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Cuentos y diálogos

Chapter 9: SANTA
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About This Book

Reúne cuentos y piezas conversacionales publicados con anterioridad que combinan motivos de tradición popular, fantasía ligera y una ironía culta. Algunos relatos reelaboran tradiciones folclóricas con tono juguetón; otros imaginan escenas prehistóricas absurdas o presentan diálogos eruditos que escenifican debates filosóficos y sátira social. A lo largo del conjunto el autor privilegia la diversión imaginativa sobre la lección moral, jugando con la elegancia expresiva, la exageración cómica y la ironía hacia las vanidades. El tono oscila entre la ternura melancólica y el disparate festivo, invitando al disfrute del ingenio verbal y la agudeza intelectual.

Autor.—Aseguro a V., mi querido doctor Seelenführer, que cada día estoy más encantado de haber contraído con usted estas relaciones amistosas. Oyendo a V. comprendo el movimiento intelectual de Alemania, en lo que tiene de más hondo, y por consiguiente el de toda Europa, porque (¿cómo no confesarlo?) Alemania es nuestro norte en ciencias y en filosofía, casi desde Leibnitz, y sobre todo desde Kant. Usted es un resumen vivo de cuanto ahora se sabe o se supone que se sabe: usted es un sabio a la última moda. Todo esto me divierte mucho, porque no puede V. figurarse lo aficionado que soy a la filosofía; pero confieso que hay dos cosillas que me afligen.

Seelenführer.—Dichoso V., a quien sólo afligen dos cosillas. ¡A mí me afligen y me desesperan todas!

Autor.—Pues justamente es ésa una de las cosillas que me afligen: el que a V. le aflijan todas y le desesperen. De lo que antes yo gustaba más, en la filosofía alemana, era del optimismo. Desde el doctor Pangloss hasta hace poco (al menos yo así lo entendía) han venido siendo optimistas los grandes filósofos. El ser llorones se dejaba a los poetas exóticos, como Byron y Leopardi. En Alemania, ni los poetas siquiera eran quejumbrosos y desesperados. En el más grande de todos, en Goethe, celebro yo con singular contentamiento cierta alegría reposada y majestuosa y cierta olímpica serenidad. Pero ¡amigo mío! ¡cómo ha cambiado todo! Lo que ahora priva es la filosofía de la desesperación. La poesía la precedió en este camino, el cual, seguido poéticamente, confieso que me encantaba. Cuando yo era mozo y estudiante, ¿quién no hacía versos desesperados? Los versos desesperados eran como blasfemias y reniegos de las personas atildadas y cultas. Había uno perdido al juego la mesadita de 30 ó 40 duros que le enviaba su papá; había estudiado tan poco, que había salido suspenso y le habían dejado para el cursillo; la hija de la pupilera, o la pupilera misma, le había plantado y preferido a otro huésped; en cualquiera de estos casos, o de otros por el estilo, leer o hacer versos desesperados a lo Byron, a lo Leopardi o a lo Espronceda, era un desahogo, con el cual se quedaba sereno el vate o genio en agraz, y comía luego con más apetito que nunca. El asunto es mil veces más serio en el día. La desesperación no se muestra en jaculatorias y raptos líricos, más o menos elegantes y poco metódicos, sino que se deduce de todo un sistema dialéctica y sabiamente construido. Confiese V. que esto es lastimoso. Si el término del progreso no es la desesperación momentánea, poética y romántica de un poeta impresionable, sino la desesperación reducida a reglas y demostrada como una serie de teoremas de Geometría, convenga V. en que debemos maldecir el progreso. Aquí tiene V., pues, las dos cosillas que me afligen. Los dos artículos principales de mi fe filosófica quedan destruidos con la filosofía a la moda: la fe en el optimismo y la fe en el progreso. ¿No sería puerilidad ridícula alegar, como prueba del progreso, el que vamos ahora en ferro-carril o en tranvía, en vez de ir a pié o a caballo; el que los retratos en fotografía salen baratos; el que se teje con prontitud y primorosamente por medio de máquinas de vapor, y el que envíamos a decir a escape lo que se nos antoja por medio del telégrafo, si en lo esencial estamos, de un modo sistemático, pertinaz y dialéctico, desesperados y dados a todos los demonios?

Seelenführer.—¿Y por qué ha de ser puerilidad ridícula? ¿Quién, que penetre en lo esencial, cree que el progreso pasa de los accidentes a la esencia? El telégrafo, el vapor, la fotografía, los cañones rayados son, pues, el progreso.

Autor.—Yo entendía, sin embargo, que el objeto y fin de la filosofía era la bienaventuranza, y el término del progreso la perfección del hombre hasta llegar a la bienaventaranza deseada: a su ideal, en el sentido más lato. Así, pues, no puedo convencerme de que caminamos hacia la bienaventuranza, cuando veo que, no sólo estamos desesperados, sino que es tonto probadísimo, hombre ajeno a la filosofía, acéfalo o microcéfalo insipiente, el que no se desespera.

Seelenführer.—Esa desesperación, hoy más vivamente sentida que en otras edades, es la prueba más clara del progreso. Cuando el viandante va acercándose al fin de su jornada pica y da de espuelas a su caballo para acabarla pronto y descansar. Así el progreso, que va caballero en la humanidad, la pica y la espolea para que llegue y se repose cuanto antes.

Autor.—¿Y cuál es la posada a donde el progreso nos lleva?

Seelenführer.—Nos lleva a la nada; al fin del Universo y de toda la vida; a la extinción del egoísmo y al triunfo del amor, que es la muerte. No le quepa a V. la menor duda: la ciencia llegará a poder destruir toda esta pesadilla horrible del Universo, que es lo que nos conviene. En el no ser nos aquietaremos todos y cesará esta lucha incesante por la vida que traemos ahora, ya valiéndonos de la fuerza, ya de la astucia. ¡Cesará el dolor y se extinguirá el deseo! ¡Qué paz tan hermosa!

Autor.—Guárdesela V. para sí; que yo no la quiero.

Seelenführer.—Pues no hay otro remedio. Para todos vendrá. Es el único fin de nuestros males. La idea de Hegel, después de llegar a su total desenvolvimiento, por medio de mil y mil evoluciones y determinaciones, se replegará sobre sí misma con toda la plenitud del ser, sin algo que la límite y determine, y será el no ser. La esencia de los krausistas se realizará toda, y la realización de la esencia será la nada. La voluntad de Schopenhauer, este prurito, este amor primogenio, que lo ha sacado todo de sí, como representación y fantasmagoría, dará fin a la representación trágica de la vida, y lo volverá a encerrar todo en sí. Mientras llega este día dichoso, en que ha de acabar la vida, crea usted que los adelantamientos científicos sirven de mucho para hacerla menos intolerable.

Autor.—Póngame V. algún caso.

Seelenführer.—Pondré uno o dos de los más capitales, pero será menester cierta explicación previa.

Autor.—Pues dé V. la explicación.

Seelenführer.—Ya V. sabe que pasó la edad de la fe.

Autor.—Sea, pues V. lo asegura.

Seelenführer.—Los hombres, en esta edad de la razón, no pueden dejarse llevar para sus actos del temor ni de la esperanza de premios o de castigos ultramundanos. Los hombres son autonómicos. Ellos mismos se imponen las leyes que quieren, las derogan cuando gustan, y se absuelven cuando las infringen. No hay ser superior al hombre, que legisle y juzgue, salvo un fantasma que tal vez crea la conciencia y proyecta fuera de sí, agrandándole, como la figurilla pintada en el vidrio de una linterna mágica se agranda al proyectarse en la pared, a causa de la oscuridad. Traiga V. una luz clara, y la figura grande que había en la pared desaparece, y sólo queda la figura pequeña dentro de la linterna. Así la proyección del fantasma que había en nuestra mente, y que nos fingíamos en lo exterior, inmenso, infinito, se borra, se desvanece del todo, ante las claras luces del siglo en que vivimos.

Autor.—Enhorabuena. ¿Y qué?

Seelenführer.—Los hombres, pues, no tienen para sus actos sino dos móviles, o, mejor dicho, uno solo, que se bifurca: lo que los positivistas ramplones llaman la utilidad. La bifurcación consiste en que unos buscan la utilidad exclusiva de ellos, y otros, los menos, la utilidad de todos. Esto no implica mérito ni demérito en el hombre: todo está predeterminado: todo es fatal: todo es obra de esa voluntad inconsciente, de ese prurito que creó el mundo, y que se agita en nosotros y nos impulsa: a unos a la devoción, al sacrificio, negando al individuo por amor al todo; a otros al egoísmo, procurando la conservación, el deleite y el bienestar del individuo, a despecho y tal vez en perjuicio de la totalidad. Nace de aquí que no poca gente de la más ruda, menesterosa y fiera, alentada y capitaneada por espíritus inquietos, trate de subvertirlo todo por envidia o por codicia, en virtud de teorías que se llaman, por ejemplo, socialismo, comunismo y nihilismo. ¿Cuál es el mejor modo de evitar esto? Aquí de la sabiduría, ha dicho mi docto amigo Ernesto Renan; y ha discurrido un medio, que pronto ofrecerá a los sabios en un libro precioso. Consiste su medio en que los sabios se reúnan en corporación o cofradía; se comuniquen sus inventos sin que el público los trasluzca, volviendo a la época de las ciencias ocultas y de la magia; y, no bien chiste la plebe, se alborote o no los deje en paz, reciba su merecido, produciendo los sabios contra ella, ya un buen terremoto, ya una inundación o un diluvio, ya una epidemia, ya un par de volcanes en actividad, ya otra plaga por el estilo. Así llegará al cabo el gobierno de los sabios: todos los que no lo sean nos obedecerán y temblarán, y el mundo estará lo menos mal posible. Seguirá entre tanto progresando la ciencia, y no bien logremos poseerla del todo, acabaremos este drama del Universo y de la historia con un suicidio colosal, o mejor expresado, con un totalicidio y aniquilamiento de cuanto existe. El otro caso de ventajas que ha de traernos la ciencia es el de dar una nueva religión a la plebe ignorante. La ciencia y la filosofía niegan a Dios; pero los que no son científicos ni filósofos es menester que le tengan. Esto nos conviene. La religión será, pues, nuestra misma filosofía, expuesta, no ya en términos dialécticos y con método, sino en imágenes, símbolos, alegorías y otras figuras retóricas, cada una de las cuales tomará consistencia en la fantasía del vulgo y será una persona divina, un ente mitológico, Dios en suma. Ya varios amigos míos andan por esta manera confeccionando la religión del porvenir. Difícil es la empresa; pero ¿qué no puede la ciencia novísima? Yo creo que acabará por salirse con la suya.

Autor.—Y dígame V.: ¿se va ya entreviendo a cuál de las religiones positivas, existentes hasta hoy, se parecerá más la religión del porvenir?

Seelenführer.—Vaya si se entreve. Se parecerá, al budismo.

Autor.—Hombre, me alegro. Buen lazo de fraternidad, así que seamos budistas, vamos a tener con más de doscientos millones de ellos que hay en Asia y en Oceanía. Pero me alegro también por otra razón.

Seelenführer.—¿Por cuál?

Autor.—Porque estoy escribiendo un diálogo, donde Gopa, la mujer de Buda, es la heroína, y no sé cómo terminarle. Usted, que ya es casi budista, debe de tener vara alta con Gopa. ¿Podrá V. evocarla y hacer que yo hable con ella?

Seelenführer.—No hay nada más llano. Antes de todo, quiero que sepa V. que yo no soy un espiritista adocenado, sino el más ilustre de los espiritistas. Yo he hecho dar un paso gigantesco al espiritismo. En primer lugar, le he conciliado con mis ideas a lo Schopenhauer. Mi escepticismo, a fuerza de negarlo todo, nada niega. La misma duda cabe en que V. sea ilusión o realidad, que en que Gopa, aparecida ahora ante nosotros después de cerca de veinticinco siglos de muerta, sea realidad o ilusión. Los puros materialistas son necios. Por medio de combinaciones y operaciones físicas y químicas de lo que llaman materia, y donde sólo ven o pretenden ver la realidad, se jactan de explicar el espíritu, la voluntad, la inteligencia y el deseo, que ellos creen cualidades o resultados; y la verdad es que el resultado, tal vez aparente, es la materia, y que de la voluntad y del entendimiento, única cosa real, si hay algo real, es de donde procede todo. Así, pues, no hay fundamento alguno para negar que existan aún la mente y la voluntad individuales de Gopa, aunque los órganos que esta voluntad y esta mente se proporcionaron o se crearon para su uso, en cierta época dada, hayan desaparecido.

Autor.—De eso no tiene V. que convencerme. Yo creo en la inmortalidad de las almas. Lo que se me hace duro de creer es que ni V. ni nadie las evoque.

Seelenführer.—Yo no trataba de convencer a V. Quería sólo justificarme de haber incurrido en contradicción. Por lo demás, V. se convencerá de mi poder nigromántico. Gopa aparecerá y hablará con V. ahora mismo. No en vano me apellidan Seelenführer, que equivale en griego a Psicopompo o conductor de almas, epíteto dado a Hermes, tres veces grande, y a otros hábiles taumaturgos de la antigüedad.

Autor.—Y dígame V., ¿por qué medio se comunicará Gopa conmigo?

Seelenführer.—Por la perla de los medios. Mi medio es una paisanita de V., una lozana andaluza, cuyo nombre es Carmela, a quien hallé, cinco años ha, extraviada en Homburgo, haciendo sortilegios, que no le salían bien, al rededor de una mesa de treinta y cuarenta. Desde entonces está conmigo y se ha mediatizado, ejerciendo la mediania de un modo que no tiene nada de mediano, y sí mucho de nuevo. Yo embargo magnéticamente su espíritu, y queda su cuerpo como casa deshabitada, donde el espíritu evocado penetra, se infunde, y, valiéndose de los órganos de ella, emite la voz con sus pulmones y garganta, y articula palabras con su boca.

Autor.—Amigo mío, estoy encantado de oírle. Linda invención la de V. Eso sí que me gusta, y no aquella pesadez de los golpecitos en las mesas y de la escritura después. Vea yo cuanto antes a Carmela.

Seelenführer.—Aguarde V. un momento. (Hace ciertos ademanes y pases con las manos, como quien vierte por ellas diez chorros de fluido magnético.) Ya está Carmela dormida. Ahora evoquemos el espíritu de Gopa para que se infunda en el lindo cuerpo de Carmela. ¡Gopa! ¡Gopa!

(Se abre la puerta que debe de haber en el fondo, y Gopa aparece, toda vestida de blanco, muy guapa moza, aunque algo morena, y con los hermosos, largos y negros cabellos, sueltos por la espalda.)

Gopa.—¿Qué me quieres?

Seelenführer.—Que respondas a lo que este caballero te pregunte.

Gopa.—¿Qué he de responder? No: yo no quiero responder a nadie. Acabas de herirme, de emponzoñarme el corazón. Hace veinticinco siglos que gozaba yo con el recuerdo de Sidarta, noble, generoso y enamorado. Su último casto beso, el de la noche en que se despidió de mí, estaba en lo íntimo de mi ser como luz celestial que le iluminaba. Todo mi encanto se destruye ahora. Yo no he vuelto a ver a Sidarta. No he vuelto a saber de Sidarta en todo este tiempo. ¿Conseguiría su propósito? me he preguntado a veces. ¿Lograría escaparse de la esfera de la vida y hundirse en el nirvana? En el mundo de los espíritus me he encontrado con muchos espíritus, y nunca con el de Sidarta. He aprendido mil verdades. He conocido el error de Sidarta, pero mi afecto tenía razones para disculparle. En Capilavastu, allá en el centro de la India, seis siglos antes de que viniese al mundo Nuestro Señor Jesucristo, nada sabíamos de Dios; no alcanzábamos que hubiese un Ser omnipotente, bueno, infinitamente sabio, principio y fin de todas las cosas. Nuestros dioses eran los astros, los elementos, las fuerzas naturales personificadas; dioses ciegos, sin amor y sin inteligencia; sin libertad; esclavos del destino; inferiores a la naturaleza; muy inferiores a toda alma humana. ¿Qué mucho que con este ateismo por deficiencia, con este desconocimiento infantil del Ser supremo, y movido Sidarta de caridad sublime, imaginase su absurda aunque benévola doctrina? Pero en la culta Europa, en el siglo XIX, sabiendo ya cuanto los profetas de Israel han revelado, cuanto han especulado racionalmente los filósofos de Grecia sobre Dios personal, y cuanto nos han enseñado el Evangelio y la ciencia moderna, que de él dimana, es una mala vergüenza hacerse ateos, caer en la desesperación y retroceder al budismo. Imagina, pues, cuán hondo será mi dolor cuando en ti, que te llamas ahora el doctor Seelenführer, acabo de reconocer a mi Sidarta, a mi Sakiamúni y a mi Bagavat, porque todos estos nombres te dábamos. Tú no caes en ello; pero no lo dudes: tú fuiste el Buda y quieres volver a serlo. Entonces, como era en sazón oportuna, fuiste un grande hombre; hoy me pareces un charlatán o un mentecato, y o te desprecio, o te abomino. Adiós para siempre. Para siempre acabaron ya nuestros amores.

(El espíritu de Gopa abandona, a lo que puede inferirse, el cuerpo de Carmela, que cae por tierra como exánime.)

Autor.—¿Qué es esto, amigo Seelenführer? ¿Es verdad o mentira? Si es burla de Carmela, es burla harto pesada, y si son veras, las veras son más pesadas aún.

Seelenführer (atolondrado).—¿Si habré sido yo el Buda? ¿Si estaré loco? ¿Si se burlará de mí esta muchacha? (Se acerca a Carmela para levantarla del suelo.) Está fría como el mármol. ¡Qué desmayo tan horrible! ¿Si estará muerta? Carmela, Carmela, vuelve en ti.

Carmela (volviendo de su desmayo y levantándose.)¡Ay, Jesús mío!

Seelenführer.—Muchacha, respóndeme con franqueza. ¿Te has estado burlando de mí? ¿Qué diabluras son las tuyas?

Carmela.—¿Qué diabluras han de ser sino las que V. hace conmigo y que al fin han de costarme caras? He tenido una pesadilla feroz; me he caído redonda en el suelo, y estoy segura de que tengo el cuerpo lleno de cardenales.

Seelenführer.—¿Y no recuerdas nada de lo que has dicho?

Carmela.—Nada recuerdo. Déjeme V. ahora. Tengo necesidad de descanso.

(Carmela se va.)

Autor.—Mi querido Doctor: yo no sé qué pensar de lo que acabo de ver y oír; pero, francamente, todos estos pesimismos, ateismos y espiritismos me parecen malsanos y disparatados.

Seelenführer.—Ya sabía yo que V. pensaba así V. es un metafísico superficial, burlón y escéptico, que no sabe lo que se pesca.—Usted es un descreído, anticuado en más de cien años; un discípulo de Voltaire.

Autor.—Seré lo que a V. se le antoje. Aunque no he tomado a Voltaire por maestro, Voltaire me divierte, y los pesimistas alemanes me aburren. Voltaire, a pesar del Cándido, no era un pesimista radical. Voltaire, en el fondo, era tan optimista como Leibnitz, de quien quiso burlarse. Fácil me sería demostrarlo, si no estuviese de priesa. Y en cuanto al descreimiento, digo que Voltaire jamás negó con seriedad las más altas y consoladoras verdades, de que son fundamento la existencia de Dios, su justicia, su providencia, y la libertad y responsabilidad del hombre. Me atrevo, por último, a dar por evidente que, si Voltaire hubiera previsto los abominables y desesperados sistemas de estos últimos tiempos, en vez de hacer la guerra al cristianismo, se hubiera hecho amigo de los Padres Jesuitas, hubiera oído una misa diaria, hubiera ayunado una vez por semana, y se hubiera confesado cada mes un par de veces.


SANTA

(EPISODIO DEL MAHABHARATA)

El rey de Anga, Lomapad glorioso,
A un brahmán ofendió, no dando en premio
De un sacrificio lo que dar debiera.
Irritados entonces los brahmanes,
Salieron todos de su reino: el humo
Del holocausto al cielo no subía;
Indra negaba la fecunda lluvia,
Y la miseria al pueblo devoraba.
Lomapad, consternado, saber quiso
El parecer de los varones doctos,
Y los llamó a consejo, y preguntoles
Qué medio hallaban de aplacar la ira
Del Dios que lanza el rayo y amontona
En el cielo del agua los raudales.
Mil sentencias se dieron; mas al cabo
El más prudente de los sabios dijo:
—Escucha ¡oh rey! mientras brahman no haya
Que sacrificio en este suelo ofrezca,
Indra no saciará la sed abriendo
El líquido tesoro de las nubes.
Los brahmanes, movidos del enojo,
Al sacrificio no se prestan. Oye
Para cumplir el venerando rito
Cómo hallar sólo sacerdote puedes.
En la fértil orilla del Kausiki,
En lo esquivo y recóndito del bosque,
Del trato humano lejos, su vivienda
Vinfandák tiene, el hijo de Kasyapa,
Brahman austero y penitente. Vive
En el yermo con él su único hijo,
El piadoso mancebo Risyaringa.
No vio a más hombre que a su padre nunca;
Sólo frutos silvestres, hierbas sólo
Y licor sólo que entre rocas mana,
Alimento le dieron y bebida.
Tan inocente y puro es el mancebo,
Que de lo qué es mujer no tiene idea.
Manda, pues, rey, que una doncella hermosa
Vaya al bosque, le hable, y con hechizos
De amor, cautivo a la ciudad le traiga.
No bien sus pies en tus sedientos campos
La huella estampen, no lo dudes, Indra
Dará propicio el suspirado riego.
Así habló el sabio, y su atinado aviso
Agradó mucho al rey. Dinero y honras
Prometió Lomapad a la doncella
Que hábil trajese al candoroso joven:
Pero todas miraban con espanto
De Vifandák la maldición horrible,
Y exclamaban:—¡Oh príncipe! perdona;
No llega a tal extremo nuestra audacia.
En tanto, iban mostrándose tan fieras
La sequía y el hambre, que perdieron
Toda esperanza el rey y sus vasallos,
Cuando Santa, del rey única hija,
Virgen por su beldad maravillosa,
Modestamente se acercó a su padre
Y así le habló:—Si quieres, padre mío,
Yo he de intentar que venga a nuestra tierra
El joven que no vio seres humanos.
Con gran contento el rey escuchó a Santa,
Y al instante dispuso que una nave
Se aprestara, de flores y verdura
Cubierta por doquier, como retiro
Feraz de bienhadados penitentes.
Peregrinando en ella con su hija,
Fue contra la corriente del Kausiki
Hasta llegar al prado y a la selva,
Mansión de Vifandák el solitario.
Con discretos consejos de su padre
Para tan ardua empresa apercibida,
Santa desembarcó, y entró en la choza
Do el mancebo por dicha estaba solo.
—Dime, muni, le dijo, si te place
La penitencia aquí. ¿Vives alegre
En esta soledad? ¿Tienes en ella
Abundancia de frutos y raíces?
—Tengo, contestó el joven; mas ¿quién eres
Que como llama refulgente luces?
Bebe del agua mía: te suplico
Que mis flores aceptes y mis frutos.
—Allá en mi soledad, replicó Santa,
Al otro lado de los altos montes,
Nacen flores más bellas y olorosas,
Son los frutos más dulces, y es más clara
Y más salubre el agua de las fuentes.
—¡Oh huésped celestial! dijo el mancebo;
Algún ser superior eres sin duda.
Yo me postro a tus plantas y te adoro
Como adorar debemos a los dioses.
—¡Ah, no! tú eres mejor, tú eres perfecto,
Y adorarme no debes: yo rechazo
La no fundada adoración: permite
Que te dé paz como se da en mi patria.
Cediendo en parte entonces al consejo
Discreto de su padre, y al impulso
Del corazón también, Santa la bella
Al cuello del garzon echó los brazos,
Y le dio un beso, y llena de sonrojo
Huyó a la nave do su padre estaba.
Volvió del bosque Vifandák en esto,
Grave, terrible, penitente, todo
Desde los pies a la cabeza hirsuto.
—¡Hijo! exclamó, ¿por qué has holgado, hijo?
Ni partiste la leña, ni atizaste
El fuego, ni lavaste la vajilla,
Ni la vaca cuidaste ni el becerro.
Mudado me pareces. ¿En qué sueñas?
¿Qué cavilas? ¿Sabré lo que ha pasado?
—Un peregrino, respondió el mancebo,
Estuvo por aquí, de negros ojos
Y sonrosada y blanca faz; en trenzas
Los cabellos caían por su espalda;
En sus labios brillaba la sonrisa;
Gentil, gracioso, esbelto era su talle,
Y en suave curva levantado el pecho.
Como canta el kokila en la alborada,
Así su voz sonaba en mis oídos,
Y a su andar un aroma yo sentía
Como el del aura en grata primavera.
No quiso de mis frutos, y no quiso
Agua tampoco de mis fuentes: frutos
Más sazonados me ofreció y bebida
De más rico sabor, cuya promesa
Bastó a embriagarme un tanto. Ciñó luego
Con sus brazos mi cuello el peregrino,
Inclinó hacia la suya mi cabeza,
Tocó en mi boca con su amable boca,
Hizo un susurro pequeñito y blando,
Y por todo mi ser discurrió al punto
Un estremecimiento delicioso.
Por este peregrino en vivas ansias
Me consumo; do vive vivir quiero;
De que se ha ido el corazón me duele;
Y a hacer la misma penitencia aspiro
Que me enseñó, para endiosar el alma
Más eficaz ¡oh padre! que las tuyas.
Vifandák contestó:—No te confíes,
Hijo, en belleza material; a veces
Van los gigantes por el bosque errando,
Y toman bellas formas, con intento
De seducir a los varones píos
Y perturbar su penitente vida.
Para buscar a Santa salió entonces
Vifandák, ciego de furor; y apenas
Hubo salido, penetró de nuevo
La linda moza con furtivos pasos.
La vio el mancebo, trémulo de gozo;
Corrió a ella y le dijo:—No te pares;
Huyamos sin tardanza do tú vives;
No nos halle mi padre cuando vuelva.
Así Santa logró que Risyaringa
La siguiese a la nave. Dio a los vientos
La vela entonces Lomapad, y raudo
Bajó por la corriente del Kausiki.
No bien puso la planta el virtuoso
Mancebo en tierra, cuando abierto el cielo
Vertió torrentes de fecunda lluvia.
El rey, viendo sus votos ya cumplidos,
A Risyaringa desposó con Santa.
Volvió, entre tanto, Vifandák del bosque
A la choza, y al hijo fugitivo
Buscó en balde doquier. Con saña cruda
De Anga a la capital marchó en seguida
Para lanzar su maldición tremenda.
Con la fatiga a reposar parose
En medio del camino, y miró en torno,
Y vio praderas de abundantes pastos,
Y ovejas mil y lucios corderillos
Y pastores alegres.—¿Quién os hace
Tan dichosos? les dijo, y respondieron:
—El piadoso mancebo Risyaringa.
Siguió su marcha Vifandák, y hallaba
Paz, opulencia, dicha en todas partes,
Y cada vez que de alguien inquiría
De tanto bien la causa, mil encomios
Escuchaba de nuevo de su hijo.
Aduló con son grato las orejas
Del austero varón tanta alabanza,
Y se entibió su cólera fogosa.
Llegó, por fin, a la ciudad, en donde
Le colmó el rey de honores y mercedes;
Vio feliz como un Dios al hijo amado;
Vio tan gozosa a la gallarda nuera,
Que como luz de amor resplandecía;
Y en torno vio rebaños florecientes,
Y amenos, verdes sotos, y el hartura
Y el deleite por huertos y jardines.
No pudo entonces maldecir: las manos
Elevó hacia los cielos y bendijo.