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El aprendiz de conspirador

Chapter 124: LAZCANO
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About This Book

The narrator comes into a set of old notebooks recounting a relative's life of political plotting and risky enterprises, and examines them critically. The text blends memoir, proclamations, letters and press clippings to trace an apprenticeship in conspiracy, episodes of armed engagement and irregular bands, journeys across varied regions, and the use of cunning and force to survive. Reflections on ambition, shifting loyalties and the contrast between private memory and public action run throughout.

¡A qué estado habrán llegado
las costumbres de este pueblo,
que es necesario ensanchar
el callejón del Infierno!

LA CASA MISTERIOSA

Además de estas curiosidades, había en mi barrio algo que llegó a ser durante mi infancia una gran preocupación.

Era una casa pequeña de la calle de Santa María, que hacía esquina a una callejuela que llevaba el nombre del duque de Nájera.

Esta casa tenía dos cuerpos: piso principal, con cuatro balcones muy grandes y muy altos, con las vidrieras de cristales pequeños, verdosos y emplomados, y un segundo piso, estrecho y cuadrado, a modo de torre, con un solo balcón.

En el piso bajo no tenía más abertura que unos ventanillos altos, con rejas, y un portal estrecho, de trabuco, del que partía una escalera de caracol.

Los chicos del barrio solían decir que aquella casa amarilla era misteriosa en extremo; algunos aseguraban que en ella había duendes; otros afirmaban que monederos falsos; pero los más enterados decían que era uno de los puntos de cita de los masones.

Esta versión, poco a poco fué generalizándose, y entre la gente del barrio se llamaba aquella casa la casa de los masones. Se contaban historias extraordinarias de las reuniones que tenían allí los afiliados a esta secta, en las cuales todos iban enmascarados. Se afirmaba que bebían sangre y juraban guardar su secreto, delante de una calavera, con la punta de una espada desnuda en el pecho.

Muchas veces, de chico, estuve mirando aquella casa amarilla con gran curiosidad. De día no entraba nadie; sólo, a veces, al anochecer, se veía pasar algún embozado; daba unos golpes con los nudillos en la puerta, se abría ésta con una cuerda atada al picaporte desde arriba, y el hombre desaparecía en la obscuridad.

IV.
LA ÉPOCA

Aunque me consideres pesado, amigo Pello, te hablaré un poco de mi época, porque los jóvenes de hoy no tenéis una idea clara de la transformación verificada en España. Si la tuvierais miraríais con menos desdén a los hombres de mi generación.

No digo que abundara entre nosotros la gente entendida y de talento; pero entusiasmo y valor los había.

Sin preparación, sin cultura, sin medios, cogimos nosotros el momento más difícil de España. El edificio legado por los antepasados se cuarteaba, se venía abajo. Era la crisis de la patria, del imperio colonial y, al mismo tiempo, del absolutismo, de la Inquisición, de toda la vida antigua.

Ciertamente, hacía ya tiempo que las ideas filosóficas venían influyendo en la sociedad, pero en una minoría exigua en el elemento culto. La proclamación de la libertad civil y política, hecha por los norteamericanos, fué muy simpática al elemento avanzado aristocrático español; pero en cambio, la tempestad de la Revolución francesa produjo tal pánico, que la aristocracia, el clero y el ejército reaccionaron por instinto de conservación y se prepararon a defender sus privilegios.

El Gobierno mandó prohibir y recoger todo libro o periódico que hablara de los sucesos ocurridos en Francia, y se expidió un decreto, dirigido a las universidades y escuelas, suprimiendo la enseñanza del Derecho natural y de gentes.

LA INQUISICIÓN Y LOS SABIOS

Al mismo tiempo se recomendó el celo del Tribunal de la Inquisición, organismo que se sentía envejecido y fuera de lugar, y que no se atrevía a emplear los procedimientos severos de otras épocas.

A pesar de su general lenidad, el Santo Oficio castigaba a veces con mano firme.

En mi tiempo se hablaba todavía del proceso de Pablo Antonio de Olavide, hombre ilustre, de ideas reformadoras, a cuya inteligencia y celo se debieron las colonias de Sierra Morena. Delatado por un capuchino alemán como partidario de la filosofía, fué llevado a las cárceles de la Inquisición, donde tuvo que abjurar de rodillas, cubierto de un sambenito.

Después de salido de las cárceles del Tribunal de la Fe, Olavide se fué a vivir a la ciudad de Almagro, y de allí partió para Francia, donde le hicieron un recibimiento soberbio. La Asamblea Constituyente le declaró hijo adoptivo de la nación francesa. Olavide vivió algún tiempo en la Malmaison, que fué después la finca favorita de Napoleón y de Josefina. Esta finca pertenecía, por entonces, a un amigo de Olavide, M. Lecoulteux Dumolay.

Olavide fué, con Marchena y Guzmán, uno de los españoles que colaboró en el gran incendio de la Revolución francesa.

Después, preso con su amigo Lecoulteux en la cárcel de Orleáns, hubiera sido quizá guillotinado, a no haber sobrevenido la caída de Robespierre.

Otra persona conocida, presa años después en las cárceles del Tribunal de corte, por sospechas de ateísmo y materialismo, fué el profesor de Matemáticas don Benito Bails, que era autor de algunos compendios que se enseñaban entonces en las escuelas de España y en algunas de Europa.

A pesar de ser don Benito hombre de grandes relaciones en la corte, un día se presentaron los alguaciles en su casa de la calle de Carretas y le dijeron que se preparara para ingresar en la cárcel.

El pobre profesor, además de viejo, estaba tullido, y alegando su impotencia para valerse de sus piernas, se aceptó que se encerrara con él una sobrina suya, que por piedad accedió a asistirle.

El buen matemático, hombre ingenuo, antes de la declaración de los testigos de cargo, confesó haber dudado algunas veces de la existencia de Dios y del alma, aunque aseguró que no llegó tampoco a considerar como definitivo el ateísmo materialista.

Los inquisidores, viéndole reconocer tan fácilmente sus herejías, le trataron con cariño y le sacaron todo el dinero posible.

Por esta época, también un señor, don Felipe Samaniego, se delató a la Inquisición como lector de Voltaire, de Rousseau y de Hobbes, y de paso comprometió al duque de Almodóvar, a Campomanes, a Floridablanca, a Lacy, al general Ricardos y a otros hombres notables que eran partidarios de las tendencias reformistas.

La misma condesa del Montijo, en cuya casa se reunían personas distinguidas aficionadas a la lectura, fué desterrada por el rey a Logroño, acusada por los frailes de jansenista y de tener correspondencia con el abate Gregoire.

En el Palacio Real, los curas, que habían perdido mucha influencia desde el tiempo del conde de Aranda, la recobraron íntegra. El padre Eleta, confesor de Carlos IV, que era un fanático, embrutecía a su real penitente; mientras, el padre Múzquiz, un cura cínico, favorito de Godoy y confesor de María Luisa, convertía el confesonario en un cómodo lugar de tercería.

Los cortesanos, que veían que este padre ponía la religión al servicio de la reina y de su majo, le llamaban el traidor Don Opas, y el bueno de Carlos IV decía que el confesor de su mujer tenía conciencia de jareta.

LA INQUISICIÓN Y LOS ILUMINADOS

Con la gente pobre, el Tribunal de la Fe luchaba también a brazo partido, no porque la plebe sintiese inclinaciones por la filosofía y el enciclopedismo, sino porque había en España por entonces una epidemia de santos y de iluminados que a Dios le ardía el pelo.

Uno de los casos más célebres ocurrió en Cuenca con una mujer llamada María Herráiz. Afirmaba María que su carne se había convertido en la carne de Jesucristo.

Algunos frailes y clérigos lo creyeron; el pueblo fanático comenzó a rendir culto a la beata María, y la Inquisición metió a todos los complicados en el milagro en la cárcel. La beata murió en prisión y fué quemada en efigie; a su criada la impusieron diez años de reclusión en una casa de recogidas, y a los aldeanos embaucados se les condenó a cadena perpetua y a doscientos azotes previos.

Los frailes y uno de los curas que habían sostenido a la beata María salieron al auto de fe con túnica corta y soga al cuello, y fueron condenados a reclusión perpetua en las islas Filipinas. Una ligera bromita que sirvió para amenizar la vida monótona de los conquenses.

También en Madrid hubo otra famosa beata, la de la calle de Cantarranas. Esta señora, a creerle a ella, se alimentaba sólo de hostias consagradas y hacía cada milagro que temblaba el credo.

La ciudadana de la calle de Cantarranas, en unión de varios cucos como ella, tenía un negocio magníficamente montado; pero algún celoso del éxito de su lucrativa empresa hizo que la sorprendieran con testigos atracándose de carne natural y de vino igualmente natural y de buena marca, y su prestigio desapareció.

LOS SOSTENES DEL MUNDO VIEJO

Por una parte, la monarquía, que iba desacreditándose y envileciéndose, rodeada de una aristocracia corrompida; por otra, el ejército en un ambiente de favoritismo, y el clero cada vez más inclinado a las supersticiones... La situación era desastrosa. Se veía que los pilares del mundo antiguo se cuarteaban.

Arriba, en las altas esferas de la sociedad, no había más que vicio, escándalo, licencia; abajo, brutalidad, superstición, miseria. Manolería de seda y manolería de harapos. Unicamente como remedio se veía un grupo exiguo de gente culta, desligado de los unos y de los otros, hombres entendidos, pero egoístas; incapaces de arrastrar a nadie, incapaces de comprender al pueblo, orgullosos y al mismo tiempo cobardes.

Probablemente no habrá habido período en España en que el pueblo estuviera tan muerto. Al oído más fino le hubiera sido difícil encontrar en aquel gran cuerpo desorganizado algo como un latido revelador de la vida.

V.
LA MOJIGONA

En los dos campos donde se desarrollaba mi infancia, el familiar y el callejero, tenía amigos.

Los de la calle eran chicos de familias de artesanos, libres, mal atendidos, que constantemente estaban haciendo diabluras y barbaridades. A alguno de ellos lo vi treinta y tantos años después de miliciano nacional y lo reconocí.

Los amigos míos de casa eran Ignacio Arteaga y José Antonio Emparanza.

Estos dos muchachos eran primos, los dos de la misma edad, pero de muy distinto carácter.

Ignacio Arteaga era un buen chico, generoso, lleno de efusión. Emparanza, en cambio, se manifestaba mal intencionado y canalla, sobre todo conmigo.

Arteaga y yo solíamos ir de paseo con un asistente de su padre, un soldado viejo, que se llamaba Medinilla.

Medinilla era andaluz, había estado en la guerra del Rosellón, y era el hombre más mentiroso y más alegre que he conocido.

Mientras estábamos en las Vistillas haciendo subir una cometa, o paseábamos por los altos de Monteleón, nos contaba cada bola que nos dejaba estupefactos.

Era también bastante aficionado a meterse en figones y tabernas, donde tenía grandes amigotes, y nos llevaba a nosotros en su compañía; así que conocíamos un personal tabernario de lo peor del pueblo.

Muchas veces llegábamos a casa con una mancha de vino en la camisa y teníamos que contar una serie de mentiras, una detrás de otra, para explicar la genealogía de la mancha.

Emparanza era muy poco amigo del viejo Medinilla, y menos amigo mío.

La razón de nuestra enemistad consistía en que éramos rivales.

Ignacio Arteaga tenía una hermana, Consuelito, que era una muchacha preciosa; Emparanza y yo nos disputábamos su amistad.

Ella no tenía motivo alguno para odiar a Emparanza, y le trataba como a mí; en cambio, yo sí lo tenía. Emparanza buscaba siempre la ocasión de mortificarme, de desacreditarme ante ella; yo lo sabía y estaba dispuesto a romperme el alma con él.

Ignacio me defendía casi siempre; éramos los dos muy amigos, y una aventura que nos ocurrió yendo juntos nos hizo inseparables.

En aquella época se celebraba en Madrid la Cruz de Mayo con grandes fiestas.

Las de mi barrio eran de las más célebres, y entre éstas tenían fama las de Puerta de Moros, Morería y la de la ermita de San Millán, en la plaza de la Cebada.

Se ponían altares con imágenes y flores en las esquinas, y se nombraba la Maya, la chica más bonita de la calle, vestida con las mejores prendas, no sólo de su casa, sino de la vecindad.

Para contraste con la Maya, los mozos solían escoger una vieja, la más fea y la más negra del barrio; la vestían con un traje desastrado y la llevaban así, como en triunfo, al frente de una rondalla. A esta vieja, que hacía contraste con la Maya, la llamaban, no sé por qué, la Mojigona.

Uno de estos días en que se celebraba la Cruz de Mayo, tendría yo diez o doce años e Ignacio Arteaga otros tantos, cuando salimos de casa, y al cruzar la calle de Segovia vimos una comparsa de bandurrias y de guitarras que marchaba por la calle de la Morería abajo. La seguimos hasta cansarnos. Volvíamos a casa, cuando en un portal estrecho nos sorprendió una escena grotesca. Una vieja de pelo blanco, fea, horrible, una verdadera arpía, bailaba, mientras un gitano tocaba la guitarra.

—Eh, eh. ¡La Mojigona!—decía el hombre—. A ver cómo se mueve ese cuerpo sandunguero.

Y la vieja se agitaba en contorsiones horribles.

Llevaba la vieja un delantal hecho con una estera, adornado con cáscaras de huevo, un collar de guindillas y cáscaras de patatas y una corona de ajos en la cabeza.

Varios chiquillos desharrapados de la calle miraban desde la puerta, y nosotros nos acercamos a ellos; pero el gitano, empujando bruscamente a los harapientos, gritó:

—¡Fuera de ahí! Dejad pasar a los señoritos.

Pasamos los dos, siguió el baile, y de pronto, el viejo, dejando la guitarra, cerró el postigo de la casa y nos quedamos Ignacio y yo dentro del zaguán. Luego, la vieja horrible abrió la puerta de un corralillo y nos dijo:

—Pasad aquí.

Pasamos los dos, sorprendidos y amedrentados, y el gitano, dirigiéndose a la vieja, le dijo:

—Vamos, señora Mojigona, ayúdeme usted a desplumar a estos pajaritos.

—Con mil amores pichón; ya sabes que lo que tú me mandas es para mí la santa palabra.

La vieja nos intimó para que nos acercásemos a ella, y nos despojó de nuestras ropas. Quedamos desnudos. A mí, únicamente me dejaron la montera, porque, sin duda, les pareció que no valía nada.

Después nos echó a cada uno una chaqueta formada por harapos y llena de piojos.

—Y ahora, ¿qué hacemos con estos niños?—preguntó la vieja.

—Que se pasen así unas horas—contestó el gitano—. Así sabrán estos angelitos lo que es el hambre, mientras nosotros comemos y bebemos.

Se cerró la puerta del corral, y al verse Ignacio solo y desnudo, comenzó a llorar. En aquel momento yo no tenía miedo; mi única preocupación era encontrar un recurso para salir de allí; más que por otra cosa, por demostrar mi superioridad a Ignacio.

Durante unos momentos hice un examen de todo lo que se podía ensayar en aquel rincón. Era muy poco o casi nada. Me llevé maquinalmente la mano a la cabeza, me saqué la montera y me encontré con que dentro llevaba, como siempre, un trozo de pedernal, de acero y de yesca.

Pensé si se podría hacer algo con aquello, y vi que en un ángulo del corralillo había un montón de paja y otro grande de tablas viejas y de maderas podridas.

Al momento se me ocurrió una idea.

—Bueno—le dije a Ignacio, rudamente—, te advierto que dentro de un momento estamos fuera.

Ignacio me miró asombrado. Saqué yo de la chaqueta vieja una serie de hilas y le dije a Ignacio que hiciera lo mismo.

Después comencé a dar con el acero en el pedernal y encendí la yesca. Con la yesca y los pedazos de trapo encendimos la paja, y en la llama que se formó fuimos echando trozos de tabla, hasta que se hizo una hoguera grande. El humo nos hacía llorar, nos ahogaba; pero peligro no teníamos ninguno. En esto apareció un hombre en una ventana, que comenzó a gritar; poco después varios vecinos abrían la puerta del corral y nos dejaban en libertad. Cuando contamos nuestra aventura, los vecinos nos trajeron ropas, y en medio de un grupo de gente llegamos a casa. Lo mismo en mi familia que en la de Arteaga, produjo nuestro relato gran sensación.

VI.
CONSUELO ARTEAGA

Ignacio y yo, durante la infancia, fuimos a casa de un dómine que daba lecciones particulares a muchachos de buenas familias. Este dómine sabía algo de Latín y de Gramática, pero no nos enseñaba nada; lo único que hacía era espiarnos, y luego denunciarnos a nuestras familias. Creo, la verdad, que en el tiempo que estuve yendo a la clase de aquel buen señor no llegué a aprender cosa de provecho.

Ignacio adelantaba algo más que yo, y entró poco después de cadete en las Reales Guardias Españolas. Su padre era militar de graduación y noble, y no le fué difícil conseguir esta prebenda.

Mi familia hubiera podido lograr alguna otra cosa por el estilo para mí; pero a mi padre no le gustaba la milicia. Mi madre aseguraba que nosotros también éramos nobles, lo cual no me he tomado el trabajo de comprobar, porque no me ha interesado nunca.

Mi madre conservaba pergaminos de su familia materna, de los Alzates; pergaminos que supongo se habrán perdido.

De todas las historias, verdaderas o falsas, que contaban estos pergaminos, de lo único que me acuerdo, por su extrañeza, es de una lucha bárbara que uno de los Alzates tuvo con el señor de Saint-Per, que era francés, en el siglo xv, dentro del río Bidasoa, y de que un Pedro de Alzate fué trinchante de la reina Doña Blanca, y un Juan de Alzate, copero del rey.

Como te decía, nada de esto me ha entusiasmado; únicamente la realidad, de chico y de hombre, ha llegado a apasionarme. En la misma literatura no he podido nunca comprender las obras basadas en frases bonitas; si detrás de la ficción poética o dramática no he sentido la realidad, no me ha interesado el libro o el drama.

Mi padre no participaba de estas ideas. Él era, por el contrario, entusiasta de la Retórica y de las Humanidades, y me hacía leer versos académicos y almibarados, que a mí me aburrían.

Como te digo, sólo allí donde he vislumbrado la realidad, aunque sea a través de un velo espeso de ficción, he podido sentir interés.

A la muerte de mi padre, ocurrida en tiempos de la batalla de Trafalgar, se decidió entre mi madre y don Domingo Larrinaga que fuera yo a Méjico, donde teníamos un pariente rico.

Desde entonces, y puesto que tenía que dedicarme al comercio, la índole de mis estudios varió, y comencé a practicar el Francés y la Teneduría de libros.

La decisión de viajar me hizo creerme un aventurero, y me dió más valor y audacia en mis correrías callejeras.

Estaba deseando marcharme a América. Lo único que me ligaba a Madrid era mi madre y Consuelito Arteaga.

EN LA DEHESA

Consuelo Arteaga era una rubia encantadora; tenía unos ojos azules claros; la nariz, un poco larga; la boca, ideal, y el pelo, ceniciento.

Contaba dos o tres años más que yo, y esta diferencia de edad le hacía a ella ser una señorita y a mí un chico.

Consuelo era una criatura mimada, delicada hasta tal punto, que todo le hacía daño. Era una sensitiva, una planta de invernadero.

Vivir pobremente, alternar con gente ordinaria, le parecía un horror. Creía que ella, por ser ella, tenía derechos especiales que no tenían las demás mujeres.

Yo estaba entusiasmado; me hubiera dejado hacer pedazos por un capricho suyo; pero ella no me quería; le parecía un chico atrevido, estrafalario, y nada más.

Yo creía que, probándole que era valiente, audaz, llegaría a ganarme sus simpatías; pero, no, a Consuelo no le agradaba esta manera de ser; sólo los príncipes y los cortesanos le gustaban. Yo, pequeño, bizco, sin fortuna, le parecía insignificante.

Para Consuelito, la vida de grandezas, de fausto, de elegancia, era la única digna; lo demás era vegetar miserablemente.

Yo, como había oído hablar en mi casa de la tranquilidad del hogar, de la mediocridad feliz, repetía estos conceptos; pero ella se burlaba de mis palabras.

También intentaba convencerla de que una cosa como la riqueza, que no la da el mérito, sino la casualidad, no podía tener el valor absoluto que ella le daba; pero Consuelo se reía de la justicia o injusticia de las cosas.

Un día fuimos a una dehesa próxima a San Fernando del Jarama, en dos coches tirados por mulas, una porción de muchachas y de muchachos.

Varios jóvenes montaron a caballo, y con una vara larga se ejercitaron en derribar reses bravas.

Emparanza, que montaba muy bien, se lució en este ejercicio, y me miró a mí varias veces burlonamente.

Luego, uno de los jóvenes se acercó a un novillo y le dió dos o tres quiebros. Yo no quise quedar mal, y por más que Ignacio me tiró varias veces de la casaca para disuadirme, me planté delante de un torete, que quizá por misericordia no me hizo nada.

LA MALA FE DE EMPARANZA

Los circunstantes y Consuelo Arteaga admiraron mi valor. Yo había cumplido, estaba tranquilo; pero todavía me quedaba otra prueba. José Antonio Emparanza se empeñó en decir que tenía miedo a los caballos, y para demostrar lo contrario me monté en uno y pude galopar sobre él sin caerme. Volvía ya satisfecho de los éxitos de aquel día, cuando Emparanza, pasando a mi lado, le dió a mi caballo un latigazo. El caballo botó y me tiró al suelo. Me levanté rápidamente; no me había hecho daño.

Presa de una cólera terrible, no dije nada; dejé el caballo en manos de un palafrenero y me reuní a los expedicionarios.

Estábamos esperando a montar en el coche cuando se me acercó Emparanza, sonriendo:

—Por fin caíste—me dijo.

—Sí—y levantando la mano le pegué una bofetada que lo volví loco.

Se armó un escándalo formidable, y tuvimos que volver a Madrid en distintos grupos. Cuando se supo la causa de mi cólera casi todos se pusieron a mi favor.

Al día siguiente le escribí a Emparanza diciéndole que le había ofendido en público, y que si quería una satisfacción podía elegir las armas.

Cuando se supo esto en mi casa, mi madre y mis hermanas me acusaron de bárbaro y sin entrañas; me dijeron que quería matarlas a fuerza de disgustos. Se averiguó pronto la causa de la hostilidad mía con Emparanza, y se me conminó para que no dirigiera la palabra más a Consuelo.

Yo estaba furioso; creía que tenía razón. Mi madre, para apartarme de Consuelo, decidió que fuera a Irún, a casa de un hermano suyo. Allí podía aprender mejor el Francés, mientras se fijaba la época de mi marcha a Méjico.

Yo me alegré de salir de Madrid. Estaba deseando ver un poco de mundo.

LIBRO SÉPTIMO
EL AVENTINO

I.
ETCHEPARE EL SOLITARIO

Mi tío Fermín Esteban Ibargoyen tenía una pequeña tienda en Irún, en la calle Mayor. Era una de esas tiendas de pueblo en las que se encuentra de todo. En el mostrador solían estar constantemente dos sobrinas suyas, solteras, la Shilveri y la Juanita.

Mi tío Fermín Esteban era un egoísta perfecto. Viudo, sin hijos, bastante rico para vivir sin trabajar, consideraba que el ideal del hombre es agitarse lo menos posible. Creía que cualquier cosa podía minar su salud; así que tenía prohibido a sus sobrinas que le dieran malas noticias.

Le gustaba a Fermín Esteban comer bien, y cuidaba de su gallinero y de su huerta mejor que de su alma; le interesaba también mucho lo que ocurría en el mundo, y se agenciaba para enterarse todas las gacetas que podía.

Como hombre egoísta, ingenioso y poltrón, era muy aficionado a hacer comentarios burlones acerca de la vida de los demás. Fermín Esteban dirigía frases y chistes sangrientos contra el uno y contra el otro; tenía el golpe seguro en su sátira; pero no le gustaba que los demás hicieran chistes contra él.

Al llegar a Irún, mi tío me recibió con cierta amabilidad socarrona; por orden suya, su sobrina la Shilveri me puso la cama en un cuartito independiente de la escalera. Era un cuarto muy alegre, con dos ventanas: una que daba a un patio y la otra sobre el tejado.

Fermín Esteban era poco aficionado a vigilar a los demás.

El primer día de verme me advirtió que creía que no haría ninguna simpleza, y me aseguró que cuanto más juicioso me mostrara yo, más libertad me daría él.

Me dijo que mi madre le había recomendado que me llevara a un colegio, y me indicó el de don Mariano Arizmendi, un señor que enseñaba a muchachos de mi edad nociones de Matemáticas y de Física, Teneduría de libros y Francés.

Mi tío Fermín Esteban me advirtió que podía ir a la escuela, o no ir, que él no pensaba hacer indagaciones acerca de mi conducta. Yo fuí porque si no no hubiera sabido cómo pasar el tiempo.

El maestro don Mariano Arizmendi fué para mí un amigo. Don Mariano era hombre muy religioso, pero no intransigente. No le gustaba meterse en la conciencia ajena; tenía bastante dinero para vivir y daba las clases por afición, no por ganar dinero. Una de las cosas que más le encantaba era que algún muchacho de familia pobre le pidiera asistir a su colegio de balde.

Don Mariano no tenía esa tendencia inquisitorial de otros maestros que se dedican a espiar a los muchachos dentro y fuera de la escuela. Concluída la clase quería considerarse como si no fuera maestro; si alguna vez nos encontraba en la calle, haciendo alguna barbaridad, fingía no habernos visto.

GANISCH

Yo me hice en seguida amigo de varios chicos del pueblo. Dos muchachos con quienes tuve íntima amistad, que ha seguido después, fueron Ramón Echeandía, hijo de un fondista de Irún, y Juan Larrumbide, a quien llamábamos Ganisch porque a su padre, que era vasco-francés, se le decía también así.

Ganisch fué, durante mucho tiempo, mi compañero de glorias y fatigas.

Los dos éramos considerados como los granujas más redomados del pueblo. Robábamos las huertas, escalábamos las casas, dejábamos sin fruta los perales y los albaricoqueros. Ganisch era más fuerte que yo; yo, en cambio, tenía una ligereza de ardilla. Juntos uníamos la fuerza y la astucia. En aquella época, para mí, era una cosa fácil subir por una cañería a un tejado, o andar por una cornisa estrecha, a treinta o cuarenta varas a la altura del suelo. Había algunos dueños de huertas que se resignaban a nuestras rapiñas, y con éstos éramos comedidos; nos contentábamos con cobrarles una contribución en especie; pero otros pretendían cogernos, y con aquellos nos sentíamos implacables.

Uno de éstos, cerero y concejal, tenía unos perales que daban unas frutas magníficas, y para evitar que se las robasen ponía telas metálicas, alambres, pinchos. Todo era inútil.

Un día, ya cansado, dispuso el cerero que el mozo de la tienda, el alguacil, la criada y él, se apostaran en la huerta, nos esperaran a ver si caíamos en el garlito.

Ganisch, con un hierro, solía abrir un pestillo de la reja del jardín, y, cruzando la huerta, por allí solía escaparme yo en caso de apuro.

Este día, figurándome que habría vigilancia, esperé al anochecer para saltar a la huerta del cerero, y no hice más que poner los pies en tierra cuando una mano fuerte me agarró de la chaqueta. Era el alguacil. El, queriendo sujetarme, yo queriendo escapar, no sé cómo me las arreglé que, dejando la chaqueta entre sus manos, salí corriendo y me escabullí por la reja que tenía Ganisch abierta.

Al día siguiente, al pasar por delante de la cerería del concejal, vi en la trastienda colgada mi chaqueta, como si fuera un trofeo. Me pareció un insulto. Ganisch y yo discutimos la manera de rescatar la prenda, y pensamos en esto: Ganisch tenía guardado en su casa un pistolón; compramos pólvora y lo cargamos.

En la esquina de la cerería, a unos diez metros, Ganisch disparó un tiro, que sonó como un cañonazo.

Al estampido salió toda la gente a la calle, y de los primeros, el cerero y su criado. Yo, que estaba en un portal próximo, en el momento del mayor barullo, entré en la tienda, di un salto por encima del mostrador y me llevé la chaqueta. Este rescate nos dió a Ganisch y a mí un gran prestigio entre todos los muchachos.

También solíamos dar unas bromas pesadas al criado de una carnicería, que era medio tonto y se llamaba Canca.

—¡Canca!—le decíamos.

—¿Qué?

—Dame ese pedazo de lomo que tienes en el mostrador.

—No quiero—decía él.

—Pues entonces dame ese chorizo largo que tienes ahí en la esquina.

—No quiero; no me da la gana—contestaba él, incomodado. Y le íbamos pidiendo la carnicería entera, y él contestando cada vez más indignado y sorprendido por nuestra tenacidad de querer llevarnos trozos de carne y de chorizo sin pagar.

Esta época de granujería me duró poco tiempo en Irún. Los amigos empezaban a hacerse muchachos formales; alguno tenía ya novia. Era indispensable cambiar. A pesar de esto, Ganisch y yo realizábamos de cuando en cuando algún proyecto de salvajismo; pero lo hacíamos a solas.

Teníamos para entendernos un sistema especial; tomábamos el aire de una canción navarra titulada «Andre Madalen», y con esta tonadilla, y en vascuence, nos comunicábamos nuestros propósitos, sin que se enterara la gente de alrededor, aunque fueran vascongados.

Los domingos solíamos ir, en cuadrilla, a Fuenterrabía, a Hendaya, a Oyarzum; muchas veces marchábamos por el camino de Navarra, por la orilla del Bidasoa, y a veces fuimos hasta Elizondo en el coche de Martín Gueldi, a quien se le llamaba así Martín el lento, porque era pesado y calmoso como pocos.

Al cabo de algún tiempo de estar en Irún perdí por completo mi acento madrileño y mis ideas del barrio de las Vistillas, y fuí adquiriendo la manera de hablar y las costumbres de un vascongado.

—Eugenio se va paulatinamente aviranetizando, ibargoyizando, echegarayzando y alzateando—decía, en broma, mi maestro don Mariano Arizmendi.

EN BAYONA

En el segundo verano que estuve en Irún, mi tío Fermín Esteban, que tenía parientes en Bayona, me mandó a esta ciudad a pasar una temporada con ellos.

La familia de Bayona a cuya casa fuí era de pequeños comerciantes, furibundos realistas; allí todas las noches se rezaba por el alma de Luis XVI y de María Antonieta; se le llamaba Buonaparte a Napoleón, y se hablaba de monstruos de la revolución francesa.

Mis parientes tenían una idea absurda de España; la consideraban como un país de leyenda. Me hacían preguntas que me dejaban asombrado; creían que los españoles habíamos quedado en nuestra vida absolutamente inmóviles, sin cambiar de ideas y de costumbres desde hacía lo menos dos siglos.

Entre aquellos franceses realistas, rutinarios, pesados y cortos de inteligencia, se hablaba de un pariente que había sido militar republicano como de un ogro. Tan acérrimo partidario de la República era este hombre, que ni aun el Gobierno de Buonaparte había querido aceptar.

Este militar, deshonra de la familia, se llamaba Gastón Etchepare, y desde hacía algunos años vivía solitario en una casa de un pueblecillo próximo a Biarritz, en Bidart.

Yo, al oir hablar tantas veces de Gastón Etchepare como de un bandido o de un ogro, sentí deseo de conocerle, y una vez, aprovechando la ocasión de un carretero de Irún que se preparaba a volver desde Bayona, fuí a Bidart.

Etchepare vivía en el caserío Ithurbide; pero en el pueblo no le conocían. Pregunté a varios campesinos por Ithurbide, hasta dar con él. Llegué a la puerta del caserío, llamé; nadie salió a mi encuentro. Vi que la puertecilla del huerto estaba entornada, y a unos veinte pasos me encontré a un viejo con un libro en la mano, sentado sobre un montón de ramas secas.

Al verme se me quedó mirando con asombro. Le dije quién era y a lo que iba, y me hizo sentarme a su lado.

Hacía ya mucho tiempo que no entraba allí nadie más que una vieja a hacerle la comida.

Etchepare y yo hablamos. Yo todavía no sabía seguir una conversación larga en francés y él conocía muy poco el español. Cuando el sol comenzó a retirarse, Etchepare se levantó, y fuimos paseando por el acantilado de la costa.

Etchepare era un hombre alto, flaco, vestido con pantalón corto, chaleco de ante con botones de nácar, corbata blanca y gran casaca obscura. Tenía los ojos enfermos, y su mirada parecía la de un loco.

Me invitó a cenar con él, y acepté. La conversación que tuvimos aquella noche el viejo y yo quedó grabada en mi memoria de una manera indeleble.

Etchepare era un republicano exaltado; la soledad de su vida le daba un gran deseo de comunicarse con alguien, y estuvo hablando, hasta muy entrada la noche, de Vergniaud, de Danton, de Robespierre, de Saint-Just, de los montañeses y girondinos. Al mismo tiempo barajaba con estos nombres los de Catón y Bruto, como si hubieran vivido todos en la misma época.

Yo sentía una gran impresión al oir elogiar acontecimientos y personas que siempre había oído citar con horror.

Al despedirme de él para volver a Bayona me dijo que me enviaría a Irún varios tomos de Voltaire y de Diderot y algunas colecciones de periódicos del tiempo de la revolución.

—Ven cuando quieras—me dijo—. Hablaremos.

Efectivamente, volví una semana después, y discutimos acerca de puntos filosóficos y políticos. Tenía el viejo Etchepare un gran fervor de proselitismo. Las dos palabras que constantemente estaban en su boca eran la Libertad y la Naturaleza. Vivir la vida natural y ser libre: éstos eran los ideales suyos.

MASÓN

Como Etchepare vió en mí tendencias de seguir sus ideas, me recomendó que me presentara en la logia masónica de Bayona, y me dió una carta para Juan Pedro Basterreche, armador de aquella ciudad, que tenía una gran casa de comercio y era un entusiasta republicano.

Me presenté en Bayona en casa de Basterreche.

—¿Qué hace el viejo Etchepare?—me preguntó Juan Pedro.

—Allá está en Bidart.

—¿Sigue tan revolucionario como siempre?

—Igual.

—Es un hombre muy íntegro.

Juan Pedro me dijo que fuera a su casa de noche. Fuí después de cenar; salimos los dos juntos, y al poco rato noté que nos seguían.

—Parece que nos siguen—le dije a Basterreche.

—Es la Policía. No hagas caso. A mí me vigilan constantemente.

Cruzamos el río; llegamos a una casa que estaba entre la calle de Bourgneuf y la de Jacques Lafitte y entramos en la logia.

La ceremonia de ingreso en la masonería no tuvo nada de particular. Me hicieron los jefes algunas preguntas, y después me presentaron a distintas personas, entre las cuales había varios españoles. Desde aquel día trabé relaciones de amistad con muchos republicanos franceses y con los emigrados compatriotas que se reunían de noche en la logia y por la tarde en la librería de Gosse.

Allí conocí a Rafael Martínez, el ex jesuíta; al ex fraile Arrambide, que escribió El amante de las leyes y el rey; a Hevia, a Santibáñez, a Eguía, a Pedro Beunza, un muchacho de mi edad, y a su padre Juan Bautista. Los Beunzas vivían en la calle de los Vascos, en el número 14, y a su casa solíamos ir muchas veces a tomar café. Al padre y al hijo los traté años más tarde, pues fueron de los que trabajaron con mayor entusiasmo por la Constitución, luego de derrocada en 1814 y 1823.

Muy amigo también de los españoles era un francés de Ustaritz, llamado Cadet. Este francés tenía amistad con los Garat y ayudaba a Pedro Beunza.

En los años siguientes a 1814, cuando la primera reacción, Cadet fué uno de los mejores auxiliares de Mina y de los constitucionales españoles.

Entre algunos de los emigrados del período revolucionario, como Arrambide, Martínez y Hevia, se conservaba el recuerdo de nuestros compatriotas que habían pertenecido durante el Terror al Club Jacobino de Bayona.

De quien más se hablaba y más anécdotas se contaban era del abate Marchena.

Marchena había formado parte de la Sociedad de los Hermanos y Amigos Reunidos, en la cual era aceptado hasta el verdugo, a quien los revolucionarios habían quitado su viejo y odioso nombre, sustituyéndolo por el de vengador.

En el Club Jacobino de Bayona, Marchena pronunció un gran discurso, que se imprimió y se repartió profusamente.

Entre aquellos emigrados españoles que tenían mis tendencias y mis entusiasmos políticos hubiera vivido con gusto; pero las vacaciones terminaban, y tenía que volver a Irún.

II.
UN ESPAÑOL REVOLUCIONARIO

Desde mi conversación con Etchepare sentí grandes deseos de instruirme. Como en Irún era muy difícil adquirir libros, fuí pidiéndolos a Bayona, a la librería de Gosse.

Etchepare me enviaba, con algunas mujeres bidartinas y con las cascarotas de Ciburu, libros, folletos y toda clase de papeles.

En mi cuarto de Irún, que daba sobre el tejado de una casa próxima, yo me dedicaba a leer y a pensar en cuestiones políticas. No hay que decir que cada día me sentía más republicano. Danton y Robespierre eran mis héroes favoritos.

Un libro que influyó mucho entonces en el giro de mis pensamientos fué el Compendio de la vida y hechos de Joseph Bálsamo, llamado conde de Cagliostro, que se publicó en Barcelona años antes, traducido del italiano.

Este Cagliostro era un tipo curioso. Había fundado sociedades masónicas por todo el orbe. Unos lo consideraban como un gran jefe de la masonería; otros, como un embaucador, cuyas empresas todas no llevaban más fin que explotar a los incautos.

A pesar de esto, a mí me gustó la figura de aquel hombre, y me impulsó a seguir sus pasos.

LOS FUNDADORES DEL AVENTINO

Yo también decidí fundar una sociedad secreta en Irún; nos reunimos para constituirla cinco muchachos: Ramón Echeandía, Juan Larrumbide, más conocido por Ganisch, Pello Cortázar, Martín José Zugarramurdi y yo. La sociedad se denominaría El Aventino. Yo tuve que explicar lo que era esto del Aventino a los socios.

El reglamento de la sociedad se calcó de la logia masónica de Bayona.

El Aventino llegó a tener veintisiete afiliados, repartidos entre Irún, San Sebastián, San Juan de Luz y Fuenterrabía, y contó con una buena cabeza: Juan Olavarría, que pasados los años, en 1834, conspiró conmigo, en la Sociedad Isabelina, contra el Estatuto Real y a favor de la Constitución de 1812.

Nuestro Aventino hizo algunas cosas de gracia, que si no pasaron a la Historia dieron mucho que hablar en el pueblo.

Fueron calaveradas sin trascendencia política; pero alguna que otra vez servimos a la causa liberal repartiendo papeles que nos enviaron de las logias y ayudando a pasar la frontera a dos o tres fugitivos.

El aterrorizar al pueblo era uno de nuestros ideales. En una borda del camino del Bidasoa, donde nos reuníamos, inventamos que había duendes.

Un carnero misterioso solía salir y atacar al que osaba aproximarse.

La gente tenía miedo, y de noche nadie se acercaba por allí. Algunos de los socios llegaron también a asustarse, a pesar de saber que tanto el carnero misterioso como los duendes habían salido de nuestra cabeza.

Para conocernos de noche, los afiliados teníamos como contraseña el dar el grito del mochuelo, al que se contestaba con un silbido suave.

Una vez Ganisch subió un macho cabrío con un cencerro al balcón de una vieja muy beata y muy enemiga nuestra, y otra noche, escalando el tejado, tapó el agujero de la chimenea de la casa del alcalde.

No hay que decir cómo se puso la primera autoridad municipal. Juró que tenía que meter en la cárcel a medio pueblo si no se encontraba al autor de aquella trastada irrespetuosa.

Como en esta época era todo aún tan obscuro y confuso, hubo emisarios que pasaron por Irún y vinieron a visitarme como masón y presidente del Aventino.

Esta obscuridad y confusión persistió siempre en las filas liberales, y constituyó muchas veces la causa de nuestros fracasos, pues por un espejismo involuntario creíamos contar con organizaciones civiles y militares de importancia, cuando no teníamos más que los nombres en el papel.

LAZCANO

Uno de los emisarios que pasó por Irún y estuvo en mi casa fué un señor de alguna edad que se llamaba don Rafael Lazcano y Eguía.

Lazcano y Eguía llevaba, la primera vez que pasó por Irún, una carta para el marqués de Beauharnais, entonces embajador de Francia en Madrid, y por lo que dijo tenía la misión de visitar las nacientes logias masónicas de España.

Lazcano blasonaba de liberal y de jacobino; pero siempre estaba luciendo su parentesco. El marqués de Tal, que es mi primo; Fulano, que es mi pariente...

Tan pronto se jactaba Lazcano de ser aristócrata como de revolucionario; pero la idea que no variaba en él, la que le caracterizaba, era creer que todo el que no conociera el París de la Revolución era un pobre hombre.

Sólo el que hubiese presenciado las escenas revolucionarias parisienses podía hablar y estar enterado de las cosas.

Una parecida petulancia tuvieron años después los afrancesados, que se consideraban los únicos guardadores de las buenas ideas liberales, lo que no fué obstáculo para que se hicieran reaccionarios al poco tiempo.

Lazcano y Eguía era por entonces, cuando yo le conocí, hombre de unos cincuenta años, alto, de muy buen aspecto. Vestía chaleco rojo de solapa ancha y casaca de seda lisa, larga, de color castaña, estilo Directorio.

Lazcano era sobrino de los dos enciclopedistas más notables de Guipúzcoa: de don Joaquín de Eguía y de Ignacio Manuel de Altuna.

Lazcano había estudiado en el colegio de Vergara, y, como todos los que cursaron en aquellas cátedras, por entonces célebres, era entusiasta de Francia y de sus hombres.

Inmediatamente que pudo se largó a París. Allí conoció a lo más ilustre del elemento enciclopedista y se hizo amigo de la juventud dorada.

Tenía en París a su tío Eguía y Corral, un tipo excéntrico, que en treinta años de vida parisiense apenas salió de las galerías del Palais Royal, donde, según él, se encontraban todas las cosas necesarias y agradables para el cuerpo y para el espíritu, menos aquellas que no hacen falta para nada, o sean las boticas y las iglesias.

ALTUNA

De Ignacio Manuel de Altuna me habló mucho su sobrino, y me leyó varios trozos de las Confesiones de Juan Jacobo Rousseau, en donde el escritor suizo se ocupa, con gran elogio, del joven guipuzcoano, amigo suyo.

Hoy no se puede formar idea de lo que representaba para uno de aquellos hombres, galómanos hasta la locura, el tener un pariente alabado por Rousseau. Era algo así como estar en vida dentro de la inmortalidad.

A mí, como nunca me entusiasmó lo que había leído de Juan Jacobo, no me hacía mella el que este escritor dirigiera aquellos ditirambos a su amistad con el joven guipuzcoano.

Rousseau cuenta en las Confesiones cómo conoció a Altuna en Venecia: lo describe alto y bien formado, de tez blanca, de mejillas sonrosadas, de pelo castaño casi rubio. Añade que, a pesar de ser religioso, era muy tolerante; que tenía distribuídas las horas del día para el estudio y que lo comprendía todo.

Altuna, desde Azcoitia, donde vivía, invitó a Rousseau a ir a refugiarse a Ibarluce, quinta de su propiedad, en el Ayuntamiento de Urrestilla, cerca de Azpeitia.

El marqués de Narros, que tenía simpatía por los enciclopedistas, pidió al Gobierno su beneplácito para que Rousseau pudiera instalarse en España, y el Gobierno lo concedió; pero el Santo Oficio intervino y puso como condición que el escritor se retractase de las doctrinas o proposiciones que la Inquisición había censurado en sus libros, a lo cual Rousseau no se avino.

Rousseau sobrevivió a Altuna, el cual murió joven. El filósofo conservó un recuerdo muy romántico de su amigo el azcoitiano. Con esta frase resume la idea que tenía de él: «Ignacio Emmanuel de Altuna etoit un de ces hommes rares que l'Espagne seule produit, et qu'elle produit trop peu pour sa gloire».

Por encima de todos estos motivos de orgullo, tenía Lazcano y Eguía el de haber estado en Francia en la época de la Revolución y presenciado las jornadas del Terror, en París.

Lazcano me solía hablar de aquella ebullición de la gran ciudad, hirviente de clubs, borracha de sangre, de gloria y de retórica, cuando montañeses y girondinos luchaban por el predominio y el Gobierno de la Commune aspiraba a la dictadura.

En las dos o tres temporadas que Lazcano y Eguía estuvo en Irún vino a todas horas a mi casa.

Aunque no me era simpático, le oía con mucho gusto.

A mis amigos del Aventino les parecía odioso. Realmente, tenía un carácter absorbente, de hombre vanidoso y pagado de sí mismo. Con el que no conocía tomaba unos aires de superioridad desagradables.

Se creía, además, muy conquistador. Para él no había mujer que no fuera abordable. Inmediatamente que veía una, casada o soltera, ya estaba como un gallo. Esto le produjo bastantes conflictos y algunas riñas y palizas.

III.
NARRACIÓN DE ETCHEPARE

Varias veces después fuí a ver a Etchepare, que me llamaba a Bidart para hablar conmigo.

El viejo republicano atizaba el fuego que comenzaba a arder en mi alma con sus recuerdos del período revolucionario, y trataba de infundirme la idea de que los jóvenes de mi edad debíamos hacer en España lo que los Vergniaud, los Petion y los Robespierre habían hecho en Francia.

Esta idea, como era natural, halagaba mi orgullo; me daba sueños de gloria; me hacía creerme hombre capaz de dirigir multitudes. Al mismo tiempo comenzaba a tener una sospecha de predestinación, como todos los ambiciosos.

Etchepare era mi confidente: le explicaba los trabajos que hacíamos en Irún; la marcha de nuestro Aventino, y le hablaba de la gente afiliada a la sociedad.

Varias veces, al citar a Lazcano, vi a Etchepare hacer un gesto de molestia. Como este gesto se repetía, tuve curiosidad de saber qué relación había habido entre los dos, y un día se lo pregunté francamente:

—Ha conocido usted a Lazcano y Eguía, ¿verdad?

—Sí.

—¿Qué clase de hombre es?

—No creo que sea buena persona.

—Yo tampoco.

—Yo, al menos, no le recomendaría a nadie—añadió Etchepare.

—¿Qué sabe usted de él?

—Vendió y traicionó a un hombre que fué su protector y su amigo.

—Es feo delito.

—Pues él no tuvo inconveniente en cometerlo.

—¡Cuente usted! Con una persona que se presenta como amigo y correligionario hay que saber hasta qué punto hay que llevar la desconfianza.

GUZMÁN

Etchepare se pasó la mano por la frente y murmuró:

—Es un recuerdo que me molesta... pero, en fin... lo contaré. Sabrás que soy militar retirado; he servido en el arma de Caballería hasta el golpe de Estado de Bonaparte. Yo me creía con derecho a matar al enemigo de mi patria; me creía con derecho para pelear por su libertad; cuando se trató de atacar la patria de los demás para la gloria de un hombre solo, dije no, y tiré la espada y pedí el retiro. No he sido nunca aficionado a los gritos y a las alharacas, y hasta las manifestaciones naturales de alegría me han molestado.

Cuando la célebre batalla de Valmy era yo sargento. El triunfo de las tropas republicanas había producido un entusiasmo en aquellos soldados muy natural y lógico. La noche después de la victoria, los cantos, los gritos, los vivas se repetían a cada momento. Estaba yo delante de la tienda de campaña, contemplando una hoguera que se consumía ante mis ojos, cuando acertó a pasar un oficial.

—¿Filosofas, ciudadano sargento?—me dijo.

—Ya ves, ciudadano oficial—le contesté.

El oficial se sentó a mi lado, y hablamos; hablamos de las esperanzas que iba a dar a Francia la Revolución.

—A Francia y al mundo—me dijo el oficial.

—Yo lo espero así.

—Yo también—añadió él—. Aunque francés de adopción, soy español de nacimiento.

—Tampoco yo soy del todo francés—le repliqué—, porque soy vasco.

El español y yo nos hicimos amigos. El estaba de oficial agregado a la Caballería; se llamaba Guzmán, Andrés María de Guzmán. Era hombre flaco, nervioso, de pelo muy negro y ojos inquietos.

Días después le volví a ver y hablamos repetidas veces. No estábamos conformes en apreciar la política de la Revolución. El era partidario del bando más ultrarradical de los montañeses; yo siempre tuve más simpatías por los girondinos. Guzmán era sospechoso en el Ejército; extranjero y muy aficionado a criticar los actos de los demás, no inspiraba confianza.

A fines de 1792 estuve yo en París, y paseando por las galerías del Palais Royal me encontré con Guzmán. Me habló de que había sido detenido y acusado de traidor, y que, gracias a los informes de la Sección de las Picas, donde tenía muchos amigos y partidarios, se había salvado. Guzmán llevaba una vida disipada; era jugador y libertino. Guzmán me llevó a su casa. Vivía en un piso alto de la rue Neuve des Mathurins, en el número 34, y tenía una casa pobre, como de obrero o de empleado de escaso sueldo; pero entre los muebles miserables había algunos riquísimos, entre ellos un espejo biselado y un secrétaire de concha.

MAGDALENA

Con Guzmán vivía una mujer, que me presentó como sobrina suya; una mujer pálida, de una gran belleza. Esta mujer se llamaba Magdalena y había nacido en Gante, y era hija de una hermana de Guzmán.

Servía al tío y a la sobrina un criado viejo, belga, muy ceremonioso.

Guzmán me convidó a comer, y en la mesa hablamos. La sobrina apenas decía nada. Unos días después fuí a casa de Guzmán, y como él no estaba, hablé largo rato con Magdalena. Ella se lamentaba amargamente de que su tío tomara una parte activa en la Revolución, de que se le considerara como un aventurero sin patria y sin hogar y de que fuera amigo y partidario entusiasta de Marat.

Realmente, Guzmán tenía mala fama. Era miembro influyente del club del Obispado: del grupo de los extranjeros, grupo sospechoso, en el que había hombres entusiastas y cándidos, como Anacarsis Clootz, y agiotistas, pagados por los ingleses y los prusianos.

Guzmán, que en la calle se mostraba atrevido y cínico, era comedido y prudente en su casa. Allí se presentaba de otra manera.

Largas conversaciones tuve con Magdalena en la guardilla de la calle Nueva de los Mathurins. La familia de Guzmán, que al parecer primitivamente se llamaba Pérez de Guzmán, era aristocrática en grado sumo, y tenía parientes de la más alta nobleza en España y en Bélgica. Por lo que me dijo Magdalena, su tío Andrés había salido de España, de Granada, de donde era oriundo, a recoger una herencia fabulosa de un antepasado suyo, príncipe belga; pero una rama de los Montmorency les disputó la herencia, y en los pleitos que tuvo con esta familia poderosa se estableció una lucha de influencias, en la cual, como era lógico, vencieron los Montmorency, y aunque Guzmán tenía más derecho, le desposeyeron de todas las propiedades y títulos.

Desde entonces, Andrés María de Guzmán se había sentido vejado, ofendido, y se había lanzado a defender las ideas revolucionarias más extremadas. Esta era la causa de la rebeldía y de la actitud republicana de su tío, según Magdalena; opinión de mujer, y de mujer imbuída en prejuicios aristocráticos, que no podía comprender la inmensa atracción que ejercía la Revolución francesa en todos los hombres, fuesen nobles o plebeyos.

Magdalena era una mujer encantadora; pero tenía una preocupación nobiliaria que a mí se me antojaba odiosa. Muchas veces la vi tratar con altivez al viejo criado, que les servía únicamente por cariño. Tenía el convencimiento de que ella debía mandar y el anciano aquel debía obedecer. El criado estaba convencido de lo mismo.

Magdalena solía hablarme de sus parientes, de sus títulos, de sus posesiones, y también de su infancia de huérfana, educada en una casa de religiosas de Gante.

En todas nuestras conversaciones solíamos estar de acuerdo menos cuando hablábamos de la aristocracia y de los acontecimientos de la Revolución.

Alguna que otra vez pensé en dirigirme a Magdalena y decirla que la quería; pero temía una repulsa, no de la mujer, esto me hubiera entristecido, sino de la dama aristocrática, lo que me hubiera indignado.

EL COMITÉ DE BAYONA

Convencido de que Magdalena no era para mí, decidí abandonar París. Los acontecimientos políticos no llevaban el camino que yo consideraba bueno, y me vine a Bidart.

No era fácil en aquel tiempo permanecer aislado, y los amigos me llamaron a Bayona. En esta época había en Bayona un comité español revolucionario. El Gobierno de la República lo sostenía, y de aquel comité salían toda clase de folletos y de papeles, que entraban clandestinamente en España. En este comité estaban representadas las tendencias que entonces había en la Convención.

Un grupo seguía a mi amigo Basterreche, y quería para España la República, una e indivisible; el otro, a cuyo frente estaba el abate Marchena, era federal, y deseaba tantas repúblicas como antiguos reinos hubo en España.

Se llegó a consultar a los conspicuos de París si sería mejor una República española, o una vasca, catalana, andaluza, etc., y los parisienses opinaron que serían mejor varias, no por sentimiento federalista, sino por ser muy natural querer al vecino dividido.

Los republicanos españoles de Bayona tenían amigos en toda la Península: en Madrid, en Barcelona, en San Sebastián; hasta en Burgos llegó a haber revolucionarios bastantes para formar una sociedad secreta. En Salamanca se constituyó un club jacobino, que tuvo verdadera importancia.

Los centralistas, que reconocían como jefe, en Bayona, a Basterreche, tenían como representante en París a mi amigo Guzmán, que entonces era miembro del comité del club del Obispado y persona muy influyente con Danton y, sobre todo, con Marat.

Varias veces le había oído decir a Guzmán que Marat era oriundo de España, creo que de Cataluña; que sabía bastante bien el español, y que le interesaban los asuntos de la Península. Los centralistas amigos de Basterreche representaban en el comité español a los dantonianos y maratistas: a la Montaña.

Los federales españoles de Bayona tenían como representante en París al girondino Brissot. Eran todos brissotins, que entonces era sinónimo de ser políticos de cultura y de templanza. El partido federal español lo capitaneaba Marchena, y en él estaban afiliados Hevia, Ballesteros, Santibáñez, Rubín de Celis y otros.

Marchena escribió, desde Bayona, un aviso al pueblo español, con carácter girondino, abogando por la república federal, lo que desagradó profundamente a Guzmán, que envió un informe al ministro Lebrún, diciéndole que aquel papel estaba tan mal pensado como escrito.

Marchena, que era un pillo, había puesto, a propósito, grandes faltas gramaticales en su informe, para que no se supiera que era él el autor del aviso. Sin embargo, Guzmán lo supo y consideró a Marchena como enemigo. Con esta divergencia entre las dos personas más visibles del partido revolucionario español, que ya era de por sí pequeño, se fraccionó y desapareció.