XXXVII[2]
Si esta fiesta, queridos niños míos, solo significase una lección aprendida en la escuela, poco significaría en verdad. No aprendida por vuestra inteligencia, prendida en vuestro corazón la quisiera yo para siempre; no por razonamientos de necesaria cultura y menos de provechosa utilidad, sino por sentimiento muy íntimo, muy hondo, por efusión de simpatía, por amor, en una palabra: aquella misma llamarada de amor en que se ardía el corazón de San Francisco, el serafín de Asís, cuando cantaba á todas las criaturas de Dios como á hermanos: Hermano sol, hermana agua, hermano lobo, hasta la hermana muerte; el mismo amor que se eleva en aquella sublime plegaria del Buda: ¡Dios mío, evitad el dolor á cuanto existe!
Si esta fiesta solo significa una pública exhibición, algo como un examen bien preparado de una asignatura, nada valdría, os digo. No valdría más que esas ruidosas hazañas guerreras de tambores y trompetería, que con ser mucho en la historia de los pueblos son muy poco en su vida. Los héroes de la vida son muy otros que los reyes y los guerreros de la Historia; son los trabajadores del telar, de la aguja, los inventores humildes, que ni un nombre dejaron.
Si hoy diéseis suelta á estos pajarillos y mañana en casa atormentárais al gato y al perro, y al otro día en el jardín ó en el campo, os dedicárais á sorprender nidos y á destrozar árboles y flores, ¿qué valdría esta fiesta?
No es que yo desconfíe de vosotros, queridos niños; aunque muy graves sabios aseguran que sois de mala condición por lo general, esos sabios no os conocen bien, porque sólo os han estudiado como hombres de ciencia, y á vosotros hay que estudiaros con el corazón. Yo sé que los buenos sentimientos son naturales en vosotros, que vuestro corazón está siempre abierto á la generosidad, que en vuestro espíritu alienta la más clara idea de justicia; pero sé también que los hombres, cuando no con palabras y obras, con obras que desmienten á cada paso sus palabras, os enseñan muy pronto la mentira, la crueldad, la desconfianza. Y no sé yo qué sea peor, si malas palabras y malas obras de acuerdo, ó buenas palabras en contradicción con las malas obras; aun es más perturbador, más dañoso este desacuerdo.
¿Qué importa que digamos al niño: no se debe mentir nunca, si el niño ve y observa y comprende que nosotros mentimos siempre que nos conviene y á él mismo le engañamos muchas veces por comodidad nuestra?
¿Qué importa que le digamos: hay que ser afable con todo el mundo, si él nos ve descompuestos y groseros con los criados, con la familia, con él mismo, con enojo desproporcionado, más cuando una travesura suya inocente nos molesta que cuando una verdadera manifestación de peligrosa maldad no llega á molestarnos?
¿Y creéis que los niños no se percatan muy pronto de todas estas contradicciones nuestras? ¿Creeis que todo ello no va labrando en su espíritu recelos, hipocresía y rencores?
Por todo esto me atrevo yo á dudar de la eficacia de esta fiesta. Si hoy los niños dan suelta á los pájaros y mañana los padres van á los toros, ¿á qué lección se inclinará su espíritu?
Palabras buenas nos llegan de todas partes; pero ¿de dónde vendrá el ejemplo? Y en la educación sólo el ejemplo es eficaz y sólo él tiene virtud de imprimir bueno ó malo en las almas.
Ya lo dijo San Juan de la Cruz: más vale predicador de pocas letras, pero de ejemplares costumbres, que muy sabio en letras humanas y divinas y de mal arreglada conducta.
No lo que nos dijeron padres y maestros, lo que en ellos vimos es lo que quedó para siempre grabado en nuestra inteligencia y en nuestro corazón. Por eso la escuela sin la cooperación del hogar nada valdría: casa y escuela ha de ser como un solo templo con un solo culto: el alma del niño.
Con palabras y con ejemplos es preciso educar la sensibilidad del niño, despertar su simpatía por cuanto existe y vive á su alrededor. Los españoles carecemos de ese precioso don de la simpatía, que es comprenderlo y amarlo todo. Si en lo geográfico somos una península, en lo espiritual somos un archipiélago. Separados unos de otros como islas espirituales. Somos hoscos y duros, y toda la vida española adolece de esta sequedad de nuestro espíritu.
Somos pobres y nuestra vida es dura; como la vida es cruel con nosotros, nosotros somos también duros y crueles. Y es que cuando somos crueles con los demás, es que alguien fué antes cruel con nosotros. Sólo muy altos y nobles espíritus saben volver el dolor en bondad y en dulzura.
La historia nos lo dice: los reyes que dejaron nombres de sanguinarios y de crueles, fueron los que antes de reinar tuvieron que soportar penurias y afrentas: tal fué el caso de Nerón en Roma, de Don Pedro llamado el Cruel en España. En cambio, los que se criaron entre halagos y blanduras, sin que nadie les afrentara ni persiguiera, fueron de condición apacible y magnánima: tales San Luis de Francia y San Fernando de España, educados por aquellas dos nobles reinas de Castilla, Doña Blanca y Doña Berenguela, de eterno ejemplo como madres y reinas.
Yo sé que muchos son en España los que en nombre de un mal entendido casticismo preconizan esta dureza nuestra como una preciosa virtud. Juzgan que si fuéramos blandos de condición, acaso perderíamos en virilidad. Nunca fueron á mi entender muy varoniles virtudes la crueldad y la destemplanza. Mejor sienta al varón fuerte la noble continencia y la apacible gravedad. Ni la dulzura de costumbres debilita á los pueblos, antes por ser más amable la vida será en ellos también más firme el amor patrio.
De los descontentos y los mal hallados salen los traidores y los malos patriotas, y en verdad que gran virtud es preciso para amar lo que no es amable.
Una patria en que todos fueran dichosos, ¿cómo no había de defenderse con mayor entusiasmo que una patria en que nadie se hallara á gusto?
Meditad sobre la significación de esta fiesta. Al llegar á un pueblo no hay que conocer á sus sabios, ni á sus artistas, ni su riqueza, ni su poderío para apreciar su grado de educación y de bienestar; basta con muy poco. Pueblo en que veáis que los pájaros no huyen espantados al acercarse un niño; pueblo en que veáis que los gatos, esos mansos gatos que se tienden al sol en las puertas de calle, no huyen como escaldados y escarmentados cuando niños y mozalbetes se les acercan; pueblo en que sobre las más pobres tapias se alza la frescura frondosa de unos árboles y en las ventanas sonríen como saludo de paz las macetas floridas, bien cuidadas, como á caricias de manos de mujer, bien puede asegurarse que es un pueblo culto, de dulces costumbres, un pueblo dichoso.
Queridos niños, vosotros sois el sol de mañana: que ese sol brille más glorioso en nuestro cielo que aquel otro de nuestras grandezas, cuando el sol no se ocultaba nunca en los dominios de España.