Desde Algeciras.—Algeciras es una minúscula Cosmópolis. Picaresca, linda andaluza de todos festejada, á quien nadie pregunta por su abolengo y de quien nadie indaga el origen de su fortuna. Es bonita, se presenta bien, sabe comportarse en sociedad, y basta.
Su nombre logró resonancia universal en los días de la Conferencia; aquella Conferencia en que la diplomacia europea dejó arreglado todo... lo que ha sido preciso arreglar después punto por punto.
Tiene dos excelentes hoteles muy á la europea, un kursaal muy concurrido, con recreos honestos; cinematógrafo, un buen sexteto. Alguien echará de menos otros recreos, aliciente sabroso de estos lugares. Yo no eché nada de menos. Algunos murmuradores dirán que allí se juega; yo no he visto jugar.
Las mujeres de Algeciras son muy guapas y visten con verdadera elegancia. El madrileño puede guardar para otro lugar y otra ocasión la compasiva sonrisa que tuvo para otras elegancias provincianas. Aquí no hay por qué sonreir.
Frente á Algeciras se alza el Peñón de Gibraltar como enorme dreadnought anclado. Un lejano atavismo nos mueve á indignación y á tristeza. Bien será guardar el sentimiento patriótico en lo más amplio de nuestra filosofía. De manifestarlo, nos expondríamos á observar en torno esas actitudes y esas caras que podemos advertir cuando en una visita cometemos alguna indiscreción de la que no es posible avisarnos en voz alta sin cometer otra más grave.
Algeciras, La Línea, San Roque, toda la comarca debe mucho á la vecindad del Peñón. Corren aires de Europa. Tal vez se piensa si no sería más conveniente que razas y pueblos estuvieran así salpicados, entremezclados, por pequeñas agrupaciones, sin la gran división de extensos territorios y señaladas fronteras. Quizás la fraternidad universal sería ya efectiva.
Desde Ceuta.—Estremece pensar que Ceuta, en manos de nuestros Gobiernos, haya sido lo que fué hasta muy poco. Por fortuna, gracias á los conjuros del general Alfau, se desvaneció la pesadilla. Aun dejó el presidio alguna atmósfera angustiosa: los elementales artificiales de que nos habla la Teosofía. No subsistirán. Ceuta despierta, Ceuta vive y trabaja con fe y con entusiasmo.
Las tropas españolas animan y alegran la ciudad de situación privilegiada, de suave clima, de sanos aires. Soldados y oficialidad son orgullo de todo buen español. Los que hemos visto en ciudades extranjeras muy guarnecidas, tumultos, indisciplinas, borracheras, y vemos este orden, esta disciplina, esta confraternidad de nuestros soldados, nos atrevemos á decir á nuestros inquietos antimilitaristas: La perfección no es de este mundo; pero, dentro de nuestro estado social, el Ejército es lo mejor que tenemos en España.
En las canteras de Benzú trabajan españoles y moros en las obras del puerto. Un moro jovenzuelo, de vivo mirar, fino de cabos, como una gacela, como un antílope; resplandeciente de señorío sobre el pobre jaique, con esa nobleza de origen, don celestial en todas las razas hijas del Sol. Su vestidura es mísera, no teme al sol ni á las lluvias y lleva, como pudiera llevar un atributo de realeza, un gran paraguas, bien arrollada su tela de algodón. Los moros más pobres tienen predilección por el paraguas. No es utilidad, es lujo. Como el sultán bajo su imperial quitasol, ellos van orgullosos con su paraguas de tres pesetas debajo del brazo. La democracia busca extraños senderos para llegar á todas partes.
El morito busca trabajo, se conduele—Moro no tiene trabajo; busca y no encuentra.—Y el morito sonríe ladino. Yo sé que en las obras del puerto se da trabajo con facilidad. Le digo que no lo buscará con muchas ganas. De seguro. Será su padre quien le mande. El morito se ríe ya francamente.—Cuando trabaja, duele cabeza.—Y se tiende sobre unas piedras como sobre un almohadillado diván; me pide un cigarro, lo enciende y ni siquiera se divierte en mirar á los que trabajan en derredor; alza los ojos y mira á lo alto.
Desde Ceuta á Tetuán va pasando ante nuestros ojos todo el escenario de nuestra guerra de Africa. ¿Cómo sobreponerse á la emoción del glorioso recuerdo? La guerra de Africa fué el único redoble épico que sonó á glorias españolas en nuestros días.
Recordamos cuanto oímos referir á nuestros padres, con el calor de viviente actualidad. La entrada de las tropas victoriosas en Madrid, después de la toma de Tetuán; el entusiasmo delirante del pueblo madrileño; las bizarrías de Prim; la serena inteligencia de O'Donnell. Recordamos el Diario de un testigo de la guerra de Africa, el libro que prendió en nuestra infancia bélicas llamaradas, resueltas en peleas á pedradas; juegos de moros y cristianos.
¡El Diario de un testigo, tantas veces leído en aquella edición de Gaspar y Roig, con sus ingenuos grabados en madera, con sus terribles morazos, terror de nuestros sueños infantiles!
Ahora, en la realidad, pasan ante nuestros ojos Sierra Bullones, Los Castillejos, con su prestigio de épica leyenda. Ya puede haber caído sobre nuestro espíritu una avalancha arrolladora de escepticismo, de criticismo y de cuanto puede pesar sobre el corazón como losa sepulcral de entusiasmos, que la losa saltará á latidos del corazón ante estos lugares y la oración á la patria se alzará desde muy hondo; más hondo que de nuestro propio corazón: desde el corazón de nuestra madre; como las oraciones á Dios que ella nos enseñaba y surgen siempre cuando, sobre todos los engaños de nuestra inteligencia, la verdad del corazón se estremece al golpear de un verdadero sentimiento.
Antes de llegar á Tetuán son bosquecillos de adelfales, frondosos de laurel y floridos de rosa. El mar, muy azul, se festonea de blancura al caer sobre la playa de las conchas; blanca también, más blanca que las espumas; de albor calizo sus arenas.
Después, al fin, Tetuán, más blanco todavía; sus caseríos, como terrones de azúcar, extendidos aquí, allá apilados. Como irisación de tanta blancura deslumbradora, los alminares de las mezquitas con el esmalte de sus mosaicos multicolores.
Un aura de encanto, de misterio sagrado, envuelve á la ciudad de las cincuenta mezquitas y los innumerables morabitos. Yo tengo que recordar algunas ciudades españolas para no asustarme.
Al entrar por la Puerta de Ceuta el encanto queda roto. Parece imposible que toda aquella blancura total pueda descomponerse en tantas negras suciedades. Nunca con más razón puede decirse que la suma no es igual á los sumandos.
El «¿Quién vive?» á las puertas de la ciudad le da un acre olor á tenerías; el olor que os perseguirá siempre, que sentiréis penetrar hasta los huesos, correr por las venas.
Figuras y grupos interesantes restablecen pronto la atención desilusionada. Un negro enano, con grandes anillos en las orejas, loquea en la plaza. Es el Garibaldi de Tetuán. Pasa un aguador, vestido de los más pintorescos harapos que puede imaginarse. Toca su cabeza con un canastillo de mimbres. Sólo nosotros le miramos sorprendidos. El ni siquiera se sorprende de nuestra extrañeza.
Visitamos al nuevo bajá, recién llegado á Tetuán. Es mulato, de arrogante figura y noble porte. Viste como un moro de romance: de sedas sutiles como gasas, una túnica azul muy pálido, y sobre ella otra blanca, y sobre todo ello un ropón también blanco y transparente. Nos ofrece el té á la morisca. Sonríe y se lleva la mano al corazón.
El cónsul me presenta. Tiene una frase amable, que pudiera envidiar cualquiera de nuestros hombres públicos: Las ciencias y las artes hacen grandes á las naciones.
Las casas de los moros acomodados presentan graciosos contrastes. Patios y salas á lo morisco, y, entre todo, lámparas de comedor, procedentes de cualquier bazar europeo; cómodas dignas de la calle de los Estudios, espejos de cafetín, floreros y baratijas de baratillo.
En la casa de un rico moro, sobre una cómoda se ostentaban dos floreros de altar entre candeleros de la misma especie. Parecía dispuesto para las Flores de Mayo ó para una devota novena casera. No falta el álbum de retratos con música y profusión de relojes sin mérito alguno.
En el patio de un moro poeta, un patio todo recogimiento, todo poesía, junto á una fuente de preciosos azulejos veíase un armario chinero, y, al través de sus cristales, como preciosidades de vitrina, un frasco de Odol. ¡Buen reclamo! Otros cachivaches, y... ¡oh, civilización!, verdadero símbolo de la penetración pacífica, un instrumento... ¿Cómo nombrarlo? Una soberbia lavativa, en fin, inglesa, de llave.
Este poeta, famoso entre los suyos, escribió en el álbum de uno de mis acompañantes unos versos en árabe. Traducidos, decían así: «Cuántas veces amamos á la ciudad, aunque sepamos que no es la mejor, ni su cielo el más azul, ni buena el agua de sus manantiales... Pero ¡es la Patria!»
Yo no sé si el poeta moro escribiría con intención y á la nuestra, estos versos. En su fisonomía inteligente la ancianidad sonreía con maliciosa resignación.