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Descripción colonial, libro segundo (2/2)

Chapter 27: CAPITULO XXIII DEL CONDE DE NIEVA
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About This Book

Se ofrece una crónica detallada de la organización eclesiástica y del gobierno virreinal en el Perú colonial, con capítulos sobre prelados y virreyes, sus políticas administrativas y militares, campañas contra comunidades indígenas, expediciones marítimas y enfrentamientos con corsarios, además de medidas fiscales y judiciales como la implantación de la Inquisición. Aborda la división y el gobierno de provincias lejanas, episodios de hambre y enfermedad, nombramientos y traslados, y recoge relatos institucionales, militares y religiosos que ilustran la dinámica del poder y la vida colonial.

CAPITULO XX
DE LA MUERTE DEL MARQUÉS

Cuatro años habia, poco más, que gobernaba el Marqués, padre de la patria, siendo amado y tenido de los buenos y de los malos, cuando Nuestro Señor fué servido llevarle para sí, recibidos devotísimamente todos los Sacramentos, que muchas veces frecuentaba, sabida ya la venida del conde de Nieva por Visorrey destos reinos, proveido luego que murió don Diego de Acevedo. El dia de su muerte fué muy triste para la cibdad de Los Reyes, y para todo el reino; fué llorado de todos y en particular de los pobres. Enterróse en el convento del seráfico San Francisco, de donde, sacados sus huesos, fueron llevados á España por el padre fray Juan de Aguilera, comisario de aquella Orden en estos reinos.

Era hombre de mediana estatura, más grande que pequeño, espaldudo, y de miembros fornido, de gran ánimo y generoso; nada amigo de derramar sangre, empero que se hiciese justicia; amigo de los hombres animosos. No se espantaba de que hobiese algunas pendencias, porque es imposible menos. Sucedió lo que diré: Acabando de comer (no dormía la siesta, sino por maravilla), salíase á pasear á una sala cuya ventana en la esquina salia á la plaza; cuando á ella llegaba, sacaba el cuerpo fuera y miraba si habia algo en ella; á una vuelta, mirando la plaza, vió que se encontraron dos caballeros de Jerez, enemistados, ó escogieron aquel lugar para reñir á tiempo que en ella no pareciese nadie; echaron mano á sus espadas don Yelmo de Gallegoso y el capitan Patiño, y comenzaron á reñir con gentil donaire y ánimo. El Marqués recostóse sobre el pretil de la ventana mirando cómo reñian, en lo cual tardaron buen rato sin que la justicia ni hombre acudiese á meterles en paz; hiriéronse ambos y mal; acude la justicia, préndelos; entonces el Marqués mandó al paje de guardia que vaya alcalde y le diga de su parte no los lleve á la cárcel, sino á cada uno les dé la posada por tal, que aquella causa tomaba para sí; y luego envíales á cada uno una barra de plata diciéndoles les ha visto reñir desde el principio, y se habia holgado, y lo habian hecho como muy buenos caballeros; se curasen y recibiesen cada uno su barra para pollos, y sanos, tractaria de las amistades. Los heridos besáronle las manos, y que Su Excelencia hiciese dellos lo que fuese servido. Sanaron, hízoles amigos; don Yelmo siguió su viaje á España; el otro se quedó acá en el reino. Hacia burla de cosas de alzamientos y rebeliones, de lo cual otros han hecho gran descargo de servicios á Su Majestad. Hobo en Los Reyes cierto rumor de alzamiento; salíase á pasear una y dos veces cada semana, y las fiestas y domingos íbase por las chácaras, y á los que le acompañaban mandaba se quedasen, y con un solo paje se iba buen trecho solo. Su mayordomo mayor decíale: Señor, ¿cómo se va Vuestra Excelencia solo sabiendo lo que se ruje en la ciudad? Respondióle diciendo: Por eso me aparto solo, para ver el ánimo destos. Pues esta gente, ¿se ha de atrever á eso? Sucedió así que de la cibdad del Cuzco le enviaron un soldado, con informacion no muy bastante, sino de indicios leves, que se queria alzar ó tractaba dello, para que el Visorrey le mandase castigar. En una visita de cárcel (no perdió ninguna), salió el pobre soldado aherrojado, y leida en breve la causa de su prision, llamóle y díjole: ¿Vos os queríades alzar con el Cuzco? el miserable, temblando, respondió: No, señor; ¿quién soy yo ni qué calidad tengo para eso? Enemigos que en el Cuzco tengo me han impuesto ese testimonio. El Marqués llama al alcaide (el pobre ya pensó estaba ahorcado), y dícele: Quitad las prisiones á ese hombre; y al hombre dícele: Andad, id luego derecho al Cuzco, y alzáosme con aquella ciudad; si no, por vida de la marquesa, que tras vos envio para que si no lo hiciérades os hagan cuartos. ¿Cada chirrichote se ha de alzar contra la Majestad del Emperador y rey nuestro señor? El otro, en saliendo de la cárcel, no pareció más ni fué al Cuzco; bien sabia el magnánimo Marqués que no habia de ir aquel miserable al Cuzco.

En manos de otro cayera, que por lo menos fuera á remar á las galeras.

CAPITULO XXI
DE LAS VIRTUDES DEL MARQUÉS

En tiempo que vivió en estos reinos fué castísimo y muy amigo que todos los de su casa, como es justo, lo fuesen, y mirando por esto y por el buen ejemplo que están obligados á dar los que gobiernan. Diré lo que dijo el padre Molina. Este padre Molina se consagró á servir á los españoles en el hospital llamado San Andrés: en él era capellan, mayordomo, y toda la casa quien la gobernaba, y todas las haciendas. El piadosísimo Marqués acudia á hacerle muy crecidas limosnas, porque le dió más de 30.000 pesos de su hacienda; el padre Molina venia de noche á tractar con el Marqués las necesidades del hospital, y como de clérigo, los vestidos eran largos; díjole el Marqués: Padre Molina, ya sabeis que para vos no hay puerta cerrada, ni hora ocupada; no vengais más de noche; traeis esas faldas largas; algun malicioso pensará sois mujer; mirad que en público y en secreto somos obligados á dar buen ejemplo.

Como se preciaba tanto de ser padre de pobres, fuera de las limosnas hechas al hospital de los españoles, y aun al de los indios y al convento de San Francisco, hizo otras en particular, no pocas, pero destas referiré dos ó tres. Un buen hombre vino de México, casado y pobre; entró á pedirle limosna (para los pobres no habia puerta cerrada); mandólole dar una barra; las limosnas luego se daban sin réplica ni libramiento, porque luego mandaba á su mayordomo y mandábale diciendo: Dad tanto á este buen hombre; luego era cumplido. El buen hombre, muy contento con su barra, antes que saliese de la sala, tornólo á llamar el piadoso Marqués y dícele: Buen hombre, ¿sois casado? respóndele: Sí, señor, y traigo mi mujer é hijos; dice al mayordomo: Montoya, dadle otra barra; no tiene para zapatos; y luego pregúntale: ¿Tenéis oficio? y respondióle: Sí, señor; sé mucho de labranza y crianza; el buen Marqués dícele: Mucho me alegro de eso, porque agora mando poblar un pueblo 22 leguas desta ciudad, de muy fértil suelo; ídos allá con vuestra mujer é hijos; yo os daré una carta para el capitan Zurbano; allí os dará solar para casa, tierras para pan y para viñas; hacedme allí una heredad muy buena para vos y para vuestros hijos, y cuando tuviéredes necesidad, no vengais acá, sino escribídmela, yo os la remediaré. Con esto se fué el hombre muy contento, y de aquí á Cañete.

Levantábase muy de mañana, y sólo con un paje de guardia se iba al rio arriba, rezando en unas Horas; prosiguiendo su camino oyó lloros como de mujer que se estaba acuitando, porque una sola negra que tenia, con que amasaba un poco de pan, y lo sacaba á la plaza, y desto se sustentaba trabajosamente, se le habia muerto aquella mañana. El pientísimo Marqués ¿qué pensó, cuando oyó los gemidos y voces? que la hacian alguna fuerza; alargó el paso y púsose á la puerta para oir lo que pasaba, y como entendió á la mujer que se lamentaba y la causa, diciendo: ¡Ay! cuitada de mí, que sola una negra que tenia, que me ayudaba á pasar mi trabajo, me ha llevado Dios; ¿qué tengo de hacer, miserable? y otras cuitas que las mujeres pobres en semejantes trances suelen hacer. Luego el padre de pobres y buen Marqués da la vuelta y con el paje que le acompañaba le envió una barra de plata de 250 pesos ensayados (entonces aun no valian tanto los negros bozales), diciéndola no se afligiese más, y que con aquella barra comprase otra negra y supliese su necesidad, y con las demás acudiese, que se las remediaria. Desta manera favorecia á los pobres y les hacia bien y mercedes y limosnas.

Otras muchas limosnas hizo á caballeros pobres y á personas necesitadas, que seria largo de contar, y nuestro intento no lo permite; pero decillas en breve, pídelo; finalmente de su hacienda dió de limosnas pasados de 80.000 pesos, por lo cual su hijo, don García de Mendoza, bajando de Chile, bien pobre, hallando muerto á su padre y en el gobierno al conde de Nieva, que consigo trujo á don Juan de Velasco su hijo, estando juntos los dos, don Juan de Velasco dijo á don García de Mendoza, como por baldón y mofando: ¿Qué hizo su padre de vuestra merced en este reino? al cual con mucha prudencia respondió don García de Mendoza: Un monasterio de San Francisco, donde se enterró, y un hospital de españoles, donde como á pobre me den de comer; y guárdele Dios á vuestra merced no muera su padre en el Perú, y vuestra merced entonces se halle en él, porque se verá uno de los más desventurados caballeros del mundo. Parece le fué profeta, porque se vió paupérrimo y con suma pobreza, y esto allí le vimos y tractamos.

En su tiempo los mercaderes de la ciudad de Los Reyes, juntándose, tractaron de pedir limosna para los pobres de la cárcel, que se iban multiplicando, no con título de cofradia, sino por via de caridad; despues se constituyó cofradia y creció como habemos dicho.

Concertáronse que dos cada semana pidiesen por amor de Dios para los pobres della, y les diesen de comer, y cuando las limosnas no alcanzasen, de su casa les proveyesen; la segunda semana cupo á dos, Juan Vazquez y Juan Vaz, hombres de caridad, casados y ricos; conocílos y tractélos mucho; convinieron en ir á pedir limosna al Marqués; entraron y dícenle lo que habian ordenado, y que suplicaban á Su Excelencia les mandase dar limosna; alabóles mucho la buena obra, y mandóles dar, para aquella semana (como tractando de la fundacion desta cofradia dejamos dicho), cien pesos, y para cada mes cincuenta, y que no se los viniesen á pedir, sino á su mayordomo, lo cual infaliblemente el tiempo que vivió se cumplió así.

Diré otra, que fué graciosa. Pocos meses despues de llegado á la ciudad de Los Reyes, cantó misa un clérigo llamado el padre Roberto; hallóse presente el Marqués y el Audiencia y todo el pueblo; entonces de tarde en tarde se cantaban; salió el misacantano á ofrecer. El Marqués habia pedido al mayordomo un pedacillo de oro de 25 pesos; ofreciólo; luego los Oidores, los cuales no ofrecieron, mandaron, y las mandas se escribieron; en las fuentes llevaban papel y tinta: hobo quien dijo dellos (si no me acuerdo mal fué el licenciado Santillan, de quien arriba tractamos): Escriban 50 pesos; el Marqués casi corrióse, y dijo: Pues dijéranme que se usaba mandar por escripto; yo tambien mandara; escriban 100 pesos, y así ofreció 125 pesos, los 25 en oro; y á quien era tan limosnero y liberal, no es necesario alabarle que jamás recibió dádiva, ni nadie se atreviera á ello, ni á cohechar al menor de su casa; y que esto se entienda ser así, es verdad lo que diré: habia en la ciudad un mercader rico y de mucho crédito, llamado Gonzalo Fernández, de cuya casa se proveia todo lo necesario para la del Marqués, y era como el cambio del mayordomo mayor, y el salario del Marqués todo entraba en casa deste mercader. Tractábase como criado del Marqués, y no perdia en ello nada. Quiso hacer un servicio á la marquesa, y tuvo para servirla un cofrecito de plata como el segundo del terno, y en él no sé qué sortijas con esmeraldas y otras piedras; no faltó quien se lo dijo al Marqués, ignorándolo Gonzalo Hernandez, y un dia llamóle y díjole: Dícenme que enviais á la marquesa no sé qué regalo; por mi vida ¿qué es? El mercader respondióle: Es verdad, señor, que á mi señora la marquesa tenia determinado servir con un cofrecito de plata, y otras cosas no de mucho valor, conforme á mi posible y no conforme á quien es mi señora la marquesa. Mandóle lo trujese; holgóse de verlo, y díjole: ¿Qué vale esto? El mercader respondió: Señor, no tracte, suplico á Vuestra Excelencia, deso; es muy poco; finalmente, dijo á su mayordomo que supiese de los oficiales lo que valia y lo pagase al mercader, y que él lo queria enviar en nombre del mismo Gonzalo Hernandez. Quien esto hizo no puede ser notado de avariento, ni cobdicioso, ni que jamás recibió cohecho.

Las vísperas de Pascua, en las visitas de cárcel, jamás ningun Virrey (sin les hacer agravio) dió tantas limosnas, pagando por los pobres que no tenian dónde pagar, lo cual con suma liberalidad hacia. Ninguna destas visitas le costaba menos de 1.000 pesos, pues para cobrarlo no era necesario más que pedirlo al mayordomo. ¿Quién ha hecho tal? Pero no lo echaba en saco roto; Nuestro Señor se lo ha pagado cient doblado, y porque para todas las limosnas y mercedes que hacia de su hacienda no habia libramientos, mandó en su testamento que no pidiesen á su mayordomo, sus herederos, más cuenta de la que él quisiese dar, ni libramiento para lo que hobiese dado de limosnas, y bien seguramente lo mandó, porque el mayordomo no le hiciera menos un grano.

CAPITULO XXII
CUÁN ENEMIGO ERA DE ACRECENTAR TRIBUTOS

Siempre miró mucho por la conservacion de los naturales, para que con todo el descanso posible pagasen sus tributos. Sucedió así: proveyó por corregidor de la provincia de Chucuito á García Diez de San Miguel, hombre muy cuerdo, y benemérito y noble, al cual mandó que visitase toda aquella provincia; hasta entonces no se habian hallado más que 17.000 indios tributarios; éstos pagaban del tributo 24.000 pesos en plata ensayada y 12.000 pesos en ropa de la tierra: visitados, parecieron mil indios más. García Diez de San Miguel, pareciéndole ganaria gracia con el Marqués, avisóle del augmento de los indios, y que se les podia acrescentar el tributo, pues para tantos indios era poco, mayormente que para pagar los 24.000 pesos de plata, en Potosí residian 500 indios que fácilmente los pagaban; á quien respondió: Escribiéradesme vos que abajara los tributos, de muy buena gana lo hiciera; pero augmentarlos, no haré tal; ¿qué cosa hay más grave que el tributo? Otro lo subió á 102.000 pesos ensayados en plata y ropa, como diremos.

Decia que si su parecer se hobiera de seguir, que de toda la renta que Su Majestad tiene en este Perú se habria de hacer tres partes: una, que se llevase á Su Majestad: otra, para pagar los ministros de la justicia, así acá como de España; otra, que se quedase en este reino para lo que puede suceder y para casar hijas de conquistadores y pobladores pobres á quien Su Majestad no ha hecho merced ni gratificado sus servicios. Por lo cual comenzó á edificar en el lugar donde agora es la Universidad una casa de recogimiento, á quien llamó San Juan de la Penitencia, á donde se recogieron algunas hijas destos conquistadores y pobladores, con renta para su sustento; mas como murió temprano cesó el edificio y agora no hay memoria dello; y para hacer puentes, hospitales, iglesias y otras obras pias y públicas, como los reyes han hecho en España, y para socorrer á caballeros pobres que vienen de Castilla encomendados de Su Majestad, que le han servido y no les ha gratificado, mientras vaca en qué ocupallos. A los negros horros que habia en Los Reyes, qu'es la ladronera de los cimarrones, sacó de la ciudad y envió al asiento de minas de Caravaya, que es tierra calurosa y lluviosa, y era tan humano con ellos, que no se desdeñaba de responder á las cartas que le escrebian.

Esto así en breve se ha dicho del magnánimo marqués de Cañete, de buena memoria, padre de la patria y de pobres, como epílogo de sus virtudes, dejando de tractar más difusamente á otros que sean dotados de más facundia y mejor estilo que el nuestro; concluyamos que fué gran vengador de los juramentos falsos en daño de tercero; mandó quitar los dientes á un Fulano de Quintana porque juró falso delante de la justicia. Tambien mandó que ningun negro cargase con botija de agua ni otra cosa á ningun indio, al negro so pena de caparle y á la negra de docientos azotes, y en quien primero se ejecutó la sentencia fué en un esclavo suyo; vió que traia á un indio con una botija de agua cargado del rio; llamó al caballerizo; preguntole cuántos caballos tenia, y cuánto servicio de esclavos; respondióle que para los caballos tenia bastante servicio; ¿pues cómo esclavo mio ninguno ha de cargar á indio libre? luego mandó se ejecutara la ordenanza, y de allí adelante no se atrevió negro á cargar indio. Era lástima, y hoy lo es, que el negro y negra esclavos se vienen las manos en el seno, y el indio libre las trae en la botija de agua, la canasta de la ropa y la carne de la carneceria, ó del rastro, como si ellos fueran señores y los indios los esclavos. Duró poco esta ley, no más de cuanto vivió el Marqués.

CAPITULO XXIII
DEL CONDE DE NIEVA

Al liberalísimo y cristianísimo marqués de Cañete sucedió el conde de Nieva don... de Velasco, bonísimo caballero y buen gobernador, de quien no podemos decir cosas notables que en su tiempo subcedieron; no las hobo; el reino gozó de mucha paz y abundancia. Entre otras cosas buenas que tenia era ésta, gran paciencia para oir á los pretensores que les parecia estar agraviados del liberalísimo marqués de Cañete por no los haber dado todo el Perú, y para los demás negociantes.

Diré una cosa de admirable paciencia para quien tenia la suprema del reino: acabando de comer se levantaba y oia á los negociantes y pretensores, arrimado á una ventana; llegó un pretensor, y por ventura fatigado de la hambre, y por otra parte demasiadamente atrevido, por sus servicios, y pidiendo remuneracion dellos, levantó la voz más de lo justo; á quien el Conde con gran paciencia y con voz baja le dijo: Habla más paso; el nescio pretensor, no curando del buen consejo, levantó más la voz, representando sus servicios; díjole otra vez el Conde: Ya os he dicho que hableis paso; respondió el pretensor: ¡Oh, señor, soy colérico! á esto respondió el Conde con la paciencia de que habia usado: Tambien soy yo colérico y me modero en mis palabras; andad con Dios, y otro dia venid más moderado. Los circunstantes admiráronse de tanta paciencia y salieron alabándola. Despues desto, dijéronle que un soldado escrebia á Su Majestad cosas del gobierno del Perú, y algunas no muy en favor del Conde; mandóle llamar, y díjole: Dícenme que escrebís al Rey Nuestro Señor. El soldado respondió: Sí, señor, han dicho verdad á Vuestra Excelencia. A quien no dijo más palabra: En hora buena, escrebidle; pero advertid que le escribais verdad, porque si no, la carta que le escribiéredes ha de volver á mis manos, y lo que no fuere verdad pagareis.

Trujo buena casa y música, la cual ni hasta entonces ni despues ningun Visorrey la ha traido. Con el Conde vinieron el licenciado Muñatones, Diego de Vargas Caravajal, el contador Melgosa, á tractar la perpetuidad de los vecinos y encomiendas, pero no se concluyó cosa alguna.

En el tiempo que gobernó fué amado de todo el reino por su mucha nobleza y afabilidad, si no fué de algunos pretensores por que no les daba de comer, no habiendo cosa vaca. Murió al fin de los cuatro años de su gobierno, teniendo ya nueva que el gobernador Castro venia y estaba en el reino por subcesor suyo. Su muerte fué de mucha lástima en toda la ciudad; murió de una apoplejia. No bebia vino, sino agua, y muy fria con nieve. Es así que el licenciado Alvaro de Torres, médico muy experto, estando comiendo, le dijo: Vuestra Excelencia no beba tanto y tan frio, porque si frecuenta esa bebida, dentro de pocos dias morirá de apoplejia y dejará á todo el reino muy lloroso; hizo burla dello, y murió en breve. Su hijo don Juan de Velasco se halló presente, y muerto su padre se vió en la ciudad de Los Reyes uno de los caballeros más pobres que se ha visto en el; salióle el prognóstico de don García verdadero.

CAPITULO XXIV
DEL GOBERNADOR CASTRO

Dende á pocos meses de la muerte del nobilísimo conde de Nieva, entró en la ciudad de Los Reyes, con título de gobernador, el licenciado Lope García de Castro, del Consejo de Indias, y aunque con título de gobernador, con todo el poder que traen los Visorreyes; hízosele el recibimiento que á los Visorreyes se suele hacer. Gobernó poco más de cinco años, con mucha paz y tranquilidad, y aunque en su tiempo hobo algunos rumores de motines, y no eran rumores, sino más, con todo eso los apaciguó sin derramar gota de sangre. Fué gran cristiano y afabilísimo, y muy amigo de hacer merced á los hijos, nietos y demás descendientes de los conquistadores, porque como vacase repartimiento destos tales, no lo habia de quitar á los hijos segundos, nietos ó tataranietos de los conquistadores, y así lo decia, como lo hizo con don Juan de Ribera, el viejo (hijo de Nicolás de Ribera), el cual muriendo, y por su muerte heredando el hijo mayor, Alonso de Ribera, que murió sin heredero, los indios de la encomienda dió á don Juan de Ribera, hijo segundo, mandándole se llamase don Juan de Ribera, y no de Avalos, como se llamaba, porque la memoria de su padre no pereciese, pues los indios no se los encomendaba por ser Avalos, sino por ser Ribera; y lo mismo tenia determinado hacer, y la cédula firmada, si muriera el capitan Diego de Agüero, el mozo, de una enfermedad de que estaba desafuciado, para dárselos al mayor de sus hijos, porque las dos vidas en él se concluian, en lo cual mostraba bien el ánimo suyo para con los conquistadores y sus descendientes. Tuvo algunos émulos en los pretensores, y no pudo satisfacerlos, porque en el tiempo que gobernó vacaron muy pocos repartimientos, y no vacando no tenia que encomendar, por lo cual para entretener, con acuerdo de la Audiencia y del ilustrísimo Arzobispo y prelados mayores de las Ordenes, instituyó corregidores en partidos de los indios, que por entonces pareció convenia; mas dende á poco tiempo se vieron grandes inconvenientes, y no tantos como agora; señalábales salario repartido por cabezas de los indios, para los que eran corregidores; no los sacaban de las tasas como agora se sacan. Por lo cual en nuestro convento de Los Reyes nos mandaron los prelados, á los que podiamos confesar, no confesásemos á corregidor, ni que lo hobiese sido, ni lo pretendiese; buscasen otros confesores; destos corregidores por ventura volveremos á tractar adelante, y no será muy tarde, cuando tractaremos del gobierno de don Francisco de Toledo.

En su tiempo despachó á un sobrino suyo, llamado Alvaro de Mendaña, caballero de 25 años, pocos más, de grandes esperanzas, nobilísimo y de muy buenas partes, con dos navios y muchos y muy buenos soldados antiguos y modernos, al descubrimiento de las islas de Salomón, con título de gobernador y capitan general, y por su maese de campo á Pedro de Ortega Valencia, hombre de mucho gobierno, á quien, si Alvaro de Mendaña faltase, le instituia en el mismo cargo; con próspero viaje, en breve tiempo caminando, ó por mejor decir navegando al Poniente, sin se apartar de la línea equinoctial más que á doce grados de la una y otra parte della, descubrió cantidad de islas, todas pobladas, y algunas muy grandes, y en particular una que, por descubrirla el maese de campo, natural de Guadalcanal, le puso el nombre de su patria. Esta es muy grande y pobladísima; la gente es morena, y alguna que come carne humana; bien dispuesta y valiente; usan arco y flecha, qu'es el arma más antigua del mundo, y dardos de palma arrojadizos, con los cuales fácilmente pasan una rodela; los que fueron eran pocos para poblar, y se habian de dividir, porque en un navio necesariamente habia de volver con la nueva y relacion de lo descubierto, y en él algunos de los soldados, y los que quedaban eran pocos para sustentarse; determinaron dar la vuelta al Perú, donde aportaron. Despues fué Alvaro de Mendaña á España, hizo relacion de lo que habia visto y descubierto; hízole merced Su Majestad del Adelantamiento dellas, y dióle cédulas y recados para que el Visorrey le diese lo necesario.

Vino con ellos á tiempo que gobernaba don Francisco de Toledo, el cual dilató el cumplimiento de las cédulas. Lo mismo hicieron sus sucesores, hasta que don García de Mendoza las cumplió, el cual, partiendo del puerto del Callao con dos navios y una fusta para correr la costa y reconocer los puertos, con su mujer y la gente que pudo juntar y le pareció bastante para su intento; el piloto que llevaban no era tan experto como el primero, erraron la derrota, aunque dieron en otras islas pobladas, creo mucho más adelante de las que descubrió primero, por lo cual, ó por no sé qué ocasion, su maese de campo, Fulano Merino, se le quiso amotinar con parte de los soldados, de quien hizo justicia, y de los más culpados. Pero dende á poco murió el pobre caballero, y su mujer, con parte de la gente, aportó á las islas de Manila, adonde se casó segunda vez con un hermano del gobernador de aquella isla, y dió la vuelta para este reino, y desta suerte se desbarató y perdió aquella jornada. Vi una carta en que decia les habia Nuestro Señor ofrecido muy buena y gran ocasion para que tuviera buen fin este viaje, pero no la supieron conocer, porque no llevaba capitanes expertos, y por eso la perdieron; algunos de los soldados que fueron, han vuelto pocos; no los he visto para informarme de lo sucedido; otros lo escribirán.

Un año antes ó poco más, en la ciudad del Cuzco so tractó una rebelion contra la Majestad Real, por un soldado llamado Fulano de Tordoya, emparentado en el Cuzco, el cual, no se atreviendo ponerla en ejecucion, se salió de la cibdad y con sus valedores, unos por una parte y otros por otra, en número más de 130 se fueron á una provincia llamada de los Chunchos, indios de guerra, adonde en alguna manera se hicieron fuertes, teniendo tractado con un Fulano Galvan, que residia en la provincia de Chucuito, valenton, que habia de ser maese de campo, que juntase los más soldados que pudiese en aquella provincia y otras comarcanas al Cuzco y avisase al Tordoya, con quien se comunicaba, de la gente que tenia persuadida á la rebelion, y entonces Tordoya con los suyos habia de salir, y juntándose con Galvan tiranizar la tierra.

Descubrióse este tracto y llegó la nueva[10] á la ciudad del Cuzco, de donde por la posta salió el capitan Sotelo, vecino de aquella ciudad, á dar favor á Diego de Galdo, corregidor que á la sazon era de la provincia de Chucuito, donde Galvan solicitaba traidores; el cual capitan Sotelo cuando llegó, ya el corregidor Diego de Galdo habia hecho cuartos á Galvan y puesto la cabeza en el rollo de Chucuito, y hecho justicia de algunos traidorcillos que halló culpados, á cuyo castigo salieron tambien el corregidor con los vecinos de la ciudad de Arequipa, que dista del pueblo de Chucuito cuarenta leguas, poco más. El capitan Sotelo tenia comision, desde el Cuzco para adelante, del gobernador Castro, hasta la provincia de Chucuito, para cognocer de semejantes delitos y castigar los culpados; mas como halló hecho el castigo, componiendo algunas cosas se volvió á su casa.

Sabido por el Presidente de la ciudad de La Plata, licenciado Juan Ramirez de Quiñones, y Oidores, despacharon al licenciado Recalde, Oidor de aquella Real Audiencia, con poderes bastantes para cognocer y hacer justicia y lo demás necesario; el cual, llegando á la provincia de Chucuito, y poniéndose lo más cerca que pudo de la provincia de los Chunchos, donde estaba Tordoya con sus secuaces, los curacas de los indios Chunchos le enviaron sus mensajeros á decir qué queria que hiciesen de aquellos españoles que allí se habian recogido; les respondió que los matasen todos; lo cual los indios hicieron de muy buena gana, porque ninguno dellos jamás salió de aquella provincia.

Proveyó Su Majestad por Visorrey destos reinos á don Francisco de Toledo, el cual, llegando á la ciudad de Los Reyes, tomó residencia al gobernador Castro, contra quien no halló en qué condenarle, porque Su Majestad le mandaba que, dada la residencia, subiese á visitar el Audiencia de la ciudad de La Plata, subió á visitarla, lo cual hizo con toda la rectitud y cristiandad posible; yo me hallé entonces en aquella ciudad; á unos privó, á otros condemnó, á otros de los Oidores suspendió. Contra quien no halló querella ni otra cosa fué el fiscal, el licenciado Rabanal, que hacia su oficio muy cristianamente. Hecha esta visita volvió á la ciudad de Los Reyes, y dende á España con próspero viaje, donde dentro de pocos meses murió (dicen) Presidente del Consejo de Indias, loablemente.

CAPITULO XXV
DEL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO

Sucedió (como acabamos de decir) al humanísimo gobernador Castro don Francisco de Toledo, caballero del hábito de Alcántara, de bonísimo y delicado entendimiento; fué recibido en Los Reyes con la solemnidad acostumbrada. Luego dentro de pocos meses procuró reformar algunas cosas en la ciudad dignas de reformación, de servicio de Dios Nuestro Señor, que fueron ciertos públicos amancebamientos, los cuales reformados, y aun castigados, y acabada la residencia del gobernador Castro, en la cual tuvo poco que entretenerse, salió á visitar todo el reino, como traia órden de Su Majestad para ello, cosa necesarísima para todo el reino, de Lima hasta Potosí, que es lo principal, y siendo informado, y viéndolo en muchas partes por vista de ojos, cuán derramados vivian los indios en poblezuelos pequeños, si no eran los del Collao, que éstos tenian sus pueblos grandes y formados, y aun aquí se redujeron no pocos que habia en la Puna, ó Xalca (Puna ó Xalca llamamos á la tierra fria donde se cria el ganado), mandó hacer esta reducción, de muchos años por los sacerdotes deseada; obra de mucho trabajo, por la dificultad que en los indios se halló para dejar sus casillas donde sus antepasados habian vivido, pero de gran bien para la instrucción de los naturales en la doctrina cristiana, porque antes pueblos que hora son de trescientos vecinos y cuatrocientos, y más, estaban divididos en más de diez y doce poblezuelos, en circuito de más de tres leguas; por lo cual el sacerdote vivia en perpétuo movimiento, fuera de que, como en esta miserable gente ha entrado tan mal la fe y ley evangélica, volvíanse fácilmente á sus idolatrias y ritos antiguos. Agora, viviendo el sacerdote con ellos y ellos con el sacerdote, evítanse grandes inconvenientes, y acúdese á las confesiones y administración de sacramentos con mucha facilidad. Tasó de nuevo la tierra, y en muchas partes, por hallar multiplicados los indios, ó por ser la tierra más rica, subió los tributos. Pocos, creo, rebajó; á la provincia de Chucuito (como habemos dicho) lo que va á decir: de 36.000 pesos ensayados á 102.000, en lo cual si acertó ó erró, Nuestro Señor lo ha ya juzgado. En las tasas señaló el salario á los sacerdotes, á los corregidores de los partidos, porque antes pagábanlo los indios fuera de la tasa, y al curaca principal; luego al encomendero. Las más de las tasas redujo casi á plata, quitando no pagasen los indios tributos en cosas que en sus tierras tenian, conforme á las cédulas de Su Majestad hasta entonces usadas y guardadas; por lo cual la tierra ha venido á carecer de las menudencias que antes andaban rodando.

La tierra estaba más harta, y las casas de los vecinos más abundantes y llenas, y los indios con menos trabajo pagaban sus tributos, porque como parte fuese en plata, parte en ropa, parte en trigo, maíz, sogas, alpargates, gallinas, huevos, cebones, etc., si no era la plata, lo demás tenian en su tierra sin salir della; agora en las partes donde las redujo á plata, han de salir los miserables á buscarla á otras partes, á donde no pueden ayudarse de sus mujeres, y así las dejan, y hijos, y unos se mueren, otros se quedan, otros se meten en valles apartados de su natural, donde ojalá y no se casen otra vez; y con estos y otros inconvenientes, los más de los pueblos padecen detrimento, lo cual experimentamos con evidencia, porque en pueblos de 1.000 vecinos tributarios no se juntan á la doctrina, los domingos y dias para ellos forzosos, 250, y al respecto en lo demás. Allégase á esto para que acudan menos los tractos y contractos de los corregidores, que ocupan los indios enviándolos lejos de sus tierras, particularmente los del Collao, por trigo é maíz, más de treinta y cuarenta leguas, y por vino á la ciudad de Arequipa y á otras tierras de los Llanos, adonde corren riesgo de salud; por lo cual lo que se pensó que poner los corregidores habia de ser para bien de los naturales y para librarlos de las tiranias de los curacas, y malos tractamientos de algunos españoles, y para el augmento de sus haciendas, es la total destruicion de las haciendas de los indios, y mayor cuando se les ponen administradores, como los más los tienen, y para diminucion de los naturales.

Libráronlos, y no quedaron muy libres de las manos de los curacas, pero los malos corregidores apodéranse dellos, y si no digo la provincia de Chucuito, que es fama pública en el reino haberse ido della, dejando sus mujeres, hijos y haciendas, más de 8.000 indios á la provincia de los Chunchos, indios de guerra, de donde han enviado á decir no volverán á sus tierras mientras así los tractaren; no es posible sino que sean apóstatas, y se vuelvan á sus idolatrias; yo he visto muchas veces esta tierra desde Los Reyes á Potosí, donde la obediencia me ha enviado á servir con lo que mi pobre talento alcanza, y he tenido muchos dares y tomares con los corregidores de los partidos, y administradores, sobre las haciendas de los indios y sus menoscabos, y no hay hacerles creer á los administradores que son como tutores de los indios, y que así como el tutor no puede sacar para sí, ni por sí, ni por tercera persona, la hacienda de la menor, ellos tampoco la pueden sacar, por más razones que se les traigan delante, porque están persuadidos que, dando lo que otro diera por ella, ellos la pueden sacar, y no hay sacarlos de aquí, y corregidores, preguntándoles si juran guardar las ordenanzas de corregidores, me han dicho que no, y por esto los tractos y contratos son no pocos, en sus distritos, con gran detrimento de los indios, de los cuales pusiera aquí algunos si fuera deste intento tractarlo, los cuales he visto con mis propios ojos; tambien para los caminantes es inconveniente, porque como los corregidores malos vendan en ellos todo lo necesario, pan, maíz, vino, tocino y otras cosas, ¿cómo han de poner los precios en el arancel? lo más subidos que pudieren, de suerte qu'el arancel y lo en él contenido es del[11] corregidor. Los bienes de las comunidades que se sacan á vender en pregones, cuales son carneros de los nuestros, carneros de la tierra, coca, maíz y otras cosas, los que los han de rematar lo sacan para sí, echando terceros, y luego se sabe es para el corregidor, protector ó administrador, y por ventura para todos tres; porque el lobo y la vulpeja, si alguno lo quiere poner en precio, luego le dicen á la oreja: no hable en ello, porque es para el corregidor, so pena que si lo hace se malquista con los tres, y lo echan del repartimiento, donde el pobre anda afanando un tomin, y desta suerte ¿cómo no se han de menoscabar las haciendas de los indios? Diré lo que me dijo un indio, agora catorce años, yendo á Potosí, y llegando á la venta llamada de En Medio; pedíle una frezada para una noche, que es como bernia de marinero, y es uso darla á los pasajeros; respondióme no la tener; díjele: ¿Tú no eras del general Lorenzo de Aldana? respondióme: Sí; díjele: Pues ¿qué es de tanta hacienda como os dejó, vacas, ovejas y otras más, para que me digas no tienes un chusi? Así se llaman estas frezadas; respondióme: Estos administradores lo han destruido todo. Pues es así verdad, que tenian tanto ganado de todo género, y principalmente vacas y ovejas nuestras, cuando los padres de San Agustin que doctrinan á estos indios eran los administradores de sus haciendas, por institucion del general Lorenzo de Aldana, que viviendo yo en la ciudad de La Plata, donde cae este repartimiento, que es el de Paria y Capinota, se vendieron en la plaza, en pública almoneda, 3.000 cabezas de vientre, de vacas, á 30 reales, puestas donde el comprador las quiso. Pues de donde se sacan 3.000 cabezas para vender, ¿cuántas han de quedar? más habian de quedar de 6.000; si agora tienen ganado, sea testigo la experiencia. En esto que vamos tractando no culpamos al Visorrey don Francisco de Toledo, porque esto es cierto que no puso los corregidores para la destruicion de los indios, ni para que se aprovechasen de la plata de la comunidad, como parece por las ordenanzas que hizo, muy justas y buenas, y por las penas puestas á los corregidores, tractantes y administradores, sino para el bien de los naturales; pero la avaricia ha crecido tanto que por ventura convernia quitarlos; porque yo sé de un corregidor, proveido por el mismo don Francisco de Toledo, hijo de un Oidor de Lima, y corregidor del repartimiento que vamos tractando, que diciéndole tractaba con la plata de la comunidad, envió á hacer informacion secreta contra él, y le castigara, por más hijo de Oidor que fuera, por las penas puestas, sino que fué avisado, y cuando el que habia de hacer la informacion llegó, halló las cajas llenas y enteradas. Poner administradores para las haciendas de los indios no sé si fuera tan acertado, porque más haciendas tenian cuando ellos las gobernaban, puesto un indio de razon por administrador, y tambien sé que gobernando don Francisco de Toledo, no se atrevian los corregidores á tractar ni contractar tan públicamente como agora. Oí decir á uno y delante de muchos: El Visorrey no me envia para que me esté mano sobre mano, sino para que me aproveche; y así, juro á tal, que en viendo la ganancia al ojo no se me ha de ir de las manos, y en dos años sacó con que vive honradamente.

CAPITULO XXVI
DE LA GUERRA QUE HIZO AL INGA

Prosiguiendo su viaje don Francisco de Toledo, Visorrey destos reinos, desde Guamanca al Cuzco, y llegando á esta ciudad, fué recebido solemnísimamente por el cabildo della y demás ciudadanos, y en la puerta de la ciudad, jurando de guardar los fueros y derechos della; al tiempo de firmar, el escribano de cabildo le dió una pluma de oro con que firmase. El primero dia de fiesta se lucieron muchas con toros y juegos de cañas guarnecidas con plata. Descansando allí unos pocos de dias del trabajo del camino, que lo es y muy áspero, aunque para Virreyes, obispos, prelados y otros personajes desta calidad no lo es tanto, llevando desde Guamanga noticia de los daños que los Ingas que se quedaron en los Andes y no quisieron salir cuando el marqués de Cañete el Viejo, de felice memoria, sacó al Inga (como dijimos), determinó por bien ó por mal sacarlos, allanarlos y reducirlos al servicio de Su Majestad, porque salian con mano armada y hacian particularmente daño, robando y matando en los términos de Guamanga y el camino Real que hay desde allí al Cuzco; por lo cual nombró sus capitanes á Martin de Arbieto de Mendoza, capitan general, á Martin de Meneses capitan, vecino del Cuzco, y á otros, é publicó la guerra con toda solemnidad acostumbrada; envió algunos criados de su casa, lanzas y arcabuces, que salieron desde Lima acompañándole, como tenian obligacion, mal pagados; entraron en las montañas de los Andes; los Ingas habian alzado y jurado á su modo por rey á un Inga, muchacho de 18 á 20 años, de la casa de los Ingas señores, porque viejo ni otro no habia más cercano; los cuales, viendo la pujanza de los españoles, ni los esperaron á batalla ni acometieron; antes se fueron huyendo un rio grande abajo, en pos de los cuales en balsas los nuestros se echaron; alcanzáronlo y prendieron al pobre muchacho y los principales de sus capitanes, con los cuales se volvieron al Cuzco muy victoriosos, porque ni de la parte de los nuestros ni de los Ingas hobo derramamiento de sangre.

Llegados al Cuzco, mandó el Visorrey que en la fortaleza que llaman del Cuzco, casa de don Carlos Inga, hijo de Paulo Inga, el cual ayudó á los españoles á conquistar el Collao con 40.000 indios que traia consigo, é fué con don Diego de Almagro el viejo á Chile, que no es muy fuerte, le mandó poner preso, creo sin prisiones; empero á sus capitanes todos en ellas y á buen recado con guarda de españoles lanzas y arcabuces, y de indios Cañares. Procedió contra el Inga y sus capitanes, y mandó á religiosos de nuestro convento del Cuzco los industriasen y enseñasen las cosas de la fe, para que si quisiesen ser cristianos los baptizasen, y lo mismo al Inga, los cuales, particularmente el Inga, como era de poca edad, en breve deprendió las oraciones, y persuadiéndole fuese cristiano y pidiese el sacramento del Baptismo, lo hizo é fué baptizado. El Visorrey procedia y hacia sus informaciones contra el Inga é los demás, que cometió al capitan general, y por lengua á un mestizo que consigo traia para este objeto, muy gran lengua y en la nuestra muy ladino, llamado Fulano Jimenez, empero en comun llamado Jimenillo; hechas, pareció, conforme á lo que el Jimenillo interpretaba, tener mucha culpa el Inga de los robos é muertes que los suyos hacian, saliendo á hacerlos al distrito de Guamanga y camino Real de allí al Cuzco, y condenóle el Visorrey á cortar la cabeza; hicieron en la plaza su cadahalso para el dia señalado, y aunque fué importunado el Visorrey por el reverendísimo de Popayán, augustino, que se halló en el Cuzco, varon religiosísimo, tenido en su obispado y acá por un hombre perfecto, no quiero decir sancto, amado de todo el reino, que de rodillas, no es encarecimiento, le suplicó no le justiciase, sino lo enviase á Su Majestad, porque era muchacho y habia poco tiempo le habian jurado por rey, y no era posible que entendiese ni mandase hacer aquellos robos ni muertes que se habian hecho, y cargando los prelados de las Ordenes, no fueron poderosos para que no ejecutase la sentencia dada; sacáronle, y subiéndole al cadahalso para cortarle la cabeza, y viendo el pobre muchacho que no habia remedio, sino que habia de morir, dijo: Pues ¿para matarme me persuadieron me baptizase y fuese cristiano? Lo cual en los que se hallaban presentes causó muchas lágrimas y sentimiento, pero no aprovechó cosa alguna para que se le otorgase la vida. Cortáronle la cabeza y á los capitanes ahorcaron, y en una frontera llamada Villcabamba mandó el Visorrey poblar un pueblo, donde puso por capitan general de aquella frontera y provincia al mismo Martin de Arbieto, y el dia de hoy está poblada, y la tierra pacífica; empero Martin de Arbieto es ya muerto y el Visorrey tambien, los cuales de la justificacion han dado cuenta, y si fué justa, lo habrá Nuestro Señor pagado, y lo mismo si injusta.

De las informaciones hechas por la interpretación de Jimenillo, resultó alguna culpa contra los Ingas que vivian en el Cuzco, y en particular contra don Carlos, casado con una española, de la cual tenia entonces un hijo niño, llamado don Melchior; decian que los Ingas de los Andes y los demás del Cuzco le habian jurado por rey destos reinos, por lo cual se procedió contra don Carlos. Quitóle el Visorrey la casa y puso en ella guarnición de soldados lanzas y alguna artilleria, é indios Cañares, en la cual se guardaban las costumbres que en las fortalezas, y por castellano á don Luis de Toledo, caballero muy principal y deudo suyo.

Privó á don Carlos de los indios que tiene perpétuos; empero apelando por via de agravio, el Audiencia de Los Reyes se los ha vuelto, y casas y demás haciendas, y por su muerte las posee su hijo, ya hombre, casado con una española; á los demás Ingas desterró para Lima, y no sé si aun para Tierra Firme, los cuales apelando como don Carlos, los más murieron en Los Reyes, como mueren muchos de los serranos, y de los que volvieron de sus casas al Cuzco libres por el Audiencia, venian tales de la tierra callente, que en llegando acabaron sus dias; de suerte que de los Ingas descendientes de Guaina Capac, ninguno, ó pocos, ha quedado.

CAPITULO XXVII
EL VISORREY EN SU VIAJE SE ENCONTRÓ CON EL GOBERNADOR CASTRO

Todas estas cosas concluidas y dado asiento en otras, salió el Visorrey don Francisco de Toledo del Cuzco, prosiguiendo su visita para el Collao, en el cual, en el pueblo llamado Pucara, famoso porque allí se desbarató el tirano Francisco Hernandez, se encontró ó halló al gobernador Castro, que bajaba de la visita de la Audiencia de la ciudad de La Plata, á quien preguntando el Visorrey y diciendo: ¿Qué le ha parecido á vuestra señoria de la tierra que ha visto, é yo tengo de ver? respondió: Paréceme, señor, que Su Majestad debe hacer merced á los hijos é descendientes de los conquistadores, muy crecidas, porque si nosotros, que caminamos en hombros de caballeros (y es así, en lo llano caminaban en literas de acémilas, y en los malos pasos, ó cuestas, en literillas de hombros), comiendo á cada paso gallinas, capones, manjar blanco, con todo el regalo posible, y no nos podemos valer del frio por la destemplanza del aire y altura de la tierra, los desventurados que andaban por aquí á pie, descalzos, las armas acuestas, con un poco de maíz tostado y papas cocidas, conquistando el reino á Su Majestad ¿qué no merecen, y por ellos sus hijos? Palabras verdaderas que procedieron de un ánimo cristiano, benignísimo, muy prudente y gran servidor de Su Majestad, pues conocia las mercedes que Su Majestad, para descargo de su conciencia, debia hacer á los descendientes de los conquistadores; pero es la desventura de los conquistadores, pobladores, y de los que de muchos años en estas partes vivimos, ó por mejor decir, son nuestros pecados, y de nuestros padres, que no hay quien venga de España, en la cual no se saben tener en una burrica, ni limpiar las narices, ni en su vida echado mano á la espada, (helos visto, en todo género de estado), que no les paresca, los que vivimos en estos reinos de antiguo, que somos poco menos que indios, y merecen ellos más en venir, que los miserables conquistadores, pobladores, ni sus hijos é nietos, ni los que ayudan á sustentar este reino y lo han ayudado á sustentar de cincuenta años á esta parte; pero hase de cumplir como se ha cumplido y se va cumpliendo, que por ser un discurso notable lo quiero escrebir.

En el reino de Chile hay una ciudad llamada Valdivia, de la cual tractaremos cuando de aquel reino tractaremos; poblóla don Pedro de Valdivia, el primero gobernador de aquella tierra; fué muy rica de oro y de indios; estaba el don Pedro de Valdivia en la plaza sentado en un poyo arrimado á la pared de la iglesia, en buena conversacion, alegre, con otros vecinos conquistadores con él allí asentados; levantóse á deshora y comenzóse á pasear delante dellos, la cabeza baja y mustio; admirados los vecinos, uno dellos le preguntó: Señor, ¿no estaba vuestra merced agora (no habia señoria para los gobernadores) aquí con nosotros en buena conversacion y alegre? ¿qué tristeza es esa? Respondió: Rueguen vuestras mercedes á Nuestro Señor por mi salud; paréceme tengo de vivir poco (y no vivió seis meses), y la causa de parecer estoy triste es que se me ha representado aquí agora que están en Valladolid (la corte residia allí entonces) los niños en las cunas y otros que se andan paseando ó pasearán por ella muy pintados con medias de aguja y zapatos acuchillados, que han de venir á gozar de nuestros trabajos, y nuestros hijos é nietos han de morir de hambre; si así pasa, testigo es todo el reino, éste y el otro, y el otro.

CAPITULO XXVIII
EL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO LLEGA Á POTOSÍ Y DE ALLÍ Á LA CIUDAD DE LA PLATA

Despidiéndose de Pucara el Visorrey del gobernador Castro, el uno para España y el otro para Potosí, el Visorrey llegó á Potosí, donde se le hizo un costoso recibimiento y muy bueno, como en las demás partes, y deteniéndose allí poco tiempo, no creo fueron tres meses ó cuatro, por la destemplanza del asiento (entraba ya el verano, que es el tiempo más frio) para dar asiento á las cosas de aquel pueblo, muchas y muy graves, vínose á la cuidad de La Plata, temple más moderado mucho, y donde á todo tiempo y todas horas se puede negociar, y donde reside el Audiencia, y los vecinos de aquella provincia; presidia en el Audiencia el licenciado Quiñones; los Oidores, licenciado Haro, licenciado Matienzo, licenciado Recalde, doctor Barros; fiscal, licenciado Rabanal, todos en sus facultades eminentes y buenos jueces; hízosele al Virrey muy bueno y costoso recibimiento; sirvióle la ciudad con un caballo en que entrase, del más galano pellejo que se ha visto; no parecia sino un brocado de tres altos, crin y cola blanca, y muy bueno, en quien entró debajo de su palio. El Audiencia (esto vímoslo todos los religiosos y otras personas eclesiásticas, prebendados y los demás que allí estábamos aguardando para recebir en la Iglesia con la Sede vacante al Visorrey); el Audiencia, digo, habia mandado llevar sus sillas con asientos y respaldares de terciopelo carmesí, fluecos grandes de oro y seda; no faltó quien dello dió aviso al Visorrey, y viniendo ya cerca de la ciudad envió un criado ó portero que las quitase y pusiese una de las más comunes con guarniciones de cuero, y no muy nuevo. Es el Audiencia avisado desto; envian un portero y quitan las mandadas poner por el Visorrey, é pone las de la Audiencia, las cuales se quedaron. Los que allí estábamos, viendo quitar unas sillas é poner otras, admirábamos; en la rueda estaba el licenciado don fray Pedro Gutierrez, su capellan, que fué del Consejo de Indias, y dijo: como su excelencia fué criado del Emperador Rey nuestro señor, es muy ceremoniático (propias palabras) y así quiere que todo se guarde muy puntualmente; pero el Audiencia se asentó en sus sillas y dende adelante sin innovarse otra cosa.

CAPITULO XXIX
EL VISORREY DIÓ ASIENTO Á LAS TASAS Y COSAS DE POTOSÍ

En esta ciudad de La Plata concluyó la tasa de los indios á ella subjetos, y los de la provincia de Chucuito, y dió asiento á muchas cosas acerca del cerro de Potosí y azogue; tasó los jornales que se habian de dar á los indios señalados para el cerro; hizo muchas ordenanzas acerca del buen gobierno de los naturales y españoles, justas, aprobadas despues por el Consejo Real de las Indias; empero pocas se guardan y no nos admiramos, porque la ley de Dios es más justa y á cada paso la[12] traspasamos. En estas ordenanzas manda se castiguen con rigor las borracheras, que si los corregidores de los partidos las ejecutasen, no habria tan poca cristiandad en los indios.

En este tiempo se descubrió el beneficio de los desmontes, que es el metal desechado de los señores de las minas, y sacado fuera dellas sin hacer caso dello más que de escoria, y por el tiempo que duró, que fué poco, se sacó mucha cantidad de plata, lo cual viendo, hizo una ó dos ordenanzas acerca desto, muy buenas y justificadas: la una, que los declaraba por bienes comunes, pero que ninguno pudiese recoger más metales de aquellos que en quince dias pudiese beneficiar, so pena de tanto; ley bonísima para que los que tenian muchos indios, beneficiasen como muchos; los que no tantos, como no tantos; y porque los que tenian muchos indios no se ocupasen en amontonar, y á los pobres no dejasen desmontes, mandó tambien que los señores de minas no se pudiesen aprovechar de desmontes ni los beneficiasen, aunque estuviesen dentro de sus pertenencias y les hobiese costado su plata sacarlos fuera de sus minas.

Esta entre teólogos no se tuvo por tan justa, pues de los bienes comunes nadie debe ser privado sino por delito; si otro se puede aprovechar de la escoria del herrero, aunque la haya echado al muladar, ¿por qué no el herrero? Esta hizo diciendo que los señores de minas labrasen sus minas, y los que no las tienen, los desmontes, y así se sacaria más plata.

Estos desmontes fueron de mucha riqueza, porque algunos dellos, y todos generalmente, acudian á cinco pesos por quintal, que es mucho, y hobo algunos de á siete y á más; y porque no volvamos á ellos, cuando el Visorrey salió de los Chiriguanas halló que muchos (aunque les predicábamos no lo podian hacer sin injusticia) habian recogido, á 20.000 y á 30.000 y dende arriba quintales de metal, traspasando su ordenanza: penólos á tres tomines por quintal, de donde sacó más de 40.000 pesos, con que enteró la caja Real de lo que habia gastado della, y satisfizo á algunos que fueron con él, que gastaron mucho en la jornada, sin hacerse cosa de provecho, por nuestros pecados. Asimismo en esta ciudad, como en las demás, habia algunos amancebados con indias; quísolos castigar públicamente, y cierto dia á deshora vemos entrar en el gato[13] al presidente Quiñones, licenciado Matienzo y licenciado Recalde, y ellos propios sacar las indias de los tales españoles, y entregándolas á los alguaciles las llevaron á la cárcel; á unos pareció poca autoridad de Presidente y Oidores; á otros no pareció tan mal; otros Oidores reian grandemente dello.

Así las desterró y condenó á plata á los españoles, y algunos revueltos con mujeres casadas, no de calidad alguna, los desterró del pueblo. Tambien en esta ciudad concluyó las cuentas que habia comenzado á tomar en el asiento de Potosí á los oficiales reales, á dos particularmente, el tesorero Robles y al factor Juan de Anguciana, que eran propietarios; el contador habia poco era proveido por el mismo Visorrey por muerte del contador Ibarra, contra quien no hobo las cosas que contra los dos, á los cuales privó de los oficios, quitóles las minas é ingenios que tenian en Potosí; túvolos presos y aun á canto el uno dellos que se le volara el juicio, é los desterró á España, ó envió, ó ellos apelando de la sentencia fueron, donde les mandaron volver sus oficios y haciendas, y condenados en costas, á lo menos al factor Juan de Anguciana (vi la ejecutoria) como no pasasen de 400 ducados de Castilla. Pero el pobre caballero viniendo murió en Panamá; el tesorero Robles llegó á Potosí; volviéronle sus haciendas y le vimos servir en su oficio.

CAPITULO XXX
SALIERON LOS CHIRIGUANAS Á BESAR LAS MANOS Á DON FRANCISCO DE TOLEDO

En esta misma ciudad salieron ocho indios chiriguanas, no llegaron á diez, á besar las manos al Visorrey don Francisco de Toledo; alegróse dello, recibióles muy bien y agasajóles, y fingidamente (como es su costumbre) le dijeron no querian ya más guerra ni enemistad con los cristianos, ni les hacer mal en las chácaras, como dos años antes lo habian hecho, sino toda paz y concordia, á lo cual salian para que si Su Excelencia la queria admitir, volverian á sus tierras y traerian curacas y indios principales con quien se asentase. El Visorrey admitió su demanda y envió con algunos dellos, quedando otros como en rehenes de que no harian mal, á un soldado, por nombre Mosquera, mestizo del Rio de La Plata, hombre de bien, y en la lengua chiriguana, y en la nuestra, bien experto; entre los Chiriguanas que quedaron fué un muchachon de 18 á 20 años, que se comenzó á hacer medio chocarrero, á quien, aunque no le baptizaron, llamaron en palacio don Francisquillo; vistiéronle como á español, y entraba é salia en palacio, y comenzaba á gorjear en nuestra lengua, agudo y vivo como un fuego; fué Mosquera y volvió, y con él más de treinta naturales, Chiriguanas como veinte, y los demás de servicio indios Chaneses, y entrellos dos Chiriguanas más principales, el uno llamado Marucare y el otro por excelencia Inga Condorillo, y otro indio de nacion Chicha, que confinan con estos Chiriguanas, de los cuales habemos tractado y habemos de tornar á tractar cuando prosiguiéremos el camino de Talina á Tucumán; este indio se llamaba Baltasarillo, baptizado, á quien desde niño le crió en este reino el capitan Baltasar Velazquez, hombre principal y rico, teniendo á su cargo las haciendas de Hernando Pizarro, de cuyo repartimiento era este indio, porque las Chichas eran de Hernando Pizarro, digo de su encomienda; bien dispuesto y en la lengua general y en la nuestra bien ladino. No le pareciendo bien vivir como cristiano, ni en su natural, se pasó á los Chiriguanas, y habia ya tomado sus costumbres, y los capitaneaba contra nosotros y contra su propia nacion y sangre. A estos Chiriguanas se les señaló casa por sí, y proveyóseles de mucha comida y bebida, entre los cuales no Chiriguanas salieron dos de servicio, varon é mujer, que si fueran bien proporcionados eran de género de gigantes; eran de nacion Chaneses. El Visorrey fué deteniendo á estos indios más de lo que ellos quisieran, y los parientes que allá en sus tierras los esperaban, aunque es así que á cabo de muchos meses casi á la mitad dellos dió licencia para que se volviesen, y entrellos á Marucare, detuvo al Inga Condorillo y al Baltasarillo. Como los de acá se tardaban, los Chiriguanas que allá en sus tierras vivian, deseando saber si los suyos eran muertos ó vivos, hacen y componen una fiction, y con ella envian cuatro indios mozos, bien dispuestos, á la ciudad de La Plata, para que con ella engañando al Visorrey los dejase volver á todos, y la fiction fué: los cuatro indios Chiriguanas que vinieron, cada uno traia una cruz hecha de madera, colorada, de una pieza, tan grande y gruesa como un bordón, y lisas que no parecian sino bruñidas; realmente bien hechas. Con éstas partieron de sus tierras, y entrando en los términos de la cibdad de La Plata, por los valles que habemos dicho ser poblados de chácaras de españoles, aunque pasaban por las chácaras pedian comida y eran conocidos ser Chiriguanas, ninguno les hacia mal, antes les daban matalotaje, principalmente viéndolos con cruces en las manos, y preguntando por el Apo, que es decir el Virrey, y encaminaban de valle en valle, hasta que entraron en la cibdad, en la cual cuando los indios de la plaza los vieron se alborotaron como quien via á enemigos capitales y comunes, y de algunos nuestros españoles se alborotaban, no para tomar armas, sino por verlos con cruces, y preguntando por el Visorrey, con esta palabra: Apo, Apo, no decian más, y esta no es de su lengua, de la deste reino la han tomado, con la cual bien se entendia, buscaban ó preguntaban por el Visorrey. Digo, pues, que los nuestros españoles se admiraban verlos con cruces en las manos, como cosa nueva. Preguntando, pues, por el Apo, encamináronlos á la casa del Virrey, donde llegados, aunque el Virrey estaba enfermo mandó se les diese entrada; en la cuadra donde yacia enfermo tenia un adoratorio bueno como de Visorrey, en un encaje de una pared, guarnecidas las paredes con paños de seda; en entrando y viendo el adoratorio, ningun caso hicieron del Visorrey, sino del adoratorio, hincándose de rodillas; no rezaron mucho, no son muy amigos de saber las oraciones; levantándose á su modo hicieron su reverencia al Visorrey; esto le admiró mucho, y á sus criados y á otros que á la sazon con el Visorrey estaban, y entre ellos al padre fray García de Toledo, deudo muy cercano del Visorrey, y religioso nuestro, de quien dijimos haber sido provincial, pero fuelo despues desto. La cibdad aguardaba saber esta novedad, y en la sala y patio habia mucha gente de toda suerte.

CAPITULO XXXI
REFIÉRESE LA FICTION CHIRIGUANA

Vistos por el Visorrey los Chiriguanas, mandó llamar un lengua, y fué uno de dos, ó Mosquera, de quien dijimos haber sacado los treinta Chiriguanas, ó aquel mestizo Capillas, que habemos referido vive agora con los Chiriguanas, que junto á las casas de la morada del Visorrey vivia, y creo fué éste, por estar más cerca; venido, sea ó el uno ó el otro, proponen su embajada y dicen que los curacas de los Chiriguanas y demás indios los envian al Apo para hacerlo saber cómo ellos no quieren guerra con cristianos, ni quieren ya comer carne humana, ni tener acceso á sus hermanas, ni casarse con ellas, ni los demás vicios que dejamos referidos, de que son contaminados, sino servir á Dios y al rey de Castilla, y ser baptizados y cristianos, porque Dios les habia enviado un ángel, á quien despues llamaron Sanctiago, que de parte de Dios les dijo se apartasen destos vicios y enviasen al Apo del Perú á pedirle hombres de la casa de Dios, que son sacerdotes, para baptizarlos é industriarlos en cosas de la fe; y en señal desto ser verdadero traian aquellas cruces, y pues no dijeron se las habia dado aquel ángel fueron inadvertidos, porque tambien fueran creidos. Visto é oído por el Visorrey y de los de su casa allí presentes, y el padre fray García, lloraban de gozo dando gracias á Nuestro Señor por tantas mercedes como á estos bárbaros habia hecho. Luego el Visorrey mandó tomar por relacion lo dicho por estos come hombres, lo cual hizo el secretario Alvaro Ruiz Navamuel, y mandó se diese aviso á la Sede vacante, para que salgan á la puerta del Perdon, de la iglesia mayor, cercana á la puerta de palacio, con cruz alta, un prebendado con capa reciba las cruces y las ponga en el altar mayor al un lado y otro del altar, porque estos Chiriguanas vean la reverencia que los cristianos hacemos á la cruz, lo cual así se hizo, y el arcediano, que á la sazon era el doctor Palacio Alvarado, se vistió, recibió las cruces y las puso en el altar mayor, y allí estuvieron muchos dias á vista de todo el pueblo.

CAPITULO XXXII
EL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO CONVOCA AUDIENCIA SEDE VACANTE Y PRELADOS DE LAS ÓRDENES, Y PIDE PARECER.

Hecho esto, otro dia, el Visorrey, para las dos despues de medio dia, convocó el Audiencia, Sede vacante, prelados de las Ordenes, cabildo de la ciudad y letrados del Audiencia, y los más principales del pueblo, para leerles la relacion que se habia tomado de los Chiriguanas que trujeron las cruces; en nuestra casa á la sazon, porque el superior estaba ausente, el vicario del convento mandóme fuese á ver lo quel Visorrey queria; no sabiamos qué. Llegada la hora y entrando en la cuadra donde el Visorrey yacia en su cama, á la cabecera se asentó el Presidente Quiñones, y luego los Oidores por su antigüedad; de la media cama para abajo corrian las sillas para los prelados de las Ordenes; yo tomé el lugar de mi Orden; luego el guardian de San Francisco, prior de San Augustin, y comendador de Nuestra Señora de las Mercedes. Leyóse la relacion, de tres pliegos de papel; los que viven á placebo, admirándose, muchos visajes con el rostro y cuerpo; otros, los menos, reianse que se diese crédito á[14] indios Chiriguanas; finalmente, el Virrey habló en general, refiriendo algunas cosas de las en la relacion puestas, y luego volvió á hablar con las Ordenes, pidiendo parecer sobre lo que los indios pedian, haciendo grande hincapie en la veneracion y reverencia que hicieron al adoratorio, y la que tenian ó mostraban tener á la cruz, y repitiendo cómo, visto el adoratorio, se humillaron sin hacer caso del mismo Visorrey ni de los demás que allí estaban, y pidió parecer si seria bien enviar á la tierra Chiriguana algunos sacerdotes, creyendo ser milagro la fiction destos come gente; porque pedir parecer si era fiction, no le pasó por el pensamiento; siempre el Visorrey, y los de su casa, creyeron ser verdad. Es así cierto, que como se iba leyendo la relacion, y viendo el crédito que se daba á estos más que brutos hombres, come gente, me carcomia dentro de mí mismo, y quisiera tener autoridad para con alguna cólera decir lo que sentia, sabia y habia oído decir de las costumbres destos Chiriguanas y sus tractos. Empero, guardando el decoro que es justo, luego que el Visorrey pidió parecer á las Ordenes, yo, aunque no era prelado, sino representaba el lugar de nuestra religion, levantándome y haciendo el acatamiento debido, sin saber hasta aquel puncto para qué éramos llamados, y tornándome á sentar, dije: No se admire Vuestra Excelencia qu'estos indios Chiriguanas hagan tanta reverencia á la cruz, porque yo me acuerdo haber leido los años pasados dos cartas que el reverendísimo desta ciudad, fray Domingo de Santo Tomás, que está en el cielo, de nuestra sagrada religion, llevó consigo á Los Reyes, yendo al Sínodo episcopal, de un religioso Carmelita, scriptas al señor obispo, el cual entre estos indios andaba rescatando indios Chaneses. En diciendo estas palabras, no habiendo concluido una sentencia, sin dejarme pasar más adelante, el Presidente de la Audiencia, el licenciado Quiñones, dice: No hobo tal Carmelita. Empero, estando yo cierto de la verdad que queria tractar, respondí: Sí hobo. El Presidente, por tres veces y más contradiciendo, é yo por otras tantas, no con más palabras de las dichas, afirmando mi verdad; en fin, el licenciado Recalde, Oidor de la Audiencia, volvió por ella, y dijo: Señor Presidente, razon tiene el padre fray Reginaldo: un religioso Carmelita anduvo cierto tiempo entre ellos. Callando el Presidente, y esta verdad declarada, prosigo mi razonamiento y dije: Estas dos cartas, el Reverendísimo, cierto dia, despues de comer y de una conclusion que cuotidianamente se tiene de Teologia en el general della, las sacó al padre prior, que á la sazon era el padre fray Alonso de la Cerda, despues obispo de esta ciudad, y dijo: Mande vuestra paternidad se lean estas cartas, que dará gusto oirlas á los padres. El padre prior me mandó las leyese, y en ellas el padre Carmelita, despues de dado al Reverendísimo alguna cuenta del sitio de la tierra, le decia haber no sé cuantos años, de tres ó cuatro, que entraba y salia en aquella tierra, tractaba con estos Chiriguanas y les predicaba, y no le hacian mal alguno, antes le oian de buena gana, á lo que mostraban, y tenia hechas iglesias en pueblos, á las cuales llamaba Santa Maria, en cuyas paredes hacia pintar muchas cruces, mas que no se atrevia á baptizar á ninguno, ni decir misa, ni para esto llevaba recado; dejábalo en la tierra de paz. A los niños junctaba cada dia á la doctrina, y se la[15] enseñaba en nuestra lengua, y la letania. Delante las iglesias habia hecho su placeta, en medio de la cual tenia puesta una cruz de madera, muy alta, al pie de la cual en cada pueblo enseñaba la doctrina, y otras veces en la iglesia. Persuadia á todos los indios, grandes y menores, que pasando delante de la cruz hiciesen la reverencia; y más decia, que faltando un año las aguas, y las comidas secándose (no es tierra muy lluviosa), vinieron á él los Chiriguanas del pueblo donde residia, y le dijeron: Las comidas se nos secan; ruega á tu Dios nos dé aguas; si no, te mataremos. El cual oyendo el amenaza, dice que se recogió en su corazon lo mejor que pudo, encomendóse á Dios, junctó los niños de la doctrina, púsose con ellos de rodillas en la plaza delante de la cruz, comenzando la letania con la mayor devocion que pudo. Al medio de la letania revuélvese el cielo y llovió de suerte que no pudiendo acabarla donde la habia comenzado, se entró con los niños en la iglesia para acabarla, y dende entonces les proveyó Nuestro Señor de aguas; el año fué abundante de sus comidas; hecho esto y pasada aquel agua, luego hizo su razonamiento á todos los indios que á la letania se hallaron presentes, persuadiéndoles diesen gracias á Nuestro Señor, se enmendasen y reverenciasen mucho á la cruz; decia más, que entre otras cosas que les procuraba persuadir, y algunas veces salia con su intento, era no comiesen carne humana, por lo cual, viendo que ya tenian á pique de matar al chanés para se lo comer, se lo quitaba, y aun casi por fuerza, y no se enojaban contra él; otras veces no podia tanto; reprehendiales gravemente el ser deshonestos con sus hermanas, y referia que un Chiriguana, enamorado de su propia hermana, y ella no arrostrando á esta maldad, hallándola un dia aparte donde le pareció poner podia su maldad en ejecucion, ella se le escapó de las manos y corriendo se le entró en la iglesia, donde el perro Chiriguana y bestial no se atrevió á entrar, y visto por la hermana le dijo: Bellaco, yo diré al padre te castigue; ¿no se te acuerda que nos dice que manda Dios no hagamos esta maldad? La muchacha diciéndoselo reprehendió al hermano ásperamente. Reprehendiales gravemente el vicio bestial de comer carne humana, á lo cual algunas veces le respondian que si la comian era asada ó cocida, pero que no treinta leguas de allí habia otros indios muy dispuestos, llamados Tobas, que la comen cruda; estos eran malos hombres, y no ellos, porque cuando van en el alcance, al indio que cogen, echándoselo al hombro y corriendo tras los enemigos, se lo van comiendo vivo á bocados; y que si queria, le llevarian á la tierra destos gigantes, á los cuales por verlos hizo le llevasen allá, y decia que los habian visto desde un cerro, mas que no se atrevieron á bajar al llano, y á su parecer serian de estatura de tres varas y media, ó cuatro de alto, fornidazos, y visto, dió priesa á los Chiriguanas se volviesen antes de ser sentidos, y este valle dista, á su parecer, no cien leguas de la ciudad de La Plata. Todo esto, dije, yo leí en el lugar referido; por lo cual, no es milagro reverencien tanto á la cruz, enseñados por aquel padre carmelita. En lo tocante al milagro que dicen Dios les ha enviado un ángel que les predica y ha mandado vengan á Vuestra Excelencia á pedir sacerdotes, y lo demás, téngolo por fiction, y aun por imposible, porque esta es una gente que no guarda un punto de ley natural, tanta es la ceguera de su entendimiento; y á éstos enviarle Dios ángel no es creible, porque es doctrina de varones doctos, que si hobiese algun hombre que en la edad presente, gentil, que guardase la ley natural, volviéndose á Nuestro Señor con favor suyo, Su Majestad le proveería de quien le diese noticia de Cristo, porque dice San Pedro que en otro no hay ni se halla salud para el ánima, como envió á San Pedro á Cornelio, y á Filipo diácono al eunuco, y á los Reyes Magos trujo con una estrella; aunque no niego que Nuestro Señor, usando de su infinita misericordia, no pueda hacer con éstos lo que dicen, pues los hombres igualmente le costamos su vida y sangre; mas los que agora éstos dicen téngolo por falsedad y fiction. En lo que toca á irles á predicar, si la obediencia no me lo manda (no me atreveré á ofrecerme á ello) iré trompicando. Lo que éstos pretenden es: saben que Vuestra Excelencia hizo guerra al Inga, le sacó de las montañas donde estaba, trújolo al Cuzco é hizo dél justicia, y temen Vuestra Excelencia ha de hacer otro tanto con éstos, por los daños que en los vasallos de Su Majestad y en los pobres inocentes han hecho y hacen, y quieren entretener á Vuestra Excelencia hasta que tengan todas sus comidas recogidas y puestas en cobro, y los Chiriguanas que están agora en esta ciudad, á la primera noche tempestuosa se han de huir y dejaran á Vuestra Excelencia engañado. Dicho esto y otras cosas, hecho mi acatamiento, concluí mi razonamiento. El padre guardian de San Francisco, llamado fray Diego de Illanes, pidiéndole su parecer, dijo: No parece, Excelentísimo señor, si no queremos negar los principios de Filosofía, sino que Nuestro Señor ha guardado la conversion destos Chiriguanas para los felicísimos tiempos en que Vuestra Excelencia gobierna estos reinos; y poco más dicho, cesó. El padre prior de San Augustin, fray Hierónimo, no era hombre de letras, buen religioso, remitióse al parecer de los que mejor sintiesen; lo mismo hizo el padre Comendador de las Mercedes. El padre fray Juan de Vivero, que acompañaba al padre prior de San Augustin dijo que iria de muy buena gana á predicarles, como en público y en secreto lo habia dicho muchas veces.

El Visorrey, oído esto, pidió parecer al padre fray García de Toledo, de quien habemos dicho ser hombre de muy bueno y claro entendimiento, que un poco apartado de nosotros tenia su silla, diciéndole: y á vuestra merced, señor padre fray García, ¿qué le parece? No respondió palabra al Visorrey sino vuelto contra mí, dice: con el de mi Orden lo quiero haber; yo púseme un poco sobre los estribos, viendo ser una hormiguilla, y mi contendedor un gigante, y dijo: ¿cómo dice vuestra reverencia lo afirmado? ¿no sabe que Dios envió un ángel á Cornelio? Respondí: Sí sé, y sé tambien que antes que se lo enviase, ya Cornelio (dice la Sagrada Escriptura) era varon religioso y temeroso de Dios, y cuando llegó San Pedro hacia oracion al mismo Dios. Luego nos barajaron la plática, é yo quedé por gran necio y hombre que habia dicho mil disparates, sin haber quien por la verdad ni por mí se atreviese á hablar una sola palabra. Es gran peso para inclinarse los hombres, aun contra lo que sienten, ver inclinados á los príncipes á lo que pretenden, por ser necesario pecho del cielo para declararles la verdad. No digo lo tuve ni lo tengo, mas dióme Nuestro Señor entonces aquella libertad cristiana.