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El amor, el dandysmo y la intriga cover

El amor, el dandysmo y la intriga

Chapter 96: EN BASILEA
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About This Book

A narrator writing from an alpine retreat reconstructs his youth through episodic recollections that blend travel, political plotting, and personal misadventures. He recounts voyages along the coast and stays in provincial towns, secret assignments and conspiratorial encounters, and episodes that alternate swordplay, cunning tactics, and social maneuvering. Interwoven are moments of romantic entanglement and dandyish affectation, alongside reflective passages about disappointment and the waning of youthful ambition. The work reads as a loosely organized memoir of adventurous episodes and social observation rather than a single continuous narrative.

CUARTA PARTE
LOS PEONES DEL JUEGO

EN BASILEA

He vuelto de Saint-Moritz a Basilea. Voy ideando proyectos y dejándolos sin realizar. Tenía el pensamiento de seguir la ruta de Aviraneta y de mi suegro Arteaga, por el Rhin, hasta salir al mar; pero, al comenzar el camino en tren, estas enormes estaciones de los pueblos de Alemania, la gente atareada, que marcha de prisa, tanta fábrica y tanta chimenea, me han entristecido, y he vuelto atrás.

Nunca me había fijado como hasta ahora en la melancolía de los crepúsculos de estos pueblos del centro de Europa. ¡Qué cosa más lamentable! La vida es también en estas ciudades bastante triste. Para la mayoría de esta gente, el ideal es bien pobre: comer mucha grasa, beber mucha cerveza, y por toda diversión ir al cinematógrafo, al kino, como dicen ellos.

Estoy en Basilea, que es pueblo que me atrae. Vivo en un hotel modesto, muy agradable, que da sobre un jardín, con árboles y una fuente, y que no tiene nada de ese lujo insolente y aparatoso de los grandes hoteles, tan grato a los americanos y a los judíos.

Por las mañanas paseo por los alrededores de la catedral, ando por el claustro y me siento en la terraza a contemplar el Rhin, con sus olas verdes. Veo también el caserío del otro lado del río, los montes próximos y las chimeneas de las fábricas del barrio industrial de Basilea.

Miro el puente, reconstruído, por donde Aviraneta y mi suegro vieron pasar hace cerca de un siglo las tropas aliadas del príncipe de Schwarzenberg. Ahora pasan tranvías verdes y gente en bicicleta. Por la tarde voy al Jardín Botánico, a ver a las marmotas, y me gusta pasear por el Pequeño Basilea a orilla del río y contemplar las dos torres rojas del Munster, que se levantan al cielo y tienen en su base arboledas, terrazas y jardines, que se reflejan en las aguas del Rhin.

Los domingos, por la mañana, ¡qué melancolía en todo el pueblo! Una niebla suave invade las calles, desiertas; las casas góticas y las casas barrocas, con sus tejados apuntados, muestran sus ventanales, como unos ojos lánguidos y sin brillo. En la plaza de la Catedral y en la terraza que da sobre el Rhin no hay un alma. Alguna lancha marcha de lado, llevada por la gran corriente del río, y el barquero hace esfuerzos titánicos para dirigirla.

A las nueve comienzan a sonar todas las campanas del pueblo, y luego se oye el rumor del órgano y de los cantos de los oficios en la Munsterplatz. Por la tarde suelo estar en mi cuarto, con la ventana abierta, que da al parque.

Al anochecer cruzan empleados y empleadas de tiendas, montados en bicicletas. El cielo toma un color de ópalo, y pasan las golondrinas rápidamente, revoloteando y chillando.

Un orquestón de un circo de lona que han puesto delante de la estación del tren toca valses, polcas, la donna é mobile y la marcha de Tanhauser. Se enciende una luz de arco voltaico en el aire, y comienza a chirriar un grillo.


Hoy, sábado, después de cenar, oía una orquesta desde mi ventana, y he salido al parque próximo al hotel. Tocaba la música en un quiosco. La noche estaba tibia; los relámpagos iluminaban el cielo, haciendo destacarse en el horizonte esclarecido las ramas de los árboles.

La música ha tocado unos aires populares, entre los cuales he reconocido uno o dos de Haydn.

Unas muchachas cantaban al mismo tiempo la letra de estas canciones, y sus acentos guturales tenían un acento de juventud y de energía para mí encantador.

Algunos hombres se habían tendido en la hierba a escuchar; las muchachas paseaban en grupos, con sus trajes claros; había un olor de flores, y a veces resonaban las gotas de lluvia en las hojas de los árboles. Luego ha empezado a llover torrencialmente, y he corrido a refugiarme en el hotel.

Hoy, domingo, llueve también. He sacado mis papeles y me he puesto a escribir. Ya vivo sólo con mis recuerdos. Todo lo que uno ha vivido está bien muerto. ¿Quién se acuerda de ello? Nadie. Cierto que lo que vive ahora morirá también; pero esto no es un consuelo.

El cielo está gris y triste, como yo; para mí no hay sol mas que en los días transcurridos, y me refugio en mis recuerdos, como el animal se mete en su cueva.