JORNADA CUARTA
ESCENA PRIMERA
Terraza en la Pardina.
GREGORIA, disponiendo la mesa para servir al Conde su desayuno; VENANCIO, con la cabeza vendada; SENÉN, que entra por el fondo con una maletita de mano.
SENÉN
Aquí me tenéis otra vez.
VENANCIO, abrazándole.
Senén de todos los demonios, te juro que me alegro de verte.
GREGORIA
Muy pronto has vuelto de Verola.
VENANCIO
¿Qué?... ¿traes instrucciones de la Condesa?
SENÉN
Sí... lo primero, que me alojéis aquí... Descuidad: os molestaré muy poco.
GREGORIA
Te pondremos en el cuartito de arriba.
VENANCIO
Próximo al del Conde. Sin duda la señora quiere que nos ayudes a quitarle las pulgas al león.
GREGORIA
¡Y qué pulgas, Senén!
SENÉN, fijándose en la venda de Venancio.
Ya, ya llegó a Verola la noticia de tu descalabradura. Una caricia de la fiera.
VENANCIO, renegando.
¡Que uno aguante esto!
SENÉN
Es un viejo de cuidado. A los setenta años conserva los músculos de acero de sus buenos tiempos, y la voluntad de bronce. No hay quien le amanse. Te digo que más quiero verme ante un tigre hambriento que ante el Conde de Albrit irritado.
VENANCIO, dando patadas.
Pues yo le juro que de mí no se ríe. Un hombre libre, que vive de su trabajo y paga contribución, no está en el caso de sufrir esas arrogancias de figurón de comedia.
SENÉN
Poco a poco, Venancio. La señora Condesa me encarga te diga que... tengas paciencia.
VENANCIO
¿Más paciencia, jinojo?
SENÉN
Y que sigáis guardándole las consideraciones que se le deben por su rango, por sus desgracias, sin perjuicio de vigilarle...
GREGORIA
Y si nos mata, que nos mate.
VENANCIO
Por si acaso, desde ayer le vigilo... con un revólver.
SENÉN
Calma... (Receloso, mirando.) ¿Vendrá por aquí?
GREGORIA
Me ha mandado que le sirva el desayuno en la terraza.
SENÉN
Pues le espero.
VENANCIO
¿También traes instrucciones para él?
SENÉN
No; pero necesito... sondearle. Ya sabéis: soy muy largo; me pierdo de vista. Conque... me tenéis de huésped.
GREGORIA, cogiendo la maleta.
¿Vienes a tu cuarto?
SENÉN
Luego. Me atrevo a suplicar a mi simpática patrona que en el cuidado de esta maleta ponga sus cinco sentidos. La quiero como a las niñas de mis ojos.
VENANCIO
¿Qué traes ahí?
GREGORIA
Pues pesa, pesa...
SENÉN
Es mi relicario. Recuerdos, cositas que solo para mí tienen interés. Y juro por mi honor, que no la estimaría más si la trajera llena de brillantes del tamaño de almendras. En fin, Gregoria, usted me responde de ese tesoro.
VENANCIO, mirando por la derecha.
El león viene.
GREGORIA
Voy por el café.
ESCENA II
VENANCIO, SENÉN, EL CONDE, GREGORIA
EL CONDE
Buenos días... Hola, Senén, ¿qué traes por aquí?
SENÉN
¿Qué ha de traer el pobre más que las ganas de dejar de serlo?
EL CONDE
Y con las ganas, la decidida voluntad de enriquecerte. Eres joven; tienes estómago de buitre, epidermis de cocodrilo, tentáculos de pulpo: llegarás, llegarás... ¿Y tú, Venancio?... ¿Cómo va esa herida? Vamos, hombre, no es para tanto. Poco mal y bien quejado. Ya estarás bien.
VENANCIO
Todavía, todavía... El señor tiene un genio imposible.
EL CONDE
Sí, sí... Y tú crees que la miseria debe ser mordaza y grillete para este genio maldito que me ha dado Dios. No sé, no sé: gran domadora es la pobreza; pero soy yo muy bravo. Me propongo contenerme dentro de la humildad y sumisión; pero llega un momento de prueba... un insensato que con frase agresiva me ofende, echándome al rostro mi humillante miseria, y entonces... ¡ay! no soy dueño de mí, pierdo la cabeza...
GREGORIA, poniendo en la mesa el servicio de café, que se compone de piezas de latón y loza ordinaria.
Aquí tiene, señor.
EL CONDE, sentándose.
Pero no tardo en recobrar mi serenidad de persona bien nacida y bien educada; vuelvo a sentir la hidalga benevolencia con que he tratado siempre a los inferiores, y... ya tienes al león aplacado, y pesaroso de su fiereza...
VENANCIO
Pensara el señor esas cosas antes de levantar el palo...
EL CONDE
Es mi manera de aleccionar a los que quiero bien... En fin, Venancio, hoy, como ayer, te pido que me perdones. Yo no te faltaré... pero has de guardarme, fíjate bien en esto, la consideración que me debes... (A Senén.) ¿Quieres café?
SENÉN
Mil gracias, señor Conde. Me desayuné con aguardiente y buñuelos en el parador.
EL CONDE, examinando el servicio con repugnancia.
¿Pero qué servicio es este?
GREGORIA, para sí.
Fastídiate, viejo regañón.
EL CONDE
¿Qué habéis hecho de la cafetera y del jarrito de plata en que me servísteis estos días?
VENANCIO
Mandamos que los limpiaran, y...
GREGORIA
Y para no hacer esperar al señor...
EL CONDE
¿Y aquellas tacitas de porcelana fina...? En fin, con tal que el café esté bueno... (Se sirve.) ¿Lo has hecho tú?
GREGORIA
Con muchísimo cuidado... Veremos si hoy está a su gusto.
EL CONDE, probándolo.
¿Qué es esto? (Con asco.) ¡Agua indecente de achicoria... y recalentada... y fría!... Vamos, las sobras del café de anoche, que ya era malo adrede... (Cogiendo el pan y tratando de partirlo.) ¿Y de dónde habéis sacado esta piedra que me dais por pan?... Con ser tan duro, no lo es tanto como vuestros corazones.
VENANCIO
Culpa del panadero, señor...
EL CONDE
Culpa de vuestra sordidez villana. (Les arroja el pan.) Echad esto a vuestros perros, y dadme a mí lo que para ellos tenéis, pues de fijo les dais trato mejor que a mí. Guardad esta preciosa vajilla, no se os deteriore, no se os desgaste en mi servicio. (Arroja al suelo todas las piezas de loza y latón.) ¡Queréis aburrirme, queréis hacerme imposible la vida! Al último pastor de cabras, al último mendigo que llegara con hambre a vuestra puerta, le haríais la limosna sin humillarle. ¿Por qué, ingratos, me humilláis a mí?
VENANCIO, que aterrado, lo mismo que Gregoria, no sabe por dónde salir.
Se servirá otra vez... Nosotros...
EL CONDE, con arrogancia.
No quiero. Me quedaré en ayunas.
SENÉN
Eso no. Mandaré traerlo del café...
EL CONDE
No te molestes... (A Venancio y Gregoria, con majestuosa indignación.) No tenéis ni un destello de generosidad en vuestras almas ennegrecidas por la avaricia; no sois cristianos; no sois nobles, que también los de origen humilde saben serlo; no sois delicados, porque en vez de dar un consuelo a mi grandeza caída, la pisoteáis, vosotros que en el calor, en el abrigo de mi casa, pasásteis de animales a personas. Sois ricos... pero no sabéis serlo. Yo sabré ser pobre, y puesto que con vuestras groserías me arrojáis, me iré de esta casa, en que no hay piedra que no llore las desgracias de Albrit.
SENÉN, con afectada gravedad y adulación.
Los deseos de la Condesa son que se prodiguen al señor todas las atenciones que merece por su categoría...
EL CONDE
Ya lo veis: esa mujer liviana y sin pudor es más cristiana que vosotros, y más generosa y delicada.
VENANCIO, turbadísimo, tragándose la ira.
La Condesa no puede mandarme... yo... digo, la Condesa es mi señora... dueña de todo...
GREGORIA, vivamente.
De la Pardina no.
VENANCIO
La Pardina es mía.
EL CONDE, arrogante.
Sea de quien fuere, y en tanto que decido si me quedo o me voy, no quiero veros. Idos de mi presencia.
VENANCIO, dudando.
Decídalo pronto, porque...
EL CONDE, despidiéndoles con gesto de autoridad.
Pronto.
VENANCIO, saliendo con Gregoria.
Sufrámosle un día más, un solo día.
GREGORIA
Y es mucho... ¡jinojo!
ESCENA III
EL CONDE, SENÉN
EL CONDE, serenándose.
Siéntate aquí, Senén... Tengo que hablar contigo.
SENÉN, con fatuidad, sentándose.
Nada más temible que esta plebe hinchada, señor; estos patanes hartos de bazofia, que porque han logrado reunir cuatro cuartos se atreven a medirse con las personas comilfot...
EL CONDE
La villanía es perdonable; la ingratitud, no... En mi cuarto había un lavabo bastante bueno, muy cómodo para mí. Ayer me lo han quitado esos viles, poniendo una palangana de latón de este tamaño, como las que hay en los asilos...
SENÉN, afectando indignación.
¡Qué atrocidad!
EL CONDE
Parece que escogen las servilletas y manteles más sucios para ponerlos en mi mesa. Saben que me gusta la mantelería limpia...
SENÉN
Pues, como he dicho, traigo instrucciones precisas de la Condesa... ¡Oh! crea usía que si se entera de estas infamias, se pondrá furiosa.
EL CONDE
Sí. Me odia, como yo a ella; pero no desconoce que mi persona exige atenciones, respetos...
SENÉN
¡Qué duda tiene...!
EL CONDE
Y aunque obra suya es seguramente la intriga que se traen Carmelo y el Doctor para arreglarme una jaula en los Jerónimos...
SENÉN, haciéndose de nuevas.
¡Oh! no sé... no tengo noticia...
EL CONDE
Pues sí: desde ayer andan de mucho trasteo conmigo. Yo les calo la intención... y me hago el tonto... Pero dejemos esto, Senén, que de cosa más grave y de mayor transcendencia para mí quiero hablarte.
SENÉN
Ya escucho.
EL CONDE, receloso.
¿Nos oye alguien?
SENÉN
Nadie, señor. Estamos solos.
EL CONDE
Estos miserables se ponen en acecho tras de las puertas, oyendo lo que se habla.
SENÉN, examinando las puertas.
Nadie nos oye. Puede hablar el Excelentísimo Sr. D. Rodrigo de Arista-Potestad.
EL CONDE
Dudo mucho que seas bastante afecto a mi persona para responder a todo lo que te pregunte.
SENÉN
Usía debe contar siempre con mi adhesión incondicional... (dándose importancia) como cuento yo con que el señor Conde no ha de pedirme nada contrario a mi dignidad.
EL CONDE, asombrado.
¡Tu dignidad!... Dispénsame: creí que no la habías adquirido aún... Ya sé que estás en camino de adquirirla... vas muy bien... llegarás..
SENÉN
Señor Conde de Albrit, aunque humilde, yo... me parece.
EL CONDE
Nada, nada. Ya no te hago las preguntas.
SENÉN
¡Ah! puede usía interrogarme con toda confianza. (Queriendo familiarizarse.) Señor Conde... de usía para mí... (Se atreve a ponerle la mano en el hombro.) Entre amigos...
EL CONDE
No, no, porque si salimos ahora con que hay dignidad, o esta dignidad es incorruptible o es venal... En el primer caso, Senén, no me dirás nada... en el segundo... Soy pobre y no podré cotizarla en lo que vale.
SENÉN, afectando seriedad.
Creo que nos hallaríamos en el primer caso.
EL CONDE
Pues, hijo... (despidiéndole). Adiós.
SENÉN, queriendo provocarle a la interrogación, para conocer su pensamiento.
Si el señor Conde me lo permite, diré una palabra. Usía quiere preguntarme... algo referente a su hija política, en el tiempo en que tuve el honor de servirla.
EL CONDE
Y cuando aún no habías echado dignidad.
SENÉN
La eché después... Y ahora, sin faltar al respeto que debo a usía, tengo el sentimiento de manifestarle que por gratitud, por estimación de mí mismo, por mil razones, no puedo en manera alguna revelar secretos que no me pertenecen.
EL CONDE, con vivo interés.
No se trata de secretos... que quizás no lo sean para mí. Quiero tan solo informaciones exactas acerca de una persona...
SENÉN
Ya...
EL CONDE
Íntimamente relacionada...
SENÉN
Comprendido.
EL CONDE
El pintor Carlos Eraul. Tú estuviste a su servicio algún tiempo, al dejar el de mi hijo; tú... (Con ardor.) Senén, por lo que más quieras, por la memoria de tu madre, revélame cuanto sepas.
SENÉN, con pujos de delicadeza.
Sr. D. Rodrigo, por todos los gloriosos antepasados de usía, le ruego que nada me pregunte, pues antes perdería la vida que responderle.
EL CONDE, con intenso afán.
Dame al menos alguna luz... sin ofender a nadie, sin faltar a los respetos que debes a tu ama. Dime: ese hombre era de baja extracción.
SENÉN, secamente.
Sí.
EL CONDE
Hijo de un pobre vaquero de la ganadería de Eraul, en Navarra. (Senén responde afirmativamente con la cabeza.) El cual, despedido por mala conducta, se metió a contrabandista. (Con triste humorismo.) Carlos, el hijo, también despuntó por el contrabando...
SENÉN
¡Oh, no...!
EL CONDE
Sé lo que digo... Su genio pictórico le abrió camino. Fuera de la educación artística, que se debió a sí mismo y al estudio del natural, era un ignorante, un bruto...
SENÉN
Poco menos.
EL CONDE
Ni alto ni bajo, moreno, de ojos negros... vigoroso... voluntad potente... (Senén afirma.) Su apellido era Vicente, pero él firmaba con el nombre de la ganadería: Eraul.
SENÉN
Exacto.
EL CONDE
Le conoció Lucrecia en una de esas rifas o kermessas que organizan las señoras para...
SENÉN, interrumpiéndole.
Basta, señor Conde. No sé nada más.
EL CONDE, imperioso.
Responde.
SENÉN, inflado como un sapo.
No sé nada. Usía no me conoce.
EL CONDE, rabioso.
Te conozco, sí. Tu discreción no es virtud; es... cobardía, servilismo, complicidad. No eres el hombre digno que calla la culpa ajena; eres el esclavo, obediente a los halagos o al látigo del amo que le compró. (Apostrofándole con solemne acento.) ¡Maldígate Dios, villano! Que la luz que me niegas, a ti te falte. ¡Que enmudezca tu voz para siempre, que cieguen tus ojos! ¡Que vivas sin poseer la verdad, rodeado de tinieblas, en eterna y terrible duda, palpando en el vacío, tropezando en la realidad!... ¡Que busques la justicia, el honor, y encuentres mentira, infamia, dentro de un vacío tan grande como tu imbecilidad!... (Con desprecio.) Vete, vete; no te acerques a mí.
SENÉN, a distancia.
¡Demonio!... Saca las uñas el león... ¡Hola, hola!... (Vuelve el Conde a su asiento. Entra Nell con un servicio de café, elegante, en bandeja de plata.) ¡Ah!... señorita Nell... (Ofreciéndose a tomar de su mano la bandeja.) Deme acá.
NELL
No, no... ya puedo.
SENÉN, aparte a la niña.
Cuidadito con él... Está de malas. (Vase.)
ESCENA IV
EL CONDE, NELL; después DOLLY.
EL CONDE
¡Ah! Nell... ¿qué traes ahí?
NELL
¿Cómo habíamos de consentir que no te desayunaras? Hemos reñido a Gregoria.
EL CONDE
¡Oh! ¡qué ángel!... A ver... ¡Oh, esto sí que es bueno!... recién hecho... ¡qué aroma!... Dios te bendiga.
NELL
No merezco yo las bendiciones, sino Dolly, que es quien te lo ha hecho.
EL CONDE
Pero la idea habrá sido tuya. (Se sirve.)
NELL
No quiero engalanarme con plumas ajenas. La idea fue de ella... Se ha puesto furiosa... Y a Venancio, le ha echado una buena peluca.
EL CONDE
¡Atrevidilla!
NELL
Le gusta cocinar... y sabe... ¿Qué tal está?
EL CONDE
Riquísimo... ¿Dices que Dolly sabe cocinar?
NELL
Le gusta. Quiere aprender. Pues ahora está preparando un guisote, y luego te hará fruta de sartén. Verás qué bueno.
EL CONDE
¡Qué criatura! Dile que venga.
NELL
Cree que estás enfadado con ella, y no se atreve a venir.
EL CONDE, imperioso.
Que venga, digo.
NELL, en la puerta de la casa, llamando.
A Dolly, que venga. Dolly, ven... Dice que no está enfadado.
DOLLY, con mandil de arpillera, remangados los brazos.
Abuelito, con esta facha no quería presentarme a ti.
EL CONDE
Ven... no seas tonta... Gracias, chiquilla, por el excelente café que me has hecho.
DOLLY
Y si me dejase Gregoria, te haría un arroz... que te chupabas los dedos.
EL CONDE, sonriendo benévolo.
Bien, bien... Vaya, posees el genio de dos artes muy difíciles: la pintura y la culinaria.
DOLLY, haciendo una graciosa reverencia.
Para servir a usía, señor Conde.
NELL
Mientras nosotras estemos aquí, no te faltará nada, papaíto.
EL CONDE, a Dolly.
Pues aplícate, hija, aplícate, y serás una excelente cocinera. Quizás te conviene más de lo que tú crees. ¿Y Nell, no guisa?
NELL
¡Ay! yo no sirvo para eso. Me da repugnancia... Además, no sé; vamos, que no me gusta.
EL CONDE
Cada cual según su temperamento.
DOLLY, riendo.
Esta es tan finústica, que para fregar un plato, es preciso que el plato esté limpio.
NELL, riendo.
Esta es tan a la pata la llana, que no lava las cosas sino cuando están muy sucias.
DOLLY
Claro.
EL CONDE
Cada cual, chiquillas, es como es, y no puede ser de otra manera. ¡Y yo que no veía diferencia entre vosotras! Ahora, no solo os distingo, sino que os considero con absoluta desigualdad. Ya separo vuestros caracteres, separo vuestras voces, separo vuestras almas... Sois el día y la noche, el alfa y la omega... la... No, no os digo lo que pienso, pobrecitas; no me entenderíais.
ESCENA V
EL CONDE, NELL y DOLLY, EL CURA; después D. PÍO
EL CURA
La paz sea en esta casa.
EL CONDE
Curiambro, buenos días... Yo bien, ¿y tú?
EL CURA
Pasando... Ya me enteré... Venancio y Gregoria se han llevado un mediano réspice. No se repetirá el disgusto; yo se lo aseguro al noble león de Albrit.
EL CONDE
El león de Albrit, que no teme las fieras, pero siente repugnancia de las alimañas inferiores, tendrá que buscar otra cueva.
EL CURA
A propósito de cuevas, el Prior de Zaratán, que, entre paréntesis, quedó ayer encantadísimo de la exquisita cordialidad con que usted le recibió, nos invita hoy a tomar un bocadillo en su Monasterio.
EL CONDE
¿A mí también?
EL CURA
A usted principalmente. Iremos Monedero, Angulo y yo, en calidad de séquito, de cortesanos o chambelanes de Vuestra Señoría, por no decir Majestad.
EL CONDE
Gracias... Pues no me opongo. A cortesía nadie me gana. Visitaré gustoso el Monasterio.
EL CURA, a Nell, que le hace señas.
No, si vosotras no vais. No queremos estorbos. Además, Vicenta Monedero, por mi conducto, os invita a comer en su casa, y a pasar allá la tarde.
EL CONDE
¿La Alcaldesa?
EL CURA
Celebra su fiesta onomástica... Allí tendréis a toda la juventud florida de Jerusa.
DOLLY
Lo siento... Mejor me estaba yo todo el día en mi cocinita.
NELL
¡Tonta, si el abuelo no ha de comer aquí!
EL CONDE
¿Cómo no?
EL CURA
Seguramente, los señores frailes no nos soltarán a dos tirones. Me figuro el convitazo que habrán dispuesto, algo así como las bodas de Camacho, o los festines de Lúculo. Ea, chiquillas; hoy secuestro al león. Yo cuidaré de que no se aburra lejos de vosotras.
DOLLY
Malditas ganas tengo yo de festejo.
NELL, gozosa.
Sí que iremos. Nos divertiremos mucho.
EL CURA
Nell es más sociable que Dolly... (A Dolly.) Pero, tonta, ¿no te avergüenzas de que te vean tiznada?... ¡Uy! ¡cómo apestas a cebolla!
DOLLY
Mejor. Pues a usted bien le gusta que le den comiditas buenas... y bien se regodea y se relame.
EL CURA
Veremos lo que te dura esa ventolera de los afanes domésticos... (Mira al Conde como pidiéndole su parecer; pero D. Rodrigo, profundamente abstraído, no atiende a la conversación.)
EL CONDE, con una idea fija.
Cada cual, según es...
D. PÍO, con timidez, desde la puerta.
¿Dan permiso?
EL CURA
Adelante, gran Coronado.
DOLLY
Hoy no hay lección, Piito. Tengo mucho que hacer.
NELL
¡Qué gracia! El juego de las comiditas. (Al Cura.) Pues hoy me da a mí por estudiar de firme, ea.
EL CURA
¡Bravísimo!
NELL, con estímulo de amor propio.
Quiero aprender, quiero instruirme. La ignorancia me avergüenza, y empieza a estorbarme. Hoy estudiaré por las dos. ¿Te gusta, abuelito?
EL CONDE, divagando.
Cada una, según su natural...
D. PÍO, a Nell.
¿Vamos?
DOLLY
Yo, a mis cacerolas.
NELL
Y yo, a darle la jaqueca a D. Pío.
EL CURA
Y yo, a ponerme de acuerdo con el Alcalde sobre la hora a que hemos de salir. (Dando su mano al Conde.) Vendremos por usted.
EL CONDE
Hasta luego, hijo.
EL CURA, a las niñas.
Cuando terminen, la una sus lecciones, la otra su trajín, prepárense para la fiesta de Vicenta. Que os pongáis bien guapas, ¿eh?... Cuidado, chiquillas, que representáis en el mundo la gloria, la nobleza, la tradicional elegancia de Albrit.
DOLLY
Bueno, bueno. Estamos enteradas. (Se detiene, esperando que el abuelo le diga algo.)
EL CONDE
Dolly...
DOLLY, presentando su mejilla.
Abuelito...
EL CONDE, besándola.
No estoy enfadado contigo. ¿Y tú conmigo?
DOLLY
Lo estuve... pero ya pasó... (Vase gozosa.)
EL CONDE, tomando el brazo de Nell.
Nell, aguarda... Quiero asistir a tu lección. Llévame, hija mía.
(Entran en la casa, seguidos de D. Pío.)
ESCENA VI
Dormitorio del Conde.
EL CONDE, que entra; DOLLY, barriendo.
EL CONDE
¿Qué haces, chiquilla?
DOLLY
Ya lo ves: arreglándote la leonera. ¿No has reparado que esa bribona de Gregoria, ni limpia aquí, ni barre?... Toda la casa la tiene como una tacita de plata, menos esta alcoba tuya, que debiera ser el sagrario...
EL CONDE
Hija mía, como no veo bien...
DOLLY
Te digo que la maldad de esta gente me subleva... Entérate de lo que he dispuesto. Entre la Pacorrita y yo hemos traído el lavabo bueno, que esos indinos quitaron de aquí para ponerlo en nuestro cuarto. Luego te mudaremos la cama, poniéndola en aquel rincón, para que estés más resguardadito del aire que entra por las rendijas de la ventana.
EL CONDE, embelesado.
¡Admirable! ¿Y a ti se te ha ocurrido todo eso?
DOLLY
Todito ha salido de esta cabeza.
EL CONDE, besándola.
¿Y has acabado ya tus guisotes?
DOLLY
Como te vas a comer con los frailes, he suspendido lo que tenía preparado para hoy. Pero mañana te haré una cosa muy rica, que a ti te gusta mucho.
EL CONDE. (Se sienta; la abraza.)
Eres un ángel... Lo uno no quita lo otro. Cabe en lo humano que seas lo que eres... y al propio tiempo criatura inocente, buena... quizás rematadamente buena. ¿Verdad que sí?
DOLLY
Pero tú no me quieres.
EL CONDE, confuso.
Sí te quiero. Es que...
DOLLY
No vayas a creerte que hago yo estas cosas porque me quieras. Pégame, y haré lo mismo. Las hago porque es mi deber, porque soy tu nieta, y no puedo ver con calma que a un caballero como tú, poderoso en otro tiempo y dueño de toda esta comarca, le desatiendan gentes groseras, que no valen lo que el polvo que llevas en la suela de tus zapatos.
EL CONDE, con viva emoción.
Deja que te bese una y mil veces, criatura. ¿Conque tú...?
DOLLY
Y a esos indecentes, que no se acuerdan de la miseria que tú les remediaste, ni de que crecieron, yerbecitas chuponas, en el tronco de Albrit; a esos puercos, arrastrados, canallas, les estaría yo dando en la cabeza con el palo de esta escoba, hasta que aprendieran a respetar al que honra su casa solo con pisar en ella.
EL CONDE, empañada la voz por la emoción.
¡Y tú... tú piensas eso!
DOLLY
Y lo digo... y lo hago... Esta noche, cuando vuelva del convite, te arreglaré toda la ropa, que la tienes bien destrozadita. Esa pánfila de Gregoria no da una puntada en tu ropa. Fíjate en la de Venancio, que parece un Duque.
EL CONDE. (Cruza las manos y la contempla extático, tratando de estimular la visión en sus ojos enfermos.)
¡Y lo haces por mí, por mí!
DOLLY. (Se sienta a su lado, la escoba entre las manos.)
Sabiendo que me quieres menos que a Nell. Reconozco que Nell lo merece más que yo, porque es más fina... y además tan buena...
EL CONDE, algo turbado.
Pero a ti... a ti te quiero también. Dime la verdad: ¿te incomodaste porque no te dejé subir conmigo?
DOLLY
¡Vaya con el desprecio que me has hecho... dos noches seguidas! La primera vez, D. Carmelo y el Médico, que cenaron aquí, me consolaban... Pero anoche... ¡ay! me entró tal tristeza, que no pude dormir, y los ratos que dormí tuve sueños muy malos.
EL CONDE
¿Qué soñaste? A ver si lo recuerdas.
DOLLY, con emoción un tanto picaresca.
Pues soñé... Primero soñé que tú eras malo... ¡Ya ves qué desatino! Después soñé que entraba en nuestro cuarto mi papá... con una cara tan triste, tan triste... y se llegaba a mi cama, y me daba muchos besos...
EL CONDE
Antes iría a la cama de Nell...
DOLLY
Ni antes ni después... Yo soñaba que Nell no dormía en mi cuarto. Ya ves. Otro desatino.
EL CONDE
¿Y no te dijo nada tu papá?
DOLLY
Sí: algo me dijo, juntando su cara con la mía; pero no puedo acordarme: de esto sí que no me acuerdo... ¡Luego hablaba tan bajito, tan bajito...!
EL CONDE
Es lástima...
DOLLY, con donaire.
No hagas caso. Lo que soñamos es todo mentira, ilusión.
EL CONDE
No aseguro yo tanto. Mi vejez resulta más candorosa que tu infancia. Yo creo en los sueños.
DOLLY
¡Pues cuando tú lo dices...! (El anciano cae en profunda meditación. Dolly le observa cariñosa, esperando que reanude la conversación.) ¿Qué tienes, papaíto? ¿Por qué estás triste?
EL CONDE
Hija mía, tu charla inocente, tu ingenuidad, tu alma, que sale con tu voz, y aletea en tus resoluciones, hacen en mí el efecto de un tremendo huracán... ¿no entiendes?... sí, de un huracán que me envuelve, me arrebata, me arroja en medio de la mar...
DOLLY
¡Abuelo...!
EL CONDE, levantándose, consternado.
Sí: aquí me tienes forcejeando en medio de este oleaje de la duda. Una onda me trae y otra me lleva... y yo... ahogándome sin morir en esta inmensidad negra y fría... ¡Oh, no puedo vivir, no quiero vivir!... Señor, o la verdad o la muerte... No te asustes, niña querida. Son arrebatos que me dan. Tras esta duda quizás venga la certidumbre que deseo, que pido a Dios con toda mi alma; certidumbre que no será la que perdí: será otra, qué sé yo... (Con intensa ternura.) Dolly, ¿dónde estás? Ven a mí; suelta la escobita y abrázame. (La abraza estrechamente y la besa llorando.) Si eres tú, porque lo eres... si no, porque... no sé por qué... porque sí... no lo sé.
ESCENA VII
EL CONDE, DOLLY, EL CURA
EL CURA, en la puerta.
Pero, señor león de Albrit, ¿se olvida de que abajo estamos esperándole?
EL CONDE, limpiándose las lágrimas.
Voy... Perdona... me entretuvo esta chiquilla.
EL CURA, dando prisa.
No nos sobrará el tiempo.
DOLLY
Adiós, abuelito. Toma tu palo y el gabán. (Le da ambas cosas.) El día está bueno. Te divertirás mucho.
EL CONDE, resignado, dejándose llevar.
Adiós, hija mía. Quieren que vaya a Zaratán... Pues a Zaratán. Hasta la noche.
ESCENA VIII
Monasterio de Zaratán (Jerónimos).
Hállase situado en un fértil llano, con ligera inclinación y corriente de aguas hacia el Mediodía. Lo resguardan de los vientos septentrionales el verde muro de una selva espesísima, y la fortaleza de un monte, estribación de la sierra que por el Este se extiende en escalones hasta la mar. Rodéanlo frondosas arboledas de sombra, adorno y fruto, y tierras de cultivo y pasto, cerradas por tapia o setos vivos, en extensión considerable.
La construcción románica de la iglesia y de parte del convento aparece bastardeada, y en algunos puntos ridículamente sustituida por horribles superfetaciones del pasado siglo, de una imbecilidad que causa enojo y tristeza. En el frontis de la iglesia, en distintas puertas y ventanas, campea el escudo de Albrit, león rampante con banderola en la garra, y el lema: Potestas Virtus.
No lejos de la fachada de la iglesia, separado de ella por anchurosa calle de chopos viejos, podados, llenos de jorobas y arrugas, está el portalón de ingreso. En una plazoleta mal pavimentada de losetones verdinegros y resbaladizos, que fuera de él se extiende, se para el coche que conduce al Conde de Albrit y su acompañamiento. Sale toda la Comunidad a recibirle, con el Prior a la cabeza.
EL CONDE DE ALBRIT, EL CURA, EL MÉDICO, EL ALCALDE, EL PRIOR y MONJES.
Es el Padre Maroto varón tosco y agradabilísimo, con sesenta años que parecen cincuenta; ni bajo, ni flaco, ni gordo, admirablemente construido por dentro y por fuera, con equilibrio perfecto de músculos, hueso y cualidades espirituales. La ingeniosa Naturaleza supo armonizar en él, como en ninguno, la potente estructura corporal con la agudeza del entendimiento. Su índole nativa de organizador y gobernante en todo se revela; pero reviste tan hábilmente de dulzura y gracia el báculo de su autoridad, que ni siquiera duelen los estacazos que suele aplicar a los díscolos de su corto rebaño. Sin su energía, actividad y metimiento prodigioso, el fénix de Zaratán no habría renacido de sus cenizas.
EL CONDE, muy afectuoso, contestando con exquisita urbanidad al saludo de bienvenida que en el portalón le dirige el Prior.
Me anonada usted, señor Prior, saliendo a recibirme con la dignísima Comunidad... Vamos, que esto es hacer de mí un Emperador Carlos V.
EL PRIOR
Para nosotros, imperio ha sido la casa de Albrit, y las glorias de Zaratán se confunden en la historia con la grandeza de los Potestades.
(Entran en la calle de chopos jorobados; detrás, respetuosamente, el séquito civil y frailuno.)
EL CONDE, con tristeza.
¡Oh, grandezas desplomadas!... Albrit y Laín no son ya más que polvo y ruinas. (Pausa solemne.) Y agradezco más los honores que en esta ocasión se me tributan, porque veo en ellos un absoluto desinterés. Señor Prior de Zaratán, el último Albrit no puede corresponder a tan noble agasajo con ninguna clase de beneficios. Es pobre.
EL PRIOR
Nosotros también. En los tiempos que corren, no hay más riquezas que la virtud y el trabajo, y más vale así.
EL CONDE, parándose con intento de admirar las hermosas campiñas que a un lado y otro de la chopera se ven.
Admirable cultivo. Esta santidad agricultora es un encanto... y un gran progreso, el único progreso verdad.
EL PRIOR
Trabajamos porque Dios lo manda. Dios quiere que no cultivemos solo el cielo, sino la tierra; la tierra, que es el complemento de la fe.
EL CONDE
Y, como la fe, la tierra no engaña. Ella nos alimenta vivos; muertos nos acoge...
(Entran en el convento, y pasan a una sala cuadrilonga, en cuyas paredes se ven rastros de un fresco decorativo, que borroso asoma por entre los remiendos de yeso. La sillería es moderna y ordinaria, porque los monjes no tienen para más. El Prior hace al Conde la presentación de los Padres más ancianos, o más significados por sus talentos. El uno es notable por su facultad oratoria; el otro despunta en la agronomía; aquel es teólogo insigne; estotro, arquitecto. No falta el organista ni el veterinario, que al propio tiempo es algo canonista, y muy buen castrador de colmenas. Terminadas las presentaciones, el Prior quiere obsequiar al Conde y acompañamiento con un Málaga superior, que le han enviado de su tierra para celebrar. Acéptalo el Conde con galantería, y D. Carmelo con júbilo. Sirve un lego, y catan todos del finísimo licor.)
EL ALCALDE, repantigado en un sillón.
¡Compadres, vaya una vida que se dan ustedes!
EL CURA, repitiendo.
¡Bendita sea la cepa que da este caldo! Debe de ser la que plantó Noé.
EL MÉDICO, en voz baja a un fraile, con quien platica.
Conviene que vea y aprecie las excelencias de Zaratán bajo el punto de vista de la vida orgánica y de las comodidades, porque, como buen aristócrata, se inclina al sibaritismo.
EL ALCALDE, a un monje que despunta en la agronomía.
Dígame, compañero, ¿de dónde demonios han sacado ustedes la simiente de esa remolacha forrajera que he visto en algunos tablares?
EL FRAILE, con acento italiano.
Es de Lombardía, y también el grano turco.
EL ALCALDE
¿Qué es eso?... ¡Ah!... el maíz... Buenas cañas. Me han de dar ustedes unas mazorcas. Pues ¿y la alfalfa? Dan ganas de comerla... También quiero simiente... Yo no ando con repulgos; soy muy francote... barro para adentro... Verdad que también doy cuanto tengo... el corazón inclusive... (Pasando junto al Conde.) Señor D. Rodrigo, yo que usía, francamente, me dejaría ya de hacer el caballero andante, y me vendría a vivir con estos compadres, que me parece... vamos... que no lo pasan mal.
EL PRIOR, que, descuidándose a veces, emplea los tratamientos italianos.
¡Oh!... si monseñor viviera con nosotros, nos honraría extraordinariamente.
EL CURA, repitiendo.
Yo... se lo he dicho... ¡las veces que se lo he dicho!... Pero no quiere hacerme caso... Él se lo pierde.
EL PRIOR
Eccellenza, otra copita.
EL CONDE
No... muchísimas gracias.
EL MÉDICO
No puede desechar el recelo de que en Zaratán carecería de libertad. ¿Verdad, señores, que aquí estaría tan libre como en su casa?
EL PRIOR
Viviría en la más hermosa y abrigada celda que tenemos; comería lo que más fuese de su agrado; se pasearía de largo a largo por nuestros plantíos y praderas, y estaría dispensado de asistir a los oficios, y de ayunos y penitencias. Si esto no es buena vida, que me traigan al que descubra otra mejor.
EL CURA, repitiendo.
Su edad exige cuidados exquisitos, que aquí tendría como en ninguna parte.
EL CONDE, con afabilidad.
Señores míos, yo agradezco infinito su solicitud, y me siento orgulloso del afecto que me muestran, deseando tenerme en su compañía. Lo agradezco en el alma; pero no puedo acceder a sus nobles deseos, no y no. Y rechazo la oferta, no por mí, sino por la Comunidad, por lo mucho que la quiero, la respeto y la admiro.
EL MÉDICO, aparte a un fraile.
¡Viejo más marrullero!...
EL ALCALDE
Veremos por dónde sale.
EL CONDE
Estoy bien seguro de que los señores monjes, a los pocos días de alojarme aquí, no me podrían aguantar, y renegarían de haberme traído. Créanlo: tengo un genio imposible.
EL PRIOR
¡Eccellenza... por Dios...!
EL ALCALDE, volviendo al grupo distante.
¡Zorro de Albrit, remolón, pamplinero, si acabarás por venir aquí y tomar lo que te den, aunque sean sopas!
EL CONDE
Sí, soy inaguantable. Cuando no ha podido domarme el infortunio, ¿quién me domará?
EL PRIOR, echándose a reír y palmeteándole en el hombro.
Yo... sí, monseñor, yo... ¡También suelo gastar un geniecillo!...
EL CURA, repitiendo.
La dulzura, el tacto, el don de gentes del Padre Maroto, son una garantía de concordia... Vivirán en santa paz.
EL CONDE
Además, hay otro inconveniente. En mi vejez triste no puedo vivir sin afectos; me moriría de pena si no pudiera tener a mi lado a mis nietecillas, una de ellas por lo menos, la que escogiera yo para mi compañía.
EL ALCALDE, en alta voz.
Pues que las traigan. Es lo único que falta en Zaratán para que esto sea completo: un par de niñas...
EL PRIOR
¡Ah! eso no. Aquí no pueden vivir mujeres. Las señoritas le escribirían con frecuencia.
EL CURA, repitiendo, sin beber, y aplicándose, con finura, la palma de la mano a la boca.
Ya se iría jaciendo. Y alguna vez podrían las niñas venir a visitarle.
EL CONDE, un poco molesto.
Que no me conformo. ¿Cuántas veces he de decirlo?
EL PRIOR
Sí, sí... No se hable más.
EL CONDE, con fina marrullería.
No desconozco la fuerza de las razones expuestas para convencerme. Ni quiero que vean ustedes en mí un hombre terco, atrabiliario y desagradecido... No, Prior; no, amigos míos. Mal genio tengo; pero de las tempestades de mis nervios suele surgir el juicio sereno y claro. Hermoso es Zaratán, simpáticos y agradabilísimos el Prior y sus dignos cofrades. ¿Quieren tenerme por compañero y amigo? No digo que sí; no digo que no... No debo aparecer ingrato, ni tampoco ansioso de un bien que no merezco.
EL PRIOR, repitiendo los palmetazos afectuosos.
¡Si al fin, monseñor, hemos de comer juntos muchos potajitos... y nos hemos de pelear aquí... como buenos hermanos!
EL ALCALDE, dando resoplidos.
¡Si digo que...!
El Médico y el Cura cambian una mirada de satisfacción. Propone el Prior enseñar la sacristía, y dar un paseo por la huerta antes de comer, y a todos les parece idea felicísima. Aunque el buen Albrit ve poco, se presta con galana urbanidad a que le muestren prolijamente las imágenes, los ornamentos, los vasos sagrados. El pobre señor, en obsequio a los bondadosos frailes, hace como que lo ve todo, y con discreta lisonja de buena sociedad, todo lo admira y alaba, hasta que el Prior, abriendo un estuche, saca de él un cáliz y se lo enseña, diciéndole: «Esta hermosa pieza es donación de la Condesa de Laín.» Inmútase el anciano, y después de preguntar a Maroto si celebra en la hermosa pieza, y de responderle el fraile que sí, suelta un terno... y tras el terno una denominación que es escándalo y azoramiento de todos los que cerca están. Hace el Prior como que no ha oído nada, y siguen.
Se sirve la suculentísima y abundante comida en una salita próxima al refectorio, mientras come la Comunidad, y solo asisten a ella, a más de los forasteros, el Prior y un monje anciano, el más calificado de la casa. Muéstrase, desde la sopa al café, decidor y jovial el buen Prior, arrancándose a contar salados chascarrillos andaluces de buena ley; y el Conde, aunque con pocas ganas de conversación, y como atacado de tristeza o nostalgia, se esfuerza en cumplir la tiránica ley de cortesía, riendo todos los chistes, incluso los del Alcalde, el cual, después de un impertinente disputar sobre cosas triviales, barre para su casa, sosteniendo la supremacía de las pastas españolas para sopa entre todas las del mundo, incluso las italianas. Termina despotricando contra el Gobierno, porque no protege la industria nacional recargando fuertemente en el Arancel... ¡el fideo extranjero!
De sobremesa, propone el Prior un agradable plan para la tarde: siesta, el que quisiera dormirla; después, paseo hasta la casa de labor de abajo, que es la más interesante; visita a los corrales, establos y cabañas, y, por fin, solemnes vísperas con órgano, Salve, etc.