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Doña Luz

Chapter 48: FIN
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About This Book

La narración se sitúa en pueblos provincianos y presenta a una mujer llamada Doña Luz cuyo carácter y confidencias revelan las costumbres locales y las limitaciones sociales para las mujeres. Paralelamente se describe la gestión de un administrador, Don Acisclo, y las maniobras económicas que favorecen al poderoso local y al marqués ausente. Un padre religioso, P. Enrique, cae en un amor destructivo cuya caída sirve de lección sobre los peligros del enamoramiento desordenado y la necesidad de elevar el afecto hacia ideales más puros, según la doctrina de Pietro Bembo. La obra combina episodios costumbristas, críticas morales y reflexiones sobre honor, avaricia y estima pública.

Algunas personas incrédulas del lugar querían dar a entender que todo esto se decía para adular a don Acisclo, el cual lamentó de verdad la muerte del sobrino y le elogió en todos los tonos que él podía emplear.

Por lo demás, incrédulos y crédulos, ora por hacer coro a D. Acisclo, ora porque así lo sintiesen, todos convenían en que el muerto había sido lo que se llama un bello sujeto, lleno de discreción y de bondad, y hasta santo, entendiendo cada cual la santidad a su manera.

Nadie, sin embargo, lloró con más ternura, tuvo más honda pena por la muerte del P. Enrique que la persona que tenía o creía tener indicios de que él no había sido santo del todo. Doña Luz durante los primeros días estuvo desolada.

Acrecentaban su pena singulares cavilaciones. Por una parte cierto orgullo, cuando volvía a creer que ella le había infundido una pasión homicida, y luego el horror que le causaba dicho orgullo; por otra parte la confusa sospecha y el vago remordimiento de que ella por instinto abominable, aunque sin reflexión, había provocado y hecho nacer aquel extravío en alma antes tan tranquila y dichosa; y por último la duda de que todo fuese sueño de su vanidad. ¿No podía doña Luz haberse forjado una novela? ¿Qué le había dicho el Padre para que le creyese enamorado? ¿Se había muerto de amor o de apoplejía? La romántica, la sentimental era ella, que le había besado locamente cuando expiraba.

«¿Si habré sido yo la liviana, la sandia y la extravagante? ¿Si habré estado enamorada del fraile, que no pensaba en mí sino con inocente y sencillo afecto paternal?».

Al cavilar así doña Luz se llenaba de vergüenza y temblaba como una azogada y se enojaba contra sí misma, juzgándose delincuente, loca y hasta infiel.

Mientras pasaba esto en el ánimo de doña Luz, don Acisclo repartió entre sus hijos o guardó para sí los pocos y pobres objetos que el Padre había dejado, y que más habían de conservar como sagrada memoria que por el escaso valer que tuviesen.

En esta partición reservó D. Acisclo para doña Luz los pocos libros que el fraile poseía.

No ignoraba D. Acisclo que el padre estaba escribiendo una obra y hasta pensó en que podría él darla a la estampa, aunque hubiese quedado incompleta. Buscó, pues, el manuscrito, le halló, y considerando que las dos únicas personas capaces de entender en el lugar aquello que él llamaba una monserga eran D. Anselmo y doña Luz, y que D. Anselmo por ser impío no apreciaría tan bien la monserga como doña Luz, que era creyente, no titubeó en llevar el manuscrito a doña Luz, sin abrir siquiera sus páginas, porque le estorbaba lo negro, como no fuesen cuentas en que él saliera ganando y con alcances a su favor.

Doña Luz recibió con veneración el manuscrito del Padre, y no bien D. Acisclo la dejó sola, le abrió con ansiosa curiosidad y se puso a leerle. En su impaciencia hojeaba y recorría todas las páginas, devorando al vuelo su contenido, procurando comprender el conjunto, y dejando para después el leerlo todo con detenimiento.

A poco de hojear, dio doña Luz con las hojas sueltas. Su vista se fijó en ellas. El corazón le dijo que algo de muy interesante encerraban.

Entonces las leyó con pausa, con interrupciones, con muy frecuentes interrupciones, porque el llanto se agolpaba en sus ojos y la cegaba y no le consentía que leyese.

En cada una de estas inevitables interrupciones, en voz baja como si temiera ser oída, con las palabras entrecortadas por los sollozos, exclamaba doña Luz:

—Era cierto. Era cierto. ¡Me amaba, Dios mío! ¡Cuánto, cuánto me amaba!

A lo último, más allá y después de lo que conocemos, la víspera de su muerte, el P. Enrique había escrito lo que sigue, que también leyó doña Luz:

«Estas páginas, si no las rasgo o las quemo, irán indefectiblemente, después de morir yo, a las hermosas manos de ella. Ya entonces no me avergonzaré de que ella sepa mi amor. Perdona, Dios mío, mi nueva culpa. Quiero que ella le sepa. ¿En qué el saberlo podrá turbar la dicha y la paz de su noble vida? Ella me ha amado, ella me ama como un ángel ama a un santo, y yo la he amado como un hombre ama a una mujer. Sería yo hipócrita si no le revelase que no merezco su amor angelical; que yo la amaba como ama un pecador. Es menester para mi eterno reposo que ella me perdone por haber convertido en veneno el bálsamo y su afecto inocente en incentivo vicioso; por haber alimentado con la purísima luz de sus ojos este fuego del infierno que me abrasa y que mancha lo limpio de su imagen que llevo grabada en el alma. A pesar tuyo, Dios mío, a pesar tuyo y en contra tuya, la llevo grabada con rasgos indelebles. Todo el brío de mi voluntad, toda la fuerza del cielo, todas las penas del infierno no podrán arrancarla de allí. Doña Luz y el amor de doña Luz viven vida inmortal en mi espíritu».

Al terminar la lectura, el dolor de doña Luz se hizo más agudo; las lágrimas acudieron más abundantes a sus ojos; los sollozos parecía que iban a ahogarla; pero, como luce el iris entre las nubes negras, una dulce sonrisa de triunfo y de gratitud por aquel amor, que sólo perdón solicitaba, brilló en los rojos y frescos labios de la gentil señora.


-XIX-

La embajada de D. Gregorio

La tristeza de doña Luz, pasados algunos días, tuvo más de dulce que de amarga: aunque no dejaba de ser tristeza, estaba mitigada por la satisfacción que sentía doña Luz de haber inspirado tan viva simpatía; por la declaración, hecha por el mismo Padre, de que ella no había sido coqueta, y por la absolución, que ella misma se daba, después de hacer un examen de conciencia muy rigoroso.

Doña Luz no tenía la culpa de aquel amor que agradecía, ni de aquella muerte que lamentaba.

Su amistad, admiración y veneración al Padre no podían haber sido mayores.

Si el Padre le hubiera inspirado otro más vivo sentimiento, ella hubiera pecado contra Dios, contra el mundo, contra su honra y contra su decoro.

En cambio, su amor a D. Jaime era legítimo, correcto, conforme a la clase y posición de ella, y fundado, por último, en causas no menos poéticas que el amor que por el P. Enrique, si hubiese sido lícito, hubiera ella podido sentir.

A fin de fortalecer y magnificar las causas poéticas del amor que tenía a D. Jaime, doña Luz estimó muy alto el de D. Jaime hacia ella. Su desinterés era evidente. Él hubiera hallado a cientos los partidos mejores en Madrid. Hubiera tenido con facilidad mujer con título y con rentas, a poco que la hubiera buscado. Don Jaime había sin duda desdeñado por ella las más brillantes bodas. Luego la adoraba don Jaime. Y D. Jaime, elegantísimo, de noble familia, lleno de porvenir, honrado y respetado ya como hábil capitán y soldado valeroso, podía enorgullecer a cualquiera mujer a quien diese su nombre y su mano. D. Jaime, además, era joven aún, gallardo y arrogante de figura, discreto y ameno. Las cartas que escribía doña Luz desde Madrid mostraban bien su amor por lo tiernas y cariñosas, y su ingenio y su chiste, por lo bien escritas y por las gracias y lances que contenían.

Doña Luz, pues, en vista de todo lo expuesto, convino consigo misma en que estaba enamoradísima de su marido, en que tenía razón para estarlo y para haberse casado con él, y en que su amistosa ternura por el Padre y las lágrimas que vertía por su muerte, y hasta los besos que le había dado, eran de orden tan distinto, que en nada se oponían ni alteraban, ni modificaban en un ápice, ni aflojaban en un solo punto el lazo amoroso y matrimonial que a D. Jaime la ligaba.

Pocos días faltaban ya para que D. Jaime volviese por ella. Ya había él tomado casa a propósito, y casi la tenía amueblada. Ya había sacado el título. Ya podían ambos esposos llamarse los marqueses de Villafría. D. Jaime iba a llegar dentro de aquella misma semana, y era ya miércoles.

Doña Luz estaba en su cuarto, acababa de volver de misa, y había rezado con fervor por el alma del P. Enrique, en quien de continuo y tierna y melancólicamente pensaba, cuando entró Juana, la doncella, y dijo:

—Señora, un forastero quiere hablar con usía.

—¿Su nombre?

—Don Gregorio Salinas.

—No le conozco. ¿Qué facha tiene?

—Más bien buena que mala. Viene muy decentemente vestido, aunque de viaje. Se conoce que acaba de llegar. Es chiquitín, regordete, colorado como una remolacha, y se sonríe como si estuviese contento. Está, sin embargo, de luto.

—Mira, Juana, yo no tengo gana de recibir visitas. Dile que me duele la cabeza, que vuelva otra vez si tiene algo importante que decirme, que hoy no recibo.

Juana salió a dar el recado, y volvió en seguida con una carta que puso en manos de doña Luz.

—Don Gregorio Salinas—dijo Juana—, me acaba de entregar esta carta, asegurando que será admitido en cuanto usía la lea. Dice que la carta es su credencial.

Doña Luz, no bien tomó la carta y miró el sobrescrito, se quedó maravillada. Reconoció la letra de su padre.

La abrió precipitadamente, y miró la firma. Era de su padre también.

Leyó enseguida la fecha y vio que la carta estaba escrita hacía más de quince años.

La carta era lacónica. No contenía más que estas palabras:

«Querida hija: El portador de esta carta será don Gregorio Salinas, escribano de Madrid, persona de toda mi confianza. Da entero crédito a cuanto te diga; óyele y atiéndele; y acepta y recibe sin el menor escrúpulo lo que te ofrezca y entregue».

—Que pase adelante ese caballero—dijo doña Luz.

Juana fue a buscarle, y D. Gregorio entró en la salita en que doña Luz estaba.

Después de los cumplimientos de costumbre, sentados doña Luz y su hasta entonces desconocido huésped en cómodas butacas, habló éste, con reposo y como quien tiene mucho que decir, de la manera siguiente:

—Ya sabe usía que me llamo Gregorio Salinas. Ahora soy escribano y no estoy mal de bienes de fortuna. Hace ventiocho años era yo un pobre estudiante, sin una peseta en el bolsillo; pero, en cambio, ni estaba gordo, ni tenía canas, ni calva, ni arrugas, y las gentes afirmaban, perdone usía la inmodestia con que lo recuerdo, que era yo un bonito muchacho, listo y gracioso. Nada tiene de extraño, por consiguiente, que se enamorase de mí una mujer del sobresaliente mérito de mi Joaquina. Esta Joaquina es mi esposa, para servir a usía. Quiere mucho a usía y le manda conmigo mil respetuosas y cariñosas expresiones.

—Mil gracias—dijo doña Luz, interrumpiendo a don Gregorio—. Deje V. el tratamiento y llámeme de usted, y perdóneme además si le digo con franqueza que aligere su cuento porque me muero de curiosidad.

—Tenga V. calma, señora marquesa; tenga V. calma. Yo le prometo no ser prolijo ni enojoso. Iré al grano. No crea usted que nada de lo que digo es a humo de pajas. Todo se necesita para que V. se entere.

—Vamos, siga V., y le repito que perdone mi interrupción.

—Pues, como iba diciendo—prosiguió D. Gregorio—, mi esposa es ahora una matronaza fresca y guapetona todavía, si bien los años no pasan en balde. Cinco hijos me ha dado como cinco soles. Todos están a las órdenes de V., señora marquesa. En aquel entonces, cuando el noviazgo, era mi Joaquina una moza de lo más selecto que se paseaba por Madrid, y servía de doncella a cierta dama de las más encopetadas, cuya privanza tenía por completo y todos cuyos secretos más íntimos poseía.

—¿Y cómo se llamaba esa dama?

—La Exma. Sra. Condesa de Fajalauza.

Doña Luz, como quien oye un nombre que por vez primera suena en sus oídos, se encogió de hombros y se calló. D. Gregorio siguió hablando:

—Mucho debemos mi esposa y yo a esta señora. Ella nos casó, ella nos protegió, y ella nos dio los medios conducentes para llegar al punto de bienestar y prosperidad a que hemos llegado. Dios se lo pague y se lo aumente de gloria. Bien se lo merece, porque, al fin, si alguna falta cometió, tuvo en este pícaro mundo su purgatorio. La Condesa estaba casada con el señor más terrible que se ha conocido en nuestros días. Todos le temblaban, empezando por su mujer. Había tenido varios lances de los que llaman de honor, y pesaban tres muertes y varias heridas sobre su conciencia. Tenía fama de tan diestro, que se le creía capaz de matar de un pistoletazo un mosquito que pasase volando a cincuenta varas de distancia, y de atravesar de una estocada al propio diablo que se pusiese a reñir con él. Añádase a esto que el Conde era celoso como un turco, y no porque amase mucho a la Condesa, sino por otros motivos. La pobrecita Condesa no le había dado ninguno durante ocho años de matrimonio. Aquella señora era una santa; muy sufrida, muy prudente y muy buena cristiana.

Doña Luz empezó a dar visibles muestras de interesarse en la narración. Don Gregorio siguió diciendo:

—La Condesa aportó al matrimonio cuantiosos bienes. Malas lenguas han dado en propalar que el Conde, al casarse con ella, no tuvo en cuenta sino su negocio. Nada de amor. La condesa se casó casi niña, excitada a ello por su madre, y sin comprender toda la trascendencia de aquel paso. A poco murió su madre, y la huérfana, sin hermanos ni parientes próximos, se vio sola en el mundo, frente a frente de aquel tirano, que más debiera llamarse tal que no esposo y compañero.

No tenía la Condesa razón alguna para amar ni respetar a su marido; pero amaba la limpieza de su fama, y temía a Dios y veneraba los preceptos morales y religiosos. Nada, como he dicho, hubo que censurar en ella en los primeros ocho años de matrimonio. Vivió resignada como una mártir. Ni siquiera tuvo el consuelo y el refugio que tienen otras mujeres, consagrando su corazón al amor maternal. El maldito enlace fue estéril. Los condes de Fajalauza no tuvieron hijos.

Un asunto de grande interés reclamó por aquel tiempo la presencia del Conde en Lima. No convenía confiar a nadie el asunto que allí tenía y que importaba una suma archi-respetable. La condesa se hallaba muy delicada de salud y no podía acompañar a su marido en tan larga navegación. El Conde, después de muchas vacilaciones, resolvió ir solo. Fue, pues, y estuvo en el Perú cerca de año y medio.

Durante la ausencia del Conde no se presentó la Condesa en reuniones ni en teatros; vivió bastante retirada, pero no faltaron galanes y pretendientes que procurasen hacerse amar de ella. La Condesa los desdeñó a todos. Hubo uno, sin embargo, dotado de prendas tan raras y brillantes, tan enamorado o fingiendo con tanto arte que lo estaba, tan discreto, buen mozo y seductor, que acertó a cautivar el alma de la desdichada Condesa. Contribuyó mucho a este resultado, como sucede siempre, la fama de conquistador que ya tenía el galán. Nada puede tanto con las mujeres como el considerar que aquel que las pretende desdeña por su amor el de otras mujeres a la moda, jóvenes, hermosas, ricas y distinguidas.

En suma, y como quiera que ello sea, la Condesa amó al galán, y fue tal su pasión que se dejó vencer a pesar de sus severos principios.

Estas relaciones estuvieron envueltas en el misterio más impenetrable. Sólo mi Joaquina tuvo noticia de ellas. La Condesa era una mujer singular. Arrastrada por la violencia irresistible de su afecto, veía a solas a su amigo, y luego lloraba como la Magdalena, rezaba, abominaba de sí misma como si se creyese el ser más abyecto y vil, y desesperaba hasta de que Dios la perdonase.

En esta refriega espiritual, entre la culpa y el arrepentimiento, estuvo ella hasta que volvió su marido.

El secreto había sido tal, que nadie había dicho ni sospechado lo más mínimo.

El Conde, a pesar de todo, era suspicaz y receloso, y sospechó algo desde el día de su vuelta. Tal vez la agitación de su mujer; la repugnancia en que ella trocó la frialdad con que antes le recibía; algunas palabras, algunos suspiros, algún ¡ay! delator que le oyó en sueños, bastaron a ponerle sobre la pista.

Una noche, mientras dormía la condesa, su marido se apoderó de la llave del escritorio de su mujer y registró detenidamente cuanto en él encerraba. La Condesa había cometido la imprudencia de conservar las primeras cartas que le escribió su amante y el Conde pudo leerlas. Por dicha, estas cartas no probaban la completa complicidad de la Condesa. Hasta podía ella haberlas conservado, no por amor a quien las escribió, sino por vanidad y como testimonio de haber sido tan amada. Las cartas bastaron, no obstante, para que el Conde tuviera escenas espantosas con su mujer. Si las cartas le hubiesen probado su culpa, el Conde la hubiera asesinado. Como las cartas no eran más que un indicio, el Conde se limitó a atormentar a su mujer y a desconfiar de ella y a vigilarla. Con un pretexto plausible se trajo a vivir en su casa a una hermana solterona que tenía, la cual era una furia del infierno. Esta mujer fue desde entonces la espía, la acompañante, la dueña, la negra sombra de la Condesa.

En cuanto al galán, cuyo nombre descubrió el conde por las cartas, también las cartas le costaron caras. El Conde, a fin de que nadie se enterase y procurase inquirir el motivo, buscó al galán y le obligó a reñir con él a la espada, sin ninguno de los trámites y formalidades del duelo. El galán quedó mortalmente herido en su propia casa, y sólo por un milagro de la cirugía pudo salvar la existencia.

—Sabía ese lance de mi padre—dijo doña Luz—, pero ignoraba quien fue su adversario y la causa del lance. Prosiga V., Sr. D. Gregorio.

—Ya que sabe V. que el galán era el señor Marqués, su padre de V., seguiré este relato designándole con su nombre. Si alguna frase se me escapa que pueda lastimar, aunque sea levemente, la memoria del señor Marqués, doy a V. desde luego un millón de excusas.

Doña Luz hizo un gesto y movió la cabeza como si quisiera indicar que las excusas estaban aceptadas de antemano.

D. Gregorio continuó:

—El terror que le inspiraba su marido, la vigilancia del argos con faldas que tenía en su cuñada y su propio arrepentimiento, hicieron que la Condesa no volviese a ver en secreto al Marqués. Este desechó de su alma, con el andar del tiempo, amor tan peligroso y ya imposible o casi imposible de satisfacer, y se distrajo con más fáciles amores.

Todo lazo se hubiera roto, toda relación y comunicación entre el Marqués y la Condesa hubieran dejado de ser para siempre, si el cielo no hubiera dispuesto que quedase un recuerdo vivo del amor y de la culpa de ambos; un ser que los unía y por cuyo destino y porvenir ambos debían velar igualmente.

—Y mi madre—exclamó entonces doña Luz—, ¿no pudo nunca volver a verme desde que volvió de Lima su marido?

—Pudo volver a ver a V. de lejos, pero nunca abrazarla ni besarla ni hablarla. Su pensamiento, sin embargo, estaba siempre con V.

—¡Infeliz madre mía!

—La Condesa sabía de V. por mi Joaquina. Por mi Joaquina se entendía también con el Conde en todo aquello que a V. importaba, único asunto que ya se trataba entre el Marqués y la Condesa.

Usted, señora Marquesa, vivió primero en mi casa, cuidada por mi Joaquina. Nuestra costurera, una tal Antonia Gutiérrez, que había tenido un desliz y cuyo hijo había muerto, fue nodriza de V. Después murió también la costurera, y yo arreglé de modo, con la venia de los parientes de la chica, que V. pasase por su hija, a fin de hacer la legitimación. En todo esto, por conducto de mi Joaquina, intervenía la señora Condesa, que estaba hasta cierto punto contenta al considerar que V. iba a llevar el nombre y el título del Marqués y a heredar sus bienes.

A poco de volver el Conde a Madrid y después del duelo, nos entró a todos mucho terror de que el Conde llegase a entender que existía V. y quién V. era; y el Marqués, no bien se restableció de la herida, la sacó a V. de mi casa con harto dolor nuestro y mayor aún de la Condesa, y puso a V. en casa de una señora de situación algo equívoca. Mientras estuvo V. en aquella casa, la Condesa estuvo muy incómoda. Sólo sosegó cuando a puras súplicas suyas, interpuestas por Joaquina, el Marqués se la llevó a V. a su casa, primero bajo el cuidado de una buena mujer, y más tarde con un aya inglesa, la cual vino porque la condesa se empeñó en que viniese.

El Marqués, entre tanto, lejos de sentar con los años, no hacía el menor caso de aquellos sabios refranes que dicen: —quien quisiere ser mucho tiempo viejo, comiéncelo presto, y el viejo que se cura cien años dura. Lejos de rezar con él estos refranes, más bien podía aplicársele aquel otro, y perdone V. señora Marquesa que se le aplique, pero casi lo pide a voces la narración: mientras más viejo más pellejo. Pretendo significar con esto que el señor Marqués, en vez de enmendarse con la edad, se hizo más cortejante, jugador y amigo de jaleos de toda laya, lo cual mortificaba mucho a la señora Condesa. El amor, por el cual ella había sacrificado tanto, honra, reposo y bienestar, sólo había sido para el Marqués un episodio, una aventura, un lance más o menos agradable o divertido, entre los muchos de su vida. Esto dolía en extremo y atormentaba a la Condesa. Pero había otra consideración que le dolía más, que la tenía llena de sobresalto, y que, agravándose cada día, llegó a ser para la Condesa un tormento continuo.

El Marqués caminaba precipitadamente a su total ruina: estaba empeñado hasta los ojos; la usura consumía ya lo mejor de sus rentas. Era seguro que el Marqués acabaría su vida en la miseria. ¿Qué sería entonces de su hija doña Luz, huérfana, sin amparo y sin recursos?

Lo peor era que la Condesa no podía socorrer a su hija mientras su marido viviese. Antes de que el Conde hubiese tenido el más leve indicio de su culpa, la Condesa había gozado de un asomo de independencia y libertad. Después la Condesa, más que esposa, vino a ser esclava. Un grito, una palabra dura, un gesto amenazador de su marido bastaban a aterrarla.

El Conde, a más de ser celoso, era avaro, y la Condesa no podía disponer de un real sin dar estrecha cuenta de todo, justificando la inversión hasta de la más pequeña suma.

La viveza cruel de su imaginación le representaba del modo más exagerado el infortunio que presentía. Soñaba que su hija estaba en la desnudez, sin hogar, humillada y empleada en los más viles menesteres, y ella nadando en la opulencia y sin poder acudir en su auxilio.

¿Cómo darle algo sin que lo supiese el Conde? Y con saberlo el Conde, sabría su delito y su oprobio, y se presentaría como juez severo e irritado, y con una sola palabra de desprecio la mataría.

La Condesa, atormentada por su conciencia a par que anonadada por el miedo que tenía al Conde, deseaba la muerte para descansar, y sin embargo, ansiaba vivir, y singularmente sobrevivir a su marido.

Mientras él viviese, la Condesa conocía que no tendría valor para hacer nada en favor de su hija. Ni por donación, ni por testamento, en la hora de su muerte, hallaba medio para compartir con la que era su propia sangre o para legarle al menos bienes que eran suyos y no del tirano que la atormentaba.

La Condesa, pues, se sometió a la voluntad del Altísimo y esperó tranquila, y esforzándose por no desearla, la muerte de su marido, antes que la suya llegase. Para el caso de que así sucediera, formó la firme resolución de dejar por testamento a los parientes de su marido, en fincas y alhajas, todo aquello en cuya adquisición y dominio pudiera suponer la conciencia más escrupulosa que el Conde había sido parte; dejar algunas mandas importantes a personas que la hubiesen servido bien, como, por ejemplo, a mi Joaquina; y el remanente de sus bienes, en fondos públicos todos, cuyos títulos estaban y están aún en varios Bancos y casas de comercio, dejárselo por entero a su hija.

El Marqués supo por Joaquina esta resolución de la Condesa; y, cuando acosado por los acreedores, embargado y vendido cuanto poseía a fin de pagar sus deudas, tuvo que retirarse a este lugar, me dejó escrita la carta que he hecho entregar a V. para que me sirviera de introducción. La carta, hasta que ocurriese el caso hipotético que se preveía, había de estar en mi poder sin que nadie lo supiese. Y así ha estado la carta.

Muerto el Marqués, no existían en el mundo sino tres personas sabedoras del propósito de la Condesa de dejar a V. por heredera.

—¿Y quiénes eran esas tres personas?—preguntó doña Luz con el mayor interés.

—La misma Condesa, mi mujer, que es sigilosa hasta lo sumo, y un servidor de V., señora Marquesa.

—¿Y nadie más?

—Nadie más.

—¿Está V. seguro?

—Lo estoy.

Don Gregorio continuó luego su narración en estos términos:

—El cielo quiso que se cumplieran, no diré los deseos, los planes de nuestra bienhechora. El Conde murió hace poco más de mes y medio. Cosa de milagro parece el que la Condesa, tan padecida y acabada como se hallaba, pudiese sobrevivirle. La fuerza de voluntad vale mucho. La Condesa sobrevivió, se diría que expresamente para cumplir su resolución y morir también luego.

—¿Ha muerto mi madre?—exclamó doña Luz con lágrimas en los ojos.

—Ha muerto.

—¡Y sin llamarme a sí, sin verme, sin darme un abrazo!...

—La Condesa lo ansiaba, pero al propio tiempo lo temía. Se avergonzaba de llamar a sí a quien al presentarse como madre tenía que declarar su culpa, y, ella lo decía, su deshonra. Dudaba de que una hija, a quien, fuese por lo que fuese, ni había criado, ni visto, ni acariciado nunca, la pudiese querer. Recelaba hallar frialdad, tibieza al menos, en su hija. No creía en la misteriosa fuerza de la sangre. En ella sí, porque sabía que su Luz vivía, porque la había estado amando durante tantos años; pero en su Luz, a quien se le revelase de repente que tenía madre en Madrid, ¿qué cariño súbito, qué ternura podía esperar? Esto, al menos, pensaba la señora Condesa. Y sobre todo, por lo mismo que amaba a su hija, tenía vergüenza, le causaba sonrojo la idea sólo de presentarse a ella. El qué dirán, el temor de que la gente se enterase, era también rémora de su deseo. Por último, la Condesa, a poco de muerto su esposo, cayó en cama con una grave enfermedad, y apenas tuvo tiempo para tomar sus disposiciones y cumplir lo prometido. Después vivió algunas semanas, pero trastornada, sin pleno conocimiento ni memoria de las cosas y de las personas. Luego murió.

Doña Luz dio muestras de verdadero dolor y de emoción profunda. Don Gregorio permaneció algunos minutos en silencio religioso, y respetando aquel tributo de pena dado por una hija a la memoria de una mujer, a la cual (si bien no la había conocido) debía la vida.

Después dijo D. Gregorio, tomando ya la entonación fría del hombre de negocios:

—Señora Marquesa, yo soy albacea de la difunta y fideicomisario con expreso fideicomiso en favor de usted. Todo está ya en regla, porque yo no me duermo. Todo se va ordenando del modo más a propósito para que se hable, se comente y se murmure lo menos posible. Las mandas están repartidas; mi mujer ha tomado una linda suma: los parientes del Marqués han recibido joyas, dinero y fincas. Queda aún por entregar lo mejor de la herencia. Tengo en mi poder los papeles y documentos que acreditarán a V. como propietaria de los fondos públicos que tenía la Condesa en diferentes casas de banco de París, Londres y Francfort. Todo ello importa no recuerdo cuánto en valor nominal, pero en efectivo asciende a la friolera de diez y siete millones de reales vellón y un piquillo. Cuando la señora Marquesa guste, le haré la entrega y se enterará de todo por menudo.

—Señor D. Gregorio, ya V. sabrá que estoy casada. Aguardaremos a que venga mi marido para aceptar la herencia. Él se entregará de todo como dueño y señor. Dentro de tres o cuatro días vendrá de Madrid. Entre tanto, esta casa es bastante grande para que V. se hospede en ella.

El Sr. D. Gregorio Salinas aceptó la invitación, juzgándose muy honrado, y trasladó a un cuarto, que le prepararon en el caserón de doña Luz, la maleta que había dejado en la detestable posada del lugar.

Doña Luz, en tanto, aunque triste por la muerte de su madre y por la historia melancólica que había oído contar, cedía a la flaca condición humana, y se alegraba de verse tan rica. Y lo que más la complacía era pensar en todos aquellos millones como en un espléndido presente, poco menos que llovido del cielo, que ella iba a hacer a su D. Jaime, cual merecido premio del amor desinteresadísimo con que él le había dado su mano y su nombre.


-XX-

La carta misteriosa

La llegada de un forastero, con especialidad si el forastero gasta levita y colmena, esto es, sombrero de copa alta, es siempre un acontecimiento extraordinario en todo lugar de tierra adentro en Andalucía. La curiosidad se excita vivamente, y no hay nadie que no pregunte: «¿A qué habrá venido por aquí este señor?».

Esto preguntaban los villafrianos o villafriescos apenas vieron a D. Gregorio. Y la curiosidad se decupló, o poco menos, cuando se supo que el tal don Gregorio había ido a albergarse en casa de doña Luz.

A más de la curiosidad, siempre se despiertan en las poblaciones pequeñas otros sentimientos más nobles con la llegada de cualquier forastero: el de la sociabilidad y el de la cortesía.

Los señores del pueblo se apresuran a visitar al forastero y a ponerse a sus órdenes; y así lo hicieron con D. Gregorio los principales magnates o próceres de Villafría.

Claro está que la visita, aunque por cortesía se haga, no es menester que se encierre dentro de los límites de la mera cortesía. Lo cortés no quita lo valiente; y, por lo tanto, se dirigen al recién venido cuantas preguntas importan para indagar quién es, a qué viene y qué se propone.

En cambio, se suele informar al forastero, aunque nada pregunte, de cuanto ocurre en el lugar, exagerando por fachenda la riqueza y prosperidad de sus habitantes.

De esto último estaban muy curados y escarmentados en Villafría, porque hacía poco tiempo que habían recibido una durísima lección.

Vino al pueblo cierto forastero, que en el camino trabó conocimiento con el hijo de uno de los más pudientes hacendados, el cual también venía de viaje. Este señorito llevó al forastero de visita en casa de su padre, que era el que más escupía por el colmillo en Villafría en punto a hablar de onzas de oro, y a ponderar la abundancia y grandeza con que vivía. A las pocas preguntas del forastero, el hacendado le dijo todo lo rico que era, triplicando sus facultades. Tenía un alambique que andaba durante cuatro meses, y le dijo que tenía dos que andaban todo el año, y con frecuencia de día y de noche. Tenía un molino aceitero con una prensa hidráulica, y le aseguró que tenía tres con otras tantas prensas. Había cogido cinco mil arrobas de vino, y le dijo que había cogido doce mil. Había molido dos mil fanegas de aceituna, y le aseguró que eran seis mil y pico las que había molido. No queriendo quedarse muy atrás, los otros hacendados ponderaron también al forastero sus provechos, cosechas e industrias. El forastero se llegó a persuadir de que estaba en Jauja, y entonces descubrió que era un inspector del Gobierno, que venía a ver las ocultaciones de riqueza que había en los pueblos, sobre todo en lo tocante a subsidio industrial.

El pánico en Villafría fue espantoso. El comisionado dijo que se veía en la dura necesidad de poner en noticia de la superioridad los tesoros que allí se ocultaban; y aterrados los mayores contribuyentes, se reunieron al punto en las Casas Consistoriales, y, llamando al comisionado, le rogaron que no los perdiese; que eran pobrísimos, y mentira y vanidad las tres quintas partes de lo que habían confesado poseer. El comisionado contestó que tal vez habría alguna exageración jactanciosa, pero que, en verdad, eran más ricos e industriosos que lo que constaba de una manera oficial, y que él tenía que enterarse bien de todo para dar su informe, cumpliendo religiosamente con su deber. Los señores contribuyentes le suplicaron que no se metiese en tales barahúndas, que se iba a calentar demasiado la cabeza, y nadie se lo había de agradecer; y, al fin, para acabar de convencerle, echaron entre todos una manga y le dieron ocho mil realetes, como ayuda de costas y consuelo en los trabajos de su peregrinación, con lo cual se fue bendito de Dios con la música o dígase con la estadística a otra parte.

Desde que tuvo lugar esta ocurrencia, la gente de Villafría había depuesto la jactancia y se complacía en ser humilde. La franqueza y la sinceridad les parecían asimismo prendas muy necias y que nunca deben emplearse con los curiosos, comprendiendo toda la práctica sabiduría del proverbio que dice: A quien quiere saber, mentiras en él.

Procedía de aquí la prudente desconfianza y el hábil disimulo con que los villafriescos hablaban con todo forastero; mas esto no impedía que procurasen saber de él cuanto había que saber.

No fue necesario mucho ingenio para mover a don Gregorio a que dijese el objeto de su viaje. Ya no había en esto secreto alguno, y D. Gregorio lo dijo todo.

El pasmo y la estupefacción se extendieron al instante por todos los ámbitos de Villafría, con la nueva de que doña Luz era millonaria: heredera de una fortuna enorme.

Para D. Acisclo fue la sorpresa no inferior a la de todos su compatricios.

Nada distaba más de su mente que la herencia de doña Luz; pero D. Acisclo sabía y aguardaba la venida de D. Gregorio, aunque ignorando a qué venía.

Poco antes de morir el Marqués, teniendo aún a la cabecera de la cama al cura D. Miguel, con quien acababa de confesarse, había hecho venir a su presencia al bueno de don Acisclo; y a solas con él y con el cura, exigió de D. Acisclo, bajo juramento de guardar el más profundo secreto, que cumpliría a su tiempo una comisión que iba a darle.

Don Acisclo prometió y juró ser muy sigiloso, y el Marqués dijo al cura que abriese un cajón de su bufete, donde encontraría una carta cerrada y sellada, que decía en el sobrescrito: A mi hija Luz.

El cura encontró luego la carta, y entonces, exigiendo también del cura que no hablase de aquella carta con nadie, considerándola como secreto de confesión, el Marqués le recomendó que la custodiase y no la entregase sino a D. Acisclo, el cual no había de pedírsela hasta que viniese a Villafría un señor llamado D. Gregorio Salinas, o hasta que pasasen dos meses de la muerte de una señora que vivía en Madrid, llamada la Condesa de Fajalauza. Para esto, D. Acisclo debía tener con cautela y discreción a algún sujeto en Madrid encargado de avisarle cuando muriese la Condesa, y no bien cumplida cualquiera de las dos condiciones, D. Acisclo había de tomar la carta y llevársela a doña Luz. Caso del fallecimiento del cura, la carta debía pasar a poder de D. Acisclo, y caso de fallecer éste, él mismo debía designar a persona que le sustituyera en el encargo de entregar la carta misteriosa.

Don Acisclo tenía, aunque envuelta en el debido respeto, tan mala opinión del juicio de su pobre y arruinado amo, que, a pesar de toda la solemnidad de lo que le encargaba, no quiso darle importancia alguna, y lo que menos le pasó por la cabeza fue que aquella carta pudiese tener relación con algo que se pareciese a dinero. Don Acisclo dio por evidente que tal carta sería una nueva tontería del Marqués.

Sin embargo, según queda dicho ya varias veces, don Acisclo era un varón recto y temeroso de Dios; jamás faltaba a la probidad ni a la justicia, tratando de conciliarlas con su medro; y cumplía fielmente los encargos cuando el cumplirlos costaba poco o nada.

Así fue que guardó el secreto de la carta durante años y años, y tuvo siempre encomendado a un amigo de Madrid que le notificase la muerte de la Condesa.

Ya hacía más de dos semanas que D. Acisclo había recibido noticia de dicha muerte, y estaba aguardando el término de los dos meses o la venida de don Gregorio.

Esta, como hemos visto, ocurrió mucho antes de que dicho término se cumpliera.

Don Acisclo fue, pues, a pedir la carta al cura don Miguel, quien se la entregó sin dificultad, visto que las condiciones se habían cumplido.

Don Acisclo, sabedor ya de los muchos millones que heredaba doña Luz, y comprendiendo a las claras que la carta había de tener relación con los tales millones, lejos de despreciarla, la consideró como importantísima y trascendente, y se apresuró a llevarla a la persona a quien iba dirigida.

Mientras la carta permaneció cerrada en manos ya de D. Acisclo, y sin llegar a las de doña Luz, aunque transcurrió poquísimo tiempo, D. Acisclo le tuvo de sobra para cavilar y forjar una risueña hipótesis acerca de su contenido.

El Marqués, aunque al morir dejaba a su hija muy niña aún, no lo bastante para que no conociese su soberbia, y como también conocía que la dejaba pobrísima, había de haber presumido que su hija se quedaría soltera. ¿Cómo, pues, iba doña Luz a manejarse con tantos millones, sin tener a su lado a un hombre entendido y de toda confianza? ¿Y quién, en la mente del Marqués, podía ser este hombre sino el propio D. Acisclo, que con tanta habilidad y lealtad había administrado sus bienes? D. Acisclo tuvo, pues, por cierto que el contenido de la carta era recomendar a doña Luz con el mayor encarecimiento que hiciese de él su nuevo administrador.

Ya sabía D. Acisclo, por boca de D. Gregorio, que los millones de doña Luz estaban en fondos públicos extranjeros, y que ganaban a lo más un seis o un siete por ciento anual. Esto le tenía indignado. Como buen español y buen católico, se dolía de que explotasen aquel hermoso capital, pagando tan mezquinos réditos, gentes de extranjis, herejes o judíos de seguro. ¿Cuánto mejor empleado no estaría aquel dinero en España, y sobre todo en Villafría y los pueblos cercanos? Era indispensable traer a España aquel dinero. Don Acisclo, con arreglo a sus doctrinas de hacer ganar a su amo ganando él, trazaba ya el plan económico para el manejo de los millones. En vez del seis o del siete, haría ganar a doña Luz el nueve o el diez por ciento sobre el capital; tres por ciento de ventaja; pero, como él hallaría modo de colocar el dinero al doce y hasta al quince, sobre buenas hipotecas o con escritura de depósito o con otros medios conminatorios para la seguridad, por aquello de que el miedo guarda la viña, D. Acisclo se veía ya convertido en algo como director de un banco hipotecario, de un artilugio ingenioso, de una bomba absorbente, para quedarse con todas las tierras y ochavos de la provincia, haciendo ganar a doña Luz muchísimo más de lo que su capital antes ganaba.

Don Jaime era desprendido, se ocupaba en cosas de ambición y de política y no en negocios de dinero; el dinero le importaba poco, pues se había casado con doña Luz siendo ella pobre; y sin duda encontraría muy razonable que D. Acisclo administrase los millones e hiciese con ellos la felicidad de Villafría, fomentando su industria y su agricultura.

Revolviendo en su mente estos alegres pensamientos, llegó D. Acisclo a casa de doña Luz, entró en su cuarto y acertó a encontrarla sola como deseaba.

Después de felicitar a doña Luz porque Dios había mejorado sus horas de modo tan estupendo e imprevisto, refirió el encargo que tenía y las circunstancias y solemnidades que hubo cuando se le hicieron.

—Venga esa carta de mi padre—dijo doña Luz con visible emoción.

Don Acisclo entregó la carta.

Ella rompió el sello, la sacó del sobre, y sin decir una palabra más se puso a leer.

No iría mediada aún la lectura, cuando doña Luz, que comenzó a leer sentada, se puso de pie manifestando intranquilidad.

Don Acisclo, que lo observaba todo, receló algo malo al ver aquello, y dijo para sí:

«¡Diantre! Este marqués tenía el don de errar. ¿Si se habrá compuesto de suerte que todo lo de la herencia venga a deshacerse como la sal en el agua? ¿Si encargará a su hija que traspase los millones a otro sujeto?».

Mientras que D. Acisclo cavilaba, doña Luz, suspendida por un instante la lectura, cavilaba también.

Una sonrisa arqueó suavemente los labios de doña Luz. Era el resultado de sus cavilaciones. Don Acisclo lo tuvo por buen agüero.

Después doña Luz siguió leyendo la carta.

La sonrisa se fue acentuando cada vez más. Al cabo vino a convertirse en risa algo burlona.

«Es curioso—pensó don Acisclo—. ¿Con qué chistes se descolgará ahora su papá, a los doce o trece años de muerto, para que ella se ría tan fuera de sazón?».

En esto, doña Luz acabó de leer la carta. Volvió a cavilar en silencio, que D. Acisclo no se atrevió a interrumpir, y volvió a reírse un si es no es descompuestamente.

Como doña Luz era la compostura personificada, D. Acisclo se aturdió con tan insólita risa.

Hubo un instante en que cruzó por el pensamiento de D. Acisclo que doña Luz se reía sin duda de que su padre le recomendase que le tomara a él por administrador. Don Acisclo se enojó y se enfurruñó un poco.

Doña Luz, sin embargo, en vez de enmendarse, siguió riendo, y terminó por prorrumpir en sonoras carcajadas.

—¿Qué pasa? ¿Qué hay de tan gracioso para reír así?—dijo D. Acisclo.

Doña Luz no contestó, y rió con más violencia.

Su risa vino a tener muy alarmantes condiciones. Se conocía que era ya independiente de su voluntad: nerviosa, insana.

Ella se había guardado la carta en el seno.

Lo que pensaba, lo que infería de la carta era lo que la hacía reír.

Por último, D. Acisclo, viendo que la risa continuaba, empezó a asustarse.

El rostro de doña Luz se trastornó. Un paroxismo histérico bien marcado se apoderó de ella.

Los sollozos se mezclaron pronto con la risa, y por último, doña Luz cayó al suelo como desplomada, y allí se agitó en fuertes convulsiones.

Don Acisclo tocó entonces la campanilla, llamó a voces a la gente de casa, y acudieron D. Gregorio, Juana, Tomás y otros criados.

Todos se aterraron.

Las convulsiones seguían.

Juana mandó llamar al médico D. Anselmo.

Este, con los recursos de su arte, y obrando también la naturaleza, logró volver la calma a doña Luz, la cual quedó muy postrada.

Don Acisclo y todos los allí presentes se quedaron con el deseo de averiguar la causa moral, como sin duda la hubo, de aquel ataque repentino, tan ajeno a la robustez y condición sana de la marquesa de Villafría.

Doña Manolita vino a ver a la enferma, y doña Luz tampoco le confió nada.


Conclusión

Habían pasado cuatro meses desde que ocurrió el ya referido ataque.

En este tiempo habían sucedido cosas singularísimas, que nadie acertaba a explicar en Villafría.

Al día siguiente del ataque había llegado D. Jaime, a quien llamaremos el Marqués, pues ya lo era.

El Marqués aceptó y recogió la magnífica herencia de doña Luz.

Don Gregorio se volvió a Madrid en seguida.

Todo esto era naturalísimo. Lo que no lo era, porque venía a contrariar planes anteriores, conocidos ya de todos, era que el Marqués, en vez de llevarse a doña Luz a la corte, se volvió solo a los cuatro días de estar en el lugar, y se dejó en él a doña Luz, bastante delicada e indispuesta.

Los que vieron partir al Marqués aseguraban que llevaba el rostro muy fosco, y que parecía estar de un humor de todos los diablos.

Doña Luz, desde la partida del Marqués, había estado encerrada siempre. Ni para ir a misa salía a la calle. Estaba enferma o pretextaba estarlo.

Así se pasaron, según queda dicho, cuatro largos meses.

No había ya tertulia.

Doña Luz sólo recibía a D. Anselmo, a quien ni como a médico consultaba cosa alguna, y a doña Manolita, con quien esquivaba toda conversación sobre su marido, sobre su herencia y sobre la repentina enfermedad que ella había padecido.

La índole de doña Luz parecía muy cambiada.

Andaba siempre melancólica y taciturna.

Doña Manolita notaba, cuando iba a verla, que tenía los ojos fatigados y rojos de llorar. A veces, doña Luz no podía reprimir el llanto, y en presencia de doña Manolita lloraba.

Durante algún tiempo, la tristeza de doña Luz había sido sombría, reconcentrada y feroz. Su amiga íntima no se había atrevido a preguntarle la menor cosa ni a quejarse de su silencio.

En los días, no obstante, a que hemos traído nuestra narración, la tristeza de doña Luz se modificó visiblemente. Se hizo más tierna y más expansiva.

Doña Luz no se limitaba a recibir a su amiga cuando ésta iba a verla, sino que a menudo la mandaba llamar.

Lloraba, suspiraba más, pero estaba menos sombría. A veces cruzaba una dulce sonrisa por entre sus lágrimas, como rayo de sol entre nubes.

Una mañana, por último, doña Luz escribió a doña Manolita el siguiente billete:

«Querida amiga mía: No puedo callar más tiempo. Mi infortunio me ahoga, me mata, y quiero vivir. Soy muy desgraciada y hay una esperanza que me sonríe. Necesito conservar la vida. Temo que este oculto dolor me asesine. Es menester que te le confiese; que me desahogue contigo; que tu compasión y tu amistad me salven. Ven a verme al punto. Te quiere tu Luz».

No hay que decir que doña Manolita estuvo a los pocos minutos en el cuarto de doña Luz, la cual se echó en sus brazos, llorando con mucha ternura y besándola y llamándola su único consuelo.

—Todo lo vas a saber—le dijo—. Me moriría si no me consolase diciéndotelo. Tú eres buena y sigilosa. ¿Prometes callarte?

—Lo prometo—contestó la hija del médico.

—Ni a Pepe Güeto, ¿entiendes? Ni a Pepe Güeto dirás nada.

—No diré nada ni a Pepe Güeto.

—Pues bien—exclamó doña Luz en voz muy baja, pero con extraordinaria vehemencia—, la causa de mi mal es que he descubierto, a los quince días de casada, que el hombre que yo imaginé tan noble, tan generoso, tan enamorado de mí, tan digno en todos conceptos de que yo le amara, y a quien di mi corazón y mi mano, y a quien entregué mi ser y mi vida, es un miserable sin alma.

—¿Estás loca, Luz? ¿Qué motivos tienes para decir palabras tan espantosas?

—¿Qué motivos tengo? Mi padre, sin querer, me lo ha revelado todo en la carta que me entregó D. Acisclo. ¡Fue notable exceso de precaución!

Y doña Luz empezó a reír con la risa nerviosa que tuvo cuando el ataque.

—Vamos, cálmate, vida mía. Cálmate y habla con reposo—dijo doña Manolita.

Doña Luz logró tranquilizarse y continuó hablando:

—Por temor de que, en el caso de que la condesa de Fajalauza me dejase por heredera, D. Gregorio no cumpliese bien su comisión, mi padre, que toda su vida fue descuidadísimo, quiso en esta sola ocasión pecar de cuidadoso. Mi padre confió, quizá también por vanidad, toda la historia de sus amores a un antiguo amigo suyo, le entregó papeles que podían obligar y comprometer a D. Gregorio, si éste no se conducía bien como fideicomisario, y le encargó que lo callase y reservase todo como no fuera menester descubrirlo en su día. Para el caso de que muriese este amigo de mi padre antes de la muerte de la Condesa, tuvo autorización dicho amigo de confiar a su hijo el secreto y de transmitirle la comisión. Dicho amigo se llamaba D. Diego Pimentel. Su hijo es mi marido D. Jaime. Muchos años hacía que él sabía que yo podía ser poderosa, pero no le bastó conocer la posibilidad. Necesitó de la certidumbre para enamorarse de mí. Sin la certidumbre, jamás le hubiera yo dado flechazo. ¿Te acuerdas cuando tú me decías que le había yo dado flechazo? Ya sabes cuál fue la flecha de oro de que se valió amor para hacer tamaño prodigio. Don Jaime no tuvo necesidad de verme para sentirse atravesado de la flecha. Ya la traía en el corazón cuando vino de Madrid, con pretexto de visitar a sus electores. Ya sabía él la muerte del Conde y que la Condesa estaba moribunda. Mientras vivía el Conde, mientras la condesa pudo morir antes de que el Conde muriese, se guardó bien don Jaime de enamorarse de mí. Mira, pues, en lo que viene a parar todo el poema de amor que yo había compuesto. El amor desinteresadísimo que en don Jaime me enamoró, fue un cálculo seguro de alzarse sin trabajo con diez y siete millones. Don Jaime calculó bien, y no quiso aventurar nada. Me ha engañado vilmente, porque tampoco creyó tan precavido a mi padre para que me hubiese escrito la carta que me entregó D. Acisclo. Don Jaime presumía ¿qué digo presumía? juzgaba tener seguridad de que yo no sabría jamás que él estaba en el secreto de mi herencia. Ahora mi amor se ha convertido en odio y en desprecio. Y no le desprecio y le odio a él sólo, sino también al amor liviano que logró inspirarme. ¿Por qué me enamoré de él? ¿Por qué cedí tan pronto? Por vanidad de creerme amada; por ligereza; por deslumbrarme como una rústica lugareña de sus cortesanas elegancias. Apenas vale el amor que le tuve un quilate más que el amor que él fingía tenerme. No; no se fundó mi amor en la estimación de las prendas de su alma que yo desconocía, sino en vana soberbia satisfecha, y en ciegos instintos, en groseros estímulos acaso, al verle gallardo y bello de cuerpo. Me avergüenzo de haber sido suya, y de la inclinación que me llevó a ser suya. La estancia en que le recibí en mis brazos, después de las bendiciones nupciales, me causa ahora rubor, como al afrentado le causa rubor el sitio en que sufrió la afrenta. La explicación que tuve con él, cuando él volvió de Madrid y yo le rechacé al ir él a abrazarme, fue horrible... horrible.... Sus infames disculpas, sus burlas cínicas cuando le arranqué la máscara, el desdén con que me dijo que yo no sabía vivir y que me había forjado del mundo una idea fantástica, y la insolencia con que acabó por calificarme de loca y de insensata, me han afirmado en mi decidido propósito de una eterna separación. Al morir a manos del desengaño este amor efímero, al convertirse en hiel esta liviandad legalizada y consagrada que me echó en brazos de D. Jaime, ha revivido en mí otro amor espiritual y con objeto digno; otro amor, de que yo neciamente me sonrojaba; otro amor que he querido ahogar, que he querido ocultarme a mí propia, y que ahora reaparece inmaculado y puro, aunque sin esperanza en esta vida. Por esto he deseado la muerte. ¡Qué diferencia, Manuela! Aquél... ¿no lo sabes?... aquél murió de amor por mí. Para éste soy un juguete, medio de poseer una fortuna. Este no comprende siquiera el amor. Le escarnece. Me ha llamado necia y disparatada porque me pesaba de que no me amase de amor cuando se casó conmigo; porque le dije que ha profanado y envilecido mi amor haciéndomele sentir sin él sentirle. ¿Te parece todo esto pequeño motivo para mi desesperación?

Doña Manolita estaba atolondrada, llena de dolor al ver tan infeliz a su amiga, pero sin saber qué decirle.

Doña Manolita suspiraba, acariciaba a doña Luz, la miraba compasiva, la escuchaba muy atenta, y se callaba.

Por último, se le ocurrió decir:

—Pero ¿qué desesperación es la tuya? ¿No ponías en tu billete que deseabas la vida? ¿No me hablabas de una esperanza?

—Sí: la tengo—contestó doña Luz—. Por ella, sólo por ella no me he muerto.

Y asiendo doña Luz ambas manos de doña Manolita, las puso sobre su regazo, reteniéndolas allí por algunos instantes.

—¿Lo has sentido? ¿Lo has sentido?—exclamó entonces doña Luz—. Salta en mi seno. Vive en mis entrañas. Yo viviré por él y para él. No quiero creer que una material impresión haya dejado aquí la imagen del hombre que desprecio. Mi espíritu concibe este ser. Mi pensamiento y mi voluntad, durante largos meses, le han prestado y le prestarán forma, y le han dado y le darán alma semejante a la de aquel que me la dio toda. En los besos que estampé en su noble rostro, cuando moría, hubo más verdadero amor que en todos los abrazos que al otro prodigué alucinada.

De esta suerte, doña Luz hizo a su amiga sus más íntimas confidencias.

Hasta hoy, doña Luz cumple su propósito.

No ha vuelto, y bien se puede afirmar que no volverá nunca, a reunirse con D. Jaime.

Doña Luz sigue viviendo en Villafría, muy retirada de todo trato y conversación.

Mientras su marido brilla sobremanera en la corte, ella cuida de un hijo muy hermoso y muy inteligente que Dios le ha dado, y cuyo nombre de pila es Enrique.


FIN