ACTO II
La plaza de Grève. La picota y en ella Cuasimodo. El pueblo llena la plaza.
ESCENA I
Coro.—¿Conque robaba á una joven?
—¡Es posible!
—Mirad cómo le zurran en este momento.
—¿Oís, comadre? Cuasimodo se ha atrevido á cazar en las tierras de Cupido.
Una mujer del pueblo.—Pasará por mi calle cuando vuelva de la picota... Pero silencio, el pregonero va á hablar.
Pregonero.—De orden del rey, que Dios guarde, el hombre á quien estáis viendo, permanecerá durante una hora en la picota, debidamente custodiado.
Coro.—¡Muera, muera el jorobado, el sordo, el tuerto! ¡Muera ese Barrabás! ¡Parece que se atreve á mirarnos! ¡Muera el hechicero! ¡Gesticula y se agita! ¡Él es quien hace ladrar á los perros por la calle!
—Castigad severamente á ese bandido.
—¡Que se le dé doble número de azotes!
Cuasimodo.—¡Por piedad! ¡Dadme agua!
Coro.—¡Que le cuelguen!
Cuasimodo.—Tengo sed.
Coro.—¡Maldito seas!
(Esmeralda, que desde hace algunos momentos se ha mezclado en la multitud, observa con sorpresa y luego con piedad á Cuasimodo. De súbito, entre la gritería del pueblo, sube á la picota, saca de su cinturón una botellita y da de beber al jorobado.)
Coro.—¿Qué haces, hermosa niña? Deja á Cuasimodo. Cuando Belcebú se abrasa, no le debes dar agua.
(La Esmeralda baja de la picota y los arqueros desatan y se llevan á Cuasimodo.)
Coro.—Había querido secuestrar una joven.
—¿Quién, ese espantajo?
—Eso es horrible, infame.
—Eso es muy grave.
—¿Oís, comadres? Cuasimodo se ha atrevido á cazar en las tierras de Cupido.
ESCENA II
Sala lujosamente amueblada, donde se están haciendo los preparativos para una fiesta
FEBO, FLOR DE LIS, LA SEÑORA ELOÍSA DE GONDELAURIER
La señora Eloísa.—Febo, futuro yerno mío, á quien tanto quiero, mandad y dirigid aquí ahora, como antes lo he hecho yo, procurando que esta noche se divierta todo el mundo. Y tú, hija mía, prepárate. Ya que serás la más hermosa de todas, debes ser también la más alegre.
(Se va hacia el fondo y da varias órdenes á los criados que están haciendo los preparativos.)
Flor de Lis (á Febo).—Desde la semana pasada apenas os he visto dos veces, y sólo, gracias á esta fiesta, volvéis aquí. Esto es poco lisonjero.
Febo.—¡Por Dios! No me riñáis.
Flor de Lis.—Si veo que me vais olvidando...
Febo.—Os juro...
Flor de Lis.—Nada de jurar. Cuando se jura es porque se miente.
Febo.—¡Olvidaros! ¡Qué locura! ¿Acaso no sois vos la más hermosa de las mujeres y yo el hombre más amante de la belleza? (Aparte.) ¡Qué irritada está hoy mi novia! Sin duda sospecha algo. ¡Ah! nada hay más fastidioso que los celos. Las mujeres deberían saber que los amantes á quienes se hostiga, se largan con viento fresco. Es más fácil atraer al hombre con la risa que con las lágrimas.
Flor de Lis (aparte).—¡Hacer traición á su prometida! ¡Á mí, que no pienso más que en él! ¡Ay! ¡cuánto sufro con sus ausencias y cuánto padezco también al mirarle! Cuando le veo, menosprecia mi gozo; cuando no viene, desdeña mis lágrimas. (Á Febo.) Febo, ¿qué habéis hecho de la banda que os bordé? ¿Cómo no la lleváis?
Febo.—¿La banda?... No sé... (Aparte.) ¡Dios santo! ¡Qué compromiso!
Flor de Lis.—Sin duda la habréis olvidado. (Aparte.) ¿Quién será su dueña ahora? ¿Por quién me olvida?
Eloísa (dirigiéndose hacia ellos y en tono conciliador).—¡Vaya, vaya! Ante todo casaos; luego tendréis tiempo de reñir.
Febo (á Flor de Lis).—No he olvidado vuestra banda. Si no la traigo es porque la conservo doblada cuidadosamente en un cofrecillo esmaltado que mandé hacer expresamente. (Con pasión, á Flor de Lis, que todavía está irritada.) ¡Juro que os adoro más que si fuéseis la misma Venus!
Flor de Lis.—No juréis. Ya sabéis mi opinión respecto al asunto.
Eloísa.—¡Vaya, niños! Nada de cuestiones. Hoy todo el mundo debe estar alegre.
Ven, hija mía; es preciso que hagamos los honores de la casa. Cada cosa á su tiempo. (Á los criados.) Encended las luces y que se disponga todo para el baile. Quiero que por doquiera resplandezca la claridad, y que los convidados crean hallarse en pleno día.
Febo.—Estando Flor de Lis aquí, no puede faltar nada para el esplendor de la fiesta.
Flor de Lis.—Sí, Febo; falta el amor.
(Vanse las dos mujeres.)
Febo (mirando cómo se aleja Flor de Lis).—Á decir verdad, aun estando á su lado no puedo hallarme satisfecho, porque la mujer á quien amo, y en la cual pienso todo el día, no está aquí.
ARIA
Sólo á ti pertenece mi corazón, niña encantadora, hermosa sombra que llenas mi vida con tu recuerdo y que, ausente siempre, te apareces á todas horas.
Como un nido destaca entre el ramaje, como una flor entre las malezas, como un bien entre los males, así destaca y brilla mi amada entre las demás mujeres. Humilde y altiva á un tiempo, pero altiva sólo para guardar su pureza, en medio de la libertad en que vive, sabe encubrir la voluptuosidad de su mirada con un casto velo de pudor.
En la oscura noche parece un ángel, cuya frente oculta la sombra, mientras que en sus ojos resplandece el fuego. No me abandona un solo instante su imagen, unas veces luminosa, otras sombría; y ora se me represente como astro, ora como nube, siempre la veo en el cielo.
Sólo á ti pertenece mi corazón, niña encantadora, hermosa sombra que llenas mi vida con tu recuerdo y que, ausente siempre, te apareces á todas horas.
(Entran en el salón multitud de señoras y caballeros, elegantemente vestidos.)
ESCENA III
El mismo, EL VIZCONDE DE GIF, EL SEÑOR DE MORLAIX, EL SEÑOR DE CHEVREUSE, LA SEÑORA DE GONDELAURIER, FLOR DE LIS, DIANA, BERENGUELA, señoras, caballeros
El vizconde de Gif.—¡Salud, nobles castellanos!
Eloísa, Febo y Flor de Lis (saludando).—¡Salud, nobles caballeros! Dios quiera que bajo este techo hospitalario olvidéis toda clase de cuidados y pesares.
El señor de Morlaix.—Señoras, os deseo salud, placer y dicha.
Eloísa, Febo y Flor de Lis.—Que el cielo premie vuestros buenos deseos, nobles caballeros.
El señor de Chevreuse.—Señoras, digo lo mismo que mi compañero.
Eloísa, Febo y Flor de Lis.—Nuestra señora os recompense.
(Entran todos los convidados.)
Coro.—Entremos todos á tomar parte en la fiesta, así las damas como los caballeros; por todas partes embalsamen el ambiente las flores que adornan las cabezas femeniles y en todos los corazones domine la alegría.
(Los convidados se aproximan y saludan. Entre ellos circulan varios criados llevando bandejas con flores y frutas. Á la derecha, junto á una ventana, se forma un grupo de muchachas. De pronto, una de ellas hace señales á las demás para que se inclinen sobre el alféizar y miren fuera.)
BAILE
Diana (mirando á la calle).—Mira, mira, Berenguela.
Berenguela (obedeciendo).—¡Qué viva es y qué ligera!
Diana.—¡Parece un hada ó la encarnación misma del Amor!
El vizconde de Gif (riendo).—¿Quién baila en la calle?
El señor de Chevreuse (después de mirar).—Es la maga... Febo, es tu gitana, la que salvaste valerosamente de manos de un ladrón, la otra noche.
El vizconde de Gif.—Sí, sí, es la bohemia.
El señor de Morlaix.—Es hermosa como un sol.
Diana (á Febo).—Si la conocéis, decidla que venga á distraernos un rato con sus habilidades.
Febo (mirando con aparente indiferencia).—Puede ser que sea ella. (Al señor de Gif.) ¿Pero creéis que se acordará...?
Flor de Lis (que ha estado escuchando).—De vos se acuerda siempre todo el mundo. Llamadla; decidla que suba. (Aparte.) Ahora veré si es cierto lo que se dice.
Febo (á Flor de Lis).—Ya que lo queréis, probemos.
(Hace señas para que suba Esmeralda.)
Las jóvenes.—¡Ya viene!
El señor de Chevreuse.—Acaba de trasponer el pórtico.
Diana.—Los que estaban admirándola se han quedado muy mustios.
El vizconde de Gif.—Señoras, vais á ver á esa deidad callejera.
Flor de Lis (aparte).—¡Qué pronto ha obedecido á la señal de Febo!
ESCENA IV
Los mismos y LA ESMERALDA
(Entra la gitana tímida y confusa. Movimiento de admiración. Todo el mundo se aparta para dejarla paso.)
Coro.—¡Mirad! Su hermosa faz resplandece entre todas, como brillaría un lucero rodeado de antorchas.
Febo.—¡Oh! ¡es mi hermosa! Amigos, Esmeralda es la reina de este baile; la corona de la belleza ciñe su frente. (Volviéndose hacia los señores de Gif y de Chevreuse). Amigos, mi corazón quiere saltarse del pecho. ¡Hada encantadora! Si pudiera libar el cáliz de la flor de tus amores, desafiaría gustoso los peligros de la guerra y hasta la misma desgracia.
El señor de Chevreuse.—¡Es un rostro celestial! Parece uno de esos encantadores sueños que flotan en la oscuridad de la noche y llenan la sombra de claridad. Creeríase imposible que haya nacido en el abandono y se haya criado en la calle... ¿Quién habrá sido capaz de abandonar á la corriente de inmundo arroyo una flor tan hermosa?
La Esmeralda (con la vista fija en Febo).—Es mi Febo, estoy segura de ello, pues su imagen se ha conservado grabada en mi corazón. Ya vista de seda, ya se cubra con la armadura, es siempre el mismo, todo belleza y gracia. Febo, mi cabeza arde; me abrasa la alegría y el dolor. Así como la tierra necesita el benéfico rocío, mi alma necesita el consuelo de las lágrimas.
Flor de Lis.—¡Qué hermosa es! Ya estaba segura de ello. En verdad que debo estar muy celosa, si mis celos han de igualar á su belleza. Pero ¡quién sabe! Acaso estemos predestinadas ambas, por el implacable destino, á ver morir en flor todas nuestras ilusiones.
Eloísa.—¡Qué criatura tan hermosa! ¡Mentira parece que una impura gitana reuna en sí tanto encanto y belleza tanta! Mas ¿quién es capaz de adivinar los caprichos de la suerte? Muchas veces una serpiente, para cazar á los pobres pajarillos, oculta su venenosa cabeza en el matorral que más cubierto se halla de flores.
Coro general.—Las hermosas noches del estío no la aventajan en serenidad ni en hermosura.
Eloísa (á Esmeralda).—Vamos, niña hechicera, ven y danos á conocer algún baile nuevo.
(Esmeralda se prepara á bailar y saca de su seno la banda que le había regalado Febo.)
Flor de Lis.—¡Mi banda!... ¡Ah! Febo, me engañabas. Esta es mi rival...
(Flor de Lis arranca la banda de manos de Esmeralda y se desmaya. Los convidados se dirigen en actitud amenazadora hacia la gitana que se refugia junto á Febo.)
Coro.—¿Conque es verdad que Febo la ama? ¡Infame! Sal de aquí. Parece mentira que te hayas atrevido á venir á desafiar nuestra cólera. Este es el colmo de la imprudencia. Vuelve á recorrer las calles para que la hez del pueblo se extasíe con tus bailes. Mujer de tan baja esfera que á tanta altura se atreve á mirar, merece ser arrojada de este sitio inmediatamente.
La Esmeralda.—Defiéndeme tú, Febo mío, defiéndeme. La pobre gitanilla no confía en nadie más que en ti.
Febo.—Pues bien, sí, la amo; sólo á ella adoro y me constituyo en su defensor. Lucharé por ella, á quien pertenecen mi brazo y mi corazón. Si necesita que se la proteja, yo la ampararé. Las injurias que se la dirijan las tendré por hechas á mí, y considero su honor como el mío propio.
Coro.—¡Cómo! ¡Es verdad que la ama!... ¡Fuera! ¡Fuera de aquí!... ¿Es posible que nos desafíe por una gitana?... ¡Vaya, callad ambos! El ardor que mostrais es incalificable. (Á Febo.) Vos dais pruebas de excesiva insolencia. (Á La Esmeralda.) Y tú de falta de pudor.
(Febo y algunos amigos suyos protegen á La Esmeralda, á quien amenazan los demás. La gitana se dirige con vacilante paso hacia la puerta. Cae el telón.)