VACILACIONES
—Cualquier cosa puede hacer de un hombre un enemigo—dijo Aviraneta—; luego preguntó: ¿Estará el capitán Herrera en la puerta de San Juan?
—No; me han dicho que Herrera se ha marchado a Logroño con el amo de esta casa.
—¿Con el de aquí?
—Sí.
—¿Probablemente, también con el hijo?
—Con seguridad.
—Entonces, ¿estamos solos?
—Alguien habrá en la casa.
—No; no debe haber más que estos dos hombres que han salido, y que no sabemos quiénes son, y yo.
—Lo mejor será refugiarse en el pueblo—dijo Leguía—. Vámonos.
—Es tarde. Habrá que esperar un cuarto de hora, lo menos, a que nos abran, ahí en la obscuridad... y mientras tanto!...
—Se llama desde aquí mismo.
—No; armaríamos un escándalo.
—Pues yo me voy—dijo Pello.
—Espera un momento, por si acaso.
Aviraneta apagó la lámpara; luego abrió el balcón y se asomó a él, tendiéndose en el suelo. Leguía hizo lo mismo.
Estuvieron con el oído atento cinco minutos.
—Anda gente por allí, entre los árboles, no tiene duda—murmuró Aviraneta.
—Sí; hay cuatro o cinco, por lo menos—afirmó Pello.
—Los del figón.
—Y ¿cómo habrán salido?
—Tendrán algún agujero en la muralla.
—Eso ha dado a entender el Calavera; pero no lo creía.
—El hombre de la zamarra, ¿duerme aquí?—preguntó Aviraneta.
—Sí.
—Vamos a advertir en la casa que no abran si llaman. Si tú quieres, vete; pero no me parece prudente.
—No, no; yo me quedo.
Aviraneta entró en la cocina y dijo a la dueña que había gente sospechosa por allí cerca, y que no abriera si alguien llamaba.
—¡Dios mío! ¿Qué pasa?—preguntó el ama.
—Que anda una bandada de pillos por ahí merodeando.
—¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Y mi marido y mi hijo fuera! ¡Jesús!
—Bueno, bueno; vamos a echar la barra a la puerta.
La criada y la dueña bajaron al zaguán alumbrándose con el farol, y Aviraneta y Leguía sujetaron la puerta.
—¿Han cerrado ustedes balcones y ventanas?—preguntó Aviraneta a la dueña.
—Sí.
—¿Los dos huéspedes se han retirado?
—Sí, señor.
—¡Bien. ¡Buenas noches!
—¡Buenas noches! ¡Jesús, Dios mío!
La patrona subió las escaleras, con la criada, hasta el piso segundo, y se le oyó lamentarse durante largo rato.
PREPARATIVOS
Pasado un instante, Aviraneta volvió a encender la lámpara del comedor, y cogiéndola con la mano derecha, dijo:
—Vamos ahora a explorar el terreno.
Aviraneta salió al pasillo y abrió una puerta. La puerta daba a una sala. Entró en ella. Era un cuarto de esquina, con un ancho balcón; tenía en el fondo dos alcobas: una, la más interior, sin ningún hueco hacia afuera; la otra, con una ventana que caía enfrente de la muralla.
—Creo que este cuarto es el más estratégico—dijo Aviraneta.
—Tiene el inconveniente de que está ocupado—advirtió Leguía, señalando un baúl y una caja, puestos en el suelo.
—Aquí estuvieron anoche un señor de Viana y su hija; pero cuando a esta hora no han venido, es que no se encuentran en Laguardia.
—Si por casualidad llegan dirán que tenemos la gran frescura.
—¡Pse! ¿Qué importa? Voy a coger mis maletas y a traerlas aquí.
—¿Guarda usted cosas importantes dentro?
—¡Importantísimas!—contestó, bromeando, Aviraneta.
Fueron a un cuarto del otro extremo, y entre los dos trasladaron el equipaje.
—Aquí estamos mejor—murmuró Aviraneta—; podemos primero hacernos cargo de las intenciones de esa gente. ¿Que entran aquí, en esta sala? Nos refugiamos en la alcoba. ¿Que llegan a forzar la puerta de la alcoba? Podemos descolgarnos por la ventana.
—Esta puerta de la sala no es nada fuerte—dijo Leguía—; si lo intentan, la podrán romper fácilmente.
—Sí; en cambio, la de la alcoba es sólida como una poterna—añadió Aviraneta—: una tabla de roble seca, magnífica.
Leguía inspeccionó la puerta.
—Tiene el inconveniente—dijo—que la cerradura no marcha.
—¿No?
—No. Aquí estoy haciendo esfuerzos con la llave, y no puedo.
—Se le podría poner una tranca. A ver si en la cuadra hay algún palo.
Bajó Pello con una vela encendida, y volvió al poco rato con una rama gruesa al hombro y un fusil en la mano.
—¿Dónde has encontrado esta espingarda—le preguntó Aviraneta.
—En la escalera.
—¿Funcionará?
—Véalo usted.
—Sí funciona, marcha muy bien. Es un buen hallazgo. Preparémonos. Cierra la puerta con llave.
Leguía cerró la puerta de la sala. Aviraneta se sentó delante de un velador; puso el maletín en una silla, lo abrió y sacó del interior una pistola de gran tamaño, un frasco de pólvora y una caja de pistones. Luego desdobló un periódico, echó allí la pólvora, y fué cargando las armas con gran cuidado, metiendo con la baqueta tacos de papel. Después sacó un plomo, y con un cortaplumas lo cortó en pedazos. De estos proyectiles puso dos en la pistola y cuatro en el fusil.
—Cualquiera diría, al verle cargar así, que está usted acostumbrado al trabuco—dijo Leguía.
—Y no diría mal—contestó Aviraneta.
—¡Hombre!
—Sí.
—¿Dónde ha empleado usted el trabuco? ¿En Sierra Morena?
—No; en la provincia de Burgos. El trabuco no sólo ha sido arma de bandidaje; también ha sido arma patriótica.
Aviraneta, que había concluído de cargar el fusil y la pistola, los dejó con cuidado encima del velador. Después sacó del fondo de su maletín un puñal y un cordón de seda, de diez a doce varas.
—Ahora veremos lo que nos reserva la noche—murmuró sonriendo con aire de fuina.
—Veremos—repitió Pello.
—Tú no te alarmas, ¿eh?
—Yo, no. Como diría el otro: ¿para qué?
¿ENTENDIDO?
—Me gustan los hombres templados. Reconozcamos nuestros medios de defensa. ¿La puerta se cierra bien con la tranca?
—Sí; pero se tarda mucho en sujetarla.
—Entonces haz una cuña que pueda entrar y salir por encima del picaporte. ¿Comprendes?
—Sí.
—De manera que en un momento se pueda cerrar.
—Bueno; ahora mismo la hago.
Pello, con el cortaplumas, estuvo cortando un trozo de madera.
—¿Está bien?—dijo, haciendo que el trozo de madera entrase y saliese con facilidad en la abrazadera del picaporte.
—Muy bien—contestó Aviraneta—. Ahora quedemos de acuerdo en lo que vamos a hacer. Esta gente entrará en la casa por la puerta o por algún balcón. Si el hombre de la zamarra se ha enterado antes del cuarto que yo ocupaba, lo que es muy probable, irá directamente al extremo del pasillo. Es casi seguro que le oigamos, y entonces nos preparamos. Encendemos la vela y la llevamos a la alcoba. Dejamos la lámpara en este velador y ponemos delante de la puerta de la sala dos o tres muebles. Desde la entrada de la alcoba veremos lo que esos hombres hacen. ¿Que fuerzan la puerta de la sala y pasan adentro, derribando los trastos? Pues desde aquí, tú con la pistola, yo con el fusil, les soltamos dos tiros, nos metemos en seguida en la alcoba, cerramos y atrancamos la puerta. ¿Está entendido?
—Entendido.
—¿Te parece bien?
—Muy bien.
—¿No encuentras ninguna dificultad?
—Ninguna. Lo único que se me ocurre es que me parece mejor que metamos la lámpara en la alcoba y dejemos la vela aquí; la vela les ha de durar menos que la lámpara.
—Está bien pensado eso, Pello. No nos conviene que tengan una luz clara y constante.
—Y hasta podríamos hacer...
—¿Dejar un cabo de vela sólo?
—Eso es.
—Que durará lo bastante para disparar sobre ellos.
—Exacto.
—Veo que nos entendemos admirablemente.
—¿Y la segunda parte?
—La segunda parte la iremos pensando después.
—Bueno. ¿Cierro la puerta?
—Sí, ciérrala. Vamos a poner el sofá y la mesa de barricada.
Los dos, de puntillas, sin hacer ruido, llevaron los muebles delante de la puerta del cuarto.
—¿Qué hacemos ahora?—preguntó Leguía.
—Ahora, nada. Si quieres, puedes dormir un rato, Pello. Echate en la cama, y si no hay novedad, luego me echaré yo.
Pello se tendió, y al poco rato estaba dormido. Aviraneta se quedó leyendo a la luz de la lámpara.
IV.
EL ATAQUE
Acababan de dar las doce en el reloj de la iglesia de San Juan cuando se oyeron golpes en la puerta.
—¡Ya están ahí!—dijo Aviraneta, y, acercándose a Leguía, le zarandeó fuertemente—. ¡Eh, Pello!
—¿Qué pasa?—preguntó Pello, asombrado.
—Levántate.
Leguía se despejó pronto.
—¡Ya los tenemos ahí!—exclamó Aviraneta.
Los dos escucharon en silencio.
—Hablan con la criada—dijo Leguía.
—Sí. A ver, a ver qué es lo que quieren.
ANSIEDAD
—¿Quién es?—decía la criada.
—Soy yo—contestó una voz de fuera—. Abre.
—Me ha dicho el ama que no abra a nadie.
—Si estoy aquí hospedado.
—No importa.
—Vamos, no seas tonta.
—Que no, que no; me ha dicho el ama que no abra a nadie.
Quedó todo tranquilo.
—Esta gente no se marcha sin intentar algo—murmuró Aviraneta.
—Creo lo mismo—dijo Pello.
Al cabo de poco tiempo Leguía notó ruido de pisadas en el balcón del comedor; luego crujió una madera, y poco después se sintieron pasos muy suaves en el suelo.
—Han abierto—dijo Aviraneta.
—Sí.
—Ya han pasado.
—¿Adónde irán?—preguntó Pello.
—Van allí, al cuarto donde yo estaba—contestó Aviraneta.
Pasó largo rato; de pronto resonó un grito, que se ahogó en seguida; luego, un rumor de lucha, y quedó todo nuevamente en silencio.
Transcurriría más de un cuarto de hora; volvieron a oirse pisadas en el corredor, crujido de maderas en el suelo y un murmullo quedo de voces. Aviraneta y Leguía estaban con la mayor ansiedad, con la respiración contenida. De repente, alguien se acercó a la puerta de la sala y dió un golpe. Aviraneta y Leguía se estremecieron. Luego, el golpe se repitió más fuerte:
—¡Don Eugenio! ¡Don Eugenio!—dijo una voz.
—¿Quién es?—preguntó Aviraneta, que en un momento recobró la sangre fría.
—Una carta que traen para usted.
—¿A estas horas?
—Sí; abra usted.
—¡Ya voy, ya voy!
Aviraneta, en voz baja, murmuró:
—Pello, enciende la vela.
Leguía la encendió en la lámpara, y de puntillas llevó ésta a la alcoba y dejó el cabo de vela sobre el velador.
—Pero, ¿no abre usted?—dijo la voz de fuera.
—Es que no encuentro las zapatillas—contestó Aviraneta—. Lo mejor será que echen la carta por debajo de la puerta.
—No, no; me han dicho que se la entregue a usted en su propia mano.
—Pues entonces será mejor que espere usted a que me vista.
Aviraneta cogió la escopeta y Leguía la pistola, y se colocaron en la entrada de la alcoba.
Al ver que no abrían, los asaltantes debieron sospechar algo.
—Hala, y no perdamos tiempo—dijo la voz del hombre de la zamarra.
ENTRAN
Un hierro penetró entre la puerta y su jamba, a martillazos; por la abertura entró el extremo de un garrote; las tablas ligeras crujieron violentamente; de repente, con un estrépito terrible, cayó el sofá, el velador y la puerta al suelo.
Varios hombres aparecieron en la sala, y al mismo tiempo sonaron dos tiros. Al instante, Aviraneta y Leguía retrocedieron a la alcoba, cerraron la puerta y sujetaron el picaporte con la cuña.
Alguno de los asaltantes debió quedar herido, porque se oyó un grito de dolor y de rabia.
—Hay más de uno—dijo la voz chillona del Caracolero.
—Y están bien armados—murmuró el Raposo.
—No importa. Son nuestros—gritó el hombre de la zamarra—; y nos la van a pagar.
El hombre de la zamarra intentó mover el picaporte; pero estaba fijo. Leguía, con la ayuda de Aviraneta, colocó la tranca en la puerta.
Los asaltantes la empujaron con el hombro; pero la puerta no se movió ni cedió lo más mínimo.
—Está admirablemente—dijo Aviraneta, y llevó la lámpara encima de la mesa de noche, y a la luz cargó el fusil y la pistola con el mismo cuidado y minuciosidad que si estuviera en una escuela de tiro. Después abrió la ventana y ató en uno de los pernios el cordón de seda.
El silencio de los de dentro alarmaba a los que intentaban entrar. De pronto se notó que la vela se les había consumido y apagado, y empezaron a encender fósforos.
Uno de los asaltantes comenzó a introducir un formón por la juntura de la puerta a golpes de martillo; pero la puerta de la alcoba era de roble, de una pieza, y se notaba, además, que el pulso del que martilleaba no estaba muy seguro.
AVIRANETA PIDE AUXILIO
—Creo que vamos a poder dormir aquí—dijo Leguía, frotándose las manos.
Acababa de decir esto cuando se oyeron pasos en la alcoba próxima, y después sonaron tres o cuatro puñetazos en el tabique. Alguno lo sondeaba, sin duda, suponiendo que sería más fácil entrar por él en el cuarto, abriendo un agujero. Aviraneta, de pronto, cogió la lámpara y se acercó a mirar las paredes. Luego dejó la luz en el velador, y rápidamente tomó el fusil, salió a la ventana y disparó al aire. En aquel momento se oyó el alerta de un centinela.
El hombre de la zamarra y su gente debieron quedar sorprendidos por el disparo.
El centinela de la muralla lanzó un grito de alarma y disparó también.
Leguía le miraba a Aviraneta, asombrado. Aquel hombre parecía haber perdido de repente su sangre fría.
—Habrá que descolgarse—dijo varias veces.
Aviraneta esperó unos segundos; luego, sacando el cuerpo por la ventana, comenzó a gritar:
—¡Sargento! No son más que tres o cuatro. Que rodeen la casa, y los cogen.
Los asaltantes se creyeron presos; echaron las herramientas, bajaron las escaleras y huyeron. Aviraneta salió del cuarto y desde el balcón del comedor les disparó un tiro. Tardó más de media hora en llegar la patrulla. Venía un pelotón de treinta soldados con un sargento. Aviraneta salió a recibirlos, y volvió poco después a la sala, donde había quedado Leguía.
—La verdad—dijo Pello, al verle—, no he comprendido esta última maniobra.
—¿No?—preguntó Aviraneta, sonriendo y liando su cordón de seda verde sobre la hoja afilada del puñal.
—No. ¿Para qué pedir auxilio sin necesidad? ¿No nos bastábamos nosotros para defendernos? Creo que ha hecho usted una tontería, don Eugenio.
Aviraneta no respondió. Cogió la lámpara e invitó a Leguía a entrar en la alcoba interior, contigua a la que habían estado ellos; luego penetró hasta el fondo del cuarto, se acercó a la pared, dió un empujón y abrió una puerta de escape que comunicaba las dos alcobas.
—¿Y cómo ha notado usted que había esto?—dijo Pello.
—Cuando uno de ellos comenzó a golpear el tabique, inmediatamente se me vino la idea de si habría alguna comunicación; cogí la luz, y vi el marco de la puerta rebozado de cal; antes de que el que golpeaba llegara al fondo de la alcoba con su sondeo y notara la puerta, disparé. Me pareció mejor que descolgarse y andar por el campo cogiendo el relente.
—Retiro lo de la tontería, don Eugenio. Es usted un hombre de recursos.
Aviraneta sonrió, satisfecho.
LOS DOS HUÉSPEDES
El pelotón de soldados que acababa de llegar, al mando de un sargento, reconoció la casa. La criada y el ama, encerradas en su cuarto, estaban muertas de miedo.
Al ver a Aviraneta, el ama exclamó:
—Creí que le habrían matado a usted, don Eugenio.
Pues ya ve usted, todavía vivo. Y los dos huéspedes de anoche, ¿están en casa?
—Sí.
—No creo que tengan el sueño tan duro que no se hayan despertado con este alboroto.
Fueron al cuarto de los dos huéspedes, y se encontraron con un espectáculo horrible: uno de los hombres estaba muerto, cosido a navajadas, en la cama; el otro, en el suelo, desnudo, atado y amordazado. Le quitaron las ligaduras, y pudo contar lo ocurrido. Se había despertado y encontrado con cinco hombres desconocidos que le ataron y amordazaron. Al mirar hacia la cama de su compañero le vió muerto y bañado en sangre.
Se quedaron doce soldados y un cabo en la casa, y los demás hicieron un reconocimiento por los alrededores de la muralla y por los viñedos próximos; pero no encontraron a nadie.
—Bueno. Esto se ha concluído—dijo Aviraneta—. Dormiremos un rato, ¿eh?
—Me parece una buena idea—contestó Pello.
Y el uno en una alcoba y el otro en la otra se tendieron en la cama.
V.
UNA PROPOSICIÓN
Al día siguiente, Aviraneta se levantó temprano. Abrió el balcón de la sala para que entrara la luz, y estuvo contemplando las huellas del combate de la noche anterior; una de las balas se había incrustado en la pared; la otra, hecho trizas un espejo.
En el suelo quedaban manchas de sangre.
Aviraneta salió al pasillo de la casa; en un cuarto del fondo, alumbrado con cuatro velas, estaba el cadáver del hombre asesinado por la noche.
Aviraneta volvió a su cuarto, impresionado.
—Se va uno haciendo viejo—murmuró—. Estas cosas ya me hacen efecto.
Aviraneta se acercó a la alcoba donde se había acostado Leguía, y quedó asombrado al verle dormir tan profundamente.
—¡Cómo duerme! A éste no le preocupa mucho que haya un muerto en la casa.
LA FILOSOFÍA DE PELLO
Aviraneta se lavó y se afeitó, y al dar las ocho llamó a su compañero.
—¡Eh, Pello! Ya has dormido bastante.
Leguía, desde la cama, entre dos bostezos, dijo:
—¿Qué hora es?
—Las ocho han dado ahora mismo.
—Habrá que vestirse.
—¡Claro!; no te vas a estar todo el día en la cama. Además, ten en cuenta que pueden venir los verdaderos huéspedes de este cuarto.
Pello se sentó en la cama.
—A ese pobre hombre le han matado por equivocación—murmuró Aviraneta, en tono sentimental.
—¿A qué hombre?
—Al de ayer. ¿A cuál va a ser?
—¡Ah!
—¿Ya no te acordabas?
—Sí. ¿Y dice usted que le han matado por equivocación?
—¡Claro! El golpe iba dirigido a mí.
—¡Pse! Yo creo que todo el mundo muere igual—replicó Leguía, con indiferencia, mientras se ponía los pantalones.
—Veo que eres un bárbaro, Pello.
—Hay que ser filósofo. A uno también le tocará su hora, y por eso no se estremecerán las esferas.
—Esa indiferencia en un muchacho joven como tú me parece horrible. Si ahora eres así, ¿qué será cuando tengas mi edad?
—Seré una especie de Aviraneta—replicó Leguía con viveza.
—Eres un cínico, Pello.
—Y usted un intrigante y un incendiario, como ha dicho el hombre de la zamarra.
—Voy a mandar que te fusilen, Pello.
—Yo voy a hacer que le cojan a usted los jesuítas por masón.
—Eres un bárbaro, Pello.
—Y usted un bandido.
—Muy bien; le diré a Corito que me has insultado.
—Yo le diré que quien me ha insultado ha sido usted.
—No te creerá.
—Ya la convenceré.
EL DIABLO TENTADOR
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Voy al almacén, a casa de mi tío.
—Espera un momento. Te voy a hacer una proposición.
—Venga la proposición.
—¿Quieres venir conmigo, sí o no?
—¿A qué?
—Eso te lo explicaré más tarde. Si vienes conmigo, trabajaremos juntos, intrigaremos juntos, quizá tengamos que defendernos juntos...
—Muy bien; nos defenderemos juntos...
—Yo no, porque soy viejo...
—¡Hombre, no es usted viejo!
—Tengo cuarenta y seis años, y he vivido bastante. Yo, no; pero tú puedes llegar a ser lo que quieras: general, ministro, archipámpano... Yo te ayudaré... ¿te conviene?
—Me conviene. ¿Me protegerá usted también para casarme con Corito?
—Eso es cosa tuya y de ella; pero, en fin, si eres buen chico, se te protegerá.
—Entonces no hay que decir más. Soy de usted en cuerpo y alma.
—Muy bien. Está hecho el pacto. Venga esa mano.
—No vaya usted ahora a convertirse en algún demonio y empezar a echar llamas de azufre, señor de Aviraneta.
—No tengas cuidado, Pello. Soy un buen diablo. Vete a despedirte de tus amigos, y ya sabes, a la tarde nos vamos.
Leguía se contempló un momento en un trozo de espejo, se caló el sombrero de copa y salió del parador.
LIBRO QUINTO
UN SOLDADO AUDAZ
I.
EL OFICIAL DE LA BOÍNA BLANCA
Momentos antes de las doce se presentó Leguía en el parador. Aviraneta, sentado en el zaguán, contemplaba las gallinas que picaban en el estiércol y a dos perros que retozaban, ladrando.
—Está uno dispuesto para la marcha—dijo Pello—; he concluído las despedidas.
—¿Qué te han dicho?
—Nada. Mi tío lo ha sentido. Su familia y él me tenían afecto.
—Y a Corito, ¿la has visto?
—Sí.
—¿Qué dice?
—Dice que la voy a olvidar si me marcho por ahí.
—¿Y serás bastante granuja para eso?
—¡No! ¡Ca!
LOS IDEALES DE PELLO
—Realmente, hago mal en sacarte de este pueblo. Aquí tienes amigos, personas respetables que te estiman..., que te quieren... Creo que es un disparate que salgas de Laguardia.
—¿A usted le parece buena esta vida, de verdad?
—Sí, ¡ya lo creo!; la mejor.
—Pues nada, nos quedamos los dos. Rezaremos el rosario por la tarde; iremos a casa de las Piscinas; usted hablará con don Juan de Galilea acerca del sistema constitucional, y con las marquesas de Valpierre de que Laguardia está perdido...
—Creo que te permites burlarte de mí, Pello.
—No, nada de eso; no hago más que empezar a desarrollar los encantos de la vida tranquila. Además de que don Juan de Galilea es hombre muy ameno, sobre todo cuando dictamina y encuentra que esto no empece para lo otro.
—Sí, sí, búrlate.
—¡Yo burlarme! ¡Yo, que he aguantado a pie firme discursos de dos horas seguidas, sin desmayar!
—¿De manera que lo que tú quieres es conspirar, intrigar, andar a tiros?
—Robar algo bueno si se tercia.
—Seducir infelices doncellas...
—Desvalijar las iglesias...
—Asaltar los conventos...
—Comer bien...
—Beber mejor...
—Jugarse las pestañas...
—Pello, permíteme que te lo diga, eres un bandido.
—Y usted otro.
—¿De manera que para ti la moral no es nada?
—¡La moral! Es una cuestión de estómago, don Eugenio.
—¿Cómo de estómago?
—Sí; de estómago. Se tiene el estómago malo, pues es uno moral, porque no tiene uno apetito; pero se tiene buen estómago, y es uno inmoral necesariamente.
—Y ¿tú eres inmoral?
—En este momento, sí, porque tengo apetito.
—¡De manera que para ti la moralidad es un catarro gástrico... ¡Qué teorías! Eres un pagano, Pello. Bueno, vamos a comer.
Entraron en el comedor. Aviraneta se sentó en la cabecera y Leguía a su lado.
—Tendrán ustedes que esperar un rato—dijo la dueña de la casa.
—¿Por...?
—Porque van a venir unos militares.
Leguía torció el gesto.
—¡Demonio! Nos van a fastidiar. Tardarán mucho?
—No, no; ahora mismo van a llegar.
SE RECONOCEN
Aviraneta, para hacer tiempo, sacó un plano del bolsillo y comenzó a estudiar el itinerario que tenían que seguir, en coche, hasta Santander. Leguía se puso a silbar, mirando el techo.
Un momento después se oyeron pisadas fuertes en la escalera, acompañadas de un murmullo de voces, y entraron cerca de veinte hombres en el comedor.
Aviraneta no levantó la cabeza del plano.
Leguía contempló indiferente a los oficiales que entraban. Eran tipos atezados, negros por el sol; de aspecto enérgico y decidido. El jefe, sobre todo, llamaba la atención por su mirada profunda y fuerte. Hombre más bien bajo que alto, fornido y macizo, tenía esos movimientos lentos y al mismo tiempo seguros del hombre del campo.
Llevaba zamarra de piel al hombro, a manera de dolmán; boína blanca, grande, que le sombreaba los ojos; el pulgar de la mano derecha apoyado en la cadena del reloj. Debajo de la zamarra se veía la faja azul; a los lados, dos pistolas y el sable al cinto.
No se podía saber la graduación de aquel oficial, porque no llevaba insignias de mando; andaba de un lado a otro, como un lobo, y en su paso había la decisión del hombre que cree que no puede encontrar obstáculos en su marcha.
De pronto el jefe, apartándose de sus oficiales, que estaban de pie a la entrada del comedor, quedó mirando fijamente a Aviraneta.
—Algún otro conflicto tenemos—pensó Leguía.
El jefe se fué acercando a Aviraneta y le puso la mano en el hombro. Aviraneta levantó los ojos y dejó la lente sobre la mesa.
—¡Demonio! ¡Martín!—exclamó—. ¡Tú por aquí!
—¡Aviraneta! ¡Eugenio de Aviraneta! Ya sabía yo que te conocía. ¿Qué vienes a hacer por Laguardia?
—Estoy de paso. Voy a Francia.
—A intrigar, ¿eh?
—Parece que lo sabes.
—Me lo figuro. ¿A favor de los carlistas o de los liberales?
—Soy más liberal que tú, Martín—replicó Aviraneta—, aunque no tan bárbaro.
—Sólo a ti te permito decir esas cosas. Si fueras otro, te mandaría fusilar delante de la muralla.
—Lo creo.
—¿Me consideras cruel?
—Lo eres.
—Mala opinión tienes tú de mí, Eugenio.
—Peor la tienes tú de mí, Martín.
—Es que no te veo claro.
—No lo soy cuando no lo puedo ser.
—¿Ni con los amigos?
—Ni con los amigos. Cuando mis secretos no son míos no se los comunico a nadie.
—Está bien. ¿Sabes que me han hecho coronel?
—Lo sé—dijo Aviraneta—; lo sabía antes que tú.
—A ver, explica cómo puede ser eso.
—Un ministro que tú conoces me dijo, hace meses: «Le vamos hacer coronel a Martín, al amigo de usted. ¿Qué le parece a usted?» Yo le contesté: «¡Muy mal!»
El jefe y sus compañeros quedaron asombrados. Aviraneta, cuando pasó un momento, añadió:
—¡Muy mal!—le dije—; creo que le deben ustedes hacer general.
La actitud de los oficiales cambió por completo, y algunos se echaron a reir a carcajadas.
—A éste no le conocéis—dijo el coronel, señalando a Aviraneta—; éste es el granuja más granuja que hay en el mundo.
—Y el liberal más liberal de todos los españoles.
—¿Qué piensas hacer, Aviraneta?
—Pienso comer.
—¿Y luego?
—Luego tomar el coche y marcharme a Santander.
—¿Irás por Miranda?
—Sí.
—Pues hasta Labastida te acompañaré.
—Bueno. ¿Os falta alguno para venir a comer?
—No.
—Pues entonces, manda que traigan la comida, porque este amigo y yo estamos ya con hambre.
—¡Patrona! A ver esa sopa.
Aviraneta y Leguía habían conservado los puestos que ocupaban en la mesa.
El jefe se sentó a la derecha de Aviraneta, y los demás oficiales se fueron acomodando donde les vino bien.
—¿Este joven es amigo tuyo?—preguntó el jefe a Aviraneta.
—Sí, es mi secretario; Pedro Leguía. Pello, este coronel es el famoso Martín Zurbano, terror de los carlistas.
Leguía se levantó; Zurbano hizo lo mismo, y se estrecharon la mano gravemente.
II.
HISTORIAS RETROSPECTIVAS
Rezo el Benedícite?—preguntó Aviraneta, tomando una actitud compungida, de cura.
Zurbano contestó con una blasfemia.
—Déjalas para el final—advirtió Aviraneta—; ahora estamos en la sopa.
La conversación se generalizó en seguida. Zurbano era muy ocurrente; tenía gran repertorio de anécdotas y de cosas vistas, y salpimentaba sus relatos con interjecciones riojanas y blasfemias de todas las regiones.
Al oirle se comprendía la fama terrible del guerrillero liberal. Para una persona circunspecta y religiosa, un hombre como aquél, tan exaltado, tan furibundo, tan bárbaro, que exponía la vida a cada paso, que obligaba a pagar contribuciones a los conventos y quemaba sin escrúpulo las iglesias, que hablaba blasfemando e insultando, tenía que parecer un energúmeno, un monstruo vomitado por el infierno.
ZURBANO CUENTA CÓMO CONOCIÓ A AVIRANETA
—Siempre recuerdo cómo le conocí a este hombre—dijo Zurbano, refiriéndose a Aviraneta.
—¿Cómo fué?—preguntó Mecolalde, el segundo de Zurbano, a quien las historias y anécdotas de su jefe interesaban extraordinariamente.
—Pues veréis. El año 23 los franceses venían a acabar con la Constitución y la libertad de España, al mando de un duque que no recuerdo cómo se llamaba...
—El duque de Angulema—dijo Aviraneta.
—Eso es; el duque de Angulema. Por entonces nos reuníamos en Logroño, en un mesón cerca del puente, unos cuantos nacionales y algunos paisanos patriotas. Era por la primavera, no recuerdo qué mes. Se hablaba de que los absolutistas, que venían de vanguardia con los franceses, se acercaban. Mandaba en Logroño los regimientos constitucionales el brigadier don Julián Sánchez, uno de los guerrilleros de más fama de la guerra de la Independencia. Una noche, dos hombres a caballo se apearon en el mesón. Eran un capitán de Caballería y su asistente. Sin quitarse el polvo del camino fueron a casa del gobernador militar y volvieron al poco rato. El capitán venía acompañado de un sargento de nacionales y de algunos patriotas. «Vamos, vamos», nos dijeron a todos. Entramos en el comedor del mesón, y nos reunimos treinta o cuarenta. El mesonero vino con dos candiles y los colgó de las vigas del techo. Entonces el capitán se subió en una silla, y llamándonos «ciudadanos» comenzó a hablar, a explicarnos la situación en que se encontraba España. Era un hombre joven, flaco, con los ojos vivos y la voz áspera. Nos dijo que la Constitución y la Libertad estaban en peligro, que los generales nos hacían traición, que las autoridades estaban en tratos con los franceses y los realistas, y que el rey jugaba con el país. A pesar del fuego con que hablaba aquel hombre, la gente estaba fría y poco decidida. Al último dijo que había que nombrar inmediatamente una Junta para la defensa de la ciudad, buscar armas y repartirlas entre los patriotas.
Después del discurso, el sargento y el oficial se sentaron en una mesa, y con la ayuda de los nacionales comenzaron a hacer una lista de los individuos que debían de formar la Junta. El primer nombre de la lista fué el del oficial, luego hubo otros cuatro o cinco; los demás no quisieron comprometerse, y la Junta no se formó. Al día siguiente, los franceses entraban en Logroño; el brigadier Sánchez caía herido de una lanzada en el costado. Al capitán aquel que había hablado la noche anterior le vi luchando en medio de un grupo de nacionales acorralados por los franceses. ¿Sabéis quién era aquel oficial? Este hombre que tenéis delante: Eugenio de Aviraneta. Muchos años después, un amigo mío recibió una carta de Aviraneta, firmada en Zaragoza, recomendándole que apoyara en unas elecciones a Mendizábal.
—Buen premio me dió ese cocodrilo llorón—murmuró Aviraneta.
—Al ver la firma—siguió diciendo Zurbano—me acordé yo, y dije: «Es aquél». Luego me indicaron que estaba en Logroño, y no paré hasta encontrarle. Este ha sido uno de los hombres que más me han llamado la atención.
AVIRANETA CUENTA CÓMO CONOCIÓ A ZURBANO
—Pues yo supe de ti—dijo Aviraneta—de una manera menos trágica.
—¡Hombre! A ver, ¿cómo fué eso?
—Estaba a la puerta de ese mesón de Logroño de que tú has hablado, con el sargento y otro miliciano, cuando pasaste tú. «Si hubiera muchos como éste—dijo el sargento—, se podría hacer algo.» «¿Quién es ése?», pregunté yo. «Martín Zurbano, un contrabandista de Varca». Y me contó un sucedido tuyo, que no sé si es verdad o mentira.
—¿Qué fué?
—Parece que estabais una patrulla de nacionales en Montalvo, y que hacía tanto frío, que se helaban las palabras, y que tú dijiste: «Esto no es nada; vamos a desnudarnos y a volver a Logroño a caballo y en cueros.» Los demás dijeron que era una barbaridad; pero tú, empeñado, te desnudaste y anduviste tomando el fresco unas cuantas horas por encima de la tierra helada. ¿Es verdad esto?
—Sí. Es verdad. Era uno joven y fuerte. Hoy no lo podría hacer.
—¡Bah! ¿Qué importa? Mientras haya entusiasmo y calor en el corazón.
—Eso no falta.
—Lo mismo me ocurre a mí—dijo Aviraneta.
—¿De verdad?—preguntó Zurbano, con la brutal franqueza que le caracterizaba.
—Parece que lo dudas.
—¡Y eres político!
—¿Y qué?
—Yo dudo del entusiasmo y de la buena fe de todos los políticos.
III.
VIOLENCIA CONTRA VIOLENCIA
Hubo un momento de silencio.
—Creo que te engañas, Zurbano—dijo Aviraneta, secamente.
—El que se engaña eres tú, Aviraneta—replicó Zurbano.
—Suponer que la mala fe está sólo en los políticos es un absurdo.
—¿Piensas tú que los políticos españoles son buenos?
—No. ¡Cómo voy a pensar eso! Sé que son malos; pero sé que tienen muchos de ellos tanta buena fe como los de los demás países.
—Entonces no comprendo por qué lo hacen mal.
—Lo hacen mal porque en España es imposible hacerlo bien. Los políticos son malos cuando el país es malo.
—No, no. España no es peor que otra nación.
—No será peor individualmente; lo es colectivamente.
—No entiendo eso. Me parece lo que dices una de esas frases de político que no quieren decir nada.
—Un hombre puede ser buen hombre y mal ciudadano.
—Cuando se es mal ciudadano se es mal hombre—contestó Zurbano, dando un puñetazo en la mesa.
—No. Un Cristo que viviera entre nosotros, sería un buen hombre, sería un mal ciudadano.
—Argucias.
—Razones.
—Di lo que quieras. Yo estoy convencido de que son los políticos los que nos matan. ¿Por qué no se acaba la guerra civil? Por ellos.
—Por ellos y por los generales, que se odian—replicó Aviraneta—. Hace unos meses estaba yo en Arcos de la Frontera, y veía cómo dos generales del ejército liberal, Alaix y Narváez, no sólo no se ayudaban nunca, sino que hacían lo posible para que los carlistas de Gómez derrotasen a las tropas de su compañero y rival. Y esto de las rivalidades es lo más digno que pasa entre ellos. No hablemos de lo más indigno.
—Y ¿por qué no se habla claro en ese Congreso?—preguntó Zurbano—. ¿Por qué no se dice la verdad? Eso no es un Congreso; es un charco de ranas.
—Aunque fuera un estanque de cisnes sería lo mismo.
—Aquí se necesita un hombre, Aviraneta.
—Aquí se necesita un pueblo, Zurbano.
—Yo estoy convencido de que en España, hoy, lo mejor sería una dictadura militar, una dictadura de un hombre justo, valiente, que supiese sentar las costillas a todo el que quisiera salirse de la ley.
—No, Martín—contestó Aviraneta—; no estoy conforme. España no necesita más que una dictadura: la de la justicia, la de la inteligencia, la de la libertad. Nada de fuerza, nada de soldados que quieran imitar a Napoleón. El Poder civil debe estar siempre por encima del Poder militar. El Ejército no debe ser más que el brazo de la nación, nunca la cabeza.
AVIRANETA HABLA DE SÍ MISMO
—No estoy conforme—y Zurbano dió un puñetazo en la mesa—. Los soldados somos tan ciudadanos como los demás. Ciudadanos que exponen su vida. ¿Podéis decir lo mismo los políticos?
—¿Lo dices por mí, Martín?
—Lo digo por todos vosotros.
—He peleado en la guerra de la Independencia con don Jerónimo Merino—contestó Aviraneta fríamente.
—Queréis ganar batallas desde los rincones de los ministerios.
—He hecho cuatro campañas.
—Aspiráis a mandar con vuestras intrigas; no sois tan liberales como nosotros los militares.
—He peleado el año 23 con el Empecinado; el año 30 tomé parte en la expedición de Mina; hoy sigo luchando contra los facciosos.
—Sí; pero queréis tenerlo todo en vuestra mano; no queréis que el mundo sea libre.
—He guerreado con lord Byron por la independencia de Grecia.
—No os preocupa más que lo que pasa en Madrid; no sois patriotas.
—Tomé parte en Méjico en la expedición del general Barradas.
—No dudo de que seas un valiente; pero, créeme, Aviraneta, sólo un hombre de puños, capaz de fusilar a todo el que no ande derecho, puede salvar a España.
—Sería necesario que cuando acabara de fusilar a todos hubiera otro hombre de puños que lo fusilara a él—replicó Aviraneta.
ZURBANO EL IBERO
La discusión siguió así, en el mismo tono extremado y agresivo. Los demás oían y callaban, presenciando el duelo. Estaban frente a frente el torero y el toro, el cazador y la fiera, la violencia impulsiva de Zurbano ante la energía serena de Aviraneta.
No era posible dar una idea de la actitud y de las palabras de Zurbano; acostumbrado a mandar, la resistencia le irritaba; hablaba, accionaba, daba puñetazos en la mesa, se revolvía furioso; quería oir y, al mismo tiempo, acogotar al contrincante.
Aquel hombre era un admirable ejemplar de la violencia ibérica; su alma inquieta, tumultuosa, tenía algo de volcán en perpetua erupción.
Era el fiero cántabro, violento, exaltado, con un valor que llegaba a la temeridad, a la tendencia suicida, con una confianza grande en su estrella.
Esta confianza le hacía emprender aventuras absurdas. Una de ellas se la contó Mecolalde a Leguía en un alto de la discusión.
Unos meses antes, en Noviembre del año anterior, habían salido de noche unos doscientos hombres del batallón de Zurbano, desde Vitoria.
Al llegar cerca de Salvatierra, Zurbano dejó el grueso principal de la fuerza en una altura, viendo que el terreno que se presentaba ante ellos era pantanoso, y con veinte jinetes y doce infantes se metió sigilosamente en Zalduendo, ocupado por los carlistas. Zurbano sabía dónde estaba alojado el general Iturralde, y solo, envuelto en el capote, se dirigió hacia la casa. «Buenas noches», le dijo el centinela. «Buenas noches», le contestó el soldado.
Zurbano entró en el portal, subió la escalera, recorrió un pasillo y llegó a un cuarto donde unos veinte hombres, la mayoría oficiales carlistas, estaban jugando al monte.
El banquero tenía suerte: iba acumulando delante de sí una gran cantidad de plata y de billetes. Dió las cartas, y viendo que Zurbano no apuntaba, le dijo:
—¿Y usted no juega, compañero?
—Yo copo—dijo Zurbano; y se levantó y extendió la mano sobre la mesa.
—¿Quién es este hombre?—gritó Iturralde.
—¡Soy Martín Zurbano! Todo el mundo queda preso. Y sacó un trabuco que llevaba escondido debajo del capote.
Los jugadores quedaron sorprendidos; Martín, valiéndose de su sorpresa, se asomó al balcón y dijo a Mecolalde: «¡Eh, vosotros, venid arriba!»
Así prendió Zurbano al mariscal de campo del ejército carlista don Francisco Iturralde, a su mujer, a su hijo, a cinco oficiales y a cincuenta y cuatro personas más.
Estas gatadas eran frecuentes en el guerrillero riojano, que vivía sólo para la guerra, para la emboscada, para la sorpresa.
Aquel hombre, por lo que dijo Mecolalde, era insensible a los placeres materiales; no comía ni dormía. Era de una austeridad furiosa y salvaje.
Para que su genio fuera más irascible, padecía del estómago, y la enfermedad daba a su rostro, largo y fino, unas arrugas de melancolía; sus ojos, grises y azulados, brillaban con furor; la boca, de labios pálidos y rectos, denotaban un carácter de crueldad y de energía.
Siempre vibrante, siempre amenazador, Zurbano hablaba con un fuego extraordinario, con una elocuencia incorrecta, y a veces incoherente.
En aquel duelo de palabras entablado en el comedor de la fonda, Aviraneta se batía a la defensiva; parecía un aguilucho resistiendo las embestidas de un jabalí.
De pronto, los dos contrincantes se pusieron de acuerdo, pensando en la patria futura. Zurbano entreveía en el porvenir un mundo de justicia y de bondad, sin guerras, sin enemigos, sin violencias; Aviraneta estaba conforme; pero, para acercarse a aquel ideal, los dos consideraban que había de seguirse distinto camino. El uno creía que era indispensable marchar de frente, aniquilando las torpezas y las mentiras dejadas por el pasado; el otro pensaba que había que tomar por el atajo y atacar al enemigo de soslayo, cuando no se pudiese cara a cara.
IV.
CONSEJO DE AMIGO
La discusión se interrumpió por la entrada de un viejo.
Este viejo venía a saludar a Zurbano. Era un hombre alto, de bigote cano, facciones duras. Por sus actitudes parecía militar.
—¡Hola, Varea!—le dijo a Zurbano; porque muchos le llamaban por el nombre del arrabal de Logroño donde había nacido.
—¿Quién es usted?—preguntó Zurbano, bruscamente.
---¿No te acuerdas?... ¿No se acuerda usía de Caparroso, aquel cabo de Carabineros que un día le mandó parar a usía, amenazándole con el fusil, y que usía...?
—¡Rediós! ¿Eres tú?
—Sí, vivo aquí, donde está casado mi hijo.
—¡Cuánto me alegro de verte!
EL CABO CAPARROSO
Zurbano se levantó, se acercó al viejo y estuvo hablando con él. Mecolalde, que conocía muy bien la vida de su jefe, contó a Leguía y a Aviraneta lo ocurrido a Zurbano con aquel hombre.
El recién llegado había sido cabo de Carabineros y perseguidor de Zurbano en sus tiempos de contrabandista. El cabo Caparroso tenía fama de templado, y como Zurbano se le escapaba de entre las uñas, juró prenderle cuando le echase la vista encima. Un día, el carabinero lo vió en el monte, con dos mulos cargados de mercancías. Amartilló el fusil, y, saltando por entre las zarzas, se plantó delante de Zurbano, y, echándose el arma al hombro, gritó: «¡Alto! ¡Ríndete!» «Bueno, me rindo», dijo el contrabandista. «Hala. Tira para adelante», añadió el cabo. Martín comenzó a marchar con sus mulos hacia el pueblo. Al llegar a un recodo, la carga de uno de los machos se inclinó hacia un lado; Zurbano fué a arreglar la alforja, y con un movimiento rápido sacó un trabuco de debajo de la manta, y, apuntando al carabinero, gritó: «Ríndete tú ahora, o disparo.» El cabo Caparroso dijo al contrabandista que le perdonaba, que se fuera; pero Zurbano, riendo, contestó: «¡Ca!; ahora toma tú del ramal a las caballerías y llévalas hasta la cuadra de mi casa. Yo voy detrás.»
El cabo y Zurbano llegaron a Varea, y allí, Zurbano le ofreció al carabinero una buena cena y se hicieron amigos.
EL EMPECINADO Y ZURBANO
—Algo parecido le sucedió al Empecinado—dijo Aviraneta.
—¿Cuándo conoció usted al Empecinado?—preguntó Mecolalde.
Le conocí el año 13—contestó Aviraneta—. Peleé con él y con el cura Merino en tiempo de la guerra de la Independencia; luego luché, con una partida suelta, contra Merino, el año 23, y fuí, durante algún tiempo, secretario de campaña del Empecinado.
Todos los comensales se le quedaron mirando atentamente. A pesar de que aquel hombre no era viejo aún, pertenecía a otra generación: a una generación que en menos de treinta años había tomado un carácter legendario.
—¡El Empecinado!—exclamó Zurbano, que se había despedido del antiguo cabo de Carabineros y volvía a su sitio a la mesa—. He oído decir que fué siempre hombre de gran corazón y gran liberal.
—¿Era como Martín?—preguntó Mecolalde, a quien le gustaba sacar a relucir, siempre que podía, a su jefe.
—No, no.
Zurbano torció el gesto.
—Eran muy diferentes—siguió diciendo Aviraneta, mirando a Zurbano con su impasibilidad habitual—. Este Martín y aquel Martín, los dos han nacido guerreros, con el sentimiento de las sorpresas y de las emboscadas. En esto únicamente se parecen; en lo demás, muy poco. El Empecinado era como una encina de Castilla, robusta, fuerte, achaparrada; éste es como un pino alto y delgado; el Empecinado era más tosco, más pueblo; éste es... más fino, más aristócrata.
—¡Aristócrata yo!—exclamó Zurbano, sorprendido, y lanzó una blasfemia que hizo persignarse a todas las mujeres de la casa—. Sólo a ti se te ocurre decir esto.
—Sí, aristócrata. A pesar de tu rudeza aparente y de tus palabras, eres un aristócrata.
—¡Yo, que no llevo ni siquiera las insignias de mi grado!
—Por eso, porque eres aristócrata.
—¡Bah!
—El Empecinado era más humano; éste es más duro, más implacable; el Empecinado era francote, sencillo; éste es un zorro.
—Sin duda; porque desciendo de vascongados—replicó Zurbano con malicia, sabiendo que Aviraneta lo era.
—Quizá por eso. El Empecinado era como un niño, y lo hubiera sido siempre; éste es como un viejo; aquél no tenía ambición; éste la tiene; aquél era sano; éste, no.
EL HORÓSCOPO
Zurbano, que había seguido la comparación con cierta ansiedad disimulada, como hombre que oye un horóscopo en el que cree, quedó pensativo.
—¿De dónde sabes que yo no estoy sano?—preguntó.
—No lo sé. Lo supongo nada más. Cuando uno es un rabioso, un violento, es que no está sano.
—Eres inteligente, Aviraneta.
—Me tengo por tal; quizá sea una equivocación.
—Ves a los hombres por dentro; pero no progresarás.
—Lo sé.
—Comprenderás a la gente; pero eso no te servirá de nada. Alguno dirá: «Ese hombre tiene talento, tiene valor, tiene perspicacia...» Pero te sobra una cosa: la personalidad; eres demasiado Aviraneta; no sabes pensar en los demás; te falta otra: la suerte. Detrás de ti no irá nunca nadie; tendrás que estar siempre a las órdenes de un hombre que valga menos que tú: el inteligente te temerá, el no inteligente te despreciará.
—¿Es mi horóscopo?—dijo Aviraneta.
—Parecido al tuyo.
—¿Y qué debo hacer, según tú?
—Retirarte de la vida activa.
Aviraneta quedó pensativo, y una sonrisa de tristeza frunció sus labios.
—¿Te ha molestado?—dijo Zurbano, riendo y poniendo la mano en el hombro de su interlocutor.
—No; ¿por qué? El destino está por encima de los hombres.
—Pues véngate, pronosticándome alguna desgracia.
—¿Desgracia? No sé si la tendrás, Martín. Por lo pronto, desconfía de tu carácter. Eres un militar, un buen militar. Has hecho lo más difícil de tu carrera. Si prosperas, como prosperarás, querrán hacer de ti un político, y entonces...
—Y entonces, ¿qué?
—Entonces fracasarás, y podrás llegar a perder todo lo que has ganado, si no pierdes también la vida.
Realmente, Zurbano era de esos tipos en cuya frente parece leerse un destino trágico.
—Son ustedes pájaros de mal agüero—exclamó Mecolalde—; dejemos esto, y que traigan café.
EL ENTUSIASMO LIBERAL
Estaban tomando el café cuando delante del parador la charanga del regimiento de Zurbano comenzó a tocar el himno de Riego.
Zurbano, Aviraneta, Leguía, Mecolalde y los oficiales salieron al balcón.
Soldados y gentes del pueblo se habían amontonado delante de la casa. Uno de los soldados llevaba en la cabeza un sombrero de teja, grande, y repartía bendiciones, entre las carcajadas de los demás.
Cuando los jefes aparecieron en el balcón cesó el tumulto.
—¡Viva Zurbano!—gritó un hombre del pueblo con voz furiosa, levantando un garrote blanco en el aire.
—¡Viva!—repitieron varias voces, igualmente frenéticas.
Zurbano se estremeció; parecía un caballo encabritado.
—¡Riojanos!—exclamó con voz vibrante, agarrándose con las dos manos al hierro del balcón—. ¡Viva la reina!
—¡Viva!
—¡Viva la Constitución!
—¡Viva!
—¡Viva la libertad!—gritó Aviraneta.
—¡Viva!
La charanga volvió a tocar el himno de Riego aun con más brío.
Pello quedó asombrado al mirar a Aviraneta. Estaba pálido de la emoción, con las lágrimas en los ojos.
—Maestro, está usted emocionado. El aire de la Libertad le emborracha.
—Sí; es verdad.
—¡Si le llegan a usted a ver en el balcón las Piscinas!—añadió Pello, burlonamente.
Aviraneta sonrió, y tuvo que limpiarse disimuladamente los ojos.