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Descripción colonial, libro segundo (2/2) cover

Descripción colonial, libro segundo (2/2)

Chapter 68: CAPITULO LXIV DE LA CIBDAD DE ESTECO
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About This Book

Se ofrece una crónica detallada de la organización eclesiástica y del gobierno virreinal en el Perú colonial, con capítulos sobre prelados y virreyes, sus políticas administrativas y militares, campañas contra comunidades indígenas, expediciones marítimas y enfrentamientos con corsarios, además de medidas fiscales y judiciales como la implantación de la Inquisición. Aborda la división y el gobierno de provincias lejanas, episodios de hambre y enfermedad, nombramientos y traslados, y recoge relatos institucionales, militares y religiosos que ilustran la dinámica del poder y la vida colonial.

CAPITULO LVII
[DE LA MUERTE QUE EL ADELANTADO MENDAÑA HIZO DAR AL MAESE DE CAMPO]

Viendo los naturales que los españoles poblaban, al momento dejaban sus casas y lo poco que en ellas habia. Visto por los nuestros, con mucha priesa fueron á ellas, pensando hallar algo de cobdicia, y no hallaron sino unos pocos de cocos con que beben, y algunas esportillas de palma con unas raíces á forma de biscocho, que es su principal sustento; empero para los españoles es como ponzoña, porque en metiéndolas en la boca se cubria de ampollas, con una aspereza grande y desabrimiento, aunque la falta de comida general las hacia sabrosas; en todas las casas no se halló memoria de oro ni plata; sólo se aprovecharon para la nueva poblazon de la madera; entre las casas destos naturales habia algunas grandes que parecian ser sus adoratorios; habia pintadas algunas figuras de demonios, y lo que les ofrecian colgaban juncto á ellas: cocos, palmitos, plátanos y otras cosas de comida. Al fin hízose el pueblo y cerróse de palizada para defenderse de los naturales, que por momentos los apretaban, hasta que se trujeron tres ó cuatro piezas de artilleria, con las cuales fácilmente los desperdigaban; en todo este tiempo el Adelantado se estaba en la Capitana sin salir á tierra, sino de cuando en cuando á dar órden en lo que más convenia.

Los naturales, con todo eso, algunas veces inquietaban; otras traian cañas dulces y frutas de la tierra.

En este pueblo, por ser la tierra muy cálida y húmida, comenzaron á enfermar los españoles, que apenas enfermaba alguno que sanase; pero la mayor enfermedad fué la discordia que se encendió entre el Adelantado y maese de campo, queriendo defender con palabras á un soldado quel Adelantado tractaba mal. Las palabras fueron decir que les bastaba á los pobres soldados sus trabajos, sin malos tractamientos, y que el maese de campo en todas ocasiones habia vuelto por el Adelantado.

Dende á cuatro ó cinco dias el Adelantado salió á tierra con algunos marineros y pilotos, habiendo tractado con ellos de matar al maese de campo, y llegando á tierra se fué derecho á la casa del maese de campo con Juan Antonio y el capitan Juan Felipe, ambos corsos, y hallando al maese de campo que acababa de almorzar le dijo le queria hablar dos palabras; salió el maese de campo con el Adelantado, y llegaron á la playa, á donde razonando los dos, á cierta seña Juan Antonio llegó y con una daga le dió una puñalada en los pechos, y queriendo meter mano á su espada llegó el capitan Juan Felipe y con un alfange le cortó á cercen el brazo de la espada, y allí murió hecho pedazos. A las voces que dió una mujer que mataban al maese de campo, salió Tomás de Ampuero, diciendo: ¡Traidores! ¿á mi camarada? Un cuñado del Adelantado, con cinco ó seis marineros dieron sobre él y á estocadas le mataron, lo cual hecho se alzó el estandarte Real, diciendo ¡viva el Rey y mueran traidores! Tomóse motivo fuera de lo dicho, para estas muertes y otras, quel maese de campo preguntó á un piloto, llamado Jordán, que para volver al Perú ¿qué derrota se podria tomar? llegó esto á oidos del Adelantado y que Tomás de Ampuero habia incitado á 40 ó 50 soldados hiciesen una peticion para el Adelantado, pidiendo les cumpliese la palabra que les dió en el Perú de los llevar á la tierra que habia primero descubierto. Aquel mismo dia, á las cinco de la tarde, llegó el alferez Buitrago, del maese de campo, que habia ido con veinte soldados á buscar de comer; llegados, el Adelantado, que los esperaba, como llegaban los desarmaba y mandaba poner en el cepo, y al pobre alferez Buitrago mandó echar unos grillos y llevar á la puncta del rio donde estaba el padre Serpa, y mandó le confesase; el cual hincado de rodillas, porque dijo: ¿Qué he hecho yo que me quieren quitar la vida? llegó el sargento mayor, portugués, con un negro, un alfange en la mano, y dijo: Dale; el cual negro le dió tal golpe en la cabeza que le derribó muerto á los pies del confesor, dejándole ensangrentada la sotana. La mujer del alferez, que oyó una gran voz de su marido, saliendo y viendo lo que pasaba, pedia justicia á Dios; mandáronle callar, so pena que se haria otro tanto con ella.

CAPITULO LVIII
[DONDE SE DICE EL FIN QUE TUVIERON MALOPE Y EL ADELANTADO MENDAÑA]

Los soldados que fueron con el alferez Buitrago á buscar la comida susodicha, porque no la hallaron á donde pensaban, que era en las casas de Malope, el que trocó el nombre con el Adelantado, diciéndoles que en otro pueblo, á vista de donde estaban, la hallarian, partieron para allá, y llegando á un paso estrecho salieron á ellos muchos negros, flechándolos, y ellos se retiraron con buen órden, sacando los enemigos á lo llano, donde con los arcabuces hirieron y mataron muchos; los demás huyeron y los nuestros entraron en el pueblo, donde hallaron muy poca comida, y volviendo al pueblo donde dejaron á Malope, creyendo habia sido lo subcedido traza suya, le mataron y los demás cuatro ó cinco que con él estaban, lo cual sabido por el Adelantado le pesó mucho de la muerte de Malope. Al cabo de cinco ó seis dias dió al Adelantado una calentura acompañada de gravísima tristeza, de la cual murió dentro de siete ó ocho dias; murió tambien el padre Serpa, espantado de la muerte del alferez Buitrago, dentro de tres dias que subcedió, recebidos los sanctos Sacramentos, con muchas muestras de gran cristiano. Sintióse mucho su muerte, porque ya no quedaba más que otro sacerdote, que era vicario.

CAPITULO LIX
[DE CÓMO LOS NUESTROS LLEGARON Á LAS ISLAS FILIPINAS Y LUEGO VOLVIERON AL PERÚ]

Muerto el Adelantado, quedó en su lugar por capitan don Lorenzo y doña Isabel Barreto, mujer del Adelantado, á quien se obedecia en todo. En el pueblo crecian las enfermedades y muertes, falta de comidas y abundancia de armas que los negros daban, hiriendo á los nuestros; lo cual visto por don Lorenzo salió á castigarlos con poca gente, doce ó catorce soldados, que los demás estaban enfermos. Salió á los pueblos comarcanos, y los negros salieron á ellos y á don Lorenzo dieron un flechazo y á otros tres ó cuatro, y así se volvió al pueblo.

La herida fué en una pierna, tan subtil y pequeña como si le picaran con un alfiler; empero el dolor le fatigaba mucho, porque la flecha era de yerba. Al fin, visto que se iban consumiendo, con parecer de todos fué acordado dejar aquella mala tierra y buscar otra más cercana de cristianos. Tomado parecer de los pilotos, dijeron la más cercana ser la China; empero, que no tenian los navios aparejos para ir allá. En este mismo tiempo se determinó enviar la galeota á buscar el Almiranta, y que si no la hallase dentro de cuatro dias, se volviese. Partió la galeota y al parecer á quince leguas de la bahia hallaron cuatro ó cinco islas bajas, todas llenas de platanales y palmas muy grandes, y algunos buhios en que los negros tenian sus mujeres y hijos recogidos; llegóse la fragata á tierra y saltó la gente toda en ella; los negros, mostrando amistad, salieron con alguna comida y un tiburon asado en barbacoa; un soldado, entrando en un buhio, halló que en él habia mucha gente escondida, mujeres y niños; avisó al capitan, el cual pretendió hacer presa en ellos; empero los negros defendian sus hijos é mujeres, pero no pudieron tanto que no les tomasen diez ó doce muchachos y muchachas, con los cuales volvieron al puerto, no poco tristes por no hallar rastro de la Almiranta dentro del tiempo señalado; llegados á tierra, preguntando por la salud de los enfermos, supieron que muchos eran ya muertos y don Lorenzo estaba expirando del flechazo, del cual murió; antes que muriese pidió confesion; trújosele al vicario, que se habia recogido á la Capitana por miedo de la muerte, mas allí le salteó y así enfermo en una silla le trujeron para que confesase á don Lorenzo, á quien confesándose le dió un parasismo y otro al vicario, al cual sin habla llevaron á una casa donde se le hicieron algunos regalos con que volvió en sí; empero el capitan dió aquella tarde el ánima á Dios, el cual sepultado se dió órden que los pocos que quedaron vivos se embarcasen y fuesen en busca de las Filipinas, porque en tierra no se podian defender de los naturales; estuvieron siete dias embarcados, tomando agua y leña y los más plátanos y cocos que pudieron coger, y con este matalotaje y desgraciado subceso, por no haber poblado en las primeras islas que descubrieron, se hicieron á la vela en la Capitana, fragata y galeota, y dentro de pocos dias llegaron á las Filipinas, de donde algunos volvieron al Perú, de quien supe lo referido. Lo más que les subcedió no es de mi intento tractarlo.

CAPITULO LX
SOLA UNA DESGRACIA LE SUBCEDIÓ AL MARQUÉS

Habia sido el Marqués uno de los caballeros dichosos de nuestras edades, si todos estos buenos subcesos no se le aguaran con la muerte de la ilustrísima y cristianísima marquesa, que dejó enterrada en Cartagena, lo cual en estos reinos dolió mucho; empero, llevóla Nuestro Señor á gozar del cielo, donde tiene otro mejor y más perpétuo marquesado, y al Marqués con próspero viaje á España, sin borrasca, ni tormenta, ni cosa que les diese pena, la flota llena de plata, así de Su Majestad como suya y de particulares, donde Su Majestad le recibió muy alegremente haciéndole mucha merced, y le hará más, por sus méritos y partes y virtudes tan excelentes, cuantas en nuestros tiempos junctas no se hallan en un supuesto, ni en los pasados en muchos. Tiene bonísimo y galano entendimiento, como quien nació para mandar y gobernar. Con señores, es señor; con caballeros, es caballero; con capitanes, es capitan; con soldados, es soldado, y, finalmente, con todos estados se sabe acomodar muy bien; amigo de hacer bien á todos, y en particular de casar huérfanas; dió renta é hizo merced en nombre de Su Majestad al hospital de San Andrés, de los españoles, á quien dejamos dicho, su padre, de buena memoria, dió mucha limosna de su hacienda. Esto en breve, que es más recopilacion[37] de historia que historia, habemos dicho, dejando á los que son dotados de más facundia y mejor estilo que el nuestro para que sus libros se enriquezcan con las obras heroicas del Marqués, y esperamos que Su Majestad le hace mercedes muy copiosas[38].

CAPITULO LXI
DEL ILUSTRÍSIMO ARZOBISPO DE MÉXICO

Dentro de breve tiempo qu'el Marqués de Cañete entró en la cibdad de Los Reyes, vino á ella por órden de Su Majestad el ilustrísimo Arzobispo de México, á la sazon en la misma cibdad Inquisidor, el licenciado don...[39] de Bonilla, varon integérrimo en todo género de virtud, y no de pequeña penitencia y oracion, como su vida y ejemplo son bastantísimos testigos; de bonísimo y claro entendimiento, y de prudencia admirable; amado grandemente de todo el reino por su mucha virtud, y temido por la mucha rectitud que en su vida se conoce; amigo y favorecedor de los que administran justicia, y de los que son en contrario, que conciernan á su tribunal, con gran cordura castigador. Proveyóle Su Majestad, siendo fiscal de la Inquisicion en México, conociendo todas estas partes y calidades suyas, para que visitase la Real Audiencia desta ciudad de Los Reyes y para que tomase cuenta á los oficiales reales, á quien habia muchos años ni se visitaban ni tomaban cuentas, y asimismo á otros muchos, como al cabildo de la ciudad y escribanos; á quien Su Majestad, muy servido de lo que ha hecho y hace, le hizo merced de la Silla metropolitana de México, con esperanzas que á mayor dignidad le ha de sublimar. Ha hecho y hace su oficio con tanta rectitud y cristiandad cuanta se esperaba; ha condenado y privado á algunas personas, y ha sacado á luz muchas cosas tocantes á la Hacienda Real que estaban solapadas, y aunque á algunos les parece va muy despacio y desean verle fuera destos reinos, son hombres interesados y culpados en cosas que le están encomendadas; los demás no le querrian ver fuera del reino. Luego que Su Majestad le hizo merced del arzobispado, no quiso gozar más del salario de Visitador, contentándose con la renta del arzobispado, porque no es persona que tracta de riquezas temporales, sino de las eternas y del cielo. Este capítulo en breve me pareció engerir aquí como cosa importante y que pertenecia tractar della, por haber venido el ilustrísimo de México en estos tiempos á este reino con oficio en el cual ha servido mucho, mucho, á Dios Nuestro Señor y á su Rey, y esperamos les hará más servicios.

Como los hombres seamos mortales y nuestras vidas dependan de quien es la vida por esencia, fué Nuestro Señor servido llevársele para sí de una enfermedad que casi no fué conocida de los médicos; procedióle de que siendo quebrado y no viviendo con tanto recato de la quebradura, se rompió más de lo acostumbrado, y salieron las tripas, de suerte que no fué posible, con los remedios que se hicieron, volverlas á su lugar. Hizo su testamento, y está enterrado en nuestro convento de Los Reyes, adonde dejó cuatro mil pesos de limosna: hiciéronsele sus obsequias con la pompa requisita, con no poco dolor de todo el pueblo, y más del Virrey don Luis de Velasco, que en todas cosas le consultaba para el bien del reino; diósele sepultura en la capilla[40] principal, junto al altar mayor, en medio de otros dos Obispos que allí están enterrados.

Con lo hasta aquí tractado nos parece haber concluido con la brevedad posible dejando escriptos los caminos desde Quito á Talina, y lo demás digno de memoria subcedido en tiempo de los Virreyes que han gobernado los reinos del Perú, desde el marqués de Cañete, don Hurtado de Mendoza, de buena memoria, hasta don García de Mendoza, su hijo, subcesor en el marquesado; todo lo cual, á lo menos la mayor parte, habemos visto ó sabido por relaciones verdaderas, que es lo menos que en estos ringlones dejamos á esta escritura encomendado, porque no quedase anegado en el profundo del rio del olvido.

A don García de Mendoza subcedió don Luis de Velasco, caballero del hábito de Santiago, mudado del Virreinato de México al del Perú, cuyos hechos, virtudes y buen gobierno dejamos que lo traten otros, donde tendran bien que extender las alas de sus ingenios; y porque tambien habemos visto la gobernacion de Tucumán y de Chile, tractaremos con brevedad lo visto y sabido.

CAPITULO LXII
DEL CAMINO DE TALINA Á TUCUMÁN

Llegamos en lo que atrás dejamos escripto al último pueblo y términos del Perú, conforme á la division de los obispados, que es á Talina, pueblo de los indios Chichas, desde el cual, siete leguas más adelante, está un arroyo y paredoncillos llamados Calahoyo, desde donde comienza la jurisdiccion, conforme á la jurisdicion eclesiástica, de Tucumán. El primer obispo desta provincia, el reverendísimo fray Francisco de Victoria, de quien habemos tractado, entrando á su iglesia, aquí[41] tomó la posesion, y por esto decimos que es de la jurisdicion de Tucumán cuanto á lo eclesiástico.

Desde aquí al primer pueblo de españoles de la provincia de Tucumán, llamado Salta, fundado en un valle muy ancho y espacioso, del propio nombre, de buen temple, con su invierno y verano al revés de España, se ponen más de cien leguas, todas despobladas, á lo menos por el camino que yo fuí siendo provincial de aquella provincia y de la de Chile, que por dar órden en ciertos frailes nuestros que allí estaban me fué forzoso desde la ciudad de Lima tomar este camino por tierra. Empero al presente, despues que la provincia de Omaguaca, que confina con los Chichas, y en el traje no se diferencian dellos, se ha reducido y admitido sacerdotes, vase por un camino más poblado, donde hay tambos á sus jornadas y en algunos servicio.

Esta provincia de Omaguaca es fértil de todo género de mantenimiento, y de oro, ovejas de la tierra. Sirvió á la ciudad de La Plata y estuvo repartida. Yo conocí algunos encomenderos que tenian sus repartimientos en ella, mas como se rebelaron no habian dellos algun provecho, ni alguno tienen ya reducidos. La causa por que estos indios se rebelasen, no la sé; por ventura, por se ver lejos de la ciudad de La Plata, que dista della más de noventa leguas; contra los cuales salió un vecino della con soldados, llamado Pedro de Castro, hombre de muy buenas partes, pero matándole en una guazabara, los soldados, sin cabeza, saliéronse, y así se quedaron junctamente con otros sus confines, llamados los Casavindos y Cochiñocas. Pero habrá siete años qu'el principal curaca desta provincia, cuando iba á Tucumán, llamado Viltopoco, envió algunos indios principales á la Audiencia de La Plata, pidiendo queria servir y pagar moderado tributo, poblar los tambos que hay de su tierra á Talina, dar en ellos al precio que en Talina gallinas, carneros de Castilla y de la tierra, para cargas, maíz, y lo demás, como en los tambos del Perú, y darian indios para las minas de Potosí, y admitirian sacerdotes, con tal condicion que no habian de tener otro encomendero que á Su Majestad. La Real Audiencia admitió el partido, é yo, llegando á Talina, me detuve allí algunos dias esperando el sacerdote señalado, que si viniera me fuera con él por ahorrar de tanto despoblado y riesgo de algunos indios de guerra, mas Nuestro Señor fué servido llegase en salvo á Salta; ya el dia de hoy se entra y sale por aquel camino, y los indios han cumplido lo que prometieron; yo llegué á Salta, y en todo el camino no vi cosa digna de ser escrita, si no es, á tres ó cuatro jornadas de Talina, unas salinas en despoblado, las más famosas que creo hay en el mundo; es un valle que debe tener más de tres leguas de ancho, y de largo, segun me informé, más de quince; la sal más blanca que la nieve, de la cual se aprovechan los indios Casavindos y Cochiñocas y los de la provincia de Omaguaca; de lejos, con la reberveracion del Sol, no parece sino rio, y á los que no la han visto espanta, pensando han de pasar un rio tan ancho; llegados, admira ver tanta sal; los que iban por aquel camino á Salta llevaban alguna, por ser aquella provincia falta della. Llegado á Salta hallé allí al Gobernador Juan Ramirez de Velasco, y sabiendo que Viltopoco se habia reducido al servicio de Su Majestad, envió un capitan con diez soldados bien apercebidos á tomar la posesion de aquella provincia por su gobernacion, los cuales llegando y por Viltopoco sabida su venida, les dijo se volviesen á Tucumán, donde habian salido, porque no habia de ser subjecto á aquella gobernacion, sino á la Audiencia de los Charcas; donde no, los haria matar á todos. El capitan y soldados tuvieron por bien volverse á Salta, estando yo presente en el pueblo cuando fueron y volvieron; no creo dista Omaguaca de Salta treinta leguas.

Llegando á Omaguaca, poco menos de doce leguas está un valle muy fértil de suelo, pero no poblado de pueblos, llamado Jujui, donde habrá siete años quel mismo gobernador Juan Ramirez de Velasco pobló un pueblo de españoles que para la paz de Omaguaca, si se quisiere tornar á rebelar, y para la quietud de Salta por respecto de los indios de Calchacuy, fué muy necesario, el cual en breve tiempo ha crecido mucho, y los padres Teatinos tienen allí ya una casa, y para el poco tiempo que ha se pobló, rica de ganados y estancias. Es el mismo temple quel de Salta; á siete leguas dél envió allí á poblar con título de teniente de gobernador y capitan, á don Francisco de Argaranaiz, de nacion vizcaino, vecino de la cibdad de Santiago. El un[42] valle y el otro son abundantísimos de comida, trigo, maíz, aves, carneros, vacas, y todas fructas nuestras, viñas, de donde el dia de hoy hacen vino; tienen las plagas que hay en toda la provincia de Tucumán, que por no tornarlas á referir son las siguientes: frio á su tiempo, que es desde Mayo hasta Octubre, insoportable y sequísimo más que el de Potosí, y principalmente los tres meses Junio, Julio y Agosto; calor al verano de dia y de noche, y más en Diciembre, Enero, Febrero y Marzo. Las hitas que dijimos haber en la provincia de Los Charcas, grandes y asimismo pequeñas en gran cantidad; en el verano mucho mosquito de los zancudos y rodadores; moscas en este tiempo son innumerables, y de tal calidad, que si se acierta á tragar una en la comida, revuelve de tal manera el estómago que hace lanzar hasta la viva sangre, por lo cual, en las cocinas, sobre el fuego, están dos indios con sus aventadores ahuyentando las moscas. Es así que en la cibdad de Esteco una mujer de un vecino tenia en su casa un soldado enfermo (en esta provincia no hay yerbas medicinales ni médicos, sino abundancia de lechetrezna, que es poco menos que tóxico), y no mejorando tomó dos moscas, desleyólas en una escudilla de caldo de ave y sin decirle alguna cosa diósela á beber. Purgó tan bien con ella, que dentro de pocos dias sanó; esto yo lo pregunté á la misma que dió la purga. Es abundante de tres géneros de víboras de las de cascabel, y de otras más pequeñas, como las de España, y de otras llamadas volantines, porque abalanza más de diez pasos á picar. Proveyó Dios en esta provincia de unas culebras pequeñas que no hacen daño alguno, antes son provechosas, las cuales tienen dominio sobre las víboras, de tal manera que en viendo la víbora de cascabel á esta culebra, luego se vuelve boca arriba, y llegando esta culebra la degüella y mata; así lo afirman los nuestros que viven en aquella region.

Críanse culebras grandes de las que llaman bobas, y otras, y moscas que en asentándose sobre la carne la dejan llena de gusanos. Vientos al ivierno recísimos, sea Sur ó sea Norte, que son los que dominan en esta provincia y que parece andan en competencia uno un dia, otro otro; al verano cualquiera destos vientos es fuego. Pedriscos frecuentes, y de tal manera, tan recios y de piedras grandes, que no se atreven á hacer atechadas[43] las casas, si no es cual ó cual; cúbrenlas con unos terrados de más de una tercia de grueso, muy bien pisados con pisones, un poco corrientes porque no haga canal el agua; es tierra en partes montañosa y muy llana, los árboles infructíferos, llenos de espinas; los más son algarrobos; empero, no se come la fructa sino de unos que se aparran por el suelo; los otros son crecidos como encinas. Los campos son abundantes de estos animales ponzoñosos, por lo cual en apeándose el pasajero ha de mirar dónde pone los pies; hay lagartos de sequera tan grandes como los que dijimos producia la tierra Chiriguana; matamos uno en una dormida; Dios nos libró dellos; admirónos cuando le vimos; era tan grande como un caimanillo, y es cierto que se alborotó el alojamiento como si vinieran sobre nosotros indios de guerra. Es muy falta de agua, como lo son las tierras llanas, y las aguas de los rios malas, gruesas y salobres, á las riberas de los cuales son los pueblos de los indios y de los españoles; en la tierra que es montañosa se crian leoncillos y tigres en cantidad, que no dejan de noche dormir á los caminantes con sus bramidos. Los tigres son dañosos si no ven candelada. Los indios para guarecerse dellos en los caminos que hay montaña, sus dormidas tienen en los árboles, á los cuales suben por unos escalones hechos á mano en los mismos árboles, con hachas cortando, donde ponen los pies para subir y descendir.

El suelo de toda esta provincia es salitre y mientras más cavan, más salitroso, por lo cual todas las fructas nuestras (que de la tierra ninguna vi) son de bonísimo sabor, y las hortalizas; mas los árboles duran poco. En toda esta provincia se dan viñas, membrillos, granadas, manzanas, etcétera; el vino que se hace dura muy poco, porque se vuelve vinagre.

Los rios desta provincia, particularmente el de Esteco y el de Santiago del Estero, al ivierno son como el Nilo, salen de madre y extiéndense por aquellas llanadas regando la tierra, que allá llaman bañados, y aquel año es más abundante que hay más bañados; aran y en ellos siembran; los campos y llanos son espaciosísimos, porque así como estando en alta mar no vemos sino cielo y agua, así en aquella provincia de Esteco para adelante no vemos sino cielo y llanuras, y éstas corren más de 400 leguas sin que se halle ni se vea un cerrillo, ni casi una piedra. Camínanse todos estos llanos y caminos en carretas, las cuales no llevan una puncta de hierro, ni los caballos gastan mucho herraje, por ser tierra fofa.

CAPITULO LXIII
DEL VALLE DE SALTA, COMARCA Y CALCHAQUÍ

Volviendo á proseguir nuestro camino y description de la provincia de Tucumán, de Jujui se llega en una jornada al valle de Salta y pueblo del mismo nombre, de españoles, muy moderno, aunque más antiguo que el de Jujui; valle espacioso, alegre, de buenas aguas; por estar más á la cordillera participa de algunas sierras llenas de arboleda.

El asiento es bueno y llano; es abundante de las plagas que acabamos de decir. Poblólo el licenciado Lerma, gobernador de aquella provincia, para freno, como lo es, de los indios de Calchaquí; danse en él todos los árboles fructales nuestros y viñas, mucho maíz y trigo. A un lado al Poniente le demora la provincia de Calchaquí, indios belicosos; el vestido es como el de los Omaguacas y Chichas; los indios, con manta y camiseta; las indias, unas camisetas largas hasta los tobillos; no hay más vestido. Estos indios por dos veces se han llevado dos pueblos de españoles, y esta última, habrá doce ó catorce años, por órden de don Francisco de Toledo, el capitan Pedro de Zárate fué con sesenta hombres, pocos más, á reducirlos; tenia allí cerca indios de encomienda, pero alzados; fueron con él algunos vecinos de la cibdad de La Plata, que tambien tenian allí sus repartimientos y habian servido; llegó allá, pobló; parecióle tener poca gente para sustentarse; dividióse, saliendo con la mitad á Tucumán á pedir favor; visto por los indios, dieron en los otros treinta que habian quedado en el pueblo, y aunque se defendieron bravamente, como eran pocos los mataron á todos; no se escaparon tres á uña de caballo. Esta provincia de Calchaquí es tierra alta; es sierra faldas de la cordillera grande deste reino del Perú, que Norte Sur le atraviesa hasta el estrecho de Magallanes. Es rica de oro y plata; cuando se les antoja sirven un poco de tiempo al pueblo; cuando no, vuélvense á las armas.

Eran muchos; agora son pocos, porque las guerras civiles entre ellos los han consumido. Llegando yo á Salta los vi allí, y un mestizo criado entre ellos, entre otros indios con quien traian guerra. El mestizo acaudillaba aquellos con quien se habia criado y tenia tan avasallados á los Calchaquis, que les forzó á venir á pedir favor á Juan Ramirez de Velasco contra el mestizo, y si se lo daban le sirvirian en Salta. Salió Juan Ramirez con la gente que le pareció bastante, y en breve á los unos y á los otros redujo, prendió al mestizo, trújolo á Salta, donde le vi; no sabia nuestra lengua, porque no la habia oído; agora no sé cómo están.

CAPITULO LXIV
DE LA CIBDAD DE ESTECO

Del valle de Salta dista la cibdad de Esteco, así llamada la tercera en órden, de Tucumán, cincuenta leguas de buen camino carretero: es abundante de mantenimientos y de fructas de las nuestras; en especial las grandes son de las buenas del mundo; edificada á la ribera de un rio grande que en verano sólo se vadea. Los vecinos estaban descontentos del asiento, porque la madre del rio es arenisca y no pueden hacer molinos en él, y tractaban mudarse, como dicen se han mudado, casi 25 leguas más hacia Salta, á un asiento mucho mejor, del mismo temple y más fresco, llamado Palca Tucumán, donde el rio Grande, como de un arroyo que tienen á la falda de un cerro, se pueden sacar acequias y hacer molinos, y para acabar de pacificar unos indios de aquella provincia, belicosos, llamados Lules, es asiento mucho más cómodo; si á este asiento se han mudado, será pueblo muy regalado, fresco y muy sano, donde para el edificio de las casas tienen mucha madera, y el suelo no salitroso, piedra para hacer cal y buena tierra para teja.

El un suelo y el otro es abundante de pastos, y este segundo mucho más, y para ganados mejor qu'el de Esteco, y está veinticinco leguas más cerca del Perú.

CAPITULO LXV
DE LA CIBDAD DE SANTIAGO DEL ESTERO

De la cibdad de Esteco á Santiago del Estero ponen cincuenta leguas, todas despobladas, á lo menos las cuarenta, porque á diez leguas della llegamos á dos poblezuelos de indios. Esta cibdad es la cabeza de la gobernacion y del obispado; es pueblo grande y de muchos indios; al tiempo de su conquista poblados á la ribera del rio, como los demás de la cibdad del Estero; ya se van consumiendo por sus borracheras. Son los indios desta provincia muy holgazanes de su natural; en los rios hallan mucho pescado, de que se sustentan: sábalos, armados y otros; saben muy bien nadar, y péscanlos desta manera, como lo[44] he visto: échanse al agua (los rios, como no tienen ni una piedra, corren llanísimos) ceñidos una soga á la cintura; están gran rato debajo del agua y salen arriba con seis, ocho y más pescados colgando de la cintura; débenlos tomar en algunas cuevas, y teniendo tanto pescado, no se les da mucho por otros mantenimientos; son borrachos como los demás, y peores; hacen chicha de algarroba, que es fortísima y hedionda; borrachos, son fáciles á tomar las armas unos contra otros, y cuando no, sacan su pie y fléchanselo. Son grandes ladrones; todos caminan con sus arcos y flechas, así por miedo de los tigres como porque salen indios á saltear, y por quitar una manta ó camiseta á un caminante no temen flecharle; los arcos no son grandes; las flechas, á proporcion; pelean casi desnudos. En toda esta tierra y llanuras hay cantidad de avestruces; son pardos y grandes, á cuya causa no vuelan, pero á vuelapie, con una ala, corren ligerísimamente; con todo eso los cazan con galgos, porque con un espolon que tienen en el encuentro del ala, cuando van huyendo se hieren en el pecho y desangran. Cuando el galgo viene cerca, levanta el ala que llevaba caida, y dejan caer la levantada; viran como carabela á la bolina á otro bordo, dejando el galgo burlado. Hay tambien liebres, mayores que las nuestras; son pardas, no corren mucho. Es providencia de Dios ver los nidos de los pájaros en los árboles; cuélganlos de una rama más ó menos gruesa, como es el pájaro mayor ó menor, y en contorno del nido engieren muchas espinas; no parecen sino erizos, y un agujero á una parte por donde el pájaro entra ó á dormir ó á sus huevos, y esto con el instinto natural que les dió naturaleza para librarse á sí y á sus hijuelos de las culebras. Es toda esta provincia abundantísima de miel y buena, la cual sacan á Potosí en cueros; es abundante de trigo, maíz y algodon, cuando no se les yela; siémbranlo como cosa importante, es la riqueza de la tierra; con ello se hace mucho lienzo de algodon, tan ancho como holanda, uno más delgado que otro, y cantidad de pávilo, medias de puncto, alpargates, sobrecamas y sobremesas, y otras cosas por las cuales de Potosí les traen reales. Críase en esta provincia la grana de cochinilla muy fina, con que tiñen[45] el hilo para labrar el algodon. Es abundante de todo género de ganado de lo nuestro, en particular vacuno, de donde los años pasados, porque en Potosí ó provincia de los Charcas iba faltando, lo vi sacar, y se vendia muy bien, y bueyes de arada, y se vendia la yunta á sesenta pesos. Caballos solíanse sacar muy buenos; ya se ha perdido la casta y cria, por descuido de los dueños, de tal manera que es refran recibido en toda la provincia de Los Charcas: de hombres y caballos de Tucumán, no hay que fiar; tanto puede la mala fama.

El edificio de las casas es de adobes, como en las demás ciudades, sino que en estas dos, como la tierra es salitrosa, vase desmoronando el adobe, y cada año es necesario reparar las paredes. El rio es grande, y de verano se vadea, mas conviene mucho saber el vado, porque los rios desta provincia son de tal calidad que, si no es por donde se vadean cuotidianamente, y con la frecuencia del pasaje el suelo está fijo, por las demás partes, aunque el agua no llegue á la rodilla, se sume el caballo y caballero en el cieno. Es cosa de admiracion pisamos aquí, y tiembla más de diez pasos adelante la tierra cenosa, detrás y á los lados; padécese en esta ciudad mucho, por no haber molino ni poderse hacer, porque ya dijimos estos reinos ser de esa calidad; pasan por tierra arenisca, donde no se halla una piedra, ni se puede hacer ni sacar acequia dellos; á la primera avenida, allá va todo. Vino á Santiago un extranjero, estando yo en aquella provincia, y proferiase á hacer un molino, como en los rios grandes de Alemaña, en medio dél; escogió el lugar, conciértanse, y volviendo de ver el rio y lugar, en llegando á la ciudad, dánle unas calenturas que dentro de ocho dias se lo llevaron á la otra vida. Hay algunas atahonas, no son tres, mas los dueños muelen sólo para sus casas; si otro ha de moler, ha de llevar caballo propio; si no, quédese; hacen unos molinillos que traen á una mano, de madera, con una piedra pequeña traida de lejos; muelen á los pobres indios que las traen, porque para una hanega son necesarios tres indios de remuda; empero, el pan es el mejor del mundo.

A la mano derecha desta ciudad, á las faldas de la sierra, hay otra ciudad llamada San Miguel de Tucumán, pueblo más fresco y de mejores edificios y aguas.

CAPITULO LXVI
DE LA CIBDAD DE CÓRDOBA

Desta cibdad de Santiago á la de Córdoba, qu'es la última en esta provincia, hay pocas menos de noventa leguas, todas llanas, sin encontrar una piedra, y casi todas despobladas, porque en saliendo de un pueblo de indios, á quince leguas andadas de Santiago, hasta Córdoba, no se pida más poblado, si no es un poblezuelo de obra de doce casas, diez leguas ó poco más de Córdoba. Pobló esta cibdad y conquistó los indios que la sirven don Jerónimo de Cabrera, siendo gobernador; llenos los campos de avestruces, venados y vicuñas y demás sabandijas. En todas estas leguas no vi cosa digna de notar. El camino, carretero, y así caminé yo desde Esteco á esta cibdad, que son poco menos de 200 leguas, si no son más, y desde aquí se toma el camino á Buenos Aires, tambien en carretas, que son otras 200, pocas menos; toda la tierra llana, y en partes tan rasa que no se halla un arbolillo. El hato y comida se lleva en las carretas; las personas, en caballos; pero no se ha de caminar más de lo que los bueyes pueden sufrir, que es á cuatro leguas cada dia, y para cada carreta son necesarios por lo menos cuatro bueyes; pastos, muchos y muy buenos; agua, poca.

La cibdad de Córdoba es fértil de todas fructas nuestras, fundada á la ribera de un rio de mejor agua que los pasados, y en tierra más fija que la de Tucumán, está más llegada á la cordillera; danse viñas, junto al pueblo, á la ribera del rio, del cual sacan acequias para ellas y para sus molinos; la comarca es muy buena, y si los indios llamados Comichingones se acabasen de quietar, se poblaria más. Tres leguas de la cibdad, el rio abajo, en la barranca dél, se han hallado sepulturas de gigantes, como en Tarija. Los campos crian muchas víboras y hitas, que dél vienen volando á la cibdad en anocheciendo, como si no bastasen las que se crian en las casas; es abundante de todo género de ganado nuestro, y de mucha caza, venados, vicuñas y perdices. Hállanse en esta provincia de Tucumán unos pedazos de bolas de piedra llenos de unas punctas de cristal, ó que lo parece, labradas, transparentes, unas en cuadro, otras sexavadas; yo las he visto y tenido en mis manos; estas punctas están muy apeñuscadas unas con otras, y tan junctas como granos de granada; son tan largas como el primer artejo del dedo de en medio, comenzando desde la lumbre del dedo, y gruesas como una pluma de ansar con lo que escribimos; he dicho todas estas particularidades por lo que luego diré; estas bolas son tan grandes y tan redondas como bolas grandes de bolos; críanse debajo de tierra, y poco á poco naturaleza las va echando fuera; cuando ya (digamos así) están maduras, y un palmo antes de llegar á la superficie de la tierra, se abren en tres ó cuatro partes, con un estallido tan recio como un arcabuz disparado, y un pedazo va por un cabo y otro por otro, rompiendo la tierra; los que ya tienen experiencia dello acuden adonde oyen el trueno y buscan estos pedazos, que hallan encima de la superficie de la tierra; yo creo que, fuera destas punctas, hay en medio de la bola alguna cosa preciosa que naturaleza allí cria y no la quiere tener guardada. Aquellas punctas, si las labrasen lapidarios, deben ser de algun precio; allí no las estiman en cosa alguna.

CAPITULO LXVII
DE LOS GOBERNADORES QUE HA HABIDO EN TUCUMÁN DESDE EL MARQUÉS DE CAÑETE ACÁ

Los gobernadores que en esta provincia de Tucumán he conocido, el primero fué el general Francisco de Aguirre, que por Su Majestad la gobernó y acabó de allanar; varon para guerra de indios, bravo; vecino de Coquimbo, contra el cual ciertos soldados, y creo uno ó dos pueblos, se le amotinaron, tomando por cabeza á un Fulano Berzocana, soldado valiente, los cuales le prendieron; pero viniendo al Audiencia de La Plata envió el Audiencia un juez y hizo justicia del Berzocana y otros, y concluidos sus negocios en el tribunal del Audiencia y del reverendísimo de aquella cibdad, volvió á su gobernacion; despues por órden de la Santa Inquisicion salió á Los Reyes, de donde volvió á su casa á Coquimbo[46] y en Copiapó, pueblo de su encomienda, acabó la vida, dicen trabajosamente.

Subcedióle Fulano Pacheco, que salió bien de su gobernacion; digo en paz, porque los tres que se siguen acabaron como diremos. A Pacheco le subcedió don Jerónimo de Cabrera, hermano de don Pedro Luis de Cabrera, á quien el marqués de Cañete, de buena memoria, embarcó para España, como arriba declaramos. Don Hierónimo era muy diferente en trato y condicion de su hermano, muy noble, afable, con otras muy buenas calidades de caballero. Amplió aquella gobernacion, porque pobló la cibdad de Córdoba y conquistó los indios de su comarca. En su tiempo comenzaron á comunicar los del Paraguay con los del Tucumán y los de Chile.

Subcedióle un caballero de Sevilla, Pedro de Abreu, dicen deudo suyo, empero enemigo capital, que desde España andaban encontrados los deudos de don Hierónimo con los de Pedro de Abreu, porque con don Hierónimo nunca habia tenido Pedro de Abreu que dar ni que tomar, ni le conocia; hóbose rigurosamente con don Hierónimo en la residencia, ó con testigos falsos, ó sin ellos, le cortó la cabeza por traidor, diciendo tractaba de alzarse con la provincia y tiranizarla, lo cual confesó don Hierónimo, dándole tormento sobre ello; oí decir á un Oidor de La Plata habérsele hecho mucha injusticia, pero quedóse degollado; sus hijos siguieron la causa y no fué dado en el Audiencia por traidor, por lo cual les volvieron los indios de encomienda y demás haciendas.

A cabo de pocos años á Pedro de Abreu subcedió el licenciado Lerma, el cual, procediendo en la residencia contra Abreu, le degolló. El licenciado Lerma, de los de Tucumán, unos le alaban, otros le vituperan; en cosa de justicia le tenian por buen juez; en otras, como desmandarse con palabras muy afrentosas contra los vecinos en presencia dellos, era demasiado. Este licenciado Lerma pobló á Salta, cosa muy importante para la quietud de Calchaquí; ya desto tractamos, y por quejas que habian ido contra él al Audiencia, yendo con socorro y de su hacienda á Salta para los que allí estaban, le encontró al alguacil mayor de los Charcas, que por órden del Audiencia le iba á prender y traer preso y que el gobierno quedase en los alcaldes, lo prendió y trujo á la cibdad de La Plata; el cual en seguimiento de su causa fué á España y miserabilísimamente y paupérrimamente murió en la cárcel de Madrid, sin tener con qué se le dijese una misa, y por amor de Dios pidieron á la puerta de la cárcel, allí puesto su cuerpo, para enterrarlo, á lo cual acertando á pasar por allí un religioso nuestro que de estos reinos habia ido á los negocios desta provincia, llamado el Presentado fray Francisco de Vega, que le conocia, preguntando quién era el difunto y diciéndole qu'el licenciado Lerma, ayudó bastantemente para que le enterrasen. Todas estas particularidades, parecerán menudas, he dicho para que se vean los fines desdichados destos tres gobernadores, y que es verdad: matarás, y matarte han, etc.

Al licenciado Lerma le subcedió Juan Ramirez de Velasco, caballero bien intencionado, el cual pobló dos pueblos de españoles en las faldas de la cordillera vertientes á Tucumán, el uno donde fué poblado los años pasados la cibdad de Londres, y se despobló por no se poder sustentar, á causa de ser los indios muchos y muy belicosos; el otro más adelante, á la misma falda de la cordillera; es tierra fértil y que produce abundancia de oro y plata; los indios agora no son tantos, por lo cual han sido fáciles de reducir; hanse consumido en guerras civiles unos con otros; el Inga los tuvo subjetos, y por la falda desta cordillera llevaba su camino Real hasta Chile; servíanle y tributábanle oro en cantidad, y de allí se lo traia acá al Perú; su capitan, con la gente de guerra, estaba en un fuerte recogida, y no salia dél sino era cuando algunos indios se le rebelaran; reducidos y castigados, volvíase á su fuerte; este caballero es bien[47] intencionado, dócil y que fácilmente recibe la razon y se convence; creo no le subcederá lo que á los sobredichos. Tomóle la residencia don Fernando de Zárate, caballero de hábito, vecino de La Plata y muy rico y de bonísimo entendimiento; no sé hasta agora más dél.

En esta provincia hay algunos religiosos del Seráfico San Francisco, y en todos los pueblos tienen, desde Salta á Córdoba, conventos pequeños de uno ó dos religiosos; sólo en Santiago del Estero se sustentan cinco ó seis muy escasamente.

Pasando yo por esta provincia (y esto me compelió ir por ella á Chile) hallé seis ó siete religiosos nuestros, divididos en doctrinas; uno en una desventurada casa en Santiago; más era cocina que convento; es vergüenza tratar dello, y tenianle puesto por nombre Santo Domingo el Real; viendo, pues, que no se podia guardar ni aun sombra de religion en él, los saqué de aquella provincia; es cosa de lástima haya ningunos religiosos en ella, porque un solo fraile en un convento, y en un pueblo, ¿qué ha de hacer? un ánima sola, decimos, ni canta ni llora, y más en tiempos tan miserables donde las cosas van tan de caida. De Nuestra Señora de las Mercedes hay cual ó cuales religiosos, y esto de la provincia de Tucumán.

CAPITULO LXVIII
DEL REINO DEL PARAGUAY

A la parte del Oriente de toda la provincia de Tucumán demora (hablando como marineros) el Rio de la Plata; no sé la causa por qué le pusieron esto nombre; en él no se ha hallado una puncta, ni de oro; acá llamámosle el Paraguay; no le he visto, mas quien ha atravesado á todo Tucumán puede decir lo que della ha oído á españoles que cada dia salen á ella. Tiene algunas cibdades y grandes; la mayor y más principal se llama la Asumption, cabeza de aquel reino, con mucha gente, los más allí nacidos, mestizos y mestizas; los españoles meros son pocos. Abundante de mucho mantenimiento, caña dulce, cosas de azúcar muchas y muy buenas; vino bonísimo; fundada á la barranca del rio, que en muchos géneros y muy buenos de pescados es fértil, donde todos los allí nacidos, así varones como mujeres, desde niños se enseñan á nadar y nadan galanamente, y no es falta que las mujeres lo sepan, porque Platon en su República queria que las mujeres supiesen pelear. La segunda cibdad el rio abajo, segun dicen 150 leguas, se fundó en nuestros dias por el capitan Juan de Garay, de nacion viscaino, hombre nobilísimo y muy tenido de los indios, llamada Sancta Fe; conocílo y tractélo en la cibdad de La Plata. El capitan Juan de Garay, viviendo en la Asumption, donde era vecino, en cabildo pidió le diesen algunos mestizos, allá llamados montañeses, y pocos españoles, que él queria aventurarse é irse el rio abajo con ellos, llenos de Chiriguanas caribes (y todos lo son, unos comen carne humana, otros no) á descubrir la tierra y ver si podia dar con la comarca de Tucumán, para comenzar á tener comercio con ella y con el Perú, y no estuviesen allí acorralados viviendo como bárbaros; porque si Nuestro Señor le diese ventura de comunicarse con Tucumán, y de allí con el Perú, entrarian unos y saldrian otros y les vernía quien les predicase, porque habia muchos años no oian sermon; diéronle la gente que pidió, y en barcos ó bergantines echóse el rio abajo; tuvo en el camino, por ir siempre á la ribera, muchos recuentros con los indios, que algunos dellos tienen esta calidad: cuando quieren que nadie entre en su tierra, so pena de la vida, toman un calabazo grande, y pasado con dos flechas ó tres y muy embijado, cuélganlo de un árbol; cuando no quieren hacer mal á los que entran en su tierra cuelgan una garza blanca, muerta, de un árbol. No es mal aviso para los comarcanos.

El capitan Juan de Garay, prosiguiendo su viaje, hallando buen sitio y comarca desembarcó en tierra y pobló esta cibdad de Santa Fe; con los indios no tuvo mucha dificultad en conquistarlos, y llanos, determinó caminar al Occidente la tierra adentro, por donde los indios le guiaban, diciendo haber españoles; siguiólos. A la sazon tambien de la cibdad de Córdoba habia salido otro capitan con gente hácia el Oriente, en busca del Rio de la Plata, que tambien los indios decian habia un rio caudalosísimo por aquella parte, poblado de indios, el cual los nuestros entendían no podia ser otro que el de la Plata, como lo era; fué Dios servido que los unos y los otros se encontraron, recibieron y hablaron amigablemente, y desde entonces se comunica el Rio de la Plata con Tucumán y Tucumán con el Rio de la Plata. De Santa Fe á Córdoba no hay más distancia de sesenta leguas, llanísimas, las treinta sin agua, si no es en medio del camino un pozo muy hondo; empero de allí sacan agua para las personas y los caballos y bueyes; el dia de hoy se frecuenta mucho este camino, y traen de Santa Fe bonísimo vino, y de la Asumption, porque como vienen el rio abajo llegan en breve á Santa Fe, y muchas cosas de azúcar y conserva bonísimas, como se hacen en Valencia.

Estando yo en Córdoba llegó allí un mercader con tres ó cuatro carretas cargadas de vino bonísimo y conservas, y le compré dos arrobas para mi viaje de allí á Chile, á quince reales de á ocho el arroba, y pasó con ello á Santiago del Estero, y estuvo determinado ir á Chile, donde las conservas y azúcar vendiera muy bien. Salieron de la Asumption pocos años ha, no son ocho, á poblar el rio llamado Bermejo, donde sin dificultad los indios, que son muchos, se redujeron; son los más ingeniosos que se han hallado en estas partes; tienen buenas casas, á dos aguas; hacen arcos de madera de medio puncto, como si á compás los sacasen; vi en Santiago del Estero una muchacha que, sin haber tomado aguja en su vida en la mano, labraba como si desde que nació se hubiera criado labrando.

El Rio de la Plata, antes de llegar á este rio Bermejo, en el camino hace un salto que por debajo dél es el camino real, por donde pasan á caballo y las carretas sin riesgo alguno; más arriba están poblados, y de antiguo, dos pueblos de españoles que ha muchos años no tienen sacerdote, fundados en tierra calidísima; los hombres allí andan y traen las caras amarillas como los de Santa Marta en el reino de Tierra Firme.

Solíase caminar desde el Brasil al Rio de la Plata en el paraje de la Asumption (digo venia el camino á salir frontero ó poco más arriba de donde está poblada la Asumption), distancia de docientas leguas, por tierra poblada y no mal camino; yo he visto hombres en la provincia de la Plata que desde el Brasil, con otros, vino hasta Asumption; agora no se camina; los indios han cerrado el camino por los malos tractamientos de los nuestros.

Es la provincia del Rio de la Plata abundantísima de todo género de mantenimientos, así de la tierra como nuestros, y para cañas de azúcar fertilísima; antes que entrara allá un Andrés Martín, que conocí en la cibdad de La Plata, no se aprovechaban ni hacian miel de las cañas, sino del azúcar que reventaba como resina dellas; agora de todo se aprovechan; si como es abundante y fértil de mantenimientos lo fuera de oro ó plata, era la mejor provincia del mundo, pero Nuestro Señor no puso el oro ni la plata sino en tierras inhabitables; el oro por la mayor parte por el calor y la plata por el mucho frio, porque los hombres se contentasen con poco; mas la soberbia humana y cobdicia, lo inhabitable, como haya oro ó plata, lo hace habitable.

Es la tierra abundante del mal francés, y proveyóles Nuestro Señor del palo que llaman sancto, en mucha cantidad; hay pocos médicos; púrganse de las demás enfermedades con el agua de un pescado que en ella cuecen, y el pescado sirve como gallina el dia de la purga, aunque tienen abundancia dellas. Los indios son todos Chiriguanas, más tractables que los de la provincia de los Charcas; no comen carne humana, pero hablan la misma lengua; son así bien dispuestos y valientes; son grandes holgazanes, como los demás, y la fertilidad de la tierra les[48] hace no acudan á las cosas de la fe como les era necesario. Admirado desto, diciéndomelo un padre de San Francisco que salió de aquella provincia á Esteco, estando yo allí y visitándolo, me dijo no me admirase, porque en apretando á los indios un poco á la doctrina, con sus mujeres y hijos se van veinte leguas y más de la cibdad, y tan buena tierra hallan allí y tan fértil como en la cibdad ó en sus pueblos, y como uno destos tenga una víbora de cascabel que comer, tiene muy buena comida y cena, y no ha menester más, las cuales fácilmente las cazan, y no las temen, que no temerlas parece barbaridad. Castigaron los viejos conquistadores y criaron en mucha policia á los montañeses y á los meros españoles, como á ellos los criaron sus padres. Ningun muchacho habia de hablar, ni cubrir cabeza, ni sentarse delante de los viejos, aunque tuviesen barbas, ni los viejos al más estirado llamaban sino tú, cuando mucho un vos muy largo. A los montañeses enseñaban primero á leer, escribir y contar; luego les daban oficio, y á lo que más se inclinan es á herreros, y son primísimos oficiales; son grandes arcabuceros, flecheros y nadadores, recios hombres á caballo; andando en la guerra, luego quitan las calzas y zapatos y desnudan los brazos; ya han perdido esta policia, muertos los viejos, y son la gente más mentirosa del mundo, y como un hombre no tracte verdad, no le pidan honra.

Esta provincia tiene muchos árboles de la tierra, fructales, más que Tucumán, y mejor madera para las casas, y el temple, como el rio va declinando más á la mar, se va subiendo á este nuestro polo, y así es más fresco. Sancta Fe está en treinta grados y Buenos Aires en treinta y siete, donde yela y nieva como la altura lo pide.

CAPITULO LXIX
DEL PUERTO Y PUEBLO DE BUENOS AIRES

El puerto de Buenos Aires, de pocos años á esta parte se ha tornado á poblar, respecto de la contratacion que hay del Brasil con el Rio de la Plata y Tucumán; dicen distar de la boca del rio treinta leguas, ó pocas menos. No tiene servicio de indios, que si lo tuviera hobiera crecido mucho, y por esta razon se despobló este pueblo de Buenos Aires lo mismo que la fortaleza llamada de Gaboto. Tiene el rio por aquí más de tres leguas de ancho, y la boca más de diez; cuando se despobló no pudieron los españoles traer consigo particularmente los caballos y yeguas sin que dejasen algunos.

Este ganado se ha multiplicado tanto en aquellos llanos que á los chapetones les parece montañas de árboles, y así cuando caminan y no hay un arbolillo tamaño como el dedo paraleno, viendo las manadas dicen: ¿Pues aquella no es montaña? vamos allá á cortar leña, y son las manadas de los caballos y yeguas. Salen á caza dellos como á venados; están gordos, que al primer apretón quedan estancados; á los que son potros atan, doman y hácenlos caballos; he visto en Córdoba muy buenos caballos destos. Pero con ser este paraje á su tiempo muy frio se crian muchas víboras. Los venados en todo el Rio de la Plata son muy grandes y no de menores aspas; las pieles curan y hacen dellas cueras que parecen de ante, y algunos por de ante las venden. En el camino de Córdoba á Buenos Aires, y desde Santa Fee por tierra, es necesario ir muy apercebidos de armas y arcabuces, y en las dormidas velarse, porque salen algunas veces indios cazadores de venados, y fácilmente se atreven contra los nuestros; sus armas son arco y flecha, como los Chiriguanas, y demás desto usan de unos cordeles, en el Perú llamados aillos, de tres ramales, en el fin del ramal una bola de piedra horadada por medio, por donde entra el cordel; estas arrojan al caballo que va corriendo, y le atan de pies y manos con la vuelta que dan las bolas, y dan con el caballo y caballero en tierra, sin poderse menear; destos aillos usan para los venados; pónense en paradas, y como va el venado corriendo lo ailla fácilmente.

De la otra parte del rio hay una provincia de indios llamados Charrucas, no muy bárbara en algunas cosas; son hombres que guardan palabra y quieren se le guarde. Traen continuamente guerra con otros indios comarcanos Chiriguanas, aunque no caribes, y la guerra es sobre las comidas. Los Chiriguanas no labran la tierra, sino cuando están maduras las sementeras júntanse en cantidad, y con mujeres y hijos cogen lo que no sembraron. Los Charrucas, de un navio que dió á la costa en la cual habitan, cativaron á dos españoles, uno ya hombre y otro muchacho, que con su padre venia, de edad de ocho años. Los demás todos perecieron en la costa y se perdieron con los demás navios en que venia por marqués Juan Ortíz de Zárate, de una tierra que prometió descubrir muy poblada al rey Felipe Segundo, de inmortal memoria, el cual antes que cumpliese lo prometido murió cerca de Buenos Aires en una isla llamada Santa Caterina, por lo cual no cumplió lo prometido, ni cumpliera, por no haber las poblaciones que imaginaba. El marqués Juan Ortíz de Zárate fué vecino de la cibdad de La Plata, á quien conocí en el Perú cuando se iba á España muy rico, á donde llegó en salvamento, y llegado á corte trató hacer este descubrimiento, con que Su Majestad le hiciese gobernador del Rio de la Plata y marqués de más de 30.000 indios que habia de conquistar, y poblar tres ó cuatro cibdades á su costa. Empero, como fué edificio sobre arena, ó por mejor decir, imaginacion, así paró todo. El muchacho arriba dicho, ya hombre de 22 años, poco más, me dijo lo que referiré, al cual hallé quince leguas de Santiago del Estero, cuando yo iba á Córdoba, y le llevé comigo dándole de comer y caballo hasta aquella cibdad. El pobre muchacho cautivo servia á su amo de traerle leña, agua, trabajar en la chácara y en lo que le mandaba.

Desta suerte sirvió más de catorce años, ó pocos menos; certificóme que hasta entonces sus amos convidándole con mujeres, y aun con sus hijas, Nuestro Señor le habia hecho merced que con infiel no se habia ensuciado ni con otra. Este, viendo el daño que los Chiriguanas (nombraba la nacion, que no me acuerdo, por eso los nombro Chiriguanas) hacian, un dia que todos los más de los Charrucas estaban muy tristes porque los otros indios les habian llevado las comidas, dijo que si le daban licencia él vendria á Buenos Aires y pediria favor á los españoles, los cuales lo darian luego, y con ellos se podian vengar y destruir á sus enemigos; sobre esto hubo entre los Charrucas muchos dares y tomares, y los más eran de parecer no le diesen licencia; finalmente se la dieron y él les dió su palabra de volver á su amo pasado el invierno, porque estaba desnudo y habia de buscar con qué vestirse. Salió á Buenos Aires; trató con el capitan y cabildo á lo que venia; prometiéronle al tiempo favor, y con esto despachó á dos indios que con él vinieron, tornando á dar su palabra que con los españoles ó sin ellos, teniendo salud, no dejaría de volver. En Buenos Aires no halló cómo vestirse; venia á Santiago del Estero á buscar limosna para su vestido, y encontrándole yo le persuadí se volviese conmigo, pues sabia el camino, que yo le ayudaría de mi pobreza y le haria la costa; hízolo así, y vino conmigo hasta Córdoba, y es cierto que le persuadia yo, si no habia jurado (decia que no) que se quedase por acá, y siempre me dijo no dejaría de volver, ó con los españoles, ó sin ellos, porque entre aquellos indios es gran falta faltar la palabra, y más porque á los de Buenos Aires les convenia tener amistad con los Charrucas, y desde Córdoba en la primera ocasion se volvió; lo que ha subcedido no lo sé, y preguntándole de cosas particulares de aquellos indios, me decia que los viejos de cuando en cuando junctaban los mozos y les avisaban no hiciesen agravio ni mal á nadie, no fuesen holgazanes y viviesen de su trabajo. Es entre estos indios gran maldad el adulterio; empero conciértanse con el marido, y fácilmente da licencia á su mujer que vaya á servir por tantos dias al que se la pide; esta es mucha ceguera, y no nos habemos de espantar que hombres sin lumbre de fe no tengan el adulterio, con esta condicion, por[49] pecado, ni infamia.

CAPITULO LXX
DE LA PROVINCIA DE CUYO, EN TÉRMINOS DE CHILE

De la cibdad de Córdoba al primer pueblo de españoles del reino de Chile, desta parte acá de la cordillera, llamado Mendoza, hay cien leguas tiradas, todas despobladas y llanas, camino carretero, en el cual hay algunos rios, al tiempo de las aguas, grandes. Al rio de Córdoba llaman el Primero; al que sigue, Segundo; al otro, Tercero; al otro, Cuarto, y al último, Quinto; Tercero, Cuarto y Quinto son de bonísimas aguas. El Tercero y Cuarto, poblados de indios apartados del camino real, llamados Comechingones, bien dispuestos y valientes, subjetos á la cibdad de Córdoba; sirven cuando quieren; cuando no, izquierdean. En los términos desta cibdad, á lo menos. Cuando yo pasé por ella, no habia más sacerdotes que un cura clérigo, y un fraile de San Francisco en su conventillo, gran conjurador de nublados; los indios subjectos no sabian qué cosa era Ave Maria, ni Pater noster.

En el rio Quinto hay indios de guerra que no se han reducido; aquí hallé tomillo salcero, y solo este de todos estos rios entra en el Rio de la Plata; los demás se empantanan y hacen unas lagunas grandes donde se cria mucho pescado y aves de diferentes géneros en gran abundancia; los llanos abundantísimos de pastos, que si como desto son fértiles lo fueran de aguas y rios, creo fuera la más fértil tierra del mundo. Críanse en ellos todas las sabandijas que habemos dicho arriba, con muchos venados, vicuñas y guanacos, perdices y otros pájaros y avestruces. Vimos una cosa que nos admiró: llegamos á un arroyo á sestear, donde pensamos no hallar agua; acaso habia llovido y hallámosla; llevaron los bueyes á beber, que eran mas de sesenta, porque lleuamos doce carretas; entre los bueyes, saliéndose de beber, metióse una cierva que habia llegado á beber, pero bebio tanto, que á manos la tomaron los indios; cuando la vimos con tanta barriga, pensamos estaba preñada y por eso no habia escapádose corriendo; ábrenla, y toda era agua; admirados, preguntamos á los indios de qué procedia aquello; respondiéronnos que al tiempo del verano los venados beben de una vez para ocho y diez dias, por la falta de las aguas, y así aquella cierva habia bebido tanto. Hay en este camino algunos indios de guerra, pocos, en la Rinconada, términos de Córdoba, y en la puncta de los Venados, términos de Chile; empero pocas veces salen á hacer daño, porque luego son castigados por los nuestros, como se hizo poco antes que por esta Rinconada pasásemos. Nosotros uno ningun indio vimos, y si como dicen se ha poblado la puncta de los Venados, no hay que temer, ni antes lo habia, como no les hiciesen daño. En este camino hay despoblados sin agua de á quince leguas y más, de la puncta de los Venados adelante, y casi uno tras otro, y si ha llovido no hay falta de agua; por el camino hay unas hoyas hechas á mano por los indios que allí habitaban, donde se recoge el agua; hallámoslas llenas, y el agua muy sabrosa y fria, con ser más de mediado diciembre, donde los calores son crecidos. Salimos de Córdoba á primeros de diciembre, y llegamos con nuestras carretas á Mendoza, dos dias antes de Navidad, antes de la cual corre el rio de aquella cibdad, que en este tiempo es muy grande y extendido; augméntase de las aguas que corren derretidas de la sierra Nevada, y ensánchase tanto, que debe tener más de tres cuartos de legua de ancho, en brazos; pasámosle por 37, unos con más agua que otros, y de piedra menuda; si en un brazo se juntara, era imposible vadearle; yo hobiera de correr un poco de riesgo en un brazo, que acertó á ser el mayor; iba delante; echéme al agua; el caballo era bueno, que desde la cibdad de Los Reyes casi caminé en él; tenia buen camino; sacóme en paz, pero no era tanta el agua que nadase; los que venian en pos de mí bajaron más abajo y pasaron más fácilmente, y las carretas sin mojarse cosa de las que en ellas venian. Pasado el rio, á medio cuarto de legua está la cibdad de Mendoza.