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El Abate Constantin

Chapter 9: VIII
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About This Book

A humble village priest and his simple presbytery become the center of a series of domestic episodes that reveal local character and moral sensibility. Visitors from elsewhere introduce misunderstandings and social contrast, but repeated acts of hospitality and patience draw the community together. The narrative emphasizes modest pleasures, kindly forgiveness, and the everyday practice of virtue, contrasting rural constancy with more worldly manners while sketching affectionate portraits of parish life and the quiet rewards of integrity.

¡Irá, irá! Mas ¿con qué se vestirá? No tiene a mano sino un traje de baile y un peinador de muselina, babuchas con tacón y zapatos de baile de raso celeste. ¿Qué hacer? Despertar a su camarera, nunca se atrevería... y además el tiempo urge... ¡las cinco menos cuarto! El regimiento sale a las cinco.

Puede salir del paso con el peinador de muselina y los zapatos de raso, si encuentra en el vestíbulo un sombrero, sus zuecos de jardín y el gran chal escocés que se pone los días de lluvia para manejar. Entreabre su puerta con infinitas precauciones; todos duermen en el castillo; deslízase a lo largo de las paredes, a través de los corredores, y baja la escalera.

¡Con tal que los zuecos estén en su lugar! Es su mayor preocupación. Ahí están. Los ata por sobre los zapatos de baile y se envuelve en su gran chal. Siente afuera redoblar la violencia de la lluvia. Ve un enorme paraguas, del que se sirven los criados cuando van en el pescante; apodérase de él: ya está pronta... mas cuando quiere salir nota que la puerta del vestíbulo se halla cerrada por una gran barra de hierro. Procura levantarla, pero la barra está fuerte, resiste, y el gran reloj del vestíbulo deja oír en aquel momento cinco golpes. ¡El sale en ese instante!

¡Y ella quiere verlo, quiere verlo! Su voluntad se irrita con los obstáculos; hace un gran esfuerzo. La barra cede y se desliza por la puerta... Pero Bettina se ha hecho en la mano un largo tajo que deja ver un pequeño hilo de sangre. Envuélvese la mano en el pañuelo, toma el gran paraguas, da vuelta la llave en la cerradura, y abre la puerta. ¡Al fin está afuera!

El tiempo es horrible. El viento y la lluvia continúan. Necesítanse cinco o seis minutos para llegar al terrado que da a la calle. Bettina se lanza valientemente adelante, con la cabeza baja, oculta debajo de su inmenso paraguas. Habría andado unos cincuenta pasos, cuando un remolino ciego, loco, furioso, se arroja sobre Bettina, le abre el chal, la arrastra, la levanta, casi la hace perder pie, y da vuelta con violencia el paraguas. Esto no es nada todavía. El desastre fue completo. Bettina ha perdido uno de sus zuecos... No eran muy serios estos zuecos, eran muy bonitos para el buen tiempo.

Y en ese momento, cuando Bettina desesperada, lucha contra la tempestad, con su zapato de raso celeste que se entierra en la arena mojada, en ese momento el viento le trae el eco lejano de un toque de trompetas. ¡Es el regimiento que sale! Bettina toma una gran resolución: abandona el paraguas, levanta el zueco, vuelve a atárselo mal o bien, y parte corriendo con un diluvio en la cabeza.

Por fin se encuentra bajo el bosque, donde los árboles la protejen un poco. Otro toque más; más cercano esta vez, Bettina cree oír los pasos de los caballos. Hace un último esfuerzo y llega al terrado... ¡Ya era tiempo! A veinte metros de distancia divisa los caballos blancos de los cornetas, y más lejos ve ondular vagamente en medio de la neblina, una larga fila de cañones. Pónese al abrigo bajo los tilos que rodean el terrado, y mira y espera. El viene ahí entre esa masa confusa de caballeros. ¿Podrá reconocerlo? Alguna feliz casualidad le hará volver la cabeza hacia ese lado.

Bettina sabe que es teniente de la segunda batería de su regimiento; sabe que una batería se compone de seis cañones y seis cajas. El abate Constantín le enseñó también esto. Debe, pues, dejar pasar la primera batería, es decir, contar seis cañones, seis cajas y en seguida vendrá él...

Es él, en efecto, envuelto en su gran capa, y es él, el primero que la ve y la reconoce. Unos momentos antes recordaba un largo paseo que hiciera con ella, al caer la tarde, hasta este terrado. Levantó los ojos hacia donde recordaba haberla visto y la encontró allí mismo.

La saluda, y con la cabeza descubierta, bajo la lluvia, volviéndose sobre el caballo, a medida que se alejaba, la miró hasta perderla de vista, repitiendo lo que se había dicho la víspera:

—¡Será la última vez!

Ella, con las manos le decía adiós, y este ademán repetido muchas veces, traía sus manos tan cerca, tan cerca de su boca, que se habría podido creer...

—¡Ah—pensaba,—si después de esto no comprende que lo amo, si no me perdona mi dinero!

VIII

Estamos a 10 de agosto, día en que debe volver Juan a Longueval.

Bettina se despierta muy temprano, se levanta y corre a la ventana. Un gran sol naciente disipa los vapores de la mañana. La víspera, por la noche, el cielo estaba amenazando, cargado de nubes. Bettina ha dormido muy poco, y durante toda la noche decía:

—¡Con tal que no llueva mañana!

Va a ser un día precioso, y como Bettina es algo supersticiosa, esto le infunde esperanza y valor. La jornada principia bien y terminará bien.

M. Scott ha vuelto hace unos días. Bettina lo esperaba en el muelle del Havre con Zuzie y los niños.

Después de abrazarse tiernamente, varias veces, Richard, dirigiéndose a su cuñada, pregunta riendo:

—¡Y bien! ¿cuándo es el casamiento?

—¿Qué casamiento?

—Con M. Juan Reynaud.

—¡Ah, mi hermana os ha escrito!

—¿Zuzie? No. Zuzie no me ha dicho ni una palabra. Vos, Bettina, me habéis escrito. Desde hace un mes, en todas vuestras cartas, sólo se trata de este joven oficial.

—¿En todas mis cartas?

—Sí, sí, y me escribíais con más frecuencia y más detención que antes. No me quejo, pero os pregunto, ¿cuándo me presentaréis a mi cuñado?

El hablaba así por broma, mas Bettina le responde seriamente:

—Espero que será muy pronto.

M. Scott sólo ahora sabe que el asunto es serio. Bettina le pide sus cartas, al volver en el vagón para releerlas, y ve que, en efecto, en todas habla de él. Halla allí los más mínimos detalles de su primer encuentro; el retrato de Juan en el jardín del presbiterio con su sombrero de paja y la ensaladera de loza... y después el señor Juan, y siempre el señor Juan. Descubre que lo ama desde mucho antes que lo pensaba.

Estamos, pues, a 10 de agosto. Acaba de concluirse el almuerzo en el castillo. Harry y Bella están impacientes. Saben que de una a dos el regimiento atravesará la aldea, y les han prometido llevarlos a ver pasar los soldados, y para ellos, tanto como para Bettina, la vuelta del 9.º de artillería es un gran acontecimiento.

—Tía Betty—dijo Bella,—tía Betty, ven con nosotros.

—Sí, ven—dijo Harry,—ven, veremos a nuestro amigo Juan sobre su gran caballo moro.

Bettina resiste, rehúsa, y, sin embargo, ¡qué tentación! Pero no, no irá, no verá a Juan hasta la noche para la explicación decisiva que viene preparando desde hace veinte días.

Los niños salen con su aya, mientras Bettina, Zuzie y Richard se sientan en el parque, cerca del castillo.

—Zuzie—dice Bettina,—voy a recordaros hoy vuestra promesa. ¿Os acordáis de lo que pasó entre nosotras la noche de su partida? Convinimos en que si a su vuelta yo os decía: Zuzie, estoy segura de amarlo, vos me permitiríais dirigirme a él francamente y preguntarle si me quería por esposa.

—Sí, os lo prometí. ¿Pero estáis segura?

—Completamente segura. Os prevengo, pues, que tengo la intención de traerlo... aquí mismo, a este banco—continuó, sonriendo,—y hablarle, más o menos, como vos lo hicisteis con Richard. La prueba salió bien, Zuzie... sois enteramente feliz, y yo también quiero serlo. Richard, ¿Zuzie os ha hablado de M. Reynaud?

—Sí, me ha dicho que de ningún hombre pensaba tan bien como de éste, pero...

—Pero también os ha dicho que quizá sería para mí un casamiento demasiado tranquilo, muy poco brillante. ¡Oh, qué mala hermana! ¡Queréis creer, Richard, que no consigo quitarle ese temor; no comprende que ante todo quiero amar y ser amada! ¡Creeréis, Richard, que la semana pasada me tendió un lazo horrible! ¿Sabéis que en el mundo existe un príncipe Romanelli?

—Sí, y habríais podido ser Princesa.

—Creo que no hubiera encontrado inmensas dificultades. Pues bien, un día cometí la imprudencia de decir a Zuzie que el príncipe Romanelli, en último caso, me parecía aceptable. ¿No os imagináis lo que hizo? Los Turner estaban en Trouville; y con ayuda de ellos tramó el complot. Me hicieron almorzar con el Príncipe... mas el resultado fue desastroso. ¡Aceptable! Durante las dos horas que pasé con él, me pregunté cómo había podido yo decir semejante palabra. No, Richard; no, Zuzie; no quiero ser Princesa, ni Condesa, ni Marquesa, sino simplemente madama Juan Reynaud... si el señor Juan Reynaud consiente... lo cual no es muy seguro.

El regimiento entraba a la aldea, y bruscamente estalló la música marcial y alegre a través del espacio. Los tres permanecieron en silencio. Era el regimiento, era Juan quien pasaba. Los sonidos disminuyeron, hasta extinguirse, y Bettina continuó:

—No, no es seguro, aunque él me ama mucho, y sin conocerme bien. Yo pienso que merezco ser amada de otra manera, pienso que si me conociera mejor, no le causaría un terror semejante, por esto os pido permiso para hablarle esta noche, libre y francamente.

—Os lo acordamos—respondió Richard,—los dos os lo acordamos. Sabemos, Bettina, que nunca haréis nada que no sea noble y generoso.

—Procuraré hacerlo, al menos.

Los niños vuelven corriendo. Han visto a Juan, que iba cubierto de polvo, y los saludó.

—Pero—agrega Bella,—no ha sido bueno con nosotros hoy, no se paró a hablarnos... siempre lo hace, y hoy no ha querido.

—Sí, ha querido—responde Harry,—porque al principio hizo un movimiento así... y después no quiso, y se fue.

—En fin, no se detuvo. Y es tan divertido hablar con un militar, sobre todo, cuando está a caballo.

—No es eso sólo, sino que nosotros lo queremos tanto, al señor Juan. Si supieras, papá, ¡qué bueno es, y qué bien sabe jugar con nosotros!

—¡Y qué lindos dibujos hace! ¿Te acuerdas, Harry, de aquel gran polichinela tan raro, con su bastón?

—Y el gato, también había un gato, como en Guignol.

Los niños se alejaron hablando de su amigo Juan.

—Decididamente—dijo M. Scott,—todo el mundo lo quiere en esta casa.

—Y vos haréis otro tanto, cuando lo conozcáis—responde Bettina.

El regimiento sigue al trote por el camino real, al salir de la aldea. He ahí el terrado donde se hallaba Bettina la otra mañana... Juan piensa: ¡si estuviera ahí! Lo teme y lo espera al mismo tiempo. Levanta la cabeza, mira... ¡No está!

¡No la ha visto! Ni volverá a verla... en mucho tiempo, al menos. Esa misma noche partirá, a las seis, para París. Uno de los directores del ministerio de la Guerra se interesa por él, y procurará hacerse enviar a otro regimiento.

Juan ha reflexionado mucho sobre esto en Cercottes, y el resultado de sus reflexiones es el siguiente: él no puede, no debe ser el marido de Bettina.

Los hombres echan pie a tierra en el patio del cuartel, mientras Juan se despide de su coronel y sus camaradas. Todo ha concluido, es libre, puede partir... y, sin embargo, no lo hace. Mira a su alrededor... ¡cuán feliz era tres meses antes, cuando salía de aquel gran patio, a caballo, en medio del ruido de los cañones que rodaban en el suelo de Souvigny! ¡Y cuán tristemente saldrá hoy! Antes su vida se limitaba ahí... ahora ¿hasta dónde irá?

Entra y sube a su cuarto, para escribir a madama Scott, diciéndole que por asuntos de servicio se ve obligado a partir al instante, y no podrá comer en el castillo; ruega a madama Scott presente sus respetos a la señorita Bettina. ¡Bettina! ¡Ah, cuánta pena le da escribir este nombre! Cierra la carta para enviarla más tarde.

Hace sus preparativos de viaje, para ir a despedirse, después, de su padrino. Esto es lo que más le cuesta... aunque sólo le hablará de una breve ausencia.

Al abrir uno de los cajones del escritorio para sacar dinero, lo primero que hiere su vista es una carta escrita sobre papel azulado: el único billete que ha recibido de ella.

«¿Queréis tener la bondad de entregar al portador el libro de que me hablasteis anoche? Quizá sea algo serio para mí; pero desearía ensayar su lectura. Hasta luego; venid lo más temprano posible.—Bettina

Juan lee y relee estas pocas líneas... hasta que no puede leer más, pues se le nublan los ojos.

—Esto es todo lo que me quedará de ella—piensa.

En el mismo momento, el abate Constantín está en conferencia con Paulina. Hacen sus cuentas. La situación financiera es admirable, tienen más de dos mil francos en caja. Y se han cumplido los votos de Zuzie y Bettina: ya no hay pobres en toda la comarca. La vieja Paulina, por momentos, tiene ligeros escrúpulos de conciencia.

—Mirad, señor cura, quizá damos demasiado. Correrá la voz hasta las otras aldeas de que aquí se hace la caridad a ojos cerrados, y uno de estos días vendrán a establecerse infinidad de pobres a Longueval.

El cura da cincuenta francos a Paulina, que sale a llevárselos a un pobre hombre que se rompió un brazo al caer de arriba de una carreta de pasto.

El abate Constantín queda solo y pensativo en el presbiterio. Esperó al regimiento al pasar, pero Juan no se detuvo más que un instante; ¡llevaba un aire tan triste! Hace algún tiempo que el abate nota que Juan no tiene ya su alegría y buen humor de antes. Mas no se ha inquietado mucho, creyendo sería una de esas penas pasajeras de la juventud, que no interesan a un pobre cura viejo.

Pero hoy la preocupación de Juan es muy notable.

—Vuelvo en seguida, mi padrino—le dijo;—pues tengo necesidad de hablaros.

Y salió bruscamente, sin que el abate tuviera tiempo para darle un terrón de azúcar a Loulou, o más bien dicho, unos terrones de azúcar, pues llevaba cinco o seis en el bolsillo, considerando que bien merecía Loulou este regalo por los diez días de marcha y las veinte noches pasadas al raso. Además, desde la instalación de madama Scott en el castillo, Loulou tenía siempre varios terrones de azúcar. El abate Constantín se había hecho gastador, pródigo; sentíase millonario, y los terrones para el caballo de Juan, eran una de sus locuras. Un día casi le dirigió a Loulou su eterno discurso.

—Esto procede de las nuevas castellanas de Longueval. Rogad por ellas esta noche.

Eran cerca de las tres cuando Juan llegó al presbiterio.

—Me dijiste hoy, que tenías que hablarme... ¿de qué se trata?

—De algo, padrino, que va a sorprenderos, a entristeceros, y me entristece a mí también. Vengo a despedirme de vos.

—¡A despedirte! ¿Partes?

—Sí, parto.

—¿Cuándo?

—Hoy mismo... dentro de dos horas.

—¡Dentro de dos horas! pero esta tarde debíamos comer en el castillo.

—Acabo de escribir a madama Scott, excusándome. Me veo obligado indefectiblemente a partir.

—¿En seguida?

—En seguida.

—¿Y vas?

—A París.

—¡A París! ¿Y por qué esta repentina determinación?

—No tan repentina. Hace tiempo ya que pensaba partir.

—Y no me habéis dicho nada... Juan, algo te pasa... Eres un hombre, y no tengo ya derecho para tratarte como a un niño; pero, en fin, tú sabes cuánto te quiero... Si tienes alguna pena, alguna contrariedad, ¿por qué no me lo dices? Quizá podría darte algún buen consejo. Juan, ¿a qué vas a París?

—No quería decíroslo... porque os causará pena... mas tenéis derecho a saberlo... Voy a París a pedir que me manden a otro regimiento.

—¿A otro regimiento? ¿Salir de Souvigny?

—Sí, precisamente, salir de Souvigny... por algún tiempo, por poco tiempo; pero, en fin, salir de Souvigny, es lo que deseo, lo que necesito.

—¿Y yo? Juan, tú ya no piensas en mí... ¡Por poco tiempo! ¡Poco tiempo! es lo que me queda de vida, muy poco tiempo. Y durante estos últimos días que debo a la gracia de Dios, sentirte cerca de mí, era mi felicidad, sí, Juan, era mi mayor felicidad. ¿Y te vas así? Juan, espera un poco, ten paciencia, que no tardará mucho, espera a que el Señor me llame a sí, espera a que vaya a reunirme allí con tu padre y tu madre... No te vayas, Juan, no te vayas.

—Si vos me queréis, yo también os quiero... y bien lo sabéis vos...

—Sí, lo sé.

—Conservo por vos el mismo cariño que tenía cuando era niño, cuando me recogisteis y me educasteis. Mi corazón no ha cambiado, ni cambiará jamás... Pero si el deber, si el honor me obliga a partir...

—¡Ah! si es el deber, si es el honor... No digo nada más, Juan... ¡Todo queda después de eso, todo, todo! Siempre has sido buen juez de tu deber, buen juez de tu honor... Parte, hijo mío, parte. No te pregunto nada más, ni quiero saber nada más.

—¡Pues bien! yo voy a decíroslo todo—exclamó Juan, vencido por su emoción.—Vale más que lo sepáis todo, vos que quedáis aquí, y volveréis al castillo... ¡y la volveréis a ver... a ella!

—¿A quién?... ¿Quién es ella?

—¡Bettina!

—¡Bettina!

—¡Yo la adoro, padrino, la adoro!

—¡Pobre hijo mío!

—Perdonad que os hable de estas cosas... pero os lo digo como se lo diría a mi padre. Y además... nunca he hablado de esto a nadie, y me ahoga el secreto. Sí, es una locura que se ha apoderado de mí, poco a poco, a pesar mío, pues bien comprendéis... ¡Dios mío! aquí mismo fue donde principié a amarla. ¿Sabéis aquel día que llegó con su hermana?... con los paquetitos de mil francos... con los cabellos sueltos... ¿y la noche del mes de María?... Luego he podido verla libre y familiarmente... y vos mismo me hablabais de ella sin cesar, ponderándome su carácter, su bondad. ¡Cuántas veces me repetisteis que no había en el mundo nada mejor!

—Y lo pensaba... y lo pienso aún... Nadie la conoce aquí como yo, pues yo sólo la veo en casa de los pobres. Si la vieras en nuestras visitas por la mañana ¡cuán cariñosa y valiente es! Ni la miseria, ni el sufrimiento la desaniman... Pero hago mal en hablarte de esto...

—No, no, no quiero volver a verla, pero no me niego a oír hablar de ella.

—En tu vida encontrarás, Juan, una mujer mejor que ésta, ni de sentimientos más elevados. Tanto, que un día que me llevaba en un carruaje abierto, lleno de juguetes para una chiquita enferma, y al dárselos para hacerla reír y divertirla, le hablaba con tanta gracia, que yo pensaba en ti y me decía, ahora lo recuerdo: «¡Ah, si fuera pobre!»

—¡Sí, si fuera pobre, mas no lo es!

—¡Oh! no... ¡En fin, qué quieres, hijo mío! si te hace mal verla, vivir cerca de ella, como ante todo es preciso que no sufras... vete ¿no es así? vete... Y, sin embargo... y, sin embargo...

El anciano sacerdote quedó pensativo, dejó caer la cabeza entre las manos, y permaneció en silencio durante algunos minutos; luego continuó:

—Y, sin embargo, Juan, ¿sabes en qué pensaba? La he visto mucho a la señorita Bettina desde que llegó a Longueval. ¡Pues bien! ahora reflexiono, antes no me asombraba, me parecía tan natural que se interesasen por ti, pero en fin, ella no hablaba sino de ti, siempre, siempre de ti.

—¿De mí?

—Sí, y de tu padre y de tu madre. Tenía curiosidad de saber cómo vivías y me pedía le explicara lo que era la existencia de un soldado, de un verdadero soldado que cumple con su deber. Es extraordinaria la reunión de recuerdos que tiene lugar en mi mente desde que me has dicho eso. Mil pequeños incidentes se agrupan, se acercan... Anteayer, a las tres, volvió del Havre, una hora después estaba aquí, hablándome de ti. Me preguntó si habías escrito, si no habías estado enfermo, cuándo llegabas, a qué hora, si el regimiento pasaría por la aldea...

—Es inútil, padrino, que busquéis todos esos recuerdos.

—No, no es inútil... ¡Estaba tan contenta, considerábase tan feliz al pensar que iba a volverte a ver! La comida de esta tarde era una gran fiesta para ello... pensaba presentarte a su cuñado, que vino con ella. No habrá nadie hoy en el castillo, ni un solo invitado; mucho insistió sobre esto, y recuerdo su última frase, cuando estaba ahí en el umbral de la puerta: «No seremos más que cinco, vos, el señor Juan, mi hermana, mi cuñado y yo,» y agregó riendo: «¡Una verdadera comida de familia!» Diciendo esto salió corriendo. ¡Una verdadera comida de familia! ¿Sabes lo que yo creo, Juan, lo sabes?

—No debéis creer eso, mi padrino, no debéis...

—¡Juan, yo creo que ella te ama!

—¡Y yo también lo creo!

—¡Tú también!

—Cuando la dejé hace veinte días, estaba tan agitada, tan conmovida. Veíame triste y desgraciado, y no quería dejarme partir. Esto pasaba en el pórtico del castillo, de donde salí huyendo... sí... huyendo; pues iba a hablar, a estallar, a decírselo todo. Después de haber andado unos cincuenta pasos, me detuve, y me volví; ella no podía verme, yo estaba en completa obscuridad; pero yo la veía, que permanecía allí, inmóvil, con los hombros y los brazos desnudos bajo la lluvia, mirando hacia el lado por donde yo había partido. Quizá soy un loco al pensar que... Tal vez era sólo un sentimiento de compasión. Pero no, era algo más que compasión, ¿pues sabéis lo que hizo al día siguiente? Vino a las cinco de la mañana, con un tiempo horrible, a verme pasar con el regimiento, y allí su modo de decirme adiós... ¡Ah! ¡padrino, padrino!...

—Pero, entonces—dijo el pobre cura, completamente trastornado, enteramente desorientado;—pero entonces yo no comprendo nada. ¡Si tu la amas, Juan, y si ella te ama!...

—Por eso mismo quiero partir. ¡Si no fuera más que yo! Si estuviera seguro de que ella no había notado mi amor, seguro de que no se compadecía de mí, me quedaría... me quedaría... sólo por tener la dicha de verla, y la amaría de lejos, sin esperanza ninguna, sólo por el placer de amarla... Pero no, ella ha comprendido muy bien... y lejos de desalentarme... en fin, esto es lo que me obliga a partir...

—No, no lo comprendo. Bien sé, hijo mío, que hablamos de cosas en que no soy muy entendido... pero, en fin, los dos sois buenos, jóvenes, encantadores... Tú la amas... ella te ama... ¡y no podríais!...

—¡Y su dinero, padrino, y su dinero!

—¡Qué importa su dinero! ¡qué tiene que ver su dinero! ¿Acaso la has amado por su dinero?... Pues a pesar de su dinero, mejor. Tu conciencia, mi Juan, estará bien tranquila a este respecto, y eso basta.

—No, eso no basta. Tener buena opinión de sí mismo no es bastante; es preciso que de esta buena opinión participen los demás.

—¡Oh! Juan, entre los que te conocen, ¿quién dudaría de ti?

—Quién sabe... Y después hay otra cosa además de la cuestión dinero, otra cosa más seria y más grave. No soy el marido que le conviene.

—¿Y quién sería más digno que tú?

—No se trata de ver lo que yo pueda valer, sino de considerar lo que ella es, y lo que soy yo; de saber lo que debe ser su vida, y lo que será la mía... Un día Pablo, sabéis que él tiene un modo algo brusco de decir las cosas, pero muchas veces eso da al pensamiento mayor claridad, se trataba de ella... Pablo no se imaginaba nada... sin eso... es bueno y no habría hablado así. Pues bien, me decía: «Lo que necesita, es un marido que se consagre a ella completamente, un marido que no tenga más pensamiento que hacer de su existencia una perpetua fiesta, un marido, en fin, que pase su vida procurándole diversiones.» Vos me conocéis... Un marido semejante, no puedo, no debo serlo. Soy soldado y seguiré siéndolo. Si los azares de mi carrera me envían un día de guarnición a algún rincón de los Alpes o a alguna aldea perdida de Argel, ¿podré pedirle que me siga? ¿Puedo condenarla a esta existencia de mujer de soldado, que en suma es, más o menos, la existencia del soldado? ¡Pensad en la vida que lleva hoy, en todo ese lujo, todos esos placeres!...

—Sí—dijo el abate,—esto es más serio que la cuestión dinero.

—Tan serio, que no cabe duda posible. Durante los veinte días que pasé allá solo en el campamento, he pensado mucho en esto... no he pensado más que en esto... y amándola como la amo es preciso que haya pensado bien las razones, y que ellas me muestren claramente mi deber. Debo irme... lejos, muy lejos, lo más lejos posible. ¡Sufriré mucho... mas no debo volverla a ver, no debo volver a verla!

Juan se dejó caer en un sillón junto a la chimenea, y permaneció allí abrumado. El anciano sacerdote lo miraba.

—¡Verte tan desgraciado, pobre hijo mío! Que un dolor semejante caiga sobre ti... Es demasiado cruel, demasiado injusto...

En este momento llamaron suavemente a la puerta.

—¡Ah! no tengas cuidado, Juan... no dejaré entrar.

El abate se dirigió hacia la puerta, la abrió y retrocedió como ante una aparición inesperada.

Era Bettina, que en el acto vio a Juan y se dirigió derecho a él.

—¿Sois vos?... ¡Oh, cuánto me alegro!

El se había levantado, y ella le tomó las dos manos, y dirigiéndose al cura, agregó:

—Dispensad, señor cura, si lo he saludado a él primero... A vos os he visto ayer... y a él no le veo desde hace veinte largos días, desde cierta noche que salió de casa triste y enfermo.

Ella conservaba entre las suyas las manos de Juan, y él no se sentía con fuerzas para hacer el menor movimiento ni pronunciar una sola palabra.

—¿Ahora estáis mejor?—continuó Bettina.—No, aun no... lo veo... triste aún... ¡Oh, qué bien he hecho en venir! He tenido una inspiración... Sin embargo, siento algo, siento mucho encontraros aquí. Y comprenderéis por qué, cuando sepáis lo que vengo a pedir a vuestro padrino.

Bettina soltó las manos de Juan, y se volvió hacia el abate.

—Vengo, señor cura, a rogaros queráis escuchar mi confesión. Sí, mi confesión... Pero no penséis en iros, señor Juan. Haré mi confesión públicamente, con mucho gusto hablaré delante de vos... y hasta pienso que será mejor así. Sentémonos, ¿queréis?

Bettina sentíase llena de confianza y osadía. Tenía fiebre, pero esa fiebre que en el campo de batalla da al soldado el ardor, el heroísmo y el desprecio del peligro. La emoción que aceleraba los latidos de su corazón era una emoción elevada y generosa. Ella se decía:

«¡Quiero ser amada! ¡Quiero amar! ¡Quiero ser feliz! ¡Quiero que él sea feliz! Y puesto que él no tiene valor, yo lo tendré por los dos, y marcharé sola, con la cabeza erguida y el corazón tranquilo, a conquistar nuestro amor, a conquistar nuestra dicha.»

Desde el primer momento, Bettina sintió su completa superioridad sobre el abate y Juan. Ellos la dejaban hablar, la dejaban obrar, sintiendo que la hora era suprema. Comprendían que iba a pasar algo decisivo, irrevocable, pero que ni uno ni otro estaban en estado de prever. Habíanse sentado dócil casi automáticamente. Entre aquellos dos hombres aturdidos, sólo Bettina conservaba su sangre fría, y con voz clara y precisa comenzó de esta manera:

—Para tranquilidad de vuestra conciencia, os diré primero, señor cura, que estoy aquí con el consentimiento de mi hermana y mi cuñado, que saben por qué he venido y lo que pienso hacer: no sólo lo saben, sino que lo aprueban también. Me habéis comprendido, ¿verdad? Bueno. Lo que me trae aquí es vuestra carta, señor Juan; la carta en que decís a mi hermana que no podéis ir a comer con nosotros esta tarde, pues os veis obligado a partir. Esa carta desbarató todos mis proyectos. Yo pensaba, siempre con el permiso de mi hermana y mi cuñado, llevaros esta tarde, después de comer, al parque, señor Juan, y sentarme con vos en un banco. Tuve hasta la niñería de elegir el paraje de antemano, y allí os habría recitado un pequeño discurso, muy preparado, muy estudiado, casi aprendido de memoria, pues desde vuestra partida no pienso más que en este discurso, y me lo recito a mí misma desde la mañana hasta la noche. Esto era lo que me proponía hacer, y comprendéis que vuestra carta... desconcertó mi plan. Reflexioné un tanto, y pensé que si yo dirigiera mi discurso a vuestro padrino, sería, más o menos, como si os lo dirigiera a vos mismo. He venido, pues, señor cura, a rogaros tengáis la bondad de escucharme. Cuando vine aquí traía una buena dósis de valor; pero ya se me acaba, y quisiera deciros aún ciertas cosas... las más importantes. Juan, escuchadme bien: no quiero que me deis una respuesta arrancada a vuestra emoción. Sé que me amáis... Y si debéis casaros conmigo, no quiero que sea sólo por amor, sino también por razonamiento. Durante los quince días que precedieron vuestra partida, pusisteis tal empeño en huir de mí, en evitar hasta la más simple conversación, que no pude mostrarme a vuestros ojos tal como soy. Y poseo, quizá, algunas cualidades que no conocéis... Sé, Juan, lo que sois vos, y sé los compromisos que contraigo tomándoos por esposo: seré para vos no sólo una mujer cariñosa y buena, sino también valiente y firme. Conozco toda vuestra vida, vuestro padrino me la ha referido; sé por qué sois soldado, y cuántos deberes y sacrificios podéis entrever en el porvenir... No lo dudéis, Juan, jamás os desviaré de ninguno de estos deberes, de ninguno de estos sacrificios. Si pudiera resentirme con vos por algo, lo haría por ese pensamiento, ¡oh, sí, lo habéis tenido! el pensamiento de que yo os querría todo para mí, que os pediría abandonarais vuestra carrera. ¡No, nunca, jamás! oíd bien, jamás os pediré una cosa semejante... Una joven amiga mía hizo eso al casarse; pero hizo mal... os amo tal como sois, y porque vivís de otra manera y mejor que todos los que me deseaban por esposa, yo os deseo por marido. Os amaría menos, nada quizá, aunque esto sería muy difícil, si llevarais la vida que llevan todos aquellos a quienes he desechado... Cuando pueda seguiros os seguiré, y donde quiera que estéis, allí estará mi deber; donde quiera que vayáis, irá mi felicidad, y si llegara día en que no pudierais llevarme, día en que debierais partir solo, pues bien, Juan, ese día os prometo que tendré valor suficiente para no quitaros el vuestro... Y ahora, señor cura, no es a él, sino a vos a quien me dirijo... quiero que respondáis vos, y no él. Decid... ¿si él me ama y me considera digna de él, será justo que me haga expiar tan duramente mi fortuna?... Decid... ¿no debe aceptar ser mi marido?

—Juan—dijo gravemente el anciano sacerdote,—¡sé su esposo... es tu deber... y será tu felicidad!

Juan se acercó a Bettina, la tomó en sus brazos y posó en su frente un primer beso.

Bettina se separó suavemente, y dirigiéndose al abate:

—Ahora, señor cura, tengo aún algo que pediros... quisiera... quisiera...

—¿Quisierais?...

—Que me besarais, señor cura.

El anciano sacerdote la besó paternalmente en las dos mejillas.

—Muchas veces me habéis dicho, señor cura, que Juan era como vuestro hijo. Yo también, no es verdad, seré un poco vuestra hija, y así tendréis dos hijos.

Un mes después, el 12 de septiembre, a mediodía, Bettina con el más sencillo traje de novia, atravesaba la iglesia de Longueval, mientras que colocada detrás del altar la banda del 9.º de artillería tocaba alegremente bajo las bóvedas de la vieja iglesia.

Nancy Turner solicitó el honor de tocar el órgano en tan solemne circunstancia, pues el pequeño armonium había desaparecido. Un órgano de resplandecientes tubos se elevaba en el coro de la iglesia: era el regalo de bodas de miss Percival al abate Constantín.

El anciano cura dijo la misa. Juan y Bettina se arrodillaron ante él, que pronunció la fórmula de la bendición permaneciendo en seguida, durante algunos instantes, en oración, con los brazos extendidos, pidiendo con toda su alma cayesen las gracias del Cielo sobre la cabeza de sus dos hijos.

El órgano dejó oír entonces la misma rêverie de Chopín que tocara Bettina la vez primera que entró en la pequeña iglesia de aldea, donde debía consagrarse la felicidad de su vida.

Y esta vez fue Bettina quien lloró.

FIN