WeRead Powered by ReaderPub
Cuentos escogidos cover

Cuentos escogidos

Chapter 11: IV
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

Una selección de relatos breves que ofrece retratos realistas y concisos de la vida cotidiana, presentando personajes comunes y momentos decisivos con aguda observación psicológica. La prosa, sobria y económica, privilegia escenas precisas y desenlaces a menudo irónicos o ambiguos; los temas recurrentes incluyen deseos frustrados, pequeños egoísmos, tensiones sociales y pasiones contenidas. Algunas narraciones se apoyan en paisajes y detalles sensoriales para intensificar el efecto dramático. En conjunto, las piezas combinan economía formal y profundidad moral, proponiendo lecturas rápidas pero duraderas sobre la condición humana.

LA SEÑORITA PERLA

I

Extraña en verdad fué la idea que aquel día tuve de elegir por reina á la señorita Perla.

Todos los años voy á celebrar la fiesta de Reyes á casa de mi antiguo amigo Chantal, á donde ya mi padre, que era compañero suyo, me llevaba cuando era niño. Y yo observo fielmente esta costumbre, y sin duda alguna la observaré mientras viva y quede un Chantal en el mundo.

Por lo demás, la vida de los Chantal es rarísima, y viven en París como podrían vivir en Grasse, Yvetot ó Pont-à-Mousson.

Cerca del Observatorio poseen una casita rodeada de jardín, y en ella viven como en un rincón de provincia. De París, del verdadero París, ni conocen nada ni sospechan nada; están tan lejos, tan lejos... Sin embargo, de cuando en cuando hacen un viaje larguísimo... y la señora Chantal, como en la familia se dice, va á hacer grandes provisiones. Y veamos cómo se hacen esas grandes provisiones.

La señorita Perla, que tiene las llaves de los armarios de la cocina,—pues los armarios de la ropa blanca los administra por sí misma la dueña de la casa—la señorita Perla, digo, avisa que se está acabando el azúcar, que no quedan conservas, y que en la caja del café sólo se encuentran algunos granos.

Puesta en guardia contra el hambre, la señora Chantal pasa revista á los restos y toma notas en su cuaderno. Luego, cuando ha escrito muchos números, se entrega á largos cálculos y en seguida á interminables discusiones con la señorita Perla. Sin embargo, concluyen poniéndose de acuerdo y fijan las cantidades que de cada cosa necesitan para que duren tres meses: azúcar, arroz, ciruelas, café, confituras, latas de guisantes, judías, langosta, pescados ahumados, salazones, etc., etc.

Se fija luego el día para hacer las compras, y se van en simón, un simón con galería, á casa de un gran tendero de ultramarinos que vive al otro lado de los puentes, allá en los barrios nuevos.

La señora Chantal y la señorita Perla hacen ese viaje juntas, misteriosamente, y vuelven á la hora de comer, extenuadas, emocionadas y bien sacudidas en el simón cuyo techo, lleno de paquetes y de cucuruchos, recuerda los carros de mudanzas.

Para los Chantal, toda la parte de París situada al otro lado del Sena, compone los barrios nuevos, barrios habitados por gente especialísima que pasa los días en continua disipación, las noches juergueándose, y que tira el dinero á puñados por la ventana. Sin embargo, de tiempo en tiempo llevan á las niñas al teatro, á la Ópera Cómica ó á la Comedia Francesa, pero únicamente cuando el periódico que lee el señor Chantal recomienda la obra.

Ahora las muchachas deben tener diecinueve y diecisiete años y son hermosotas, grandes, frescas, y muy bien educadas, tanto, que pasan inadvertidas como dos lindas muñecas. Jamás se me ocurriría la idea de fijarme ó de hacer la corte á las señoritas Chantal; apenas me atrevo á dirigirles la palabra, tan inmaculadas me parecen, y hasta al saludarlas temo ser inconveniente.

En cuanto al padre, es un hombre encantador, muy instruido, muy abierto, muy cordial, pero que todo lo sacrifica al reposo, á la tranquilidad, y que para vivir á gusto ha contribuido no poco á momificar así á su familia. Lee mucho, habla gustoso, y se enternece fácilmente. La ausencia de trato, de tacto, de codos y de tropiezos, ha hecho muy sensible y delicada su epidermis moral. La cosa más insignificante le conmueve, le agita y le hace sufrir.

Y con todo, los Chantal tienen algunas relaciones, pero muy restringidas y escogidas con gran cuidado entre el vecindario. También cambian dos ó tres visitas al año con parientes que viven lejos de su casa.

Yo voy á comer con ellos el 15 de agosto y el día de Reyes, y esto forma parte de mis deberes como deber es para los católicos comulgar en Pascua.

El 15 de agosto convidan á algunos amigos, pero el día de Reyes soy el único extraño que se sienta á su mesa.

II

Este año, como los otros, fuí á comer con los Chantal para celebrar la Epifanía.

Según costumbre, abracé al señor Chantal, besé la mano á su esposa y á la señorita Perla, y me incliné profundamente ante las señoritas Luisa y Paulina. Me preguntaron mil cosas relativas á los acontecimientos del bulevar, á la política y á lo que de público se decía con respecto á los asuntos de Marruecos y sobre nuestros representantes. La señora Chantal, mujer gorda cuyas ideas se me antojaban cuadradas como las piedras de sillería, tiene costumbre, para cerrar las discusiones políticas, de pronunciar las siguientes palabras: «Todo esto es mala simiente para más adelante». ¿Por qué he imaginado siempre que las ideas de la señora Chantal han de ser cuadradas? No lo sé, pero cuanto dice me parece de esa forma; un cuadrado, un cuadrado grande con cuatro ángulos simétricos. Hay personas cuyas ideas se me antojan redondas y rodando como aros. En cuanto empiezan una frase con respecto á cualquier cosa, las palabras ruedan y salen diez, veinte, cincuenta ideas redondas, grandes y pequeñas, que veo correr una tras otra hasta que se pierden allá en el horizonte. Otras tienen ideas puntiagudas... Pero en fin, todo eso importa poco.

Nos sentamos á la mesa como siempre, y la comida acabó sin que se dijese nada digno de ser retenido.

Al llegar los postres, trajeron la torta de reyes; ahora bien, el señor Chantal era rey todos los años. Yo no sé si era una casualidad repetida ó una convención de familia, pero el haba tradicional se encontraba siempre en la parte de torta que le correspondía, y siempre proclamaba reina á su esposa. Por esto mi estupefacción fué inmensa cuando sentí en mi boca la presencia de algo muy duro que estuvo á punto de romperme una muela. Saqué suavemente el objeto y pude ver una muñequita de porcelana no más grande que una habichuela. La sorpresa me hizo exclamar «¡Ah!». Me miraron, y Chantal, palmoteando, se puso á gritar: «Es Gastón. Es Gastón. ¡Viva el rey! ¡Viva el rey!».

Y todos repitieron á coro: «¡Viva el rey!». Enrojecí hasta la raíz del pelo, como frecuentemente se pone uno colorado, sin saber por qué; y sosteniendo entre los dedos aquel granito de loza bajé los ojos, hice esfuerzos para reir, y no sabía qué hacer ni qué decir cuando Chantal exclamó: «Ahora, es preciso elegir una reina».

Quedé aterrado. En un segundo, mil ideas y mil suposiciones cruzaron por mi imaginación pues no sabía si querían que designase á una de las señoritas Chantal. ¿Sería un medio para obligarme á decir cuál de las dos prefería? ¿Sería un empujoncito ligero é insensible dado por los padres hacia una boda posible? La idea de la boda vaga incesantemente por todas las casas donde hay hijas mayores, y toma todas las formas, se encubre con todos los disfraces, y emplea todos los medios. Miedo atroz á comprometerme se apoderó de mí, y al mismo tiempo, ante la actitud obstinadamente correcta y cerrada de las señoritas Luisa y Paulina, sentí que en mí hacía presa extremada timidez. Elegir á una en perjuicio de otra, me pareció tan difícil como elegir entre dos gotas de agua; y además, el temor de aventurarme en un asunto que á pesar mío, suavemente, por procedimientos sencillos, discretos y tranquilos, como aquella insignificante realeza, podía llevarme al matrimonio, me turbaba horriblemente.

Pero de pronto se me ocurrió una idea luminosa, y ofrecí la muñeca simbólica á la señorita Perla. En un principio todos parecieron sorprendidos, pero sin duda apreciaron mi delicadeza y mi discreción pues aplaudieron luego con furia y se pusieron á gritar: «¡Viva la reina! ¡Viva la reina!».

En cuanto á ella, la pobre solterona, había perdido toda compostura; temblaba, estaba asustada y balbucía: «Pero no... pero no... yo no, se lo suplico... yo no...».

Entonces y por primera vez en mi vida, miré fijamente á la señorita Perla y me pregunté lo que era en realidad.

Estaba acostumbrada á verla en aquella casa como se ve á las butacas con tapices antiguos en las que uno se sienta desde la infancia sin haberse fijado nunca en ellas. Un día, no se sabe por qué, porque un rayo de sol viene á dar en el objeto, se exclama: «Toma, ese mueble es muy curioso», y se descubre que la madera está tallada por un artista, y que la tela es de gran valor. Yo nunca me había fijado en la señorita Perla.

Formaba parte de la familia Chantal, eso era todo, pero ¿cómo? ¿á titulo de qué? Era una muchacha alta y delgada que hacía esfuerzos para pasar inadvertida, pero que no era insignificante. Se la trataba afablemente, mejor que á una ama de llaves, y no tan bien como á una parienta. Y entonces comprendí una serie de cosas que hasta entonces no me habían preocupado. La señora Chantal la llamaba «Perla»; sus hijas, «señorita Perla»; y Chantal, quizá con mayor respeto que todos los demás, la llamaba únicamente «señorita».

Y la miré atentamente. ¿Qué edad podía tener? ¿Cuarenta años? Sí, cuarenta años. No era vieja, pero hacía esfuerzos para parecerlo, y esta particularidad me llamó inmediatamente la atención. Se peinaba, se vestía y se arreglaba ridículamente, y á pesar de todo no era ridícula; ¡tan poderosa era su gracia sencilla y natural, gracia velada y cuidadosamente ocultada! ¡Extraña criatura! ¿Por qué no la había observado con mayor atención? Se peinaba de modo grotesco, con rizos á la antigua usanza y completamente pasados de moda, y bajo aquel extraño tocado se veía una frente serena, cruzada por dos profundas arrugas, dos arrugas de interminables tristezas, y luego unos ojos azules, grandes y dulces, tímidos, temerosos y humildes, ojos hermosísimos que reflejaban todas las inocencias, ojos llenos de asombros de niña, de sensaciones jóvenes y también de pesares que por ellos habían pasado enterneciéndolos pero sin turbarlos.

El rostro fino y discreto, uno de esos rostros que se han extinguido sin que los hayan usado ni marchitado las fatigas ó las grandes emociones de la vida.

¡Linda boca! ¡Hermosos dientes! Pero... cualquiera hubiese dicho que no se atrevía á sonreír.

Y sin saber por qué la comparé á la señora Chantal. Sí, la señorita Perla era mucho mejor, cien veces mejor, más fina, más noble, más altiva...

Mis observaciones me dejaban turulato; se destapó el champaña, yo tendí mi copa á la reina, y bebí á su salud después de haberle dedicado un cumplido. Claramente me di cuenta de que deseaba taparse la cara con la servilleta; y cuando humedeció sus labios en el espumoso vino, todos se pusieron á gritar: «¡La reina bebe! ¡La reina bebe!». Ella se puso colorada como una amapola y se atragantó. Todo el mundo reía, pero me convencí de que en la casa la querían mucho.

III

Terminada la comida, Chantal me cogió por un brazo. Era la hora del cigarro, hora sagrada. Cuando estaba solo se iba á fumar á la calle, pero cuando tenía invitados, se subía al billar y se jugaba una partida fumando. Aquella tarde, como era día de Reyes, se había encendido la chimenea de la sala de billar; y mi antiguo amigo, después de coger su taco, un taco muy fino que frotó cuidadosamente con blanca tiza, dijo:

—Para ti, muchacho.

Á pesar de mis veinticinco años, como me conocía desde niño me tuteaba.

Empezó la partida: hice algunas carambolas, marré otras, pero como el recuerdo de la señorita Perla no dejaba de dar vueltas por mi imaginación, pregunté:

—Dígame, señor Chantal; la señorita Perla ¿es parienta suya?

Muy asombrado, dejó de jugar y me miró fijamente.

—¡Cómo! ¿Tú no sabes?... ¿No conoces la historia de la señorita Perla?

—No.

—¿Tu padre no te la contó nunca?

—No.

—Pues es raro, vaya si es raro, porque se trata de una aventura en toda regla.

Y se calló para decir momentos después:

—¡Y si supieses lo extraño que es que me preguntes eso hoy, en día de Reyes!

—¿Por qué?

—Por qué, por qué... Escucha. Hace cuarenta y un años, cuarenta y un años hoy mismo, día de la Epifanía, y vivíamos en Roüy-le-Tors, en las fortificaciones... pero ante todo y para que comprendas bien, tengo que explicarte cómo era la casa. Roüy se alza en una colina, mejor dicho, en un altozano desde el que se domina gran extensión de prados, y allí teníamos nosotros una casa con un pensil. La casa estaba en la población, en la calle, pero desde el jardín se dominaba toda la llanura. Y ese jardín tenía una puerta de salida que daba al campo, al extremo de una escalera secreta practicada en el espesor del muro, una escalera como se encuentran tantas en las novelas. Por delante de esta puerta pasaba un camino, y en la puerta había una campana, porque los campesinos, para evitarse un rodeo, nos traían las provisiones por allí.

«Te das cuenta del lugar ¿no es eso? Pues bien, ese año, cuando llegó el día de Reyes, hacía una semana que no había cesado de nevar. Parecía el fin del mundo. Cuando íbamos á las fortificaciones para contemplar la llanura, aquella inmensa extensión blanca, blanca y helada que brillaba como si le hubiesen dado una mano de barniz, nos metía el frío en el alma. Se hubiera dicho que Dios empaquetaba la tierra para enviarla al granero de los viejos mundos, y te aseguro que aquello era muy triste.

«Vivíamos en familia y éramos muchos: mi padre, mi madre, mi tío y mi tía, mis dos hermanos y mis cuatro primas, lindas muchachas, de las cuales, la más pequeña es mi mujer. De tanta gente sólo vivimos tres, mí mujer, mi cuñada que vive en Marsella, y yo. ¡Canastos! ¡qué pronto se acaba una familia! Sólo al pensarlo me pongo á temblar. Entonces tenía quince años, ahora... ahora tengo cincuenta y seis.

«En fin, íbamos á celebrar la fiesta de Reyes, y todos estábamos contentos, muy contentos. En el salón esperábamos la comida, cuando mi hermano mayor, Jaime, dijo: 'Desde hace diez minutos, un perro está ladrando en la llanura: debe ser un animal perdido...'.

«Y no había concluido de hablar cuando sonó la campana del jardín. La campana sonaba como las de las iglesias y hacía pensar en los muertos. Todos nos estremecimos. Mi padre llamó al criado y le ordenó que fuese á ver quién era, y esperamos guardando profundo silencio: pensábamos en la nieve que cubría la tierra. Volvió el hombre asegurando que no había visto á nadie, mas el perro seguía ladrando y sus aullidos nos indicaban que no había cambiado de sitio.

«Nos sentamos á la mesa, pero los más jóvenes especialmente estábamos un poco emocionados. Al servir el asado la campana sonó tres veces seguidas y sus toques fueron largos y vibraron de tal manera que todos nos quedamos sin aliento. Con el tenedor en la mano nos miramos sin atrevernos á hablar, escuchando atentamente, y dominados por una especie de miedo que tenía mucho de sobrenatural.

«Mi madre fué la primera que abrió la boca para decir: 'Es raro que hayan tardado tanto en llamar de nuevo: Bautista, no vaya solo, uno de estos señores le acompañará'.

«Mi tío Francisco se puso en pie. Era un hércules, muy orgulloso de su fuerza y que no temía á nada ni á nadie. Mi padre le dijo: 'Toma una escopeta; no se sabe lo que puede ser'.

«Pero mi tío no hizo caso, cogió un bastón, y salió con el criado.

«Los demás nos quedamos temblando de terror y de angustia sin atrevernos á comer ni á hablar. Mi padre intentó tranquilizarnos: 'Veréis, nos dijo, como será algún mendigo ó algún caminante que se habrá perdido. Después de haber llamado una vez, y viendo que no le abrían en seguida, habrá intentado encontrar su camino, y al no conseguirlo, habrá vuelto á nuestra puerta'.

«Nos pareció que la ausencia de mi tío duraba una hora; cuando volvió estaba furioso y juraba: 'Nada, ¡recontra! es un guasón. Nada más que ese maldito perro ladrando á cien metros de la tapia. Si hubiese cogido la escopeta, creo que le hubiera matado para hacerle callar'.

«Se reanudó la comida pero todo el mundo era presa de viva ansiedad, pues se comprendía que algo había de ocurrir aún y que la campana sonaría de nuevo.

«Y sonó en el preciso momento en que se partía la torta de Reyes. Todos los hombres se levantaron á un tiempo. Mi tío Francisco, que había bebido champaña, afirmó que iba á matarle, y lo dijo tan furiosamente que mi madre y mi tía se abrazaron á él para que no lo hiciese. Mi padre, aunque muy tranquilo y casi impotente—el pobre arrastraba una pierna que se había roto de una caída de caballo,—declaró que quería enterarse de lo que aquello era y que iría á verlo. Mis hermanos, que tenían dieciocho y veinte años, corrieron á buscar sus escopetas, y como no hacían el menor caso de mí, me armé con una carabina de salón y me dispuse á acompañar á los expedicionarios.

«Y nos pusimos en marcha. Mi padre y mi tío, con Bautista que llevaba una linterna, iban delante; mis hermanos, Jaime y Pablo les seguían, y yo, á pesar de las súplicas de mi madre y de mi tía, que con mis primas se habían quedado en la puerta, cerraba la comitiva.

«Hacía una hora que la nieve caía con fuerza y los árboles estaban completamente blancos. Los pinos se inclinaban cediendo al peso de su lívida vestidura, semejando blancas pirámides ó enormes pilones de azúcar, y á través de la cortina que los copos formaban, apenas se veían los arbustos. Tan espesa era la nieve, que á diez pasos no se veía nada, pero la linterna iluminaba una gran cantidad de espacio. Cuando empezamos á bajar por la escalera de caracol tallada en el muro, tuve miedo, mucho miedo. Me parecía que alguien venia detrás de mí, que iba á cogerme por los hombros y á levantarme en vilo, y tentado estuve de desandar lo andado, pero, como era preciso atravesar todo el jardín, no me atreví.

«Oí que abrían la puerta que dada al campo y que mi tío empezaba á jurar otra vez: 'Recorcho ¡No hay nadie! Si llego á distinguir su sombra, me parece que ese ma... no se escapará'.

«Ver la llanura, ó mejor dicho adivinarla, pues no se la veía, era cosa siniestra: únicamente se distinguía un inmenso velo de nieve, á derecha, á izquierda, por todas partes.

«Mi tío repuso: 'Allí está el perro que ladra: voy á enseñarle que tengo buena puntería, siempre será algo'.

«Pero mi padre, que era muy bueno, lo impidió diciéndole: 'Más vale que vayamos á buscarle, pues el pobre animal ladra porque tiene hambre. Y ladrando pide socorro: llama como llamaría un hombre en situación desesperada... Vamos'.

«Y echamos á andar á través de la sábana de nieve, especie de musgo blanco que llenaba la noche y el aire, que se agitaba, flotaba, caía, y al fundirse helaba la carne; helaba la carne como hubiera podido abrasarla, con dolor vivo y rápido producido por el contacto de los pequeños copos blancos.

«En aquella pasta blanca y fría nos hundíamos hasta la rodilla, y para andar era preciso que levantásemos mucho las piernas. Á medida que adelantábamos, los ladridos del perro iban siendo más claros y más fuertes. Mi tío gritó: 'Ahí está', y nos detuvimos para observarle, como debe hacerse frente á un enemigo que se encuentra en medio de la noche.

«Como iba detrás tuve que acercarme á los otros para verlo, y aquel perro grande, negro, perro mastín de largo pelo y cabeza de lobo, plantado sobre sus cuatro patas al extremo del círculo de luz que sobre la nieve dibujaba la linterna, ofrecía un aspecto horrible y fantástico á la vez. No se movió; se había callado, y nos miraba.

«Mi tío dijo: 'Es raro; ni avanza ni retrocede: ganas tengo de pegarle un tiro'.

«Mi padre replicó con firmeza: 'No, es preciso ir á buscarlo'.

«Entonces mi hermano Jaime añadió: 'Pero no está solo: á su lado hay algo'.

«En efecto, detrás del perro había algo, un bulto gris, que no se podía distinguir lo que era. Tomando las necesarias precauciones volvimos á ponernos en marcha.

«Al ver que nos acercábamos, el perro se sentó sobre el cuarto trasero. Y no parecía malo, y cualquiera le hubiese creído contento por haber logrado atraer gente.

«Mi padre fué recto á él, le acarició, y el perro le lamió las manos; y entonces se vió que estaba atado á la rueda de un cochecito, de una especie de coche de juguete completamente envuelto con tres ó cuatro mantas de lana. Se levantaron con cuidado las ropas, y cuando Bautista acercó la linterna al cochecillo que parecía un enorme nido con ruedas, distinguimos á un niño que dormía en el fondo.

«La cosa nos sorprendió de tal manera, que no pudimos articular una palabra. Mi padre fué el primero que recobró la sangre fría, y como era hombre de gran corazón y de alma algo exaltada, extendió la mano sobre el pequeñuelo y dijo: '¡Pobre abandonado, tú serás de los nuestros!'. Y ordenó á mi hermano Jaime que hiciese rodar con cuidado el cochecillo.

«Mi padre, pensando alto, añadió:

'Algún hijo del amor cuya pobre madre habrá venido esta noche á llamar á mi puerta, esta noche de Epifanía, en recuerdo del Niño-Dios'.

«Se detuvo de nuevo, y dirigiéndose hacia los cuatro puntos del horizonte gritó cuatro veces con todas sus fuerzas: '¡Le hemos recogido!'. Luego, apoyándose en el hombro de su hermano murmuró: '¿Y si hubieses tirado apuntando al perro, Francisco?'.

«Mi tío no contestó, pero hizo la señal de la cruz, pues á pesar de sus fanfarronadas era muy católico.

«El perro, al que habían desatado, nos seguía.

«Y lo verdaderamente encantador fué la llegada á casa. Trabajo costó subir el cochecillo por la escalera, pero al fin se consiguió y se le hizo llegar hasta el vestíbulo.

«¡Qué contenta se puso mi madre! Y mis primas, la menor tenía seis años, parecían polluelos alrededor de un nido. Al fin se sacó al niño del coche, y se vió que era una niña que lo más tendría seis semanas, y entre los pañales se encontraron diez mil francos en oro, sí, diez mil francos, que papá colocó para hacerle una dote. No era hija de pobres... tal vez de algún noble y de una burguesita de la ciudad,... tal vez... hicimos mil suposiciones pero nunca llegamos á saber nada, nada... Ni siquiera el perro fué reconocido por nadie; era extraño en el país. Pero, en todo caso, él ó la que había venido á llamar tres veces á nuestra puerta, conocía perfectamente á mis padres.

«He ahí cómo la señorita Perla entró, á la edad de seis semanas, en la casa Chantal.

«Por lo demás, fué mucho más tarde cuando la llamaron señorita Perla, pues al bautizarla se le pusieron los nombres: 'María, Simona, Clara', y Clara tenía que servirle de apellido.

«Te aseguro que la entrada en el comedor, con aquel rorro despierto que miraba á su alrededor y fijaba en las personas y las luces sus ojos azules, fué cosa digna de ser vista.

«Nos sentamos otra vez á la mesa y se distribuyó la torta. Yo fuí el rey, y como usted, hace un momento, elegí por reina á la señorita Perla que ese día, estaba muy distante de comprender el gran honor que se la dispensaba.

«En fin, la niña fué adoptada y educada en la familia. Creció, pasaron los años, era amable, cariñosa, obediente, y como todo el mundo la quería, si mi madre no lo hubiese impedido, la hubieran mimado de modo abominable.

«Mi madre era mujer de orden y de jerarquía. Trataba á Clarita como á sus propios hijos, pero con todo, quería que la distancia que nos separaba estuviese bien señalada y la situación bien establecida.

«Así que, en cuanto la niña pudo comprender, se le hizo conocer su historia, y lograron que en su espíritu penetrase, suave y tiernamente, la convicción de que era una hija adoptiva de los Chantal, una criatura recogida, en una palabra, una extraña.

«Clara, con extraordinaria inteligencia y con sorprendente instinto, se dió cuenta de la situación, y supo colocarse en el lugar que le correspondía con tanto tacto, gracia y gentileza, que muchas veces hacía llorar á mi padre.

«Hasta mi misma madre, emocionada por el apasionado reconocimiento y la abnegación algo temerosa de aquella linda criatura, empezó á llamarla 'hija mía'. Y á veces, cuando la niña había hecho algo bueno ó delicado, mi madre se colocaba las gafas sobre la frente, en ella signo evidente de emoción, y repetía: '¡Pero esta criatura es una perla, una verdadera perla!'. Y ese nombre fué el que quedó á la pequeña Clara, que para nosotros se convirtió en 'la señorita Perla'».

IV

El señor Chantal se calló. Estaba sentado en un ángulo del billar, caídas las piernas, con una bola en la mano izquierda, y arrugando con la derecha el paño que servía para borrar los tantos que se marcaban en la pizarra, y que nosotros habíamos bautizado con el nombre de «el paño de la tiza». Algo colorado, con voz sorda, y metido de lleno en el campo de sus recuerdos, hablaba para sí recorriendo despacio los caminos de las cosas pasadas y de los antiguos recuerdos que en su imaginación despertaban como, al pasear por el jardín de la casa solariega donde se ha crecido, cada árbol, cada sendero, cada planta, los puntiagudos arbustos, el laurel que tan bien huele, y los tejos cuyo rojo grano se aplasta entre los dedos, hacen surgir, á cada paso, un hecho de nuestra vida pasada, uno de esos hechos insignificantes, deliciosos, que componen el fondo mismo, la trama de la existencia.

Yo, apoyado de espalda á la pared, y teniendo en la mano el taco inútil, le escuchaba atentamente.

Pasado un minuto repuso: «¡Canastos! ¡Y á los dieciocho años era guapa!... Y graciosa... y perfecta... ¡Ah!... Bonita, buena, y encantadora muchacha... Tenía unos ojos así, ojos grandes, azules, transparentes y claros, ojos como no he visto nunca...».

Se calló y yo pregunté: «¿Y por qué no se ha casado?».

Él contestó, pero no á mí, contestó á esta palabra «casado».

—«Por qué, por qué... Pues porque no ha querido... no ha querido. Y eso que tenía treinta mil francos de dote y la pidieron varias veces... pero no quiso... En esa época estaba muy triste. Entonces fué cuando me casé con mi prima, la pequeña Carlota, mi mujer, con quien tuve relaciones durante seis años».

Miré al señor Chantal y me pareció que penetraba en su alma, que penetraba en uno de esos dramas crueles y humildes de los corazones honrados, corazones rectos, sin reproche, uno de esos corazones cerrados é inexplorados que nadie conoce, ni siquiera aquellos que son sus víctimas mudas y resignadas.

Y, empujado por irresistible curiosidad, pregunté:

—¿Era usted quien debía casarse con ella, señor Chantal?

Se estremeció, me miró con fijeza, y dijo:

—¿Yo? ¿Casarme?... ¿Con quién?

—Con la señorita Perla.

—Y ¿por qué?

—Pues porque la quería mucho más que á su prima.

Me miró con ojos extraviados, redondos, llenos de espanto, y al fin balbució:

—¿Que yo la quería?... ¿yo?... ¡Cómo!... ¿Quién te ha dicho semejante cosa?

—¡Diablo! preciso es ser ciego para no verlo... y por esta misma causa tardó usted tanto en casarse con su prima que estuvo seis años esperándole.

Soltó la bola que tenía en la mano izquierda, se cubrió la cara con el paño de la tiza, y apoyando los codos en la mesa se puso á sollozar. Y lloraba con desolación ridícula, como llora una esponja que se oprime con fuerza, por los ojos, la nariz y la boca; todo á un tiempo. Tosía, escupía, se sonaba con el paño de la tiza y se secaba con él los ojos, y luego las lágrimas volvían á correr por todas las arrugas de su rostro, y á las lágrimas acompañaban unos ronquidos que recordaban los gargarismos.

Yo, entre asustado y avergonzado, no sabía qué decir, qué hacer ni qué intentar.

De pronto, la voz de la señora Chantal resonó en la escalera: «¿Acabáis pronto de fumar?».

Abrí la puerta y grité: «Sí, señora; en seguida bajamos».

Luego me precipité hacia su marido y cogiéndole por los brazos le sacudí con fuerza: «Señor Chantal, mi amigo Chantal, escúcheme—le dije:—su mujer nos llama, tranquilícese pronto, que es preciso bajar».

El tartajeó: «Sí, sí,... ya voy... pobre, pobre muchacha... diga que ya voy».

Y empezó á enjuagarse concienzudamente la cara con el paño que, desde hacía dos ó tres años, borraba los tantos que en la pizarra se marcaban, y apareció mitad blanco y mitad rojo, la frente, la nariz, las mejillas manchadas con tiza, y los ojos todavía llenos de lágrimas.

Le cogí las manos y le llevé hasta su habitación diciéndole con voz baja: «Le ruego que me perdone, amigo Chantal, por haberle entristecido, pero yo no sabía,... yo no sabía, comprende usted...».

Abrazándome, murmuró: «Sí,... sí,... hay momentos muy difíciles...».

Luego hundió la cabeza en la palangana, y aunque cuando la sacó no me pareció del todo presentable, se me ocurrió una idea hábil. Como su inquietud crecía al mirarse al espejo, le dije: «Diremos que se le ha metido un grano de polvo en el ojo, y así podrá llorar cuanto quiera delante de todo el mundo».

Con efecto, bajó frotándose los ojos con el pañuelo, y todo el mundo se alarmó: no hubo quien no intentase buscar el grano de polvo que, como es natural, nadie pudo encontrar, y se contaron casos parecidos en los cuales había sido necesaria la intervención del médico.

Yo me había sentado junto á la señorita Perla y la miraba atormentado por tan ardiente curiosidad que casi se convertía en sufrimiento. Efectivamente, debía haber sido muy linda, con ojos dulces, tranquilos y tan grandes que parecía no se habían de cerrar nunca. El traje era algo ridículo, verdadero traje de solterona, y no le hacía ningún favor.

Y me parecía que veía en ella, como hacía un momento había visto en el alma del señor Chantal, y que en su alma leía desde el principio hasta el fin toda la historia de su vida, la historia de su vida humilde y llena de abnegación; pero á mis labios acudía la necesidad de interrogarla, de saber sí ella también había querido, si, como él, había sufrido ese interminable sufrimiento secreto, agudo, que no se ve, que no se manifiesta, que no se adivina pero que se siente durante la noche y en la soledad de la negra habitación. Yo la miraba, veía que su corazón latía con fuerza, y me preguntaba si aquel rostro cándido, durante las noches se habría apoyado con fuerza en la almohada y gemido y sollozado, y si su cuerpo, con ardorosa fiebre, se habría sacudido con violentas sacudidas.

Y con voz muy baja, como hacen los niños cuando rompen un juguete para ver lo que hay dentro, le dije: «Si hubiese visto llorar al señor Chantal hace un momento, le hubiera compadecido».

Se estremeció: «¡Cómo! ¿Lloraba?».

—Sí, y lloraba mucho.

—Y ¿por qué?

Estaba emocionadísima y yo continué:

—Por usted.

—¿Por mí?

—Sí. Me contaba lo mucho que en otros tiempos la había querido, y el trabajo que le había costado decidiese á casarse con la que hoy es su mujer en vez de casarse con usted...».

Su pálido rostro se alargó un poco; sus ojos siempre abiertos, sus ojos tranquilos, se cerraron de pronto y tan rápidamente que parecieron cerrarse para siempre, y resbalando de la silla al suelo, cayó suavemente, lentamente, como hubiera podido caer una cinta de seda...

Y grité: «¡Socorro! La señorita Perla se ha puesto mala».

La señora Chantal y sus hijas se precipitaron hacia ella, y mientras buscaban agua, una toalla y vinagre, cogí el sombrero y me marché.

Y me marché corriendo, con el corazón oprimido y lleno de remordimientos y de pesar. Pero, con todo, estaba contento, pues me parecía haber hecho una cosa laudable y necesaria.

Y me preguntaba: «¿He hecho bien? ¿He hecho mal?». Los pobres conservaban eso en su alma como queda el plomo en una herida cerrada. ¿No serán más dichosos ahora? Es ya demasiado tarde para que la tortura empiece de nuevo, y aún es tiempo para que la recuerden con ternura.

Y tal vez una de las noches de la próxima primavera, turbados por un rayo de luna que iluminará la hierba, se estrecharán la mano en recuerdo de tanto sufrimiento, de ese sufrimiento ahogado y cruel: y tal vez también ese corto apretón de manos hará que por sus venas pase algo de ese estremecimiento que no han conocido, y comunicará en un segundo á esos muertos resucitados, la rápida y divina sensación de esa embriaguez, de esa locura que proporciona á los enamorados, con un sólo estremecimiento, mayor felicidad de la que los otros hombres pueden recoger en toda su vida.