermanastra, a la edad de las travesuras desplegó tanta perversidad para conmigo, que comencé a pensar en el porvenir que me esperaba.

Yo me levantaba en la casa antes que nadie, me recogía la última, interrumpía el mejor sueño para dar de beber a las caballerías, pasaba todo el día jabonando ropas, midiendo semillas y trasladando fardos; en fin, me rendía a fuerza de trabajar, y todo sin una queja. Para lo que me faltó resignación fue para soportar las burlas de mal género, los impulsos de soberbia, y hasta los rasgos de perfidia que aquella mocosa discurría sólo con propósito de mortificarme. ¡Que mala era! Sus picardías no eran trastadas de chica, sino verdaderas crueldades: el pan qué yo guardaba por si tenía hambre entre horas, me lo quitaba y se lo echaba a los cerdos; a hurtadillas, cargaba el puchero de sal para que luego me regañasen; lo menos que hacía era decirme palabras feas, todo el repertorio que oía a los carreteros, y escupirme a la cara, sin que los Pelusos, ni la mujer ni el marido, pusieran correctivo a sus infamias.

Por fin, me harté. Un día me mandaron a la fuente con la chica, que ya tenía nueve años. La condenada fingió ir de buena gana, y a mitad de camino, escabullándose en los portales de la plaza, se metió a jugar en el corral de unas amiguitas. Allí se estuvo tres horas largas, mientras me volvía loca buscándola. Excuso decirte lo que pasaría luego cuando, al caer la tarde, volvimos a casa cada una por su lado. Creí que me mataban. Mi padrastro me ató a un pié derecho de los que sostenían el emparrado del patio, y estuvo hasta que se cansó dándome de varazos. Cuando me soltó me fui al camaranchón que me servía de cuarto, no quise cenar, y me tumbé en la cama sin desnudarme. De repente oigo ruido, miro hacia arriba, y veo a Inesilla, asomada por el montante de la puerta, mirándome burlonamente, riéndose y restregándose los puños en ademán de hacerme rabiar.

—¿Por qué has hecho eso?—le pregunté.

Y con la cara muy alegre repuso:

—Porque me da mucho gusto cuando te pegan.

Desde aquel instante no pensé más que en marcharme de la casa.

Al referir esto, Elvira tenía los ojos nublados por lágrimas de ira. Yo no me atreví a interrumpir su relato, y ella siguió:

—Si, chico, de aquella noche datan todas las barbaridades que he hecho en mi vida... y las que me quedan. Hice un lío con la poca ropa que tenía; saqué hasta treinta reales, que eran todos mis ahorros, del escondrijo donde los ocultaba, antes del amanecer tomé a campo traviesa el camino de Madrid, y aquí entré por la carretera de Extremadura y la calle de Segovia. Han pasado siete años, y me acuerdo como si hubiese sido esta mañana.

—¿Y dónde fuiste?

—A casa de mi tío Manuel. Es decir, no era tío ni casi pariente. Era sobrino segundo de mi padrastro, y yo le miraba con cierta simpatía porque las pocas veces que fue al pueblo me demostró cierta inclinación. Un día evitó que me diesen una paliza; otro día, comiendo, porque mi padrastro no me quería dar carne, él me dio la que le habían servido; y, además, otra vez que estuvo allí pocas horas, sin que lo supieran en mi casa, fue a la fuente y me regaló dos pañuelos de colores y un alfiletero de alambre plateado.

—Vamos, que le gustabas.

—Ahora lo verás.

—Vivía en la calle de los Mancebos, en un caserón antiguo, y sólo con una criada vieja: allá me fui, le conté lo que había pasado y le rogué que me ayudase a buscar casa donde servir, a lo cual repuso que haría lo que pudiese, y que pues no tenía yo dineros para ir a la posada, me quedara allí unos días hasta encontrar colocación.

—¿De qué edad era ese hombre? ¿Cuántos años tenías tú entonces?

—Manuel, cuarenta; y yo, antes te lo he dicho, dieciocho cumplidos.

—Pues no me digas más.

—No te has equivocado. A los dos días de estar allí, comprendí que me había metido en la boca del lobo. Pero ¿quieres decirme qué defensa tenía? ¿Qué hacer ni dónde ir? Yo, como chica de pueblo... y las de todas partes, sabía cuanto hay que saber: desde los primeros momentos conocí el peligro: lo que no veía era el modo de evitarlo.

—¿Y qué pasó?

—Figúrate. Ya sabes que soy aficionada a leer, que devoro novelas, que he leído hasta Don Quijote de la Mancha: mira, allí hay una a quien le sucediolo que a mí. ¿Te acuerdas cuando, hablando de sus amores con don Fernando, dice Dorotea, poco más o menos: «con volverse a salir del aposento mi doncella, yo dejé de serlo y él acabó de ser traidor y fementido?» ¿Te acuerdas de ésto? Pues igualito: Manolo con un pretexto, alejó de casa a la vieja...

—Sí; el fue traidor y fementido, y tú dejaste de ser lo otro.

—Claro está que aquello fue una picardía, pero luego se encariñó mucho conmigo. Yo entonces no era tan perra como ahora. Tengo la seguridad de que si aquel hombre no se muere, se casa conmigo.

—¿Se murió?

—A los dos años.

Elvira suspendió un instante su relato, hizo un esfuerzo para no llorar, como avergonzada de mostrar ternura, y continuó:

—Suprimo detalles: morir Manuel y echarme sus hermanos de la casa, todo fue uno. Entonces comenzó esta vida arrastrada que llevo, y eso que soy de las que tienen más suerte.

Ponerme a oficio, y presentárseme la ocasión de dejarlo, fue obra de seis meses. Por supuesto, que para encontrar trabajo pasé las de Caín; y en cuanto quise echarme a rodar, sobró gente que me empujara. De ésto ya estás enterado, y además conoces a casi todos los que han tenido algo que ver conmigo.

Lo que no sabes tú, ni nadie, es que a los tres o cuatro años de perderme, cuando ya tenía casa puesta, muebles míos, trajes lujosos, alhajas buenas, coche algunos meses y dos criadas que me sirvieran, (todavía lo que más me sorprende es verme servida), precisamente entonces, teniendo todo ésto, con lo cual no soñé jamás, chico, aunque te parezca mentira...

—Acaba, mujer.

—Pues me entró una tristeza espantosa. ¿Y qué dirás que se me metió en la cabeza?

—¿Casarte?

—No, hombre: para eso tengo aún poco dinero. Se me metió en la cabeza la idea de volver al pueblo.

—¿Arrepentida?

—Mira, no lo sé: unas veces creía que no; otras me parecía que sí. En realidad lo que yo experimentaba es dificilísimo de explicar. Era una melancolía sin nombre, un deseo impregnado de tristeza...

—Sería que se te pegase el sentimentalismo cursi de alguna novela... Si ahora mismo estás hadando como una dama de folletín.

—No te burles de aquéllo: puede que sea el mejor impulso que he sentido en mi vida; y déjame acabar. Como si se me hubiese olvidado todo lo que había sufrido hasta los dieciocho años, como si en mi casa me hubieran mimado, prescindiendo de tanto recuerdo amargo y de algunas cicatrices que tengo repartidas por el cuerpo, quise volver al pueblo, ver los lugares donde había crecido, los rincones donde me escondía para llorar, la cueva donde me encerraban, el camaranchón que llamaban mi cuarto, la cuadra, las mulas, la fuente, todo aquello, en una palabra, que debía serme odioso: en fin, comprendo que era una chifladura ridícula, pero hasta quise ver a mi madre, y a mi padrastro, y a la bribona de la niña. ¿Qué pasó por mí? como dicen en las comedias, no lo sé: pero cuando pensaba en ello decía mentalmente mi familia. El mal genio de madre me parecía disculpable por los trabajos y penalidades que ocasiona una casa de labor, la brutalidad de mi padrastro se hizo menos aborrecible a mis ojos recordando que no era mi verdadero padre, y en cuanto a las crueldades de mi hermanastra... como si no hubiesen existido. Es decir, las recordaba, pero sin guardarle rencor. Repito que nunca me he dado cuenta exacta de aquella situación de espíritu: fue algo parecido a esa tristeza que les da a los gallegos cuando pasan mucho tiempo fuera de su tierra; pero mezclada, aunque yo no deba decirlo, con cierta bondad de alma que me impulsaba a disculpar y perdonar todo el mal recibido. En fin, que me planté en el pueblo.

—¿Pero no sabían allí cómo vives y de qué vives? ¿No pensaste que podían avergonzarte y...?

—Claro que lo sabían todo: ¡si rara vez viene alguno del pueblo que no se presente en mi casa a pedirme algo! Donde me ves, he hecho a mi lugar más favores que un diputado; casi me dan ganas de llamarle mi distrito. En cuanto a que me recibiesen mal, no había miedo. Yendo a mendigar, tal vez; con las manos llenas de paquetes, chucherías y regalos... ¡quiá!

—¿Y tuvieron la poca?...

—Fui sencillamente vestida, con un traje de lanilla gris sin adornos; pero como soy tan aturdida, se me olvidó quitarme de las orejas estos solitarios; llevé un saquillo de mano con guarniciones de plata, paraguas con puño de oro; en fin, no había más que verme para comprender que no les iba a pedir nada. En la estación del ferrocarril no me conoció nadie: al atravesar la plaza, oí tres o cuatro voces que dijeron con asombro: «¡Nicolasa! ¡Nicolasa!» y luego observé que a larga distancia me fueron siguiendo dos muchachas de mi tiempo, una con un chico en brazos... y, mira, aquélla me dio envidia.

—Si te daría.

—Llegué a mi casa. Imagina la sorpresa. Pasado el primer instante de estupor, mi madre me cubrió de besos, mi padrastro lloró de ternura, Inesilla me cogió el saco de mano y comenzó a darle vueltas.

—¡Ave María Purísima!

—La chica era guapa, una real moza, fresca, garbosa, con cada ojazo, y ¡un pelo más hermoso! Lo que se llama una gran mujer. La fisonomía dura, el gesto serio, la sonrisa desdeñosa; pero en conjunto un prodigio de lozanía y de... en fin, lo que es una flor antes de que nadie la manosee.

—¿Y qué pasó?

—Pues nada, que saqué los regalos: dos cortes de vestido para ellas, dos piezas de lienzo blanco para mi madre, unos pendientes de coral para la chica, una petaca y una cadena de plata para él, todo lo que llevaba... Me dieron el mejor cuarto de la casa, no me preguntaron palabra de cómo ni de qué vivía y me trataron lo mejor que pudieron.

—¿Y fue gente del pueblo a verte? ¿Y qué les decían?

—¡Ya lo creo! Mi padrastro les dijo que estaba de aya de una señorita en casa de un título. Total, que pasé allí tres días magníficos, completamente feliz, sin tener que aguantar a los que aquí no me dejáis en paz, con una alcoba ¡para mí sola!, y al volverme les di a los papas seis mil reales para un par de mulas.

—Pues, chica, hasta ahora no veo el rasgo hermoso de que hablabas.

—Eso fue en el momento mismo de separarme de ellos. No quise que me acompañasen a la estación. Estábamos en el zaguán: mí padrastro mirando por centésima vez la petaca de plata, mi madre llorando, Inesilla atándome un manojo de flores campestres, yo con los ojos preñados de lágrimas, cuando de pronto mi padrastro me cogió por la mano y, guiándome hasta el fondo del comedor, cerró tras sí la puerta, dejando entrar a madre; Inesilla se quedó fuera. Pensé para mis adentros que querían otro par de mulas.

—¿Y qué era?

—¡Lo increíble! No ignorando, como no ignoraba ninguno de ellos, cuál es mi vida, mi padrastro, en presencia de mi madre, con su aprobación y moviendo la cabeza hacia donde estaba Inesilla, me dijo: «Anda, Nicolasa, ya que tú has hecho suerte, ¿por qué no te llevas a la chica?»

—¡Qué atrocidad!

—¡Figúrate! ¡Yo que había ido al pueblo a tomar un baño de honradez! Mira, hubo un momento en que dudé. Aquella falta de sentido moral, aquel rebajamiento, me trajeron de un solo golpe a la memoria toda la amargura de mi niñez, todos mis sufrimientos. No creas que es exageración: se me renovaron de repente el dolor y la vergüenza de todos los golpes que había recibido en aquella casa; me acordé del último día que pasé allí; creí verme tumbada en el jergón, mientras Inesilla se gozaba en mi daño; su voz cruel y burlona pareció resonar en mis oídos, y claro está, con los recuerdos volvió el rencor y con el rencor el deseo de venganza. ¡Y qué venganza la que se me venía a las manos! Traerme a Madrid la chica... ¡Figúrate!

—¿Y qué hiciste?

—Sin duda me inspiró Dios. Les miré de un modo que no debieron de comprender, y saliendo al zaguán les dije: «Quiero creer que no saben ustedes lo que piden.» En seguida, limpia de odio, besé a Inesilla y me volví a Madrid sin rencor... y sin ilusiones.

—¡Lo creo!

—Eso hizo esta Elvira que tienes delante, eso me pasó, y, sin embargo, te lo juro por la salud de mi alma, seré una imbécil, pero algunos días, cuando tengo más dinero, cuando creo que estoy más alegre, de repente se me olvida que estoy haciendo de Elvira... y me pongo Nicolasa.

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SACRAMENTO

Justa y Engracia eran hijas de una familia honrada, linajuda y rica, ambas casadas; Justa con un propietario que vivía de sus cuantiosas rentas, sin más trabajo que cuidar de aumentarlas, y de quien no tuvo hijos; Engracia con un bolsista de intachable reputación, pero tan confiado en su estrella que aventuraba en jugadas peligrosas más de lo que permite la prudencia. De este matrimonio nacieron dos niñas: María de la Soledad y María del Sacramento.

A poco de cumplir veintidós años la primera y uno más la segunda, su padre quedó alcanzado en una liquidación de fin de mes, y no pudiendo cumplir los compromisos contraídos, se suicidó de un pistoletazo. Engracia murió de pena algunos meses después; y Justa, mediante la cariñosa conformidad de Luis, su marido, se hizo cargo de las dos sobrinas huérfanas; doblemente impulsada, primero por cierta natural bondad, no incompatible con su dureza de carácter, y luego por el firme convencimiento de que las dos muchachas no podían decorosamente vivir solas.

Para Justa y Luis el decoro era la mitad de la vida: estaban persuadidos de que el error y el pecado son inherentes a la naturaleza humana, y de que la disculpa y el perdón forman la gloria principal con que el bueno se aventaja al malo; pero con el escándalo no transigían nunca. La opinión del prójimo, si no valía, importaba a sus ojos tanto como la misma virtud: temían más al comentario y la maledicencia que a la falta, siendo partidarios acérrimos del refrán que dice: «Pecado ignorado medio perdonado». Con tales ideas no habían de permitir que sus sobrinas viviesen solas.

Soledad y Sacramento no parecían hermanas. Eran sus cualidades morales tan diferentes y sus tipos tan opuestos, que quien ignorase la honradez de su madre pudiera suponerlas engendradas por dos amores distintos.

Soledad era alta, gallarda, de tez trigueña, con pelo y ojos negros, boca de labios gruesecillos, tan rojos que parecían una flor de sangre; el seno levantado y firme, el talle esbelto, el andar airoso, las actitudes y posturas animadas por un encanto singular que se desprendía de su figura como un efluvio turbador y escitante: y en rara contradicción con este aspecto provocativo, era fría, indolente, predispuesta a la mansedumbre y la bondad, capaz hasta de ternura, pero refractaria al apasionamiento y la vehemencia, como si tuviese adormilados los sentidos y en su alma tranquila solo pudieran hallar eco los sentimientos dulces y apacibles.

Sacramento no era hermosa, sino bonita: pequeña, delgada, extremadamente blanca, los ojos de un azul muy claro, los labios finísimos, tan pobres de color que parecían exangües: los brazos débiles, el talle largo, el pecho apenas pronunciado, todo el cuerpo menudo y grácil, como de adolescente que no ha llegado a su completo desarrollo. De lo que podía envanecerse era del pelo, tan rubio, fino y abundante, tanto y tan largo, que sentada para peinarse le llegaba al suelo, envolviéndola en un manto de oro. Era una mujercita delicada, de complexión casi enfermiza, sin rasgos enérgicos de belleza con que atraer y dominar: su rostro carecía de expresión y su cuerpo de gentileza: sus posturas eran lánguidas, como si todo su organismo estuviera sometido a la impasibilidad de un temperamento ingénitamente casto, reflejo de un alma privada de inspirar pasiones e incapaz de sentirlas.

Mas en abierta oposición con tales apariencias la frialdad era mentira y la languidez artificio. Cuando pretendía agradar, cuando ponía empeño en seducir, aquellos ojos claros, parados, se animaban súbitamente, trocándose de inocentes en maliciosos, y aquellos labios blanquecinos que ligeramente se mordiscaba con un movimiento imperceptible, tomaban color de cereza soleada: entonces sonreía de un modo delicioso; la falsa indiferencia, el abandono fingido, se convertían en laxitud estudiada que parecía pedir mimos o prometer caricias, y la mujercita insignificante, el ser débil, quedaban transformados en sirena de ocultos y peligrosos encantos.

Por capricho estraño de la suerte la morena era sosa y la rubia picante: Soledad como noche serena y fresca que adormece: Sacramento como tarde calurosa y pesada que hostiga con visiones abrasadoras los sentidos: una hermana dócil, humilde, apocada, propensa a cuanto fuese delicadeza y ternura; otra dominadora, altiva, exigente, pronta a todo arranque voluntarioso y enérgico: Soledad de aquellas para quienes amar es conceder, prendarse y ser vencidas: Sacramento de las que, regateando sensibilidad, prefieren ser conquistadoras a elegidas.

Justa y Luis imaginaron que las casarían pronto: a una, por su belleza y su bondad; a otra, por su travesura e ingenio, y a las dos, porque no teniendo ellos hijos, con el tiempo serían ricas.

Soledad, a pesar de verse tan solicitada, se mostró desdeñosa y esquiva; porque pedía mentalmente a sus adoradores algo íntimo y hondo que no sabían darle: les exigía menos culto y más fe.

Sacramento encontró marido a los pocos meses de cesar el aislamiento y retiro impuesto por el luto de sus padres.

En las recepciones de una embajada, conoció al barón de D'Avenda, diplomático extranjero que le doblaba la edad, hombre de corto entendimiento, cuerpo gastado y carácter débil, circunstancias que ella imaginó compensadas con su título, su riqueza, y sobre todo, por lo fácil que le pareció dominarle. Tal vez no llegase a calcular perversamente, desde los primeros momentos, que la excesiva bondad del noble extranjero pudiera ser en lo futuro amplia bandera que cubriese la torpe mercancía de sus culpas; pero apenas comenzó a verse galanteada por él, comprendió que la pasión que le inspiró, tanto más avasalladora cuanto más tardía, se lo entregaba esclavizado.

Para lograr que la distinguiera y prefiriese, le bastaron unos cuantos diálogos, y enseguida, dueña de sí misma, en frío, sin experimentar la emoción más leve, aseguró su conquista desplegando alternativamente candidez, picardía, recogimiento y desenfado. Para atraerle se hizo discreta; para retenerle, dulce; para seducirle, codiciable; para enloquecerle, sensual; le alentó con esperanzas, le exasperó con desdenes, le irritó con coqueterías, le animó con favores, y luego, de repente, sin transición; le puso a raya, resistiendo arrepentida y esquiva lo que acababa de conocer enamorada y vehemente. Sabía prometerse con los ojos al mismo tiempo que se negaba con los labios, y en una sola conversación fingía desfallecer cien veces como apasionada que cede, y rescatarse otras tantas como virtud arisca, que hostigada se exalta, pasando traidoramente de la turbación al impudor, y de la licencia al recato, cual si su pensamiento y hasta su cuerpo le inspirasen confundidos los desbordamientos de amor mal contenido que lo autorizan todo y las respuestas de fría honestidad que no consienten nada. Su táctica fue un prodigio de esa liviandad mansa que desconcierta la razón y espolea los sentidos: labor de afiligranada perfidia, al término de la cual, sin que mediara un beso ni se oprimieran una mano, quedaron el decoro de la mujer vendido y la dignidad del hombre escarnecida. Por fin cuando le tuvo medio alocado, medio entontecido, fingió rendirse y consintió en ser su esposa.

Sacramento se casó primorosamente vestida de blanco, adornado el traje de azahar, en actitud humilde, el pecho anheloso, las miradas entre pudorosas e inquietas, la tez descolorida cual si palideciese ante la inevitable proximidad de las caricias... y allá en el fondo del alma la imaginación alegre y licenciosa como ramera triunfante.

Hubo fiesta, convite, amigos, parientes, enhorabuenas, besos y abrazos, hasta lágrimas, y al caer la tarde, la recién casada se mudó de vestido para emprender el inexcusable viaje de novios. Pocas horas después, Luis, Justa y Soledad agitaban los pañuelos en el andén de la estación, mientras la pareja feliz les saludaba con los suyos asomada a la ventanilla del sleeping, lecho con ruedas, tálamo ambulante, símbolo acaso sobrado casto para quien tal idea tenía del amor.

La sensación de vanidad satisfecha que experimentaron los tíos con aquella boda, quedó pronto amargada por el disgusto que les dio Soledad. Un día supieron que tenía novio. La insensible, la desdeñosa, la fría, como ellos la llamaban, estaba vencida. El autor del milagro, porque de tal, a su juicio, podía calificarse, era un hombre de más de treinta años, arrogante figura, finísimo, muy listo y en extremo simpático, para quien ignorase que tan halagüeñas y brillantes apariencias, escondían una inteligencia dañina casi por instinto y un corazón que se asimilaba el mal, como cuerpo poroso que absorbe la humedad. Había en él algo de personaje melodramático artificiosamente concebido, cual si al crearle hubiera querido la Naturaleza condensar en un tipo la perversidad que de ordinario derrama en muchos individuos. Era de los hombres que pierden irremediablemente a la infeliz en quien se fijan, cuando no lo evita esa virtud inquebrantable y misteriosa, que halla su voluptuosidad en la resistencia. Para defenderse de él, no bastaba la frialdad ingénita contra la seducción por los sentidos, pues aún fingía más astutamente la ternura cariñosa con que se conquista el alma, que la exaltación apasionada con que se vence a la materia. Su táctica estaba sometida a dos principios, que lejos de limitar su campo de acción, lo ensanchaban: nunca procuraba enamorar a mujeres de gran inteligencia, y siempre ocultaba sus triunfos con absoluta discreción. Así eran tantas sus victorias: primero, por fáciles; luego, por ignoradas.

Doña Justa y su esposo averiguaron enseguida que el enamorado de Soledad era de buena familia y que estaba bien, es decir, lo referente a su origen y fortuna; pero de sus ideas, sus gustos, sentimientos y costumbres, de lo que más puede influir en el porvenir de una mujer, nada inquirieron, ni pararon mientes en ello.

Apenas Enrique comenzó a tratar a Soledad comprendió que su entendimiento estaba muy por bajo de su belleza, y que existía profunda desemejanza entre los caracteres de su hermosura y sus condiciones morales. Era confiada, inocentona, sencilla, tan exenta de picardía que las frases y bromas más atrevidas se estrellaban contra la falta de malicia. Lo llamativo, lo picante de sus encantos era independiente de su voluntad: aquel cuerpo de líneas tentadoras tenía actitudes pudorosas para no revelar la forma por los movimientos; aquella boca húmeda y roja, como flor de granado recién mojada por la lluvia, hablaba castamente; y aquellos ojos de miradas abrasadoras y mimosas, grandes pecadores sin saberlo, contrastaban con la serenidad y limpieza de su pensamiento: Soledad era, en fin, una de esas mujeres a quienes hay que buscar, porque no saben atraer, y que resisten mal porque desconfían poco.

Viéndose requerida de amores los aceptó cual si temiera ser cruel no siendo agradecida, y luego las palabras dulces, las promesas cariñosas, fueron invadiéndole apaciblemente el espíritu, como algo inesperado, pero natural y espontáneo, que llegada su hora le florecía: en el alma, y comenzó a recrearse en ello y gozarlo, saboreándolo a modo de un bien supremo, legítimo y honesto, sin irritarlo con estímulos de la impureza, ni envilecerlo con perversiones de la imaginación.

Enrique, por el contrario, no tuvo idea sincera ni dio paso sin premeditación. Al principio se mostró vacilante y tímido, como quien desea lo que no merece; luego desplegó gran vehemencia, dando a entender que los primeros favores le ponían fuera de tino; y, finalmente, ya seguro de que Soledad le quería, procuró que la privación de verle y hablarle con la frecuencia acostumbrada, encendiese la llama que había de perderla. Buscó un pretesto para enfadarse con los tíos, dejó de visitarles, limitándose a mirarla en paseos y teatros, y por ultimó comenzó a entenderse con ella por escrito, en cartas donde interpolaba la tristeza del alejamiento con los arranques de pasión mal contenida.

Soledad, excitada por la comunicación de aquel veneno deleitoso, se enseñó a contestarle en papeles imprudentes a los cuales fiaba anhelos antes ignorados, leyendo mil veces embelesada lo que de palabra era incapaz de tolerar, y dejando otras tantas correr la pluma para hacerle confesiones y promesas que, teniéndole junto a sí, hubiera la vergüenza sofocado en sus labios. Fue casta mientras pudo hablarle; atrevida al dejar de verle; sus primeros besos por escrito, y a solas los primeros sonrojos. Enrique tardó poco en adquirir la certidumbre de que aquella mujer era de las que no desconfían cuando aman.

Entonces, poniendo con dádivas de su parte a una doncella, consiguió que mientras dormían los tíos, Soledad le recibiese por las mañanas en unas habitaciones de la planta baja, de las cuales no se hacía uso en invierno. Luego el misterio aumentó el encanto, la ocasión fue tercera, y una vez más la pasión y el engaño llamaron a la vida un nuevo ser, víctima expiatoria del desvarío ajeno.

Cuando las lágrimas de la burlada comenzaron a agriarle la victoria, Enrique faltó a dos o tres citas. Soledad mandó en su busca a la doncella y ésta volvió diciendo que se había marchado, vendiendo en veinticuatro horas cuanto tenía y sin decir a nadie dónde iba.

La infeliz vio la traición tan clara como imaginó haber visto la felicidad, sufriendo al par la vergüenza de la falta y la humillación del abandono.

Doña Justa y don Luis, a quienes le fue forzoso confiarse, anduvieron relativamente parcos en recriminaciones, pero crueles e inexorables en punto a la energía necesaria, para ocultar las consecuencias de la seducción.

Con pretexto de renovar el arriendo de unas fincas, partieron, acompañados de Soledad, fijaron su residencia en un cortijo que poseían en tierra de Andalucía y allí permanecieron el tiempo preciso: luego, gracias a la influencia y poder que su riqueza les daba en la comarca, hicieron que el recién nacido pasase por hijo de un matrimonio de su servidumbre, gente pobre que vio con ello asegurada la fortuna, y restablecida Soledad, tornaron a la corte los tres, quedando el motivo del viaje ignorado, y el decoro a salvo.

En vano rogó la infeliz que la dejasen allí, sin más recursos que los estrictamente necesarios para vivir con el niño, en las condiciones que se le impusieran, sometiéndose a cuanto mandaran: todo fue inútil. Para la falta halló indulgencia, casi perdón, pero a trueque de separarse por siempre de su hijo, sacrificando el sentimiento de la maternidad a las exigencias del honor.

Regresaron del campo, y todo Madrid volvió a contemplar a Soledad en fiestas y diversiones, ostentando al parecer gozosa, la plenitud de su belleza. No había otra tan elegante, tan gentil y gallarda. Lo que nadie sabía era que iba por fuerza, contra su voluntad, por falta de valor para rebelarse contra aquella exhibición brutal y dolorosa; lo que nadie podía sospechar era su vergüenza íntima, su mortificación al fingir pudores e ignorancias, cuyas mentiras la envilecían a sus propios ojos, abrasándole con un fuego sucio la conciencia. No guardaron proporción la falta y el modo de expiarla: fue víctima dos veces sacrificada al egoísmo ajeno: una para satisfacer la ilusión del amor; otra para contribuir a la comedia del decoro: llegando en medio del dolor a tal punto su pureza de pensamiento, que jamás acarició la idea de engañar a un hombre para encubrir su desventura.

El viaje de Sacramento y su marido duró más de un año: al volver estaban ya desavenidos. En un principio el barón, como caballero que repugna publicar su desacierto, transigió con las que llamaba genialidades y ligerezas: luego trató de ocultarlas, y cuando ni esto pudo, fingió ignorarlas. Por no separarse de su mujer, a cambio de las migajas de su amor, sufría aparentando desconocer su vilipendio, se burlaba de otros maridos infortunados, pretendiendo garantizar con la osadía la falta de vergüenza; hizo papel de engañado, y así, insensiblemente, fue pasando de la debilidad a la costumbre y de la costumbre al envilecimiento, hasta ser un ejemplar extraordinario, un caso de ceguera moral inverosímil y absurdo. Porque Sacramento no cayó al adulterio arrastrada por la pasión tardía y avasalladora que acaso puede perdonar cierta soberana grandeza de alma: fue el tipo complejo de la medio malvada, medio enferma, a quien no se mata por infame sospechando que pueda ser irresponsable.

Al fin, vencido, y lo que es más triste, resignado, prescindió de ella. Siguieron viviendo bajo el mismo techo, pero en habitaciones independientes, separados de común acuerdo, él, sin consuelo a su amargura, ella sin freno a sus desórdenes: y cuando ya este apartamiento era público, cuando ni amigos ni parientes, ni conocidos lo ignoraban, Sacramento tuvo un hijo, que, según las leyes, fue bautizado como heredero del nombre cuya deshonra confirmaba.

No se alteraron por ello la paz ni las costumbres de la familia. El barón tardó poco en hacerse a la idea de que era padre, Sacramento continuó en sus aventuras, Soledad sujeta a la inflexible voluntad de los tíos, y éstos habituados por igual a las liviandades de la sobrina casada y a la humilde docilidad de la soltera.

En el corazón de Soledad se alzaban, sin embargo, de cuando en cuando, protestas contra aquella privación del hijo que le parecía la amputación de parte de su alma.

Una tarde de invierno, las dos hermanas paseaban a pie por las alamedas solitarias de la Moncloa. Sus pasos resonaban sobre la arena endurecida por las heladas, el viento arrancaba de las ramas las últimas hojas secas que revoloteaban como avecillas de oro, la atmósfera de una limpieza incomparable dejaba ver en la lejanía las masas violáceas de la sierra y hacia Poniente unas ráfagas de nubes rojas y anaranjadas parecían incendiar el arbolado de los cerros.

Sacramento iba sonriente, locuaz, deleitándose en respirar, como excitada por la viveza del aire: Soledad callada, distraída, viendo las cosas sin mirarlas, oyendo, hablar a su hermana sin fijar la atención. A corta distancia les seguía un carruaje y a pocos pasos les precedían un niño y un lacayo: el primero lujosamente vestido, y el segundo ocupado en ir cortando los tallos y la hojarasca de una vara para que el chiquitín jugase.

De pronto, Sacramento, preguntó a su hermana:

—Pero mujer, ¿qué tienes? ¡Parece que vas tonta!

Entonces Soledad, obedeciendo a un impulso involuntario, alteradas de súbito las facciones por la ira, cogió del brazo a Sacramento, y señalándole con la otra mano al niño que iba delante, dijo ásperamente:

—¿No es inícuo que tú puedas salir a la calle con esa criatura y yo ni aun pueda decir que tengo hijo?

—Yo—contestó la adúltera con la mayor naturalidad—soy casada.—Y haciendo por broma con su nombre un juego impío de palabras, añadió:—Ya ves... me llamo Sacramento.

Soledad, con un mohín despreciativo, repuso:

—Tienes razón. Lo mismo podrías llamarte Salvoconducto.

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SANTIFICAR LAS FIESTAS

Lunes, 9 de Mayo de 1892, tomó don Cándido posesión de su curato en Santa Cruz de Lugarejo, ocupándose inmediatamente en arreglarse la casa con los pobres y viejos muebles que trajo en una carreta del pueblecillo donde vivió hasta entonces, siendo amparo de necesitados y ejemplo de virtuosos. Durante más de cuarenta y ocho horas, nadie se dio cuenta de que allí había cura nuevo.

Algunos días después, las pocas personas que le vieron y hablaron esparcieron la voz de que parecía buena persona. Y no se equivocaban los que tan presto formaron de él juicio favorable, porque don Cándido era un bendito. Por su estatura, rostro y porte traía a la memoria el retrato que hizo Cervantes de su Hidalgo inmortal. También don Cándido frisaba con los cincuenta años y era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador, y si no amigo de la caza, como don Quijote, incansable en el ejercicio de buscar tristezas para aliviarlas.

Sus condiciones morales todas buenas: la piedad sincera, el trato afable, el lenguaje humilde, la caridad modesta, y en todo tan compasivo y tolerante, que, con ser grande el respeto que imponía, aún era mayor la cariñosa confianza que inspiraba. Su ilustración no debía de ser extraordinaria. En un cofrecillo muy chico cabían los libros que poseía, siendo el de encuadernación más resentida por el continuo uso y el de hojas más manoseadas, los Santos Evangelios. Ni los Padres de la Iglesia ni los excelsos místicos le deleitaban tanto como aquellos sencillos versículos que ofrecen, a quien sabe leerlos, mundos de pensamientos encerrados en frases sobrias.

Todos los días, en seguida de comer, don Cándido, apoyado en el alféizar de la ventana de su cuarto, releía y meditaba un par de capítulos de San Marcos o San Mateo. Luego dejaba el libro, y tomando el sol y fumando cigarrillos pasaba el rato entretenido en observar cómo trabajaban unos cuantos picapedreros que, en un solar contiguo y vallado, tenían establecido al aire libre su taller.

Habíase derrumbado meses atrás un arco de la capilla de la iglesia; cierta señora piadosa legó fondos para reconstruirlo, un arquitecto de la ciudad vecina iba de cuando en cuando a inspeccionar la obra, y en aquel espacio inmediato a las habitaciones de don Cándido estaban, resaltando por su blancura sobre la verde y felpuda hierba, los bloques de caliza que poco a poco iban convirtiéndose en claves, dovelas, salmeres y trozos de archivolta.

Allí, desde la mañana hasta la tarde, exceptuada una hora al medio día, se escuchaba continuamente el ruido múltiple y monótono formado por los mazos y las martillinas al chocar con las piezas de cantería: el sol lo iluminaba todo, lanzando acá y allá las sombras rectangulares e intensas de los tinglados de estera bajo que se resguardaban los peones, y a ratos de entre aquel rudo concierto que forman el hierro hiriendo, la piedra partiéndose y el eco resonando, se alzaba el canto bravío y triste de una copla medio ahogada por el zumbido del trabajo como un suspiro entre las penas de la vida.

Durante los cuatro últimos días de la primera semana que pasó don Cándido en Santa Cruz de Lugarejo no dejó de asomarse para contemplar a los canteros, y si alguien le observase de cerca, acaso por la emoción reflejada en su rostro, pudiera sospechar que aquella tarea dura y penosa despertaba en el alma del cura una emoción dulce y compasiva.

El domingo, primero que allí pasaba el sacerdote, salió muy temprano de casa, dijo misa, dio un paseo largo, comió más tarde que de costumbre, y poco antes de concluir, cuando al levantar el mantel le trajo el ama los fósforos y el bote de picadura, oyó que comenzaba a resonar al principio aislado y débil, luego nutrido y fuerte, el ruido que producían los canteros picando y labrando piedra en el solar vecino.

«¡Hasta en domingo!»—murmuró triste y sorprendido don Cándido: y asomándose a la ventana gritó al trabajador más próximo:

—¡Eh! ¡Buen amigo! Diga Vd. al maestro, capataz o lo que sea, que haga el favor de subir aquí un instante.

Momentos después estaba el maestro cantero en el comedor del cura. Obsequiole éste con queso nuevo y vino añejo, diole un pitillo del grosor de un dedo y en seguida violentándose, forzando su propio natural, le reprendió con la poca y tímida aspereza que su bondad, permitía, diciéndole:

—¡Qué falta de religión... y qué vergüenza! ¡Trabajar en domingo!

El obrero, disgustado por la reprimenda, pero cohibido por el agasajo, repuso humildemente:

—¿Y qué le vamos a hacer, señor cura? Trabajamos cobrando al entregar las piezas terminadas, ganando tiempo... el jornal es corto, el pan caro... y cuando menos se piensa nace un chico. Aquel grandullón rubio—añadió acercándose a la ventana y extendiendo la mano—tiene cinco; el de al lado, tres; el cojo de enfrente mantiene a sus padres... y así todos. Créame Vd., señor cura, en tripa vacía y hogar sin lumbre no hay fiestas de guardar.

Quedose perplejo don Cándido, y haciendo al fin un esfuerzo por parecer enojado, contestó:

—A pesar de eso. ¡En domingo no se trabaja! ¿Y cuántos sois?

—Doce.

—¿Cuánto gana cada uno? En junto: ¿cuánto importan los jornales de hoy?

El cantero sacó la cuenta por los dedos, y repuso:

—Ciento quince reales.

Don Cándido se dirigió a su alcoba, abrió un vargueño, sacó de un cajón un bolsillo de seda verde con anillas de acero, tomó de su contenido aquella suma, y se la entregó al maestro con estas palabras:

—Toma: que rece cada uno un Padre-Nuestro, y marcháos a descansar. ¡No profanéis el día del Señor!

A los cinco minutos el taller estaba desierto.

Al domingo siguiente, cuando don Cándido subió a desayunarse, luego de decir misa, oyó asombrado el rumor que al trabajar producían los picapedreros, y frunciendo el entrecejo, murmuró:—«¿Hoy también?»

La escena que siguió fue igual a la ocurrida ocho días antes. Llamó al maestro, le reprendió más duramente, fue a la alcoba, y dio el dinero para que el taller se despejara. Los trabajadores se marcharon alegres, algunos a sus casas, los más a la taberna; el bolsillo verde quedó vacío, y el cura asomado a la ventana pasó un rato contemplando aquellas piedras; que según las miraba debían de tener para él oculto y misterioso encanto.

Durante la semana siguiente, el trabajo cundió tanto que casi quedó limpio el solar. El nuevo arco de la iglesia estaba a punto de terminarse.

Sin embargo, al tercer domingo aún comenzó más temprano el golpeteo seco y metálico de la herramienta sobre la piedra; pero el ruido era mucho más débil: sin duda trabajaba poca gente.

Corrió don Cándido a la ventana y vio que solo había un hombre ocupado en labrar y afinar una pieza en forma de dovela, con tanta priesa y tal afán, que ni tomaba instante de reposo ni levantaba siquiera la cabeza.

Entonces bajó y acercándose al obrero le preguntó de mal modo:

—¿Has quedado tú para simiente de judíos? ¿Por qué trabajas?

—Señor—respondió el cantero—ayer quedó concluido todo: mañana lunes, de madrugada, se hace la entrega: sólo falta esta dovela por culpa mía, porque... he estado entre semana dos días enfermo. Y hoy tengo que acabarla, antes de la puesta del sol... para cobrar, porque ayer no quisieron pagarme... ni me pagan hasta que acabe.

Dicho lo cual, bajó la cabeza, inclinó el cuerpo y siguió picando.

—¿Y si no concluyes hoy?

—El trastorno es lo menos: lo malo es que no cobro, y en casa hace falta.

Quedose don Cándido pensativo. Las cuentas que echó y los cálculos que hizo sólo él podría decirlos: debió de recordar que el bolso verde estaba vacío; acaso se dijo que la verdadera limosna es la que no con dinero, sino con el propio esfuerzo se hace... Tal vez vinieron, a su pensamiento memorias a él solo reservadas... Ello fue que mirando compasivamente al cantero le dijo en voz baja, como confiándole un secreto:

—Mi padre y mis hermanos fueron canteros... Cuando chico, yo también aprendí, el oficio. ¡Yo te ayudaré!

Y recogiéndose las mangas cogió un puntero, empuñó un mazo y empezó a picar la piedra.

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LA HOJA DE PARRA

Las dos de la tarde acababan de dar en el gabinete, amueblado con el lujo aparatoso e insolente propio de una cortesana vulgar enriquecida de pronto, cuando Magdalena envuelta en ligeras ropas de levantar y aún tembloroso el cuerpo por el frescor del baño, atizó los leños de la chimenea, y aproximando al fuego el mueblecillo que le servía de tocador, extendió sobre él un lienzo guarnecido de puntillas, encima del cual fue colocando cepillos, peines, tatarretes, frascos, polvoreras y cuanto había menester para peinarse. En seguida inclinó el espejo hacía sí, se sentó, y sin llamar a la doncella comenzó a soltarse el largo y abundoso pelo, antes castaño muy oscuro y ahora teñido de rojo caoba como el de las venecianas a quienes retrató Ticiano.

Jamás permitía Magdalena que nadie le ayudase en aquella importante operación del peinado: primero por horror instintivo a que otra mujer le manosease la cabeza, y además porque deseaba estar sola cuando su amante, según costumbre, iba siempre a la misma hora para deleitarse contemplándola bien arrellenado en un sillón, mientras sus manos primorosas se hundían y surgían de entre las matas de la cabellera, formando altos y bajos, bucles, ondas y rizos hasta dejar prieto y sujeto el moño con horquillas doradas, mientras los pelillos revoltosos de la nuca, que llaman tolanos, quedaban sueltos en torno de su cuello como rayos de un nimbo roto.

Por coquetería, y por dar tiempo a que su dueño y señor llegara, iba lo más despacio posible, levantándose a veces para distraerse en otras cosas; pues lo esencial era que al aparecer su amante aún tuviese suelta la sedosa madeja que le inspiraba tantas frases lisonjeras, dándole a ella pretexto para estar con el escote entreabierto y los brazos desnudos, puestos en alto, haciendo mil embelesadoras monadas.

Un buen rato pasó escogiendo y apartando medias y puntillas que le habían mandado de una tienda, púsose luego unos zapatos nuevos para convencerse de que le hacían bonito pie, antes de pagarlos, y por último se probó un cubrecorsé y una bata, permaneciendo en adoración de sí misma ante el armario de luna, complaciéndose, más que en los primores de las galas, en su gallarda figura, de madrileña esbelta y en su gentil cabeza de mujer dominadora y altiva.

Era rubia y muy blanca, verdaderamente hermosa y bien formada, aunque algo gruesa, como si en plena juventud pretendiera la carne ahogar a la belleza. Tenía las facciones delicadas, los ojos oscuros, de mirar expresivo, y los gestos y ademanes tan enérgicos y desenvueltos que a un tiempo delataban la vivacidad de su carácter y el empeño de mostrar una gracia más provocativa y libre de lo que su propia índole consentía.

Aún no demostraban su lenguaje y modales completa perversión, más ya sabía desplegar a modo de recursos seguros, el licencioso desparpajo y la franca deshonestidad de quien para vivir se pone precio, esperando acrecentar con el estímulo el deseo, y con el impudor la ganancia. Comprendía el poder de sus atractivos y lo extremaba, siendo tan complaciente y mimosa al concederse como dura y despótica para dominar a su amante, que la quería poco y la estimaba menos, pero hallaba en día dulcísimo empleo a sus sentidos porque era hermosa y completa satisfacción a su vanidad, porque le costaba mucho.

Ya iba impacientándose por la tardanza de su señor—que acaso no pasase de arrendatario—cuando al oír sonar prolongadamente un timbre, se acomodó de nuevo ante el tocador. Pocos segundos después, una doncella levantaba la cortina de la puerta dejando paso y diciendo:

—El señorito.

A pesar del diminutivo, el hombre que entró, sin quitarse el sombrero, era un señor de cincuenta años, lo menos; alto, bien plantado, mostrando en la mirada y el porte que, a despecho de la barba entrecana y el pelo casi blanco, aún debía de apreciar en toda su intensidad, los encantos de aquella buena moza. Vestía con exquisita elegancia, y por su edad y aspecto, tenía representación de persona importante: juzgándole por las trazas no era disparatado imaginar que fuese presidente de algún alto cuerpo del Estado, banquero poderoso o senador por derecho propio.

Acercose a Magdalena, diole un beso en el cuello, sin que ella mostrase resistencia ni agrado, y quitándose guantes, gabán y sombrero, se sentó en una butaca colocada frente al tocador; de modo que pudiese ver a su amante por la espalda y al mismo tiempo contemplar su rostro reflejado en el espejo.

—Besitos—dijo ella frunciendo el entrecejo—besitos... y poca vergüenza. Vamos, a ver ¿por qué no ha venido usted ayer en todo el día? Mira que si yo quisiera... apenas tenía horas libres para...

—Hija no he podido.

—No ¿eh? ¡Un día entero! ¿Qué has tenido que hacer?

—Muchas cosas.

—Pues todo me lo has de contar para que te perdone... hora por hora... minuto por minuto.—Y alardeando de apasionada y ofendida, se levantó con el pelo suelto yendo a ponerse de media anqueta en un brazo de la butaca donde él estaba, diciendo: