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El amor, el dandysmo y la intriga cover

El amor, el dandysmo y la intriga

Chapter 122: TIROS
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About This Book

A narrator writing from an alpine retreat reconstructs his youth through episodic recollections that blend travel, political plotting, and personal misadventures. He recounts voyages along the coast and stays in provincial towns, secret assignments and conspiratorial encounters, and episodes that alternate swordplay, cunning tactics, and social maneuvering. Interwoven are moments of romantic entanglement and dandyish affectation, alongside reflective passages about disappointment and the waning of youthful ambition. The work reads as a loosely organized memoir of adventurous episodes and social observation rather than a single continuous narrative.

VIII.
EMBOSCADA

Era ya bastante tarde cuando aparejé el caballo y el coche y me preparé para volver a casa.

Al entrar en Ezpeleta vacilé en seguir adelante o en quedarme allí. No adelantaba gran cosa en encontrarme en Bayona a las altas horas de la noche, y el recordar al Murciélago en aquel grupo de carlistas que había visto a la llegada del obispo, en compañía de Fermina la Navarra, me infundía algunas sospechas.

Pensé en las precauciones que tomaba el Picador para entrar y salir de cualquier parte.

—Entre hacer y no hacer, es mejor hacer, ¡qué diablo! Vamos adelante.

La noche estaba con alternativas, clara y obscura; había luna en el cielo y pasaban de cuando en cuando nubarrones espesos que dejaban el campo negro.

A los cinco minutos de salir de Ezpeleta se me apagó la luz del coche.

—¡Qué fastidio!—pensé—. El caballo se va a espantar con las sombras del camino y me va a dar la gran jaqueca.

TIROS

Poco después, un nubarrón cubrió la luna, y quedó la carretera tan negra que no se veía a cuatro pasos. Se me encogió el corazón y pensé que había hecho un gran disparate en salir. Iba con el caballo al trote corto, cuando brillaron dos fogonazos en los setos del camino, y silbaron unas balas cerca de mí.

Azoté al caballo, que echó a correr al galope, y al poco rato sonaron, ya detrás, otros dos estampidos.

Yo me agaché en el pescante, por si disparaban de nuevo, y seguí azotando al caballo.

Poco después volvió a salir la luna.

A la hora llegué a Cambo y llamé en casa de Stratford. Me abrieron. Mi amigo estaba aún levantado y le conté, riendo, lo que me había ocurrido.

—El farol apagado a tiempo y el nubarrón le han salvado a usted la vida.

—Sí, es verdad.

Tomé unos bizcochos y una copa de Jerez y me fuí a acostar.

Al pensar en lo que me había ocurrido sentí una mezcla de terror y de placer al mismo tiempo.

—Tengo que tener confianza en mi estrella—me dije, y me restregué las manos con gusto.