WeRead Powered by ReaderPub
El amor, el dandysmo y la intriga cover

El amor, el dandysmo y la intriga

Chapter 89: III. LA REINA
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

A narrator writing from an alpine retreat reconstructs his youth through episodic recollections that blend travel, political plotting, and personal misadventures. He recounts voyages along the coast and stays in provincial towns, secret assignments and conspiratorial encounters, and episodes that alternate swordplay, cunning tactics, and social maneuvering. Interwoven are moments of romantic entanglement and dandyish affectation, alongside reflective passages about disappointment and the waning of youthful ambition. The work reads as a loosely organized memoir of adventurous episodes and social observation rather than a single continuous narrative.

III.
LA REINA

Al día siguiente, don Eugenio me dijo que teníamos que ir al Ministerio de Estado a ver una persona importante.

Tomamos un coche, llegamos a Palacio, subimos varias escaleras, cruzamos dos pasillos, guardados por alabarderos, y entramos en un salón con la bóveda pintada, donde había, entre varios palaciegos y militares, una señora gruesa, vestida de blanco.

—¡Pero es la Reina!—exclamé yo, asombrado.

—Señora—exclamó Aviraneta inclinándose ligeramente—: aquí le traigo a este joven amigo mío y paisano, que va a llevar una misión difícil a Bayona, de la que yo le garantizo a Su Majestad que saldrá triunfante.

—¿No le habías dicho que ibas a traerle aquí?—preguntó la Reina.

—No; y, sin embargo, como ve Vuestra Majestad, no se ha confundido.

—Es cierto.

—No es cierto, señora. Estoy confundido de la bondad de Su Majestad para conmigo—dije yo.

—Nuestro amigo Aviraneta, ¿te ha explicado bien lo que debes hacer?—me preguntó la Reina.

—Sí, señora.

—¿Lo has comprendido bien?

—Creo que sí, señora.

—¿Estás dispuesto a trabajar con entusiasmo y con fe?

—Todo lo poco que pueda hacer yo por la causa de Su Majestad y de su augusta hija lo haré con toda mi alma.

—¿Cómo te llamas?

—Pedro Leguía.

—Está bien. Está bien. No me olvidaré de ti. Tengo confianza en tu triunfo. Cuando cumplas tu misión, ven a verme. ¡Adiós!

La Reina Gobernadora me alargó la mano, que yo besé respetuosamente, y Aviraneta y yo salimos del salón.

—Veo que tienes pasta de cortesano—dijo Aviraneta—; tú marcharás más de prisa que yo.

—¿Por qué dice usted eso?

—El ambiente de Palacio no te marea. A mí me marea y me repugna.