ESCENA VIII
LUCRECIA, EL CONDE
EL CONDE
Siento infinito molestar a una persona que, según me dicen, no está bien de salud.
LUCRECIA, que permanece en pie.
Me siento mejor. Tome usted asiento.
EL CONDE
¿Y usted en pie?
LUCRECIA, un tanto cohibida.
Como por encanto se me ha quitado la pereza. Ya sabe usted que estos arrechuchos nerviosos... la epidemia de las señoras... de improviso nos acometen y de improviso también se nos pasan.
EL CONDE, suspicaz.
Lo celebro mucho.
LUCRECIA
Enfermamos como heridas del rayo, y basta una vibración del aire para ponernos buenas. De la espantosa crisis solo me queda cierta alegría interna, y un deseo ardientísimo, irresistible...
EL CONDE, suspenso.
¿Qué...?
LUCRECIA
El deseo de besarle a usted la mano... (Se arrodilla y le besa la mano una y otra vez) y de pedirle perdón por las injurias que en aquel día triste le dirigí.
EL CONDE, queriendo levantarla.
Lucrecia... ¿qué es esto?... (Por un momento cree que es burla; pero no tarda en advertir la sincera emoción de la dama.)
LUCRECIA
Mi única pena es que usted sospechará quizás... que le engaño.
EL CONDE
No, no; creo que es verdad...
LUCRECIA, que se levanta, enjugando sus lágrimas.
Necesito explicar a usted cómo ha venido esta crisis... sacudimiento moral, revolución de todo mi ser... (Se sienta. Su lenguaje es cortado, febril.) Los temblores de tierra trastornan el suelo... Una catástrofe horrible en mis sentimientos me ha trastornado a mí, me ha hecho morir y revivir en menos de dos días... ¿Es esto nuevo? Yo creo que no. Ha ocurrido mil veces... Fácilmente lo comprenderá usted... Un desengaño de los que anonadan... la perfidia de un hombre... tempestades del alma que todo lo destruyen y todo lo iluminan. Mi dolor ha sido como un incendio entre las ruinas... He visto mi conciencia... la he visto. Ya sé que no debo ser la que he sido, y estoy decidida a ser otra.
EL CONDE
¡Bendito desengaño, bendita convulsión del alma, que trae el arrepentimiento!
LUCRECIA
Pero el arrepentimiento, lo reconozco, necesita probarse. Por eso digo: «Espere usted y verá...»
EL CONDE, gozoso.
Pues lo veremos... y pronto... Si el arrepentimiento es verdad, nos lo dirán los hechos.
LUCRECIA
Y aguardando confiada los hechos, he querido dar a mi enmienda una sanción soberana, una garantía que asegure mi convicción y la de los demás. (Pausa.) Hoy he confesado con el Padre Maroto.
EL CONDE, gratamente sorprendido.
¡Ah!... ya me dijo la niña que estuvo aquí el Prior... Mas no sospeché...
LUCRECIA
No tenía sosiego, no podía vivir mientras no descargara mi alma de la horrible balumba... ¡Qué alivio, qué consuelo!
EL CONDE
Me da usted una grande alegría... Por de pronto, ¡qué situación tan distinta de aquella... la última vez que hablamos en la Pardina!
LUCRECIA
En efecto, yo he variado radicalmente.
EL CONDE
Yo también.
LUCRECIA
¿Usted? ¡Ah! sí, se ha despejado su razón, y ya no piensa en hacerme las terribles preguntas que en aquella conferencia me hizo.
EL CONDE
Mi razón no ha estado nunca turbada. ¿Y por qué no había de repetir yo en esta ocasión la pregunta que usted llama terrible? Ya no lo es. Su estado de conciencia facilita la respuesta, que sería la confirmación de lo que sospecho, de lo que sé... porque al fin, Lucrecia, he podido descubrir...
LUCRECIA, con serena frialdad.
Hoy no puedo incomodarme, señor Conde. No abuse usted de que estoy desarmada...
EL CONDE
Incomodarse... ¿por qué?
LUCRECIA
Porque viene usted a remover en mi corazón heces muy amargas, a trastornar de nuevo mi espíritu, queriendo penetrar los misterios más profundos del alma y de la Naturaleza... Eso, señor mío, eso que aun de nosotras mismas quisiéramos recatar, porque el pensarlo solo nos avergüenza, eso, a que no doy nombre, porque si lo tiene yo lo ignoro... (con solemnidad) ya lo he dicho a Dios, único a quien debo decirlo... Y crea usted que, para expresarlo, he tenido que violentar mi voluntad de un modo espantoso. Todo el que no sea Dios es un extraño, es un profano, sin derecho ninguno a recibir declaración tan grave. Ni una palabra más. (Pausa.)
EL CONDE, gravemente.
Sea. Ni una palabra más. Reconozco la extremada delicadeza del asunto, y no puedo menos de respetar el sosiego reparador en que hoy se halla su espíritu. No insisto. Ni es justo que la martirice exigiéndole una manifestación dolorosa, toda vez que lo que usted había de decirme... ya lo sé.
LUCRECIA, desconcertada.
¡Que lo sabe!
EL CONDE
Sí.
(Pausa. Ambos se miran.)
LUCRECIA
Pues si lo sabe, es más generoso no preguntármelo.
EL CONDE, muy tranquilo.
Es verdad. A generoso no me gana nadie. Ahora conviene que haga usted alarde de hidalguía, Lucrecia. Si le satisface que crea yo en su arrepentimiento, empiece usted por ser magnánima, aceptando la proposición que voy a hacerle.
LUCRECIA
¡Proposición!
EL CONDE
No he venido a otra cosa. Su conformidad con mi deseo establecerá la concordia inalterable de nuestras almas... En suma, quiero que partamos el bien que Dios nos ha dado: las niñas. Una para usted, la otra para mí.
LUCRECIA, con profunda intención, que disimula.
¡Para usted!... (Pausa.) ¿Cuál?
EL CONDE
Acceda usted a la partición, y después escogeré. ¿A las dos las quiere usted lo mismo?
LUCRECIA
Lo mismo: son mis hijas.
EL CONDE
Yo no puedo decir lo propio: las dos no son mis nietas.
LUCRECIA, con temor.
Otra vez la tremenda interrogación.
EL CONDE
Otra vez, y siempre... Llévese usted a una de las dos, y déjeme a mí la otra, la que yo quiera.
LUCRECIA
¡Dejarla aquí, en poder de usted, y sola con usted! Señor Conde de Albrit, eso es imposible. Además, me hace falta el amor de mis hijas.
EL CONDE, fríamente.
Y a mí el de mi nieta. Tengo derecho a ese consuelo.
LUCRECIA
Hoy es indispensable que las dos estén a mi lado, por muchas razones. No solo debo atender a su porvenir, sino a la salud de mi alma, a mi corrección, en una palabra. Como las plantas necesitan aire y luz, yo necesito el cariño de esas dos criaturas, que fundiré en un solo cariño.
EL CONDE, vivamente.
No son iguales para usted.
LUCRECIA, con firmeza.
Lo son... Otra vez clava usted los ojos de su alma en lo que para usted será siempre tremendo enigma... Son iguales, y si no lo fuesen, yo haré que lo sean. Por nada de este mundo me separo de ellas.
EL CONDE, con desconsuelo.
¿Y yo...?
LUCRECIA
En ninguna situación será el Conde de Albrit un extraño para mí. Nell y Dolly vendrán conmigo a verle... en la temporadita de verano... y usted, como ahora, a las dos las querrá por igual... por igual. Esa es condición indispensable para la concordia de nuestras almas, de que usted me hablaba. Dejemos el misterio allá, ante Dios que lo ve, y atengámonos a la realidad... convencional, a la realidad de la ley.
EL CONDE, con arranque.
No... ¡Maldita sea la ley...! La Naturaleza...
LUCRECIA
¡La Naturaleza, no... la ley!
EL CONDE, encrespándose.
No, no. Abomino de una ley infame. Quiero a mi nieta; me pertenece, la reclamo, y usted me la dará.
LUCRECIA
A mí me pertenecen las dos: las he llevado en mi seno.
EL CONDE, con desesperación, clavándose en el cráneo los dedos de ambas manos.
¡Triste de mí! Lucho con la ley, lucho con la madre... contienda imposible...
LUCRECIA, con tesón, levantándose.
Y ni como madre, ni como tutora, puedo acceder a lo que mi padre político pretende.
EL CONDE
¿Será usted capaz de rechazar mi proposición, de desairarme, de negar lo que pide el infortunado Albrit?
LUCRECIA
Con grandísima pena me veo precisada a negarlo. Mis hijas son mis hijas. A ellas les conviene el calor maternal, y a mí el cariño y la presencia continua de entrambas para vivir en paz con Dios, y asegurarme la rectitud de mi alma. La una es mi deber, la otra mi error. Mi conciencia necesita los dos testigos, las dos presencias, para que yo pueda tener siempre entre mis brazos, sobre mi corazón, mis buenas y mis malas acciones.
EL CONDE, atribulado.
Y entre mis brazos y en mi corazón, la soledad, el horrible vacío. (Levantándose, altanero.) No, no, Lucrecia, no me conformo... Por Dios, no me lance usted a la desesperación.
LUCRECIA
Sea usted razonable.
EL CONDE, suplicante.
Sea usted generosa.
LUCRECIA
Soy madre...
EL CONDE, exaltándose.
Soy abuelo, soy viejo... Necesito familia, amor.
LUCRECIA
En mí y en mis hijas lo tendrá. (Con una idea feliz.) Última palabra: véngase usted con nosotras.
EL CONDE
¡Con usted... con las dos! ¡Nunca!
LUCRECIA
¡Loca obstinación!
EL CONDE, brioso.
Entereza, sentimiento del honor.
LUCRECIA
Demencia.
EL CONDE
Si es demencia, maldita sea la razón.
LUCRECIA
Yo arreglaré la vida de usted... yo...
EL CONDE, inflexible.
Sin lo que pido, sin mi nieta, no quiero nada.
LUCRECIA
No tardará el viejo Albrit en renegar de esa independencia, impropia de su edad y de su situación. Acójase a mí, o su vejez será muy triste.
EL CONDE
Nada me arredra... nada temo. Lo mismo me importa la vida que la muerte. (Implorando.) Lucrecia, por última vez...
LUCRECIA
No insista usted... Se cansa en vano...
EL CONDE
Bien: no diré nada más. Ni está en mi carácter extremar la súplica... Lucrecia, adiós para siempre.
LUCRECIA
Eso es locura.
EL CONDE, trémulo, balbuciente.
Sí, sí... y los locos pacíficos... cuando no se les da lo que piden, hacen lo que yo... se van. Mas no saldré sin decir a usted que no veo, que no toco el cambio moral que debía ser resultado de su arrepentimiento. No. Lucrecia Richmond es siempre la misma... Confesada y sin confesar, la misma siempre... No creo que la haya perdonado Dios... ¡No la ha perdonado, no la ha perdonado, no, no!...
(Sale con vivísima agitación. Se siente su paso inseguro por la escalera. Baja agarrándose al pasamanos. Lucrecia, muy agitada, cae en el sofá llorosa. Acuden presurosos a ella Monedero y su esposa.)
ESCENA IX
LUCRECIA, EL ALCALDE, LA ALCALDESA; después NELL
EL ALCALDE
¿No lo decía yo? ¿Ha sacado la zarpa?... Si estoy por bajar, y aplacarle un poquito los humos.
LUCRECIA
No, no... ¡Pobre viejo!... Es muy sensible que no pueda yo acceder a lo que pretende. Dejarle. (Atendiendo al ruido de los pasos.) ¿Se caerá en la escalera? Vicenta, mande usted que le acompañe alguien. (Sale la Alcaldesa a dar órdenes.)
EL ALCALDE
De veras, ¿no se ha desmandado?
LUCRECIA
No... Debemos compadecerle, cuidar de él con todo el cariño del mundo.
LA ALCALDESA, que ha visto alejarse al Conde.
El pobrecito llora... Parece que no puede tenerse en pie. Pero se resiste a que le acompañe un criado. Quiere andar solo.
LUCRECIA
Solo... ¡Qué dolor! ¡Triste ancianidad!... (Sintiendo perturbado su espíritu.) ¡Oh, Dios mío! ¿dónde está la paz que diste a mi alma? Ese hombre me la quitó... Es el agitador de mi conciencia... ¡Otra vez el tumulto en mi mente... otra vez la ansiedad, el temor, la duda!... (Consternada, alza los brazos, echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos.)
LA ALCALDESA
¿Otra vez mal, amiga mía?
EL ALCALDE
Que venga el médico.
LA ALCALDESA
Al instante.
LUCRECIA
Los dos... Que vengan los dos médicos. Quiero ver al Prior... Que vuelva.
EL ALCALDE, oficiosamente.
Mandar recado a la Rectoral: allí estará.
LUCRECIA, agitadísima.
Sí... yo no quiero ser mala; no quiero padecer... quiero curarme. Se renueva la herida. Meteré la mano en ella, y si duele, que duela; y si con el dolor se me acaba la vida, que se acabe. ¿Dónde está mi hija? Nell, alma mía. (Entra Nell y se arroja en sus brazos llorando.) Ven, abrázame. ¿Verdad que no te separarás de mí, que no quieres separarte de mí?
NELL, con emoción infantil.
Nunca, nunca.
ESCENA X
Calle de Potestad, callejón del Cristo. Anochece.
EL CONDE, que avanza con lentitud, vacilante, tentando las paredes; después D. PÍO.
EL CONDE
Ya lo veo, ya lo veo; es lo único que veis, ojos míos... que estoy de más en el mundo. ¡Pobre Albrit, tu vida termina...! «Imposible, ha dicho esa mujer, imposible...» Y ese imposible cierra todo espacio a la esperanza... Ya no hay esperanza... Vida, te acabaste; alma, vete de aquí... El monstruo me ha negado mi consuelo, me roba el único bien de mi triste vejez... Señor, Dios mío, ¿qué delito he cometido para caerme en este abismo de desolación?... ¡No poder estrechar entre mis brazos a mi hija, a mi Dolly, retoño preciosísimo de mi raza, flor nueva de una familia que no debe extinguirse!... ¡Y se la lleva... se las lleva a las dos, quizás para envilecerlas!... Porque no creo en su arrepentimiento, no. Se siente abrumada por las terribles consecuencias de sus pecados... le duele el mal... y cuando el pecado duele, el pecador llora... Sus clamores quieren decir dolor, opresión, empacho del vicio; mas no quieren decir arrepentimiento. Cuando el glotón se indigesta, maldice la comida; pero pasa el mal, y vuelve a comer... No creo en tu enmienda, diablo harto de carne, ni creo que te haya perdonado Dios... No, a Dios no le engañas... ni tampoco al viejo Albrit... ¿Verdad, Señor, que no la has perdonado? (Detiénese bajo un farol, y vuelve los ojos al cielo.)
D. PÍO, parado en la acera de enfrente, contemplándole.
¡Albrit!
EL CONDE
¿Quién me llama? Conozco esa voz; es voz familiar.
D. PÍO, acercándose.
Soy Coronado, tu amigo... quiero decir, el amigo de usía. (Le abraza.)
EL CONDE
¡Ah! mi único amigo quizás... Ven, acompáñame. ¿En dónde estamos? Mi Jerusa también se vuelve contra mí, y me trastorna con el cariz nuevo de sus calles reformadas.
D. PÍO, guiándole.
Por aquí. Si va usía a la Pardina, entremos por el callejón del Cristo.
EL CONDE
No sé a dónde voy... ¿Es de noche ya?
D. PÍO
Sí, señor. Júpiter está encendiendo los faroles.
EL CONDE
¿Quién es Júpiter?
D. PÍO
El farolero, señor. Se llama Jove, Pepe Jove, y yo por broma le llamo Júpiter, aunque más le cuadraría Baco, porque es el primer borracho de Jerusa.
EL CONDE, abismado en sus reflexiones.
¡Noche triste, más triste que aquella en que nos reunimos en el Páramo! No hay humano juicio que pueda discernir esta noche cuál de los dos es más desgraciado.
D. PÍO
¡Ah, señor! ahora y siempre, Coronado se lleva la palma. Y lo comprendería el señor Conde, si ver pudiera las magulladuras y cardenales de mi cara, donde esas condenadas han escrito esta tarde, con sus uñas, la maldad de sus corazones.
EL CONDE
¿Qué me dices?
D. PÍO
Me han insultado, clavándome sus garras en el rostro; me han herido en la cabeza con una palmatoria... me han tenido todo el día sin comer. Gracias que en casa de un amigo me dieron estos pedazos de pan...
EL CONDE
¿Y no las matas? Si malo es ser bueno, peor es no ser hombre.
D. PÍO, con desprecio de sí mismo.
Albrit amigo, yo no soy hombre... yo no sé lo que soy.
EL CONDE
Mátalas.
D. PÍO
¿Matar yo?... Ni un mosquito ha recibido la muerte de mi mano. Que las espachurre Dios si quiere... Y usía, señor D. Rodrigo, tenga la dignación de acabar conmigo esta misma noche, porque ya no puedo más, ya no aguanto más. Coronado no ha de ver salir el sol de mañana, porque ese sol significaría más vida; significaría luz, aire, sonido, y yo quiero... ver las tinieblas, oír el silencio. (Pateando con desesperación.)
EL CONDE
Así me gusta. ¿De modo que estás decidido?
D. PÍO
Tan decidido, que todo lo he dispuesto. Escribí la carta, en la que digo que a nadie se culpe de mi muerte, y no me he vestido de limpio, porque esas bribonas me han empeñado la ropa... ¿Pero qué me importa la ropa, si esta noche he de acabar? Ahora iba yo en busca de usía para que me cumpliera lo ofrecido.
EL CONDE, cogiéndole por un brazo y sacudiéndole con nerviosa fuerza.
Sí... lo haré, lo haré con toda el alma... Me siento esta noche... no sé... me siento criminal.
D. PÍO
No será crimen, sino favor.
EL CONDE, con gran vehemencia.
Sí... morirás, Pío; caerás rodando por el cantil... antes de llegar al fondo del abismo, te harás pedazos... Morirás, sí. El hombre extremadamente bueno debe morir. Es una planta viciosa, estéril... Sí, bendito Coronado: verás con qué gracia y con qué denuedo te arrojo a la sombría inmensidad, como si lanzara una pelota. Aún tengo vigor para eso y para mucho más...
D. PÍO, tocando las castañuelas.
Ahora mismo, si usía quiere...
EL CONDE
No, ahora no. Tengo que ver a mi Dolly, a mi adorada Dolly... quiero darle el último adiós, comérmela a besos... sí, lo que se llama comérmela... Abur, Coronado, no me sigas. Puedo andar solo.
D. PÍO
Espero a Vuecencia...
EL CONDE
En el Páramo.
D. PÍO
Más seguro será en las Tres Cruces, al extremo de la calleja que sube a Santorojo, a la entradita del bosque.
EL CONDE
Bueno... Iré. Déjame ahora.
D. PÍO
¿No quiere usía que le acompañe?
EL CONDE
No... ya estoy cerca.
D. PÍO
Todo seguido. Allí se ve una luz: es la Pardina... Adiós.
EL CONDE
Hasta luego. (Renqueando, se pierde en la obscuridad.)
(Después de verle entrar en la Pardina, D. Pío se aleja.)
ESCENA XI
Habitación del Conde en la Pardina.
EL CONDE, VENANCIO, GREGORIA; después SENÉN.
VENANCIO, que entra y ve al Conde revolviendo en su maleta.
¿Qué hace el señor Conde?
EL CONDE
Ya lo ves: recojo algunos papeles que deseo llevar siempre conmigo.
GREGORIA, alarmada.
¿A dónde va usía?
EL CONDE
A donde a vosotros no os importa. ¿Por qué no viene Dolly? Dos veces la he mandado llamar.
VENANCIO
Ahora vendrá.
EL CONDE
Pues voy a donde quiero. A vosotros os bastará saber que os dejo en paz.
VENANCIO, premioso, rascándose la cabeza.
Me alegro de que el señor Conde facilite la separación, porque yo vengo a decir a Vuecencia... que... que no puede seguir en mi casa.
GREGORIA
Nada más que por el carácter soberbio del señor Conde... que por lo demás...
EL CONDE
Sí: mi carácter altanero no se aviene con el vuestro, tan suave, tan pacífico.
VENANCIO
Por lo cual, he determinado que Su Excelencia se aloje en donde guste, fuera de mi casa... Por esta noche puede quedarse; pero mañana...
EL CONDE, con dulzura, resignado y calmoso.
Esta noche misma: no te apures. Tú te quedas en tu Pardina, y yo me voy... a donde me acomode. No hablemos más. Al fin y a la postre, tengo que agradeceros la hospitalidad que me habéis dado.
VENANCIO
Nada tiene Vuecencia que agradecernos. Lo que me duele es que no hayamos podido hacer buenas migas.
EL CONDE
Las migas hacedlas vosotros... y que os aprovechen... Os pido el último favor. Traedme a Dolly. Los minutos que paso sin verla me parecen siglos.
VENANCIO
Vamos.
EL CONDE, sintiendo ruido en la puerta.
¡Ah! ella es...
SENÉN, entrando.
Soy yo, señor...
EL CONDE
¡Maldito seas! (Exaltado.) ¡Que venga Dolly, que venga al instante!
SENÉN, aparte a Venancio y Gregoria.
Dejadle conmigo. No hará nada, y en todo caso, yo sabré ponerle como un guante.
(Se van Gregoria y Venancio.)
ESCENA XII
EL CONDE, SENÉN; después GREGORIA
EL CONDE, receloso, altanero.
¡Ah!... te dejan aquí, como de guardia, por temor de que yo...
SENÉN
No, señor: vengo... porque... es de todo punto indispensable que hable dos palabras con usía.
EL CONDE
¿Conmigo?... ¿Palabritas tú? No: tú vienes a vigilarme. Creen que voy a pegar fuego a la casa... No, Senén; yo no hago mal a nadie, (Óyense gritos lejanos de Dolly, llorando, pidiendo socorro.) ¡Oh! ¿qué es eso?... ¡Dolly grita... llama! ¿Es su voz... o estoy yo loco y no sé lo que escucho?... Infames, ¿qué hacéis a mi hija, a mi Dolly? (Furioso, se precipita hacia la puerta. Cesan las voces.)
SENÉN, cortándole el paso.
Deténgase usía. Ya no puede evitarlo.
EL CONDE
¿Qué?
SENÉN
Que se la llevan. (Mira por la ventana.) Ya, ya salen con ella. (Corre Albrit a la ventana.)
EL CONDE
¡Bandidos, ladrones! (Vuelve a la puerta.)
SENÉN, sujetándole.
Deténgase, y óigame un instante. (Cierra la puerta y quita la llave.)
EL CONDE, amenazante.
¿Qué haces?... ¡Me encierras!
SENÉN, agitadísimo.
Una palabra, señor Conde, una sola, y usía comprenderá que quiero prestarle un gran servicio... Yo le explicaré...
EL CONDE
Pronto.
SENÉN
La niña... Su madre la mandó llamar; no quiso ir... Ha venido el Alcalde con toda su fatuidad, y con una pareja de la Guardia civil, y se la ha llevado.
EL CONDE, fuera de sí.
Ábreme esa puerta, o te mato ahora mismo. Ciego, aún tengo vigor para defenderme, para defender al ser amado. Ábreme te digo. (Coge una silla, decidido a estrellársela en la cabeza.)
SENÉN, trémulo.
Abriré... pero antes... quiero deshacer el grave error de usía.
EL CONDE
Habla... pronto.
SENÉN
Usía, movido del honor, ha pretendido descorrer el velo, señor; descorrer el velo...
EL CONDE
Acaba.
SENÉN, sudando la gota gorda.
El velo ¡ay! para descubrir la verdad, el endiablado secreto de la familia.
EL CONDE
Sí.
SENÉN
Y usía no ha visto nada.
EL CONDE
Sí he visto.
SENÉN
Lucrecia no ha querido decir a su padre político la verdad... Ese secreto, señor Conde, no lo posee más que un hombre en el mundo, y ese hombre soy yo.
EL CONDE
¡Tú!
SENÉN
Yo, que lo oculté, y ahora lo revelo. La hija falsa, la hija espúrea... es Dolly.
EL CONDE, aterrado.
¡Oh!... No, no... ¡Tú mientes! (Poseído súbitamente de un furor trágico.) Lacayo vil, tú mientes, y yo... ahora mismo (Se arroja sobre él, clavándole ambas manos en el cuello), ¡te ahogo, rufián! (Forcejean. El Conde, aunque anciano, es mucho más vigoroso que Senén; le arroja al suelo, y oprimiéndole con el peso de su cuerpo, le acogota.) ¡Villano, serpiente!... te mato, te ahogo, te aplasto. (Breve y formidable lucha.)
SENÉN, que al fin, con gran trabajo, logra desasirse del Conde.
¡Qué furor!... ¡Así paga mi servicio! Tengo pruebas.
EL CONDE
Tus pruebas son falsas.
SENÉN
Ahora lo veremos.
EL CONDE
¡Falsario, traidor! Dolly es mi sangre.
SENÉN, trémulo, descompuesto el rostro y el cabello, registrándose los bolsillos.
Aquí, aquí la verdad, señor... Tan verdad, como que hay Dios. (Saca un paquetito de papeles.)
EL CONDE
Venga. (Arrebata el paquete que muestra Senén, lo deshace, abre un pliego, intenta leer aproximándose a la luz.) No veo... no veo... (Con desesperación.) ¡Dios mío, luz a mis ojos; quiero luz!... Este hombre me engaña.
(Llaman a la puerta. Óyese la voz de Gregoria.)
SENÉN
Aguarde un poco.
EL CONDE, consternado, indeciso.
No veo... Toma, toma tus papeles... (Se los da, y luego los retira.) No... léemelo tú... pero no me engañes.
GREGORIA, golpeando la puerta.
Abrir... Abre, Senén.
EL CONDE
¡Qué importunidad!
SENÉN, recogiendo sus papeles de manos del Conde.
Luego los veremos.
EL CONDE, a Gregoria, que sigue llamando.
¿Qué demonios quieres? (Gregoria dice dentro algo que Albrit no entiende. Senén aplica su oído a la cerradura.)
SENÉN
Dice que han traído una carta de la Condesa.
EL CONDE
¿Para mí?... Venga pronto. (Abre Senén. Entra Gregoria, y da una carta al Conde, que la abre con temblorosa mano.) No veo... (A Senén, dándosela.) Léemela tú.
SENÉN, leyendo, alumbrado por el farol que trae Gregoria.
«Señor Conde, por consejo de mi confesor, he autorizado a este para revelar a usted la verdad que desea saber.—Lucrecia.»
EL CONDE
¿Dice eso?
GREGORIA, examinando la carta.
Eso dice.
EL CONDE
Basta.
SENÉN
El Prior está en la parroquia.
EL CONDE, disparado.
Corro allá.
ESCENA XIII
Iglesia parroquial de Jerusa, situada al Norte de la villa. Es irregular, conjunto inarmónico de nobles vestigios, y de restauraciones y enmiendas de fementido gusto. En el costado de Poniente, conserva un bello pórtico románico rodeado de poyos de piedra, muy cómodo para los que van a esperar la misa, o a ver salir la gente. La puerta, que por allí da ingreso a la nave lateral, es gótica, pintada de ocre, y sus gastadas esculturas, con las repetidas manos de cal, parecen obra de pastelería. En un ángulo del pórtico hay una puertecilla, de arco rebajado, que conduce a la sacristía. En diversas partes del edificio se ve el escudo de Laín: banda de cuarteles y un águila explayada con el lema en el pico: Decor vinxit. El interior ofrece escaso interés.
Como primera noche de la novena de Nuestra Señora de la Esperanza, hay sermón, que predica D. Carmelo, y Manifiesto. Asisten al piadoso acto los dos monjes de Zaratán, ocupando los sitiales del presbiterio, en que antaño se sentaban los Condes de Laín y señores de Jerusa, y hogaño son para las autoridades y personas de viso. Ha querido D. Carmelo deslumbrar al Prior, prodigando las luces, con ayuda de las señoras piadosas de la villa. Cortinas de terciopelo baratito, ramos de dalias y guirnaldas de follaje, completan la vistosa decoración.
Prevalece en Jerusa una costumbre que el progreso no ha podido destruir, y consiste en que las mujeres usan, para ir a la iglesia, unas mantellinas o caperuzas de franela, blancas, en forma de saco abierto por un lado, y ribeteado de estambre de color, con una motita en el vértice. Este tocado, que ha resistido valiente a las anuales acometidas de la moda, es extremadamente gracioso y pintoresco, y da a las multitudes un aspecto medieval. Úsanlo también las señoras principales, distinguiéndose por la finura de la franela y la mayor gala del adorno, comunmente de seda.
Sube al púlpito D. Carmelo, y enjareta un sermón pesadito, recamado de retóricas de similor, y el indispensable latiguillo de latinajos al final de cada período. Óyenlo con gran recogimiento los feligreses, sin entender palabra, lo que les aumenta la devoción, que tira un poquito a somnolencia.
EL CONDE, SENÉN, en la iglesia, fatigados del plantón y del kilométrico discurso.
EL CONDE, de mal talante.
Salgamos; esto es insoportable.
UN HOMBRE DEL PUEBLO, abriendo paso al prócer.
¿Por qué no sube usía a su sitial, en el presbiterio? Por la sacristía puede pasar sin apreturas.
EL CONDE
Gracias, amigo... me voy fuera. Se ahoga uno aquí con tanto calor y tanta retórica. (Salen y esperan. Ambos permanecen silenciosos. El Conde da espacio a la ansiedad de su espíritu paseándose.)
SENÉN. (En el camino de la Pardina a la iglesia, le ha contado algo de las ocurrencias y zaragata de Verola, sin que el Conde demuestre interés alguno.)
Pues, señor, D. Carmelo lo ha tomado con gana. ¡Vaya una correa de sermón que se ha traído!
EL CONDE
Es pesadísimo. Todos estos que comen mucho hablan sin término. El chorro de palabras les facilita la digestión... ¡Y no es floja contrariedad para mí! ¿Pero esto, Dios mío, no se acaba nunca?... Sin duda, Carmelo quiere lucirse con el Prior, y no cae en la cuenta de que el pobre fraile estará tan aburrido como nosotros.
(Pasa tiempo. Como todo tiene fin en este mundo, se acaba el sermón carmelino. Óyense modulaciones de órgano, cantos... Media hora más, y empieza a salir la gente. Retírase Albrit al ángulo del pórtico, para dar paso a la multitud, y en esto sale por la puerta de la sacristía Nell, acompañada de Consuelito y de una criada del Alcalde. Lleva la niña de Albrit caperuza de franela, que le da aspecto de figura gótica, arrancada de las vitelas de un misal antiguo. Su rostro, de hermosas líneas, adquiere distinción severa. Caen sobre sus hombros los pliegues de la tela con suprema elegancia.
Antes que vea Nell a su abuelo, Senén llama la atención de este sobre la aparición de la niña. Se estremece Albrit de sorpresa y emoción; la busca con su mirada incierta. Nell le ve al fin, y corriendo hacia él, le coge las manos y en ellas da sonoros besos. Al aproximarse la señorita, Senén se escabulle.)
ESCENA XIV
EL CONDE, NELL, CONSUELITO
NELL
Abuelito mío, ¿tú también aquí? ¿Por qué no has pasado? Arriba, junto al altar, tienes tu silla.
EL CONDE
¡Nell, qué hermosa estás! Te veo; veo la caperuza blanca...
CONSUELITO, oficiosamente.
Esta es una de las que usó su abuelita Adelaida, Condesa de Albrit. La conservo yo como recuerdo histórico.
EL CONDE, con arrobamiento.
Nell, veo tu rostro. Una aureola de nobleza y majestad lo rodea...
NELL, sorprendida de la emoción del anciano.
Albrit... ¿por qué me miras así? ¿Por qué tiemblan tus manos?... ¿Lloras?
EL CONDE. (Siente hondamente removida su alma. En ella entra una ola impetuosa. Es el convencimiento de que tiene entre sus manos las de la legítima sucesora de Laín y de Albrit.)
Hija mía, tu presencia me causa tanto regocijo como orgullo. Te reconozco. Eres mi descendencia, la continuidad gloriosa de mi sangre. ¡Rama florida de Arista-Potestad, Dios te bendiga!
NELL, apenada, atribuyendo las palabras del anciano a desconcierto de su razón.
Abuelo querido, ¿por qué has venido tan solo?
CONSUELITO, radiante de oficiosidad.
¿Pero no hay en la Pardina quien le acompañe?
EL CONDE
Mejor estoy solo. Y tu hermana, ¿cómo no ha venido contigo?
NELL
Mamá me ha mandado a la iglesia, encargándome que rece por ella y por ti.
EL CONDE
Y harás bien en rezar... por ella más que por mí.
NELL
No ha querido que venga Dolly, porque está un poco mañosa.
CONSUELITO, que rabia por hablar.
Como que fue preciso traerla a la fuerza de la Pardina.
NELL
La pobrecita quería estar más tiempo contigo. Mañana iremos las dos a verte.
EL CONDE, muy agitado.
No vayáis, no vayáis, porque no me encontraréis.
NELL
¿Pues a dónde te vas?
EL CONDE, velada la voz por la emoción.
Sucesora de Albrit, futura Marquesa de Breda... ya sé... ya lo sé... sigue tu camino lleno de luz, y déjame en el mío tenebroso.
NELL, confusa.
Papaíto, ¿qué razón hay para tanta tristeza? ¡Si te queremos lo mismo! Yo te aseguro que vendremos a verte, y que nos enfadaremos con mamá si no nos trae.
EL CONDE
No os traerá... ¿Y para qué? ¿Qué soy yo? Un despojo miserable... El viejo tronco muere; pero quedas tú, gallardísimo árbol nuevo, que perpetuará mi nombre y mi raza.
NELL, con mayor ternura.
Abuelo mío, si tanto me quieres, ¿por qué no haces lo que yo digo, lo que yo te mando? Eres un niño, y los que te aman deben... no digo mandarte... eso no... dirigirte. ¿Me permites que te dirija?
EL CONDE
Marquesa de Breda, tú mandas.
NELL, envaneciéndose.
Pues si alguna autoridad tengo sobre ti, oye lo que te digo, y hazlo, hazlo por Dios... Acepta el recogimiento de Zaratán.
EL CONDE, lastimado en lo más vivo.
Adiós, Nell... Vete con tu madre.
NELL
En Zaratán estarás muy bien.
CONSUELITO, metiendo su cucharada.
Como un príncipe, como un emperador.
NELL
Vendremos a verte.
EL CONDE
Adiós, Nell... (Se retira tambaleándose.) ¿El Prior dónde está?
NELL, gozosa, creyendo que su abuelo busca al Prior para tratar con él de su retiro en Zaratán.
En la sacristía... Por aquí.
CONSUELITO, cogiendo a Nell de la mano y llevándosela.
Niña, vámonos... Ya le has dicho lo que debías decirle. ¡Pobre anciano! Es, en verdad, un niño... demente.
NELL
¡Qué pena, Dios mío!... (Llamándole.) ¡Abuelo, abuelo!...
CONSUELITO
Déjale ya... El león arrogante y fiero entra en la sacristía. No dudes que nuestro buen Prior le armará una bonita trampa... Verás, verás cómo cae... (Confundidas entre la multitud, se alejan de la parroquia.)
EL CONDE, que, tentando la pared, logra coger la puerta, y se precipita en las salas que conducen a la sacristía.
¡Horrible, horrible! Ni siquiera ha manifestado el deseo de vivir en mi compañía... Ni siquiera me ha dicho, como su madre: «Vente con nosotras.» Lo que quiere es encerrarme... Esto es dar con el pie al ser inútil, al ser caído, que estorba... La duda, oh Dios, me asalta otra vez; la duda sopla otra vez en mi alma como huracán, y de las pavesas que se iban apagando, levanta llamaradas... No, no es esta la legítima, no puede serlo. Todos me engañan... Nell no tiene corazón; su frialdad desdeñosa desmiente la noble sangre. No es, no es... (Gritando.) ¡Padre Maroto! ¡Prior de Zaratán!
(Tropezando, se abre camino. Un monaguillo le conduce. El Prior sale a su encuentro. Cambian algunas palabras. Para hablar a solas, se encierran en el camarín de la Virgen.)
En la confusión del gentío que se retira, Senén busca al Conde dentro y fuera de la iglesia. Sospechando que estará en la Rectoral, corre hacia ella por un atajo. En la obscuridad se desvía; encuéntrase con un seto que le corta el camino; creyendo abreviar saltándolo, sube a unas piedras, pega un brinco, y cae en un montón de estiércol.
ESCENA XV
Calle del Buen Conde, que conduce de la iglesia a la subida del Calvario.
EL CONDE, que anda como un ebrio, tropezando en el desigual piso; UN HOMBRE DEL PUEBLO, LA MARQUEZA.
EL CONDE, viendo venir un bulto.
Buen hombre, ¿por dónde se va al infierno?
EL HOMBRE DEL PUEBLO, que no conoce al Conde.
¿Tabernas? Por aquí no las hay. (Sigue su camino.)
EL CONDE
¿No hay un rayo del cielo que me haga ceniza? Nell es la verdadera; la falsa es Dolly, Dolly, ¡la que me quiere más! ¡Vanidades del mundo, grandezas del honor, con qué mueca tan horrible me miráis! (Parándose ante un machón de pared que permanece vertical entre montones de ruinas.) ¿Quién va? ¿Eres tú, Senén? Lo que me dijiste es verdad. Tu revelación traidora resulta verdadera. Es verdad. Maroto no miente. ¿Ves qué burla?... Mis ideas me persiguen, no ya como águilas voraces, que quieren picotearme el cerebro, sino como cotorras charlatanas, que con su graznido, semejante al habla de hombres afeminados, se mofan de mí... ¡Maldito rufián, déjame! Eres una babosa perfumada... hueles horriblemente... y tu contacto da frío. No me toques.
(Avanza; pasa junto al último farol de Jerusa por aquella parte: sube por el sendero que conduce al Calvario. En dirección contraria viene una mujer del pueblo, corpulenta y descarnada, que no es otra que la anciana Sibila a quien llaman la Marqueza. Lleva una cesta al brazo.)
LA MARQUEZA, parándose y reconociéndole.
¡Señor, mi Conde, por aquí solito a estas horas!
EL CONDE
¿Quién eres? Soy Albrit, el último Albrit de la línea masculina. ¿Tú, quién eres? (La anciana se nombra.) ¡Ah! la Marqueza... Sibila de Jerusa, aquí me tienes. Ya no dudo: luego no existo... Esto que ves en mí, no es la persona de Arista-Potestad: es su esqueleto. No te asustes: los esqueletos no hacen daño. Asustan por el chocar de huesos, por el mirar burlón de sus ojos vacíos... pero nada más.
LA MARQUEZA
Señor, ¿qué le pasa? ¿Qué disparates dice? Voy a la Pardina con esta cesta de caracoles que me ha encargado el Sr. Venancio. ¿Quiere algo para allá? ¿Por qué no se viene conmigo?
EL CONDE
¿Yo a la Pardina?... ¿Has visto a las niñas de Albrit? ¡Qué feas son!... repugnantes como gusanos venenosos. La legítima no me quiere: me manda al manicomio. Dolly, que me ama, no es mi nieta. Es hija de un pintor vicioso y grosero... linaje de contrabandistas en el Alto Aragón. (Riendo sarcásticamente.) Dime, Sibila, ¿dónde está el hoyo más hondo de basura y lodo para meterme, y hacer en él mi cama eterna? Como escarabajo, allí labraré la nueva casa de Albrit, toda inmundicia.
LA MARQUEZA
Buen señor, no piense cosas malas.
EL CONDE
Vete, déjame. Si ves a Venancio, le dices que me arrodillo ante su radiante imbecilidad... Adiós, Sibila, adiós.
(Se aleja dando tumbos. La anciana sigue su camino.)