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Descripción colonial, libro segundo (2/2)

Chapter 15: CAPITULO XI PARTE EL MARQUÉS DE TRUJILLO
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About This Book

Se ofrece una crónica detallada de la organización eclesiástica y del gobierno virreinal en el Perú colonial, con capítulos sobre prelados y virreyes, sus políticas administrativas y militares, campañas contra comunidades indígenas, expediciones marítimas y enfrentamientos con corsarios, además de medidas fiscales y judiciales como la implantación de la Inquisición. Aborda la división y el gobierno de provincias lejanas, episodios de hambre y enfermedad, nombramientos y traslados, y recoge relatos institucionales, militares y religiosos que ilustran la dinámica del poder y la vida colonial.

CAPITULO VI
DE LOS REVERENDÍSIMOS DE TUCUMÁN Y PARAGUAY Ó RIO DE LA PLATA

La provincia de Tucumán, con distar muy lejos del obispado de los Charcas por más de 200 leguas, las más despobladas (como tractaremos adelante), era del obispado de los Charcas; dividióse habrá treinta años, poco más ó menos. El primer obispo fué don fray Francisco de Victoria, de nacion portugués, hijo de nuestro convento de la ciudad de Los Reyes, en el Pirú, donde fuimos novicios juntos; varon docto y agudo; fuese á España, donde murió en Corte, y hizo heredero á la majestad del Rey Filipo Segundo, de mucha hacienda que llevó, y loablemente lo hizo así.

Sucedióle el reverendísimo don fray Francisco Trejo, que agora reside en su silla y resida por muchos años.

De los reverendísimos del Paraguay, ó Rio de la Plata, despues que el reverendísimo fray Alonso Guerra salió de aquel obispado promovido á otro en el reino de México, como dijimos arriba, no sé cosa en particular que tractar, más que le sucedió el reverendísimo Liaño, varon apostólico y de grandes virtudes; fué Nuestro Señor servido llevarlo para sí dentro de pocos años despues que llegó á su obispado; á quien sucedió el reverendísimo don fray Ignacio de Loyola, fraile descalzo, que hasta agora lo gobierna loablemente.

CAPITULO VII
DE EL LICENCIADO VACA DE CASTRO, BLASCO NUÑEZ VELA Y DON ANTONIO DE MENDOZA

Habiendo brevemente tractado, no conforme á las calidades de las personas, de los reverendísimos obispos é ilustrísimos arzobispos deste reino, por no quedar cortos, con la brevedad que más pudiéremos tractaré, y con toda verdad, sin género de adulacion ni malevolencia, de los Virreyes que he conocido en estos reinos de cincuenta[5] años á esta parte, y tomando un poco atrás la corrida.

El primero que los gobernó despues de la muerte del marqués de Pizarro, por Su Majestad, fué el licenciado Vaca de Castro, el cual, cuanto al gobierno de los indios y de los españoles, lo que dél se tracta fué buen gobernador, porque desembarcó en la Buena Ventura, y de allí atravesando la gobernacion de Belalcazar vino á la ciudad de Los Reyes; vió la tierra y calidad della y de los indios, que es gran negocio y principio para acertar á gobernar; halló alterado á don Diego de Almagro, y tiranizado el reino; juntó campo contra él, habiéndole primero requerido se redujese al servicio de su rey; dióle batalla campal en Chupas, legua y media de Guamanga, donde le venció y cortó la cabeza como á traidor; allanó la tierra, hizo ordenanzas buenas, conforme al tiempo, para los indios y españoles, principalmente mandando que para el servicio de los tambos, y aderezarlos, sirviesen los mismos que el Inga tenia señalados; estas ordenanzas se guardaron algunos años; ya no hay memoria dellas.

Sucedióle el Visorrey Blasco Nuñez Vela, que luego le prendió é puso en un navio en el puerto del Callao; de allí fué á España, donde muchos dias y años estuvo preso; la causa no sé, mas despues salió de allí y fué presidente del Consejo de Indias.

Blasco Nuñez Vela, por no moderar su condicion y dejar las cosas para su tiempo, perdió en la batalla de Quito la vida, y puso el reino en riesgo de que perpétuamente se apartase de la corona de Castilla. Es suma prudencia en un Rey y en un Virrey disimular cuando no se puede hacer otra cosa, so pena que se recrecerán gravísimos males, irremediables por fuerzas humanas; desto en las divinas Escripturas leemos una prudencia digna de ser imitada, y para esto se puso y escribió por órden del mismo Dios, en David, el cual, no se hallando poderoso para castigar á su sobrino y capitan general Joab la muerte de dos capitanes generales que habia cometido, Abner, hijo de Ner, y Amasa, disimuló con él, y el castigo cometió á su hijo Salomón, el cual hízolo por superior mandado, y aunque David dilató el castigo, no por eso le reprehende la Escriptura. No es inconveniente seguir el tiempo que pide el tiempo.

Al Virrey Blasco Nuñez Vela sucedió el prudentísimo y bonísimo Visorrey don Antonio de Mendoza, primero Visorrey de Méjico; el cual, por venir muy enfermo, y acabar presto sus dias en este reino, no sé cosa notable que dél se pueda tractar, sino que así enfermo y tendido en la cama era temido y amado de los españoles y naturales.

CAPITULO VIII
DEL MARQUÉS DE CAÑETE

Al Visorrey don Antonio de Mendoza sucedió don Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, cuya memoria permanece con alabanza perpétua; varon realmente de muchas y admirables virtudes, dignas de ser imitadas de todos sus subcesores, y alabadas de los historiadores, y puestas sobre las nubes, pues para tractar dellas se requeria otro talento qu'el mio, y facundia más aventajada; por lo cual confieso ser atrevimiento mio, criado (puedo decir) en estas remotas partes, á quien lenguaje y órden de escribir le falta, que ni he visto cortes de Reyes ni príncipes, ponerme á escribir lo que otros, haciéndome grandes ventajas, han reusado; mas viendo que no era decente que sus virtudes y hechos en el rio del olvido quedasen anegados, en breve escribiré lo que todo este reino de su gran cristiandad experimentó, ánimo generosísimo, entrañas más que de padre para los pobres, afabilidad para los humildes y pecho para rebatir los ánimos soberbios, y finalmente, mereció ser llamado padre de la patria.

Partió de España el año de 56, y llegando con buen tiempo á Tierra Firme, halló en ella muchas cartas de la Audiencia de Los Reyes, en que le avisaban que don Pedro Luis de Cabrera, vecino del Cuzco, se habia retirado medio casi rebelado á la ciudad de San Miguel de Piura, teniendo en su compañia algunos de los notablemente culpados en la rebelion y tirania de Francisco Hernandez Giron, uno ó dos de los cuales habian sido sus capitanes, por lo cual viese lo que convenia ser hecho; y porque se entienda lo que vamos tractando, don Pedro Luis de Cabrera, caballero conocido, natural de Sevilla, era vecino (como dijimos) del Cuzco, y de muy buen repartimiento; concluida la guerra de Francisco Hernandez, y tirania, donde sirvió muy bien, bajando á Lima no sé con qué ocasion, con alguno ó con todos de los Oidores se desabrió, por ventura por la compañia que sustentaba, y desabrido se vino con los suyos á Trujillo, de Trujillo á Piura, donde muchas veces fué requerido por la Audiencia de Los Reyes despidiese aquellos traidores; si no, procederian contra él.

El Audiencia por entonces no era poderosa contra don Pedro de Cabrera, por no alborotar la tierra, porque los ánimos de los que en la guerra habian servido á su costa, hallándose pobres y sin remedio de que se les gratificasen sus servicios, no sabiendo quién era proveido por Virrey, y no lo esperando tan presto, descomedíanse, y aun hacian algunas befas, y hobo dia que muchos destos pretensores juntos se fueron al acuerdo donde los Oidores estaban, á pedirles les diesen de comer, con no poco descomedimiento; bastante fué ir junctos á esto; de suerte que por ver á la tierra en la condicion y estado referido, los señores de la Audiencia sufrian más de lo que en otro tiempo no sufrieran.

Don Pedro de Cabrera hacia poco caso destos requerimientos ó cartas, ni despedia la compañía de traidores; ya dije no eran todos. Despachó el Audiencia al factor Bernardino de Romani, hombre de pecho, y prudente; pero no se atreviendo á ejecutar lo mandado, ni llegar donde don Pedro de Cabrera estaba, se volvió á Los Reyes. Luego la Audiencia, temiendo alguna rebelion, despachó al licenciado Hernando de Santillan, Oidor, que despues fué Presidente de Quito y obispo de la ciudad de La Plata, contra don Pedro de Cabrera, con copia de criados, porque ruido de armas no convenia, porque la tierra no se alborotase si con soldados y armas descubiertas le despachara, para que le redujese, y si fuese necesario prendiese, y preso lo trujese á Los Reyes; sabido esto por don Pedro de Cabrera, salióse de Piura con toda su gente y dió la vuelta sobre la isla de la Puna, donde se hizo como fuerte y estaba como medio encastillado; por lo cual el licenciado Santillan se quedó en Piura, no pasando más adelante, casi como en frontera, para que si don Pedro se desmandase le pudiese refrenar. Vistas, pues, estas cartas por el Marqués, ignorando que don Pedro estaba en la Puna, despachó luego de Tierra Firme á un caballero de su casa, don Francisco de Mendoza, nobilísimo caballero, deudo suyo, muy discreto y no menos gentil hombre, con cartas para don Pedro de Cabrera, regaladas y discretas (yo las vi y leí en Túmbez), en que le mandaba que, recibidas, se partiese luego para Los Reyes y allí le aguardase, porque no pensaba desembarcar en ningun puerto hasta llegar al del Callao, adonde le veria, porque traia órden de Su Majestad el emperador Carlos Quinto, de gloriosa memoria, de tenerle muy cerca de sí, de quien se habia de informar del estado de todo el reino, y con su parecer hiciese merced á los beneméritos. Llegó don Francisco á Paita, y sabiendo don Pedro se habia retirado de Piura para la Puna, despachó luego las cartas del Marqués con un criado suyo, las cuales recibidas, con gran alegría se embarcó con aquellos capitanes y soldados en balsas, para la playa de Túmbez, adonde llegando en dos dias y aun ante se desembarcó con todos ellos, confiadísimo que el Marqués habia de hacer muchas mercedes á los que traia consigo.

Llegado á Túmbez, luego se partió para Trujillo; perdióse en el camino antes de llegar á Piura, adonde Nuestro Señor le proveyó de un aguacero; si no, pereciera de sed, y los suyos, ó porque olieron el poste ó porque fueron mejor aconsejados, desde Piura cada uno tiró para su parte, que nunca más se vieron; llegó á Trujillo y luego cayó en la cama indispuesto.

CAPITULO IX
DEL MARQUÉS DE CAÑETE

El marqués de Cañete, embarcándose en Panamá con su casa mucha y muy buena, y con muchos caballeros pobres que salieron de España con el Adelantado Alderete para Chile, el cual muriendo en la isla de Perico ó Taboga, los dejó pobres y desamparados; mas el buen Marqués los recogió y á la mayor parte dellos recibió en su casa; á los demás dió pasaje. Con próspero viento, en el navio de Baltasar Rodrigues, en breves dias (era tiempo de brisas) llegó á Paita, y de allí, prosiguiendo su viaje, con la intencion dicha, de no desembarcar en puerto hasta el Callao, enfadado de la navegacion, saltó en tierra en un puerto no seguro, conforme á su nombre, llamado Mal Abrigo, diez leguas más abajo de la ciudad de Trujillo, adonde no halló ni habia recado, ni para el Marqués ni para sus criados, sino fué un asnillo, el cual le aderezaron lo mejor que pudieron sus criados, y en él vino hasta un poblezuelo tres leguas de allí, ó poco menos, llamado Llicapa, de la encomienda de un vecino de Trujillo, llamado Francisco de Fuentes, de donde ya con todo recado llegó al valle de Chicama, dos leguas de camino, donde le aposentaron en el ingenio del capitan Diego de Mora. En breve tiempo, desembarcado el Marqués en Mal Abrigo, se supo la nueva en Trujillo, donde á la sazon le estaban aguardando muchos caballeros y capitanes de Su Majestad que en la guerra contra Francisco Hernandez le habian servido, gastados della, é para comer tambien allí habian venido, entre ellos, el general Pablo de Meneses, aunque no habia venido sino á besar las manos al Virrey que viniese y á darle noticia del estado del Reino; de Huánuco, á lo menos de Chachapoyas, habian venido vecinos y capitanes á lo mismo; todos estos caballeros, capitanes y vecinos de Trujillo, sabida la nueva, luego vinieron á Chicama, donde le besaron las manos y fueron del Marqués muy alegre y benignamente recibidos.

Don Francisco de Mendoza, que dijimos haber venido despachado por el Marqués para don Pedro de Cabrera, llegando á Piura hizo no sé qué liviandad de caballero gentil hombre y cortesano, la cual en desembarcando el Marqués se la dijeron; sintiólo mucho, y luego propuso de lo embarcar para España, y lo tractó ó amenazó lo habia de hacer. Su hijo don García de Mendoza, caballero de 22 años, de grandes esperanzas, allí en Chicama una noche, andándose paseando el Marqués por una sala, con no poca pesadumbre de lo sucedido[6], en pie, en cuerpo, la gorra quitada, suplicábale templase aquel rigor y no embarcase á don Francisco de Mendoza, ejecutando la primera justicia en un deudo y caballero de su casa, representándole lo que le habia servido en mar y tierra; á lo cual el cristianísimo Marqués le respondió, oyéndolo todos aquellos caballeros que esperaban la resolucion y deseaban se quedase en la tierra don Francisco de Mendoza, el cual ya les tenia con su tracto cortesano y nobilísimo ganadas las voluntades, dijo: Por vida de la marquesa, que si como don Francisco hizo esta villanía la hicieras tú, del primer árbol te dejara ahorcado. No traigo yo hijos, deudos ni criados, para que agravien al menor indio del mundo, cuanto menos á ningun hombre honrado y vecino, sino para que los sirvan, agasajen y honren. A estas palabras no se atrevió su hijo á replicarle más, y todos aquellos caballeros quedaron muy tristes y entendieron el pecho cristiano que el Marqués traia, y que no se habian de burlar con él. Todo esto y lo que se sigue vi con mis ojos.

CAPITULO X
EL MARQUÉS LLEGA Á TRUJILLO

Aquí en Chicama fué servido el Marqués con todo el regalo posible, porque así lo mandó doña Ana de Valverde, mujer que fué del capitan Diego de Mora, en cuyo ingenio fué hospedado (como habemos dicho) con gran abundancia y todos que iban y venian; de donde partió para la ciudad de Trujillo, cinco leguas de camino, en la cual fué recibido con mucha alegría y gasto de aquellos vejazos vecinos, en palio. Entró en un caballo blanco que le dió la ciudad y lo compró el comendador Melchior Verdugo, vecino de aquella ciudad. Trujo mucha casa: un mayordomo mayor, hombre muy principal, de mucho gobierno, de pocas palabras, pero muy discretas y graves, llamado Diego de Montoya; cuatro mestresalas; dos capellanes, y luego recibió en su servicio otro, un hermano mio, llamado Juan de Ovando; dos caballerizos, mayor y menor; muchos pajes y lacayos, y su guarda con su capitan; tanta y tan buena casa, que ningun Visorrey la ha traido tal, harta ni abastada. Fuese á posar á las casas del Capitan Diego de Mora, donde fué servido como era justo se sirviera un varon y señor de tanto valor y ánimo. Prestólo allí doña Ana de Valverde 12.000 pesos ensayados para su gasto; volvióselos de la Audiencia de los Reyes en oro. En llegando, la primera cosa que hizo fué mandar embarcar á don Francisco de Mendoza en un navio que acertó á estar en el puerto, para le llevar á Tierra Firme y se volviese á España, con lo cual los ánimos soberbios comenzaron á humillarse y á temer.

Entre otros capitanes y caballeros pobres gastados de la guerra que habian bajado á Trujillo á matar la hambre, bajó el capitan Rodrigo Niño, caballero pobre y adeudado de los gastos de la guerra, el cual á la sazon estaba en la cama enfermo, que no tenia sobre qué caer muerto, en casa de doña Isabel Justiniano, señora principal, que movida de caridad le regalaba en su casa y curaba. El cual así enfermo, diciéndole y pidiéndole albricias, que ya el Marqués habia desembarcado en la tierra y costa del Perú, preguntó que dónde; respondiéronle en Mal Abrigo; entonces dijo: Más quisiera desembarcara quinientas leguas más abajo, porque quien desembarca en Mal Abrigo no nos puede abrigar bien; mas engañóse diciéndolo, porque luego que el piadosísimo Marqués supo estaba enfermo, y sus servicios, le envió con un paje 1.500 pesos ensayados, para su enfermedad, animándole á que procurase[7] su salud, que dándosela Dios, en nombre de Su Majestad le haria merced, como se la hizo dándole 5.000 pesos de renta, y no los quiso; mandó el Visorrey al paje no recibiese un grano del capitan Rodrigo Niño; vuelto el paje y dada la respuesta, preguntole: ¿qué te pasó con el capitan? respondióle: señor, porfió mucho conmigo que tomase las barras para calzas, y como llevaba órden de Vuestra Excelencia que no recibiese un grano, no las quise recibir. Entonces dijo el Marqués: ¿es posible que un hombre que no tiene un grano de plata, tenga tanto ánimo? ¿quién ha de hartar los ánimos de los hombres deste Perú? y quien esto hacia con el capitan Rodrigo Niño, no le queria abrigar mal. Oí decir que el Marqués en España era tenido por escaso.

No se puede creer, por la liberalidad que mostró en estos reinos en todas sus cosas, siendo, como es así, verdadero refran que los que pasan la mar mudan los aires y no los ánimos; que es decir: múdanse de un reino á otro, de una region á otra, pero no mudan sus inclinaciones naturales. En esta ciudad se detuvo casi un mes, en el cual tiempo muchas veces enviaba á visitar á don Pedro de Cabrera, el cual, como dijimos, llegado á ella enfermó, y don Pedro deseaba mucho la salud, por besar las manos al Marqués, pensando habia de destruir á todos los Oidores, segun tenia contra ellos cosas verdaderas ó fingidas, y fingidas debian ser, porque los Oidores de aquella sazon eran varones muy libres y enteros de lo que á algunos suelen infamar. Ya que estuvo con salud, envió pedir licencia al Marqués para le besar las manos.

Envíale á su capitan de la guardia con cuatro alabarderos y una mula para que lo lleve al puerto y lo embarque en el navio donde estaba embarcado don Francisco de Mendoza, y de allí lo lleven á Tierra Firme, y dende á España, como se hizo. Fué justísimo embarcarle, con que admiró á muchos y sosegó á otros.

Cuando llegó á esta ciudad, la justicia tenia preso á un vecino della, llamado Lizcano, por sospecha que habia hecho un libelo infamatorio, contra el cual hobo algunos indicios, los cuales si se le probaran corriera riesgo de la vida, como lo merecen semejantes malos hombres y peores cristianos; no se le probó. El Marqués muy buenos, sí los mostraba, de le mandar justiciar; mandólo desterrar á España, y embarcáronle en el mismo navio.

Hiciéronse muchas fiestas de toros y cañas, y el Marqués, como aficionado á caballos y ejercicio dellos, los domingos y fiestas salia á caballo y hallábase en la carrera; hízosele allí un picon gracioso.

En la ciudad vivia Salvador Vazquez, muy buen hombre de á caballo de ambas sillas, pero de la jineta mejor; tenia bonísimos caballos hechos de su mano; un dia en la carrera tractó con el general Pablo de Meneses, y comendador mayor Verdugo, de hacer el picon, y puesto en ella parte con su caballo, y ya se le caía la capa, ya la gorra, ya estaba en las ancas del caballo, ya en el pescuezo; finalmente, paró, y fínjese muy enojado, y vuelve á pasar delante del Marqués. Cuando emparejó díjole el Marqués: bueno está, señor, no os pongais en más riesgo; la culpa fué del caballo; no paseis adelante, por mi vida. Salvador Vazquez, responde: suplico á Vuestra Excelencia sea servido darme licencia para pasar otra vez la carrera, porque estoy corrido y afrentado que este caballo delante de Vuestra Excelencia haya hecho tantos desdenes y á mí caer en una falta semejante.

Los que sabian el caso suplicaron al Marqués lo dejase volver á pasar la carrera; consintiólo, y puesto en ella, parte Salvador Vazquez con su caballo como un gamo, y antes de parar el caballo hecha mano á la capa y espada, y desnuda, jugó della muy bien, y tornó á ponerla en la vaina y su capa en su lugar. El buen Marqués recibió mucho gusto y dijo riéndose: Bueno ha estado el picon; yo me he holgado de ver la segunda carrera, porque delante del príncipe nuestro señor se pudiera hacer.

CAPITULO XI
PARTE EL MARQUÉS DE TRUJILLO

Partió desta ciudad de Trujillo para la de Los Reyes en un machuelo bayo que trujo desde Tierra Firme, en el cual, llegando al rio de Sancta, en todo tiempo grande y pedregoso, lo pasó á vado por más que le suplicaron tomase un caballo, y en el mismo vadeó el de la Barranca, que es el más raudo, mayor y de más piedras de todos los Llanos.

Al valle de Guarmey, que es la mitad del camino, le salió á besar las manos don Pedro Portocarrero, vecino del Cuzco, maese de campo en la guerra contra Francisco Hernandez, el cual fué haciendo la costa al Marqués con mucha abundancia, trayendo lo necesario en sus camellos y mulas, hasta la ciudad de Los Reyes, y abajando á la sierra de la Arena, seis leguas de Los Reyes, en un arenal hizo banquete general á yentes y vinientes, y otro aparte para el Marqués, con bastante agua fria para todos, que es el mayor regalo, porque allí ni callente la hay; ramadas hechas, debajo de las cuales se pusieron las mesas; llegando á tambo Blanco, que es en el valle de Chancay, nueve leguas de Los Reyes, le salieron á besar las manos los criados que habian sido del Visorrey don Antonio de Mendoza, su mayordomo mayor, Gil Ramirez Dávalos, y el secretario, Juan Muñoz Rico, y otros, y algunos vecinos de Los Reyes. Conociendo el Marqués la suficiencia de Juan Muñoz Rico, le mandó sirviese en el mismo oficio que habia servido al Visorrey don Antonio de Mendoza. Podia servir en aquel oficio al gran monarca Carlos Quinto, lo cual Juan Muñoz Rico hizo en el tiempo que vivió con toda la fidelidad que el oficio requiere; empero no vivió tres años y murió súbitamente. Llegando á media legua de la ciudad, ó poco menos, á una chácara ó viña de Hernando Montegro, vecino della, de los antiguos conquistadores, adonde le tenia aderezada la casa como se requeria, aquí se detuvo hasta el dia de San Pedro, que debieron ser dos dias, mientras la ciudad acababa lo necesario á su recebimiento. Antes de llegar á esta viña, los vecinos viejos le hicieron una escaramuza á la jineta en un bosquecillo que habia antes de llegar á la viña; holgó mucho el Marqués de verla y dijo: Así, ¿esto hay por acá? ¿esto hay por acá? galanísimamente han escaramuzado; casi parecia de veras. Luego se hizo un combate de un castillo por infanteria, los infantes muy bien derezados, la cual acabada entró en la viña y estuvo el tiempo que habemos dicho.

CAPITULO XII
ENTRA EL MARQUÉS EN LOS REYES

Dia de San Pedro partió desta viña despues de comer, y llegando á la ciudad fué recibido de la Audiencia y de toda ella debajo de palio, en un bonísimo caballo muy ricamente aderezado, los regidores llevando las varas, y dos de los más antiguos el caballo de diestro, con sus ropas rozagantes de terciopelo carmesí, gorras de lo mismo bien aderezadas y cadenas riquísimas de oro, con gran alegría de todo el pueblo, como aquel que se esperaba ser padre de la patria, como lo fué; delante del cual marchaba un escuadron de infanteria, el que hizo la escaramuza, con diferentes vestidos; desta suerte llegó á la iglesia mayor, donde el Dean y Cabildo della con toda la clerecia le recibió con la cruz alta, cantando: Te Deum, laudamus, y hecha oracion y la ceremonia acostumbrada, dió la vuelta para las casas llamadas de Antonio de Ribera, á una esquina de la plaza, las más cómodas para le aposentar, porque no están de las casas Reales más que una calle en medio, y á ellas se pasa por un pasadizo de madera, donde fué aposentado. Dende á pocos meses llegaron los procuradores de las ciudades, los más principales vecinos dellas, con mucho aparato de gasto de casa y criados, y luego tractó de reformar el reino. Envió por corregidor del Cuzco al licenciado Muñoz, que trujo consigo de España, hombre docto en su facultad, el cual cortó las cabezas á los capitanes Tomás Vazquez y á Piedrahita, y á otros vecinos, porque fueron los principales en la tirania de Francisco Hernandez Giron. Esto hizo por órden del Marqués, y el Marqués por órden del Emperador Carlos Quinto, de gloriosa memoria, que le mandó que á los que hobiesen sido cabezas, despachase.

Estos vecinos y capitanes siempre anduvieron con Francisco Hernandez hasta que fué desbaratado en Pucara, como dijimos; pero viéndose perdidos y sin cabeza, se vinieron al campo de Su Majestad, y los Oidores les perdonaron, volvieron sus indios y haciendas, y los hijos las tienen hoy dia por los padres, mas ellos se quedaron justiciados; si justamente, otros lo juzguen.

En este tiempo tambien mandó ahorcar á Pavia, por traidor, que habia sido criado del Visorrey don Antonio de Mendoza, el cual fiando en esto, ó en no sé qué, se andaba paseando por la ciudad, y con avisar el Marqués á los criados de don Antonio le dijesen se le quitase delante los ojos, avisado no lo quiso hacer, antes un dia principal pasó la carrera delante del Marqués, el cual enfadado de tanto desacato le mandó prender y justiciar, y porque entendió habia de ser muy importunado le otorgase la vida, el dia que le ahorcaron se salió de la ciudad muy de mañana; debia la muerte bien debida, porque no se redujo al servicio de Su Majestad hasta ver desbaratado de todo punto en Pucara á Francisco Hernandez; he dicho esto porque algunos tuvieron por riguroso al Marqués por la muerte de Pavia.

CAPITULO XIII
El MARQUÉS HIZO PERDON GENERAL

Dia de Sant Andrés adelante se celebraron fiestas en la ciudad, con una sortija y muy costosas libreas; los más principales del reino corrieron; hallóse presente el Marqués, y dió perdon general á los culpables en la tirania de Francisco Hernandez, si no fueron aquellos cuyas causas estaban pendientes y presos, entre los cuales en la cárcel de Corte habia algunos, no llegaban á veinte; á éstos, porque el Marqués era humanísimo y nada amigo de derramar sangre, los condenó á que aherrojados con grillos trabajasen en la labor de la puente que mandó hacer en el rio desta ciudad, como arriba tractamos; mas trabajaron pocos meses, algunos de los cuales, teniendo amigos conocidos ó conterráneos mercaderes, se encomendaron que les pidiesen limosna y comprasen negros, y por ellos los diesen al Marqués; hiciéronlo así los mercaderes (era mucha lástima ver aquellos miserables cargar ladrillo y mescla, aherrojados); fuéronse al Marqués y dícenle: Señor, vuestra excelencia tiene condenado, y justísamente, á fulano á que trabaje en la puente, como trabaja; vuestra excelencia sea servido recibir un esclavo negro que traemos[8] por él, y desterrarlo ó hacer lo que vuestra excelencia fuere servido; el negro ofrecemos á vuestra excelencia para que perpétuamente sirva como lo es, y despues de acabada la puente aplíquelo vuestra excelencia á quien fuere servido. El Marqués holgó extrañamente con la merced que se le pedia, y alabóles el hecho, porque ya sus entrañas no sufrian ver españoles en estos reinos trabajar aherrojados como esclavos en la puente con indios y negros; concedió lo pedido, y uno desta manera libre, los demás así se libertaron, á los cuales desterró del reino, y embarcó, unos para México, otros para el reino de Tierra Firme; fuéronse y no volvieron más. Los negros creo se aplicaron para la ciudad. Despues desto, porque el capitan Martin de Robles, suegro del general Pablo de Meneses, se descomidió (segun dicen) á decir que el Virrey venia mal criado y era necesario bajar á Los Reyes á ponerle crianza, mandó por una carta al licenciado Altamirano, Oidor de la Audiencia, á quien habia hecho corregidor de la ciudad de La Plata y Potosí (entonces este corregimiento, como agora, era uno) que hiciese justicia dél. Prendiólo y ahorcólo; que fuese justamente justiciado ó no, no es de mio juzgarlo; á lo menos, las palabras fueron demasiadamente descomedidas (no digamos desvergonzadas), porque sabian á rebelion, y por ellas y por otras que se escribian al Marqués, libérrimas, mandó lo referido. Era el capitan Martin de Robles (no le conocí) hombre que se picaba de gracioso y decidor y no perdonaba por un buen dicho (así lo llamaba el vulgo necio, siendo mal dicho y pernicioso) ni á su mujer ni á otro, y por eso, por donde pecó pagó. Era fama en Los Reyes que el Marqués, enfadado desto, decia al general Pablo de Meneses, yerno de Martin de Robles: escribid á vuestro suegro venga á esta ciudad; pero que el general Pablo de Meneses le escribiese, ó no, no lo sé; á lo menos del ánimo generosísimo del Marqués se collige que si bajara, no muriera como murió. Fué su muerte en Potosí, donde á la sazon estaba.

CAPITULO XIV
CÓMO PROVEYÓ POR GOBERNADOR DE CHILE Á SU HIJO DON GARCIA DE MENDOZA

Hecho esto, luego determinó remediar el reino de Chile, porque demás de la guerra con los indios araucanos, que se habian rebelado y muerto al gobernador don Pedro de Valdivia, entre dos capitanes, Francisco de Aguirre y Francisco de Villagrán, habia disensiones sobre el gobierno, cada uno pretendiéndolo para sí: por lo cual nombró por capitan general á su hijo don García de Mendoza que consigo trujo, de 23 á 24 años, de grandes esperanzas, como las ha cumplido, y diremos cuando de su gobierno en estos reinos tractaremos; con quien fueron muchos y muy buenos soldados, viejos y bisoños, y caballeros principales desta tierra, con los cuales y con el favor de Nuestro Señor en breve redujo al servicio de la corona Real los indios rebelados; repartiólos y dejó el reino tan llano como este del Perú, y porque esta historia en la Araucana de don Alonso de Ercilla se puede ver, desto no más.

Compuesto el reino y gozando de mucha paz, tractó de hacer mercedes á los beneméritos, así capitanes como soldados principales, que en la tirania de Francisco Hernandez habian servido á Su Majestad gastando lo poco que tenian y de sus amigos, como fueron los capitanes Diego Lopez de Zúñiga, Rodrigo Niño (de quien dijimos), Juan Maldonado de Buendia, y otros bravos y famosos soldados, á los cuales llamándoles y haciéndoles su razonamiento, con esperanzas de les acrecentar las mercedes, les daba á uno 7.000 pesos ensayados por dos vidas, á otros cinco, á otros cuatro, á los soldados, á dos mil pesos, porque la tierra no sufria más por entonces, no habia repartimientos vacios: empero ellos, no usando de la cordura que se requeria, no quisieron recebir la merced que se les hacia, y dijeron les diese de comer conforme á sus méritos, y si en breve relacion se ha de tractar verdad, y en larga, otros méritos no tenian más de haber servido de capitanes, porque hacienda no tenian mucha; pues experiencia de guerra, no creo ninguno dellos habria servido en Italia, y por eso dijo Martin de Robles: Malograda de la madre que este año no tuviese hijo capitan; y en esta guerra contra Francisco Hernandez, ninguno derramó gota de sangre, porque con él nunca llegaron á las manos, y cuando Francisco Hernandez se desbarató y perdió, como referimos, no hobo quien contra los traidores echase mano á la espada; de suerte que muy bien pagados eran los unos y los otros, y yo sé que se arrepintieron más de seiscientas veces por no haber admitido las mercedes que en nombre de Su Majestad el buen Marqués les hacia.

El cual, oyendo la respuesta, no tan prudente ni humilde como era justo, les respondió: en hora buena, yo os daré muy bien de comer; los cuales despedidos, luego llamó á su mayordomo Diego de Montoya y dícele: Mañana han de comer conmigo los capitanes; aderécese bien de comer: hízose así, convidólos á comer; comieron espléndidamente; empero túvoles aparejadas mulas y su guardia, con el capitan de ella, y embarcólos á España, diciéndoles que Su Majestad les daria de comer allá, porque tenia mucha necesidad dellos para la guerra de San Quintín, donde el rey nuestro señor, entonces príncipe, estaba ocupado; dióles cartas de recomendacion, alabándoles de valientes, y suplicando les gratificase conforme á sus servicios; dióles alguna plata para el camino, á unos más, á otros menos: naipes y cintas para que jugasen en la mar, y encomendó los llevase á España el capitan Gomez Zeron, el cual, en la mar, antes de llegar á Tierra Firme, ahorcó á uno de los soldados embarcados, llamado fulano Chacon, bravato y de muy buena presumpcion, porque le quiso matar, y si le acertara de lleno, acabárale. Destos capitanes y soldados ninguno volvió á casa, si no fué el capitan Diego Lopez de Zúñiga, y el capitan Juan Maldonado de Buendia; el primero murió pobre y ningun Visorrey le hizo merced, ni pudo cumplir las cédulas de Su Majestad en que mandaba se les hiciese, por no haber vacos indios; el otro volvió casado y pobre, é yo le vi en Los Reyes, y toda la ciudad, padecer gran necesidad; agora vive en el Cuzco, creo con 3.000 pesos de situacion; los cuales si recibieran la merced que el Marqués les hacia agora cuarenta años, hobieran della gozado todo este tiempo y murieran ricos; empero la imprudencia no puede ser causa de sosiego.

CAPITULO XV
NOMBRÓ EL MARQUÉS GENTILES HOMBRES LANZAS Y ARCABUCES

Embarcados estos no muy prudentes capitanes y soldados, no con poco asombro de la ciudad, para enfrenar y sosegar la soberbia de los soldados de la necia valentona, y para gratificar á otros más cuerdos, y visto lo que pasaba, se humillaban, instituyó cien gentiles hombres, que llamó lanzas, con 1.000 pesos ensayados cada año, con su capitan general y alferez. Por capitan nombró á don Pedro de Córdoba, caballero muy principal y discreto, del hábito de Santiago, deudo suyo, que con el Marqués vino de España, con 5.000 pesos ensayados; alferez fué nombrado Muñoz Dávila, vecino de Los Reyes, de poca renta, con 3.000 pesos, encomendero de Guarmei; estos pesos se pagaban por sus tercios de cuatro en cuatro meses infaliblemente; los lanzas eran obligados á tener caballo y armas y cuartago, coracinas ó cotas, y lanzas y adargas. Dos dias antes de la paga salian á la plaza en reseña con sus dobladuras, ellos en sus caballos, los criados en sus cuartagos. Poníase el Marqués en los corredores de las casas de la Audiencia y pasaban delante dél la carrera, y al tercero dia les pagaban el tercio de los 1.000 pesos, que son 333 pesos, 2 tomines y 8 granos. Con esta paga vivian de dos en dos; tenian sus casas muy concertadas, sus caballos muy gordos, ellos bien vestidos y contentos. Los arcabuces gentiles hombres fueron cincuenta con 500 pesos de acostamiento; éstos habian de tener sus cotas, arcabuces y mulas; nombró por sus capitanes á Domingo de Destra y á Juan de Ribera, vizcainos, bonísimos soldados; éstos salian el mismo dia que los lanzas á su reseña en sus mulas y arcabuces; pagábaseles su tercio de la plata el mismo dia que á los lanzas. Dicia el prudentísimo Marqués que los instituia para que anduviesen, fuesen y viniesen con el Visorrey, y cuando se tractase alguna cosa contra el servicio de Su Majestad, los lanzas y arcabuces se hallasen á pique para hacer lo que se les mandase.

Era mucho gusto ver las barras que atravesaban de las casas Reales por medio de la plaza para las casas de los mercaderes, que á este crédito daban á los unos y á los otros sus haciendas. Esta paga perseveró todo el tiempo que vivió el Marqués, y despues algunos años; mas agora no se pagan con tanta solemnidad, ni tan bien, y un Virrey les quita un pedazo, otro, otro. Para esta paga señaló ciertos repartimientos que halló vacos, y otros que vacaron, de donde bastantemente se pagaba dia á dia; á sus tres capellanes tambien señaló á 1.000 pesos ensayados, y se les pagaba en el mismo dia que á los lanzas, y es cierto que si los lanzas fueran pagados y arcabuces, y de hambre los unos no se hobieran comido las armas y lanzas y los otros los arcabuces, cuando el cosario capitan Francisco inglés, entró en el Callao, no se saliera riendo ni robara lo que robó. Pero ni los gentiles hombres lanzas las tenian, ni los arcabuces, escopetas, ni polvo de pólvora; no les pagaban, habíanselos comido, y por eso el enemigo se fué riendo con tanta riqueza, y no menor infamia de los leones del Perú. Nombró otro capitan de artilleria al capitan Ximeno de Berrio, hombre en quien cabia muy bien el cargo. Esta artilleria se guardaba en palacio con bastante copia de municiones, para cuando fuesen necesarias; desta suerte enfrenó los ánimos indómitos y necios deste reino, que les parecia para cada uno el Perú era poco.

CAPITULO XVI
EL MARQUÉS QUISO PRENDER AL DOCTOR SARABIA, OIDOR

Gobernando, pues, el valeroso Marqués con la prudencia suya el Reino, no sé qué cizaña se comenzó á sembrar entre él y el doctor Sarabia, Oidor más antiguo de la Audiencia; por lo cual el Marqués, enfadado, y con razon, determinó prenderle y ponerle en la fortaleza que hizo reparar de Cañete, donde tenia por castellano al capitan Hierónimo Zurbano, hombre principal. Esta fortaleza no es tan perfecta y acabada como las de nuestra España. El Inga á su modo la hizo; reparóse, hiciéronse en ella algunos aposentos donde el castellano viviese, y donde si algun hombre principal se hobiese de prender y no estuviese seguro en la ciudad, le llevasen á aquella fortaleza, pero ya ni hay castellano, aunque la fortaleza así persevera. Una noche envió á don Pedro de Córdoba, general de las lanzas, á llamarle; el doctor Sarabia entendió la balada; acababa de cenar; dijo: en hora buena, luego salgo; mientras, me visto; levantóse de la mesa, donde estaba con una ropa de levantar; entróse en su cámara, y por una ventana, no era alta, descolgóse á la huerta, y de allí por la puerta falsa que sale al rio, dió consigo en nuestro convento, donde le pusieron en casa de novicios. Don Pedro, viendo se tardaba, entró en el aposento; no le hallando, y hallándose burlado, se volvió al Marqués, el cual viendo que no se lo trujo, luego de mañana despachó á Chancay á nuestro provincial, que á la sazon era fray Gaspar de Caravajal, que allí estaba en una hacienda del convento visitándola, dándole relacion de lo pasado; que luego se partiese y viniese á tractar de las amistades, sin que se entendiese que por su parte se comenzaba primero. Nuestro provincial vino luego y tractó de la confederacion; salió el doctor Sarabia de nuestro convento, fuese á su casa y de allí á la Audiencia, sin que más sobre este particular se tractase.

El vulgo decia que el Marqués, si le viera de sus ojos aquella noche, le diera garrote en palacio; es falso. Lo que pretendió no era sino enviarlo á la fortaleza de Cañete, y para esto tenia aparejadas acémilas con repuesto, hasta cocinero, uno de dos que tenia, y para el aposento tapiceria y servicio de plata. Sobre qué se armase este nublado, no sé; unos dicen que tractaba mal el doctor Sarabia del gobierno del Marqués, y sobre ello, con otros personajes graves, habian escripto á Su Majestad, y aun otros añaden le imputaban se queria alzar con el Reino: esto, porque seria temeridad afirmarlo, no haré tal; pero colígese por lo que el magnánimo Marqués dijo en los corredores de la Audiencia á los mismos Oidores y otros caballeros que allí estaban, que fueron estas palabras: Bueno seria, por cierto, que perdiese yo un estado que vale millon é medio por ser capitan de bellacos. Sea lo que fuere, yo me meteria en un fuego por la inocencia del Marqués en este particular.

CAPITULO XVII
DE LAS ENTRADAS QUE EN SU TIEMPO SE HICIERON

Hay en este reino grandes noticias de entradas y nuevos descubrimientos; los más son sobre mano izquierda, al Oriente. El generosísimo Marqués, para descargar el reino de gente ociosa, pidiéndole el capitan Gomez Arias una entrada á las espaldas de Huánuco, donde era vecino, se la dió con las instructiones cristianas necesarias; esta entrada se llama de Rupa Rupa; salió de Huánuco en prosecucion de su jornada con doscientos hombres, pocos más ó menos, pero dando en unas montañas asperísimas, calurosísimas y despobladas, no se atreviendo á pasar más adelante, que fuera locura, se volvió sin hacer otro efecto más que gastar mucha hacienda; murieran todos de hambre si la prosiguiera.

Dió tambien descubrimiento adelante los Bracamoros al capitan Antonio de Hoznayo; fueron con él algunos lanzas, por mandado del Marqués, y casi 150 soldados; tambien se volvieron temprano, porque no hallaron sino lo mesmo que el capitan Gomez Arias; perdiéranse si pasaran adelante.

Vino despues desto el capitan Pedro de Orsúa de Tierra Firme, á quien habia encomendado la pacificacion de los negros cimarrones, que llaman la pacificacion de Ballano; despues de pacificados, aunque se tornaron á rebelar, llegó á la ciudad de Los Reyes; era de buen cuerpo y conforme á él gentil hombre; de nacion guipuzcuano[9], si no era navarro; muy bien criado, afable, y parecia en viéndole ser hombre noble; llevábase los ánimos de los hombres tras sí; realmente tenia muchas y muy buenas partes, á quien el Marqués, para acabar de limpiar la tierra, dió el descubrimiento y entrada del rio Marañon, para lo cual le ayudó con plata y municiones bastantes, y en la ciudad de Los Reyes se le junto mucha gente, y de otras ciudades bajaron soldados para irse con él, como se fueron. Esta entrada se habia de hacer por la ciudad de Chachapoyas, el Rio Grande abajo, y como por rio habian de ir, dióle el Marqués todo lo necesario para hacer bergantines. Túvose por cosa cierta que los que allá fuesen habian de hallar montes de oro, porque como no hay casamiento pobre ni mortuorio rico, así no hay descubrimiento pobre. A esta fama bajó del Cuzco, y aun de más arriba, un viscaino llamado Lope de Aguirre, de mediana estatura, no muy bien tallado, cojo, gran hablador y jurador, si no queremos decir renegador, con una hija suya mestiza, no de mal parecer; vi á este Lope de Aguirre muchas veces siendo yo seglar, sentado en una tienda de un sastre vizcaino, que en comenzando á hablar hundia toda la calle á voces. Llegóse tambien á Pedro de Ursúa un caballero, creo de Xerez, llamado don Fernando de tal, pequeño de cuerpo, de buen rostro, la barba un poco roja, y despues allá en Chachapoyas, ó cerca, otro soldado casado en Los Reyes, llamado Juan Alonso de la Valentona, bien dispuesto el rostro, nariz aguileña, de buen color, que por cierta pendencia no le convenia quedar en la tierra. Nombro á estos tres por lo que adelante sucedió; y aunque tracté al don Fernando, más á este Juan Alonso. En Los Reyes habia un clérigo llamado Henao, de edad al parecer de 50 años, y para su estado tenia con suficiencia lo que habia menester; dió su hacienda á Pedro de Ursúa, como otros se la daban, y fuese con el despacho Pedro de Ursúa de Los Reyes, con los que se le junctaron (no hobo atambor ni bandera) y todos, unos en pos de otros tomaban su camino para Chachapoyas, cuales por la Sierra, cuales por los Llanos. Pedro de Ursúa tomó el suyo por Trujillo, donde estaba viuda aquella señora con quien don Francisco de Mendoza, siendo casada, tuvo ciertos dares y tomares; concertáronse los dos fácilmente (dicen era muy hermosa mujer) y llevósela consigo, que no debiera, por ser la causa de su perdicion. Llegó Pedro de Ursúa á Chachapoyas, donde junctó 400 hombres, ó poco menos, bien aderezados de armas. Los que nombró por capitanes creo fueron á don Fernando y á Lope de Aguirre, y creo al Lope de Aguirre hizo maese de campo; con esta gente y lo necesario para hacer los bergantines caminó en demanda del Rio Grande, que se hace de todas las vertientes de la cordillera de Pariacaca y de Villcanota, de donde dijimos una laguna vertia á una y otra mar; componen este rio el de Jauja, Villcas, Amancay, Apurimac y el de Quiquixana, que es el que comienza de la laguna de Villcanota con los demás que con éstos se junctan. Llegado á él (hasta entonces ni poblazones de indios, ni tierra donde pudiesen parar hallaron) hacen sus barcas y bergantines, y échanse el rio abajo, mientras más abajo mayor, y la vuelta arriba imposible; finalmente, á lo que me refirieron soldados conocidos antes, que con él fueron, y despues volvieron acá, andadas á su cuenta más de 200 leguas el rio abajo, sobre mano derecha dieron en una barranca grande, encima de la cual habia gran cantidad de indios con sus arcos y flechas bien dispuestos, que les prohibian salir á tierra, y en canoas les daban en qué entender; pero, finalmente, los arcabuces y versetes los aojearon; saltaron en tierra, toda llana y rasa; la de la mano izquierda, montosa é cenagosa, inhabitable, y el rio ya de más de tres leguas de ancho, aunque llano. Saltando en tierra hallaron un camino anchísimo y más trillado, que venia á dar al rio; no vieron poblazones; siguieron algunos soldados con su capitan el camino; empero como le iban siguiendo se iba ensangostando, y sendillas á una y otra parte. Estos indios deben vivir sin república ni señor, cada uno en su casa por sí, y de sus casas venian al rio á tomar agua, y á pescar por sus sendillas, hasta que cerca del rio hacian, juntándose las sendillas, aquel camino ancho. El capitan con los soldados volviéronse sin traer más relacion que la dicha.

Parten de allí, y por la barranca otro dia parecen tambien muchos indios, no tantos como el primer dia, diciendo: ¡Omagua, Omagua! muchas veces. El capitan y los demás ¿qué pensaron? que el descubrimiento que buscaban se llamaba Omagua, donde los arroyos manaban oro, y no les querian decir sino: abajo, abajo, como si les dijeran: no pareis aquí, pasa adelante. El desdichado Pedro de Ursúa, habiendo de parar donde los indios le salieron á defender salir á tierra, y enviar á descubrirla, sus pecados que le cegaron, siguió el rio abajo, más de otras 200 leguas de aquí, donde no vian indio en la costa ni barranca, y la vuelta al Perú más imposible. Los soldados ya murmuraban del capitan, y principalmente por la mujer que llevaba, de suerte que los tres, don Fernando, Lope de Aguirre, Juan Alonso, se concertaron de matar á su capitan Pedro de Ursúa y á la pobre mujer, y como lo concertaron así lo hicieron; llegan todos tres, no creyendo Pedro de Ursúa sino que le querian hablar como otras veces, dánle de puñaladas y mátanle, y luego matan á la desventurada señora, que ni lágrimas, ni lástimas, ni su hermosura le aprovechó para librarse destos malos hombres. Luego tocan arma y levantan por rey á don Fernando; júranle por tal todos, más de temor que de amor. Luego se les reviste el demonio en el cuerpo á estos sacrílegos demonios (nómbrolos así por lo que luego diré) y principalmente á Lope de Aguirre, y conjurado, era esto de mañana, llaman al padre Henao, hácenle decir misa en una ramada en tierra, y mándanle consagre dos hostias, que consuma la una y deje la otra. El pobre y pusilánime sacerdote hízolo así; dice misa, consagró dos hostias, consumió la una, dejó la otra sobre los corporales en el ara; acabada, llegase Juan Alonso (si no me acuerdo mal, éste fué, á lo que me dijeron): toma la hostia con sus sacrílegas manos, consagrada; hácela tres partes ¡oh, Señor! y cuánta es vuestra misericordia y paciencia; es misericordia y paciencia de Dios, pues allí no se abrió la tierra y vivo tragó á este más que sacrílego demonio; da la una á don Fernando, otra á Lope de Aguirre y toma él la otra, y allí se conjuraron de no ir ni venir el uno contra el otro, ni el otro contra el otro, y en señal partian la hostia; invencion de más que demonios. Los demás soldados estaban atónitos y fuera de sí viendo una maldad, un sacrilegio jamás oído; empero Nuestro Señor, que no deja sin castigo semejantes impiedades, dentro de pocos dias ya el Lope de Aguirre tenia muertos á puñaladas á los dos, al negro rey y á Juan Alonso, que si no me engaño era nombrado maese de campo, y el Aguirre coronel, ó al revés; poco va en esto: Lope de Aguirre volvióse la bestia y tirano más cruel que ha habido en nuestros tiempos, ni en pasados, y lo que más admira, que con abominar los soldados aquellas impiedades, le temian tanto que no se atrevian ni á mirarle; mató á muchos: si se reian, los mataba; si estaban tristes, los mataba; si se juntaban, los mataba; si se paseaba uno solo, le mataba; no se ha visto ni leido semejante ánimo de demonio. Parte, pues, de donde cometieron esta más que impia maldad, su rio abajo (el temple todo desde que se echaron al agua hasta desembocar en la mar del Norte, calidísimo) y ya cerca de la mar dieron en muchas islas pobladas de indios desnudos, de las costumbres Chiriguanas; las casas como las tenemos dichas ser las de los Chiriguanas; duermen en hamacas, gente desnuda y bestial; adonde ocupaba á los soldados que deshiciesen las hamacas y destruyesen para aderezar los bergantines, y la cabuya sirviese de estopa, porque su intencion era en desembocando procurar volver al Perú. Allí se rehizo lo mejor que pudo; comida no les faltaba de la que tenian los indios, y mucho pescado y marisco, y entre los peces unos que llamaron roncadores, porque en pescándolos roncaban como un hombre cuando duerme, grandes y sabrosos. Vino á desembocar por el rio en la mar del Norte, llamada la Burburata, donde dicen tiene ochenta leguas de boca; es el mayor del mundo. De allí vino á la Gobernacion de Venezuela, y saltando en tierra, persuadia con oraciones, como un Ciceron, no le dejasen hasta que sus ojos viesen al Perú y sus pies hollasen aquella tierra, donde los pensaba hacer señores della; llamábalos mis marañones, porque se tenia por desgraciado morir en otra parte, y más en aquella miserable y pobre Gobernacion. El desventurado bien conocia que, vista la suya, todos los soldados se le habian de huir. Aquí mató uno, si no fueron dos religiosos nuestros, porque persuadian á los soldados les dejasen, pero de temor hasta que vieron el estandarte Real no lo hicieron; llegó la voz al gobernador; juntó gente; vino contra este peor que demonio; los que con él venian, visto el estandarte Real, luego todos le desampararon; pero era tanto el temor que le tenian, que ni los que con él vinieron, ni los de la tierra le osaron llegar á prender, si no de fuera le arcabuceban á un hombre solo, cojo, con una partesana en las manos, el cual viendo su perdicion, llega á su hija y dala de puñaladas, diciendo: No te han de llamar hija de traidor. Luego diéronle un arcabuzazo y dijo: Este no: pero al segundo, diciendo: Este sí, cayó muerto el más que miserable, muriendo como un gentil y que no tuviera conocimiento de Dios. Decia: Yo bien sé que me tengo de condemnar, pero en el infierno no tengo yo de estar con la gente bahuna, sino con Alejandro Magno, con Julio César, con Pompeyo y otros príncipes del mundo: puede ser que se halle con otros más infames pecadores que éstos, y sus tormentos sean mayores, por tener conocimiento de Dios más que aquellos gentiles, y ser cristiano, y sin puede ser lo podemos decir, porque un hombre sacrílego como éste, y que murió impenitente, habiendo hecho tantas crueldades y muerto dos sacerdotes ¿por qué lo habemos de poner en puede ser? Desta manera acabó este impiísimo tirano, que quien le conoció en este reino é oyó decir las maldades que hizo, se admirará. Todos los que con él fueron tambien perecieron, unos en unas partes, otros en otras; en este reino tres vi, los cuales en diferentes tiempos informándome de lo que habia pasado, me refirieron en suma todo este suceso. No tracto de las cartas que dicen escrebia á Su Majestad del Rey nuestro señor; algunas vi en pedazos, llenas de mil disparates, aunque daba algun poco de gusto leerlas, por solo ver el frasis, que no sé quién se lo enseñó. Su Majestad mandó que á todos los que con él llegaron á la Venezuela y la Burburata, las justicias hiciesen castigo en ellos; mas los que lo olieron no se descubrian á todos. Tambien mandó aprestar dos navios, en que envio á descubrir el estrecho de Magallanes, en uno al capitan Ladrillero, vecino de La Paz, á quien subjectó el otro navio; capitan un maestresala suyo, llamado el capitan Cáceres. Salieron del Callao; el capitan Cáceres, no pudiendo sufrir los temporales de Chile, arribó á Valparaiso. El capitan Ladrillero pasó más adelante, pero no entró en el Estrecho, y si entró, por ser el tiempo de nieves, habiéndosele muerto marineros y soldados, volvió al puerto de la Concepcion, donde una negra, viendo la tierra y puerto, de alegría se quedó muerta, y sin hacer ningun efecto cesó este descubrimiento.

CAPITULO XVIII
EL MARQUÉS MANDÓ TRAER Á LOS REYES LOS CUERPOS DE LOS INGAS

Cuando aquel más que impio tirano Lope de Aguirre tractaba de crueldades y de hacer grandes ofensas contra Nuestro Señor, el marqués de Cañete tractaba de componer la tierra, y quitar á los naturales cualquier ocasion del deservicio de Dios Nuestro Señor; por lo cual, sabiendo que en el Cuzco los indios tenian en mucha veneracion y como por dioses suyos, á quien adoraban y reverenciaban, los cuerpos de Guaina Capac y de otros Ingas que fueron señores destos reinos, mandó los sacasen de su lugar y los trujesen á Los Reyes para quitar esta ocasion á los indios y darles á entender no eran más que cuerpos muertos; hízose así y trujéronlos á Los Reyes, enteros, sin corrupcion. Tienen estos indios sus yerbas, que antiguamente en su infielidad á los cuerpos de los señores aplicaban, con las cuales no se corrompian, como si los embalsamaran. Mandó, pues, los pusiesen en el hospital de los españoles, en un aposento donde ningun indio los viese. Despues desto, sabiendo tambien que en los Andes, que son unas montañas muy calurosas y lluviosas, á las espaldas de Guamanga, y no lejos della, se habia retirado un Inga, y allí vivia con otros Ingas en unos valles asaz cálidos, procuró reducirlo y sacarlo y hacerle merced, por lo cual envió á dos religiosos nuestros, el uno llamado fray Melchior de los Reyes, hombre docto, gran cristiano, y que todo el tiempo desde que llegó á este reino se ocupó en predicar el Evangelio á estos indios, gran lengua y de muchas y buenas partes, y con él fué otro religioso nuestro llamado fray Pedro de Arrona, hombre esencial y buen fraile: juntamente con un vecino del Cuzco llamado Betanzos entraron en los Andes, hablaron á el Inga, que lo reverenciaban los demás que allí vivian, y servian con las mismas ceremonias que en tiempos antiguos en estos reinos; descendia de los Ingas, señores desta tierra; persuadiéronle saliese con todos los demás, que el Marqués les enviaba á este efecto, con protestacion de le hacer muchas mercedes en nombre de Su Majestad: finalmente, tanto pudieron con él y con algunos de sus capitanes, que le persuadieron á que saliese. Otros Ingas le persuadian lo contrario, y éstos no quisieron salir, dando allá sus excusas, no muy fuera de razon; finalmente, el Inga salió, vino á la ciudad de Los Reyes; trujéronle los indios en unas andas guarnecidas con plata. El Marqués le recibió muy alegre y afablemente, prometióle mucha merced en nombre de Su Majestad si se volvia cristiano y se quedaba en la tierra; mirase lo que más le convenia, y si se queria volver, libremente se volviese; dióle de su hacienda algunas preseas buenas y el Inga determinó quedarse y baptizarse, aunque no se baptizó en Los Reyes. Esto asentado, con órden del Marqués volvió al Cuzco, donde se baptizó y casó con una deuda suya, en grado para los indios no prohibido, y dispensado por la Sede Apostólica, llamada la Coya, que quiere decir la Emperadora dona Maria, mujer de no mal parecer y de buen entendimiento; hízole el Marqués merced, en nombre de Su Majestad, de 12.000 pesos de renta perpétuos en indios.

Tuvo una hija, llamada doña Beatriz, heredera, porque no tuvo hijo varon, á la cual criaron, muerto el padre (no vivió muchos años despues desto), en casa de un vecino principal donde la enseñaron toda buena policia y costumbres con las demás cosas que se suelen enseñar á las mujeres generosas; la cual casó despues el Visorrey don Francisco de Toledo con el comendador Martin García de Loyola, como despues diremos.

La madre, digamos la Coya, así la llaman los Ingas que se quedaron en los Andes y en aquellos valles, luego levantaron por cabeza á otro Inga de la casa destos señores, pariente más propincuo; de los cuales, tractando de don Francisco de Toledo, y lo sucedido en su tiempo, habremos de volver á tractar dellos.

CAPITULO XIX
EL MARQUÉS SE MOSTRÓ GRAN REPUBLICANO

En todo el tiempo que el generosísimo Marqués gobernó, se mostró gran republicano, y quien lo es merece nombre de padre de la patria, y el que no mira por el bien de la república no merece el nombre de padre della, y en una de las cosas en que el buen príncipe se muestra ser padre de la patria, es en traer siempre delante de los ojos lo que los filósofos antiguos con lumbre natural alcanzaron, que el príncipe es por el reino, y no el reino por el príncipe; de donde luego el buen príncipe, con todas sus fuerzas procura la conservacion de su república y augmento della; que se guarde justicia y se haga que los vasallos sean ricos y prósperos, y otras cosas que ni deste lugar ni tiempo es agora tractarlas.

Todo esto pretendia el buen Marqués y en esto se desvelaba.

Sabiendo que en este reino habia rios, y muy grandes, donde perecian á los iviernos algunos indios y españoles, mandó hacer puentes y se hicieron: la de Lima; en el rio del valle de Jauja, dos; en el de Abancay, otra; en los dos rios que hay de la ciudad de La Plata á Potosí, en cada uno la suya, y si viviera, la del rio Grande de Chunguri, como habemos dicho, la acabara, y la de Apurima.

Los caminos bien aderezados, los tambos bien proveidos lo fueron, pagando á los indios comidas y trabajo. La justicia siempre estuvo en su punto, y los indios muy favorecidos y amparados. Pretendia que todos los que viviesen en estos reinos fuesen ricos; los nobles como nobles y los labradores como tales, y si alguno por su suerte buena alcanzaba á ser rico, dándosela Dios, San Pedro se la bendijese (como dicen), y por esto muchas veces entre semana iba á las huertas de los hombres pobres, que en contorno de la ciudad tenian, animábalos á que plantasen, trabajasen; preguntábales qué fructa buena tenian, y decíales le enviasen della, y el servicio, y si era necesario más, que les favoreceria: porque no siendo, como no era, hombre de letras, Nuestro Señor le dió un entendimiento acendrado, con el cual alcanzaba que la proporcion que hay de los miembros á la cabeza esa hay de los vasallos al Rey. Entonces el Rey es poderoso, rico y temido, cuando los vasallos son ricos; entonces se defiende y ofende; ofende digo á quien le quiere ofender, y fácilmente le conquista. Entonces el brazo defiende bien la cabeza y sufre el golpe que sobre ella viene, cuando es recio y sano; el manco no tiene fuerza, no se puede levantar, y siendo esto así, ¿cómo defenderá la cabeza? Los vasallos ricos muy bien defienden el reino; al reino pobre, como no tenga fuerzas para defenderse, cualquiera un poco más poderoso se lo atreve, y fácilmente lo conquista. Por eso, el otro, para conquistar cierta fuerza, ó cibdad, pedia dinero y más dinero.

Un año, habiendo mucha falta de trigo, llamó á los vecinos que lo tenian sobrado; persuadíalos lo trajesen á la plaza, y moderasen el precio; hízoseles de mal; tomó cantidad de plata, envióla en barcos grandes por los valles; trujo bastante trigo; socorrió á su cibdad; hizo alhóndiga, y los vecinos quedáronse con su trigo comido de gorgojo, por no hacer lo que el justísimo Marqués les mandaba y aconsejaba, y perdieron, de lo que pensaron ganar, no poca plata.

Saliéndose á pasear un dia de trabajo, volviendo para palacio, en la plaza vió á un espadero, llamado Mendoza, que con un jubon de raso carmesí, y carzas de terciopelo carmesí aforradas en los mismos, estaba acicalando una espada; paró el caballo, y díjole: Buen hombre, ese vestido más es para los domingos y fiestas que para entre semana; por mi vida que lo guardéis para entonces; en algo nos habemos de diferenciar en estos dias; y luego, volviendo la cabeza á un criado llamado Parrilla, díjole: De aquel paño pardo que me envió la marquesa, dad á este buen hombre para que haga un vestido con que entre semana trabaje, y pues la marquesa (dice al espadero) me lo envió para que yo hiciese un vestido, bien podéis vos vestiros dél. El espadero estaba en pie, su gorra quitada; besóle las manos diciendo haria lo mandado por Su Excelencia; luego, preguntábale: ¿Cómo os llamáis? respondió: Mendoza; dijo el Marqués: ¿Mendoza? parientes somos, y volviéndose á sus criados mandóles diciendo: Todas vuestras armas traérselas á Mendoza como las habeis de llevar á otro; es mi pariente; habémosle de ayudar todos.

Fué amicísimo de que todo el reino viviese en servicio de nuestro Señor, y así casó muchas mujeres principales, y no principales, principalmente de las que venian con el Adelantado Alderete, que traia muchas. Mis padres vivian en Quito, y allí les casó dos hijas, y todos los casamientos subcedieron bien; solo uno salió avieso. Entre estas señoras venia una llamada doña Graciana, mujer principal, discreta, no muy hermosa, pero gallarda. Casóla con un vecino del Cuzco, rico, llamado Villalobos; allá en el Cuzco no sé que desabrimiento tuvieron; el vecino era mal acondicionado, ella mal sufrida; el desabrimiento no fué por cosa que doña Graciana no debiese hacer conforme á su calidad; no fué cosa que tocase á honra, y el demonio, que no duerme, el Villalobos dióla de puñaladas; la justicia prendióle y encubóle, y perdió la vida con este ejemplar castigo; desto no tuvo la culpa el buen Marqués, sino los pecados del Villalobos; esto me pareció no dejar en olvido, cosa rara y que en reinos más extendidos subcede pocas veces.

Los vecinos que tenian hijos diéronselos para que le sirviesen, á los cuales en su casa les enseñaban toda buena crianza y policia, y les daba estudio dentro de palacio; algunas veces comiendo tomaba un plato y llamaba al que le parecia y decíale: Ve á tu madre y dile que, por que me sabia bien esto, por amor de mí lo coma. Partia el paje; llamábalo y preguntábale: ¿qué te dije? Señor, respondia, esto, y esto; decíale: Mas mira que cuando entres delante de tu madre le has de hacer la reverencia con el pie izquierdo; con el derecho á Dios y á sus imágines; y cuando volvia preguntábale cómo la halló, cómo hizo la reverencia.

Parecerá esto cosas muy menudas y no dignas de un Visorrey del Perú, que es lo mejor que Su Majestad tiene que proveer; no es sino muy esencial, porque la crianza de los muchachos conviene mucho les sea enseñada, y mejor la toman del señor que del maestresala, y más le temen. Dia de la Asumpcion de Nuestra Señora, habiéndose de hacer fiestas en la plaza, de toros y cañas, se dijo en el pueblo, sin saber de dónde, ni cómo habia salido: El Emperador es muerto. Viniendo de misa de la iglesia mayor, despues de comer, el mayordomo mayor le dijo: Señor, esto se tracta en el pueblo, que el Emperador es muerto; Vuestra Excelencia, aunque no sea sino por esta nueva, mande no haya hoy fiesta. Sintió la nueva el Marqués, porque el Emperador le tenia en mucho y dél hacia mucho caso; en diciéndoselo, dice: bien decís; avisa á los alcaldes deshagan las barreras, y si así es, yo no soy Virrey del Perú. Fué así, que aquel dia ya era enterrado el Emperador, de gloriosa memoria, y Su Majestad del Rey nuestro señor habia proveido por Visorrey destos reinos á don Diego de Acevedo, aunque no llegó asá, por morir en Sevilla. Tardó la nueva cierta más de seis meses; llegada, mandó se hiciesen las honras del Emperador con mucha solemnidad; hiciéronse en la iglesia mayor; salió todo el pueblo del monasterio de Nuestra Señora de las Mercedes, los más principales llevando las insignias. Otro domingo adelante se hicieron las fiestas del nuevo rey con mucha solemnidad, y el Marqués tomó la posesion por Su Majestad deste reino; juróse con la solemnidad acostumbrada, batióse moneda, y derramóse cantidad della, así en la iglesia mayor como en la plaza, con gran alegría de todo el pueblo.