ACTO IV
D. CÉSAR
Gabinete lujoso, de aspecto sombrío. Ornamentación y muebles usados y de antigua forma. Las paredes están cubiertas de tapices de terciopelo carmesí, desgastados por la acción del tiempo y formando cuadros cortados por franjas de oro que los separan en tiras verticales. En el fondo una puerta de dos hojas. Á la izquierda, en un bastidor, gran chimenea del tiempo de Felipe II con escudo de hierro forjado en el interior. De la parte opuesta, en otro bastidor, una puerta pequeña que da á una habitación oscura. Á la izquierda una sola ventana con barrotes, como los de una prisión. En las paredes algunos retratos antiguos y medio borrados. Un guardarropa con espejo de Venecia. Grandes butacas del tiempo de Felipe III. Un lujoso armario colocado junto á la pared. Una mesa cuadrada con recado de escribir. Un pequeño velador con pies dorados en un rincón. Es de día. Al levantarse el telón, Ruy Blas, vestido de negro, sin capa, sin el toisón y vivamente agitado, recorre á largos pasos la habitación. En el fondo, un paje permanece inmóvil, esperando sus órdenes.
ESCENA I
RUY BLAS, EL PAJE
Ruy Blas (hablando consigo mismo).—¿Qué hacer?... Ella es primero que todo; sólo en ella debo pensar. Aunque hubiese de perder la vida, aunque hubiera de dar mi alma al infierno, es preciso que yo la salve. Mas ¿de qué modo lo conseguiré?... Dar por ella mi sangre, mi corazón, mi vida, es cosa fácil; pero ¿cómo destruir la inicua trama? Hay que adivinar lo que ese hombre maquina, lo que se propone. Ese hombre surge de repente de entre las tinieblas y luego desaparece... ¿Qué hace en la oscuridad?... ¡Cuando reflexiono que, en el primer momento de sorpresa, le he rogado sólo por mí, me acuso de estúpido y de cobarde!... Está visto que ese hombre es un malvado, y me parece ahora imposible que yo haya tenido esperanza de que, al juzgarse dueño de la presa, se contentara con la mitad y dejase en paz á la reina por conmiseración á su criado... Sin embargo, ¡miserable de mí! es forzoso salvarla, ya que la he perdido, es indispensable á toda costa... si no, se acabó todo... ¡Y caer tan abajo después de subir á tanta altura!... ¿Acaso habré soñado?... ¡Oh! quiero salvarla... Quiero salvarla y todavía ignoro cómo y por dónde vendrá el traidor... Él es tan dueño de mi vida como de esta casa, de la cual conoce todos los secretos y tiene todas las llaves. Puede entrar y salir, penetrar alevosamente y pisotear mi corazón como este mismo suelo... Sí, yo soñaba... La fortuna improvisada había perturbado mi cabeza... Estoy loco, no puedo coordinar ni una sola idea... Mi razón, de la cual estaba tan orgulloso, no es más que un débil junco que se dobla al soplo del huracán... ¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué haré?... Ante todo es necesario impedir que salga de palacio... Ahí está el lazo sin duda alguna... Todo es oscuro en torno mío... Presiento la trama, pero no puedo verla... ¡Cuánto sufro!... Ya está dicho. Impediré que salga, la avisaré inmediatamente... ¿Y por quién, si no tengo ninguna persona de confianza?... (Reflexiona, dando muestras de abatimiento. De pronto, como herido por una súbita inspiración, que le infunde una esperanza, levanta la cabeza.) Sí, Guritán la ama... Es hombre leal... ¡Oh! sí, sí, eso es. (Llama con un signo al paje, y le dice en voz baja:) Véte inmediatamente á casa de don Guritán y preséntale mis excusas; dile luego que vaya sin perder momento á ver á la Reina y que en nombre suyo y mío la conjure á que, suceda lo que quiera, no salga de palacio en tres días; ¿lo oyes bien? que en tres días no salga... Corre... (Llamando de nuevo al paje.) ¡Ah! espera. (Saca de su cartera una hoja de papel y un lápiz.) Dile que entregue esto á la Reina y que esté alerta. (Escribe con rapidez sobre una rodilla.) «Dad crédito á don Guritán y haced lo que os aconseje.» (Dobla el papel y se lo entrega al paje.) Añade que, en cuanto á nuestro desafío, estaba yo en un error, que me pongo á sus órdenes, que me compadezca porque sufro mucho, y que públicamente le daré una satisfacción... Manifiéstale también que ella corre un gran peligro, que es preciso que no salga á lo menos en tres días, suceda lo que quiera. Hazlo todo puntualmente; sé discreto; no dejes traslucir nada...
El paje.—Confiad en mí; os quiero porque sois un buen amo.
Ruy Blas.—Pues corre, pajecillo, corre. ¿Estás ya enterado?
El paje.—Sí, quedad tranquilo.
(Sale.)
Ruy Blas (que al quedar solo cae desplomado en un sillón).—Voy tranquilizándome, y sin embargo, experimento aún síntomas de locura... Concibo confusamente multitud de ideas que muy luego se me olvidan... El medio de acudir á don Guritán es seguro... Pero yo ¿habré de esperar aquí á don Salustio?... ¿Y para qué?... No, no quiero esperarle; esto le inutilizará por todo un día... Voy á orar á cualquier iglesia... Necesito inspiración y Dios me la concederá. (Toma el sombrero y agita una campanilla colocada sobre la mesa. Aparecen en la puerta del fondo dos negros vestidos de terciopelo verde claro y brocado de oro.) Voy á salir. Dentro de poco vendrá un hombre que acaso penetre por una puerta reservada. Si veis que procede aquí como si fuera el amo, dejadle; y si viniesen otros... (Después de vacilar un momento.) ¡qué diablo! dejadlos entrar. (Despide con un ademán á los negros, que se inclinan en señal de obediencia y se van.) Vámonos.
(Sale.)
(En el momento de cerrarse la puerta se oye un gran estrépito en la chimenea, por la cual se ve caer á un hombre embozado en una capa hecha girones y que se precipita en la habitación. Es D. César.)
D. César.—Esta capa me parece más decente que la mía.
ESCENA II
D. CÉSAR
D. César (azorado, anhelante, despeinado, aturdido y con expresión alegre é inquieta al mismo tiempo).—Lo siento, pero soy yo. (Se levanta frotándose la pierna sobre la cual ha caído y adelántase por la habitación con el sombrero en la mano y haciendo saludos.) Dispensad, no me hagáis caso, ya me voy... Podéis seguir hablando... Continuad, por favor... No podéis figuraros cuánto siento haberos interrumpido... (Se detiene en medio de la habitación y se apercibe de que está solo.) ¡Nadie! Y sin embargo, hace un momento que, desde el tejado, creí haber oído rumor de voces... ¡Nadie! (Sentándose en una butaca.) ¡Perfectamente! Descansemos: ¡qué hermosa es la soledad!... ¡Uf!... ¡Cuántas peripecias!... ¡Estoy asombrado de mí mismo!... Y todas tan inesperadas como la lluvia que, al sacudirse, nos arroja un perro que se acaba de bañar. En primer lugar, los alguaciles que me cogieron entre sus garras; luego mi ridículo embarque; después los corsarios; aquella gran ciudad donde tanto me han maltratado; las tentaciones contra mi virtud por aquella mujer amarilla; mi salida de la prisión, mis viajes, y por último, mi regreso á España. ¡Vaya una novela! El mismo día de mi llegada vuelvo á ver á los malditos alguaciles; me persiguen encarnizadamente y huyo á la desesperada; salto un muro, diviso una casa escondida entre los árboles, corro á ella sin que nadie me vea, gano el tejado y me introduzco en el interior por una chimenea donde queda hecha trizas mi mejor capa... La verdad, el caballero Salustio es un bandido... (Mirándose en un pequeño espejo colocado sobre el guardarropa, que tiene cajones esculpidos.) Mi jubón me ha acompañado en todas mis desdichas y resiste valerosamente las injurias del tiempo. (Se quita la capa y se mira en el espejo el jubón de seda usado, roto y con remiendos; luego se lleva con rapidez la mano á la pierna, á la vez que fija la vista en la chimenea.) Pero mi pierna ha sufrido horriblemente con la caída. (Abre los cajones del guardarropa, y en uno de ellos encuentra una capa de terciopelo verde claro bordada de oro: la misma que D. Salustio dió á Ruy Blas. La examina y la compara con la suya.) Esta capa me parece más decente que la mía. (Se la pone y coloca en su lugar la suya después de haberla doblado cuidadosamente; luego, abollando de un puñetazo su sombrero, colócale encima de la capa vieja, vuelve á cerrar el cajón y se pasea con orgullo embozado, luciendo la capa nueva.) Sea como fuere, ya estoy de vuelta en España y todo va bien... ¡Ah, querido primo! ¿deseas que emigre á esos países de África, donde el hombre hace el papel de ratón del tigre? Pues bien, me vengaré de ti de un modo espantoso... en cuanto almuerce... Iré á tu casa con mi verdadero nombre, llevando tras de mí la innumerable caterva de mis acreedores, seguidos de sus hijos, y te entregaré á su voraz apetito. (Ve en un rincón un magnífico par de botinas con encañonados de encaje.—Arroja con viveza sus zapatos viejos y se pone aquellas.) Ahora veamos dónde me han traído mis desventuras. (Examina la habitación por todos lados.) Casa misteriosa y á propósito para tragedias. Puertas cerradas, ventanas con barrotes, un verdadero calabozo... En esta deliciosa mansión se ha de entrar por arriba, como el vino entra en las botellas... ¡El vino! ¡Qué bueno es el vino, cuando es bueno! (Se apercibe de la pequeña puerta de la derecha, la abre, entra precipitadamente en el gabinete con que comunica y vuelve á salir demostrando admiración.) ¡Maravilla de maravillas! ¡Un gabinete sin salida y donde todo está cerrado también! (Va á la puerta del fondo, la entreabre y mira hacia fuera; luego la vuelve á cerrar y se dirige al proscenio.) ¡Nadie!... ¿Dónde diablos me he metido?... El caso es que he conseguido huir de los alguaciles; lo demás importa poco. Y luego que no es cosa de asustarse ni de tomar un aire lúgubre, porque nunca haya visto una casa que esté así dispuesta. (Vuelve á sentarse en la butaca, bosteza y casi inmediatamente se levanta.) El caso es que me aburro sobremanera. (Distinguiendo un pequeño armario adosado á la pared, en el rincón de la izquierda.) Veamos, esto tiene aspecto de ser una biblioteca. (Se dirige al mueble y le abre, resultando ser un repostero bien provisto.) Justo y cabal. Una empanada, vino, una torta, seis botellas, correctamente alineadas... Me convenzo de que he calumniado á esta casa. (Examina las botellas una por una.) Esto es exquisito... ¡Oh respetable armario, yo te saludo! Veamos primero esto. (Llena el vaso y bebe de un trago todo el líquido.) ¡Es una obra admirable de ese famoso poeta que se llama el Sol! Jerez de los Caballeros no ha producido nada mejor. (Se sienta, llena otro vaso y bebe.) ¿Qué libro vale lo que esto? No hay nada que tenga más espíritu. (Bebe.) ¡Ah! ¡Cómo conforta! Ahora comamos. (Corta un pedazo de empanada.) Esos bribones de alguaciles han quedado vencidos... No darán con mi pista. (Come.) ¡Oh! Reina de las empanadas... Pero si viniese el dueño de la casa... (Se dirige al armario, saca otro vaso y un cubierto y los coloca sobre la mesa.) ¡Bah! Le convidaría... ¿Y si me hiciera arrojar de aquí?... Por si acaso comamos aprisa. (Come á dos carrillos.) Cuando haya concluído examinaré la casa. ¿Quién vivirá en ella? Tal vez sea un buen muchacho, y todo este misterio no sirva más que para ocultar una intriga amorosa. Después de todo, ¿qué mal causo yo aquí? Nada busco sino la hospitalidad de ese digno mortal y quiero pedirla á la manera antigua, abrazando el altar. (Se inclina y rodea la mesa con sus brazos. Luego bebe.) Reflexionemos: el hombre que tiene este vino, no puede ser un malvado; y además, si viene, le diré quién soy. ¡Ah, va á darse al diablo mi maldito primo!... ¡Cómo!... se dirá, ¿ese cualquiera, ese andrajoso, ese mendigo, ese bandido es don César de Bazán? Ni más ni menos, y primo de don Salustio por añadidura... ¡Oh, qué sorpresa y qué escándalo habrá en Madrid! ¿Cuándo ha venido? ¿Anoche? ¿Esta mañana? ¡Qué tumulto se formará al estallar la bomba, al volverse á oir mi olvidado é ilustre nombre! Pues sí, señores, es don César de Bazán: nadie pensaba en él, nadie hablaba de él, pero vivía, vive, no ha muerto... Los hombres dirán: ¡Diablo!... Y las mujeres: ¡Me alegro! Y á estas dulces exclamaciones, se mezclarán los ladridos de mis trescientos acreedores. ¡Qué hermoso papel voy á hacer!... ¡Lástima que no tenga dinero! (Se oye ruido en la puerta.) Alguien viene... Sin duda me arrojarán de aquí como un saltimbanqui... Sea lo que fuere... No hagas nada á medias, César.
(Se emboza hasta los ojos en la capa. Ábrese la puerta del fondo y aparece un lacayo con librea, llevando á la espalda voluminoso saco.)
ESCENA III
D. CÉSAR, UN LACAYO
D. César (mirando al lacayo de pies á cabeza).—¿Á quién venís á buscar? (Aparte.) En situaciones apuradas se necesita mucho aplomo.
El lacayo.—¿Don César de Bazán?
D. César (desembozándose).—Yo soy. (Aparte.) Esto es asombroso.
El lacayo.—¿Conque sois el señor don César de Bazán?
D. César.—Ya he dicho que sí. Yo soy César, el verdadero César, el único César, el conde de Garo...
El lacayo (colocando el saco en una butaca).—Dignaos ver si está justa la cuenta.
D. César (aturdido y aparte).—¡Dinero! Esto es inexplicable. (Alto.) Amigo mío...
El lacayo.—Dignaos contarlo. Aquí está la cantidad que me han mandado traeros.
D. César (con cómica gravedad).—Ya comprendo. (Aparte.) Lléveme el diablo si sé una palabra; pero no lo echemos á perder; el socorro no puede ser más oportuno (Alto.) ¿He de hacer recibo?
El lacayo.—No, señor.
D. César (señalando la mesa).—Coloca ahí ese dinero. (El lacayo obedece.) ¿De parte de quién viene?
El lacayo.—Vuecencia lo sabe perfectamente.
D. César.—¡Ya lo creo! Pero...
El lacayo.—Me olvidaba repetir lo que me han dicho: este dinero viene de parte de quien vos sabéis, para lo que sabéis perfectamente.
D. César (satisfecho de la explicación).—¡Ya!
El lacayo.—Ambos debemos ser muy reservados... ¡Chist!
D. César.—¡¡Chist!! Este dinero viene... ¡La frase es magnífica! Repítela.
El lacayo.—Este dinero...
D. César.—Todo es muy claro: viene de parte de quien yo sé...
El lacayo.—Para lo que vos sabéis. Debemos...
D. César.—Ambos...
El lacayo.—Ser muy reservados.
D. César.—Pues no puede ser más claro.
El lacayo.—Para vos. Yo obedezco y no sé nada.
D. César.—¡Bah!
El lacayo.—Pero vos sí.
D. César.—¡No faltaba más!
El lacayo.—Con eso basta.
D. César.—Lo sé todo... y me quedo con el dinero. La cosa es tan clara que...
El lacayo.—¡Chist!
D. César.—¡Chist!... Es verdad, ya iba á ser indiscreto.
El lacayo.—Contad, señor.
D. César.—¿Por quién me tomas? (Admirando el volumen del saco.) ¡Qué hermosa pieza!
El lacayo (insistiendo).—Pero...
D. César.—Me inspiras confianza.
El lacayo.—Gracias. La cuenta está justa y en saquillos de oro y plata.
(D. César abre el saco y extrae muchos saquillos de oro y plata que vacía sobre la mesa; luego coge á puñados las monedas y se llena los bolsillos.)
D. César (interrumpiendo majestuosamente la operación).—He aquí que mi extravagante novela termina con felicidad en... ¡un millón! (Vuelve á llenarse los bolsillos.) ¡Oh! ¡Delicia! ¡Parezco un galeón!
(Cuando ha llenado un bolsillo, procede á igual operación en otro. Búscase bolsillos por todas partes y parece haber olvidado al lacayo.)
El lacayo (que le mira con impasibilidad).—Ahora espero vuestras órdenes.
D. César (volviéndose hacia él).—¿Para qué?
El lacayo.—Para ejecutar inmediatamente lo que yo no sé, pero vos sí. Parece que hay comprometidos grandes intereses...
D. César (interrumpiéndole con aire de inteligencia).—Sí, ¡públicos y privados!
El lacayo.—Y quieren que en seguida haga lo que me ordenéis. Repito lo que me han dicho.
D. César (dándole un amistoso golpe en la espalda).—Y yo te alabo, fiel servidor.
El lacayo.—Para que no haya retraso alguno, mi amo me ha encargado que me ponga á vuestras órdenes.
D. César.—Eso es hacer bien las cosas. Complazcamos á tu amo. (Aparte.) Que me cuelguen si sé qué decir. (Alto.) Acércate inmediatamente. (Llena de vino el otro vaso.) ¡Bebe!
El lacayo.—¡Cómo! Señor...
D. César.—¡Bebe! (Obedece el lacayo, y D. César vuelve á llenar el vaso.) ¡Es vino de Oropesa! (Hace sentar al lacayo, le obliga á beber otra vez y de nuevo le llena el vaso.) Ahora hablemos. (Aparte.) Ya está medio alumbrado. (Alto y estirándose en la silla que ocupa.) El hombre, amigo mío, no es más que humo, humo negro, producto del fuego de sus pasiones. Toma. (Le escancia nuevamente.) Esto que te digo no puede ser más tonto. Y además, el humo de una chimenea ya es otra cosa: se dirige al cielo azul y sube alegremente mientras nosotros bajamos. (Se frota la pierna.) El hombre no es más que vil materia. (Llena los dos vasos.) Bebamos. Todos tus doblones no valen lo que la alegría de cualquier borracho. (Aproximándose al lacayo y con aire misterioso.) Seamos prudentes: no es cuestión de cargar más de lo que se puede sostener: el edificio levantado sin cimientos, se derrumba en seguida... Mira, abróchame el cuello de la capa.
El Lacayo (con orgullo).—Yo no soy ayuda de cámara.
(Antes que D. César pueda impedírselo, toca la campanilla que está colocada encima de la mesa.)
D. César (aparte y aterrado).—Ha llamado; sin duda vendrá el amo en persona y estoy perdido.
(Entra uno de los negros. D. César, presa de la más viva ansiedad, se dirige al lado opuesto de aquel en que está el negro, como no sabiendo qué hacer.)
El Lacayo (al negro).—Abrocha al señor.
(El negro se aproxima gravemente á D. César que le mira estupefacto, le abrocha el cuello de la capa, saluda y sale.)
D. César (levantándose: aparte).—Estoy en casa de Belcebú, no hay duda. (Pasa al proscenio y se pasea á largos pasos.) En fin, dejemos rodar la bola y aprovechémonos de la ocasión. Voy á dar aire al dinero; ya que le poseo, ¿qué puedo hacer de él? (Se vuelve al lacayo que sigue sentado junto á la mesa, bebiendo y que comienza á tambalearse en su silla.) Escucha. (Aparte.) Veamos: con este dinero podría pagar á mis acreedores... ¡Ca! no... Siquiera les daré alguna cantidad á cuenta... ¿Pero por qué les he de proporcionar esa satisfacción? ¿Cómo diablos se me ocurren semejantes ideas? Está visto que nada pervierte al hombre como el dinero. Aun cuando se descienda de Aníbal, el oro le hace á uno tener sentimientos de menestral. ¿Qué se diría de mí al saber que había pagado mis deudas?... ¡Ah!
El Lacayo (bebiendo).—¿Qué queréis?
D. César.—Déjame, estoy meditando. Mientras tanto, bebe. (El Lacayo obedece. D. César sigue meditando y de pronto se da un golpe en la frente como si le hubiese acometido alguna idea súbita.) Sí, eso es. (Al lacayo.) Levántate en seguida y oye lo que tienes que hacer. Ante todo llénate de oro los bolsillos. (El lacayo se levanta tambaleándose y obedece. D. César le ayuda y continúa hablando.) Vé al extremo de la plaza Mayor y entra en el número nueve; es una casa pequeña, pero que sería de hermoso aspecto si uno de los cristales no estuviese roto y tapada la rotura con un pedazo de papel.
El lacayo.—Entiendo.
D. César.—Me alegro... ¡Ah! te advierto que la escalera es estrecha y puede uno romperse el alma al subir. Ten cuidado.
El lacayo.—Bien.
D. César.—En el último piso vive una hermosa á quien reconocerás fácilmente: es baja, rubia, su cabello rizado circunda con profusión su cabeza... una mujer encantadora, en una palabra... Se llama Lucinda; sé con ella muy atento, porque es mi amante, y entrégala de mi parte cien ducados. En un tabuco de al lado hallarás un prójimo que tiene la nariz como un pimiento por el abuso del vino, y que lleva puesto siempre un grasiento sombrero de fieltro con la pluma muy lacia. Á ese le darás seis piastras... Luego, algo más lejos, en la esquina de la calle, encontrarás una taberna, y en ella, bebiendo y fumando, un hombre de aire pacífico y de elegante aspecto, que bebe y fuma pero que no jura nunca, y á quien acompaña un íntimo amigo mío, llamado Tormentas... Dales treinta escudos, y diles por toda explicación que se los beban juntos, y que no les faltarán otros cuando esos se acaben... ¡Ah! y no te admires si ves que abren mucho los ojos...
El lacayo.—¿Qué más?
D. César.—Guárdate el resto. Y luego...
El lacayo.—Decid.
D. César.—Te vas á divertir. Gastas y triunfas y haces lo que quieras, con tal que no vuelvas á tu casa hasta mañana por la noche.
El lacayo.—Seréis obedecido, príncipe.
(Se dirige hacia la puerta tambaleándose.)
D. César (aparte, mirándole).—Está completamente borracho. (Le llama y el lacayo vuelve.) ¡Ah! Se me olvidaba. Cuando salgas, seguramente te seguirán los desocupados. Haz honor con tu conducta á lo que has bebido. Pórtate con nobleza. Si de tus bolsillos caen algunos escudos, déjalos; y si algunos menesterosos ó necesitados los recogen, déjalos hacer.—No te incomodes tampoco si alguien busca más dinero en tus bolsillos; sé indulgente; piensa que todos somos hombres y que en este valle de lágrimas se ha de conceder de vez en cuando algunas alegrías á las criaturas. (Con melancolía.) Los que tal hagan, serán ahorcados un día ú otro... Justo es guardarles toda clase de consideraciones... Puedes irte. (El lacayo sale. D. César, al quedar solo, se sienta, apoya los codos sobre la mesa y medita.) Un hombre cuerdo y cristiano, cuando posee dinero, debe hacer buen uso de él... Tengo para vivir por lo menos ocho días y los viviré... Si me quedase algo, lo emplearía en fundaciones piadosas. Pero no me atrevo á confiar mucho en ello, porque sin duda me quedaré sin nada muy pronto. Esto debe ser una equivocación. Ese torpe habrá dado mal el recado ó yo he pronunciado mal mi nombre...
(Se abre la puerta del fondo y entra una dueña vieja, con el pelo canoso, basquiña y mantilla negras y abanico.)
ESCENA IV
D. CÉSAR, UNA DUEÑA
La dueña (en el dintel de la puerta).—¿Don César de Bazán?
(D. César, que estaba pensativo, levanta bruscamente la cabeza.)
D. César.—¿Otro más? (Aparte.) Es una mujer. (Mientras que la dueña, sin moverse del fondo, hace una profunda reverencia, él se adelanta estupefacto hacia el proscenio.) ¡Preciso es que el diablo ó Salustio anden mezclados en todo esto! Apostaría á que voy á ver á mi primo. ¡Una dueña! (Alto.) Yo soy don César. ¿Qué queréis? (Aparte.) Por lo general una vieja anuncia una joven.
La dueña (haciendo otra reverencia y la señal de la cruz).—Señor mío, os saludo hoy, día de ayuno, en el nombre del Dios hijo, todopoderoso y su excelso Padre.
D. César (aparte).—Ya se sabe: á principio devoto, amoroso final. (Alto.) Amén. Buenos días.
La dueña.—Dios os tenga en su santa guarda. (Con misterio.) ¿Habéis dado á quien me envía á vos una cita reservada para esta noche?
D. César.—Soy capaz de eso y de mucho más.
La dueña (sacando de su guarda-infante una esquela cerrada que presenta á D. César, pero sin entregársela).—Entonces, señor discreto, vos sois quien habéis dirigido esta carta á alguien que os ama y á quien conocéis perfectamente.
D. César.—Sin duda debo ser yo.
La dueña.—Está bien. La dama, casada probablemente con algún viejo celoso, tiene que guardar ciertos miramientos, pues ha encargado que me enterase bien antes de... Yo no la conozco, pero vos sí... La criada me ha dicho lo que había de hacer... y por consiguiente no es preciso saber los nombres...
D. César.—Excepto el mío, según parece.
La dueña.—¡Oh! La cosa es clara. Una dama recibe una cita de su amante, pero teme caer en algún lazo, y como las precauciones nunca están de más... En suma, me envían aquí para recibir de vuestra boca la confirmación.
D. César (aparte).—¡Oh, qué vieja más cargante! ¡Cuánta broza rodea á ese dulce billete!... (Alto.) Ya te he dicho que yo soy don César.
La dueña (colocando sobre la mesa un billete cerrado que D. César mira con curiosidad).—Entonces debéis escribir al dorso de esta carta una sola palabra: Venid, pero no de vuestra mano, pues eso sería comprometido.
D. César.—Es claro, si fuese de mi mano... (Aparte.) He aquí un encargo bien dado.
(Extiende la mano para apoderarse de la carta, pero la dueña se lo impide.)
La dueña.—No la abráis; sin duda debéis reconocer el pliego.
D. César.—Sí que lo conozco. (Aparte.) ¡Y yo que ardía en deseos de saber lo que dice!... En fin sigamos la comedia. (Toca la campanilla y entra uno de los negros.) ¿Sabes escribir? (El negro mueve la cabeza afirmativamente. D. César se admira y dice aparte:) ¡Habla por señas! (Alto.) ¿Eres mudo? (El negro hace otra señal afirmativa que asombra nuevamente á D. César. Aparte:) ¡Muy bien! Ya tengo que habérmelas con un mudo. (Señala al negro la carta que la dueña tiene sujeta sobre la mesa.) Escribe ahí: Venid. (El mudo escribe. D. César hace señas al negro para que se vaya y á la dueña para que recoja la carta. Sale el mudo. Aparte:) No se puede negar que es obediente.
La dueña (comenzando á guardar el billete y acercándose á D. César).—Esta noche la veréis... Debe ser muy hermosa.
D. César.—Encantadora.
La dueña.—Yo sólo puedo decir que la criada es lindísima. Cuando me llamó aparte en medio del sermón quedé admirada: tiene un perfil de ángel y unos ojos de demonio... Y además parece muy experta en asuntos amorosos.
D. César (aparte).—Pues me contentaría con la criada.
La dueña.—Esto es ya para formar juicio, pues siempre lo bello aborrece lo feo, y por la esclava se puede conocer lo que será la sultana, así como por el criado lo que es el amo. Seguramente la mujer que esperáis es hermosísima.
D. César.—Estoy orgulloso de ello.
La dueña (haciendo una reverencia y en ademán de retirarse).—Bésoos la mano.
D. César (dándole un puñado de monedas).—Y yo te lleno la pata. Toma, estantigua.
La dueña (guardándose el dinero).—¡Qué alegre es la juventud del día!
D. César (despidiéndola).—Véte.
La dueña (repitiendo las reverencias).—Si me necesitáis alguna vez, me llamo la señora Oliva, y en el convento de San Isidro... (Sale, y vuelve á abrir la puerta.) Estoy siempre sentada á la derecha, entrando en la iglesia, junto al tercer pilar. (D. César se vuelve hacia ella con impaciencia. Ciérrase la puerta, se vuelve á abrir y reaparece la dueña.) ¡Vais á verla esta noche!... Acordaos de mí en vuestras oraciones.
D. César (despidiéndola colérico).—¡Véte! (La dueña se va y la puerta vuelve á cerrarse.—Solo:) Ya estoy resuelto á no admirarme de nada. Sin duda vivo en la Luna. Y lo cierto es que no puedo quejarme de mi suerte: después de haber satisfecho el hambre, voy á contentar mi corazón... Todo esto es muy hermoso. Ya veremos el final.
(Vuelve á abrirse la puerta del fondo y aparece D. Guritán con dos largas espadas desnudas debajo del brazo.)
ESCENA V
D. CÉSAR, D. GURITÁN
D. Guritán (desde el fondo del teatro).—¡Don César de Bazán!
D. César (se vuelve y ve á D. Guritán con las dos espadas).—¡Al fin; qué suerte! ¡Buena es la aventura y ahora se completa! ¡Comida excelente, dinero, una cita de amor y un desafío! Vuelvo á ser don César. (Acércase alegremente á D. Guritán, haciendo muchos saludos, y fija en él una mirada inquieta, adelantándose con lento paso hasta el proscenio.) Aquí es, caballero; podéis entrar y tomar asiento, cual si estuviérais en vuestra casa. Me alegro mucho veros. Hablemos un rato. ¿Qué se dice en Madrid? ¡Oh! es una residencia deliciosa. Yo no sé lo que allí pasa; pero imagínome que se admira siempre á Matalobos y á Lindamira. En cuanto á mí, temería más que al ladrón de dinero á la que roba los corazones. ¡Oh! las mujeres son endiabladas; pero yo me vuelvo loco por ellas. ¡Vamos, decidme algo!, porque yo soy un ente inverosímil, absurdo, un muerto que resucita, un hidalgo que llega de los más extravagantes países.
D. Guritán.—Pues yo llego desde más lejos, amigo mío.
D. César (con expresión alegre).—¿De qué ilustre playa?
D. Guritán.—De allá del Norte.
D. César.—Y yo del Sur.
D. Guritán.—¡Estoy furioso!
D. César.—Y yo rabio.
D. Guritán.—¡He andado seiscientas leguas!
D. César.—¡Y yo dos mil! He visto mujeres amarillas, azules, negras y verdes; he visto tierras bendecidas del cielo; Argel, la ciudad feliz, y la agradable Túnez. ¡Oh! allí hay muchos turcos, de extraños modales, y muchas personas colgadas de las puertas.
D. Guritán.—¡Á mí me han burlado, caballero!
D. César.—¡Á mí me han vendido!
D. Guritán.—Á mí me desterraron casi.
D. César.—Y á mí por poco me ahorcan.
D. Guritán.—Me envían á Neuburgo artificiosamente, para llevar una caja con cuatro palabras escritas, que decían: «Detened el más largo tiempo que sea posible á ese viejo loco.»
D. César (soltando la carcajada).—¡Muy bien! ¿Y quién ha hecho eso?
D. Guritán.—¡He de retorcer el cuello á don César de Bazán!
D. César (gravemente).—¡Ah!
D. Guritán.—Para colmo de audacia me envía un lacayo en su lugar para excusarle, según dijo; pero no he querido verle. Muy por el contrario, he dado orden de encerrarle, y ahora vengo en busca del amo, ese César de Bazán, ese traidor. ¡Quiero matarle! ¡Vamos! ¿dónde está?
D. César (siempre con gravedad).—Pues yo soy.
D. Guritán.—¡Vos! Sin duda os burláis...
D. César.—¡Yo soy don César!
D. Guritán.—¡Cómo!
D. César.—Lo dicho.
D. Guritán.—Señor mío, renunciad á ese papel, porque me enojáis mucho.
D. César.—Y vos me estáis divirtiendo, porque parecéis un celoso. Os compadezco mucho, amigo mío, pues el mal que nos viene de nuestros vicios es peor que el que los demás nos hacen. Os digo con franqueza que más vale ser cornudo que celoso, y más bien pobre que avaro. Vos sois una cosa y otra. Debo advertiros que aún espero esta noche á vuestra esposa.
D. Guritán.—¡Á mi esposa!
D. César.—Sí, á ella misma.
D. Guritán.—¡Pero si yo no soy casado!
D. César.—Pues ¿por qué tenéis, desde hace un cuarto de hora, el aspecto de un marido que rabia, ó de un tigre que llora? Como os creía casado, os daba buenos consejos; pero si no lo sois, decid por qué os hacéis tan ridículo.
D. Guritán.—¿Sabéis que me estáis exasperando?
D. César.—¡Bah!
D. Guritán.—¿Y que esto es ya demasiado?
D. César.—¿De veras?
D. Guritán.—Me las vais á pagar...
D. César (examinando con aire burlón los zapatos de D. Guritán, ocultos por una ola de cintajos, según la nueva moda).—En otro tiempo usábanse las cintas para adornar la cabeza; pero hoy, según veo, han bajado hasta las botas. ¡Habrá que peinarse los pies! ¡Magnífico!
D. Guritán.—¡Vamos á batirnos!
D. César (impasible).—¿Lo queréis así?
D. Guritán.—Si no sois don César, comenzaré por vos.
D. César.—Bueno; tened cuidado de no terminar por mí.
D. Guritán (presentándole una de las dos espadas).—¡Será en el acto!
D. César (tomando la espada).—Vamos allá; cuando se me presenta un buen desafío no lo dejo escapar.
D. Guritán.—¡Oh!
D. César.—Detrás del muro hay un callejón desierto.
D. Guritán (probando la punta de la espada en el suelo).—Como á César de Bazán os mataré.
D. César.—¿Lo creéis así?
D. Guritán.—Es posible.
D. César (doblando también la punta de la espada).—¡Bah! muerto uno de los dos, os desafío á que matéis á don César.
D. Guritán.—¡Salgamos!
(Salen, y se oye el ruido de sus pasos que se alejan. Por una puertecilla oculta, practicada en el muro, se ve salir á D. Salustio.)
ESCENA VI
D. SALUSTIO
D. Salustio (con traje verde oscuro, casi negro).—¡Ningún preparativo! (Reparando en la mesa cubierta de manjares.) ¿Qué quiere decir esto? (Escuchando el ruido de los pasos de D. César y de D. Guritán.) ¿Qué rumor es ese? (Se pasea meditabundo.) Gudiel vió salir esta mañana al paje y le siguió... iba á casa de Guritán... y no veo á Ruy Blas... ¡Condenación! aquí hay alguna contramina. Tal vez Guritán se haya encargado de algún mensaje para ella... Nada se puede averiguar por los mudos. No había previsto este caso.
(Entra D. César con la espada desnuda en la mano y déjala en un sillón.)
ESCENA VII
D. SALUSTIO, D. CÉSAR
D. César (desde el umbral de la puerta).—¡Ah! seguro estaba de que andaríais mezclado en el asunto.
D. Salustio (volviéndose estupefacto).—¡Don César!
D. César (cruzándose de brazos y soltando una carcajada).—Sin duda estáis urdiendo alguna trama espantosa; pero yo lo desarreglo todo. ¿No es cierto? Paréceme que vengo á caer de golpe en medio de la masa.
D. Salustio (aparte).—¡Todo se ha perdido!
D. César (riendo).—Desde esta mañana he andado entre vuestras telas de araña, revolviéndome en ellas; y así es que ninguno de vuestros proyectos dará el resultado apetecido. Todos vuestros planes caerán por tierra. Verdaderamente me regocijo mucho de ello.
D. Salustio (aparte).—¡Demonio! ¿Qué habrá hecho?
D. César (riendo cada vez con más fuerza).—Aquel hombre del saco de dinero... que venía para el negocio... para aquello que sabéis...
(Se ríe.)
D. Salustio.—¿Y bien, qué?
D. César.—Lo he embriagado.
D. Salustio.—Pero ¿y el dinero que llevaba?
D. César (majestuosamente).—He hecho varios regalos á ciertas personas. ¡Pardiez, siempre se tienen amigos!
D. Salustio.—De mí sospechas injustamente... Yo...
D. César (haciendo sonar sus gregüescos).—Por lo pronto he llenado mis bolsillos, como podréis comprender. (Vuelve á reirse.) Ya sabéis... aquella dama...
D. Salustio.—¡Oh!
D. César (observando su inquietud).—Aquella conocida vuestra... (D. Salustio escucha con la mayor ansiedad; D. César prosigue riendo.) Que me envía una dueña vieja y espantosa, con más barbas que un ermitaño...
D. Salustio.—¿Para qué?
D. César.—Para preguntarme, con prudencia y sin ruido, si es don César quien la espera esta noche...
D. Salustio (aparte).—¡Cielos! (En voz alta.) ¿Qué has contestado?
D. César.—He dicho que sí; que la esperaba.
D. Salustio (aparte).—¡Tal vez no se haya perdido todo!
D. César.—En fin, vuestro matón, llamado Guritán, según me dijo en el terreno... (Movimiento de D. Salustio.) y que esta mañana no quiso recibir un lacayo de don César, portador de un mensaje, viniendo después á pedirme no sé qué satisfacción...
D. Salustio.—¿Y bien? ¿qué has hecho?
D. César.—He dado muerte á ese pajarraco.
D. Salustio.—¿De veras?
D. César.—Temo que sí.
D. Salustio (aparte).—¡Respiro! ¡Bondad divina, nada se ha perdido! Sin embargo, convendrá desembarazarme por el pronto de este rudo auxiliar. En cuanto al dinero, importa poco. (En voz alta.) El lance es singular. ¿Y no habéis visto á otras personas?
D. César.—No; pero las veré. Por lo pronto quiero publicar mi nombre en todas partes, y voy á dar un escándalo terrible. No tengáis cuidado.
D. Salustio (aparte).—¡Diablo! (Aproximándose vivamente á D. César.) Guárdate el dinero, pero véte.
D. César.—¡Ya! ¡Daríais orden de que me siguieran! Harto sé vuestra manera de proceder; y muy pronto volvería á ver las azules aguas del Mediterráneo. ¡Nada de eso!
D. Salustio.—Créeme.
D. César.—No. Sospecho que en este palacio-prisión alguno será víctima de vuestros manejos. Toda intriga cortesana es una escalera doble; por una parte el paciente, con los brazos ligados y la mirada triste; y por otra, el verdugo. Vos sois el ejecutor, y necesariamente...
D. Salustio.—¡Oh!
D. César.—Pero yo llego á tiempo, tiro de la escalera, y cataplum.
D. Salustio.—Te juro...
D. César.—Quiero desbaratarlo todo, y para ello debo quedarme hasta el fin de la intriga. Sé que sois muy astuto, primo mío, y que no os costaría mucho matar dos pájaros de una pedrada. Yo sería uno de ellos, y por lo mismo me quedo.
D. Salustio.—Escucha...
D. César.—¡No me vengáis con retóricas! ¡Ah! ¡Conque hacéis que me vendan á los piratas de África, y entre tanto fabricáis aquí un falso César, comprometiendo mi nombre!
D. Salustio.—¡Casualidad!
D. César.—¿Casualidad? Manjar es ese que los bribones dan á los tontos. Mucho sentiré que vuestros planes se desbaraten; mas pretendo salvar á los que aquí perdéis. Voy á publicar mi nombre desde los tejados á voz en cuello. (Se sube en el poyo de la ventana y mira por fuera.) ¡Esperad! Precisamente pasan unos alguaciles por aquí. (Pasa el brazo á través de los barrotes y agítale gritando): ¡Hola! venid aquí.
D. Salustio (asustado, en el proscenio: aparte).—¡Todo se ha perdido si le reconocen!
(Entran los alguaciles precedidos de un alcalde. D. Salustio parece presa de una viva ansiedad. D. César se dirige al alcalde con aire de triunfo.)
ESCENA VIII
Los mismos, ALCALDE, ALGUACILES
D. César (al alcalde).—Consignaréis en vuestro informe...
D. Salustio (señalando á D. César).—Que ese es el famoso ladrón Matalobos.
D. César (estupefacto).—¡Cómo!
D. Salustio (aparte).—Todo se salva si puedo ganar veinticuatro horas. (Al alcalde.) Ese hombre ha osado penetrar en estas habitaciones en pleno día. ¡Prended al ladrón!
(Los alguaciles cogen á D. César por el cuello.)
D. César (furioso, á D. Salustio).—¡Mentís como un bellaco!
El alcalde.—¿Quién nos llamaba?
D. Salustio.—Yo.
D. César.—¡Esto es demasiado!
El alcalde.—¡Vamos, callad!
D. César.—¡Yo soy don César de Bazán!
D. Salustio.—¿Don César? Mirad su capa, si os place, y hallaréis el nombre de Salustio en el cuello; esa capa es la que me acaba de robar.
(Los alguaciles se apoderan de la capa, el alcalde la examina.)
El alcalde.—Es verdad.
D. Salustio.—Y el jubón que lleva...